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Diferentes historias se fragmentan a lo largo y ancho de estas líneas, persiguiendo la ambiciosa tarea de desnudar algunas de las tantas efervescencias de nuestra conciencia. El autor reúne aquí una colección de relatos que van desde microcuentos hasta composiciones de unas pocas páginas. Mediante estos, aborda acontecimientos de la vida cotidiana; dándole, algunas veces, un tinte de fatalidad y, en otras, evocando a la mismísima luz de la esperanza. Mientras algunas líneas intentan ser un fiel reflejo de la realidad, las demás simplemente se apartan pisando sobre el terreno de la fantasía. En ocasiones la prosa se desvía de su trasfondo narrativo, reflexionando sobre su mensaje de manera independiente y olvidando momentáneamente los acontecimientos. Pero luego los retoma para darles forma y exhibirlos desde alguna perspectiva nueva. Esta obra pretende emular los efectos de ese álbum fotográfico que está en el cajón de la cómoda. Ese que, al abrirlo, ofrece una colección de imágenes que nos permite reinventarnos y redescubrirnos mediante la magia de su inmortalidad. El autor se ha propuesto, en cierta forma, demostrar que todo depende del cristal con que se mire. Los recuerdos y las vivencias siempre son diferentes, en función de quien sea el observador que escudriña esas imágenes.
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Seitenzahl: 82
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Roskopf, Javier Matías
Bendiciones caducadas : sueños postergados / Javier Matías Roskopf. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
96 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-753-6
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos Románticos. 3. Reflexiones. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Roskopf, Javier Matías
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A la memoria de mi padre:
antecedente de mi propia realidad.
En agradecimiento a mi hijo,
retoño de salvación:
presente y futuro de mi propio ser
Prólogo
Lejos de ser para mí una experiencia placentera, la inspiración siempre ha significado una especie de tortura, juega con mi ansiedad y me seduce con palabras que luego guarda bajo siete llaves. En ciertos momentos siento que late dentro de mí, a punto de estallar, esa voz que solo yo comprendo y comienza a mostrarme los primeros perfiles de aquella escultura de palabras; emergiendo desde los oscuros mares de mi conciencia, unas veces ángel, otras demonio, nunca puedo anticipar qué es lo que surgirá.
Empiezo a sufrir sus primeros síntomas, como una fiebre invadiendo mi frente, como un temblor que se apodera de mí sumergiéndome en la completa euforia, el tiempo se paraliza o se acelera con frenesí, mi visión se turba frente a un laberinto de palabras o adquiere la sagacidad de una gran revelación. Con pequeños golpes, comienzo a tallar la roca del lenguaje y a menudo me desaliento por los pobres resultados, pues examino en mi papel unas cuantas frases, muchas veces inconexas, que no me logran satisfacer… ¡tal vez el universo que vivo dentro de mí es demasiado extenso!, ¡tal vez el idioma al que me someto es más limitado de lo que imaginé!
Hace siglos que no escribo,hace tiempo que no sano esta llaga,demasiadas vidas han pasadoy mis lágrimas siguen ocultas;en el desconsolador silencio de mi inspiración,millones de horas han giradosin raspar la sangre seca de esta herida.
¡Necesito ese ardor en mi alma!Como alcohol sobre la carne expuesta,¡fuego santo y purificador!
Debo confesar que desde siempre he sufrido ciertas limitaciones para expresar los sentimientos que me atraviesan, hablar me exige mucho más esfuerzo del que me debería costar y, a su vez, tengo menos fluidez para escribir de la que quisiera. A veces creo, y he llegado a concluir esto con cierta certeza, que este debe ser el síntoma de una fobia que se esconde en lo profundo de mi subconsciente: el temor a ser malinterpretado. Desde mi opinión, una mala interpretación es, en esencia, una gran injusticia, más atroz que una feroz golpiza, retorcer el significado de las palabras dichas por otra persona atenta en forma directa contra su identidad y su autoestima.
Esta vez quise comenzar con un arrebato de pura honestidad, abriéndome el pecho con las manos y mostrando lo que significa para mí el proceso de creación. Mi intención desde el principio ha sido exactamente la misma que me impulsa cuando trabajo en cualquiera de mis escritos, más allá del esfuerzo que significa para mi alma el proceso en sí, el simple hecho de poder describir parte de las tumultuosas corrientes que me traspasan se ha convertido a lo largo de los años para mí en algo sanador, una terapia que me ayuda a buscar el equilibrio (dije “buscar”, no “encontrar”).
Todos necesitamos válvulas de escape que nos ayuden a liberar nuestra presión interna, es la mejor forma de mantenernos sanos y a salvo, yo estoy maniobrando la mía en este preciso momento. Por eso y con riesgo de que parezca un acto egoísta, antes que para el lector, este prólogo y cada una de las composiciones incluidas en este libro ha sido para mí mismo: escribiendo algunas de ellas me he divertido mucho, con otras he sufrido profundamente porque, en realidad, estaba revolviendo una vieja llaga, unas cuantas fueron escritas hace muchos años por mis “anteriores personalidades”, pero las hay también más actuales y acordes a mi ser contemporáneo, unas fueron concebidas para portar un mensaje de vida o muerte, mientras que otras pueden parecer frívolas y desarraigadas de nuestra vida diaria… pero todas me han ayudado a aceitar las oxidadas bisagras de mi alma y ahora están aquí, conformando una unidad indivisible, aunque heterogénea. Cuando las veo, puedo distinguir todo un camino y una compleja realidad que me pertenece, pero cada quien estará en la libertad de hacer propios estos mensajes en la forma en que mejor se adapten para sí mismo.
