Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Helena es una leyenda: su generación construyó las grandes revistas de moda, y lo hizo con talento, inteligencia y estilo. Pero ahora, como a cualquier persona mayor de treinta años, la consideran vieja: una reliquia sin nada que hacer en un mundo de publicaciones digitales, blogs, influencers, hashtags y likes. Su salida intempestiva de la principal editorial de revistas de México obliga a Helena a reinventarse y producir Étui, una original y revolucionaria propuesta que hace cimbrar al mundo del periodismo de moda. En la nueva revista aparece la demoledora columna "Bloggerfucker", que desenmascara a los charlatanes del mundo de las redes sociales y los blogs. Entonces se termina el idilio: los personajes retratados en "Bloggerfucker", uno a uno, empiezan a sufrir violentos accidentes. Y el frívolo mundo del periodismo de la moda se enfrenta a un misterio capital: ¿se trata de una extraña casualidad? ¿O alguno de los varios sospechosos está atacando a los influencers del momento? En su primera novela, Antonio González de Cosío presenta una sátira de humor cruel sobre el mundo digital, la ambición y el conflicto generacional.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 533
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
A Marc, como siempre, por ser mi valor
y mi medicina, mi esperanza y mi fuerza.
A Lucy Lara y a todas las directoras y editoras
con quienes he compartido mi vida editorial:
Helena es un poco de todas ustedes.
A Lulú y Lucila, mis hermanas,
por su amor que trasciende océanos.
A Rogelio, Pablo y Rosy, de mi casa Océano,
por volver a creer.
A Karl, Liza y Noor, mis gatos, que en esta pandemia
—y siempre— me han salvado de enloquecer.
Prefacio
Prefería salir del trabajo tarde por dos cosas: el tráfico era menos caótico y los chismosos de la oficina se habían marchado ya en el autobús de la compañía. No: no tenía por qué ocultar su Mercedes último modelo —regalo de su madre al graduarse con honores en la universidad—, pero no le apetecía dar explicaciones de su vida a nadie, y menos a la gente que adoraba prejuzgar. ¿Cómo era posible que alguien que entraba a hacer prácticas no remuneradas a una empresa pudiera tener un coche como ése?
Con pesadez, se dejó caer en el asiento que despidió un familiar aroma a piel. Arrancó y salió suavemente del estacionamiento. Conducir siempre le había relajado y paulatinamente comenzó a sentirse mejor. Aceleró y sintió el ronroneo del Mercedes, envolvente, reconfortante. Había tenido un día pesadísimo en la oficina: a la gente de abajo siempre se le carga más la mano. Ni hablar: así lo había querido. “Quiero forjarme una carrera con mi propio esfuerzo y no por dedazos, mamá”, dijo contundente cuando Irma insistió en llamar a un amigo que trabajaba en el gabinete presidencial y le debía muchos favores. “Ya te dije que no, no insistas. Y mucho menos quiero deber nada a nadie de ese círculo: con ellos los favores se pagan con sangre. Déjalo por favor, mamá. Déjalo ya.” Irma no tuvo entonces más remedio que mantenerse al margen.
Poco a poco, la contaminación luminosa y acústica de la gran ciudad comenzó a quedar atrás. Al frente, la línea de asfalto de la carretera parecía correr también y le hacía sentir que tenía los mismos deseos de llegar a casa. Encendió el radio para sentir algo de compañía. …la cantante inglesa Dido nos acaricia los sentidos con “Thank you”, melodía que se desprende de su primer álbum y que se ha vuelto el gran éxito de este 2001 y que seguramente…
—Qué flojera —dijo mientras introducía en el estéreo The Joshua Tree de U2. Así, con Bono como compañía y una carretera casi vacía, el camino a casa se le hizo, si no más corto, sí más ameno. Al llegar a la pequeña villa privada en lo alto de la colina, desde donde la vista distante de la ciudad era un verdadero espectáculo, se detuvo un momento en la caseta de vigilancia donde el guardia, con un gesto amable, le abría el portón de entrada. Llegó a la puerta de su casa y dudó si meter el coche al garaje o no. Recordó que al día siguiente tenía que irse muy temprano, así que cerró la portezuela y, con un gesto al aire, decidió dejarlo fuera. Al fin y al cabo, aquí nunca pasaba nada.
“¡Mamá!”, gritó nada más entrar. La casa estaba medio a oscuras. Lucrecia, la asistenta, salió de la cocina a su encuentro. “¿Mi mamá ya cenó?”, le preguntó. Ella dijo que no, que su madre se sentía cansada y se había ido a su habitación hacía ya bastante rato. “Mejor, así ceno con ella”, y subió a buscarla. En la escalera, se detuvo ante una caca de perro y maldijo a Milo, el pomerano de su madre. “Puto perro”, dijo, mientras se sacaba el zapato y se dirigía al baño de invitados para dejarlo en el lavamanos.
Con un solo zapato continuó el trayecto al cuarto de su madre.
—Madre, de verdad tienes que educar a ese perro. Se caga todo el tiempo dentro de la casa. ¿Cuántas alfombras más vamos a cambiar? Digo, si no tuviera dónde pasear… pero con tantos kilómetros de jardín allá afuera, es imperdonable… ¿Madre? —preguntó al no escuchar ruido en la habitación completamente oscura.
Fue hasta el apagador y, poco a poco, comenzó a subir el dimmer de la luz. Arrugó la nariz ante los olores mezclados de los muebles viejos, cera de pulir y el Shalimar de su madre. Era un aroma familiarmente chocante. No obstante, se percibía en el aire algo más, pero su cerebro no pudo relacionarlo con nada en ese momento. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, vio a Irma recostada en la cama, al fondo del enorme dormitorio. Con cautela, para no sobresaltarla, se fue acercando.
—Mamá, ya llegué. ¿Quieres que cenemos algo?
Pero no hubo respuesta. Se acercó un poco más y vio que Irma estaba completamente vestida. Y muy bien vestida. Los minúsculos cristales entramados en el tweed de su nuevo traje blanco y negro de Alta Costura de Chanel, al reflejar la suave luz, brillaban de tal forma que parecían danzar al ritmo de la mustia melodía de una cajita de música. Reparó en las suelas limpias de sus zapatos de tacón nuevos. Habían vuelto de viaje apenas la semana anterior e Irma había traído de Europa una docena de maletas llenas de ropa y joyas que moría por estrenar. Dio un paso más, con sigilo. Su madre sufría de los nervios y se asustaba de todo. La misma luz que hacía bailar los destellos del traje ahora incendiaba las joyas de diamantes que llevaba en el pecho y las manos.
—Mamá… ¿ibas a salir? Te quedaste dormida como las ancianas —dijo con una risilla de complicidad. Pero al acercarse y moverla suavemente por el hombro, notó algo extraño. Su rostro no se distinguía bien. Como Irma odiaba la luz directa —de ahí los dimmers—, la única iluminación cercana a la cabecera de la cama la daba su lámpara de buró.
Se aproximó a encenderla y con su único pie descalzo pisó algo viscoso en el suelo. Vómito. Un latigazo frío le bajó de la cabeza a los pies.
—¡Mamá! —repitió sacudiéndola con pánico—. ¡Mamá! ¿Te sientes mal? —dijo dándole ligeros golpes en la cara para reanimarla. Un poco de vómito brotó por la boca. A su lado, en la cama, tres frascos de Rivotril yacían completamente vacíos. Uno más, empuñado en su enjoyada mano, estaba también vacío. Irma, esa tarde, había decidido vestirse de alta costura para quitarse la vida.
