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Antes de 1960, la muerte de un paciente en estado crítico era inevitable. Gracias a las técnicas de resucitación cardiopulmonar, las unidades de cuidados intensivos y la producción de fármacos es posible alargar la vida el día de hoy. En aquellos años, ocurre el primer trasplante de corazón. Este procedimiento, realizado en la Ciudad del Cabo, desató debates entre médicos, teólogos y eticistas con el fin de acordar en qué momento una persona dejaría de existir. Esta obra reúne los trabajos de autores latinoamericanos que aportan diversas reflexiones sobre los derechos de atención a la salud, la ecología y el medioambiente, el bioderecho, la humanización en salud, los comités de bioética, la ética de la investigación biomédica, entre otros aspectos, trabajos orientados por la defensa de la dignidad y los derechos humanos. La bioética es fundamentalmente dialogante. Rechaza las concepciones a ultranza de la ciencia y las visiones moralizantes de la ética. Así, en la búsqueda de un término medio, se concibe a la dignidad como un valor absoluto en la medida de que las personas son siempre fines en sí mismas. La autonomía no sería suficiente para fundamentar un discurso bioético. Los derechos humanos responderían mejor a las necesidades sanitarias y ambientales de una región como Latinoamérica. Esta bioética social exige una toma de postura política y un compromiso personal más allá del ámbito académico. Y este libro encara aquel desafío.
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Seitenzahl: 642
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Contenido
INTRODUCCIÓN
TEMAS Y CONCEPTOS
Origen y desarrollo de la bioética
Edwin Vásquez Ghersi, SJ
De la persona-individuo a la persona-infinito
Miguel Ángel Polo Santillán
Estatuto del embrión humano y el concepto de persona
María Laura Malespina
La bioética y el medioambiente desde la perspectiva de la ecología integral
José Roque Junges, SJ
Bioderecho y el principio de la dignidad humana
María Laura Malespina
Conceptos de justicia, derecho humano a la atención de salud y desarrollo en Latinoamérica desde la bioética
Francisco Javier León Correa
BIOÉTICA Y SALUD
Bioética y humanización en salud
Roberto H. Tarazona Ponte
La relación clínica: una oportunidad para ser más humanos
Eduardo Díaz Amado
Los comités de ética asistencial. Una mirada desde América Latina
Verónica Anguita Mackay
Comités de Bioética Clínica. La experiencia del Instituto Nacional de Salud del Niño
Miguel Chávez Pastor
La finalidad de los cuidados paliativos
Virginia Alicia Garaycochea Cannon
Eutanasia: la bioética al final de la vida
Virginia Alicia Garaycochea Cannon
Consideraciones éticas del aseguramiento universal de salud en el Perú
Aníbal Velásquez Valdivia
ÉTICA DE LA INVESTIGACIÓN
Ética de la investigación en seres humanos
Fredy Canchihuamán Rivera
Bioética e investigación en animales
Jorge J. Ferrer, SJ
El impacto de la integridad científica en el fortalecimiento de la ciencia
Ada Roxana Lescano
SOBRE LOS AUTORES
CRÉDITOS
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INTRODUCCIÓN
Desde su nacimiento como actividad interdisciplinar, la bioética ha estado marcada por tres grandes preocupaciones éticas: los problemas que se suscitan por el avance de la tecnología en el campo de la vida y la salud (conflictos éticos al inicio y final de la vida, etc.), algunos otros que surgen en la sociedad frente a las expectativas del desarrollo de la biotecnología en el ámbito sanitario (justicia, inequidad y salud pública) y aquellos de escala global causados por la actividad humana sobre la naturaleza (crisis ambiental).
A pesar de una génesis como la descrita, desde mediados de la década de 1970 en Estados Unidos esta disciplina concentró su atención en el campo de la salud y dejó para la ética ambiental las cuestiones relativas al calentamiento global. Cabe señalar que fuera del ámbito anglosajón, la bioética mantiene hoy un vínculo con las problemáticas ambientales. El énfasis en temas de salud como los derechos de los pacientes frente al paternalismo médico, la regulación de la investigación con seres humanos y los nuevos cuestionamientos surgidos por el avance vertiginoso de las biotecnologías han constituido el terreno fértil de la reflexión bioética.
El arribo de la bioética a América Latina a mediados de la década de 1980 estuvo marcado por una recepción acrítica del enfoque principialista estadounidense. Con el paso de los años, esta distorsión fue, en parte, corregida y aparecieron enfoques de raigambre local que daban cuenta de las realidades de pobreza e inequidad propias de nuestra región, así como de sus particularidades culturales. La reflexión bioética ha calado en varios países latinoamericanos y se ha institucionalizado en la mayoría de ellos. En este sentido, resulta importante señalar que en México hay una comisión nacional de bioética adscrita a la Secretaría de Salud; en América del Sur, Colombia cuenta actualmente con un consejo nacional de bioética cuyos miembros son nombrados por la Presidencia de la República; Brasil, por su parte, tiene un consejo nacional de bioética vinculado al Ministerio de Salud, entre otras experiencias que ocurren en países latinoamericanos.
Aunque la bioética en el Perú ha adquirido carta de ciudadanía a través de la actividad constante del colegio de médicos, de algunos programas universitarios y del comité nacional de bioética, entre otros actore; sin embargo, las publicaciones académicas son muy escasas. Ante esta situación, impulsar el estudio de la bioética es fundamental, pues permite la construcción de ciudadanía y democracia, y, con ello, ayuda a las personas a abordar con madurez los problemas en el ámbito de la vida y la salud. Este libro, que quiere ser un aporte a la reflexión bioética en nuestro medio, cuenta con la colaboración de autores peruanos y latinoamericanos, y es el fruto de un largo y laborioso trabajo de coordinación. Hunde sus raíces en el diplomado y la maestría en bioética impartidos por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya entre los años 2009 y 2015, y más recientemente en la versión a distancia del diplomado del año 2019. En definitiva, las páginas que componen este libro son el resultado de años de enseñanza y reflexión.
Este proyecto de publicación fue pensado antes de la aparición de la COVID-19 y por tal motivo no hace referencia a ella. Pero la reflexión bioética que se presenta aquí ayuda a enfrentar problemáticas derivadas de la crisis sanitaria que vive hoy el mundo, tales como la falta de cuidado y protección adecuados de los profesionales de la salud por parte del Estado, el triaje de los pacientes en las unidades de cuidados intensivos, la experiencia solitaria de la muerte que ocurre sin distinción de personas, el comercio inequitativo entre los Estados para obtener suministros médicos, la pobreza cada vez más creciente y los retos ambientales asociados a la crisis sanitaria propios de una pandemia.
El libro ha sido organizado en tres partes. En la primera de ellas, titulada Temas y conceptos, Edwin Vásquez Ghersi traza el marco de la bioética a partir de una revisión crítica de los orígenes, los principios y las perspectivas, pero señalando que la dignidad de la persona es el criterio irrenunciable. Asimismo, nos presenta un panorama de la bioética pensada y practicada desde América latina y el Perú. El segundo capítulo está a cargo de Miguel Ángel Polo Santillán quien realiza una reflexión filosófica sobre los límites del concepto de persona-individuo, no para quitarle su valor, sino para abrirlo a nuevas posibilidades, como el significado de persona-infinito. Esta comprensión puede explorar nuevos caminos a la antropología filosófica y a las reflexiones bioéticas.
