Blanca Sol - Mercedes Cabello de Carbonera - E-Book

Blanca Sol E-Book

Mercedes Cabello de Carbonera

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Beschreibung

La novela más exitosa de Mercedes Cabello de Carbonera nos muestra la capital peruana a finales del siglo XIX. La historia nos presenta a Blanca Sol, una joven de familia acomodada que ha perdido gran parte de su anterior riqueza. Para recuperarla, la obligan a casarse con un hombre acaudalado. Cegada por el dinero que posee Serafín Rubio, su marido, Blanca empieza a disfrutar de la vida en la alta sociedad. Sin embargo, sus excesos llevan al borde a toda la familia. Una novela moralizante que habla de vanidad, de política y de la sociedad materialista.

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Seitenzahl: 326

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Mercedes Cabello de Carbonera

Blanca Sol

 

Saga

Blanca Sol

 

Copyright © 1888, 2023 SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726975680

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.

UN PRÓLOGO QUE SE HA HECHO NECESARIO

Siempre he creído que la novela social es de tanta o mayor importancia que la novela pasional.

Estudiar y manifestar las imperfecciones, los defectos y vicios que en sociedad son admitidos, sancionados, y con frecuencia objeto de admiración y de estima, será sin duda mucho más benéfico que estudiar las pasiones y sus consecuencias.

En el curso de ciertas pasiones, hay algo tan fatal, tan inconsciente e irresponsable, como en el curso de una enfermedad, en la cual, conocimientos y experiencias no son parte a salvar al que, más que dueño de sus impresiones, es casi siempre, víctima de ellas. No sucede así en el desarrollo de ciertos vicios sociales, como el lujo, la adulación, la vanidad, que son susceptibles de refrenarse, de moralizarse, y quizá también de extirparse, y a este fin dirige sus esfuerzos la novela social.

Y la corrección será tanto más fácil, cuanto que estos defectos no están inveterados en nuestras costumbres, ni inoculados en la trasmisión hereditaria.

Pasaron ya los tiempos en que los cuentos inverosímiles y las fantasmagorías quiméricas, servían de embeleso a las imaginaciones de los que buscaban en la novela lo extraordinario y fantástico como deliciosa golosina.

Hoy se le pide al novelista cuadros vivos y naturales, y el arte de novelar, ha venido a ser como la ciencia del anatómico: el novelista estudia el espíritu del hombre y el espíritu de las sociedades, el uno puesto al frente del otro, con la misma exactitud que el médico, el cuerpo tendido en el anfiteatro. Y tan vivientes y humanas han resultado las creaciones de la fantasía, que más de una vez Zola y Daudet en Francia, Camilo Lemoinnier en Bélgica y Cambaceres en la Argentina, hanse visto acusados, de haber trazado retratos cuyo parecido, el mundo entero reconocía, en tanto que ellos no hicieron más que crear un tipo en el que imprimieron aquellos vicios o defectos que se proponían manifestar.

Por más que la novela sea hoy obra de observación y de análisis, siempre le estará vedado al novelista descorrer el velo de la vida particular, para exponer a las miradas del mundo, los pliegues más ocultos de la conciencia de un individuo. Si la novela estuviera condenada a copiar fielmente un modelo, sería necesario proscribirla como arma personal y odiosa.

No es culpa del novelista, como no lo es del pintor, si después de haber creado un tipo, tomando diversamente, ora sea lo más bello, ora lo más censurable que a su vista se presenta, el público inclinado siempre a buscar semejanzas, las encuentra, quizá sin razón alguna, con determinadas personalidades.

Los que buscan símiles como único objetivo del intencionado estudio sociológico del escritor, tuercen malamente los altísimos fines que la novela se propone en estas nuestras modernas sociedades.

Ocultar lo imaginario bajo las apariencias de la vida real, es lo que constituye todo el arte de la novela moderna.

Y puesto se trata de un trabajo meditado y no de un cuento inventado, precisa también estudiar el determinismo hereditario, arraigado y agrandado con la educación y el mal ejemplo: precisa estudiar el medio ambiente en que viven y se desarrollan aquellos vicios que debemos poner en relieve, con hechos basados en la observación y la experiencia. Y si es cierto, que este estudio y esta experiencia no podemos practicarlos sino en la sociedad en que vivimos y para la que escribimos, también es cierto, que el novelista no ha menester copiar personajes determinados para que sus creaciones, si han sido el resultado de la experiencia y la observación, sean todo un proceso levantado, en el que el público debe ser juez de las faltas que a su vista se le manifiestan.

Los novelistas, dice un gran crítico francés, ocupan en este momento el primer puesto en la literatura moderna. Y esta preeminencia se les ha acordado, sin duda, por ser ellos el lazo de unión entre la literatura y la nueva ciencia experimental; ellos son los llamados a presentar lo que pueda llamarse el proceso humano, foleado y revisado, para que juzgue y pronuncie sentencia el hombre científico.

