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En las callejuelas ensombrecidas y los cerros de Valparaíso, surgen hechos inexplicables que rozan los confines del entendimiento humano. Extremidades que brotan de árboles centenarios, rumores que desafían toda lógica y almas perdidas, arrastradas a abismos de desesperación. Pero estos eventos sobrenaturales pronto se entrelazan con lo terrenal: varios crímenes dejan a la ciudad en vilo. Entonces, emerge una figura enigmática: el Pájaro. Un hombre embriagado por la vida y las bebidas fuertes, cuya presencia contrasta con su naturaleza errante. Sin una verdadera causa que lo guíe, puro instinto, se adentra en la investigación. La llama del peligro lo atrae inexorablemente. Con aliados, habilidades y secretos que lo superan, el Pájaro enfrentará amenazas que anhelan su esencia. Impulsado por un sentido de justicia y curiosidad, sabe que, a pesar de la magnitud del desafío, no puede ni debe retroceder. Un noir de fantasía urbana que te atrapará desde la primera página. Un relato donde lo sobrenatural se transforma en un baile macabro. La magia y el cielo estrellado de Valparaíso en primer plano.
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Seitenzahl: 176
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© El otro lado del ascensor
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Daniel Ruiz
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Juan “Nitrox” Márquez
Corrección de textos: Felipe Reyes
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6183-54-9
ISBN digital: 978-956-6386-71-1
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Para todo paria, como yo, que entre a este cuento sobre
parias, como nosotros.
Si hay problemas, todo lo que los fenómenos
tenemos es el uno al otro.
Guillermo del Toro, Hellboy, 2004
“Un lugar como este no debería existir”, le escuché alguna vez a un extasiado extranjero, y vaya que le encuentro razón. Hay algo absolutamente surrealista en Valparaíso, tanto en su forma física como en su alma profunda. Muchos de sus callejones se elevan desde el mar hasta alcanzar las nubes y sobre ascensores, desde lo alto, podemos admirar los colores de un destino imposible, completamente atiborrado de historias y recuerdos. Me atrevería a decir que quien no paseó por Valparaíso nunca conocerá Chile del todo, porque cruzar sus avenidas es vivir esa realidad tan porteña, tan romántica y azarosa como el horizonte marino, donde nada es totalmente real, pero tampoco ficticio, y todo tiene posibilidad de existir.
Pensándolo mejor, quizás se trata de un imán que alguien o algo plantó en la Región de Valparaíso, una especie de anzuelo invisible que nos lleva por cada hermosa localidad de sus provincias, para arrastrarnos de a poco hasta las olas. Les doy un ejemplo. Conocí al autor de estas páginas en el centro de Quilpué, luego de una hermosa presentación en el teatro municipal de la comuna en la que hablamos de guardianes y otras fantasías. Es un hecho: a través de las historias, comprobamos empíricamente que ese magnetismo existe, porque luego de intercambiar un par de frases y carcajadas, terminamos almorzando en un local frente a la plaza, brindando felices por otros cuentistas, autores y creaciones llenas de magia y hechicería.
Nuestro nuevo amigo se hacía llamar el Bárbaro del puerto, y cuando alguien te comparte un apodo de tal magnitud, te das cuenta de que todo lo que está impreso en un carnet de identidad no son más que letras y números, porque la mejor definición de nosotros es la que cada uno puede decir de sí mismo. Este gentil Bárbaro, aventurero y fanático, nos sorprendió al contarnos que fabricaba armas para guerreros de otros tiempos, y cuando por fin le pregunté si vivía en la comuna, simplemente susurró: “yo viajé para verlos”, para luego agregar con voz serena: “porque vengo de Valparaíso”. Vaya sorpresa. Otra vez ese lugar. La ciudad de las mil puertas y de los mil puertos. Porque, podrán decir cualquier cosa, pero algo es seguro: años después de ese encuentro, estoy escribiendo estas palabras para el primer libro del Bárbaro, de ese extraño Bárbaro, que contiene algunas de las increíbles ideas que conversamos aquella vez tras chocar nuestras copas.
