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Una familia poblana cambia su residencia al entonces DF para sentirse menos vulnerable durante la Revolución, pero esa guerra llega acompañada de una epidemia bautizada como gripe española, por lo que el padre decide contratar a un profesor que enseñe en casa para que sus hijos estudien, las hijas no, él está convencido de que la mujer que estudia no se casa. Los hijos crecen y sus vidas buscan sus propios rumbos. Después de la muerte del padre, la mamá regresa a Puebla, a la casa que le fue heredada por sus padres. A partir de ese hecho la vida familiar se da demediada. La hija mayor y la más chica se dan cuenta de que contrajeron matrimonio porque eso tocaba hacer, pero que una parte de ellas ansía vivir un romance apasionado, mientras la de en medio solo piensa en verse bonita y tener un marido rico que la pasee y la trate como a una reina.
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Seitenzahl: 342
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Heurística Informática, Procesos y Comunicación Objetiva
Bésame muchoPrimera edición: octubre 2024 ISBN: 978-607-8773-87-9 © Cristina Tinoco © Gilda Consuelo Salinas Quiñones (Trópico de Escorpio) Empresa 34 B-203, Col. San Juan CDMX, 03730 www.gildasalinasescritora.com Trópico de Escorpio
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Distribución: Trópico de Escorpio www.tropicodeescorpio.com Trópico de Escorpio
Diseño editorial: Karina Flores
HECHO EN MÉXICO
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A Poli; con todo mi corazón.
A Kikí, Poli, Fer y María; la razón de mi vida.
A María, Antonio, Paula y Pedro; mi esperanza, mi ilusión, mi ternura.
Recuerden que la vida es más llevadera si se toma con buen humor.
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José Enrique Márquez y Carmen Rivero descendientes de emigrantes españoles establecidos en Puebla desde siglos antes, que se consideraban fundadores de la capital del estado y sus riquezas, eran tan conservadores que parecían confundir las costumbres del lugar con las leyes de la naturaleza. Se casaron a principios del siglo veinte, en enero de 1900 para ser precisos, y a partir de entonces cada año celebraron el nacimiento de uno de sus cinco hijos. Puebla era una ciudad pequeña con un pasatiempo común: cada miembro vivía bajo la mirada de sus vecinos por lo que era indispensable «portarse bien» y no faltar a los mandamientos de la iglesia poblana, que podía considerarse entre las más estrictas de la provincia.
Vivían en una casa que Carmen había heredado de sus padres: grande y situada en el centro, lo que les permitía ir caminando a casi cualquier sitio; cuando la distancia era mayor o debían transitar al oscurecer, usaban el coche de caballos conducido por Remigio, el único cochero que habían tenido desde que Carmen era niña.
A inicios del siglo xx, en la ciudad de Puebla se disfrutaba de paz y bienestar; además era patente el progreso alcanzado tanto en comercio como en industria, debido a los ferrocarriles. En aquella época se podía encontrar todo tipo de negocios como tiendas de abarrotes, una fábrica de aguardiente y otra de gaseosas y un sinnúmero de boticas de todo tipo; además de tiendas de ropa, libros, calzado y sombreros, hasta pulquerías y cantinas; incontables iglesias y entre el repique de campanas que marcaban el ritmo de la vida cotidiana de la ciudad, no podía faltar La Primavera, casa especializada en artículos religiosos.
Por primera vez en su historia, la ciudad contaba con dos salas de cine: Pathé y el Salón París, que emocionaron a muchos con la proyección de imágenes en movimiento. Ese rostro amable de la dictadura porfiriana complacía a propios y extraños, ya que aun los opositores de don Porfirio se enriquecían con el comercio y saboreaban los beneficios.
En marzo de 1901 nació la primera hija del matrimonio Márquez Rivero, a la que habían pensado bautizar con el nombre de Carmen, pero tras el reciente fallecimiento de la tía Conchita, a la que Carmen adoraba, decidieron nombrarla Inmaculada Concepción para honrar a la tía y sobre todo a la virgen. Una niña preciosa, rubia y blanca como una muñeca de porcelana; de buena salud, pero de aspecto frágil y carácter apacible, tan etérea que casi no se sentía su presencia, las personas encargadas de cuidarla la llenaban de mimos y vivían bajo su hechizo.
Un año después, en mayo de 1902, llegó al mundo el primer hijo varón; el grito de Enrique, Quico desde el primer momento, fue tan estrepitoso que todo el pueblo se enteró de su arribo. Desde el embarazo, su madre había presentido lo que ese niño traería consigo y sabía lo que le esperaba; era opuesto a Conchita. El bebé creció con rapidez, comía mucho y a pesar de llorar con fuerza cuando sus exigencias no eran satisfechas con la prontitud que él deseaba; era adorable, gracioso y guapo, las niñeras morían por él.
