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Un millonario de incógnito. El acaudalado Clay McCashlin llegó a Shelby, Iowa, haciéndose pasar por un trabajador desempleado con el fin de investigar los sospechosos hechos ocurridos en la fábrica de su compañía. Pero en cuanto conoció a Kaitlyn Killeen, la belleza local, le resultó muy difícil seguir pensando en el trabajo y olvidarse de sus seductores besos... Aquello iba a ser todo un reto para un soltero empedernido como él. Kaitlyn tenía demasiadas ganas de salir de aquel pueblo como para perder el tiempo en romances. Sobre todo con un hombre como Clay. Sin embargo, la atracción que había surgido entre ellos era tan abrasadora como el sol de verano. De pronto, Kaitlyn se dio cuenta de que todos sus planes iban a quedar a un lado... porque ahora el que mandaba era su corazón.
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Seitenzahl: 144
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Cynthia Rutledge
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Bésame pronto, n.º 1796 - julio 2015
Título original: Kiss Me, Kaitlyn
Publicada originalmente por Silhouette© Books.
Publicada en español 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6861-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Kaitlyn Killeen alargó la mano hasta los botones de la camisa de aquel hombre. No le había preguntado cómo se llamaba ni pensaba hacerlo. A pesar de que fingía seguridad en sí misma, los desabrochó con torpeza y deslizó la prenda por sus anchos hombros.
Él no movió ni un músculo aunque a Kaitlyn le pareció ver durante un instante un brillo de deseo en aquellos ojos color avellana. Se le aceleró el corazón.
Antes de subirlo a su habitación, no se había fijado mucho en él, pero ahora se recreó en mirarlo. No tenía un gramo de grasa, y su torso musculoso y fuerte estaba cubierto por una finísima capa de vello rubio del mismo tono que los rizos que le cubrían la cabeza.
Le había echado casi treinta años, pero se dio cuenta de que debía de rondar los veinticinco, como ella. Era increíblemente guapo, tenía la mandíbula cuadrada y rasgos bien cincelados. Estaba sentado ante ella con una calma que Kaitlyn ya habría querido para sí.
–Estás en forma –murmuró.
–Entreno… –contestó él–. Y acabo de estar trabajando al aire libre.
Kaitlyn lo miró con curiosidad. Le había dicho que estaba en paro y que apenas tenía veinte dólares en el bolsillo.
Suspiró y le sacó la camisa de los vaqueros. Intentando mostrarse segura de sí misma, le acarició la cintura. Tenía la piel caliente y suave. Kaitlyn sintió que el olor de colonia y jabón masculino la envolvía. A pesar de que estaba decidida a que aquello no fuera más que trabajo, sintió que se le aceleraba el corazón aún más.
Se paró en sus pectorales y lo oyó aguantar el aliento.
–Perdón –dijo mirándolo a los ojos.
–No pasa nada. Es que es una zona sensible.
Kaitlyn dudó si seguir o no.
–Si no quieres, lo dejamos –dijo él malinterpretando su duda–. Ni siquiera me conoces.
–Ni tú a mí, tampoco –contestó ella–. ¿Y si te hago daño?
–Espero que no –sonrió él–. Sí te conozco. Bueno, sé cómo te llamas. Katy, ¿verdad?
–Kaitlyn –lo corrigió automáticamente.
Su padre y sus hermanos la habían llamado siempre Katy, pero le parecía un diminutivo de niña pequeña.
–Yo soy Clay Reynolds –se presentó.
Kaitlyn se preguntó para qué se molestaba en decírselo, ya que no lo iba a volver a ver.
–¿Te importa que sigamos? –le espetó–. No tengo toda la noche.
A Clay se le desvaneció la sonrisa ante su tono, se levantó y se puso la camisa.
–Esto no ha sido buena idea. No tendría que haber venido.
–No te vayas –le pidió Kaitlyn, avergonzada por hablarle así a un hombre que había sido de lo más amable con ella.
La miró a los ojos haciéndola estremecerse.
–¿Seguro que no te importa hacerlo?
–Seguro –contestó Kaitlyn forzando una sonrisa.
Un cuarto de hora después, con las heridas vendadas, Clay McCashlin siguió a Kaitlyn escaleras abajo. Aquella mujer le producía una gran curiosidad.
Le había limpiado las heridas una a una con precisión metódica mientras hablaban, pero no había ligado con él ni lo había mirado más de la cuenta.
Clay se sentía intrigado. Nunca se había encontrado con una mujer tan reservada.
