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Un orfebre lisboeta tiene su próspero negocio en el centro de la ciudad, pero sufre muchos disgustos con el zascandil de su hijo. Cuando el muchacho llega a la adolescencia, los contratiempos en la familia se agravan y además en su negocio, le surgen bastantes dificultades por la convulsa situación social y política que se da en Portugal en el primer tercio del siglo XIX. La amenaza de guerra civil y la invasión napoleónica coinciden con el final de la adolescencia del chico, que muestra una conducta cínica y desvergonzada. El orfebre, buscando soluciones con desesperación, decide emigrar a España y traslada su negocio a Algarrobares. Con muchos esfuerzos pone en funcionamiento su orfebrería, pero no consigue mejorar el comportamiento de su hijo, que termina siendo un individuo cruel y desalmado, que le hace sufrir lo indecible.
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Seitenzahl: 764
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Aguja de calceta
VICENTE MARTÍN CRESPO
ISBN
Editado por Tregolam (España)
© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid
Calle Colegiata, 6, bajo - 28012 - Madrid
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Diseño de portada: © Tregolam
Fotografía de portada: © Shutterstock
1ª edición: 2020
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o
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La gente habla de la mayoría de edad. Eso no existe. Cuando uno tiene un hijo, está condenado a ser padre durante toda la vida. Son los hijos los que se apartan de uno. Pero los padres no podemos apartarnos de ellos.
Graham Green
Capítulo 1
Portugal, noviembre de 1765: Mientras un terremoto causaba efectos devastadores en Lisboa…
El 2 de noviembre de 1765 nació en la capital de Portugal Joao Silveira Ferreira, hijo de Brígida Pereira Silveira y de Benvindo Silva Ferreira, de profesión herrero. Cuando el muchacho terminó la escuela con catorce años, su padre pensó que la profesión de orfebre sería buena para él. Su amigo Geremías era oficial orfebre y tenía un primo, Henrique da Silva, que era el maestro en la Hermandad del Glorioso Santo Eloy, la cofradía de los orfebres. Utilizando estas amistades y parentelas, Benvindo consiguió que Joao fuese admitido de aprendiz en el taller de la Cofradía.
Allí estuvo durante cinco años, hasta que superó el examen para ser oficial. A los dos años, consiguió ante el tribunal de la Hermandad, la categoría de Maestro Orfebre y la autorización para montar su propio taller. Su padre, muy orgulloso y satisfecho de la aplicación de su hijo, gastó todos sus ahorros en comprarle herramientas y útiles para su primer taller; lo instaló en un local alquilado en la calle del Século de Lisboa.
El taller lo conformaban dos habitaciones, la primera tenía una entrada a la calle y la dedicó a la tienda, adaptando un ventanal que estaba junto a la puerta, para exponer sus mejores trabajos. Frente a la puerta, instaló un mostrador con encimera de cristal y dos baldas; la primera, como expositor de los productos más atractivos y valiosos; en la segunda, los objetos baratos de menor calidad. Más abajo de la segunda balda, el mostrador tenía dos cajones en los que guardaba el dinero de las ventas y los papeles y facturas que se generaban en su actividad diaria. Detrás del mostrador, colgadas de la pared, puso dos vitrinas que exponían otras obras terminadas y listas para su venta.
En la segunda sala, estaba el taller y se comunicaba con la tienda por un hueco sin puerta. Prefería no tener batiente porque así, cuando trabajaba, podía vigilar si entraba algún cliente. En el taller tenía los elementos y herramientas necesarios para su trabajo en un tablero adosado a la pared que poseía una escotadura circular en el centro y tres cajones con una función muy determinada: el central lo destinaba a las herramientas; el segundo lo llamaba el cajón de la plata, cuya misión era recoger las limaduras, que al trabajar este metal, caía de las piezas que estaba elaborando; el tercer cajón, con la misma función que el anterior, lo destinaba a las limaduras de oro.
Comenzó en la profesión con mucho ahínco y entusiasmo. Boca a boca, fue extendiéndose entre la gente, la noticia de la apertura de la nueva orfebrería de la calle del Século. La clientela, escasa al principio, fue creciendo y alabando sus obras por las buenas cualidades de sus objetos. Era un buen profesional, con mucha formalidad que la mostraba en el trato con la clientela, eso le dio popularidad y facilidades para el desarrollo de su negocio.
En tres años, ahorró lo suficiente para comprar un local de la parte baja de la casa que habían construido en la plaza de Restauradores y allí se mudó. Tenía un espacio mayor, repartido en cuatro salas, una tras otra. La primera con puerta a la calle, la dedicó a la tienda, la siguiente era la más pequeña y fue la trastienda, la tercera era espaciosa y le permitió montar el taller, y la última de tamaño medio, fue destinada a la fundición. Esta última, tenía una puerta accesoria con salida al corral, que a su vez daba a un callejón.
Como su trabajo aumentó y tenía espacio suficiente, empleó a un oficial y le montó un segundo tablero con bigornia en el lateral, de forma que no le incomodara para el manejo del resto de herramientas. En la balda tenía botadores, buriles, un compás pequeño y otro mediano; además, disponía de candileja de soldar y soplete de boca, un recipiente de candil de varias mechas, tenazas de diferentes tamaños y dos martillos pequeños; en fin, todo lo necesario para la actividad normal de un orfebre.
En el taller, había una mesa con la balanza de dos platos, con pesas de bronce en un recipiente de madera y otra balanza de precisión en el interior de una urna de cristal. Para trabajos de mayor envergadura disponía de un banco largo con cepo y embutidera. En el rincón derecho de aquel cuarto, colocó la maquina laminadora, dotada de dos cilindros paralelos. La laminadora funcionaba accionada por una manivela que hacía girar los cilindros. Disponía de un usillo de ajunte que podía regular la aproximación entre los cilindros de tal suerte, que conseguía laminar la chapa hasta un grosor finísimo. Se puede decir que don Joao tenía su taller dotado con buenas herramientas y excelente maquinaria.
En el cuarto de fundición, tenía un horno y otro banco más corto con el extremo de la encimera rellena de arena, para depositar los crisoles y rieleras llenas de metal ardiente, evitando de esta forma el riesgo de que se volcasen. El otro extremo del banco lo tenía asignado a copelas y crisoles vacíos, pinzas grandes y pequeñas, martillo de forja y media caña, escudetes, cubetas, troqueles y cucharillas. Para cumplir con las normas de la cofradía de orfebres, mandó fabricar un punzón de acero, con el negativo del nombre de su negocio: Platería JOSILFE, acrónimo formado con parte de las letras de su nombre y apellidos. Con este punzón grababa todas las obras que se terminaban en su taller.
En el mismo edificio, en la parte superior, había una vivienda en venta, a la que le echó muchas miradas, pero no pudo comprarla aunque lo intentó; no tenía dinero suficiente para ello y el dueño no quiso darle crédito.
Había cumplido los veinticuatro años y su profesión le encantaba. De momento, trabajaba con un solo ayudante, para atender el taller y la tienda. Con el primer trabajo que le encargó un indiano llegado de Rio de Janeiro, presintió que aquel hombre podía ser un buen cliente y se esmeró al máximo en su encomienda. El cliente quedó tan complacido que le encargó más trabajos que también le satisficieron plenamente y se convirtió en fidelísimo parroquiano y propagador de las cualidades de la orfebrería, hasta tal punto que lo recomendó a muchos de sus conocidos ricos que volvían a Lisboa desde Brasil, y su clientela aumentó considerablemente en poco tiempo.
