Pack Silvia Sancho - Silvia Sancho - E-Book

Pack Silvia Sancho E-Book

Silvia Sancho

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Beschreibung

EL VERANO QUE APRENDIMOS A VOLAR Un camping de montaña. Un verano a punto de comenzar. Un descarado profesor de tenis y una recepcionista sin pelos en la lengua. Dos amantes dispuestos a embarcarse en un viaje a través de sus sentimientos, cuyo final ya está marcado en el calendario. ¿Qué será de Asier y Lara cuando septiembre anuncie que el vuelo ha terminado? Las lectoras han opinado: «¡Este libro es precioso! De principio a fin te atrapa y no puedes parar de leer. Es totalmente adictivo». «¡Qué manera de transportarnos a un verano y vivirlo con ellos!». «Me ha encantado. Personajes con una historia muy real… Como la vida misma». LA LOCURA DE SALTAR CONTIGO Una boda. Un montón de chupitos. El mejor amigo del novio, un abogado serio y formal, y la mejor amiga de la novia, una mujer indomable. Dos polos opuestos atraídos por una química que deben ignorar, porque volver a acostarse es la mayor locura que podrían cometer jamás. ¿Conseguirán Daniel y Natalie resistir la tentación de saltar a los brazos del otro? Las lectoras han opinado: «La locura de no parar de reír y emocionarte». «¡Increíblemente envolvente! Recomendable mil por mil». «Una historia preciosa de amor y respeto, de superación y valor, de coraje y dignidad». LA AVENTURA DE SOÑAR DESPIERTOS Una oficina. Unos cuantos secretos. Un diseñador gráfico que no cree en el amor y una administrativa romántica empedernida. Dos corazones en juego en una aventura tan arriesgada como para cambiarles la vida para siempre. ¿Se atreverán Sergio y Greta a soñar juntos? Las lectoras han opinado: «Esta novela te hará enamorarte del amor». «Te mantiene todo el tiempo con las emociones a flor de piel». «Está escrito con tanta empatía, con un lenguaje tan claro que es como si tu mejor amiga te contara su historia».

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Seitenzahl: 1762

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primera edición: julio de 2023

Copyright © 2023 Silvia Hernández Sancho

© de esta edición: 2023, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-19301-67-3

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografía de cubierta: Svetikd/iStock.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

El verano que aprendimos a volar

El verano que aprendimos a volar: Inicio

El verano que aprendimos a volar: Índice

La locura de saltar contigo

La locura de saltar contigo: Inicio

La locura de saltar contigo: Índice

La aventura de soñar despiertos

La aventura de soñar despiertos: Inicio

La aventura de soñar despiertos: Índice

Contenido especial

Primera edición: junio de 2017

Copyright © 2017 Silvia Hernández Sancho

© de esta edición: 2017, Ediciones Pàmies, S.L.

C/ Mesena, 18

28033 Madrid

[email protected]

ISBN: 978-84-16970-13-1

BIC: FRD

Diseño de la colección y maquetación de cubierta: Javier Perea Unceta

Diseño de e ilustración de cubierta: Calderón Studio

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público

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El después

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

Para mamá.

1

Run, baby, run

Soy ingeniera biomédica, hablo tres idiomas y estaba a punto de empezar a trabajar como recepcionista en un camping. Esa era mi realidad. Tenía que asumirla. Había intentado encontrar algo mejor desde que acabé la carrera, pero los meses pasaron y la búsqueda fue inútil.

Seguir abusando de la generosidad de mis padres me daba cargo de conciencia. Tenía veintitrés años, por amor de dios, ya era hora de que me mantuviera a mí misma.

Por eso firmé el contrato, porque, pese al ínfimo sueldo, me ofrecían una residencia y un complemento de dieta. Solo tres meses, eso sí. Lo que duraba la temporada alta. Pero lo prefería a vagar por casa disimulando que hacía algo más que ir a la academia de idiomas y presentarme a entrevistas de trabajo en las que, si aceptaba el puesto, la cuenta me salía a deber.

Mi naturaleza ingenua me hizo creer que estudiando algo que me gustara, por muy difícil que fuera, podría, al menos, ganarme la vida. Que si me esforzaba, me especializaba, daba lo mejor de mí misma, al final, triunfaría. No conté con que, si no hay oportunidades, el esfuerzo no puede ser recompensado.

Estaba bastante desanimada, algo inusual en mí, pero me sentía, en cierto modo, estafada. Me veía metida en el asiento trasero del viejo Citroën de mi padre, con él al volante, mi madre a su lado charlando sin parar, camino de la sierra de Madrid, y parecía que estaba regresando a la infancia, no a las puertas de empezar una vida adulta y autosuficiente.

—¡Ese es el desvío!

—Ya lo veo, Inés. No hace falta que me lo grites al oído.

—¡Uy, que no! Si no te lo grito, te lo pasas.

—Claro, mujer, claro. ¿Qué sería de mí sin ti?

—Eso me pregunto yo cada mañana cuando no encuentras las llaves o la cartera o el maletín…

—Haya paz —dije asomando la cabeza entre los asientos—. Y ve aminorando, papá, que eso del fondo ya es el control de acceso.

—¿Cuál es la contraseña? —bromeó mi padre.

—Tienes que cantar una canción de Georgie Dann. Creo que este mes es La barbacoa.

—Genial. ¡Me la sé enterita! —chilló mi madre.

Y no dejó de canturrearla hasta que llegamos al aparcamiento.

Cuando salí del coche, mis oídos descansaron. Los graznidos de mi madre fueron sustituidos por los rumores de la sierra. Todavía era temprano y el bullicio de la gente y sus motores no apagaba el sonido de los pájaros cantarines, ni el de la brisa jugando entre las frondosas ramas de los fresnos, ni el de las chicharras saludando tímidamente al sol. Allí arriba, en la montaña, el verano no tenía prisa por llegar.

—Coñe, qué frío —dijo mi padre, frotándose las manos junto a la puerta del conductor

Mi madre cerró la del copiloto y se abrazó a sí misma.

—¿Te has acordado de coger una chaqueta?

—Sí, tranquila. He traído un par. Vosotros volved al coche. La recepción es este edificio. —Señalé una pequeña construcción de ladrillo, de planta baja, con el techo cubierto de teja castellana y una puerta en la que se leía bien claro: «Recepción»—. Cuando me instale y todo eso, te llamo al móvil.

—¿Segura? ¿No quieres que te acompañemos a tu habitación?

—No, mamá. No hace falta.

—Pero, Larita, ¿y si te pierdes? Esto es muy grande, y tú no te orientas bien. Acuérdate de la vez que te despistaste en Alcampo y tuve que ir a recogerte a la consigna.

—Mamá, tenía seis años.

—Casi siete. Y no dejaste de llorar hasta que llegamos a casa.

—Buenos días —dijo una voz masculina a mi espalda.

—Buenos días —contestamos los tres casi a coro.

Mi madre se sonrojó y bajó la mirada.

Mi padre se puso a silbar mirando las copas de los árboles con las manos a la espalda.

Y yo… Yo me di la vuelta, por pura intriga.

—Deberías taparte. Estás sudado y hace frío. Podrías constiparte —le dije.

Así. Tal cual. Como si le conociera de toda la vida.

Me oí decirle esas tres frases y luego solo el sonido de las chicharras, los pájaros, la brisa en los fresnos y la risa nasal de mi padre.

—Gracias por el consejo —dijo el intruso sonriendo.

Pero no hizo amago de cubrirse el torso con la camiseta que sujetaba en la mano.

Una marca amoratada y circular en un lateral de su cuello llamó mi atención. Una gotita la atravesó. Y luego otra. Y otra más. Se escurrían desde la base de su pelo oscuro y descendían con rapidez. Me embaucaron. Brillaban en contraste con su piel bronceada, se deslizaban sinuosas por sus clavículas, se confundían con el escaso vello de su pecho y seguían bajando… Me asusté cuando me di cuenta de que los valles habían dejado paso a ciertas elevaciones apenas contenidas en un escueto pantalón deportivo. Le estaba mirando la entrepierna descaradamente a un desconocido.

