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Debrah Morris

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Beschreibung

Ellin Bennett tenía una hija a la que criar, un trabajo que mantener y un periódico que dirigir. Salvar a Santa Claus en mitad de una carretera no figuraba en su lista de obligaciones. Para colmo de males, debajo de la barba y del traje rojo se escondía nada menos que el guapísimo Jack Madden, profesor y colaborador ocasional del periódico de Ellin. La sonrisa de aquel hombre era capaz de detener el tráfico... ¡y era demasiado peligroso para una madre soltera atrapada en el fin del mundo! Una madre y una hija no estaban precisamente en la lista de prioridades de Jack para aquella Navidad. Siempre había estado muy contento de su soltería, hasta que conoció a Ellin. No le iba a resultar nada fácil, pero estaba dispuesto a darle a su increíble jefa un curso intensivo sobre amor... y familia.

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Seitenzahl: 144

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Debrah Morris

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

Otro destino, n.º 1727 - febrero 2015

Título original: That Maddening Man

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2002

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-6071-1

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Índice

 

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Publicidad

Capítulo 1

 

 

Ellin Bennett era una mujer valiente por naturaleza, pero tan temeraria como para conducir por aquellas colinas al límite de la velocidad permitida. Sus manos enguantadas se aferraron al volante mientras maniobraba por la estrecha carretera de dos carriles. Sabía que en ocasiones había que actuar con arrojo, pero aquel no era el caso.

Dejó atrás otra señal de tráfico que advertía sobre la presencia de ciervos en la zona y se preguntó si debía tener cuidado con la posible irrupción en el camino de alguna criatura de grandes ojos o si se trataba una invitación para disfrutar de los animales de la zona. Después de vivir once años en Chicago, sospechaba que iba a tardar bastante tiempo en acostumbrarse a vivir en los Ozarks.

–Pero mamá, Papá Noel no va a saber dónde encontrarme.

–Claro que lo sabrá, Lizzie.

Ellin miró por el retrovisor a su hija de cuatro años y sonrió. La pequeña llevaba un abrigo de color rosa y una diadema, y fruncía el ceño con preocupación.

–Ya te he dicho que hoy no soy Lizzie.

–Lo siento, había olvidado que ahora eres su majestad la princesa Lizzie –dijo, recordando la última manía de la niña.

–¿Pero cómo me encontrará? No sabe que nos mudamos a casa de la abuela.

–Por supuesto que lo sabe, cariño. Papá Noel lo sabe todo.

Ellin no estaba precisamente henchida de espíritu navideño aquel año, pero no quería que su humor estropeara las ilusiones de Lizzie. Su hija, que en general era una niña alegre y fácil de complacer, había desarrollado una alarmante cantidad de preocupaciones desde que decidieron mudarse. Y casi todas ellas estaban relacionadas con las inminentes vacaciones.

–Pero la abuela no tiene chimenea…

–Eso no es un problema para Papá Noel.

–Sí que lo es. No puede dejar regalos si no tiene una chimenea por la que descolgarse.

–Claro que puede –dijo Ellin, suspirando–. Tiene poderes mágicos.

–¿Y cuándo vamos a comprar el árbol de Navidad?

–Pronto, hija, pronto –respondió, mientras intentaba concentrarse en la conducción del vehículo.

–¿Hoy?

–Tal vez.

–No digas que tal vez. Di que sí –dijo la niña, enfadada.

–Ya veremos.

Las dos palabras que acababa de pronunciar Ellin bastaban normalmente para evitar discusiones y tranquilizar a la niña, pero aquel día no surtieron el efecto de costumbre.

–A Papá Noel no le gustará que no tengamos un árbol de Navidad. Se enfadará mucho.

–No, no se enfadará. Papá Noel no se puede enfadar con las princesas. El ratoncito Pérez no se lo permitiría.

Entonces, Ellin oyó un sonido que no le gustó nada. Miró a un lado y vio que Pudgy, el pero de su abuela, estaba intentando comerse su bolso de cuero.

–Dame eso.

Su abuela echaba de menos al animal y había pedido que se lo llevara a la fiesta de Navidad que daban ese mismo día en el hospital. Además, la señora Polk, la administradora del centro y una ferviente defensora de los programas de terapia con mascotas, había pensado que el perro ayudaría a la anciana de ochenta años a recobrarse de su reciente operación de cadera.

–¿Sabes dónde está el ángel, mamá? Ese de vestido brillante que ponemos en lo más alto del árbol…

–Está en una caja en el garaje de la abuela.

–¿Y las luces también? ¿Y el muñeco de nieve que brilla?

Abandonar la casa del lago Michigan había sido difícil, pero para Lizzie había resultado una experiencia traumática. Se puso a llorar cuando los empleados de la empresa de mudanzas comenzaron a empaquetar sus cosas, y no paró hasta que su madre le aseguró que llevarían ellas mismas a Arkansas la caja con adornos navideños. La niña estaba obsesionada con las navidades, y se comportaba como si el cambio de residencia hubiera alterado de algún modo el orden del Polo Norte.

