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¿Qué hace uno cuando se enamora de la hermana de su novia? Soy Alexandra y Daniel, stripper de vocación, es el hermano mayor de mi mejor amiga. Es el típico musculitos guapo sin cerebro que no se toma nada en serio. Pero es simpático y divertido. Un niño grande. Y me cae bien. No contaba con que, al volver a Madrid durante unas vacaciones estivales, comenzara a sentir por él algo que no debería, y menos siendo como es el nuevo ligue de mi hermana. Me llamo Daniel y Alexandra es la amiga del alma de mi hermana. Es demasiado seria y responsable, aunque admiro su tenacidad y la disciplina que la ha llevado a conseguir una beca para terminar sus estudios de danza en la Ópera de París. Ahora ha vuelto a Madrid convertida en bailarina profesional. Y yo me he enamorado de ella. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 619
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 María Carmen Ruiz Rojo
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Bailando en la tempestad, n.º 305 - septiembre 2021
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1375-904-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
Para mi madre, el faro que alumbra mi camino.
Para mi padre, mi ángel de música.
Tengo alas. Soy un cisne. Un cisne blanco. Una princesa encantada. Me elevo en el aire con los brazos en alto y las piernas extendidas para caer sobre la punta de mis pies, flexible y ligera como una pluma. Sigo bailando al compás de la música de Tchaikovsky. Me muevo con ella. O tal vez es ella quien me mueve a mí. Queda poco para la representación de El lago de los cisnes. En dos semanas nos estrenamos sobre el escenario de un teatro que estará a rebosar de gente aunque solo se trate de la función de fin de curso y estamos todos de los nervios, especialmente los que tenemos los papeles principales. Es mi anteúltimo curso en el Conservatorio Profesional de Danza. De niña soñaba con que llegara el día en que me convirtiera en bailarina profesional y ahora que lo veo tan próximo me apena dejar el conservatorio después de los nueve años que he pasado aquí. Nueve años de penas y alegrías, pero sobre todo de mucho trabajo.
–Alexandra, cuando te hayas cambiado ven al despacho de la directora –me dice la profesora, Nadia Dobrovolski, una exbailarina del Bolshói que con todos los años que lleva en España aún no se ha librado de su marcado acento ruso–. Queremos hablar contigo.
Asiento, aunque su tono no admite réplica. Si Nadia Dobrovolski dice que vayas al despacho de la directora, tú vas al despacho de la directora, y si dice que hagas el pino en el aire, tú haces el pino en el aire. Es una profesora dura y rígida que no admite un solo error, pero se enorgullece de formar a los mejores bailarines de ballet clásico. Si eres débil de carácter o si tu fuerza de voluntad flaquea, te quedas por el camino.
El sudor se me queda helado en el cuerpo. ¿Qué querrán? A lo mejor piensan echarme un sermón a causa de algo que todavía no sé. A lo mejor he hecho algo mal en el ensayo, aunque lo dudo. Si ese fuera el caso, Nadia me lo habría dicho delante de mis compañeros. El error de uno es el error de todos. Pienso que lo más probable es que vayan a sustituirme. Tal vez no doy la talla y quieren decirme a solas que ya no seré Odette, sino una bailarina más. Mientras me ducho, me hago el firme propósito de mantener la entereza y acatar su decisión, sea cual sea. Si he de ser un cisne más o una mera figurante, lo seré. Y lo haré bien. Y me esforzaré por mejorar y por llegar a ser un día primera bailarina. Mis compañeros me ofrecen su aliento y palabras de ánimo. «No te preocupes; seguro que es una tontería», dicen. Pero ni ellos se lo creen. Las tonterías no tienen lugar en el despacho de Carla Guzmán, la directora.
Ya con la ropa de calle, me dirijo hacia allá. Respiro hondo ante la puerta cerrada y llamo con los nudillos.
–Adelante.
La voz de Carla suena alta y clara desde el otro lado. Entro a su pulcro y ordenado despacho procurando que ni ella ni Nadia, que también está presente, noten lo nerviosa que estoy. Siento el corazón latiendo enloquecido contra mi pecho y por más que intento relajarme no lo consigo.
–Siéntate, Alexandra –ordena Carla–. Hay algo que queremos decirte.
Obedezco. Será mejor estar sentada. Carla hojea unos papeles y me ignora durante unos segundos interminables. Nadia me mira sin decir palabra, con sus implacables ojos azules clavados en mí. Yo me estremezco un poco. Seguro que está oyendo los latidos que me retumban en los oídos. Acabo de ducharme, pero me siento desaliñada a su lado. Llevo el pelo suelto aún húmedo sobre los hombros y la espalda, y ella no lleva ni una sola hebra fuera de su sitio. De haberme presentado así en clase me habría caído una buena bronca. Ya me llamó la atención una vez que no me puse bien las horquillas por andar peinándome a última hora y se me escapó un mechón de pelo. No me permitió recogérmelo; me hizo bailar con el pelo en la cara toda la hora y me riñó todas y cada una de las veces que el pelo entorpeció mis movimientos. «Espero que hayas aprendido la importancia de venir bien peinada», me reprendió con frialdad siberiana una vez terminó la clase. Finalmente, Carla levanta la mirada y me sonríe.
–El próximo curso será el último para ti –dice–. ¡Cómo pasa el tiempo! No eras más que una niñita asustada cuando llegaste. Y desde entonces has sido una alumna disciplinada, has absorbido las enseñanzas de tus profesores y has sacado provecho de las clases. Has bailado y te has esforzado en mejorar, en superarte. Y eso tiene su recompensa. Vas a ser primera bailarina en una de las obras más representativas del ballet como es El lago de los cisnes. Y no solo eso. Vamos a concederte una beca para que completes tu formación en la Escuela de Ballet de la Ópera de París.
Me quedo muda. ¿La Ópera de París? ¿He oído bien? ¿Una beca? ¿En París? ¿En una de las mejores escuelas de danza del mundo? Abro la boca para decir algo y la vuelvo a cerrar. ¿Qué se dice en una ocasión así?
–Solo si te interesa, claro –añade Nadia.
Juraría que se ha movido un músculo en su mejilla. ¿La profesora más severa de todo el conservatorio está conteniendo una sonrisa?
–¡Sí! –digo de pronto, recuperando el habla–. Sí. Sí, sí, claro que me interesa. ¿La Escuela de París? Pero eso es…
–Es una excelente oportunidad –termina Carla–. Sé que sabrás aprovecharla.
–¡Claro que sí! Es… Muchísimas gracias. Yo… No sé qué decir…
–No tienes que decir nada –dice Nadia–. Solo tienes que bailar.
Sonrío, aún sin poder creérmelo del todo. Yo. En París. El Conservatorio Profesional de Danza es soberbio, pero la Escuela de la Ópera de París es el Olimpo del ballet. Mi nivel de francés no es muy bueno; tendré que mejorarlo si quiero desenvolverme bien allí. Nadia y Carla me dan los detalles de la beca, que incluye no solo las clases, sino también el alojamiento y la manutención en la residencia de la escuela. No puedo pedir más. Y París está relativamente cerca. Podré volver a casa en los periodos vacacionales.
