Cama adentro - Leticia Bianca - E-Book

Cama adentro E-Book

Leticia Bianca

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Beschreibung

Argentina, 2002. Mario Montesino ha conseguido ascender de clase social gracias a un matrimonio muy beneficioso y ahora es gerente de la empresa de la poderosa familia de su mujer, Raquel. Pero todo tiene un precio, porque cuidar de una enferma como ella no es nada fácil. En busca de tranquilidad, la pareja se aleja de la ciudad y se traslada a un Country Club, un barrio cerrado para gente adinerada en las afueras de Buenos Aires. Allí, tras varios intentos, encuentran a una discreta, cuidadosa y atenta criada que parece perfecta, a la que le ofrecen que se instale como interna. Mientras Mario viaja siempre por trabajo y Raquel pasa mucho tiempo hospitalizada, la mucama divide su jornada entre cada uno de ellos. Con el paso de los meses, en la casa se produce un crimen del que cada cual tiene su particular punto de vista. Pero ¿quién dice la verdad?

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Para Gianni

En el sueño yo estaba aquí y Ud. me mostraba esas láminas con manchas de tinta impresas,que antes se usaban para tests, simétricas, ¿se acuerda?Y en el sueño eran todas mariposas, ninguna entera, todastenían algún defecto,y claro, repetido el defecto de los dos lados, porque sonmanchas de tinta simétricas.Las alas estaban siempre rotas.

Manuel Puig,The Buenos Aires Affair (1973)

PRIMERA PARTE

Enero 2003

1

Escuchá, es así: si lo querés escribir te lo cuento todo, desde el principio hasta el final, como una película. Tendrías que mejorarlo un poco, porque la forma en la que lo sé es un lío, se me mezclan imágenes, cosas, ideas que quizás fueron de una manera pero da lo mismo porque son así o al revés. Mejor escribilo todo seguido y listo. Lo que te digo es que hay algunas situaciones que me vienen como si hubieran sido hoy y otras que no me las acuerdo bien, pero me las sé de memoria. También debe haber locuras que soñé y pienso que son así, pero igual no. Lo que no pasó lo inventás, pero lo que te voy a contar, si lo escribís mientras te lo voy diciendo, es como si miraras una de esas películas de amor, de traición, de quién mató a quién.

Todo empezó cuando la señora Rosario me dijo que buscaban a alguien en la casa de al lado, la de los Montesino. Yo trabajaba en el country hacía cinco años y me conocía todos los apellidos, pero a ellos los había visto muy poco. Un par de veces lo vi a él, cuando llegaba. Limpiaba los vidrios del portal y veía bajarse de la camioneta y entrar a esa casa a un tipo gigante, con cara de dinero, de dueño. Los ricos tienen rasgos distintos, no sé si te diste cuenta. Debe de ser por los productos de belleza que usan, no sé, pero se le nota rápido lo rica que es a la gente en la piel, el pelo, las uñas. Es raro, porque tienen un aura, ¿viste?, una luz diferente. Ya me había acostumbrado a esas pieles, a esas caras, a esas formas de mirar. Ellos miran diferente. Es como si cuando te miraran no la estuvieran viendo a una, sino a toda su familia, a nuestros primos, sobrinos, todos. Bueno, la señora Rosario me dijo entonces que los Montesino estaban buscando empleada porque la anterior había quedado embarazada. «Lo de siempre», dijo ella, «esas putitas al primer hombre que ven ya se entusiasman». Me acuerdo que dijo así, «al primer», porque ahí justo pensé en el primer hombre que vi, y que cuando lo vi no sentí entusiasmo para nada, pero no se lo dije a la señora porque no me paga para que le cuente la historia de mi familia. Además a la Cari, la empleada anterior de ellos, la conocía del barrio y sabía que no era su primer hombre el que la dejó embarazada. Pero bueno, a lo que iba, que por eso empecé a trabajar con ellos, los Montesino, Raquel y Mario.