¿O sería que ya no conocía a las mujeres?
No, no era eso y no se iba a volver paranoico por Lynda, a la que solo le había interesado su dinero.
Su traición no le había dejado malherido tan solo el corazón sino también la confianza en sí mismo. No había vuelto a salir con nadie en serio desde que su compromiso se había roto. Había conocido a muchas chicas en los últimos seis meses, pero ninguna que lo hubiera intrigado.
Miró a la mujer que llevaba delante. Los pantalones que llevaba le marcaban el trasero respingón, y antes se había fijado en sus pechos, firmes y erguidos.
Llevaba una camisa verde, como sus ojos, y el pelo pelirrojo claro le caía en ondulaciones sobre los hombros. Tenía la piel muy blanca y rasgos patricios. No era una mujer guapa, pero tenía algo y, a pesar del dolor, había sentido deseos de besarla.
De haberlo hecho, seguramente Kaitlyn le habría pegado un bofetón.
Clay sonrió. Sí, era una mujer de carácter y eso le gustaba.
–¿Te ha vendado bien Katy? –preguntó Frank, el padre de la aludida, sonriente.
Clay se dio cuenta de que el hombre se sentía culpable. Ya le había dicho varias veces que el accidente no había sido nada, pero Frank seguía preocupado.
–Estoy como nuevo –sonrió Clay.
–Creo que se ha roto unas cuantas costillas –intervino Kaitlyn–. Sería mejor que lo viera un médico.
–No –se apresuró a decir Clay.
No tenía una tarjeta de la seguridad social falsa, como su carné de identidad, así que no podía usarla porque tendría que dar demasiadas explicaciones y nunca podría irse de aquella ciudad.
–No confío en ellos –añadió.
–Lo entiendo –sonrió Frank amargamente–, pero tal vez deberías ir…
–No, no, de verdad, estoy bien.
–Todo esto ha sido culpa mía. Si hubiera ido atento, no me habría saltado el ceda el paso.
–Todos cometemos errores –contestó Clay–. Además, no me ha pasado nada. Solo estoy un poco magullado, pero en un par de días estaré como nuevo –añadió tomando la bolsa de viaje.
Al hacerlo, y aunque no pesaba demasiado, no pudo disimular una mueca de dolor. Frank lo miró preocupado y Clay se apresuró a sonreír y a cambiarse la bolsa de mano.
–Gracias a los dos por su ayuda. ¿Hay algún hotel en la ciudad?
–Solo uno y lo están reformando –contestó Frank–. No lo van a abrir hasta dentro de un par de semanas.
Clay miró a Kaitlyn, quien asintió. Sintió que el mundo se le caía encima. No había contado con una complicación así.
–Hay más en Vickersville, que está a veinticinco kilómetros –añadió Kaitlyn.
–No puede conducir todo ese trayecto así –intervino Frank mirando a su hija de forma reprobadora–. La Harley tiene que pasar por el taller antes de poder salir de nuevo a la autovía. ¿Y si tiene un traumatismo craneoencefálico?
–¿Me estás diciendo que lo tiene?
–No, lo estoy preguntado. En cualquier caso, no le conviene moverse. Está así por mi culpa y se lo debo.
–No ha sido culpa suya y no me debe nada –le aseguró Clay.
–No hay nada que discutir –insistió Frank arrebatándole la bolsa de las manos.
–Pero, ¿dónde va a dormir? –objetó Kaitlyn–. La única habitación que hay disponible es la de Ben y no puedes instalarlo allí…
–No quiero ser una carga –intervino Clay.
–No eres ninguna carga –le dijo Frank–. ¿He dicho yo acaso que iba a dormir en la habitación de Ben?
–No, pero…
–No, pero nada. Hay una pequeña habitación sobre el garaje. No es ningún lujo y el baño solo tiene bañera, no ducha, pero si quieres ducharte te vienes a la casa y ya está.
¿Le estaba hablando de compartir el baño? La única vez en su vida que Clay había compartido el baño había sido en los campamentos de verano. Aun así, la oferta era generosa.
–Muy bien –contestó.
–Es una habitación muy pequeña y está encima del garaje –dijo Kaitlyn.
Clay se dio cuenta de que ella no quería que se quedara, pero no tenía más remedio. Frank tenía razón. Tenía que llevar la moto al mecánico antes de poder seguir el viaje.
–No necesito más y, además, solo serán unos días. En cuanto encuentre trabajo, me buscaré una casa.
