Bajo el sol de Creta - Jenny Ashcroft - E-Book

Bajo el sol de Creta E-Book

Jenny Ashcroft

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Beschreibung

Es el verano de 1936, la isla de Creta brilla bajo el sol y el mar Egeo. Dos jóvenes descubrirán el amor allí, en sus playas. Eleni ha viajado a Creta toda su vida desde Inglaterra para pasar los soleados veranos con su abuelo en su idílica villa junto al mar. Cree, cuando llega en 1936, que las largas y calurosas semanas que se avecinan serán como muchas otras. Pero ese año también llega a la isla un joven alemán llamado Otto. Y así comienza un verano de romance: el mar, el sol, el tomillo fresco, la alegría y la música deberían durar para siempre.   Pero tres años después estalla la guerra y en 1941 la isla cae bajo la invasión nazi. Eleni y Otto han vuelto a la isla. Eleni ha venido esta vez a luchar por su hogar y Otto es parte del ejército de ocupación. El destino los ha convertido en enemigos y su amor no solo es una traición sino un peligro para sus vidas. ¿Está destinado a destruirlos o será más fuerte y sobrevivirá a la tragedia de la guerra?

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Seitenzahl: 616

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Echoes of Love

Edición original: HQ derechos gestionados a través de AM Heath.

© 2022 Jenny Ashcroft

© 2025 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2025 Vidis Histórica

www.vidishistorica.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-84-19767-68-4

Para mi abuela, María Rosis

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Dedicatoria

ANTES DE LA GUERRA

Capítulo I

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

LONDRES, 1940

Capítulo 5

Capítulo 6

ANTES DE LA GUERRA

Capítulo 7

Capítulo 8

LONDRES, 1940

Capítulo 9

ANTES DE LA GUERRA

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

CRETA, 1941

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

CRETA, 1942

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

INGLATERRA, 1974

Capítulo 28

CRETA, 1943

Capítulo 29

CRETA, 1974

Epílogo

Nota de la autora

Novelas Históricas en Vidis

Jenny Ashcroft

Manifiesto Vidis

“Recuerdos de Grecia durante la guerra”. Transcripción de la entrevista de investigación realizada por M. Middleton (M. M.) al sujeto diecisiete (#17) en British Broadcasting House, 4 de junio de 1974.

M. M.: ¿Usted ya conocía bien Creta antes de la ocupación?

#17: Sí.

M. M.: ¿Y La Canea?

#17: Especialmente La Canea.

M. M.: Tengo entendido que la ciudad cambió mucho con la invasión.

#17: Toda la isla cambió.

M. M.: Sé que fue muy bombardeada…

#17: Mucho más que eso.

M. M.: ¿Por qué lo dice?

#17: [Se sirve un vaso de agua]. Desapareció la libertad, desapareció la seguridad, Creta quedó aislada de casi todo [bebe agua], usted tiene que entender lo que fue.

M. M.: Tal vez usted podría ayudarme.

#17: Se convirtió en un mundo en sí mismo, todos nosotros estábamos allí y eso era todo. Tremendamente aislados, la vida afuera parecía… [busca la palabra] teórica.

M. M.: ¿Teórica?

#17: Irreal, suspendida mientras duró la guerra. No se respetaba ninguna de las reglas habituales o, al menos, uno olvidaba que debían respetarse.

M. M.: ¿Y ha vuelto usted desde entonces?

#17: No.

M. M: A algunos les parecerá extraño que usted hable de todo esto ahora, después de tantos años.

#17: Seguro que a algunos sí.

M. M.: ¿Y qué les diría?

#17: Que tienen toda la razón.

M.M.: ¿Puede explicar por qué hace esto?

#17: [Silencio largo]

M. M.: ¿Un encuentro?

#17: [Suspira y mueve la cabeza].

M. M.: ¿Tal vez un nuevo recuerdo?

#17: No, no, siempre lo he recordado todo.

M. M.: ¿Entonces?

#17: Últimamente me he sentido… mal.

M. M.: Lo siento.

#17: Sí [suspira profundamente]. Más bien… saber que la vida de uno está llegando a su fin… la ilumina [hace una pausa]. Si en verdad va a haber un gran ajuste de cuentas al final, entonces el mío es inminente de una manera sobrecogedora.

M. M.: ¿Y cómo cree que le irá?

#17: Mal.

M. M.: ¿Se siente culpable?

#17: Sí, sí, me siento culpable.

M. M.: ¿Pero de qué exactamente?

#17: De muchas cosas [tose]. Todos los días.

ANTES DE LA GUERRA

Capítulo I

Creta, junio de 1936

Ese verano se parecía al comienzo de muchos otros veranos. Eleni iba sentada junto a su abuelo en el amado Cadillac familiar que recorría la polvorienta carretera costera desde La Canea. Tenía la piel pegajosa por el sudor bajo el traje de viaje con falda, tan apropiado en Portsmouth pero demasiado grueso en Grecia, demasiado apagado, del mismo gris que el persistente frío inglés. Eleni no se detuvo ni un segundo a pensar que el verano que tenía por delante pudiera ser diferente. ¿Por qué iba a ser así? Veraneaba en Creta desde que era un bebé y estas serían sus decimonovenas vacaciones allí. Confiaba plenamente en lo que le esperaba en la isla.

La carretera se volvía más tranquila cuanto más se alejaba el coche de Yorgos, su papou, del centro bullicioso de La Canea. No había otros vehículos en el zigzagueante puerto de la colina, solo algún granjero con un burro de carga o cabras que pastaban en el calor seco y dorado. Yorgos los adelantó a todos a una velocidad que el padre británico de Eleni habría calificado de temeraria de haber estado allí, pero que ella casi no notó. Echó la cabeza hacia atrás para sentir el viento cálido en los ojos cansados, el brillo menguante del sol como si fuera un paño caliente en la cara; sin prestar atención al roce de las ruedas del Cadillac contra el borde del acantilado, se deleitó con el alivio de haber terminado por fin su odisea de tres días por Europa. Ese año había viajado sola. Timothy, su padre, capitán de la Marina, se había hecho a la mar durante el verano. Él quería que Eleni viajara con su acompañante habitual: una profesora jubilada a la que llamaban señorita Finch, pero la señorita Finch se había roto una pierna jugando al croquet la semana anterior, por lo que Timothy no había tenido tiempo de contratar a una sustituta y no tuvo más remedio que ceder a las promesas de Eleni de que podría hacer el viaje sola. Y felizmente así había sido, aunque lo sentía por la señorita Finch (y, sí, pobre señorita Finch), había sido un alivio no tener que pasar interminables horas asintiendo con la cabeza a las historias de sus sobrinas y sobrinos y de los muchos conejos que tenía de mascotas; había sido liberador poder decidir por sí misma cuándo tomar una copa, leer o simplemente mirar por la ventanilla del vagón en silencio.

Y ahora estaba allí.

Allí.

Ladeó la cabeza hacia abajo y hacia el mar, una tela brillante teñida de rosa por el crepúsculo, cortada en dos por los surcos del transbordador que la había traído desde Atenas. Lo observó alejarse hacia el horizonte con la mirada ausente y se preguntó quiénes irían ahora en él, qué clase de vida llevarían. Mientras tanto, Yorgos hablaba elevando la voz ronca para hacerse oír por sobre el sonido del motor; interrogaba a Eleni sobre su paso solitario por Francia y por la Italia de Mussolini. Le hablaba rápido en griego, sin concesiones a los meses que habían pasado desde la última vez que ella había utilizado el idioma; toleraba mal que no fuera esa su lengua materna.

—¿Fueron puntuales los trenes?

—Sí, bastante —dijo ella—, ola kala.

—¿No había mucha gente?

—No.

—¿No tuviste problemas en Italia? Los camisas negras…

—No vi casi ninguno —respondió—. Solo en la frontera.