–Una última cosa, Alexandra –dice Nadia cuando ya me han informado de todo lo referente a la beca y lo que se espera de mí, que no es poco–. Despertarás envidias. El ballet es un mundo muy exclusivo y no creo que tenga que decirte la competencia que hay. Habrá gente que se alegre por ti y gente que no. Debes saber quiénes son tus amigos.
Asiento conforme. Pienso seguir sus consejos y no airear lo de mi beca a los cuatro vientos, pero es inevitable que se acaben enterando. Y no todos se alegran del progreso de los demás. Nadia y Carla se levantan, dando la conversación por concluida, y yo hago lo propio.
–Gracias por todo. Muchas gracias –digo.
–No tienes por qué darlas. Te lo has ganado –dice Carla.
Vuelvo a casa eufórica, deseando decirle a mi familia que me voy a Francia y que además no les va a costar ni un céntimo. Las clases de ballet son caras y, aunque yo he trabajado donde he podido para ayudar con su coste, no ha sido suficiente y mis padres han tenido que hacer un esfuerzo económico importante al que además hay que sumar los estudios de Claudia y Héctor, mis hermanos.
Me da un poco de miedo irme al país vecino; siempre he vivido en casa, con mis padres y mis hermanos mayores. Siempre he estado arropada por ellos, y como soy la pequeña, supongo que en cierto modo he sido la niña mimada. Que con mi metro sesenta y dos y mis cuarenta y ocho kilos sea la más baja y la más menuda de la familia tampoco ayuda mucho a que dejen de verme como a una cría, y eso que tengo ya diecisiete años. Aunque me temo que esto seguirá siendo así por más años que cumpla.
Entro en casa como un torbellino y corro a la cocina en busca de mi madre, que está en la cocina afanada con la cena.
–¡Mamá! ¡Mamá, que me voy a Francia! –anuncio a voz en grito, dejando caer al suelo la bolsa de deporte en la que llevo la ropa del ensayo.
–¿Cómo que…?
Me echo en sus brazos con todo el ímpetu que llevo y ella suelta el aire de golpe, como si hubiera sido golpeada por una bola de demolición. Entonces me aparto y comienzo a contárselo todo deprisa y corriendo. Quiero decirlo todo a la vez y lo único que consigo es que ella no se entere de nada.
–Alex… Alex… ¡Alexandra!
Su grito final consigue detener mi perorata, pero no mi entusiasmo. Mi madre tiene las palmas de las manos levantadas pidiendo silencio.
–¿Qué es eso de que te vas a Francia? ¿Qué beca? ¿Quieres tranquilizarte y hablar más despacio?
–¡Me han dado una beca para terminar mis estudios en la Escuela de Ballet de la Ópera de París! –exclamo–. ¿Te imaginas? ¡Podré estar allí un año, perfeccionarme! ¡Y me pagan también el alojamiento, mamá! No tendréis que preocuparos por nada. Y cuando acabe, tal vez pueda bailar con ellos y…
Sigo hablando sin freno mientras mi madre me escucha pacientemente, intentando asimilar todo lo que estoy diciendo. Le explico todo lo que me han dicho Nadia y la directora y respondo a sus preguntas. Cuando acabo, me mira con los ojos vidriosos, feliz por mí, por la oportunidad que esto representa, y triste porque me voy.
Es el tema de conversación principal esta tarde. Mi padre dice que me vendrá bien conocer otro país, otra cultura. Dice que así me espabilaré y luego añade que no es que no sea espabilada, pero una temporada en la belle France me hará conocer más del mundo, de la vida y de la gente. Mi hermana, Claudia, dice que en París conoceré a chicos guapos e interesantes, y cuando yo replico que no me interesa conocer chicos ni guapos ni feos, que yo lo que quiero es bailar, resopla con desdén.
–Mandan a París, la ciudad del amour, a una sosa a quien lo único que le interesa es ponerse un tutú. ¡Qué desperdicio! –se burla. Pero siento el orgullo de su voz.
Mi hermano, Héctor, me alza en sus brazos y me achucha en cuanto le doy la noticia. Mide uno noventa y yo casi desaparezco en sus brazos. Con veintitrés años es el mayor de los tres. Claudia tiene veintiuno.
–¡Qué suerte, canija! –exclama Héctor.
–En el conservatorio ya no sabían qué hacer para librarse de ella –dice Claudia.
El ambiente es festivo, de celebración. Todos se alegran por mí. Vemos un poco la tele después de cenar. Dan una serie de crímenes que nos gusta mucho a todos menos a mi madre, que se queja de si no tenemos bastantes muertos ya en las noticias que tenemos que ver más. No hay forma de hacerle ver que es un mero entretenimiento. Pero esta noche, Héctor no presta atención al nuevo caso de los detectives. Está ausente y en el intermedio dice que se va a acostar, que quiere leer un rato. Espero un tiempo prudencial para darle tiempo a cambiarse y voy a su habitación.
–Héctor, ¿puedo pasar? –pregunto llamando suavemente a la puerta.
–Vas a pasar igual aunque te diga que no. Entra.
Una vez dentro, cierro la puerta. Mi hermano está recostado en la cama con el libro cuya lectura he interrumpido en el regazo. Sonríe al verme.
–¿Estás bien? –le pregunto, sentándome en la cama.
Él suspira apesadumbrado.
–Esther me ha dejado –dice.
Me sorprende. Esther es su novia. O lo era. Llevaba un año y pico con ella y la cosa parecía ir en serio. Al menos a él siempre lo vi muy enamorado.
–Lo siento –murmuro–. ¿Por qué no has dicho nada?
–Porque es tu momento, canija. No quería ser un aguafiestas.
–No eres un aguafiestas. ¿Qué ha pasado?
–Dice que la relación la ahoga, que quiere un tiempo, que… Que ya no me quiere, Alex. Eso es todo.
–Encontrarás a alguien mejor –le digo para animarlo, poniendo una mano sobre la suya–. Esther era una estirada.
–No te caía bien desde el principio.
–Por eso. Porque era una estirada.
Héctor se ríe.
–La próxima te gustará más –me asegura.
–Eso espero. Te dejo con tu lectura; me voy a ver Mentes criminales.
–¡Eh!, enana… –Me doy la vuelta con la mano en el pomo, a punto de salir del dormitorio–. Te echaré de menos cuando te vayas a París, pero me alegro mucho por ti.
Me llamo Daniel y soy stripper. No es algo que vaya pregonando por ahí, pero tampoco me avergüenza. Me gusta mi trabajo. Aunque mi familia no lo considera un trabajo. No uno serio. Ni siquiera decente. Todos tienen algo que decir al respecto. Soy un exhibicionista, un tarambana, un tipo superficial de moral distraída y lo único que hago es despelotarme y mover el rabo. Esto último son palabras textuales de mi hermana, Sofía, que no tiene ni idea. La única que no me dice nada es mi abuela Elvira, que directamente no me habla.