Ellos pueden servir a todas las ciencias que van a la investigación del ser moral, puesto, que a más de estudiar sobre el cuerpo vivo el caprichoso curso de los sentimientos, pueden también crear situaciones que respondan a todos los movimientos del ánimo. Hoy que luminosa y científicamente se trata de definir la posibilidad de la irresponsabilidad individual en ciertas situaciones de la vida, la novela está llamada a colaborar en la solución de los grandes problemas que la ciencia le presenta. Quizá si ella llegará a deslindar lo que aun permanece indeciso y oscuro en ese lejano horizonte en el que un día se resolverán cuestiones de higiene moral.

Y así mientras el legislador se preocupa más de la corrección que jamás llega a impedir el mal, el novelista se ocupará en manifestar, que sólo la educación y el medio ambiente en que vive y se desarrolla el ser moral, deciden de la mentalidad que forma el fondo de todas las acciones humanas.

El novelador puede presentarnos el mal, con todas sus consecuencias y peligros y llegar a probarnos, que si la virtud es útil y necesaria, no es sólo por ser un bien, ni porque un día dará resultados finales que se traducirán en premios y castigos allá en la vida de ultratumba, sino más bien, porque la moral social está basada en lo verdadero, lo bueno y lo bello, y que el hombre como parte integrante de la Humanidad, debe vivir para el altísimo fin de ser el colaborador que colectivamente contribuya al perfeccionamiento de ella.

Y el novelista no sólo estudia al hombre tal cual es: hace más, nos lo presenta tal cual debe ser. Por eso, como dice un gran pensador americano: «El arte va más allá de la ciencia. Ésta ve las cosas tales cuales son, el arte las ve además como deben ser. La ciencia se dirige particularmente al espíritu; el arte sobre todo al corazón.»

Y puesto que de los afectos más que de las ideas proviene en el fondo la conducta humana, resulta que la finalidad del arte es superior a la de la ciencia.

Con tan bella definición, vemos manifiestamente que la novela no sólo debe limitarse a la copia de la vida sino además a la idealización del bien.

Y aquí llega la tan debatida cuestión del naturalismo, y la acusación dirigida a esta escuela de llegar a la nota pornográfica, con lo cual dicen parece no haberse propuesto sino la descripción, y también muchas veces, el embellecimiento del mal.

No es pues esa tendencia la que debe dominar a los novelistas sudamericanos, tanto más alejados de ella cuanto que, si aquí en estas jóvenes sociedades, fuéramos a escribir una novela completamente al estilo zolaniano, lejos de escribir una obra calcada sobre la naturaleza, nos veríamos precisados a forjar una concepción imaginaria sin aplicación práctica en nuestras costumbres. Si para dar provechosas enseñanzas la novela ha de ser copia de la vida, no haríamos más que tornarnos en malos imitadores, copiando lo que en países extraños al nuestro puede que sea de alguna utilidad, quedando aquí en esta joven sociedad, completamente inútil, esto cuando no fuera profundamente perjudicial.

Cumple es cierto al escritor, en obras de mera recreación literaria, consultar el gusto de la inmensa mayoría de los lectores, marcadamente pronunciado a favor de ciertas lecturas un tanto picantes y aparentemente ligeras, lo cual se manifiesta en el desprecio o la indiferencia con que reciben las obras serias y profundamente moralizadoras.

Hoy se exige que la moral sea alegre, festiva sin consentirle el inspirarnos ideas tristes, ni mucho menos llevarnos a la meditación y a la reflexión.

Es así como la novela moderna con su argumento sencillo y sin enredo alguno, con sus cuadros siempre naturales, tocando muchas veces hasta la trivialidad; pero que tienen por mira sino moralizar, cuando menos manifestar el mal, ha llegado a ser como esas medicinas que las aceptamos tan sólo por tener la apariencia del manjar de nuestro gusto.

Será necesario pues en adelante dividir a los novelistas en dos categorías, colocando a un lado a los que, como decía Cervantes, escriben papeles para entretener doncellas, y a los que pueden hacer de la novela un medio de investigación y de estudio, en que el arte preste su poderoso concurso a las ciencias que miran al hombre, desligándolo de añejas tradiciones y absurdas preocupaciones.

El Arte se ha ennoblecido, su misión no es ya cantar la grandiosidad de las catedrales góticas ni llorar sobre la fe perdida, hoy tal vez para siempre; y en vez de describirnos los horrores de aquel Infierno imaginario, describiranos el verdadero Infierno, que está en el desordenado curso de las pasiones. Nuevos ideales se le presentan a su vista; él puede ser colaborador de la Ciencia en la sublime misión de procurarle al hombre la Redención que lo libre de la ignorancia, y el Paraíso que será la posesión de la Verdad científica.

Mercedes Cabello de Carbonera

- I -

La educaron como en Lima educan a la mayor parte de las niñas: mimada, voluntariosa, indolente, sin conocer más autoridad que la suya, ni más limite a sus antojos, que su caprichoso querer.