1
Baja los pies de mi escritorio
Helena Cortez salió del salón de conferencias de la universidad con paso veloz. Sólo agitó un par de veces la mano al escuchar algunos “hasta luego” y “bye” a sus espaldas. Ya en la puerta que daba a la calle, sacó sus gafas oversized de Lanvin —sus favoritas, qué pena que ya no las hagan más, pensaba— y las puso rauda en su rostro para buscar de inmediato el teléfono y llamar a su chofer. “Víctor, ya salí”, dijo mientras caminaba hacia la calle, tropezando accidentalmente con una chica que pasaba por ahí. Se disculpó con un casi imperceptible movimiento de cabeza, recibiendo como respuesta una mueca de la joven. Ya fuera, mientras esperaba, miró a su alrededor. El día estaba soleado y los estudiantes, vestidos con camisetas y jeans, reían estridentes e iban de un lado a otro con sus vasos desechables de café. Helena siempre había detestado la idea de comer y caminar… o comer en público. Quizá lo más cercano a ello era cuando lo hacía en el jardín o terraza de alguno de sus restaurantes favoritos. Y por supuesto que del café servido en una mesa con vistas a Central Park en Nueva York a ir corriendo con un vasito de Starbucks, había un mar de diferencia. Sí: Helena era esnob, pero no por pose o por mamonería, sino porque siempre había tenido muy claro lo que quería en la vida, y justo eso fue lo que la llevó a la posición que tenía ahora. Era una de las mujeres más respetadas de la moda en todo el país y reconocida en el mundo por sus críticos —pero siempre constructivos— puntos de vista sobre el tema.
Y sí: ahí paradita con su traje sastre, su bolsa de Hermès que costaba lo mismo que un coche compacto y sus zapatos de charol de vertiginoso tacón de aguja, se sintió por un momento fuera de lugar. Una mujer como ella en un sitio así sólo podía significar dos cosas: que era la madre de un alumno o una profesora. Y no. A la maternidad se negó por años y cuando decidió que ya estaba lista, las cosas no fueron como hubiera querido: buscó la fertilización in vitro —no tenía entonces pareja con la que valiera la pena tener un hijo de la manera tradicional— y tras varios intentos fallidos, abandonó el proyecto sin rencor ni resentimiento. Tomó su fracaso como madre exactamente igual que todos los tropiezos en su vida: como oportunidad, no como derrota. Sin progenie, no tuvo remordimiento alguno para dedicarse por completo a su trabajo. Con el mundo como está, quizá sea lo mejor, se decía para consolarse cuando la punzada de la maternidad no lograda la lastimaba de cuando en cuando.
Lo segundo, ser profesora, tampoco fue lo suyo. Al inicio de su carrera impartió clases de periodismo, pero al muy poco tiempo se dio cuenta de que no quería hablar de él, sino ejercerlo, y eso justamente había venido haciendo por casi cuarenta años. Uf. Cuarenta. No le pesaban, pero sí los sentía. Cuántas revistas no había editado, cuántas historias de moda no había producido, cuántos Fashion Weeks no había cubierto de principio a fin. Alguien que pasaba a su lado fumando le echó, sin verla, una bocanada de humo. Agitó la mano para esparcirlo, aunque más bien, el gesto le sirvió para espantar sus pensamientos nostálgicos. ¡Ay, cómo odiaba la nostalgia! En eso no podía estar más de acuerdo con Lagerfeld. “La nostalgia —dijo Helena en una entrevista para la televisión— es tan inútil como unos zapatos que te quedan chicos: no te llevan a ninguna parte más que a lamentar tu presente.” Pero al igual que los malos pensamientos, la nostalgia era inevitable; no obstante, su inquebrantable orgullo se encargaba siempre de devolverla de golpe al presente. Al jodido presente.
Ésa era la razón de su presencia en aquel sitio: estaba tomando un máster en comunicación digital donde no sólo debía aprender a mejorar sus skills en social media (mandato de su jefe), sino que tenía que averiguar —y luego entender— hacia dónde diablos se estaba dirigiendo esta vorágine virtual que asestaba golpes, cada vez más mortales, a la industria editorial. Veía las nuevas formas de comunicación digital como un Godzilla que, alimentado de ignorancia y deseo de fama, arrasaba todo a su paso. Incluso lo que a gente como ella le había costado tanto tiempo y trabajo construir.
Antaño, su cabeza estaba poblada con expresiones como “couture”, “acabados de la prenda”, “esta colección es brillante y osada por…”, “exclusividad”, “lujo” y, por supuesto, con toda la jerga editorial que era su lenguaje del día a día. Ahora, términos como “likes”, “loops”, “instagramers”, “trolls”, “haters”, “hashtags”, “tiktokers” o “youtubers” parecían ocupar mucho más su atención que su gusto.
Levantó la mirada tratando de ver si Víctor llegaba. Estaba haciendo un calor infernal y detestaba sudar porque era pésimo para su cabello. Era tan amante del look retro en los peinados, que variaba su corte de tanto en tanto replicando estilos de los años cincuenta y sesenta, que le daban un aire muy sofisticado sin necesidad de trabajar mucho en ello: sólo un poquito de secadora y plancha y listo. Ahora llevaba un corte muy a lo Elizabeth Taylor en sus años mozos que acompañado de su eterno fucsia en los labios la hacían sentirse una celebridad… como las que ya no había.
Con un rechinido de llantas, que hizo que varios estudiantes lo miraran, Víctor se estacionó justo enfrente y corrió a ayudarla a cargar el maletín de la computadora. Ella, remilgada, con un ademán de la mano le hizo entender que no era necesario y sola abrió la portezuela posterior del coche. Víctor sintió las gotas de sudor correr por su frente y no por el calor, sino de nervios. Sabía que a su jefa no le gustaba esperar en la calle.
Con un movimiento pronto y grácil, ocupó el asiento posterior. Se dejó llevar por un instante por el paradisiaco relax que le ofrecía el aire acondicionado. Víctor la miró por el espejo retrovisor y respiró aliviado: no lo iba a reñir por no llegar a tiempo. Aunque ya le había dicho que encontrar lugar para estacionarse cerca de la universidad era casi imposible, ella era más partidaria de que Víctor resolviera problemas, no de que le diera más de los que ya tenía. O sea: no había excusa que valiera. Así que trataba de ser lo más eficiente posible, aunque tuviera que hacer malabares para cumplir las peticiones de su jefa. ¿Le tenía miedo? Por supuesto, pero también un gran cariño porque a pesar de ser dura, nunca dejaba de ser humana. Él y su esposa la apodaban “la Ostra”, porque a pesar de tener un exterior tan duro, por dentro era blandita y hasta solía tener una perla de cuando en cuando. Volvió a mirarla por el retrovisor; se había quedado dormida.
Esta calma no duraría sino un par de minutos, porque su teléfono empezó a sonar de nuevo. Ignoró las dieciséis llamadas perdidas que tuvo durante la clase —ése fue el acuerdo con su jefe, desconectarse para involucrarse más con el curso—, pero una vez fuera del salón volvía a ser esclava de la editorial. Aunque la verdad es que le encantaba. No en lo profundo, sino en la superficie. Dudó un momento antes de contestar. Era impresionante la cantidad de pensamientos fatales que le venían a la cabeza entre un tono de llamada y otro. Pensó que no habían autorizado la foto para la portada del próximo número (o que Vogue se la había ganado de nuevo), temió que algo hubiera sucedido en el shooting que estaban haciendo con Salma Hayek en Miami. “Más merezco por haber puesto a cargo al inútil de Gerardo”, se dijo en una anticipación fatalista a los hechos.
—Diga —exclamó con un golpe de aire.
—¡Buenos días, Helena! —dijo Carmen.
Ella era la asistente perfecta, no sólo porque estaba siempre de buen humor, sino porque tenía una piel tan gruesa que trabajar en una revista tan caótica y complicada como Couture no le hacía mella alguna.