En algunas ocasiones hago de modelo fotográfico, generalmente de ropa interior. Una vez hice un anuncio de corbatas, pero solo llevaba puesta la corbata. La verdad es que no se me veía nada. Absolutamente nada. Me refiero a las zonas íntimas, claro, lo demás sí. Pero los anunciantes tuvieron la feliz idea de poner el cartel en las marquesinas de los autobuses. Mi madre pasó por una de ellas y no solo tuvo que ver mi anatomía en todo su esplendor, sino también oír los comentarios de unas entusiastas adolescentes que declaraban sin rubor alguno lo que harían conmigo. La que sí se ruborizó hasta la raíz del cabello fue mi madre, que volvió a casa sofocada por el bochorno que había pasado y enfadadísima. Lo más fino que me llamó fue degenerado. A mí, que estaba en casa tranquilamente sin meterme con nadie. O sea, las desatadas eran ellas y la culpa era mía.
–¡Si al menos te vistieras alguna vez! –me reprochó.
–¡Pero si estoy vestido! –repliqué.
Bailo en despedidas de soltera y en un club,Dreams, donde solemos hacer espectáculos de striptease individuales y unas coreografías en grupo cojonudas. Está bien pagado y además hay propinas nada desdeñables. Se trata de calentar el ambiente, de bailar de forma erótica, sensual, de provocar al personal mientras te vas quitando la ropa. Es un arte. Por lo general nos quedamos en taparrabos, aunque en ocasiones el striptease es integral. A algunos les da corte y no lo hacen, pero a mí no me supone ningún inconveniente quedarme en pelota picada y mover un poco el rabo, como dice mi hermana.
Por descontado, tengo un cuerpo cuidado y musculado, con tableta de chocolate y todo eso. Voy al gimnasio de vez en cuando y hago pesas y abdominales en casa. Pero tampoco me obsesiona. La genética se ha portado bien conmigo. Lo que más me incordia es tener que depilarme, pero son gajes del oficio. Ah, lo olvidaba: mi nombre artístico es Jack Hammer. Se le ocurrió a mi jefe.
Mi hermana está de parloteo con el móvil y está chillando medio histérica con alguna amiga suya. Dice algo de París y de la ópera. Me extraña porque si de striptease no entiende nada, de ópera entiende todavía menos. Pero parece muy contenta. Por lo que oigo, su amiga se va a bailar a París. Debe tratarse de Alexandra. Son amigas desde el parvulario, y no sé por qué porque no se parecen en nada. Son el ying y el yang. El blanco y el negro. El polo positivo y el negativo. Será que los polos opuestos se atraen porque también son uña y carne. Van a clase juntas, salen juntas, van de compras juntas, van al servicio juntas… Y luego, al salir de clase, mi hermana va a jugar al rugby en el equipo femenino (aunque con lo bruta que es también podría estar en el masculino) y Alexandra va a clases de ballet clásico. Lo dicho: la noche y el día.
Mi hermana, recia y morena, pasa por un charco chapoteando como un elefante. Alexandra, menuda y rubita, casi flota. Como mucho salen ondas donde ella pone el pie. A veces pienso que podría caminar sobre el agua sin hundirse. Siempre ha sido una niña flaca, aunque saludable, y más bien tímida. Tiene unos ojos azules preciosos, eso sí. Pero ahí está todo su atractivo. A sus diecisiete años está lisa como una tabla de planchar. No tiene ni culo, ni caderas, ni tetas. No es que me haya fijado en sus tetas. Bueno, sí. O eso haría si las tuviera. Lo que quiero decir es que no la veo como a una chica porque, además de una cría, es la amiga de mi hermana, y yo le tengo aprecio. Cariño incluso; es como otra hermanita. Pero hay que ser objetivos. Alexandra no es el tipo de chica que hará que un hombre pierda la cabeza. Al menos físicamente. Tampoco estoy diciendo que sea fea; más bien al contrario. Lo que hay que reconocer es que es tenaz, flexible y aplicada. Y hace el spagat como nadie. La he visto hacerlo alguna vez y me duelen los huevos de verlo.
Sofía se despide diciendo que irán a celebrarlo el sábado. Por lo visto, piensan ir a cenar juntas. Supongo que mi hermana engullirá un par de hamburguesas con patatas, aros de cebolla, un litro o dos de refresco y un helado bien cargado con todo lo disponible y Alexandra, una ensalada y un palito integral. ¿Qué comerá esa chica?
–A Alex le han dado una beca para terminar los estudios en París –me informa una emocionada Sofía como si yo le hubiera preguntado, que no es el caso–. ¡Va a terminar su carrera de bailarina en la Escuela de la Ópera de París! ¿No es alucinante?
–Supongo que sí –murmuro.
Ella frunce el ceño ante mi falta de entusiasmo.
–Puede ser la oportunidad de su vida –dice–. ¡Es una de las mejores escuelas del mundo! Pero ¿qué vas a saber tú de bailar vestido? –añade. Innecesariamente, debo decir.
–Bailan en leotardos –replico yo–. No sé qué es peor.
–No tienes ni idea.
–Tú sí que no tienes ni idea.
–Deberías alegrarte por ella.
–Y me alegro. Me alegro mucho.
–Pues me alegra que te alegre porque la semana que viene van a representar El lago de los cisnesy…
–Ah, no, de eso nada –la atajo. Me lo veo venir.
–Y ella va a interpretar al cisne blanco, así que…
–Ni de coña, vamos.
–… te vienes aunque sea a hacer bulto. Y te llevas a tu novia.
–No tengo novia.
–No me sorprende. Pero te vienes a dar apoyo.
–Que no, coño, que a mí no me líes. Que no voy yo al ballet de fin de curso.
–¡Pero mira que eres egoísta!
–¿Egoísta yo?
–Pero ¿qué te cuesta? Oye, es importante para ella, ¿vale?
–Sí, hombre. No voy a tus partidos y voy a ir a ver a los puñeteros cisnes esos.
–Eso, eso. Además de mal hermano, mal amigo.
–Tú no vienes a ver mi espectáculo de striptease y yo no pienso que seas una mala hermana por eso.
–Yo soy menor de edad –replica con aire de suficiencia–. No puedo entrar al local.
Zasca en toda la boca. ¿Quién me manda discutir con ella? Su mente es más rápida que la mía y tampoco es que yo haya hecho gala de mucha inteligencia. Al final sí que me ha liado la criaja esta.
–El ballet es un rollo –gruño.
–Es el domingo que viene. A las siete y media. Tu hombría no se va a ver en entredicho porque vayas a ver a unos chicos bailando en leotardos. –Abro la boca para decirle que eso no tiene nada que ver, pero Sofía a lo suyo–. Venga, hombre, que es Alex. Cuando sea famosa podrás decir que fuiste a ver su función de fin de curso. Siempre has venido a ver las finales del campeonato de rugby cuando hemos jugado. ¿Por qué no vas a ver bailar a Alex? ¡Pero si es de la familia!
Me ablando. En el fondo soy un blando. Y ahí Sofía tiene razón. El público es importante y si yo puedo ir a apoyarla… ¿Por qué no ir a ver cómo baila Alexandra?
He quedado con Sofía, mi mejor amiga. La llamé el otro día para darle la buena noticia y casi le hizo más ilusión que a mí. Vamos a ir a ver una película a los cines del centro comercial. Después iremos a cenar.
