Caminante de Estatuas - Daniel Ruiz - E-Book

Caminante de Estatuas E-Book

Daniel Ruiz

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Beschreibung

Leonardo solo quiere caminar por las calles de Valparaíso y estar con su mejor amiga, pero un día descubre que falta una estatua en la plaza. Desde ese momento, una voz de ultratumba comienza a acosarlo, llevándolo a encuentros cada vez más inquietantes. El enigma incluye librerías vandalizadas, homicidios y la aparición de un gigante enmascarado. Ambos se enfrentarán a lo desconocido, investigando qué ocurrió con la estatua de la primavera. Una historia repleta de suspenso, misterio y fenómenos sobrenaturales. Las sombras esconden mucho más que nuestros temores. Cuando la ciudad duerme, otros seres toman su lugar.

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Seitenzahl: 121

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Caminante de estatuas

Sello: Tricéfalo

Primera edición digital: Septiembre 2024

© Daniel Ruiz

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Marco “Peyeyo” Morales

Corrección de textos: Felipe Reyes

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6386-26-1

ISBN digital: 978-956-6386-73-5

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

Para un firme par de sabios y los insólitos amigos alrededor de ese par,

que siempre trataron en verdadera igualdad con ese bárbaro errante.

Nadie es perfecto,

pero tú estuviste muy cerca.

Mark Palmer, Aaahh!!! Real Monsters

Capítulo uno

Era el tercer día en que detenía su caminata en la plaza Victoria. El pedestal de una de las cuatro estatuas de mujeres con rasgos de las estaciones estaba vacío.

—¿Dónde está la primavera? —se preguntó el caminante. Tal como los dos días anteriores, había llegado a pie hasta ahí, al centro mismo de la ciudad, desde su casa en avenida Francia, bastante arriba en la subida de un cerro. Por tercera vez había pasado por el curvado desvío que era la calle Baquedano, luego por la larga escalera que era el pasaje Teniente Pinto, saliendo de los cerros al llegar a las tan cercanas calles Lastra y Carrera, y finalmente a la céntrica avenida Independencia, que daba directo a la plaza donde terminaba su recorrido.

Por tercera vez tomaba un camino diferente, inconscientemente buscando las calles menos céntricas, aunque de todas formas terminaba en el centro.

Por tercer día consecutivo se preguntaba lo mismo. La estatua de la mujer adornada como la primavera no estaba.

—Desapareció hace poco más de un año —respondió una voz profunda tras él.

“¿Quién…?”, pensó el caminante, volteándose enseguida para ver quién le había hablado.

No había nadie ahí. No le dio mayor importancia, concentrado en el pedestal vacío. Lo rodeó un par de veces, luego dio algunas vueltas por la plaza. Se recostó en una de las dos estatuas de leones que descansan entre las cuatro, o tres, estatuas de mujeres. Al darse cuenta de que el cielo se oscurecía, decidió volver. Se alejó más de los cerros por calle Edwards hasta la amplia avenida Errázuriz, paralela a la costa de la ciudad, y por ahí, mirando al mar, llegó a avenida Francia, donde volvió a la cercanía de los cerros y caminó hacia arriba hasta llegar a su hogar.

Fue una noche como cualquiera. Recibió una llamada de una amiga, hablaron sobre incontables detalles que ambos disfrutaban del atardecer por un corto rato y, después de despedirse y colgar el teléfono, pensó en cuánto la amaba. Ni siquiera soñó al dormir.

Al día siguiente, un poco más tarde que el anterior, caminó nuevamente hasta la plaza Victoria. No se fijó en el camino, tal vez era el mismo del primer día, tal vez el mismo del segundo, tal vez el mismo del tercero, no lo supo. Llegó cuando el cielo ya comenzaba a oscurecerse. “Podría ver el atardecer en Errázuriz”, pensó, pero no se movió de la plaza. Caminó un rato alrededor de la fuente, hasta quedarse frente al pedestal vacío.

