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Los hospitales de Madrid están al borde del colapso por la llegada masiva de personas en estado crítico, sobre todo ancianas. El personal sanitario padece gran presión y mucho estrés, porque según pasan las horas hay cada vez más ingresos. La pandemia del Covid-19 está extendiéndose por el país rápidamente igual que por el resto de países sin que exista un fármaco capaz de controlarla. En los momentos de mayor congestión en un gran hospital, se comete un error trivial con dos abuelos que han llegado casi a la vez en estado crítico. En unas circunstancias normales, el error se habría corregido rápidamente; esto no ocurre y todo se complica causando mucho sufrimiento a sus familias.
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Seitenzahl: 292
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Behetría y miedo
VICENTE MARTÍN CRESPO
© Behetría y miedo
© VICENTE MARTÍN CRESPO
ISBN
Editado por Tregolam (España)
© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid
Av. Ciudad de Barcelona, 11, 1º - 28007 - Madrid
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Diseño de portada: © Tregolam
Fotografía de portada: © Shutterstock
1ª edición: 2021
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«No todo resbalón significa una caída».
George Herbert
Capítulo I
Cuando los abuelos eran jóvenes
Olegario Solana Orosco era un joven de pelo negro, ojos profundos, alto y de constitución muy fuerte. Su familia emigró de un pueblo manchego en 1953 a Madrid y él terminó su carrera de perito industrial en 1956. Enseguida consiguió empleo en una empresa hidroeléctrica de la capital. Trabajaba en la oficina central del paseo de la Castellana de Madrid, en las proximidades del estadio Santiago Bernabéu. La empresa había construido aquel edificio de doce alturas para la gerencia y el personal de los servicios de control y mantenimiento de redes. Olegario tenía su despacho en la séptima planta; reservaron los pisos desde el décimo al duodécimo para la presidencia y la alta dirección de la compañía.
Entusiasmado por su reciente éxito laboral, formalizó su noviazgo con Patricia, de origen extremeño, pero afincada en la capital; la había conocido en un guateque de los compañeros de la facultad. Se casaron el 2 de junio de 1959, después de tres años de noviazgo, y para residencia alquilaron una vivienda de dos dormitorios que estaba en la última planta de un modesto bloque de cuatro alturas sin ascensor, con reducidas ventanas y estrecha escalera, construido con ladrillo rojizo en el PAU de Fuencarral. Cuando en noviembre empezó el frío, en el interior tenían la misma temperatura que en la calle porque tampoco disponían de calefacción. Compraron una estufa catalítica a gas butano del modelo más avanzado que les costó 298 pesetas, y con ella conseguían templar un poco el salón, pero para evitar que a Olegario le doliera la cabeza, tenían que dejar entreabierta la ventana y que hubiera renovación de aire. De esa forma, el ambiente era menos tóxico, pero perdían la mayoría del calor que la estufa producía.
El bloque, junto a otros tres más, había sido edificado dos años antes por el Ministerio de la Vivienda para realojar a familias sin casa que vivían en míseras chabolas junto a las vías del tren. Una familia tras otra, había llegado desde Jaén, desde Don Benito y desde Algarrobares o desde algunos lugares más, y se habían instalado en aquella zona con el apoyo de conocidos que ya se habían establecido antes; levantaron decenas de infraviviendas con tablas y lonas en aquel miserable y apartado emplazamiento.
Cuando el Ministerio inició el proyecto de dos edificios, rápidamente se corrió la voz de que iban a construir bloques de pisos para todos los que estuvieran alojados en aquel espacio de barracas. El proyecto inicial se amplió a cuatro bloques de cuatro plantas con cuatro viviendas en cada planta. Los edificaron muy rápido, en un año y medio estaban acabados, pero la cantidad de chabolistas había crecido tanto en ese plazo que con sesenta y cuatro viviendas no había suficiente para alojarlos a todos. Se precisaban más de doscientas. Ante esta fatalidad, el delegado gubernamental propuso hacer un sorteo entre los asentados en aquella barriada para determinar a quién se adjudicaban.
Uno de los doscientos siete solicitantes que consiguió vivienda fue Anacleto, un albañil de Algarrobares que había llegado a Madrid huyendo del hambre; se había traído a toda su parentela, incluida la suegra, en total eran ocho en la familia. Residían en la chabola que había levantado en tres días con la ayuda de otros paisanos. Tenía dos cuartos y una pequeña cocina; carecía de escusado porque en las cercanías había dos casetas comunitarias que usaban todos los vecinos; eran de madera y estaban colocadas sobre el terraplén ferroviario. La barraca de Anacleto era de las mejores que se habían levantado, pues el hombre tenía rudimentarios conocimientos de construcción y la había edificado con dobles tabiques de ladrillo y tejado de uralita para evitar la humedad, pero no pudo impedir que el barro que había en los alrededores entrase constantemente.