Sofía me abraza en cuanto me ve. Tiene tanta energía que casi es un placaje en toda regla. Es jugadora de rugby y es frecuente verla con algún que otro morado que luce con orgullo. Yo no entiendo gran cosa de rugby; solo lo que ella me cuenta o lo que veo cuando puedo ir a verla jugar, pero disfruto en el ambiente del campo, con toda la gente animando a su equipo. Son buenas, muy buenas. El año pasado fueron campeonas de España. Son chicas fuertes, arrojadas. Conozco a algunas de las compañeras de Sofía y aunque son competitivas e implacables con sus rivales tienen un gran espíritu deportivo. Casi todo el mundo piensa que son chicas brutas y masculinas, pero no es cierto. Son tan femeninas como cualquier chica, aunque a veces sí que tienen modales un poco bruscos. Están en plena forma y tienen un cuerpo fibroso, bien formado. A su lado, yo parezco una muñeca.
–Mis padres se han puesto supercontentos cuando se lo he contado –me dice al liberarme de su abrazo–. Irán a la función. Y he hecho prometer a mi hermano que también vendrá.
–¿A tu hermano le gusta el ballet? –pregunto extrañada.
–¡Qué le va a gustar, si es un inculto! Pero dice que irá a verte bailar de todos modos. Es tu gran estreno y no se lo puede perder.
–No tienes que obligar a todo el mundo a que vaya, Sofía.
–Si él en el fondo quiere ir. Lo que pasa es que va de duro por la vida.
Me hace reír. Daniel, el hermano mayor de Sofía, es el típico musculitos sin cerebro. No voy a negar que es guapo. Es un morenazo de ojos oscuros, cuerpo bien cuidado y sonrisa de anuncio de dentífrico que atrae miradas. Y ya puede hacerlo porque es su trabajo. Es stripper. Sofía dice que le pagan una pasta por desnudarse. Dice que cuando cumplamos los dieciocho iremos a uno de sus espectáculos aunque solo sea por hacerle pasar vergüenza, aunque dudo que la tenga.
Me llama «patito» desde que empecé a bailar. De niños sonaba mordaz y desagradable, y a mí no me gustaba nada que me llamara así. Ahora lo sigue haciendo, pero el mote ha cobrado un matiz afectuoso y ha dejado de molestarme. Solo tiene cinco años más que nosotras, pero nos trata como si fuéramos unas crías. Supongo que desde su punto de vista es lo que somos.
Una vez en el cine, compramos las entradas para ver una comedia romántica cuyo final está cantado, pero nos apetece mucho verla. Sofía prácticamente me arrastra hacia el bar, donde compra un bol de palomitas de tamaño considerable, un vaso grande de refresco (luego saldrá corriendo de la sala porque tiene que ir al baño) y unas chocolatinas. No sé cómo puede comer tanto y estar delgada. Será por la cantidad de ejercicio que hace. También yo hago ejercicio, pero si comiera todo eso engordaría y tendría un serio problema a la hora de bailar. Me conformo con una bolsita de patatas light deshidratadas y un botellín de agua fría que por el precio que tiene bien podría ser champán. Sofía mira mis escasas provisiones.
–¡Qué triste lo tuyo, nena! –dice. Siempre me dice lo mismo.
–No puedo atiborrarme de chucherías; ya lo sabes –replico. Siempre contesto lo mismo.
Sofía sonríe y entramos a la sala.
Son días ajetreados. Ensayos y más ensayos. Nadia es una profesora estricta; todo ha de ser perfecto. Cada movimiento, cada salto, cada expresión facial… Que no seamos alumnos de último curso no es motivo para no rozar la excelencia.
–Estás enamorado de Odette, Sigfrido –dice Nadia enérgicamente apuntando a Carlos, el bailarín que interpreta a Sigfrido, con un dedo índice acusador–. Ella se transforma en cisne y se aleja de ti, y a ti te desespera. ¡No la mires cuando huye como si solo fuera a tirar la basura!
Carlos asiente, aceptando la regañina sin protestar. Yo no digo nada. Nadie dice nada y el ensayo continúa. Bailamos y bailamos. Carlos me mira a los ojos y esta vez parece que su mirada es del agrado de Nadia. Yo también lo miro, resistiendo la tentación de sonreírle. Lo suyo es más complicado porque debe mirar igual a Susana, la chica que interpreta a Odile, el cisne negro. Mi antagonista. Susana está disfrutando como nadie de su papel. Aunque el que se lo está pasando realmente bien es Darío. Él es Rothbart, el malvado brujo que hechiza a la princesa Odette y al resto de las chicas. Al final muere, pero que le quiten lo bailado, y nunca mejor dicho.
Nadia nos dice todo lo que debemos mejorar y nos da todas las indicaciones necesarias para que la obra sea no menos que sublime. No hay bailarín que se libre de sus objeciones, sus puntualizaciones y sus reprimendas. Cuando terminamos, estamos sudorosos y cansados, pero también excitados. El día de nuestro debut en el escenario se acerca. Los del último curso, los que dentro de pocos días abandonarán el conservatorio como profesionales, interpretarán El cascanueces, otra de las obras cumbres del ballet de todos los tiempos. Mi último curso no será aquí. Me emociona y me aterra a partes iguales.
Y llega el gran día. Estamos todos con nuestros maillots y nuestros tutús esperando para salir a bailar. Todos los cisnes estamos vestidos de un blanco inmaculado, con un tocado de plumas blancas en el pelo. Todos excepto el cisne negro. Susana destaca entre todas. Viste de un elegantísimo negro azabache y está realmente preciosa. Carlos lleva unas mallas de color crudo y camisa azul y Darío viste de negro y unas grandes plumas negras adornan sus brazos. Cristina, la reina, lleva rojos y dorados. Se ha metido muy en su papel y hace el tonto, mirándonos regiamente por encima del hombro como si fuéramos sus insignificantes súbditos.
–Como te vea Nadia, te va a quitar la tontería de una colleja –la advierte Susana–. Hasta la tiara esa que llevas puesta va a salir volando.
–Y el moño –añade una de los cisnes, haciendo que soltemos risitas.
–Creo que me voy a desmayar –dice un Carlos que no puede estar más nervioso ni más pálido.
–Sí, eso, desmáyate. El príncipe Sigfrido se desmaya al verme aparecer. Muy bonito –se burla Darío–. Una versión muy interesante.
–¡Silencio! –La voz de Nadia, que ha aparecido de la nada, es como un látigo–. Lago de los cisnes… ¡Una bandada de cacatúas es lo que parecéis! ¡A callar todo el mundo! Quiero concentración máxima desde ya, ¿me habéis oído?
Asentimos sin decir palabra. Calentamos, estiramos… Y nadie abre el pico.
Acto uno. Escena uno. En un parque cerca del castillo, el príncipe Sigfrido, su tutor y sus amigos celebran el veintiún cumpleaños del primero. Hasta que llega la reina a poner fin a la fiesta. Sigfrido debe casarse y deberá escoger a su esposa en la celebración del baile real.