María Laura Malespina trata uno de los temas más recurrentes de la bioética médica, como es el estatuto del embrión humano. Analiza los aspectos biológicos, así como la dimensión antropológica y moral del problema, deteniéndose en dos tipos de reconocimiento de la condición personal del embrión humano, tanto de modo inmediato como en estadios posteriores. Finaliza presentando el ordenamiento jurídico peruano sobre el asunto. José Roque Junges SJ aborda uno de los temas actuales de la bioética, los acuciantes problemas medioambientales. Desde la perspectiva de la ecología integral, abarca las ecologías mental, social y ambiental. Así, se plantea la necesidad de pensar formas de convivencia ecosustentables, con una nueva sensibilidad.
María Laura Malespina, en su segundo artículo, trata de la relación entre la bioética y el derecho. El artículo revisa las denominaciones bioderecho y biojurídica, considerando la dignidad humana como concepto integrador entre la bioética, el bioderecho y la biojurídica. Francisco Javier León Correa, en su trabajo, analiza los conceptos de justicia y desarrollo, y su relevancia para la bioética. La revisión de la teoría del desarrollo, en sentido sustentable, le permite reflexionar éticamente sobre el sistema de salud en América Latina.
En la segunda parte, titulada Bioética y salud, empezamos con el artículo sobre la humanización en salud, de Roberto H. Tarazona Ponte. Da cuenta de las causas de la deshumanización de la medicina, y explora las posibilidades de retomar el camino de la humanización a través de la práctica de las virtudes, la compasión e indicadores de humanización. A continuación, Eduardo Díaz Amado analiza la relación clínica, donde nace, se realiza y transforma la medicina. Observa cómo los futuros médicos deben conciliar el currículo oficial que pide tratar al paciente humanamente, y el currículo oculto que enseña que la medicina es una ciencia exacta, lo cual lleva a la objetivación del paciente. Y piensa tres imágenes en la relación clínica: como sustento de la vulnerabilidad, como integrada a la familia y viendo los efectos de la tecnología que permiten ya imaginar escenarios futuros distópicos y potencialmente amenazantes de lo propiamente humano de la relación clínica.
Verónica Anguita Mackay escribe desde Chile sobre los comités de ética asistencial (CEA). Después de destacar la importancia de los comités para la práctica clínica, presenta el método deliberativo a través del esquema hechos, valores y deberes. Una mirada latinoamericana de los CEA da cuenta de la importancia de incorporar la inequidad en el acceso a la salud, así como los factores culturales propios de la región. A su vez, Miguel Chávez Pastor reflexiona en torno a la experiencia del comité de ética clínica o comité de ética asistencial del Instituto de Salud del Niño en Lima, Perú, que él ayudó a fundar. Este comité nació ante la necesidad de ayudar a los médicos a enfrentar problemas éticos de pacientes en fase terminal y cumple la función de orientar en la calidad de atención sanitaria, la reflexión bioética y el desarrollo de una ética institucional. Es el único en su género a nivel del país.
Es el turno de Virginia Alicia Garaycochea Cannon quien explora el tema de los cuidados paliativos. Este trabajo analiza la limitación del esfuerzo terapéutico como una opción para el manejo ético y compasivo de pacientes terminales y del propio acto del morir. En la sección final se presenta la experiencia de la unidad de cuidados paliativos pediátricos del Instituto Nacional de Salud del Niño en Lima, Perú, de la cual Garaycochea Cannon es fundadora. En seguida la misma autora aborda la eutanasia y el suicidio médicamente asistido (SMA). Mientras que la eutanasia es la muerte provocada por otro, el SMA es el morir por propia mano. Al presentar argumentos en favor y en contra, por un lado, se afirma la autonomía del paciente para decidir cómo terminar con su vida, pero por otro lado Garaycochea se pregunta si no se estará poniendo al borde del abismo a pacientes que experimentan grandes sufrimientos frente a los cuales el sistema de salud no responde adecuadamente.
Aníbal Velásquez Valdivia cierra la segunda parte con un estudio de las consideraciones éticas del aseguramiento universal de salud en el Perú, particularmente la reforma del sector salud del año 2013. Afirma que un recto enfoque ético, o bioético, de las políticas de salud pública permite a los administradores de salud pública mejorar la salud de la población al identificar condiciones estructurales que promueven o inhiben el desarrollo de sociedades saludables.
En la tercera parte, titulada Ética de la investigación, Fredy Canchihuamán Rivera tiene a su cargo el capítulo de ética de la investigación en seres humanos. En un primer momento presenta los fundamentos teóricos de la ética de la investigación y, luego, las numerosas regulaciones y códigos internacionales que han sido producidos en los últimos decenios. Se aborda, igualmente, la normativa peruana existente y se concluye proponiendo algunos desafíos que enfrentan los comités de ética de la investigación para que cumplan de veras con el propósito de proteger a las personas. En el siguiente capítulo de esta parte final, Jorge José Ferrer SJ asume la tarea de dilucidar el estatuto ético de los animales y sus implicaciones para la investigación científica. La pregunta que guía su trabajo es cuál es el nivel de consideración y respeto que merecen los animales no humanos que son sometidos, sin su consentimiento, a proyectos de investigación y actividades educativas que solo benefician a los individuos de la especie humana. Sus conclusiones dejan entrever su opción por lo que se ha dado en llamar un antropocentrismo débil. En el último capítulo del libro, Ada Roxana Lescano desarrolla el concepto de integridad científica, elemento necesario para que la sociedad tenga confianza en la actividad científica. La honestidad en la práctica y la investigación científica es el valor fundamental que sostiene el andamiaje de la integridad científica. Luego de definir con precisión el concepto y señalar su importancia para la cultura institucional, se presenta el estado actual de la temática en el Perú. El objetivo final es que los trabajos científicos cumplan con su cometido y tengan buena acogida en revistas y editoriales.
Los trabajos presentados en esta publicación pretender ser una colaboración al debate bioético en nuestro país, así como servir para incentivar más investigaciones que profundicen y amplíen esta gran variedad de temas que la academia debiera plantearse para responder a los problemas sociales actuales.
Agradecemos, en primer lugar, a los autores que han participado en este libro. Después de un largo camino, sus trabajos han llegado a la meta. Debemos, también, agradecer a quienes han financiado este proyecto. Su generosidad y confianza nos han permitido arribar a buen puerto. El Fondo Editorial de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya ha acompañado, paso a paso, los trabajos de publicación. La dedicación y esfuerzo de Joel Anicama y Paola Calle han permitido que este proyecto vea la luz.
Dedicamos este libro a la memoria de Miguel Chávez Pastor. Él compartió el sueño de contar con un texto de bioética producido en nuestro medio. Su temprana partida nos entristece, pero su recuerdo nos anima a seguir trabajando, desde la bioética, por una sociedad más justa y solidaria.
Los editores
TEMAS Y CONCEPTOS
Origen y desarrollo de la bioética
Edwin Vásquez Ghersi, SJ
La bioética es una disciplina cuya importancia y repercusión se hacen sentir cada vez más en la vida de las personas y la sociedad en su conjunto. Su campo de acción es la salud, pero en sus orígenes estuvo presente la problemática ambiental que hoy resulta un asunto crucial para la sobrevivencia del planeta. La bioética surgió por la necesidad de establecer pautas éticas ante el vertiginoso desarrollo de las ciencias biomédicas. En la búsqueda de una sociedad más democrática e igualitaria, esta ética aplicada articula diferentes saberes para iluminar la reflexión en el complejo ámbito de las biotecnologías, la relación médico-paciente, la investigación biomédica y la salud pública, entre otros.
