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Este libro reúne textos que entienden la literatura infantil y juvenil como una práctica mediada y social. Es un libro marcado por colaboraciones inter y transgeneracionales que escapan a las visiones estrechas y conservadoras sobre la infancia. Todos los textos incluidos en este volumen dan cuenta de discusiones que generan complejos debates, como por ejemplo aquellos sobre qué es lo infantil en la literatura para niños y niñas, cómo es que podemos definir de qué textos nos ocupamos y cómo es que hacemos crítica desde nuestras perspectivas adultas. De tal manera se transforma en un insumo más para abrir nuevos diálogos entre investigadores, mediadores de lectura y otros profesionales del campo de la literatura infantil y juvenil. Hay aquí una invitación a pensar fuera del marco de nuestras propias pertenencias culturales, históricas y disciplinares.
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Seitenzahl: 568
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Esta publicación ha sido financiada por el proyecto ANID PIA CIE 160007
Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2023-A-3830
ISBN: 978-956-6203-27-8
ISBN digital: 978-956-6203-28-5
Imagen de portada: Alicia Villarreal, fragmento de Grabar el territorio. Banco escolar intervenido, serigrafía, corte y ensamblaje, 2009. Cortesía de la artista.
Diseño de portada: Paula Lobiano
Corrección y diagramación: Antonio Leiva
Traducción: Rodrigo Olavarría
© ediciones / metales pesados
© de las y los autores
E mail: [email protected]
www.metalespesados.cl
Madrid 1998 - Santiago Centro
Teléfono: (56-2) 26328926
Santiago de Chile, abril de 2023
Impreso por Salesianos Impresores S.A.
Diagramación digital: Paula Lobiano
Índice
Introducción
En 2021 organizamos, en Santiago de Chile, el XXV Congreso de la Sociedad Internacional para la Investigación en Literatura Infantil y Juvenil (IRSCL, por sus siglas en inglés), que entonces cumplía cincuenta años reuniendo a investigadores e investigadoras especializados en el estudio de objetos culturales destinados a niñes, adolescentes y jóvenes. Era el primer congreso de esta organización que se haría en Latinoamérica y aunque la pandemia del Covid-19 nos obligó a encontrarnos en una plataforma virtual, nos esforzamos por reproducir en ella una cierta calidez chilena o latinoamericana. Decimos calidez como marca cultural, sí, pero también como una cierta posición epistemológica desde la que conocer y aprender sobre libros y otros medios artísticos destinados y/o apropiados por niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Bajo el título de «Tramados estéticos y pedagógicos» proponíamos dejar de entender lo literario y lo educativo como opuestos, sino más bien como aspectos entretejidos, como una serie de posibles relaciones interdependientes cuya potencia podía radicar en lo afectivo. El llamado fue a entender la literatura infantil como una práctica mediada y social, una apertura marcada por colaboraciones inter y transgeneracionales en un ecosistema que escapa a las visiones más estrechas y conservadoras sobre la infancia.
Campo en formación. Textos clave para la crítica de literatura infantil a juvenil se nos aparece así como un nodo, o nudo, para dar cuenta de ese tramado, de ese tejido. Reunimos algunos textos originalmente publicados en inglés que, confiamos, abrirán nuevos diálogos al leerse en español por investigadores, mediadores de lectura y otros profesionales del campo de la literatura infantil y juvenil de estas geografías.
Son todos textos recientes, publicados entre 2009 y 2022, pero dan cuenta de discusiones que se remontan bastante más atrás y que siguen generando complejos debates, como por ejemplo aquellos sobre qué es lo infantil en la literatura para niñes, cómo es que podemos definir de qué textos nos ocupamos y cómo es que hacemos crítica desde nuestras perspectivas adultas.
Si bien se trata de textos originalmente publicados en inglés, son obras de autoras y autores de distintos países que encuentran en el inglés una lingua franca y que leen, investigan y publican también en otras lenguas. Consideramos que esta conversación internacional es tremendamente valiosa porque nos hace conscientes de nuestros supuestos y arraigos locales, invitándonos a pensar fuera del marco de nuestras propias pertenencias culturales, históricas y disciplinares. Pero no somos ingenuas respecto a cómo lo internacional en la investigación universitaria conlleva una fuerte carga poscolonial en la que muchos otros saberes quedan invalidados o marginados. El traducir estos textos al español responde a un esfuerzo por abrir la conversación «internacional» a quienes no leen o prefieren no leer en inglés.
Creemos que lo importante es aprovechar la trayectoria de estos estudios para estimular, cuestionar y abrir las puertas a otras vistas hacia este campo en formación.
Maria Nikolajeva, reconocida por su producción académica y por ser la primera profesora especializada en literatura infantil en la Universidad de Cambridge, observó en su charla magistral para IRSCL en 2015 que en los años ochenta era posible mantenerse al tanto de los estudios clave y las direcciones de investigación, pero que desde entonces el campo ha evolucionado y se ha extendido tanto que es imposible que una persona pueda leer todo lo que se publica o asistir a todas las conferencias en torno a la literatura infantil y juvenil (Nikolajeva, «Return to the body»). El número de revistas y libros ha aumentado de forma sustancial y los temas son cada vez más especializados. Esto puede observarse también en los múltiples volúmenes que intentan ofrecer un panorama del campo (los así llamados Handbooks y Companions); como ejemplo, cuando antes se incluía un capítulo sobre «el libro-álbum», ahora contamos con todo un Handbook editado por Bettina Kümmerling-Meibauer: 526 páginas dedicadas únicamente a este formato (The Routledge Companion to Picturebooks). Además, los estudios ahora abordan textos no solamente impresos, sino también visuales, digitales y mediáticos, e incorporan perspectivas de los estudios literarios, culturales y visuales, entre otros. Estos volúmenes tienden a reunir a expertos en su área, quienes intentan mantener su rincón de especialización al día. Una publicación que incorpora investigadores internacionales desde los campos de literatura, educación, ciencias de la información, estudios culturales y estudios mediáticos para intentar definir conceptos clave es Keywords for Children’s Literature. La primera edición en 2011, editada por Philip Nel y Lissa Paul, incorporó cuarenta y siete términos. La segunda edición, publicada en 2021 (ahora también editada por Nina Christensen), contiene cincuenta y nueve términos más una extensión en línea de otros diecinueve, escritos por especialistas de doce países. Los editores señalan de forma explícita que buscaron tomar en cuenta tradiciones y perspectivas más allá de lo que se publica en inglés, para acercarse a este vocabulario central para el estudio de «children’s literature».
Al mismo tiempo, el campo se ha extendido y ha recibido reconocimiento dentro de la academia gracias a proyectos de colaboración en investigación y enseñanza entre universidades de distintos países. El proyecto dirigido por Elisabeth Wesseling desde la Universidad de Maastricht, por ejemplo PLACIM - Platform for a Cultural History of Children’s Media, que reunió en 2013 a más de veinte investigadores para examinar el impacto de nuevos medios en la historia cultural y los imaginarios de la infancia. Otro proyecto, Visual Journeys, investigó entre 2009 y 2014 la respuesta de niñes migrantes a libros-álbum sobre viajes y migración en cinco países (Reino Unido, España, Australia, Estados Unidos e Italia) a través de un proyecto con grupos de investigación en esos países. Hoy existe también una maestría Erasmus Mundus en Children’s Literature, Media and Culture que se imparte entre cinco universidades europeas (las universidades de Glasgow, Tilburg, Aarhus, Wroclaw y la Autónoma de Barcelona), con una escuela de verano en la Universidad de British Columbia en Vancouver y con un alumnado de más de treinta países. Desde el proyecto Constructing Age for Young Readers (CAYR), financiado por los cotizados fondos ERC de la Comisión Europea, un equipo de la Universidad de Amberes, en Bélgica, organiza cada año un Children’s Literature Summer School, en el que metodologías nuevas y objetos de estudio nuevos son explorados por un contingente de estudiantes de posgrado de distintos países. El equipo especializado en literatura y medios para la infancia de la Universidad de Amberes también participa de una red de investigación internacional en literatura infantil que conecta a investigadoras e investigadores de la Universidad de Pittsburgh, la Universidad de Newcastle en Reino Unido y la Ocean University de China.
