El jardín de Neve - Mar Carrión - E-Book
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El jardín de Neve E-Book

Mar Carrión

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Beschreibung

La apacible vida en Howth en la maravillosa costa irlandesa parece ser suficiente para Neve, una belleza pelirroja. Después de montar su propia floristería, el negocio va tan bien que ha comenzado a encargarse de unos cuantos jardines de los alrededores. Divertida, decidida, ambiciosa, Neve sueña con diseñar un jardín digno de un rey. Si pudiera presentarse al concurso de jardines de esa famosa revista… Pero no encuentra el sitio adecuado, ni apoyo por parte de Barry, su pareja, que cada vez está más apático e indiferente. Está a gusto con él, al menos eso es lo que asegura y lo que se susurra a sí misma, tratando de convencerse. Pero nada la prepara para el encuentro fortuito con Kyle. El arrebatador Kyle, el mejor amigo de su hermano cuando eran jóvenes, a quien ella miraba como lo que era, una preadolescente embobada suspirando por un amor imposible. Kyle ha vuelto a Howth después de años, dispuesto a arreglar la antigua casa de su familia, junto al faro. En ese terreno con maravillosas vistas al océano, en sus rincones agrestes y descuidados, Neve empieza a vislumbrar el jardín perfecto. Lo que no puede atisbar todavía es que, allí mismo, además de rosales y hiedras, crecerá una ola que arrasará su vida. El estilo de Mar Carrión la convierte en una novela preciosa, muy tierna y dulce. Pasajes románticos Leer un libro de Mar Carrión, siempre es una apuesta segura. Vas a encontrar una historia bien escrita y unos personajes maravillosos. Un lugar mágico Una combinación perfecta que crea una romántica historia de amor, una lectura que no te deja indiferente porque cada hoja que lees te envuelve, tiene unos diálogos perfectos e incluso con toques de humor. Todo sucede sincronizado, sin prisas. Lectura adictiva Una historia sencilla, ágil y amena, con unos personajes muy cercanos. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 230

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2015 Mar Carrión Villar

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El jardín de Neve, n.º 89 - septiembre 2015

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.

I.S.B.N.: 978-84-687-6848-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Notas

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Cuando Kyle Barnes entró en la cafetería de Murphy aquella soleada mañana del mes de julio, la taza de café se quedó a medio camino entre la mesa y los labios de Neve. Al principio, mientras él escudriñaba el atestado local y se decidía a tomar asiento frente a la barra pensó que se trataba de un forastero que guardaba un gran parecido con Kyle, pero desterró esa idea casi al instante. Lo habría reconocido hasta con los ojos vendados.

Y eso que habían transcurrido casi quince años desde la última vez que lo había visto.

Neve dejó la taza sobre la mesa, sin dar el sorbo al café, y se lo quedó mirando largo rato desde el fondo del local.

¿Qué estaría haciendo él allí? Que ella supiera, no había vuelto a poner un pie en Howth desde que se marchó a estudiar arquitectura a la Universidad de Boston, en Estados Unidos. Incluso su hermano Aidan, que había sido el mejor amigo de Kyle desde que compartieron pupitre en la escuela, le había perdido la pista. Lo último que sabía era que había encontrado un empleo en Boston y que había establecido allí su residencia.

Neve mordisqueó un donut mientras él desplegaba el periódico local sobre la barra y se perdía en la lectura. En ocasiones, alguien lo reconocía y se acercaba para darle unas palmaditas amistosas en la espalda, a las que él correspondía con afecto. Neve no podía escuchar lo que decían, pero imaginaba que le daban la bienvenida al pueblo.

Tragó un trozo de donut y lo bajó con el café. Kyle se había convertido en un hombre sumamente atractivo. De adolescente ya era popular en el instituto, todas las chicas de secundaria querían tener una cita con él, pero la madurez de la treintena lo había convertido en un hombre mucho más interesante, de esos que irradian carisma hasta en el modo en que consultan el reloj de pulsera. Llevaba el cabello oscuro un poco más corto que antaño y su constitución seguía siendo delgada, aunque mucho más atlética, como lo demostraba la camiseta negra de manga corta que se le ceñía a los bíceps.

