Más allá del estilo - Antonio González de Cosío - E-Book

Más allá del estilo E-Book

Antonio González de Cosío

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Beschreibung

Descubre tu estilo, encuentra tu esencia y convierte lo cotidiano en inspiración. ¿Qué significa realmente tener estilo? El reconocido analista de moda y escritor, Antonio González de Cosío nos invita a repensar la relación que tenemos con la ropa, el lujo y la imagen personal: ¿estar a la moda es sinónimo de buen gusto?, ¿vale la pena invertir en marcas de lujo?, ¿qué dicen de ti las marcas que escoges? Más allá del estilo no se limita a hablar de ropa. Incluye reglas básicas para elegir desde zapatos hasta joyería, pero también aborda aspectos esenciales como la urbanidad, el arte de ser un buen anfitrión, la importancia de regalar con intención y el saber adaptar nuestra imagen con gracia a medida que envejecemos. Éste es un recorrido transformador para quienes buscan autenticidad, sofisticación, y desean construir una imagen coherente, elegante y, sobre todo, profundamente personal. Porque el verdadero estilo no se compra: se cultiva.

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Seitenzahl: 417

Veröffentlichungsjahr: 2025

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A Marc, por los primeros veinte años más hermosos de mi vida.

A Raúl Quirós y los amigos del taller de los jueves, porque gracias a

ellos no he dejado un solo día de escribir.

A Ceci Barragán por creer en mí y regresarme al redil.

Prólogo

Conocí a Antonio González de Cosío a través de las redes sociales, hace diez o doce años, y uno de los primeros comentarios que me hizo fue: “Me recuerdas mucho a mí cuando yo tenía tu edad”. Lo tomé como un cumplido, no vengo de una formación académica en la industria de la moda (soy contador), por lo que cualquier logro en mi carrera profesional ha sido por intuición, insistencia o suerte, y aquí estaba uno de los jueces de Mexico’s Next Top Model, que editaba revistas con título internacional, que se sentaba en los desfiles de moda de París, elegido como uno de los diez hombres mejor vestidos por GQ, diciéndome que veía algo de él en mí.

Hoy, especialmente después de leer este libro, entiendo mejor que nunca a lo que se refería. Mientras leía estas páginas, me di cuenta de que tenemos puntos de vista, opiniones y gustos diferentes (¡en especial con respecto al arte contemporáneo!). Pero nuestras experiencias en el mundo de la moda resultaron sorprendentemente similares, y en una industria que a veces puede sentirse solitaria, me dio mucha tranquilidad saber que compartía sentimientos con alguien más. Lo hizo sentir universal. Me hizo sentir acompañado.

La similitud más evidente es la emoción con la que Antonio se acercó en sus inicios al mundo de la moda y a sus ídolos, especialmente a Karl Lagerfeld. Mi interés por la moda inició más tangencialmente: no tenía muchos amigos mientras crecía, entonces desarrollé una relación cercana con las estrellas pop y los protagonistas de los shows de televisión que veía. Compraba revistas porque ahí salían mis “amigos”, y empecé a acercarme a la moda de esa manera: mi amiga Buffy la Cazavampiros usa unos pantalones de Hermès, mi amiga Posh Spice es fan de Gucci.

Cuando empecé a acceder a eventos de moda, me sorprendía estar rodeado de estas personas que había visto en las revistas, con las que había crecido. Siempre he dicho que el día que deje de ponerme nervioso entrar a un desfile lleno de estas personalidades será quizá el momento de dejar de asistir. Encontrarme a Victoria Beckham me sigue causando mucha emoción, y de la misma manera que Antonio veía a Karl, yo también veo en ella a un ícono que desde mi juventud representaba un mundo fuera de las circunstancias donde crecí, donde soy muy bien aceptado a pesar de mi poca gracia para los deportes y mi afición por los pantalones de cuero. Es como encontrar a tu tribu, a muchos kilómetros de distancia de donde naciste, sin que se haya planeado, pero donde encajas perfectamente y donde sientes la versión de ti más auténtica.

Una similitud más que descubrí al leer el libro fue que ambos usamos nuestras definiciones de estilo para acercarnos a la vida en general, y no solamente a la manera en la que vestimos. Aunque no lo revela, se notan en estas páginas los autores y géneros que prefiere leer, los lugares que le gusta visitar cuando viaja y, en general, cómo su apreciación estética permea en todas las áreas de su vida. Originalmente, me había pedido entrevistarme para un capítulo dedicado a “Viajar con estilo”. Me siento halagado, y me imagino que significa que piensa que tengo estilo en mi vida en general y no solamente en mi manera de vestir. (Espero que nadie lo desmienta, en este momento, mientras voy en un avión sin peinar porque se me hizo tarde, pero, eso sí, con un suéter de crochet de JW Anderson que, junto con el pelo, podría marketear como un look hippie chic.)

Otra vivencia en común es que ambos hemos atravesado la transformación de un mundo en continuo movimiento. Antonio vivió cambios radicales en la industria editorial: desde la escasa presencia de editores mexicanos en las semanas de la moda globales hasta la necesidad de pagar sus propios viáticos. Sin embargo, poco a poco, fue abriéndose camino mediante accesos al backstage gracias a las marcas de belleza. Seguramente, cuando yo empecé a ir a Fashion Week, alrededor de 2013, no entendía por qué, después de todo el esfuerzo que él había hecho para ganarse su lugar, de pronto había personas que tenían acceso a un espacio por la cantidad de seguidores en sus redes sociales, con ningún tipo de experiencia previa en la industria editorial, y cuya única cualidad rescatable era un evidente interés por la moda.

De la misma manera, pero varios años después, yo sentí cambios similares. Yo fui el que llegó a los asientos de Fashion Week cuando existía sólo un lugar para creadores de contenido digital para el mercado mexicano, y mi interés por la moda y la historia de los diseñadores, y mi conocimiento de las referencias de las colecciones me permitieron conseguir ese asiento. Les pedía a los editores de las revistas que conocía que me dejaran escribir para sus sitios web una nota digital acerca de los desfiles —en ese entonces los sitios web de las revistas estaban muy descuidados, y lo único que les importaba era la edición impresa, por lo que aceptaban a colaboradores sin experiencia— y con eso convencía a las marcas para que me invitaran a los desfiles, con todo el viaje pagado por mí. Eso me ayudó a mostrar mi trabajo, y poco a poco parte del viaje era pagado por algunas marcas.