En este capítulo respondemos a las preguntas qué es la bioética, cuáles son sus orígenes y cómo se desarrolla más allá del ámbito norteamericano. Nuestro propósito es mostrar la amplitud y complejidad de una disciplina que concita un interés creciente. Presentaremos, en primer lugar, un análisis de los orígenes de la bioética y las múltiples causas que explican su aparición; en segundo lugar expondremos la propuesta de los cuatro principios de Tom Beauchamp y James Childress; luego revisaremos las críticas que esta propuesta principialista ha recibido; a continuación veremos, aunque brevemente, otras teorías bioéticas y el concepto central de dignidad de la persona; seguidamente se presentará un breve recuento de la reflexión latinoamericana de la bioética; y terminaremos con un perfil de la bioética en el Perú.
1. Antecedentes y orígenes de la bioética: acontecimientos, personajes, instituciones
Los antecedentes del surgimiento de la bioética están relacionados con los grandes avances en biología y los albores de la crisis ambiental al inicio de la segunda mitad del siglo XX. En efecto, el descubrimiento de la estructura de doble hélice de la molécula de ADN en 1953 por James Watson y Francis Crick, y, posteriormente, la determinación del código genético en 1966 por otros investigadores constituyó una revolución que abrió las puertas a muchos interrogantes de carácter científico y ético; surgen, entonces, cuestionamientos respecto de la posibilidad de perfeccionar la naturaleza humana y, al mismo tiempo, cobra relevancia la pregunta si todo lo técnicamente posible es éticamente deseable o correcto. Por otro lado, estudios pioneros de científicos norteamericanos en los años 1960 que daban cuenta del aumento de la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera alertaban del peligro de un crecimiento económico sin límites. La humanidad comenzaba a caer en cuenta que había que diseñar políticas ambientales ante el riesgo de un grave deterioro de la vida en el planeta.
Esta década de 1960 es testigo de grandes progresos en las ciencias biomédicas. Las técnicas de resucitación cardiopulmonar, las unidades de cuidados intensivos y nuevos fármacos permiten alargar la vida de pacientes que apenas unos años antes hubiesen muerto inevitablemente. Los médicos deben enfrentar situaciones éticas inéditas derivadas de los alcances del desarrollo sanitario tales como la utilización o la discontinuidad de uso del respirador artificial frente a un paciente cuya expectativa de vida es incierta. ¿Qué hacer en esos casos? ¿Es moralmente lícito persistir en un tratamiento que aunque sostiene la vida del enfermo no ofrece, sin embargo, posibilidades reales de mejoría? ¿Cuál es el límite entre la obligación médica de cuidar la vida y el encarnizamiento terapéutico?1
Simultáneamente tiene lugar el primer trasplante de corazón realizado por el sudafricano Christian Barnard el 3 de diciembre de 1967. El impacto de este evento sin precedentes lleva a organizar simposios y paneles en los que participan médicos, teólogos y eticistas para discutir preguntas tales como en qué momento una persona deja de existir para que sea posible proceder con el trasplante de corazón. Por ejemplo, a inicios del año siguiente tiene lugar en el Centro Médico de la Universidad de Texas un panel en que se discute el replanteamiento de los códigos de ética médica delante de estos vertiginosos avances de la biotecnología. En este mismo lugar, el Dr. Denton Cooley implantará el primer corazón artificial el 4 de abril de ese año (Jonsen, 1998, pp.18-19). Poco después, un médico de la Universidad de Harvard establecerá un protocolo de muerte cerebral como criterio excluyente de término de la vida humana. Los progresos biomédicos preparan, pues, el terreno para el nacimiento de la bioética.
Tres teólogos merecen una mención especial: Joseph Fletcher, profesor de ética teológica en la Escuela Episcopaliana de Cambridge, Massachusetts; Paul Ramsey, profesor de religión en la Universidad de Princeton; y Richard McCormick, profesor de teología moral en la Escuela jesuita de West Baden, Indiana. El primero, miembro de la Iglesia Episcopaliana, de una postura liberal; el segundo, metodista, de una línea conservadora; y el último, católico y jesuita, más bien moderado. Jonsen atribuye a Ramsey el haber sido el primer académico en proponer una reflexión bioética en el panel “La genética y el futuro del hombre” en enero de 1965 en Minnesota (Jonsen, 1998, pp. 41-55).
Otro cambio que explica por qué surge la bioética es el paso de una relación paternalista entre el médico y el paciente a la emancipación y autonomía del paciente frente al médico. Desde los antiguos griegos hasta mediados del siglo XX se entendió que la enfermedad incapacitaba a la persona de tal forma que le impedía decidir por sí misma lo que más le convenía para su curación. Como consecuencia de esta visión, el médico ejercía un paternalismo sobre el paciente al modo como un padre trata a su hijo pequeño, procurando el bien del enfermo sin contar con su parecer. Este enfoque tradicional comienza a cambiar cuando pacientes organizados escriben, en el año 1969, el primer código de derechos de los enfermos para expresar su rechazo al trato discriminatorio de ser considerados menores de edad y, por tanto, incapaces de tomar decisiones sobre su propio cuerpo y salud. En esta reivindicación del paciente de su condición de adulto frente al médico surge el derecho al consentimiento informado, que no es otra cosa que tomar conciencia de la capacidad del enfermo para participar activamente en las decisiones que afectan su bienestar (Gracia, 1998, pp.14-15).
Probablemente un hecho determinante que dio origen a la bioética fue la investigación médica con sujetos humanos que no respetaba procedimientos éticos básicos. En 1966 Henry Beecher, médico anestesiólogo, publicó en el New England Journal of Medicine el artículo titulado “Ethics and Medical Research” (Ética e investigación médica) en el que describía 22 experimentos, uno de los cuales fue un estudio sobre hepatitis B en niños con retardo mental. Los resultados de estas investigaciones habían sido debidamente publicados en revistas de prestigio académico. El artículo de Beecher hizo caer en la cuenta de que los abusos Nazis no eran, lamentablemente, cosa del pasado. En 1972 se conoció que durante 40 años el gobierno federal de EE.UU. había promovido un estudio sobre la sífilis entre hombres negros del sur del país a los cuales no se les suministró penicilina (el caso Tuskegee); el propósito del experimento consistía en conocer la evolución natural de la enfermedad. Este caso emblemático y otros con menos publicidad llevaron en 1974 a la conformación en el senado norteamericano de la “Comisión nacional para la protección de sujetos humanos en investigación biomédica”, la cual presentó en 1978 el “Informe Belmont”, documento que, como veremos más adelante, sienta las bases de los famosos 4 principios de la bioética (Jonsen, 1998, pp. 99-106).