Hubo un momento en que alzó la cabeza de las páginas del periódico y lanzó una rápida mirada a su alrededor. Sus ojos eran tan negros y su mirada tan penetrante como Neve recordaba. Tuvo la sensación de que hubo un breve contacto visual entre los dos, pero, al parecer, solo fue una ilusión, porque él no mostró ningún síntoma de reconocimiento. Ella tenía trece años el día que él hizo la maleta y se marchó, y sus trece años —casi catorce— no eran precisamente como los del resto de sus compañeras de clase, que estaban mucho más desarrolladas que ella. No obstante, y a pesar de los evidentes cambios físicos, estaba segura de que si la hubiera visto habría sabido que ella era Neve Mara, la hermana pequeña de su amigo Aidan.

O al menos eso deseaba creer.

«Deberías hacer lo que hacen los demás. Levanta el culo y ve a saludarle».

Neve retiró la silla hacia atrás, pero Kyle escogió ese momento para apurar el café, dejar unas monedas sobre la barra y enfilar el camino hacia la salida.

Ella volvió a acercar la silla a la mesa, suponía que ya se presentaría otra oportunidad de verlo. Metió la cucharilla en la taza y dio vueltas al café con gesto ensimismado. Recuerdos lejanos y bonitos regresaron a su mente con una claridad abrumadora, como si no hubiera pasado el tiempo. Los chicos y ella corriendo por los prados del cabo, alimentando a las focas del puerto con los pescados que les daba la señora Ryan, inventando el modo de abrir la puerta del faro para subir a la cúpula, robándole al señor McLoughlin las jugosas ciruelas que crecían en su árbol, subiéndose a bordo de la embarcación pesquera del señor Gallagher sin su consentimiento. Kyle y ella contemplando las estrellas una noche de verano…

Se echó a reír. ¡Y pensar que ella era la artífice de todas aquellas travesuras!

Era la única manera de que Aidan y Kyle la incluyeran en sus salidas o en sus pasatiempos. «Vete a jugar con tus muñecas, mocosa», solía decirle su hermano cada vez que se acercaba a ellos. La mayor parte del tiempo le daban esquinazo. No la querían merodeando a su alrededor cuando jugaban a videojuegos, veían películas de terror en la tele o fabricaban esas maquetas tan laboriosas de edificios y castillos a los que ambos eran tan aficionados. Pero otras veces, sobre todo durante los largos y cálidos veranos, la dejaban que los acompañara, porque sus ideas para pasar el rato siempre eran las más divertidas.

Se le formó una sonrisa ensoñadora.

Cuando consultó la hora en el reloj suspendido sobre la puerta de la cafetería se apresuró con el desayuno. En diez minutos debía regresar a la tienda.

Hacía una mañana radiante de julio y Howth ya acusaba la llegada de los turistas. La brisa olía a flores y a salitre, el mar había adquirido una rabiosa tonalidad azul que hacía imposible distinguirlo del cielo allí donde ambos se unían y los pájaros alegraban el ambiente con sus melódicos trinos. Neve nunca había vivido en otro lugar que no fuera Howth, pero había viajado y no cambiaría su pueblo natal por ninguna otra ciudad del mundo.

La floristería se encontraba a unos cinco minutos a pie. Precisamente, en una de las intersecciones del camino se hallaba la casa donde Kyle y su familia habían residido hasta que se marcharon del pueblo.

Aquel día había llorado como una niña pequeña.

A los trece, ella ya no era tan «mocosa» como su hermano se figuraba. Desde que los había cumplido, pensaba en el inseparable amigo de Aidan de ese modo en que se te acelera el corazón y te revolotean mariposas en el estómago. Nunca se lo confesó a Kyle, aunque seguramente lo intuía. Durante aquel último año, siempre se sonrojaba cada vez que él le hablaba.

Cuando llegó a la floristería le dijo a Becca, su ayudante, que se marchara a desayunar. Como no había clientela que atender en esos momentos, prosiguió preparando los encargos florales que todavía tenían que repartir ese día.