En 2018 abrí mi propio medio para no tener que escribir para alguien más, y así BADHOMBRE me aseguró el acceso a los desfiles internacionales. Pero eso no significa que, de la misma manera en que Antonio probablemente se sorprendía por los cambios en la lista de invitados con el paso del tiempo, yo ahora, especialmente en la época post-pandemia, no me pregunté si el resto de los invitados —tiktokers famosos principalmente por hacer bailables, estrellas de K-pop, influencers con ningún interés por la moda— se han esforzado tanto por estar ahí como yo. Como Antonio.

La respuesta es, fundamentalmente, que no hay que resistirse al cambio. Las redes sociales han modificado la manera en la que nos comportamos y convivimos, pero probablemente la industria que más ha cambiado es la moda. Negar que la presencia de ciertos invitados se convierte en awareness e inevitablemente en ventas para las marcas, es no entender la industria de la moda. Y seguramente esas personas también enfrentan nuevas inseguridades y atravesarán por transformaciones, de la misma manera en la que las generaciones anteriores lo hicimos.

Recientemente, en Milán, un publirrelacionista me invitó a cenar después de un desfile de Dolce & Gabbana junto con dos tiktokers de moda —Juanpa Gordoa y Jorge Patiño— quienes también fueron al desfile. Ellos denegaron la invitación, porque tenían que ir a editar sus videos y tomar más fotos, porque llevaban ya varias horas en Italia y no habían actualizado sus redes sociales. Notaba una visible ansiedad porque finalmente lograran las tomas que tenían planeadas en su cabeza. “Me recuerdan tanto a mí cuando tenía su edad”, les dije. Me convertí en Antonio González de Cosío.

Lo que más me gusta de este libro es lo que no van a encontrar en ningún otro lado, y eso es la historia de vida de Antonio. ¡Ojalá algún día escriba una autobiografía! Porque las reglas de la moda, los tipos de zapatos, las diferentes tribus de moda, las personalidades según tu marca favorita… todo eso, en mi opinión, es muy subjetivo. Tanto que, si me lo preguntan, mi conclusión acerca de alguien que tiene estilo es quien se ve cómodo con lo que trae puesto y cuya personalidad resalta sobre la ropa, sin importar si es de mi gusto personal o no. (Y conforme crezco, honestamente pienso que está bien que la gente se ponga lo que quiera. Es su cuerpo, no el mío. Eso sí, no los publicaré en BADHOMBRE.) Está muy bien si compraron este tomo para aprender e informarse, pero mi recomendación es que no lo sigan al pie de la letra. Lo que sí deben tomar como verdad absoluta es la pasión con la que Antonio se acerca a la moda y cuenta sus historias. Muy pocas personas en México han tenido la fortuna de sentarse con Karl Lagerfeld a tomar el café en repetidas ocasiones, de platicar con Catherine Deneuve, de asistir a los shows de Chanel en París, de ir de compras con damas de sociedad en Shanghái, de contar anécdotas de los pasillos de la época de oro de Editorial Televisa… Cada una de estas historias refleja lo que, idealmente, me gustaría creer que es en lo que más me parezco a Antonio: la personalidad divertida y relajada con la que nos acercamos a la moda. Nos tomamos muy en serio nuestro trabajo, sí, y hay mucha pasión detrás de lo que hacemos, pero sabemos que tenemos que divertirnos con la moda, al vestirnos y al trabajar en esta industria. ¡Es ropa! Y muchas veces, ropa llena de flores, cristales, encajes, colores, lentejuelas, volúmenes… ¿Por qué nos lo tomaríamos en serio?

JUAN PABLO JIM

Capítulo 1

La moda… ¿acomoda o incomoda?

Vista así la frase, impone y sobrecoge, ¿verdad? LA MODA —en mayúsculas— suena tan potente como una religión, una filosofía política, un reino o una potencia mundial. Y para muchas personas sí que lo es: no en balde es un negocio que mueve tanto dinero a nivel mundial y que, además de la comida y los viajes, es la industria que más estimula y alegra a las masas… y a las élites, por supuesto. Admito que, para mí, alguna vez la moda fue mi religión y patria. A pesar de que mis inicios como periodista fueron en otras áreas —fui crítico de teatro (premiado incluso por la UNAM) y luego reportero de sociales— cuando realmente me sentí en mi sitio fue en el momento en que empecé a escribir sobre moda. Debo decir que sabía bastante poco del tema, pero comenzar a hablar de ello surgió como algo orgánico, natural. Sin embargo, cuando quieres ser un buen pianista, no es suficiente con tocar los “changuitos”, hay que prepararse para tocar a Chopin. Entonces había poca literatura sobre el tema, pero eché mano de toda la que pude encontrar y, mejor aún, leí, seguí y hasta me hice amigo de los periodistas de moda que entonces me parecían válidos. Al profundizar en la moda, me atraparon sus valores. Entendí que en una prenda había mucho más que tela, botones y zippers: estaba la idea, más o menos brillante, de un creador. Había un concepto, una intención, las ganas de decir algo. Y esto me tocó profundamente porque me di cuenta de que la moda era un lenguaje, una forma de comunicar. Y yo la elegí como mi idioma. Para hablarlo y transmitirlo. Para enseñarlo y perfeccionarlo. Suena exagerado, lo sé, pero así lo sentía. Siempre que podía afirmaba que vivía y moría por la moda y podía llegar a criticar tan acérrimamente a aquellos que la profanaban que parecía que me pagaban por defenderla. Hoy, con la perspectiva de los años, me hace gracia reconocer cuán inocente e inmaduro era. En primer lugar, no vivía en ninguna gran capital de la moda como París o Nueva York, sino en México, donde la moda era bastante incipiente en los años noventa. Empezaba mi carrera como periodista de moda y en ese entonces éramos sólo unos cuantos, como mi querida Lucy Lara, Fernando Toledo, Marco Corral, Lina Holtzman o Tony Salamanca… Ellos, al igual que yo, casi pagábamos —más que ser pagados— por trabajar.

