Siempre nosotros - Silvia Sancho - E-Book

Siempre nosotros E-Book

Silvia Sancho

0,0
4,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Dos caminos que se encuentran otra vez. Una estrella que vuelve a brillar. Un reloj detenido en un tiempo maravilloso. Dubái, Berlín, Tinduf. El final de una historia donde el amor puede ganarlo todo. Cuando acepté vivir como una nómada, en todas partes y en ningún sitio, no esperaba que fuera tan complicado. ¿Cómo iba a saberlo? No era consciente de dónde me metía en realidad, y tampoco me preocupé de averiguarlo. Me centré exclusivamente en lo que más quería: estar con él, solo nosotros, al margen del dinero, del estatus social o de las viviendas de lujo. Fue muy reconfortante descubrir que, más allá de mi burbuja, había un mundo de colores esperando que me abriera para recibirlo. Pero el mundo pudo conmigo. El mismo destino que nos unió acabó con todo lo que habíamos construido. Con todo excepto con la certeza de que siempre estaré enamorada de él, del hombre que hay detrás de esos deslumbrantes ojos azules, infinitos como el cielo: John.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2020

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Primera edición: mayo de 2020

Copyright © 2020 Silvia Hernández Sancho

© de esta edición: 2020, ediciones Pàmies, S. L.

C/ Mesena, 18

28033 Madrid

[email protected]

BIC: FV

ISBN: 978-84-17683-55-9

Ilustración y diseño de cubierta: CalderónStudio

Fotografía: Smiltena/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Fuego

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Tierra

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Epílogo

Agradecimientos

Contenido extra

A los que merecen encontrar un hogar.

Fuego

«No os equivoquéis. Solo tengo un motivo para aceptar este trabajo, y no está relacionado con vuestra absurda postura sobre el tema. Aun así, estoy dispuesto a invertir todos mis recursos para que la mediación sea un éxito. Pero será a mi manera».

John Taylor. CEO Taylor Group.Comisión para el nombramiento del consejero independiente de Asuntos Exteriores.Tinduf.

1

Las coincidencias no existen

Lo peor de vivir en un infierno no son los torturadores recuerdos, el doloroso sentimiento de culpa o el insoportable peso de la conciencia. Lo peor de vivir en un infierno es que, por mucho que huyas, el fuego de las llamas del pasado siempre te alcanza.

Aquí, en este rincón del desierto donde cumplo mi penitencia, el calor es más sofocante que en ningún otro lugar. Me seco el labio superior, perlado de sudor, e intento tragar saliva, pero tengo la boca seca. Necesito agua. Estoy sedienta. Y, además, me pica la cabeza. El pañuelo sintético que cubre mi melena es tan asfixiante que me da la sensación de que mi cerebro se reblandece; lo ahueco un poco, tratando de airear la zona, y la mirada desafiante de un militar, con metralleta y todo, hace que desista. Claro, como él no lo lleva…

Refunfuño y me concentro en leer, por enésima vez, los papeles que sujeto con manos húmedas. Hace más de una hora que deberían haberme recibido; me sé la solicitud de memoria.

Por si os lo preguntáis, estoy en Rabuni, centro administrativo de los Territorios Liberados del Sáhara Occidental, región de Tinduf; concretamente, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, esperando que me reciba el secretario de Admisiones para desbloquear un cargamento enviado desde Madrid. Ya es la segunda vez que vengo. Es una tarea de gran importancia, así que no me quejo. Aunque reconozco que preferiría continuar refugiada, y nunca mejor dicho, en el campamento, a ciento ochenta kilómetros en dirección oeste. Allí he pasado el último mes. Aislada del mundo en medio de la nada, trabajando sin descanso en unas condiciones muy difíciles, con la supervivencia como única meta. Y, aunque suene a castigo, me ha venido bien. Necesito el silencio del desierto para seguir tratando de superar lo que ocurrió.

Hay ciertas… cosas a las que todavía no he podido enfrentarme desde que hui de Manhattan, pero he avanzado bastante durante estos cuatro meses. Y cualquiera lo diría viendo las ojeras que luzco, pero he estado mucho peor, os lo aseguro.

Cuando me escapé del ático, me fui directa al aeropuerto. Allí estuve… no sé cuánto tiempo, mirando cómo cambiaban las letras de los paneles de vuelos. El mundo ante mí, al alcance de mi Visa, pero ningún lugar adonde querer ir de verdad… Y entonces, un nuevo destino apareció en las pantallas y una pequeña emoción positiva me cosquilleó en el pecho. La primera en muchos, muchos días.

Compré un billete para Dubái, supongo que intentando agarrarme a lo único que me quedaba: Sara. Había perdido tanto buscando mi camino que necesitaba aferrarme a mis raíces. Se acabaron los altos vuelos, se acabó vivir en el aire. Tocaba dejar atrás una vida que no me pertenecía e intentar unir los pedazos de una mujer a la que me costaba reconocer en el espejo.

Las primeras semanas en Dubái las viví en shock, literalmente. Nada conseguía sacarme de mi encierro. Ni siquiera las collejas estratosféricas de Sara; que más de una me llevé, y bien merecidamente. Mi cuerpo se aletargó y mi cabeza, simplemente, dejó de funcionar.

Imelda May cantaba Too sad to cry y yo me sentía exactamente igual. Estaba demasiado triste para llorar. Aunque me hacía falta, mis lágrimas no querían darme el desahogo que necesitaba, no permitían que mi dolor se materializase en agua y saliera de mi cuerpo. Creo que en Manhattan lloré tanto la muerte de Francesco que ya no me quedaron lágrimas para John. Me sequé.

Mi mente se transformó: en vez de un espacio lleno de ideas, se convirtió en una densa nube gris encima de mi cuerpo. No me permitía decidir si lo que había hecho estaba bien o mal. Era incapaz de conectar con mi ética, con mi sentido común, porque ambas cosas se habían desdibujado de tal manera que ya no las encontraba. Mis manos no paraban de temblar. Mi mirada se apagó. Y mis piernas… Mis piernas apenas me sostenían. Todo mi cuerpo sufrió el equivalente a un accidente aéreo. Me sentía la única superviviente de una catástrofe. Y lo peor era que… no quería serlo. Cegada por mi desesperación, preferí haber desaparecido entre los restos de la nave.

Por lo visto, la gente de mi entorno más cercano se preocupó mucho. Sara lidió con las angustias de mi madre y de mi abuela, que no entendían qué hacía en Dubái y por qué nunca me ponía al teléfono. Informó religiosamente a Leticia de mis (no) avances. Dio las explicaciones oportunas a Isabel, mi responsable en la ong. Se ocupó de todo por mí. Se convirtió en mi voz, en mis manos y en mis piernas. Me creó un refugio, un nido, y, al calor de su cariño, dormité.

Habría seguido así, sin duda alguna, de no haber sido por Francesco. Mi amigo eterno me salvó de mí misma una vez más. Me devolvió un motor que no hay que subestimar: la rabia.

Fue el 17 de febrero, un mes después de que lo asesinaran.

Sara se había ido a trabajar después de ayudarme con mi aseo. Me dejó en el comedor, cerca de la ventana, como una planta. Saima, su asistente paquistaní, estuvo arreglando el piso. Después de comer regresó al salón. Me dedicó su mirada de lástima habitual y empezó a limpiar el polvo. Al cabo de un rato le oí preguntar si me importaba que encendiera la televisión. Negué con la cabeza y seguí concentrada en las grúas de los edificios mastodónticos que se levantaban por todas partes.