Cuando apenas su razón principió a discernir, el amor propio y la vanidad estimuladas de continuo, fueron los móviles de todas sus acciones, y desde las acostumbradas e inocentes palabras con que es de uso acallar el llanto de los niños y refrenar sus infantiles desmanes, todo contribuyó a dar vuelo a su vanidad, formándole pueril el carácter y antojadiza la voluntad. Y hasta aquellos consejos que una madre debe dar, el día que por primera vez va su hija a entrar en la vida mundanal, fueron para ella otros tantos móviles que encaminaron por torcida senda sus naturales inclinaciones. Procura -habíale dicho la madre a la hija, cuando confeccionaba el tocado del primer baile al que iba asistir vestida de señorita- procura que nadie te iguale ni menos te sobrepase en elegancia y belleza, para que los hombres te admiren y las mujeres te envidien, este es el secreto de mi elevada posición social.

Su enseñanza en el colegio, al decir de sus profesoras fue sumamente aventajada, y la madre abobada con los adelantos de la hija, recogía premios y guardaba medallitas, sin observar que la sabiduría alcanzada era menor que las distinciones concedidas.

Todas las niñas la mimaron y la adularon, disputándose su compañía como un beneficio; porque, al decir de sus amigas, Blanca era picante, graciosa y muy alegre.

Además de lo que la enseñaron sus profesoras, ella aprendió, prácticamente muchas otras cosas, que en su alma quedaron hondamente grabadas; aprendió, por ejemplo, a estimar el dinero sobre todos los bienes de la vida: «hasta vale más que las virtudes y la buena conducta», decía ella, en sus horas de charla y comentarios con sus amigas. Y a arraigar esta estimación, contribuyó grandemente el haber observado que las Madres (olvidé decir que era un colegio de monjas) trataban con marcada consideración a las niñas ricas, y con menosprecio y hasta con acritud a las pobres. -Y estas pagan con mucha puntualidad sus mesadas -observaba Blanca. De donde dedujo, que el dinero no sólo servía para satisfacer las deudas de la casa, sino además para comprar voluntades y simpatías en el colegio.

Ella entre las educandas y profesoras, disfrutó de la envidiable fama, de hija de padres acaudalados, sin más fundamento, que presentarse su madre los Domingos, los días de salón, lujosamente ataviada, llevando vestidos y sombreros estrenados y riquísimos, los que ella sabía que donde hizo su madre no había podido pagar, por falta de dinero; de esta otra deducción: que la riqueza aparente valía tanto como la verdadera.

Después del salón, sus amigas, comentaban con entusiasmo el buen gusto y las ricas telas que usaba su madre, y las niñas pobres, mirábanla con ojos envidiosos: las ricas como ella, formaban corro, y disputábanse ansiosas su amistad.

Un día una de las niñas, la más humillada por la pobreza con que ella y su madre vestían, la dijo: -Oye Blanca: mamá me ha dicho que la tuya se pone tanto lujo, por que el señor M. la regala vestidos. -Calla cándida observó otra- si es que la mamá de Blanca no paga a los comerciantes y vive haciendo roña, eso lo dicen todos.

Blanca tornose encendida como la grana, y con la vehemencia propia de su carácter, saltó al cuello de una de las niñas, (de la que dijo que su madre les hacia roña a los comerciantes), y después de darle de cachetes y arrancarle los cabellos, escupiole en el rostro diciéndole: -¡Toma! pobretona, sucia, si vuelves a repetir eso, te he de matar.

Sus amigas la separaron a viva fuerza, y desde ese día fue enemiga acérrima de aquella niña. En cuanto a la que dijo ser el señor M. el que la regalaba los vestidos a su madre, ella no lo encontró tan grave como lo de la roña. Y luego, ¿qué había de malo en que el señor M. que era tan amigo de mamá, le regalara los vestidos? cuando ella fuera grande también había de buscar amigos que la obsequiaran del mismo modo.

En las horas de recreo, y en las muchas robadas a las de estudio, sus amigas referíanle cosas sumamente interesantes. La una decíale, que una hermana suya había roto con su novio por asuntos de familia, y su hermana depique se iba a casar con un viejo muy rico, que le procuraría mucho lujo, y la llevaría al teatro, a los paseos y había de darle también coche propio. ¿Qué importa que sea viejo? Mamá ha dicho que lo principal es el dote, y así cuando el viejo muera se casará con un joven a gusto de ella.

Blanca saboreaba con ansia estos relatos: imaginábase estar ella en lugar de la joven, que había de tener coche propio, y llegar a lucir ricos vestidos en teatros, bailes y fiestas, y ella como la joven en cuestión, decidíase por el viejo con dinero, mejor que por el novio pobre.