Esto de la moda como motivo de vida me viene desde que comencé a escribir para ELLE, siendo aún muy joven. ¡Nada menos que ELLE! Una de las revistas más fascinantes e icónicas en el mundo de la moda. Referente de estilo, modernidad y coolness, y cuyos editoriales hasta la fecha siguen siendo legendarios. Entonces, colaborar para un título internacional era en verdad un big deal. Al ser freelancer, trabajaba también para otros medios locales, pero la joya de mi rudimentaria coronita de debutante, era ser parte de ELLE. Como la moda me había interesado desde pequeño, tener un trabajo en una revista de esta dimensión fue lo que me hizo tomar en serio esta industria y comenzar a aprender de ella lo más que pudiera. Leí cuantos libros estaban a mi alcance, hice un diplomado de diseño de moda y me relacioné con otros periodistas de trayectoria que ya habían picado mucha piedra en el medio antes de que llegara yo. Y sí: al acogerte en sus brazos, la moda te hace sentir único, especial, como si hubieras sido aceptado en un club muy exclusivo al que no cualquiera tiene acceso. Pero lo malo de formar parte de una élite es que comienzas a ver al resto del mundo en un sitio diferente al tuyo. Y ojo, no hay nada malo en tener un sitio y sentir que perteneces a él, lo malo es ser extremadamente consciente de ello y utilizar tu ubicación para hacer sentir mal a los demás con respecto de la suya. Creo que yo nunca llegué a hacerlo y, si lo hice, me disculpo por ello. Sólo puedo decirles que era juventud y no arrogancia. Hoy me hacen gracia cosas como el haberme sentido insultado las veces que me dijeron en un desfile: “Usted no está sentado aquí, su lugar es atrás… o de pie” o que alguien me “mirara feo” por llevar una prenda de fast fashion en lugar de una de diseñador. Tan tonto es hacerlo como sentirte ofendido por ello. Pero esto lo sé ahora… y ojalá lo hubiera sabido entonces.

En fin. Si estás leyendo estas líneas es porque la moda te interesa, o te sientes familiarizado con lo que te he contado antes. Por eso, me gustaría compartir contigo en este libro anécdotas, hechos y algunas historias que se han quedado en el tintero —fuera de publicación— de las entrevistas con celebridades que he hecho a lo largo de mi vida. Mi intención, modestamente, es bajar a la moda de su pedestal y tratar de hacerla nuestra; que lejos de ser un ente que imponga y atemorice sea algo que conceda seguridad, que te empodere, te haga sentir y reflejar una mejor y más depurada imagen de ti mismo.

Una de las cosas más valiosas que me ha enseñado la moda a lo largo de estos años ha sido a divertirme. Ya lo dijo Karl Lagerfeld, el diseñador a quien más admiro hasta ahora: “Relax, it’s just fashion”. Sí, no hay que tomarla tan en serio y, mejor aún, no tomarnos tan en serio a nosotros mismos con respecto a ella. El común de los mortales no tenemos que vestirnos todo el tiempo para red carpets, galas o soirées y, por lo tanto, creo que podemos darnos el lujo de tomar la moda con un poco menos de seriedad. Otra de las cosas que me ha dado la moda es la posibilidad de elevar en gran medida mi autoestima, cosa que no era fácil si ustedes me hubiesen conocido de adolescente. Yo era el típico gordito torpe, cuatrojos y, encima, gay. Tenía todo lo necesario para que se metieran conmigo… y se metieron. En mis tiempos te defendías como podías: con la lengua —yo ejercité mi ingenio desde edad temprana y jamás me quedaba callado ante una agresión— o con los puños cuando era necesario. Ni mis maestros fueron capaces de detener las agresiones. Aún recuerdo a mi maestra de sexto grado que, al decirle que un chico estaba esperándome afuera para pegarme, me dijo: “Lo que pase de las puertas de la escuela para afuera no es mi problema”, y la muy indolente permitió que me dieran una paliza. En mi adolescencia la moda fue un refugio, porque me sirvió para evadirme y esconderme. En mi vida profesional fue un arma y una herramienta que me ayudó a forjarme un lugar notorio en mi carrera y, hoy día, la moda para mí es un placer, un lenguaje que me ayuda a expresar lo que siento y soy feliz de usarla y más feliz de que ella ya no me use a mí.

¿Me estoy poniendo muy profundo? Espero que no, porque no es mi intención. Simplemente quiero compartir con ustedes algunos puntos de vista propios y de algunos otros —que saben más que yo— en este libro. Y, quizá, también que ustedes logren ver a la moda como lo que es: una aliada, un arma, un divertimento, una herramienta para darte unos “ajustes” de estilo y un pretexto para reírte del mundo y hasta de ti mismo, ¿por qué no?

Creo que la moda puede lograr mucho. Al ser tan popular, puede ayudar a transmitir un mensaje determinado y llegar a nuevas generaciones.

—MARIA GRAZIA CHIURI

A pesar de que la ropa existe desde los inicios de la humanidad, el concepto de moda como sistema, tal como lo percibimos nosotros, nació en el siglo XIX con el surgimiento de la democracia. Por ello, no es extraño que la moda haya aflorado en Francia e Inglaterra. La moda, antes de esto, se consideraba adorno de los poderosos, signo de prestigio y muestra de exceso relacionada con la clase social aristócrata. Pero después de la Revolución francesa, se decretó en Francia la prohibición de obligar a nadie a vestir de una determinada manera: “Cada uno es libre de llevar ropa o adorno de su sexo que desee”.* Entonces, la moda dejó de ser de uso exclusivo de la nobleza, comenzó a crecer y llegó a una población más vasta. Así es como nació la moda como la entendemos hoy en día. Es curioso, porque entonces la moda dejó de ser un elemento de identificación pública y pasó al entorno privado; los pobres no tenían “obligación” de vestir de pobres ni los ricos de ricos. Sin esta libertad, la moda jamás hubiera llegado a ser lo que es. Seguramente estarás pensando que tal libertad es bastante relativa, ya que acceder a la moda tiene —y tuvo en aquella época— una importante condición: el nivel económico necesario para poder adquirirla. En efecto, la moda nació con una premisa un tanto tramposa, porque ya no estabas obligado por ley a vestir de cierta forma; sin embargo, sería tu economía la que determinara cómo podías vestirte. Pero al mismo tiempo de nacer la restricción, surgió otro aspecto fundamental inherente a la moda: el deseo. ¿Qué sucede con aquello que no podemos tener? Lo deseamos, y en ocasiones con tal vehemencia que ese anhelo puede volverse leitmotiv de la existencia de muchos individuos. El gran juego de la moda había nacido.