Esta expansión global nos habla de una variedad de aproximaciones y de un campo cuya formación es más bien una irradiación hacia y desde otras disciplinas. Elegir qué textos traducir para este volumen no fue una tarea fácil. Buscamos dar cuenta de ideas y reflexiones que resonarán con las investigaciones y prácticas en Latinoamérica y España. En algunos casos, los costos de derechos para traducir eran desmesuradamente altos, por lo que optamos por artículos que estuviesen publicados en versiones de acceso abierto. De una lista original de algo más de veinte nos quedamos con catorce títulos que nos pareció que conformaban un conjunto contundente, que nos permitía seguir la crucial discusión sobre la infancia en la literatura infantil, a la vez que daba cuenta de nuevas direcciones y temáticas de la investigación en estudios culturales y literarios en el campo. Incluimos textos de autores de larga trayectoria que, en muchos casos, han sido los primeros catedráticos en literatura infantil en sus respectivos países, así como de investigadores e investigadoras más jóvenes, que han trabajado interdisciplinariamente ampliando las posibles referencias para nuestros objetos de estudio. La gran mayoría de estos autores publican sus trabajos en inglés, pero no todos trabajan en países anglófonos. De hecho, tenemos aquí una importante representación de la academia flamenca/neerlandesa: Elisabeth (Lies) Wesseling, Jan van Coillie, Vanessa Joosen, Helma van Lierop-Debrauwer, Suzanne van der Beek y Charlotte Lehmann. Uno de los autores de esa zona lingüística, Jan van Coillie, investiga precisamente sobre la traducción y sobre lo que esta implica para geografías lingüísticas con pocos hablantes como la suya.
Aún más difícil que seleccionar los textos fue, precisamente, encontrar las palabras precisas y elocuentes para sus versiones en español. Traducir no es neutral. Y en este caso no se trataba solo de interpretar la intención original de las autoras y autores, sino también de dar cuenta de los giros y acentos de este campo en formación: en vez de preguntarnos (solo) qué se pierde en una traducción, podemos, o más bien tenemos que, preguntarnos qué se podría ganar. ¿Qué conceptos nuevos hubiesen aparecido si estos textos hubieran sido escritos en castellano? La cuestión de cómo nombrar el campo de estudios no es simple. En inglés usamos el children’s literature, pero echamos en falta lo juvenil y le agregamos el YA (young adult) fiction o bien intentamos una fórmula que abra lo literario hacia lo textual: young people’s texts. En español, la cuestión se nos enreda más porque no contamos con esa flexibilidad del posesivo del inglés y otras lenguas. Una traducción más literal de children’s literature podría ser «literatura de niñes» o «literatura de les niñes» (o de los niños, si no se quiere usar lenguaje inclusivo). Nuestro término «literatura infantil» queda entonces más cercano a algo como child-likeliterature. Y claro, el término infantil en español tiene también una cierta carga hacia lo infantilizado, queda en una cierta vecindad en la que lo infantil es algo no deseable, algo childish.
En la investigación que se desarrolla en Latinoamérica hemos ido moviéndonos con alguna incomodidad con el término literatura infantil y juvenil (LIJ). Quizá por eso hemos ido buscando otras formas de nombrar el campo y aparece, por ejemplo, el término de literatura «para la infancia» o «para las infancias», como si admitiendo esa función, ese adulto escondido ahí, en el para, pudiésemos al fin definir el objeto de nuestra atención. Las infancias aparecen como término comodín del lenguaje inclusivo, aunque sea distinto hablar de infancias que de niños y niñas; es como la distancia que tienen en inglés childhood y children.
En este libro hemos decidido alternar las formas de nombrar el campo. En el subtítulo optamos por la forma más habitual: literatura infantil; pero luego alternamos «literatura para niñes» con «literatura de niñes», y también en alguna oportunidad «literatura para la infancia». Decidimos hacerlo así con el convencimiento de que estas variadas alternativas forman el campo con distintos énfasis.
En el primer ensayo de esta colección incluimos un artículo del año 2009 de Maria Nikolajeva, donde propone seguir las tendencias más contemporáneas en los estudios culturales y literarios preocupados por las desigualdades en las relaciones de poder que se manifiestan cuando aplicamos, por ejemplo, una mirada poscolonial, feminista o que cuestiona la heteronorma. Sugiere que quizás sea justamente ese desequilibrio de poder entre el adulto que escribe para niñes, adolescentes o jóvenes, y le niñe que se representa en el texto o le niñe que lee, aquello que caracteriza estas narrativas; a ese desequilibrio de poder, en el que lo adulto se presenta como la norma y lo infantil como lo no normal, lo llama aetonormatividad. Nikolajeva propone que, con la aetonormatividad en mente, es posible articular preguntas propias para el estudio de las literaturas para las infancias.
Le sigue en esta colección un artículo del 2013 de Clémentine Beauvais, quien inicia la discusión desde el término acuñado por Nikolajeva en el capítulo anterior. Beauvais se pregunta por el poder y la agencia que ejercitan las niñas representadas o lectoras, a pesar de la distancia señalada por Nikolajeva, una distancia que Beauvais nota es temporal en tanto la niña ha de crecer y convertirse en adulta. Beauvais observa el riesgo de simplificar la idea de aetonormatividad, transfiriendo el poder a les adultes sin mayores consideraciones y se pregunta por el concepto de poder, proponiendo una distinción entre «autoridad», en el adulto, y agencia o poderío (might), en la niña, lo que permitiría reconocer una redistribución de dicho poder entre adultos y jóvenes. Ni el adulto es plenamente poderoso, ni les niñes, representados o lectores, son completamente víctimas oprimidas. Esta deconstrucción del concepto de poder en el contexto de la aetonormatividad permite observar sutilezas a la vez que problematizar tanto las representaciones como la metacrítica en el campo de la literatura para niñes.
En su estudio de 2016, Marah Gubar ya ha incorporado el concepto de aetonormatividad, moviéndose hacia los estudios de infancia (childhood studies), para continuar la búsqueda por un modelo que permita preguntas fructíferas en el campo amplio de la crítica sobre literaturas para personas jóvenes y los estudios de infancias. Decimos «personas» ya que, en su argumentación, al proponer un modelo de parentesco (kinship model), el cual mantiene el foco en aquellos elementos comunes que se conservan en el proceso de la vida, en vez de destacar las diferencias, Gubar sugiere que las personas, desde la niñez a la adultez, somos todas seres humanos. Sin importar la edad, la clase social, el género u otras consideraciones que han servido para investigar la agencia de diversos grupos, Gubar propone que todas las personas somos sujetos con diversos grados de agencia, y por tanto actores sociales.
Incluimos luego un artículo más reciente, de David Rudd, que retoma una discusión que ya ha sido mencionada por Nikolajeva, un debate medular en los estudios sobre la literatura escrita para niñes. Se trata del debate iniciado por la publicación del célebre libro de Jaqueline Rose (1984) The Case of Peter Pan, Or the Impossibility of Children’s Fiction, donde la académica se preguntaba cómo es que llamamos literatura infantil a textos que han sido escritos y publicados por adultos. Rose argumentó que la literatura infantil era así un término imposible, una fantasía adulta. En este ensayo, Rudd da cuenta de los principales hitos en el debate de casi tres décadas sobre el planteamiento de Rose y cuestiona las maneras en que su texto fue interpretado, el cómo se leyó y cómo puede leerse desde Derrida y Lacan. Rudd hace una suculenta revisión de las diferentes tendencias que ha habido entre los intelectuales dedicados al estudio de la literatura escrita para las infancias.