El primer día ya dije: «Acá pasa algo raro», porque un matrimonio sin hijos es algo extraño, ¿qué querés que te diga? Es una casa sin techo, no sé, algo incompleto, que no sirve para nada. Si Dios hizo al hombre y a la mujer fue para que hagan más hombres y más mujeres, en eso es sabio el Señor, la naturaleza, lo que quieras, porque si no fuera así no hubiéramos sobrevivido a los dinosaurios, ¿viste?, es una cadena natural. Y aparte, después, ¿quién te cuida de vieja? Con lo difícil que es ser vieja, encima estar sola. Bueno, no sé, a mí me pareció rarísimo que con tanto dinero no tuvieran hijos, pero después me enteré por qué.

En realidad te cuento lo de los hijos porque fue lo que pensé cuando vi a Raquel por primera vez. No la había tenido nunca tan cerca hasta ese día y me vino justo eso, que se notaba que no había tenido hijos porque el cuerpo lo tenía bien. La estoy viendo como si fuera hoy, el cuello, los hombros, los brazos, las tetas. Me acuerdo de la piel de Raquel porque le brillaba, aunque los ojos también tenían algo, no sé, mágico. «Sos la de Rosario, ¿no?», me dijo, así como si con la señora Rosario fuéramos familia. «Sí», le contesté, porque sabía que en el country todos me conocían así porque la señora Rosario hablaba mucho de mí. Decía que como no me había embarazado en los años que llevaba en su casa le salí gauchita, rentable. Y yo la primera vez que escuché que decía eso de mí, «la chiquita esta me salió rentable», no sabía lo que era eso de rentable, así que lo busqué en el cyber después y me reía sola, porque es cuando algo te da dinero y yo decía: «Cómo le voy a dar dinero a la señora Rosario si ella tiene más que todos mis parientes juntos». Pero así me decía, rentable, gauchita, porque aunque estuviera de novia con el Johnny nunca había quedado embarazada y seguía trabajando sin parar. Pero, resumiendo, así fue como la conocí: ella me dijo que yo era de otra mujer y yo le miré las tetas.

Lo que pactamos al principio fue que iba a ir dos veces por semana a planchar, porque dijo que quería conocerme, verme trabajar, y después si todo iba bien podía empezar a limpiar y a cobrar la jornada completa. Pero ya la primera vez que entré a la casa encontré todo desordenado y a mí ordenar me sale, ¿viste?, lo tengo adentro. Es algo así, ¿cómo se dice eso que te sale sin pensar?, instantáneo, no, intuitivo, no sé, me es natural ordenar, eso quiero decir. Entonces, antes de ponerme a planchar le limpié todo el salón y ahí nomás fue que encontré las cartas. No me imaginaba que a ella le gustara el tarot, porque parecía más bien católica, de esas que están bautizadas, comunión, confirmación, todo, ¿viste?, pero también podía ser que además le gustara el tarot, ¿por qué no? Te decía, ese día llegué a las ocho en punto, toqué el timbre y me abrió él, vestido de traje pero sin corbata. Tenía la camisa un poco abierta y se le veía el vello del pecho plateado, brillando sobre la piel bronceada. Lo del color de los pelos me sorprendió porque se le notaba la edad más ahí que en la cabeza. Será que se tiñe las canas de la cabeza, pensé, como los actores. La cosa es que me dijo: «Ah, sos la nueva, pasá»; y yo le dije: «Sí, mucho gusto, señor». Y se partió de risa mientras se iba para el piso de arriba y me decía: «El Señor está en el cielo, querida. Yo soy Mario. A mí llamame así, que si no me siento un viejo». Eso me quedó grabado porque dos minutos después entré y vi las cartas en la mesa del salón, todas desparramadas y encima con El Ahorcado. Entonces lo até con lo del Señor y pensé que quizás el católico era él y no ella, pero aparentaba, para darle el gusto. Lo que también me viene como un flash de ese día fue que él ni me saludó cuando se fue. Ella apareció en la cocina a eso de las diez y yo ya estaba planchando. Me preguntó si él se había ido temprano y no supe qué decirle, porque era mi primera mañana con ellos, y pensé: «Yo qué sé qué es temprano para ustedes, señora, si me levanto a las seis desde chiquita, eso es “temprano”». Pero ni bien lo pensé dudé si a ella le gustaría que le dijera «señora» o sería como él, que quería que le dijera por el nombre. Porque la señora Rosario, por ejemplo, quería que le dijera las dos cosas. Que pienso ahora que sería para que no me confundiera cuando estaba con otras señoras o para que le dijera así todo el nombre ese que es tan imponente, ¿no? Tiene mucha fuerza, por lo de la virgen. Pero Raquel no me aclaró nada cuando le dije: «No sé, señora, a las ocho me abrió y ya después no lo vi más». Y ahí fue que ella se me quedó mirando fijo mientras yo planchaba. Tenía puesta una bata de seda blanca y abajo nada. Ver su cuerpo así tapado nomás con un trapito me causó la misma impresión que los pelos de él, el contraste ese entre el blanco de la tela y la piel de ella, bronceada, brillosa. Un escalofrío me dio. ¿Viste eso que sentís cuando arrastran las uñas por un pizarrón? Eso mismo sentí cuando se me quedó mirando como si fuera una extraterrestre y me dijo: «Veo que encontraste todo para planchar. Tenía razón Rosario, sí que sos gauchita».