Desde entonces, la moda comenzó a ser parte de nuestras vidas teniendo una gran cantidad de significados y posibilidades. ¿Recuerdan a personajes de la literatura que se vuelven adoradoras de ella, como Emma Bovary (Madame Bovary de Gustave Flaubert) o Denise Lovett (El paraíso de las damas de Émile Zola)? Sin embargo, aún faltaba un paso más: volverla masiva. La moda, hasta la primera mitad del siglo XX, era percibida como lo que hoy conocemos como “alta costura”. Ya muchos diseñadores lo han dicho: “La alta costura de hoy era el prêt-à-porter de ayer”, es decir, ropa a medida que nacía en los talleres de los creadores. Era exactamente como se representa en esas series de Netflix que vemos hoy, donde un diseñador atormentado intenta crear, con trozos de tela y tules, una obra maestra en el cuerpo de una modelo con cara de susto. Pero es con el prêt-à-porter que nació la nueva era de globalización de la moda; inició con Christian Dior en los años cincuenta, cuando el diseñador, venciendo su desconfianza y resquemores, accedió a que sus diseños fueran replicados —con su venia— en Estados Unidos. El concepto no vio su plenitud hasta los años setenta, cuando las grandes casas de moda realmente empezaron a producir ropa de forma masiva, a maquilar y confeccionar industrialmente, a fin de que la ropa de diseñador llegara a todos los rincones del mundo.

La moda, desde entonces, ha pasado a formar parte de nuestro patrimonio cultural y es uno de los negocios más rentables del mundo, y no hablaríamos tanto de ella ni se estudiaría tan sesudamente si no nos importara tanto. Admitámoslo, aunque sea de forma mínima y hasta con remilgos, pero en algún momento te has preocupado por lo que llevas puesto, y por el efecto que causa aquello que te pones. ¿Me equivoco? Aunque sea sólo el día de tu boda o tu primer día de trabajo. Verdad que fue emocionante, ¿no?

Aunque no lo parezca, la moda tiene mucho que enseñarnos o bien, podemos aprender mucho de ella, de sus efectos y sus poderes. Y desde este momento aclaro que no hablo necesariamente de la alta moda, la que es bastante cara y a la que sólo pueden acceder unos cuantos. No, hablo de la moda como espíritu y fenómeno, como color, forma y emoción. La moda puede ser tan contradictoria en sí misma que sus creaciones pueden ser efímeras lo mismo que eternas. También podría hablarte de lo que es una tendencia, de cómo nace y se vuelve moda —muy cercano a los conceptos del marketing—, pero no quisiera aburrirte. Quizá lo puedo resumir diciendo que una tendencia nace como una idea constante en varios diseñadores en una temporada, y entonces despierta interés en la industria. Pongamos como ejemplo el color verde flúor. De pronto aparece en Dior, Vuitton, Jacquemus, Versace y un puñado más de creadores. Llama la atención de los asistentes —la prensa, compradores, influencers— que comienzan a promoverlo y unos cuantos a usarlo. Cuando un pequeño grupo comienza a usar el verde flúor y se vuelve un éxito, entonces estamos hablando de un fad, y después, cuando un grupo más grande de personas adopta esta tendencia, se vuelve moda. Pero como lo único constante en la moda es el cambio, lo que sucede entonces es que, una vez que la masa ya ha adoptado y está usando una tendencia, por detrás, las mentes maquiavélicas de la moda ya están pensando en algo nuevo que desbanque lo que ya se ha aceptado, el verde flúor en este caso. ¿Injusto? Sí. Ya lo dijo Karl Lagerfeld: “El mundo de la moda es efímero, peligroso e injusto”.

La moda nace para dejar de estar de moda.

—COCO CHANEL

Hace algunos años tuve la suerte enorme de conocer a Catherine Deneuve. La archidiva del cine francés había lanzado una colección de maquillaje para MAC a principios de los años 2000 y yo iba a entrevistarla para Marie Claire. Por supuesto, me moría de los nervios: uno no va entrevistando a figuras del cine mundial todos los días. Me preparé lo mejor que pude para hacer un trabajo impecable, pero con todo, los nervios del entrevistador y la reticencia a hablar de ciertos temas del entrevistado suelen hacer un poco tensos los inicios de cualquier encuentro. Recuerdo que la Deneuve acababa de estrenar entonces la película Ocho mujeres en la que actuaba con un grupo de actrizazas, entre ellas Fanny Ardant, con quien hacía una escena de un beso lésbico. Recuerdo que la pregunta con la que conseguí “suavizarla” fue: “¿Quién besa mejor, Marcello Mastroianni o Fanny Ardant?”. Ella rio y me dijo: “Oh, son cosas muy diferentes”. Entonces, la charla se relajó y ambos entramos en confianza. Yo llevaba un cinturón de Karl Lagerfeld cuya hebilla era la palabra “Karl”. Al reparar en él, la Deneuve me dijo: “Ugh, ¿este hombre ahora ha comenzado a poner su nombre en las cosas que diseña? Quelle horreur”. Con esto, además de saber que Lagerfeld no le gustaba nada, supe que era el momento para hablar de moda. ¿Quién mejor que ella, musa de Saint Laurent, para compartir conmigo su forma de pensar acerca de este mundillo?

