Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest - Gonçalo M. Tavares - E-Book

Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest E-Book

Gonçalo M. Tavares

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Beschreibung

Con gran libertad formal, Tavares nos lleva a un viaje en el que primero seguimos a la joven Martha en sus andanzas por Berlín, luego presenciamos el transporte de una monumental estatua de Lenin desde Bucarest a Budapest, mientras un violinista repatria el cuerpo putrefacto de su madre en sentido inverso… Bucarest-Budapest nos expone sin tregua a la tensión de la elección y a la dificultad de traspasar las fronteras, sean cuales sean sus formas.

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Seitenzahl: 90

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Gonçalo M. Tavares

Bucarest-Budapest: Budapest-Bucarest

y otros relatos

Dedicado a Luís Mourão (1960-2019),

profesor universitario,

estudioso de la literatura portuguesa,

un hombre rápido, inteligente, generoso.

BUCAREST-BUDAPEST:

BUDAPEST-BUCAREST

I

Han llegado de Budapest. Dos bultos en la noche. Dos manchas oscuras sobre una gran mancha oscura. Pero las dos pequeñas manchas oscuras se mueven, tienen un objetivo; en lo que respecta a la noche —esa gran mancha oscura—, todo parece indicar que no, no tiene objetivo alguno.

Primero destruyen el candado. La cerradura de la puerta del almacén es robusta. Recurren al fuego. Tras un empujón impetuoso, dos cuerpos contra un portón alto y ancho, pero ya sin cerradura. Igual que una persona indefensa: un portón indefenso con la cerradura rota.

Los dos hombres se adentran en una nueva oscuridad, una oscuridad más pequeña, cerrada, organizada. Dentro de la noche, pero fuera de la noche.

Saben bien lo que buscan, esos dos hombres. Hay muchos objetos guardados en el almacén, pero los dos hombres no vienen de visita, no se han perdido. Saben lo que quieren: ahí está.

La luz de la linterna hace evidente lo que, al otro lado, la enorme estatura de la cosa hace también evidente. Luz a un lado y proporciones gigantescas al otro.

—Ahí está —murmura uno de los hombres.

Se acercan. Apartan todo lo que hay delante.

Tarea difícil. Muchos objetos guardados, objetos valiosos, varias piezas de oro. Pero no es oro lo que buscan, circunstancia que de pronto vuelve aún más extraña esta incursión nocturna, este asalto: cuando alguien no quiere el oro y lo desprecia es porque quiere algo todavía más poderoso, y ese deseo asusta. No se precipita quien teme a los hombres que hacen caso omiso del oro; es lógico temerlos más aún que a los hombres obcecados con ese metal.

En realidad, no. Lo único que quieren los dos hombres es ese objeto enorme que mide más de dos metros.

Uno de los hermanos busca y encuentra un taburete. Lo coloca junto al enorme bulto que se erige como el único objeto del delito. Es una estatua, como salta ya a la vista. Y esa estatua es lo que pretenden robar. Sin embargo, está envuelta en un plástico que la recubre por completo; hay que confirmar que se trata de la estatua que buscan. Sería un desastre robar la estatua equivocada.

Entonces uno de los hermanos se encarama al taburete. La sensación es idéntica a la que experimentamos en un velatorio cuando vamos a mirar por primera vez el rostro del difunto para confirmar que es de veras el difunto, que la cara del vivo aún se reconoce en la del muerto.

Es el hermano más joven el que se encarama al taburete. Desde abajo, el otro le dice en voz baja que rasgue por la fuerza, con las manos, el material que recubre el rostro de la estatua. Ya volverán luego a taparlo, no pasa nada.

El hombre más joven está delante de un plástico al otro lado del cual se adivina un rostro velado. Con las dos manos y haciendo un gran esfuerzo, rasga el envoltorio de arriba abajo en la parte que deja entrever el rostro de la estatua. Detrás de ese plástico hay otro más. Aún no se distingue la cara de la estatua.

—Hay varias capas de plástico —dice el hermano más joven desde arriba.