En algún extremo de mi existenciatal vez llegue a comprender los enigmas que me desvelan,alcance a resolver las incógnitas que me atormentany escriba un verso perfectoque contenga toda la verdad...Tal vez, solo tal vez,ese sea el único recoveco de mi derroterodonde conozca la plenitud.Tal vez,simplemente siga amarrado a este ecúleodurante el resto de mis días.
El interior de la pulcritud
Buscando un nuevo lugar para meditar, llegué al campanario de la iglesia; el cura, pariente de mi esposa, me acompañó hasta el pie de las escaleras y, luego de obligarme a prometer que tendría precaución, me permitió subirlas sin ningún tipo de compañía, a excepción de un espíritu, que no recuerdo el nombre, y toda una comitiva de guardianes que, para evitarse nombrarlos uno por uno, los enjauló en una sola definición: “Todos Los Santos”.
Entiendo que lo permisivo de aquel sacerdote encierra mucha estupidez o, tal vez, extrema confianza en todos esos guardianes que envió para resguardarme… pero, si por algún motivo me terminara precipitando desde lo alto de aquella torre, si perdiera el pie en esas empinadas escaleras, ¿acaso alguien de entre toda esa comitiva lograría sostenerme?; pues yo creo que si así fuera, en vano habría sido obligarme a prometer que evitaría la necesidad de auxilio.
El caso es que subí tal vez unos quince metros y, desde lo alto, una pequeña abertura hacia la calle me permitió absorber una bocanada de aire fresco. Afuera lloviznaba copiosamente y la humedad se filtraba hacia el interior en forma de un fino rocío que mantenía casi todo el piso cubierto por una delgada capa de agua. Encontré un recodo en el cual sentarme y descansar. Sobre mi cabeza pendía, a unos pocos metros, la legendaria campana, esa que cada domingo de mi infancia he escuchado mientras amasaba los mocos antes de arrojarlos desde lo alto de mi cucheta. Aquel recuerdo me arrancó una carcajada que, si no hubiera estado a solas, habría sonado totalmente lunática.
El aroma mohoso hacía difícil respirar allí dentro y los ladrillos, desprovistos de revoque, ofrecían un espectáculo danzante de telas de araña y suciedad, recordé fugazmente el exterior de aquella iglesia y en mi mente visualicé un irónico contraste: aquella fachada armoniosa, pintada como nunca he visto ninguna iglesia, ¡encerraba solo suciedad y desnudez!
Desilusionado, busqué alrededor de mí y allá estaba, colgando de un gran gancho en la pared, la bajé con cuidado apoyando su extremo superior debajo de la ventana y buscando el ángulo necesario para que su pie no resbale sobre el piso húmedo. A medida que subía aquellos peldaños, un leve hormigueo recorría mis caderas; no me atreví a mirar hacia atrás y, además, no descubriría nada nuevo: el pie de la escalera estaba apoyado a unos treinta centímetros del vacío que tenía, como única protección, una flácida baranda de unos ochenta centímetros de altura. Completé mi ascenso con la mirada fija en aquel cielo lúgubre y solemne, hasta llegar a una abertura rectangular que se encontraba inserta a través del ancho muro. Sentado finalmente en su borde, pude obtener una visión mucho más noble sin duda: justo al frente se divisaban las copas de los árboles de la plaza, más allá el edificio municipal y junto a él la casa de gobierno; me estiré un poco, asomando la cabeza hacia la derecha, y alcancé a divisar el techo de mi casa paterna, ahora propiedad de mis tíos y anfitriones durante aquel fin de semana.
Al fin pude encontrar la paz en el frío de aquella llovizna, el vértigo poco a poco desapareció y la vista de mi pueblo me acercó algo de sosiego. Sin embargo, mis reflexiones se vieron interrumpidas, aun antes de abrir sus alas, por los gritos de mi pariente político: de pie junto a la escalera de madera me pedía por favor que descienda, pensando que mi intención era saltar al vacío y poner a prueba la comitiva guardiana que se hallaba bajo su mando.
Aquí afuera
“Necesito escribir”, te dije mientras me apartaba de ti. Te enfadaste, claro, siempre creíste que es solo un pasatiempo; nunca te detuviste a ver que en ocasiones como esta se trata de un salvavidas, esta afición me ayuda a ordenar mis ideas, a pensar y expresarme con claridad, a llorar en silencio sin que cunda la desesperación. Este es mi escape y, al mismo tiempo, es una manera de meditar y enfrentar las cosas. Tengo el alma atormentada por algunos fantasmas que han cobrado vitalidad entre nosotros; siento vergüenza por mis malas actitudes, decepción por las tuyas y miedo de lo que nos pueda deparar el futuro.
“Necesito pensar”, te dije mientras dormías y yo me alejaba en silencio. Sentí un frío inmenso devorando mi piel y comencé a palpar nuestra distancia, como olas de un mar socavándome con la furia de los años, arrancando con cada golpe minutos de firmeza. ¡Un grito reprimido comenzó a envenenar mi voz!
