Bajo la piel - Gunnar Kaiser - E-Book

Bajo la piel E-Book

Gunnar Kaiser

0,0

Beschreibung

Una novela de iniciación y ficción criminal con un descarnado amor por los libros. Con ecos de "El tambor de hojalata" de Günter Grass y "El perfume" de Patrick Süskind. Bajo la piel es una novela muy ambiciosa, original y atrapante sobre un exquisito bibliófilo y posible asesino serial, en la que se cuenta un itinerario épico que comienza en la ciudad alemana de Weimar en 1918, con la historia del paciente cero de la más devastadora pandemia de gripe de la historia de la humanidad, y termina en la arruinada Argentina de los años noventa; pasando por el surgimiento del nazismo en Berlín, la persecución en Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial, la cultura de Nueva York de los años sesenta y la vida comunitaria en Israel, muchos años después. El narrador, Jonathan Rosen –un judío norteamericano descendiente de alemanes– comienza la historia a sus veinte años, cuando se muda a Nueva York para estudiar Literatura en la Universidad de Columbia, en 1969. Al mismo tiempo que Jonathan queda flechado en un bar de Brooklyn por la que considera su "chica definitiva", conoce al enigmático dandy, misógino y manipulador Josef Eisenstein, treinta años mayor que él, que se le anticipa en la conquista de la chica y termina siendo el maestro de Jonathan en el arte de seducir a través de la cultura y el intelecto. La novela cuenta cómo la ciudad de Nueva York vive fascinada por la cultura pop y al mismo tiempo horrorizada por los asesinatos seriales de mujeres muy jóvenes, arrojadas a orillas del río Hudson y del East River por el "Desollador de Williamsburg". A medida que pasa el tiempo, Jonathan sospecha que su mentor oculta un secreto muy oscuro. Un salto cronológico lleva a conocer la historia inquietante y provocadora de Josef Eisenstein, nacido en Alemania a fines de la segunda década del siglo XX y que por sus características –amoral, obsesivo, posible asesino– recuerda a otros célebres personajes de grandes novelas de la literatura alemana, como los protagonistas de El tambor de hojalata, de Günter Grass, y El perfume, de Patrick Süskind. Josef Eisenstein, a través de su historia de deseo y obsesión, resulta igualmente original, controvertido e inolvidable. La crítica también relaciona este libro con La verdad sobre el caso Harry Quebert, del suizo Joël Dicker. Bajo la piel, obra que reúne elementos de la novela de iniciación, de ficción criminal, de relato de guerra y de narración psicológica, entre otros, es la primera novela del escritor alemán Gunnar Kaiser.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 833

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Gunnar Kaiser

Bajo la piel

Traducción de Claudia Baricco

Kaiser, Gunnar

Bajo la piel / Gunnar Kaiser.- 1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2020

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Claudia Baricco.

ISBN 978-987-8388-08-3

1. Narrativa Alemana. I. Baricco, Claudia, trad. II. Título. CDD 833

narrativas

Título original: Unter der Haut

Traducción: Claudia Baricco

Editor: Fabián Lebenglik

Diseño: Gabriela Di Giuseppe

Producción: Mariana Lerner

1a edición en Argentina

1a edición en España

© 2018 Piper Verlag GmbH, München/Berlin

Published by arrangement with International Editors’ Co

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2020

www.adrianahidalgo.com

ISBN 978-987-8388-08-3

La traductora agradece el apoyo del Ministerio de Cultura y Ciencia del Estado Federado de Renania del Norte Westfalia y del Colegio Europeo de Traductores de Straelen.

Impreso en Argentina

Queda hecho el depósito que indica la ley 11.723

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

Índice
Portadilla
Legales
Libro uno. Nueva York, 1969
Libro dos. Bajo la piel. De la vida de un criminal. Primera parte
Libro uno. Nueva York, 1969
Libro dos. Bajo la piel. De la vida de un criminal. Segunda parte
Libro tres. Primera parte. Israel, 1990
Libro tres. Segunda parte. Argentina, 1990

Para S.

Libro uno

Nueva York, 1969

1

Cuando era joven, buscaba chicas. Mi búsqueda comenzó temprano en la mañana del día en el que cumplí veinte años y terminó bajo las estrellas de la última noche de verano de mi vida. Por entonces y allá de donde vengo, de los jóvenes como yo decían que éramos como los sonámbulos, adictos a la luna, y lo mío era una adicción. Pero mi caso era algo especial.

En la primavera había dejado la casa de mis padres, me había mudado a Manhattan y había comenzado a estudiar. Lo poco que necesitaba lo ganaba haciendo el reparto de carne para los carniceros judíos de Williamsburg y Staten Island. Al menos eso era lo que les decía a mis padres cuando me preguntaban qué hacía, y no era una mentira.

Pero tampoco era la verdad. La verdad era que me la pasaba dando vueltas por la ciudad con la cámara que había heredado de mi hermano, de día por las calles de Brooklyn y de noche por los clubes y los bares al sur de la Houston Street; fotografiaba aquí a los travestis delante de las entradas de los sótanos de la Greenwich Lane, allí las manos de una parejita fumando en una fiesta, más allá la ropa tendida que flameaba entre los tejados. Yo iba andando y mirando. Y buscaba chicas.

Mi trabajo me obligaba a saltar de la cama temprano, al amanecer conducía dos horas recorriendo las carnicerías y antes de las nueve regresaba al local del mayorista con el camión de reparto vacío y un par de billetes en los bolsillos. Luego el día era todo para mí y mi Rolleiflex. Iba andando por las calles y despilfarraba mi vida como si fuera inmortal. Bien pasada la medianoche regresaba sin remordimiento alguno a mi cueva del East River, me desplomaba en la cama y soñaba que sostenía entre los brazos a una de las muchachas que aquel día se habían cruzado en mi camino. Era el año 1969, la Luna estaba en la casa siete, yo tenía veinte años y estaba claro que no dormía lo suficiente.

Ella era la chica definitiva, como se dice. Nadie lo dice, tampoco se decía entonces, pero aquel día para mí ella lo era, y aquel día era lo único que yo tenía. Ella lo era: definitiva, irrevocable y absoluta. Se cruzó en mi camino una mañana a comienzos del verano en la avenida Flatbush detrás del Prospect Park. Había surgido de la oscuridad de una boca del metro e iba andando delante de mí, rizos rubio rojizos, chaqueta de cuero y una falda color malva, una diosa salida de un catálogo de modas. Calculaba que tendría unos tres años más que yo, pero me había dicho a mí mismo que eso no me importaría. Tampoco era ya ninguna niña, sino una mujer madura, más madura que yo. Quizás estaba cursando el último semestre de Historia del Arte, llevaba un libro ilustrado sobre Caravaggio en su mochila y trabajaba en algún café. Pero ella lo era: la chica definitiva, yo lo sabía y la seguí. Aquel día no debía llegar a su fin sin que yo antes hubiera conseguido una foto o un beso suyo. O ambas cosas.