—Carmen, cariño, estaba en el bendito curso. No podía responder.
—No fui yo, Helena. Te están buscando de la dirección general. Parece que Adolfo necesita hablarte de algo.
—¿Sabes de qué?
—No, la pesada de su secretaria no me quiso decir nada. Pero creo que tiene que ver con tu viaje a París.
—Pues quizá sea eso. El cabrón querrá recortarme los gastos. A este paso voy a tener que hospedarme en un albergue. ¿Por qué piensan que vamos de vacaciones? Cuando voy a los desfiles trabajo hasta catorce horas diarias. En fin, qué te voy a contar a ti que ya lo sabes todo. Transfiéreme por favor con su asistente, a ver qué quiere.
Después de la exasperante musiquita del hold, escuchó el aún más exasperante tono de voz de la secretaria de Adolfo.
—Hola, Helena, llevo marcándote toda la mañana.
—Adolfo sabe que estoy en el curso y que no tomo llamadas— dijo con la intención de ponerla en su lugar. Después de un cortísimo silencio incómodo y un extraño balbuceo, sólo le dijo—: El señor Narváez te quiere ver a las cinco.
—¿Sabes para qué?
—No, Helena. Nunca pregunto. No me gusta meterme en lo que no me atañe…
—Perfecto entonces— dijo cortándola antes de que continuara—. Dile que ahí lo veo —y terminó la llamada—. No me gusta meterme en lo que no me atañe —la imitó con voz gangosa—. Excepto cuando se trata de tapar sus aventuras con las becarias o tiene que sacarlo a escondidas de la editorial por ir ahogado de borracho. Ahí sí que se mete, la muy imbécil —agregó con una sonrisa cínica. Víctor le dedicó una mirada de complicidad a través del retrovisor. ¡Cuántas cosas no había escuchado a lo largo de los diez años que tenía trabajando con ella! Pero sabía que Helena lo consideraba una persona discreta. Y salvo a su mujer, que adoraba oír historias terribles de famosos, Víctor jamás repitió nada de lo que oía en ese coche o en la oficina de su jefa.
Llegaron a la puerta de la editorial Alfa-Omega —AO, en la jerga del gremio— y Helena bajó del coche con premura. Le pidió a Víctor que la recogiera a las siete. Caminó rauda por los pasillos, y el tic tic de sus tacones, su perfume y ella toda hacían girar cabezas a su alrededor. Helena era tan admirada como temida, y muchos ya sabían que, de acuerdo con el ritmo de sus taconeos, podían hacerle conversación o sólo saludarla. En esta ocasión, sus zapatos anunciaban que no estaba de humor para charlas, de modo que la gente sólo la saludaba a su paso, y ella respondía, educada. Nada más. Vio que Carmen no estaba en su escritorio y se encaminó directo a su oficina; al entrar, se encontró con una imagen que la hizo sentir como si le arrancaran todos los vellos del cuerpo al mismo tiempo. Pintándose las uñas de los pies y apoyada en un libro de colección de Chanel —con dedicatoria a ella por parte del mismísimo Karl— estaba Claudine, la blogger recién nombrada directora de moda on line de la revista, sentada ante su escritorio mientras hablaba por teléfono a través del speaker. Tragándose todo lo que le hubiera gustado decirle, o más bien hacerle, se acercó suavemente hasta ella.
—Claudia, ¿crees que éste es el sitio más adecuado para hacer eso?
Claudine, sorprendida al no haberla sentido llegar, bajó de golpe los pies del escritorio llevándose con ellos el libro, el barniz de uñas y, por si fuera poco, un vaso de café. Para su suerte —y la mala de Helena— vio cómo todo el café que le había caído encima resbaló por su falda de vinilo de Raf Simons y escurrió hasta el tapete beige, que lo absorbió rápidamente. Se echó atrás un mechón de su cabellera rubia y entonces se percató de lo que Helena estaba viendo: el frasco del barniz de uñas había ido a parar justo encima del libro de Chanel.
—Dios mío —dijo mortificada—. Perdóname, Helena. Yo te pago el libro.
Fúrica, Helena recogió del suelo su ejemplar manchado con un salpicón de color carmesí que parecía sangre. Ya le hubiera gustado a ella que lo fuera: la de Claudine.
—No, Claudia, no puedes pagarlo. Este libro no tiene precio. Me lo regaló Lagerfeld hace diez años cuando lo presentaron en París. Creo —dijo mientras ponía el libro en un lugar seco— que deberías irte a tu lugar ahora mismo. Y llévate tus zapatos —agregó mientras los apartaba de su camino, asqueada, con la punta de sus stilettos Valentino. Claudine tomó sus zapatos y corrió al baño. Helena sintió que se le revolvía el estómago, no sabía si de la furia o por el hedor a acetona mezclado con el café que había quedado en el ambiente. En su escritorio, gotas de café y esmalte habían ido a parar a documentos por firmar, algunas de las páginas por aprobar de la revista y su estuche de bolígrafos de piel de Montblanc. Qué mujer más pendeja, se decía para sus adentros. Al intentar sentarse, su disgusto subió al siguiente nivel: el chal de cashmere que había dejado el día anterior estaba en su silla… lleno de café.
Carmen, que había mirado toda la escena desde fuera, entró a la oficina de su jefa para ayudarla a limpiar el desastre que la otra había causado.
—Debe de estar llorando en el baño. Esta niña llora por todo —dijo Carmen.
—Perfecto, que llore ahí donde yo no la vea. No soporto las lágrimas fáciles de las mujeres.
Helena estaba desencajada. Hacía mucho que Carmen no la veía tan enfurecida. A pesar de que el “mito de Helena” era el de una mujer dura y mal encarada, sabía que su jefa era una mujer firme, pero rara vez colérica. De hecho sonreía más de lo que se enojaba, pero eso no era lo que la gente identificaba en ella. Le dedicó una mirada no de compasión, sino de solidaridad: que la babosa esa la hiciera enojar era lo único que le faltaba después de la temporadita que estaba teniendo con todos los cambios en AO. La ayudó a limpiar lo que pudo y arregló el escritorio.
—¿Por qué la conservas si es tan inútil, Helena? Además de que no sabe nada de nada, tiene una actitud repelente la chica. Nadie la soporta, nadie quiere trabajar con ella. No tiene idea de moda: todo se lo escriben las becarias. Y encima, cuando tú no estás, siente que es la jefa y maltrata a todos los que no considera “a su altura”.
—Pero ¿qué altura? —dijo Helena—. Esta niña no tiene educación. Tiene mucho dinero, pero clase, ninguna. Mira que pintarse las uñas de los pies en mi escritorio…
—Quise impedírselo, pero me dijo que tenía que hacer una llamada en privado. Y hasta me ordenó que fuera a comprarle un café.
—No lo habrás hecho, ¿verdad?
—No, hasta ahí podíamos llegar.
—Tienes razón, no sé por qué la conservo. Sí es muy hábil con las redes sociales y tiene impoluta la página web. Pero me pregunto si no estoy pagando un precio demasiado alto.
Helena trató de concentrarse y ponerse a trabajar. No pasó mucho tiempo cuando una Claudine con los ojos hinchados y maquillaje retocado tocó la puerta de su oficina.
—¿Puedo pasar, Helena?
Helena alzó la mirada y, con resignación, asintió. Sin cerrar la puerta, Claudine se sentó frente a ella, quien la miraba atenta en espera de cualquier disculpa hueca.
—Helena, me gustaría decirte algo que he venido pensando desde hace mucho…
—Me alegra saber que piensas —dijo, mirándola fijamente.