El trato áspero de los soldados al revisar su documentación había sido incómodo, pero Eleni ya había sobrevivido a esa prueba muchas veces. Después de todo, los fascistas gobernaban Italia desde que ella era una niña. Sabía mantenerse inexpresiva mientras los hombres la examinaban primero a ella, luego sus papeles, después a ella otra vez. Se había distraído mirando los carteles de las vías del tren. “Mussolini nunca envejece en sus fotos”, había reflexionado. “Al parecer, se afeita la cabeza para que nadie adivine que está encaneciendo”.

—No me interesa esa gente. —dijo Yorgos.

—Tú empezaste.

—Y ahora termino. ¿Comiste bien?

—Mucho.

—¿En serio?

—Sí —sonrió—. En serio.

Él gruñó, incrédulo.

Sin dejar de sonreír, ella no trató de convencerlo.

Su abuelo nunca se convencería de que ella comía bien en otro lugar que no fuese Creta. Se obsesionaba con su alimentación. Le daría de comer hasta septiembre, y no estaría satisfecho hasta que Eleni volviera a casa con al menos un kilo de más para pasar el invierno británico. Ella engordaba con notable facilidad, pero no se sentía tan contenta como él por ello. “¿Por qué?”, le preguntaba Yorgos. “¿Acaso quieres ser una de esas modelos de revista?”.

A ella no le importaba demasiado.

Yorgos le llenaría el equipaje de frutas y verduras para el viaje de regreso a Inglaterra porque se negaba a aceptar que allí se pudiera conseguir comida que no estuviera quemada. Eleni se llevaría la pesada caja a pesar de que era un fastidio cargarla; la fruta se echaría a perder inevitablemente y ella no la necesitaba, pero odiaba decirle que no porque sabía cuánto le atormentaba la certeza de que la dieta británica había matado a la madre de Eleni. Como si los tomates, las aceitunas y las espinacas hubieran podido salvarla de la gripe española.

Tal vez podrían haberla salvado.

—Ya llegamos —dijo él al doblar la curva que Eleni había estado esperando y se desvió hacia el camino empinado de rocas y flores silvestres que conducía a la villa.

Apoyó los pies con fuerza en el suelo del coche para no tambalearse mientras avanzaban a toda velocidad, y sintió una oleada de alegría al ver la casa rodeada de arbustos de buganvillas.

No había cambiado. Nunca cambiaba.

La miró y absorbió su esencia, siempre igual.

No tenía un lugar al que pudiera llamar hogar en Inglaterra. Se había mudado con su padre, Timothy, en innumerables ocasiones en los alrededores de Gosport, donde estaba la base naval de Portsmouth; con cada ascenso que él conseguía, el cuartel al que lo destinaban tenía más comodidades (una letrina interior, agua caliente corriente, ese tipo de cosas). Timothy tuvo que pasar largas temporadas en África cuando Eleni cumplió once años, así que los dormitorios del internado se agregaron a la variedad de sitios donde le había tocado vivir. Al cumplir quince años ella volvió a Portsmouth a terminar el bachillerato porque él consiguió un trabajo de oficina. Ahora acababa de graduarse y no estaba segura de lo que vendría después, solo de que su padre confiaba en que ella estuviera esperándolo en su nueva casa —una moderna vivienda unifamiliar con jardín y garaje— cuando él volviera de su patrulla de verano por el mar de Libia. (“Siento una especie de… agujero cuando no estoy contigo”, le había dicho al despedirse de ella en los muelles, sin tocarla ni mirarla a los ojos. “Cuídate. Te echo de menos, querida. A mi manera.”).

Esta villa era el lugar que siempre la recibía. Estaba encaramada en el codo de tierra entre La Canea y Suda con vistas al mar y, como gran parte de Creta, construida al estilo de los venecianos que habían ocupado la isla antes de que los turcos la invadieran, allá por el siglo xvii. No era grandiosa y necesitaba reparaciones en algunas partes, pero para Eleni, aplastada por la monotonía funcional de Gosport, las imperfecciones no hacían sino acrecentar su belleza. Las paredes de terracota, agrietadas por el tiempo, maltratadas por siglos de calor y de viento, eran tan pálidas como la pulpa de un melocotón, y los postigos tan azules como un cielo neblinoso. Crujían con la brisa que llegaba de la costa por la noche, y ella los escuchaba reconfortada por la idea de que su madre debió de hacer lo mismo alguna vez.

—Y ella te mira —dijo Yorgos, como hacía siempre al detenerse ante la puerta principal. Apagó el motor y se sumieron en un silencio que solo rompía el canto de las cigarras y el chapoteo de las olas—. Está feliz porque estás aquí.

Eleni sonrió.

Se bajó del coche lentamente y aspiró los aromas de la villa: el perfume cítrico de los limoneros, el polen de las buganvillas, el tomillo que crecía por todas partes. Cerró los ojos y se perdió en todos esos olores que había echado demasiado de menos.

No pensó en Yorgos que la observaba, ni en su gesto de satisfacción al verla tan contenta.

No pensó en nada, simplemente respiró.

Era su respiración favorita del año.

El aliento con el que realmente empezaba el verano para ella.

El aliento con el que su mundo monocromo se teñía de color y la soledad daba paso a la sensación de pertenencia.

El aliento con el que, por imposible que le resultara admitirlo ante su padre, volvía a casa.

Ya había oscurecido cuando fue a nadar y bajó las escaleras que un antiguo veneciano había tallado en la ladera. Alcanzó a oír a Yorgos atareado en la terraza preparando la parrilla para la cena. La luz de la lámpara de aceite se filtraba en la oscuridad y se unía al resplandor de la luna para ayudarla a iluminar el camino rocoso hacia abajo. Llevaba puesto el traje de baño debajo del albornoz y una toalla bajo el brazo. El elástico nuevo del traje de baño era rígido y se ceñía de tal forma que Eleni era consciente de lo poco que le cubría. Lo había comprado para el verano en la tienda Landport Drapery, en la calle Commercial Road de Portsmouth, con el dinero que había ahorrado trabajando como recepcionista los fines de semana en el Queen’s Hotel.

“No lo desperdicies”, le había ordenado el señor Hodgson, su jefe, al entregarle su último salario.

Eleni se preguntaba si le daría instrucciones similares al personal masculino.

En fin, el traje de baño era azul marino con escote en forma de corazón, dejaba al descubierto de manera atrevida la parte superior de los muslos y a ella le encantaba. Era lo más glamuroso que había tenido nunca. No tenía ni idea de lo que iba a decir su papou cuando lo viera; tampoco sabía qué opinaría de los pantalones cortos que había comprado por impulso en Landport.

“No te los pongas, que nadie los vea”, diría probablemente.

Eleni se había tomado su tiempo para desempacar todo en el piso de arriba: desplegó sus vestidos de verano más viejos y menos controvertidos, los colgó en el antiguo armario y se detuvo —por costumbre, por un viejo anhelo— en el tocador para mirar fijamente la fotografía que había allí: la única que existía de ella y de su madre. Se la habían tomado en un estudio de Portsmouth cuando Eleni tenía pocos meses y su madre no era mucho mayor que ella ahora: apenas tenía veinte años. Llevaba un abrigo de invierno, la sostenía envuelta en una manta y la tomaba de la mano. Eleni le rodeaba el índice con el puño, apretado y confiado. Había conocido a su madre, alguna vez, la había conocido.

Se parecían, incluso Eleni podía verlo. Sin contar el pelo rubio que había heredado de su padre, su madre le había dado todo lo demás: la piel aceitunada, la cara ovalada, las curvas. Yorgos decía que también compartían ciertos gestos. “Solía taparse la cara con las manos cuando se reía y jugueteaba con el lóbulo de la oreja cuando intentaba ignorar que yo la regañaba”. ¿Notaba el padre de Eleni esas similitudes? Nunca hablaba de ello si lo hacía. Y no había conservado fotografías, no le gustaban los adornos ni los recuerdos. Eleni deseaba que le gustaran, pero Timothy ni siquiera tenía un retrato de bodas en su ordenado escritorio.