Su camino nos llevó por aquella umbrosa mañana de junio y por medio Brooklyn, pasando por delante de los discípulos del Hare Krishna y de los sin techo de la Estación Atlantic, hasta que finalmente, como si esperara a alguien, se detuvo delante de un diner, se arregló los cabellos en el reflejo de la vidriera y entró. Yo conocía el local. Allí había llevado yo los viernes el sobre sellado con mi sueldo; a un local repleto, porque los estibadores de los muelles habían tenido la misma idea y allí se podían comer tacos rellenos por cincuenta centavos de dólar. Pero a aquella hora temprana no había mucho movimiento. En su interior una indolencia complaciente me recibió en medio de flotantes partículas de polvo, sobre las mesas había una luz dorada, y en el aire persistía aún el olor a humo y cerveza de la noche anterior. Un hombre mayor estaba sentado en una esquina con el periódico y bebía té, una pareja negra en el centro tapaba la música con su charla y el sonido de las bolas de billar al entrechocarse, y en la barra Pedro, un joven latino de elegante bigotito, miraba algo aburrido a mi chica definitiva. Ella se había sentado en una pequeña mesa junto a la ventana, había sacado un libro de su mochila y se había puesto a leer bajo la luz matinal que caía sobre el rojo cobrizo de sus cabellos y el blanco marfil de su rostro. Por un momento me quedé como perdido en medio del salón, como fuera de lugar, porque en realidad yo no tenía nada que buscar allí, al menos nada respetable, salvo entablar conversación con una muchacha desconocida, un beso y una noche con ella. Pero el día de mi cumpleaños había hecho un juramento: a partir de ese instante ya no sería un cobarde. A partir de ese instante no me detendría ante nada. Quería vivir una vida salvaje, salvaje e insaciable.

En ese momento me acordé de aquello y, como aparentemente nadie se había fijado en mí, me armé de valor, me liberé de mi rigidez, apoyé la cámara sobre la mesa al lado de la muchacha y me senté. Desde allí podía observarla y cuando fuera el momento, dirigirle la palabra. Hablarle a una muchacha es como tomar una fotografía, hay que hacerlo en el momento justo. Mientras tanto intenté ver el título de su libro, quizás yo lo había leído o al menos podía hacer como si lo hubiera hecho. Pero en ese mismo momento Pedro apareció delante de ella, tomó su pedido y volvió a deslizarse detrás de la barra sin dignarse a dirigirme siquiera una mirada. Admiré la serenidad que mostraba aun en presencia de aquella diosa. Mientras el cansancio matinal se imponía por sobre el llamado de su naturaleza masculina, yo me fui poniendo cada vez más nervioso a medida que parecía acercarse el momento adecuado y cuanto más pensaba en cómo hacer para hablarle.

La excitación me paralizaba. No podía apartar los ojos de ella, de ese ser irresistible de ojos demasiado radiantes y pestañas demasiado largas; no podía dejar de observarla, su mirada como sumida en sus propios pensamientos, una actriz de una película de Antonioni. Cuando cinco minutos después Pedro le llevó el café, yo aún no me había animado a decirle una palabra. Ahora que lo tenía enfrente, le pedí tartamudeando lo primero que me vino a la mente. En un intento de dar una impresión de cool y desenvuelto, a la diez de la mañana pedí con voz ronca una cerveza. No había conseguido leer el título de su libro ni había podido distinguir ningún detalle que me permitiera entablar una conversación casual con ella; una conversación inofensiva, que no despertara sospechas, como las que entablan hombres y mujeres en tantos lugares de esta Tierra. Una conversación por la que uno no fuera ni lapidado ni proscrito públicamente. Jonathan, ¿por qué eres tan cobarde, pese a todos tus juramentos y los buenos propósitos para tu nuevo año?, me pregunté.

Mientras me preguntaba esto, un hombre se había parado delante de su mesa. Debía haberle hablado, porque ella alzó la vista hacia él, sonrió y cerró el libro. Supuse que había estado sentado en algún oscuro rincón, fuera de mi campo visual. Entonces se acercó a sólo unos pasos de la muchacha e intercambió algunas palabras con ella, pero en voz tan baja que no alcancé a comprender nada. Al principio pensé que se conocían, pero pronto tuve que admitir que él era un desconocido como yo. La rapidez con la que ese hombre, un judío espigado de unos cuarenta y tantos largos y camisa blanca de cuello duro, había establecido una suerte de familiaridad con ella me dejó perplejo, pues ella volvió a sonreír, dijo algo y con un parpadeo dejó que tomara asiento enfrente de ella.

Lo que dijo entonces lo entendí. Lo dijo tan fuerte y claramente que es el día de hoy que no lo he olvidado.

“Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, no la hallaremos si no la llevamos dentro.”

Lo dijo como en una letanía, por lo que supuse que estaba recitando algún verso de un poema. La muchacha se echó a reír fuertemente, con dos dedos se corrió un mechón de pelo de la frente y luego acarició con la palma el libro que tenía delante.

–¿Lo leyó? –preguntó.

–¿Leerlo? –Él tomó el libro, fue palpando el gastado volumen de tapas de lino, amarillo sol con una cinta señaladora verde, y lo sostuvo sobre las palmas de sus manos como si fuera un pequeño animal que durmiera allí bajo su guarda–. Yo lo escribí.

–¿Entonces usted es Ralph Waldo Emerson? –Ella rio–. Encantada, Sir. Pensé que hacía tiempo que había fallecido.

–Se podría decir así –respondió él–. Pero tranquila, llámeme Ralph.

Ella bajó la vista y sonrió mientras Mr. Emerson observaba el libro y, repitiendo el mismo gesto de la muchacha, acariciaba delicadamente la tapa con la yema de los dedos. Ahora que él lo sostenía en la mano finalmente alcancé a ver el título.

R.W. Emerson. Naturaleza.

Luego él volvió a hablar. Había algo en su voz que me irritaba, pero no podía decir qué era.

–Es una bella edición la que tiene usted. Algo así no se consigue en cualquier sitio.

Se hizo una pausa en la que mi muchacha bajó la vista. No me quedaba claro qué podía tener el libro que fuera tan valioso; me hubiera gustado observarlo más de cerca para poder participar en la charla, pero tenía que cuidarme de no llamar demasiado la atención mientras los miraba. La pareja negra de la mesa de billar debía haber notado mi curiosidad y seguro que ya estaban cuchicheando sobre mí.

Finalmente ella dijo:

–Un regalo de mi padre.

El hombre acercó el libro a su rostro. Parecía olerlo, inspirar su aroma, con los ojos cerrados, como si entre esas tapas estuvieran ocultos todos los secretos del mundo. Luego fue pasando cuidadosamente la palma de la mano por el lomo, bajó la cabeza y dijo:

–Un libro magnífico.

Oí cómo la chica se deslizaba hacia un lado y otro en su silla como si de pronto algo la hubiera excitado. Yo me había olvidado de toda mi timidez, tenía la vista clavada en ellos como un idiota, y vi cómo la mirada de ella iba de las manos del desconocido a sus ojos.

–Siempre lo llevo conmigo.

La sonrisa había desaparecido de su rostro.

–Yo también tengo una edición en casa –dijo el hombre casi en un susurro, pero a un volumen suficientemente alto como para que yo entendiera. Él parecía responder a la inquietud de ella, querer calmarla con sus palabras–. La primera edición del ensayo. Un suntuoso volumen de Concord que incluso quizás Emerson tuvo alguna vez en sus manos. Ya es un poco antiguo, pero no se le nota. ¿Quieres verlo?

