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En el cine nada es lo que parece. En mi matrimonio, tampoco. Vistos desde fuera, Emilio y yo somos una pareja ejemplar, pero hace demasiado tiempo que el desgaste diario ha transformado nuestro amor en solo cariño. Desde entonces, he guardado mis ilusiones en un globo pequeñito, fácil de esconder, y he dedicado todos mis esfuerzos a que nuestras hijas disfruten de la felicidad a la que yo he renunciado. Ellas y mi empresa de búsqueda de localizaciones para rodajes, sesiones fotográficas y proyectos audiovisuales es lo que ha mantenido viva mi sonrisa… hasta la fecha. Hoy, en la reunión más importante de mi carrera, he conocido a Marc, el delegado de la productora que financiará el próximo taquillazo del cine español, y el único hombre que ha conseguido hacerme vibrar en años. Saber que voy a trabajar estrechamente con él ha provocado que mis ilusiones despierten con un soplo de oxígeno tan puro como peligroso, porque… ¿qué pasará si no logro contenerlo? ¿Cuánto puede inflarse un globo sin que estalle?
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Seitenzahl: 700
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Primera edición: septiembre de 2021
Copyright © 2021 Silvia Hernández Sancho
© de esta edición: 2021, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-18491-52-8BIC: FRD
Diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografía de cubierta: Kuznetcov_Konstantin/ShutterstockIlustraciones del interior: Nikita Golubev/Flaticon.com
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Fase I. Desarrollo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Fase II. Preproducción
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Fase III. Producción
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Fase IV. Posproducción
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Fase V. Distribución
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Afterword
Escena poscréditos
Agradecimientos
Contenido especial
A Mateo.
Ojalá que tus días sean tan felices como lo somos nosotros desde que llegaste a nuestras vidas.
Presente imperfecto
«Los pulmones que respiran son los tuyos, no los de nadie más».
Marc
Menorca
En la actualidad
Inspiro despacio y cierro los ojos antes de que una corriente húmeda anegue mi pecho. Pensar en él me inunda la boca de un sabor salado, como el del mar que hay detrás de la ventana, como el de las lágrimas que bañaron cada rincón de esta casa y ahora empapan mis mejillas. Me ahogo.
A fuerza de arder he consumido todo el oxígeno. Ya no hay aire puro para mí. Solo miradas de soslayo y reproches, susurros a la espalda. Centenares de bocas deforman nuestra historia, la corrompen y propagan. Esas voces se han convertido en un ruido oscuro, que ruge constantemente en mis oídos.
«Esa es». «Menuda zorra». «No sé cómo se atreve a salir a la calle».
Frases siseadas entre dientes, descubiertos por sonrisas tan falsas como las mías.
«Levanta la cabeza, Blanca». «Sigue caminando». «No les enseñes cuánto te duele».
Órdenes internas que se convierten en letanías, que a base de repetirlas se ejecutan ellas solas.
No soy, solo lo parezco.
—¡Mamá! ¿Te has puesto el bañador? —Candela entra en el dormitorio a la carrera y me mira con censura—. ¿Otra vez estás llorando?
—No, no. —Me froto la cara—. Es que me he untado el bronceador y se me ha metido un poco en los ojos. No veas cómo escuece.
Su rostro no cambia el gesto. Es demasiado lista para no haber cumplido todavía doce años.
—Ya he llamado yo a papá para decirle que hemos llegado bien. ¡Y Noa está supercontenta! Le ha leído el cuento de La cebra Camila al abuelo y, luego, al primito, pero, como estaba dormido, ha empezado a llorar, y ha tenido que venir la tía Belén para tranquilizarle. —Su flequillo irregular se eleva con un soplido—. Noa se ha enfadado con Enzo y ahora dice que los bebés son un rollo y que solo quiere jugar con la prima Aitana y conmigo. He metido en la bolsa las Bratz, por si acaso. Tú no te preocupes, ¿vale?
Sonrío un asentimiento. Ella niega con la cabeza. No le gustan mis sonrisas de robot, y a mí tampoco, pero solo me apetece seguir llorando.
Candela levanta el mentón, se acerca hasta la cama que hay pegada a la pared y echa un vistazo al interior de la maleta abierta y, luego, a mi bolso. Encuentra unas gafas de sol extragrandes y me las tiende con sus ojitos azules, idénticos a los de su padre, bañados de tierna ilusión.
—Vamos a pasar el día en la playa, mami. ¡Alegra esa cara!
Y yo lo intento, con todas mis fuerzas, pero no lo consigo después de lo que ha ocurrido.
Al final, las Bratz no han salido de casa: se han quedado acompañando a papá y a Enzo, que tenían el día un poco revuelto. Solo nosotras ocupamos la cala; un extraño privilegio que me lleva a agradecer haber tenido la lucidez justa para traer a las niñas antes de que los turistas invadan la isla. En cuanto llegue el mes de julio, será imposible disfrutar de este silencio en Menorca.
Noa se ha dormido bajo la sombrilla de Frozen. Belén estaba leyendo, pero hace un rato que el libro descansa sobre su pecho. Candela y Aitana están buscando conchas en la orilla. Casi no hay olas; trato de contarlas, y hasta esa simple tarea se me escapa. Mi cabeza está demasiado ocupada con él. Llena de él.
Estiro la mano izquierda todo lo que da de sí —que es bastante—, palpo a ciegas el interior del capazo hasta que encuentro mi iPhone, lo desbloqueo, pulso el icono azul del pajarito y aparece mi perfil:
«Blanca de la Oliva.Madre, esposa y amante de la vida.Experta en cupcakes de plastilina y en quemar paellas.Buscadora de rincones mágicos en constante movimiento».
La última frase la escribí yo, el resto son obra de mi marido. Por eso solo pone «de la vida».
Siempre sonrío con la palabra «plastilina», porque la tengo asociada con mis hijas, y siempre pierdo la sonrisa con el «quemar paellas» que cierra esa frase, porque mi marido es así: le gusta dedicarse a señalar mis faltas mientras él se limita a observar. Yo hoy soy de las que prefieren achicharrar el arroz, porque es señal de que, al menos, se han arrimado al fuego.
Esa es una de las muchas diferencias que nos separan. Diferencias que, pese a lo que esperaba, no han ido suavizándose con el paso de los años, con el crecimiento de nuestras hijas, con el conocimiento profundo mutuo. Todo lo contrario. Con los años, esos contrastes que al principio equilibraban nuestra relación se han convertido en pesos demasiado grandes. Nos hemos anclado en nuestras posiciones, remando en círculos, motivados solo por la inercia de la responsabilidad: artificial energía.
Antes de que todo estallara, solíamos justificar la subsistencia de nuestro inerte matrimonio con el bienestar de las niñas, de nuestras familias y amistades, con esa vida que teníamos construida y se sostenía, en gran parte, gracias a nuestra unión, pero ya no utilizábamos el amor como excusa. Aunque nos queríamos, nos dimos cuenta de que no era suficiente. Supongo que el amor baldío, el que no se riega, se convierte en solo cariño, que reconforta, sí, pero no abriga el alma con suficiente calor. Los dos lo comprendimos. Eso sí, nunca hablábamos de ello. Al menos, en un tono en que se pueda considerar «hablar» y no «gritar». A voces sí nos decíamos lo desgraciados que llegábamos a sentirnos. Y, después, siempre regresaba la calma. La odiosa calma. Rota solamente por la rutina: una puerta que se abría, Candela que llegaba del colegio disgustada por lo mal que le había salido el examen de matemáticas, una nota en la bolsa de la pequeña que anunciaba un nuevo brote de pediculosis, ella que se rascaba la cabeza…, el día se acababa en dos pestañeos, la noche silenciaba el hogar y, otra vez, dos extraños se acostaban fingiendo más cansancio del acumulado para evitar una intimidad que ya no apetecía, porque no significaba más que costumbre.