Algunas veces estas historietas, venían seguidas de acaloradas discusiones. Muchas niñas opinaban que el joven (con tal que fuera buen mozo) era preferible con su pobreza, al rico, si había de ser viejo. Blanca fue siempre de la opinión contraria. Y a favor de la riqueza del futuro marido, ella argumentaba manifestando todo el caudal de experiencia adquirida en esa vida ficticia, impuesta por las necesidades en completo desequilibrio con las limitadas rentas de la familia: necesidades que para los suyos fueron eterna causa de sinsabores y contrariedades.

Cuando su madre llegaba a conocer algunos de estos precoces juicios de su hija, reía a mandíbulas batientes, y exclamaba: -Sí esta muchacha sabe mucho.

Y no se diga que la madre de Blanca fuera alguna tonta o mentecata, de las que las niñas del colegio clasificaban en el número de las que le deben al santo; no, era una señora muy sensata; pero que por desgracia estaba empapada en ciertas ideas, que la llevaban a pensar como su hija.

Blanca hacía desternillar de risa a sus amigas, cuando subida sobre una silla, remedaba al señor N. el predicador del colegio, que con su acento francés, más que francés patoi, les decía: Es necesario hijitas mías vivir en el santu timur de Dios, porque en el mundo tinemos dimuñios por adentro y dimuñios por afuera. Y luego como el señor N. ella les explicaba a las niñas, que los demonios de adentro eran nuestras malas pasiones y los demonios de afuera, eran las tentaciones del mundo. Jamás Blanca paró mientes en estas tentaciones, y si retuvo las palabras en la memoria, era sólo para costearles la risa a sus compañeras, que no se cansaban de repetir: -No hay quien tenga la gracia de Blanca.

Ella vivía muy contenta en el colegio, sólo si se fastidiaba por las horas tan largas de capilla, a las que también al fin, concluyó por acostumbrarse, y ya ni el cansancio del arrodillamiento, ni la fatiga de espíritu, que antes sintiera, presentáronsele después; pero ¡cosa más rara! acontecíale ahora en la capilla, que la imaginación traviesa y juvenil; emprendía su vuelo, y con abiertas alas, iba a perderse en un mundo de ensueños, de amores, de esperanzas, de todo, menos de cosas que con sus rezos o con la religión se relacionaran. ¿Sería ella víctima de alguno de los dimuñios de que hablaba el Señor N?

¡Vaya! Si parecía en realidad tentación del enemigo: a tal punto, que el monótono murmullo formado por madres y educandas, cuando rezaban como es de uso a media voz, los rosarios y demás oraciones; parecía contribuir a dar mayor impulso a su imaginación, sin que por esto dejara ella de rezar en alta voz. Así adquirió la costumbre de la oración automática, sin el más pequeño vestigio de unción, sin imaginarse jamás, que las oraciones tuvieran otro fin que llenar el templo de ruidos, como podía haberse llenado de otra cosa cualquiera.

La madre de Blanca se asombraba de que su hija, encerrada en el colegio, estuviera tan ilustrada en asuntos que no debiera conocer y diera cuenta de la crónica escandalosa de los salones mejor que ella, que como decían las niñas, vivía en el mundo. Pero aquello no dejaba de tener su fácil explicación. Cada niña relataba de su parte lo que había oído en su casa, y así formaban todas ellas la historia completa de los escándalos sociales.

Eso sí, era un contento ver como al fin de año, salía del colegio cargada de premios y distinciones, que regocijaban a la amorosa madre, imaginándose ver a su hija portento de sabiduría y modelo de buenas costumbres.

Diez años estuvo Blanca en el Colegio. Cuando salió corría el año de 1860, lo que prueba que no fue educada en el nuevo colegio de San Pedro, en el cual, reciben hoy las niñas educación verdaderamente religiosa, moral y muy cumplida.

Su madre no hallándose satisfecha con lo aprendido en el colegio, acudió a un profesor de piano, para que perfeccionara a su hija en el difícil arte de Mozart y Gothchalk, pero bien pronto las invitaciones, las recepciones, las fiestas, las modas, absorbieron todo su tiempo, y se entregó por completo a este género de vida.

Los enamorados de sus lindos ojos, más que los pretendientes de su blanca mano, sucedíanse con gran asombro de las mamás con hijas feas de problemático dote que decían indignadas: -¿Pero qué le encuentran a Blanca Sol? Quitándole la lisura y el di fuerzo, no queda nada: si parece educada entre las cocottas francesas.

Exageraciones y hablillas de mamás envidiosas, y por cierto las únicas envidias y las únicas maledicencias excusables: ellas son hijas del santo amor maternal, que como todos los amores verdaderos, es ciego y apasionado.

Porque, si bien es cierto que Blanca joven vivaracha, picaresca en sus dichos y aguda en sus ocurrencias, tenía toda la desenvoltura de una gran coqueta: distaba mucho entonces de ser el tipo de la cocotte francesa.

La censura se cebaba no sólo en su conducta, sino también hasta en su vestido. Verdad es que ella gustaba mucho llevar trajes de colores fuertes, raros, de formas caprichosas y muchas veces extravagantes; pero siempre se distinguía por el sello de elegancia y buen gusto que imprimía a todas sus galas.