Diciendo estas palabras se levantó, sin devolverle el libro, y ella lo permitió. Por un momento pensé que él se pondría de rodillas y le pediría casamiento, pero no, permaneció erguido y la miró, y al cabo de tres interminables segundos ella también se levantó, tomó su chaqueta y su mochila, siguió a Mr. Emerson sin siquiera mirar atrás y se fue del diner con él.

¿Yo estaba furioso o entusiasmado? Ya no lo sé, y quizás tampoco lo supe en ese momento. No sólo era que me había robado la chica definitiva con un truco barato sin dignarse a dedicarme siquiera una mirada; no sólo que ella se había involucrado con él con una presteza como si aquella mañana sólo hubiese ido allí con esa intención; no sólo era que él era tan viejo como ella y yo juntos y hubiera podido ser nuestro padre: lo que más me desconcertaba era el hecho de que aquel tal Mr. Emerson no había tocado ni un solo momento a mi chica, ni su hombro, ni su espalda, ni su mano, y no obstante ella se había ido con él como llevada por un hilo invisible.

Acabé mi cerveza. La parejita del billar se había quedado muda y estaba allí parada como indecisa, el hombre del periódico dormitaba. Pedro levantó las mesas y se quedó mirándome con una sonrisita mientras yo agarraba la cámara, abría la puerta de un golpe y salía del local.

2

La Nueva York de aquellos días y el joven que llevaba una cámara colgada al cuello y también mi nombre: ninguno de los dos existe más. En mí ya no hay ningún cabello, ninguna célula de la piel que le pertenecieran, y también la ciudad, por cuyas calles él fue andando, hace tanto tiempo que desapareció que ni siquiera las viejas fotos consiguen evocarla. Cuando miro las fotos que me enviaron y que ahora tengo de nuevo delante mío, no encuentro en ellas ningún indicio real de cómo era la vida en aquel entonces. Las veredas, los autos, los ruidosos niños con su soga para saltar, la salida del sol sobre el muelle 1, las calles con los cafés gitanos, los gatos reunidos en los patios traseros al caer la noche, los brazos fláccidos de los hombres mayores en camiseta, los últimos hippies del Bridge Park: todo eso que yo alguna vez registré ahora me parece falso y como si fuera una imitación, artificial y afectado, como si junto con el polvo sobre el papel fotográfico se hubiese depositado también una capa de un nostálgico kitsch. También de los detalles del edificio de la Willow Street, delante del cual estuve por primera vez aquel día de junio de 1969, recuerdo otros diferentes a los que me muestra la fotografía. No recuerdo la hiedra de hojas pequeñas que va trepando desde gruesos maceteros de piedra a ambos lados del pórtico y cubre toda la fachada hasta el segundo piso; no recuerdo los nichos de las ventanas con sus vidrios repartidos de seis piezas, tan altos y angostos como troneras y que hacen que el frente parezca una fortaleza; apenas si recuerdo los tres frontones georgianos de ladrillo colorado de los cuales los dos pequeños forman el caballete del tejado, y el grande, sostenido por austeras columnas, se destaca sobre la entrada del edificio. No lo recuerdo.

Y eso, aunque desde el día con el que comienzo estas notas estuve tantas veces delante de su casa como de ninguna otra en mi vida. ¿Cómo puede ser? ¿Las fotos están mal hechas? ¿Me quieren engañar con sus extraños ángulos, con sus manchas de humedad y su pátina blanco-negruzca? ¿O con los años algo se interpuso a mi recuerdo, la imagen de un sueño, de un modo tan imperceptible que ahora me hace dudar de estos insobornables testigos del pasado? ¿Es en realidad sobre mí sobre el que se depositó una capa de kitsch nostálgico?

Pero yo recuerdo. Recuerdo el silencio que reinaba cuando uno estaba parado ante los cinco escalones que conducían al portal por debajo del voladizo. Es que el edificio era uno de los pocos en ese tramo de la Willow Street que estaba retirado algunos metros de la vereda, de modo que entre los muros de las casas vecinas se formaba como una especie de patio que el visitante debía atravesar antes de poder subir los escalones hasta las alas de ébano de la puerta de entrada. Es el día de hoy que sigo sintiendo el olor que me recibió en la sombra del patio empedrado aquel día y todos los días que siguieron, un aroma a un frescor húmedo, un hálito mohoso que emanaba de los zarcillos de la vieja hiedra y de los húmedos ladrillos ya desde tiempos inmemoriales jamás tocados por la luz del sol. Recuerdo la sensación de frío en mi mano cuando me agarré de la baranda de hierro fundido de la escalera, como queriendo impedir toda retirada; la lisura del pomo del picaporte que yo giré vacilante antes de tomar conciencia finalmente de que a partir de ese instante ya no había marcha atrás.

Esa era la casa a la que el judío del diner había llevado raptada a mi chica. Yo los había seguido hasta esa calle, había visto cómo habían doblado internándose en la oscuridad del patio, y a partir de ese punto ya no cabía otra posibilidad que el que hubieran subido juntos la escalera en la que ahora, ni cinco minutos más tarde, me encontraba yo solo y dubitativo.

Después, en Israel, pensé a menudo en esta casa de Brooklyn Heights. Soñé con ella, con su ubicación sobre el acantilado sobre la bahía de Nueva York, con las barandas color ámbar de sus escaleras, con sus techos altos y el hogar de mármol, como si fuera un ser humano que aún tenía una cuenta pendiente conmigo. Volvieron a mí vívidamente sus proporciones, su olor y esa frialdad que me penetraba, y me estremecí sin explicarme si mi estremecimiento sólo se debía al recuerdo de la crispación que aquel verano mis inexpertos nervios debieron de soportar a partir de aquel día de junio, o si me estremecía porque lentamente comenzaba a sospechar. Pero al mismo tiempo me gustaba pensar en ello y estremecerme. En algún momento sentí un ansia de volver a traer a la memoria todo aquello y de sentir el horror ante tal... sí, ¿ante qué? Por qué el recuerdo me volvía a transportar siempre a ese estado de medrosa avidez es algo sobre lo que durante mucho tiempo no reflexioné en absoluto, y es el día de hoy que, sentado en otra punta totalmente diferente del mundo y sosteniendo en mis manos fotos de una vida olvidada, no me lo puedo explicar. Quizás es porque ni siquiera ahora sé quién era realmente el hombre que vivía allí en el último piso.

Y así es como el recuerdo de la casa y del hombre que la habitaba a veces me parece como si fuera mi primer recuerdo de infancia. Los vidrios ciegos de las ventanas, sin limpiar como los cristales de unas vetustas gafas, las hojas de hiedra y del periódico vespertino del día anterior que crujen sobre el empedrado bajo mis pasos, la luz plomiza que cae indolente sobre el patio. Me veo en la escalera delante de la puerta del edificio, día tras día, con un atado de libros bajo el brazo o una muchacha de la mano; lo veo a él, cómo está sentado arriba en el salón, huelo el humo de los cigarros y el aroma del cuero, oigo su voz susurrándome por centésima vez.