—Es increíble la cantidad de medios que han venido hasta Nápoles —dijo una voz masculina.

—Hay prensa de los cinco continentes —dijo una mujer—. Este funeral será recordado como el evento con mayor cobertura desde la muerte de Diana de Gales.

Me levanté y arranqué el cable de la antena. No me bastó solo con apagar la televisión. Saima estuvo a punto de salir corriendo, incluso se puso a llorar, pidiéndome perdón, la pobre. La tranquilicé, le pregunté dónde guardaba Sara el alcohol, abrí la primera botella que encontré en el armario de la cocina y me bebí un tercio del contenido del tirón. La vomitona que vino diez minutos después casi me da la vuelta como a un calcetín. Exhausta, me metí en la cama y, ya que no podía emborracharme, me envenené. Yo sola. Con mi rencor.

Empecé a sentir asco por todo, odio hacia todos… Conecté de nuevo con la ira contra los asesinos de mi amigo, contra la prensa, contra la sociedad, contra su familia y sus supuestos amigos, que ignoraron su esencia y le enterraron con honores, pero lejos del mar. Culpé a todos de su muerte. Incluso al propio Francesco llegué a culpar, por no tener más cuidado. Y a mí, por supuesto, por haber pensado que contaba con la autoridad moral suficiente como para aconsejarle.

A John también le culpé. Y no solo porque el «clasificado», el asesino material de Francesco, fuera cliente de su empresa y, por lo tanto, su defendido, sino porque ni una sola vez había intentado contactar conmigo tras mi huida de Manhattan. Ni una sola.

Poco a poco, la rabia se fue diluyendo, como lo hacen siempre los sentimientos intensos, y me sumí en un estado casi peor: la desidia.

Ya era capaz de realizar tareas sencillas sin ayuda: mi aseo personal, comer, dar paseos por la playa artificial de Dubái… Pero todo me parecía tan irreal, tan impostado… Todo pasaba a mi alrededor y yo giraba en medio, como el espectador de un teatro en el que se ha roto la cuarta pared y se ve metido en la obra sin quererlo. Nada me motivaba. No quería querer nada. Solo descansar. Dormir. Que dejara de doler. Desaparecer.

Todo ese mes de marzo anduve así, como un alma en pena, alimentándome de mi vacío, haciéndolo más y más grande. Sara intentaba distraerme de mil maneras, pero no lo consiguió. En ese tiempo solo me entretenía ir al puerto a ver trabajar a las mujeres. Ellas charlaban, con la comodidad de estar entre las suyas, limpiando pescado sin descanso, y yo las observaba, supongo que tratando de contagiarme de su energía. Aprendí mucho de ellas. A ponerme bien el hiyab, a sacar los lomos del mero sin espinas, a pronunciar correctamente el árabe y a frustrarme. Con ellas entendí que debía aceptar que las cosas, a veces, son como son y que luchar contra ellas es imposible.

El primer viernes de abril Sara trajo a casa un paquete. Me lo enviaba Isabel. Contenía una foto de un bebé regordete y un pendrive lleno de vídeos de los campamentos de las vacaciones de primavera. Ver a decenas de pequeños refugiados muertos de risa en el Parque de Atracciones de Madrid consiguió removerme. Sentí una punzada de egoísmo dentro. Esa gente sabía lo que era pasarlo mal de verdad, necesitaban ayuda, y ahora el pilar de la ong tenía una personita de quien ocuparse noche y día. Y, como yo no podía estar conmigo misma, decidí darme a los demás.

A mediados de abril reuní el valor suficiente para dar el primer paso para recuperar mi vida, el que llevaba posponiendo más tiempo del que mi conciencia podía soportar: viajar a Berlín. Fue muy duro mirar a la cara a Erik. Durísimo. Verle aún tendido en una cama de hospital, demacrado, devastado, pudo conmigo. Llegaba tarde y sin consuelo. Agradecí que en ningún momento nos dejaran solos. Su padre no le soltó la mano ni un segundo. Al encontrar la culpa en los ojos verdes del novio de Francesco, la mía volvió a azotarme con fuerza. A día de hoy no he podido librarme de ella.

Escapé de Alemania en cuanto pude; por lo visto, es lo mejor que sé hacer. Volví a Madrid. Solté mi maleta en casa de Sara y, con un petate más ligero, cogí un autobús a Soria. Solo pude estar tres días. Lo suficiente para tranquilizar a mi madre y a mi abuela y salir ilesa. Afortunadamente nadie me preguntó por John: debieron de dar por sentado que al final se jodería todo. En cambio, sí que me atormentaron con mi futuro laboral. Ellas vieron muy claro que debía renunciar a la excedencia que solicité para convertirme en la compañera nómada de John y volver a la empresa que me proporcionaría estabilidad económica a cambio de sacrificar mi vocación. Yo preferí convertirme en cenizas de una vez antes que morir en vida dentro de esa oficina. No podía volver a encerrarme entre cuatro paredes después de haber vivido en el cielo.

Cuando regresé a Madrid, fui a visitar a Isabel. Leticia me recomendó que le regalara una canastilla con cincuenta mil chismes «básicos» para el bebé —utilizo las comillas porque me gustaría que vierais cómo se las apañan en el campamento de refugiados—, pero no seguí su consejo: le compré bombones, y, a falta de dinero para un bono de masajes, cociné una tortilla de patatas de tamaño familiar.

Isabel me dijo, emocionada, que los carbohidratos son los mejores amigos de una mujer en el puerperio y me dio un abrazo. Nos tomamos un café. Me contó con más detalle del que me gustaría recordar su parto. Yo le expliqué mi nueva situación y me ofreció un sueldo…, por llamarlo de alguna manera. Ni siquiera llega al salario mínimo, pero era una alternativa. La única a la que realmente me apetecía agarrarme. Así que a primeros de mayo ya estaba instalada en el campamento.

El mes que llevo aquí, en el desierto, ha sido difícil. Calor abrasador, falta de intimidad, vivir sin apenas nada… Pero estoy aprendiendo a pertenecer a una comunidad, a trabajar codo con codo contra las adversidades —climatológicas, administrativas, idiomáticas, culturales…— y a adaptarme. Me he convertido en una especie de chica para todo. Lo mismo tramito un permiso que ordeño una cabra —sí, una cabra. Sin comentarios—. Está siendo una experiencia que me hará crecer como persona, también me siento útil, pero os confieso que echo mucho de menos el agua. Y esa sensación de vivir en el aire. De sentirme feliz. Ilusionada…

El pañuelo que cubre mi melena se me escurre y, enseguida, un carraspeo del oficial me lo advierte. Me recoloco el hiyab con cuidado y resoplo. No puedo con esta costumbre. Siento decirlo así de tajante, pero es la verdad. He hablado con mogollón de mujeres que están de acuerdo con ella y comprendo que es su elección, una expresión de modestia y todas esas cosas…, pero ¿por qué debo usarlo yo? ¿Eh? Por respeto, dicen. ¿Acaso mi pelo es irrespetuoso? Vale que últimamente lo haya descuidado cantidad, pero de ahí a ofender con su presencia hay un buen trecho…

Se oyen voces al fondo del pasillo que conduce al despacho del secretario. Por fin parece que llega mi turno. Me pongo en pie, me estiro la camiseta de manga larga —porque mis brazos también son irrespetuosos— y levanto la cabeza.