¡Cómo disfrutamos! Queremos detener el tiempo y seguir bailando eternamente. La música de Tchaikovsky inunda el teatro y nosotros estamos metidos de lleno en la obra. Hemos optado por el final feliz. Hay varias versiones, la mayoría con final trágico, pero hemos decidido por unanimidad que todo termine bien para los enamorados. El único que sale mal parado es Rothbart, que recibe su merecido. Incluso su hija Odile, el cisne negro, es perdonada, ya que su engaño obedece a las malas artes de su padre. Suenan los últimos compases y la música termina conmigo en los brazos de mi amado príncipe, roto ya el hechizo.
La gente aplaude a rabiar. Algunos no aplauden, pero es que están enjugándose las lágrimas o sonándose la nariz, así que se les perdona. Saludamos al público con una graciosa inclinación. Nuestras familias y nuestros profesores están ahí, mirándonos, aplaudiendo. Incluso hay niños del primer curso que nos miran boquiabiertos. También yo un día estuve entre el público, queriendo ser como los bailarines del escenario. A ellos les llegará el día más pronto de lo que piensan. Cae el telón y nos retiramos. Carlos me lleva de la mano y una vez fuera del escenario nos abrazamos. Hay profesores sacando fotos para inmortalizar el momento. Abrazo a Susana. Cisne negro y cisne blanco en un revuelo de tul y plumas. Unos secos aplausos nos interrumpen.
-¡Bravo! –dice Nadia–. ¡Bravísimo! Excelente representación. Enhorabuena a todos.
No parece especialmente satisfecha, pero el fuego azul de sus ojos nos dice que lo está. Está orgullosa de nosotros. Está orgullosa de lo que hemos hecho ahí afuera, de cómo hemos bailado. Y no habríamos podido sin su guía. Nos abalanzamos hacia ella y la rodeamos en un abrazo conjunto. Ella sonríe. La capa de frío que suele llevar puesta como una reina de las nieves rusa se le cae y deja que expresemos nuestro entusiasmo y nuestro agradecimiento.
–Bueno, ya está bien –nos regaña con cariño–. Apartaos. Esto es muy poco profesional.
Pero también ella está contenta. Posamos todos con todos y nos hacemos una foto en grupo con nuestra rígida profesora, que solo se ablanda el día de fin de curso.
Cuando nos hemos cambiado, comunico a mis compañeros que el próximo curso no estaré con ellos. Me da mucha pena, y también a ellos. Se alegran, pero mi marcha les entristece. Y también a mí. Prometemos seguir en contacto, seguir viéndonos. Me dicen que estudie mucho, que mejore mi francés y que baile. Sobre todo que baile. Es un momento emotivo; tenemos lágrimas en los ojos. Pero no es momento para lágrimas, sino para celebraciones. Y está todo el verano por delante.
Si nuestra interpretación ha encandilado al público, la del último curso desata el furor. El telón se abre un par de veces para que los artistas saluden y reciban los efusivos aplausos del público. Tras su retirada, la función ha terminado. Los asistentes se levantan de sus asientos y comienza el lento desfile hacia la salida. Yo voy a despedirme de Nadia, de Carla, la directora del conservatorio, y de los demás profesores. Les doy las gracias por todo lo que han hecho por mí, por todo lo que me han enseñado. Todos me desean suerte y me dicen que si no me adapto a la nueva escuela, puedo regresar. Estarán encantados de volver a tenerme entre su alumnado, pero prefieren que no vuelva.
Mis padres y mis hermanos me esperan fuera. También está Sofía con sus padres y su hermano, que no parece saber muy bien dónde meterse. Corro hacia ellos y los abrazos y felicitaciones se suceden. Les ha gustado mucho. Aunque si no les hubiera gustado, tampoco me lo dirían. Pero se los ve entusiasmados, así que sé que están siendo sinceros. Los padres de Sofía me tratan como a otra hija y los míos con Sofía hacen otro tanto. Nuestras madres son amigas desde antes de que ella y yo estuviéramos en sus barrigas. Daniel es el último en saludarme.
–Bien hecho, patito –me dice después de darme dos besos.
Sofía le fulmina con la mirada, pero a mí no me importa. Sé que lo dice con cariño, así que le doy las gracias. Mi padre propone ir a tomar algo todos juntos y para allá que vamos.
Me he emocionado con un puto ballet. Un montón de crías flacas en tutú y unos críos con leotardos, que mi hermana la lista dice que se llaman «mallas». Qué repelente es la pobre. A ver, ¿cuál es la diferencia? Pues eso, que me he emocionado, y eso que no me he enterado de nada. Mi hermana me ha contado la historia del brujo, los cisnes y el príncipe y me ha dicho que Alexandra es la princesa encantada convertida en cisne y bla, bla, bla. La verdad es que no le he hecho mucho caso. Pero cuando he visto que ella «moría» y el tío que hacía de príncipe la dejaba en el suelo… Joder, que casi lloro. No pienso admitirlo, desde luego. Mis amigos y compañeros de profesión se burlarían de mí por siempre jamás. Sería el hazmerreír del gremio. El stripper sensible.
Me ha gustado. Me ha gustado la elegancia con la que se movían en el escenario. Me ha gustado ver cómo las chicas movían los brazos como si fueran alas. ¡Qué bonito! Alexandra ha estado espectacular. Llegará lejos esta niña. Me habría gustado decirle todo eso, pero lo único que me ha salido es «bien hecho, patito». ¡Menudo imbécil! Sofía me ha lanzado rayos láser por los ojos, pero Alexandra no se lo ha tomado a mal. De pequeña se picaba. Ya no. Sofía dice que ya ha visto que es producto de mi inmadurez y que pasa de mí. Ha sonreído y me ha dado las gracias. En septiembre se irá a París. Mi hermana va a echarla de menos. Y a mí se me va a hacer raro no verla por casa.
Mateo, el padre de Alexandra, nos ha invitado a tomar algo y estamos en un bar bastante majo charlando y pasando lo que queda de tarde ante unos cafés, refrescos (sin azúcar para Alexandra) y cervezas. La conversación es amena y agradable. Lo estamos pasando bien. Me fijo en el modo de coger el vaso que tiene Alexandra. Tiende la mano como si fuera un movimiento de ballet. La tiende con delicadeza, con elegancia. No parece ser consciente de ello. Incluso bebe con una gracia que dejaría en ridículo a una reina. Mi hermana está hablando con un aplomo de persona mayor que me deja flipado. ¿Cuándo ha pasado esto? Hablan de la situación de la mujer en el mundo del deporte y lo están contrastando con la situación del hombre en el mundo del ballet. Mira Billy Elliot. Se me van a fundir los plomos. Tomo parte en la conversación, por supuesto, pero alucino. ¿Cuándo han crecido estas dos? A Héctor y Claudia no parece sorprenderles, pero a mí me deja fuera de juego.
Pilar, la madre de Alexandra, se interesa por mi trabajo y mi madre se lamenta por enésima vez de que no tenga un trabajo «de verdad». Nunca hace eso delante de otras personas, pero con Mateo y Pilar hay confianza. Y donde hay confianza da asco, así que ella no se corta.
–Dejó la universidad para dedicarse mira tú a qué –dice.
–No me gustaba la universidad –replico–. No quiero ser ingeniero, mamá.
–Al menos podrías haber terminado la carrera.