Mi cabeza me juega malas pasadas. Recuerdo que mi hermano me enseñó cómo lanzar una pelota de fútbol americano, yo tenía seis años, pero siento como si hubiera sido muchos años después de haber conocido al tal Mr. Emerson. Ya no recuerdo nada del día de mi segunda boda, aunque fue recién hace un par de años y lo pasé como mucho a veinte millas de aquí. Pero sí sé, como si aquel primer día de mi vida consciente hubiese sido ayer, que temblé cuando giré el pomo de la puerta y entré por primera vez a ese vestíbulo cuyo frescor habría de recibir aún tan a menudo al joven visitante.

3

–Tú debes ser Johnny.

Ya no sé qué respondí cuando tuve delante a mi chica definitiva y me llamó por un nombre que no era el mío. Nadie me llamaba Johnny por aquel entonces, mis padres me llamaban Jonathan; cuando las cosas se ponían serias, mi padre lo pronunciaba a la alemana; y mi hermano me decía simplemente “nene”.

–Gretchen. –Ella sonrió y me dio la mano.

Yo no había golpeado, no había hecho siquiera ningún ruido perceptible, sólo me había quedado parado delante de la única puerta que había en el último piso y había respirado. La puerta estaba abierta, entornada, de modo que, como anestesiado y expectante en la oscuridad, pude distinguir una débil franja de luz y escuchar voces. En los dos pisos inferiores había pasado por delante de negras puertas laqueadas, sin letreros, sin nombres, apartamentos sin timbres, sin felpudos. Ninguna señal de vida humana me había recibido allí por lo que mi curiosidad me había impulsado hacia más arriba como a un animal depredador; hasta arriba de todo, donde me quedé quieto, a la escucha, en el último rellano de la escalera.

Habló un hombre, luego una mujer. Una muchacha quizás. La muchacha. Se hizo una pausa, yo no me moví. Sentía mi corazón luchando contra mi respiración. Entonces se abrió la puerta y delante de mí la tuve a ella, con sus altos pómulos y sus cobrizos cabellos; sonrió y me hizo pasar.

Estaba tan excitado que no atiné más que a preguntar titubeante:

–¿Nos conocemos?

Pero ella ya iba andando por el largo corredor delante de mí. Vi los libros en las estanterías a la derecha y a la izquierda, las que llegaban hasta el techo, y luego las líneas de su cuerpo. Sus hombros, sus caderas, su trasero. El corredor, estrecho y en sombras y que recién al final se ensanchaba un poco, me dio la sensación de la entrada a una mina. De golpe me invadieron pensamientos que yo quizás debía haber tenido antes: ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué buscaba? ¿Por qué me esperaban los dos? ¿Me habían oído en la escalera? ¿Se habían dado cuenta de que los había seguido? ¿Acaso ya les había llamado la atención en el diner?

Y mientras pensaba esto, me di cuenta de que ya era demasiado tarde para volver atrás y toda pregunta carecía de sentido.

–Tienes que mejorar tu puntualidad si quieres ser un verdadero artista.

Su voz fue lo primero con lo que se dio a conocer. La profunda voz gutural del judío del diner venía del centro de la espaciosa habitación a la que me había conducido Gretchen. Un suave resplandor de luz rojiza se coló por las ventanas a través de las pesadas cortinas de fieltro y alcanzó apenas para llegar a distinguir los objetos más voluminosos del cuarto. Era más bien un salón, una enorme sala biblioteca y escritorio con un hogar de mármol rodeado por los tres lados por armarios para libros que llegaban hasta el techo. A la derecha había un caballete con una tela, a la izquierda un piano de roble. Delante de las ventanas, un anticuado escritorio de caoba, un sillón y dos alargados divanes con almohadones; nuestro anfitrión estaba más echado que sentado en el de la izquierda. Aparentemente el apartamento abarcaba toda la planta, probablemente habían unido tres apartamentos para hacer uno.

De nuevo me molestó algo en su voz, como si fuese falsa, como si no fuese su propia voz. Gretchen se sentó en el sillón, con la mochila a sus pies, y sonrió al verme tan perdido. O bien los dos querían burlarse de mí o allí había habido una equivocación que no me correspondía a mí solo aclarar. Entre el lugar donde estaba sentada Gretchen y el diván de la derecha había dos libros sobre una pequeña mesa baja; la cubierta amarillo sol me permitió volver a reconocer la Naturaleza de Emerson; el otro, un pesado volumen con encuadernación de cuero, supuse que sería la sensacional edición de 1838, la de Concord, que Emerson mismo había tenido en sus manos y que aquel día me había enseñado que también con libros viejos se podía seducir a mujeres jóvenes.

Hasta ese momento el dueño de casa no se había movido, por lo que al cabo de un par de segundos de silencio me sentí obligado a dar el primer paso. Me acerqué y me disponía a extenderle la mano cuando, con una agilidad que no hubiera esperado en él, saltó del diván, avanzó un paso hacia mí, ante lo cual yo retrocedí, e hizo una inclinación con las manos unidas delante del pecho. Yo no pude hacer más que responder su saludo. Con las manos unidas me quedé allí parado mientras él se alejaba de Gretchen y de mí e iba hasta la ventana.

–Creo que por hoy bastará con un par de fotos retrato. El cuerpo lo hacemos después.

Permanecimos callados. Yo la miré a Gretchen, a la que casi había olvidado. Qué hermosa era. La oscuridad la envolvía como a una piedra preciosa que capta aún la luz más exigua y la potencia, y con ella ilumina toda una cueva. Mr. Emerson había recogido una de las cortinas de tal modo que una rendija de luz diurna cayó sobre las paredes cubiertas de libros y había murmurado algo ininteligible. Entonces se volvió hacia nosotros mientras detrás de él el cortinado volvía a caer delante de la ventana. Hizo un gesto con la cabeza indicando la cámara que yo llevaba colgada al cuello y atravesó la sala hasta una puerta de estilo francés rodeada de armarios de libros.

–A esta hora del día hay mejor luz en el atelier.

Yo comprendí, o mejor dicho: esperé haber comprendido. Con un golpe de puño él había abierto el ala izquierda de la puerta, logré echar un vistazo al enorme cuarto inundado de luz y vacío salvo por una cama que había del otro lado; él abrió también la otra ala de la puerta y se quedó parado bajo su marco. Cuando entonces Gretchen avanzó y pasando por delante de él ingresó a la luz, yo estuve seguro de que se trataba de un error: un error, empero, que yo no debía dejar escapar. Lo que estuviera sucediendo allí y lo que fuese a suceder, a fin de cuentas... me encontraba en una misma casa con mi chica definitiva; ella me había hablado, me había dado su nombre y –aunque no había sido del todo mi propio mérito– me disponía a tomarle fotos. Mi nueva vida comenzaba de un modo sumamente prometedor.

Los resplandecientes rayos de sol que entraban en el atelier me hicieron entornar los párpados. Brillaban sobre la cama blanca como la nieve que había en el centro y se reflejaban en los cuatro pomos de bronce de sus esquinas. Las paredes y el techo, incluso las vigas sobre las ventanas estaban todos pintados de blanco, sólo el piso de madera relucía en un gris hielo. Mientras nuestro anfitrión permanecía en el marco de la puerta, yo entré al austero cuarto y me pregunté qué podía justificar su denominación como “atelier”; me pareció más bien un dormitorio que no se había terminado de acondicionar.

Gretchen se sentó sobre el borde del colchón, con las piernas cruzadas sobre la manta blanca, se ubicó en el centro del cono de luz, el que parecía que iluminaba todos los edificios y todas las calles de todo Brooklyn, se ubicó en ese resplandor santo, presentó su sonrisa perlada y compitió radiante con el sol. Y ganó.