Incluimos en esta discusión un capítulo de Helma van Lierop-Debrauwer, originalmente escrito para una de las ponencias principales del Congreso Tramados Estéticos y Pedagógicos; tras el encuentro en 2021, trabajó el texto para un artículo que fue publicado en un número monográfico sobre el Congreso IRSCL 2021: «Tramados estéticos y pedagógicos», en la revista académica de la sociedad en 2022. Este es un texto que Van Lierop-Debrauwer escribió poco antes de retirarse, a mediados de 2022, y que en sus propias palabras sería algo así como un «testamento de su investigación», ya que revisa cómo las ideas cambiantes sobre infancia y literatura, y sobre la división literario-didáctica, se manifiestan a través de distintas investigaciones en su rica trayectoria como investigadora y académica especializada en literatura infantil y juvenil. En este capítulo, Van Lierop-Debrauwer retorna a tres de sus investigaciones –desde los años ochenta a la actualidad– a la luz de nuevas teorías sobre la infancia, particularmente sobre el concepto de injusticia ontoepistémica de Karin Murris y Joanna Haynes, sugiriendo nuevas aperturas conceptuales para proponer modestia epistémica en la investigación con y sobre niñes.
En el artículo de 2019 de Elisabeth Wesseling, la académica retoma la idea de la asimetría entre les autores y les niñes en el ámbito de la literatura infantil, refiriéndose también al artículo de Rose como marco de la discusión inicial y la mentada «imposibilidad» de conocer, representar o escribir para les niñes, para cuestionar, como lo hace Nikolajeva, el tipo de preguntas que debemos hacernos las y los académicos en este campo. Para avanzar, Wesseling propone volcarse hacia la investigación empírica, yendo más allá de la mera teorización y explorar las colaboraciones intergeneracionales en la misma investigación.
Para cerrar esta primera sección, «Nuevas aperturas conceptuales», incluimos el artículo de 2021 de Vanessa Joosen, quien indaga sobre las escrituras de autores jóvenes o en su juventud. Como si siguiera la recomendación de Wesseling en el capítulo anterior, Joosen estudia un caso específico: la obra de Bart Moeyaert. Su investigación es un ejercicio de crítica genética de las obras producidas por jóvenes, publicadas durante su juventud y por lo tanto leídas por jóvenes más o menos contemporáneos. Así, Joosen también se pregunta por la relación entre adultos (en este caso los editores) y autores jóvenes en el proceso de la génesis de la obra hasta su recepción. Más que censura adulta, Joosen destaca la colaboración entre los editores y el joven autor, dando algunas luces sobre la complejidad de esta. De tal forma, los hallazgos de Joosen apuntan hacia la posibilidad de la relacionalidad (kinship) que proponía Gubar o las alianzas que destaca Van Lierop-Debrauwer en su texto.
En la segunda parte de este libro, «Intersecciones disciplinares», presentamos un conjunto de trabajos que exploran el campo de la literatura que leen niñes y jóvenes desde una variedad de enfoques e intersecciones disciplinares que amplían las posibilidades para este campo en formación.
El capítulo de Peter Hunt explora ese particular desequilibrio del poder entre autor y lector, pero desde una perspectiva de la negociación de los espacios tanto interiores como exteriores. Desde los «clásicos» de la literatura inglesa que conforman el canon infantil, muestra cómo los espacios y los lugares en que actúan los personajes pueden contribuir a que la balanza caiga más de un lado que del otro. Los paisajes naturales de selvas, páramos y hasta jardines tienden a ser donde les niñes pueden ser libres y poderosos, mientras que los espacios interiores cerrados, con frecuencia representan el mundo represivo del adulto. Según Hunt, el manejo de los espacios psicológicos y físicos nos ofrece un indicio respecto a lo que puede ser y lo que no es, un «verdadero libro infantil». Para Hunt, es en estos espacios que pueden darse (o no) una negociación respetuosa, no paternalista, entre el adulto y le niñe lector, una manipulación empática y un compartir amoroso que define de manera distintiva a la forma literaria que nos concierne en este volumen.
Con el capítulo de Kenneth Kidd nos adentramos en la teoría queer y su relación con la literatura infantil. Kidd apunta a que la palabra queer, al igual que la palabra niñe, es motivo de debate, sobre todo, entre quienes hacen estudios culturales y literarios sobre la niñez. Identifica dos vertientes: «una ocupada de queerificar a le niñe, o exponer a este a su cualidad queer latente, y otra más interesada en enfatizar el poder normativo de le niñe». Admite que la literatura de les niñes tiene tendencias heteronormativas, pero sostiene que a la vez también alberga múltiples aspectos queer, relacionados, por ejemplo, con magia y fantasía, espacios y tiempos y lo que puede describirse como «creciendo oblicuamente» (en vez de hacia arriba, growing up). Insiste en que atender a estos aspectos podría ampliar el panorama de los teóricos queer, quienes suelen no saber sobre esta literatura.
El texto original de Anna Katrina Gutierrez es el primer capítulo incluido en el libro dedicado a la International Children’s Literature (Routledge, 2018). Gutierrez abre la conversación presentando las tensiones que se producen al intentar aplicar criterios de análisis propios de la academia europea-occidental-del norte-anglo a obras para niñes y jóvenes producidas en otras culturas, justamente porque tales aparatos piensan al sujeto representado desde sus parámetros. La exploración de Gutierrez es una provocación en tanto observa los flujos de información que se dan en la «sociedad red», donde lo global afecta a lo local, y viceversa; fenómeno que llamará glocalización. En su análisis muestra casos donde la trama presenta experiencias de integración cultural, así como otros donde se ha producido la apropiación cultural (local) de cuentos de hadas (globales), generando textos glocales.
El capítulo de Jan van Coillie lo tomamos de un libro editado por él y Jack McMartin sobre traducción en la literatura infantil, que recibió el premio al mejor libro editado en el congreso de la sociedad en 2021. El texto en cuestión plantea la pregunta de si acaso las traducciones de libros infantiles estimulan o más bien limitan la diversidad de mundos y estilos que presentan los libros para niñes. El ensayista belga escribe en base a la experiencia de las traducciones al neerlandés, mostrando cómo para las editoriales locales es increíblemente difícil competir con el aparato de mercadeo de las grandes editoriales del mundo anglófono y cómo estas atiborran las librerías con series exitosas que llevan a la imitación.
En el capítulo de 2014, Roberta Seelinger Trites analiza un amplio corpus de películas de Disney/Pixar dirigidas a audiencias dobles: les niñes con sus padres y también a jóvenes. Trites observa que en estas creaciones se despliega la fórmula del camino a la madurez reafirmando el supuesto cultural que los niños, representados en diversos personajes masculinos como juguetes y superhéroes en crisis, son menos maduros que las niñas, representadas en muñecas/niñas más maduras. En su investigación, Trites detecta que si bien la sociedad estadounidense aparenta buscar la madurez de todos los individuos, debido al desequilibrio entre el escaso tiempo de habla en pantalla de las niñas maduras versus el extenso tiempo en pantalla de los niños inmaduros, la pantalla gigante privilegia al chico inmaduro, proyectando comedias sobre ellos a la vez que silencia a las chicas maduras, como si sus historias fuesen menos interesantes.