Don Joao, ofrecía a estas personas la confección de joyas a su entera satisfacción, aceptando sus propuestas de diseño. Les facilitaba convertir el oro, la plata y las piedras preciosas que ellos mismos habían traído escondidas desde Rio de Janeiro, Salvador de Bahía o cualquier otra ciudad brasileña, en joyas de altísimo valor. Su negocio marchaba muy bien y tuvo que contratar a otro oficial y a un aprendiz.
Entre estos clientes retornados de Brasil, conoció a don Paulo Luiz Siqueira Roura, padre de la que llegaría a ser su esposa; este caballero era un terrateniente que había vendido su hacienda en el estado de Rio de Janeiro y volvía a Lisboa con sus dos hijas y bastante dinero. Se presentó en la orfebrería acompañado de ellas porque quería encargar dos pulseras de oro con unas gemas, una para cada hija. De los modelos que don Joao le mostró en un álbum de diseños, cada una eligió la que más le gustó. El hacendado había acudido recomendado por otro, y sabía que podría aportar el oro y las gemas que debían utilizarse en su encargo. A los dos días don Joao recibió los materiales y le envió de vuelta al indiano con su aprendiz una nota, notificándole el importe de su trabajo, a la vez que le comunicaba que las pulseras estarían acabadas tres semanas más tarde.
Tres días después de la fecha acordada, en una calesa de color blanco y dorado, tirada por dos caballos negros que llamaron la atención de los vecinos, llegaron las dos hermanas acompañadas por su padre. Las dos lucían llamativos trajes cariocas que realzaban su atractivo, sobre todo en la más pequeña, de grandes ojos negros, pelo oscuro y ondulado, caderas y busto proporcionado y una bonita sonrisa. Don Joao, quedó prendado de aquella joven desde aquel día; se trataba de Renata.
La primera pulsera se la probó a su hermana mayor, que después de mirarla detenidamente, quedó muy satisfecha con el resultado. Don Joao sacó la que correspondía a Renata, e hizo lo posible para que el cierre fallase en aquel instante. Disculpándose ante don Paulo Luiz por aquel incidente, se ofreció a llevársela a su casa personalmente al día siguiente, una vez hubiera corregido el fallo.
Así comenzó su relación con aquella familia, sobre todo con la hija menor, y dio comienzo a un apasionado romance formalizado unos meses más tarde, mediante la visita de su padre, Benvindo, a la casa del indiano. Tras un año más de noviazgo, se casaron. Con sus ahorros y la dote de su esposa, compraron la vivienda de encima de la orfebrería, que todavía no se había vendido.
Las relaciones de Renata con su padre no eran muy buenas debido al carácter difícil de su progenitor. Ella procuraba evitarlo lo más posible y cuando era imprescindible hablar con él, se lo pensaba mucho. Una mañana, solo unos días antes de casarse, Renata se infundió de valor y le dijo que necesitaba a Yara para que le ayudase en la casa que estaba amueblando, para limpiar y colocar la ropa en los armarios. Yara era la doncella que había venido con ellos desde Brasil. Para que la petición fuera más aceptable, le dio a entender que era un traslado temporal mientras se montaba su nuevo domicilio. Su padre ni le respondió, solo hizo un gesto de aquiescencia con la cabeza. Esa misma tarde, Yara guardó su ropa en una bolsa y se marchó al que sería el nuevo domicilio de su ama.
Una vez casados, estando de visita en la casa paterna, y contando con la presencia de don Joao a su lado que le infundía valor, Renata le dijo a su padre que como Yara siempre había sido su doncella, quería seguir contando con ella de forma indefinida. Sorprendentemente para lo que tenía por costumbre, él no la contradijo, se limitó a asentir. Así Yara se quedó a vivir definitivamente en el domicilio del nuevo matrimonio.
En su domicilio se habían acostumbrado a hacer una larga sobremesa charlando hasta que llegaba la hora de abrir la orfebrería. En una de estas, Renata estaba relatando las intimidades y costumbres que regían en su familia, antes de que ellos se hubieran casado.
—Aunque llevábamos más de un año en Lisboa mi padre todavía seguía actuando como si estuviera en la hacienda de Rio, tratándonos como si fuéramos sus esclavas. No sé si te has dado cuenta de que así sigue haciéndolo con los que tiene cerca. De los cuatro criados que quedaron en la casa para su servicio cuando yo me fui, ya solo le quedan dos —Mientras hablaba Renata, Yara entraba y salía retirando los platos.
—La forma con que tu padre se dirige a los que tiene a su alrededor, a mí no me gusta. He estado poco tiempo en su casa y le he visto detalles de ser una persona soberbia y despótica, aunque a mí siempre me ha tratado bien y nunca me ha faltado el respeto, ni por supuesto ninguna vez me ha ofendido.
—Te tiene mucha consideración, y no utiliza su soberbia contigo. Hay poca gente que le guste convivir con él. A mi madre, la menospreció y ofendió repetidamente. A las mujeres y en especial a las de su servicio, las ofende y maltrata constantemente. Allí en la hacienda, si la comida no le gustaba, era capaz de tirársela a la cara a la cocinera. Tenía potestad suficiente para patear al que quisiera. Desde que estamos aquí, se ha reprimido algo, pero aun así, es muy desagradable estar con él.
—No creí que pudiese actuar de esa forma.
—Ya te hablé del miedo que le tiene Yara y cómo me rogó que no la dejase con él.
—Sí, algo me dijiste. ¿Por qué le teme tanto?
—Ahora te contaré. Yelena y yo cuando salimos de Brasil, le pedíamos al Señor que mi padre cambiase, que fuera otra persona al llegar a Lisboa. Suponíamos que, al estar en otro ambiente, se daría cuenta de que su comportamiento aquí no sería tolerado.
—¿Y tú crees que no ha cambiado?
—Ha cambiado un poco y se ha moderado algo, pero sus miradas, gestos, y gritos siguen asustando a todos.
—Y piensas que ya no cambiará más, ¿verdad?
—No.
—¿Te cuesta asumir que seguirá así mientras viva?
—Claro. Hemos sufrido mucho y hemos pasado mucho miedo en un ambiente familiar muy incómodo y desagradable.
—Yo no tengo queja, hasta ahora ha sido correctísimo conmigo.
—Es que has estado con él muy poco tiempo. Además, a los hombres blancos suele respetarlos mucho más.
—¿Por qué?
—Viene de antiguo. Los propietarios de las haciendas eran todos blancos. Eran los que decidían todo. Eran los más poderosos de aquellas tierras, a los que nadie podía oponerse, y menos los negros. Para él, un blanco representa el poder y la supremacía que ostentaban sus iguales y que ejercían violentamente.
—¡Ah!, ya entiendo.
—A los negros los desprecia, considera que todos son esclavos. Las mujeres somos seres inferiores, de segunda categoría; a todas nos trata con la misma desconsideración y menosprecio, únicamente valemos para parir, servirlo y satisfacer sus instintos de macho.
—¿Con vosotras ha tenido esa falta de consideración?
—Sí. Da igual que seamos sus hijas, no es capaz de distinguir esa circunstancia. Nos ve exclusivamente como hembras, como mujeres.
—Pero ¿qué dices…?
—Tranquilo, gracias a mi madre que nos advirtió mucho, nunca le dimos opción a que se propasase, aunque estuvimos en peligro en más de una ocasión.
—¡Qué animal!
En ese momento volvió Yara y le dio tiempo a oír las últimas palabras de Renata. Se quedó parada temblando con un plato en la mano.
—Pobrecita Yarinha, era una niña cuando mi padre… ¿Cuántos años tenías?
—Once —respondió Yara.