Aquí dentro te encontrarás con un montón de mitos urbanos saliendo de bares, pesadillas emergiendo a la luz de la luna y una galería de personajes tan porteños como su autor, dispuestos a tener charlas tan creativas, apabullantes y frenéticas como las que tuvimos en esa inolvidable plaza. Soy un convencido de que leer las páginas de este libro equivale a dar un paseo por Valpo, por sus eternas avenidas y esquinas; si pones atención, podrás sentir cómo se levanta sobre cada capítulo una nostálgica neblina que murmura borrosas memorias de juntas en otra época, cuando viajábamos más y la noche aún nos llamaba. Es tal como les contaba al principio, porque leer esta novela es volver a conversar sobre Valparaíso.
Valparaíso y sus puertos.
Valparaíso y sus muertos.
Acércate, sin miedo. Desde acá podremos ver el mar.
Sebastián Castro
La Florida, agosto de 2023
Me dolía la espalda.
—Bueno, ¿qué hora es? —estirándome, me levanté del banco donde estaba tirado y tomé mi reloj—. Un cuarto para las siete de la mañana y estoy en la plaza Victoria… Espera, hay algo diferente aquí —un ruido saliendo de mis tripas me interrumpió—, tengo hambre.
Caminando me dejó de doler la espalda, pero me dolieron los hombros.
Pasé por Bellavista. “¿Por qué siempre hago el mismo recorrido? Plaza Victoria, Bellavista, plaza Aníbal Pinto… Será que están cerca”.
Estaba en el centro de Valparaíso, el centro plano, junto a tanto puerto y mar, todo rodeado de cerros cercanos y lejanos. Y a esa hora tan temprana, se veía vacío. Claro, veía gente, personas yendo a sus trabajos, tiendas abriendo, pero comparándolo con las noches anteriores, se veía vacío.
—¿Cuántos éramos anoche? Estaban los hermanos trols y ese tipo, ¿cómo se llamaba? Leonardo, yo y… Eduardo con su amigo no llegaron así que… ¿Éramos cuatro o cinco?
Entonces recordé. Éramos cinco: Iván, Alberto, Leo, yo, y también estaba ella.
Como era esperado, pasé por Aníbal Pinto. Como normalmente, seguí de largo. Como siempre, me divirtió pasar de esa plaza tan social y festiva, incluso cuando no queda gente, a Esmeralda, una calle cada vez más tranquila, con oficinas y tiendas de comida donde reciben a quienes trabajan ahí.
Encontré desayuno.
—Deme lo mejor para pasar la resaca —pedí, después de saludar—, y en gran cantidad.
No me fijé en qué me vendieron. Di las gracias y seguí mi camino. Solo noté que caían migas. Bastantes.
“¿Compré pan o un pastel?”, me preguntaba caminando a la vez que comía, distraído mientras miraba al cielo, “tal vez compré galletas”.
Avanzando entre murallas grises de oficinas que aún no abrían, pasando de una calle parecida a otra hasta ver la plaza Sotomayor, noté mi polera cubierta por esas migas. El estampado, con la forma de un cuervo negro sobre la polera también negra, todo tan cubierto de motas blancas, me recordó un cielo estrellado. Luego noté que estaba más mareado que antes.
—Maldita resaca, por suerte no la tengo más de una vez al año… Llegué.
El mismo camino de siempre. A veces comienza más lejos, a veces más cerca, a veces no sé dónde comienza, pero siempre termina siendo el mismo camino. La plaza Victoria, al centro de todo; luego la calle Bellavista y la plaza Aníbal Pinto, tan activas siempre; la calle Esmeralda con su silencio, la plaza Sotomayor y el muelle Prat.
Ese muelle ha sido uno de mis lugares favoritos para ver el amanecer desde que tengo memoria. No solo por la vista y el horizonte, también por los pájaros. Sobre todo, cuando ando con tantas migas encima.
—Saben —les dije a unas cuantas palomas y un par de gaviotas—, a la gente le gusta esta ciudad por varias razones diferentes. El mar, la arquitectura, los ascensores, el festejo, la comida, la vida nocturna… —una paloma miraba de lejos, como si quisiera acercarse, pero tuviera miedo— a mí me gusta por muchas cosas, pero la más importante son ustedes. Y eso te incluye a ti —le dije a esa paloma asustada—, ven, acércate, me quedan varias migas, las guardé para alguien como tú —primero me miró fijamente y luego, con aleteos torpes, se acercó—, no tengas miedo.
Mientras el brillo del sol se dejaba ver cada vez más fuerte, esa paloma terminó subiéndose a mi mano. Creo que ya no tenía miedo.
Aunque el otro día sí entendí lo que le pasaba.