Al preguntarle si su disgusto era sólo con Karl o también con Chanel, cauta pero honesta me dijo: “Lo que no me gusta es el show, el exceso. En un desfile entiendo que es una puesta en escena, pero teatralizar las colecciones que están destinadas a estar en una boutique, para el consumidor final, me parece convertir la moda en disfraz. Vi el comercial de Chanel No. 5, con toda esta estética de la película Moulin Rouge. Le digo algo: yo hice el comercial de Chanel No. 5 hace treinta años y la gente aún lo recuerda. ¿Usted cree que a Nicole Kidman la recordarán en treinta años?”.

“La moda hoy día no me parece muy interesante. Creo que está más al servicio del marketing que de la mujer. ¿Diseñadores que me resulten interesantes? Sí, me gustan algunas de las cosas que hace Marc Jacobs para Louis Vuitton. Pero la verdad es que Yves [Saint Laurent] me hizo tantas cosas tan hermosas que aún sigo usando, que con eso siento que no necesito nada más. Creo que para tener estilo no hace falta estar a la última moda.”

Y la diva tiene razón: el estilo es una conquista a la que se llega una vez que acabamos de entender la moda, las tendencias y nos servimos de ellas para crear nuestro propio mensaje de estilo. Pero la frase de Coco Chanel con la que inicio este apartado es una verdad que tienes que poner en tu cabeza: la moda nace para dejar de estar de moda, por lo cual hay que mirarla siempre con reservas, dejar que nos seduzca, que nos atrape y hasta que nos victimice en ocasiones, pero al igual que un amante infiel, no hay que creerle todo lo que nos dice.

los momentos de la moda

La moda, más allá de las temporadas y tendencias, tiene lo que yo llamo momentos. Éstos tienen que ver directamente con la importancia de una prenda en determinados momentos de tu vida. Pongamos como ejemplo que te compras un vestido negro corto —o un saco en el caso de los chicos— para una ocasión determinada, una cena, una fiesta, una boda. Después de usar la prenda por primera vez pierde novedad y pasa a ser parte de tu guardarropa como una pieza especial que puedes usar de vez en cuando en ocasiones menos importantes para, luego, pasar a ser parte de tu vestimenta cotidiana. Estos momentos los describo de la siguiente manera:

Estreno:es cuando usas una prenda por primera vez. Éste es el momento más importante en la historia individual de la prenda, porque las emociones que despierten en quien la usa no volverán a ser iguales nunca… o casi nunca. Éste es un instante único e irrepetible. Piensa en tu primer uniforme, en tu primer vestido de noche o en ese blazer especial que compraste para tu primer trabajo o una fiesta. Tu vestido o traje de boda, por supuesto. Puedo decirte que éste es el momento más especial de la moda, porque es único e irrepetible. Esta sensación de usar por primera vez una prenda, el efecto que provoca a tu alrededor y, mejor aún, lo que te hace sentir a ti. Es un momento de sueño.

Uso especial: ésta es la ocasión cuando usas tu prenda en el tiempo posterior al estreno. La prenda sigue siendo importante para ti, aunque no como la primera vez. La usarás en ocasiones importantes o fuera de lo común, pero nunca como en la fecha en que te la pusiste por primera vez.

Uso cotidiano: ésta es la fase en que la prenda forma parte de tu guardarropa cotidiano, más aún si la pieza en cuestión no es una prenda de gala. Entonces ya la usas de forma más frecuente e, independientemente de que la ropa siga estando en buenas condiciones, ya no tiene ese toque mágico de la primera vez. Pero atención: esto no significa que la prenda ya no funcione o que el uso la haya demeritado, simplemente ya no representa lo mismo para ti cuando la usas.

Pero toma en cuenta algo importante: estoy hablando de moda, no de ropa. Aunque están conectadas, son dos cosas muy diferentes. En primer lugar, la ropa es un objeto tangible, mientras que la moda es un espíritu, un concepto. La moda no es algo que se compre automáticamente al adquirir ropa. Puedes comprar ropa sin necesariamente estar comprando moda, ¿me explico? Para poder comprar ropa y moda tiene que haber una predisposición, una conciencia más o menos clara de lo que se está comprando. Para comprar moda tienes que estar informado: conocer las tendencias a través de fuentes informativas como medios de comunicación, redes sociales, televisión o internet. La información puede llegarte de forma directa —a través de canales de moda propiamente dichos— o indirecta, por medio de imágenes que, a pesar de no promover moda, están a la moda;por ejemplo, un comercial de celulares o de refrescos o un producto relacionado con el mercado joven siempre van a tener implícito un elemento de moda.

De la moda, lo que te acomoda.

—FRASE POPULAR

Sabia como pocas, ésta es una frase que resume cómo deberíamos abrazar la moda en nuestras vidas. A pesar de que hoy día la moda es mucho más inclusiva y se piensa para públicos más amplios en todas direcciones, el factor que más nos fascina de ella sigue presente: lo aspiracional. Siendo absolutamente realistas, cosas nuevas bajo el sol hay bastante pocas, para vestirnos usamos pantalones, camisas, vestidos, camisetas, abrigos, medias, zapatos y alguna cosa más. Lo que hace mágica la moda —aspiracional, vamos— es que cada temporada se las ingenia lo suficiente para mostrarnos todas estas prendas que ya conocemos como si fueran inéditas, nuevas. Hasta la palabra es bonita: brilla y huele bien. ¿Y a quién, en menor o mayor medida, no le gusta lo nuevo? Ése es el éxito de la moda: hacernos sentir que necesitamos cosas nuevas para ser más felices. Y aunque esta sola idea suene siniestra, no deja de tener razón. Ya se los explicaba en el recuadro, el momento de “estrenar” una prenda es irrepetible. Hace un par de años que charlaba con Jean-Paul Gaultier, se quejaba conmigo sobre esta sed de “novedad” en la que nos ha metido el fashion system. Desde la explosión y auge de las redes sociales, el ritmo de la moda se ha revolucionado al máximo. Cuando yo era niño, en las tiendas había dos colecciones de moda por año: primavera-verano y otoño-invierno, y en casa se compraba ropa por dos razones: o porque los niños crecían de un año a otro o porque una prenda ya había pasado de una generación a otra y se veía francamente destruida. Comprar por capricho no fue algo que me tocara vivir de niño; es más, yo llegué a heredar ropa de tíos, primos o de mi propio padre. La punzada de la moda me picó en la adolescencia, cuando fui capaz de comprarme ropa con el fruto de mis trabajitos alternativos a los estudios.