–Bueno, pero ser stripper no está tan mal. Se trata de un baile, ¿no? Distinto al que yo hago, vale, pero un baile al fin y al cabo.
Todos nos quedamos mirándola. Alexandra nos devuelve la mirada con esos ojazos azules. ¿Está de guasa? No. Lo ha dicho en serio. La miro procurando que no se me caiga la mandíbula y ella me sonríe con timidez. Ya pueden dar por buena la teoría de cuerdas. Estoy en un universo paralelo.
–Visto así… –dice mi madre.
La de veces que habré dicho yo que lo mío es un baile. Termino sin ropa, de acuerdo, pero es un baile. A mí ni caso. Y ha sido abrir la boca el patito y mi madre se pone razonable.
–O sea, ahora vas a comparar el ballet clásico con lo que hace este –salta Sofía.
–Si Tchaikovsky levantara la cabeza… –murmura mi padre.
Reímos. Se meten mucho conmigo, pero me lo tomo con buen humor porque sé que no lo hacen con maldad. Estamos en el bar un buen rato y ya es de noche cuando nos marchamos a casa. Felicito a Alexandra una vez más y esta vez sí acierto a decirle que me ha gustado mucho la representación, aunque admito que no me he enterado de gran cosa.
–La próxima vez –dice ella.
–La próxima vez bailarás en París –contesto.
Sábado. Hemos organizado un espectáculo por todo lo alto en el club. Mis cuatro compañeros irán vestidos de soldados imperiales y yo, del mismísimo Darth Vader. Esperamos que los fans más acérrimos de Star Wars no se rasguen las vestiduras cuando lo vean, que para eso ya estamos nosotros.
Hemos ensayado los pasos, los cierres de la ropa y todo lo necesario para poder brillar en el escenario. Va a ser algo sexy y atrevido. El local está a rebosar. Hay muchas mujeres y aún más hombres que toman sus consumiciones sentados alrededor de las mesas redondas situadas ante el escenario. La luz tenue da al local un ambiente íntimo y discreto que resulta ser del agrado de los clientes. En primer lugar actuará una bailarina de pole dance ligerita de ropa que caldeará el ambiente, luego salen las chicas y por último, nosotros. Todo el mundo está preparado, con ganas. Las chicas pretenden provocar fallos en la ley de gravedad. Los chicos queremos mojar cuantas más bragas mejor. Que se vayan a casa calentitos. Y, sobre todo, que disfruten.
Pasan los minutos y el público está de lo más animado. Hay baile y rock and roll. Las chicas se contonean, se insinúan. Y se quitan la ropa con desparpajo, con descaro, pero también con una exquisita coquetería. Para cuando el espectáculo termina solo llevan puesto un tanga minúsculo de color rojo. El público aplaude.
Y vamos nosotros. Se oye un clamor de sorpresa al vernos aparecer de esta guisa. Hay alborozados silbidos y aplausos. La cosa promete. A las mujeres les gusta. Los hombres se divierten. Las partes de la armadura de las tropas de asalto comienzan a volar por los aires junto a mi capa y demás bártulos. Al diablo con los cascos. Fuera jerséis. Nos quedamos con el torso desnudo y las mujeres comienzan a jalearnos. El ambiente se anima aún más cuando comenzamos a soltarnos los botones de los pantalones. Pero no es el momento. Seguimos bailando y provocando al personal. Finalmente damos un buen tirón de los pantalones y el velcro se suelta. Nos quedamos con las botas puestas y un taparrabos que cubre convenientemente nuestro sable láser. La gente sonríe y aplaude. Nosotros saludamos y salimos del escenario. La música sigue y la pista de baile queda abierta para todo aquel que quiera seguir pasándolo en grande. La noche es joven.
Despierto muy temprano en una cama que no es la mía en una habitación que tampoco es la mía. A mi lado hay una chica morena de pelo largo con un cuerpo de infarto totalmente desnuda. La sábana se ha deslizado y ha dejado su espléndido culo al descubierto. Tengo que independizarme. No puedo llevar chicas a casa viviendo con mis padres y mi hermana. Alicia sigue dormida. ¿Alicia? ¿Elena? Ay… Joder, ¿cómo se llamaba? Hago un esfuerzo por recordarlo, pero no hay manera. Creo que será mejor ser sincero y admitir que no me acuerdo de su nombre. Mejor eso que llamarla por un nombre equivocado y desatar las iras del averno.
Alicia –o puede que Elena– se remueve, abre los ojos y se despereza como una gata. La visión de sus curvas, la piel suave y ese par de tetas hacen que la sangre comience a ausentarse de mi cerebro para buscar otros horizontes.
–Buenos días –ronronea.
–Hola, nena.
La beso y ella no opone resistencia. Su cuerpo se acerca al mío, insinuante, pidiendo guerra. Y me la como entera para desayunar. Anoche echamos un buen polvo. Un par de copas, en tu casa o en la mía y terminamos revolcándonos en la cama. Y esta mañana queremos más. Alicia/Elena no es de las que se cortan. Le gusta el sexo, sabe lo que quiere y lo toma. Acabamos saciados y sudorosos. Sé que ella no espera que me quede en la cama haciéndole arrumacos. No espera que la tome en mis brazos ni que me quede a desayunar en plan parejita. Solo quería follar, y yo también. Somos adultos.
–¿Te importa si me ducho? –le pregunto.
Alicia/Elena dice que no, y yo lo agradezco. Estoy pringoso y sudado. Me doy una ducha rápida y me pongo la misma ropa. La única que tengo. Pero al menos estoy limpio. Y fresco. Me despido de Alicia/Elena… –¿O era Sonia?– y me voy. Sin traumas y sin promesas de llamarnos. Ha sido sexo de una noche. Bueno, y de una mañana.
Entro en casa sin hacer ruido. Todavía no son las ocho de la mañana y es domingo, así que todos están dormidos. Pienso meterme en la cama y dormir un rato más; todavía es muy temprano.
–¿Qué horas de llegar son estas?
Casi se me sale el corazón por la boca. Mi hermana está en la cocina desayunando todo lo desayunable. Me mira con una sonrisa burlona, satisfecha de haberme dado un buen susto.
–Métete en tus asuntos –replico en un cuchicheo.
–¿Era guapa?
–Pero ¿a ti qué coño te importa? No tengo por qué darte explicaciones.
Lo que me faltaba: mi hermana en plan madre controladora. Una tocapelotas metomentodo es lo que es.
–Si te has duchado y todo…
–¿Y tú qué haces levantada tan temprano? –contraataco.
–Tengo partido. Semifinales.
Ah, claro. Tiene partido. Se levanta pronto porque tiene que darle tiempo a digerir todo lo que come.
–Suerte –digo–. Me voy a la cama.
–¿Otra vez?
Se ríe. La miro furibundo y ella da un mordisco a su tostada extragrande parcialmente quemada y a tope de mermelada con aire inocente.
–Sofía, vete un poquito a la mierda, ¿eh?
–Ay, chico, qué humor traes para haber echado un polvo. ¿Entonces qué? ¿Vas a venir al partido?
–No.
–Son semifinales.
–Ya me lo has dicho.
–¿Y no piensas venir? Es a las once.