Consideremos ahora, aunque de manera breve, los personajes y las instituciones presentes al inicio de esta disciplina. La bioética nació en los EE.UU. y el término tuvo un doble origen2: en el artículo de 1970 “Bioethics, the science of survival” del médico oncólogo Van Rensselaer Potter, y en la creación del Kennedy Institute of Bioethics a cargo del médico ginecólogo André Hellegers en 1971.3 Potter, seguidor de Aldo Leopold,4 advierte el peligro que corre el planeta debido al deterioro ambiental y avisora un futuro nefasto si no se recurre a una nueva moral que reflexione acerca de la sostenibilidad de la vida planetaria. El divorcio entre las ciencias biológicas y las humanidades ha conducido a esta crisis; Potter propone, entonces, que la “bio-ética” sea el puente entre ellas y considera a esta nueva disciplina como una ética de supervivencia (Potter, 1970; Potter 1971). Hellegers, por su parte, siendo médico católico de amplia formación humanista en su nativa Holanda, tiene inquietud por los problemas de la investigación biomédica, pero también le preocupa la doctrina moral de la Iglesia católica sobre la anticoncepción. Esto lo lleva a formar parte de una comisión presidencial sobre población y planificación familiar, al mismo tiempo que es llamado por el papa Pablo VI a integrar la Comisión para el estudio de los métodos anticonceptivos. Su formación humanista le permite ver la necesidad de establecer un diálogo entre la medicina, por un lado, y la ética y la teología, por otro, dado el vertiginoso desarrollo de las ciencias de la salud. El Instituto Kennedy que él fundó en la Universidad Georgetown en la ciudad de Washington será el centro de estos debates (Abel, 2007, pp. 15-17; Gracia, 2004, pp. 107-108). La bioética tomará el camino señalado por Hellegers y dejará para la ética ambiental el enfoque de Potter.
Daniel Callahan es el tercer personaje en nuestra lista, uno de los que ayudó a inventar el campo de la bioética. Filósofo de formación, se une al médico psiquiatra Willard Gaylin para fundar en 1969 el Hastings Center cerca de la ciudad de Nueva York. Callahan encuentra en el campo de la salud el terreno propicio para desarrollar una ética aplicada, dado que el progreso acelerado de la medicina demandaba nuevos conceptos y reflexión con sólidos fundamentos. Al igual que Hellegers, le interesaba darle al progreso científico una orientación humanizadora. La revista The Hastings Center Report, que continúa publicándose hoy, ha sido un fértil espacio de reflexión gracias al empuje de este connotado eticista. Francesc Abel, jesuita catalán, es el cuarto personaje que merece un lugar destacado entre los fundadores de la bioética. Médico gíneco-obstetra al igual que Hellegers, viaja a Estados Unidos en 1972. Al mismo tiempo que participa de las primeras actividades del recientemente creado Instituto Kennedy, estudia un doctorado en fisiología fetal bajo la dirección del Dr. Hellegers. Abel desarrollará una amplia labor a través del Institut Borja de Bioética que funda en Barcelona en 1976, el primero de su género en Europa (Abel, 2007, pp. 17-18.41-44; Callahan, 2012).
Para cerrar esta sección, veamos dos definiciones de bioética. La primera, tomada de la Enciclopedia de Bioética: “Estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y el cuidado de la salud, en la medida que esa conducta es examinada a la luz de una variedad de metodologías éticas en un enfoque multidisciplinario” (Reich, 1995, pp. xxviii-xxix). Esta definición da cuenta de la orientación netamente biomédica tomada por la bioetica impulsada por Hellegers, Callahan y otros. Hay que resaltar el carácter interdisciplinario que identifica el discurso bioético desde sus orígenes, en una visión abierta a diferentes enfoques éticos. Por su parte, Francesc Abel propone la siguiente definición: “La bioética es el estudio interdisciplinar (transdisciplinar) orientado a la toma de decisiones éticas de los problemas planteados a los diferentes sistemas éticos, por los progresos médicos y biológicos, en el ámbito microsocial y macrosocial, micro y macroeconómico, y su repercusión en la sociedad y su sistema de valores, tanto en el momento presente como en el futuro” (Abel, 2007, pp. 5-6). Este modo de entender la bioética considera las implicancias socioeconómicas y políticas del progreso biomédico y científico, e incluye una visión de largo plazo como proponían Potter y Hans Jonas.
2. Los cuatro principios de Beauchamp y Childress
Como decíamos en la sección anterior, el Informe Belmont de 1978 da pie a la teoría de los principios que Tom Beauchamp y James Childress proponen en su libro Principles of Biomedical Ethics, traducido al español de la cuarta edición como Principios de ética biomédica en 1999 (la primera edición es de 1979). En este libro, Beauchamp y Childress hacen una propuesta teórica para analizar y resolver problemas morales del ámbito biomédico.
Apoyados en el deontologismo de David Ross y el utilitarismo de los clásicos ingleses, postulan cuatro principios: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. Estos principios se enmarcan en un esquema de razonamiento moral. En el nivel más elevado se encuentran las teorías morales, como el utilitarismo y el deontologismo; en seguida aparecen los principios, que son enunciados generales tales como el principio de respeto por la autonomía; más abajo se encuentran las reglas, que son enunciados para orientar una acción, como es el caso de “es incorrecto mentir a un paciente”; finalmente nos encontramos en el nivel de las acciones morales que corresponde al nivel particular. Los autores proponen prescindir del nivel más elevado del esquema, las teorías morales, y desarrollar principios y normas morales que sirvan para resolver situaciones particulares (Beauchamp & Childress, p. 6).
Guiados por la interpretación que William Frankena hace de Ross, nuestros autores sostienen que los cuatro principios son deberes prima facie, es decir, principios morales que obligan de primera intención, pero no de forma absoluta (“obligan siempre, pero no para siempre”). Dicho de otra manera, cada principio obliga moralmente, salvo que entre en conflicto con un deber de igual o mayor magnitud. El conflicto entre principios podría dar lugar a dilemas éticos frente a los cuales, a juicio de los autores, no valdrían principios absolutos. Habrá que dilucidar en cada caso qué principio tiene preponderancia sobre otro a través del examen atento del contexto. Dicho de otra manera, hay que deliberar qué deberes deben convertirse en deberes reales y efectivos (actual duties) es decir, aquellos que, examinadas las circunstancias, prevalecen sobre otros que se juzga deben pasar a un segundo plano. En último término, se trata de determinar las obligaciones de carácter perfecto y aquéllas de carácter imperfecto. Desarrollaremos este punto más adelante. Así, pues, no hay jerarquía entre los principios, sino que son todos del mismo nivel. Por ejemplo, la vacunación obligatoria del Ministerio de Salud entra en conflicto con la oposición de algunas familias contra las vacunas, sea porque creen que éstas son el origen de otros males o por razones religiosas. Nos encontramos delante de un conflicto entre el principio de beneficencia (la vacunación) y el principio de autonomía de las personas. En resumen, “el mantra de Georgetown”, como vinieron a conocerse los cuatro principios, es el resultado de una aplicación del deontologismo de Ross, en menor medida, y el utilitarismo de Frankena a la problemática biomédica y de salud en el contexto norteamericano. Sin embargo, debemos decir con Diego Gracia que la teoría de los principios es básicamente utilitarista (Gracia, 1998, pp. 91-96; Beauchamp & Childress, 1999, pp. 103-106; Feito, 2002, pp. 678-680).