—Muy bonitos los shorts. ¿Son cómodos? —improvisé.

—Comodísimos. Te los dejo cuando quieras, Larita.

Alcé la mirada y me guiñó un ojo. Pestañeé dos veces y luego me entró la risa. A él también. Sin duda era la conversación más surrealista que había tenido con un extraño.

Se despidió y los tres observamos cómo se alejaba trotando.

Yo particularmente observé, mucho, el movimiento de su espléndido trasero al trote. Suspiré. Y recé a todos los santos para que fuera un cliente de paso. Aquel hombre era una bomba de destrucción masiva. Y yo no podía complicarme la vida. No era el plan. No debía…, por mucho que me tentara dejarme arrasar entera.

2

Volea de drive

Con mis padres haciendo el camino de regreso al barrio del Pilar, apreté con fuerza el asa de mi bolsa y entré en la recepción.

Un par de butacas marrones, una mesa baja de cristal repleta de folletos y un mostrador de madera oscura fue todo lo que encontré. Hasta que, por una puerta lateral, apareció una chica morena, menuda, con el pelo muy corto.

—Good morning and welcome to our camping. Now, yours too —dijo sonriente colocándose detrás del mostrador.

Yo me quedé cortada. No esperaba que me recibieran en inglés.

—Do you understand me? —me preguntó—. Sprechen Sie Deutsch?

—Española. Soy española. De Madrid —añadí, no sé por qué.

—¿Sí? Pues qué bien lo disimulas. No conozco a muchas madrileñas rubias con los ojos verdes.

—Son marrones. A veces un poco verdes. Pero casi siempre marrones. Y me lavo el pelo con camomila desde que tengo uso de razón, por eso sigo siendo rubia. Aunque las raíces las tengo castañas. Mira.

Me ahuequé la melena y me agaché un poco para que lo viera.

—Pues te queda genial. Te da un aire neohippy muy resultón.

—Me encantaría cortármelo como tú, pero nunca me he atrevido.

—Anda, si es solo pelo, mujer. Luego crece. No pasa nada. Por cierto, soy Natalie.—Yo, Lara, encantada.

—Lo mismo digo. Y bien… —Revolvió los papeles que se acumulaban en el mostrador hasta que encontró el ratón del ordenador y, con un par de giros, activó la pantalla—. No traes tienda ni saco. ¿Has reservado un bungaló? Dime tu apellido, a ver cuál te han dado.

—No, no. Yo vengo a trabajar. Empiezo hoy. En teoría… aquí mismo, en la recepción.

—¡Ah, claro! ¡Lara! Si me lo dijo el gerente la semana pasada. Que hoy empezaba la de la ett.

—Esa soy yo.

—Pues bienvenida, mujer. —Salió de detrás del mostrador y me dio un abrazo—. Ahora aviso al de seguridad para que le eche un ojo a esto y te acompaño a nuestra chocita.

—¿Nuestra?

—Solo de las dos, afortunadamente.

Cuando llegó el relevo de Natalie, nos marchamos de recepción y anduvimos un buen trecho hacia las dependencias de los empleados. Según me explicó mi compañera, el camping estaba dividido en cuadrículas. Las más alejadas de la entrada eran la zona de acampada libre. Las más cercanas, las de las caravanas y las parcelas de larga estancia. El fondo oeste, donde empezaba a espesar el monte, lo ocupaban los bungalós y nuestras cabañas. Y, en medio, estaban las zonas deportivas, la piscina y un edificio que albergaba el supermercado, el restaurante, los clubs de ocio y la discoteca.

Mis Converse hacían crujir los guijarros del paseo que atravesaba el recinto de lado a lado, mientras Natalie me iba poniendo al día del funcionamiento del camping. A la altura de las pistas de tenis, ya casi llegando a los primeros bungalós, me advirtió de que la tranquilidad que se respiraba acabaría pronto. El curso escolar finalizaba esa misma semana y los campistas aparecerían hasta caídos del cielo.

—¡Ay! —grité—. ¡¿Pero qué ha sido eso?!

—¿Estás bien? Era una pelota de tenis. ¿Te ha dado en el ojo? —me preguntó Natalie, tratando de que apartara las manos de mi cara.

—No, no. El ojo creo que está bien. Ha sido más abajo. En todo el moflete.

—A ver…

Quité las manos despacito, palpando con cuidado. Natalie revisó mi cara con atención y luego empezó a reírse.

—¡Menuda volea tienes, McEnroe! —gritó por encima de mi hombro.

Escuché unos pasos al trote a mi espalda e intuí que era él. El de las gotitas de sudor embaucadoras y el espléndido trasero. Me giré sin pensarlo y le vi acercarse a mí con decisión… y con un polo que se le ceñía demasiado bien a los bíceps.

—¿Te he dado? —preguntó, agarrándome la cara con las dos manos.

—¡Claro que le has dado! ¿Qué has desayunado hoy, campeón?

—Joder, cuánto lo siento. Se te está hinchando. Tienes que ponerte algo frío.

—Vamos a la cafetería. Tengo las llaves —dijo Natalie.

—No hace falta —murmuré, apartando la cara.

—Sí hace falta. En nuestra choza no hay hielo. Se acabó anoche.

—Cierto —apuntó él.

Y se dedicaron una sonrisa que me pareció cómplice.

—Venga, vamos —dijo ella—. Te ponemos hielo para que no termines como el hombre elefante y nos tomamos un cafetito, ¿vale?

Creo que no llegué ni a contestar. Mi agresor se hizo cargo de mi bolsa, mi compañera me enganchó del brazo y, cuando quise darme cuenta, tenía el trasero sobre un taburete, en la barra de la cafetería del restaurante.

Él se sentó a mi lado y se puso leer un diario deportivo del día anterior. Lo sé porque me fijé en la fecha. Estaba arriba a la derecha. A unos centímetros de sus ojos. Que se movían ávidamente por las líneas. Oscuros. Sagaces. Se entrecerraban a veces formando líneas de expresión alrededor. Otras, se abrían mucho y obligaban a sus espesas cejas a elevarse arrugando su dorada frente, que se semiescondía detrás de los mechones más rebeldes. Tenía el pelo bonito. Había que reconocérselo. Denso, brillante, cuidado. Por el tipo de corte, pensé que le interesaba la moda en la justa medida. Era actual, porque en la parte alta era algo más largo, pero convencional, porque los laterales y la nuca estaban despejados. No al cero. No. Por suerte no. Solo era corto y perfilado. Como su barba.

—¿Te gusta? —me preguntó Natalie, ofreciéndome unos cubitos de hielo cubiertos por un paño.

Dejé de comérmelo con la mirada y le di las gracias. Ella señaló las cristaleras que rodeaban todo el perímetro del restaurante. Me giré en el taburete apretando el hielo contra mi mejilla.

—Me gusta…, pero es enorme. Tiene que costar mucho trabajo tenerlo bien atendido —murmuré examinando el espacio.

El salón tenía infinidad de mesas y los techos altísimos, llenos de vigas de madera. La barra era bastante más discreta, pero conté tres cafeteras. Supuse que no estaban ahí por gusto.

—Sí, es lo que me suelen decir todas —murmuró él, pasando una página del periódico.

Yo puse los ojos en blanco y Natalie se carcajeó.

—Asier, por favor, acaba de llegar. Sé bueno por una vez en tu vida.

—Perdona, pero yo ya he sido bueno alguna que otra vez en mi vida. Y te comento, solo por informarte, que Larita y yo ya tenemos confianza. Ella se preocupa por mi salud y yo le voy a dejar mis shorts a cambio.

Natalie nos miró de forma intermitente y se encogió de hombros.