–¿Podré verlos cuando lleguemos a casa? –preguntó Lizzie.

–Claro, cómo no.

Aunque intentaba tranquilizar a su hija, Ellin tampoco estaba demasiado contenta con el cambio de residencia. Su nuevo trabajo era un ejemplo perfecto del viejo dicho: «ten cuidado con lo que desees».

Su antiguo deseo de convertirse en periodista se había convertido en un hecho años más tarde, en la universidad. Decidida a ser directora antes de los treinta y cinco años, Ellin había hecho muchos sacrificios. Y durante el duro camino aún había tenido tiempo para casarse, tener una hija y divorciarse.

Había avanzado muy deprisa. Durante los últimos seis meses había estado trabajando en un respetado periódico de Chicago, y su carrera iba por muy buen cauce hasta que cometió un error y violó una de las normas básicas del periodismo: aprobar un artículo de un reportero sin verificar antes su credibilidad.

–Mamá, ¿Rudolph es niño, o niña?

–Estoy segura de que es una niña, princesa.

–¿Y Olive?

–Creo que todos los renos de Papá Noel son hembras.

Ellin había asumido la responsabilidad por el error cometido en su trabajo, pero no le sirvió de nada. Le retiraron la acreditación y la despidieron sin contemplaciones. Estaba tan avergonzada por lo sucedido que pensó en cambiarse de nombre y marcharse del país.

Al menos, había conseguido un trabajo como directora en el Washington Post durante los tres meses siguientes. Y aún faltaban varias semanas para que cumpliera los treinta y cinco, de modo que se podía decir que en cierto modo había alcanzado el sueño de su vida. Solo había un problema: no se trataba del conocido periódico de la capital del país, sino de un diario de la población de Washington, en Arkansas. El Washington Post-Ette era un semanal de tirada inferior a los ocho mil ejemplares, que según su dueño se había llamado originalmente Post-Gazette.

Por el momento, tendría que olvidarse de conseguir el premio Pulitzer.

–¿La Navidad es el verdadero cumpleaños de Jesús? –preguntó Lizzie.

–Claro, cariño. Es cuando lo celebramos.

–¿Y por qué me dan regalos a mí? No es mi cumpleaños.

–No, pero es otra de las tradiciones de las que te hablé. ¿Recuerdas?

–Ah, sí…

En aquel momento, la niña exclamó:

–¡Mamá, detente! ¡Mira! ¡Es Papá Noel!

Ellin miró hacia la carretera y vio que un hombre disfrazado de Papá Noel le hacía gestos para que se detuviese. Pero era una mujer de ciudad y estaba acostumbrada a desconfiar de ese tipo de situaciones, así que decidió no detenerse.

–Lo siento, princesa, pero no sería buena idea.

–Puede que necesite nuestra ayuda. Para, mamá…

Al final, Ellin no tuvo más remedio que hacerlo. El desconocido bloqueaba la carretera y no parecía estar dispuesto a apartarse, así que detuvo el vehículo y bajó levemente su ventanilla.

–Siento molestarla –dijo el hombre–. ¿Tiene un teléfono móvil, para que pueda hacer una llamada?

–No, pero soy cinturón negro de karate y tengo un perro de presa –respondió, desconfiada.

El hombre sonrió al ver al pequeño perro, que obviamente era inofensivo.

–Gracias por la advertencia. Me he quedado sin gasolina.

–Pues lo siento. Tampoco tengo gasolina.

–¿Dónde está tu trineo, Papá Noel? –preguntó entonces la niña.

–No puedo llevar trineo si no hay nieve –respondió el hombre–. Hoy he tenido que salir con la camioneta.

–¿Y vuela?

–No, por eso necesito la gasolina –respondió, mirando a Ellin–. Tengo mucha prisa, debo estar en Shady Acres dentro de unos minutos, en una fiesta de Navidad para los residentes. Los ancianos están deseando divertirse un poco y lamentaría mucho decepcionarlos. Está muy cerca de aquí. ¿No podría llevarme?

A Ellin no le agradaba la idea. Estaba sola con una niña y con un perro, en una carretera desierta y con un completo desconocido. Pero se recordó que aquello no era Chicago, sino Arkansas, un lugar con muy poca delincuencia. Además, no le pareció normal que alguien decidiera disfrazarse de Papá Noel para asaltar a mujeres en la carretera.

–Mamá…

–¿Qué, cariño?

–Deja que Papá Noel suba al coche y así podré decirle dónde está nuestra nueva casa.

–Bueno, de hecho yo también voy a Shady Acres –confesó Ellin–. Le llevaré si puede decirme cómo se llama la administradora.

–¿Es algún tipo de juego?

–No, pero necesito que demuestre que está diciendo la verdad.

–¡Mamá! –protestó la niña–. Papá Noel no miente…

El hombre rio, y lo hizo de forma tan atractiva que Ellin sintió un sorprendente y repentino calor.