Una vida a medias, consumida en tragos lentos, envuelta en la opresiva quietud de un futuro sin sorpresas, tediosa, resignada, insípida… El caldo perfecto donde cultivar el germen de la locura. No hay nada mejor para desear una buena tormenta que ser el perpetuo observador de un mar en calma. Un mar igual de perezoso que el que tengo justo enfrente. Lánguido, monótono…, exasperante.
Deslizo el dedo por la pantalla del iPhone hasta la lupa de Twitter. En cuanto pulso la letra eme, su contacto aparece en la lista. La foto de perfil se la hice yo. Mirarla me lleva a Sintra, a la libertad respirada en el resinoso aroma de sus bosques. Recordar nunca fue tan amargo; me araña por dentro hasta que un puñado de ásperas lágrimas ensombrecen su radiante imagen. «Negra sombra».
Pestañeo, para que las lágrimas corran bajo las gafas de sol, y mucho más lejos, y busco… algo. Una huella. Somos expertos en dejarlas y reconocerlas. Ellos nos convirtieron en sabuesos. Ahora solo hay más silencio. Tampoco ha vuelto a tuitear.
—¿Estás llorando?
—No. —Bloqueo el móvil.
Belén se incorpora, deja el libro sobre la toalla y me mira con el mismo rictus que luce desde que nuestra madre falleció: sufrida preocupación.
El mismo día que lanzamos las cenizas al mar el miedo veló el rostro de mi hermana como la mantilla heredada que oculta a la portadora de un luto de otro siglo. Es una lástima: Belén tiene una de las sonrisas más reconfortantes del mundo. Yo no perdí la mía, aunque dicen que mis ojos no han vuelto a brillar igual. Mi hermano pequeño, Bruno, fue el que menos sufrió, porque era demasiado enano para enterarse de nada. O eso creímos todos, hasta que descubrimos, escondido bajo el colchón de su camita, un pañuelo de mamá. Durmió con él hasta los trece años.
—¿Alguna novedad? —me pregunta Belén.
Niego con la cabeza, lanzo el móvil a la izquierda, encestando en el capazo de chiripa, y me abrazo a las rodillas.
—¿Qué vas a hacer? —Acaricia mi codo.
—No lo sé. —Suspiro y giro la cabeza hacia ella—. Por eso estoy aquí.
—Volver al origen para encontrar respuestas. No parece un mal plan.
—Bueno o malo, es el único que tengo. —Trago saliva—. Todo se ha vuelto tan complicado…
—No «se ha vuelto», Blanca, lo has complicado tú. —Baja la voz—. Y esto no es un reproche, es solo un hecho objetivo. Ahora eres tú la que debe hacer balance y decidir si ha merecido la pena o no.
Asiento, porque sé que es lo que espera, y miro al mar, fingiendo que pienso en sus palabras.
Tengo demasiado claro hacia qué lado se inclina esa balanza.
Pasado compuesto
«Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe. Y, además, prometo hacerte feliz cada uno de esos días».
Emilio
—Ya le he puesto las gotas a Noa. Le vuelven a tocar a las seis. Candela hoy no tiene guitarra. —Miré a mi marido por encima de la isleta de la cocina. Él deslizaba el pulgar sobre su teléfono—. Emilio, ¿me escuchas?
—Gotas a las seis. Hoy no hay guitarra —repitió sin levantar la vista de la pantalla.
—El miércoles tiene cumpleaños.
—¿Noa?
—No, Candela. Tendrás que ocuparte: no me ha dado tiempo a comprar el regalo. Si los de la productora se hubieran dignado a pedirme que buscara localizaciones imposibles con más de veinticuatro horas de antelación… —Recogí los restos del desayuno—. Siempre igual: tardan meses en cerrar los contratos y luego todo son prisas.
—Ya lo sabes. No te vale de nada quejarte.
—Sí que me vale. Me desahogo.
—Mañana vas a estar durmiendo a pierna suelta en la suite de un hotel paradisíaco. Sin interrupciones para pises y sin tener que ahuyentar a monstruos de madrugada, ¿qué más quieres?
Fijé la vista en la coronilla de mi marido, el que era capaz de soltar dardos envenenados sin parar de leer el periódico digital.
—Mañana me voy a Senegal, a ahuyentar a mosquitos del tamaño de elefantes e intentar no pillar hepatitis. No lo veo muy paradisíaco.
—Haber intervenido para que se decidieran por otro sitio.
—No puedo manipularlos. —Dejé las tazas en la pila—. O, mejor dicho, no debo. Ha de rodarse donde la historia lo requiera. Nuestro arte se merece un respeto.
—Vas a llegar tarde.
Con esa escueta frase Emilio dio por terminada la conversación más larga que habíamos mantenido en lo que llevábamos de mes. Y era día 25. ¿Dónde estaba el hombre del que me había enamorado hasta la médula con diecinueve años? No lo sabía Fue mutando de tal manera que llegué a perderle la pista.
Y no me refiero a que su cuerpo hubiera disminuido en envergadura, sus sienes pintaran canas y ya no pudiera desprenderse de sus gafas de montura plateada. Me refiero a haber olvidado ese temblor que me sacudía entera cuando le tenía cerca, a ese segundito que me dejaba sin aire cuando me sonreía, a esas miradas que me hacían sentir la mujer más bonita, la única… ¿Cómo era posible que nuestra chispa se hubiera apagado?
Cuando le conocí, me pareció la persona más impresionante con la que había tratado en mi corta vida. Me enamoré de él en cuestión de diez minutos. Era tan guapo, tan educado… Era un hombre con tanta clase… Y, encima, tenía unas manos mágicas de fisioterapeuta que rehabilitaron mi rodilla lesionada en un accidente de moto.
Llevaba entonces apenas un mes en Madrid, recién matriculada en la universidad, y me di un golpe cerca del campus una mañana. Llegué a agradecer al destino aquel accidente por haber traído a mi vida a Emilio: ese hombre lleno de la sabiduría que da la treintena —absurda cuando la alcanzas, pero extraordinaria para una posadolescente—, experto en miradas intensas y amante cuidadoso. Nada que ver con los chicos que había conocido hasta el momento.
Solo tardamos un año en casarnos. Estábamos en plena fase efervescente, que no paró ni con la llegada de Candela, once meses más tarde. Lo único que perturbaba entonces mi idílica vida era que me preguntaran continuamente si mi hija era mi hermana. Fue por eso que empecé a envejecer adrede. Disfracé mis veinte años con blusas sin forma y pantalones rectos. Me corté el pelo y me maquillé a base de sombras marrones hasta la mitad de esa década, cuando Emilio decidió dar un giro a nuestra historia…, y yo convertí el giro en círculo. Lo único que conseguí cambiar fue mi situación laboral; el resto prevaleció sobre lo que podía haber sido un verdadero cambio.
La mañana en la que empecé a transformarme de verdad paseé mis treinta y un años delante del extraño que había suplantado a mi marido, me despedí de él con una frase amable, usada tantas veces que solo transmitió cortesía, y salí de la cocina. Las niñas ya estaban en el recibidor, peleándose por la diadema de estrellas. Puse orden mientras cogía mis cosas, llené de besos sus mofletes y crucé la puerta de nuestro chalet pareado.
