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¿Cómo podría convencerlo de que lo amaba por sí mismo y no por su corona? Desde el momento en que sus miradas se encontraron, la maestra Lauren Carlyle supo que estaba perdida. El alto y guapo desconocido la había estrechado entre sus brazos para bailar... pero después de una noche inolvidable, habían seguido caminos separados. Hasta que Lauren descubrió que iban a vivir bajo el mismo techo. Y resultó que el hombre que parecía no tener ni un dólar era en realidad Alexander Gabrielle, príncipe de Carpegnia. Pero incluso antes de saber que por sus venas corría sangre azul, Lauren supo que Alexander era todo lo que siempre había deseado en un hombre....
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Seitenzahl: 151
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Cythnia Rutledge
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Todo por amor, n.º1993 - junio 2017
Título original: Rich, Rugged…Royal
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-687-9680-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Había hombres en esa boda? –Clarice Carlyle tragó un diminuto mordisco de su postre intentado disimular el brillo de sus ojos.
Lauren resistió el impulso de suspirar. ¿Cómo no se daba cuenta su madre de que no todo en la vida giraba en torno a los hombres? El hecho de tener casi treinta años y seguir soltera tenía obsesionada a su madre, pero ella estaba decidida a no conformarse con cualquiera. Y tampoco iba a casarse por dinero, como su madre esperaba.
Lauren quería vivir el cuento de hadas. Quería un hombre que la adorase y que la amase con una pasión que desafiara toda lógica. Era bastante simple, de hecho: quería ser feliz para siempre.
–Pues no invitaron a ningún hombre –respondió Lauren. Cuando el silencio se prolongó más de lo normal, se dio cuenta de que su madre sí esperaba una respuesta a su absurda pregunta.
Clarice la miró un segundo y después rió.
–Claro que había hombres. Chicago está lleno de hombres. Lo que te preguntaba era si conociste a alguien interesante.
–Bailé con varios hombres –dijo Lauren, intentando esquivar la pregunta con una respuesta verdadera: había pasado la mayor parte de la velada hablando o bailando con antiguos compañeros de universidad.
–¿Hubo alguno en especial que te llamara la atención?
Lauren tomó un sorbo de su delicioso café de Guatemala. Había un hombre en concreto que había hecho algo más que llamarle la atención.
–¿Cómo se llama?
–¿Quién? –preguntó Lauren desesperada, tomando un trozo de tarta de queso para contrarrestar el acaloramiento que le había producido el café; ojalá se hubiese marchado justo después de cenar.
–El hombre que está haciendo que te sonrojes –dijo Clarice–. Supongo que será guapo.
–¿Guapo?
La imagen de Alex se proyectó en la mente de Lauren. Guapo era poco. A ella siempre le habían gustado los hombres de pelo oscuro y Alex, además, tenía unos ojos castaños iluminados por brillos dorados y verdosos. Medía casi dos metros, y era delgado, musculoso y ancho de hombros. En sus brazos cualquier mujer se sentiría delicada, femenina y deseable.
–Era guapo –dijo Lauren rompiendo el silencio–, pero no importa porque no volveré a verlo.
Una aventura de una noche no significaba nada. Lauren no iba a cometer el error de creer que aquello había sido algo más que sexo.
Clarice chasqueó la lengua.
–Siempre has sido muy pesimista.
–Realista, diría yo –repuso Lauren.
–Si has aprendido algo de tu padre y de mí, deberías saber que querer es poder.
–Está en Chicago, madre –dijo Lauren, preguntándose por qué seguía manteniendo aquella incómoda conversación; la tarta de queso no estaba tan buena–. Incluso si quisiera volver a verlo, no sé cómo contactar con él.
–Pero habría algún amigo suyo en la boda –apuntó Clarice.
–Era un antiguo compañero de estudios de Tom Álvarez –dijo Lauren encogiéndose de hombros–. Es todo lo que sé.
No era todo lo que sabía de él, pero era todo lo que iba a decir de él. Su madre no tenía por qué saber cómo era Alex desnudo ni que hablaba francés cuando hacía el amor.
–Tom Álvarez –Clarice frunció el ceño–. Ese nombre me resulta familiar.
Lauren suspiró. Tom había vivido varios años en San Louis, y Clarice lo había visto en más de una ocasión, pero aparentemente, no tenía un puesto lo suficientemente alto en la escala social como para merecer ser recordado.
–Es el publicista de Christy Warner.