—Vosotros mismos. Eso sí, a enrollaros, a casa de este. Paso de escuchar vuestros gemidos. Luego es muy duro miraros a la cara por la mañana.

—¿Y quién ha dicho que me vaya a quedar hasta por la mañana? —preguntó él.

—Ni hasta por la mañana ni por la noche tampoco. No vamos a enrollarnos. De ninguna manera. Yo tengo novio.

—¿Y desde cuándo es eso un impedimento? —preguntó Natalie, girándose hacia las cafeteras—. ¿Cómo tomas el café, Lara?

—Soy más de Cola Cao. Y no es que sea un impedimento en sí. Es que estamos bien juntos y no arriesgaría lo que tenemos por una aventura.

—Ponle mejor una tila, que le tiemblan hasta las piernas.

—A mí no me tiembla nada.

—Perdona que te corrija, Larita. Pero cuando has dicho «estamos bien juntos» —dijo con burla— te temblaba la voz.

—Te lo habrá parecido a ti.

—Puede ser. Y también, puede ser, que hayas titubeado porque en el fondo no estáis bien juntos.

—Esa interpretación es cosa de tu pene, ¿verdad? —dijo Natalie, dejando un vaso de leche y un sobrecito de Cola Cao frente a mí; a él le puso un café solo.

—Esa interpretación es cosa de mi vasta experiencia.

—Hombre, la alemana no era muy fina, pero de ahí a llamarla basta…

Los dos rieron a carcajadas y yo me concentré en deshacer el cacao en mi vaso, tratando de no pensar en la vasta experiencia de Asier.

«Asier», repetí mentalmente. Mierda. Me gustaba hasta su nombre.

—No deberías quitarte el hielo de la cara, Larita.

—Ya, pero con una mano sola es difícil prepararse el desayuno.

—¿Quieres que te lo haga yo? ¿Te siento en mis rodillas y te lo doy a sorbitos?

Le miré con desdén. Fingido. Porque una parte de mí, oscura y morbosa, me dijo que quería que me lo hiciera. Fuerte. Sobre sus rodillas o sobre las mías. Igual daba.

—¿Vendrá a verte? —me preguntó Natalie.

—¿Mi novio? Puede que el mes que viene. Ahora está fuera del país.

—Pues ya sabes lo que dicen —comentó cerrando el periódico. Apuró el café y se puso en pie.

—¿Qué dicen de qué?

—De las relaciones a distancia.

—Relación a distancia, cuernos en abundancia —canturreó Natalie.

Resoplé y Asier puso una mano sobre mi hombro.

—No te preocupes, Larita. Si está en otro país no son cuernos, son intercambios culturales.

Se inclinó sobre la barra para dar un beso a Natalie y giró la cara hacia mí. Evité el contacto de sus labios echándome hacia atrás todo lo que pude sin caerme del taburete.

—Vaya, mi primera cobra.

—Pero no la última —le dije muy digna.

Él se carcajeó y se marchó despidiéndose con la mano.

—Ay, nena, espero que seas consciente de que acabas de provocar a Asier, el fucker.

—¿El fucker? —Me reí—. ¿Ese?

Natalie me miró con atención y sonrió.

—Lara, nunca digas de esta agua no beberé. Y mucho menos si está tan buena, es verano y hace calor.

3

Tener sed

—Entonces, ¿te estás haciendo bien al trabajo?

—Que sí. Lo tengo todo controlado. Solo llevo aquí cuatro días, pero esto es fácil. Y de momento no hay mucha gente. Hoy solo he registrado a una pareja con tienda y a una familia con caravana. Y ya son casi las tres de la tarde —dije retorciendo el cable del teléfono de recepción, y volví a mirar por la ventana que había junto a la puerta, con la vana esperanza de que apareciera algún nuevo huésped.

—Y tus compañeros, ¿qué tal? ¿Hay mucho colgado suelto? Me dijo mamá que vio a un hombre semidesnudo el primer día.

—Asier —murmuré.

—¿Tengo que sacarme el permiso de armas, hermanita?

Me reí. Mi padre y él siempre bromeaban con comprarse unas escopetas con las que recibir a mis novios. Se ve que el que solo hubiera tenido tres hasta el momento los había disuadido.

Al primero le conocían de siempre, porque era vecino del portal, y no le vieron como una amenaza, porque no lo era. Estuvimos juntos los cuatro años que duró el instituto. Fue una relación tranquila, bonita, la de las primeras veces, mejorables, claro está, pero entrañables en la memoria. Aún hoy le recuerdo con cariño. Rompimos sin dramas. Cuando yo decidí entrar en la universidad y él hacer un módulo de grado superior, empezamos a alejarnos. No le culpé por cansarse de no verme. Él no me culpó a mí por no elegirle. Me volqué demasiado en la carrera y no dejé espacio para nada más hasta el cuarto año, cuando me tocó decidir itinerario y coincidí en él con el Innombrable, el segundo de mis novios, para el que no hubiera estado mal lo de la escopeta, porque resultó ser un sinvergüenza que, básicamente, se dedicó a chulearme. En la academia de idiomas me presentaron a Ramiro, el tercero y último. Y, de momento, nada me hacía pensar que tuviera que encargar balas con su nombre. Llevábamos saliendo casi ocho meses y estábamos bien. Nos divertíamos, teníamos un sexo bastante satisfactorio y nos entendíamos. Por entonces no sabía que se pudiera pedir más a una relación.

—¿Lara? ¿Sigues ahí?

—Sí, sí, perdona. Me he despistado. ¿Qué me preguntabas?

—Ya nada, déjalo. Viene tu cuñada con el bicho en brazos.

—¡No llames bicho a mi sobrina!

—Es un bicho. Como su tía. Cuídate mucho, ¿vale? Y llámame si necesitas algo.

—Lo haré. Un besito, Tomás. Y otro enorme para la peque y para Vicky.

Colgué y, al poco, llegó Vanesa, otra de las recepcionistas. Apenas crucé un par de frases con ella, porque era… poco comunicativa. No como Elvira, la que estaba ocupando el turno de noche, que hasta se encargó de explicarme que iríamos rotando. Con el índice en alto y un tonito de superioridad bastante fuera de lugar, todo hay que decirlo.

Me entretuve hasta las cuatro de la tarde ordenando panfletos y archivando facturas. Tenía un hambre de muerte, pero preferí esperar a que terminara el turno de Natalie para no tener que comer sola.

Cuando entré en el restaurante, mi compi de cabaña ya estaba poniendo el pan en la mesa.

—¿Qué tal ha ido el servicio? —pregunté.

—Bien. Muy tranquilo.

—Ya. No ha venido casi nadie en toda la mañana.

—Recuerda estos momentos y atesóralos, pequeña. A partir del viernes, vamos a fliparlo.

—Me das miedo cada vez que me lo dices.

—Yo solo trato de prepararte. Va a ser un verano movidito.

—Decidme, por favor, que eso del verano movidito es una referencia a una incipiente relación lésbica entre vosotras —dijo Asier caminando hacia nuestra mesa.

—¿Siempre hace esas entradas? —le pregunté a Natalie.

—Sí, casi siempre.

Asier y su conjunto de tenis blanco sortearon las mesas. La fina tela del pantalón se ceñía y desceñía a cada paso, creando fotogramas donde sus fibrosos músculos eran los protagonistas. Tenía las piernas fuertes. Dos columnas muy bien esculpidas. Sí, señor. No me pareció extraño, dada su condición de profesor de tenis, pero sí prodigioso el efecto que tenía en mí la definición de sus muslos.

Al llegar a nuestra altura, se agachó para besar a Natalie, porque es chiquitita. A él le calculé algo más de metro ochenta, con bastante acierto, a partir de mi propia estatura, unos diez centímetros por debajo.

—A ti no te doy besos, que luego me haces cobras.

—Chico listo. Aprendes rápido.

—Es de las pocas cosas que hago rápido —dijo socarrón.