Busqué en mi bolso infinito el mando del portón que daba a la calle. Mi coche, monovolumen, siempre se aparcaba al raso en la entrada del garaje. Era más viejo que el de mi marido, por eso el suyo descansaba bajo techo, sin sillas infantiles; de ahí que las niñas fueran en ruta al colegio… Discutimos bastante por el asunto hasta que me rendí. Al final, las niñas iban tan contentas y él no parecía entender, de ninguna manera, lo egoísta de su postura ni que iba en su propio perjuicio. Cuando mi trabajo me lo permitía, me llevaba su impecable coche, porque el mío era el único en el que podían viajar las niñas. Los cinco últimos días que había pasado yo en Valencia lo echó más de menos que a mí.
Yo añoré bastante el cambio automático mientras conducía en dirección sur, hacia el polígono empresarial próximo al centro de Madrid donde está ubicada mi oficina. Pequeña. Perfecta para los cuatro que somos en mi empresa de búsqueda y gestión de localizaciones para rodajes, sesiones fotográficas y producciones audiovisuales. De lo que más orgullosa me siento en el mundo. Lo que más.
Entiendo que la última afirmación pueda sonar extraña viniendo de una madre, pero lo de que mis hijas sean estupendas es cosa suya; el éxito de mi empresa, en cambio, es solo fruto de mi esfuerzo.
Empecé yo sola. En casa. Como tenía experiencia y contactos en el sector audiovisual, no me fue difícil despegar. Antes del primer año tuve que contratar a Raquel, y poco después alquilé la oficina. Trabajar las dos en casa era raro. Y yo todavía andaba bastante insegura. Y mi marido también trabajaba en casa: su consulta de fisioterapia ocupa lo que había dejado libre de la planta baja su impecable automóvil.
Cuando la empresa cumplió el segundo año de andadura y los clientes empezaron a demandarnos otros servicios asociados al negocio, contraté a Leo: nuestro fotógrafo oficial, chico para todo extraoficial y sex symbol honorífico. El tratamiento que le da a la luz es tan infalible como su aire de rock star.
La última incorporación fue Martín, becario y amigo de Raquel. Me habría encantado haber podido ofrecerle un contrato en condiciones —se documenta como nadie—, pero, hasta entonces, no habíamos conseguido ningún proyecto lo suficientemente grande como para sostener una nómina completa más.
Ellos tres, Raquel, Leo y Martín, son los que mantienen el barco a flote cuando viajo buscando el caserón más bucólico, el loft más exclusivo o el almacén con más ratas. Puede parecer un trabajo alucinante, y lo es, aunque en contadas ocasiones. Las prisas, los egos desmesurados de la industria y el regateo en los cheques suelen ser la tónica habitual. Pocas veces nos reconocen en los títulos de crédito, y casi ninguna nos invitan a los estrenos o llegamos a ver la producción completa nada más que por iniciativa propia, aunque a mí me compensa. Y a los que trabajan conmigo también. Todos nos sentimos parte del séptimo arte, aunque no lo parezcamos.
—Te esperan en Alcobendas en media hora —me recordó Raquel en cuanto abrí la puerta de la oficina.
El oasis cuadrado se extendió frente a mis ojos y me trajo el confort que me tenía enganchada a ese local. Su carácter diáfano fue lo que me hizo firmar el contrato de alquiler. Ni una pared enturbiaba el espacio, más que las cuatro que lo sostenían y las que dotaban de intimidad al aseo. Nada de recepciones o salas de reuniones. No las necesitábamos en nuestro cuartel general; solo nos hacía falta un espacio común donde poner en orden el trabajo que realizábamos mayoritariamente en la calle.
Cerré la puerta y me quité la chaqueta junto a la mesa de Martín. Estaba al teléfono y vocalizó un «Buenos días, jefa» mientras balanceaba su silla negra, a juego con su siniestra indumentaria diaria.
Miré por encima de su hombro al rincón derecho y encontré vacía la silla «amarillo Utopía» de Leo. Lo de «Utopía» lo definió él así; yo no soy tan friki de la cultura underground. Tardé unos segundos en recordar por qué el fotógrafo estaba fuera y luego me dirigí a mi rincón, el del fondo derecho y silla turquesa: mi color preferido. Raquel eligió el morado y el fondo izquierdo, junto al baño. Y nada más que los colores de las sillas diferenciaban nuestros puestos. Los escritorios y las estanterías los escogí blancos e iguales para que no rompieran la estética limpia del local.
Sobre mi mesa, junto a un café con leche humeante, encontré ya preparada la documentación para el trabajo de Alcobendas, tan exhaustivamente revisada que solo faltaba firmarla y cobrar. Contratar a Raquel había sido una de las mejores decisiones de mi vida. Hasta me trajo a Martín, que había cargado en mi iPad una presentación con todas las mansiones nacionales que podían encajar con el proyecto de Producciones Aranguren; tenía la primera, y esperaba que no única, reunión con su delegado y con el director de su próxima película a la hora del almuerzo. Era un proyecto de los grandes.
—Esto está genial, Martín —le dije, al estilo de mi marido: sin levantar los ojos de la pantalla—. Deberíamos estimar también algo fuera. Algo que no sea demasiado caro y donde nos entiendan en inglés.
—Ya he empezado con Portugal. Sintra tiene quintas muy molonas. Luego iba a ponerme con los Balcanes.
—Limítate a Croacia, Serbia y, si acaso, Montenegro. Bosnia no nos vale. En el guion hay desnudos exteriores y siempre ponen muchísimas pegas. Vamos con lo fácil primero.
—A la orden, jefa.
—Eso a tu mami. —Sonreí—. Yo me llamo Blanca, no jefa, ya lo sabes.
—Perdona, sigo sin acostumbrarme.
—Tranquilo. Si sigues haciendo tu trabajo así de bien, terminaré dejándote que me llames como quieras. ¿Leo está en Toledo?
—Sí, con los que alquilaron la finca para las fotos de moda salvaje.
—Salvajes ellos, que quieren vestir a las pobres modelos de cazadoras y hacerlas posar con animales muertos —dijo Raquel, atusándose la melena rizada con un gesto airado.
La energía con la que cuadró el fajo de folios contra la bandeja de la fotocopiadora hizo que temblaran las cápsulas de café de la mesita contigua. Temí por su destino, porque, junto con la nevera, el microondas y los dos sofás blancos que ocupaban el centro de la oficina, era lo que nos permitía sobrevivir después de las maratonianas jornadas de trabajo.
—Da miedo —murmuré—. Cualquier día sacarán una campaña inspirada en refugiados de guerra o en las víctimas del Holocausto y ni nos inmutaremos.
—Estamos deshumanizados —dijo Martín; en su mano sostenía una cabecita cercenada antiestrés, una de esas que saca los ojos sanguinolentos de las órbitas cuando la estrujas con fuerza.
Asentí, totalmente de acuerdo, y di un par de tragos al café mientras terminaba de revisar la presentación. Cuando quise darme cuenta, se me había echado el tiempo encima. Metí las cosas en el bolso y me puse la chaqueta, cruzando la oficina.
—Me marcho. Lo de la tele debería ser fácil de cerrar. Espero que no saquen demasiadas pegas a última hora y me dejen llegar puntual al almuerzo. Os llamo en cuanto termine la reunión.
—Su asistente te adora. Va a ser pan comido —dijo Raquel con una sonrisa.
—Ojalá —dije alcanzando la puerta.
—Suerte, jefa —dijo Martín antes de que la cerrara.
Alardes
«Todos prejuzgamos. Todos fingimos. Todos somos parte de un juego donde las apariencias son lo que importa. Por eso es tan especial encontrar a alguien con quien poder ser solo tú».