Cuando en agosto de 1903 nació María del Consuelo, la madre quedó exhausta, normal ya que los tres chiquitos demandaban mucha atención, pero tras unos meses de reposo cayó de nuevo en brazos de su marido al que le era imposible resistirse y de nuevo quedó embarazada. En octubre de 1904 llegó José, un güerito más entre tanta gente que aprendió a vivir a su antojo, porque entre las demandas femeninas y las travesuras de Quico nadie advertía su presencia, sin duda era listo y aprovechó la situación para vivir a sus anchas. Con casi dos años de diferencia nació Luz, que vino a iluminar la vida de su padre con su belleza y a ser el dolor de cabeza de todos los demás por la fuerza de su carácter.
Enrique disfrutaba a sus hijos desde lejos. Sus ojos estaban puestos en Quico, quien sería su heredero y el encargado de llevar la empresa, por lo que pasaba algunos ratos con él para que aprendiera a ser hombrecito, porque con tantas mujeres en la casa solo Dios sabía lo que podía suceder y Quico debía ocuparse de hacer lo propio con José; sin embargo, cada vez que el papá hacía traer al niño a su despacho, Luz se colaba para sentarse en sus piernas; era tan chiquita que se acomodaba sobre sus rodillas y ahí permanecía, callada para que no se dieran cuenta y no la echaran fuera.
Cuando Conchita iba a cumplir diez años, sabía leer y escribir gracias a que la señorita Rincón, una viuda con educación y necesidad, fue contratada como costurera y estaba en la casa de tiempo completo para enseñar a las niñas a leer y escribir, hacer cuentas y a bordar. En esos tiempos no se consideraba necesario que las niñas aprendieran más que eso; por el contrario, la educación de los niños debía ser completa y Quico, con seis años cumplidos, empezó a ir al Colegio de San Pedro y San Pablo, frente a Catedral, donde el obispo había destinado una edificación al servicio de un grupo de hermanos lasallistas recién llegados a México; cuando terminó la primaria ningún colegio podía hacerse cargo de sus estudios; el país se encontraba en plena Revolución y los lasallistas salieron del país tras el fusilamiento de dos de ellos en Zacatecas, a manos de Francisco Villa.
Los Márquez, al igual que otros poblanos, se enriquecieron siglos atrás; cuando tras cultivar el algodón habían establecido la producción textil como forma tradicional de negocio, aunque en los últimos años decidieron invertir fuertes cantidades para modernizar esa industria con maquinaria importada de Inglaterra.
El 18 de noviembre de 1910 estalló la Revolución para derrocar al gobierno, pero en la ciudad de Puebla la vida siguió con normalidad. Las haciendas estaban apartadas de la ciudad y eran las que representaban riqueza, en 1913 fueron saqueadas por los zapatistas, que robaban el ganado y a las mujeres, por eso la mayoría de ellas tenía una guarida donde ocultar a todas las personas de sexo femenino: esposa e hijas, tanto de patrones como de peones o empleados.
∴
Era una mañana dominical de primavera un poco fresca, cuando Conchita acompañada de su madre y hermanas salían de Catedral después de la misa de nueve, iban en ayunas por la costumbre religiosa de aquellos tiempos, cuando para comulgar necesitaban abstenerse de tomar algún alimento desde la noche anterior, solo el agua estaba permitida. Y como hacían siempre tras la celebración, se dirigieron al negocio de las señoritas Benavides a desayunar torrijas, acompañadas de un rico chocolate caliente.
Los domingos eran considerados días de fiesta; las mujeres vestían sus mejores galas y caminaban por el centro de la ciudad donde pasaban revista a todo el que se cruzara por su camino, en realidad sus ojos no estaban quietos desde la entrada a Catedral, donde, con disimulo, observaban a quién, cómo y con quién iba llegando; aunque su sonrisa permaneciera a pesar de todo, mantenían el cotilleo hasta llegar a su casa porque no se vería bien criticar, ver con malos ojos y mucho menos burlarse de las demás personas, que por el simple hecho de ser poblanas ya eran respetables, al menos en público. La misa se oficiaba en latín y por supuesto que para ellas era una lengua desconocida, así que asistir era parte de la educación cristiana de una señorita de familia decente y todo contaba para su buena fama y futuro matrimonio.
Después de caminar por el centro, alguna visita a la botica y saludar a quienes encontraban a su paso, regresaron a su casa para ver que estuvieran listos la mesa y platillos de domingo, cuando el abuelo paterno comía con ellos y Carmen se esmeraba por servir los guisados que le gustaban. Apenas terminado el postre, el papá ordenó que fueran todos a la sala, por supuesto su esposa, hijos e incluso las niñas, quienes extrañadas se miraron entre sí, pues la costumbre era que los menores se retiraban y solo los padres y el abuelo charlaran. El papá, con voz ceremoniosa, les dijo que tenía algo importante que decirles, había decidido que la familia entera debía trasladarse a vivir a la ciudad de México; partirían en tres meses y no sabía por cuánto tiempo iban a permanecer allá. Aludió a que había estallado la Revolución y el pueblo se había levantado en armas para derrocar al gobierno de Porfirio Díaz; los campesinos vivían en la miseria y la riqueza se repartía siempre entre los mismos, a los indios les habían arrebatado las tierras para dárselas a los terratenientes; algunas fábricas estaban siendo abandonadas porque los trabajadores se fueron a la lucha, todo eso hacía que la situación financiera estuviera cambiando. Para tranquilizarlos les informó que La Purísima, la empresa de su propiedad, no había tenido problemas hasta ese momento, pero ignoraba cuánto tiempo iba a durar y por eso había tomado la decisión de cambiar su residencia; en México tendrían mayor seguridad y podrían relacionarse mejor.