—Pues también tiene su encanto, no te vayas a creer —dijo Natalie—. Uno rapidito de vez en cuando…

Los dos se rieron. Y yo me volví a sentir incómoda.

Pese a haber interrogado taimadamente durante cuatro días a mi compañera, todavía no sabía si entre ellos hubo, había o habría algo. Y no debería haberme importado, pero me importaba. Y también quién era la autora del chupetón que lucía el primer día y del que ya solo quedaba un rastro amarillento. Me importaba demasiado para lo poco que tenía que importarme.

Asier se sentó en la silla más cercana y la arrimó a la mesa. Entonces me di cuenta de que estaba puesta para tres.

—¿Vas a comer con nosotras?

—Muy sagaz, Larita.

—Hay arroz a la cubana para todos. Al que no le guste, que se meta en la cocina —dijo Natalie de camino a las puertas abatibles que la separaban del salón.

—¿Sabes cocinar? —me preguntó Asier, sirviendo agua en nuestras copas.

—Algo.

—¿Haces cupcakes y quiches y esas cucadas?

—Hago paella. Con mi padre. Los domingos. A veces, nos volvemos locos y hasta preparamos ensalada. ¿Y tú? ¿Sabes hacer algo más que meterte conmigo?

—Ay, Larita, yo sé hacer muchas cosas, pero, si te las enseño, no volverías a mirar igual a ese novio que tienes.

—Eres un fanfarrón. —Me reí. Aunque cierto calor localizado a un palmo de mi ombligo me sugirió que podía tener razón—. Y deja de llamarme Larita. Me llamo Lara. L-a-r-a. Son solo cuatro letras. Seguro que serás capaz de memorizarlas.

Él apoyó el codo sobre la mesa y me miró directamente a los ojos. Aquella vez, los suyos no me resultaron tan oscuros. La luz que entraba por los ventanales me los mostraba avellana. Brillantes. Descansó la barbilla sobre la palma de una mano y sus dedos juguetearon con el pelo que nacía cerca de la comisura de sus labios. Sus labios… Pocas veces me daba permiso a mí misma para mirarlos, porque me perdía en ellos. Parecían haber sido concebidos para besar y ser besados. Jugosos. Tentadores… El inferior solía esconderse detrás de su cuidada dentadura cuando, como en ese mismo instante, su dueño daba forma a alguna idea. Perversa, con total seguridad.

—¿Cómo se llama tu novio?

—Ramiro —contesté—. Te lo dije el martes. Cuando pasaste casualmente por recepción y también me preguntaste por él.

—Ay, Larita. —Rio—. No pasé casualmente, pasé por cortesía. Para ver cómo le iba a mi nueva compañera y, ya que estaba, actualizar la agenda de las clases. Y te pregunté por tu novio —dijo , la palabra— porque, mientras yo cuadraba horarios, tú te dedicaste a hablar con él por teléfono, pero en ningún momento dijiste su nombre. Solo le llamabas «cariño» —dijo imitándome.

—Pues sí, ¿qué pasa? Somos así de empalagosos.

—¿Cuánto lleváis juntos?

—No te incumbe.

—¿Estás enamorada de él?

La pregunta me hizo fruncir el ceño. Estaba de más. Nos conocíamos desde hacía cuatro días, literalmente, y solo nos habíamos dedicado a discutir. No teníamos ese tipo de confianza. De hecho, ni siquiera mis amigas, mi hermano o mis padres me habían hecho esa pregunta. Ni yo misma me la había hecho… No supe qué contestar.

Natalie llegó cargada con tres platos y, con mucha soltura, los colocó sobre la mesa. Se sentó a mi izquierda dando un par de palmadas.

—¡A comer! —exclamó.

Asier no dejaba de mirarme a los ojos. Seguía esperando una respuesta. Yo tragué saliva y bajé la vista hasta mi plato.

—¿Qué os pasa? ¿No tenéis hambre? —preguntó Natalie con la boca llena.

Asier cogió los cubiertos y le dedicó una sonrisa un poco forzada.

Yo agarré mi copa. Tenía sed.

4

Cosquillas en el vientre

El viernes por la tarde, como bien había vaticinado Natalie, una marabunta de gente comenzó a llenar el camping. Fue por eso que me requirieron en el supermercado y me retuvieron en la caja hasta la hora de cierre. Hacer turnos dobles era habitual en temporada alta, ya me lo habían advertido cuando firmé el contrato, pero no imaginé que fuera tan jodidamente agotador.

Ayudé a bajar el cierre a Fabián, un chaval de mi edad muy majo y carnicero de profesión, y arrastré las Converse de camino a mi cabaña. Que se me antojaba lejos, lejísimos.

Aunque eran más de las nueve hacía un calor de mil demonios. Y había gente por todas partes. Y niños chillando. Y madres detrás chillando más fuerte. Hasta se escuchaba I’m anAlbatraoz por los altavoces que había repartidos por el paseo. Aumenté el ritmo y la longitud de mis zancadas un poco acongojada. Aquello empezaba a parecerse demasiado al infierno.

Al pasar junto a las pistas de tenis, no pude evitar mirar al cielo. Por si me volvía a caer de él un pelotazo, como el primer día. También miré a izquierda y a derecha. Por si volvía a aparecer Asier semidesnudo, también como el primer día. Pero ninguna de las dos cosas sucedió.

Asumí que ese día no le vería ya. Y luego me regañé por tenerlo que asumir estando en una relación. Ramiro estaba lejos, pero estaba, no se me tenía que olvidar.

Iba repitiendo ese mantra, con poca efectividad, cuando me lo encontré sentado en las escaleras del pequeño porche de mi cabaña. Era la primera vez que le veía con un pantalón largo, y creo que me gustó incluso más que con los cortos. Se le veía más formal, más hombre, aunque llevara una camiseta de los Ramones, como si fuera un adolescente.

—Buenas tardes, Larita. Anima esa cara y arréglate, que te voy a sacar de paseo.

—No soy un perro, Asier, no hace falta que me saquen —dije subiendo las escaleras.

Él pegó un brinco cuando alcancé el último peldaño y entró en la cabaña detrás de mí.

—Pasa, Asier, no te cortes —bromeé—. Como si estuvieras en tu casa.

—He dedicado más tiempo a esta chocita que tú, así que, técnicamente, es más mía que tuya.

Le miré de reojo dejando mi bolso sobre la mesita baja del salón y él se acomodó en el sofá corrido de madera que ocupaba la pared derecha.

—Menos mal que lavé las sábanas el primer día —murmuré.

Me sonrió de medio lado, formó una pila de cojines y se recostó con el codo apoyado sobre ellos.

—Se puede follar en más lugares que en una cama. Lo sabes, ¿verdad?

—Algo he oído. —Sonreí.

Porque no pude evitar pensar en cómo sería subirme encima de él y comprobar si se podía.

Sus ojos se entrecerraron y me estudiaron con atención.

Me intimidó y, a la vez, me encantó su forma de mirarme. Como si quisiera leerme. Como si pudiera descifrarme. Me sentí transparente y enigmática, todo junto. Despertar su curiosidad me hizo cosquillas en el vientre.

—¿Cuánto tiempo llevas con él?

—Ya me lo preguntaste ayer.

—Y tú no me respondiste.

—¿Qué más te da? —dije despreocupada.

Me acerqué a la cocina americana que ocupaba la izquierda de la cabaña y llené un par de vasos de agua. Le ofrecí uno y bebí del mío de pie, imponiendo(me) cierta distancia desde el otro lado de la mesita.

—Gracias, generosa. —Rio mirando el agua.

—No tenemos otra cosa. Si hubiera sabido que íbamos a recibir tan ilustre visita, habría sacado el Pingus de la bodega, pero ya no nos da tiempo a que se airee.

—Soy más de cerveza que de vino, pero, para la próxima, un Pingus me va bien. También me gusta el Protos.

—Y a mí los Mustang, pero no me flipo pensando que pueda llegar a tener uno —me burlé.

