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A la protagonista de esta historia le diagnostican una enfermedad extrañísima y le dan 20% de posibilidades de sobrevivir. ¿Qué decide hacer con los últimos seis meses que le quedan? Escribir una novela. Empieza a planificarla y entiende que para tener material para escribirla necesita vivir nuevas experiencias: probar MDMA, robar, tirarse en parapente y tener sexo sadomasoquista. Pero no todo es tan sencillo. Entre desoladores mails a su ex, delirantes reacciones de su familia, una prima que le pide un favor inesperado y reflexiones sobre el feminismo, la trama estalla en un arco narrativo imposible de prever. Sólo se muere una vez es una lección de humor negro cargada de imprevistos, absurdos y especulaciones desopilantes: una joya tan brillante como atípica dentro de la narrativa contemporánea argentina. Bianca se atreve a todo y explora los intersticios incómodos que la gran mayoría de las autoras esquivan, y lo hace con acidez, honestidad y desparpajo, porque, como dice la narradora, a veces vivir es infinitamente más difícil que morir.
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Seitenzahl: 100
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Bianca, Leticia
Sólo se muere una vez/ Leticia Bianca. - 1a ed.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Neural, 2021.
Libro digital, EPUB - (Narrativa)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-86-8154-2
1. Narrativa Argentina. 2. Muerte. I. Título.
CDD A863
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Neural
Editores: Martín Jali, Matías Buonfrate
Diseño de portada: Sergio Calvo
1a edición en Argentina: febrero de 2021
www.literaturaneural.com
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Para Franco
Cuando tenía once años, una tía me regaló un diario.
Lo único que escribí fue: “He ido al colegio, he hecho los deberes”.
Así que empecé a hacer cosas malas para tener algo que contar.
Lucia Berlin
Mi generación no está preparada para nada, ni siquiera para morirse. Somos hijos de la televisión, el Family Game, la computadora, internet, los celulares y las apps. Acostumbrados como estamos a que las emociones nos lleguen sin movernos, todo nos da paja. Y si vivir nos da paja, imagínense morir, más y más paja.
Como para mí hacer un trámite era un suplicio, no morirme se me representaba como una eternidad de insoportables peripecias burocráticas. Trámites de la obra social que no tenía, más trámites para un tratamiento que ni sabía en qué consistiría, más y más trámites de medicamentos que seguramente necesitaban ser autorizados por la obra social y así ad infinitum. La muerte parecía bastante más sencilla que ese infumable rosario de procedimientos que tenía que llevar adelante para evitarla. Lógicamente los médicos me habían dicho que tenía que hacer el intento de someterme a una cantidad absurda de intervenciones con tal de saber si Dios era así de injusto conmigo, que era tan joven, pobrecita. Pero tras el diagnóstico quedó claro que lo me esperaba antes de la luz blanca sería aún peor: colas en hospitales, turnos, aburrimiento. Paja. Concluí con rapidez que me era mucho más fácil lidiar con la muerte que con todos esos intentos inútiles de hacer las cosas bien para que terminara todo como siempre, mal, o en su defecto, para que terminara y ya. Una paja. Una verdadera paja. Prefiero morirme.
Cuando escuché al médico entendí que aunque no estuviera preparada para nada a la vez estaba lista para todo. Había atravesado situaciones aún peores que la muerte y había deseado el fin más de una vez frente a la opción de otras catástrofes como una separación, un abandono o una traición. Era cierto que había cosas que no iba a poder hacer nunca y otras tantas que aquellos que siguieran vivos iban a ver y yo no. Pero en definitiva, hechas esas cosas y vistas esas otras, también ellos morirían. La única diferencia era que yo sabía que iba a hacerlo ese año.
Cuando salí del hospital con la certeza de padecer una enfermedad muy extraña que me daba apenas 20% de probabilidades de sobrevivir, decidí que iba a escribir una novela, esta novela. Era lo único que realmente me molestaba no haber hecho hasta ese momento y era a lo que iba a dedicar mis últimos seis meses de vida. La diseñé en el colectivo camino a casa desde el hospital: tendría una sección biográfica en la que desmenuzaría en detalle cómo muchas veces haber estado viva había sido insoportablemente más difícil que morir y luego otra sobre cómo mi entorno reaccionaba a mi decisión de no hacer el tratamiento.