A continuación, veamos los cuatro principios.
a) Autonomía: Beauchamp y Childress definen la autonomía como la capacidad de las personas para autodeterminarse. Respetar a un agente autónomo implica reconocer al otro y aceptar que es capaz de tomar decisiones; implica también respetar la toma de postura de la persona que decide en base a convicciones y valores morales y creencias espirituales y religiosas. Una acción autónoma tiene tres condiciones: (a) el agente moral obra intencionalmente, (b) el agente moral obra con conocimiento de causa y (c) el agente moral obra sin influencias externas determinantes. Así, una persona autónoma puede realizar acciones no autónomas, como en el caso en que alguien acepta seguir un tratamiento médico obligado por su familia; de igual forma, las acciones autónomas podrían tener gradualidad. Un ejemplo del principio de autonomía es si la sociedad debe respetar la decisión de una persona que por convicciones religiosas rechaza una transfusión de sangre (Beauchamp & Childress, 1999, pp. 57-66; Luna y Salles, 2008, pp. 59-60; Ferrer y Álvarez, 2003, pp. 125-130).
b) No maleficencia: Este principio es el fundamento de cualquier sistema moral. Consiste en no hacer daño intencionalmente. Como dice la máxima hipocrática, primum non nocere (lo primero es no hacer daño). Puede afirmarse que, en general, las obligaciones de no hacer daño vinculan más que las obligaciones de beneficencia. Por ejemplo, la obligación de no empujar a alguien que no sabe nadar al mar o a una piscina parece más vinculante que la obligación de rescatar a alguien que hubiera caído al agua accidentalmente. De este principio se derivan varias normas morales, tales como: no matar, no causar dolor o sufrimiento, no causar discapacidad, no ofender, no privar a otras personas de los bienes de la vida. De acuerdo con nuestros autores, estas normas, al igual que el mismo principio, obligan prima facie (es decir, no son absolutas). Este principio, y sus correspondientes reglas, es aplicado por Beauchamp y Childress a temas fundamentales de la ética biomédica como el tratamiento de recién nacidos con enfermedades complejas, las obligaciones de las personas que toman decisiones en lugar de pacientes incompetentes, la distinción entre precipitar la muerte y dejar morir, etc. (Beauchamp & Childress, 1999, pp. 113-145; Luna y Salles, 2008, pp. 60-62).
c) Beneficencia: En la propuesta de Beauchamp y Childress, el principio de beneficencia apunta a la ejecución de acciones en bien de las personas. De acuerdo a la tradición ética, hay una beneficencia obligatoria y una beneficencia ideal. La primera aborda la relación con los vínculos familiares y profesionales, personas frente a las cuales se nos exigen algunas acciones beneficientes. Por ejemplo, un padre sentirá que la enfermedad de su hijo le exige donarle uno de sus riñones; pero ¿tendría el padre la obligación de donar ambos riñones? Esta segunda acción posee el carácter de beneficencia ideal dado que constituye una acción heróica o supererogatoria (es decir, acciones que van más allá del deber) y, por lo mismo, sería opcional. Otra distinción que introducen los autores es la beneficencia específica y la beneficencia general. Mientras la primera se parece a la beneficencia obligatoria, la segunda demanda que actuemos beneficientemente con todos. Para realizar acciones éticas en favor de cualquier persona, Beauchamp y Childress sugieren unos criterios, siendo los más importantes que Y corra un riesgo de vida serio y, en segundo lugar, que haya proporcionalidad entre los beneficios ofrecidos a Y y los costos que demandaría la acción de beneficencia ofrecida por X (Beauchamp & Childress, 1999, pp. 165-194; Ferrer y Álvarez, 2003, pp. 135-140).
d) Justicia: El principio de justicia es, de acuerdo con la doctrina clásica, dar a cada uno lo suyo. Tradicionalmente se ha distinguido tres clases de justicia: (a) la conmutativa, (b) la legal y (c) la distributiva. Beauchamp y Childress se ocupan de esta última que podría ser definida como la repartición proporcional de las cargas y beneficios en la sociedad. La justicia distributiva responde a la realidad de bienes escasos para necesidades múltiples. Considera dos criterios. El criterio formal dice que hay que dar a cada quien lo que le corresponde; los criterios materiales, por su parte, dan contenido al criterio formal al especificar qué características deben tomarse en cuenta para recibir un trato igualitario. Así, a cada persona según sus necesidades, a cada persona según sus méritos, etc. Los autores defienden el igual acceso para todos al cuidado de la salud en el marco de libre mercado y competencia empresarial, lo cual no parece factible (Beauchamp & Childress, 1999, pp. 225-249; Ferrer y Álvarez, 2003, pp. 141-144; Luna y Salles, 2008, pp. 64-65).
3. Crítica de los principios de Beauchamp y Childress
La propuesta inicial de Beauchamp y Childress consiste en identificar principios éticos de nivel intermedio que orienten la solución de problemas morales concretos en el ámbito de la salud y biomedicina. Las críticas a esta propuesta apuntan a señalar, en primer término, que no se invoca una ley moral universal que sirva para dilucidar cuáles son efectivamente juicios y normas morales y cuáles no lo son. De acuerdo a Ferrer y Alvarez (2003, pp. 159-161), este vacío de origen no permite una cabal justificación de los mismos principios, ni de los contenidos de éstos. Por otro lado, no se comprende la ausencia de un orden jerárquico o lexicográfico al interior de los cuatro principios que ayude a resolver los posibles conflictos entre ellos.
Henry Richardson (1990, pp. 279-310), por su parte, propone mejorar la teoría de los principios a través del concepto de “especificación”. Por especificación se entiende el modo de acotar el principio a la realidad concreta para que sirva de guía del actuar moral de las personas. Este método debe estar en consonancia con un modelo de coherencia en que se observe la adecuación y compatibilidad de la norma que ha especificado el principio con las otras normas comprometidas en el caso.5
En 1998 se elaboró el informe “Principios Básicos en Bioética y Bioderecho”, un voluminoso documento que fue el resultado de tres años de consultas y reflexión entre un sinnúmero de instituciones de la Unión Europea. El propósito de este informe es “ofrecer un marco normativo para la protección de la persona humana en relación al desarrollo biotecnológico y biomédico” (Rendtorff y Kemp, 2000, p. 17). Así, desde Europa se propone una alternativa a los principios de Beauchamp y Childress. Se juzga que el principio de autonomía como es presentado por los autores norteamericanos resulta insuficiente para expresar la protección y el respeto debidos a las personas, y se postula una “nueva autonomía”, una autonomía de sujetos vulnerables. Siendo la condición humana finita y frágil, es decir, vulnerable, se hace necesario cambiar el enfoque de una bioética centrada en el “contrato social” a una bioética del “cuidado”. Esta perspectiva va en consonancia con la época de cambio climático que vive el planeta. Es, entonces, una bioética que considera el cuidado del cuerpo y la salud de las personas en el contexto amplio del cuidado del macroorganismo planetario. Estos son los cuatro principios europeos: autonomía, dignidad, integridad, vulnerabilidad (Rendtorff & Kemp, 2000, pp. 17-56; Battaglia, 2009).
Pero es Diego Gracia Guillén quien, a nuestro juicio, realiza la crítica más certera y profunda gracias a su erudición en filosofía, medicina y teología. Gracia concuerda con quienes critican la teoría de los principios en cuanto que no responden a un sistema moral. Si los principios se fundan en la “moralidad común”, como afirman Beauchamp y Childress, carecen del soporte fuerte que les dé consistencia. Y este es, a juicio del discípulo de Xavier Zubiri, la debilidad del así llamado “principlismo”, es decir, la falta de una fundamentación adecuada. Por su parte, el bioeticista español ofrece una reflexión sólida que permite comprender la importancia de la disciplina llamada “bioética”. A continuación presentamos apenas algunos elementos del aporte de Diego Gracia a la fundamentación de la bioética.