Marc
Alcobendas dio guerra. Había varias calles cortadas por obras, el gps me hizo transitar en círculos hasta que decidí apagarlo y, cuando por fin encontré la ruta alternativa, me tocó procesionar detrás del antediluviano camión del butano. Llegué a la tele a tiempo por los pelos, para esperar delante de una sala de juntas casi una hora, cosa que no me molestó: una solitaria hora podía convertirse, gracias a mi todopoderoso portátil y una buena conexión wifi, en reducir la lista de to-do’s un cuarenta por ciento. Cuando empezó la reunión, estaba superorgullosa. Ya podía irme al día siguiente a Senegal, por tiempo impreciso y sin haberme vacunado, sin temer no regresar o hacerlo con un recubrimiento de terciopelo púrpura. Moriría tranquila sabiendo que Hipercor alimentaría a mi familia, que mi tarjeta de puntos de vuelo estaba actualizada y que mi bandeja de correo se quedaba al día.
Salí de la cadena de televisión con el buen humor que producen los cheques recién firmados, me quité la chaqueta de camino al coche y estiré las mangas de mi vestido nuevo. Me alegré de no haberme puesto medias. El calor de finales de septiembre todavía invitaba a no encerrarse en casa. Yo, en realidad, lo hacía poquísimo, solo cuando era imprescindible: enfermedad o lluvia extrema. Hacía demasiado tiempo que mi hogar solo era un espacio funcional orientado, sobre todo, para las niñas. Su habitación era ya entonces mi lugar preferido de la casa.
En medio del atasco que me acercaba al centro, muy lentamente, me acordé de mis hijas, como siempre que me maquillaba. Habitualmente lo hacía en el coche, aunque esté fatal, por cuestión de agenda y por no discutir con ellas y tener que explicarles por enésima vez que mamá utilizaba cosméticos para tapar las ojeras y las marcas del acné juvenil y que ellas no tenían ni lo uno, ni lo otro ni edad para obstruirse los poros con potingues. Mis esfuerzos siempre eran en balde, y, cuando me pintaba en casa, terminábamos pareciendo tres alumnas aventajadas de la escuela de estética de RuPaul.
Dándome un repaso en el retrovisor central pensé que las peques estarían de acuerdo con mi elección de un labial rojo reventón, que rescaté del entreforro del neceser en el último semáforo. Creo que Noa no existía cuando lo compré. Hasta lo olí por si estaba rancio. No era mi color, pero supuse que me daría un aire actual y un poco descarado. Justo lo que necesitaba para la reunión.
El director de moda del cine español solía ir acompañado —se rumoreaba que hasta al cuarto de baño— de su pandilla de amigos modernos, barbudos, amantes de los estampados imposibles, de las ginebras de importación y de la sexualidad pregonada.
De dicha tribu conocía a un integrante que, por suerte, era el asistente personal del cineasta y, además, un hombre muy majo. Nos presentaron en uno de los pocos estrenos a los que solían invitarme. Los dos estábamos solos: él había discutido con su novio y yo estaba casada con un señor al que le aburría el cine independiente. Conectamos enseguida. Nos sentamos juntos a ver el pase. Después, tomamos unas tapas, despotricamos acerca de los hombres y terminamos dándole al Jägermeister hasta bien entrada la madrugada. Cuando el taxi paró en la puerta de mi casa aquella noche, pensé que había sido la mejor cita que había tenido en años.
Al estacionar el monovolumen en el parking más cercano al lugar de la reunión, empecé a ponerme nerviosa. La inquietud siempre me dominaba en los proyectos grandes. Por eso seguía dedicándome a mi profesión: me hacía sentirme viva, no solo útil.
Salí del aparcamiento por el acceso de vehículos, porque el ascensor olía a perro muerto, me ajusté las gafas oscuras, porque el sol me molestaba, y aflojé un poco el cinturoncito que adornaba mi vestido sesentero de estampado moderno —comprado expresa y únicamente para la ocasión—, porque el aire me llegaba con dificultad a los pulmones, y preferí echarle la culpa al pobre accesorio y no a la inseguridad en mi físico.
Soy mamá. Esa escueta frase debería bastar como explicación. Varias partes de mi cuerpo no volvieron a ser las mismas después de los embarazos, me convertí en el camión de la basura de los restos que quedaban en los platos de mi hijas, me dejé llevar por el cansancio y tiré de la comida rápida más de lo recomendable; me apunté al gimnasio, pero estaba demasiado ocupada para ir de forma regular, o ir en general, y un día, muy tonto, me dio por probarme aquellos vaqueros tan monos, los que me compré antes de ser madre, cuando todo estaba prieto y alzado, y descubrí que no cabía en ellos y que era improbable que volviera a recuperar la figura de antaño. Eso me frustraba tanto que he llegado a mirar con desprecio a esas madres estilizadas que pasean sus envidiables figuras en las reuniones escolares. Incluso las he acusado de falta de solidaridad: «Si tienes una genética privilegiada o la fuerza de voluntad suficiente para no caer en el lado oscuro de la lorza, no lo proclames. Eso no son formas, son alardes», como decían en la película Airbag. Y, con sinceridad, la ostentación no es lo mío. Al refrán «Dime de lo que presumes…» yo le añadiría: «… y te diré lo poco que me interesa».
Cuando llegué a la terraza del restaurante donde habíamos quedado, metí tripa, por la lorza y por la impresión de ver de cerca al veterano Pablo Godoy. Reconozco que su última película había conseguido que me durmiera en la sala, pero su ópera prima era una de mis cintas preferidas. Me recordé no decírselo: con los años había aprendido que cualquier muestra de debilidad en el negocio podía restar algún cero a los cheques.
El cineasta y su peludo séquito ocupaban una mesa para ocho que todavía tenía dos sillas vacías. Tiago, su asistente, se levantó al verme y me dio tres besos. A saber por qué…
—Bienvenida, amor. Estamos felices de tenerte con nosotros —dijo apretándome los brazos, que yo puse en jarras para que parecieran tersos, se asustara y parara de estrujármelos—. Esperaremos un poquito más a Marc. Mientras, te presento, ¿sí?
Me giró hacia la cabecera de la mesa sin dejarme contestar y yo traté de saludar cordialmente al director, a su esponjoso perrito Pomerania y a sus modernos amigos. Creo que conseguí una aceptable primera impresión, e incluso me gané algún elogio por el estampado del vestido y el color de la barra de labios.
Me senté satisfecha, sin aparentarlo, y comenté la carta con el director, que era vegano, intolerante a la lactosa y alérgico a casi todos los cereales. Lloré internamente diciendo adiós al steak tartar, a las delicias de parmesano y a la pizza hecha en horno de piedra, porque los años en el negocio también me habían enseñado lo que la «solidaridad alimenticia» puede hacer por los cheques. Una vez colaboramos en una producción de catorce semanas sobre el mundo de la moda. Perdí seis kilos. Que recuperé en un triste mes.
Repasé la carta a conciencia para ajustarme a los hábitos del director. Creo que me estaba debatiendo entre la ensalada de tomate, mozzarella fresca y albahaca —sin mozzarella «solidaria»— y la parrillada de verduras cuando llegó Marc, el delegado de la productora. Todo grande él. Con una mata de pelo morena, cuidadamente descuidada. Unos ojazos color avellana de pestañas eternas. Una barbita de tres días. Unas Ray-Ban vintage colgando del cuello del jersey. Un casco de moto muy retro, sujeto por una mano de dedos infinitos y cuidada manicura. Una boca de sonrisa encantadora que procuraba saludos de triples besos a la concurrencia… Di por sentado que era gay, que en cualquier momento le llamarían al móvil y Adele contestaría «Hello, it’s me», que su película favorita era El mago de Oz y su actriz, por descontado, Julianne Moore; si hubiera cumplido los cuarenta, como mi marido, habría apostado por Liza Minnelli, pero no le calculé más de treinta, así que era Moore seguro.