Ahí en la cocina prendió la radio, se puso a hacer café y vio que había levantado todo del salón y lavado la copa de gin-tonic. También vio que le había envuelto las cartas en el lienzo que había encontrado tirado en el piso, que decía tarot por todos lados, así con flecos era, ¿viste esos que usan las que tiran? Cuando lo vi me di cuenta de que cantado era para eso. No sé si vos conocés alguna tarotista pero yo lo sé porque mi abuela iba mucho a lo de Nelly, una bruja del barrio que tiraba tarot, veía muertos, todo. Entonces, se quedó mirando las cartas en el mazo envueltas en el lienzo como se me había quedado mirando antes. Se le notaba que pensaba, sacaba conclusiones, iba, no sé, conociéndome con el pensamiento. ¿No te pasa que pensás que alguien es de una forma y la otra persona te sorprende? Que es lo más lindo, en realidad, porque uno siempre imagina cosas antes de conocer a los demás, ¿no? A mí me pasó cuando lo conocí al Johnny, lo vi y dije: «Listo, este me va a proponer casamiento al toque». Es todo así serio el Johnny. Es policía, por eso, pero no me quiero ir por las ramas. Lo que pasó ese día, lo que me dijo ese día, te lo tenés que acordar bien, porque es lo que después terminó haciendo que yo esté acá, ¿te das cuenta? Es que las cosas a veces no pasan en el tiempo, sino que es más como que están enrolladas en un ovillo todas juntas, y si vos seguís el hilo de lo que te voy a decir ahora me vas a entender. Ella miró un rato el ovillo de toda esta historia en el lienzo y dijo: «Gracias por levantar las cartas. Si Mario las ve, me mata».