Se estremeció. El aire de junio había refrescado desde el atardecer y su piel desnuda se estremecía ante la expectativa de la caricia líquida del mar. Alcanzaba a oír las olas lamer perezosamente los guijarros de la cala. Los griegos tenían una palabra para ese sonido efervescente que hacían: flisvos. Eleni pensó que era un sonido hermoso y se merecía una palabra propia,

Oscurecía cada vez más a medida que los escalones daban paso a la pequeña bahía privada y ella se alejaba de la luz de la lámpara de su papou. El mar estaba en calma más allá de la orilla poco profunda; un espejo para las estrellas, para el rayo de la luna blanca. Continuó avanzando sin vacilar al quitarse el albornoz y dejarlo caer al suelo. Era la única forma de obligarse a entrar en esa época del año y a esa hora de la noche: sin detenerse a pensar.

Pero entonces se detuvo, sobresaltada por el crujido de una rama a sus espaldas. Se volvió y miró hacia la ladera sombría. Un animal, pensó, una cabra o un perro callejero. Esperó a ver si aparecía…

Pero no, nada.

—Bien, quédate ahí —dijo en griego para que la entendiera.

Corrió hacia el mar y se sumergió sin más preámbulos; contuvo la respiración mientras el frío cortante del agua le refrescaba la cara, los miembros perezosos y cansados. Nadó más profundo, una y otra vez; buceó de nuevo, buscó el fondo arenoso con los pulmones a punto de estallar hasta que no pudo soportarlo más y tuvo que salir a la superficie, jadeante. Se tendió de espaldas y flotó, con el pulso latiéndole en los oídos y los ojos fijos en las estrellas —mucho más brillantes, mucho más cerca, lejos de las luces de Portsmouth—, pensando en la libertad de los meses que tenía por delante. La maravillosa realidad de estar tumbada en el mar Egeo mirando a Venus en vez de estudiar para los exámenes o fregar platos en Gosport.

No estaba segura de cuánto tiempo podría haber seguido a la deriva. No mucho, probablemente. Muy pronto, el frío del mar la habría sacado de su ensueño.

Pero la llamada llegó primero.

“¡Otto!”, sonó alto y claro desde la orilla, “¡Otto Linder!”.

Intrigada por la voz y el nombre desconocidos, Eleni se incorporó de una patada y buscó en la oscuridad de la noche a la persona que había hablado; la encontró enseguida en la orilla, distinguible por su vestido de noche blanco, una especie de silueta fantasmal. El vestido era largo y elegante, lo que hacía ver a su portadora más adulta de lo que denotaba su voz, parecida a la de una niña. Eleni la observó, preguntándose quién sería y qué estaría haciendo en las rocas bajo la casa de Nikos Kalantis. Una casa que, ahora que Eleni miraba, tenía varias lámparas encendidas. Frunció el ceño. Solo había conocido la casa de Nikos vacía, él siempre estaba ausente por negocios cuando ella visitaba a su abuelo. (“No te pierdes de nada”, había dicho Yorgos en una ocasión).

¿Estaría allí ese año?

¿O habría alquilado su casa a unos turistas?

Desde luego esa chica no era griega, alemana tal vez. Últimamente se oía hablar más en alemán en Inglaterra; las noticias del cine pasaban las imágenes de Hitler gritando, las multitudes extasiadas que lo vitoreaban…

—¡Otto! —Otra vez ese nombre. Y después algo más—: ¿Wo bist du? —Definitivamente alemán. Y quejumbroso—. Essen ist fertig.

Luego otra voz: masculina, profunda y tan cercana que a Eleni casi se le salió el corazón por la boca.

—Ich komme.

“¿Ya voy?”

Eleni ni siquiera intentó comprender. Estaba mucho más preocupada por asimilar la revelación de que no estaba tan sola en el agua como había creído.

Y por el sobresalto de los ojos del desconocido al encontrarse con los suyos cuando ella giró instintivamente hacia él, a no más de veinte brazadas de distancia.

Eleni se llevó la mano al pecho y lo miró.

Por un momento él también.

¿Tan sorprendido como ella?

No parecía muy conmocionado.

La noche era demasiado oscura para que Eleni pudiera verlo con claridad. Se hizo una impresión más que una imagen: la simetría del rostro acentuada por las sombras; aquellos ojos que le sostenían la mirada… Pero le bastó para estar segura de que él había estado mucho más atento a su presencia que ella a la suya.

Arqueó una ceja indignada.

¿Él sonrió?

Estaba segura de que sus labios habían esbozado una sonrisa de disculpa.

No tuvo tiempo de decidirse. La chica de blanco volvió a llamarlo: “Otto, ¿wo bist du?”. Con una mirada de soslayo en su dirección, él saludó a Eleni con un “Guten Nacht” (ella lo entendió) y se marchó surcando el agua en dirección a la orilla.

Demasiado aturdida para moverse, Eleni lo vio irse.

Nadaba rápido. Sus brazadas, limpias y seguras, casi no hacían ruido. Ella comprendió, vagamente, por qué no se había percatado antes de su presencia.

Pero ¿cuánto tiempo hacía que él se había percatado de la de ella?

Le dio vueltas a la pregunta sin hallar una respuesta; le prestó atención mientras él llegaba a las rocas y se alejaba del mar. Su espalda era ancha y musculosa; sus movimientos, seguros y atléticos. La mujer le lanzó una toalla y él la recogió. Evidentemente también bromeó porque la mujer se echó a reír y sus carcajadas atravesaron la noche. Al oírlos, Eleni tuvo una extraña sensación: el vacío de estar excluida. En el silencio que siguió, al recrear en su mente la sonrisa de Otto —ahora estaba segura de que había sido una sonrisa—, se dio cuenta de que deseaba saber lo que él acababa de decir.

Pero mucho más que eso, deseaba salir del agua: se estaba congelando.

Con un suspiro de resolución, obligó a su cuerpo frío a ponerse en movimiento. Nadó tan rápido como Otto sin volver a mirarlo, sin saber si él le devolvía o no la mirada. Cuando se dio cuenta de las ganas que tenía de comprobarlo, ya era demasiado tarde; había llegado a la orilla y vadeaba por los bajíos con la ensenada rocosa de Nikos oculta a la vista.

Miró hacia allí, cada vez más intrigada por Otto y la chica.

Pensó que podría interrogar a su papou. Le castañeteaban los dientes, así que recogió la toalla y el albornoz y, envuelta en ambos, echó a correr hacia la villa.

No oyó más ruidos mientras subía, ni crujidos, ni pisadas. Solo cuando se cruzó con un gatito, acurrucado en lo alto de la escalera, recordó el chasquido de la rama que la había detenido en seco.

—¿Eras tú? —preguntó al pequeño animal y lo alzó en brazos. El gatito maulló lastimero; tenía una pata trasera manchada de sangre.

—¿Quién te hizo esto?

Otro maullido.

Lo acunó contra el pecho y se lo llevó de vuelta a la luz de la lámpara de su papou.

—No traigas a ese animal aquí —le dijo él desde la terraza, ahora llena de humo.

—Está herido.

—Así es la vida.

—Papou, eres médico…

—De humanos.

—Solo échale un vistazo.

—¿Y a todos los otros gatos de la isla?

—Por favor, mientras me cambio. No tardaré.

No tardó.

Y, mientras ella y su papou cenaban bajo las estrellas y el gatito, ya limpio de sangre, ronroneaba a sus pies (“¿Cómo lo llamaremos?”, preguntó. “Nada”, dijo Yorgos. “No es un buen nombre”, observó ella), Eleni mencionó a los alemanes que había visto en la villa de Nikos Kalantis. Yorgos sabía muy poco de ellos, solo que formaban parte de la familia que había llegado esa mañana desde Berlín para pasar el verano: los Linder.