–Ah, claro –sonrió Clarice. Desde luego recordaba a la importante presentadora y a su marido–. Deberías llamar a Christy o a David. Seguro que ellos te ayudan a encontrarlo.
–De ningún modo –Lauren no iba a pasar por aquello.
Cuatro años antes, David Warner era el hombre con el que Lauren había planeado casarse, pero en un viaje de fin de semana a Las Vegas se había casado con su novia del instituto. Lauren los había perdonado hacía tiempo, pero lo último que quería de Christy o David era que la creyeran tan desesperada como para perseguir a un hombre que no se había molestado en pedirle el número de teléfono.
Que ese fin de semana se hubiera comportado como una tonta no significaba que lo fuera.
–¿A qué se dedica el hombre misterioso? –preguntó su madre.
Lauren tomó un trozo de tarta, casi sonriendo por la cara que iba a poner su madre al oír su respuesta.
–No tiene trabajo.
La excitación casi desapareció de los ojos de su madre, pero aún mantuvo un leve brillo de esperanza.
–¿Es suficientemente rico como para no trabajar?
Alex la había llevado al aeropuerto en un viejo Buick de finales de los ochenta. Lauren esbozó una sonrisa torcida y sacudió la cabeza.
–Muertos de hambre –Clarice sacudió la cabeza disgustada–. Están por todas partes. Bueno, no pienses demasiado en él. Además, probablemente estuviera casado.
–¡No estaba casado! –dijo Lauren. Ella siempre había creído que el matrimonio era algo sagrado, y por eso había mirado si llevaba alianza cuando la invitó a bailar. Cuando la acompañó hasta su habitación, se lo preguntó directamente.
–No te alteres. La mayoría de los hombres están casados, es un hecho.
–Pues él no –apuntó Lauren, perdiendo todo control de sí misma–. Si no, no hubiera estado con él.
–¿Cómo? –exclamó Clarice levantando las cejas y dejando de remover su café al instante–. ¿Pasaste la noche con él?
A Lauren se le encendieron las mejillas ante la mirada de curiosidad de su madre.
–No, por Dios. Bailamos un rato, tomamos unas copas y hablamos.
Aunque Lauren nunca había sido muy buena actriz, en ese momento su actuación debió resultar convincente, porque la expresión de su madre se tornó en decepción.
–¿Eso es todo?
–¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso crees que debí acostarme con él? –Lauren levantó la voz.
–No me hubiera parecido mal –dijo su madre encogiéndose de hombros–. Quería que te lo pasaras bien el fin de semana, y si eso incluía una aventura con un hombre atractivo, yo no tendría ningún problema con ello.
Lauren apretó los labios al recordar las palabras de su madre y arrancó el coche para marcharse a casa. Mientras ella se mortificaba por su comportamiento descuidado, su madre no veía nada de malo en ello.
Claro que eso no tenía que haberla sorprendido; su madre creía en vivir el momento y hacer lo que le apetecía a uno. Aunque Lauren siempre había abjurado de esa filosofía de vida, el fin de semana anterior la había abrazado con una pasión que le hacía enrojecer.
Y había sido extrañamente fácil. Sólo había sido necesaria una mirada en el salón de baile…
Lauren esbozó una tímida sonrisa y levantó su copa a modo de saludo. Ya se había fijado en él en la pista de baile. La primera vez que lo vio, estaba hablando con una rubia que se reía sin parar de un modo muy irritante y después, mientras bailaba con Joni Álvarez, que la había saludado mientras giraba sin cesar en sus brazos.
Lauren estaba intrigada, pero parecía que él ni la había visto, hasta un rato después, cuando lo vio mirándola. Ella había sentido un escalofrío y él había dejado su copa vacía en la bandeja de un camarero para echar a andar hacia ella.
Unos segundos después estaba a su lado.
–¿Te apetece bailar? –le había preguntado con voz grave, precipitando los latidos de su corazón.
Lauren se encogió ligeramente de hombros y dejó su copa en una mesa.
–¿Por qué no?
En cuanto él le tomó la mano y la atrajo hacia sí, ella se dio cuenta del error que había cometido. Sólo con estar entre sus brazos, Lauren sentía cómo la sangre le iba a toda velocidad y su cuerpo temblaba de ansiedad. Además, a juzgar por el brillo de deseo de sus ojos, él tampoco era del todo inmune a su proximidad.
Bailaron juntos tres canciones hasta que Lauren se excusó y se marchó. Empezaba a sentirse de un modo muy peligroso.