—¿Vega?

Todos los músculos de mi cuerpo se tensan. Cada capilar se me eriza. Un fogonazo prende hasta la última de mis venas. Mi corazón empieza a bombear tan deprisa que lo noto en los oídos.

—Pero… —balbuceo—. ¿Qué haces tú aquí?

2

Gasolina

—Yo podría preguntarte lo mismo —murmura John.

Me gustaría decirle que no se le ve sorprendido, que sospecho que esto no es una coincidencia, que su voz grave acaba de incinerar los cuatro últimos meses de olvido autoimpuesto, pero no soy capaz de articular palabra. Creo que incluso he dejado de respirar.

Está más delgado. La ropa cae sobre su cuerpo, no se le ciñe. Viste una camisa de lino, unos pantalones de pinzas y zapatos marrones a juego con el cinturón. Lleva el pelo un poco más largo y se nota que no se ha preocupado de peinarse. Su piel parece apagada. Sus pómulos destacan en su rostro… Es por la barba. Corta y cuidada, pero sin perfilar, con algunas canas aclarando su mentón. Su mirada azul es tan fría…

Una voz al fondo del pasillo pronuncia mi nombre, o algo similar. Aparto los ojos del hombre del que, a mi pesar, sigo enamorada.

—¿Tienes una cita con el secretario? —me pregunta. Solo asiento con la cabeza—. ¿Para qué?

Un leve deje de preocupación se escapa de sus labios y flota hasta mis oídos. Su inquietud se introduce en mi sistema, me sacude, me zarandea. Abro la boca y escupo un buen puñado de palabras, incapaz de controlar mis reacciones. A merced de mis emociones, confusas, insoportablemente intensas, incontenibles.

—Para pedirle que autorice el paso de un envío al campamento de refugiados —explico—. Ya es la segunda vez que vengo. La primera, nos interrumpió una llamada y me fui con las manos vacías. Esta ocasión espero que me escuche al menos, aunque no me hago ilusiones.

Jadeo después de la última palabra. Nunca he corrido una maratón, pero la sensación en la meta debe de ser similar a la mía.

John me mira con atención unos segundos. Debate consigo mismo. Todavía recuerdo esa expresión… Qué coño, las recuerdo todas. Todas.

—¿Puedo acompañarte? —me pregunta.

Y un escalofrío me recorre la espalda. Mi cuerpo quiere aceptar. Mi instinto de supervivencia me grita que huya. Mi cabeza… Joder, tengo tal jaleo en ella que no puedo ni pensar. Me miro las manos. Los papeles que sujeto están arrugándose por el sudor. Los papeles… Ellos son los que me centran, me recuerdan qué hago aquí. El campamento necesita este envío. Y John puede ayudar.

—Sí, por favor.

El despacho del secretario huele a tabaco con especias y a falta de higiene. El tipo luce un aspecto inquietante: pelo grasiento y ojos mates. Conozco a mucha gente sin brillo en los ojos y no están muertos… Ni vivos. Clava su mirada vacía en mis pechos en cuanto planto un pie en el despacho. Luego, se sorprende al ver a John de nuevo.

—¿Hay algo pendiente? —le pregunta en inglés.

—No. He venido acompañando a mi… amiga, la señora Rodríguez.

«Amiga».

Dolor.

Porque es mentira.

Ni siquiera nos quedó eso.

Nos sentamos en unos butacones de piel roída. John me mira cuando empiezo a exponer en árabe mi solicitud. El secretario me interrumpe a la segunda frase, me quita los papeles de las manos y los firma; dejando claro, y en inglés, que lo hace por cortesía con John. «Los amigos del señor Taylor son también mis amigos», dice textualmente. Y yo siento cómo me encojo hasta perderme entre una de las grietas del cuero que me sostiene, como si fuera una insignificante mota de polvo.

—Asshole —murmura John cuando sale del despacho detrás de mí.

Caminamos por los pasillos encalados en silencio y abandonamos el ministerio. En la calle, una bofetada de calor nos avisa de que deben de ser más de las once.

—Gracias —me obligo a decir—. En el campamento se van a alegrar mucho.

John asiente con los ojos fijos en el pañuelo que cubre mi melena; los míos no abandonan su cara. Con barba, sin barba, vestido de lino o de Tom Ford, es un puto dios del sexo. Y yo, su devota admiradora. Aunque me pese.

—Tengo que irme —murmura después de pestañear.

—Sí, y yo… —Desvío la mirada hacia la calle. Jeeps, venta ambulante, polvo y miseria. Un marco muy acorde con mi infierno personal—. Que te vaya bien, John.

Esa frase de cortesía me desgarra la garganta. Me giro y empiezo a caminar.

—Cuídate.

Su última palabra llama a mis lágrimas, las que nunca lloré por él. Me muerdo el labio inferior con fuerza y me ordeno contenerme hasta, al menos, doblar la esquina.

«No llores hasta que no dobles la esquina».

«No llores hasta que no dobles la esquina».

«No llores hasta que no…».

—¡Vega! —grita John. Me doy la vuelta, extrañada—. ¿Dónde está tu coche?

—¿Qué coche?

Niega con la cabeza y me señala el suyo, un 4x4 negro, que hay junto a la acera, custodiado por unos militares. Me abre la puerta y se acomoda en el asiento del conductor. Dudo, pero termino entrando en el vehículo. El calor de la calle me resulta más insoportable que nunca.

—¿Adónde te llevo?

—Tenía intención de volver al campamento. —Me quito el hiyab y me atuso el pelo—. Pero está a tres horas de aquí. Con que me dejes en la salida oeste de la ciudad, me conformo.

Levanta las cejas.

—¿Y el resto del camino?

—Haré autostop.

—¿Te parece buena idea?

Me encojo de hombros.

—Mejor que andar ciento ochenta kilómetros…

John mete la llave en el contacto y arranca. Avanza con cuidado entre la gente y sale a la calle principal. Sigue serio, y ahora incluso parece un poco mosqueado… ¿conmigo? Hombre, conmigo debe de estar enfadado, y con motivos. Lo único que me pidió fue que no me marchara sin darle explicaciones y… aquí estamos. Pero yo también tengo razones para estar enfadada con él. En su frente, escrita con sangre, lleva la palabra «clasificado». Su putrefacto mundo nos hirió. Durante estos cuatro meses no se ha preocupado por mí… ¿Por qué ahora sí?

Miro por la ventanilla, como si en las calles de Rabuni fuera a encontrar la respuesta, y me doy cuenta de que estamos llegando a las últimas construcciones de adobe.

—Para cuando puedas, por favor —susurro.

John detiene el vehículo sin apagar el motor. Agarro la manilla de la puerta y le miro de reojo. Lleva puesta su máscara corporativa, como un hombre de cera: bello, pero inerte.

—Gracias otra vez. —Abro la puerta.

Me sorprende, mucho, escucharle decir:

—Me quedaría más tranquilo si te llevase al campamento.

—Te lo agradezco, pero seguro que tienes cosas que hacer.

—Puedo arreglarlo.