—Antes de terminar, quiero informarles que tengo un tipo de asma y que esa será la respuesta que daremos a todo el que pregunte por qué nos vamos —en silencio y con caras de preocupación, los hijos se levantaron para dejar solos a los mayores.
Al llegar a su dormitorio, Luz rompió el silencio.
—No entendí nada, ¿ahora somos pobres y por eso nos vamos?
—¡Claro que no lo somos!, no digas tonterías.
Conchita, la más sensata, intentó poner orden:
—No discutan, creo que hay problemas en el país y por eso papá quiere llevarnos a México, que es una ciudad más grande y tal vez ahí no nos encuentren; lo que no sé es si está enfermo o solo quiere que digamos eso.
Conchi, como la llamaban sus hermanas, tenía ya diecisiete años y estaba en edad de encontrar al marido que tendría que llamar a su puerta, lo único que ella podía hacer era pasear bien arreglada por la ciudad acompañada de su madre o de alguna persona de respeto. De pronto apareció un día el príncipe azul que, a pesar de no tener ninguna de las dos cualidades, era un hombre honesto, de muy buena familia e inmensamente rico; imposible despreciar a semejante sujeto, la opinión de la joven casadera no contaba, sus padres habían aprobado al caballero y no debía hablarse más.
El futuro marido, de nombre Prudencio López, era descendiente de españoles e hijo único, un hombre inteligente y emprendedor, diez años mayor que ella y recién llegado de Estados Unidos, donde se había especializado en todo lo referente a la industria textil por lo que, entre otros, se encargó de suministrar la mejor y más moderna maquinaria y de esa forma contribuyó a convertir esa industria en uno de los pilares de la economía del país. Su físico no era agradable: bajo de estatura y de cuerpo cónico invertido, o sea hombros y abdomen robusto que se adelgazaba de forma significativa hacia sus pies, de cuello corto y cara triangular como la de una lechuza, con ojos claros muy vivaces y charla amena. Físicamente no volvía loca a ninguna, pero era reconocido por su aguda inteligencia y sentido del humor, eso lo convertía en una persona agradable con quien todos querían estar.
Cuando los señores Márquez decidieron mudarse a México, Conchita pensó que tal vez por esa causa Prudencio no la buscaría más, no existía ningún compromiso hasta entonces y ese contratiempo no la hacía infeliz más que por el disgusto que causaría a sus padres y hermanas; mientras la primera no se casara, las demás solo saldrían en caso de emergencia.
∴
La vida que había sido tan fácil para esta familia con aires de nobleza, empezó a mostrar dificultades apenas arribaron a la gran ciudad, por más que lo negaran eran unos provincianos que nunca habían salido de su terruño. Hasta las personas del servicio se burlaban de Remigio, el cochero, que a pesar de ser mayor no sabía cómo llegar al mercado; y ni qué decir de las señoritas que preguntaban dónde podían comprar telas y botones, ni siquiera conocían los trenes.
Instalados en una casa que pertenecía al abuelo, en Tacubaya, las niñas se quejaban de interminables tardes aburridas, extrañaban a sus amigas y los habituales paseos por el centro, ahora las distancias tan grandes y la pertinaz lluvia las mantenía recogidas en su casa buscando qué hacer. Intentaban pasar el tiempo bordando o entretenidas con alguna novela de amor. En cambio, Quico y José parecían muy contentos, al menor descuido de los mayores escapaban por calles y avenidas para descubrir un mundo nuevo mucho más divertido. La primera vez que Quico se fue solo nadie se dio cuenta, regresó a la hora de comer y no hizo comentario alguno, pero José buscaba a su hermano para jugar y al sospechar decidió espiarlo al día siguiente.
Cuando lo vio regresar se acercó para que nadie lo escuchara.
—¿Adónde fuiste?, te vi salir.
—A ningún lado, estaba en el jardín.
—No es verdad, quiero ir contigo mañana y si no me llevas le digo a mi mamá.
Los días siguientes empezaron sus aventuras más lejanas, echaban a andar y como se perdían con facilidad, decidieron caminar en círculo y así después de varias cuadras se encontraban de nuevo en alguna de las esquinas de su casa y eso no era interesante. Quico decidió investigar cómo hacían las personas que trabajaban en la casa para ir y venir por esos caminos. Después de respuestas como: ¡andando!, o ¡qué va si ni salimos, aquí nos tienen trabajando todo el día!, le preguntó a Remigio.
—No, pos no sé, niño, no sé llegar ni al mercado, por eso me llevo a Pancho pa’ que me diga.