Anacleto consiguió el piso por adjudicación directa, sin entrar en sorteo por tener familia numerosa. Todos los pisos eran de reducido tamaño, disponían de dos habitaciones, más el comedor y la cocina; insuficiente para una familia tan grande como la suya. A pesar de ello, aceptó abandonar la chabola y mudarse al piso en cuanto tuviera en su poder las llaves. Efectivamente, se mudaron únicamente el matrimonio con los dos hijos pequeños, no cabían más. La suegra y los tres hijos mayores se quedaron en la chabola. Así, divididos, estuvieron viviendo tres o cuatro meses, pero como eran muy pocas las ventajas y muchos los inconvenientes, dejaron el piso vacío y volvieron todos a la chabola saltándose las normas y compromisos que habían firmado. Bajo cuerda puso el piso en alquiler.
Olegario lo encontró de pura casualidad. En 1959 era imposible hallar un piso vacío en Madrid. Todo lo que se encontraba, eran pisos compartidos o habitaciones con derecho a cocina. Ya había retrasado su boda un año por falta de apartamento. El portero de la casa de su tío, que se dedicaba al trapicheo con los subarriendos de habitaciones para la gente que llegaba desde los pueblos, fue el que le dijo que conocía a una persona que tenía un piso para alquilar. Pero nada resultaba gratis, le pidió veinticinco pesetas por ponerlo en contacto con el dueño. Olegario se lo pensó una noche, y al día siguiente aceptó su ofrecimiento. El portero lo condujo hasta la chabola de Anacleto y este le enseñó la vivienda. Era más pequeña de lo que él deseaba, pero no podía dejar pasar la ocasión. Puestos a negociar el arriendo, Anacleto le pidió sesenta duros mensuales, además, debía comprometerse a cumplir una condición muy importante: ausentarse y permitir que el albañil y su familia entrasen en ella para simular que eran sus residentes en caso de que hubiese una inspección del Ministerio, ya que aquella vivienda no se podía alquilar. Para aceptar ese requisito Olegario le pidió una rebaja y Anacleto le dejó el alquiler en doscientas cincuenta pesetas, y así lo acordaron con un apretón de manos. Mientras vivieron en aquella casa, nunca recibieron aviso de una inspección y nunca tuvieron que abandonar el piso.
Cuando llevaban en él más de un año, Olegario vio en el ABC el anuncio de venta de pisos de próxima construcción. Parecían viviendas más amplias, de 96 m2, con tres dormitorios y dotadas de calefacción central y ascensor. Era una buena ocasión para comprar algo mejor que lo que tenían. Estaba cansado de subir y bajar la empinada escalera, sobre todo cuando llegaba cargado de paquetes y las bolsas de la compra. Antes de iniciar ninguna acción, tendría que asegurarse de que era verdad que habría ascensor, calefacción central y la cantidad de habitaciones. Llamó al teléfono del anuncio, pero le respondieron que la información detallada solo podían facilitársela en las oficinas de venta de la constructora. Al llegar a casa para comer, se lo contó a Patricia.
—Van a construir cuatro torres en un nuevo barrio cerca de aquí. Me parece que serán unos pisos formidables. Mira, este es el anuncio. —Y le abrió el periódico por la página de publicidad de la constructora.
—¿Dónde está ese barrio?
—Entre la carretera de la Playa y Tetuán, ya hay algunos bloques terminados y ocupados. Creo que ese terreno era propiedad de la Compañía de Jesús; lo habrán vendido. Lo llaman barrio del Pilar. He preguntado por teléfono, pero no me han dado información.
—¿Por qué?
—Me han dicho que vaya personalmente y me informarán; pienso ir esta tarde, cuando salga de trabajar.
—Siendo tan altos, lo del ascensor tiene que ser cierto.
—Pues claro.
Por la tarde cuando regresó de trabajar, Patricia lo estaba esperando ansiosa para que le contase lo que le habían dicho en la constructora.
—Tienen previsto construir cuatro torres de doce plantas, y cada una tendrá cuatro viviendas de tres dormitorios más salón, un baño y la cocina —explicó Olegario desplegando un folleto con el esquema del piso de muestra—. Tendrán casi 100 m2. Mira, esta es la distribución de las habitaciones. Todas son exteriores y hacen esquina.
—¡Qué hermosura! —exclamó Patricia, mirando con mucho interés los croquis que su marido le mostraba.