Neve era feliz en su pequeño refugio perfumado y disfrutaba de su trabajo tanto como se podía disfrutar. La floristería era suya. Había abierto el negocio hacía una década, tras estudiar un módulo en Dublín sobre jardinería. Aunque los inicios fueron duros, pronto comenzó a irle tan bien que necesitó contratar a una ayudante. Al poco tiempo ampliaron los servicios, y Neve comenzó a encargarse del cuidado y mantenimiento de los jardines particulares de los vecinos de Howth.

Tomaba una cinta roja de seda para atar un ramillete de rosas blancas cuando escuchó el sonido de la campanilla que anunciaba la llegada de algún cliente.

—Enseguida lo atiendo.

Soltó las tijeras en el interior del bolsillo de su bata y depositó el ramo con mucho mimo sobre la mesa de trabajo. Al girarse y verlo plantado en medio de la floristería, dominando con su estatura el estrecho espacio entre los encargos florales pendientes de repartir, a Neve se le congeló la expresión en la cara.

—Buenos días —saludó él.

—Ho-hola.

Dejó las manos quietas sobre el mostrador y se olvidó de parpadear mientras él se acercaba con lentitud, los dedos metidos en los bolsillos de los gastados vaqueros y la mirada recorriendo los cientos de flores que decoraban el local.

—Necesito un ramo de flores. —Por fin la miró—. Pero no quiero un ramo cualquiera, quiero el mejor, uno que deje sin aliento a su destinataria.

Neve también se había quedado sin aliento. Muda y tiesa como una estatua. Estaba allí, delante de ella, mirándola directamente a la cara. ¡Pero no tenía ni puñetera idea de quién era! Decepcionada, incluso triste, trató de comportarse con naturalidad cuando lo que deseaba hacer era soltarle un manotazo. Se aclaró la garganta.

—Estás en el lugar indicado. Prepararé algo muy bonito. —No pensaba decir palabra, pero su impulsividad no era un atributo fácil de dominar. Inició un sutil tanteo—. Te he visto antes.

—¿Ah, sí?

—Sí, en la cafetería de Murphy, la que está unas cuantas manzanas más abajo.

Se la quedó mirando con los ojos un poco entornados. Tras unos interminables segundos de examen, asintió con lentitud.

—Estabas sentada junto a la máquina expendedora de tabaco.

—No, no estaba sentada junto a la máquina expendedora de tabaco. —Su voz sonó árida, como la tierra del desierto. ¿Pero tanto había cambiado? ¡Por Dios! Pero si hasta había reconocido a vecinos con los que apenas había tenido trato. Prefirió cambiar de tema antes de que se apercibiera de su malestar—. Para realizar mi trabajo del modo más eficiente posible, necesito saber cómo es la persona a la que van dirigidas las flores.

Kyle asintió sin dejar de observar ese rostro dulce de avispados ojos verdes que estaba enmarcado por una brillante melena rojiza.

—Ya caigo. Estabas sentada junto al escaparate, al lado de la vitrina de la bollería.

—No —comentó sin ninguna emoción.

—Lo siento. La verdad es que soy un desastre para recordar nombres y rostros. Entonces, ¿quieres una descripción de Madeleine?

—Por favor.

Neve sacó de un cajón un bloc de notas y un bolígrafo, y él colocó las manos sobre el mostrador. Eran grandes y fuertes, como el resto de su cuerpo. Ella se fijó en que no llevaba alianzas. Imaginó que, si podía tener a todas las mujeres que quisiera, ¿para qué iba a conformarse con una sola?

—Maddie es una mujer excepcional. Es… elegante, simpática, discreta, inteligente y muy bella. —Vio que no anotaba nada en el papel—. ¿No vas a apuntarlo?

—Yo trabajo con otro tipo de detalles.

—¿Como cuáles?

—Su estación del año predilecta, su color favorito, si prefiere el mar o la montaña, los amaneceres o los atardeceres…

—¿Me tomas el pelo? ¿En serio necesitas saber todo eso para preparar un ramo de flores? —Esbozó una sonrisa incrédula mientras ella lo miraba con total seriedad—. No tengo ni idea.