Salió del salón, cruzó la recepción del hotel y fue hacia el ascensor diciéndose a sí misma que tenía que ser la boda lo que había sacado a la luz aquellos molestos sentimientos de… bueno… deseo.
Sara Michaels, una de sus amigas de St. Louis que era cantante profesional, había actuado en la boda y las canciones de amor habían descubierto unos sentimientos que Lauren mantenía normalmente bien enterrados. Tampoco había ayudado que en la fiesta todo el mundo parecía estar acompañado, excepto ella.
Suspiró y levantó la mano para apretar el botón del ascensor.
–Deja que te ayude –dijo una voz familiar en un murmullo.
Lauren levantó la mirada y sus ojos se abrieron muchísimo por la sorpresa. La última vez que había visto a Alex, estaba rodeado de varias jóvenes que parecían pendientes de cada una de sus palabras.
–¿A ti también te ha entrado sueño?
–No, yo no voy a dormir en el hotel –dijo él. La puerta del ascensor se abrió y él hizo un gesto con la mano para que ella pasara primero. Después la siguió–. Me pareció una buena idea acompañarte hasta tu habitación.
Lauren frunció el ceño. Si hubieran estado bailando, habría echado a reír, pero sólo había tomado un par de copas de vino y estaba completamente sobria.
–Puedo llegar a mi habitación sola perfectamente. No necesito escolta.
–No he dicho que la necesitaras –dijo él con un guiño–. Lo hago sólo porque me apetece.
Aunque le gustaba estar con él y hablar con él, Lauren no estaba segura de si dejarlo acompañarla a su habitación sería una buena idea.
–Por si no te habías dado cuenta, no muerdo.
Su sonrisa era tan contagiosa que Lauren no pudo evitar corresponderlo. La puerta se cerró y Lauren apretó el número correspondiente a su planta.
–¿Cómo puedo estar segura de eso?
–Porque –dio un paso hacia ella–, si mordiera, ya te habría probado en la pista de baile.
Y sin una palabra de advertencia, él se acercó y llevó la mano hasta su nuca, acariciándole también la mandíbula con los pulgares.
Ella se quedó sin aliento. El tiempo pareció detenerse cuando sus miradas se encontraron; la mirada de él reflejaba la misma llamarada que a ella le ardía en las venas.
–Quiero acompañarte hasta tu habitación –repitió él.
Lauren tomó aliento y sacudió la cabeza. No estaba segura de poder confiar en él… ¿O era en sí misma en quien no confiaba?
–Eres demasiado…
–¿Irresistible?
–Estaba pensando más bien en insistente –el ascensor se abrió y ella salió de él. Alex la siguió.
–Todo el mundo tiene algún defecto.
–Ser impulsiva nunca ha sido uno de los míos –apuntó ella.
Él le tomó la mano y le acarició la palma con la yema del dedo.
–Te dejaré si me dices que desaparezca.
Sus caricias no dejaban respirar a Lauren, cuando menos pensar con claridad.
–No estoy segura…
–Tal vez esto te ayude a decidirte.
Él la atrajo hacia sí, le levantó la barbilla con el dedo y le cubrió los labios con los suyos.
Su boca era cálida y sensual. La escasa barba de madrugada le raspaba ligeramente el cutis, enviando descargas de deseo a todo su cuerpo. El corazón le latía con fiereza en el pecho. Él levantó la cabeza y la miró con unos ojos negros y penetrantes.
Lauren soltó aire mientras se miraban. Deseaba a aquel hombre de un modo que desafiaba toda lógica, y estaba segura de que era un sentimiento honesto y real.
Lo único que le quedaba por decidir era si debía confiar en su instinto.
El chirrido del móvil trajo a Lauren de nuevo a la realidad. Por un segundo se sintió engañada, como si la llamada hubiera interrumpido algo importante. En sus recuerdos, la noche anterior, en su habitación, nada les había interrumpido a ella y a Alex. Habían estado los dos solos, sin interrupciones, toda la noche.
Mi vida está totalmente descontrolada –confesó Lauren con un suspiro a su amiga, Sara Michaels.
Sara tomó un sorbo de su refresco y miró a Lauren con sus ojos azules, curiosos, pero no preocupados.
–¿No me digas que hay rebajas en algún centro comercial?
–Ojalá fuera sólo eso. Es algo más serio.
Sara pareció sorprenderse de su respuesta.
–¿Qué te ocurre, Lauren?