—Asimismo, cada bloque tendrá portero, dos ascensores, calefacción central e instalación de gas para las cocinas. En cada piso instalarán un calentador de agua individual a gas.
—Todo eso tiene que costar muchísimo, ¿verdad? Estará fuera de nuestras posibilidades.
—Todavía no he hecho cuentas, pero ciertamente que no son baratos. El más asequible se aproxima al cuarto de un millón.
—¡Jesús! ¿Quién puede pagar esa barbaridad?
—Al contado, muy pocos —expuso Olegario riendo.
—¿Entonces?
—Los venden a plazos, mediante una hipoteca a pagar en quince o veinte años. —Olegario desplegó otro folleto lleno de números sobre la mesa—. Estas son las cantidades que habría que pagar mensualmente. Varía según los años de amortización de la hipoteca y también el valor del piso, porque, según la planta, unos son más caros que otros. Las intermedias son las más caras y las bajas y últimas, las más baratas.
—No entiendo lo que me estás diciendo, explícamelo mejor.
—La hipoteca puede llegar hasta el 80 % del valor de la vivienda; el otro 20 % se tiene que pagar como entrada, en un solo pago o en dos partes, una en el acto de compra y la otra a plazos a la constructora durante un máximo de diez años. Lo aplazado tendrá el interés bancario correspondiente, no menor del 8 %.
—¿Cuánto habría que pagar cada mes?
—Hagamos un supuesto: para el piso más barato y una hipoteca a veinte años con la entrada mínima. Se pagaría los primeros diez años al banco para amortización de hipoteca 885,35 pesetas y a la constructora por el aplazado 147,90 pesetas. En total 1033 ,25 al mes.
—Es demasiado para nosotros. No podríamos pagar eso. Es más de la mitad de tu sueldo.
—Y habría, también, otros gastos, como la comunidad, la luz, el gas, etc.
—Claro, por lo menos otras ochenta o noventa pesetas al mes.
—Los más baratos son los situados en las plantas primera y segunda y los de la décima, la undécima y la duodécima.
—Y los de las otras, ¿son aún más caros?
—Sí, los que están en la quinta, sexta y séptima son las más valorados. Requieren una entrada mayor y el importe mensual también es un poco más alto.
—¿Cuánto hay que pagar de entrada?
—La entrada mínima es de 20 000 pesetas.
—No tenemos bastante —señaló Patricia—, así que mejor no pensemos más. Dejemos de soñar.
—Tenemos ahorrado casi veinte mil pesetas, ¿no?
—No. ¿No te acuerdas de que sacamos mil y algo para los gastos del niño? Ayer puse la cartilla al día y creo que había dieciséis mil y pico.
—¿Solo? —se extrañó Olegario.
—Espera que la traigo y lo vemos. —Patricia salió del comedor y regresó enseguida con la cartilla bancaria en la mano.
—Tenemos 16 734,25 pesetas.
—Pensaba que habría suficiente para la entrada.
—Para el cochecito, la cuna, la ropa y otras cosas de Joaquín, hemos sacado 1900 —calculó Patricia.
—De no haber gastado eso, tendríamos dieciocho mil y pico, cerca de lo que yo creía.
—Has dicho que sería mil treinta al mes. Es una barbaridad. Pasaríamos muchas penurias todos los meses.
—Exactamente 1033,25 pesetas.
—Para poder pagar esa cantidad tendríamos que suprimir bastantes cosas, porque el niño nos ha traído muchos gastos. Desde que nació no hemos ahorrado nada.
—Podría pedir a mi jefe que me permita hacer horas extra.
—¿Ampliar tu horario de trabajo?
—Sí.
—¿Cuánto podrías ganar?
—Haciendo un par diarias, serían unas treinta o cuarenta horas extra al mes. Cerca de las cuatrocientas cincuenta pesetas.
—Si te quedas en la oficina dos horas más todos los días, llegarás a casa a la hora de la cena. No dispondremos de tiempo para hablar un rato.
—Si queremos conseguir ese piso, tenemos que sacrificarnos. Esta es una buena ocasión, pero tendríamos que decidirlo sin demora porque si dejamos pasar el tiempo, los baratos se acabarán.
—¿Tan rápido van a venderlos?
—En las oficinas de la constructora había bastantes personas preguntando y estaban dos chicas atendiendo. Hay mucha gente buscando casa. ¿No te acuerdas de lo que nos costó encontrar esta?
—Sí, claro que me acuerdo, pero no tenemos ni para la entrada mínima, ¿qué podríamos hacer?