Sería un libro más o menos mediocre y normal pero que contaría con una excelente estrategia de marketing. Que la autora muriera inmediatamente después de publicarse funcionaría de maravillas para las ventas. Y para mejor, cuando la novela sobre las depresivas últimas horas de la triste joven moribunda fuera un éxito total yo seguiría muerta, por lo que también me ahorraría muchos otros suplicios. No iba a pasar por la ansiedad de la presentación, por la angustia de la espera de las críticas o por la ira gracias a alguna opinión negativa. No tendría que dar entrevistas para aburridísimos suplementos culturales que no leería nadie ni posar con cara de inteligente para ningún fotógrafo pretencioso.
Mi vida era un éxito asegurado.
Moriría y sería un best seller.
Win Win.
Game Over.
Mi teoría personal era que esto de la gordura condicionaría el futuro de mi mamá de manera determinante y la haría mucho menos dependiente de lo físico que el resto de las mujeres y mucho más concentrada en su intelecto y en sus capacidades en otros aspectos por fuera del estético. Siguiendo mi teoría, esto hizo que mi mamá fuera una persona interesada en la cultura, el saber, lo que no se puede ver. Y esto generó, a la vez, que se ocupara de su cerebro mucho más que de su cuerpo y por ende, muchísimo más que de su corazón.
En resumen, los pequeños niños gordos terminan convirtiéndose en: a) adultos gordos y graciosos b) flacos resentidos con la sociedad c) mi mamá. Ella entraba en otra categoría porque había dejado de ser gorda de adulta, aunque a fuerza de muchos trastornos alimenticios, pero tampoco era resentida. Entonces como no encajaba en ninguna categoría existente tuve que inventarme otra, ya que en realidad había pocos gordos que dedicaran su energía a su intelecto porque por el lado del cuerpo no iba, en general los gordos hacían chistes. Mi mamá no hacía muchos chistes. Quizás mi teoría no servía tanto, pero, ¿de qué otra manera podía yo entender que ella fuera la persona menos maternal que había conocido en mi vida?
En resumen, nuestra relación había sido malísima por veinte años, tensa otros cinco y finalmente estábamos aprendiendo a querernos cuando me enteré que me moría. Se lo tenía que decir porque no podía soportar guardarle un secreto así de grande. Porque ella me conoce, quizás mejor que nadie, quizás porque se dedicó a conocerme mucho, con lo que se ha hecho una experta. Pero además, esto es algo muy escalofriante, mi mamá sabe. Sabe las cosas que me suceden aunque no se las cuente, no tengo idea cómo hace, pero lo hace. Ella dice que es algo que le modificaron en la sala de partos, así que me imagino será una característica muy propia de las madres. Pero como yo solo tuve acceso a la mía lo único que me causaba terror de esa peculiaridad era que se aplicara a mi persona. Fue por este motivo que durante muchos años cultivé una política de darle a mi mamá la menor cantidad de información posible sobre mi vida. Fue al pedo, olímpicamente, porque ella siempre supo.
Ahora tenía que contarle que me moría y no quería.
No quería decirle que en seis meses se convertiría en, bueno, eso. Porque están los huérfanos y los viudos, pero no hay nombre para los padres cuyos hijos han muerto.
No quería decirle que iba a enterrar a su única hija. No quería que supiera que iba a ser eso tan terrible que ni siquiera tiene un nombre. Quería que lo supiera sin que se lo dijera, como tantas otras cosas. Quería que fuera todo lo maternal que nunca había sido conmigo, me abrazara, me acompañara, me dijera que aunque todo estuviera mal todo iba a estar bien.
Quería que mi mamá fuera una mamá y no la mía.
Quería una mamá con corazón.
Aun con esta forma complicada de comunicarnos logré llevarme bien con él, teníamos discusiones sobre arte, música y política en las que era imposible aburrirse. Y aunque probablemente también estuviera metido en negocios turbios que desconocía, lo que sí estaba confirmado era que era muy cabulero, le gustaba ir casino y las comidas pesadas de bodegones impresentables. En resumen, si bien no puedo decir que me haya enseñado mucho sobre nada, me dijo cosas tan bizarras que me llevaron años entender pero que hicieron de mí la persona que soy. Entre sus slogans publicitarios y sus máximas de un tipo cualquiera, el hombre iba forjando mi carácter. Sin dudas no era lo que se dice una persona con un alto nivel moral, pero mucho no me importaba. Era mi papá y lo quería.