Una cinta, una flor, un tul prendido al pecho, sabía ella darles el chic inimitable de su artístico gusto.

Blanca decía «que se privaba de risa» cuando alguna de sus amigas le imitaba sus modas, «sin agregar nada de su propio cacumen. Y las que eran cursis ¿cuánta risa no le daban a ella? Y estas risas muchas veces fueron imprudentes y estrepitosas, en presencia de la mamá o del hermano de la burlada.

Las ofendidas, que al fin fueron muchas, diéronle el dictado de malcriada y criticona; pero ella despreciaba a las «cándidas» y se alzaba de hombros, con burlona sonrisa. Este modo de ser, le trajo el odio de algunas y la censura de todas.

Decían que Blanca al bajar del coche o al subir el peldaño de una escalera se levantaba con garbo y lisura el vestido para lucir el diminuto pie, y más aún la torneada pantorrilla. ¡Mentira! Blanca se levantaba el vestido para lucir las ricas botas de cabritilla, que por aquella época costaban muy caro, y sólo las usaban las jóvenes a la moda de la más refinada elegancia. Gustaba más excitar la envidia de las mujeres con sus botas de abrocadores con calados, traídas directamente de París, que atraer las miradas de los hombres con sus enanos pies y robustas pantorrillas.

Decían que Blanca, con su descocada coquetería, había de descender, a pesar de su alta alcurnia, hasta las últimas esferas sociales.

Señalaban a un gran señor, dueño de pingüe fortuna, como el favorecido por las caricias de la joven, las cuales, diz que el pagaba con generosas dádivas que llenaban las fastuosas exigencias de la joven y su familia.

A no haber poseído esa fuerza poderosa que da la hermosura, el donaire y la inteligencia, fuerzas suficientes para luchar con la saña envidiosa y la maledicencia cobarde, que de continuo la herían; Banca hubiera caído desquiciada como una estatua para pasar oscurecida y triste al número de las que, con mano severa, la sociedad aleja de su seno.

- II -

No obstante ser esa mujer educada más para la sociedad que para sí misma, no por eso dejó de sentir las atracciones de la naturaleza.

La edad, el instinto y tal vez otras causas desconocidas, fueron levantando lentamente la temperatura ordinaria de su sangre y las ansiedades de su corazón, y al fin tuvo su preferido y su novio.

Fue éste un gallardo joven que brillaba en los salones por su clara inteligencia y su expansivo carácter, por la esbeltez de su cuerpo y la belleza de su fisonomía, por la delicadeza de sus maneras y la elegancia de sus trajes. En su trato con la joven, mostrábale profundo cariño y extremada delicadeza. Como se decía que prosperaba extraordinariamente en sus negocios, Blanca juzgó que era el hombre predestinado para procurarla cuanto ambicionaba y le amó con la decisión y la vehemencia propias de su carácter.

La madre de Blanca demostrábale con frecuencia que una fortuna por formar no vale lo que una fortuna ya formada y trataba de alejarla de sus simpáticos sentimientos, y con gran contentamiento de la madre, la hija fue de esta misma opinión.

Contribuyó no poco en estas positivistas reflexiones de Blanca, el haber visto que la suerte principiaba a serle adversa a su novio; varios de sus negocios que él con mejores esperanzas emprendiera no llegaron a feliz término. En poco tiempo se vio adeudado y enredado en desgraciadas empresas y Blanca informada por él mismo de las dificultades y las luchas que sostenía, en vez de consolarlo y alentarlo, se dio a considerar que si su novio la ofrecía mucho amor, en cambio la ofrecía pocas esperanzas de fortuna.

Estas crueles reflexiones tradujéronse luego en alejamiento y frialdad de parte de ella, y, contribuyeron a perturbar más y más al desgraciado amante que al fin desatendió sus negocios y sufrió considerables pérdidas. Y Blanca que presenciaba las angustias financieras de su familia, llegó a esta fría observación: -El amor puede ser cosa muy sabrosa cuando llega acompañado de lucientes soles de oro; pero amor a secas, sábeme a pan duro con agua tibia. Yo necesito, pues, novio con dinero, y en último caso, tomaré dinero con novio: de otra suerte, con toda mi belleza y mis gracias, iré a desempeñar el papel de oscura ama de llaves.

Y sin más vacilaciones, ni cavilosidades, ella, con la impasibilidad de un Vocal de la Corte Suprema; desahució a su amoroso y antiguo novio, diciéndole que esta su resolución sería inapelable. Tanto más inapelable debía ser, cuanto que, acababa de presentarse un nuevo pretendiente, que lucía un par de millones de soles heredados, que a los ojos de la hermosa Blanca, brillaron con resplandores de seductora felicidad. Este era don Serafín Rubio.

