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Con los pies hinchados y aquella enorme tripa, Ryanne Rieger no esperaba llamar la atención del cowboy más sexy de la ciudad. A Tom Hunnicutt no parecía importarle lo más mínimo el hecho de que ella hubiera vuelto a la ciudad a punto de convertirse en madre soltera. ¿Por qué demonios estaba tan pendiente de ella? Por algún motivo, Tom no conseguía quitarse a Ryanne de la cabeza; había algo tremendamente molesto, a la vez que poderosamente atrayente, en esa mujer que parecía no tener miedo de nada. Lo último que necesitaba Tom en aquellos momentos de crisis era implicarse con Ryanne... aSin embargo, eso fue precisamente lo que hizo.
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Seitenzahl: 155
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Debrah Morris
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Canción de cuna para dos corazones, n.º 5456 - diciembre 2016
Título original: A Girl, a Guy And a Lullaby
Publicada originalmente por Silhouette Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-9048-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
COMO hacer puenting o escalar el Himalaya, hacer un viaje en autocar por todo el país era algo reservado solo para aquellos a los que les gustan las aventuras. Tal esfuerzo no era para miedicas ni para mujeres embarazadas de ocho meses. Como ella entraba en ambas categorías, Ryanne Rieger tenía que preguntarse cómo se le había ocurrido.
Era muy tarde, estaba agotada y, por mucho que se moviera en el estrecho asiento, era imposible acomodar su enorme vientre. Frustrada, se quitó las sandalias. ¿Cuándo habían pasado de calzado fashion a instrumentos de tortura?
¿Y cuándo habían cruzado el ecuador? El aire que entraba por la ventanilla era tan refrescante como una manta de lana. Y abanicarse con una bolsa de patatas no podía sustituir un buen sistema de aire acondicionado… que el autocar no tenía.
Ryanne se apartó el pelo de la cara y echó la cabeza hacia atrás, intentando relajarse un poco.
Al menos, sus aspavientos no parecían molestar al hombre que iba a su lado y que no había vuelto a moverse desde que salieron de Arkansas. Debía de sufrir una rara enfermedad que, ante el calor y los traqueteos de una vieja cafetera, producía una extrema relajación. Qué suerte.
–¡Ay! –exclamó Ryanne cuando el bebé empezó a bailar una polca sobre su vejiga–. Por favor, cariño, no te muevas que no puedo más.
Angustiada, miró hacia el fondo del autocar. Era imposible. No podía meterse en aquella especie de armario que llamaban aseo. Aunque pudiera entrar en él, no sería capaz de maniobrar. Se quedaría atascada y tendrían que llamar a la grúa.
Aunque eso podría ser muy divertido para el resto de los pasajeros, ella era una persona muy digna y no pensaba arriesgarse.
Tendría que aguantar un poco más. Podría hacerlo si el niño dejaba de bailotear y no pensaba en líquidos. Estaba imaginando un paisaje desértico cuando alguien abrió un bote de salchichas. El olor, mezclado con el de la colonia del pasajero que iba detrás, llegó a su nariz. Ah, eau de autocar, un aroma capaz de alterar la estructura genética de cualquier ser humano… e incluso de paralizar el proceso democrático.
Ryanne tuvo que ponerse la mano en la boca para evitar una náusea. En ese momento, todo se le vino encima. Estaba embarazada, sola y no tenía un céntimo. Y de vuelta a Brushy Creek.
Lo único que le faltaba era una náusea.
Había salido de su casa el día que se graduó en el instituto, convencida de que pronto sería la estrella más rutilante de Nashville. Tenía muchos planes: se convertiría en la mejor cantante de country, ganaría un Grammy…
Qué equivocada estaba.
Cinco años de dura experiencia le habían enseñado que la vida tiene mil formas de hundir a la gente y destrozar sus sueños. Ya no le quedaban muchos, pero abandonaría hasta el último de ellos solo por salir de aquel autocar.
Lo antes posible.