Lo que Gaultier me decía era que la difusión de los desfiles y las colecciones es tan inmediata que no dejan espacio para la sorpresa, para el deseo. “La gente ve en línea un desfile, una colección, pero se trata de prendas que tardarán varios meses en llegar a una boutique”. Sin embargo, durante todo este tiempo que le toma a una prenda llegar a una tienda y que pueda ser adquirida por el consumidor final, ya ha sido vista en la pasarela, por los influencers, luego en la publicidad… así que cuando llega a la boutique, al cliente ya le parece vieja, “choteada”. Por eso muchas firmas, especialmente las italianas, comenzaron a crear líneas nuevas de forma trepidante: cada dos meses podías encontrar nuevas piezas en las tiendas. “¡Es imposible seguir un ritmo como éste! ¿Qué hacemos con las prendas de hace dos meses?, ¿las ponemos en rebaja a pesar de que sigan siendo de temporada? Es una locura. Por eso dejé de hacer prêt-à-porter, porque no pude seguir este ritmo. La gente quiere cosas nuevas, nuevas, nuevas… pero ¿nuevas con respecto a qué?”, me decía Gaultier.

Y es verdad, ¿nuevo con respecto a qué? Las bolsas de las grandes marcas son básicamente las mismas, sólo cambian de color o material por temporada y las “novedades” muchas veces son sólo variaciones de los modelos clásicos. Si se fijan bien, es muy probable que muchos de ustedes, con el frenesí de adquirir algo de moda, terminan comprando una prenda casi idéntica a otra que ya tenían. Es aquí donde los exhorto a no creer todo lo que la moda les dice: no tomen por verdadero todo lo que les cuenta. Les voy a dar unos tips para que puedan tomar a la moda como lo que es: una herramienta maravillosa para lucir espectaculares, exaltar su estilo y comunicar el mensaje personal que ustedes decidan transmitir.

1. Entérate

Si te gusta la moda, observa los desfiles, empápate en las páginas web de las grandes plataformas o revistas especializadas y echa un vistazo a los influencers que te llamen la atención. Sigue a los creadores de contenido, tiktokers o youtubers que propongan cosas nuevas, pero que estén bien enterados. Investiga y sé crítico, porque hay mucho charlatán suelto que no tiene idea de lo que dice.

2. Escoge

Haz una elección de las prendas, accesorios o estilos que te gusten.

3. Analiza

Ve cuáles de esas prendas que has elegido realmente van con tu estilo, personalidad y, más importante aún, si tienen relación con tu guardarropa. ¿Por qué? Porque si te haces de una prenda completamente inusual tal vez la usarás menos y no tendrás oportunidad de mezclarla tan fácil con lo que ya tienes. Por ejemplo, si te gusta un vestido para el que tienes que comprar zapatos, joyería y demás complementos quizá no sea enteramente tu estilo. A menos, claro, que estés comprando un atuendo para una celebración específica, como una boda, un aniversario o un acontecimiento especial.

4. Prueba

No compres sin probarte. No compres sin objetividad. No compres sin un poco de crítica. Sé honesto contigo y piensa si la prenda o accesorio en cuestión te queda bien, te favorece, te representa… te viste. Si hay un “sí” para todas esas preguntas entonces no hay duda: es para ti.

5. Compra

Pero con cautela. Como te decía en mi libro El arte del shopping, sé un comprador de las tres C: cabeza, corazón y cartera. Esto significa —en caso de que no lo hayas leído— que hay que pensar si la prenda que compras es práctica, “usable” y vas a sacarle buen partido (cabeza); si la prenda te encanta y te enloquece (corazón) y si puedes pagarla sin endeudarte por años (cartera).

La moda es una forma de fealdad tan intolerable que tenemos que cambiarla cada seis meses.

—OSCAR WILDE

Quizá la frase del maestro Wilde nos pueda sonar un poco extrema, pero si analizamos cómo vemos la ropa de otras temporadas tenemos que admitir que alguna razón tiene. Y sin ser fashion victims o fashionistas, nosotros también en ocasiones juzgamos una pieza en nuestro clóset como espantosa, aunque en el momento en que la compramos nos parecía una gloria. Yo más bien diría que la moda hay que cambiarla cada seis meses porque deja de ser nueva, simple y llanamente. Y esto importa más o menos a las personas de acuerdo a qué tan inmersas en la moda estén. Yo catalogo a la gente según su interés en la moda. A saber:

• Fashion victim:se trata de la persona que sigue la moda a toda costa y a cualquier precio. Sin importar su clase social, tipo morfológico o situación económica debe tener lo último. Y lo quiere tener aquí y ahora, cuando aún está de moda. Tenerlo en las rebajas es impensable: ya no le sirve para sus fines. Un fashion victim va a usar una prenda de moda aunque le quede fatal o no pueda pagarla. Es un individuo que no puede dejar de ver las páginas web lo mismo de Balenciaga que de Bershka. Estrena y desecha ropa con la misma facilidad. Cabe decir que si no se toma muy en serio puede ser divertido, pero si se cree el papel de abanderado de la moda puede ser insoportable.

• Fashionista: es el punto medio aristotélico que siempre resulta tan agradable. Se trata de alguien con un interés real en la moda, pero que la consume con más cautela. Es una persona que conoce su figura y escoge las prendas que mejor le van. Sabe de paletas de color, tendencias, proporciones, incluso es capaz de darse cuenta de si una tendencia va a durar mucho o será cosa de una temporada. No está cerrado a gastar en prendas de diseñador, pero no lo hace por influencia externa, sino porque está realmente convencido de que le gustan y las quiere. Es hábil para combinar marcas de lujo con prendas de moda masiva. Es una persona que probablemente conoce bien su estilo personal.