Con tan cruel desengaño, el antiguo y apasionado novio de la joven, se dio a la pena, y en el colmo de su desesperación, fulminó su cólera contra Blanca, con los más hirientes denuestos, y acerbos improperios, llamándola pérfida, traidora, infame, desleal; pero ella, que al tomar esa su firme resolución, había previsto la tempestad; rió desdeñosamente diciendo: -Después de los rayos y los truenos sale el sol color de oro.

Para consolar a su desventurado novio, y quizá también para consolarse a sí misma, un día, golpeándole con gracia y lisura el hombro díjole: -Calla cándido cuando yo sea la esposa de Rubio, podré darte toda la felicidad que hoy ambicionas.

A lo que él, indignado y furioso, habíale contestado: -¡Infame! si yo no hubiera sido caballero, serías hoy mi querida. ¿Recuerdas aquella noche que tú, acompañada de una criada, fuiste loca de amor a buscarme a mis habitaciones? ¿Recuerdas que temiendo que alguien te hubiera visto y mancillara tu honra, no consentí que dieras un paso adelante de la puerta de entrada? ¡Ay! ¿y es así como pagas mi amor, mis sacrificios y toda suerte de consideraciones y respectos...?

Blanca alzose de hombros e hizo -¡Pihst! y acompañando esta especie de silbo con una mueca llena de gracia y coquetería agregó: -Eres un hombre intratable, me pareces un chiquillo de cuatro años. Oye, escúchame: el amor debe acomodarse a las circunstancias, y no tener exigencias feroces, inconsideradas, que concluirán por matar nuestra felicidad.

-¡Ah! -dijo él- yo sólo aspiro, sólo anhelo que cumplas tus compromisos y seas mi esposa.

-Ven, hablemos razonablemente, supongamos que yo cumpliera mi compromiso y fuera tu esposa; crees que pudieras ser feliz, si al día siguiente te vinieran los acreedores, el uno con las cuentas de la modista por dos mil soles, otro con las del florista por quinientos soles, las de Delpí y Lacroix, por más de tres mil soles, las del pulpero de la esquina por quinientos soles, las del...

-¡Calla! calla, tienes una aritmética aterradora -contestó desesperado el novio de Blanca.

Déjame concluir, aún me falta lo principal. Figúrate que al día siguiente, pueden venir a arrojarnos de la casa en que vivimos, que la hemos hipotecado en treinta mil soles, y la sentencia del juez, de remate de la finca, está ya ejecutoriada, y si no se ha cumplido, es porque con los empeños de mamá y los míos, hemos alcanzado por las influencias del señor...

-Está bien no quiero saber más; me basta con lo que me dices -¡Adiós!

-Espera; a ti también te debemos...

-A mí sólo me debes la felicidad que un día me prometiste.

-Sí, te debemos los diez mil soles que...

-Has destrozado mi alma; ¡Ah! infame...!

-Tu deuda será la primera que yo haga pagar por Rubio.

-Nada me debes. Adiós para siempre.

Y el romántico novio de Blanca, salió de la casa resuelto a no volver jamás.

Ella mirándolo con indefinible expresión de amorosa pena y gozosa esperanza, repitió entre recitando y cantando esta linda cuartetilla:

Que las bellas ¡Vive Dios!

por cada cual no las deje

deben sin que las aqueje

en su lugar poner dos.

- III -

Toda esta descarnada relación de las deudas de la casa; era expresión fiel de la verdad. La madre de Blanca y dos tías solteronas con más campanillas que una procesión de pueblo; vivían en fastuoso lujo, sin contar con otra renta que el producto de un pequeño fundo rústico, administrado por un hermano natural de la señora, que muy imprudentemente decía que el tal fundo no le daba a su lujosa hermana ni para los alfileres. Y esta renta que no alcanzaba, según el decir de su administrador, ni para alfileres, debía llenar las exigencias de cuatro mujeres, que no juzgaban factible suprimir uno solo de sus gastos, cual si a mengua tuvieran ajustar su rumboso lujo a sus exiguas entradas, y los préstamos a interés crecido se sucedían uno tras otro, sin llegar jamás a cancelar sus deudas, que de más en más iban creciendo.

Blanca era de las cuatro la más derrochadora y exigente.

Cuando algún acreedor cansado de esperas y evasivas, llamaba a la madre, ante los Tribunales de Justicia; los empeños e influencias de sus amigos, cansaban al reclamante, que al fin érale forzoso conformarse con ofertas, las que Blanca apoyaba diciendo para sí: -Ya me casaré con algún hombre rico, que pague todas nuestras deudas.

Paseos, saraos, banquetes, visitas, todo ese movimiento que forma la atmósfera en que viven y se agitan las personas de cierta posesión social, sucedíanse en casa de Blanca; sin que ninguna de las cuatro mujeres que componían la familia, tuviera en cuenta, que para sostener esta falsa situación necesitaban dinero, mucho dinero. Pero ¡qué hacer! No era posible renunciar a esa vida, que no sólo cuadraba a sus gustos e inclinaciones, si que también contribuía a realzar el lustre de su elevada posición social.