El capítulo de 2014 de Suzanne van der Beek y Charlotte Lehmann, las investigadoras examinan un corpus que ha recibido algo menos de atención: el libro informativo o texto de no-ficción. Las autoras revisan cuatro textos orientados a una función ecopedagógica (siguiendo a Greta Gaard) buscando identificar cómo es que estos libros empoderan –o no– a les niñes en relación a la crisis ambiental para ejercer agencia eco-socio-política. El problema que detectan las autoras al hacer un cruce con perspectiva decolonial, es que los textos están dirigidos a niñes blancos del territorio europeo de los Países Bajos, desestimando, ignorando y estereotipando a otros lectores, perpetuando así binarios jerárquicos y alejándose de los objetivos propios de la ecopedagogía.
Con la teoría de cognición social como base, Justyna Deszcz-Tryhubczak analiza en el último capítulo un ejemplo de «Fantasía Radical» para demostrar que la acción colectiva y la solidaridad entre personajes pueden transformar la sociedad. La autora propone alternativas a la aetonormativadad descrita por Nikolajeva a través de la narración comunitaria, donde les niñes y jóvenes aparecen no como individuos. sino como participantes interdependientes, quienes, como Wesseling sugiere, colaboran entre generaciones y así consiguen cambiar o evitar la lucha de poder entre generaciones. Deszcz-Tryhubczak sostiene que la exploración de la actividad intermental en las relaciones y actitudes de los personajes ficticios demuestran a los lectores de Fantasía Radical que pueden usar sus propias habilidades cognitivas para la agencia colectiva, solidaria e intergeneracional. A través de esta examinación, la autora propone direcciones concretas para este tipo de trabajo entre niñes y jóvenes lectores, junto con escuelas y la comunidad local, que podrían conducir a un futuro mejor.
Los textos seleccionados entretejen así conversaciones entre investigadoras e investigadores de diferentes generaciones, geografías y perspectivas académicas. Comenzamos tirando del hilo de una discusión muy vital en el campo en las últimas décadas: cómo es que definimos qué es lo infantil de la literatura infantil, para luego movernos hacia temáticas más contemporáneas en este campo en formación. Intentamos así sumar perspectivas a una conversación que es cada vez más global, pero que, por lo mismo, requiere de esas complejidades y tensiones que aparecen cuando intentamos traducirlas si solo porque, como decía Federico Fellini, «un linguaggio diverso, é una diversa visione della vita». Invitamos a leer estos capítulos como movimientos hacia y desde el español, desde el que producimos otras visiones de la vida1.
Las editoras, marzo de 2023
Notas
1 Nota de las editoras: En las traducciones al español de los artículos hemos optado por el uso de la palabra niñe en aquellos casos en los que en el texto original estaba presente el término child, que en inglés es género neutral. Esto en pos de rescatar la ambigüedad del lenguaje, y también en un intento de desenmarcar la infancia del binario de género. También hemos declinado los artículos y adjetivos que acompañan al sustantivo niñe, siempre y cuando estos no afectasen la inteligibilidad ni entorpeciesen el flujo del texto. Hemos hecho lo mismo con los términos adolescentes y jóvenes, cuando su uso en los artículos originales no hace referencia a un género en particular. En los artículos de Joosen y Van der Beek hemos incluido como nota al pie el idioma original de las citas a manuscritos y libros, con el objetivo de promover el uso de lenguas escasamente representadas en la producción académica.
Teoría, post-teoría y teoría aetonormativa
Maria Nikolajeva1
La heterología2, o discurso sobre un Otro, abarca una gama de teorías que se aproximan a las desigualdades de poder tanto en la vida real como en la literatura. Así como la teoría feminista nos ha hecho conscientes sobre autores varones que crean personajes femeninos como un Otro, y la teoría poscolonial nos ha revelado alteridades en las representaciones de etnicidad, un acercamiento heterológico a la literatura para jóvenes puede permitirnos examinar el balance de poder entre autores adultos y las audiencias juveniles implicadas. Esta relación se hace evidente cuando reparamos en la voz narrativa adulta que nos cuenta sobre la percepción del mundo ficticio de le niñe. En otras palabras, el narrador adulto que narra a le niñe ilumina un grado de alteridad, aunque la alteridad es por definición inevitable en los escritos para niñes. Y es que en ningún otro espacio son tan visibles las alteridades como en la literatura para niñes, un instrumento refinado que ha sido utilizado por siglos para educar, socializar y oprimir a un grupo social en particular. En este sentido, la literatura infantil es una forma de arte y comunicación única, creada deliberadamente por aquellos con poder para quienes no lo tienen. Sin embargo, existen otros factores además de la discrepancia cognitiva en la literatura para niñes, que tienen la capacidad tanto de potenciar como de mermar el efecto del desbalance de poder. Este capítulo explorará distintas estrategias de alteridad en textos clásicos y contemporáneos para lectores jóvenes, considerando la sinergia de su impacto en nuestras percepciones. Entre las estrategias que examinaré se encuentran el uso de géneros particulares (fantasía, aventura y distopía), entornos (robinsonada, orientalismo), personajes (superhéroes, antihéroes, animales, monstruos), y dispositivos narrativos (la voz, la focalización y la subjetividad). Las ideas de norma y normatividad son centrales a los estudios heterológicos, y en el caso de la literatura para niñes, el foco se posiciona sobre la normatividad adulta. Cuidadosamente, la literatura infantil contemporánea ha comenzado a subvertir su propia función opresora al describir situaciones en las que las estructuras de poder establecidas son cuestionadas. En la exploración de estas estrategias y dispositivos son particularmente útiles la teoría queer y la teoría del carnaval.
Discusiones previas
En 1984, Peter Hunt llamó a desarrollar una teoría específica de la literatura infantil («Narrative»: 192). Su llamado sigue siendo legítimo. Durante los últimos veinte o treinta años, los académicos dedicados a la literatura infantil internacional han aplicado varios aparatos teóricos al análisis de los libros ofrecidos y leídos por lectores jóvenes. A pesar de que otras literaturas marginadas han desarrollado exitosamente sus propios campos teóricos (el feminista, el poscolonial, el queer), la literatura infantil aún no ha conseguido elaborar una teoría propia. Esto puede parecer una paradoja considerando la cantidad de estudios sobre literatura infantil que llevan la palabra «teoría» en sus títulos o subtítulos (Hunt, Criticism; May, Children’s Literature; McGillis, The Nimble Reader; Hourihan, Deconstructing the Hero). No obstante, la palabra «teoría» casi siempre va acompañada de la conjunción «y», como si dicha teoría estuviese yuxtapuesta a la literatura de niñes. Sin embargo, para que una teoría emerja y se desarrolle, sus preguntas específicas deben ser delineadas y su objeto de investigación debe ser identificado. Una pregunta recurrente en la investigación acerca de la literatura infantil es si acaso esta, como campo de investigación, pertenece al campo de la educación o al arte (Weinreich, Children’s Literature).
No voy a reiterar los numerosos intentos de definir nuestro objeto de estudio, sino conducir nuestra atención a la reciente tendencia de rechazar la teoría como tal. La provocadora nota editorial de Perry Nodelman en la revista especializada Canadian Children’s Literature («What Are We after?»), de aquí en adelante CCL, ofrece un panorama del espacio académico posteórico y presenta argumentos interesantes a favor y en contra de la teoría iniciada por él mismo una década antes («Fear of Children’s Literature»). Quizás no se habían visto deliberaciones tan acaloradas en nuestra área como las delineadas por Nodelman; el rango de las opiniones, sin embargo, ha quedado manifiesto en muchas publicaciones y presentaciones en conferencias. La subsecuente controversia publicada en CCL sorprende por cómo se contradice a sí misma. Rod McGillis, autor del influyente libro The Nimble Reader. Literary Theory and Children’s Literature, señala categóricamente que estamos «después de la teoría» (One Way: 78), como también lo hace en un artículo previo («The Delights»). Por su parte, como suele hacerlo, Peter Hunt señala que los estudios teóricos forman parte exclusivamente de la academia («Dragons») y que por lo tanto sirven poco para discutir sobre literatura infantil, ya que esta es parte de la vida real. A la vez, Hunt reconoce que la teoría ha entregado herramientas analíticas adecuadas a la academia dedicada a la literatura infantil (Children’s Literature). En efecto, sin teoría no hay aplicación. Asimismo, la teoría sin aplicación tampoco vale de mucho; algo que quizás insinúan los adversarios de la teoría.