Y así fue nomás, Mario nunca vio las cartas, yo siempre me ocupé de esconderlas. Ya había habido algunas cositas así en el country, no de que los tipos las maten, por suerte eso no, pero la señora Rosario me había contado que los Fernández Ríos estaban a punto de divorciarse por eso de que él tomaba de más, le gustaba atar a la mujer, y a veces la ataba muy fuerte y le quedaban marcas que la señora Rosario le veía cuando jugaban al tenis juntas. O lo del presidente de la administración de vecinos, también me contó una vez, que tenía ya tres denuncias por golpes, pero de la exmujer, no de la que vivía ahora con él ahí, que era «una conchudita mantenida», dijo la señora Rosario. Y yo pensaba, si todas acá son mantenidas, ¿qué tendrá de distinto esta para que le diga conchudita? Pero así es la señora Rosario, le gusta insultar mucho. Será que eso la hace sentir importante, porque es verdad que si vos insultás a alguien, un poco más de poder tenés, ¿no? Si yo te dijera, por ejemplo: «Dale, hija de puta, escribí, escribí que te voy a contar por qué mierda estoy acá, cómo carajo hicieron esos hijos de remil putas para engatusarme y meterme en el pozo de mierda este del que no voy a salir en mi puta vida, porque todos esos forros lo único que saben hacer es usar a las negras como nosotras para limpiar sus trapos sucios, para esconder sus mierdas, para meterte en sus fotos de familia perfecta y después acusarte de asesinato». Si te dijera eso vos vas a pensar que yo me creo más importante que vos porque te agredo, ¿no? Pero no, a mí no me gusta insultar porque a la abuela no le gustaba, decía que por cada mala palabra que decís, un angelito del cielo se muere. Y se ve que me lo dijo mucho de chiquita porque me quedó grabado a fuego.

2

Te dije que era una película, así toda rebuscada, con giros, de las que me gustan a mí, de esas que pensás que pasó una cosa pero en realidad pasó otra. Porque ese es el problema acá, que todos creen que yo estoy bien presa como estoy, pero no, o sea sí, yo sé que estoy presa, bien presa, presa hasta las tetas estoy, pero eso no quiere decir que sea yo la que hizo lo que dicen que hice, ¿no? O más bien quiere decir que hice lo que tenía que hacer, porque alguien tiene que pagar por lo que pasó, y entonces estoy pagando yo, aunque ellos me hayan pagado a mí. Porque el dinero, en realidad, si te ponés a pensar, es una forma de amor también, ¿o no? Si a mí me pagan quiere decir que me quieren, que algo hago bien, que algo hago que ellos no saben o no quieren o no pueden hacer. Y yo hago bien unas cuantas cosas, digo, hice, les hice unas cuantas cosas que ellos compraron, sí, pero a ellos les sobraba la plata y a mí me sobraba el amor. Quiero decir que yo les di lo que ellos no tenían y ellos me pagaron para que esté ahí y para que esté acá también.

Y esa es la gracia de las películas estas que te digo, confundir, hacer creer que las cosas son de una manera y, al final, pum, no, descubrís que son de otra y cuando salís del cine pensás todo de nuevo y decís: «Claro, si me estaban mostrando desde el principio que era así, ¿tan boluda soy que no me di cuenta?». Como esa con Bruce Willis que el tipo está muerto, Sexto sentido, ¿la viste? Ah, es buenísima, tenés que verla. Yo la fui a ver con el Johnny al cine en nuestra primera cita. Que no fue una cita cita, porque eso de las citas es de gente grande. Más bien él me llevó un día al cine y me dio un beso, y yo ya pensé eso que te dije antes, que nos íbamos a casar pronto, porque hizo todo así como un señor serio, pagó las entradas, el pochoclo, me agarró la mano en el cine, un dulce. Es muy romántico el Johnny, aunque sea policía. Tenés que ver cómo después de coger nos quedamos abrazados y él a veces llora, en silencio, pero llora. Bueno, lloraba. Ahora no sé, porque seguro que ya está con otra, más vale, si tiene toda la facha y desde pendejo andaba rodeado de minas. Aunque él siempre cuando estuvo conmigo estuvo conmigo, que yo no le iba a aguantar que me hiciera ninguna. Pero así era él, siempre me llevaba al cine y después cogíamos y lloraba. Pienso que sería por lo que tenía que ver, los muertos, los faloperos, los nenitos narcos. Me imagino que se le debía de poner rara la cabeza, pensar que son sus vecinos, ¿viste?, porque los policías y los ladrones salen todos del mismo barrio. Es mentira eso de que los policías son buenos y los ladrones malos, a veces hasta son hermanos. Te lo digo porque yo conozco varios policías además del Johnny. Por ejemplo, el tío del Johnny era comisario. No se hablaban porque habían tenido un lío, pero yo lo llegué a conocer. Por eso el Johnny siempre decía: «La fuerza es como la familia, la tenés que aguantar pase lo que pase».