—No pudo escapar. Ni mi madre, ni mi hermana, ni yo estábamos en la hacienda. Él llegó bebido a la casa aquella tarde, la vio fregando en la cocina, la agarró del brazo y se la llevó por la fuerza a la senzala(1). Allí la violó repetidamente.
Yara, al oír aquellas frases que le rememoraban lo que le había sucedido hacía bastantes años; empezó a temblar y llorar; no pudo evitarlo. Renata se levantó, la abrazó y se sentó con ella en el diván. Don Joao se quedó callado sin saber qué decir para no aumentar la tensión. La situación era violentísima. Le resultaba atroz la conducta de su suegro. No encontraba palabras con las que consolar a Yara y animar a su esposa. Renata se volvió hacia don Joao y continuó hablando.
—Cuando llegamos a la hacienda, Yara había desaparecido; la estuvimos buscando y no la encontramos en ningún sitio. No llegamos a pensar que podía estar en aquella senzala del norte (1), sus barracas y chozas estaban muy apartadas, al otro extremo de la hacienda en una zona boscosa. Ningún esclavo, aunque hubiera visto al amo llevar arrastrando a Yara, tuvo el valor suficiente para denunciarlo; lo habían visto hacer lo mismo muchas otras veces. Él la tuvo allí encerrada unos días, sin darle de comer, solo con agua. Cuando se marchaba y la dejaba sola, dos viejas esclavas, a riesgo de ser descubiertas, le llevaban alguna comida, pero era tanto su miedo que no se atrevieron a avisarnos.
»Pasados tres días, la soltó. Con la ayuda de una de las viejas, volvió a la hacienda. Mi madre enseguida intuyó lo ocurrido. Le preguntó sin acuciarla, pero ella se negó a decir lo que le había pasado. Solo era una niña con once años, que había pasado unos momentos muy traumáticos y estaba muy asustada.
»Ni Yelena, ni yo, adivinamos lo acontecido y creíamos que había estado perdida, o la había agredido otro esclavo. Mi madre dio órdenes para que la lavasen, la llevasen a un cuarto y allí la dejasen descansar. Apenas podía caminar.
»Por la tarde, mi madre nos llamó y nos contó con bastante detalle la salvajada que nuestro padre le había hecho y lo más importante de todo: nos advirtió que se había dado cuenta de las miradas lascivas que él nos lanzaba. Debíamos estar alerta, no quedarnos nunca una sola con él y gritar y defendernos en caso de que intentara propasarse. Nos advirtió de forma muy seria, con honda preocupación que su forma de observarnos no se ajustaba al modo que un buen padre lo hace con sus hijas.
»Por la noche, las puertas de nuestro dormitorio siempre las debíamos quedar atrancadas y no teníamos que quedarnos solas en la casa si él andaba cerca.
—No sigas con eso que rememorarlo te debe estar haciendo sufrir mucho.
Yara se levantó y le dijo algo breve al oído a Renata. Ambas salieron del comedor y al poco volvió Renata sola.
—Se ha acostado, le duele mucho la cabeza. Para ella es algo terrible recordar lo que le sucedió en aquellos días.
—Me cuesta mucho creer que todo eso fue real.
—Lo fue. Necesitaba contártelo. Antes no tuve valor para hacerlo, hoy no sé por qué, me ha salido solo. Espero que después de esta conversación, tengas muy clara la catadura moral de mi padre.
—No había necesidad de hacerlo en presencia de Yara, ha pasado un mal momento.
—Hace ya tiempo que ella me pidió que te contase toda la verdad. Quería que supieras la razón por la que no quiso quedarse para atender a mi padre.
—No era necesaria por su parte ninguna justificación. Desde el principio he visto que a Yara le tienes mucho afecto y con eso era suficiente para traerla contigo.
—Gracias. Aún queda algo más, voy a seguir. De aquella violación, Yara quedó embarazada.
—¿Con once años?
—Sí. Por experiencia sabíamos que cuando mi padre dejaba embarazada a una esclava, inmediatamente la vendía. Lo había hecho muchas veces. Odiaba a los mulatos. En la hacienda solo quería negros, no quería a ningún mulato.
—¿Por qué?
—No lo sé. Nunca dio alguna razón que justificase esa fobia a los mulatos.
—Y al estar Yara embarazada, suponíais que la vendería si se daba cuenta, ¿no?
—Exacto. Mi madre había pedido a las otras esclavas que le avisasen cuando él andaba cerca y la hacíamos esconderse para que no la viera. Desde aquel día nunca la dejamos sola en la casa. Afortunadamente antes del tercer mes, Yara abortó de forma natural. Era muy menudita, una niña muy delgada; el embarazo tenía pocas probabilidades de seguir adelante.
Don Joao se levantó de la mesa, se acercó hasta su mujer y le dio un beso. Ella le cogió las manos y lo retuvo a su lado. Aún le quedaba algo más que contar para terminar con aquel asunto. O lo decía ahora o tal vez no tuviera valor para reiniciar el tema en otra ocasión.
—Queda algo aún que quiero que sepas.
—Te escucho —dijo sentándose de nuevo a su lado.
—Habían pasado aproximadamente dos años de la violación de Yara. Acabábamos de comer. En el comedor, nos habíamos quedado solas: Mamá, Yelena y yo. El servicio se había retirado. Mi hermana tenía diecisiete años y yo dieciséis. De pronto nuestra madre dejó de hablar de un vestido que pensaba hacerse, y sobre el que nos había estado dando explicaciones. Fue como si un fogonazo la hubiera deslumbrado, se quedó mirándonos muy seria, bloqueada y callada, con la mirada fija. Me hizo un gesto para que cerrase la puerta del salón. Enseguida empezó a dar suspiros y a gimotear. No sabíamos a qué se debía aquello. Los suspiros fueron a más hasta que le llegó un fuerte llanto. Nos acercamos a ella y tratamos de consolarla, intentando saber qué era lo que le pasaba. Poco a poco se fue serenando, pero su cara seguía desfigurada por el dolor. Lo que la atormentaba y la hacía sufrir tenía que ser muy grave. Fue Yelena la que le preguntó:
—Mamá, ¿qué te ocurre? ¿Por qué lloras? ¿Estás enferma?
Con muchos esfuerzos, pudo calmarse.
—Mamá, cuéntanos qué te sucede —le dije yo abrazada a su cuello. Mi madre se restregó los ojos con un pañuelo y con mucha dificultad comenzó a contarnos lo que le había sucedido un año y medio antes, y que la atormentaba profundamente.
—¿Recordáis que hace año y medio estuve muy enferma? —dijo ella.
—Sí, claro —le respondí yo.
—¿Sabéis lo que me sucedió?
—Sabemos que estuviste mal, con hemorragias —dijo Yelena.
—¡Exacto! Eso fue el resultado, pero no la causa… Hoy quiero contaros la verdad de lo que me pasó. Gracias a nuestra vecina Beatriz, que se portó maravillosamente e hizo venir urgentemente al médico desde Paracambino, estoy aquí; de no ser por ella, cualquiera sabe lo que me podría haber sucedido.
—Mamá, ¿fue tan grave? —dijo Yelena.
—Lo fue, hijas. Creo que ya tenéis edad suficiente para conocer lo que motivó aquella grave hemorragia.