Siguiendo la tradición, Gracia (1998, pp. 32-49; 2004, pp. 108-127) explica que los deberes morales no son del mismo nivel. Así, los preceptos negativos prohíben actos pecaminosos (obligan siempre) y originan obligaciones perfectas (sin excepciones). En cambio, los preceptos positivos dicen relación con las virtudes (obligan, pero no siempre) y originan obligaciones imperfectas (con excepciones). Estamos delante de lo que en los inicios de la Modernidad se conoció como “deberes perfectos” y “deberes imperfectos”. Los primeros corresponden a la justicia y su cumplimiento puede ser exigido coactivamente, mientras que los segundos se refieren a la beneficencia y a la virtud moral y pertenecen al ámbito privado ya que son deberes que la persona se impone voluntariamente.
La segunda mitad del siglo XX, continúa Gracia, ha sido testigo de un cambio radical en relación a las cuestiones sobre el cuerpo y la sexualidad, la vida y la muerte. Tradicionalmente estos aspectos habían estado confinados al ámbito de los deberes perfectos y, por tanto, eran de gestión pública, siempre bajo la tutela de la religión. El gran cambio producido recientemente consiste en la privatización de la gestión del cuerpo, la sexualidad, la vida y la muerte, de tal manera que los individuos, y ya no las autoridades civiles y eclesiásticas, asumen la responsabilidad directa respecto de bienes tan preciados. Pasan, pues, de ser considerados deberes perfectos o de gestión pública a ser valorados hoy como deberes imperfectos o de gestión privada. Una consecuencia directa es que la libertad y la autonomía de las personas cobra mayor relevancia. Asistimos, sin lugar a dudas, a la secularización del espacio moral de las decisiones sobre el cuerpo y la salud.
Para proteger este ejercicio libre y responsable se han gestionado los derechos de intimidad y privacidad. El primero se remonta a las guerras de religión en la Europa del siglo XVII, cuando se vio que el camino de la paz pasaba por aceptar y respetar el credo religioso del otro y exigir lo mismo en relación al de uno. Pero el derecho a la intimidad no se refiere únicamente a contenidos religiosos, sino también a contenidos morales, políticos, etc. En último término, el derecho a la intimidad no depende de los contenidos; se defiende porque es inherente a toda persona por el hecho de serlo. El segundo, en cambio, es de gestación reciente. La privacidad es un derecho que surge para proteger a los individuos de las posibles interferencias del Estado en sus derechos subjetivos. Los derechos humanos subjetivos o personalísimos responden a la idea moderna de autonomía, la cual se define, en última instancia, como la gestión soberana del espacio privado. Este nuevo derecho ha sido invocado en las cortes norteamericanas desde mediados del siglo XX para dirimir casos relacionados con la sexualidad y la reproducción humana, entre otros. Para Diego Gracia, estos cambios en la doctrina de los deberes perfectos e imperfectos en relación a la gestión del cuerpo y la salud son un elemento determinante en el surgimiento de la bioética.
Dicho esto, Gracia rechaza la afirmación de Beauchamp y Childress que entre los principios no hay un orden jerárquico. Que sean deberes prima facie no significa que al interior de los cuatro principios no exista un orden lexicográfico. Como podemos ahora comprender mejor, los principios de no maleficencia y justicia obligan más que los principios de autonomía y beneficencia, dado que los primeros son deberes perfectos. Siendo así, poseen más jerarquía y, en caso de conflicto entre unos y otros, prevalecerán sobre la autonomía y la beneficencia. No es posible admitir, sin embargo, que sean absolutos en el sentido fuerte. En realidad todos ellos admiten excepciones (como veremos más adelante, el orden jerárquico entre los cuatro principios tiene importancia para una mirada latinoamericana de la bioética). Hasta aquí Diego Gracia.
En defensa de los principios, debemos decir con Lydia Feito (2002, pp. 682-683) que el así llamado “principismo” refleja un mal uso de la propuesta de Beauchamp y Childress quienes toman la precaución de advertir que los principios son criterios normativos de conducta a partir de los cuales no se puede colegir normas para la acción moral sin tomar en cuenta la especificación y la ponderación de los mismos principios. No es, pues, correcto afirmar que los autores defiendan un deductivismo que prescinda del contexto real. Considerando que la teoría de los principios sigue siendo válida, Feito apuesta por una ética de la responsabilidad que tome el camino de la deliberación, es decir, el ejercicio de poner en diálogo las razones de unos y otros con el propósito de buscar los juicios probablemente más verdaderos.
4. Otras teorías bioéticas
Sin lugar a dudas, la teoría de los principios, llamada también principismo o principialismo, ha regido el mundo de la bioética desde sus inicios. Sin embargo, el razonamiento deontológico y utilitarista, que está a la base del principialismo, ha sido criticado por su falta de atención a lo particular y lo concreto de la realidad moral. Frente al universalismo y el deductivismo de la teoría de los principios, se ha reivindicado para la bioética la dimensión particular y concreta. Además, frente a lo puramente racional es menester poner atención a lo emocional. Veamos brevemente algunas de estas teorías que complementan el enfoque de los principios.
a) Ética de la virtud
Las virtudes son hábitos o rasgos de carácter por los cuales la persona se hace buena; así, la virtud es el término medio entre exceso y defecto, de acuerdo al criterio señalado por la prudencia. Las virtudes no ponen atención, en primer lugar, a los actos morales, sino que apuntan a examinar las disposiciones internas, las motivaciones y los deseos de las personas. En pocas palabras, las virtudes completan los principios: juzgamos los actos, pero también las motivaciones (Cruz, 2016, pp. 175-204).
Pellegrino y Thomasma son, probablemente, los autores más destacados en el campo de la ética de la virtud aplicada a la medicina y a la bioética. Ellos proponen una filosofía de la medicina fundamentada en la ética de la virtud que afirma que el punto medular es la relación de confianza entre el médico y el paciente. Frente a la vulnerabilidad del paciente, el médico debe actuar con responsabilidad y compasión. Proponen ocho virtudes como pilares para la práctica médica: fidelidad a la promesa (no traicionar la confianza del paciente), compasión, prudencia, justiciar, fortaleza, moderación, integridad y altruismo (Pellegrino y Thomasma, 1993; 1998).
b) La casuística
La casuística es un método de razonamiento moral de tipo inductivo basado en analogías. Este razonamiento práctico ético pone atención a lo particular y privilegia el análisis de las circunstancias concretas que rodean cada caso. Luego de describir detalladamente los elementos del caso en cuestión y de los principios a los cuales se recurriría para resolverlo, se procede a compararlo con un caso considerado paradigmático. Estos son casos cuya solución moral ya se conoce y acepta, y enseñan cómo proceder en casos similares. Recurren a máximas orientadoras, por ejemplo, no hay obligación de ofrecer tratamientos fútiles. Casos paradigmáticos en bioética son los casos de Karen Ann Quinlan, Nancy Cruzan, Debbie y otros (Salles, 2008, pp.109-113).
c) La ética del cuidado y la ética feminista
La ética del cuidado enfatiza el cultivo de capacidades que permitan comprender la situación del otro. Así, la persona que brinda cuidados posee rasgos como imaginación, ternura y compasión. Esta perspectiva ética pone atención a lo particular sobre lo general y sostiene que un buen enfoque moral requiere la interconexión de lo afectivo, lo cognitivo y lo relacional. Carol Gilligan en su libro In a Different Voice propuso que el “enfoque moral del cuidado” es propio de las mujeres, mientras que los varones, que tienden a enfatizar los elementos generales y abstractos, poseen el “enfoque moral de la justicia”. En el campo de la bioética, la ética del cuidado observa que la relación profesional de la salud/paciente debe poner atención a los elementos emocionales e interpersonales, destacando el papel de la práctica de enfermería que debería distinguirse por el trato personalizado de los pacientes (Salles, 2008, pp.113-121). La corriente llamada “humanización de la salud”, de creciente importancia, tiene en el cuidado uno de sus conceptos éticos centrales.