—¿Amigos del señor Kalantis? —preguntó.

—Esperemos que sean mejores que eso —dijo él; frunció el ceño para regañarla por haber arrojado al suelo restos de pescado para que se los comiera el gatito.

Eleni lo ignoró, pero dejó pasar el asunto de los Linder y de Nikos Kalantis; sabía que él solo estaba de mal humor porque ella había sacado el tema de su vecino. Llevaban toda la vida peleados: una disputa por la tierra que se remontaba a varias generaciones. La isla estaba plagada de conflictos familiares. Se contaba que la abuela de Eleni había sido buena amiga de Nikos antes de morir demasiado joven, cuando la madre de Eleni era una niña (un rasgo familiar preocupante), pero ni siquiera ella había sido capaz de curar las desavenencias entre ambos hombres. En todo caso, Eleni sospechaba que la amistad de su abuela con Nikos había empeorado las cosas. También había ocurrido un incidente relacionado con su madre durante la Gran Guerra; Nikos la había tratado muy mal, Eleni no sabía por qué (“¿Crees que un hombre como él necesita una razón?”, le había dicho Yorgos cuando ella le insistió), pero se trataba de otra cosa que Yorgos nunca podría perdonar y que odiaba recordar. Eleni había dejado de pedirle que se lo contara.

Dejó caer más pescado para el gatito y continuó la conversación para volver a ponerlo de buen humor: mencionó los rumores que circulaban sobre el romance del rey Eduardo con la estadounidense divorciada Wallis Simpson y le dio la oportunidad que necesitaba —aunque Yorgos no era monárquico, pero sí todo un moralista— para desahogarse sobre los valores, el deber y la importancia de la modestia. (“Realmente va a odiar mis pantalones cortos”, pensó Eleni). Mientras él hablaba —pasando de Eduardo a la recién restablecida monarquía griega, de la furia porque los griegos apoyaban a otro posible dictador europeo en Atenas, el general Ioannis Metaxás, a la grata noticia de que Dimitri, el dueño de la cafetería del puerto en la que Eleni había trabajado de camarera el verano anterior, había llamado para ofrecerle de nuevo un empleo—, ella hizo todo lo posible por seguirle el ritmo y se esforzó por sonreír ante los gestos de su abuelo, hasta olvidarse por completo de su encuentro acuático.

Pero más tarde, tras dejarse caer en el colchón con una lámpara de aceite parpadeante en la mesilla de noche y el gatito acurrucado en un cojín junto a la puerta, su mente se trasladó una vez más al recuerdo del rostro de Otto en la oscuridad. La calidez de su voz. Guten Nacht. Miró sin ver el techo descascarillado, escuchó el crujido de los postigos y no pensó en su madre, sino en él, en su villa y en qué relación podría tener con él la chica de blanco.

¿Una hermana?

¿La novia?

¿O la prometida?

Le pareció mejor pensar que era la hermana.

Se rio un poco de sí misma porque le importaba.

Después se puso de lado, apagó la lámpara y se preguntó cuánto tardaría en volver a verlo.

Capítulo 2

Era sábado y se despertó temprano la mañana siguiente; Yorgos la arrancó del sueño, llamaba a su puerta y le decía que se diera prisa, grigora, que dejara de perder el tiempo ya eran casi las siete.

—¿Casi las siete? —balbuceó en inglés, aturdida y desorientada—. No son ni las cinco en Inglaterra.

Yorgos abrió la puerta.

—Estamos en Grecia y tenemos cosas que hacer.

—No me dijiste nada anoche.

—Porque sabía que protestarías por tener que levantarte. ¿Qué hace ese gato en tu almohada? —señaló.

—No lo sé.

—Más te vale que no tenga pulgas.

Ella también esperaba que no las tuviera.

Pero en aquel momento era lo que menos le preocupaba mientras él, impaciente, batía palmas delante de su cara,

Se dio cuenta tarde de que no debería haber llegado un viernes. Normalmente los horarios del barco y del tren la dejaban a principios de semana, cuando Yorgos (que se negaba a jubilarse a pesar de sus sesenta años) estaba ocupado en su consultorio, lo que dejaba a Eleni todo el tiempo que necesitaba para adaptarse a la diferencia horaria griega con respecto a Inglaterra y para disfrutar de la natación y de la lectura en la ensenada antes de que llegara el sábado y comenzaran las reuniones.

No es que no tuviera ganas de ver al resto de la familia, sí tenía ganas, los quería, los echaba de menos, prefería pasar tiempo con ellos antes que ver a los padres de su padre cualquier día de la semana. (Cada dos meses más o menos, su padre, en respuesta a una carta herida de la abuela, presentaba sus propias excusas y despachaba a Eleni como un cordero sacrificial para el almuerzo del domingo en la casa de su infancia en Sutton: verduras anémicas, puré harinoso, salsa enlatada Bisto, pudín de sebo, una partida silenciosa de ajedrez con el abuelo y un sermón suave pero firme de la abuela sobre cómo podría encontrar, si accedía a estudiar el secretariado, un esposo agradable y serio. “Como el abuelo”, agregaba con una sonrisa de dolor al verlo acodado en la mesa sin poder decidir qué movimiento hacer con su caballo). En Creta no había salsas enlatadas, ni consejos profesionales, ni tampoco sebo; nada que temer en absoluto aparte de que Eleni llevaba tres días seguidos de viaje y la verdad es que le hubiera encantado tener un par más para descansar antes de pasarse horas en el coche con Yorgos yendo a visitar a todo el mundo.

Al menos no tenían muchas paradas que hacer. Su familia no era numerosa para los estándares de Creta. La madre de Eleni (Petra, la habían llamado Petra) había sido hija única al igual que el padre de Eleni. Yorgos tampoco tenía hermanos y sus padres, junto con los de la abuela de Eleni, habían fallecido antes de que su nieta naciera. Pero la hermana de la abuela, la tía abuela Sofía, aún estaba vivita y coleando en las montañas blancas, donde se había trasladado con su esposo Vassili a principios de siglo para producir vino. También habían producido un hijo (otro Vassili), que a su vez se casó y tuvo su propio Vassili, el pequeño Vassili.

Aparte de ellos solo estaban Spiros y María, que en realidad no eran familia pero los consideraban parte de ella porque Eleni los conocía de toda la vida. Spiros había ido a la escuela con Yorgos, había estudiado medicina con él en Atenas y era su compañero en el consultorio médico. Él y su mujer, María, vivían mucho más cerca, en el barrio de Halepa, en La Canea, donde habitaban los políticos y diplomáticos de la isla. Eleni se sentía tan cómoda en su casa de la costa como en la villa. Cuando era pequeña pasaba allí todos los días con María, como solía hacer su madre: jugaba, horneaba pasteles, aprendía a nadar mientras su papou trabajaba.

Pero no eran ellos con quienes Yorgos había acordado reunirse aquel sábado; Eleni se enteró durante el desayuno, no, los esperaban a la mañana siguiente. El sábado iban a dedicarlo al largo viaje a las montañas para almorzar con Sofía y los Vassilis.

—Y no quiero llegar tarde —dijo Yorgos—. Así que arriba, rápido, prepárate.

—Muy bien —dijo Eleni y se fue antes de que él pudiera empezar a batir palmas de nuevo.

No se olvidó del gatito con las prisas. Una vez vestida y después de comprobar que no tenía pulgas (“ninguna”, declaró triunfante), le preparó unos platitos de leche y restos de pescado y lo puso a dormir la siesta en una vieja manta bajo el toldo de la terraza.

—¿Cómo lo podríamos llamar? —reflexionó mientras le pasaba el dedo por la cabeza huesuda.