—Estoy meditando si mis padres nos podrían prestar lo que nos falta. Hablaré con ellos.
—Oye, por curiosidad, en las otras plantas, ¿cuál es la cantidad de entrada?
—Hay tres precios diferentes según la planta. Para las bajas o las últimas, ya te lo he dicho antes, es de 20 000 pesetas, para las intermedias, la tercera y la cuarta o la octava y la novena, 28 000, y para las mejores, quinta, sexta y séptima, las más caras, 35 000 pesetas.
—No me gustan las plantas bajas porque entrará mucho polvo y serán las menos luminosas; prefiero las de arriba.
—Tendría que ser de la décima a duodécima.
—En la décima estaría bien.
—Tal vez, cuando lo intentemos, ya no queden.
—No puede ser que los vendan tan pronto.
—Quizás fuera mejor en la segunda planta; ¿te imaginas subir andando a la décima si no funcionan los ascensores?
—¡Caray! Es para pensárselo. Hay dos, ¿verdad?
—Sí. Los dos a la vez no creo que se vayan a averiar.
—En caso de que corten la luz…
—¡Joder! Es verdad.
—Y eso lo hacéis con bastante frecuencia —comentó Patricia mirando a su marido con una pícara sonrisa.
—No todos los cortes de luz son por culpa nuestra, a veces la causa es de lo más peregrina que te puedas imaginar.
—¿Te han dicho para cuándo los tendrán terminados?
—Anuncian su entrega dentro de año y medio, pero como estas cosas siempre se retrasan, considera un mínimo de dos años.
—¿Podríamos hacer una reserva?
—No hay reserva, hay que hacer la compra con el pago aplazado y pagar la entrada.
—¿Y qué más?
—Una vez firmado el contrato de compra, se empezaría a pagar a la constructora mensualmente, suponiendo que se haya fraccionado la entrada.
—¿Y la hipoteca?
—La hipoteca, cuando entregasen la vivienda.
—¿Cuánto?
—Sería 147,45.
—Eso sí podemos abonarlo, aunque siguiéramos pagando el alquiler de este piso.
***
Los padres de Olegario les prestaron cuatro mil pesetas sin una fecha de devolución concreta, cuando pudieran. Dos semanas más tarde, en diciembre de 1960, firmaron el contrato de compra del piso C en la planta décima, en las oficinas de la constructora. Desde aquel día, muchos domingos daban un paseo por delante del solar donde un día se levantaría la torre anunciada, pero pasó el tiempo sin que allí se hiciera nada; a los tres meses colocaron un gran cartel con el nombre de la constructora y un dibujo de la torre, cinco meses más tarde pusieron otro cartelón, anunciando el próximo comienzo de las obras.
Cuando estaban frente a las vallas, se imaginaban la torre y pensaban a qué altura estaría el piso que habían comprado, ahora era solo era lugar sin nada, un espacio vacío. Con el acicate que supuso el inmediato comienzo de obras, casi todos los domingos caminaban por la acera de la calle Patones, frente al solar, para comprobar si ya habían iniciado el trabajo.
Una tarde vieron que el solar estaba vallado y había en su interior una enorme grúa desmontada. Se pusieron locos de alegría porque aquel hecho indicaba que las obras iban a comenzar en breve. Así sucedió. La grúa la levantaron en solo unos días, y rápidamente otras máquinas se pusieron a excavar los cimientos. En pocas semanas vieron elevarse la estructura de cemento, creció a buen ritmo hasta que llegó a la décima planta; por alguna causa que nunca llegaron a saber, las obras se detuvieron y los obreros desaparecieron del tajo.
Esperaron dos semanas muy preocupados, pero como no vieron signos de reanudación, Olegario decidió ir a las oficinas de la compañía para enterarse de lo que sucedía. Le dijeron que hacía falta un nuevo permiso que se estaba gestionando y por eso se habían visto obligados a parar las obras.
—No se preocupe, quedará resuelto en quince o veinte días —le aseguró el empleado, pero no fue así.
Aunque la obra seguía parada, la constructora les continuó cobrando el recibo mensual de la cantidad aplazada que debían abonar para no perder la adjudicación de la vivienda. Con bastante inquietud, siguieron pasando todos los domingos por la acera de la calle Patones, frente a la estructura a medio finalizar. Anhelaban ver obreros trabajando, pero solo algunas palomas entraban y salían del esqueleto de la torre. El viento balanceaba el gancho y los cables de la enorme grúa, que permanecía inactiva como su gigantesco compañero.
—Si mantienen la grúa instalada, será porque las obras se van a reanudar pronto —vaticinó Olegario a su mujer—, en caso contrario, la habrían desmontado.