Pero volviendo, lo que quiero es contarte bien toda esta historia para que vos la tengas clara y veas que lo de las familias que te digo es como si fueran películas, porque las familias son así, parecen una cosa y después pum, Bruce Willis, están todos muertos. Sigo. Cuando empecé con Mario y Raquel era para planchar, dos veces por semana, martes y jueves, y el resto del tiempo me la pasaba de la señora Rosario, que un poco celosa estaba, ¿viste? Para mí era porque envidiaba a Raquel, por el físico, seguro. Porque la señora Rosario sí había tenido hijos, tres. Entonces el cuerpo se le había quedado de madre, con las tetas caídas, estrías, todo. Eso lo sabía porque a ella le gustaba andar siempre en bolas por la casa. Así que no es que yo quisiera mirar, ¿no?, pero la veía. Sería por envidia o por celos, no sé, pero al principio me tiraba mucho de la lengua para saber de los Montesino. Me decía: «Contame todo de esos dos que siempre me parecieron raros». Así, «esos dos», decía. Para ella era como si no estuvieran juntos juntos. Y yo pensaba: «Esos dos son mis patrones. Los tengo que respetar como la respeto a usted, señora Rosario. ¿Qué quiere que le cuente?». Pero igual le contaba. Era esperable, estaba molesta, un poco envidiosa por el cuerpo de ella y, aparte, creo que porque él era así todo grandote, lo opuesto a su marido, que era flaquito y parecía como una chaucha, aunque plata ganaban mucha los dos.

Entonces, después de un mes que solo planché me pidieron me quede con cama adentro y ahí sí que se armó. La señora Rosario primero me dijo que sí, haciéndose la que no le importaba. «Claro, querida, lo que a vos te convenga», me dijo rápido la primera vez que se lo comenté. Ella sabía que yo ayudaba en mi casa, que la abuela cobraba la mínima y que mis hermanos eran chiquitos. Se daba cuenta de que la plata la necesitaba. Además, con lo de no quedarme embarazada creo que me había ganado su confianza. Confiaba en que yo no era de andar haciendo líos, y aparte lo conocía al Johnny, que a veces me iba a buscar y sabía que era policía. Cuando lo vio por primera vez seguro pensó que entre que mi novio fuera ladrón o policía había elegido bien. Me la juego que cuando lo vio al Johnny de uniforme pensó que yo era derechita. Bueno, es que lo soy, o lo era, ahora no sé porque estoy metida acá, andá a saber si voy a conseguir trabajo cuando salga. Mirá, ya me empiezo a ilusionar con que salgo. Eso es lo que tiene contar así, como si fuera una película, que pensás en el final rápido, querés que se resuelva el misterio. ¿Es culpable o no es culpable? o ¿quién mató a quién? Esas preguntas anotalas también, después te van a servir, cuando salgas de acá, escribas el libro y seas millonaria. ¿Ves? Ya me imagino que salís y todo. Pero es porque me gustan los finales felices, por eso. Haceme caso, anotá todas estas preguntas y vas a ver que te van publicar el libro y vas a ser famosa, te lo prometo.