Lo cierto es que preferiría beber lejía antes que bajarme del coche. En la calle hace demasiado calor. Y no creo que tenga la suerte de parar otro transporte con aire acondicionado. Tres horas de trayecto por el desierto en una furgoneta destartalada o en un convoy militar suena tan horrible como realmente es.

—Bueno, pues… adelante.

Cierro la puerta y él reanuda la marcha.

Recorremos varios kilómetros en un silencio muy denso. Tanto, que amenaza con ahogarme.

—¿Te importa si pongo música? —le pregunto acercando mi mano al salpicadero, donde están los botoncitos del equipo.

—No, espera…

Él también acerca su mano al botón de encendido, intentando detenerme. El roce de sus dedos me pone la piel de gallina. Las primeras notas de Summertime casi consiguen hacerme llorar.

John va a apagar el equipo.

—Déjala, por favor. Adoro esta canción.

Cuando Joplin le pide a su chico que no llore, que un día se levantará cantando, que va a desplegar sus alas y volar hasta el cielo, me muerdo el labio inferior con fuerza para evitar el sollozo. Yo conozco el cielo. Y ahora también el infierno. Me duele tanto no poder tocarle, no poder mirarle sin censura, admirarle… Y me duele más aún tener tanta necesidad de hacerlo. He estado escondiéndome de él cuatro meses y solo en unos minutos todo ha vuelto a su lugar. ¿Y si no soy capaz de superarlo nunca? ¿Seguiré soñando con sus ojos y odiando despertar? ¿Podré ser feliz con este pellizco perpetuo en el pecho?

Ocho canciones me duran las cavilaciones. Después, un control de carretera nos obliga a parar. Son dos militares armados. Me los conozco de otras veces. Seguro que nos piden dinero.

John baja la ventanilla y uno de ellos se asoma.

—No llevamos nada —le digo en francés. Segundo idioma más hablado por aquí y que me permite utilizar improperios, llegado el caso. En árabe nadie quiere enseñármelos.

—¿No llevas nada igual que el otro día, cuando te pillamos con dos bidones de gasolina argelina, o no llevas nada de verdad?

—No llevo nada de verdad. Y te recuerdo que esa gasolina era para intentar mejorar las condiciones de vida de tus compatriotas…

—Tú, mujer, cierra la boca —dice el militar de más edad, y aparta al otro. Se dirige a John, desafiante—. Documentación.

John baja el parasol, coge un papel y se lo entrega; tras echarle una ojeada, el militar casi se cuadra.

—Bien. Pueden continuar. Y tú —me señala—, anda con cuidado.

—Vigila a quién amenazas —le dice John, devolviendo la credencial a su lugar—, o puedes terminar haciendo guardia en el muro, rodeado de minas antipersona.

El militar le mira, asombrado, asiente y se retira del coche. John reanuda la marcha.

—Prefiero no preguntar cómo te las arreglas con ellos —murmura.

—Mejor será.

Un amago de sonrisa aparece en sus labios. Solo un amago. Luego su máscara corporativa regresa a su lugar y allí permanece el resto del viaje.

El vehículo se llena de palabras sin pronunciar. Pese al aire acondicionado, el ambiente es asfixiante. Tenso. El monótono paisaje del desierto nos va engullendo y las horas pasan, al igual que la oportunidad de decirle que entiendo que me odie, que espero que algún día pueda perdonarme y ser feliz, aunque no sea conmigo, que yo también le perdono…

Es lo que debería decirle, ¿verdad? Algo educado y correcto para dejar tranquila a mi conciencia y quizá también a la suya, ¿no?

Pues no soy capaz.

3

El campamento

Al llegar al campamento de refugiados, un montón de gente se acerca al coche. Y no porque no hayan visto uno en su vida, sino por la novedad. Aquí todos los días son iguales. Entre saludos efusivos, les cuento que por fin han desbloqueado el envío de Madrid gracias a John. Todos se ponen supercontentos. Tanto, que insisten, mucho, en invitarle a comer como muestra de agradecimiento.

—No te sientas obligado —le digo.

—No quiero ofenderles.

Las mujeres se van a preparar el almuerzo —que ya os anuncio que es cuscús con garbanzos y verdura; y no es que sea adivina, es que es lo que comemos toooodos los días— y los hombres buscan refugio en la sombra más cercana. John y yo nos quedamos solos. Calculo que tendremos una media horita libre… ¿A alguien se le ocurre algo que hacer? Pues a mí no. Yo esperaba bajarme del coche, decirle adiós con la mano hasta verle desaparecer y, después, esconderme en mi jaima para digerir nuestro encuentro.

—¿Me enseñas esto? —pregunta John refiriéndose al campamento.

Me apetece negarme, de verdad que sí, pero tampoco quiero ofenderle. Bastante daño nos hemos causado ya.

Haciendo de tripas corazón, le doy una vuelta por el hospital —doce camas fruto de la solidaridad valenciana—, por la escuela —que se inauguró en 2012, y eso que aquí hay refugiados de tercera generación— y por las cuatro calles que hay intramuros, y en ello invertimos quince minutos. Esto es muy pequeño.

—¿Quieres ver el proyecto de explotación agrícola? —le pregunto, porque creo que en el fondo quiero demostrarle que sirvo para algo más que para salir corriendo. Estoy especialmente involucrada en el proyecto, y confío en que sea una de las bazas fundamentales para el desarrollo del campamento.

John asiente, y le llevo hasta las jaimas que hay más allá del muro de adobe, donde, a la sombra, están aparcados dos quads nuevecitos.

—¿Estos son…? —pregunta John.

—Sí, son «rusos».

Me monto en uno y él lo hace en el otro.

—No, no, de lujos nada. No vamos a usar los dos pudiendo usar uno solo. Monta. —Señalo a mi espalda.

Y no es una excusa. En serio. Lo de traer gasolina de Argelia no es nada fácil.

John niega con la cabeza.

—Si vamos los dos ahí —mira mi quad—, yo lo llevo.

—¿No te fías de mí? —Alzo una ceja.

John no me contesta, pero su mirada fría habla por sí sola. Me deslizo en el asiento hacia atrás, por no discutir y salir perdiendo, más que nada. Me da miedo la proximidad de su imponente cuerpo y lo que vaya a hacer el mío en respuesta, así que, cuando se sienta, me agarro a la parte trasera del asiento y trato de separarme lo más posible.

John arranca el quad. Señalo una especie de invernadero que hay a un par de kilómetros en línea recta y él acelera. La inercia me pega el pecho a su espalda. Qué jodida es la memoria… El calor de su cuerpo me relaja. Me siento de nuevo en casa. El tacto no sabe de reproches. Mi piel solo le reconoce. Le necesita.

John detiene el quad y me bajo limpiándome el polvo que se ha acumulado en las perneras de mi pantalón. Cualquier cosa es buena para distraerme y que desaparezca el rubor que siento en la cara.

Le invito a entrar en el invernadero —o más bien cocedero a estas horas— y le explico brevemente la intención de convertirlo en un lugar donde se pueda cultivar algo comestible.

—El proyecto está aprobado, peeero… —Aquí siempre hay peros—. Estamos esperando encontrar una empresa que nos garantice la instalación por adelantado, considerando que el pago de sus servicios puede tardar más de un año. Vamos, casi un imposible.

John asiente, pensativo.

—Vamos fuera —le digo—. A estas horas esto se convierte en una sauna.