—Puede ser, pero no te olvides de que ya hace cuatro meses que pararon.
—El ayuntamiento tarda meses en tramitar cualquier permiso, e imagino que estarán presionando porque son los más interesados en reanudar el trabajo. ¿Qué ganan con tener a sus obreros parados? —indicó Olegario tratando de encontrar una justificación a lo sucedido.
—Y si no las reanudaran nunca y se quedaran con todo el dinero, ¿qué haríamos?
—No pienses eso, es una empresa muy conocida que ya ha edificado en otros barrios. Creo que será gente formal.
—A lo mejor deberíamos pedirles que nos devuelvan el dinero.
—¿Tanto miedo tienes?
—Sí. Ya se ha estafado a otras personas que habían comprado casas como nosotros.
Un mes más tarde, se encontró a su amigo Faustino, y este le dijo que un primo suyo vivía cerca de la calle Patones, y había visto un camión descargando material. Al día siguiente, al ir a casa para comer, Olegario se pasó por las obras y vio algunos peones limpiando la entrada del solar de maleza y hierbajos que habían crecido en los nueve meses que la obra estuvo detenida. Aquella buena noticia le levantó el ánimo. Al domingo siguiente le propuso a Faustino ir por la tarde a comprobar si efectivamente habían reemprendido el trabajo.
El piso que Faustino había comprado en aquella torre estaba en la quinta planta y, naturalmente, tenía interés en conocer qué sucedía. Fueron los dos solos porque a Patricia le dolía la cabeza; en efecto, las obras se habían reanudado, habían descargado bastante material y se apreciaban signos de reciente actividad. Olegario volvió a casa muy animado porque la planta décima estaba ya cubierta y los andamiajes para levantar la onceava se encontraban a medio montar. La grúa despertó de su letargo, y de su gancho colgaba una carretilla que oscilaba por el viento. Todo hacía suponer que la actividad continuaría con normalidad.
Capítulo II
El piso nuevo de la calle Patones
Pasó otro año para que la torre quedase terminada y comenzase la entrega de viviendas a sus nuevos propietarios. Joaquinito había cumplido los cuatro años y Miguelín dos meses cuando les llegó una carta de la empresa constructora; los citaban el siguiente viernes por la mañana a las once para entregarles las llaves. Olegario tuvo que pedir permiso a su jefe para ausentarse dos horas porque la recepción del piso era un asunto de máxima preferencia que no podía demorar. Dejaron a los niños con los abuelos, y un poco antes de la hora marcada, estaban en la oficina de la empresa en un local de la planta baja de la misma torre. Los recibió una secretaria y les pidió que esperasen a que el director de la obra pudiera atenderlos.
—Soy Alberto Porres, aparejador. Ya tienen su piso terminado —anunció desde el sillón en el que estaba sentado en su pequeño despacho—. Vamos a subir para que comprueben que todo está de acuerdo a lo que figura en contrato y firmen el acta de entrega.
—Es muy lamentable que se hayan retrasado tanto —se quejó Patricia—. Deberían darnos una indemnización para compensar los perjuicios que nos han causado.
—¡Señora!, no ha sido por nuestra culpa. Si usted no quiere el piso, mi empresa no tiene problema en devolverles lo que han pagado. Hay mucha gente esperando. Los nuevos que se van a empezar en la segunda torre tienen las mismas características y se están vendiendo un veinte por ciento más caros —manifestó de forma desabrida y cortante.
—Mi señora solo ha dicho que ustedes no entregaron el piso en la fecha prometida. Se han retrasado año y medio y eso nos ha causado gastos innecesarios. Deberían resarcirnos con alguna compensación —exigió Olegario.
—He entendido muy bien lo que su señora me ha dicho y mantengo lo que le he respondido. Pueden denunciar a la empresa y pueden renunciar al piso ahora mismo. Lo que ustedes quieran —se expresó Porres muy impertinente—. Tengo bastante gente esperando para hacerse con él si ustedes se echan atrás.
—En ningún momento hemos pensado renunciar a la vivienda, pero insisto en que debería reconocer que han tenido un gran retraso y nos han causado perjuicios; por lo menos debería pedirnos disculpas —agregó Olegario.
—Nada, nada. No estoy para discusiones. ¿Quieren el piso o no? Porque si renuncian lo resolvemos en un instante —Porres continuaba con su tono ordinario.
—Claro que lo queremos, pero estamos en nuestro derecho a manifestarle lo indicado. Y en cuanto a poner o no una denuncia por el retraso, no lo vamos a hacer ahora, ya lo decidiremos —mencionó Olegario mostrándose conciliador por si aquel personaje se le ocurría cancelar la venta.