Yo temí que las veinticuatro fotos que le hice estuvieran sobreexpuestas y también movidas sin arreglo, tal luminosidad irradiaba su belleza, y tanto temblaba yo mientras cumplía con aquel repentino encargo y en silencio Mr. Emerson nos miraba desde el dintel de la puerta.

Ella sabía exactamente cómo quería que la fotografiaran, no necesitaba que le dieran indicaciones. No era su primera vez. Ponía su rostro donde estaba la mejor luz, a veces miraba a la cámara, le sonreía o la miraba meditabunda, a veces miraba soñadora por la ventana por debajo de sus largas pestañas, a veces se mordía el labio inferior como plagada de dudas sobre sí misma, luego volvía a separar los labios como si el airecillo calmara un dolor invisible, a veces alzaba el torso, a veces dejaba caer los hombros, a veces se pasaba los dedos por el pelo. Ella sabía cómo hacerlo, sabía lo bella que era y por lo visto también sabía cuándo se acababa una película; pues con el último clic se levantó, se alisó la falda y me agradeció con un beso en la mejilla. La cámara se me escapó de las manos, justo alcancé a rescatarla antes de que golpeara contra el piso. Gretchen se había ido del atelier.

–Si quieres, podemos comenzar mañana con las sesiones.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que él no se había dirigido a mí, sino a ella. Los vi a ambos de pie en la semipenumbra del salón, vi el rostro de ella resplandecer cuando se volvió hacia él y dijo algo. Finalmente unió las manos delante del pecho y se inclinó ante él. Él también unió las palmas e inclinó lentamente la cabeza ante ella.

Luego ella desapareció en la oscuridad, tan rápido como una hora antes había salido del metro detrás del Prospect Park y había ingresado en mi vida.

4

–Una chica inteligente se va antes de que la dejen.

Lentamente comencé a sospechar de dónde venía ese malestar que me provocaban sus palabras. No era lo que decía, y tampoco ese tono negligente, casi lacrimoso, era algo totalmente diferente. Antes de poder reflexionar sobre ello me hizo un gesto para que me acercara. Yo cerré detrás de mí la puerta del atelier y volví al salón donde ahora me encontraba a solas en la oscuridad con el dueño de casa, el que acababa de acompañar a la puerta a Gretchen; la única luz era la de las bombillas que había arriba de los armarios de libros y que iluminaban su colección de por lo visto valiosos volúmenes.

Me miró, nos quedamos callados. Por primera vez registré su figura completa; era alto y delgado y, aunque su cuerpo estaba envuelto en una especie de bata oriental, pude percibir una cierta condición física, sí, buena forma por entrenamiento. Sus movimientos eran elásticos, ligeros, más los de mi hermano mayor que los de un hombre de cincuenta años como había estimado que tenía. Pero cuando fue hasta el atril y bajó la tela de él mientras yo permanecía allí parado con la espalda contra la pared y las manos delante del pecho como un alumno que espera las preguntas del rabí y pude observarlo mejor, me invadió la duda: sus sienes grises, las blancas líneas alrededor de los ojos negros en el rostro exangüe, los tres surcos en la frente, su voz ronca, todo ello contradecía lo ancho de sus hombros, sus pasos al mismo tiempo gráciles y enérgicos y las manos fuertes que sostenían la tela y la volvieron hacia mí de modo que pude ver que estaba vacía.

–Gretchen es una chica inteligente –dijo, y en ese momento me di cuenta de por qué sus palabras me resultaban tan perturbadoras. Él pronunció su nombre, el que oí por primera vez de su boca, no con acento norteamericano, con una oscura y hueca “r” después de la primera letra y un rápido siseo al final, sino como lo hubiera pronunciado mi padre. Como mi padre pronunciaba mi nombre a la alemana cuando se ponía serio, así dijo también ese hombre el nombre de la muchacha, con acento alemán, del mismo modo en que todas sus frases, recién me di cuenta en ese momento, tenían un ligero acento alemán. Un norteamericano común quizás no lo hubiera notado, pero la severa y ligeramente monótona melodía de sus frases, la “l” de “girl” pronunciada un poco demasiado adelante así como las fuertes consonantes al final de algunas palabras: de pronto me recordó tanto la forma de hablar de mis padres, sobre todo de mi padre, que estuve seguro de que Emerson también debía ser de familia alemana, y quizás en los primeros años de su infancia sólo le habían hablado la lengua materna. Quizás incluso había vivido en Alemania.

Pero no dije nada. En lugar de eso contemplé la tela virgen y comencé a tiritar. O bien en la sala había comenzado a hacer notablemente más frío o yo me estremecía porque era consciente de que ya no iba a poder evitar más aclarar la confusión e iba a tener que mostrarme como el stalker sonámbulo, adicto a la luna que era. Él debió percibir mi temblor, pues en ese mismo momento apoyó la tela sobre el piano, se frotó las manos y dijo:

–Y también es bonita. Tan bonita que se siente frío en el cuarto cuando se va.

Se quitó la bata y la dejó caer sobre el sillón; debajo llevaba sólo un pantalón de lino, de modo que ahora estaba delante mío con el torso desnudo.

–Una chica tan inteligente como ella, tan bonita como ella y que además lee libros... una chica así no la encuentras todos los días. Debes atacar, muchacho.

Yo me esforzaba por no mirarlo fijo, su pecho con su vello canoso y sus redondos hombros, los largos y fuertes brazos debajo de la piel quebradiza, el torso de un exboxeador, el que ahora cubrió con una camisa blanca. Con un gesto de la cabeza me indicó que lo acompañara, aparentemente quería salir. Delante de una especie de tocador que había en la esquina derecha del salón, tomó de una percha su saco, el mismo que llevaba cuando lo había visto en el diner, se lo puso, se alisó los cabellos delante del espejo y tiró luego de los puños de su camisa para luego volverse sonriente hacia mí como preguntándome si podía salir así.

Yo tomé coraje.

–Pero ahora se fue. ¿Me robó la chica sólo para dejarla ir?

–La dejé irse para que pueda volver.

–¿Por qué iba a hacerlo?

–¿Por qué no? Tiene la chance de que la pinte un tipo como yo. Quizás de que se la tire un tipo como tú, ¿quién sabe? ¿Qué podría haber más tentador en su joven vida? ¿No es el motivo por el que se ponen bonitas todas las mañanas? ¿Por el cual se sientan en un café, dejando que el sol ilumine sus cabellos, y abren sus libros delante de ellas: la esperanza de que un día les hable alguien que ha percibido su verdadero ser?

Fue hasta el escritorio, abrió una cajita alargada y sacó un delgado cigarro, luego otro que me alargó alzando las cejas. Detrás y encima de él distinguí entre las cortinas la lámina enmarcada, una copia de un grabado en cobre que conocía de un libro escolar: el Zeus deFidias, con su ancho tórax, en su trono. Debajo, él y su sonrisa de niño pícaro. Sacudí la cabeza, más en respuesta a sus palabras que a lo que me ofrecía. Volvió a guardar el segundo cigarro y se puso el suyo en la boca. Hoy ya no sé más si contradije sus palabras sólo por principio, aunque en mi interior pensaba sobre las chicas igual que como él lo había expresado, o si esa visión sobre el ser de la mujer recién cobró forma en mi cabeza más tarde, recién con el transcurso del verano.