–Sin prisas –dijo Frank.
–En Shelby no sobran los empleos –insistió Kaitlyn–. ¿Qué tipo de trabajo buscas?
–Me han dicho que estaban buscando gente en la planta electrónica –contestó Clay intentando ocultar su desesperación. Conseguir aquel puesto era la única forma que tenía de investigar–. Tu padre me ha dicho que hablaría con el jefe a ver qué se puede hacer.
–¿Quieres trabajar en la empresa de McCashlin? ¿Por qué?
–Katy, ya está bien –dijo su padre–. A mucha gente le gusta trabajar allí. A mí, el primero.
–Tienes razón. A muchos os gusta –dijo Kaitlyn–. Perdonad, pero me voy a hacer la cena –añadió yéndose.
–Ponle un plato a Clay –gritó Frank.
–Frank, no quiero molestar…
–¿Cuántas veces te tengo que decir que no molestas?
Clay sonrió. Sabía que Frank se lo decía de verdad, pero tenía el presentimiento de que Kaitlyn preferiría que se fuera.
Kaitlyn suspiró exasperada. Con su padre, sus dos hermanos y Clay, apenas quedaba sitio en la pequeña mesa de formica, pero había sido un día muy largo y se negaba a cenar de pie.
Al poner la mesa, había colocado todos los cubiertos a la derecha, como le gustaba a su padre, pero se dio cuenta de que Clay los había puesto bien.
No mucha gente se hubiera dado cuenta del detalle, pero ella sí porque, aunque nadie le había enseñado cómo poner bien la mesa, lo había aprendido por su cuenta. Para cuando se fuera de Shelby.
Si su madre no hubiera muerto cuando ella tenía diez años, las cosas habrían sido muy diferentes. Así, habría tenido a alguien que hubiera sabido apreciar unas flores sobre la mesa o servir la leche en una jarra y no directamente del cartón.
Eso suponiendo que su madre hubiera dado importancia a aquel tipo de cosas, porque la verdad era que Kaitlyn apenas la recordaba. Aunque su madre había sido rubia y ella casi pelirroja, todo el mundo decía que se parecían mucho. A ella no se lo parecía.
Su madre era menuda y ella alta. Su madre tenía curvas y ella era delgada. Aunque no era gua-pa, su amiga Lori le había dicho una vez que tenía una elegancia clásica. En el momento le había parecido ridículo, pero cuando tenía un mal día o cuando se sentía mal por ser solo la hija de un empleado de fábrica, recordaba el cumplido y lo saboreaba.
Había pasado a formar parte de una serie de cosas bonitas que le habían ido diciendo en su vida. Su profesora de piano le había dicho que tenía buen oído para la música, sus profesores del colegio siempre le habían dicho que era muy inteligente, y un francés le había dicho que hablaba su idioma como si hubiera nacido en París.
En los días que habían seguido a su graduación, cuando había denegado las becas ofrecidas y se había quedado en casa cuidando de Ben, esos halagos habían sido su tabla de salvación.
Sintió que se le encogía el alma al pensar en Ben.
–¿Están ya los panecillos?
–¿Qué? –dijo Kaitlyn mirando a su padre.
–¿Otra vez soñando? Desde luego, cuando no estás leyendo, tienes la cabeza en las nubes.
Kaitlyn ni se molestó en contestar.
–¿Qué quieres?
–Panecillos, Katy –dijo su hermano Joe–. Queremos más panecillos.
Otra mujer le habría dicho a su hermano que los fuera a buscar él, pero llevaba muchos años peleándose con ellos y siempre había perdido. Además, le quedaban pocos meses para irse.
Kaitlyn suspiró resignada, dejó la servilleta sobre la mesa y echó la silla hacia atrás.
–Ya voy yo –dijo Clay–. Tú siéntate.
Ante la inesperada oferta, Kaitlyn sintió que se le hinchaba el corazón.
–No te molestes –intervino Frank–. Katy sabe dónde están.
Kaitlyn puso los ojos en blanco. Claro que sabía dónde estaban. No había que ser premio Nobel para saber que los panecillos recién hechos están normalmente en el horno.
–No pasa nada –dijo Kaitlyn levantándose.
En pocos segundos, había llenado una cesta con panecillos dorados.
–Están buenísimos –dijo Clay untando mantequilla sobre uno de ellos.
–Katy cocina muy bien –dijo su hermano Tom–. Bueno, cuando hace cosas normales, porque cuando se le ocurre hacer esas mie…
–Thomas Killeen –lo interrumpió Kaitlyn.