Al fin llegó el novio con dinero, o como Blanca decía, el dinero con novio.

D. Serafín Rubio, que acababa de heredar de su avaro padre un par de millones de soles, adquiridos a fuerza de trabajo y economía; fue la víctima elegida para pagar las deudas de Blanca Sol.

No obstante, fuerza es que paladinamente digamos, que ni sus ambiciosas aspiraciones ni el positivismo de su calculadora inteligencia, fueron parte a acallar las fantasías femeniles de su alma de veinte años.

Empapada en las aristocráticas tradiciones de su orgullosa familia, se daba a pensar y consideraba con profundo disgusto la oscura procedencia de la fortuna de su novio y la no menos oscura procedencia de su nacimiento.

El padre de D. Serafín fue un soldado colombiano del ejército libertador, traído al Perú por el gran Bolívar en su campaña contra la dominación española. Casado en Lima con una mujer del pueblo, llegó a adquirir inmensa fortuna, debida a sus hábitos de economía llevados hasta la avaricia.

Como las alimañas, los avaros tienen pocos hijos: así, el señor Rubio padre, como buen avaro, por no dar mucho, no dio vida a más de un hijo.

Éste fue D. Serafín.

Este nombre algo raro, le vino de amorosa exclamación de su madre, un día que lo vio dormido.

-¡Ah! que lindo es; si parece un serafín, -había dicho la madre.

-Pues se llamará Serafín, contestó el padre.

-Y será un serafín rubio -observó la madre.

He aquí como, un hombre feo de cara, rechoncho de cuerpo, y con más condiciones para llamarse Picio, vino por casual combinación a llamarse, Serafín Rubio.

Entre las encopetadas abuelas de las amigas de Blanca, no faltaban alguna de esas que son como el archivo de un escribano, donde puede irse con avizores ojos a registrar la ilegitimidad de ciertas aristocracias limeñas; y entre estas, decíase que el señor Rubio padre, había allegado su inmensa fortuna, principiando por vender cintas y barajitas eu una tendezuela de la calle de Judíos, en la cual él desempeñaba el triple papel de patrón, dependiente y criado.

Este pasado, si bien podía enorgullecer a un hombro sensato, que viera en él, el trabajo honrado y la austera economía, que nuestras instituciones republicanas enaltecen: no halagaba la vanidad de Blanca, que sólo alcanzaba a encontrarle sabor plebeyo, muy distante de la rancia aristocracia de su elevado linaje.

Pero ¡qué hacer! decía Blanca, no es posible conciliarlo todo, y se daba a pensar que, dinero y aristocracia eran difíciles de hermanar en los difíciles tiempos que a la sazón corrían. Para colmo de infortunios, D. Serafín, era de poca simpática figura.

Rechoncho de cuerpo, de hombros encaramados, como si quisieran sublevarse de verse condenados a llevar una cabeza, que si bien era grande en tamaño, era muy pequeña en su contenido.

Ojos de color indefinible, lo que daba lugar a que Blanca pensara, que si los ojos son espejos del alma, la de D. Serafín debía ser alma incomprensible. Afirmábase más en esta persuasión, al notar en él ciertas anomalías de carácter, que para ella, de poco observadora inteligencia, no pasaron, empero desapercibidas y estas genialidades, ella se contentó con llamarlas «rarezas de D. Serafín». Y sondeando las profundidades del espíritu de su novio, decía como dice el marino después de haber sondeado el Océano: -¡No hay cuidado! puedo aventurarme sin temor.

D. Serafín tenía las vehemencias tímidas, si así puede decirse, del que con la conciencia de su escasa valía, quiere en desagravio, ejercer su derecho de maldecir de los que, con su ineludible superioridad, humillaban, su pobre personalidad.

Y para no dejar incompleto el retrato físico del novio de Blanca, diré que su pelo también como sus ojos de color indefinible, ni negro ni castaño, enderezábase con indómita dureza, dejando descubierta la estrecha frente y el achatado cráneo, signos frenológicos de escaso meollo. Las patillas espesas, duras y ásperas, por haberlas sometido prematuramente a la navaja; cuando el temió ser como su padre, barbilampiño; formaban un marco al rededor de los carrillos, los que, un si es no es mofletudo, se ostentaban rozagantes con su color ligeramente encendido, lo que, sin disputa, denotaba la buena salud y el temperamento sanguíneo de D. Serafín.

La nariz ni grande ni pequeña, eso sí un tantico carnosa y colorada, diríase por lo poco artístico de sus líneas, colocada allí tan sólo para desempeñar el sentido del olfato.

Su voz tenía modulaciones atipladas, y algunas veces fuera de la gamma de toda entonación natural: esto sólo cuando la cólera u otra pasión violenta lo acometía con inusitado ímpetu.