—¿Vamos arriba? —preguntó muy secamente.
—Cuando usted diga.
Abrió el cajón de su mesa y anduvo seleccionando las llaves en una caja que contenía otras muchas. Se levantó y se encaminó a la salida a grandes zancadas sin siquiera esperarlos.
El portal de entrada se encontraba abierto de par en par; un vigilante estaba sentado al lado izquierdo sobre un cajón vacío y al ver llegar a Porres se puso de pie; él ni lo miró y se dirigió directamente a los ascensores. Mientras subían, fue agitando las tres o cuatro llaves en la argolla que llevaba enganchada en el meñique. El ascensor se detuvo al llegar al décimo piso; Porres empujó la puerta y una luz muy intensa y cegadora los deslumbró momentáneamente; el ventanal de la escalera estaba abierto, la persiana subida y el sol quedaba justo enfrente. Por primera vez pisaban el vestíbulo de la décima planta.
—Ya saben que habrá cuatro vecinos en cada planta. Esa puerta es la suya: el C. Todos los pisos son iguales, solo varía la orientación, el suyo tiene situación sur y oeste. Esa puerta de ahí es la salida a la escalera, por si quieren hacer piernas algún día.
Seguidamente, abrió la entrada a su vivienda. Contemplaron su zaguán y su pasillo. Las paredes estaban pintadas en color beis claro y el suelo era de terrazo jaspeado en tonos ocres. Fragmentos de yeso, dejados por los albañiles y salpicaduras de pintura seca de los pintores, manchaban el suelo y las llaves de la luz; las puertas estaban llenas de churretes y chafarrinadas. Una fuerte corriente de aire les dio en la cara, trayendo olor a escayola húmeda.
—Hay una ventana abierta; la habrán dejado los pintores para que se secara lo que estuvieron repasando; será mejor que la cierren o se les romperá el cristal. Pasen y revisen todo, los espero aquí —articuló retornando al vestíbulo.
Muy emocionados, entraron hasta el salón que quedaba a su derecha, se accedía por una puerta de doble hoja con cristales jaspeados. La habitación les pareció muy espaciosa en comparación con la que ahora tenían. Antes de asomarse al balcón, Patricia se volvió para comprobar si el aparejador podía oírla, y al darse cuenta de que se había quedado fuera, le dijo a su marido:
—¡Qué señor más desagradable!
—Tener que lidiar con un individuo así todos los días debe ser un buen castigo —añadió él sonriendo.
—Tiene que esforzarse poco para caer mal a cualquiera.
—Vamos a ver si todo está bien, que es lo que nos importa.
Dejó que Patricia se asomara primero al balcón. Ella se acercó a la barandilla e inmediatamente dio un respingo al ver la altura a la que estaba.
—¿Qué te ocurre? —dudó Olegario tras ella. Se había percatado de la sacudida de miedo de su mujer.
—¡No creía que la décima planta estuviera tan alta! —observó con la cara contraída por el sobresalto.
El bloque lo habían construido en una pequeña loma, que añadía más altura a la que ya poseía el edificio. Desde allí se veía una panorámica magnífica. En un solar cercano estaban excavando un hoyo enorme para los cimientos de un centro comercial y al lado izquierdo quedaba el terreno destinado al Parque Norte que permanecía vallado porque todos los árboles estaban recién plantados. A lo lejos, a la derecha, pudieron ver la sombra verde oscura del bosque de la Casa de Campo, y un poco más a la izquierda los edificios de la zona norte y oeste de Madrid.
—¿No lo queríamos con altura? Pues ya la tenemos; deberás acostumbrarte.
—El sobresalto lo he tenido al asomarme por primera vez. Ahora ya no me asusto. —Patricia se asía con las manos fuertemente a la barandilla del balcón.
—Yo trabajo en la séptima planta, es bastante más baja que esta, se nota mucho la diferencia. Tenemos buenas vistas desde aquí.
—El sol no nos lo quitará nadie.
Regresaron al pasillo y entraron a la cocina, la puerta estaba en frente de la del salón. Tenía el fregadero de acero al lado izquierdo y la cocina de gas a continuación. Una puerta acristalada de corredera daba acceso al tendedero en el que encontraron el calentador de agua. Se demoraron solo unos minutos mirando los dormitorios; el olor a pintura fresca impregnaba el ambiente, sobre todo en el cuarto principal, que era donde permanecía abierta la ventana. La pared de la derecha todavía tenía la pintura húmeda. Antes de cerrar la ventana, se asomaron a ella; solo llevaban unos minutos y sintieron pasos, se volvieron. Alberto Porres estaba en la puerta del dormitorio mirándolos con gesto ceñudo.