Posiblemente, la misma palabra «teoría» ha sido contaminada recientemente por connotaciones no deseadas. Además, ha comenzado a indicar argumentos y construcciones abstractas que nunca fueron destinadas a ser aplicadas a textos literarios; la teoría suplanta a la filosofía (Nodelman, «What Are We After?»). Esta «metateoría y meta-metateoría» que los críticos temen, quizás se parece a las «hermosas ecuaciones» de los matemáticos; sin embargo, en nuestra área, siempre hemos sido un poco más pragmáticos. Una teoría que no puede ser usada en el análisis concreto de un texto es como una bicicleta con ruedas cuadradas: radical y audaz, pero muy poco funcional.
Las y los académicos que afirman que ya pasó el momento de la teoría dirigen su escepticismo principalmente contra la teoría crítica general, y lo hacen sin reconocer que la teoría de la literatura infantil como tal todavía no existe. ¿Acaso los argumentos contra la teoría insinúan que volvimos (o que se nos pide que volvamos) a los estudios puramente descriptivos y empíricos desde donde comenzó la investigación en literatura infantil hace unos cincuenta años? O aún peor, ¿hemos retrocedido a la etapa evaluativa donde la literatura infantil era juzgada desde su función educativa? De ser así, habríamos superado el infame quiebre literario-didáctico, el choque entre personas de libros y personas de niñes, pero solo rechazando lo primero en favor de lo segundo, algo más o menos en la línea de la «crítica niñista» de Hunt (Childist Criticism). En CCL, McGillis parece estar repudiando los estudios orientados al texto no solo para sí mismo, sino también para toda la comunidad investigativa, lo que se siente como una actitud poco generosa. Además, yuxtapone alta teoría y (¿bajas?) teorías como la feminista, la ecocrítica y queer. Ciertamente, esta postura no le hace ningún favor a estos campos de estudio y por extensión tampoco a los estudios en literatura infantil: después de todo, alto y bajo son categorías binarias basada en el valor. Como muchos otros académicos, McGillis propone acercamientos interdisciplinarios. Recientemente, el trabajo académico sobre literatura infantil se ha vinculado con los estudios de infancia, algo que muchos críticos, tales como Karen Coats, agradecen, invitándonos a abandonar el gueto de la literatura infantil para acercarnos a Foucault («Keepin’ It Plural»). Ciertamente, los estudios literarios pueden beneficiarse mucho de los estudios de infancia, pero también sería un peligro verse sumergidos en ellos, o por los estudios de género, o por los estudios culturales, tal como sería una lástima limitar los estudios de literatura infantil a materias meramente pragmáticas.
Para resumir la discusión actual sobre el ser o no ser de la teoría, a la mayoría de las y los académicos más importantes del mundo les gustaría ver más contextualización en historia, cultura, sociedad, ideología, etc., aspectos con los cuales han intentado mantener distancia los estudiosos y estudiosas de la literatura de niñes orientados al texto, principalmente para legitimar su propio trabajo a los ojos de los colegas del campo de los estudios literarios. El debate publicado en CCL principalmente tenía que ver con la teoría como tal, no con la teoría en relación a la literatura infantil y mucho menos con una teoría específica a la literatura infantil. ¿Existe acaso algo así? Mientras las teorías feministas, poscoloniales, queer y ecocríticas, que McGillis llama «bajas», se han instalado profundamente en los estudios literarios, no hay una teoría comparable surgida de las condiciones particulares de la literatura dirigida a les lectores jóvenes. Ya en los años ochenta, Zohar Shavit lanzó el concepto de ambivalencia que, sin embargo, ella aplica a textos particulares y a su estatus en el polisistema cultural («The Ambivalent»). La idea de lo híbrido de David Rudd sigue la misma línea, pero ampliándola sustancialmente para abarcar todos los textos de alguna forma conectados a lectores jóvenes («Theorizing and Theories»). Jean Perrot propone basar nuestro campo en la ludística, en la teoría del juego («Shall We Burn»), lo que nuevamente toma su noción central prestada de otro campo, donde ciertamente el juego es una señal decisiva del así llamado arte posmoderno. Abundan diversas posiciones críticas que, más allá de nuestro juicio particular, son igualmente legítimas. La literatura infantil es un vehículo educacional, el más común; en la crítica general decimos que la literatura es un vehículo ideológico. La literatura infantil es un reflejo del estatus de la infancia en la sociedad que la produce (Zornado, Inventing; Natov, The Poetics; Clark, Kiddie Lit). La literatura infantil es la memoria nostálgica de un autor adulto de su propia infancia (Inglis, The Promise). La literatura infantil es el tratamiento terapéutico de los traumas de infancia de los propios autores y, previsiblemente, no existe aquello llamado literatura infantil (Rose, The Case).
Paradójicamente, creo que lo más cerca que hemos estado de una teoría independiente y específica es en la crítica de libros-álbum (o álbum ilustrado), un campo académico de súbita aparición (Nikolajeva y Scott, How Picturebooks; Lewis, Reading; Sipe, Postmodern). La materialidad e intermedialidad, dos rasgos distintivos de los libros altamente ilustrados como formas de arte, hacen más fácil definir y delinear el fenómeno y desarrollar herramientas analíticas particulares. Así es como hoy contamos con una teoría para una subcategoría en literatura infantil (si es que los libros-álbum son eso; cuestión que está lejos de ser evidente), pero no para la literatura infantil en general.
Una teoría propia
Buscando con desesperación las respuestas a las preguntas básicas de mis indagaciones académicas y alejándome del estructuralismo tradicional hacia la teoría narrativa, encontré el término heterología («discurso sobre el otro», acuñado hasta donde sé por Michel de Certeau), un concepto paraguas para varias posiciones críticas que hablan sobre el poder y la desigualdad generada por diferencias de género, edad, nacionalidad, raza y otros. Mientras la teoría feminista nos hizo conscientes de que los autores varones crean personajes mujeres como un Otro, y la teoría poscolonial nos reveló la alteridad en las imágenes de la etnicidad, un acercamiento heterológico a la literatura juvenil nos permite examinar el balance de poder entre el autor adulto y la audiencia infantil a juvenil implícita. De manera análoga con el concepto central de la teoría queer, heteronormatividad, podemos proponer el concepto de aetonormatividad (del latín aeto-, relativo a la edad), la normatividad adulta que gobierna cómo la literatura infantil es creada siguiendo un patrón desde su surgimiento hasta el día de hoy.
El desbalance de poder entre niñes y adultos se manifiesta de forma más tangible en la relación entre la voz narrativa ostensiblemente adulta y el personaje focalizado de le niñe. En otras palabras, la forma en que el narrador adulto narra a le niñe revela el grado de alteridad, aunque solo el grado, ya que la alteridad es por definición inevitable en la escritura para niñes. En efecto, en ningún lugar son tan visibles las estructuras de poder como en la literatura infantil, el refinado instrumento usado durante siglos para educar, socializar y oprimir a un grupo social particular. En este aspecto, la literatura infantil es un arte y una forma de comunicación única, deliberadamente creada por aquellos en el poder para los que no tienen poder. Aún más, al contrario de las literaturas antes mencionadas, la literatura infantil muestra un constante cambio en las posiciones de poder: les niñes de ayer crecen y se convierten a su vez en opresores.