Me levanté, aparté mi silla sonriente y me dispuse a caerle fenomenal al tipo que firmaba los cheques.
—Encantada de conocerte, Marc. Me han hablado muy bien de ti. Estoy deseando empezar a trabajar contigo. —Sonreí mucho.
—Me encantaría decir lo mismo, pero no sé quién eres.
El zasca creo que todavía hace eco en algún rincón de Asia, aunque no perdí la profesionalidad. Ni siquiera la sonrisa.
—Soy Blanca de la Oliva, la que se va a encargar de encontrar la mansión perfecta para el proyecto.
—Si además es la más barata, yo también estoy deseando trabajar contigo.
Mierda. ¿Era un tacaño? ¿Por eso venía en moto, para ahorrarse el numerito del coche? Y el seguro, claro… ¿Cómo eran sus zapatos? Uf. Parecían caros. Mucho. Dato contradictorio.
—Estoy segura de que nos pondremos de acuerdo.
Estiré los últimos milímetros que daban de sí las comisuras de mis labios y… no me senté. Me quedé de pie frente a él, que tampoco hizo ademán de moverse. Solo sus ojos se desplazaron: en dirección descendente y ascendente, recorriendo mi anatomía. Dos veces. Su mirada curiosa y sus pupilas crecientes me agitaron hasta el estampado del vestido. Terminó carraspeando y señaló mi silla; entonces fue cuando comprendí que debía sentarme de una vez.
Como yo ya había estudiado la carta y él no, me dediqué a observarle mientras fingía participar en la conversación sobre el último desfile del diseñador desgraciadamente fallecido David Delfín. Marc estaba sentado a mi derecha, justo a la izquierda de Pablo, quien presidía la mesa. Era de lo más natural que mi cuerpo estuviera ligeramente orientado hacia allí y que mis ojos miraran en esa dirección. Seguro que nadie se daba cuenta.
—Mi jersey es de Brooks Brothers, por si te lo preguntas —murmuró Marc sin apartar los ojos de la carta.
Me había pillado. Era inútil disimular. Tocaba improvisar.
—Eso me parecía por el tono de gris. Mi marido tiene uno igual.
Marc levantó la vista hacia mi cara y se humedeció los labios.
—Además de muy buen gusto.
Le sonreí y agarré mi copa de agua, tratando de contener el temblor tonto de mi estúpida mano. Marc debía de haberse referido al jersey, pero la sola idea de que pudiera ser yo el objeto de su comentario me emocionó tanto que alteró mi sistema nervioso.
Yo anhelaba gustar. No solo como jefa, madre o esposa. Quería gustar como mujer, sentirme apreciada por mi físico y mis maneras, atraer. Y la fantasiosa idea de parecerle atractiva a alguien como Marc, delegado de una de las productoras más importantes del país, con menos de treinta años y guapérrimo con estilazo, me supuso la posibilidad de engordar mi anhelante ego.
Alguien debería haberme recordado que la reafirmación basada en las opiniones ajenas es perjudicial… y adictiva.
No
«Mamá solo se pone nerviosa cuando algo le gusta de verdad».
Candela
—¿Y qué dijo ella?
—Ella no dijo nada. Irguió el dedo corazón hacia el público y volvió a su asiento en el patio de butacas.
El séquito de Pablo estalló en un coro de risas histriónicas, Marc agachó la cabeza y yo sonreí y miré mi copa de agua. ¿Quedaría poco profesional pedir una ginebra doble? ¿Y un Tranxilium?
La comida estaba siendo una dura prueba de autocontrol. Los amigos del cineasta no paraban de cacarear, turnándose en contar historias que iban subiendo el tono de inverosimilitud a cada relato. Y tenía a Marc demasiado cerca. Su rodilla acariciaba a intervalos la piel desnuda de la mía. Su antebrazo también había entrado en contacto con el mío en un par de ocasiones, y, en una, su boca se había acercado hasta mi pabellón auditivo para susurrar un «Se te ha caído la servilleta» que me había resultado sugerente de más para ser seis palabras tan vacías.
Eché la culpa al buen tiempo del inusual descontrol de mis hormonas y traté de centrarme. Ya nos habían retirado los segundos platos y todavía no habíamos hablado del proyecto.
El móvil de Pablo Godoy emitió varios pitidos y su Pomerania le hizo los coros con un ladrido agudo.
—Es la hora de su siesta —nos informó.
El séquito se levantó prácticamente a una y yo también, por imitación.
—Ha sido un placer conocerte —me dijo el director, alejándose unos pasos—. Suerte con Marc.
Y se fue.
Y detrás de él, sus amigos diciendo adiós con la manita y Tiago, que además se la llevó a la oreja y vocalizó que me llamaría pronto.
—Eh… —farfullé confusa—. Vale. Espero tu llamada.
Una risa mal disimulada me hizo mirar a Marc, que ni siquiera se había levantado. Me señaló mi silla.
—Pablo nunca ve localizaciones sin estar seguro de que son viables. Dice que, si se imagina allí la historia, ya no puede rodar en otro lugar.
—Por eso me ha deseado suerte contigo…
Asintió.
—Tengo fama de ser bastante conservador con los gastos.
—Trabajas para la productora, me parece lógico —dije sentándome. Marc me sonrió, y tuve que obligarme a respirar hondo. Era demasiado encantador—. ¿Te parece que empecemos por el mercado nacional? En el iPad he…
—Mejor empezamos por pedir unos cafés —me interrumpió.
Levantó la mano derecha y, acto seguido, vino a atenderle un joven muy solícito.
—¿Hay algo que pueda ofrecerte? —le dijo sin disimular el doble sentido.
Marc se giró hacia mí.
—¿Blanca?
—Un cortado, por favor.
—¿Qué tipo de leche prefiere?
—De vaca —aclaré absurdamente, y me pregunté por qué a mí no me había tuteado.
—¿Desnatada?
—No, entera.
Él joven me miró con extrañeza. Marc puso los ojos en blanco.
—Yo tomaré uno doble con hielo y una ración de tarta Sacher.
—Deliciosa elección. Es mi favorita. —El camarero pestañeó.
—¿Puedes añadir otra para mí, por favor?
—Es altamente calórica —me informó, el muy desgraciado.
—¿Y por qué no me lo has advertido a mí también? —preguntó Marc.
—Porque a ti no te hace falta.
—¿Y a ella sí? —Alzó una ceja.
El camarero sonrió con malicia.
—No, cariño, claro que no. El rollo curvy está muy de moda.
Se fue, después de dedicarle a Marc una caída de pestañas digna de un gif. Yo me quedé con la sonrisa congelada y con las ganas de haberle comentado un par de cositas… con las uñas.
—Qué malos son los celos —murmuró Marc.
—Celos absurdos, además. Está claro que yo no tengo ninguna posibilidad contigo.
Tal vez, si hubiera contado con diez años menos, diez kilos más de músculo y un buen pene…
Marc se giró hacia mí e intentó disimular una sonrisa.
—Que una mujer como tú lo afirme con tanta contundencia se me puede subir a la cabeza.
¿«Una mujer como yo»? ¿Cómo era yo?
Esa pregunta me dio tanto miedo que empecé a sudar. Sentí el bigote humedeciéndoseme. Y la nuca. Y las sienes.
—¿Quieres ver las mansiones que hemos seleccionado para el proyecto?
Sin dejarle contestar, saqué el iPad del bolso y lo encendí.
Disfrutamos de los cafés y el chocolate entre fichas y fichas de casonas, y conseguimos definir unos márgenes bastante razonables.
Fue muy estimulante trabajar con él.