—¿Qué? ¿Recreándose con el paisaje? No tengo toda la mañana para ustedes. ¿Me quieren firmar ya el acta de entrega?
—Sí, señor, ahora mismo.
—Me están esperando para otra adjudicación.
Olegario apoyó la hoja de aceptación que el aparejador le pasó sobre el cristal de la ventana, la firmó poniendo la fecha: 7 de noviembre de 1964. Porres le entregó la argolla con las llaves y se marchó enseguida. Ellos volvieron a darse otra vuelta por todos los cuartos sin demorarse ya que Olegario tenía que volver al trabajo antes de que se cumplieran las dos horas del permiso concedido.
A Faustino también le llegó la carta de la constructora citándolo para la entrega del suyo, pero como estaba en un campamento, no pudo hacerse cargo de él; se lo entregaron dos semanas más tarde cuando regresó. Le dijo a Olegario que no lo iba a usar por el momento, porque los pocos días que pasaba en Madrid, los seguiría durmiendo en la casa de sus padres.
Los gastos que les causó el piso, unidos a los que habían originado los niños, les desequilibró completamente el presupuesto. Las reservas pasaron a ser negativas. Olegario tuvo que pedirle quinientas pesetas a Faustino para poder acabar el mes de noviembre. En diciembre, Patricia les explicó a sus padres que estaban muy apurados y ellos los socorrieron adelantándoles cuatrocientas pesetas como regalo de su cumpleaños, que sería el 23 del mes siguiente. Usando estas estratagemas superaron los instantes más difíciles, pero los aprietos los continuaron padeciendo durante dos o tres años.
Al ocupar el nuevo piso, trataron de reutilizar todo el mobiliario y los enseres del anterior, pero muchas cosas no les sirvieron o les quedaban ridículas en la nueva casa. Así ocurrió en el salón al colocar los dos silloncitos y el pequeño aparador, con la mesa camilla y las dos sillas; era todo lo que tenían en la casa de Fuencarral; para su dormitorio solo poseían la cama y en el cuarto de Joaquín colocaron únicamente la cuna y una silla; la tercera habitación estaba completamente vacía. Patricia lo usaba para tender la ropa y de trastero.
—He estado viendo el colegio del que hablamos —le anunció a Olegario cuando llegó a comer.
—¿Qué te ha parecido?
—Está en una antigua casa de campo, a la que han reformado las habitaciones y las han adaptado para clases; el corral de las gallinas y los conejos ahora es el patio para recreo. Es un recinto pequeño, pero nos pilla bastante cerca.
—¿Cuántos niños tienen?
—Han empezado las clases el 2 de octubre, aún hay muchas plazas libres. Me ha explicado la directora que la primera clase tiene quince pequeños de cuatro a seis años, en la segunda, doce de menor edad, y en la tercera están los mayorcitos, los de seis a siete años y no sé si me comentó que tenían diez nenes.
—¿Te gustó?
—No lo vi mal. Estaba limpio, emplea a tres maestras, una en cada clase, y la directora es la dueña. Estaba en un despacho pequeño a la entrada en el que me recibió. Ella misma me enseñó las instalaciones.
—¿Tú crees que merece la pena llevarlo ya o esperamos al curso próximo?
—Yo creo que será mejor llevarlo ahora, cuanto más lo dejemos más trabajo le va a costar adaptarse.
—¿Cuánto?
—135 pesetas mensuales.
—¡Caramba! Se aprovechan.
—Lo tenemos a unos diez minutos, el otro que comentamos, el de Bravo Murillo, tardaríamos en llegar casi media hora. Es más grande y tiene un patio mejor para juegos, sin embargo, la distancia es considerable.
—¿Costaba lo mismo?
—Es más barato. Me parece que dijeron ciento veinte pesetas. Creo que será mejor llevarlo a este cercano, así no pasará tanto frío por las mañanas.
—Entonces, ¿lo inscribirás ahora?
—Sí. Va a protestar los primeros días. Llorará y no querrá quedarse.
—Eso creo también.
—Esta mañana venía conmigo y le pregunté al salir si le gustaría jugar con otros niños del colegio. Me dijo que no. Mientras yo hablaba con la directora, estuvo muy atento. No me comentó nada, pero sabía que lo que estaba hablando con la directora era para él.
—Habrá que ponerse serios o nos querrá tomar el pelo.
—Sé que protestará los primeros días —sostuvo Patricia—. También estuve en el taller de costura.
—¿Qué taller?