Aunque solo tenía cuatro años menos que ella, le hablaba en tono más maternal que fraternal.
Kaitlyn sabía que sus hermanos hablaban fatal en la calle, pero se negaba a que en su casa se dijeran palabras malsonantes. Menos mal que su padre la apoyaba en aquello.
–Perdón –se disculpó Tom–, pero, la verdad, ¿a quién le va a gustar un faisán con enebro, granos de pimienta y Mandarine Napoleon. Por cierto, ¿qué es Mandarine Napoleon?
–Es un licor de mandarina –contestó Clay.
Kaitlyn lo miró con los ojos muy abiertos.
–¿Cómo lo sabes?
Clay se encogió de hombros.
–Porque lo he probado.
–¿A que está bueno?
–A mí me gusta.
–No, hombre, no, ¿cómo le dices eso? –se quejó Tom–. No la animes.
–Y las Navidades pasadas quería que comiéramos ostras –intervino Joe–. Nos decía que sabían a carne.
–Y es cierto –apuntó Clay–. Son como un solomillo.
Kaitlyn se quedó mirándolo. ¿Por qué fingía saber de comidas y bebidas buenas? Estaba claro que, aunque hubiera podido probar el licor de mandarina, seguro que no había probado unas ostras en su vida.
–¿Seguro que vas a estar bien en la habitación del garaje? –dijo Tom cambiando de tema.
–Es mucho mejor que la calle –contestó Clay.
Kaitlyn lo miró con curiosidad. No se podía imaginar a aquel hombre hecho un ovillo en una acera.
–¿Has vivido en la calle? –le preguntó Joe, que era todo un aventurero y el único que entendía que Kaitlyn se quisiera ir.
–He hecho muchas cosas –contestó Clay moviéndose nervioso–. Lo único que quiero es un trabajo que me permita tener un techo bajo el que dormir y algo de comer en la mesa.
–McCashlin paga muy bien –apuntó Frank.
Kaitlyn puso los ojos en blanco. Para los habitantes de Shelby, aquella empresa era el mejor lugar para trabajar. Ella llevaba cinco años trabajando allí y no podía más.
–¿Por qué tengo la impresión de que a ti no te gusta mucho? –le preguntó Clay.
Kaitlyn dudó. La planta electrónica era la empresa más fuerte de la zona y daba trabajo a mucha gente. El hecho de que no fuera para ella no quería decir que fuera un mal sitio donde trabajar.
–No es lo que yo quiero –contestó–. Como dice mi padre, mucha gente está encantada, pero para mí es…
Clay enarcó una ceja.
–Demasiado poco –terminó Tom–. Katy tiene grandes sueños y en ninguno aparece Shelby ni McCashlin. En cuanto tenga su licenciatura, se irá.
Kaitlyn bajó la mirada y se concentró en masticar la cena.
–¿Y dónde quieres vivir? –le preguntó Clay.
–En Chicago –contestó ella sin mirar a su padre.
Aunque nunca le había dicho que no se fuera, era un tema espinoso del que preferían no hablar.
–Chicago es una ciudad muy grande. Vas a estar muy sola.
–Ya haré amigos –contestó Kaitlyn levantando el mentón y mirándolo desafiante.
Lo último que necesitaba era que aquel desconocido dijera delante de su padre que las grandes ciudades eran lugares peligrosos.
–Pero…
–Pero nada –lo cortó.
No faltaba mucho para que tuviera una nueva vida y muchas posibilidades.
Soñaba con el momento.
Clay tardó solo unos minutos en deshacer la bolsa de viaje. Las camisas y los vaqueros en un cajón y todo lo demás en el otro. Había llevado poco ropa adrede pensando en que un hombre en paro no podía llevar una maleta llena de artículos caros.
Antes de dejar Chicago con destino a Shelby, había parado en una tienda barata y se había comprado algunas cosas. Básicamente, camisetas y vaqueros. ¿Quién le iba a decir que había vaqueros a veinticinco dólares? Increíble.
«Si me vieran mis amigos», pensó.
Sonrió. Desde pequeño, solo había llevado ropa de marca. A su madre le había parecido una monada y a su padre una ridiculez.
Claro que Andrew McCashlin seguía conduciendo su Chevy del 85 y no había pagado en su vida más de veinte dólares por que le cortaran el pelo. Clay se había dado cuenta pronto de lo que era realmente importante para su padre.