—Te asombraría conocer el estrecho vínculo que existe entre esos detalles y las flores, pero si no los conoces no importa, bastará con la información que me has facilitado. —Neve apretó los labios y empezó a escribir. De repente, tenía ganas de reír. Sí, se estaba quedando con él. ¡Por el amor de Dios! ¿Tan poco importante había sido para él que no la reconocía aún teniéndola a dos palmos? No sabía quién demonios era aquella tal Maddie, pero Kyle se merecía que preparara para ella el ramo de flores más horroroso que jamás hubiera recibido una mujer. Como venganza—. Has dicho que es una mujer excepcional, elegante, simpática, discreta, inteligente y muy bella. ¿Alguna cosa más?

—No, con eso es suficiente. —Metió la mano en un bolsillo de los vaqueros y sacó un papel cuyo contenido leyó para que Neve lo anotara—. Llévalo a esta dirección, ella estará en casa a partir de las seis de la tarde.

—Te prometo que quedará gratamente impresionada. ¿Quieres incluir algún mensaje en la tarjeta de entrega?

—Con las flores entenderá el mensaje. No podría resumir mi agradecimiento con palabras.

Neve le informó sobre el catálogo de precios y Kyle le entregó cien euros en metálico. Con ese dinero podía realizar una de sus creaciones más artísticas, aunque no se lo mereciera.

—¿Deseas algo más? —La mueca amable no le llegó a la mirada.

—Pues, ahora que lo dices, sí.

Kyle se inclinó un poco sobre el mostrador, lo suficiente para apoyar los brazos sobre la superficie y dejar sus pupilas a la altura de las de ella.

—Estás guapa, Neve Mara.

Ella agrandó los ojos.

—¿Así que… me has reconocido desde el principio y no me ha dicho nada hasta ahora?

Él asintió con una media sonrisa y la indignación de Neve se fue disipando gradualmente.

—Quería comprobar si todavía se te pone la punta de la nariz colorada cuando te cabreas. Ya he visto que sí.

—No es cierto. Superé ese problema hace un montón de años. Además, no estoy cabreada, solo estaba un poco… sorprendida.

—Yo también lo estoy. —Volvió a enderezarse—. Cuando Murphy me dijo que eras la propietaria de la floristería y te vi allí sentada, apenas podía creerlo.

—Así que me vacilaste.

—No pude resistirme.

Kyle no exageraba. La imagen actual de Neve no guardaba apenas semejanzas con la de la adolescente que acompañó a su hermano Aidan al aeropuerto de Dublín para despedirse. A excepción de los bonitos ojos verdes que, por otro lado, ya no lo miraban a través de los cristales de unas gafas.

Donde entonces había una larga melena rojiza recogida en una trenza sin ninguna gracia, ahora había una brillante cabellera suelta que le llegaba un poco más abajo de los hombros; y aunque la bata de la floristería apenas permitía apreciar su silueta, dejaba entrever que su cuerpo se había desarrollado en algún momento después de su marcha a Estados Unidos. Se le habían formado curvas allí donde antaño solo había líneas rectas.

—Tú también estás algo cambiado. —Neve se relajó. Estaba convencida de que la nariz ya no se le ponía colorada cuando se enfadaba, pero sí que apretaba la mandíbula. Notó alivio cuando la aflojó y dejaron de palpitarle las sienes—. ¿Qué te trae por aquí? No esperaba volver a verte por Howth.

—Un poco de todo. Negocios y placer. Voy a quedarme unas semanas en la casa de verano de mis padres antes de regresar a Estados Unidos. Me han dicho que te va muy bien.

—No puedo quejarme. —Tamborileó los dedos sobre el mostrador. No es que estuviera nerviosa, solo un poco inquieta. Aún no había asimilado que Kyle Barnes estuviera allí—. Empecé a interesarme por las flores a eso de los quince y estudié un módulo de jardinería en Dublín. Hace diez años que monté la floristería y no tengo competencia, porque es la única que hay en Howth.

—Así que tu sueño de convertirte en astronauta se fue al traste.

Neve mostró una sonrisa avergonzada.

—Aquello era un disparate. Se me fue de la cabeza cuando comencé a marearme cada vez que subía a alguna atracción de la feria ambulante de Howth. Pero me sigue gustando tumbarme en el jardín de casa para contemplar las estrellas —aseguró—. Aunque no sea lo mismo.