Pero Claudine ni siquiera se dio por aludida y continuó con su perpetuo monólogo. No sabía escuchar y, quizá por ello, no se enteraba de la mitad de las cosas que le contaban su novio, su padre… o sus jefes. En su mente, ella tenía una idea clara de las cosas y parecía que sólo escuchaba aquello que le fuera útil para apuntalar sus argumentos. Así que continuó.
—… y creo que necesito tener mi propia oficina. Privada. No me siento cómoda en un escritorio junto a todo el mundo. No puedo hacer bien mi trabajo si me siento una del montón.
Helena sintió cómo su cara ardía mientras clavaba las uñas en los descansabrazos de su silla. Sus labios se iban apretando de tal manera que su boca se convirtió en una línea tensa de color fucsia. Su rostro se transformaba segundo a segundo al escuchar las palabras de Claudine. ¿Se estaba burlando de ella? ¿Ésta era su forma de disculparse?
—Lo que pasó hoy —continuó Claudine— se pudo haber evitado si yo tuviera una oficina.
Ya con el rostro en un rictus, Helena tomó una larga respiración para no perder el control, pero no sabía por cuánto tiempo más podía permanecer ecuánime.
—Claudia…
—Claudine. Me llamo Claudine.
—No: te llamas Claudia. Claudia Refugio Mendoza. Recuerda que yo te contraté, en mala hora. No eres Claudine Cole. Tu nombre, tu talento y tu visión editorial son una invención tuya. Nada de lo que viniste a ofrecer aquí es verdad. Es un cuento: para eso eres buena, para inventar historias. Ni siquiera para escribirlas.
—Bueno, ésa es tu opinión —dijo Claudine envalentonada—, y hoy día los jóvenes tenemos derecho a decir lo que…
—En este momento, tu único derecho es a guardar silencio. Ya dijiste lo que tenías que decir. En lugar de disculparte por hacer mal uso de mi oficina, subir tus pezuñas en mi escritorio y dañar irreparablemente un objeto muy preciado para mí, vienes a decirme, encima, que la culpa de todo esto es mía por no darte una oficina. ¿Te das cuenta del tamaño inmenso de esta estupidez?
Una ráfaga de aire que entró por la ventana cerró de golpe la puerta de la oficina e hizo que Claudine pegara un rebote, pero Helena no se dio por enterada. Su enojo era tan grande que podía ser ella quien estuviera produciendo la tempestad. Permitió que Carmen entrara a cerrar los ventanales, pero quizás era ya muy tarde: el huracán ya estaba dentro. Fueron sus palabras, su expresión, el susto por el portazo —o todo junto— lo que causó que Claudine rompiera a llorar de nuevo y su maquillaje, lo mismo que la paciencia de Helena, comenzó a diluirse de nuevo.
—Claudia, actúa como profesional, por amor de Dios. No soy tu madre para conmoverme por un par de lágrimas. Menos cuando son el arma de una chica inmadura para salirse con la suya. Te pagamos un sueldo para que te comportes como adulta. Deja de llorar y componte o sal de aquí de inmediato.
Con fastidio, Helena observaba cómo Claudine trataba de respirar profundo para parar el llanto. ¡Dios! ¿En qué momento se había convertido su redacción en un jodido high school? ¿Dónde habían quedado los subordinados que temían y obedecían a los jefes? La miró secarse las lágrimas negras por el delineador y hasta pudo reconocer que hacía un intento por recomponerse, pero en ese momento no tenía tiempo para trabajar con gente que hiciera el intento de algo: necesitaba resolución. Y retomó la charla.
—No, no voy a darte una oficina, Claudia. No te la mereces: no sabes trabajar en equipo, no te has ganado el aprecio de nadie…
—No vengo aquí a hacer amigos —dijo Claudine, recompuesta.
—Pero tampoco enemigos, y ya tienes a toda la redacción en tu contra. No eres amable ni educada.
—¡Por supuesto que soy educada! —dijo aguantando un sollozo—. Estudié en Nueva York. Me dio clases Galliano. Quisiera ver quién de todos ellos tiene eso en su currículum.
—Lo importante —apuntó Helena— no son las escuelas por las que has pasado, sino las que han pasado por ti. Claudia, eres una chica ambiciosa, te informas a profundidad cuando algo te interesa. Tienes un puesto que ya hubiéramos querido muchas a tu edad. ¡Aprovecha la oportunidad! Aprende a escribir, aprende de tus compañeros, que tienen una gran experiencia en lo que hacen, llevan años trabajando en la moda.
Claudine miraba al suelo y agitó la cabeza varias veces, asintiendo. Levantó la mirada y, con esos ojos que parecían un manchón de acuarela, la vio fijamente. Suspiró y se puso de pie con decisión.
—Voy a intentarlo.
—No: vas a hacerlo. Vas a demostrarme que tuve razón al contratarte. Vas a hacer tu trabajo. No hay de otra.
—Y si lo hago —dijo de pie antes de salir de la oficina de Helena—, ¿me darías una oficina?
—No, cariño: si lo haces, probablemente conserves tu trabajo.
2
Vieja cabrona
Anciana ridícula. ¿Quién se habrá creído que es? Sabrá mucho de moda pero a su edad ya tendría que estar en un asilo y dejar que las nuevas generaciones hagamos lo que tenemos que hacer. Pero no, ya no quiero llorar otra vez, se dijo Claudine, tomando una gran bocanada de aire. No voy a darle el gusto a esta panda de mugrosos que no me quitan la vista de encima y esperan que me quiebre para reírse de mí otra vez. Pero ya me reiré yo de ellos cuando se larguen en su camioncito que huele a sobaco. ¡Qué puto asco! Bajó la mirada y vio sus uñas a medio pintar. Suspiró. ¡No puedo ir a la cena de Dior con sandalias y estas uñas!, se dijo.
De hecho, Claudine solía decirse muchas cosas. No conocía a nadie que la escuchara mejor. Y volvió al ataque: ¿Qué pretendía, que me pintara las uñas en el baño hediondo? Qué. Puto. Asco. Para pescar un hongo o hasta algo venéreo. No me quito los zapatos ahí ni aunque me paguen. Y luego, tanta pinche intensidad con su librito meado de Chanel. “¡Mi li firmí Liguirfild!” A quién le importa esa momia absurda. ¡Siempre hizo los mismos trajecitos de tweed de hueva! Sólo le gusta a las viejitas como Helena. Qué ganas tengo de que estos viejos que creen saberlo todo se retiren de una puta vez y dejen que las cosas progresen ya. Son un freno a lo cool.
A veces, pequeñas partes de su charla cerebral consigo misma se le escapaban por la boca y los compañeros que estaban alrededor de ella se reían al escucharla. “La Virgen le habla”, dijo Gerardo, el editor de moda, y provocó una atronadora carcajada a su alrededor. Su escritorio se hallaba en medio del de dos becarios de quienes no sabía ni sus nombres. Frente a ella estaba Gerardo, con quien se llevaba peor que con nadie más, porque parecía que el chico disfrutaba poniendo en evidencia su ignorancia acerca de la industria. “A nadie le importa la moda de museo, lo importante es el presente”, le espetaba cada vez que ella no conocía a un diseñador del que estaban hablando. Al lado de Gerardo estaba Carmen, quien Claudine sentía que la espiaba todo el tiempo para luego ir a contarle a Helena lo que hacía. A la gente de alrededor ni la veía ni la oía, por ende, no sabía qué demonios hacía en la revista. Pero era distraída para lo que le convenía, para lo que sentía que no le era útil en la vida. Para otras cosas, era una mujer multitask: podía tener una intensa charla consigo misma y al mismo tiempo ser eficientísima en las redes sociales.