—No te pega una mierda que te gusten los Mustang.

—¿Y por qué no? —pregunté ofendida.

—Porque no. Porque te pega un… —Me miró de arriba abajo—. No sé, un Mini o un Mercedes descapotable…, algo pijo.

—¿Yo, pija? —Me eché a reír—. Ya me gustaría a mí ser pija. Pero soy de familia obrera pura y dura. Si no, no estaría trabajando aquí.

—Estarías con Ramiro de vacaciones —dijo, algo más serio.

—Efectivamente. En Malta, como una reina.

Asier abrió los ojos de par en par y contuvo una carcajada.

—¿En Malta has dicho?

—Sí, ¿qué pasa?

Hizo una mueca y señaló mi habitación.

—Cámbiate deprisa. Necesitamos emborracharte antes de responder a tu pregunta.

Y, pese a que estaba reventada de cansancio, cambié mi uniforme por un vestido de tirantes, mis zapatillas por unas sandalias y me solté la coleta. Ahora que lo pienso, debería también haberme duchado, pero se ve que tenía demasiada prisa por oír esa respuesta. Y por emborracharme con Asier. Entonces no me lo reconocí, pero hoy no puedo negarlo.

Hoy sé que él me estaba despertando. Estaba marcando un antes y un después en mi vida y yo no me di ni cuenta. Solo supe que a su lado sonreía más, y me permití bajar la guardia. Sin pararme a pensar en el precio que tendrían esas sonrisas.

5

Pornografía

Anduvimos por el paseo hacia el edificio común, hablando de nada en concreto. Seguía haciendo calor. Olía mucho al cloro con el que higienizaban las piscinas a esas horas y a carbón y a barbacoa. Se oían voces y risas de fondo. La mayoría de la gente había vuelto a sus parcelas para disfrutar con más intimidad de las vacaciones. Centenares de veranos distintos separados por cuadrículas inundaban el camping de una energía optimista que tiraba de las comisuras de mis labios. Me sentía alegre. Tanto como para no querer ni disimularlo.

—Joder, qué hambre me está entrando —dijo Asier, olisqueando el aire.

—A mí también. Huele de muerte.

—¿Comes carne?

—Cuando me dejan —respondí muy chulita. Y me reí de mi propia gracia—. De verdad, ¿por quién me tomas?

—No sé. Tienes pinta de vegana o crudívora o algo así. Ese aspecto angelical tuyo confunde. Tan rubita, tan blanquita, con tus pequitas…, y luego vas por ahí comiendo carne y queriendo conducir un Mustang —dijo como si fuera una aberración.

—Y te diré más. —Me puse de puntillas y le susurré al oído—: Esta noche pienso beber como un cosaco.

Él sonrió con descaro y colocó un brazo sobre mis hombros.

—Amén, hermana. Pero primero vamos a cenar. No quiero que te me desmayes al tercer chupito.

Degustamos unos bocadillos de panceta envueltos en papel de aluminio, todo glamur, en la terraza del restaurante, con dos jarras enormes de cerveza. Porque teníamos que calentar, alegó Asier.

Me preguntó por mi oficio y no se sorprendió cuando le dije que era ingeniera biomédica. Me gustó que no se sorprendiera. Todo el mundo lo hacía. Algunos incluso añadían: «Te pega más bellas artes». Y yo, que tenía de artista lo mismo que de mujer de mundo, me indignaba. No entendía cómo no podían ver que las ciencias eran lo mío. Los retos. Lo difícil. No lo creativo, por desgracia.

No me atreví a preguntarle por su profesión. Por entonces había dado por sentado que o bien era un vividor, que disfrutaba dando clases de tenis a jovencitas, o era una vieja gloria venida a menos por alguna lesión deportiva. Cualquiera de las dos opciones me parecía deprimente. Y no quise entristecer la cena.

Se nos hizo de noche hablando de pornografía. La culpa la tuvo Love me like you do, una canción muy pegadiza, que sonó varias veces por los altavoces de la terraza, y tema central de la adaptación cinematográfica de Cincuenta sombras de Grey. Terminé confesando que había ido a verla.

—¿Con Ramiro?

—¡No! —Me reí—. Fui con mis amigas.

Él se carcajeó.

—Vamos a ver, ¿te parece normal ir con tus amigas a ver una peli erótica y no con tu novio?

—Me parece normal las dos cosas. —Me encogí de hombros e hice una pelotita con los restos del envoltorio de mi bocadillo.

—De eso nada. No seas mentirosa. Si te pareciera normal, no habrías chillado «¡No!» —dijo dando un saltito—. Ni mucho menos te habrías puesto colorada.

—Yo no me he puesto colorada.

—Sigues colorada.

—Pues será la cerveza. O la panceta. ¡O que me sacas de quicio!

—O que te da vergüenza reconocer que no ves porno con tu novio.

—¡Claro que no veo porno con Ramiro!

—¿Ves? «¡Claro que no veo porno con Ramiro!» —me imitó—. ¿Qué tiene de malo, mujer? Propónselo. Seguro que lo está deseando.

—Que tú estés enfermo no quiere decir que el resto de los hombres también lo estén. —Levantó una ceja—. Bueno, al menos los que son como Ramiro. Él es más formal, respetuoso…

—¿Te parece irrespetuoso ver porno con tu pareja?

—Ay, me estás liando, Asier. —Resoplé—. No me lo parece, pero nosotros no lo hacemos y punto.

—¿Te lo has planteado alguna vez?

No contesté. Apreté un labio contra el otro y me crucé de brazos. Asier me miró. Arrastró su silla de plástico por las losetas de la terraza hasta casi pegarse a mí y me pidió que cerrara los ojos.

—Como me des un beso, te arreo un guantazo —le advertí.

—No seas arisca y ciérralos —dijo en voz baja.

Y mis ojos se cerraron de golpe.

Acercó su boca a mi oído. Su respiración calmada me tranquilizó y dejé de apretar las manos contra mis axilas. Su voz susurrante empezó a envolverme. Su aliento acarició mi piel. Sus palabras calentaron una parte de mí que no sabía que estaba helada.

—Imagina esto, ¿vale? Imagina… que estás en el sofá de tu casa. Relajada. Sin nada que hacer. Nada que estudiar. Estás a gusto. Vestida de algodón. Muy cómoda. Tienes el mando a distancia en tu mano derecha y pasas de un canal a otro buscando con qué entretenerte. Es de noche. En la calle hace un bochorno horrible, pero tú estás mecida por la brisa del aire acondicionado. Cuando pasa fresco por tus piernas desnudas, sientes pequeños escalofríos que tensan tu piel y erizan el vello de tu nuca. Él se da cuenta cuando se sienta a tu lado y levanta su brazo izquierdo para acomodarte en su pecho. Agradeces su calor, mimosa, rozándole con las piernas hasta enredarlas con las suyas. Te sonríe al coger el mando de tu mano. Le encanta verte medio vestida, despeinada, despreocupada. Cambia un par de veces más de canal, hasta que se escucha un gemido estridente que os hace reír. En la pantalla se ve a una mujer de rodillas, siendo penetrada por detrás por un joven que derrocha energía. Tiene su melena enredada en un puño. Ella le exige más, entre gemido y gemido, mientras masturba a su otro amante. Los sonidos se amortiguan cuando le recibe en su boca. Tu cuerpo se revuelve y él busca tu mirada, pero se le desvía hacia tu pecho. Tus pezones le provocan insinuándose bajo el fino algodón. Su erección crece. Y los gemidos vuelven a llenar el salón, donde el aire acondicionado no parece que enfríe tanto como hace solo unos minutos. La mujer de la pantalla cabalga ahora al joven y se prepara para recibir al que espera paciente tras ella. Tus caderas se adelantan por imitación y su muslo se pierde entre los tuyos. Empiezas a sentir la humedad. Y su mano recorriendo toda tu espalda, buscando el final de tu camiseta, el inicio de tus braguitas. Sus dedos se aventuran acariciando tus nalgas y te hacen temblar. Tu reacción os apremia. Y tu sexo palpita al notar cómo se internan en el vértice de tus piernas, entre tus suaves pliegues… Estás jadeando, Lara.