»Una tarde, dos meses después de la violación a Yara, vuestro padre llegó muy borracho, oliendo a cachaza. Se acercó a mí con ganas de intimidad; le conozco muy bien y sé cómo funciona su lenguaje corporal. Le dije que se fuera, que me dejara tranquila, todavía tenía muy frescas las imágenes de la pobrecita Yara. Él siguió insistiendo, comenzando a sobarme. Ante mi negativa, se puso muy airado y grosero, me dio algunas voces, me dijo que estaba en su derecho, que yo tenía la obligación de satisfacerlo y muchas más barbaridades que no merecen la pena reproducir. No pude aguantarme y le eché en cara lo que había hecho con la pequeña Yara. Él ni se acordaba. «¡Bah! Era solo una jodida negra», dijo cuando yo acabé de hablar.
»Me resultó tan odiosa su respuesta, que le lancé a la cabeza una maceta que había sobre la mesa. Lo pillé desprevenido y el golpe le abrió una brecha en la ceja izquierda. Se pasó la mano por la herida y al verla manchada con su sangre, gritó: «Zorra, más que zorra, voy a mandarte al infierno».
»¡El muy cobarde! Estaba muerto de miedo. «Puta asesina. Te voy a mandar a que ardas en el infierno», gritaba y se lanzó sobre mí, me derribó, me pateó y con los golpes me abrió una brecha en la frente y otra en la nariz.
—Estábamos asustadas escuchando; las dos en silencio, sin saber qué hacer o qué decir. Mi madre se quedó un momento callada. Al poco reanudó su explicación:
—Recibí varias patadas, una en la cabeza me hizo perder el sentido. Probablemente, al verme en el suelo inconsciente y sangrando, creería que me había herido de gravedad y se fue. Quedé allí hasta que llegó Andrea. Ella fue la primera en percatarse de mi estado y pidió ayuda. Entre la cocinera, la sirvienta y ella me trasladaron al dormitorio y me curaron las brechas de la cabeza.
»Recuperé el sentido un poco después. Tenía muchísimos dolores en todo el cuerpo, sobre todo en el vientre. Sufría una hemorragia que ellas no conseguían cortar. Llamaron a la vecina, doña Beatriz vino rápido y utilizó sus conocimientos de enfermería, pero tampoco consiguió parar la hemorragia. Decidió mandar recado urgente al médico de Paracambino. El médico llegó esa misma noche y con sus cuidados sí se interrumpió la hemorragia. Cuatro días más tarde ya pude levantarme. Aunque estaba muy débil, podía andar y sostenerme.
»Días antes de que esto sucediera, yo sospechaba que estaba embarazada, solo había tenido una falta, y justo por los días de la agresión, se cumplía la segunda. Estaba convencida de que iba a tener otro hijo. Todavía no había dicho nada a nadie hasta tener certeza de mi estado. La paliza me ocasionó un aborto y las causas que lo originaron ya las habéis oído.
—Mi madre, después de detallar lo anteriormente indicado, estaba más serena, parecía que al haberlo contado se había tranquilizado.
—Es algo mucho peor de lo que imaginaba —dijo don Joao.
—Espera que no he acabado, hay más. Mis padres nunca tuvieron buenas relaciones entre ellos, o al menos no pudimos verlos en una actitud cariñosa. Mi madre, siempre estaba suavizando las situaciones, dándole la razón aunque no la llevase, o desapareciendo cuando lo encontraba alterado. En estos casos allí solíamos decir una frase que en portugués es ela lambeu as botas, creo que la traducción ni hace falta.
»Después de aquel día que nuestra madre nos contó lo que he dicho, cambió su actitud con nuestro padre. Dejó de huirle. Dejó de suavizar las situaciones. Le presentaba batalla y le quitaba la razón cuando no la tenía o no estaba de acuerdo. A él, que pusiera en duda su autoridad lo enervaba. Era el cacique, el reyezuelo, era la máxima jerarquía de la hacienda, al que nadie tenía derecho a replicar y menos dudar de sus órdenes por muy absurdas que fueran.
»En una ocasión estábamos cenando y no recuerdo quién empezó, pero surgió una discusión acerca de la temperatura de la sopa que acababan de servir. Fue motivo suficiente para que insultara a mi madre porque no había castigado con dureza a las cocineras. Ella no aceptó aquella ofensa y le respondió. Las voces de él asustaron a todos, los sirvientes se alejaron temerosos de recibir el castigo del amo. Mi madre no cedió y se levantó airada de la mesa y dándole la espalda se fue a su cuarto. Él, muy furioso, derribó la mesa y salió del comedor dando patadas a las sillas y los muebles. Era la primera vez que yo presenciaba una escena con tanto dramatismo en la que mi madre había mantenido su criterio y entereza sin ceder.
»Situaciones como esta se repitieron algunas veces más, creando un ambiente de desasosiego y máxima inquietud.
—Puedo imaginar cómo sería el ambiente en la familia ante un panorama así —dijo don Joao.
—Unos meses después del día en que mi madre nos explicase la agresión que había sufrido, Yelena por la mañana no la encontró levantada como era lo normal. Fue a buscarla a su dormitorio y la encontró en su cama desmayada. Gritó pidiendo ayuda y cuando la observamos con más detenimiento comprobamos que estaba muerta y tenía muestras de haber sido asfixiada con la almohada.
—¿Asesinada?
—Sí. Estoy segura de ello. La policía más cercana estaba en Paracambino. Enviamos un escrito detallando lo sucedido. Pasados cinco días, apareció un intendente de la policía para que le contásemos lo acontecido. Lo mismo que ya habíamos dicho en nuestro escrito, se lo repetimos. Entre mi hermana y yo le explicamos lo que habíamos visto y lo que creíamos que había pasado. Previamente, el intendente había hablado con mi padre, no sabíamos lo que trataron o la explicación que le dio él. Al final, el intendente se limitó a preguntar a algunas de las personas de servicio y redactar su informe final. Cuando nos lo dio a leer y firmar, quedamos atónitas. No recogía ninguna de nuestras sospechas y el fallecimiento de mi madre lo describía así: muerta por causas naturales.
—¿Qué sospechabais vosotras?
—Sospechábamos que nuestro padre la había matado por represalia al proceder de ella.
—¿Le contasteis eso al intendente?
—Sí, lo hicimos con mucha prudencia y sin nombrarlo a él directamente. Las dos pensábamos lo mismo. El policía nos dio a entender que había comprendido nuestras insinuaciones, pero allí solo había un dueño que ordenaba y mandaba a su antojo. ¿Sabes qué nombre tenía la hacienda?
—No.
—Fazenda da Minha Vontade, ese fue el nombre que le asignó mi padre cuando la empezó a construir, y efectivamente la única voluntad imperante, era la suya; era el amo y el juez único con poder absoluto. El Gobernador casi nunca intervenía en lo que hacían los dueños de las haciendas con toda su gente, con sus esclavos, sus servidores y el resto de personas y todo lo que sucediera allí, lo consideraba un problema interno que el amo debía solventar. Las distancias entre las haciendas y la sede del gobierno, eran muy grandes y el gobernador carecía de medios para actuar en todos los sitios en los que algo pasase, solo si el asunto era muy grave, ordenaba alguna investigación. Cuando estaba implicado algún blanco, enviaba un guardia para que en un informe le relatara lo que había sucedido. No hacía nada más. El Gobernador no quería enterarse de los detalles, así tenía menos problemas.
—¿No se investigó nada?
—Nada. Para nosotras la muerte de nuestra madre fue algo espantoso, y más aún por la forma violenta en que ocurrió. La echábamos muchísimo de menos. Teníamos miedo por lo que nos pudiera suceder. No teníamos pruebas ni certeza de quién la había matado, solo sospechas. Podía ser que no hubiera sido nuestro padre, sino que lo hubiera hecho un asesino y que siguiera suelto por la hacienda. Optamos por callarnos y aparentar normalidad, pero aumentamos las precauciones y también intentamos hacer algunas averiguaciones aunque no conseguimos nada. Nuestras pesquisas fueron en balde, nadie de la hacienda había visto nada o si lo vio, no quiso decírnoslo. Como ya dije, la policía no hizo ninguna investigación y el asunto quedó archivado sin resolver.