Tomó su celular y abrió su Instagram. En ese momento, la bronca con Helena ya no existía: ahora sus ojos viajaban ávidos por sus redes. De pronto, algo que vio la hizo enfocarse, como sucedía pocas veces, en una sola cosa: la foto que se había tomado la noche anterior con David Beckham durante el lanzamiento de su nueva línea de perfumes tenía casi ochocientos mil likes. Se acercó a la pantalla para mirar bien: no eran ocho mil, ni ochenta mil. Eran ochocientos mil. Comenzó a hurgar un poco y se dio cuenta de que el mismo Beckham había reposteado la foto en su Instagram: “Having a tremendous night in Mexico with the #editorinchef of @couturemagazine, the gorgeous @claudiacole #mexico #bekhamfragrances #hotmexicanwomen”.
—¡No! ¿En serio? —dijo con un inconmensurable alargamiento de la última “o”. Sí: Claudine se había sacado el jackpot de los influencers: que una celebridad real le diera like y, además, reposteara su foto. Y eso que al principio no había querido fotografiarse con él: “Ya está muy ruco”, le decía a su amiga Lucía. Pero después de unos shots de tequila reposado, se animó y le pidió una foto al futbolista, quien aceptó encantado haciendo honor a su fama de ser débil ante cualquier buenorra. Se maquilló a gran velocidad y le marcó a Lucía: esto había que celebrarlo.
—¿Dónde estás, wey? —dijo con ese alargamiento infinito de la “e” que tan despreciable le parecía a su jefa—. ¿Ya viste cuántos likes tiene mi foto de anoche? Vamos a comer al Nobu para brindar. Mira, al final tenías razón de que debía tomarme la foto con el abuelito cachondo —aceptó entre risas—. Te veo en veinte.
Sacó de su cajón unas medias impresas de Off-White que se embutió para tapar el inacabado pedicure y salió de ahí taconeando, dejando detrás de sí la estela de su perfume, las miradas de odio de sus compañeros y a una Helena que, atónita, no podía creer que la chica se largara en horas de trabajo sin decir a dónde iba.
Helena salió de su oficina y se dirigió al escritorio de Carmen con una orden clara:
—Por favor, prepara la carta de despido para Claudia.
—¿Con tres meses de aviso? —preguntó Carmen, muy oficial.
—Ni muerta le doy tres meses. Se larga el lunes mismo.
—Pero es viernes…
—¿Y? —respondió Helena lanzando a Claudia una de esas miradas que podían derribar muros.
—El lunes estará fuera —le respondió.
Esa tarde Helena no salió a comer. Además de sentir el estómago revuelto por el día que llevaba, le quedaban varios pendientes que resolver antes de la reunión con su jefe. Y encima, tenía que hacer un trabajo largo de investigación para su curso de social media. Le esperaba un fin de semana de reclusión, sin duda. Cuando faltaban diez minutos para las cinco, tiró a la basura el sándwich medio mordido que tenía al frente y tomó su cosmetiquera para ir a retocarse al baño antes de su cita. Le encantaba que el jefe la viera espléndida. Este gesto coqueto de Helena la hizo víctima de un montón de chismes: se decía que ella negociaba sus bonos, sus viajes y sus presupuestos en la cama del jefe. Y esto era completamente falso. Helena se metía a la cama con su jefe, sí, pero la única negociación que tenían en ese momento era quién estaría arriba: a ambos les encantaba dominar.
Helena sabía que tirarse a Adolfo era un lujo sin el cual la oficina no le resultaría igual. Su relación databa de unos tres años, y a pesar de que al principio Adolfo parecía querer algo más serio con ella, Helena tenía clarísimo que tener un novio veinticinco años menor que ella era el camino directo al fracaso. “Se lo dije tantas veces a Demi, pero nunca me hizo caso”, pensó cuando supo que su amiga se divorciaba de Ashton Kutcher. En fin. Por eso quiso ser cauta al relacionarse con su joven jefe y pronto establecieron un pacto mundano y adulto: ambos se gustaban, adoraban este juego de poder laboral e íntimo, así que podían tener sexo o incluso hacer algún viaje corto sin ninguna clase de compromiso personal y mucho menos profesional. Sí, sí. Claro. Pero la verdad era que tanto uno como el otro tenían influencia mutua, y cada uno podía lograr sus fines en el trabajo sin necesidad de un intercambio explícitamente sexual: una sonrisa, un discreto toque prohibido o algún regalito caro movían montañas si de salirse con la suya se trataba.
Adolfo Narváez, que había empezado su carrera editorial desde muy abajo, entendía a la perfección los tejemanejes de la industria. Siendo un tipo guapo, atractivo y poderoso, decidió no casarse, porque ¿para qué tomar un desayuno continental si en la editorial tenía todo un buffet?, les decía a todos sus amigos. Y con su buen apetito, jamás se quedaba sin probar nada: a pesar de que las mujeres eran su delirio, no era tan ñoño como para dejar pasar de largo a algún chico que le hiciera “tilín”. Siempre fanfarroneaba con los camaradas diciéndoles: “Créanme: las mejores mamadas las dan los chicos”, mientras su grupete de amigos se reía, lo llamaba cerdo o bien hacía alguna mueca de fingido asco. No: nadie sabía a ciencia cierta quiénes habían escalado posiciones gracias a ensabanarse con el jefe; lo que todo mundo tenía claro era que, ya fuera por placer o estrategia profesional, nadie había quedado decepcionado.
Con el tic tic de sus finísimos tacones, Helena anunció su llegada a la oficina de Adolfo. Su asistente, al verla, tomó el teléfono y apretó dos teclas para decir: “Ya está aquí”. Miró a Helena con una mueca mezcla de sonrisa y cólico menstrual, y le dijo: “Puedes pasar”. Pisando firme, Helena entró al despacho de Adolfo, quien estaba sentado en su escritorio frente a un platito con nueces y bebía algo que parecía jugo de manzana.
—¿Comiendo apenas? —preguntó con un dejo de sarcasmo, sabiendo que lo que había en el vaso seguramente no era jugo.
—No, no pude salir. Estoy picando algo para engañar el hambre. ¿Tú comiste?
—Tampoco. Entre el cierre del número, el bendito máster de social media y un elemento de mi equipo que me está dando problemas, no me dio la vida.
—Qué cosas —dijo él mientras terminaba de teclear algo en su computadora.
Helena miró aquellas manazas que hacían que el teclado pareciera un juguete. La luz de la pantalla reflejada en su rostro resaltaba el verde claro de sus ojos y esas ojeras de cansancio que a Helena le parecían tremendamente sexys. Se sentó frente a él un poco para recordarle que estaba ahí, y otro poco para echarle un vistazo a sus pectorales que parecían luchar por desabotonar su camisa. Desvió rápidamente la mirada porque sabía que no era el momento de permitir que el poder que ejercía en ella la hiciera bajar la guardia. Adolfo tecleó triunfal un par de veces más. Cuando tuvo su atención, Helena lo miró esperando que disparara. Sabía que no le gustaba enrollarse; acaso sólo lo hacía cuando trataba de llevarse a alguien a la cama, e incluso ahí, trataba de ser lo más sucinto posible.
—Bueno, dime —dijo Helena, que sabía leer perfectamente a su jefe—. ¿Para qué me llamaste casi veinte veces?
—Veinte…
—Dieciséis seguro, las tengo como perdidas en el teléfono.
—Helena, estoy preocupado —dijo de una vez—. Los números están de la chingada. Las ventas se cayeron casi veinticinco por ciento con respecto al año pasado y voy a tener que cerrar dos revistas.