Marc tenía un criterio bien definido y ningún reparo en preguntar cuando lo necesitaba. Rechazaba y corregía sin condescendencia, elogiaba con discreción y, lo mejor, escuchaba. Se mostró tremendamente profesional, enfocado, valorando el tiempo de su interlocutor, que era yo. Me lo recordó cada pocas frases, repitiendo mi nombre. En menos de lo que tardan mis hijas en dormirse pude confirmar que Marc no solo era grande en talla.
—Estaría bien que estimáramos algo en el extranjero antes de marcar el corte definitivo —dije cuando las tartas ya solo eran unos manchurrones oscuros sobre los platos—. Estamos buscando localizaciones en los Balcanes y también estamos teniendo en cuenta Portugal.
—Sintra sería perfecto. —Dejó mi iPad sobre la mesa.
—Eso piensa nuestro documentalista.
—Hace unos meses visité la Quinta da Regaleira: un conjunto monumental enorme con un palacio neogótico que, ahora que lo pienso, puede encajar genial con el proyecto. El noble que ordenó su construcción en el siglo xx era un señor muy singular, obsesionado con la masonería, los templarios y el ocultismo, cuestión que tiene bastante relación con el guion de Pablo. —Se abstrajo unos segundos. Después, volvió a sonreír—. ¿Puedes averiguar precios y disponibilidad?
Asentí y apunté la información en el móvil.
—Si me das tu email, te lo mando en cuanto llegue a la oficina.
Me quitó el teléfono, tecleó cuatro letras y nueve dígitos, pulsó el icono de llamada y No, de Meghan Trainor, empezó a sonar en su bolsillo. Sonreí. No era Adele, pero casi.
—Mi novia ha vuelto a jugar con mi móvil —se disculpó.
—No está tan mal la canción —dije recuperando mi iPhone.
Había introducido su contacto con un simple «Marc». Me apunté mentalmente añadir «Producciones Aranguren».
—¿«No está mal»? —se burló—. Supongo que lo dices por cortesía.
—Un poco sí. —Guardé el móvil y el iPad—. No es muy cortés criticar los gustos musicales del novio del delegado de la productora.
—De la novia —me corrigió.
—¿Perdona? —Dejé a un lado el bolso y devolví la atención a su cara.
—Es novia lo que tengo, no novio.
—Ah, ¿sí? —Alcé las cejas.
Su rostro también compuso una mueca perpleja. Y, de pronto, pensé que correr hasta que me perdiera de vista era una idea estupenda.
—¿Crees que soy gay?
—Ya no —dije muy deprisa.
Él se carcajeó y yo me quedé sin aire. Su risa era tan… libre.
—No me ofende que lo pienses —dijo sin perder la sonrisa—. Solo me provoca curiosidad. ¿Puedo preguntar cómo has llegado a esa conclusión?
—Preferiría que no. Necesito este contrato.
Él volvió a reírse y yo me contagié de su alegría. O lo mismo fue el subidón de azúcar de la Sacher. A saber… El tema es que me relajé. Fue como quitarte el sujetador cuando llegas a casa: sacrificas intentar parecer perfecta para respirar a pleno pulmón.
—Perdóname, en serio. No sé por qué he soltado esa tontería. Debo de haberlo supuesto por el contexto. —Señalé vagamente la mesa.
—No te disculpes. Si te sirve de consuelo, no es la primera vez que me lo dicen.
—A mí una vez me aseguraron que era lesbiana, aunque, en realidad, no cuenta, porque quien trataba de convencerme era una compañera de la residencia que, por lo visto, quería meterse en mis bragas…
Me interrumpí. Marc no necesitaba tanta información. Debía parar. Estaba demasiado descentrada para no seguir escupiendo estupideces. Mi cabeza solo podía ocuparse de repasar todo nuestro encuentro desde el punto de vista heterosexual.
—Continúa, por favor. La historia promete —bromeó.
—Creo que, por el bien de nuestra relación laboral, deberíamos terminar aquí la reunión. —Sonreí.
Marc rio, me dio un ligero apretón en el antebrazo y pidió la cuenta. Yo parpadeé por lo intenso que me pareció el contacto de su mano, saqué el monedero de inmediato y fui castigada con una mirada severa.
—Por el bien de nuestra relación laboral, vuelve a meter eso dentro del bolso, pequeña descarriada.
Abrí mucho los ojos y me levanté, conteniendo las ganas de darle las gracias. Hacía tanto que un hombre no me llamaba «pequeña»…
—De descarriada tengo poco. Y de estatura no ando falta.
Él se irguió frente a mí y miró hacia abajo.
—Te saco una cabeza.
Me reí.
—Y yo a ti unos cuantos años.
—No tantos como tú te piensas.
—¿Cuántos tienes?
—Invítame a desayunar el jueves y te lo cuento.
Me descolocó un poco su oferta, pero no perdí la sonrisa. Ante todo, cordialidad profesional.
—No puedo. Estaré en Senegal.
—Qué excusa más típica.
Volvió a hacerme reír. Además de encantador, era gracioso, simpático y bromista. Como mi hermano pequeño, pero con más músculos. Músculos que estaban demasiado bien colocados debajo de su jersey. Y mi hermano tampoco tenía esa sonrisa perpetua en los ojos. Ni la boca tan bonita. Ni las manos tan grandes… Vale, seguramente Marc se parecía más a Thor que a mi hermano, y precisamente eso era algo que debía aprender a ignorar. Cuanto antes.
—¿Te llamo cuando regrese de Senegal?
Asintió.
—Y luego me escribes.
—En cuanto llegue a la oficina.
Marc me miró durante unos largos segundos, estudiándome con sus ojos castaños y un amago de sonrisa traviesa tirando de las comisuras de sus labios.
—Me alegro de haberte conocido, Blanca.
—Lo mismo digo.
Ninguna de esas dos frases sonó como una fórmula de cortesía.
Detrás del cristal
«La forma de comunicarnos ha cambiado. Claro, que es más real hacerlo cara a cara, pero, por eso, desde un dispositivo resulta más adictivo. ¿Cuántas oportunidades tienes en la vida real de poder borrar y reescribir?».
Martín
Parecía tonta. Incluso llegué a pensar que lo era de remate. ¿Cómo era posible que fuera incapaz de redactar un simple mail informativo? Escribía, por suerte, decenas de ellos a diario. Solo tenía que utilizar la plantilla y rellenar los huecos, nada más. Pero a Marc no podía enviarle un texto tan vacío e impersonal. Era un trabajo importantísimo. Debía esmerarme.
Descarté el último borrador, clicando con rabia sobre el cubo de basura virtual, y cogí aire.
—¿Todo bien? —preguntó Leo al salir del aseo de la oficina; se subió la cremallera de los vaqueros rotos y se atusó la camisa de cuadros.
—Solo un mail rebelde. Me lo liquido enseguida. ¿Tú ya has terminado?
—Sí, señora. Me voy a mi bendita casa, que son casi las ocho. Mañana no cuentes conmigo.
—Claro. Te lo has ganado.
—Tú no te líes. Simplifica. Sé sincera. Escribe con el corazón. Be water, my friend. Y márchate a descansar. Mañana tienes el vuelo pronto.
—Te escribo cuando aterrice.
—Mándame una foto de la primera escalera de piedra que encuentres.
—¿Escaleras esta vez?
—Sí, ¿por qué no? La belleza está en todas partes.
Oí cerrar la puerta de la oficina con la vista fijada ya en la pantalla del portátil. Dejé las manos suspendidas sobre el teclado, volví a coger aire y las posé despacio. Me sudaban hasta las yemas de los dedos. Era ridículo. Yo era ridícula. Empecé a escribir.
Buenas tardes, Marc.