6

La mordidita

Abrí los ojos de golpe al oír mi nombre. Lara. No Larita. Solo Lara. En su voz mi nombre tomó otra dimensión, otra connotación, se hizo más grande. Y quise morirme cuando me di cuenta de las dos palabras que lo habían precedido. «Estás jadeando». Era verdad. Le había dejado susurrarme al oído palabras como pezones, masturbar, erección o sexo y, en vez de darle un guantazo, me había excitado. Estaba jadeando.

Lo que más me asustó es que, durante su narración, él era él. Asier. No Ramiro. Ramiro estaba cada vez más lejos. Me sentí como una traidora. Una golfa. Sucia.

Él se apartó un poco y apuró su cerveza. Me dio la sensación de que le costaba tragar. Apoyó la jarra contra la mesa y me miró a los ojos.

—¿Me vas a decir ahora qué tiene de irrespetuoso algo como lo que te he contado?

—¿Algo así? ¿En mi casa? —Me reí, tratando de disolver la mancha que se estaba formando en mi conciencia—. Todo. Sería irrespetuoso del todo. Lo que más, que, con toda probabilidad, en la escena estarían también mis padres. Sentados en el sofá contiguo, a la espera de que les dejáramos la tele libre.

Él soltó un par de carcajadas y luego sonrió de medio lado.

—¿Dejáramos?

—Mi pareja y yo, claro. No tú —añadí, para mí misma sobre todo.

—No, yo no, mujer. No sea que te vaya a llevar por el mal camino… ¿Vives con tus padres?

Asentí con la cabeza y me levanté. Él también lo hizo y le pegó un grito a un tal Eugenio para que le apuntara la cena en su cuenta. Yo me apunté mentalmente devolverle el gesto a base de copas mientras caminábamos hacia la discoteca.

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó.

—Veintitrés. ¿Y tú?

—¿Cuántos me echas?

—Mmm… —murmuré, aprovechando para pegarle un repaso—. Unos treinta.

—Joder, pequeña, no sé si seré capaz. ¿Tienen que ser todos en la misma noche?

Me reí y le empujé con el hombro. Esa pose de fantasma me hacía gracia. Igual demasiada. Pero eso no lo pensé entonces.

—¿He acertado o no?

—Casi…, pero no. Cumplo veintiocho en agosto.

—Vaya, un leo.

—Y del Atleti.

Cruzamos el parque, sorteando a varios grupos de adolescentes, o no tanto, que hacían botellón, y llegamos al otro extremo del edificio polivalente. Un anexo de planta rectangular con más pinta de nave industrial que de sala de fiestas.

La entrada estaba abarrotada. La ley antitabaco no tenía en cuenta la contaminación sonora. Ni los cuellos de botella peligrosísimos en zonas destinadas para el acceso y posible evacuación. Ni que por su culpa te vieras obligada a fumar el equivalente a media cajetilla solo por intentar entrar en un local.

Asier tomó las riendas de la situación, y mi mano, a mitad del pasillo que formaba el gentío. Recibió muchos saluditos y caiditas de pestañas a su paso de algunas de sus alumnas y sus amiguitas, y consiguió que entráramos enteros en el local, que estaba casi vacío.

Encontramos a Natalie detrás de la barra. Hablaba animadamente con un pelirrojo bastante mono, que se daba un aire al príncipe Harry de Inglaterra. Sirvió dos chupitos y brindó con él. Luego se dieron un beso de tornillo vitoreado por la escasa concurrencia y se despidieron.

—Anda, no sabía que tenías ligue —le dije sentándome en un taburete.

Asier arrastró otro a mi derecha hasta casi pegarlo a mi lado. Estuve a punto de mencionárselo, pero me dije a mí misma que lo había hecho para no hablar a gritos por la música. Entonces se me daba muy bien eso del autoengaño.

—Yo tampoco lo sabía —me dijo Natalie—. Ha llegado esta tarde.

—¿Nuevo récord? —le preguntó Asier.

—Te lo digo mañana —dijo mirando al fondo del local, donde el muchacho apuraba su copa.

—¿Me tengo que buscar sitio donde dormir, o unos tapones? —pregunté.

—En mi choza siempre hay sitio para veinteañeras.

—Y para treintañeras, y para…

—Y para —ordenó él, señalándola con el índice—. Y ponnos unas copas. Para mí lo de siempre y para la señorita… —Me miró—. ¿Un Malibú con piña?

Resoplé y pedí un ron blanco con limón. Aunque en realidad me apetecía un Malibú con piña. Era lo que solía beber. Debió molestarme que Asier me leyera tan libremente, y me dio por hacerme la dura. Y por tirar la mitad del contenido de las copas cada vez que iba al baño. Él marcaba un ritmo que era imposible seguir. Bebiendo y bailando. Y lo jodidamente increíble es que parecía tan seguro de sí mismo como en la pista de tenis o trotando por el campo. No trastabillaba por el alcohol ni perdía el compás por bruscos que fueran los cambios de música, como yo.

—Uf. La mordidita —protesté en medio de la nave, donde habíamos terminado bailando, rodeados por grupos intermitentes de fumadores y muchos guiris—. Me voy a la barra. Con Ricky Martin sí que no puedo.

—¿Cómo que no? —Tiró de mi cintura, pegándome a su cuerpo, y meneó las caderas de izquierda a derecha—. Mira qué bien lo haces… Separa un poco las rodillas.

Le obedecí. No quise buscar el porqué. Él colocó su mano en mi espalda y una pierna entre las mías y nuestras pelvis se acoplaron. A la perfección.

Fijé la vista en el cuello de su camiseta. No me atreví a mirar hacia arriba, ni mucho menos hacia abajo. Y, aun así, el contraste de su piel canela y el negro algodón enturbió mi cabeza más que el ron que había ingerido hasta el momento.

Empezó a moverse con ritmo, de un lado al otro, y pensé que bailaba bien. Se movía bien. Jodidamente bien. Inspiré hondo cuando puso mi mano sobre su hombro. Duro. Fibroso. Trabajado a fuerza de voleas. Definido. Y, al inspirar, una bocanada de su olor entró por mi nariz pecosa hasta el mismo centro de mi cerebro. Y allí se quedó. Aquí sigue. Perenne. Su olor fresco de aquella noche, a madera, ámbar y algo de menta.

—No sé si eres consciente, pero estás esnifando mi camiseta —murmuró inclinándose.

—Hueles a menta.

—Es el chicle. —Me lo enseñó entre los dientes.

—¿Tienes más?

—El último —dijo con una mueca, que transformó en media sonrisa acto seguido—. ¿Lo quieres?

Sí. Lo quería. Pero no se lo dije. Me reí poniendo cara de asco y él también rio. Porque supo que le estaba mintiendo.

Agarró mi mano, me hizo dar un giro con bastante soltura y se pegó de nuevo a mí. Con su pierna separando las mías. Y su tacto torturando mi cintura.

—No sé si preguntarte dónde has aprendido a bailar.

—Te gusta cómo bailo, ¿eh? —Se balanceó con energía, hacia delante y hacia atrás.

Debería haberme separado la segunda vez que su entrepierna se rozó con la mía. Pero no lo hice.

—Te defiendes.

—Tengo tres hermanas mayores —comentó acercándose a mi oído— que de pequeño me obligaban a participar en las coreografías que se inventaban.

—¿Te obligaban? —me burlé, apretando ligeramente sus hombros.

—A veces sí. Otras, me aburría de jugar yo solo con mis coches y me unía al show por voluntad propia.

—Deberías estarles agradecido. Seguro que le has sacado mucho partido a este meneo de caderas.