Sus manos, aunque siempre mal cuidadas, eran finas, denotando, que si su sangre no era azul, su educación había corregido los defectos de su nacimiento.

Pero de todas estas incorrecciones, ninguna disgustaba tanto a Blanca, como la pequeña estatura de D. Serafín. Ella era de la misma opinión de Arsene Houssaye, que dice, que al apoyarse una mujer en su amante debe poder él besarla en la frente, pero ¡oh desgracia! D. Serafín al lado de Blanca, apenas si alcanzaba a besarla en la punta de la nariz.

En sus horas de dulce fantasear, cuando dejaba correr su imaginación por los dorados horizontes de lo porvenir; Blanca miraba con cierta amargura esos defectos, que por desgracia, no alcanzaban a desaparecer, ni en los momentos en que ella se sentía más deslumbradora por los resplandores del oro.

Cuando hablaba de esto, ocultaba su disgusto, diciendo con chispeante gracia, que su novio era una letra de cambio mal escrita; pero con buena firma.

Blanca a pesar de sus muchos defectos, sabía conquistarse simpatías por su carácter de ordinario alegre, muchas veces dulce compasivo; también era decidora, locuaz, expansiva, llena de chispa, por más que no siempre fuera la chispa del ingenio que alumbra sin quemar y corrige sin herir. Sus amigos, aun aquellos que eran blanco de sus sátiras, perdonábanle esa flagelación de sus palabras y conceptos, en gracia de su donairosa chispa y gracejo en el decir.

Cuando sus cálculos, ni lo apremiante de sus deudas aún no la habían llevado hasta la temeraria resolución de hacer del mísero D. Serafín, el objetivo de sus ambiciones de mujer a la moda; fue él la víctima hacia donde ella dirigió sus más hirientes y amargas sátiras.

Decía que D. Serafín, era como los camarones: feo, chiquito, colorado, pero rico.

No sabremos decir, si por haber oído o por haber leído la «Fisiología del matrimonio» de Balzac, decía que D. Serafín pertenecería algún día, al número de los predestinados, que como los santos pintados, merecía llevar una aureola, la cual sin duda se la imaginaba que debía ser de algo tan feo, que no se atrevía a mencionar. Decía que los méritos de D. Serafín, debían valorizarse con relación a sus escudos y no a su persona.

Más de una vez estas sátiras, llegaron a oídos de su rendido y amoroso pretendiente; sin que él se atreviera a darles otra contestación, que la socarrona sonrisa del que dice: -Necesito soportarlo todo.

Es que D. Serafín, si bien era lerdo de inteligencia y obtuso de ingenio; tenía en cambio la lengua ligera, aguda, hiriente, como la de las víboras, y hubiera podido devolver estas sátiras, sino con la misma agudeza y gracejo, con mucha mayor cantidad de ponzoña.

Pero el jamás se dio por aludido y soportó los dardos de las sátiras de Blanca, esperando herirla, a su vez, con los dardos de Cupido.

D. Serafín poseía ese cálculo frío, esa mirada certera, y esa inexplicable sensatez del hombre de escasa imaginación y tranquilas pasiones, que casi siempre acierta, con mejor tino, que el hombre de verdadero talento.

Y discurriendo cuerdamente pensó, que Cupido podía herir mejor con posadas flechas de oro que con las flexibles y agudas flechas, que de antiguo ha usado.

Después de tan sólido raciocinio, abrió sus arcas, y principió por pagar todas las deudas contraídas por Blanca por su madre y las dos tías.

Decían las malas lenguas que también había pagado los diez mil soles que Blanca, fue en deber a su novio, pero los que conocían el carácter caballeroso del joven, dudaban de que él aceptara la devolución de dineros, que jamás ningún hombre delicado puede aceptar.

Cuando llegaba el cumpleaños de la madre, o de alguna de las solteronas tías de Blanca. D. Serafín se portaba a lo príncipe; y los ricos pendientes y los magníficos anillos de brillantes, ocultos en gigantescos ramos de flores, eran los presentes con que él daba testimonio de su buena amistad.

Las encopetadas solteronas, que se daban humos de ser delicadas como la sensitiva y puras como azucenas, no dejaban de hacer sus melindres y andarse en repulgos para recibir tan valiosos regalos; pero parece que consultaron el asunto como caso de conciencia, con persona de respeto y autoridad. Y este sabio consejero díjoles que, puesto que las pretensiones del señor Rubio eran honradas y se encaminaban al santo matrimonio, sus regalos no podían empañar la excelsa y mirífica personalidad, de tan encumbradas señoras; que por ende, debían titularse ya tías del joven pretendiente. No obstante de que este razonamiento llevaba trazas de ser un sofisma; las pudibundas tías de Blanca, aceptáronlo y tranquilizada su conciencia, no tuvieron ya reparos en recibir los valiosos obsequios de D. Serafín.

De esta suerte, la especulación llevada hasta el más innoble tráfico, fue puesta en juego por la madre, las tías, y más aún, por la misma Blanca.