–No, no pienso ir.
–Viene Alex.
–Pues genial. Me voy a acostar.
–Vaya hermano –la oigo refunfuñar mientras me alejo.
Ha sido un partidazo. O eso es lo que afirman Sofía y sus compañeras de equipo, que han ganado y están como locas porque se clasifican para la final. Ha venido Daniel. Sofía decía que no iba a venir nadie de su familia, cosa que no le preocupaba en absoluto, ya que sus padres no pueden ir a cada uno de los partidos que juega. Pero que haya venido su hermano ha sido toda una sorpresa.
El partido estaba ya empezado cuando ha llegado. Se ha sentado a mi lado gruñendo un saludo. Me extrañó verlo; casi nunca viene a los partidos de Sofía. Él tiene sus propios planes, en los cuales no incluye asistir a los partidos de su hermana adolescente. Claro que tampoco incluye ir al ballet y la semana pasada ahí estuvo, dejando a un lado las presiones por parte de Sofía, que te convence para ir a los sitios aunque sea con amenazas. Y a veces por no oírla…
–No tenía nada mejor que hacer –me ha dicho al preguntarle cómo él por allí–. He venido a animar a Sofía. No sé para qué porque se anima sola, pero bueno…
Reprimí una sonrisa. Estaba segura que de algún modo Sofía le había hecho sentirse culpable. Pronto se le olvidó que estaba allí casi por obligación. Siguió el partido con interés y hasta se levantó varias veces desgañitándose a gritos, animando al equipo de su hermana y celebrando cada gol. Cuando el árbitro pitó el final del partido, me abrazó como habría hecho con cualquier amigo suyo y me soltó de pronto, como si temiera romperme.
–Perdona –farfulló.
Las jugadoras del equipo vencedor celebran su victoria en el campo. Las que han sido derrotadas se acercan a felicitarlas. Y se marchan todas juntas hacia el vestuario.
–Comparado con las bailarinas de ballet, deben parecerte unas brutas tirándose unas a otras –comenta Daniel mirándome.
–¡Qué va! –replico–. A veces las envidio, no creas. Al menos pueden desfogarse a gusto.
Él se echa a reír. No se ha afeitado y la sombra de una barba incipiente oscurece un poco la parte inferior de su rostro. Vamos los dos hacia la salida de los vestuarios a esperar a Sofía y hablamos de cosas triviales hasta que ella sale como una tromba hacia nosotros.
–¡Hemos ganado! –nos grita, como si no lo hubiéramos visto.
Se lanza a los brazos de Daniel y se agarra a él como un koala. Daniel ríe y la besa en la mejilla, orgulloso de ella. Siempre se están metiendo uno con el otro, pero se adoran. Cuando él la deja en el suelo, Sofía me abraza a mí.
–Tía, que hemos ganado –dice–. Vienes a la final, ¿verdad? Tienes que venir.
–Pues claro que iré. No me lo perdería por nada del mundo.
Sofía se vuelve hacia Daniel, que pone los ojos en blanco.
–Venga, Dani –dice ella.
–Que sí, que sí, que voy –accede él.
Voy a comer a casa de Sofía. Su madre, Eugenia, ha preparado una suculenta paella marinera para celebrar la victoria de su equipo, aunque si hubieran perdido la habría preparado como premio de consolación o para celebrar su llegada a semifinales. Sea como sea, hoy hay paella para comer. Y estoy invitada. He comido cantidad de veces en casa de Sofía, y ella en la mía. Solo estamos sus padres, su hermano y nosotras dos. Sofía pone la mesa y mientras tanto yo preparo una ensalada. Cristóbal, el padre, ha estado haciendo de pinche de cocina bajo las órdenes de Eugenia y a Daniel le toca fregar. Tenemos intención de ayudarle al menos a recoger la cocina, pero no se lo hemos dicho. Sofía quiere que sufra pensando que le ha tocado la peor parte y Cristóbal y Eugenia no parecen por la labor de aliviar su sufrimiento.
–Pero ¿por qué tengo que fregar yo? No es justo –se queja él.
–Yo he puesto la comida –dice Eugenia.
–Yo he ayudado a poner la comida y he traído el pan –dice Cristóbal.
–Yo he puesto la mesa –dice Sofía.
–Y yo he puesto la ensalada –termino yo.
Daniel hace una mueca y refunfuña, pero no le hacemos caso. Durante la comida hablamos sobre el partido, sobre las jugadas y sobre el maravilloso verano que nos espera.
–No pienso dar un palo al agua –afirma Sofía, que ha aprobado con nota todas las asignaturas.
Hablan de ir a pasar unos días a Asturias a casa de la abuela. Daniel dice que él no piensa ir. Su abuela no le habla desde que se enteró de a qué se dedica. Eugenia dice que por supuesto que va a ir, y no hay más que hablar.
–Seguro que Cosme te echa de menos; se alegrará de verte –dice Sofía. Las carcajadas son generales y Daniel sonríe. Cosme es el burro de su abuela–. Tienen largas conversaciones cuando vamos a Castañeras –añade mirándome a mí.
–Todas ellas más sesudas de las que tengo contigo –replica Daniel.
–A tu nivel, Dani, a tu nivel.
Es un buen verano. El equipo de Sofía no ganó, pero aun así las chicas están felices por haber quedado segundas en la liga de rugby. Piensan ganar el año que viene. Son días de asueto, aunque no dejo de bailar. No dejo de bailar ni un solo día. El momento de marcharme a París se acerca. Pronto tendré que hacer las maletas y marcharme interna a la Escuela de Ballet. Sé que la disciplina será dura y la competencia aún más dura, pero quiero ir. Quiero aprovechar mi tiempo allí y absorber todo lo que pueda. ¿Y si pudiera quedarme? ¿Y si pudiera bailar?
Vaya una mierda de verano. Hemos ido un par de semanas a casa de mi abuela a tomar por saco en Asturias. Solo hay monte, vacas y ovejas. Y una playa cerca a la que van todos los turistas, la Playa del Silencio, que en verano es de todo menos silenciosa. No sé a quién coño se le ocurrió el nombrecito. Me he aburrido como una ostra. Mi abuela Elvira sigue sin dirigirme la palabra. Me saludó llamándome «degenerado» y eso ha sido todo. Mis padres y mis tíos, que viven con ella, dicen que no le haga caso, que tiene una edad y no está acostumbrada a según qué cosas. Hablaron los liberales.
Hay dos bares. De bar a bar y tiro porque me toca. Hay dos bares y un montón de vecinas cotillas en un pueblucho de unos ochenta habitantes, lo que significa que tiene el mayor número de cotillas por metro cuadrado del mundo. En verano hay más gente, eso sí. Van los turistas y los sufridos familiares de los habitantes del pueblo.