Helena palideció tan de golpe que el color de su lipstick rebotó en su rostro. Sintió en un instante que la oficina de Adolfo daba vueltas y que sus cuadros de arte contemporáneo iban a devorarla. Cerró un momento los ojos porque sentía, de verdad, que esos rostros amorfos que tanto le gustaba coleccionar a su jefe la iban a devorar. Al volverlos a abrir, se dio cuenta de que él ya estaba de nuevo mirando la pantalla de la computadora. Cabrón indolente. Respiró hondo y se estiró para tomar el vaso de Adolfo y darle un gran sorbo. Él intentó detenerla pero ya era tarde. Frunció la cara por la sensación rasposa en su garganta, regresó el vaso a su lugar y se quitó con el dorso de la mano una gotita del whisky que le había quedado en el labio.
—Pero no te preocupes, no vamos a cerrar la tuya.
Helena respiró aliviada.
—Helena, de arriba me están presionando cada vez más con las ventas. Necesitan que entre dinero a como dé lugar en la compañía. Y Couture es una revista muy lujosa, muy cara…
—Es un lujo —dijo ella contundente—. Ése es su ADN. Siempre lo ha sido.
—Sí, lo sé. Pero ahora se ha convertido también en un lujo para la compañía, y no están los tiempos para lujos.
—Adolfo, cut the crap, querido. ¿Qué me estás tratando de decir? Venga ya: tú no eres de darle muchas vueltas a las cosas.
—Estamos viviendo el tiempo de los millennials, de la información digerida, encapsulada, como la comida de los astronautas —dijo Adolfo—. No estamos para adornos innecesarios, historias largas de ocho páginas como las que publicas. Hoy todo son “likes” y “follows”. Los reyes del mambo son los instagramers, youtubers, influencers, bloggers y toda esa sarta de mamadas que ni yo siquiera entiendo.
—Es la conjura de los necios —dijo Helena con una sonrisa.
—Es lo que hay. Ni hablar. Pero lo aceptamos, nos lo tragamos y lo digerimos en forma de un producto que nos atraiga más lectores, o nos vamos a la mierda, Helena. Couture tiene que volverse más joven, más accesible, más inmediata. No sólo tiene que estar apoyada, sino caminar al lado de su versión digital. Muchos dicen que en un futuro muy próximo las revistas sólo existirán en formato virtual. Y yo digo que no es el futuro: está sucediendo ahora.
—Me queda perfectamente claro, Adolfo. Y por ello me estoy preparando ahora para el reto. Esas “mamadas” del internet que tú aceptas no entender a mí me resultan cada vez más familiares y estoy aplicándolas en la versión digital de la revista. Nuestras redes han aumentado mucho del año pasado a éste…
—Pero no las ventas…
—¿No deberías estar teniendo esta charla también con el área comercial? —dijo empezando a alterarse—. Yo hago mi trabajo no bien: impecablemente bien. Y si estoy mintiendo, detenme ahora mismo. Estoy haciendo milagros con un presupuesto que baja veinte por ciento cada año. Con lo que me costaba antes producir un editorial de moda, ahora estoy produciendo cuatro. ¡Cuatro! Muchos de mis colaboradores internacionales están trabajando conmigo por la mitad de sus tabuladores…
Elena notó que Adolfo comenzaba a tener uno de esos gestos de impaciencia que anunciaban cosas nada buenas. Lo vio rascarse, discretamente, eso sí, la nalga derecha. Luego se echó el cabello para atrás, se rascó bruscamente también la nariz y le tiró a la cara su conclusión:
—Los colaboradores internacionales no le interesan ya a nadie.
Helena deseó tomar de nuevo el vaso de whisky… pero para tirárselo a la cara.
—Los colaboradores internacionales no son un lujo, son una necesidad para una revista como la mía. Necesitamos calidad, buenas plumas. Y no es esnobismo, porque tengo también a las mejores plumas del país, pero sucede que no me son suficientes.
—¿La chica esta que te recomendé, la blogger esta… Alegría algo?
—La perseguimos una semana para que entregara un texto de media página, lleno de errores de dedo y con faltas de ortografía cada dos palabras. No sirvió de nada.
—Pues tiene como un millón de seguidores…
—Analfabetas seguro. No creo que ni diez de ellos lean Couture.
—Ahí lo tienes —dijo Adolfo contundente—. Lo que quiero es que por lo menos uno de esos diez millones se interese en leer la revista. Necesito que cambies el enfoque, que la hagas masiva.
—El lujo, en cuanto se vuelve masivo, deja de ser lujo.
—Entonces llamémoslo de otra forma, nuevo lujo, “luxury”. Lujo sin pompa o estiramientos. ¿Ves a los chinos que hacen cola fuera de Louis Vuitton en París? ¿Los ves lujosos a ellos? ¿Crees que sepan realmente por qué están comprando? No, ¿verdad?, pero lo consumen. Vaya que lo consumen. Eso quiero: que haya colas para comprar tu revista, aunque quien la compre no la entienda. Los tiempos han cambiado.
Después de un largo respiro, alcanzó el vaso y apuró el whisky restante. No hizo gesto alguno.
—Necesito que para el lunes me presentes un proyecto de renovación para Couture. Quiero que sea atractiva para nuevos lectores y seguidores en redes sociales.
—Pero es viernes por la tarde, Adolfo…
—Esto urge, Helena. Nuestros trabajos penden de un hilo. Si no quieres que nos cargue la chingada, tiene que entrar más dinero a la editorial. Tú eres la maestra de la creatividad, lo sabes todo de este negocio. Piensa en cosas novedosas, populares. ¿Qué tal poner en portada a la niña esta, Vivian Vi?
—¿La que subió el video tatuándose una nalga y se le escapa un pedo? ¿Eso quieres en la portada de Couture?
—Era sólo una idea. Tú eres la que sabe de esto. Te espero el lunes entonces, no me falles. Si no, tú y yo… —e hizo con la mano el gesto de degüello sobre su garganta.
Helena abandonó la oficina de su jefe desolada. La cabeza le estallaba. Le esperaba un fin de semana de mierda.
Esa noche llegó a su casa y se tiró en el sofá. Ni siquiera tuvo fuerzas para quitarse los zapatos. Todo le daba igual. En medio de su amplio salón decorado en tonos blanco y beige, parecía un borrón negro en una página blanca. Levantó los ojos y vio su retrato sobre la ultramoderna chimenea: era una pintura que le había hecho veinte años atrás un pintor alemán que comenzaba su carrera y ahora era uno de los artistas más relevantes del momento. La imagen con dejos picassianos mostraba el rostro de Helena de forma abstracta, pero los ojos tenían una vida impresionante. Por eso le gustaba tanto esa pintura: porque sentía que ella misma se veía desde fuera y, a veces, esa otra le daba consejos. Esa noche le dijo: “Cariño, vuélvete taxidermista”.
Se puso de pie y caminó hasta el bar que estaba junto al ventanal para servirse un coñac. El viento que se había levantado esa tarde apenas se había calmado, y el cielo se veía brillante y despejado. Abrió la ventana para aspirar profundamente una bocanada de aire frío que la reanimara… pero no funcionó. Decidió volver al sofá y prendió el video para ver un documental sobre Hubert de Givenchy que llevaba días queriendo mirar. Pero, extenuada por el cansancio, se quedó dormida en el sofá. Ya le hubiera gustado soñar que era Audrey Hepburn y que su vida era perfecta. Pero siendo consecuente con la rachita que llevaba, soñó que era la mano derecha de Givenchy cuando vendió su negocio a LVMH y… que se había quedado sin trabajo. Después de algunas horas de sueño, despertó de golpe. El cielo ya estaba claro: eran las doce del mediodía del sábado. Corrió a arreglarse: había quedado a las 12:30 para hacer brunch con Lorna.