—Es terrible lo que cuentas, ¡espantoso! Tuvo que ser muy duro para vosotras seguir viviendo allí con tanta incertidumbre y miedo.
—No teníamos otra opción, éramos muy jóvenes y no sabíamos a dónde ir. Solo podíamos ocultar o disimular nuestras sospechas, sobre todo mientras fuéramos menores de edad y siguiéramos dependiendo de nuestro padre. Creo que él intuía lo que pensábamos. Cada vez nos manifestó más desprecio y repulsa, no escatimando ocasión de mostrarse huraño y grosero con nosotras, sobre todo con Yelena. Bebía mucha cachaza y, a veces, pasaba borracho los días enteros. La única solución que teníamos era seguir los consejos que Mamá nos dio en su día: estar siempre juntas y alerta.
»Cuatro años más tarde, hubo algunas revueltas de esclavos en otras haciendas que llegaron a matar a los dueños, mi padre había estado gravemente enfermo, tenía miedo y puso en venta Minha Vontade. Cuando nos enteramos que pretendía volver a Lisboa, tuvimos una enorme alegría. Era la mejor noticia que habíamos tenido en muchos años. Estábamos ansiosas por dejar Brasil y venir a la metrópoli. Esperábamos que aquí la vida fuera diferente, tendríamos más seguridad y estaríamos más protegidas. Al menos no podría seguir disponiendo de nosotras impunemente en momentos de furor como nos había mostrado varias veces en aquellos cuatro años. Al poco de poner en venta la hacienda, volvió a caer enfermó de fiebre amarilla. Estuvo muy mal, tuvo hemorragias y fiebre muy alta. Una noche creíamos que moriría; sufrió grandes vómitos provocados por hemorragias gástricas. Quedó muy débil e inconsciente durante dos días. Cuando se despertó estábamos a su lado Yelena y yo. Se nos quedó mirando y dijo que se encontraba muy mal. Nos pidió que le trajésemos a un fraile de Paracambino, quería confesarse. Él nunca fue religioso, pero se debió ver en tan mal estado que se asustó. Dos días más tarde llegó el fraile y estuvo toda la mañana con él; a raíz de aquel día, comenzó a recuperarse. Un día antes de ponerse grave, había estado negociando la venta de la hacienda con unos compradores, pero tuvo que suspender los contactos por su estado. Cuando comenzó su restablecimiento nos llamó una tarde y nos mostró su agradecimiento por el cuidado que le habíamos prestado, y en compensación nos dijo que estaba dispuesto a concedernos lo que le habíamos pedido tres meses antes y que nos había negado: no vendería a Yara con el resto de esclavos.
»Entonces yo le dije que no era suficiente, que lo que deseábamos era que le diese la libertad. Se quedó mirándome muy serio y me preguntó: «¿Tú quieres que se muera? ¿De qué va a vivir una negra libre?», «No se preocupe usted por eso, concédale la libertad que nosotras la ayudaremos a buscarse la vida», le respondí.
»No me contestó, pero dos días más tarde ordenó que se hicieran los papeles necesarios para darle la libertad. Durante unos meses estuvo amable y hasta llegamos a tener una cierta relación familiar con él.
—¿Mantuvo esa buena conducta después de recuperarse?
—Solo al principio. En unos meses vendió la hacienda y un poco después embarcábamos para Lisboa. Aquí arrendó una casa hasta que le construyeron la que mandó hacer. En la nueva, poco a poco retornó a sus viejas costumbres, se sintió de nuevo el amo y volvieron los gritos, los insultos y el trato vejatorio. Yelena le tenía pánico, Yara temblaba solo con oírle dar voces; yo, que aparento más fortaleza, me tiemblan las piernas cuando le escucho o le veo enfurecido. Mi resistencia es solo fachada. Me he tenido que refugiar a llorar en mi cuarto en muchas ocasiones para desahogarme. Me acuerdo de los últimos tiempos en los que mi madre le presentaba batalla y busco una fortaleza como la suya, pero no la tengo.
—La soledad que tiene ahora, se la ha ganado a pulso, ¿verdad? —dijo don Joao.
—Tiene cincuentainueve años, la fiebre amarilla le dejó secuelas muy importantes y es alcohólico. Del dinero que se trajo de Brasil, ha gastado muchísimo y le debe quedar ya poco. Poco dinero y poca salud. Ese es su estado actual.
—¿Tiene amigos?
—Ninguno, nadie va a verlo. Yo pienso que tiene muchos remordimientos de lo que hizo en la hacienda y quisiera olvidar, por eso se refugia en la bebida —dijo Renata con serenidad después de soltar todo lo que tenía guardado tantos años.
Capítulo 2
Portugal, año 1791: Mientras la reina doña María I enfermaba de melancolía y perdía la cabeza…
La orfebrería de don Joao funcionaba cada vez mejor, la clientela aumentaba sin cesar y sus mejores clientes eran los indianos, gente con grandes recursos de oro y plata. El gremio de plateros recomendaba aplicar una pérdida de hasta el 0,6% al material que suministraban los propios clientes en los encargos que precisaran fundido de materiales para compensar las mermas causadas por la fundición. Don Joao con su experiencia en el manejo del horno, reducía las mermas considerablemente, en muchos casos por debajo del 0,3%. El material que le sobraba con estas buenas practicas acrecentaba sus beneficios y con el tiempo llegó a tener una cantidad importante en reservas de oro, plata y hasta alguna gema.
En su taller trabajaban dos empleados que eran primos, Geraldo y Glaucio, muy habilidosos y personas de fiar. Don Joao se había deshecho del primer aprendiz por camándula y haragán. También había despedido a un tercer oficial, porque con su pachorra retrasaba los encargos y, además, no cumplía las exigencias en la calidad del trabajo. Cuando don Joao revisaba sus obras y descubría el más mínimo arañazo, deformación o asimetría en un objeto, obligaba al empleado a rehacerlo, cosa que aquel mangante no estaba dispuesto a aceptar y prefirió marcharse.
Para guardar sus reservas de material y los objetos más valiosos, mandó hacer un escondite en el suelo, un pequeño hoyo que cubría con unas tablas y una alfombra. Era un escondrijo provisional que lo único que aportaba era la dificultad de localización; a medida que la cantidad guardada fue aumentando, su preocupación también se acrecentó.
«Si algún día llegasen a entrar ladrones en el taller, será muy fácil que me desvalijen», pensaba con frecuencia. Esta preocupación le quitaba el sueño, con ella se dormía y con ella se despertaba. Pensaba que tendría que buscar un escondrijo mejor. La inquietud era tanta que soñaba que le robaban. Una noche fue diferente. Se despertó con una idea para asegurar los materiales que almacenaba en su tienda. Se levantó rápidamente antes de que se le desvaneciera el sueño e hizo las anotaciones precisas para no olvidar los detalles. Al día siguiente releyendo lo anotado, hizo algunas correcciones que la mejoraban y se propuso llevarla a efecto lo antes posible.
Buscó entre amigos y allegados un albañil que, además de buen profesional, fuera prudente y discreto. De los dos candidatos que entrevistó, ninguno le ofreció la confianza suficiente para asignarle la realización de la obra que se tendría que efectuar en las condiciones que él quería. Ante las dificultades encontradas, el proyecto se demoró más de lo esperado y con ello persistió bastante tiempo su inquietud en ser robado.