La siguiente aventura tenía que valer la pena y el mayor sacó unas monedas de un cajón de la cocina, después del desayuno le dijo a José:
—¿Estás listo?
—¿Para qué?
—Para ver qué chivo te da un tope —salieron sin hacer ruido y caminaron hasta el bosque de Chapultepec… regresaron a la hora de la comida con cara de satisfacción. Aprendían tan rápido que esperaban la distracción de su mamá para robar unas monedas y atreverse a dar una vuelta en tranvía.
Los padres hacían lo posible para ponerse en contacto con amigos y familiares que vivían en la ciudad desde hacía años, la vida de todos se volvería más agradable cuando se relacionaran con gente como ellos.
Una tarde, cuando el papá regresaba de Puebla a donde había ido por cuestión de trabajo, todas lo recibieron aliviadas al verlo llegar, el país se había vuelto inseguro, en los caminos se cometían tropelías que algunas veces terminaban en asesinatos; la situación era crítica debido a la escasez de alimentos, los precios de frijol y maíz andaban por los cielos porque no había quién cultivara la tierra, la gente del pueblo, tanto hombres como mujeres andaban en «la bola» como se nombraba a los ejércitos improvisados de gente que no tenía nada que perder bajo las órdenes de caudillos con voz de mando. Cuando el papá bajó, después de asearse, las mujeres lo esperaban ansiosas de recibir noticias y ricos dulces tradicionales de su ciudad. Conchita no disimuló la sorpresa al recibir una carta de Prudencio y sonrió al saber que seguiría visitándola en su nuevo domicilio.
Las correrías de los niños muy pronto fueron interrumpidas: su papá había contratado a un profesor que daba clases a domicilio, el mayor con dieciséis años no tenía más que primaria y el chico solo sabía leer a medias y se equivocaba constantemente, aunque era bueno para la aritmética, mucho mejor que Quico.
John Smith era un norteamericano que llevaba años en México dando clases en el Colegio Americano, pero interrumpidas a causa de las revueltas en el país, y había decidido dar clases a domicilio mientras la situación se estabilizaba. Cercano a los cuarenta años, pelo escaso y güero, delgado, muy alto y con gesto amable, daba buena impresión.
El primer día lo recibió el señor Márquez en su despacho y pidió que llevaran a los niños para presentarlos y que iniciaran cuanto antes. Era una mañana lluviosa y al entrar, el profesor dejó su paraguas y sombrero en manos de la muchacha que le abrió la puerta para no mojar la casa, ella lo secó con un trapo y dejó el sombrero sobre una silla junto al perchero; habían pasado dos horas y Luz, que era la más juguetona, esperaba a que sus hermanos salieran del despacho para burlarse de ellos, no pensó que también saldría John, que al verla le sonrió y le pidió su sombrero.
—Yo no lo tengo —dijo a la vez que se llevaba las manos a la cabeza para que constara.
—¿Y dónde lo escondió? —para entonces ya José gritaba por la casa que Luz no quería devolverle a John la chistera. Detrás de la mamá llegó la muchacha que afirmaba haberlo dejado.
—Yo lo puse ahí —decía mientras señalaba la silla donde se encontraba la niña, quien se levantó de un brinco y soltó una carcajada al verla aplastada.
—¡Aquí solo hay una boina! —al profesor se le había desvanecido la sonrisa y con la excusa de que se le hacía tarde salió de prisa con el sombrero en la mano.
—Pero Luz, ¿por qué lo hiciste?
—¡Yo no hice nada, mamá!, no lo vi, pero fue chistoso ¿verdad que parecía una boina?
Todas las mañanas, sábados inclusive, el profesor se presentaba para impartir la consabida clase, sobre todo matemáticas y español, con esta aprovechaba para enseñar a la vez historia y cultura general; la geografía, que era su pasión, la impartía los sábados mezclando crónicas del pasado. Los niños disfrutaban los relatos y aprendían sin darse cuenta, tanto que se volvió costumbre que su papá, a la hora de la comida, preguntara cuál había sido el tema del día y ellos comentarán entusiasmados, aunque muchas veces terminaban peleando; José a pesar de ser menor, parecía más listo y retenía mejor las enseñanzas.
Al ver el interés de sus hermanos, Luz preguntó si podía entrar a la clase de los sábados y la respuesta no le gustó: No, porque eres mujer y las mujeres que saben mucho no se casan. Los ojos abiertos como platos parecían a punto de escapar de sus órbitas y con expresión de furia y congoja, se levantó para aventar la servilleta sobre el plato de sopa que tenía enfrente y subió corriendo para echarse a llorar sobre su cama. En el comedor surgió el silencio y al parecer perdieron el apetito.
Las hermanas subieron a consolarla; Conchita le prometió que hablaría con su mamá a ver si conseguían que el papá diera permiso, todas sabían que eso no iba a suceder.