Te adjunto la ficha de la Quinta da Regaleira. Afortunadamente, está libre para las fechas estimadas de rodaje. Desafortunadamente, tu reputación conservadora se verá comprometida cuando veas el precio. Si me aceptas un consejo, haz una excepción. Tenías razón: es la localización perfecta para el proyecto.
Saludos
Blanca de la Oliva
Revisé la ortografía y lo envié. Luego me arrepentí de haberle mandado «Saludos». Sosos, vacíos e impersonales saludos. Dejé caer la cabeza sobre la mesa, la hice rebotar un par de veces sobre la madera y me dediqué a intentar averiguar qué demonios me pasaba con Marc.
No era más que un chico guapo, simpático, tremendamente profesional, creativo, curioso, con unos ojos que sonreían más que su carnosa boca, unas hechuras dignas de dios escandinavo… Un tío diez, sí, de acuerdo. Pero ya había conocido antes a otros, actores, modelos, empresarios, y ninguno me había hecho temblar de esa manera. Ninguno me había atado un nudo en la garganta con su mirada. Ninguno me había incitado con una simple risa a saltar el umbral de una inocente fantasía sexual y estamparme contra su pecho.
El sonido de un mensaje nuevo en mi bandeja de entrada me hizo levantar la cabeza.
Hola, Blanca.
Gracias por la info y por el consejo. Seguramente te haré caso. Confío en ti y en tu criterio para encontrar el mejor escenario para el proyecto.
Suerte en Senegal. Trata de volver entera y con muchas anécdotas para contarme en ese desayuno que tenemos pendiente.
Un abrazo
Marc Verhoeven Cruz
Releí doscientas veces el texto, hasta que el «Confío en ti» saltó de la pantalla y se acomodó a modo de lentilla sobre mis córneas.
Y ahí continuó durante el camino a casa. Lo veía en los paneles de la carretera, en los faldones de las noticias que acompañaron a la cena familiar y en las hojas del cuento que les leí a las niñas. Salí de su habitación suspirando, bajé a la cocina y rescaté el móvil de la isleta central con la intención de revisar mi calendario menstrual.
Seguramente lo que me ocurría era debido al período de ovulación. Los primitivos estrógenos debían de estar intentando asilvestrarme y haciendo que solo pensara en la perpetuación de la especie. Marc, macho viril. Yo, hembra de caderas anchas. Mis hormonas no necesitaban más selección natural. Ni sabían nada de contratos que me limitaban a procrear solo con mi marido. Años atrás solíamos dedicarnos a ello con cierto esmero. A lo mejor podíamos intentar un revival esa noche.
Entré en el salón y no tuve que preguntar para obtener la respuesta: Emilio estaba viendo su serie preferida del mes y ni me miró cuando me senté a su lado.
—¿Te queda mucho? —pregunté.
Mi marido chascó la lengua contra el paladar y pulsó el botón de pausa.
—Acabo de empezar. Son capítulos de cincuenta minutos y veré un par, por lo menos. ¿Por qué no te subes al dormitorio y acumulas horas de sueño?
—Bonita forma de largarme.
—No te largo —dijo con el mismo tono que usaba con las niñas cuando se enrabietaban—. Es por tu bien, boba. En teoría, tienes unos días moviditos por delante.
¿Pueden dos palabras, solo dos, detonar una riña? Aquí estaba la prueba de que «por una tontería» era el origen común de las discusiones en mi casa.
—La próxima semana será agotadora para mí, en teoría y en la práctica. —Me crucé de brazos—. A ver si te entra en la cabeza que no me voy a Senegal de vacaciones.
Mi marido se giró hacia mí con un ademán seco. Se ajustó las gafas al puente de la nariz antes de señalarme con el dedo.
—No te creas que eres la única que trabaja. Yo también lo hago. Y me quedo con las niñas.
—¿No dijiste que esta semana no ibas a dar citas?
—Pero tendré que organizar las de la siguiente. —Excusa barata: se las organizaba sola la base de datos—. Y me ocuparé de las niñas. —Repetición de tarea—. Y… hay que montar el zapatero, ¿no?
—¿Te refieres al que compramos hace dos meses y todavía está en el garaje?
—A ese mismo. ¿No querías que lo instalara de una vez?
—Hombre, si te parece, lo dejamos en la caja y los zapatos de tus hijas los amontonamos al lado.
—Cuando te pones en plan estúpido, prefiero no hablar contigo.
—Pues ya somos dos.
Emilio pulsó el botón de play y yo me levanté. Estaba saliendo por el arco que daba acceso al comedor cuando murmuró:
—Que te lo pases bien en Senegal.
—Divinamente —ladré.
Alcancé el pasillo, subí las escaleras con mucha energía y me dispuse a programar el despertador. Cuando miré la pantalla del teléfono, casi se me cae de la impresión.
¿Tienes el guion literario a mano?
Era un whatsapp. De Marc. Y su foto de perfil era demasiado. Definitivamente ese hombre no tenía nada que ver con mi hermano. Nada.
Estaba sentado en un taburete, con unos ventanales detrás que mostraban el skyline de alguna gran ciudad. Su gesto serio contrastaba con su pelo descuidado, su barba de tres días y su indumentaria informal. Otra vez un jersey gris, en esta ocasión jaspeado. Una camiseta blanca asomando por el cuello y la cintura. Y unos jeans azules, clásicos. Nada del otro mundo… Excepto sus manos. Las muñecas descansaban sobre sus muslos abiertos. Sus dedos infinitos estaban curvados y sus tendones, abultados. Las yemas rozaban el vaquero, que tapaba, sin ocultar, la firmeza de sus músculos. Esas manos mostraban más fuerza que el acero de los rascacielos del fondo. Había trabajo físico en ellas y energía en su postura; no languidecían, estaban vivas, arqueadas y dispuestas. Esas manos no me las volví a quitar de la cabeza.
Entré en el dormitorio, cerré la puerta y me apoyé en el marco. Marc seguía en línea. Mi ritmo cardíaco se aceleró. Entreabrí la boca. Necesitaba más oxígeno para escribir una respuesta a su mensaje.
No, solo me enviaron una versión del guion en papel, y lo guardo en la oficina.
Me sequé la mano derecha en el camisón mientras esperaba su próximo mensaje.
«Escribiendo…».
¿Lo has leído?
Sí.
¿Recuerdas la descripción de la chimenea del salón central?
Sí.
¿Estabas dormida?
No.
Entonces he debido de interrumpirte. Disculpa.
Otro día hablamos.
Mierda. ¡No! Aceleré mis pulgares todo lo que pude durante un par de pasos y me senté en la cama.
No estoy ocupada. Iba a leer un rato.
Podemos hablar ahora si quieres.
Claro que quiero.
Pero tú no parecías muy colaborativa.
¿No?
¿Ves? Ya vuelves a los monosílabos.
Lo siento.
Soy un poco rancia por WhatsApp.
Todo el mundo me lo dice.
De momento, tengo que estar de acuerdo con ellos.
¿Qué ibas a leer?
Un libro.
¿En serio? Jamás lo hubiera pensado.
Además de rancia, también soy un poco lenta. Paciencia, por favor.
Quería decir: un libro cuyo título desconozco, porque tenía pensado comprar algo nuevo en digital.
¿Alguna recomendación?
Esa es una pregunta trampa.
Si quisiera impresionarte, debería decir algo como Murakami. Pero lo cierto es que ahora tengo sobre la mesilla el último de Stephen King.
Para muchos, que tengas un libro en la mesilla sería ya en sí impresionante.
Gente sin alma… ¿Quién puede vivir sin libros?
Yo no. Me han hecho más compañía que algunos de mis amigos.
Entonces, ¿me recomiendas el último de Stephen King?