Me arrepiento según sale de mi boca. Sé que los dos estamos pensando en lo que ocurrió en el spa de Manhattan. Incluso parece que John va a decir algo al respecto, pero se calla, sale del invernadero y se monta en el quad.

Me mira de reojo mientras me acomodo detrás de él. Ha dejado poco espacio y mi entrepierna se junta peligrosamente con su trasero. Si me arqueo para sujetarme al asiento, va a ser peor… Toqueteo sus dorsales, comedidamente, y me agarro a sus costados. John pone en marcha el quad. Subimos una pequeña duna, pegamos un saltito… y me empotro contra su espalda. Mi nariz hace crack. No es que lo note, es que hasta lo oigo por encima del ruido del motor, que John para al momento.

—Dime que eso no ha sido tu nariz. —Se gira.

—¿Y si lo ha sido? —pregunto, tocándome el tabique.

No parece roto, pero duele como si lo estuviera.

—Déjame ver, por favor —me pide preocupado.

Acerca las manos a mi cara y el dolor casi desaparece. Casi. Palpa mi nariz con mucho cuidado y luego mis pómulos. Se asegura de que no sangro y después respira. No me había dado cuenta de que no lo hacía. Ni yo tampoco.

—No hay nada serio —diagnostica—. Quizá se te inflame un poco, pero solo es el golpe.

Se gira y arranca de nuevo el quad. Enseguida llegamos al campamento. Me bajo sujetándome la nariz y John me mira con el ceño fruncido.

—¿Te duele?

—Un poco.

—Quizá debería verte un médico.

Se acerca y oigo a mi espalda:

—¿Alguien ha pedido un médico?

John se aparta e inspecciona al intruso. Es Darío, el cooperante con el que estuve saliendo la primera vez que colaboré con la ong, el que me puso los cuernos…, ese.

—Tú no eres médico —le digo.

—No, pero soy enfermero diplomado. Eso aquí es casi un médico. ¿Qué te ha ocurrido, princesa? —Me coge la cara con las dos manos y me examina con sus ojos castaños muy de cerca. Me aparto con rapidez.

—Nada. Un golpe tonto. ¿Vamos? —le pregunto a John—. La comida ya estará lista.

—¡Vamos! —contesta el enfermero tocapelotas—. Por cierto, soy Darío —le dice a John, tendiéndole la mano.

—John Taylor. —Se la estrecha sin quitarle los ojos de encima—. He oído hablar de ti.

Darío se hace pequeñito, se lo noto. Suelta la mano y se la pasa por su pelo de surfista, rubio, largo y rizado, tanto que se le forman pequeñas rastas en la zona de la nuca. Bien lo sé yo…

—John Taylor —repite, caminando tras nosotros—. Suena a nombre de espía, a lo James Bond.

Ya estamos…

—¿Necesitas asearte? —le pregunto a John, ignorando a Darío—. Por aquí el agua escasea, pero para lavarnos las manos y la cara nos alcanza.

John asiente y me sigue. Darío habla de fondo, él siempre tiene algo que decir, pero no doy forma a sus palabras. Estoy intentando adivinar qué es lo que piensa John. Porque algo importante está pensando. Esa cara también me la conozco.

—Es aquí —le digo a John, trayéndole de vuelta a la Tierra—. Es mi jaima. Bueno, mía y de cinco mujeres más. Y a veces algún niño. Y los gatos, claro.

John entra, agachándose, y mira alrededor. No sé a qué, la verdad, porque apenas hay nada. Las esterillas y los sacos de dormir enrollados y apilados alrededor del palo que sostiene el centro de la tienda. Un par de bolsas con ropa a ambos lados del hueco que hace de entrada. Tres barreños y una garrafa de agua. Medio llena, eso sí.

—¿Vives aquí? —pregunta.

—Más bien, duermo aquí. El resto del tiempo lo paso fuera o en la capital.

—¿Desde hace cuánto?

—Un mes, más o menos…

Leo la palabra «why» dibujada en sus labios. Pero no llega a pronunciarla. Se gira hacia los barreños, coloca uno en el suelo y abre la garrafa. Me agacho a su lado, pegada a él, porque el recipiente es minúsculo. Ha ido a elegir el más pequeño…

Nos lavamos, y compartimos toalla. En silencio. Demasiado cerca. Con adelantar unos centímetros la cara rozaría sus labios. Me llega su aliento. Siempre tan fresco… Inspiro hondo y John se levanta de golpe.

—Deben de estar esperándonos —murmura.

—Sí, venga, vamos.

A seis jaimas a la izquierda y dos a la derecha, está el comedor, por llamarlo de alguna manera. Suelo de tierra, techo de paja y paredes de adobe. Nada más distinto a los restaurantes de Manhattan.

Nos distribuimos en las mesas segregados por sexos —como siempre—, y, cuando me quiero dar cuenta, estoy rodeada de niños y gatos. No sé por qué, pero siempre termino rodeada de niños y de gatos. Tienen fijación conmigo, los pobres.

El pequeño Khalid lloriquea porque su hermano, Ahmed, le roba los garbanzos. Intento poner paz, sentándome entre los dos, con un gato encima, y acabo sin la mitad de mi rancho. Vamos, lo normal. Con la «pequeña» diferencia de que hoy hay una mirada azul observándome desde la otra punta del comedor. Disimula, pero le he pillado tres veces. Cuatro, con la de ahora.

Bajo la vista y me concentro en el pelo gris del gato. Me siento tan culpable… Por todo. Por lo que hice. Por lo que callé. Y, sobre todo, por seguir enamorada de él.

Noto un empujón y un brazo se posa sobre mi hombro.

—¿Y esa cara tan triste, princesa?

—¿De qué hablas, Darío? —Aparto su brazo—. ¿Ya has vuelto a traer whisky de contrabando?

—Sí, pero todavía no me lo he bebido. Si quieres, esta noche… —Acerca su boca a mi oído—. ¿Recuerdas aquella vez en Malasaña…?

Me levanto del tirón, el gato da un brinco hasta el suelo y suelto el plato sobre una mesa.

—No me acuerdo de nada porque en vez de alcohol nos vendieron matarratas.

—Podemos hacer una regresión esta noche; quizá te refresque la memoria… —dice pegándose a mi espalda.

—Perdonad que os interrumpa —oigo decir a John.

Me giro inmediatamente y me golpeo la nariz, por segunda vez en una hora, con el pecho del enfermero.

—Joder, Darío. ¿Es que siempre estás en medio? —Me llevo la mano a la cara. Sigo sin sangrar. Vale—. Te acompaño al coche —le digo a John.

—No es necesario.

—Venga, hombre. Qué menos, después de traerme.

Le saco del comedor.

—Perdona que haya insistido, pero tenía que salir de ahí. Darío, a veces, se pone muy pesadito…

—¿No estáis juntos?

—¡No! —Le miro como si estuviera loco—. Yo no he vuelto a… Desde que… Vamos, que… desde que tú y yo…

—Ya lo he entendido. —Abre la puerta del coche.

Trago saliva y un poco de polvo con ella.

—Gracias por traerme. Y por lo del secretario… Por todo, en general…

—No hay de qué. Cuídate, ¿vale? —Casi sonríe al decirlo.

—Vale —susurro, y mi barbilla empieza a temblar.

Agacho la mirada y veo los puños de John cerrarse, pegados a sus piernas. Oigo salir una honda espiración de su boca y luego entra en el coche… y se va.