Lauren dudó. Era el momento perfecto, pero no le salían las palabras. La cantante era su mejor amiga y su brújula en cuestiones de conciencia. Aunque sabía que Sara se sorprendería negativamente al oír su historia, Lauren sabía que ella era la única que podía ayudarla a salir de aquel embrollo de emociones.
Tenía muy claro que no podía contar con sus padres para que la ayudaran con eso, aunque desearía poder seguir el consejo de su madre y simplemente olvidarse de él. El problema era que no conseguía sacárselo de la cabeza y que recordaba con total nitidez cada momento que había pasado con él.
–¿Lauren? –llamó Sara, sonriendo para animarla.
–¿Alguna vez has hecho algo malo aun a sabiendas de que estaba mal?
Una extraña expresión se dibujó en el rostro de Sara. En lugar de contestar, tomó un sorbo de su refresco y su mirada se perdió en la lejanía. Por fin asintió.
–No necesito que me lo cuentes –dijo Lauren, apoyando los codos sobre la mesa–. Pero, sea lo que sea, si tuvieras que volver a hacerlo, ¿lo harías?
–En su momento pensaba que aquello estaba justificado –dijo Sara–, pero era muy joven. Ahora puedo decir que me equivoqué.
Lauren no sabía cuál podía haber sido el pecado de Sara, pero conociendo la tendencia de su amiga de hacer siempre lo correcto, no podía ser demasiado malo. Desde luego, nada comparado con una aventura de una noche, pero le agradaba comprobar que Sara podía entender que una persona se desviase del buen camino.
–He hecho algo –dijo Lauren vagamente–, que sabía que estaba mal desde el principio. Pero seguí adelante y lo hice de todos modos.
–Y ahora lo lamentas –respondió Sara con voz comprensiva, inclinándose para tomarle una mano–. En un momento u otro, todos hacemos cosas así, cosas que lamentamos.
Lauren emitió un gruñido. Sara no había entendido nada. No eran los remordimientos de conciencia lo que la molestaban, sino la falta de ellos.
–El caso es que no me siento mal –dijo Lauren–. Sé que debería, pero no sólo no me siento mal, sino que si tuviera la oportunidad, volvería a hacerlo.
Sara frunció el ceño.
–No te entiendo.
–Es mi madre. Estoy empezando a parecerme a ella.
Sara miró las bolsas llenas de ropa recién comprada que Lauren tenía a su lado. Cuando Lauren estaba nerviosa, nada lograba tranquilizarla más que una visita a un centro comercial. Sara, como el resto de sus amigas, tenían asumido que ir de compras era su forma de descargar estrés.
Lauren miró también las bolsas. Lo único que lamentaba de aquello era que tendría que devolver la mayor parte de las cosas que había comprado. Se gastaba la mayor parte de su sueldo en pagar el alquiler del piso de lujo que tenía en el centro de la ciudad y le quedaba poco para caprichos.
–Lauren, no has sido la misma desde que volviste de Chicago. ¿Ocurrió algo allí?
–Me lo pasé bien en Chicago –respondió Lauren, evitando la pregunta–. Estuvo genial volver a ver a todo el mundo.
Pero lo cierto era que la reunión había resultado más bien agridulce para ella. Lauren se había alegrado por la última en casarse de sus amigas de la universidad, al igual que por el resto de amigas que cargaban a sus bebés en brazos. Lo que no pudo evitar fue pensar en cuándo sería su turno. ¿Cuándo encontraría a su hombre? ¿Y a su hijo en brazos?
–Dime por qué piensas que eres como tu madre –dijo Sara al ver que Lauren no decía nada más.
–Cuando ve algo que quiere, va por ello, sin tener en cuenta si sus acciones son lógicas. Últimamente, yo he estado haciendo lo mismo.
–Eso no es cierto –respondió Sara, más por lealtad que por su capacidad de ser realista con sus amigas.
–Sí que lo es. He alquilado una casa que no me puedo permitir –Lauren pensó que eso sonaba mejor que decir que había tenido una aventura de una noche con un hombre al que nunca volvería a ver–. Y me compro ropa que no necesito sólo porque me gusta.
–Si es por dinero –empezó Sara–, tengo unos ahorros que…
–De eso nada –dijo Lauren con firmeza. Tomar dinero prestado de amigos era la especialidad de su padre, pero ella dormiría al raso antes de aceptar dinero de Sara–. Pero necesito un compañero de piso. Si conoces a alguien que esté interesado, dale mi número.
Sara se reclinó en su silla con expresión pensativa.
–Tal vez conozca a alguien. El único problema es que es un hombre.