La ética feminista, por su parte, responde al movimiento feminista que denuncia la situación de opresión, subordinación y exclusión de las mujeres. El feminismo defiende un enfoque de género que se opone al modo androcéntrico y machista como la sociedad ha sido organizada. Desde esta perspectiva, la ética del cuidado es una “ética femenina” dado que le falta el énfasis político propio de la ética feminista (Salles, 2008, pp.121-122). Guiada por los fundamentos de la ética feminista, la bioética feminista recurre al concepto de género para abordar de un modo diferente las cuestiones relativas a la salud, al mismo tiempo que postula un enfoque normativo que relaciona los principios generales de autonomía, beneficencia, equidad, etc. con un proyecto de emancipación social y política. De esta manera, propone una autonomía relacional, frente a una autonomía individualista que no toma en cuenta las interdependencias que las personas establecen en sus vidas; una epistemología contextualizada, frente al enfoque absolutizante y acrítico del relato único del poder masculino que niega una comprensión global de la justicia; y una ética de la responsabilidad para un mundo plural e inclusive de las diferencias (Feito, 2016, pp. 374-388).
d) Personalismo y bioética
Basada en el personalismo filosófico, la bioética personalista defiende la centralidad de la persona como el concepto fundamental sobre el que se construye una reflexión bioética. El ser humano es persona porque tiene la capacidad de examinarse a sí mismo y buscar y encontrar el sentido de la realidad. La persona humana no es, sin embargo, reducible a ningún concepto por su carácter de misterio. La bioética personalista cuenta con los siguientes principios: el valor fundamental de la vida humana, relacionado con el principio de beneficencia; el principio de libertad y responsabilidad, asociado al principio de autonomía; el principio de la totalidad o principio terapéutico que permite incorporar el discurso del respeto a la dignidad humana; y el principio de socialización y subsidiariedad, vinculado al principio de justicia. La perspectiva personalista en bioética es el terreno preferido de autores de cuño católico (Lugo, 2006; Sgreccia, 2009).
5. El principio de dignidad de la persona
Consideramos el principio de dignidad de la persona como un elemento central del discurso bioético. La dignidad personal es un atributo que se predica de la persona humana, y solo de ella. La persona es digna en razón del valor que le es propio; su dignidad no es un atributo externo, sino algo que se predica del ser. Por tanto, la dignidad no se tiene: se es o no se es digno. Ya Kant había dejado sentado que mientras las cosas tienen precio, las personas poseen dignidad. La dignidad es un valor absoluto en la medida que las personas son siempre fines en sí mismas (Gevaert, 1991; Torralba i Rosselló, 1998).
Identificamos tres tipos de dignidad. La dignidad ontológica es aquello que le corresponde al ser humano por el solo hecho de serlo. Reside en su ser y no en su obrar. Es intrínseca a la persona, irrenunciable y absoluta. Por otro lado, la dignidad ética es la dignidad del obrar o el nivel moral; en efecto, hay actos que dignifican a la persona, mientras que otros hacen de la persona alguien indigno. Las personas que actúan indignamente no pierden, sin embargo, la dignidad ontológica. Finalmente, la dignidad teológica es el atributo derivado del hecho que la persona es imagen de Dios (Torralba i Rosselló, 1998).
El principio de la dignidad de la persona permite precisar que aunque razón y conciencia son dos características centrales de la persona, el elemento decisivo es la pertenencia a la especie humana. “Persona” es, por tanto, todo ser humano vivo. Son también personas los niños recién nacidos que aún no gozan de plena autonomía; y los ancianos o individuos que han perdido cualidades de conciencia y autonomía. Si la sola pertenencia a la especie humana no fuese el criterio para determinar la condición de sujeto y persona, otros humanos se arrogarían la prerrogativa de decidir los criterios de tal pertenencia. Así, otros decidirían si tal individuo es “sujeto de derechos” en base a la autonomía u otro principio. Debemos afirmar que cada ser humano posee un valor inherente (Andorno, 2012).
6. Bioética desde América Latina
A mediados de la década de 1980 comienza a enseñarse bioética en algunas universidades de América Latina, pero este inicio tiene la característica de una transculturación indebida. No se toman en cuenta suficientemente las particularidades de una disciplina nacida en una sociedad desarrollada como es la norteamericana, lo cual ocasiona la impresión en la audiencia de un producto extraño a la realidad de nuestros países. El pionero de la bioética en nuestro continente es José Alberto Mainetti, médico y filósofo argentino, quien en 1972 fundó el Instituto de Humanidades Médicas y comienza la difusión de la naciente bioética a través de la revista Quirón. En los años 1990 se consolida la presencia de la bioetica en Latinoamérica. Así, en 1991, Alfonso Llano Escobar, jesuita colombiano, fundó la Federación Latinoamericana de Instituciones de Bioética, FELAIBE, la cual organiza foros y congresos en distintos países de la región hasta el día de hoy (León, 2009, pp. 49-53).
A finales de la década de 1990 e inicios del nuevo siglo aparecen propuestas de raigambre local. El brasileño Volnei Garrafa propone una “bioética de intervención”, la cual señala que la desigualdad social y la búsqueda de justicia sanitaria son los elementos fundamentales para una bioética de cuño latinoamericano. En efecto, al abordar los problemas éticos en la salud pública se perciben los límites del enfoque basado en los principios de Beauchamp y Childress: la bioética estadounidense se centra en los intereses del individuo. Es más, la excesiva atención a la autonomía de los individuos hace perder de vista los problemas sociales de la salud. La autonomía no es, pues, suficiente para fundamentar un discurso bioético. El discurso de los derechos humanos responde mejor a las necesidades sanitarias y ambientales de la región latinoamericana y contribuye eficazmente a la elaboración de una propuesta propia. Esta bioética social exige una toma de postura política y un compromiso personal más allá del ámbito académico (Garrafa y Porto, 2008, pp. 161-164; Garrafa, 2005, pp. 122-132; Garrafa y Porto, 2003, pp. 399-416).
Por su parte, Miguel Kottow (2008, pp. 165-166), médico y bioeticista chileno, postula una “bioética de protección” entendida como llamado “al empoderamiento de los excluidos y al cuidado de los desmedrados”. Esta ética pone énfasis en la acción en favor de las víctimas de la desigualdad social propia de nuestros países latinoamericanos. Es concreta y específica porque llega a la persona en sus necesidades reales y busca el alivio de sus males y enfermedades. Considera que aunque todos somos vulnerables por nuestra condición finita e histórica, algunos han sido ya dañados o vulnerados. En otras palabras, hay gente que experimenta fácticamente los efectos de la pobreza y el abandono, frente a otros que son potencialmente vulnerables como lo es cualquier ser humano frente a la enfermedad o la muerte. De aquí que sea necesario distinguir entre daño potencial y daño actual. La precisión se hace más necesaria en la medida que este lenguaje “todos somos vulnerables” esconde la condición de daño en que viven los vulnerados; esto lleva a la banalización del daño vivido por los vulnerados y la consecuente falta de compromiso de protección. La bioética de protección postula un “paternalismo benefactor o protector que asume los cuidados de la autonomía del más débil que está imposibilitada de ser ejercida”, el cual termina cuando el individuo vulnerado recupera o adquiere la plena capacidad de decisión.