—Es tan injusto, no estoy pidiendo algo malo, desde cuándo saber es pecado. Está bien, no aprendo, pero que no se quejen de que tampoco aprenda a cocinar ni a coser ni a nada; es más, mañana me voy a poner unos pantalones de José a ver qué dicen al verme y le diré a papá, ¡ya soy hombre!
John llevaba pocas semanas de asistir a la casa de los Márquez y llegaba directo a dar su clase en el despacho y al terminar se iba sin toparse con nadie, solo tenía el disgusto de conocer a la niña que le había echado a perder el sombrero que tuvo que reponer. Los niños eran educados y aprendían poco a poco, ya que su nivel era muy bajo.
Un día llegó más temprano por casualidad y cuando esperaba en el recibidor pasó Conchita, al verlo dio los buenos días y preguntó si era el señor Smith, él se acercó.
—Para servirle, señorita, dígame, por favor, cómo hizo usted para crecer tan rápido —ella respondió con cara de extrañeza:
—Creo que me confunde, no recuerdo habernos visto.
—¿No fue usted quien se sentó en mi sombrero?
—No, señor, ella es Luz y yo soy Conchita, la mayor de todos y ella la más pequeña, pero sí, todos dicen que nos parecemos mucho —en ese momento llegaban los niños y se despidieron—. Mucho gusto, que tenga buen día.
Esa tarde, cuando se encontraban las hermanas en la cocina aprendiendo a hacer galletas cubiertas con dulce de pepita, Conchita comentó que había conocido a John y Luz, soltando lo que tenía en la mano, corrió junto a ella.
—¿Verdad que es muy guapo?
—Puede ser, pero es una persona mayor.
—Cómo que mayor, ¿estás diciendo que es viejo?
—Depende con quién lo compares, junto a ti es un viejo.
—¿Estás oyendo, mamá?, ¿verdad que no es viejo?
—Bueno, pues no, pero tampoco es muy joven.
—¡Soy la única en esta casa que no lo conoce! ¿Cómo es posible, mamá? Soy mayor que Luz y no me lo han presentado.
—Mira, Consuelo, ni te preocupes porque ya está apartado, yo lo vi primero y punto. Y tú, Conchita, hazme el favor de quitarte de en medio porque ya estás comprometida.
∴
De pronto descubrieron sin darse cuenta el encanto de la ciudad. Un domingo por la tarde, José Enrique preguntó si querían ir de paseo al bosque de Chapultepec, encantadas las mujeres subieron a arreglarse: sombrero, guantes y una sombrilla eran imprescindibles. La tarde estaba soleada y ninguna nube amenazaba con echarla a perder. Los niños querían ir caminando y no quedó más remedio que hacerlo en compañía de su padre; las damas irían en el coche con Remigio. El lugar era digno de cualquier metrópolis; Porfirio Díaz, en su afán por dar a la ciudad un toque europeo, había hecho un trabajo estupendo en el arreglo del Bosque, aunque de origen era bonito, a mediados del siglo xix quedó en ruinas tras la guerra de 1847 contra los estadounidenses. Para conseguir un cambio significativo, el general mandó reforestar fresnos y ahuehuetes e hizo construir dos lagos; trazaron veredas y caminos para subir por lomas frondosas y llegar hasta el castillo que lo corona y que desde hacía años era la residencia del gobernante en turno.
Al llegar al Bosque, las señoritas bajaron del coche y caminaron escoltadas por sus padres, mucha gente disfrutaba del paseo dominical, respiraban el aire puro y se cruzaban con otros caminantes que, de forma respetuosa, saludaban con una leve inclinación de cabeza. Los muchachos iban al final de la comitiva y reían entre bromas y uno que otro reto.
Nadie sabe lo que el destino le depara y por casualidad se cruzaron con los Hermida, otra familia poblana a la que no habían visto por años debido a la distancia, pero que estimaban profundamente; tras saludos amables y halagos a la belleza de las respectivas hijas siguieron adelante, no sin antes memorizar la dirección de su casa para pronto enviar una invitación.
—Mira, mujer, lo que hacía falta para encontrar amistades era salir.
La semana que iniciaba parecía tener otro color, caras alegres deambulaban por la casa aunque nadie confesaba la causa; Luz estaba ilusionada porque vería a John, y decidió ponerse el vestido color de rosa que la hacía lucir muy bella; Conchita esperaba la visita de Prudencio, y Consuelo insistía en regresar al Bosque sin confesar sus intenciones: se moría por ver de nuevo al guardia que le había robado la calma, aunque sabía que sus padres no lo aprobarían; hasta Carmen tarareaba distraída mientras inventaba una receta nueva con las sobras de la semana anterior.
Quico y José planeaban para esa tarde un paseo en tren de mulas que al parecer tendría que esperar, el profesor estaba por llegar y necesitaban que su mamá saliera de la cocina para tomar unas monedas.
Cuando sonó la campana de la puerta, Luz, emperifollada, corrió al recibidor, se había colgado un collar de perlas de su mamá y llevaba el cabello recogido, que según ella la hacía parecer mayor; John, al verla, fingió y la saludó con propiedad como si nunca la hubiera visto.