–¿Cuánto falta para Brushy Creek? –le preguntó al conductor.
–Es la próxima parada, señora –contestó el hombre, tomando una oscura carretera vecinal.
Brushy Creek, Oklahoma, 983 habitantes. Cuando salió de allí era un pueblo grande. ¿Qué había pasado? ¿Se había convertido en un pueblo fantasma? ¿Dónde estaban las luces, la gente?
Y, sobre todo, ¿dónde había un cuarto de baño?
Poco después, se abría la puerta del autocar. Ryanne bajó la funda del violín y buscó sus sandalias con el pie.
Aquellas sandalias tan caras y que tanto se parecían a su ex marido. Como a él, las había llevado a casa por impulso aunque nunca le quedaron bien y habían terminado por hacerle mucho daño.
–Señora, si esta es su parada baje de una vez –le espetó el conductor, que estaba esperándola con el portaequipajes abierto–. Tengo que cumplir un itinerario.
–¡Ya voy! –exclamó Ryanne.
A la porra las sandalias. Iría descalza.
Mientras bajaba la funda del violín echó un último vistazo a su compañero de asiento. Seguía sin cambiar de postura.
–¿Estas son sus maletas? –le preguntó el conductor desde abajo.
–Sí, gracias –contestó ella, sujetándose a la puerta–. Ya sé que tiene que cumplir un itinerario, pero yo que usted comprobaría el pulso de mi compañero de asiento. Lleva más de dos horas sin moverse.
Cuando bajó del autocar, sin darse cuenta pisó un chicle enorme y pegajoso. Debía haber un sitio especial en el infierno para los que tiran chicle al suelo, pensó.
–Sí, vale –murmuró el conductor, sin hacerle ni caso.
Un segundo después, el hombre volvía a subir al autocar y arrancaba sin más miramientos. De repente, Ryanne sintió que algo tiraba de ella y oyó un ruido de tela rasgada…
¡El miserable había arrancado llevándose enganchado en la puerta un trozo de su vestido pre–mamá!
¿Qué más podía pasarle? ¿Un rayo que la fulminase? ¿Una tormenta de granizo?
Entonces recordó las palabras de Birdie Hedgepath, su madre adoptiva: «Si no te ríes ante los golpes de la vida, solo podrás ponerte a llorar».
Pero mejor sería no reír demasiado antes de encontrar un cuarto de baño.
Ryanne miró alrededor. Todo estaba a oscuras y no había ningún edificio. Lo único que podía hacer era meterse entre los arbustos y esperar que no le ocurriera nada más.
–¿Necesita ayuda? –escuchó una voz entonces.
Un hombre apareció entre las sombras. Tenía los hombros anchos y las piernas largas. Iba vestido como la noche: camisa oscura, pantalones oscuros, sombrero negro.
Un vaquero.
No podía verlo bien, pero tenía cara de guasa. Lo que le faltaba.
–Pues sí, necesito ayuda.
–Y que lo diga.
–¿Le hace gracia? Pues le garantizo que a mí, no. Llevo dos días en un autocar sin aire acondicionado. Estoy agotada, muerta de calor y, como puede ver, muy embarazada. He perdido las sandalias, pero da igual; ya no podía ponérmelas porque tengo los pies hinchados y retengo líquido suficiente como para regar todos los campos de Oklahoma. ¿Eso le hace gracia?
–Sí, señora.
El idiota ni siquiera tenía educación como para disimular la risa. Y eso fue la gota que colmó el vaso.
–Pues a mí, ninguna. ¡Acabo de pisar un chicle del tamaño de una boñiga de vaca!
–Déjeme ver.
De repente, el tono del hombre había cambiado y Ryanne lo miró, sorprendida.
–¿Qué?
–Deme el pie.
En otras circunstancias nunca habría obedecido, pero aquel viaje en autocar estaba probando ser el más surrealista que había hecho en toda su vida.