—¿Aún esperas a la primavera? —era la misma profunda voz del día anterior. Le habló pocos segundos después de que se quedara quieto, mirando el lugar de la estatua desaparecida.

Y tal como la primera vez, se volteó enseguida para descubrir que no había nadie ahí. A diferencia de aquella vez, sintió un calor invadiéndolo desde adentro, esparciéndose por sus venas. Caminó alrededor del pedestal, rodeó una y otra vez la zona, pero nadie le dijo nada. Nadie lo miraba. No podía saber si la persona que le habló seguía ahí. Cuando su curiosidad se calmó y dejó de sentir ese repentino calor, se sentó en una banca de la plaza, mirando hacia atrás, al suelo, al pedestal vacío, nuevamente hacia atrás, y así por varias horas. Decidió volver a su hogar al darse cuenta de que ya faltaba poco para la madrugada.

No recibió llamadas telefónicas esa noche. Casi no se dio cuenta de la sensación de vacío que eso le dejó. Casi.

A la mañana siguiente despertó más tarde de lo habitual, pensando en esa voz que le hablaba en la plaza. Se encaminó hacia allá más temprano que los días anteriores. No pensaba en volver a mirar el pedestal vacío, quería saber de quién era esa voz. Tan concentrado estaba durante la caminata que nuevamente no se fijó en los lugares que recorría.

Toda su concentración en aquella voz se esfumó al llegar a la plaza, donde vio que alguien más estaba mirando el pedestal vacío.

Era su amiga con quien había hablado por teléfono hacía poco. Solían llamarse durante las noches, además de verse bastante seguido. Estaba enamorado de ella desde que la conoció.

—Hola —le dijo sonriente ella al voltearse y verlo, haciéndolo darse cuenta de que se había quedado pasmado mirándola.

—Hola, no esperaba verte aquí —respondió él, saliendo de su sorpresa.

—No esperaba venir hoy, la verdad, pero salí temprano del trabajo. ¿Cómo estás? —Lo miraba a los ojos con gentileza.

—Bien, algo aquí me tiene perdido, pero bien, ¿y tú?

—Algo cansada, nada más. ¿Perdido? ¿Será porque falta la estatua de la primavera? —siempre al escucharlo parecía distinguir lo que había detrás.

—Bueno, sí, eso también…

—¿Qué pasa? —no era primera vez que la escuchaba preocupada por él, con esa preocupación tan gentil como su mirada directa y sus palabras acertadas.

—Ayer, y el día anterior, mientras miraba el pedestal vacío, alguien me habló, y luego no pude encontrarlo. Era una voz extraña, y fue como si desapareciera.

—Qué extraño… ¿Crees que hoy pase de nuevo?

—Vine pensando solamente en eso, pero ahora espero que no pase. Es un lindo día.

—Lo es. ¿Nos sentamos? —y volvió a sonreírle.

—Claro.

El resto del día fue tranquilo. El caminante no supo cómo, era lo último que pensaba que podría suceder, pero, sin saberlo o tal vez sin admitirlo, era lo primero que deseaba que sucediera. Conversando con la persona que amaba sobre tantas cosas, desde miedos de la infancia hasta las hojas de cada árbol hasta posibles sueños del futuro, primero sentados cerca del pedestal vacío, luego caminando bajo los árboles, mirando la fuente del centro de la plaza, y finalmente acompañándola hasta su hogar, todavía y siempre hablando en tan sencilla confianza, su preocupación por aquella extraña voz, tal como su curiosidad por la estatua desaparecida, pasaron a segundo plano. No era primera vez que la sola presencia de ella ocultaba todos sus otros pensamientos.

Llegó a su casa cuando ya era de noche. Se olvidó de echar llave a su puerta, y durmió mucho mejor que durante los últimos días casi toda la noche. Aunque no fue capaz de recordarlo a la mañana siguiente, soñó con ella. Mientras el sol salía, escuchó esa voz profunda en el final de sus sueños y despertó con miedo.