—Ya te dije —respondió Yorgos—, “Nada”, Tipota.

Eleni suspiró.

—No sé por qué te empeñas en ponerle ese nombre…

Tampoco se olvidó de Otto.

Volvió a recordar vívidamente su breve encuentro con él cuando, al fin, ella y Yorgos partieron en el coche y pasaron a toda velocidad por delante de la puerta de la villa de Nikos camino al interior de la isla. La puerta no era nada del otro mundo. Sencilla, bordeada de arbustos. Eleni había pasado miles de veces sin prestarle atención.

Pero esta vez miró.

No había nadie. Solo un par de mariposas que revoloteaban ingrávidas sobre los postes astillados de madera. Era muy temprano; el sol acababa de salir por el horizonte brumoso del mar. Eleni suponía que todo el mundo debía de estar en la cama.

Aun así, mientras se alejaban a toda velocidad, no pudo evitar mirar hacia atrás sin perder de vista la puerta.

Pero no, nada.

Yorgos aceleró, las ruedas levantaron polvo e incluso las mariposas desaparecieron.

—¿Quién era?

La pregunta de Henri cortó el silencio en la habitación de Otto y lo sobresaltó, aunque no demostró cuánto. Aún tenía puestos los pantalones con los que había dormido y permaneció exactamente como estaba, con las manos apoyadas en el alféizar de la ventana y la mirada fija en la carretera, ahora vacía.

—¿Podrías llamar a la puerta?

—No me has respondido —dijo Henri.

Otto seguía sin responder. Tensó la mandíbula al pensar en qué podría decir a su padre y se apoyó con más fuerza en el alféizar. Una cría de lagartija subió por un lado del cristal y se detuvo con las patas fibrosas extendidas, como si se diera cuenta de que la observaban. Otto imaginó el latido de su minúsculo corazón. Ese instinto de supervivencia…

—Otto, ¿quién era?

La lagartija no parpadeó. Era como si creyera que podía hacerse invisible si se quedaba inmóvil.

Ojalá fuera posible.

—¿Otto?

—No lo sé —mintió.

Le había visto la cabeza rubia, le había visto la cara cuando se giró para mirar en su dirección.

Sonrió porque lo había buscado.

“Eleni Adams”, había dicho Nikos Kalantis que se llamaba cuando Otto le había preguntado por ella después de la cena de bienvenida a la que habían llegado tarde la noche anterior. “El padre es inglés”, había continuado Nikos en un perfecto alemán desdeñoso. “No tengo nada que ver con ella.”

—Anoche estabas distraído —dijo Henri—. Me di cuenta.

—Seguro que sí.

—Y tu madre también. Me preocupa… —Henri hizo una pausa mirando hacia la pared para recordar a Otto, como si pudiera olvidarlo, quién estaba al otro lado de ella— que Lotte pudiera haberse sentido incómoda.

Otto siguió observando la carretera. El polvo que había levantado el coche se había asentado.

¿Adónde había ido?

—Debes tener cuidado —dijo Henri—. Tú y tu hermana deben tener cuidado.

—Eso es lo que siempre nos dices.

—Krista…

—Ella toma sus propias decisiones.

—Sí —exclamó Henri alzando la voz—, así que tú tienes que tomar decisiones más inteligentes. Yo… —Se interrumpió cuando se oyeron sonidos en la habitación de Lotte, el crujido de la cama y un suspiro lento.

¿Suspiraba así cuando su padre hablaba de su día de trabajo?, se preguntaba Otto.

—Mírame —dijo Henri más tranquilo ahora—. Date la vuelta.

Otto no se movió. Tampoco la lagartija.

—Sé amable con Lotte hoy —agregó Henri después de un instante.

—Siempre lo soy.

—Sé más amable aún.

—¿Es una orden?

—Si es necesario que te lo ordene, entonces sí —respondió Henri.

No llegaron tarde a casa de Sofía a pesar de que Yorgos estaba seguro de que lo harían, y a pesar del largo trayecto en coche que de algún modo siempre era más largo y hermoso de lo que Eleni recordaba. La belleza y el dolor se parecían en ese aspecto, decidió, mientras dejaban atrás la costa y se adentraban en las montañas: nunca son tan nítidos como en el momento en que se experimentan. Con cada giro del volante, los acantilados frondosos de pinos y cipreses los envolvían y les recordaban, sin esfuerzo, su esplendor: arroyos que brillaban en el fondo de los barrancos; cumbres que se elevaban hasta herir el cielo agobiante. Las iglesias pintadas de blanco parecían espolvoreadas en las paredes rocosas y reflejaban el sol abrasador, tan brillante que a Eleni le lloraban los ojos incluso con las gafas de sol (otra compra hecha en Landport). Pasaban por un pueblo de vez en cuando y los lugareños que pastoreaban cabras o bebían café a la somnolienta sombra de las kafeterias levantaban la mano en un rígido saludo, severos pero siempre hospitalarios con los forasteros. Vestían de forma atemporal: los hombres con pantalones negros, fajas de color rojo intenso y chalecos bordados; las mujeres con vestidos de cuello alto y pañuelos en la cabeza. Eleni no llevaba pañuelo, pero había elegido un vestido de manga larga para ese día a pesar del calor. La Canea era una cosa —allí estaban a punto de entrar en el siglo XX—, pero en las montañas… no; no estaban preparados para ver sus pantalones cortos.

Tampoco estaba segura de que estuvieran preparados para sus gafas de sol.

—¿Qué te pasa en los ojos? —preguntó Sofía cuando por fin llegaron a la bonita casa de piedra y los recibió en la puerta.

—Nada —respondió Eleni quitándose las gafas—. ¿Ves?

Sofía la tomó por los hombros y la examinó. Era pequeña, llevaba el pelo blanco recogido en un moño, tenía pómulos que desafiaban a la gravedad y unas arrugas de preocupación que, según ella, habían quedado grabadas por toda una vida de Vassilis. El rostro ancho, amable y fuerte no toleraba las tonterías.

—Bien —dijo estrechando a Eleni en un abrazo perfumado de talco—, tienes unos ojos preciosos. Mejor sería que te haya pasado algo en las orejas.

—Mejor que no le haya pasado nada —comentó Yorgos.

—Mejor, ¿qué? —preguntó Katerina, la mujer del Vassili mediano al unirse a ellos y arrancar a Eleni de los brazos de Sofía—. Mejor aquí con nosotros, ¿verdad, Eleni-mou?

—Sí —respondió Eleni amortiguada por su pecho.

Pasaron aquella tarde como habían pasado muchas otras en el jardín enrejado, apretujados junto a la mesa que tenía barriles de vino en vez de patas. Los tres Vassilis —puro bigotes, pellizcos en las mejillas y bromas sobre que esperaban que Eleni no se hubiera vuelto demasiado callada, demasiado inglesa durante el invierno— habían asado una cabra; Sofía y Katerina habían preparado bandejas de ensaladas y quesos, y hubo mucho, mucho vino.

También hubo discusiones como de costumbre; un poco sobre política, pero especialmente sobre el pequeño Vassili que era dos años mayor que Eleni, medía más de dos metros y, según se supo, acababa de alistarse esa misma semana en la división cretense del ejército griego.

—¿Quieres luchar? —le preguntó Yorgos.

—Quiero valerme por mí mismo —respondió.

—Bueno —dijo Yorgos con un gesto de rencor.

—No —protestó Katerina—, no lo apoyes. Es demasiado peligroso…

—Es seguro mamá —dijo el pequeño Vassili sirviéndose un trozo de pan.

—Es el ejército —se sintió obligada a decir Eleni—. He oído que usan unas cosas llamadas… ¿cómo se dice? —Puso cara de pensativa—. Armas, ¿no?

—Eleni-mou, vuelve a quedarte callada.

—No.