Caitlyn Lynch, que entre otras cosas era conocida como una de las mujeres más chismosas de Howth, entró en la floristería y se acercó al mostrador sin importarle que Neve estuviera tratando con un cliente. El forastero debió de llamarle la atención porque, en lugar de esperar su turno, saludó a Neve con sonora amabilidad y se quedó allí plantada con gesto de curiosidad.

—Enseguida hablamos, Caitlyn.

—Oh, no tengas prisa, cielo. Tengo cita con el médico dentro de una hora y no tengo otra cosa que hacer hasta entonces —sonrió, mostrando unos dientes que se le habían manchado con el carmín rojo pasión que llevaba en los labios. A continuación, y sin la mínima discreción, elevó la mirada hacia Kyle—. Tú eres nuevo por aquí, ¿verdad? No te había visto antes y yo nunca olvido a un hombre guapo.

No obstante, Kyle la reconoció rápidamente. Caitlyn Lynch era el vivo retrato de su madre, a la que en el pasado había visto a menudo porque regentaba la panadería que había cerca de su casa. De vez en cuando, Caitlyn le echaba una mano a su madre, sobre todo en vacaciones, pero no era frecuente verla por Howth, ya que estaba estudiando un módulo de peluquería y estética en Dublín. Kyle no entendía qué era lo que le habían enseñado en las clases, ya que su aspecto no podía ser más anticuado para una mujer que debía de rondar los cuarenta años. Su peinado era una nube rubia rígida por la laca y su maquillaje era muy recargado, llevaba en la cara todos los tonos del arco iris. Además, olía al mismo perfume dulzón que utilizaba su madre, aquel que aniquilaba el olor del pan recién hecho y que te obligaba a aguantar la respiración hasta que te quedabas sin aire en los pulmones y te empezabas a poner de color azul. Kyle dudaba mucho que continuaran fabricando la ropa que vestía, esos vetustos vestidos de estampados chillones y floridos que se ajustaban a su cuerpo rechoncho.

A sabiendas de que, si se identificaba, Caitlyn Lynch lo atosigaría con preguntas que en aquel momento no le apetecía contestar, la observó con la mejor de sus sonrisas y le dijo:

—No, no creo que nos hayamos visto antes. Yo tampoco me olvidaría de una mujer tan atractiva y sofisticada.

—Oh, qué zalamero. —Ahogó una risita con la punta de los dedos.

—Caitlyn, si no te importa aguardar un minuto, enseguida te atiendo —intervino Neve, esperando que captara el mensaje.

—Oh, por supuesto. Podéis continuar.

La mujer abrió su bolso, sacó un frasco pequeño de perfume y se lo espolvoreó sobre el escote de su vestido. Kyle reanudó la conversación.

—Hay algo más que quería hablar contigo.

—Dime.

—Me han comentado que también te dedicas a hacer arreglos en los jardines de las viviendas.

—Así es.

Kyle contuvo un momento el aliento cuando una vaharada del cargante perfume se le metió en las fosas nasales. Neve apretó los labios, conteniendo la risa.

—Como ya te he comentado, voy a instalarme en la casa de verano de mis padres. Hace bastantes años que nadie vive allí y el jardín está muy descuidado. Me gustaría que fueras a echarle un vistazo y que hicieras un presupuesto. Nada del otro mundo, con plantar unos cuantos setos alrededor de la piscina será más que suficiente. ¿Podrías hacerlo?

—¡Claro! —respondió solícita—. ¿Cuándo te viene bien que me pase por tu casa?

—¿Mañana por la tarde? ¿A eso de las cinco? Es el chalet que está cerca del faro de Baily, ¿lo recuerdas?

—Cómo olvidarlo.

—Bien. Te veo mañana entonces.

Neve logró tragarse parte de ese eufórico e inesperado entusiasmo y se limitó a curvar las comisuras de los labios.

—Señora Lynch, un placer haberla conocido.

—Señorita, y puedes tutearme —matizó altanera—. El placer ha sido mío. —Caitlyn se lo quedó mirando por la espalda mientras él se dirigía a la puerta. En cuanto salió de la floristería, se llevó una mano al pecho y miró a Neve con los ojos muy abiertos—. Vaya por Dios. ¡Qué buen culo tiene!

Neve dejó escapar una carcajada al tiempo que movía la cabeza.