Me contó que, saliendo de su casa, en la vereda del frente, vio pasar a una mujer afirmándose la cara con ambas manos. No estuvo seguro, no quiso fijarse más de lo necesario, ella caminó más rápido que él hasta que la perdió de vista, pero le pareció que estaba llorando.
Lo he visto triste, hasta deprimido, pero nunca antes lo vi desesperado. Tampoco nunca antes lo entendí tan bien.
—Pon atención entonces —le dije—, sal más. Tal vez nunca vuelvas a verla, tal vez no estaba llorando, tal vez estaba hablando por celular… pero tal vez veas a alguien más que sí esté llorando y entonces puedas ayudarle.
Eso fue hace unos días. No nos hemos reunido desde entonces.
Soy pésimo para dar consejos.
Pero hace muy poco, cerca de Aníbal Pinto, justo pasando por la vereda frente a donde vive mi amigo, vi pasar a una mujer como de la misma edad de él. Tenía el pelo rojo, zapatillas gastadas, un polerón negro y se sujetaba la cara con ambas manos. Pasamos lado a lado, yendo en direcciones contrarias, ni siquiera tuve que fijarme para darme cuenta. Estaba llorando.
—Oye —la llamé, dejando de caminar. No me escuchó, o no pensó que le hablara a ella, o no le importó, no tengo idea—. ¡Oye! —entonces la seguí unos pasos y, bajando un poco la velocidad con que iba, volteó la cabeza mirándome fijamente, pero no dijo nada—. No voy a preguntar nada, espero no molestarte, pero toma.
Parado a un poco más de un metro de ella, estiré mi brazo, lo suficiente para que pudiera recibir el dulce que le ofrecía.
Lo aceptó con una sonrisa formándose en su cara y cada uno siguió su camino.
Lógicamente, cuando crucé en una esquina, a apenas una cuadra de la plaza Sotomayor y el palacio de justicia, algo me atacó.
Ya era de madrugada, alrededor de las dos, y las calles estaban vacías. Por bello que sea ese lugar, con la llamativa estatua afuera del palacio y el monumento a los héroes en la plaza, y un ambiente en general limpio a pesar de las multitudes locales y turísticas, siempre es bastante oscuro durante la noche. Las grandes formas de las construcciones, aunque la mayoría sean muy bellas también, no ayudan mucho que digamos.
Desde una sombra entre muros fue que algo me saltó encima. Algo grande.
—Elegiste un mal momento —balbuceé, lanzando el puño derecho a donde pensé que tendría la cara y luego el codo izquierdo, y después el codo derecho con un giro. Entonces se tensó apenas un poco y logré fijarme y diferenciar algo más de su anatomía. Era humanoide, aunque gigante tanto hacia arriba como hacia los lados. Me sujeté de sus hombros y le clavé una rodilla en lo que debía ser su torso, antes de saltar y volver a clavarle un codo en lo que debía ser su cara.
Después intenté retroceder… y no me dejó. Lanzó un manotazo con la brutalidad de una avalancha, de la nada, y me tiró contra el suelo a varios metros de sí.
Se irguió, mostrando que había estado encorvado, mientras yo apenas me levantaba del suelo, y pude fijarme mejor en su forma. Tenía manos casi como las humanas, pero con un dedo menos y uñas muy grandes y gruesas. Sus brazos eran como árboles, debe haber medido unos dos metros y veinte centímetros de alto, y metro y medio de ancho, su cabeza era enorme… además de larga. Se cubría con un manto, como un poncho o un abrigo, y con una capucha que dejaba ver la forma de dos orejas triangulares.
Se sacó la capucha, mostrando con claridad su rostro para nada humano, sino completamente de jabalí; se frotó un poco la cara; se estiró y pareció aún más grande, y habló:
—Estoy más oxidado de lo que pensaba —murmuró rasposo, con voz como una piedra cayéndose al mar. Una piedra pesada, dura y espantosa.
Y comenzó a marcharse.
—Espera, ¿qué? —le pregunté, sin entender.
—¿Hm? —gruñó, deteniéndose y volteándose a mirarme.
—Es que… ¿por qué me caíste encima? ¿Qué querías?
—Comer.
—¿Comes gente?
—No, tenías cara de tener dinero —su respuesta me sorprendió bastante.
—Solo la cara, tengo suficiente para unas cervezas y eso sería todo…
—Sigue siendo más que lo que tengo yo.