—De todas maneras, no hay nadie a quien disparar en Creta —agregó él y mordió el pan.

—Entonces quédate aquí a pisar uvas —intervino su padre—. Tenemos muchas.

—No quiero hacer vino.

—¿Qué tiene de malo hacer vino?

—¿Qué tiene de malo el ejército?

Y así continuaron, alzando la voz, gritándose unos a otros hasta que Sofía dio un manotazo en la mesa y les ordenó a todos que se callaran, que se comportaran, que no quería que le arruinaran el día.

—Hablaremos de esto en otro momento, ¿sí?

Todos asintieron en silencio como escolares castigados.

Fueron obedientes y nadie dijo una palabra más sobre el asunto. El tío Vassili contó la historia de un burro que había entrado hacía poco en la bodega y se había emborrachado (“Caminaba así”, dijo, y les demostró mientras los ojos negros le centelleaban en el rostro moreno) y, en un abrir y cerrar de ojos, fue como si la pelea nunca hubiera existido. Era una de las cosas que más le gustaban a Eleni de todos ellos: lo rápido que pasaban del enfado a la alegría, sin cavilaciones intermedias.

Por su parte, estaba segura de que el pequeño Vassili estaría a salvo a pesar de sus bromas sobre las armas. La isla llevaba años en paz; ninguno de los dos había nacido cuando Creta tuvo que luchar por última vez para independizarse de los otomanos. Y los dos siempre habían soñado juntos con las aventuras que Vassili podría vivir si pudiera escapar de las montañas. Más que nada, Eleni estaba emocionada por él. A medida que el sol subía, rebotaba en las tomateras y perfumaba de dulzura el aire carbonizado, se olvidaba de la preocupación de la familia; solo pensaba en el calor palpitante, en ver a su papou riendocon la cabeza echada hacia atrás y en cada noticia que se compartía: bodas de amigos, compromisos, nuevos bebés.

Todo el mundo quería escuchar también cómo había pasado ella el invierno, por supuesto, y saber de Timothy y de su misión veraniega por el cercano mar de Libia.

—¿Lo veremos por aquí? —preguntó Sofía.

—Lo dudo —dijo Eleni—. Sabes que nunca viene.

—Bueno, una vez sí vino —dijo Katerina, y así se pusieron a recordar el único viaje de Timothy a la isla con Eleni cuando ella estaba a punto de cumplir doce años, más de una década después de que él la enviara por primera vez desde Inglaterra con una niñera, como un bebé con una cigüeña. Se había quedado en la villa quince días durante los que no pronunció ni una palabra de sus recuerdos de la guerra, cuando su barco atracó en Souda para ser reparado y allí conoció a la madre de Eleni; la mayor parte del tiempo leía periódicos en una tumbona mientras Eleni nadaba. Una mañana, sin embargo, la había llevado a pescar. Ella estaba segura de que había sido por sugerencia de Yorgos, pero las horas que habían pasado en la barca alquilada, echando el anzuelo en silencio, se le habían quedado grabadas en la memoria. Él le había enseñado a poner la carnada en el anzuelo y la había rodeado con los brazos para ayudarla a pescar. Solo habían pescado algas. “Creo que hemos dejado a los peces contentos, Eleni” había dicho él y ella se había reído, encantada de que él también se riera. La había dejado conducir la barca de vuelta y le había enseñado a guiar la proa entre las olas, mientras ambos trataban de esquivar las salpicaduras del agua.

A Eleni también le había encantado.

Y al día siguiente habían subido allí, a las montañas.

—¿Recuerdas cuando Sofía lo sacó a bailar? —dijo Katerina con los ojos llorosos.

—Oh, no me hagas recordarlo —dijo Eleni cubriéndose la cara con las manos; casi podía verlo copiar rígidamente los movimientos de Sofía con una de las camisas de manga corta que había comprado especialmente para el viaje—. Pobre papá…

—Quizá por eso no volvió a venir —dijo Katerina, secándose las lágrimas—. Es culpa tuya Sofía.

—Es culpa del pequeño Vassili —dijo Sofía—. Fue él quien le derramó el vino encima.

—Ah, eso no le importaba —dijo Yorgos—. Lo que no podía soportar era que no estuviera Petra. —Movió el vaso, haciéndolo girar entre el pulgar y el índice—. Antes de venir seguro se las había ingeniado para creer que ella seguía aquí.

No era la primera vez que decía algo así.

Sin embargo, cuando lo decía resultaba terriblemente triste.

Eleni se acercó y le apretó la mano.

Él sonrió y le devolvió el apretón.

—Bueno, igual le echo la culpa al pequeño Vassili —dijo Sofía, para disipar la tristeza—. Ahora vengan —miró la mesa—. Es probable que Petra nos esté mirando y piense que todavía queda demasiada comida. Así que coman, todos.

Todos comieron.

Ninguno se movió durante horas salvo para rellenar el vaso de vino. Al anochecer, cuando el sol se ocultaba tras las cumbres, Katerina trajo una tarta de naranjas como postre. Eleni y el pequeño Vassili —tambaleándose después de tanto vino— encendieron los farolillos del jardín y llegaron los padres de Katerina y los vecinos, que trajeron más pellizcos en las mejillas de Eleni y decantadores llenos de su propio krasi. No se pudo evitar que el padre de Katerina sacara su bouzouki ni que Sofía reanudara el baile del que Timothy había sido víctima años atrás y arrastrara a todo el mundo hasta que todos estuvieron de pie, con los brazos entrelazados, inclinándose y luego saltando alto, y las múltiples exclamaciones —opa-a— rodaron por el valle hacia las montañas que se elevaban a su alrededor, silenciosas y vigilantes, como dioses indulgentes.

—Estoy agotada —dijo Eleni a Yorgos cuando por fin volvieron a subirse al coche y avanzaron a toda velocidad y a oscuras hacia la costa. La temperatura había vuelto a bajar. El aire de la montaña le refrescaba la cara; sentía escalofríos bajo el vestido con el que había pasado casi todo el día. Se envolvió en la manta que le había llevado Yorgos y apoyó la cabeza en su hombro—. ¿Cuántos años tiene Sofía?

—Siempre veinte.

La voz grave de Yorgos resonó bajo Eleni. Sintió que se le cerraban los ojos.

—Espero que el gatito esté bien.

—Espero que se haya ido.

—No —dijo Eleni mientras el sueño se apoderaba de ella—, no es cierto.

Durmió todo el camino a casa. Un sueño profundo y pesado, en el que su padre volvía a bailar en la ladera de la montaña y ella retrocedía y luego caía sin control, tratando en vano de alcanzar a Timothy que seguía bailando, hasta que dejó de soñar porque Yorgos la estaba zamarreando para despertarla fuera de la villa, con una lámpara de aceite encendida en la mano.

—Llegamos Eleni-mou. Ven. Tu gato sigue en su trono.

Le ofreció la lámpara.

Temblorosa, adormilada, con el corazón palpitante por la pesadilla, tomó la lámpara y, tras dar las buenas noches a su abuelo, se bajó del coche y salió a la terraza donde el gatito ronroneaba en su manta, perdido en un sueño más feliz sin oír el coro de las cigarras.

Los platos de comida que le había dejado estaban vacíos. Sonrió al imaginárselo comiendo hambriento.

—Papou quiere llamarte Tipota —le dijo y se inclinó para acariciarlo—. ¿Qué te parece?

Él se movió mientras dormía y empujó la cabeza contra la palma de su mano.

—¿De verdad? ¿También te gusta ese nombre?

Eleni lo acarició otra vez y bostezó; sintió que sus pantorrillas protestaban por el baile, por haber pasado tanto tiempo en el coche. Se levantó para entrar en la casa y dejarse caer por fin en su propia cama.

Notó vagamente la música de un violonchelo.

La melodía sonaba en la noche fresca frente a la villa de Nikos.