—¿Quién es? ¿De dónde ha salido?

Se lo contó todo, animada por el hecho de que Kyle no había querido identificarse. Estaba segura de que había reconocido a Caitlyn.

—Lo recuerdo, ¡aunque entonces no era tan imponente! Algunas veces se pasaba a comprar el pan. —Se ahuecó el pelo con una mano y suspiró—. Me ha entrado un calorcillo la mar de agradable por todo el cuerpo, hacía tiempo que no veía a un hombre así. ¿Crees que le he gustado? ¿Que tengo posibilidades?

Neve se la quedó mirando sin saber muy bien qué contestarle, aunque la respuesta fuera más que obvia.

—Bueno, no lo sé. —Carraspeó y se encogió de hombros—. No conozco sus gustos con las mujeres.

A Caitlyn se le formó una mueca libidinosa y Neve se sintió un poco malvada, porque le divirtió la imagen de una entregadísima Caitlyn yendo detrás de Kyle. Era una mujer muy noble, pero podía ser insufrible: hacía unos meses se había enamorado del cartero y el pobre hombre casi había tenido que abandonar el pueblo para quitársela de encima.

Neve no la conocía en profundidad pero estaba segura de que ahí fuera debía de existir el hombre que viera más allá de su estridente aspecto físico y de su forma de comportarse, que en ocasiones podía resultar demasiado irritante.

Pero, desde luego, dudaba mucho que ese hombre fuera Kyle.

—Bueno, ¿qué puedo hacer por ti?

—Oh, mi revolución hormonal casi me ha hecho olvidarlo. —Rio. Caitlyn buscó en el interior de su bolso de color pistacho y extrajo un documento—. Aquí lo tienes, el título oficial que me permite trabajar como ayudante de jardinería.

Lo extendió sobre la mesa, de tal manera que Neve pudiera leerlo.

—Esto es… Vaya, ¡me alegro muchísimo por ti! Pero… De momento nos apañamos bien entre Becca y yo.

Ya habían tenido esa conversación anteriormente. A Caitlyn le había ido mal en su negocio de peluquería y estética y había decidido hacer un curso de jardinería con la intención de que Neve la empleara en la floristería, a pesar de que la había advertido de que no podía contratar a nadie más.

—Pero tú te encargas del mantenimiento de casi todos los jardines del pueblo mientras Becca se queda sola en la tienda, ¿estás segura de que no necesitas a nadie que os eche una mano? ¿Aunque sea unas horas al día?

—Lo siento, Caitlyn. Quizás más adelante, en las temporadas en las que tenemos sobrecarga de pedidos, pero ahora mismo me resulta imposible.

—Oh… Bueno, es una pena, porque he exprimido cada minuto del curso y he aprendido todo lo que se puede aprender sobre las flores, os sería de gran ayuda. —Cabizbaja, recogió su certificado y lo plegó—. De todos modos, me volveré a pasar más adelante, por si has cambiado de idea. ¿Tienes mi teléfono?

—Creo que no.

Le entregó una tarjeta de color fucsia.

—Es de la peluquería, pero en la parte de atrás viene mi teléfono móvil.

—Lo tendré en cuenta —le prometió.

—Con lo poco que yo exijo para ser feliz… Me conformaría con ese hombre que acaba de irse desnudo en mi cama, y con estar al otro lado de este mostrador. Eso sí, mi bata no podría ser blanca, un estampado bonito me quedaría mucho mejor.

Al menos, se marchaba de buen humor.

Capítulo 2

Neve pasó la tarde trabajando en el encargo de Kyle y confeccionó un ramo de diez rosas adornadas con flores de cymbidium, alstroemerias y margaritas, a la vez que se esforzaba en recordar a todas las Maddies de Howth. Pero no era un pueblo pequeño, así que era fácil que no las conociera a todas. Le resultaba cuanto menos sorprendente que Kyle hubiera mantenido el contacto con alguien de allí, pues ni siquiera la fuerte amistad con Aidan sobrevivió a la distancia y a los años.

Tal vez Maddie era una compañera de trabajo a la que le había hablado de lo maravilloso que era su pueblo natal y ella había decidido acompañarlo hasta allí.