Mi hermana tenía razón: Cosme se alegró de verme. Más que mi familia, diría yo. En cuanto me vio, vino rebuznando de contento para que lo acariciara. «Si es que son iguales», oí murmurar a mi abuela durante la cena cuando Sofía comentó el feliz reencuentro. Me hice el sordo, claro. Mi abuela se quedó con Cosme cuando todavía era un pollino. Su dueño lo tenía desnutrido y medio muerto. La madre de Cosme no sobrevivió al maltrato y el cafre del dueño ni siquiera daba leche a su pobre cría. Hubo denuncias por parte de los vecinos y mi tío Justo, el hermano de mi madre, tomó cartas en el asunto. Cartas y una buena cachiporra. Al final, el borriquillo se quedó en casa de mi abuela y entre biberones y cuidados salió adelante. Tiene catorce años ya y cuerda para rato. Y por algún motivo inexplicable, está encariñado conmigo.
Por suerte, ha vuelto la vida normal. En Madrid. En la civilización. Todos hemos vuelto a nuestras respectivas rutinas. Alexandra se fue a París hace un mes y parece ser que le va bien. Entre las redes sociales, el Skype y el móvil es como si no se hubiera ido. Sofía y ella se pueden pasar horas contándose cosas desde la pantalla del ordenador cuando ya ha terminado la jornada de estudio, deporte y baile para las dos. Hasta yo la he saludado mientras hablaba con mi hermana. Se la ve feliz, bonita. Le brillan los ojos y su trenza despeinada la hace parecer aún más niña de lo que es. Me burlo de ella y encajo un codazo de Sofía, que sigue sonriendo como si no hubiera hecho nada, la muy falsa. Me despido y las dejo hablando de sus asuntos, preguntándome cómo pueden tener tantas cosas que decirse de un día para otro.
Ayer tuve una despedida de soltera. Yo era el poli que llega en medio de la fiesta y termina sin ropa. Está muy visto, pero siempre funciona. Fue divertido. Y esta noche tenemos nuevo espectáculo en el club. He quedado con unos colegas para tomar unas cervezas y en ello estamos cuando vemos entrar a tres pibones. Uno de ellos es Claudia, la hermana mayor de Alexandra. La verdad es que es un bellezón. Rubia, de pelo largo y alta, con unas curvas de vértigo y un rostro tan atractivo que resulta difícil apartar la vista. Ella se vuelve y me saluda con la mano, con una sonrisa en esos perfectos labios rojos y yo alzo la jarra de cerveza como si brindara a modo de contestación.
–¿Las conoces? –me pregunta Samuel, interesado.
–Solo a la rubia –contesto–. Es la hermana de una amiga de mi hermana.
También ellas cuchichean y nos lanzan miraditas de soslayo. O no de tan soslayo. Terminamos invitándolas a unirse a nosotros –y a cerveza– y ellas aceptan de buen grado. Es el principio de una gran amistad. Antes de irme para el club invito a Claudia a salir. Pienso que me va a dar cualquier excusa y a rechazar la invitación pero ¿qué tengo que perder? No sería la primera tía que me manda a tomar el aire. Espero al menos que si me dice que no, mi hermana no llegue a enterarse jamás. Pero me dice que sí. Acepta ir por la tarde a dar una vuelta por ahí y cenar conmigo. Pienso en llevarla a algún sitio chulo, un restaurante lo suficientemente íntimo como para una cita, pero no tanto como para que el asunto parezca demasiado serio. Romántico e informal. Y con buena comida.
Hemos quedado en una zona neutra. No vivimos muy lejos el uno del otro, así que hemos pensado que sería una buena idea comenzar la tarde con un café en un bar cercano para los dos. Podría haber pasado a buscarla, que sé de sobra dónde vive, pero de momento es mejor mantener la discreción. Más que nada porque nuestras familias se conocen y es mejor que estén al margen o todo el mundo empezará a dar su opinión y a intentar casarnos. Son buena gente, pero se meten en todo y agobian lo que no está escrito.
No tengo que esperar mucho. Claudia aparece diez minutos después de la hora acordada vestida y arreglada para la ocasión. Está guapísima. No se parece en nada a Alexandra. Lo único que tienen en común las dos hermanas es el color del pelo. Claudia es una mujer hermosa y sofisticada, exuberante. Alexandra es una chiquilla bonita que palidece sin remedio al lado de su hermana. Son el cisne y el patito feo.
Me levanto cuando ella llega y nos saludamos con dos besos en las mejillas. Le digo lo guapa que está y ella me devuelve el cumplido. Nos sentamos en una de las mesas y el camarero que ha venido antes, al que he dicho que aguardara un poco a que llegara la chica que esperaba, regresa a tomar el pedido. Dos cafés con leche. Me siento excitado. No en un sentido sexual; me refiero a la excitación que te recorre cuando estás con alguien que te atrae, que te gusta. Me gusta Claudia. La verdad es que no la tenía muy tratada, pero me gusta cada vez más según pasan los minutos. Es interesante, extrovertida, simpática y alegre. Y está buena.
Paseamos por El Retiro como dos enamorados. Un poco enamorado sí que estoy. Claudia camina de mi brazo y me alegro de haberme puesto una camisa y unos vaqueros de los buenos. Quiero decir que no están ni rotos ni desgarrados ni desgastados ni son viejos. Ella lleva unos pantalones negros ajustados con unas botas y un top rojo, y de haberme puesto la ropa de siempre parecería un mendigo a su lado. Hasta me he afeitado antes de ir a la cita. Hablamos de las cosas que nos gustan, de nuestro trabajo. Ella ha hecho Farmacia y lleva un tiempo trabajando en una. No parece tener nada en contra de mi oficio; le parece divertido.
–Mi hermana tenía razón; al fin y al cabo no deja de ser un baile –dice.
Le pregunto por ella. Claudia dice que está feliz bailando todo el día y perfeccionando su francés. Ha hecho nuevos amigos y por lo que me cuenta se lleva bien con todos ellos. No me extraña. Es una chiquilla dulce. Es imposible no quererla. De pronto me invade una culpabilidad tremenda al haber pensado en ella como en el patito feo. Ha sido injusto. Solo tiene diecisiete años; ni siquiera es una mujer. No necesita ser como su hermana; es bonita por sí misma y seguirá siendo bonita dentro de unos años. Es verdad que está delgadita, pero es que es bailarina de ballet. Y no es un patito feo. El patito era diferente a los demás, pero no feo. ¿Qué clase de cegato llama feo a un patito? Menudo gilipollas.
–Dani, ¿estás bien?
La voz de Claudia me saca de mis profundas reflexiones sobre los patos y los cuentos infantiles.
–¿Eh? Sí. Sí, claro –farfullo.
–Pareces distraído.
–No, yo… Estaba pensando… ¿Qué te parece si vamos a cenar antes de que sea más tarde? Todo sea que luego esté todo lleno.
–Por mí, estupendo.
–Pues vamos allá. Conozco un sitio que creo que te va a gustar.
No he mentido porque sí estaba pensando, pero tampoco he dicho la verdad porque no estaba pensando en la cena precisamente. Se supone que una relación se basa en la confianza y la sinceridad y yo empiezo omitiendo la verdad en la primera cita. No es lo mismo que mentir, pero se le parece bastante. ¿Y por qué pienso en Alexandra si estoy con Claudia? Porque no puedo evitar compararlas; por eso.
La cena está deliciosa y la compañía no puede ser mejor. Al salir del restaurante, llevo a Claudia a su casa. Nos despedimos en el portal. Nada de la última copa ni te