Con la lámpara en la mano, se acercó al borde de la terraza para escuchar.

La luz de luna surcaba el mar debajo de ella. Un solitario barco pesquero levaba anclas a lo lejos.

La música continuó, serena, suave; tan diferente al bouzouki que, hasta ese momento, había estado resonándole en los oídos, en los músculos.

Quienquiera que estuviese tocando lo hacía con maestría.

También con patriotismo.

A ella no se le daba bien nombrar compositores.

Timothy no era como los padres de los amigos de Eleni: no se había pasado las tardes haciéndole escuchar sus discos para que algún día pudiera conversar en una cena; le había enseñado el código Morse. Pero Eleni reconoció a Bach: era la primera de sus Suites para violonchelo. En el hotel, el señor Hodgson ponía siempre una grabación en el gramófono del vestíbulo: la melodía sonaba chirriante, repetitiva e impersonal.

Allí, en la noche tranquila, era hermosa.

Eleni cerró los ojos cansados. Tras los párpados, imaginó el arco moverse sobre las cuerdas. Sintió cada uno de los movimientos en lo más profundo de su ser.

¿Era Otto quien tocaba?

¿O era ella? Aquella mujer con voz de niña que lo había llamado desde las rocas.

¿Una hermana?

Al recordar de nuevo el tintineo coqueto de su risa, decidió a regañadientes que probablemente no.

Se había distraído con la algarabía del día y no había vuelto a pensar en ninguno de los dos. Pero ahora...

Ahora, ellos llenaban su mente.

Si estaban juntos, solos, tan tarde en la noche.

O si era otra persona la que estaba tocando. Otro miembro de la familia Linder de Berlín.

El violonchelo se detuvo sin darle respuestas.

Ella esperó a que volviera a sonar.

Las olas ondulaban, el gato ronroneaba, pero no se oyó más música.

Cuando se dio cuenta de que no iba a haber más, volvió a girarse y, sin dejar de oír el eco del violonchelo en el silencio oscuro de la noche, entró en la casa.

“Recuerdos de Grecia durante la guerra”. Transcripción de la entrevista de investigación realizada por M. Middleton (M. M.) al sujeto diecisiete (#17) en British Broadcasting House, 4 de junio de 1974.

M. M.: ¿Cómo era Eleni Adams?

#17: No sé por dónde empezar a responder.

M. M.: ¿No era una persona sencilla?

#17: ¿Quién lo es?

M. M.: ¿Eleni Adams no?

#17: [Tose]. No, no, ella no. Ella era como… [frunce el ceño]. ¿Cómo se llaman esos animales que cambian?

M. M.: ¿Mariposas?

#17: No, por Dios, no, demasiado frágiles. No, los que cambian de color para confundir a los depredadores. Seguramente sabe a cuáles me refiero, los que se camuflan…

M. M.: ¿Los camaleones?

#17: Sí, eso es, un camaleón. Así era ella. Era capaz de… metamorfosearse al instante. Uno la veía, la oía y no tenía dudas de que era griega. Ni siquiera dudaba al ver sus rizos [gesticula sobre la cabeza]. Obviamente, hay cretenses de cabello rubio. Y ella tenía las expresiones correctas, los gestos. Totalmente… auténtica. Y entonces, sin más, empezaba a hablar en inglés y todo lo griego… bueno, desaparecía como por arte de magia. Era increíble [se estira para alcanzar un vaso de agua]. Recuerdo la primera vez que presencié esa transformación, en el treinta y seis. En aquel café en el que trabajaba, con… con…

M. M.: [Consulta notas]. ¿Dimitri?

#17: Sí, claro. Dimitri [suspira]. Ella estaba con él, llevaba puestos esos pantalones cortos blancos, ojalá la hubiera visto, podría haber estado en un póster. Ese pelo, esa piel oscura, los ojos azules que ocupaban toda su cara y las piernas, esas piernas que, bueno… [mira fijamente el vaso]. Creo que aún no se había dado cuenta del efecto que causaba en los hombres. Más tarde sí se dio cuenta y eso era lo que la hacía tan peligrosa, una asesina disfrazada de diosa. Pero entonces [frunce el ceño] creo que todavía era tan inocente como parecía. Antes.

M. M.: Tenía diecinueve años, ¿no?

#17: Ni siquiera. Dios [bebe más], mil novecientos treinta y seis. Era un mundo diferente, había… esperanza, confianza en el futuro. No para todos, pero sí para mucha gente.

M. M.: ¿Para usted?

#17: No lo sé, tal vez. Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín aquel agosto y la gente lo ovacionó. Eso todavía era posible. Después llegó la Guerra Civil española, al año siguiente Hitler se hizo con el control del ejército alemán…

M. M.: ¿Y Eleni?

#17: ¿Eleni?

M. M.: Usted estaba contando sobre la primera vez que la vio metamorfosearse.

#17: ¿Metamorfosearse?

M. M.: En una chica inglesa.

#17: Ah, sí. ¿Puede recordarme dónde me quedé?

M. M.: Ella estaba con Dimitri…

#17: Sí, ahí estaba. Sí, sí [mira fijamente el vaso]. Estaban bailando juntos, en realidad, al lado del puerto. Ella estaba hablando sin parar, como una cretense, y después se detuvo y habló en inglés [silencio largo]. “Oh, hola”, eso fue lo único que dijo. Pero, así como así, se convirtió en pura… pura… Vivien Leigh. Era como si un artista, luego de retratarla, hubiera tomado un pincel y vuelto a empezar. Su padre era oficial de la Marina Real. Usted ya lo sabe. Ella era… como un cristal tallado. Excepto… [Se detiene].

M. M.: ¿Excepto qué?

#17: Excepto su risa. No había nada rígido ni preciso en su risa. Era… incontenible [respira profundo varias veces]. Se reía con el corazón, con todo su ser.

M. M.: ¿Una buena risa?

#17: [Asiente].

M. M.: ¿A usted le gustaba?

#17: [Silencio].

M. M.: ¿Sí?

#17: Sí [se frota los ojos]. Debería haberme alejado de ella.

M. M.: Pero no lo hizo.

#17: Ella ya significaba demasiado para mí para cuando me di cuenta de que debería haberlo hecho.

Capítulo 3

No era Otto a quien Eleni había oído tocar el violonchelo.

Tampoco era Lotte.

Lotte, cuya piel pálida se había quemado aquella tarde, en las inquietas horas que todos habían pasado asándose en las rocas, estaba arriba, en su habitación junto a la de Otto —durmiendo, al igual que los padres de Otto, Henri y Brigit— cuando aquellos primeros acordes rasgaron la noche.

No, era Marianne, de dieciocho años, quien tocaba.

Otto también la oyó cuando volvía de darse otro chapuzón hasta donde él había visto anclado un barco pesquero. Supo que era Marianne desde el momento en que el arco tocó las cuerdas. La había escuchado tocar demasiadas veces como para dudarlo. Su madre, Brigit, le había enseñado. Él y su hermana más pequeña, Krista, solían tener problemas cuando eran niños e interrumpían sus clases.

“Por fin tengo una alumna digna de mi atención” decía Brigit y al echarlos del salón “no como ustedes, filisteos”. Ellos se reían sin saber lo que significaba la palabra. “Vayan al jardín.” Les hacía cosquillas, “Marianne irá pronto”.

Otto sintió su caricia de nuevo, mientras corría por los escalones oscuros de Nikos. Se detuvo por un momento y sonrió, empapado, sin aliento por el frío y el esfuerzo. Pero después dejó que la sonrisa se desvaneciera porque aquellas lecciones y las cosquillas de su madre estaban atrapadas en un mundo que había desaparecido.