Quiso ir de nuevo a la plaza, pero no lograba convencerse de salir. Caminó por su casa varias veces, se lavó la cara otras cuantas, preparó y bebió una tras otra seis tazas de café. Al cabo de unas horas, decidió llamar a su amiga.

—Hola —dijo ella, contestando el teléfono casi enseguida.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien, pensando ir de nuevo a la plaza un rato, tengo el día libre.

—Justo eso quería preguntarte.

La conversación fue corta. Decidieron reunirse nuevamente en el mismo punto, junto al pedestal vacío. El caminante se apresuró. Eligió el camino más rápido y llegó a la plaza Victoria media hora antes de lo acordado.

“Siempre escucho la voz desde el mismo lado. Siempre miro el pedestal desde el mismo lado, y la voz habla a mis espaldas”, se repitió mientras caminaba, y luego mientras esperaba. Se apoyó contra el pedestal vacío, mirando en la dirección desde donde había venido la voz. No miró la hora hasta que vio llegar a su amiga, casi por la misma dirección en que miraba.

—Perdón por el atraso —le dijo ella, sonriéndole, saludándolo con un gesto.

—Ni siquiera lo noté, la verdad —respondió él, sin darse cuenta de la sonrisa que se formaba en su rostro.

Conversaron un largo rato ahí, junto al pedestal, sobre pesadillas nuevas y sueños antiguos. Se sentaron después de casi dos horas, y a pesar de que su preocupación nuevamente había pasado a segundo plano, el caminante seguía mirando en la misma dirección, aquella desde donde había venido la voz los días anteriores.

Comenzó a oscurecer y decidieron ir a comer a algún lugar. “Hoy no apareció, tal vez solo era alguien respondiendo y yéndose, tal vez no vendrá más”, pensó él. Caminaron hacia avenida Pedro Montt, paralela y aún más céntrica que Independencia, y se detuvieron en el límite de la plaza esperando a que el semáforo peatonal cambiara a verde.

—¿Se van tan pronto? —escucharon ambos. Era la misma voz de los dos días anteriores, profunda, rasposa, indefinible. Se voltearon al unísono, pero no vieron a nadie tras ellos.

Capítulo Dos

Pasaron tres días en los que el caminante y su amiga no salieron a la calle. Hablaron por teléfono al menos una vez cada día, sobre libros y formas de nubes y recuerdos de los últimos meses, evitando a toda costa tocar el tema de la plaza Victoria, pero no podían dejar de pensar en eso. Cada uno sabía que el otro no pensaba en otra cosa, mas sin decirlo habían acordado no mencionarlo.

“Alguien nos sigue”, pensaba el caminante a cada momento. “Tal vez les hace lo mismo a más personas, tal vez solo a nosotros”, se repetía dando vueltas por su casa. “¿Será peligroso?”, se cuestionaba, invadido por ese calor en sus venas nuevamente. “Debe serlo si desaparece en cada ocasión. ¿Hará algo más que hablarnos? ¿Nos estará esperando?”.

Durante esos tres días en que no salió, se iba a dormir y despertaba pensando en lo mismo. “¿Qué quiere? ¿Qué quiere con nosotros?”.

Al cuarto día ya no lo soportó más. Buscó entre sus cosas hasta encontrar una navaja que no había visto en más de un año. No recordaba para qué la tenía ni de dónde la había sacado, pero decidió llevársela antes de partir una vez más a la plaza Victoria.

Por segunda vez durante sus viajes de los últimos días, tomó el camino más corto. Bajó por avenida Francia directo hasta Independencia y caminó por ahí. Como había previsto, esa calle estaba más despejada que la paralela, Pedro Montt, donde siempre se topaba con tanta gente. Iba a cruzar a la plaza, pero sintió miedo. Más que la última vez que escuchó la voz, más que los tres días anteriores cuando despertaba escuchando sus palabras, más que nunca antes. No podía explicárselo. Tanto lo invadió el miedo, que no se dio cuenta de cómo el calor inundaba cada vez más rápido sus venas y músculos.