–¿No? –preguntó–. ¿Crees que las muchachas sueñan con buenas notas en la escuela y el elogio de la madre cuando por la noche se acuestan solas en sus camas? ¿Crees que su verdadero ser no quiere ser reconocido?

–No tengo ni idea de lo que quiere su –al decir esto curvé dos dedos en el aire– verdadero ser. Pero no creo que sea querer que se las tiren.

Al menos no sólo eso, pensé quizás, pero no lo dije. Él dio una pitada a su cigarro y exhaló lentamente añadiendo al olor de la habitación esa mezcla algo rancia de cuero y humo, una fuerte nota de este último.

–Espero que tus fotos sean mejores que tus conocimientos sobre el ser humano, muchacho.

Yo repliqué sin saber qué decir.

–Yo no estaría tan seguro.

–Confía en mí, regresará. Y además –fue hasta la mesa que estaba junto al sillón donde había estado sentada Gretchen y agarró el volumen amarillo sol– se olvidó algo que pronto echará de menos.

El cielo resplandeciente sobre el puente, las sirenas de los patrulleros viniendo del parkway,las vidrierasde las tiendas con sus persianas levantadas y el gesto hambriento en las colas delante de los delis me recordaron que era mediodía en Brooklyn y que se acercaba el verano. El hombre mayor que iba andando mientras fumaba por la Pierrepont Street y que me generaba una sensación para mí casi imposible de definir –como si me aceptara en su vida, como si me quisiera tener de algún modo en ella– me hizo creer que aquel sería el verano más excitante de mi joven vida. Un verano de una energía y una curiosidad desmesuradas. El verano definitivo, en cierto modo.

Fuimos andando uno al lado del otro, él con el sombrero puesto, yo con el rostro de Gretchen veinticuatro veces dentro de la cámara, él envuelto en un suave abrigo color crema, yo, en incredulidad, excitación y esperanza. ¿Debía estarle agradecido o debía estar enojado con él? Evidentemente siempre había ido un paso adelante de mí, ya me había visto en el diner de Pedro antes de que me sentara al lado de Gretchen, sólo le había hablado para ganarme una (¿o para darme una lección?), me había probado a mí y a mi cámara, había urdido un plan y lo había llevado a la práctica con una frialdad absoluta.

Fuimos paseando rumbo al sur, por Cobble Hill y luego por debajo de los ya casi marchitos árboles de magnolia del Carroll Park hasta que finalmente entramos a un restaurante al que no era la primera vez que él iba, según pude juzgar por las reacciones de las tres jóvenes camareras –rubia, castaña, morocha–. Comimos: yo, huevos fritos, él, hígado picado con una hoja de menta; bebimos: yo, jugo de naranja, él, vino tinto; él habló, yo pagué. Lo que dijo no parecía tener ningún motivo especial, eran pensamientos sobre diversos temas, más bien una charla intrascendente. Habló sobre pintura y dónde se podían conseguir buenas telas, sobre los trascendentalistas, sobre escribir un diario, sobre los alquileres en el barrio. No hablamos más sobre chicas ni sobre el verdadero ser de la mujer, y callamos sobre Gretchen.

–¿Cuánto pides por las fotos? –preguntó finalmente cuando ya habíamos salido a la calle.

–No sé siquiera si salieron bien. Quizás no le sirven para nada...

–No te preocupes –dijo–. Las necesitamos. La semana que viene tráelas.

Hizo una inclinación con el sombrero en la mano, se lo puso con una sonrisa y se fue y me dejó allí parado.

Ese día no supe su verdadero nombre.

5

Por lo visto me había convertido en un genio de la fotografía. Pero quizás la clave estaba simplemente en el objeto. Dejé pasar dos días hasta que abrí la Rolleiflex y llevé la película a la tienda. El dueño era un viejo negro de barba blanca, la tienda estaba en la avenida Lexington y se llamaba “Harlem One-Hour-Photo”, pero para las mías necesitaba veinticuatro horas. Otras veinticuatro horas las pasé resistiéndome a la tentación de mirarlas. Dejé el sobre cerrado entre los libros de teoría y mis apuntes de las clases encima de la caja de madera contrachapada que me servía de escritorio en mi apartamentucho del piso dieciséis del edificio más al sur de las Triborough Houses, y desde mi colchón miraba sus bordes marrones. Una caja de madera contrachapada, un colchón de goma espuma, un anafe eléctrico, un estante en la pared con siete libros y una tarjeta del futbolista Babe Parilli sobre la repisa debajo de la ventana, la que ofrecía una vista de unos veinte metros hasta la pared del edificio vecino: esa era toda mi habitacioncita, cuyo alquiler pagaban mis padres y donde yo pasaba el menor tiempo posible. Pero en los días después del encuentro con Gretchen y el pintor alemán sólo dejé mis doce metros cuadrados cuando fue absolutamente indispensable: para ir al baño con candado que había en el corredor con alfombra de hilo sisal y que yo compartía con una docena de otros habitantes de la casa, la mayoría italianos, de los cuales, salvo por nubes de marihuana, gritos nocturnos y la suciedad en el baño, poco era lo que me enteraba; para ir al supermercado de la esquina a comprar huevos, tocino, manzanas y dos sachets de leche; y finalmente para ir a la tienda fotográfica, donde ya sabedor el viejo negro de barba blanca me guiñó el ojo. Durante esos días hice todo lo posible para no pensar en Brooklyn, no pensar en la casa de la Willow Street, no pensar en Gretchen ni en el hombre de acento alemán. Pero no lo conseguí.

El miércoles por la mañana me arrojé finalmente encima del sobre como un animal hambriento. Saqué las fotos, las extendí arriba de la manta de la cama y entendí por qué me había guiñado el ojo el hombre de la tienda. Eran brillantes. Sin mácula, como si hubiéramos trabajado varios días y de miles de fotos hubiésemos elegido las mejores veinticuatro. Las mejores veinticuatro que ahora tenía delante de mí y de las cuales todas y cada una eran perfectas y al mismo tiempo como si hubieran salido espontáneamente. Eran grandiosas y yo me sentí de pronto como el Cartier-Bresson de Nueva York. Pero no era así. En aquel momento no hallé palabras para lo que vi, y aún hoy, ahora que las saqué de la única caja de cartón que quedó de mi antigua vida en los Estados Unidosy que las tengo en la mano, no me resulta fácil describir la sensación que esas fotos me causaron en ese momento. La muchacha que estaba allí en blanco y negro en mi cama, una joven y prometedora estrellita, una futura diosa de la pantalla grande, estaba evidentemente enamorada de mí. O caliente conmigo. O acababa de acostarse conmigo. En cada una de las fotografías, cuando sonreía, cuando miraba tímida, salvaje, soñadora o seria, cuando miraba a la cámara o a lo lejos: en todas las fotografías esa conexión que había entre la muchacha y quien la observaba tenía algo increíblemente íntimo. Como si hubiera un lazo mágico, como entre un hipnotizador y su víctima, aunque no quedaba claro quién era quién.