—Buen día, señorita, soy el profesor de los niños, ¿es usted hermana de la señora? Se parecen mucho —a la niña se le fue el resuello y no supo qué hacer.
Para ese momento, los demás se habían congregado y al unísono rieron al ver que la niña había recibido como un insulto las palabras del maestro. Carmen, al escuchar el bullicio, apareció para ordenar a los niños ir al despacho y a Luz a su habitación.
Consuelo estaba en su cuarto y cuando la vio correr llorosa se fue tras ella.
—¿Qué pasó, por qué lloras?
—Porque es un cretino, no sé como pudo gustarme, no quiero volver a verlo, te lo regalo.
—¿A quién?
—Al engreído de John, el profesor de pacotilla que se atrevió a burlarse de mí.
—Deja que lo vea y te diré si me lo quedo.
Poco antes de medio día, Consuelo preparó el terreno para llevar a cabo su plan, era el momento ideal para conocer al sujeto que su hermana le había cedido en un arranque de ira; tal vez se trataba del amor de su vida o su futuro marido. Había sacado varios libros de la biblioteca y los dispersó en el suelo del recibidor para que cuando la clase terminara, el individuo no pudiera pasar y tuviera que ayudarla a recogerlos, ella se presentaría al tiempo que explicaba que se le habían caído debido a su distracción; la cabeza le servía para hacerse un peinado bonito, lucir su hermosura y, poco más; era la más alta, su cabellera oscura hacía resaltar sus ojos color café sobre la tez blanca, con tipo de española guapa y lucidora. Para ella eso era más que suficiente, jamás cruzó por su cabeza algo que no fuera casarse para tener una buena posición.
La clase terminó y John salió del despacho para encontrarse con una farsa muy mal montada.
—Señorita, buenas tardes, permita que me presente, soy el profesor, y usted…
—Soy Consuelo, la otra hermana de mi mamá.
—¿Cómo? Me resulta difícil creerle, pero no se preocupe, ¿puedo ayudarla?
Consuelo no se movió y él recogía algunos libros mientras ella intentaba explicar.
—Es que los llevaba a la biblioteca y se me cayeron.
—No se preocupe, ¿dígame dónde los pongo?
—Aquí en el escritorio —dijo señalando un salón vecino.
—Ya están, ahora me despido porque tengo un poco de prisa, solo dígame una cosa, Consuelo ¿cómo consiguió que los libros cayeran de esa forma?
∴
Estaba por terminar la semana y los muchachos se sentían cada día más impacientes por no haber logrado su objetivo; el paseo en el tren de mulas era una obsesión, al menos tras varios días de pesquisas habían obtenido informes valiosos: que cada uno debería pagar de tres a seis centavos según la distancia, que la estación de Chapultepec resultaba la más cercana y la que debían tomar para llegar a la de Mercaderes, querían conocer la Alameda y el Zócalo; tal vez hasta podrían ver el Palacio de las Bellas Artes, habían oído que la construcción era hermosa, aún sin terminar; preguntando se llega a Roma decían cada vez que obtenían un nuevo dato, cuando suponían tener los pelos de la burra en la mano, como decía Remigio, lo más importante era conseguir más dinero, su fortuna no pasaba de cuatro centavos y eso implicaba una larga espera, no tenían alternativa porque no era lo mismo desaparecer una o dos monedas del cajón que cogerlas todas, eso levantaría sospechas y si los descubrían el castigo sería tremendo.
José no apartaba la idea de la cabeza, debía encontrar la forma de conseguir su propósito y en un momento de genialidad se le iluminó la cara; esa misma tarde al pasar junto a la cocina gritó:
—¡Mamá! Acabo de ver entrar un ratón a la cocina, ¿quieres que lo mate?
—¡Claro, mátalo! No soporto a esos bichos —al escuchar los gritos, Quico bajó de prisa.
—¿Por dónde se fue?
—Atrás de esa mesa, hazla para acá y yo le doy con la escoba, ¡pero rápido! —José daba escobazos sin ton ni son mientras su hermano lo veía asombrado.
—Yo no lo veo, pero no me des a mí.
—Es que te pasó junto —entre risas jaló el cajón que cayó al suelo, las monedas salieron disparadas, recogió dos de cinco centavos y echo las demás a donde estaban—. Ni hablar, creo que se nos escapó, ayúdame a poner la mesa en su lugar.
—¿Y ya no buscamos al ratón?
—No, quién sabe dónde se metió.
—¿Qué pasó, niños?, con tanto ruido parecía que luchaban contra una fiera.
—Pues no, pero se nos escapó.
Al día siguiente, cuando llegó el repartidor de leche, subió Chole, la muchacha, a pedirle dinero a la señora.
—¿No hay nada en el cajón? Si yo me fijé ayer.
—Pero falta, no más hay unos centavos.
Esa noche, ya en la cama, los muchachos estaban satisfechos, el primer objetivo se había cumplido, el lunes siguiente podrían conocer la ciudad de México; de pronto Quico recordó los palazos que su hermano le había propinado y empezó una batalla que finalizó tras pocos minutos, cuando apareció su padre exigiendo orden y silencio.