La literatura infantil contemporánea ha empezado a subvertir cuidadosamente su propia función opresora, ya que puede describir situaciones donde las estructuras de poder establecidas son cuestionadas sin necesariamente ser derribadas. Es particularmente útil tomar prestadas ideas básicas de las teorías queer y del carnaval para desarrollar herramientas analíticas heterológicas más abarcadoras. Por ejemplo, Pippi Calzaslargas, de Astrid Lindgren, duerme con los pies apoyados en una almohada. Esto rompe las normas, pero solo si la norma es dormir con la cabeza apoyada en una almohada y los pies bajo las frazadas. Pippi cuestiona la norma establecida, tanto con su propio comportamiento como cuando afirma que hay otras normas en otras partes, y que, por ejemplo, en Egipto la gente camina de espalda. Eventualmente puede ser más conveniente dormir con la cabeza apoyada en una almohada o caminar de frente, pero ese no es el punto. Con un acercamiento heterológico podemos demostrar, primero, la arbitrariedad de las normas y, segundo, y quizás de manera más importante, que todo el argumento sobre «normas» y su «desviación» prioriza la norma por sobre la desviación, y así también a la autoridad y al poder. La teoría queer no busca reemplazar una norma por la otra, pero sí afirma que todas las condiciones son igualmente normales. A su vez, la indagación aetonormativa sugiere que la infancia y la adultez son dos condiciones humanas normales. En la práctica, sin embargo, la normatividad adulta sigue teniendo prioridad en los textos destinados a lectores jóvenes.
Otra teoría enfocada en el poder es la del carnaval (Bakhtin, Rabelais), un concepto muy relevante en literatura infantil. Les niñes en nuestra sociedad se ven oprimidos y sin poder. Sin embargo, paradójicamente, en la ficción escrita por adultos para la diversión e iluminación de las infancias, se les permite ser fuertes, valientes, ricos, poderoses e independientes –en ciertas condiciones y por un tiempo limitado–. La condición más importante es la dislocación física y la remoción temporal o permanente de la protección parental, permitiendo a le niñe protagonista la libertad de explorar el mundo y probar los límites de la independencia. Le niñe protagonista puede ser representade en situaciones extraordinarias como una guerra o una revolución, en lugares lejanos y exóticos, en aislamiento temporal en una isla solitaria, en peligro extremo u otras. Todas estas condiciones empoderan a le niñe ficcional, y pese a que el personaje suele regresar a la seguridad de su hogar y a la supervisión parental, las narrativas tienen un efecto subversivo, mostrando lo arbitrario de las reglas impuestas a les niñes. La normatividad adulta es sometida a escrutinio aun cuando es presentada como normativa. La mejor literatura infantil posee el potencial de cuestionar la norma adulta y existe una serie de estrategias que los escritores para niñes han empleado para ello. Entre ellas están el uso de géneros específicos (fantasía, aventura, distopía), ambientes (robinsonada, orientalismo), personajes (superhéroes, antihéroes, animales, monstruos), y dispositivos narrativos (la voz, la focalización y la subjetividad).
La fantasía es quizás el dispositivo carnavalesco más común, donde une niñe común se empodera al transportarse a un reino mágico, tras obtener un agente mágico, una serie de rasgos heroicos o fuerza mágica, elementos que son imposibles o al menos improbables en el orden de las cosas existentes (lo que corrientemente llamamos el «mundo real»). Al invertir el orden existente, el carnaval eleva a le niñe ficcional por encima de los adultos. Esta visión de le niñe omnipotente está basada en la idea romántica de la infancia como una edad de inocencia, anterior a la influencia de los males de la sociedad. En la mayoría de las novelas para lectores/as jóvenes, hay una profecía sobre une niñe que derribará el orden de un gobernante maligno. Pero el inevitable restablecimiento del orden al final de un relato carnavalesco para niñes devuelve a los personajes a niveles donde son menos, igualmente o apenas más poderosos que su contexto. La norma adulta siempre es restaurada. Sin embargo, persiste la pregunta de si el carnaval todavía tiene un efecto liberador o subversivo, y si persiste en su cuestionamiento al poder adulto.
Uno de los ejemplos más recientes de una historia de fantasía donde la normatividad adulta es apoyada en cada punto, sin ser cuestionada, son los libros de Harry Potter. Pareciera que Harry está permanentemente empoderado como mago omnipotente. Pero el poder de Harry tiene sus límites. Aunque desciende de un mago con una fuerza inherente, Harry tiene que aprender el verdadero uso de la magia para conducir y controlar su poder. Los adultos de Hogwarts tienen más poder que Harry, y periódicamente él es enviado de vuelta al mundo sin magia de los Muggles, donde no se le permite usar su poder. Aunque ocasionalmente rompe las reglas para vengarse de su primo Dudley, creando un caos auténticamente carnavalesco, se trata de meras desviaciones de un orden donde Harry es oprimido y puede, en cualquier momento, ser encerrado en su pequeña habitación bajo la escalera.
La figura parental primaria, Dumbledore, aparece como un deux ex machina y clausura la victoria de Harry con una palmadita en la espalda, incluso desde el más allá en el libro final. Esa es la esencia de la normatividad adulta: le niñe, en su heroísmo, puede ser tan valiente, inteligente y fuerte como quiera, pero al final un adulto se hará cargo. Y quizás ahí está el secreto de los libros para niñes que a veces llamamos obras maestras de la literatura infantil, que consiguen resolver el dilema de la literatura infantil de formas increíbles: simultáneamente empoderando y protegiendo a le niñe de los peligros de la adultez mientras intenta, contra el sentido común, acunar a le niñe dentro de la inocencia de la niñez, que es parte de la estrategia del poder adulto. Los libros de Harry Potterestablecen firmemente la normatividad adulta, y el epílogo, donde Harry es un adulto listo para oprimir a sus propios hijos, demuestra una vez más cómo el poder se reproduce a sí mismo.
La distopía, una tendencia visible desde los noventa hasta ya entrado el siglo XXI, es o debiera ser, por definición, un género imposible de la ficción infantil. Como muchos críticos han señalado en repetidas ocasiones, la literatura infantil es utópica por naturaleza. Por consecuencia, la ficción infantil sustenta el mito de la infancia inocente y feliz, aparentemente basada en recuerdos nostálgicos de escritores adultos y amargura sobre la imposibilidad de volver al idilio infantil. Junto a la novela distópica juvenil contemporánea, la literatura infantil parece haber llegado a su antítesis. Como críticos y mediadores/as de literatura infantil, todavía intentamos verlas como optimistas y con gran fe en el futuro. Pero es difícil hallar estos rasgos en novelas juveniles contemporáneas ambientadas en el futuro cercano o distante. Más bien, vemos crueles descripciones de la destrucción de la humanidad y el fin del planeta, de decadencia moral y diferencias sociales cada vez mayores.