El 4x4 empieza a coger velocidad y levanta una polvareda enorme. Mis pies echan a correr detrás de esa estela de tierra.

El coche se detiene.

Le doy alcance y golpeo la ventanilla. John la baja y apaga el motor. Le miro a los ojos, pero solo reconozco su color: aquel brillo que iluminaba mis días ya no está. Todo está perdido… Aun así, si me callo lo que me arde en la garganta, me voy a arrepentir siempre… Así que cojo aire y abro la caja de mis sentimientos:

—Sé que llego tarde, pero… lo siento, John. Siento mucho haberme ido sin darte explicaciones.

—Me las diste —dice en voz baja—. La estrella con la que te confesé que tú eras la luz de mi vida, las llaves de la casa que te regalé porque en ella fuimos realmente felices, una tarjeta de crédito con la que me comprometí a compartirlo todo contigo y la foto del hijo de puta que asesinó a Francesco como testigo en el monitor de mi Mac. —Sus ojos azules cobran vida, azuzados por una llama que sí reconozco: la rabia—. Esa fue tu explicación, Vega. Todo lo metiste dentro del mismo saco y lo dejaste atrás sin darme la oportunidad de defenderme.

—Podías haberme llamado en cualquier momento…

Me mira con censura.

—¿Eso es lo que esperabas, que saliera corriendo detrás de ti? ¿Tan poco me conoces?

Cruzo los brazos sobre el pecho.

—Bueno…, aquí estás…

Aparto la vista cuando la decepción aparece en sus ojos.

—Si piensas que acepté el trabajo porque confiaba en encontrarme contigo, estás en lo cierto. También confiaba en que te disculpases, pero no por irte sin explicaciones. Para eso vuelves a acertar: llegas tarde.

4

¿No quieres caldo? Pues toma, dos tazas

Anoche me emborraché con Darío. ¿Qué otra cosa podía hacer? No me soportaba. Necesitaba evadirme, o destruirme, algo… No pensar, no escuchar las palabras de John que se repetían en mi cabeza, en mis oídos, en mis entrañas. «Llegas tarde.»

Qué asqueroso es el destino, qué manía de enredar los caminos para nada. Metió a Francesco en mi vida para terminar con la suya. Me regaló a John para que me convirtiera en su decepción y ahora me lo devuelve… ¿para qué? ¿Para darle la posibilidad de escupirme en la cara que no le dejé defenderse? Quizá me lo merezca.

Sí. Me lo merezco.

Lo que no sé es por qué pensé que arreglaría algo con pedirle perdón. Él no necesita mis disculpas. Él siempre está por encima del bien y del mal. Hará meses que habrá superado lo ocurrido y dormirá tranquilo. En cambio, yo ya no sé lo que es pasar una noche entera descansando.

—¿Qué te sucede, muchacha? Hoy estás especialmente despistada.

Vuelvo a la Tierra con la voz de Aisha, una de mis compañeras de jaima y abuela de Khalid y Ahmed. Debo de llevar más de media hora limpiando la misma mesa del comedor. Y solo es para cuatro personas.

—Estaba distraída… —Me encojo de hombros y cambio de mesa.

Qué calor hace. Me muero de sed. Jodida resaca.

—Seguro que es por ese americano que trajiste ayer. Me di cuenta de cómo le mirabas.

Me callo. Pero Aisha no se amilana; parece decidida a sonsacarme.

—Era muy apuesto, con clase, educado… Y encima ha encontrado la solución al problema del proyecto.

Me doy la vuelta, extrañada.

—¿De qué proyecto hablas?

—De lo del invernadero —dice como si fuera evidente—. Él ofreció los servicios de una empresa ayer al comité durante la comida. ¿No le trajiste por eso?

—No, yo no sabía nada —mascullo entre dientes.

Dejo el trapo en el cubo y salgo hecha una furia del comedor. Vamos, ¡lo que me faltaba! Tener que deberle más favores al señor Taylor… Llego tarde, ¿no? Pues se acabó. No entiendo a qué viene su pose de buen samaritano. Derechita al hospital que me voy. El responsable del comité del campamento siempre está ahí: es el único sitio en el que hay un ventilador.

Entro en el edificio como un miura y Darío se me cruza. Este jodido pesado siempre está en medio.

—¡Hola, princesa! ¿Resaca?

—Del infierno. No quiero saber de dónde sacaste el whisky —le digo sin detenerme.

—Marruecos.

—Te he dicho que no lo quería saber, pero… ¿Marruecos? —Me paro en seco y en nanosegundos me alcanza—. Joder, Darío, ¿te vendes al enemigo por una botella?

—Por dos. —Se inclina sobre mi oído—. La otra la tengo guardada, para cuando quieras repetir…

Le miro con una sonrisa burlona y le aparto con la mano.

—¡Tus ganas! —chillo alejándome por el pasillo.

Me doy una palmadita en el hombro a mí misma. Cuando me lo volví a encontrar, a los diez días de estar yo aquí, casi salgo corriendo. No sabía ni qué decirle. Pero fue desplegar sus dotes de galán frente a mí y acabárseme la tontería. Después de conocer lo que es el verdadero magnetismo, me he hecho inmune a los trucos baratos.

Entro en el cuartito que se usa como dispensario y consultorio. El mobiliario es escaso: una camilla, un armarito acristalado, una mesa y un par de sillas que se trajeron de la escuela, pero parece un oasis con la brisilla que levanta el ventilador de pie que hay en la esquina.

—Buenas tardes, Rashid. Tengo que hablar contigo sobre el proyecto de explotación agrícola.

Rashid está sentado, leyendo un libro, y tarda unos segundos en prestarme atención. Pasa una hoja, impertérrito, se atusa su barba larga, tupida y negra, como mi suerte, y finalmente cierra el libro.

—¿Qué me decías?

—Que tengo que hablar contigo de lo del proyecto de…

—Ah, sí, sí —me corta—. Qué oportuno, ¿verdad? Traes a ese extranjero con la solución justo un día antes de que recibamos esto.

Me tiende un sobre.

—¿Qué es?

—Una carta del ministerio.

La leo, todo lo rápido que el árabe me permite, y alucino. Es un ultimátum. El plazo que nos dan para presentar toda la documentación para el proyecto son quince días; después caducarán los permisos. No hay manera de renunciar a la ayuda de John. ¿Esto es lo que se llama ironía del destino u otra maldita casualidad?

—El comité se ha reunido esta mañana, y hemos pensado que lo mejor es que lleves tú la documentación a Madrid. Tú has vivido allí. Te podrás desenvolver mejor que ninguno de nosotros.

—A ver, a ver… ¿De qué estás hablando?

—Hay que llevar a Madrid los planos originales para que los certifique la empresa que el señor Taylor nos ha proporcionado. Podríamos enviar los documentos, pero nos arriesgamos a que se extravíen y tengamos que volver a empezar.

—Darío podría ocuparse. Él es de Madrid.

—Darío no conoce al señor Taylor, y no creo que pueda solucionar ningún problema, en el caso de que se produzca. Si hay que aclararle algo a la empresa, nadie mejor que tú puede hacerlo. Este proyecto es casi tuyo.

—Bueno, sí, la idea, pero el desarrollo…

—El desarrollo estará en manos de la empresa. Vega, ¿cuál es el problema?