La mañana del sábado, José Enrique estaba inquieto y para no preocupar a su mujer decidió despejar sus dudas con John, era una persona confiable y estaba más informado que su mujer. El profesor llegó como de costumbre y se sorprendió de que fuera él quien le abriera la puerta, entraron juntos a la casa y le pidió que lo acompañara al despacho para charlar sobre un asunto que lo alarmaba sobremanera. Les pidió a los niños que esperaran afuera y que, por favor, no lo interrumpieran.
—Dígame usted qué sabe de la epidemia, leí en el periódico que se extiende por el país a la velocidad del rayo; que la famosa gripe española está causando estragos, al parecer la gente muere en pocos días, ¿Qué hago para mantener a salvo a mi familia?
—Ese asunto nos preocupa a todos, don José Enrique, pero no debemos perder la calma. La prensa muchas veces no es confiable, unos dicen que amenaza con llegar a la ciudad de México y otros que llegó hace días. No le recomiendo regresar a Puebla porque escuché que ha causado mucho daño, tanto ahí como en Tlaxcala, y ni hablar de las ciudades del norte. Si yo estuviera en su caso, permanecería aquí con su familia y tendría cuidado con las personas del servicio, que creo son las que con mayor frecuencia tienen contacto con el exterior; pregúnteles si hay o no enfermos en su familia, o si ellos tuvieran síntomas de la enfermedad; por desgracia debemos mantenernos alejados de trenes y de cualquier lugar donde se reúnan multitudes para evitar el contagio.
—¡Vea usted!, mi mujer que va tanto a misa ¡va a protestar!, pero como dicen: a grandes males… Vea usted lo que dice aquí:
Departamento de Salubridad:
Cualquier enfermo de calentura y catarro, por ningún motivo debe salir a la calle. Transgredir esta disposición será objeto de multa: desde 5.00 hasta 500.00 pesos, o el arresto correspondiente. Por su parte, el Departamento de Salubridad giró la siguiente orden a los ayuntamientos de las ciudades:
En las localidades con enfermos de influenza se procederá a la clausura de todos los centros de reunión: cines, teatros, clubes, escuelas, cantinas, pulquerías. Las autoridades militares deben ser las encargadas de aislar a los enfermos.
Suspensión del tráfico en las calles de las 11 p.m. a las 4 a.m. Se castigará a los infractores con una multa de 5.00 pesos. En esas horas se llevará a cabo el aseo de las calles «precedido del riego».
La influenza es un mal que se propaga en las aglomeraciones, por lo que debe evitar estar en cines, teatros y lugares de reunión mal ventilados.
Sofoque sus estornudos y su tos con un pañuelo.
Todas las Naciones Civilizadas tienen leyes prohibiendo escupir el suelo. Obsérvelas, por algo han sido promulgadas.
El saludo, entre hombres, dando la mano y entre mujeres con el beso, es un modo muy eficaz de transmitir el microbio. Adopte un saludo higiénico.
Su nariz, no su boca, sirve para respirar. ¡úsela! Veinte inspiraciones profundas al día le darán salud.
Ventile las habitaciones, evite excesos y haga ejercicios tres horas a la semana para destruir los gérmenes.
—Profesor: agradezco mucho su opinión, pero estoy pensando que usted puede ser un portador de la enfermedad al ir a diferentes casas; y aunque me encantaría que continúe impartiendo clases a los muchachos, se está convirtiendo en un riesgo, debemos buscar una solución.
Ese día, a la hora de la comida, el papá habló con seriedad a toda la familia, les comentó la situación y las reglas por seguir y viendo de frente a los muchachos dijo que no era un juego, que ni se les ocurriera escaparse porque la amenaza era de muerte. Más tarde, le pidió a su esposa que hablara con el servicio para decirles que no podrían ir a sus pueblos hasta que no terminara la epidemia.
—¿No crees que deberías mandar a Remigio por tu padre? El pobre está solo y aquí podemos cuidarlo.
—Por supuesto, mujer, no sé qué haría sin ti.
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Cuatro días después de su partida, regresó Remigio de Puebla y en la entrada de la casa con gritos de «¡patrón», llamaba a José Enrique. Cuando lo vio abrir la puerta a voces se escuchó:
—Aquí traigo su encargo, patrón, pero viene muy mal, dígame dónde lo llevo, está a punto de morir.
—Al Hospital General, a donde fuimos la semana pasada, yo ahí te alcanzo. Cuando llegues diles que está muy enfermo y te vienes para acá.
—No, patrón, yo también ahí me quedo, creo que no llego a la noche y pa' qué les traigo la infección.
—¡Vete ya!, ahí nos vemos.
Después de poner al corriente a su mujer, el señor Márquez salió hacia el nosocomio, tomó un Landó para que lo llevara de prisa; al llegar al centro de salud le informaron que habían recibido a su padre y a Remigio, pero que era imposible permitirle el acceso.