Lorna Lira no sólo era la mejor amiga de Helena, sino muy probablemente la única. A pesar de dedicarse a la misma profesión, eran muy distintas. Lorna trabajaba para la revista Elle como subdirectora. Llevaba muchos años ya en esa posición y no le interesaba ninguna otra. Varias veces sus jefes quisieron darle la dirección de la revista, pero ella se negó siempre: estaba muy bien donde estaba. Lo suyo era el periodismo y la edición, y sabía que siendo la directora, lo último que haría sería eso. Adoraba el bagaje intelectual de la moda, su importancia sociológica, sus similitudes con el arte. Y si bien le gustaba mucho la ropa, jamás fue esclava de la moda. Usaba jeans o faldas rectas con blazers e impecables blusas blancas; el cabello siempre corto dejaba lucir sus aretes grandes y contundentes, su sello más característico. En el calzado no tenía punto medio: o se montaba en tacones altísimos o bien iba con zapatos planos. ¿Tenis? A veces, blancos, impecables, sencillos.
Lorna era una rara avis en la industria de la moda. Respetada, pero nunca temida, jamás le gustó ser diva: eso de pelear por un lugar mejor en un desfile, montar escándalo cuando no era invitada a una fiesta o pedir productos a cambio de publicaciones. La competencia entre editores de revistas le parecía tan inútil como cuando los adolescentes se pelean para ver quién la tiene más grande. Se había casado y divorciado, y de su matrimonio había nacido un hijo que ahora tenía veinticinco años y que jamás le había causado problemas. No solía presionarse demasiado por las cosas que, según la sociedad, te dan estatus: casarte, tener hijos, mantener una gran figura, ser exitosa y estar a la moda, y quizá por eso todo le fue llegando de forma suave y a su debido tiempo, lo cual le daba una personalidad bastante pragmática. Eso sí, nunca se mordía la lengua para decir lo que pensaba, y cuando se enojaba, había que salir huyendo. Se entendía tan bien con Helena porque, a pesar de ser ambas dos mujerzotas, no competían entre sí. Lorna siempre se sintió honradamente feliz por los logros de su amiga, por sus conquistas profesionales y por que fuera la número uno. Pero también, siempre le había dicho la verdad, y cada vez que creía que Helena estaba haciendo una idiotez, se lo hacía saber directamente y sin adornos. Y del otro lado funcionaba exactamente igual.
Helena llegó quince minutos tarde al restaurante con el cabello graciosamente recogido en la nuca y un impermeable de Burberry que prefirió no dejar en el guardarropa. “No se preocupe, me lo llevo conmigo”, le dijo a la hostess. Miró a Lorna de pie en la recepción vestida en skinny jeans, un suéter de cashmere rojo y unas slippers de terciopelo de Gucci. Vio cómo sus enormes aretes esféricos se movían frenéticamente mientras discutía con un mesero.
—Me caga este lugar porque no te dan la mesa hasta que llega tu acompañante. No sea que les vaya a dar mala imagen una mujer esperando sola. Pendejos —dijo mientras besaba en la mejilla y abrazaba con fuerza a Helena.
—Perdóname. Me quedé dormida. Venga, vamos a darnos un atracón de los muffins esos que nos encantan.
Ya en su mesa, con café circulando en su sistema, huevos benedictinos al frente y en un extremo una bandeja de muffins recién horneados, las dos mujeres daban una imagen más de sábado por la mañana. Fuera hacía un día precioso, y por un momento Helena olvidó la semanita que había tenido. Sintió la mirada de un par de mujeres en las mesas cercanas: señoras que la reconocían o que la veían con esa mezcla de admiración y envidia que muchas de su edad le dedicaban constantemente. Su estrategia para hacerlas sentir mal por mirarla fijamente era levantar su copa —o, como ahora, su taza— y dedicarles una sonrisa. No fallaba: las hacía desviar la mirada inmediatamente, llenas de mortificación. No entendía muy bien la envidia porque quizá la había sentido pocas veces en su vida; y no era por arrogancia, simplemente porque había trabajado tanto por lo que tenía que sería una idiota si no lo disfrutara. Sí: a pesar de los malos tiempos, a Helena le gustaba mucho su vida. Por eso estar en ese momento con Lorna y contarle sus cuitas era un verdadero premio.
—Adolfo es un pendejo. Un pendejo con iniciativa y poder. No hay nada más letal para la industria editorial que eso —dijo Lorna—. Por eso no pude con él y me largué de AO justo a tiempo. Y en mi editorial también trabajo con pendejos, pero por lo menos tienen una idea más clara de lo que quieren.
—Bueno, Adolfo sabe lo que quiere: vender y ganar más dinero. Y a costa de lo que sea.
—Él y todo el mundo, mamita. Lo que pasa es que no tiene ni puta idea de cómo hacerlo y por eso va dando palos de ciego a diestra y siniestra. Quiere ganarse la lotería encontrando la fórmula mágica para sacar sus publicaciones de la crisis. Pero adivina qué, mi perfumada amiga: eso no existe. Y lamento romper tu corazoncito diciéndote que los reyes magos no van a traerte una revista mágica que venda todo su tiraje y sea un negocio millonario —dijo Lorna, y remató dando un gran sorbo a su café.
—Lorna: a mí no me rompes nada y deja de bitchearme, que si hay alguien que sabe esto, soy yo. Pero, o le entrego un buen proyecto para volver más rentable Couture, o me vas a tener que contratar como becaria en Elle para traerte los cafés a ti y a tu jefa.
—¡Uy, le cumpliríamos un sueño a la chamaquita! —dijo Lorna con una carcajada sonora—. Ya le encantaría a la imberbe tenernos de chachas. Pero no te preocupes, vamos a trabajar en esto y le vas a entregar un proyecto que se va a cagar pa’rriba. A ver, ¿las niñas de marketing y de ventas te han dado algo que podamos usar? ¿Estudios, encuestas?
Helena la miró y no tuvo que decir más.
—Son una bola de inútiles. Bonitas y con Birkin de cocodrilo, pero no sirven para una chingada. Ellas son las que tendrían que estar trabajando aquí contigo, ellas son las que reciben un sueldo por vender. A ti te pagan por hacer una revista y lo haces como dios. ¿Qué hacen estas niñas? ¿Se rascan todo el día los huevos? O el coño, más bien…
A pesar de que Helena estaba habituada a la sucísima boca de su amiga, Lorna siempre encontraba nuevas formas de escandalizarla. Pero detrás de esos choques moralinos que le provocaba de vez en cuando se escondía un sentimiento de admiración: ya le gustaría a Helena poder decir exactamente lo que pensaba y, en lugar de andarse por las ramas, mandar a la mierda a la gente, derechito y sin escalas.
El camarero, que había llegado justo en el momento del coño, decidió regresar por donde había venido; ya lo llamarían si necesitaban algo. Lorna lo miró de reojo pensando que una vez más alguna madre de familia lo había mandado a pedirle que moderara su lenguaje. Le pasaba todo el tiempo, y todo el tiempo igualmente les mandaba decir que se fueran a McDonald’s, que aquél no era un restaurante familiar.
—Sí —continuó Helena—, seguramente se rascan el coño todo el día con sus uñas de acrílico con cristalitos. Es lo único que hacen y tengo que vivir con ello. Sé que hago lo posible por desempeñarme bien en mi trabajo, pero dirigir una revista de moda en este tiempo no sólo tiene que ver con entregar un producto bien hecho. Hay que promoverla, venderla, hacerla viral, comentada, likeada… y prostituida, según lo que me dijo ayer Adolfo. El lujo y lo exclusivo, como lo conocíamos, ya no existen. Y si no descubro para el lunes en qué se han convertido y cómo vamos a amalgamarlos con Couture, estoy fuera.
—No, fuera no estarás. No digas tonterías. Eres una profesional única y no te van a dejar ir. Y worst case scenario, si tu revista no funciona más, te darán otro proyecto. Que tienes veinticuatro años en la compañía, chingaos.