—Te invito un trago. Será poco para cada uno, pero es mejor que nada.
—… —Por ese segundo me miró fijamente.
—En serio.
—…
—Oye, querías robarme, peleamos… creo, viste lo oxidado que estás, dijiste que tengo cara de adinerado, y además de todo eres el Cabeza de Chancho o algo así, esta noche ya es bastante rara. ¿En serio te sorprende que te invite un trago?
—Sí.
—Huh.
—Acepto, pero yo elijo el bar.
—Por mí está bien.
Entonces lo seguí.
El bar estaba muy cerca, en calle Blanco. Eso es a dos calles de Prat, donde me cayó encima el Cabeza de Chancho. Dos cuadras, calles paralelas, muy cerca, muy parecidas entre sí. Siempre paso por esos lugares, hasta varias veces en un mismo día, y jamás, nunca antes había visto ese bar ahí. No es que estuviera cerrado cuando pasaba, ni que se me confundiera con otros, ni nada de ese tipo. Había pasado por esas calles a tantas horas diferentes que no podía ser eso… además que, cerrado o no, habría notado el cartel con el nombre del bar.
—“Podrido” —leí.
—El mejor bar con el mejor nombre —dijo mi acompañante, abriendo de par en par las puertas.
—Y las mejores puertas también, esto parece una película western —comenté entrando tras él, después de que se golpeara la cabeza con el umbral, tan alto como era.
—Es la idea —sonrió el cantinero, un tipo alargado y de nariz ganchuda—. Gonzalo, ten más cuidado con eso, la última vez me rompiste el busto de Palas.
—Tanto tiempo, cantinero —saludó el Cabeza de Chancho.
—Ya te extrañaba.
—¿Gonzalo? —le pregunté incrédulo al enorme personaje.
—Los monstruos también tenemos nombres, Sucio de Ojos Claros.
—Buen punto. El mío es Pájaro.
—¿En serio?
—No es el de mi carné de identidad, pero es como todos me llaman.
—Bastante justo —entonces miró a la barra—. Cantinero, lo de siempre.
—Lo mismo —dije yo.
—Ni siquiera sabes qué es —me gruñó Gonzalo.
—Tiene alcohol, no puede ser malo.
—Empiezas a caerme bien.
Nos sentamos frente a frente en una mesa de esas donde caben cuatro personas, o seis si son pequeñas. Los asientos eran cómodos; los manteles se sentían limpios, aunque se veían sucios; sonaba buena música, que nunca antes había escuchado en mi vida.
Era un bar muy agradable.
—Aquí tienen, lo de siempre y lo mismo —dijo el cantinero, poniendo dos vasos servidos en la mesa, además de una botella y una caja.
—¿Ron con leche? —pregunté viendo los recipientes.
—Me gusta —me respondió Gonzalo.
—A ver qué tal —entonces lo probé, y me gustó.
—¡Lo de siempre! —dijo una voz de lagarto entrando por la puerta de película western—. Quiero celebrar
—Enseguida —respondió felizmente el cantinero—. Es bueno verte de nuevo.
—¡¿Y qué celebramos?! —le preguntó Gonzalo a quien llegaba.
—¡Chancho! Justo esperaba cruzarme contigo.
—Sí, seguro, cochino mentiroso.
—Te digo, ¡en serio pensaba en ti!
—Claro, claro, agradece que te estimo, Cuco.
—Agradezco que me quieres, te digo.
—¿Y las presentaciones de rigor? —pregunté justo después de acabarme el trago.
—Ah sí. Cuco, este cochino de pelo largo que conocí hace unos minutos es el Pájaro. Pájaro asqueroso, este es el Cuco.
—Un gusto —dije, parándome y dándole la mano.
—Igualmente. Mi nombre real es Manzano, por cierto, pero este Chancho le pone apodos a todo el mundo.
—Me doy cuenta —entonces nos reímos.
El Cuco era un tipo alegre, verde, con cara de lagarto y bigote, vestido con un suéter rojo, pantalones azules de mezclilla y botas grises, además de sombrero. Muy delgado, con brazos y piernas largas, un poco más bajo que yo. Parecía ser del mismo tamaño que uno de los brazos del Cabeza de Chancho. Parecía que solamente su postura y ropa eran humanas, porque todo lo demás en él parecía ser un lagarto caminando en dos piernas y gesticulando mucho.