—Están muy graves, señor, no quiero darle esperanzas. Vaya a su casa y descanse, venga mañana para que le demos información.
La familia lo esperaba en la sala, sus caras reflejaban preocupación y cariño. Les comentó lo poco que sabía, pero que al menos haberlos dejado en el lugar adecuado le daba tranquilidad. Había oscurecido y la cena estaba lista.
Después de una noche en vela, el desayuno fue ligero y más temprano de lo habitual. El papá y su hijo mayor partieron en silencio hacia el centro, en los ojos del joven brillaba una luz de optimismo tan tenue que no se atrevió a pronunciar palabra. Los últimos pasos de ambos, cuando alcanzaron a ver el hospital, se hicieron lentos, como si sus pies fueran de plomo, la voluntad había caído hasta ellos y ahí se había instalado para no llegar a su destino, sabían lo que encontrarían. Poco después emprendieron el regreso con la certeza a cuestas y con lentitud retornaron por el mismo camino; entre ellos conversaban sin palabras. José Enrique recreaba momentos de la vida con su padre, Quico imaginaba lo que sería perder al suyo.
Llegaron hasta la hora de la comida, la mesa estaba puesta; los recibieron, no había nada que decir: el abuelo y Remigio habían muerto.
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Una tarde, cuando las mujeres estaban reunidas en la sala, se acercó José con un libro en la mano, tuvo que brincar entre telas y esquivar canastas para llegar junto a su madre, se sentó a su lado y recargó en su hombro la cabeza
—¿Qué te pasa, te sientes mal?
—No, pero estoy aburrido, extraño a Remigio.
—Y ¿a tu abuelo no?
—No, solo lo veíamos los domingos un rato, pero con Remi hablaba todos los días y me contaba historias de su pueblo y de cómo cuidar a Cuco, el caballo, ahorita fui a llevarle unas zanahorias y creo que también él está triste.
—Es normal, los animales también sienten y entiendo que te haga falta su compañía, estábamos acostumbrados a su presencia y su buena disposición para ayudarnos en lo que hiciera falta. ¿Me ayudas a desmadejar el estambre?
Llevaban casi dos meses de encierro y el aburrimiento crecía; el ajedrez y el tablero de damas pasaban de unos a otros para despejar la mente, necesitaban cualquier cosa que rompiera la rutina y el silencio.
Una mañana, la campana de la entrada los mantuvo atentos en las ventanas para ver quién llegaba. Era John, a quien el papá había mandado llamar, Chole lo acompañó al despacho donde José Enrique lo esperaba. Las hijas lo habían visto y empezaron a cuchichear, alguna hasta intentó bajar para ver si podía escuchar detrás de la puerta, pero su mamá lo impidió y con regaños las hizo regresar a su recámara.
—Buenos días, John, me da gusto saludarlo. Le pedí que viniera para hacerle un ofrecimiento; por un lado estoy inconforme con que usted tenga que sufrir las consecuencias de lo que sucede, sé que nos afecta a todos; por otro lado veo a mis hijos perder el tiempo todos los días. En vistas de lo dicho, se me ocurrió una solución que no sé si vaya a aceptar. Como bien sabe, Remigio nuestro cochero murió junto con mi padre; él usaba las habitaciones que están al fondo del jardín, es un área pequeña, con dos estancias y un baño; ordené que se quemaran el colchón y su ropa, se ventilaron las habitaciones, se pintaron las paredes y se lavaron los pisos. No es lujoso, pero el lugar se adecentó para ofrecérselo, si gusta vamos para que lo conozca. Lo que le propongo es que viva ahí para continuar enseñando a mis hijos, por supuesto el pago sería el mismo de antes y como el objetivo es que usted no ande de un lado para otro, le ofrezco que realice las comidas con nosotros. No me conteste ahora, por favor, piénselo y cuando lo decida será bien recibido.
—¡Qué barbaridad, señor Márquez, es usted muy generoso!
—No tanto, John, ¡le estoy quitando su libertad!
Se despidieron y quedaron de verse tres días más tarde, cuando el profesor tuviera una respuesta; de camino a la puerta se desviaron al fondo del jardín para que el profesor conociera lo que le ofrecía, confirmó que era algo modesto y digno a la vez, habían tenido la delicadeza de colgar unos cuadros en las paredes, así como lámparas para tapar los focos y había muy pocos muebles.
A la hora de la comida, las niñas esperaban conocer el motivo de la presencia de John esa mañana, pero ninguna tuvo el valor de preguntar. Esa misma tarde sacaron la conversación en compañía de su madre, quien sonrió sin soltar prenda, lo que provocó el enojo de Luz.
—Tú sí sabes, mamá, ¿por qué no nos dices?
—A ver, enséñame tu mantel, el tiempo se te va en hablar y de bordar, nada.
Al día siguiente Luz desapareció casi toda la mañana, tanto silencio inquietó a Conchita quien se puso a buscarla, al entrar a la cocina se encontró con su mamá.
—¿Qué buscas?