Abajo, mientras tanto, el otro hombre dirige la linterna hacia la parte de la estatua en la que diez dedos recuperan su brutal intensidad.

Las capas de plástico son gruesas, no puede rasgarlas sino de una en una.

—¡Sigue así! —murmura el hermano mayor desde abajo.

Rasga la segunda capa de plástico, pero queda todavía una tercera capa, que al parecer es la última.

—Es la última —confirma desde arriba.

—¡Adelante! —dice el hermano mayor, el que está abajo y apunta con la linterna hacia el rostro todavía cubierto de la estatua.

Allá arriba, antes de llevar a cabo una acción brusca, el hermano más joven ciñe la última capa de plástico al rostro de la estatua. Abajo, el otro dirige la linterna con precisión.

—¿Es él? —pregunta desde arriba el más joven.

El mayor, desde abajo, hace la misma pregunta.

—¿Es él?

El hermano más joven es el que tiene el rostro más cerca, podría confirmar o negar la expectativa más fácilmente.

—No estoy seguro —responde, sin embargo, desde arriba.

Y no lo está. Con el plástico pegado al rostro y la luz incidiendo sobre él, no se distinguen bien las facciones. La estatua, en ese momento, aún podría ser de cualquier persona; todo es posible.

Es una figura humana, desde luego, eso sí que puede confirmar el hermano más joven; reconoce con las manos la nariz de piedra, la boca, los ojos, el buen trabajo del escultor. Es un hombre, no puede ser otra cosa. Pero podría ser cualquier hombre.

Están casi seguros, pero hay que con-

firmarlo.

Recuperado del esfuerzo anterior, el hermano más joven rasga ahora la última capa de plástico; al fin el rostro de la estatua queda visible.

—¿Es él? —pregunta de nuevo, ansioso, el hermano mayor.

Su linterna apunta ahora a la nuca de su hermano, que, sin darse cuenta, se interpone entre el rostro finalmente descubierto de la estatua y sus ojos expectantes.

La pregunta vuelve a sonar desde abajo:

—¿Es él?

—Sí —contesta con voz apagada, desde arriba, el hermano más joven.

Es la voz de quien acaba de llevarse un susto. Una voz estremecida. Y es raro, pues ha visto lo que esperaba ver. Es el rostro que buscaban.

—¿Es él? ¿Es él?

Allá arriba, el hermano más joven se aparta y deja que la luz de la linterna se refleje desde abajo sobre el rostro de la estatua.

Ahora sí, la respuesta ha quedado clara para ambos. Es lo que buscaban. La luz de la linterna parece temblar en el instante de reconocimiento del rostro, como si fuera capaz de un movimiento minúsculo, pero de gran intensidad. Una pequeña luz en torno a un rostro.

—¡Es él! —se oye desde abajo.

El haz de luz señala ahora ese rostro como si lo tocara. Los rasgos, que en un primer momento parecían generales, se vuelven inconfundibles a cada segundo que pasa. Han encontrado lo que buscaban. Es el rostro de Lenin, sin duda.

Es él. Es él.

A

En tren de Bucarest a Budapest

1. El tren avanzaba, la luna iba alta, Miklós consultó el reloj: el cristal estaba roto, la aguja de las horas había desaparecido.

2. No sabes qué hora es, Miklós, pero mira por la ventana. Fíjate en la luz.

3. El pensamiento relacionado con las cuestiones difíciles ha quedado en suspenso, porque ahora Miklós centra toda su energía intelectual y también los dedos, su mano evolucionada, en abrir la ventana. Pero es en vano.

4. Este tren…, ¿este tren se está cayendo?

5. El empleado no contesta.

6. Por supuesto que no se está cayendo, dice alguien.

7. Todo veneno es, en cierto sentido, un aprendizaje: el cuerpo se halla ante lo extraño, se altera; aprende en el límite lo que antes no sabía: cómo se muere.