—No te había dicho nada, hasta no enterarme cómo funciona.
—Cuéntame qué es eso.
—Es un taller que confecciona ropa: faldas, pantalones, camisas, etc. Te entregan las piezas cortadas para coserlas en casa. Pagan por pieza acabada.
—¿Quieres coser?
—Si llevamos a Joaquín a la escuela, Miguel no dará lata ninguna. Me quedará mucho tiempo libre. Puedo ganar unas pesetas que nos vendrán muy bien. Mi madre me prestará su máquina de coser porque no la necesita, ya se lo pregunté hace dos semanas.
—O sea, que llevas tiempo planeando eso.
—Dos o tres meses, más o menos; un poco después de que nos viniéramos a este piso.
—Haz lo que quieras, pero creo que vas a tener demasiadas tareas.
—Me organizaré. El colegio del niño pienso pagarlo con lo que gane en la costura.
—Adminístrate como quieras.
Eran muchas las necesidades a cubrir y los recursos bastante limitados; para conseguir más dinero, Patricia dedicaba todos sus ratos disponibles a la máquina de coser. A veces estaba con tres tareas simultáneamente: cuidar de Miguel, hacer la comida y darle al pedal de la máquina. Tal y como había dicho, pagó la mensualidad del colegio y, además, ahorró algo. En el verano tenía guardadas 1376 pesetas y pudieron comprar un tresillo nuevo para el salón con una mesita baja.
A comienzos del nuevo año, Olegario realizó dos horas extras diariamente, también las guardias de sábados un par de veces al mes. Por ello llegaba a casa tarde y muy cansado, siempre después de las nueve, pero era el único sistema que les permitía ganar suficiente dinero para cubrir todos los gastos. De acuerdo a lo establecido en el convenio colectivo, la compañía estaba obligada a pagar las horas extraordinarias de los días laborales con un incremento del 30 %, y las de las guardias de sábado por la tarde, con el 50 %. Hizo muchas horas extras, tantas que algunos meses cobró más por ellas que de salario normal.
El pago de la hipoteca y el recibo de la constructora se los pasaban al cobro en la cuenta del banco, entre el 20 y el 25 de cada mes, por lo que debían dejar un saldo mínimo de 1035. En dos ocasiones que tuvieron una emergencia y se vieron obligados a sacar dinero dejando el saldo por debajo de esa cantidad, el banco les puso la cuenta en rojo añadiendo los gastos y los intereses correspondientes.
Olegario hacía muchas cuentas buscando la forma de estirar su dinero, pero tenían un presupuesto muy ajustado y cualquier imprevisto les era imposible asumirlo fácilmente. Un día en el verano de 1965, hubo una tormenta y el aire cerró violentamente la ventana del dormitorio pequeño, el que usaban de trastero, y se le rompió el cristal. El cristalero les pidió doce pesetas por reponerlo, pero no lo reemplazaron hasta cinco meses más tarde, cuando llegó el frío y fue imprescindible, antes tuvieron los pedazos sujetos con papel adhesivo.
En el verano empezó a faltar el agua, los cortes en el suministro eran muy frecuentes o la presión quedaba tan baja que no llegaba a la décima planta. La constructora estaba levantando otras dos torres y gastaba mucha, por eso, sin anuncio previo, cuando precisaba más cantidad en las obras, cortaba el suministro a los vecinos. Para suplir esta carencia, los residentes tenían siempre tres o cuatro cubos llenos en sus domicilios. Una tarde, Patricia fue a lavarle las manos a Joaquín antes de llevarlo al colegio, y no había agua en el grifo. Puso el tapón en el lavabo y lo llenó con la que tenía en el cubo de reserva. Después se marchó para llevar al niño y también pasó por el taller de costura para entregar su última tarea. No regresó hasta dos horas más tarde y cuando la vio llegar, el portero le dijo:
—¡La ha liado usted buena! Se ha dejado el grifo abierto. Debe tener la casa anegada.
—¡Qué! —clamó con asombro Patricia, recordando las maniobras que había hecho antes de salir de su domicilio.
—Hemos tenido que cerrar la llave general porque salía el agua por debajo de su puerta.
—¡Dios mío! No había agua en el grifo cuando estuve lavando las manos al niño antes de llevarlo al colegio y seguro que me dejé el tapón puesto en el lavabo y el grifo abierto. ¡Madre mía!
—Fui a buscarla al colegio —advirtió el portero—, pero allí no estaba.
—Tuve que ir a otro sitio.
—Seguro que le habrá inundado el piso a la vecina del noveno C, pero no están y yo no tengo llave, así que hasta que no regresen no vamos a saber los daños.