Lo extraño era que en los cinco minutos en los que había hecho esas fotos yo no había percibido nada de ello. Pero del mismo modo en que Gretchen había estado sentada en esa cama aquella mañana de Brooklyn ahora estaba en mi cama. Y del mismo modo en que en ese momento Gretchen supo cómo tenían que fotografiarla, ahora sabía cómo tenía que mirarla yo.

Un segundo después tuve una sensación extraña en el estómago. Inconscientemente pensé en que le había prometido a él mostrarle las fotos, las palmas de las manos comenzaron a sudarme. Me imaginé que él las vería... exactamente como las veía yo en ese momento. Me sobrevino una mezcla de aversión y celos. Me imaginé su mirada, la penetrante mirada de sus ojos negros como el carbón, cómo se posaba sobre ella, cómo la penetraba. Me imaginé la marca de sus dedos arácnidos sobre el papel. Me imaginé su sonrisa, la sonrisa lasciva que le provocaba el pensar en pintarla. Me imaginé cómo ella le lanzaba la misma mirada apasionada y entonces, de golpe, me vino a la mente un pensamiento que casi me hizo vomitar de lo nauseabundo: ¿qué si esa mirada íntima desde el principio no iba dirigida a mí, el fotógrafo, sino a él, al hombre que finalmente pintaría su rostro? ¿Al hombre en cuyo atelier, en cuya cama ella pasaría finalmente horas, sí, días? ¿Al hombre con el que ella se había ido, a quien ella había seguido a su cueva? ¿Qué si el lazo mágico que se percibía claramente en esas fotos no existía en absoluto entre mi chica definitiva y yo, sino entre ella y ese judío desconocido que hubiera podido ser mi padre? ¿Si yo no era ni hipnotizador ni víctima en esta historia, sino simplemente un mediador, un involuntario cómplice o apenas un observador ajeno a los hechos que el mero azar había involucrado en esta historia? Yo necesitaba certezas. Apresurado volví a guardar las fotos en el sobre, me vestí y salí.

Tomé el metro hasta Atlantic Terminal, fui andando por la avenida Flatbush hasta el Prospect Park, me paré en la salida del metro Grand Army Plaza donde había visto por primera vez a Gretchen y esperé. Allí había surgido ella de las profundidades, allí había aparecido ante mí, allí debía volver a verla. No tenía ni idea de qué era exactamente lo que pretendía, pero me daba lo mismo. No quería pensar, quería actuar. Al cabo de una media hora, sin embargo, me di por vencido y fui andando sin rumbo por las calles de Brooklyn y al final llegué al diner de Pedro.

La pareja negra seguía jugando al billar, y desde su ubicación detrás de la barra Pedro me saludó con la misma mirada cansina de tres días atrás. Ella no estaba allí.

En ese momento me di cuenta de cómo se le había ocurrido a Gretchen llamarme Johnny cuando me tuvo parado delante de ella con la boca abierta en la escalera. Pedro, cuyo padre (también Pedro) era el dueño del local, me había saludado así; como lo había hecho siempre desde la primera vez que había ido al diner y él había leído mi nombre en el sobre del cual yo había sacado los billetes que había ganado esa semana para pagar los tacos y un par de cervezas. En lugar de Jonathan me había llamado Johnny, y un hombre atento que estaba sentado en una esquina y revolvía su café lo había escuchado. Me había visto, había notado que yo había ido allí por un único motivo y se me había adelantado. Y camino a su apartamento o luego en el salón, cuando en la conversación había salido el tema del arte y de que él era pintor y de que le gustaría mucho hacerle un retrato, él le había contado a Gretchen que su fotógrafo Johnny llegaría en unos momentos y que podía tomarle algunas fotos para que con ellas él pudiera ir preparando el cuadro. Y como a pedido, minutos después yo estaba parado delante de la puerta.

Le pregunté a Pedro si el tipo que un par de días atrás se había ido con la chica bonita iba a menudo.

No lo pensó ni un segundo.

–¿El señor Eisenstein? –Su mirada se animó–. Por casualidad no se encontraron. Estuvo hace media hora.

–¿Lo conoces?

–Tanto como a ti –dijo Pedro.

–O sea que no lo conoces...

–Lo único que sé es que se llama Eisenstein, que vende libros y que ustedes dos comparten el mismo hobby.

Frunció los labios, enarcó las cejas y puso una sonrisa tan salaz que yo me avergoncé de mí mismo. Sospeché que con “hobby” no se refería a la pasión por sus tacos. ¿Pero qué sabía él exactamente?

–¿Vende libros?

–Eso dijo. Pero por la pinta que tiene debe ser proxeneta o algo así.

Reí.

–¿Cómo se te ocurre?

–Tengo un primo. Emilio, diez años mayor que yo. Vive en Co-op City. El tipo es proxeneta. Un tipo simpático, pero la forma en que mira. Y ese Eisenstein tiene la misma expresión cuando está acá en el local. Tiene algo en los ojos. Algo que no se olvida fácilmente.

Pedro hizo una pausa durante la cual recogió mi copa de la barra y la lavó. Luego volvió a poner una sonrisita y dijo:

–Además acá se levanta a un montón de chicas. Viene todos los días, bebe un café y si aparece algo potable, puedes apostar que en algún momento ella se irá con él. Proxeneta, te lo digo.

Sentí el deseo de protestar y de aclararle a Pedro algunas cosas en lo que se refería al verdadero ser del señor Eisenstein. Aleccionarlo sobre eso de que la apariencia a veces engaña. Eisenstein no era ningún proxeneta, sino incluso un artista, un pintor importante, probablemente de origen alemán, como yo, judío, como yo. Sentí el deseo de alardear con el vínculo más cercano que tenía con ese hombre. Pero pronto me di cuenta de que, a pesar de haber estado en su casa y de haber almorzado con él, sabía tan poco como Pedro, quizás incluso menos. Así pues, no dije nada, pagué y me fui.

Al final Pedro tenía razón. Un rostro como ese no se olvida. En los días que siguieron intenté retomar mi vida de siempre, pero no me podía quitar de la cabeza la expresión de Eisenstein, su mirada, su sonrisa, sus gestos. El jueves por la mañana volví a hacer el reparto de carne, llevé un par de cientos de libras de achuras a Staten Island, por la tarde fui a una conferencia sobre poesía victoriana, y en todas partes a las que fui tuve la sensación de verlo. Las personas más disímiles de pronto me hacían pensar en él. El encargado de pagos del Mercado Kosher Westville, un delgado sefardí medio ciego llamado Alkalai que por lo general me ponía demasiados billetes en el sobre del jornal, casi me hizo estremecer. Su rostro huesudo, los altos pómulos debajo de unos ojos de un negro profundo en los cuales sólo cada tanto relampagueaba una franja blanca: así era él. El colaborador del profesor de la Universidad de Columbia, el que le llevaba el portafolios y borraba la pizarra, un tipo robusto, apuesto, de cuarenta y tantos largos, que ya llevaba un par de años de más capacitándose para acceder a una cátedra: un medio hermano menor de Eisenstein. Los canosos mechones engominados en las sienes, las espesas cejas bajo la ancha frente, el fino bigote bajo la alargada nariz que hacían que pareciera el Errol Flynn judío: así era él.