Me encojo de hombros. No le puedo explicar a este hombre tooooda la historia. Perderíamos los quince días de la licencia.

—Pensaré en ello.

Rashid frunce el ceño, pero asiente.

—De acuerdo. Dame tu respuesta después de la cena.

—Vale.

Me voy hecha un lío. ¿Os he comentado alguna vez que tener conciencia es una mierda?

Me paso toda la tarde limpiando la escuela, que ya estaba impoluta. Lo cierto es que necesitaba un sitio solitario donde pensar, y esto es mejor que la solana de la tarde en medio del desierto.

Debo ir a Madrid, está claro. En otras circunstancias sería la primera en ofrecerme, peeero… No quiero ver a John.

Bueno, sí que quiero.

Joder, claro que quiero.

Pero encontrármelo de nuevo en Madrid, con todos nuestros fantasmas presentes, con todas las explicaciones y los reproches en la punta de la lengua…, me supera. No me atrevo. Soy cobarde. Prefiero admitirlo y aprender a vivir con ello. Le diré a Rashid que mande a Darío. Yo seguiré aquí, aislada…, como me merezco.

Durante la cena intento dar forma a mi respuesta mentalmente. Necesito una excusa de peso para Rashid. No me parece correcto decirle que no voy porque no me da la gana.

—Vega, o te lo comes tú o me lo como yo —me dice el pequeño Ahmed.

Y, como estoy un poco desganada, le paso mi plato de cuscús.

—Así lo único que vas a conseguir es enfermar —me dice Aisha.

—¿Por darle un poco de cuscús a Ahmed? No seas exagerada, mujer.

—No, por darle tantas vueltas a lo del extranjero.

—¿Y quién dice que estoy dándole vueltas a lo del extranjero?

—Tus ojos. No han parado de brillar desde que él apareció.

Le mantengo la mirada y resoplo.

—Es complicado —murmuro.

—¿Qué no lo es en esta vida? —dice con una sonrisa—. Ven, ayúdame con el té.

Asiento y la sigo. No se lo he dicho a nadie aquí, pero odio el té. Yo soy de café, bien cargado, no ese aguachirle verduzco. Y encima no vale solo con tomarte uno, no; debes tomarte tres: uno amargo como la vida, otro dulce como el amor y uno suave como la muerte. Todo muy poético y lo que queráis, pero aguachirle, al fin y al cabo. Gimoteo mentalmente. Echo de menos el Starbucks.

—A mí no me pongas, por favor, que luego me desvelo —le digo a Aisha, que lo está sirviendo dejándolo caer con suavidad y luego levantando el brazo. Tiene pulso de sidrero, la tía.

—Todos sabemos que tus desvelos no están relacionados con el té. Y ahora empiezo a ponerles cara. Seguro que son esos ojos azules los que te roban el sueño.

—Es complicado —vuelvo a decir.

Cojo la bandeja y me acerco a los hombres. Cada noche, una de nosotras les sirve el té, como si fueran marajás. Me incomoda sobremanera porque ninguno es discapacitado: todos tienen dos manitas como dos soles y son lo suficientemente mayores como para prepararse solos el jodido té, pero tampoco se lo he dicho a nadie. No me creo con el derecho de hacerlo. He venido a ayudar, no a causar problemas. Los hombres me agradecen el servicio, eso sí, y, al ir a retirarme, Rashid me llama.

—Me debes una respuesta —me dice.

Y todos me prestan atención. Genial.

—Verás, Rashid… Lo he pensado mucho y creo que lo mejor es que vaya Darío. Fátima está a punto de dar a luz y me gustaría poder ayudarla con el parto —improviso.

—Precisamente esa es otra de las razones por las que debes ir tú. Darío es enfermero, tú no.

Mierda.

—Eeeh…, bueno… Es verdad, pero…

Piensa, Vega, ¡piensa!

Siento la presión de un montón de ojos sobre mí. Farfullo. Rashid frunce el ceño y… tiro la toalla.

—Pero nada, que cuándo me marcho.

Rashid me dedica una sonrisa enigmática.

—El sábado partes hacia Rabuni. El domingo a primera hora sale un avión con destino a Argel.

—¿Y de ahí a Madrid?

—Tienes cuatro días para encontrar la respuesta.

Hale, a buscarme la vida…

—Vale —digo con vocecita.

Les deseo buenas noches y me voy cabizbaja a mi jaima. Madrid me espera. Lo malo es que yo no espero mucho de Madrid.

La mañana del sábado es un caos. O lo mismo no y soy yo, que ando grogui perdida por no haber pegado ojo. Estoy tan de los nervios que no atino ni a atarme las zapatillas, tiene que ayudarme Ahmed —de seis años, manda narices…—. También me ayuda con el petate, hasta se ocupa personalmente de meterlo en la furgoneta. Abulta más que él, y eso que va medio vacío. Dos mudas, unos vaqueros, una camiseta de manga larga y un desodorante en roll on casi gastado que se convirtió en comunitario al cuarto día de estar aquí, pero me han obligado a llevármelo. No deben de querer que atufe el avión.

Mis compañeras de jaima me despiden como si me fuera a la guerra —que lo mismo no andan mal encaminadas—, con abrazos efusivos y gritos de los suyos —esos que hacen con la lengua, que a mí no me salen—. El pequeño Ahmed no se separa de mí, y me da tanta ternura que estoy por meterle en el petate. Rashid se acerca y me lo despega. Me da una carpeta de cartón y me acaricia la cabeza.

—Eres una mujer valiente. No permitas que el miedo te engañe. Ve a Madrid y no vuelvas hasta que puedas solucionarlo.

Asiento.

—Tranquilo, cuando regrese estarán firmados y sellados —digo alzando la carpeta.

Rashid me dedica una de sus enigmáticas sonrisas y se despide.

Me acomodo, por decirlo de alguna manera, en la parte de atrás de la furgoneta y digo adiós con la mano hasta que mis compañeros de campamento se convierten en puntitos en medio del polvo. Me concentro en el color rojizo de las dunas, en los matojillos que salpican los kilómetros y kilómetros de desierto, logro poner la mente en blanco y el traqueteo de la furgoneta hace el resto. Por fin me duermo.

Al llegar a Rabuni no doy pie con bola. El despertar debe de haberme pillado en medio de una fase rem de esas y no sé ni cómo me llamo. Deambulo entre polvo, gente y vehículos militares hasta la sede de Acnur, cerca de las bases de otras ong. Consigo espabilarme un poco y centrarme en mis prioridades: alojamiento y transporte.

La primera la resuelvo con bastante rapidez —tres horas aquí apenas son nada— y encima me gano el rancho. Camino de una de las ong me topo con Luc, un cooperante canadiense del que me hice coleguita en una de las esperas ministeriales. Se está acordando de todo lo grande porque ha pinchado. Le ayudo a cambiar la rueda y me invita a cambio a una estupenda pastela de pollo —manjar de dioses— y a dormir en su local —eufemismo de: cuatro paredes de adobe y un techo—. Además, calma mis nervios a base de historias sobre sus hijos y su mujer, que también es cooperante. Se reparten las vacaciones en tres etapas para poder venir los dos y estar con los niños. Él es trabajador social. Ella pertenece al Cuerpo de bomberos. Y los niños —dos niñas y un bebé de mejillas sonrosadas— son las personitas más simpáticas que he visto por Skype. Los envidio. Ellos tienen algo que yo veo imposible conseguir: una familia feliz.