En las novelas distópicas para niñes se cuestiona el mundo adulto, ya que presumiblemente fueron los adultos quienes crearon la sociedad tremendamente jerárquica y ordenada, pero a la vez tediosa, donde se ambienta la trama distópica. De hecho, ese cuestionamiento es uno de los varios estereotipos de la novela distópica para lectores/as jóvenes. Más aún, según las convenciones de la literatura infantil, es le niñe o le joven quien cuestiona la sociedad y nota su injusticia, pero es la sociedad adulta la que reprime la revolución. Una lectura aetonormativa de novelas distópicas nos deja conclusiones bastante pesimistas. El retrato de la infancia en la ficción infantil convencional o utópica refleja la mirada del escritor adulto, muchas veces idealizada y a veces nostálgica. Paradójicamente, la visión del futuro en la novela infantil también suele ser radicalmente distinta a las ideas que les jóvenes de hoy pueden tener sobre su propio futuro. Aunque los escritores/as adultos intenten librarse de su experiencia «para dar voz» a le niñe protagonista, «hablando en nombre de le niñe», todavía escuchamos, por sobre todo, su voz y sus valores adultos filtrándose desde la perspectiva deliberadamente ingenua de le joven protagonista. Esto implica que, en el miedo visible al futuro, en la ficción contemporánea para jóvenes adultos y niñes vemos reflejado nuestro propio miedo y culpa. La resistencia de los/as lectores/as a los finales que les arrebatan el poder es un fenómeno común; por ejemplo, muchos lectores de The Giver, de Lois Lowry, incluso lectores/as adultos/as, prefieren interpretar el final de manera optimista, afirmando que el protagonista llega a un lugar mejor y que vivirá feliz para siempre. Una lectura más sofisticada del total de la novela niega esa interpretación: a lo largo de la novela, el Otro Lugar al que Jonas intenta llegar es un eufemismo de la muerte. La representación de Jonas luchando contra el frío y el hambre mientras alucina es un retrato certero de la agonía mortal. Así pues, el único camino que la autora ve para su héroe rebelde es su muerte.
Las narraciones sobre juguetes animados y animales antropomórficos que viven de forma simbiótica con niñes humanos son excelentes premisas para el efecto del carnaval. Los animales y los juguetes suelen ser más débiles que les niñes, tanto le niñe ficticio en la narrativa como les jóvenes lectores. No es accidental que los animales más comunes en los libros infantiles sean ratones, conejos y gatos. En la compañía de juguetes y animales pequeños, le niñe puede sentirse fuerte, inteligente y protector. Los animales, en la gran mayoría de los cuentos, son usados para empoderar a le niñe humano, tanto al personaje como al/la lector/a. Pero puede ocurrir lo contrario. En El cuento de Pedrito Conejo, de Beatrix Potter, el pequeño héroe se aventura a un territorio nuevo, desconocido y emocionante, obviamente rompiendo la prohibición de su madre. Pedrito hace lo que cualquier héroe del folclore hizo antes que él, y lo que muchos personajes de la literatura infantil hicieron después, con resultados dispares. La autora anticipa el fracaso de su protagonista y lo condena desde el principio: «Peter, que era muy travieso […]». Esa es la voz de la normatividad adulta hablando desde el punto de vista adulto. Las tres hermanas, Flopsy, Mopsy y Cotton-tail, «que eran buenas conejitas, [y] fueron por el camino a buscar moras», se comportan según la norma prescrita, mientras el travieso Peter rompe la norma y cuestiona el poder adulto. Pero, al entrar al territorio del enemigo, no se le permite, como al héroe del relato mítico o del cuento de hadas, vengar la horrible muerte de su padre. No se le permite ser valiente o astuto, y tampoco encuentra un tesoro. Por el contrario, es humillado repetidamente, primero enfermándose por su glotonería, luego siendo perseguido por Mr. McGregor, quedando atrapado en una red y, finalmente, y quizás más significativamente, perdiendo su ropa, pasando de ser una criatura inteligente y antropomorfa a un animal tonto y común. En vez de volver a casa como un héroe glorioso, regresa físicamente exhausto y moralmente vencido; ¿y qué recibe de su madre? No una palabra de consuelo, sino otro castigo: irse a la cama sin cenar, pero con un té de manzanilla para curar su estómago. Este es el triunfo absoluto de la normatividad adulta: a le niñe no se le permite ni la más mínima experiencia de libertad y poder durante su excursión, mientras que sus hermanas obedientes son premiadas con «pan, miel y moras».
Otro clásico, Winnie the Pooh, muestra cómo el poder tiende a reproducirse a sí mismo. Christopher Robin se siente estúpido y falto de educación en la realidad ficticia del libro. En su propio reino, llamado Hundred Acre Wood (El Bosque de los Cien Acres), es inteligente y poderoso. Él aparece siempre que sus pequeños y estúpidos súbditos se meten en problemas, sabe todo, entiende todo, puede leer y escribir, y siempre apoya a sus amigos menos privilegiados. Pero si leemos cuidadosamente, Christopher Robin, en El Bosque de los Cien Acres, está lejos de ser benevolente. Es condescendiente con Pooh, siempre comenta su comportamiento diciendo «tonto y viejo oso», mientras se niega a comentar sus propios defectos, que transfiere hábilmente a otros sujetos. Un ejemplo iluminador es su falta de alfabetización, proyectada en Pooh y Owl. Su miedo es reflejado en Piglet, su hiperactividad en Tigger, su complejo de inferioridad en Eeyore. Así, el niño humilla y oprime a sus juguetes como su padre lo hace con él, tal como hace Max en Donde viven los monstruos transfiriendo el comportamiento opresor a los monstruos, como hace con ellos cuando los manda a la cama sin cenar. Sin embargo, en Winnie the Pooh, el poder adulto del mundo «real» finalmente alcanza a le niñe escapista, en imágenes tales como las tablas de multiplicación, ejercicios de deletreo, y su inminente partida a un internado. Al contrario de Pippi, Christopher Robin no tiene con qué defenderse de los ataques del mundo adulto. La normatividad adulta acaba triunfando.
John Stephens identifica la distinción entre fantasía y realismo como «la distinción genérica más importante en la ficción infantil» (Language: 7). También elige ilustrar la idea del carnaval, o time-out como él lo llama, exclusivamente con novelas fantásticas. Pero obviamente el carnaval es tan pertinente para las llamadas historias realistas como para las fantásticas, aunque le niñe ficticio se empodere de distintas formas. Como muchos héroes de la literatura infantil, Tom Sawyer tiene la suerte increíble de ser huérfano (es casi sacrilegio decirlo desde el punto de vista mimético, pero es una condición necesaria para el carnaval) y tener una casi irrestricta capacidad de movimiento. En Tom Sawyer, ambos personajes, Tom y Huck, se empoderan al hallar un tesoro que les da un estatus social considerablemente más alto. El que Huck voluntariamente rechace su elevación es otra cosa. Holes, de Louis Sachar, es una versión moderna y original del tema de los buscadores de tesoros, mucho más dura en su retrato de la sociedad y ambivalente al reflejar estructuras de poder, tanto en las relaciones entre pares como entre niñes y adultos. Los adultos, en el campamento de trabajo juvenil, tienen poder ilimitado sobre los muchachos; pueden premiar o castigar a gusto, negarles comida, bebida y otras necesidades básicas. Entre los muchachos, las relaciones de poder surgen y fluctúan, mientras los humillados y explotados se convierten a su vez en explotadores.
En un argumento paralelo, seguimos el destino del bisabuelo de Stanley, un pobre muchacho judío que llega al país de sus sueños, EE.UU., buscando fortuna. Sucede que Stanley está en el mismo lugar donde su antepasado fue asaltado por una ladrona. Finalmente encuentra el baúl del tesoro que perteneció a su bisabuelo, con todos los documentos para que su familia pueda costearse un buen abogado, una casa lujosa en California y vivir felices para siempre. Esta elevación del protagonista se siente bastante improbable si leemos la novela miméticamente, pero en un nivel carnavalesco y simbólico ilustra la supremacía de valores adultos como la riqueza y un estatus social respetable. Más que mostrarnos el empoderamiento de une niñe por derecho propio, la novela le incorpora al orden de las normas adultas.