—Oye, malagradecido, recuerda que Cuco no fue idea mía —le dijo entonces Gonzalo a Manzano.
—Lo recuerdo, no te preocupes.
—¿Entonces ustedes dos son leyendas urbanas? —intervine.
—Exacto —me respondió el cantinero, entregándole una copa, una botella y una canasta al Cuco.
—Ah, les digo, aquí el vino con huevo es el mejor —exclamó después de darle unos tragos a su copa.
—No sé si lo sirven en otros lugares —comenté—. ¿Y qué era lo que celebrábamos?
—¡Oh, cierto! —gritó feliz Manzano—. Al fin asusté a alguien.
—¿No era tu pasatiempo? —le preguntó Gonzalo.
—Lo es, pero no resultaba. La gente ya no tiene miedo, te digo.
—Bueno, quedamos pocos…
—En la superficie, querrás decir.
—Ni lo menciones.
Y así avanzó la conversación, hasta que terminamos hablando de que ya no quedan hombres lobo en Valparaíso.
—Ah, pero vampiros, te digo, de esos sí que tenemos —dijo Manzano.
—¿Hay más de uno? —le preguntó Gonzalo.
—¿Hay? —pregunté, tomándome una cerveza oscura mientras los dos seguían con sus tragos de siempre.
—Yo solo conozco uno, el Vampiro, no tiene otro nombre ese deschavetado —me respondió Gonzalo.
—Hay varios más dando vueltas por ahí, te digo. Están los hijos de ese tipo, además —siguió Manzano.
—¡¿Tiene hijos?! —exclamó Gonzalo lo bastante fuerte para que el cantinero interviniera.
—Tres, ¿no sabías?
Empecé a perder un poco la conciencia. Solo un poco. Recuerdo que terminamos discutiendo las muchas razones por las que un pingüino debería haber intervenido en la segunda guerra.
—Ese hombre lobo que se fue al polo sur a jugar ajedrez con esos pájaros no tiene idea, les digo —dijo Manzano—. Son los mejores estrategas.
—Todos los pájaros tienen sorpresas —entonces el Cabeza de Chancho me golpeó con un codo.
—¿Ah? —reaccionó el otro monstruo.
—Este tipo me logró plantar unos cuantos golpes.
—¿Cómo? ¿Pelearon?
—Sí. Lo ataqué y se defendió y recibí unos golpes con la cara. Hace décadas que no me pasaba eso.
—¿Qué edad tienen? —interrumpí, pero pareció que no me escucharon.
—Espera, Chancho, espera, te digo —bajó de pronto la velocidad Manzano, apuntándome a mí—. ¿Este no es el vikingo del que me has hablado antes?
—No —respondieron al unísono Gonzalo y el cantinero, casi ofendidos.
—¿El qué? —llegué a preocuparme.
—A él nunca lo he visto, pero lo reconocería, estoy seguro, y no me metería con él. Menos ahora, que vi lo oxidado que estoy —bufó cansadamente el Cabeza de Chancho.
—Es más o menos una cabeza más alto que este Pájaro, además de tener seis veces más barba y siete veces más músculos —se rio el cantinero.
—Yo tampoco me metería con él —admití enseguida.
—Increíble —me miró entonces el Cuco—. Tal vez tienes algo de pingüino al menos, te digo.
No recuerdo mucho más de la conversación, pero sí recuerdo cuando nos fuimos. Nos despedimos del cantinero, Manzano terminó pagando la cuenta antes de que yo pudiera sacar mi poco dinero, y salimos.
Afuera, después de despedirnos y quedar de volver a reunirnos en el mismo lugar, el Cabeza de Chancho y el Cuco se alejaron caminando juntos y yo me fui en la dirección contraria.
Lo más extraño fue que, cuando me volteé hacia el bar, ya no pude ver el cartel con su nombre, ni las puertas de western.
Pasé por el lugar al día siguiente, bajo el sol, y tampoco pude encontrarlo.
¿Habrá sido un plan para hacerme tomar menos alcohol?
Pero de nuevo el pequeño gorrión no respondió, cubriéndose más y más.
—No puedes quedarte aquí solo. La noche es fría y será más fría, es oscura y será más oscura, y estás solo.
—…
—¿Tienes casa?
—Sí.
—¿Está muy lejos?
—Sí.
—¿Y no puedes ir volando?
—Tengo las alas rotas.
—Te llevaría en mi espalda, pero mis alas también están rotas.