Este modo de abordar la bioética en Latinoamérica (Kottow, 2005), que toma en cuenta las desigualdades sociales y sus implicancias en el campo del cuidado de la salud, posee características que lo aproximan a la política. En efecto, en la medida que esta bioética procura la reflexión y la acción en favor de los desvalidos y, al mismo tiempo, articula un discurso de inclusión social, posee raigambre política. Sin embargo, no debe confundirse con la biopolítica, discurso que trata el bios como mero zoe al despojarlo de su humanidad. Es menester establecer una recta relación entre bioética y política:
Si la política se adscribe a la deliberación en forma de una democracia ética dispuesta a legitimar su proceder, estará en un terreno común y fructífero con la bioética. Es menester que la política reconozca sus raíces éticas y la proveniencia moral de su legitimidad, más que pedirle a la bioética que intente desarrollar un discurso político. (Kottow, 2005, p. 118)
En Latinoamérica ha florecido, por otro lado, un discurso bioético de corte ambientalista que en la línea de Potter ha sabido abrirse a las nuevas corrientes epistemológicas (particularmente a las teorías de la complejidad), al mismo tiempo que ha conservado el enfoque de la inclusión social (Junges, 2010; Cely, 2007). Asimismo, el discurso de cuño católico se ha hecho presente a través del personalismo, propuesta filosófica que defiende la centralidad de la persona en un contexto de trascendencia (Lugo, 2006).
7. Bioética en el Perú
La Bioética da sus primeros pasos con la fundación, en 1992, de la Asociación Peruana de Bioética (ASPEBIO) bajo el liderazgo de Roberto Llanos Zuloaga, médico psiquiatra. ASPEBIO fue el vínculo entre el Perú y la Federación Latinoamericana de Instituciones de Bioética (FELAIBE), institución fundada en 1988 en Caracas y que continúa activa hasta hoy. En 1993, el Perú fue sede del tercer congreso de FELAIBE. Al fallecer su fundador Roberto Llanos en 2012, ASPEBIO paralizó sus actividades. Asimismo, en 1998 es fundado el Instituto de Salud Cristóforis Deneke (ISDEN) por Maria Van der Linde, enfermera y religiosa alemana radicada en el Perú. El ISDEN ha tenido una activa participación en salud comunitaria, en particular la lucha contra la tuberculosis, desde un enfoque bioético del cuidado de los pobres y más vulnerables. El Colegio de Médicos del Perú, por su parte, ha sido un actor central en la difusión de la bioética desde mediados de los años 1990 (Llanos, 2007).
Actualmente, la reflexión y la actividad bioética se muestran en congresos y eventos organizados por el Colegio de Médicos, una veintena de comités de ética de la investigación, unos pocos comités de ética asistencial, el trabajo del Observatorio de Bioética y Derecho de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica, etc. La Universidad Católica Sedes Sapientiae ofrece una Maestría en Bioética y Bioderecho; igualmente, hay una Maestría en Bioética y Biojurídica en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo de la ciudad de Chiclayo. Por su parte, la Universidad Antonio Ruiz de Montoya cuenta con un diplomado y una maestría en Bioética, aunque esta última se encuentra desactivada.
La bioética en el Perú ha recibido la influencia del Programa de Bioética de la Organización Panamericana de la Salud con la participación del connotado médico y filósofo español Diego Gracia, el discurso personalista presente en algunas propuestas de cuño católico, la sostenida actividad de FELAIBE a través de sus congresos bianuales, la participación de las Cátedras Unesco de Bioética y la reflexión bioética latinoamericana de cuño social.
Conclusión
La bioética es una ética aplicada. Nace como expresión decantada de la conciencia del hombre de la segunda mitad del siglo XX que necesita emanciparse de tutelajes históricos, tanto religiosos como seculares. Su campo de acción es la salud y la gestión del cuerpo, pero también la problemática ambiental. Su enfoque epistemológico se fundamenta en la inter y transdisciplinariedad, por eso es esencialmente dialogante. Rechaza, por tanto, concepciones cientistas de la ciencia y visiones moralizantes de la ética. La bioética es expresión de una democracia deliberativa (Abel, 2007, pp. 2004-2015; Lepargneur, 1996, p. 16). La deliberación es, en efecto, un proceso de “búsqueda de los juicios probablemente más verdaderos (…) versa tanto sobre los fines justos como sobre los medios legítimos para lograrlos.” (Feito, 2002, pp. 683-685). La deliberación supone la prudencia a través de la cual se alcanzan decisiones razonadas y razonables.
En diálogo crítico con la bioética norteamericana de Beauchamp y Childress y la bioética europea, una reflexión bioética desde tierras latinoamericanas debe incluir el rechazo de la inequidad social y la gestión comprometida del auxilio a los desvalidos. Pero debe también incluir una mirada autocrítica de la corrupción enquistada en nuestras estructuras institucionales, sociales y políticas. Esta es una tarea pendiente para la bioética en suelo latinoamericano.
REFERENCIAS
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1 El encarnizamiento terapéutico, llamado también obstinación o ensañamiento terapéutico, es el aplicar al paciente tratamientos que solo prolongan la vida cuando ésta se encuentra en su fase final. Son tratamientos fútiles o innecesarios porque no curan ni mejoran la calidad de vida de la persona.
2 El neologismo “bioética” fue empleado por primera vez por Fritz Jahr en 1927 en un artículo publicado en la revista alemana Kosmos. Sin embargo, el término no tuvo acogida hasta que Potter y Hellegers lo usan en la década de 1970. No hay evidencia que éstos tuviesen noticia de Jahr. Cf. Cely, G. Bioética Global. Bogotá, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2007, p. 38-41.
3 El Instituto se llamó inicialmente The Joseph and Rose Kennedy Center for the Study of Human Reproduction and Bioethics y abrió sus puertas en julio de 1971. Más tarde cambiaría su nombre por The Kennedy Institute of Ethics.
4 Aldo Leopold es considerado el creador de la ingeniería forestal; escribe el libro The Land Ethic en 1946.
5 Ver también D. DeGrazia. “Moving Forward in Bioethical Theory: Theories, Cases and Specified Principlism”. The Journal of Medicine and Philosophy, vol. 17, 1992, p. 511-539.
De la persona-individuo a la persona-infinito
Miguel Ángel Polo Santillán
¿Por qué esta sed de trascender? Y ¿por qué esta necesidad de realidad?
¿Qué sustancia es la nuestra, que puede desrealizarse?
Y ¿por qué fluye inagotablemente esta ansia de trascender en nosotros?
María Zambrano, Hacia un saber sobre el alma
A lo largo de la historia de la humanidad, los seres humanos nos hemos conceptualizado de múltiples maneras, que van desde fronteras borrosas con respecto al todo hasta concebirnos como sujetos autodefinidos por los contenidos mentales individuales. Y estas autocomprensiones han estado ligadas a cosmovisiones que les daban soporte. Desde los marcos de la cultura occidental, son pocos los términos de referencia: ser humano, individuo, sujeto, persona, frente a la riqueza de términos de las diferentes culturas en el mundo.
Este artículo quiere trazar los principales problemas que se pueden plantear en torno a la categoría de “persona”. Si bien es cierto que este término se ha naturalizado o normalizado en su uso, tanto social como jurídicamente, no es menos cierto que desde la mirada filosófica encierra muchos problemas teóricos y prácticos. Quiero presentar dos dimensiones de dichos problemas, los que llamaré ontoantropológicos y éticopolíticos.