Subió los últimos escalones con la vista fija en el resplandor de la luz de las lámparas, a través de los olivos, hacia donde Krista y Marianne estaban sentadas solas en la terraza: Marianne en camisón, con el violonchelo encajado entre las piernas, la trenza colgada del hombro; Krista junto a ella, en el suelo empedrado, con los codos apoyados en las rodillas y un cigarrillo en la mano de los que Hitler odiaba.

Cuando Marianne terminó de tocar sostuvo el arco contra las cuerdas, inmóvil. Krista le ofreció el cigarrillo y Marianne lo miró fijamente e inclinó la cabeza.

Le temblaron los hombros. Emitió un sonido ahogado y silencioso.

Otto tardó un momento en darse cuenta de que estaba llorando.

La imagen lo estremeció profundamente. Marianne era una de las personas más dulces que conocía, siempre sonriente, dispuesta a todo, siempre la primera en salir a pasear en bicicleta, con las trenzas al viento desde el día en que había aprendido a manejarla. “Krista, Krista, vamos.” Era horrible verla alterada, nunca lloraba.

—No puedo permitírmelo —había dicho el año anterior, cuando las Leyes de Nuremberg la habían despojado de su ciudadanía, a ella y a cualquiera con tres o más abuelos judíos—. Quieren que me rinda, que me sienta inútil. El único poder que tengo es no permitírselo.

Algo debió haber pasado mientras Otto nadaba. Quiso preguntar a Marianne qué pero se contuvo instintivamente para no perturbar la intimidad que ella creía tener.

Continuó llorando, lágrimas feroces que parecía no poder contener ahora que las había liberado. Se aferró a su violonchelo y a su arco como si fueran lo único a lo que podía aferrarse, pero entonces Krista se puso en pie, la rodeó con sus brazos y le dio algo más. Marianne soltó el arco, levantó la mano y la apoyó sobre la de Krista, que recostó la mejilla en la cabeza de Marianne y abrazó más fuerte.

En silencio, pesadamente, Otto se deslizó por las puertas de la terraza hacia el interior de la villa y las dejó solas.

Lotte lo esperaba arriba con una vela, en la puerta de su habitación. No estaba dormida después de todo. Suspiró para sí. Ella siempre aparecía cuando menos la esperaba. Ahí, ahora. Anoche, en las rocas. Otto. Otto Linder. Había necesitado cada gramo de su autocontrol para no delatar la irritación que le causaba que ella hubiera venido.

“¿Quién era esa?”, le había preguntado después de que él nadara hacia ella, mirando hacia donde había dejado a Eleni Adams en el agua.

“Una ninfa” había dicho él.

No era gracioso pero ella se había reído como si lo fuera.

Esa noche volvía a vestir de blanco: una bata de seda. Llevaba el pelo suelto, largo hasta la cintura. La llama de la vela arrojaba reflejos dorados sobre la piel quemada y desnuda del hombro, donde la bata se le había deslizado.

¿La había dejado caer así a propósito?

Antes era muy desaliñada. Tiempo atrás, su familia había alquilado habitaciones en las afueras del mismo barrio arbolado de Grunewald en el que vivía la familia de Otto y Marianne. Brigit y la madre de Marianne solían invitar a Lotte a cenar, a quedarse los fines de semana, alegando que era más seguro para ella estar lejos de sus padres. Otto, tres años mayor, tenía sus propios amigos y no le había prestado atención. Ella era demasiado tímida para interesarle, siempre tan temerosa de ensuciar de fango su delantal, de caerse y que le doliera.

A veces, sin embargo, la había visto mirando desde el fondo de uno de los árboles a los que todos habían corrido, o de pie sola en el borde del lago helado, y había sentido lástima.

“¿Es lo bastante fuerte el hielo?”, le preguntaba cuando él volvía para ayudarla a mantener el equilibrio y ella se aferraba a su brazo con las manos dentro de unos mitones raídos. Su padre había sido un hombre pobre hasta que ya no lo fue más. “No quiero caerme.”

“No te caerás” decía él.

“Si me cayera, ¿me ayudarías?”

—¿Otto? —susurró ahora, con esa voz de porcelana que lo trajo de regreso al presente—. ¿Está bien Marianne?

Él la miró. En sus ojos de muñeca se reflejaba la luz de la vela. Es probable que si los mirara más profundamente aún encontraría un rastro de aquella vulnerabilidad infantil. Alguna razón para compadecerla de nuevo.

Probablemente ni siquiera necesitaría buscar tanto.

Pero estaba cansado. No tenía energía para buscar.

Y no quería compadecerse de Lotte.

—¿Cómo sabes que le pasa algo a Marianne? —preguntó.

—Fui abajo. Tú… me preguntaba adónde habías ido.

—A nadar —dijo.

“Deja de seguirme.”

—Escuché a Marianne decir a Krista que sus padres tienen que dejar la casa. —No parpadeó—. ¿Lo sabías?

—No —dijo él rotundo, triste pero no sorprendido. Los padres de Marianne llevaban años pasando apuros económicos. Su padre, Ernst, que había sido profesor de música igual que la madre de Otto en la Universidad de Berlín, había sido despedido con el resto del personal judío cuando los nazis tomaron el poder en 1933. Ahora se las arreglaba para enseñar a tocar el piano a los hijos de las familias que aún se los enviaban. La madre de Marianne, Nicola, limpiaba pero tampoco tenía mucho trabajo. “Los amigos se sienten incómodos”, decía, “los desconocidos no me quieren. Gracias a Dios por tu madre”.

—¿Por qué no dijeron nada? —se preguntó Otto, más para sí mismo que para Lotte, y mientras hablaba se dio cuenta de que probablemente sí lo habían dicho, y que por eso Henri había invitado a Marianne a este viaje: para ahorrarle el dolor de la mudanza. Henri no era un mal hombre, solo estaba desesperado.

—Marianne se enteró ayer —dijo Lotte—, antes de que viajáramos. Vivirán en el apartamento de su tía cuando volvamos. Le dije a Marianne que no deberían ir allí.

—¿Por qué?

—Porque tienen que salir de Alemania —tomó aire—. Ya no puede ser su hogar.

Otto se quedó mirándola.

—¿De verdad le dijiste eso?

—Sí. Es necesario que afronte los hechos.

—Ella está fuera de sí, Lotte.

—Ya estaba alterada desde antes. Solo lo ha estado reprimiendo.

—¿Así que decidiste hacer que se sintiera peor?

—No…

—Es tu amiga.

—Lo sé…

—Su madre cuidaba de ti, te hacía los pasteles de cumpleaños…

—Aquello ya pasó, este es el presente y nadie los quiere en Alemania.

—Ningún nazi los quiere.

—Eso es lo único que cuenta ahora.

—Ah, ¿sí?

—Otto, sabes bien que sí.

“No me digas lo que sé” estuvo a punto de exclamar, pero apretó el puño para contenerse.

“Sé amable con Lotte.”

—Estoy cansado —dijo y se dirigió a su habitación—, necesito dormir.

—Estaba tratando de ayudarla, Otto, de ayudarlos a todos…

—Está bien —dijo él y no comentó cuánto despreciaba la cobardía que implicaba esa ayuda. Ella, que de todas las personas que él conocía podría haber intentado hacer algo más por Marianne —algo que valiera la pena—, no hacía más que asistir noche tras noche a las fiestas que organizaba su padre ocupando el lugar de su madre (que se había largado hacía tiempo) sonriendo bellamente a los nazis. Lotte llevaba toda la vida asustada de su padre, nada que él dijera iba a cambiar eso.

¿Ayudaría realmente Lotte a la familia de Otto tal como Henri confiaba en que lo hiciera, si llegara a ser necesario (o cuando fuera necesario)?

Otto tenía pocas esperanzas.

Pero mientras hubiera una mínima posibilidad de que así fuera, aceptó el hecho de que no podía enemistarse con ella.

Así que, con toda la cortesía de que fue capaz, le dio las buenas noches y cerró la puerta.