—¿A este te refieres?

Deslizó sus manos hasta el final de mi espalda y me acercó mientras describía un círculo con la pelvis. Noté una presión más firme y me obligué a creer que era su móvil.

—A ese me refiero.

—Da buenos resultados, sí. No sé por qué a las mujeres os vuelve tan locas eso de que un tío sepa bailar.

—Supongo que es porque imaginamos que en la cama se moverá igual de bien.

—¿Estás imaginándome en la cama, Larita?

—Ya te gustaría. —Me reí.

Él me hizo dar el último giro y la canción terminó. Me miró con descaro de arriba abajo y su labio inferior desapareció detrás de sus dientes. Supe que me estaba condenando. Y eso que entonces no sabía que él tenía más que estudiado lo de las mujeres y el baile.

Volvimos a la barra y esta vez pedí una botella de agua. Asier intentó quitármela. Incluso llegamos a forcejear de broma. Creo que cualquier excusa era válida para propiciar el contacto físico.

—Mañana…, ¡¿qué digo mañana?!, dentro de seis horas y media —dije mirando mi reloj— tengo que estar, presentable, en la recepción. Lo mejor que puedo hacer por mí misma es beberme esta botella de agua.

—Lo mejor que puedes hacer por ti misma es beberte una botella de ron y aparecer de empalmada. Apuesto mi Wilson Blade a que nunca lo has hecho.

—Pues no. Pero este es mi primer trabajo. Y llevo cinco días. Tampoco es que me haya dado tiempo…

—Antes de que termine el verano serás una experta —aseguró guiñándome un ojo—. Primer trabajo, ¿eh? Así que te has pasado los últimos, mmm…, cinco años estudiando metida en tu guarida.

—Desde que terminé la carrera he salido de mi guarida para arrastrarme de empresa en empresa mendigando un empleo, con sueldo —puntualicé, porque me tenía muy amargada lo de las prácticas no remuneradas cuando acumulas títulos suficientes como para empapelar tu cuarto—, pero antes de eso, sí. He dedicado casi cinco años de mi vida básicamente a estudiar.

—¿Ramiro es tu primer novio?

—No. Es el tercero.

—¿Cuánto duraste con los otros?

—¿Esto es un interrogatorio?

—Algo así —dijo inclinando la cabeza, y le dio un trago a su copa.

—Con el primero cuatro años y medio. Y con el segundo once jodidos meses.

—Ouch. Jodidos meses —repitió—. ¿Te escuece porque fue mal o porque sigues sintiendo algo por él?

—¿Por ese gilipollas? —Me reí.

—Vale, ya me has respondido.

—¿Y qué hay de ti? ¿Cuántas mujeres ha habido en tu vida?

—Entras a las siete, ¿no? —Asentí—. Entonces otro día te lo cuento. Hoy andaríamos apurados.

Me reí y le llamé fantasma. Natalie volvió a nuestro lado de la barra y nos preguntó por qué nos reíamos.

—Yo porque estoy borracho. Y ella creo que también.

—Un poco, sí —acepté—. Y ahora que me acuerdo: el fin de que yo me emborrachara era que tú me respondieras qué tiene de malo Malta. O mejor dicho, qué tiene de malo que Ramiro esté en Malta.

—Para él nada, desde luego.

—¿Y para mí?

—¿Desde cuándo dices que salís?

—No te lo he dicho.

—Salen desde hace ocho meses —dijo Natalie.

—Ajá.

—Ajá ¿qué? —pregunté.

—Nada, nada. Solo que me resulta curioso que el primer verano que podéis vivir juntos lo hagáis separados. Tú trabajando y él pegándose la juerga padre con sus amigotes en una islita del Mediterráneo que, por cierto, tiene fama de ser Sodoma y Gomorra… Y nada infundada.

—Y eso lo sabes de primera mano, claro —gruñí.

—Efectivamente —dijo con una sonrisa engreída.

Me molestó. Mucho. Más que la posibilidad de que Ramiro estuviera pegándose la juerga padre en Malta. Él ya se la había pegado. Él. Asier. Con otras. Bailando. Sudando. Enredado en otros brazos… Me morí de celos.

—Espero que seas consciente de que el que tú seas un golfo juerguista no quiere decir que mi novio también lo sea. Él ha ido allí a bucear y a practicar idiomas.

—Traducción: a bajarse al pilón de cada guiri que se le ponga por delante.

Natalie no pudo reprimir las carcajadas y Asier continuó:

—A Malta se va a beber chupitos de vodka con Red Bull y a follar como un descosido. —Bebió otro trago de su copa y apoyó el vaso con energía sobre la barra—. O mucho me equivoco o no llegáis a julio juntos… De hecho, también apostaría mi raqueta a que no llegáis a julio juntos.

Ni le contesté. Arrastré hacia atrás mi taburete, me levanté y me fui.

7

Todo el mundo necesita a alguien en quien apoyarse

Asier me dio alcance cuando aún no había terminado de cruzar el parque. Me sujetó los hombros por la espalda. Yo me revolví. Le empujé. Creo que hasta le insulté. Estaba ofendida. Estaba confusa. Borracha y dolida. Solo quería irme a casa. ¡Sola!

—Deja de seguirme —le escupí, caminando ya por el sendero.

—Te sigo porque no tengo huevos para volver a acercarme. Eres más fuerte de lo que pareces.

Me paré en seco. Él también se detuvo. A apenas un paso.

—¿Qué acabas de decir?

—Que eres más fuerte de lo que pareces.

—Te parezco débil, ¿verdad? Para ti soy la típica niñata que no sabe nada de la vida porque la ha malgastado encerrada en su guarida estudiando. Una ingenua que se cree feliz en una relación, cuando su pareja está siéndole infiel en una islita del Mediterráneo. Una muñequita frágil a la que poder vacilar y sacar de paseo para reírte a su costa.

Negó con la cabeza, muy serio, y acortó la distancia entre los dos.

—Pareces frágil e ingenua, y puede que lo seas, aunque lo disimulas bastante bien con tu máscara de mujer adulta. Pero no eres débil. —Sonrió—. Que nunca se te ocurra pensarlo.

Alzó la mano para recoger un mechón de mi melena, lo metió detrás de mi oreja, se inclinó sobre mi mejilla y yo… di un paso atrás.

—Segunda cobra —murmuró, con la postura congelada.

Me entró la risa y seguí caminando. Con algo más de soltura. Sus palabras habían actuado como un bálsamo. Dolía, pero menos. No era débil. No quería serlo.

Asier me acompañó hasta la puerta y se ofreció a meterme en la cama.

—Te arropo, te leo un cuento y te duermes enseguida. Ya verás.

Yo puse los ojos en blanco y señalé el camino hacia su cabaña. Siete parcelas al este de la mía.

—¡Dulces sueños, Larita! —se fue chillando—. ¡No te toques mucho pensando en nuestro baile, que tienes que madrugar!

Cerré la puerta y me apoyé en ella sonriendo. Me hacía gracia. Tenía que admitirlo. Y estaba tremendamente bueno. Eso también era cierto. Y olía muy bien. Y sabía bailar. Y susurrar al oído. Y seguro que follaba como un jodido semental.

Ese pensamiento me sonrojó. Y culpé al ron. Y me metí en la ducha. Y tuve que hacer verdaderos esfuerzos por no tocarme y por dormir con los gemidos de mi compañera y su pelirrojo gozando en la habitación de al lado.

Pocas horas después, con unas ojeras indisimulables por el corrector, trataba de registrar a una familia de apellido imposible que se negaba a aparecer en la base de datos. Eran ocho. Tres adultos y cinco niños, que no dejaban de corretear, toquetear, mocosear y manosear todo lo que encontraban. Sonaba Lean on, de Major Lazer, de fondo; debía de ser la hora del aquaeróbic cuando la puerta de la recepción se abrió.