El extraño en cuestión se sacó un pañuelo del bolsillo y tomó su pie para limpiarle el chicle. Ryanne tuvo que sujetarse a su brazo para no perder el equilibrio y, al notar el trasero del hombre apoyado en su vientre, sintió un calor que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente.
–Ya está.
–¿Me ha quitado el chicle? –preguntó ella, atónita.
–Sí.
–Gracias.
–De nada.
Ryanne lanzó un gemido cuando su bebé volvió a hacer un zapateado.
–Tengo que advertirle que si no encuentro un baño pronto, no soy responsable de lo que pase.
–¿Puedo ayudarla?
–Lo dudo –suspiró ella. En ese momento una nube se apartó y, a la luz de la luna, pudo ver el rostro del vaquero. Estaba sonriendo y no parecía peligroso–. Vamos, no se quede ahí parado.
–¿Qué espera que haga?
–No lo sé. Cuide de mis maletas mientras yo me meto entre esos arbustos. Y le advierto que no hay nada que merezca la pena robar.
–No pensaba hacerlo, señora.
–Por si acaso.
Ryanne se metió entre los arbustos, mascullando maldiciones. Temía pisar alguna serpiente, pero en lo que realmente pensaba era en el sonriente vaquero de frases cortas. Le resultaba familiar. Pero no le hacía gracia que estuviera esperando al otro lado de los arbustos mientras ella se dedicaba a asuntos… de naturaleza muy personal.
Tom Hunnicutt no estaba interesado en las maletas de la mujer. Pero, como alguien incapaz de apartar la mirada de un accidente, se sentía fascinado por ella.
A pesar de su actitud, de su coleta despeinada y de los pies descalzos, era la chica más guapa que había visto en toda su vida. Aunque no fuera precisamente simpática.
¿Quién era y qué estaba haciendo allí? ¿Y por qué había bajado del autocar en medio de la noche? Esas eran preguntas normales, pero lo que realmente le preocupaba era cómo una mujer tan pequeña podía tener un vientre tan grande. Debía de estar esperando gemelos.
–¿Tiene un teléfono, vaquero? –le preguntó «Miss Simpatía».
–Sí, señora.
–No me llame «señora» –replicó ella, alargando la mano.
Tom, sin saber qué hacer, fue a estrecharla, pero ella le dio un manotazo.
–¡El teléfono!
–No lo llevo conmigo. Está en casa.
La expresión de la joven se volvió, si eso era posible, aún más antipática.
–Vamos a ver… ¿Hay algún teléfono por aquí? –le preguntó, como si hablase con un retrasado.
Tom se enfadó entonces. Había límites incluso para un buen samaritano como él. No era un ladrón y tampoco un imbécil, pero si aquella chica quería un tonto, le daría un tonto.
–Pues no sé, señora. Casi todo el mundo en Brushy Creek tiene teléfono hoy en día. También tenemos electricidad –contestó, quitándose el sombrero y rascándose la cabeza–. Menos Possum Corn, que no cree en esas cosas modernas.
Ryanne hizo una mueca.
–Lo siento, no quería insultarlo.
–Ya, claro.
–No, en serio. Perdone. Es que…
–¿Ha tenido un mal día?
–Un mal año, pero en fin… Empecemos de nuevo. Soy Ryanne Rieger –sonrió ella entonces.
Tom dio un paso adelante.
–¿En serio? ¿Tú eres la pequeña Ryanne? –sonrió, tuteándola.
Ella se dio un golpecito en el vientre.
–No tan pequeña.
–Birdie dijo hace poco que la chiquitaja volvía a casa.
Su salida de Brushy Creek había sido comentada por todo el pueblo. No mucha gente se marchaba de allí para buscarse la vida en la gran ciudad.
–Hace años que nadie me llama así. ¿Conoces a Birdie?
–En Brushy Creek todo el mundo se conoce.
–La gente sigue metiéndose donde no los llaman, ¿verdad?
–Claro.
–¿Y qué más sabes de mí?
–Birdie me contó… que habías tenido ciertas dificultades.