Una mañana, don Joao estaba ordenando un grupo de pulseras sobre el mostrador; desde allí oía hablar a los primos en el taller. Geraldo trabajaba en su tabla, engarzando la perla a un anillo. A su izquierda, estaba sentado Glaucio engastando unos pendientes. Hablaban de Duarte, hermano de Geraldo que había perdido su trabajo de fundidor y había tenido que buscar trabajo en una cuadrilla de albañiles; recientemente se había independizado, esperando conseguir mejores resultados, pero lo estaba pasando mal, pues solo le salían obras pequeñas y chapuzas, en las que únicamente ganaba para malvivir.
Don Joao desde el mostrador, prestaba toda su atención a la conversación y se enteró de casi todo. Por la noche, en casa, después de cenar y ante una taza de café, meditaba lo que había escuchado, y empezó a considerar por lo que había oído a los primos, si aquel muchacho del que hablaban, podría ser la persona que llevaba tiempo buscando, suponiendo que tuviera unas cualidades parecidas a las que ya conocía en su hermano Geraldo.
—Renata, tal vez haya encontrado, por casualidad, a la persona que puede hacernos el almacén que tanto necesitamos.
—¿Quién es?
—No lo conozco aún.
—¿No lo conoces y piensas confiar en él?
—Es hermano de Geraldo y trabaja en la construcción. Si tuviera las cualidades de su hermano, no lo dudaría.
—Pero no lo conoces. El almacén que tú quieres solo puede realizarlo una persona de mucha confianza o no servirá para nada.
—Voy a usar otro sistema para conocerlo en vez de entrevistarlo como hice con los otros. Ahora está trabajando de albañil y estoy pensando pedirle que nos hiciera una pequeña reforma en el taller. Así podría sondearlo y saber qué clase de persona es. ¿Qué te parece? —dijo don Joao acabando su café.
—Puede ser una buena idea, pero en unos días averiguarás pocas cosas de él.
—Por intentarlo no pierdo nada.
Don Joao estimaba muy importante que para que su almacén resultase efectivo, debía ser muy reservado, tenía que pasar inadvertido a todos. Una vez terminado, tenía que quedar disimulado en la tienda para que los posibles ladrones no lo localizasen; daba más importancia a la ocultación que a dotarlo de mucha robustez y seguridad. Era importantísima la discreción del constructor, pues aunque le montasen una puerta muy recia, terminaría por ceder a las mazas de los ladrones, si lo encontraban. Lo mejor era que no se supiera que en aquella orfebrería había un almacén y en conseguir eso, tenía mucha parte el constructor.
Quería conocer a Duarte; para ello le dijo a Geraldo que precisaba hacer una obra en el taller.
—Te he oído decir que tu hermano trabaja en la construcción; puedes hablarle de que necesito reponer el suelo del taller y modificar la chimenea del horno. Si le interesa hacerlo que se pase por aquí para tratarlo, darle detalles y que me haga un presupuesto —dijo don Joao a Geraldo.
A la semana siguiente se presentó Duarte, pero don Joao no estaba. Volvió esa misma tarde; cuando se vieron, ya oscurecía. Duarte escuchó atentamente los detalles del trabajo a realizar. El encargo estaba claro y en cuanto a fechas, tenía tiempo para comenzar lo que le estaban pidiendo en el mes siguiente.
—Esta misma noche calcularé su valor y mañana pasaré para darle el justiprecio de la obra —le dijo al maestro orfebre.
A medida que lo fue conociendo, don Joao fue incrementando la buena impresión que le causó inicialmente; Duarte era una réplica de Geraldo. Era alto, moreno de unos treinta años, con los mismos rasgos, gestos y forma de hablar de su hermano. Después de analizar el importe del trabajo a realizar, que a don Joao le pareció muy razonable, le dio su aprobación y se quedó con él un rato hablando de su pasado. Duarte le dijo que había trabajado antes fundiendo metales y le gustaría volver a trabajar en una fundición de bronce.
—Tuve mala suerte, don Joao, ¡con lo contento que yo estaba en la fundición! Todas mis ilusiones se vinieron abajo.
—¿Qué sucedió?
—Debido a la mala situación económica del país, el gobierno no concede permisos de importación de mineral de cobre ni estaño. El poco mineral que existe en Portugal es de mala calidad y muy caro.
»En la fundición nos dedicábamos a hacer perfiles, piezas y planchas de bronce. Por la falta de materia prima, el dueño se vio obligado a cerrar».
—Es cierto que llevamos una época mala y los políticos no son capaces de enderezar el rumbo del país —dijo don Joao.
—Me llegó el despido y no me quedó más remedio que buscar trabajo en otra cosa. Llevo cuatro años con el pico y la pala. Los tres primeros en una cuadrilla ajena, y lo que va de este año por mi cuenta.
—¿Tanto hace que dejaste la fundición?
—Sí, señor, el trabajo en la fundición me gustaba mucho más que la albañilería. Aleaba el estaño y el cobre para conseguir el bronce sobre moldes de arena o de hierro según quisiéramos piezas con una determinada forma o lo colaba para lograr perfiles de bronce.
Duarte detallaba con pasión los pormenores de las actividades de un fundidor. Don Joao escuchaba atentamente las explicaciones que le daba sobre el manejo de los crisoles, uso de los polvos de carbón sobre los moldes de arena, encendido y manejo de sopletes de gas, retirada de escorias y la utilización del resto de herramientas en su trabajo.
No se atrevió a hablarle del motivo real por el que lo había llamado, aún era pronto. Prefería sondearlo un poco más. Mientras estuviera realizando la obra en el taller tendría ocasión para observarlo, hacerle preguntas e indagar en sus costumbres por si encontraba algo sospechoso que le impidiera ser la persona adecuada para acometer su proyecto.
Se cumplieron las dos semanas en las que Duarte estuvo trabajando en las reformas del taller; mientras, don Joao le había vigilado de forma eficaz y discreta. El joven parecía ser una persona sincera y cabal. Don Joao creyó que podía dar un paso más, le propondría ampliar y mejorar el pequeño escondite que usaban actualmente. Previamente retiró todos los objetos de más valor que allí guardaba y le pidió su opinión para transformar aquel agujero del suelo, en un pequeño depósito en el que esconder los objetos de alto valor que precisaba tener guardados.
—Aquí almaceno el material que usamos en el taller, a veces tengo bastante cantidad de plata hasta que la vamos gastando poco a poco. Este hoyo lo hicimos provisionalmente y ya lleva tres años de uso, ¿cómo se te ocurre que podríamos mejorarlo? —le preguntó don Joao.
—Se podría hacer el hueco un poco mayor, revestirlo y ponerle solería para que pudiera meter varios paquetes como esos que ha sacado. Yo le pondría una puerta en vez de esas tablas que ahora usa para dejarlo bien cerrado pero, ¿no le parece más adecuado, aprovechando que quiere arreglar el suelo, hacerlo un poco más allá, en aquel rincón, en vez de tenerlo en la mitad de la habitación? Podría poner ese arcón encima de la puerta y quedaría totalmente oculto.
—Buena idea, Duarte, lo vamos a hacer así, y aprovecharemos también para poner nuevo el resto del suelo de la tienda que está muy estropeado; hazme un cálculo de cuánto me va a costar —De esta forma don Joao se aseguraba otras dos o tres semanas más para seguir indagando las cualidades de aquel hombre.
—Le traeré el presupuesto mañana. Creo que el trabajo podría quedar acabado en dos semanas —dijo Duarte.
—De acuerdo.