8. Estás en el lugar del novio, Miklós, esperando. Pero lo que viene se llama miedo: una novia indeseada.

9. Duele pensar, por lo que agachas la cabeza como si intentaras esconderla. Pero no puedes dejar de pensar. Alguien encendió algo, antes de que tú llegaras, y ahora eres incapaz de apagarlo, de desconectarlo. Y esa cosa que no puedes desconectar está en tu cuerpo.

10. Fabricar la estructura de Dios, piensa Miklós. Imaginarla primero. Luego dibujarla y encargar los materiales a continuación. Sin embargo, Miklós es sencillamente incapaz de abrir la ventana en la realidad.

11. El desmoronamiento de la voluntad, qué extraño: es de lo más silencioso.

12. Como si el mundo no fuese mundo, sino una película: puedes entrar en ella, pero no puedes tocar las cosas: nada alteras. Estás como muerto en medio de una película: no sois materiales mezclables, el mundo y tú.

13. Como si hubiese agotado toda capacidad de diálogo con su propio cuerpo, Miklós se sienta. Se rinde.

14. El cerebro no está en el lugar adecuado.

15. La civilización se construyó a partir de las paradas. La velocidad es incivilizada, es brutal, algo no humano. Solo estando parado construye el hombre, piensa Miklós.

16. Miklós participa tímidamente en lo que hacen sus manos, que golpean con fuerza la pared de la madera frágil del vagón. Hay algo que no se rompe. La mano lo nota, pero a diferencia de él está metida hasta el fondo. Se hace daño en la mano como si alguien le hubiese susurrado un secreto: no oye bien. Es como si la mano estuviese lejos. La mano le duele en la distancia.

17. ¿Incluir en el mundo la mano que ya no sientes —y, por tanto, excluirla de tu cuerpo— o incluirla en los efectos de alguna forma de amnesia?

He aquí el pensamiento que formula Miklós, sin acabar de entender qué le está sucediendo.

18. Miklós grita: ¡Mi mano!

Alguien, mientras tanto, dice cruzando el vagón a paso vivo: Hemos llegado, el tren se está deteniendo. De Bucarest a Budapest.

19. Musculatura y luego velocidad exterior: metros por segundo. La atención de Miklós vacila entre su mano y el tren que se detiene. Un dolor furioso y una novedad al otro lado. ¿Dónde estamos?

20. Esa pregunta siempre lo ha fascinado: ¿dónde estamos?

21. A pesar de todo, no puedes formular preguntas desde un lugar ajeno a tu propio cuerpo. Es tu cuerpo el que pregunta.

22. Infantil. Tomarle las medidas a lo que te asusta. Por ejemplo: la estatura del demonio. Una sola regla basta para apaciguar mil temores; pero somos racionales porque tenemos miedo.

23. Miklós apoya el pie en una zona, un espacio físico. Ni demasiado fuerte, ni demasiado temeroso.

24. ¡Hacia el centro!, dice alguien.

Pero el centro parece haber sido ocupado ya por una máquina.

¿Cómo que hacia el centro?, pregunta alguien. Hay una máquina. La máquina ha ocupado el centro. Miklós se apea del tren. Olvida lo que estaba pensando.

25. Veinticinco peldaños. Miklós los ha contado. Los veinticinco peldaños de una escalera. Es una escalera demasiado alta, no es esta. No se corresponde con la fotografía.

26. Sabe que su madre ha muerto. Recibió la noticia ayer. Quiere llevarla de vuelta a su tierra. Enterrarla junto a la casa de Bucarest, su lugar de origen.

¿Y dónde está su madre muerta? En Budapest, en lo alto de esa escalera.

II

El robo había sido sencillo. Ya nadie se fijaba en la estatua de Lenin.

Los dos hermanos habían usado las herramientas necesarias y suficientes, categoría en la que podría incluirse el tiempo.

Hubo de pasar otra noche para que el fuego bien dirigido fuera desgastando la base de la estatua.

Nadie los molestó. La estatua había sido relegada a un almacén situado más allá de la ciudad de Bucarest. En las afueras.