Ryanne levantó los brazos.
–Estupendo. Ahora dime que todo el pueblo sabe que mi matrimonio y mi carrera se han ido a la porra.
Tom intentó no sonreír.
–Puede que Possum Corn no lo sepa. Él no tiene teléfono.
–Muy gracioso.
–Hay una cosa que Birdie no le ha contado a nadie.
–¿Mi talla de pecho?
Él negó con la cabeza.
–No me había dicho que estuvieras esperando un niño. Es una sorpresa enorme.
–Enorme, desde luego.
Tom arrugó el ceño. Un minuto antes estaba insoportable y en aquel momento, parecía a punto de ponerse a llorar.
–¿No te acuerdas de mí? Soy Tom Hunnicutt.
Ryanne se puso de puntillas para verle la cara.
–¿Tom Hunnicutt? No puedo creerlo… ¡Pero si estaba loca por ti!
–¿Ah, sí?
La inesperada confesión no debería haberlo sorprendido. Aquella chica parecía decir lo primero que se le pasaba por la cabeza.
–Bueno, yo y todas las chicas del pueblo. Estaba tan enamorada de ti que quise pedirte en matrimonio.
–¿Y por qué no lo hiciste?
–Porque saqué muy malas notas y Birdie me castigó sin salir. Decía que si uno no sabe hacer cuentas no puede casarse.
Tom soltó una carcajada.
–¿Cuántos años tenías entonces?
–Doce. Y tú ya salías con una chica. Algo que decepcionó amargamente a toda la población femenina de Brushy Creek.
–Creo que exageras –sonrió él.
Nunca se percató de aquel ataque de fervor adolescente. De hecho, solo había habido un amor en toda su vida.
–Tenías una novia. ¿Cómo se llamaba?
–Mariclare Turner.
No podía decir aquel nombre sin que se le encogiera el corazón. Había perdido a la mujer de su vida porque pensó que sus sueños eran suficiente para ella. Nunca se le ocurrió pensar que Mariclare tuviera sus propios sueños.
–Ah, es verdad, Mariclare, la del pelo ideal. La teníamos una manía… ¿Sigues en el rodeo?
–No, ya no. El verano pasado sufrí un accidente y he tenido que dejarlo.
–Lo siento.
–Ya.
No era de buena educación quedarse mirando su vientre, pero era tan grande que Tom no podía apartar los ojos. Entonces decidió mirar hacia abajo. Sus pies desnudos le parecían una buena alternativa. Mejor eso que el ombligo que se marcaba bajo la tela del vestido y los pechos hinchados que sobresalían del escote. Ryanne parecía una diosa de la fertilidad y eso lo hacía sentir incómodo.
–¿Tu padre sigue teniendo la tienda?
Él seguía mirando sus pies. Eran diminutos, como los de una niña. Parecía imposible que pudieran soportar aquel peso.
–Sí. Lo operaron del corazón hace un año, pero sigue trabajando –contestó, mostrándole una llave–. Podrías haber entrado en el baño de la tienda.
Ryanne levantó los ojos al cielo.
–¿Y ahora me lo dices?
–Iba a hacerlo, pero estabas tan decidida a meterte conmigo…
–Qué bocazas soy. ¿Me perdonas?
Era difícil no hacerlo. Con aquella sonrisa de mil vatios, tenía un encanto irresistible.
–Claro que sí.
–Podría usar el teléfono de la tienda para llamar a Birdie. No sabe que estoy aquí.
–Es más de medianoche. Si quieres, yo puedo llevarte a casa.
–¿De verdad?
–Claro que sí. Aún no he hecho mi buena obra del día –sonrió él, tomando las maletas.
LOS FAROS de la furgoneta iluminaban la carretera, atravesada de cuando en cuando por algún mapache despistado. En el pueblo todas las luces estaban apagadas porque los buenos granjeros se acuestan antes de las nueve para levantarse al amanecer.
–¿Vas cómoda?