Huir de casa es otra estrategia carnavalesca aplicable a la narrativa no fantástica. Es una broma tentativa e inocente en Tom Sawyer, pero un asunto de vida o muerte en Huckleberry Finn. A través de este recurso, Tom es empoderado temporalmente y su carnaval fracasa porque echa de menos su casa y se siente miserable en la isla. Al ser un niño pequeño, Tom todavía no está listo para desafiar el poder de la familia, la escuela y la sociedad. Por el contrario, Huck no solo cuestiona a la sociedad al renunciar voluntariamente a su repentina riqueza, sino que rápidamente se rebela contra la autoridad parental. En su conflicto central, la novela despliega un tema importante de poder. Al ser un esclavo fugitivo, Jim es inferior a Huck y Huck está consciente de eso, y listo para ejercer su poder entregando a Jim. Al mismo tiempo, Jim es superior a Huck en términos de edad, experiencia, así como de humildad y conciliación, lo que Huck reconoce, conduciéndolo a tomar una decisión moral. Al contrario de Tom, Huck no vuelve a la seguridad del hogar, y su carnaval se convierte en un verdadero rito de paso. El conocimiento recién conquistado nunca más le permitirá ver la esclavitud como una condición normal, lo que al menos lo hace éticamente superior a las y los adultos que lo rodean. Obviamente, esto es una forma más sutil de empoderamiento que encontrar un tesoro.
En Homecoming, una historia contemporánea sobre huir de casa escrita por Cynthia Voigt, les niñes son empoderades por la necesidad de cuidarse a sí mismes al quedar sin un cuidador adulto. La sociedad adulta está detrás de elles todo el tiempo, intentando restringir su libertad e independencia al ponerles bajo el cuidado social correcto. Finalmente son desempoderades y entregades a la supervisión de su abuela. Pero la aventura les enseñó que pueden bastarse a sí mismes y no dejarán que nadie tome decisiones en su nombre.
En libros de misterio para niñes, como Nancy Drew, les héroes jóvenes son más inteligentes que los adultos y sus autores les permiten estar en el lugar y en el momento exacto, varios pasos por delante de los adultos. Quizás inesperadamente, el despreciado género de los libros de caballos y ponis posee un potencial subversivo enorme. El establo crea una situación carnavalesca perfecta donde a las niñas se les permite ser todo lo que contradice a los estereotipos femeninos normados: fuertes, independientes, llenas de iniciativa, competitivas, conservando rasgos femeninos tradicionales, como ser cariñosas y emocionales. La naturaleza carnavalesca de los libros de caballos explica su popularidad entre las lectoras jóvenes. Sin embargo, la pregunta es si tanto las lectoras de novelas de misterio como de caballos son empoderadas junto a sus protagonistas. Nancy Drew es una superchica, y la mayoría de las lectoras probablemente se dará cuenta de que no es un personaje creíble si aplica el criterio realista. La heroína de un libro de caballos está más cerca del mundo reconocible de cada día; pero, ¿por qué siempre gana las competencias, logra domar a los caballos más salvajes y se le permite quedarse con su favorito tras recibir un inesperado regalo de un pariente rico?
Otra forma eficiente de empoderar niñas es el travestismo, un tema que se ha vuelto prominente en la ficción juvenil reciente y aparece en varios géneros, desde la comedia de equivocaciones a las novelas históricas, donde niñas disfrazadas participan en guerras, viajes peligrosos y otras ocasiones en donde mostrar su valor. En la mayoría de los casos el travestismo es temporal, como el carnaval, y la niña obedientemente vuelve a vestirse como mujer para regresar al orden patriarcal.
También en las novelas psicológicas contemporáneas se permite a les jóvenes ser más inteligentes, sensibles y empáticos que los adultos. Pero un protagonista adolescente tiene básicamente dos opciones al enfrentar la represión: perecer o hacerse represor; de hecho, muchos autores de ficción para jóvenes parecen no saber qué hacer con sus personajes rebeldes y se deshacen de ellos con una muerte repentina o un suicidio. Incluso un final abierto puede sugerir la muerte como una solución posible. Más frecuentemente, le niñe protagonista acepta gradualmente la normatividad adulta, y así deja atrás la adolescencia e ingresa a la adultez, y se muestra preparade para ejercer la misma opresión a la que fue sometide. Esta reproducción del poder es especialmente tangible en las series ambientadas en escuelas, donde los recién llegados, oprimidos de ayer, pronto se convierten en líderes y canalizan su venganza hacia les más jóvenes y débiles.
Pero las reglas adultas son válidas incluso cuando le niñe es superior a los adultos y el mundo adulto se venga brutalmente de le niñe. Libro tras libro vemos el tributo de los autores a la normatividad adulta. Sin embargo, hay excepciones, muchas de ellas en textos recientes que a la vez son, estrictamente, no del todo realistas. En The Book of Everything, de Guus Kuijer, el padre del protagonista es un tirano horrible que no solo impone reglas estrictas a su esposa e hijos, sino que no deja de golpearlos. Thomas, un niño de nueve años, tiene un miedo mortal a su padre, pero lentamente aprende a cuestionar su autoridad, y con un poco de ayuda de adultos y niñes consigue su derrota total. Al contrario de Pippi Calzaslargas, Thomas no es el niño más fuerte del mundo, pero su don es ver cosas que no están ahí, es decir tener una imaginación poderosa. También descubre fortaleza e inspiración en la lectura. Kuijer retrata una niñez competente cuya fortaleza moral e intelectual derrota la superioridad física de los adultos. Cuando le preguntan qué quiere ser cuando crezca, Thomas dice que quiere ser feliz. De algún modo, es una respuesta dialógicamente apropiada al final afirmativo de Pippi Calzaslargas.
Por otra parte, Pippi es un ejemplo convincente del empoderamiento incondicional de una niña en la literatura infantil. Sin embargo, Pippi no tiene que soñar o luchar para obtener poder, está equipada desde el principio con todo lo que une niñe no posee normalmente: fuerza, riqueza, seguridad en sí misma e independencia, lo que le permite desafiar instituciones sociales e individuos que no pueden aceptar su estatus. Se ha señalado repetidamente que en Pippi Calzaslargas, Astrid Lindgren, está del lado de le niñe. De hecho, estar del lado de le niñe, prestarle voz a le niñe silenciade y otras metáforas parecidas suelen ser usadas para enfatizar la posición única del autor al escribir para niñes. Sin embargo, un autor adulto no puede del todo «estar del lado de le niñe», tal como un autor blanco no puede estar del lado de un personaje negro o un autor negro no puede estar del lado de un personaje mujer, y así, tal como los estudios heterológicos nos enseñaron: la alteridad es siempre manifiesta, de una forma u otra.
Pippi cuestiona el poder y la normatividad adulta en todo lo que hace. Pero no busca una forma de abolir el poder adulto, solo lo ridiculiza y se burla de él. Al final, la gente de su pueblito está lista para darle el poder a Pippi, diciendo que no necesitan policía ni bomberos si tienen a Pippi. Ella participa feliz de la celebración de su valentía y astucia, pero cuando se trata de tomar el poder, es una niña eterna que, al igual que Peter Pan, prefiere jugar.
En su perspicaz libro Don’t Tell the Grownups, Alison Lurie sostiene que toda literatura infantil es subversiva por definición. Esta es una postura sospechosa. Ciertamente, la literatura infantil puede ser subversiva contra la normatividad adulta, pero muchas más veces es prescriptiva y la confirma en vez de cuestionarla. También sería un error, a juzgar por los ejemplos, concluir que los libros más antiguos para niñes son más conservadores que los contemporáneos. De hecho, el cuestionamiento más radical a la normatividad adulta, Pippi Calzaslargas