Pero bueno, no nos adelantemos. Cuando Raquel me propuso lo de la cama adentro tuve que preguntarle a la señora Rosario, que primero me dijo que sí pero después que no, que quién le iba a trabajar a ella. Entonces hicimos un arreglo: yo vivía con los Montesino, les hacía la limpieza, la comida y la plancha y después, dos días a la semana, iba de la señora Rosario, que me pagaba por hora, como siempre. Dijimos además que sábado y domingo me iba a mi casa, pero eso duró muy poco. Al principio sí, iba y venía, pero después empezaron las reuniones, cuando Mario consiguió ese contrato importante, que construía hoteles, así que se le llenaba la casa de invitados y me tenía que quedar. Esas fiestas eran gigantes, venía gente de países que yo ni sabía que existían. Uno me dijo una vez que era de, esperá, cómo se dice, Turemisán, no, Turkimakán, no, Turk-me-nis-tán, ahí está. Mirá vos, quién iba a decir que yo iba a conocer a alguien con turbante, como en Aladdín, la peli esa de Disney, ¿la viste? De Disney es mi favorita porque tiene la típica historia de amor, pero en realidad está al revés, ¿te diste cuenta? Aladdín es un ladrón pobre que después se hace rico por amor, justo lo opuesto a lo que pasa siempre, que somos las mujeres las pobres, se nos enamora el príncipe y ahí somos ricas. Pero acá no, en Aladdín es distinto, la plata la tiene ella. A lo que iba, fijate lo que sería Mario, fijate si sería importante que le venía gente con turbante a la casa, así como el genio de la lámpara. Esa noche, me la acuerdo, la de Turmenistán, Turkimakán, no, bueno, ese país con nombre raro, porque vino el viejo con turbante que creo que era el embajador de ahí o algo así y me dijo: «Comida muy rica», cuando le serví en esa fiesta, la fiesta donde empezó todo, la fiesta donde Mario me besó por primera vez.

Te decía: yo iba y venía de una casa a la otra y esa noche, esa fiesta me la acuerdo muy bien porque claro, fue lo del beso, cómo me voy a olvidar de que mi patrón me besara a escondidas de su mujer en la misma casa donde vivíamos los tres. Esas cosas sí que te las acordás para siempre. Raquel estaba muy enojada conmigo esa noche, no me preguntes por qué, pero habíamos tenido una situación en la habitación un poco rara, con unos vestidos que quiso que me probase. No te quiero mentir, pero la ropa de ella a mí no me gustó nunca, me parecía de vieja, demasiado apagada, todo de colores cremitas, flores, ropa de rica, bah. Pero por alguna razón quiso que me probara sus vestidos para la fiesta y andá a saber qué se le pasó por la cabeza cuando me vio vestida como ella, porque a partir de ahí no paró de maltratarme toda la noche. Me acuerdo que dijo que era porque los calentitos que serví no estaban calientes. «Pensé que sí, señora», le dije, y me contestó: «Yo no te pago para pensar. Si querés pensar hacelo de la puerta para fuera». Eso se lo conté a la señora Rosario, que siempre me preguntaba qué me decían «esos dos». Y esto se lo dije, claro que se lo dije, eso de que no me pagaba para pensar. Y me acuerdo que la señora Rosario por lo bajo me respondió tajante: «Esa no es manera de tratar al servicio».

Me estoy mezclando, perdoname, vos anotalo todo así y cuando termines podés cortar y pegar, pero mejor vamos en orden: primero el beso y después todo lo otro hasta llegar hasta acá. Me tengo que cuidar de no contarte qué decía la señora Rosario con cada cosa, aunque no cambia mucho tampoco. Ella es la comentadora del partido, pero somos nosotros los jugadores. No sé si hay un deporte que se juegue de a tres. ¿Sabés vos? Yo más que el fútbol y el básquet no conozco. Bueno, imaginate eso, un partido de fútbol de dos contra uno, porque ellos empezaron a atacarme al mismo tiempo, ella retándome por lo de los calentitos de la fiesta y él, peor, con besos. Parecía que cuanto más se enojaba ella conmigo más le gustaba yo a él. Fue así, mirá, esta escena te la cuento bien, no importa el viejo del turbante porque ya no estaba. Se había comido muy tranquilo los calentitos que no estaban calentitos, me había dicho: «Comida muy rica», se había tomado todo el vino y el champagne y se había ido. Entonces, cuando la casa se vació todavía faltaba levantar el salón y Raquel vio que no tenía lugar para las cartas, que era lo que hacía noche por medio después de armarse esos gin-tonics