–Como llevo días sin sentarme…–replicó Ryanne, irónica
Era una chica llena de desparpajo a pesar de su situación. Una de esas personas que pueden con todo, pensó Tom.
–Enseguida llegamos, no te preocupes.
–¿Has viajado alguna vez en autocar?
–Cuando iba al colegio.
–No, eso no cuenta.
Tom la miró de reojo. A pesar de su lengua afilada, parecía muy joven. Y que hubiera hecho aquel largo viaje embarazada de ocho meses despertaba en él sentimientos que creía olvidados. ¿Cuándo fue la última vez que intentó acercarse a una mujer? ¿Y por qué se sentía tentado con aquella cría?
Poco después llegaban a las colinas. El Departamento de Turismo llamaba a aquella parte de Oklahoma «el estado verde». Y era cierto. Él había viajado por todo el país, incluso por Canadá, pero una vez retirado del rodeo decidió volver a Brushy Creek, el precioso pueblo que lo vio nacer.
Había comprado una finca de ochenta acres al sur del pueblo en la que pensaba construir su casa. Una de esas cabañas de madera, como las que había en Colorado. Pensó entonces que sería la casa ideal para Mariclare… y para sus hijos.
También había pensado criar caballos de raza. Algún día.
Sin fecha fija. Pero «algún día» era, en sus sueños, cuando hubiera ganado lo suficiente. Cuando hubiera dejado el rodeo del todo, cuando pudiera retirarse del circuito sin mirar atrás.
Fue un gravísimo error postergar sus sueños hasta que todo había desaparecido. El rodeo, Mariclare, los niños… todo. Debería haberlo visto venir.
Mariclare le pidió que dejara ese trabajo, pero él no quiso hacerlo. Y como eligió el rodeo en lugar del matrimonio, un semental furioso eligió por él. Durante diez años no había tenido más que arañazos y, de repente, un caballo lo echaba del circuito para siempre: conmoción cerebral, tres vértebras rotas, dos fracturas imposibles de recuperar, varias operaciones, semanas en rehabilitación, meses de escayolas y muletas… Cientos de pastillas para soportar el dolor.
En un año consiguió recuperarse por fuera. Pero por dentro nunca podría hacerlo. Algo se había roto para siempre.
Estaban los dos perdidos en sus pensamientos y Ryanne lo miró de reojo.
Tenía doce años la última vez que vio a Tom; el día que él se marchó a Nuevo México para trabajar como profesional del rodeo. Estaba orgulloso y sus padres también. Todo el pueblo estaba orgulloso del chico de los Hunnicutt.
Entonces era un chico alto y flaco. Con treinta años, el mentón cuadrado y la nariz recta, se había convertido en un hombre de cine. No podía ver sus ojos, pero recordaba que eran muy oscuros. Una sonrisa traviesa y un hoyito en la mejilla completaban un atractivo paquete.
Ryanne estaba embaraza de ocho meses, pero no estaba muerta. Sus receptores de feromonas seguían vivos y capaces de encender una lucecita de alarma.
Pero había tomado una decisión durante el tormentoso viaje en autocar: no necesitaba un hombre en su vida. Tenía que aprender a vivir sola. De modo que cualquier indicio de atracción por el sexo opuesto debía ser aplastado. Los hombres no daban más que problemas.
Dejarse llevar por un arrebato era lo que la había conducido a aquella situación. Y sería mejor que lo recordase.
–¿Qué hacías en la tienda a estas horas?
–He traído unos sulfatos de Tulsa. Y cuando te vi en la acera, como perdida, pensé que debía echarte una mano.
–¿Siempre ayudas a las damiselas en apuros? –sonrió Ryanne.
–No. Pero tú parecías tener más apuros que la mayoría de las damiselas que conozco.
Y Tom Hunnicutt tenía una sonrisa matadora, que ella ignoraría junto con el mentón cuadrado y todo lo demás. Menos mal que estaba embarazada y él salía con la chica «del pelo L’Oreal».