Ese día llevaba un pantalón verde botella, muy corto, y un polo blanco. Unas gafas de cristales dorados, que no se quitó en ningún momento, eran la única prueba de su resaca. No como yo, que lucía una coleta despeluchada, producto de no haberme secado el pelo antes de meterme en la cama, y cara de mártir deshidratada.

Saludó amablemente a la familia numerosa y se colocó detrás del mostrador, a mi lado. Observé todos sus movimientos por el rabillo del ojo, fingiendo indiferencia y que hacía algo más que mover el scroll del ratón arriba y abajo.

—¿Cansada? —susurró inclinándose para coger una carpeta.

—Hasta los… —gruñí.

—Te dije que no te tocaras demasiado. ¿Cuántos me has dedicado?

Intenté no sonreír y le miré con reproche.

—Haz el favor, hay clientes delante.

—Clientes que no entienden ni gota de español. ¿Son suecos o noruegos?

—Daneses. Y tienen el apellido más jodidamente difícil del mundo.

—¿No te sale?

—Qué va.

—¿Puedo?

—Todo tuyo —dije apartándome a un lado.

Le cedí el ratón, pero él lo dejó sobre el mostrador y se puso a teclear. Apareció una ventanita negra en la pantalla. Se lio a meter comandos y luego me pidió que le deletreara el apellido.

—Voilà. Parcela 58. Área 2. El apellido estaba puesto como nombre y al revés.

—¿Cómo demonios has hecho eso?

Él sonrió de medio lado y me señaló el monitor, donde ahora aparecía la reserva de los daneses.

—Ya te dije, Larita, que yo sé hacer muchas cosas. ¿Estás preparada ya para que te las enseñe?

—Mister Guldbrandsenlang, your reservation has been confirmed —fue mi respuesta.

Asier se despidió y se marchó con la carpeta bajo el brazo. Y una sonrisa insolente en sus jugosos labios.

8

La despedida

No le vi más el resto del fin de semana. No se dejó caer casualmente por recepción. Ni se pasó por el supermercado. Ni comió con Natalie y conmigo arroz a la cubana. Ni me esperó en las escaleras del porche de mi cabaña. Nada. Ni su sombra. Me preocupé.

Bueno, en realidad no fue preocupación, fue mono, ahora lo sé. Fue puro vicio. Una adicción con todas las letras. Pero cuando una está entrando en ese terreno, normalmente no es consciente. O no quiere serlo.

Era ya domingo por la tarde. Faltaba solo una hora para que mis padres me recogieran. Libraba tres días. Era lógico que me marchara a casa, y por eso lo planeé cuando me dieron el cuadrante a la firma del contrato. Todo normal. Lo que no lo era tanto eran las pocas ganas que tenía de irme. Ni tampoco era normal que estuviera caminando hacia la séptima parcela al este de la mía.

Subí los tres escalones de su porche. Y acto seguido los bajé. Me dediqué una charla a mí misma, con aspavientos y todo, acerca de que no pasaba nada. Que solo iba a asegurarme de que estuviera bien y no hubiera pillado, no sé, una gripe intestinal o le hubiera atacado alguna de sus groupies… Respiré hondo y subí de nuevo.

Llamé a su puerta tímidamente. Dos veces. Esperé… Mucho. Y volví a llamar. Y a esperar… Y, cuando miré el reloj, había pasado diez minutos contando los nudos de la madera. No estaba. O no quería abrirme, que era peor.

En un acto ya de pura desesperación me acerqué a las pistas de tenis. Nunca iba a verle, ni entrenar ni dar clase, porque no era su groupie. Al menos, no declarada.

Me lo encontré ensayando el saque con una chica que se reía mucho y se revolvía entre sus brazos. Él le sujetaba la cintura y la mano desde atrás y la tía lista no dejaba de proyectar el culito hacia su paquete. La bilis se me subió hasta la campanilla y me atraganté con ella. Tosí.

Asier se giró y me miró sorprendido. Yo solo acerté a farfullar un saludo. Sonrió y se inclinó sobre su alumna. La manejó como si fuera una muñeca. El saque fue perfecto.

Quise ser ella. O la raqueta. O hasta la pelota. Lo que fuera, pero cerca de él. En sus manos.

Se despidieron poco después, con una conversación tan animada que las risitas de ella me costaron las uñas de los dos pulgares. Y yo no me mordía las uñas.

—Buenas tardes, Larita. ¿A qué se debe tu presencia por mis pistas? —dijo acercándose.

Sonreía. Con el pelo alborotado. La piel dorada. Un polo azul, muy clarito. Y unos pantalones azul marino con rayas blancas a los lados. Cortos, insinuantes, provocadores. En sus brazos lucía sendas muñequeras y una protección en la mano derecha.

—¿Te has hecho daño? —le pregunté señalando la venda.

—No. Es por los callos. —Rio—. No suena nada erótico, y no lo es. Si no practicas a menudo, la piel de las palmas puede resentirse.

—¿Tú no practicas a menudo? ¿No te dedicas a esto siempre?

Negó con la cabeza.

—¿Y a qué otras cosas te dedicas?

Sonrió de medio lado y señaló con la cabeza a mi espalda. Supe que eran chicas por las risitas que le dedicaron cuando las miró.

—Me refería… —protesté.

—Ya sé a qué te referías. Y sigues sin estar preparada para saberlo, Larita. ¿O me equivoco? —dijo dando un paso al frente.

Yo lo di hacia atrás.

—Se me está haciendo tarde —farfullé, bajando la vista hasta mi reloj.

—¿Te vas? —preguntó.

Y por su tono me pareció que no le gustaba la idea.

—Sí. Por fin libro y me marcho a casa, a que me mimen mis padres.

—¿Te recogen aquí?

—En veinte minutos.

—¿Por eso has venido? —Sonrió—. ¿Para despedirte de mí?

Me sentí ridícula. Había ido porque era una yonqui. Aunque me negué a reconocérselo, claro. Estimé la excusa de la despedida, pero no tenía sentido, ni derecho. Le volvería a ver en solo tres días y no era más que un compañero de trabajo. Mi lentitud para responder empezó a descubrirme, y el tic nervioso que se activó en mi párpado.

—He venido para… Para… Para decirte que… Ramiro me ha llamado esta misma tarde y no se ha bajado al pilón de ninguna guiri. Me echa de menos y hemos quedado a primeros de mes.

Se lo solté así. Y luego quise salir corriendo y no regresar jamás. ¿Por qué demonios le había dicho eso?

—Pues me parece muy bien. —Se rio. Estaba desconcertado. Me pareció lógico: yo también lo estaba—. Ya nos tomaremos unas cervecitas juntos hablando de Peaceville.

—¿De qué?

—De Peaceville. Una zona de copas, cerca de Valletta. Si te dice que no lo conoce, te está mintiendo. Es prácticamente la única diversión nocturna que hay en esa isla.

—Hombre, salir, habrá salido. Seguro que lo conoce.

Él no añadió nada más. Y yo tampoco. Pasó un ángel, como se suele decir, y nos quedamos callados. Mirándonos. El ridículo volvió a apoderarse de mí.

—Bueno, pues… nada. Que no te den mucho la tabarra estos días y eso. Ya te la daré yo cuando regrese.

Él sonrió y asintió.

—Pásalo bien en casa y descansa.

Le devolví la sonrisa y me giré sin perderla. Empezaba a alejarme por el camino cuando me llamó:

—¡Lara!

No «Larita», no. Lara.

Me di la vuelta con el corazón extrañamente acelerado.

—Dale recuerdos al sofá de casa de tus padres de mi parte —me dijo.

El muy sinvergüenza. Luego me guiñó un ojo y se marchó. Quitándose la camiseta de camino al fondo de las pistas.

9

Ramiro

Ramiro tenía entonces veinticinco años. Dos más que yo. También era ingeniero como yo y estudiábamos juntos el mismo idioma, pero él utilizó el año anterior para viajar por el mundo. Esa era una gran diferencia.