Siguió de largo, sin saber exactamente qué hacer, y vio de pronto una tienda de caza. “No puedo tener miedo ahora” pensó, involuntariamente dejándose poseer por el fuego que le brotaba de las profundidades del cuerpo, y no dejó de repetírselo hasta salir de la tienda. Preguntó qué le recomendaban para defensa personal y, tras ver las opciones, se decidió por un bastón retráctil.

Cruzó a la plaza, con sudor frío evaporándose en su piel por el calor debajo de esta, sintiendo ese extraño temor y repitiéndose la misma frase: “no puedo tener miedo ahora”.

—¡Leo! ¡Oye! —escuchó.

—¿Ah? —se sorprendió bastante al oír una voz conocida. Se volteó y reconoció a un buen amigo, con su mismo pelo claro desordenado de siempre, mismo polerón suelto abierto y jeans desgastados, y la misma despreocupada sonrisa.

—Hola, tanto tiempo —era Vermin, aunque ese no era su verdadero nombre, sino el apodo por el que todos sus conocidos lo llamaban.

—Sí, mucho. ¿Qué tal?

—Todo bien, como siempre, ¿y tú cómo andas?

—Algo… no sé, la verdad —el miedo lo abandonó más rápido que el calor—. Están pasando cosas extrañas —ninguna de las dos sensaciones terminó de abandonarlo, no por completo.

—¿Escuchaste los ruidos en el cementerio?

—¿Qué?

—Oh, entonces no era eso… He pasado estos últimos días cerca de los tres cementerios de la subida Cumming, hay ruidos raros ahí. Varios amigos me han dicho que también los han escuchado. Algunos creen que tiene que ver con esos asesinatos del año pasado, pero eso ya sería demasiado.

—Eso es aún más raro que lo que me ha estado pasando… ¿Has ido a ver? —el caminante ni siquiera había pensado en esos asesinatos tan recientes. Tan solo recordar las descripciones de semejantes escenas del crimen, escritas en los diarios o habladas en los noticieros, lo hizo evitar imaginar que existiera cualquier relación.

—He pasado porque me queda en el camino, la verdad, y aún no veo nada. Pensaba ir a ver con Dread uno de estos días.

—¿Con quién?

—Eduardo, ¿te acuerdas de él? Me fui a vivir con él hace poco.

—Ah, él, claro que me acuerdo.

—Ahora todos le dicen Dread, se empezó a hacer llamar así, no sé, creo que se cansó de su nombre verdadero.

—Algo recuerdo que decía de eso. Hace tiempo que no lo veo.

—Nunca le gustó mucho su nombre. Deberíamos reunirnos alguna vez. Aún hablas con Victoria, ¿cierto?

—Siempre.

—Genial, llevo unos meses sin verla.

Conversaron unos pocos minutos más, hasta que Vermin tuvo que irse. Acordaron reunirse pronto. A pesar de la distracción y de lo animado que estaba su amigo, el caminante no pudo sacarse el miedo. Seguía ahí, como una presencia clavada detrás de su cabeza, y solo crecía con cada paso que daba hacia el pedestal vacío. Ni siquiera se preocupó de lo que le había contado Vermin, mas esa extraña sensación que le dejó el recuerdo de los asesinatos roía inevitablemente sus pensamientos, aunque con menos fuerza.

Tan profundo devoraban su mente esas dos ideas, que ni siquiera notaba el calor envolviéndolo desde dentro, desde el fondo de sus órganos y huesos hacia afuera.

Se paró ahí, frente al lugar de la estatua ausente, quieto, con la mano derecha en el bolsillo, sujetando el bastón retráctil. Estaba tan atento como aterrado, poniendo atención a todas las voces a su alrededor, a cada ruido que escuchaba y a cada persona que veía. Pasó ahí horas sin moverse. Cayó la noche. La gente desapareció y él se quedó en donde estaba.

—¿Tan tarde por aquí? —era la voz.