La obra se estuvo realizando según lo acordado. Duarte llevaba diez días trabajando en la reposición del suelo y ya estaba próximo a terminar. Don Joao estaba convencido que aquel joven tenía buenas cualidades y decidió hablar con él. Le hizo señas y rapidamente, sin que tuviera que esperarlo, se acercó a la trastienda.
—Me dijiste que te gustaba mucho trabajar con el fundido de minerales —le dijo al tenerlo delante. Duarte estaba atento, con las dos manos ocupadas, una por un badilejo y la otra con una baldosa, pero prestando mucha atención a lo que le decía el maestro.
—Sí, señor, ya le conté que fue una lástima que cerrase la fundición, el dueño no tuvo más remedio, no le suministraban mineral. Nos mantuvo dos meses sin trabajar esperando por si le llegaba, pero al final no le quedó más remedio que cerrar. No hay ningún negocio que pueda pagar a sus empleados sin trabajar.
—¿Te gustaría volver a fundir metales?
—Sería un sueño, es lo que más quisiera, pero solo queda una fundición en Lisboa y tiene la plantilla completa.
—¿Cómo aprendiste el oficio?
—Tuve un buen maestro durante dos años, después adquirí destreza con la práctica. Trabajé durante tres años más.
—Oye, tengo una oferta que hacerte.
—Dígame, ¿de qué se trata?
—Seguro que ya has visto los pequeños crisoles que hay en el cuarto de fundición, ¿te gustaría trabajar con ellos?
—Sí, señor. Claro que sí.
—Bien, como has podido ver, tenemos una pequeñita fundición, no es un alto horno para hacer grandes piezas o largos perfiles de bronce. Aquí lo que fundimos principalmente es plata; el oro en contadas ocasiones y en pequeñas cantidades. Unas veces hacemos lingotes. Otras fundimos los lingotes o piezas recuperadas, recortes o limaduras. Se aprovecha todo, es material muy caro y no podemos perder nada. También laminamos el oro para hacer planchas cada vez más finas en la laminadora. Así se consigue el pan de oro de milésimas de grosor. Se hace en esa máquina que tienes ahí detrás. Otras veces tenemos que alambrar de diferentes diámetros. El alambre se usa después en el moldeado de cadenas y anillos o si es alambre de baja ley, se utiliza en las soldaduras. Todo esto se hace aquí en esta sala, en este taller.
Duarte escuchaba con atención y seguía las explicaciones del maestro muy atentamente, intuyendo cuál podría ser la oferta que iba a recibir.
—No te doy detalles más precisos porque ahora te servirían de poco, solo te he enunciado las labores más importantes. Sé que no conoces la profesión.
—Tengo un puesto libre para uno que haga todos esos trabajos. Te lo puedes pensar unos días y si te interesara estar con nosotros, serás bienvenido. Te ofrezco trabajar a mérito por tres meses con un salario de 120 reales. Si nos va bien a los dos, podrás quedarte. ¿Quieres pensarlo?
—Don Joao, lo que menos me esperaba es que usted me ofreciera algo así, no conozco nada de orfebrería aunque sí sé de fundiciones. No tengo que pensar nada. Solo necesito diez días para terminar un tejado que tengo comprometido. En cuanto lo acabe estoy a su disposición. Cuando usted quiera puedo venir.
—Te espero aquí a primeros del próximo mes. En lo que resta de abril, puedes terminar esas obras que tienes apalabradas. El primer lunes de mayo cuento contigo.
—¿Me enseñará usted?
—Aquí te enseñaremos una nueva profesión, espero no equivocarme en la elección —dijo don Joao
Así comenzó Duarte su trabajo en la Platería JOSILFE. Don Joao no se equivocó, le gustaba la sinceridad, el buen hacer y el interés que Duarte mostraba en aprender y realizarlo todo bien. Enseguida le puso a usar los crisoles y el horno para fundir restos de plata, sin mucha demora aprendió a calar, repujar, laminar, alambrar y también operaciones más delicadas como: dorar, abrillantar y pulir.
Don Joao fue confiando en él cada vez más, asignándole funciones más comprometidas hasta estar completamente seguro de que al igual que su hermano y su primo, era persona cabal en la que se podía confiar.
Una mañana en la que estaba limpiando los crisoles, le llamó y le dijo:
—Duarte, ven un momento, quiero hablar contigo.
—Dígame.
—Ya sabes que en ese hueco que hiciste en el suelo del taller, se esconden materiales y objetos valiosos, ¿qué seguridad le darías a ese lugar?
—¿Qué quiere que le diga? Nada hay completamente seguro, la puerta más sólida siempre se puede abrir. Es cuestión de maceta y tiempo —dijo riéndose ya que no sabía la razón por la que su jefe le hacía aquella pregunta. Iba a cumplir un año trabajando para él y le guardaba mucho respeto.
—Coincidimos en la valoración. Quiero hacer un recinto nuevo, en el subsuelo de la trastienda. Aunque sea volver a la construcción que te gusta poco, ¿estarías dispuesto a hacerlo tú solo?
—Señor, no sé qué es lo que usted desea construir, pero cuente conmigo porque si entra en mis conocimientos y capacidad, me dedicaré a ello.
—Muy bien. Lo que deseo es hacer un recinto subterráneo camuflado más grande que ese hueco. Por ello, el que lo haga tiene que guardar absoluto secreto de la forma de llegar a él. No tengo que explicarte que la discreción es fundamental. Después de haberte visto trabajar estos meses, creo que puedo confiar en ti. Te voy a explicar mis ideas y si se te ocurre alguna mejora, me lo dices.
—Sí, señor.
—Bajo el suelo de la trastienda quiero hacer un almacén, bien protegido y con un acceso camuflado desde el taller, lo más oculto posible.
—¿Muy grande?
—He pensado en unos seis o siete pasos de largo por cuatro de ancho.
—¿Casi como la trastienda?
—Algo menos. La trastienda tiene doce pasos por siete. Debe tener la altura suficiente para estar de pie dentro de él. Con capacidad para montar estanterías y un cofre de seguridad para las joyas de alto valor, también dos armarios para las materias primas. Las paredes las quiero muy resistentes y aislantes, quizás de piedra con argamasa. Tendrá una escalera de acceso desde el taller, y en ella dos puertas, una exterior que estará disimulada, y otra más adentro, a mitad del pasaje, muy sólida.
—Es una obra grande, llevará tiempo y saldrá mucha tierra de un agujero de ese tamaño. Los vecinos van a notar que algo importante se está haciendo.
—Es una de las cosas que me preocupa, pues no quisiera que nadie sospechara que estamos construyendo un sótano.
—Por eso lo decía. Si usted no quiere que se sepa, hay que buscar la forma de escamotear la tierra y disimular la obra. Se me ocurre una cosa.
—¿Qué?
—Si coincidiera esa obra con otra que hagamos a la vista de todos, se evitarían sospechas.
—Buena idea, ¿qué podríamos hacer?
—Pues no sé… ¿Tiene usted pensado hacer alguna reforma o ampliación en la casa?
—No, esta casa tiene pocos años, se levantó después del terremoto de 1765. No precisamos ampliarla.
—Tendríamos que hacer algo importante, algo grande que genere también muchos escombros para mezclarlos con los que saquemos del sótano.
—No sé qué podemos modificar para conseguir lo que dices. De la casa primitiva no queda casi nada, solo las dos tapias del corral.
—¡Justo eso! Don Joao, las tapias es lo que necesitamos, tendrán mucha tierra y piedras.
—¿Tú crees que serán suficientes? —y Duarte salió rápidamente para echar un vistazo a las tapias del corral.