• Fashion follower: se trata de una persona que no está al tanto de las tendencias, pero que cuando compra tiene cierto interés en adquirir algo que esté a la moda. Son en su mayoría hombres que siguen el consejo de sus parejas, de algún amigo con más conocimientos del tema o de un vendedor. Pueden pasar varias temporadas con la misma ropa sin que esto afecte su autoestima, pero siempre están abiertos a escuchar opiniones y estar a la moda de tanto en tanto.

• Fashion neófito: son aquéllos a quienes la moda les importa un pepino y se visten como les da la gana: con lo que se sienten cómodos (básicamente), con lo que les gusta… o lo que encuentran. Las más de las veces se visten con indolencia y pasándose la estética por el arco del triunfo. Sin embargo, hay para quienes esta indolencia es sinónimo de honestidad y, curiosamente, se vuelven inspiración para la moda. ¿Cuántas veces la alta moda no ha bebido de lo que usan las masas?

En fin… la moda. Estoy seguro de que nunca se le había dado tanta importancia ni había estado en boca de tanta gente como hoy. Es curioso, pero esto de que la moda pasara a formar parte del conocimiento general es bastante nuevo. Hasta hace unos veinte años los periodistas de moda éramos seres raros por nuestra escasez. Cuando alguien preguntaba a que me dedicaba, su siguiente cuestionamiento era: “Ay, qué bien, ¿y qué se lleva esta temporada?”. Hoy ya nadie lo pregunta, y qué bueno porque ya no sabría qué contestarle, porque hoy día se lleva todo… y no se lleva nada. Y al decir esto no quiero confundirlos o hacerles pensar que he tirado la toalla en tratar de entender el fenómeno fashion. Todo lo contrario, este momento que estamos viviendo es de gran importancia para la industria de la moda por muchas razones: el concepto de lujo se ha transformado (unos tenis pueden costar más que una joya), las tendencias se disuelven como concepto, pero renacen como puntos de referencia; ya no decimos: “esta próxima temporada viene el estilo cowboy” sino “está de moda el estilo cowboy”, y lo llevas si te gusta. Las tendencias de moda ya no hablan del futuro, sino del hoy, y la causa de ello es la velocidad que la moda ha adquirido. Por esta dificultad de seguirle el paso es que digo que se lleva todo y no se lleva nada, porque todo puede estar de moda de acuerdo a cómo sepas llevarlo.

Como sabes, éste no es mi primer libro sobre moda. Por lo tanto, el primer reto con el que me enfrenté al escribirlo fue tratar de no repetirme. No quería decirte algo que ya hubiera dicho antes y muy probablemente voy a contradecirme en algunas cosas que haya dicho en el pasado, porque si la moda ha cambiado tanto, ¿cómo no iba a cambiar también lo que pienso de ella? La idea de este libro es hablarte de algunas cosas menos conocidas o reflexiones “no oficiales” y un poco más profundas de la moda. He incluido fragmentos de entrevistas o charlas que he tenido con diseñadores y celebridades a lo largo de mi carrera. También he querido abarcar otros conceptos en los que la moda está involucrada hoy día, como el comportamiento social, las redes, la belleza, cómo regalar con estilo o hasta cómo recibir en casa y poner una mesa. Y algunas cosas más que espero descubras conmigo…

* Frédéric Monneyron, 50 respuestas sobre la moda, Barcelona, Gustavo Gili, 2006.

Capítulo 2

Estilo:el descubrimiento detu propio lenguaje paravestir y estar

Aunque se le atribuye a Séneca la frase “El estilo es el vestido del pensamiento”, fue el conde de Chesterfield, un estadista británico del siglo XVII, quien amplió la frase a “El estilo es el ropaje del pensamiento y un pensamiento bien vestido, como un hombre bien vestido, se presenta mejor”. Estas dos frases me vienen perfectas para poder explicarte, en pocas palabras, qué es el estilo. Más allá de los conceptos de moda y elegancia, estilo es aquello que te define, que dice quién eres sin explicarlo con palabras. Séneca tenía razón, porque se trata más de un estado mental y anímico que de una mera vestidura. Y aunque en su momento el pensador romano seguramente se refería a algo más intelectual (la cultura es lo que viste tus pensamientos) también hablaba de cómo tu personalidad es la que forja tu forma de ser… y de pensar.

Hace algunos años escribí El libro del estilo en el que hablaba de ese arte maravilloso de indagar dentro de ti, de descubrir quién eres para luego vestir acorde con esa persona que has descubierto. Con el tiempo, he aprendido algunas cosas más que quiero compartir contigo en este capítulo.

PALABRA DE KARL

Como digo cada vez que puedo, Karl Lagerfeld es el diseñador de moda que más he admirado siempre. Siendo muy joven, en una boutique multimarca del recién inaugurado Centro Santa Fe me tocó ver un traje de dos piezas para mujer firmado por él. Se trataba de una chaqueta corta negra de cuello redondo y una falda recta a juego confeccionada con una de las técnicas de sastrería más exquisitas que había visto hasta entonces. Pero lo que hacía único a este traje era que, como botones, tenía unas moscas negras de pedrería. Sí, moscas. Por supuesto que me enamoré del traje y, si hubiera tenido entonces el valor que tengo ahora, quizá me lo hubiera comprado para ponérmelo, aunque fuera sólo la chaqueta. Yo ya sabía que él era el diseñador para Chanel y desde que pisé la redacción de la primera revista para la que trabajé, me puse entre ceja y ceja la idea de que alguna vez tenía que entrevistarlo. Eso me tomó un poco más de tiempo, pero conocerlo se dio más pronto: fue en el otoño de 1996, cuando viajé por primera vez a París. En esa época, las marcas de moda tenían mínima o nula representación en México, por lo que la idea de que te invitaran a un desfile —mucho menos llevarte— era absolutamente falaz. Encima, por parte de las revistas tampoco había presupuesto para mandarte a ningún sitio. Por lo tanto, si un periodista quería ir a cubrir los desfiles tenía que hacerlo por su cuenta… en todos los sentidos. Ese año, en un evento que organizó el diseñador Armando Mafud, Lufthansa rifó un boleto de avión redondo a cualquier destino de Europa, y tuve la suerte de ganármelo. No pensé en vacaciones ni museos, sino en que ésta era, sin duda, la oportunidad de ir a mi primera semana de prêt-à-porter en París. Recuerdo que mandé una carta a la Cámara Sindical de la Costura Parisina para inscribirme y pedir, suplicar, que me mandaran alguna invitación. Luego, a través de mis contactos en las casas cosméticas, traté también de conseguir algunas. Nadie nunca me aseguró nada porque, como dije antes, en México había poquísima presencia de marcas y, por ende, no les interesaba gran cosa invitar a la prensa local. De modo que con una maleta llena de expectativas y cayendo de paracaidista en casa de una amiga, llegué aquel otoño a París, la ciudad que desde entonces se convirtió en mi único y verdadero happy place del mundo. Y no me importa sonar cursi.