El viernes me compré los ensayos de Emerson en una de las librerías de viejo de la avenida Lexington. En Goldberg’s Books, para ser más exacto. Quedaron mucho tiempo sobre la caja de madera en mi cueva del East Harlem, luego entre Thoreau y Alcott en mi estudio en Montauk y finalmente, cuando ya me había ido del país, en una caja de cartón junto con las fotografías en blanco y negro y mis viejos manuscritos. Mr. Goldberg, que me condujo al estante donde estaba la amarillenta edición de 1838, se parecía a Eisenstein casi como su hermano gemelo. La misma alta estatura, impresión que reforzaba al tener la costumbre de llevar el fuerte mentón alzado por encima de la articulación de la mandíbula, lo que resaltaba su nuez de Adán y le otorgaba al mismo tiempo un aire de arrogancia; su andar orgulloso por los pasillos... cuando al despedirnos se inclinó apenas levemente hacia mí, casi no pude contenerme y casi le menciono a su presunto hermano. Pero también entonces callé, pagué y me fui.

Al final de la semana tantas veces me había imaginado el rostro de Eisenstein, tantas veces lo había visto en los rostros de la gente que pasaba por mi vida que casi me había olvidado de cómo era mi chica definitiva.

De no haber existido las fotos.

6

Cuando la volví a ver, me quedé mudo. En la semana que había pasado habían subido las temperaturas, uno salía de su casa una mañana de primavera y pocas horas después estaba en un mediodía de verano tumbado en un parque con la camisa abierta. Las magnolias se habían marchitado, pero las muchachas de la ciudad recién comenzaban a ganar en atractivos, y también Gretchen parecía haber ganado en gracia y belleza desde nuestro último encuentro. Aquella noche llevaba un ligero vestido sin breteles a grandes cuadros, de tal modo que la piel de sus hombros brillaba bajo la luz, sólo superada por el brillo de sus cabellos, ondas de oro veneciano que envolvían su rostro. Las venecillas que corrían pálidas y azuladas desde la curva de su mandíbula hasta la concavidad entre los tendones vibraban apenas perceptibles bajo el moreno estival del relieve de su cuello, el escote de su vestido apenas cubría sus pechos hasta donde comenzaba a insinuarse la hondonada entre los senos; la falda, las piernas apenas hasta donde comenzaban los músculos de los muslos sobre la rodilla, y sus delgados pies estaban desnudos y juntos sobre los listones del piso de madera.

Esa era ella, mi chica definitiva.

Algunas semanas más tarde, cuando Gretchen ya había desaparecido de mi vida, intenté registrar mis impresiones en una especie de cuaderno de apuntes y ya entonces me di cuenta de lo inútil que era pretender hallar una expresión para todo aquello que me había sucedido. Cuán infructuoso era el intento de describir a esa muchacha. Cuán necio pretender hacer imaginable con palabras y frases lo inimaginable. Eso fue lo que nunca quise entender, nunca pude aceptar. Y también ahora que vuelvo a sostener en las manos el cuaderno de apuntes para intentar registrar por segunda vez aquellos días del verano de 1969 debo admitir que no puedo. Que es imposible. Y que no obstante debo hacerlo.

La mera presencia de Gretchen me desequilibró, a pesar de que me había preparado tan bien para ese momento. Pero quizás todo el tiempo que había pasado solo en mi cuarto con sus fotos no había hecho más que enloquecerme. Allí estaba ella ahora, como siete días antes, sentada en la gran cama blanca de bronce en el medio del atelier, y me miraba. Pero a diferencia de la vez anterior no me sonreía, sino que me miraba con gesto severo, los combos arcos de sus rodillas castamente unidos, los brazos desnudos apoyados detrás de sus caderas, ofreciéndome la curva de sus clavículas... todo en aquel cuerpo me miraba serio y expectante.

El atelier estaba más oscuro, cortinas de gasa cubrían completamente las altas ventanas velando toda la luz que caía sobre su cuerpo y sumergiendo el cuarto en un naranja mate, un vapor del color de las bayas del espino falso en el que danzaban las partículas de polvo. Yo me concentré en lo que se veía, en lo que la tela de su estrecho vestido ofrecía a la vista del observador, aunque ardía por ver lo que había debajo. Así estaba parado yo allí, joven e inexperto, con la cámara delante del rostro como una máscara que debía ocultar mi excitación, y sin saber qué hacer. Tanto tiempo había soñado con muchachas, sin haber llegado jamás a una situación atrevida en lo más mínimo, excepto por el beso sin permiso en el establo que la hija del granjero, de doce años, me había estampado en los labios cuando yo, de dieciséis, había pasado en las vacaciones tres cálidas semanas de agosto en su granja. Cuatro veranos más tarde finalmente me había propuesto hacer las cosas en serio, me había jurado que, costase lo que costase, conseguiría estar con una bella muchacha, estar junto con ella en una casa, en la misma habitación, y ahora que lo había logrado, aunque sin saber exactamente cómo había sido, temblaba de tensión y no podía sacar ni una foto.

Y ahora era justamente su cuerpo el que debía ser fotografiado. Justamente esa figura, esa forma, esa superficie, y justamente ahora que estaba más excitado que nunca mi trabajo era fotografiar la causa de esa excitación, llevarla fría y profesionalmente al papel para que luego otro pudiera pintarla. Titubeé, me quedé paralizado, giré el objetivo como si no hallara la toma correcta. Minutos pasaron sin que pudiera sacar ninguna foto, minutos en los que me escondí detrás de esos ojos de la Rolleiflex a través de los cuales inspeccionaba el cuerpo de Gretchen.

Ella pareció notarlo. No se inmutó, permaneció como sin respirar, sentada apoyada hacia atrás, ofreciéndome sus pechos; pero su rostro la delató. A diferencia de la semana anterior su tez ya no era tan delicada, las mejillas estaban enrojecidas y los hoyuelos debajo, más oscuros, como si la sangre le hubiera subido a la cabeza. El espacio a nuestro alrededor se hizo más pequeño, la luz, más difusa, el aire, más pesado. Ella también estaba excitada entonces, quizás tan excitada como yo, y recién en ese momento, cuando lo noté, me volvió a la mente él. Él, que en aquellos últimos minutos que yo había pasado con la muchacha en su atelier, había desaparecido por completo de mi mundo, aunque estaba parado a sólo unos pasos de nosotros y fumaba: expectante bajo el marco de la puerta que daba al salón, sólo interrumpía el silencio cuando cada tanto daba una pitada a su cigarrillo. Al volver a verlo, había percibido en él un extraño nerviosismo. Tampoco era ya más el amable, arrogante gentleman de la primera vez, sino que lo sentí más bien como el jugador en el momento en el que caen los dados, como un apostador desesperado poco antes de que termine la carrera. Apresuradamente se había levantado cuando yo había entrado al salón o biblioteca o estudio, como quisiera llamarlo, sólo para hacer una breve inclinación, indicarme con un gesto de la mano la puerta del atelier y luego volver a dejarse caer sobre el borde del diván en el que antes había estado echado. Y ahora se encontraba allí bajo el dintel de la puerta por la que yo había pasado para volver a ver a Gretchen, vigilaba desde la negra entrada su cueva y apenas si se lo alcanzaba a distinguir con su oscuro traje. El contorno de su cuerpo, los rasgos de su rostro yo sólo podía adivinarlos, sólo el blanco de sus ojos centelleó artero desde la oscuridad cuando entonces lo miré.