—Creo que sí será suficiente, son bastante gruesas y tendrán mucha tierra. Podemos derribarlas poco a poco y levantar otras nuevas con ladrillos.
—¿Harías ambas obras a la vez?
—Sí, señor. Las tiramos lentamente y a la vez cavamos el agujero del sótano.
—Ya te entiendo.
—No sé qué tipo de suelo vamos a encontrar, si diéramos con piedra sería muy complicado, ojalá fuera suelo blando y en pocos días estaría el boquete dispuesto. La tierra que salga del sótano, la revolveremos con los escombros de las paredes. Poco a poco, carro a carro, nos vamos deshaciendo de ella. A nadie le llamará la atención que se lleven escombros porque estará viendo caer esos muros viejos.
—Me parece perfecto, ve preparando lo necesario, quiero ese hoyo listo lo antes posible.
Las tapias del corral daban a un callejón de poco tránsito, Duarte comenzó a derribar el primer muro, tenía cuatro palmos de grueso por casi dos toesas de alto, construido con algunas piedras y el resto de tierra. Distribuía su tiempo picando unas veces en el muro y otras en el sótano. La tierra de ambas obras la iba dejando en un solo montón en el centro del corral. Cada dos días un carrero amigo suyo, entraba por el callejón, acercaba su carro hasta el corral y se lo llevaba completo de escombros. Solo las piedras que consideró que podrían servirle, las fue amontonando a un lado.
Nadie preguntó por qué caían aquellas paredes envejecidas por sus muchos años; era muy evidente que estaban muy desgastadas y las iban a renovar, tampoco nadie sospechó que era la tapadera de otra obra.
Resultó que en el subsuelo de la trastienda, la primera capa de casi un metro de hondura, era de tierra arcillosa fácil de extraer. Carretillas llenas salían al corral porteadas por Duarte, capas de escombros de la pared se mezclaban con ella. Acabado el estrato de arcilla, apareció arena. Duarte la fue amontonando aparte en un rincón, para usarla más tarde en la argamasa. Finalmente aparecieron en el subsuelo piedras calizas, la mayoría estaban fragmentadas pero había algunas de gran tamaño. Con la ayuda de una palanca con punta de pata de cabra, las fue quebrando y desprendiendo; no quería dar golpes de maza o pico en un lugar diferente a los muros que podrían poner en guardia a los vecinos.
El hoyo superó la profundidad de dos metros, pero no era suficiente; se necesitaba llegar a dos metros y medio para conseguir que quedase una altura de dos metros después de ser techado y embaldosado. Aquella tarde estaba levantando piedras en la zona derecha, al mover una losa muy grande, comenzó a humedecerse el hueco. Dejó la losa sin levantarla completamente, era ya tarde, prefirió no continuar ahondando hasta ver la importancia de la humedad al día siguiente. Por la mañana, cuando llegó todo el suelo estaba encharcado. Llamó a don Joao y ambos bajaron al fondo del hoyo.
—¿Ve usted? Es una contrariedad importante, hemos debido llegar a un venero. Si seguimos cavando más para alcanzar la profundidad de dos y medio, puede salir bastante agua, e inundarnos el hoyo.
—¿Tú crees que seguirá saliendo más?
—Con certeza no lo sé. De momento estamos corriendo un riesgo. Este charco se ha formado durante la noche, es poca cosa. Tenemos ahondado un poco más de dos metros. Debemos estar quitando piedras que forman una capa impermeable que retiene alguna bolsa de agua.
—¿Esas piedras retenían el agua?
—Forman capas de impermeabilización. Al quitar o partir una piedra, podemos romper la estanqueidad de la capa; si lo hacemos, será muy difícil volver a taponarla. Ahora el agua que mana es poca, debe salir por alguna grieta. Podemos cerrarla e impedir que salga más, pero quizás suba la humedad por la pared. Si sale mucha más cantidad, no puedo asegurar que el sellado diera resultado. El agua termina encontrando un camino, tiene mucha fuerza.
—Tampoco podemos consultar con alguien más experto. Nos preguntaría qué estamos haciendo aquí.
—Exacto, si usted quiere puedo continuar profundizando, levantando más piedras. Nos falta un palmo para alcanzar la hondura que usted quería. Nos arriesgamos a que comience a salir agua con tanta fuerza que ponga en peligro todo. Tal vez no aparezca nada más y solo sea un poco de humedad, pero eso no podemos saberlo.
—Y ¿si taponas esa salida, y seguimos haciendo más hoyo por los otros lados?
—El agua es muy lista señor. Si hay alguna bolsa de agua a esta profundidad, puede manar por un venero chico, o desaguar intensamente al levantar alguna piedra. Eso no lo sé. En cuanto toquemos en mal sitio, reventará.
»Esta calle no está lejos del mar. He visto las filtraciones que tienen en esa casa que están levantando en la otra esquina de esta misma calle. Todos los días por la mañana cuando vengo, la zanja de los cimientos la tienen con más de tres palmos de agua. Este subsuelo está atravesado de manantiales. Me da miedo seguir ahondando.
—Me aconsejas no hacer más profundo el hoyo, ¿verdad?
—Sí, señor. Hace dos años, estuvimos arreglando el sótano de una casa en la avenida de Roma. Debía estar más o menos a la misma hondura que esta. Le teníamos que poner el suelo nuevo. El dueño quería que se pudiera andar de pie sin darse con la cabeza en el techo. Eso suponía rebajar el suelo dos palmos por algunas zonas. Empezamos a cavar en la parte más alejada de la entrada. Todo fue bien hasta el quinto día, cuando dimos con una piedra grande junto a la escalera. Para quitarla y enrasar el suelo, no había más solución que partir aquella piedra. Era una roca muy grande, de dos pasos de larga por siete u ocho palmos de ancha. Con una estaca de acero y una maza, la partimos. De inmediato empezó a salir agua. Era un chorro cada vez más potente a través de las grietas de la piedra. La fuerza del agua fue apartando los pedazos pequeños y formó un caño entre las rendijas de unos tres dedos de diámetro. Intentamos taparlo con otras piedras, pero no era posible. En poco tiempo había casi media vara de agua en la cueva y seguía saliendo.
—Si aquí sucediera eso, tendríamos que abandonar la obra —dijo el maestro.
—Pues sí. En el caso que le contaba, se nos ocurrió llenar tres sacos con arena y ponerlos encima. Así contuvimos la salida, aunque no fuimos capaces de cortarla totalmente. Vino el dueño de la casa y vio que el riesgo de que la cueva quedase inutilizable por el agua era muy alto. Llamó a un maestro de obras que sabía mucho de agua del subsuelo.
—¿Y qué pasó?
—Nos dijo que lo único que podíamos hacer era volver a poner otra piedra de gran tamaño encima, con suficiente peso para que el agua no pudiera levantarla, y a su alrededor poner más piedras con argamasa para impedir que rezumara por los bordes.
»Así lo hicimos. Trajimos una piedra de los canteros, bien tallada, de las utilizadas en las aceras, son cuadradas de un paso y medio de lado, por tres palmos de grueso. Mover aquel pedrusco hasta dejarlo en la posición requerida, fue muy complicado. La colocamos encima del lugar por el que salía el agua. El chorro grande se cortó, pero salía por las rendijas entre la piedra y el suelo. Colocamos alrededor piedras más pequeñas con argamasa y fuimos cerrando el cerco hasta que se cortó la salida. Después sacamos cubos y cubos, pues en la cueva el nivel nos había llegado a las rodillas; nos pasamos toda la tarde y la noche evacuando agua, hasta que dejamos el suelo casi seco.
»