Esa última posibilidad le gustaba menos.

—¿Para quién es ese ramo tan bonito? —le preguntó Becca, que entraba en la floristería después de realizar los repartos de la tarde.

—Para una tal Maddie. ¿Conoces a alguna mujer excepcional, elegante, simpática, discreta, inteligente y muy bella que se llame así?

—Ahora mismo no caigo. —Becca se rehízo el peinado en una coleta baja y luego se metió algunos mechones rubios detrás de las orejas —¿Y quién ha hecho el encargo?

—Kyle Barnes.

Becca frunció el ceño y luego abrió los ojos azules de manera desmesurada.

—¿Kyle Barnes? ¿El amigo de tu hermano? ¿El chico popular del instituto del que estabas tan enamorada?

—El mismo.

—¿Y qué está haciendo por aquí?

Becca se sacó un chicle de la boca, lo dejó caer en una papelera y se acercó a Neve.

—Dice que ha venido a quedarse unas semanas. Por negocios y por placer. —Cortó un trozo de alambre con los alicates.

—Menuda sorpresa, debe de hacer por lo menos quince años que se marchó a la Universidad, y no ha vuelto desde entonces. ¿Y dónde va a hospedarse?

—En la casa de verano de sus padres.

—¿La que estaba cerca del faro de Baily?

—Sí —contestó, con la atención centrada en el trabajo.

—Qué recuerdos me trae ese lugar. Fue allí donde perdí mi virginidad con él.

—¡Ay, joder! —exclamó, soltando de golpe los alicates sobre la mesa.

Se llevó el dedo a la boca y se chupó la yema. Se había dado un buen pinchazo con el alambre después de escuchar la confesión de Becca. Su compañera sacó de un cajón un bote de antiséptico y se lo tendió.

—Gracias. —Neve vertió un poco de líquido sobre la herida—. ¿Te acostaste con Kyle cuando tenías…?

—Quince años recién cumplidos, pero que no salga de aquí, porque, aunque ya ha pasado mucho tiempo, a mi madre le daría un infarto si llegara a enterarse de que fui tan precoz.

—¿Por qué me entero ahora?

—No éramos amigas y, además, te habría hecho daño saberlo. Tú estabas coladita por él, a nadie le pasaba desapercibido cómo lo mirabas cuando esperabas a tu hermano a la salida del instituto.

La escuela de primaria estaba anexada al instituto de secundaria, y como Neve terminaba sus clases quince minutos antes, siempre esperaba a la salida a Aidan para irse juntos a casa.

Experimentó un antiguo vestigio de celos, aunque no podía culpar a Becca. En aquella época era una chica preciosa —todavía continuaba siéndolo—, que ya había desarrollado las curvas y que se maquillaba a hurtadillas con los productos de belleza de su madre. No era de extrañar que Kyle se hubiera fijado en ella.

—Descuida, mis labios están sellados —dijo al fin.

—Bueno, ¿y qué has sentido al verlo?

La pregunta la intrigó lo suficiente como para alzar los ojos del rollo de cinta de seda azul que había tomado de la mesa y mirarla con desconcierto.

—¿Cómo dices?

—Que si se te ha removido algo por dentro.

—¡Claro que no! Han pasado quince años.

—¿Se ha quedado calvo? ¿Ha engordado hasta el punto de que ya no se ve los dedos de los pies?

—No. En realidad está más bueno que antes.

Becca silbó.

—Pero eso es irrelevante. Ya no soy aquella niña de trece años que se impresionaba con tanta facilidad. Además, estoy muy a gusto con Barry.

—En ese caso, ¿tengo vía libre?

—¿Estás hablando en serio?

Becca se echó a reír.

—Claro que no, yo también soy muy feliz con Cash.

Matizó esas palabras adrede, como queriendo decirle que también ella debería haberlas utilizado para referirse a Barry. ¡Llevaban saliendo juntos casi tres años! Pero siempre se refería a su relación con él de la misma manera insulsa: «Estamos a gusto». A Neve se le enturbió un poco la mirada, que volvió a enfocar en sus flores.

Un adolescente de pelo rojizo y ojos oscuros entró en la floristería y Becca se situó detrás del mostrador para atenderlo.