Sí. Y también Murakami, claro.
Sonreí. ¿Eso quería decir que quería impresionarme?
Un «Deja de fliparte, Blanca» alto y claro sonó en mi cabeza. Ese portento humano tenía novia. Y seguro que un gusto muy selecto. Solo trataba de ser amable, y bromeaba para destensar el ambiente. Sí, eso era.
De acuerdo. Apuntados.
Y acerca de lo de la chimenea…
Ah, sí. (Me distraes).
Mira esto:
(Archivo jpg.001)
Me envió una foto del interior de uno de los salones de la Quinta da Regaleira, cuya pieza central era una colosal chimenea de mármol blanco esculpida con altorrelieves barrocos y coronada por una campana al aire, exacta a la que había imaginado cuando leí esa parte del guion.
Es perfecta.
Yo también lo creo. Iba a mandársela a Pablo.
¿Te importa que lo haga yo?
Gracias por preguntar. No solemos tener la suerte de recibir ese tipo de consideraciones.
Envíasela. Le va a encantar.
Estoy seguro.
Y gracias a ti por atenderme a estas horas.
Ya te dejo descansar.
Te esperan unos días duros.
Mucha suerte con ellos.
Esas últimas frases, bañadas de empatía, provocaron una sensación cálida que me recorrió la base del cuello, se escurrió por los hombros, fluyó por los brazos y desembocó en mis manos. Mis dedos salpicaron varias palabras sobre la pantalla, ellos solos:
Te escribo a la vuelta para lo del desayuno.
Eso espero.
Buenas noches, Blanca.
Buenas noches.
Cuando ya casi había alcanzado el sueño, sola, recibí un mensaje más:
Se me ha olvidado decirte que ya no estoy de acuerdo con ellos.
De rancia no tienes nada.
A la sombra
«Con el tiempo hacer balance es fácil. Lo jodido es calcular el resultado cuando uno está siendo el protagonista del sainete».
Marc
Menorca
En la actualidad
—Habéis merendado todas fenomenal. Os habéis ganado un ratito de dibujos. —Las niñas aplauden y Belén le entrega el iPad a Candela—. Ahora eliges tú, porque eres la que ha terminado de recoger primero. Esta noche, si cenáis igual de bien, elegirá la que antes se ponga el pijama y se lave los dientes, ¿de acuerdo?
Las tres niñas asienten con energía y se sientan en las toallas formando un corro alrededor de las aventuras de My Little Pony. Antes de que termine la cabecera, ya están hipnotizadas.
—Tú y yo —me dice mi hermana— vamos a darnos un bañito.
—No me apetece.
—No te he preguntado si te apetece o no.
Tira de mi brazo para obligarme a levantarme y me arrastra hasta la orilla.
—Está fría —protesto nada más rozar el agua.
—Solo al entrar. Mójate la tripa y la nuca.
—¿Y me pongo los corchitos?
—En las cazuelas del bikini —se burla.
—Habló aquí Doña Melones.
Belén se las agarra, fingiendo sopesarlas.
—Serán pequeñas, pero lo compensamos con un trasero generoso.
Sonrío con tristeza. Es justo lo que piensa Marc.
Me sumerjo en una ola y salgo unos metros más allá. Miro hacia las niñas, que siguen en la misma posición; ni siquiera pestañean. Belén emerge a mi lado y me mira fijamente. Mierda. Creo que este es un baño-trampa.
—¿Has llamado a Emilio? —me pregunta a bocajarro, su estilo habitual; está siempre demasiado ocupada para andar con charlas introductorias.
—Lo ha hecho Candela —digo con vergüenza.
—Al final tendréis que hablar del asunto.
—Ya.
—Mejor antes que después, ¿no?
—No —digo convencida—. Mejor que pase un poco de tiempo para calmar los ánimos. Es el padre de mis hijas.
—Y lo va a seguir siendo siempre, pero eso no es excusa para…
—Déjalo, por favor. —Salto una olita.
—Sabes que tengo razón.
—Precisamente por eso, Belén: porque tienes toda la razón. Y me caliento. Me cabreo. Me entran ganas de… de… —gruño con los puños cerrados.
—Vale, vale. Ya está. —Me acaricia el hombro—. Lo único que quiero que sepas es que no estás sola.
—Lo sé.
Me siento sola, aunque no lo esté.
Belén me mira fijamente unos segundos, torciendo la mandíbula un poquito hacia la izquierda. Algo está tramando.
—Mañana salimos —decreta—. La nieta de Asunción puede quedarse con las niñas. Salva y yo te recogemos y… Espera. —Levanta una mano—. Mejor una cena de grupo. Se lo digo a las chicas. Tienen muchas ganas de verte.
Sonrío. Y esta vez, de corazón y al margen de Marc.
—No es mala idea.
—Claro que no. Tú déjame organizarlo —dice ilusionada.
Y yo me contagio un poquito de su ilusión. Me resulta agradable la idea de pasar un rato con mis amigas de la infancia y sus maridos sin tener que estar a la sombra del mío.
Emilio es el anfitrión ideal, el tertuliano perfecto y hasta un buen bailarín.
Los primeros años de casados solía asistir admirada a sus despliegues en reuniones, fines de semana en casas rurales y demás acontecimientos compartidos con «nuestras» amistades. Utilizo las comillas porque nunca llegué a sentirlas del todo mías. Yo llegué a Madrid sola y apenas tuve tiempo de conocer a nadie antes del accidente. Después solo estaba Emilio. Un Emilio en mayúsculas, deslumbrante y absorbente que me introdujo en su mundo, impidiendo que yo encontrara un sitio en el mío.
No diré que toda la culpa fue suya: yo estaba demasiado cómoda en la posición de pareja del galán. Si él me había elegido sería por algo, ¿no? No necesité más reafirmación en mí misma que esa: la suya. Obvié mis alarmas internas, ignoré los consejos de mi familia y me dediqué a mi rol de primera dama con esmero. Cuando Candela cumplió dos años, éramos la envidia de nuestro círculo de amistades. Todo era idílico… hasta que dejó de serlo. Hasta que tuve que ser solo yo y no pude, porque no me encontré.
Desde entonces, no paré de preguntarme si ese tren habría pasado. La respuesta se anunció tan rotundamente positiva que me apresuré a crear mi propio mundo: mi empresa. Y, cuando mi vida parecía ir a toda máquina, apareció Marc para volar la vía.
El jardín
«Ella no es como nosotras, Belén. Y eso no es malo. No es culpa suya, ni una tara. Blanca es solo más sensible. Necesita que la arropen; no por débil, sino porque regala tanto cariño con quien se entrega que necesita recuperar algo para poder seguir sonriendo».
Mamá
Al final, pasé doce días en Senegal. El rodaje se complicó. Que un especialista local apareciera beodo perdido en el set y estampara un tanque —sí, un tanque de guerra— contra la pared trasera de la casa que utilizamos como cuartel suele tener desagradables consecuencias. El propietario del inmueble puso el grito en el cielo, con razón, y, flipándose demasiado, exigió una indemnización no contemplada en el contrato, pero resultó ser amigo de uno que mandaba mucho… Resumiendo: un follón. Aunque lo peor de todo fue la vuelta a casa.
Emilio se hizo el dormido y, por la mañana, nada más subir las niñas al autocar del cole, me montó una bronca de campeonato. Como si hubiera sido yo la beoda y no la idiota que había vivido doce días enganchada a un teléfono móvil intentando que no nos metieran a todos en la cárcel. Me culpó de estar boicoteando su carrera, de ser una madre demasiado despegada y me retiró la palabra. En los días posteriores solo se comunicó conmigo en presencia de las niñas.