El viaje estuvo lleno de información y emoción. Resulta que la Cámara de Costura se apiadó de mí y me envió un par de invitaciones para diseñadores noveles; gracias a L’Oréal, tuve acceso a un desfile de las grandes ligas: Lanvin. Dos días más tarde, apareció la invitación de Hermès. ¡Wow! Pero una espinita en el corazón no me dejaba vivir: la de Chanel no había llegado. Claudia Azpiri, la encargada de Relaciones Públicas para México de aquel entonces, había hecho todo el trámite, pero no tenía claro lo que la oficina de París decidiría. Todo iba a ser cuestión de suerte. Recuerdo que desde un teléfono público en Champs-Élysées, dos días antes del desfile llamé al departamento de prensa de Chanel —no sé cómo demonios conseguí el número— y amablemente me dijeron que no tenían idea de si estaba invitado o no. A pesar de que para mí había sido ya un logro ir a cinco desfiles —nada mal para un primerizo— estuve bastante de capa caída al día siguiente. Esa noche, al volver al departamento de mi amiga en las afueras de París, me preguntó: “¿Qué tal el día?”, y yo le respondí que bien. Que no tenía noticias de la invitación de Chanel, pero que no importaba… ya estaba feliz con los desfiles que había visto. Entonces me dijo: “¿Ah, sí? Pues entonces iré yo al desfile”, y me enseñó el sobre que justo había llegado esa tarde con la invitación de Chanel. ¡Justo un día antes del desfile! Fue uno de los días más felices de mi vida. Y claro que al día siguiente estuve en el show. No tenía lugar sentado: estaba de pie en la parte de atrás de las gradas con otros hijos de vecino como yo. Pero me daba exactamente igual, estaba ahí. Ahí. Fue la primera vez que vi a las top: Claudia Schiffer, Helena Christiansen, Cindy Crawford, Stella Tennant y Nadja Auermann que, nada más pisar la pasarela, la hicieron suya. Era una época en que los desfiles eran performances, más divertidos y teatrales, pero no por las escenografías pantagruélicas que se pusieron de moda en los últimos años, sino por el poder de las modelos: eran ellas quienes hacían el desfile espectacular, las que llenaban todo con su personalidad, movimiento y aura. Era gloria pura. Y ésa fue la primera vez que vi, más en carne que hueso, a Karl Lagerfeld, quien aún arrastraba los kilos de su excesivo paso por los años ochenta.

No fue sino hasta un par de años más tarde que pude entrevistarlo. Yo ya era editor de moda para Marie Claire y gracias a mi insistencia exasperante a la entonces encargada de Relaciones Públicas para Chanel, Laurence Zanon, consiguió lo casi imposible entonces: que Karl me diera unos minutos después del desfile en París. Era la época en que Karl comenzaba a volverse rock star, porque ya estaba bajando de peso y recuperando su “mojo”. Los desfiles de Chanel comenzaban a volverse espectáculos y la gente mataba por asistir. Éste específicamente fue de los últimos que se celebró en una de las salas del Museo del Louvre, cuando todos los desfiles importantes se hacían ahí. Cuando el show acabó, Laurence y yo fuimos al backstage a buscar al máster. Los guardias te pegaban una elegante etiqueta en tela que decía “Chanel backstage” y apuntaban la hora de la entrevista (aún debo tener la etiqueta en alguna parte). Lo vi a lo lejos, impresionante con su cola de caballo blanca y gafas negras, seguro, gesticulando y hablando hasta por los codos. Le gustaba mucho hablar, para fortuna de quienes queríamos escucharlo y de los periodistas que necesitábamos material para escribir sobre él. Yo estaba muriéndome de los nervios. Vimos cómo llegó la Wintour a felicitarlo, Anna Piaggi con uno de sus looks extravagantísimos, Isabella Blow, Glenda Bailey, Anna Dello Russo y otros de los grandes nombres. Siguieron las televisoras y más periodistas del mundo. Y yo seguía esperando… con más nervios. “¿Y si se va?”, le dije a Laurence. “No te preocupes: me han dicho que Karl no se marcha hasta que todos se han ido del backstage.” Era difícil de creer; sin embargo, más tarde comprobé que era verdad. Fui de los últimos en entrevistarlo, pero él me atendió como si fuera el primero: con entusiasmo, respeto… y apoyo a mis nervios de tenerlo de frente por primera vez. Supongo que le pasaba a menudo. Karl respetaba mucho a los periodistas que se preparaban, y yo lo estaba, desde hacía años. A partir de esa ocasión debo haberlo entrevistado una docena de veces, teniendo con él charlas largas, cortas, a veces no con el mejor de los humores, pero siempre con absoluta disposición por su parte. Karl era un hombre que emanaba un magnetismo apabullante y con una presencia que hacía pequeño todo lo que estaba a su alrededor. Me tocó verlo un par de veces cortar entrevistas de golpe a periodistas que le preguntaban tonterías. Una vez una reportera que lo estaba entrevistando le pidió que le tradujera savoir faire