Veinticuatro años. Dios. De hecho, eran casi veinticinco. Helena recordó cómo los primeros veinte se habían ido como agua. Con problemas, sí, pero con un alto nivel de satisfacción. Pero los últimos se habían convertido en un verdadero lastre, un infierno en el que había caído después de disfrutar tanta gloria. Su sueño se había ido deteriorando y, encima, sus superiores le querían hacer creer que era una mujer privilegiada por conservar su empleo. Y ante cualquier queja suya o de nadie, decían siempre: “Seamos agradecidos. Hay mucha gente que quiere trabajar, mucha gente que cobraría menos”. Y con esto, no había más remedio que aguantar abusos, injusticias laborales y una absoluta prostitución de la objetividad periodística: en las revistas se publicaba sólo a quien pagaba, no a quien le interesara al lector.
Lorna y Helena pidieron la cuenta y decidieron ir de compras para despejarse y pensar. Aunque sonara paradójico, esta actividad las había ayudado en innumerables ocasiones como desbloqueante creativo. Así, un par de horas más tarde, con algunas shopping bags y un apetito feroz, llegaron al María Castaña, su restaurante español favorito, a pedir su fascinación: fideuá y una buena botella de Rioja, que quedó vacía justo antes de que el plato principal hiciera su llegada a la mesa. Eran bien conocidas en el restaurante como “las señoras que jamás se empedan”. Y sí, ambas tenían buena resistencia al alcohol y, en buena compañía, podría fluir en abundancia sin que ninguna perdiera jamás el estilo. Faltaría más.
Ya para el postre y con la tercera botella de vino casi vacía, estaban en su elemento. El gerente siempre les daba el mismo apartado al fondo que ellas llamaban “su oficina”, porque ahí es donde gustaban reunirse para juntas de trabajo menos formales. La tarde se convirtió en noche y ellas tomaban notas y más notas. Discutían y bebían. Pidieron la cena y luego una botella más de vino. Para entonces, cualquier persona estaría tirada en el piso con una congestión alcohólica, pero ellas se sentían de lo mejor: Lorna más clara y expresiva, y Helena más relajada y receptiva. Para ese momento hasta la obvia decoración de abanicos y pinturas con escenas taurinas no les parecía tan terrible como cada vez que entraban. El lugar tenía un estilo tremendamente anticuado de biombos de madera y sillas tapizadas en terciopelo rojo, además de las paredes revestidas con símbolos ibéricos. Pero era el mejor restaurante español de la ciudad y adoraban su comida. Sobra decir que después de un par de copas, hasta se sentían en casa.
—Couture es un trademark. Las encuestas dicen que cuando le preguntas a la gente de este país si conoce una revista de moda, noventa por ciento inmediatamente menciona la tuya. Ni Vogue ni la mía ni ninguna otra. Eso es algo que tienes a tu favor —dijo Lorna.
—Sí, pero se volverá más rentable cuando deje de ser sólo una revista. Tiene que ser un referente, visual, auditivo… sensorial. Tenemos que volvernos un state of mind, no un lifestyle, que eso ya está muy pasado de moda. Crear necesidad en nuestros seguidores, no darles lo que quieren, sino lo que creen que quieren…
—Y lo que van a querer —dijo Lorna.
—Muy importante. Fiestas. ¡Y concursos!
—Helena, no chingues. Eso lo hace todo el mundo y los concursos son una mierda soberana. Todo se amaña, todo se vende y no aportan nada a nadie. Tenemos que pensar más allá… ¿Qué es lo que todo mundo quiere hoy? Pues entonces, hay que darles justo lo contrario.
Helena la miró con una chispa en la mirada y llevó a lo alto su copa para brindar con su amiga por esa buena idea. A lo tonto, llevaban ya varias hojas llenas. Lorna, que era más de mente computarizada, tenía ya un esquema prácticamente terminado. Eran las tres de la madrugada del domingo y el gerente del restaurante, como lo hacía siempre, preguntó a Helena si su chofer la esperaba.
—Hoy manejé yo —dijo.
—Les pido un taxi entonces, señoras, el coche lo guardamos aquí.
—Gracias, Joaquín. Será lo mejor.
Fueron las últimas clientas en abandonar el restaurante. Ya en el taxi, Lorna cayó dormida de inmediato y Helena miraba a través de la ventanilla del coche la ciudad iluminada. Pensamientos arbitrarios iban de un lado a otro de su cabeza, en parte por el alcohol o quizá por la adrenalina de haber trabajado una idea que no estaba segura de si le gustaría a su jefe. Pensaba en esa nueva bolsa de Céline en color verde esmeralda que querría comprar ahora que fuera a los desfiles en París… pero también pensaba que quizá no tendría trabajo y que no habría París, ni mucho menos Céline. Observaba a las criaturas de la noche: jóvenes que salían de un bar, prostitutas buscando clientes y personas sencillas que estarían saliendo de trabajar y esperaban un taxi parados en la esquina. El perverso pensamiento de que ellos no tenían sus problemas la asaltó, pero automáticamente se sintió estúpida, porque era muy probable que tuvieran otros, incluso más vitales que el suyo. Basta. Decidió cerrar los ojos un momento y dar permiso al vino que le quitara un poco de conciencia. Así le daría una tregua a su fatalista cabeza.
—¿Me veo muy apaleada, Víctor?
—No, señora, se ve usted muy bien. Como siempre.
No sabía si creer a su siempre cariñoso chofer o a su estado de ánimo. El resto del domingo, Lorna y ella trabajaron maquetando la propuesta, montando imágenes en PowerPoint y tratando de mantenerse vivas y en pie a pesar de la resaca del sábado. Y aunque estaba complacida con la propuesta que habían creado, no pudo pegar ojo en toda la noche y se había levantado con zozobra. Aun así, tomó valor, se maquilló a la perfección y se enfundó en aquel traje de Dior rojo que le quedaba tan bien. Necesitaba proyectar poder, fuerza. Llegó a la editorial y antes de bajarse del coche, vio que frente a ella pasaba Claudine. Decidió esperar un momento en el coche, porque no le apetecía nada cruzarse con ella y tener que hacerle plática, máxime cuando ese día iba a despedirla. Una vez que la perdió de vista, Helena se bajó y fue hasta su oficina.
—Buenos días, Carmen. ¿Sabes si Adolfo ya llegó? —preguntó Helena nada más llegar.
—Lo acabo de ver, yo creo que casi se cruzan en el elevador.
—Muy bien. Dejo mis cosas en la oficina y subo a la sala de juntas. ¿Cómo me veo?
—Perfecta, impecable. Como siempre, se rendirán a tus pies —dijo Carmen, orgullosa de su jefa.
—Gracias, cariño. Si no fuera por ustedes… ¿Dónde está Claudia? —dijo al ver su lugar vacío.
—No ha llegado.
—Pero si la vi pasar delante de mí frente a la editorial…
—Debe de estar en el baño. O se habrá ido a desayunar a la cafetería. Cualquier cosa que la mantenga fuera de su escritorio es buena —dijo Carmen.
Helena suspiró. Tomó su iPad y se dirigió a la sala de juntas. En el camino, examinó su imagen reflejada en una puerta de cristal. No era inseguridad preguntar a los demás o al espejo cómo se veía: le costaba trabajo creerles porque se sentía devastada. Los últimos meses, entre el famoso curso, las vicisitudes de la editorial y un inesperado sentimiento de soledad física —sí, le hacía falta sexo, para qué negarlo—, habían sido bastante desgastantes. Y el fin de semana fue la cereza del pastel. Ahora sí, después del Fashion Week, me voy a tomar unas vacaciones a la playa aunque la deteste. Quiero dormir todo el día y sólo despertar para comer.