La tarde la dedico a buscar transporte… inútilmente. Averiguo la manera de llegar a Londres, a Roma y hasta a Oslo, pero a Madrid no va nadie. Hay que joderse. Al final, me veo obligada a tirar de mi cutre-Visa y me gasto trescientos euros de mis ya escasísimos ahorros. Eso sí, lo pienso meter como donativo en la declaración de la renta.

La mañana del domingo me levanto un poco más animada, me despido de Luc, me pongo la mochila al hombro y me voy al aeropuerto militar de Tinduf.

Cuando llego, mi ánimo sale corriendo despavorido porque se encuentra con un avión de esos panzudos, pintado con un estampado de camuflaje superhortera, que tiene más pinta de submarino que de aeroplano.

Me voy quedando rezagada en el trayecto de la furgoneta al avión. Quizá si me entretengo en atarme los cordones, otra vez, se harten y me dejen en tierra… Pero no funciona. Cuando quiero darme cuenta, estoy sentada y muy atada en un asiento, por llamarlo de alguna manera. Hiperventilo, empiezo a sudar y, a falta de fe en el rezo, me pongo a cantar entre dientes. Tarareo lo primero que se me pasa por la cabeza: Knocking On Heaven’s Door, de los Guns N’ Roses. No. Por ahí voy mal. Cambio a Johnny Cash, Ain’t no Grave. Joder, así tampoco. Me arranco por Los Chunguitos, en un acto de desesperación.

«Si me das a elegir entre tú y la riqueza…Ay, amor. Me quedo contigo».

El avión se pone en movimiento mientras la canción se apodera de mi sistema nervioso, del circulatorio, de mi cuerpo entero.

«Si me das a elegir entre tú y la gloria…Ay, amor. Me quedo contigo».

Cogemos altura durante mi hundimiento en los recuerdos, los más queridos.

«Si me das a elegir entre tú y ese cielo…Ay, amor. Me quedo contigo».

En pleno vuelo tomo conciencia de que nada podrá cambiar el hecho de que me he enamorado, y le quiero y le quiero, y solo deseo estar a su lado, soñar con sus ojos, besarle en los labios, sentir en sus brazos que soy muy feliz.

Jodidos Chunguitos.

5

¿Otra casualidad?

Ya estoy en Madrid. No me preguntéis cómo. Me refugié tanto en los recuerdos de tiempos mejores que me ha costado trabajo volver al presente. Tengo un recuerdo difuso de la espera en el aeropuerto de Argel y de la llegada a Barajas, pero poco más. He seguido ensimismada hasta en el taxi que me ha traído a casa de Sara.

Solo ha conseguido sacarme de la introspección la ducha. Mmm, la ducha. Qué gozada. Diez minutos me he tirado debajo del chorro. Luego, me ha entrado cargo de conciencia y me he salido. ¿Sabéis cuántos litros de agua se gastan en una ducha de quince minutos? Bueno, es igual… No soy cura para dar sermones.

Cuando he ido a buscar algo de ropa limpia, ha llegado el bajón. La parte izquierda del inmenso vestidor de Sara lo ocupan mis chismes. Están las cajas que dejé aquí el día de la mudanza, el contenido del maletón que viajó conmigo a Nueva York, luego a Dubái, al doloroso Berlín, y de vuelta a Madrid. Y dos maletas más, que jamás había visto, y que están llenas de las cosas que olvidé en el Wellington. Una cantidad de enseres que ahora me parece absurda y casi un lastre. No les dedico más tiempo. Iré utilizando lo que necesite y el resto… ya pensaré qué hacer con ello.

Después de poner una lavadora —con mochila y zapatillas incluidas—, me decido a conectar con el mundo occidental: enciendo el móvil.

Tres horas me tiro enganchada al aparatito del demonio. Y eso que solo llamo a mi madre y a Sara, que, por cierto, no me lo coge, pero el mail, Twitter, Facebook, Instagram, la web de la ong… se comen mi tiempo a la misma velocidad que yo un paquete de Oreo. Interactúo virtualmente de mil maneras y añoro más que nunca el contacto de la gente.

Este mes me he acostumbrado a no contar con intimidad para nada. A vivir mi soledad rodeada de gente. Al principio me molestaba, pero luego me ha reconfortado. Debe de ser que el calor humano es el único que consigue abrigar de verdad.

A las nueve, con la ropa tendida, enciendo la tele y llamo para que me traigan una pizza. Acciones cotidianas que, para mí, en este preciso momento de mi vida, se convierten en extraordinarias.

El queso de la pizza me resulta delicioso, las burbujas de la Coca-Cola me entusiasman, hasta Pablo Motos me parece más gracioso.

Después de la tercera porción, mi teléfono empieza a sonar.

—¿A que no adivinas dónde estoy? —canturreo.

—En mi casa.

—¿Cómo lo sabes? —Miro alrededor buscando cámaras ocultas.

—Porque se lo has dicho por Facebook a Trini, la del pueblo.

—Joder, tía, me das miedo. Eres peor que la Gestapo.

—No lo olvides. —Se ríe—. Espera un momento, que pongo el manos libres… Ya. Ahhh —gime—. Qué gusto quitarme los tacones, por Dios.

—¿Llegas ahora a casa? Allí son las…

—Las doce, cari, las doce.

—¿Y vienes de currar?

—¿Y de dónde voy a venir si no? Estamos con el cambio de temporada que no damos abasto. Me voy a forrar, si consigo salir de esta…

—Vamos, que estás encantada de la vida.

—¡Más contenta que Courtney Love en una barra libre!

Me carcajeo con ganas.

—Ay, cari. Me vas a llamar moñas, pero me emociona oírte reír así.

Me enternezco.

—Moñas —susurro.

Y ahora es ella la que ríe.

—Bueno, y cuéntame: ¿qué haces en mi casa?

—Es un poco largo…

—Pues ponte un pacharán y abre Skype.

Cuelga. Voy a la cocina y en el armarito del fondo encuentro una botella. Enciendo el portátil de Sara, que dejó aquí porque es un poco prehistórico y le daba vergüenza llevárselo, y tras un buen rato aparece la cara de mi amiga del alma en la pantalla.

—Nada de mohínes, que cierro esta mierda, ¿eh? —me regaña—. Venga, cuéntame, que me tienes en ascuas. Por cierto, te brillan un montón los ojos.

—Debe de ser la cámara de tu portátil.

—Sí, será eso… ¡Ah! ¡Una cosa! La carpeta del escritorio, la que se llama «Sins», mejor no la toques.

La miro, extrañada.

—No sé de qué hablas, pero vale.

Sara se acomoda.

—Dale. Soy toda oídos.

—A ver. Estaba esperando a que me recibiera el secretario de admisiones del Ministerio de…

—Vega, tía, ¿no me lo puedes resumir?

—Sí, claro, con diagramas y todo, no te jode… ¿Me quieres dejar contártelo? —Sara me enseña su dedo corazón, pero me permite seguir—. Pues eso, que estaba en el fin del mundo… y me encontré con John.

—¿Con John Taylor? —Se pega a la cámara.

—No, con John Travolta. —Sara frunce el ceño—. ¡Pues claro que con John Taylor! ¿Con qué John va a ser?

—No te pongas susceptible y sigue. Te encuentras con John ¿y luego qué?