–Compréndalo, tengo que ser cauta.

–Lo comprendo. La administradora se llama Lorella Polk y tiene cincuenta y ocho años. Está casada con Henry Polk y es la madre de Bobby, Tracy y Paul. Tiene cuatro nietos: Allen, Lindsey, Derrick y Ty. Dirige la guardería desde hace doce años y antes de eso tuvo una tienda de decoración y vendió cosméticos puerta a puerta. Tiene problemas de colesterol y recientemente ha desarrollado un molesto sarpullido en…

–Es suficiente –lo interrumpió Ellin–. ¿Qué es usted? ¿Un agente de la CIA en el Polo Norte?

El hombre sonrió y miró a la niña.

–Papá Noel lo sabe todo. ¿Verdad, princesa?

Lizzie rio y su madre suspiró y abrió la portezuela del copiloto. El hombre entró y se acomodó con un gran paquete lleno de regalos que llevaba encima. Ellin pensó que olía muy bien.

–¿Llevas alguna sorpresa para mí en esa bolsa, Papá Noel? –preguntó la niña.

–Tal vez. Pero tendrás que esperar a la fiesta para descubrirlo.

–Oye, mamá dice que no necesitas una chimenea para dejar los regalos en Navidad. ¿Es cierto?

–Sí, tu mamá tiene razón.

–¿Podrías reír en voz alta y hacer «jo, jo, jo»?

El hombre obedeció y Ellin se preguntó quién sería aquel hombre que estaba haciendo las delicias de su hija.

–¿Qué tal estás, Pudgy? –preguntó entonces el desconocido, mientras acariciaba al perro.

–¿Cómo conoce el nombre del perro de mi abuela? –preguntó Ellin.

–Papá Noel lo sabe todo, mamá –intervino la niña–. Nos ve cuando estamos durmiendo y cuando estamos despiertos.

–Cierto, y también cuando sois buenos o malos –dijo el hombre.

–Entonces tendré que ser buena…

–Bueno, probablemente ya lo sabes –dijo Ellin–, pero será mejor que nos presentemos y que nos tuteemos. Me llamo Ellin Bennett y ella es Lizzie.

–Lo sé. Yo soy…

–Papá Noel, claro –lo interrumpió Ellin.

Jack Madden sabía quién era Ellin Bennett, pero aquella morena no había resultado ser la piraña que esperaba. Le habían hablado mucho de la gran periodista que iba a sustituir a Jig Baker mientras él viajaba a Perú para participar en un proyecto arqueológico.

Jig había dicho que era una divorciada de mucho carácter con una hija pequeña. Le había advertido a Jack que Ellin estaba acostumbrada a la vida en Chicago y que seguramente establecería algunos cambios, así que debía estar preparado.

Sin embargo, nada lo había preparado para aquella visión. Ni siquiera la señora Boswell había mencionado lo sumamente atractiva que era su nieta. Hablaba mucho de ella, pero no había dicho que fuera un ángel.

Jack era redactor de la sección de deportes y reportero de temas diversos, así que sentía curiosidad por la nueva jefa. Tenía la piel muy blanca, y ojos marrones, con vetas doradas y largas pestañas. Sus labios eran generosos y llevaba recogido su largo cabello castaño con dos pinzas.

Al verlas, deseó quitárselas para poder contemplar su pelo suelto. Consiguió resistirse a la tentación, pero no pudo evitar imaginar a Ellin Bennett vestida únicamente con la diadema de su hija. Y con nada más.

De repente, el traje de Papá Noel empezó a darle más calor de lo normal. En general no se dejaba llevar por ensoñaciones eróticas cada vez que conocía a una mujer. Sin embargo, aquella tenía un efecto muy particular en él. No podía apartar la mirada de ella. No parecía la mujer dura y competitiva que había mencionado Jig, aunque supuso que tal vez se disfrazaba con una imagen dulce. Todo en ella era muy femenino. Desde el jersey de angora, de cuello alto, hasta los pantalones de algodón, el abrigo y sus caras botas. Llevaba un pequeño reloj de oro en una muñeca y pendientes de diamantes en las orejas.

Jack sonrió. Observar el proceso de adaptación de aquella belleza urbana a la vida de una pequeña localidad iba a resultar muy divertido.

–¿Cómo le va a Ida Faye? –preguntó él de repente, refiriéndose a la abuela de Ellin.

–¿Conoces a mi abuela? Oh, por supuesto, había olvidado que eres Papá Noel…

–Le advertí que no quitara nieve a su edad. Pero ya conoces a Ida. Le encanta ayudar a todo el mundo.

Ellin aparcó el vehículo cerca de la entrada del hospital y apagó el motor.

–Pues esta vez solo se ha ayudado a sí misma a romperse la cadera y a tener que permanecer en Shady Acres.

Los tres salieron del coche y la pequeña se aferró a Jack y lo miró con sus maravillosos ojos azules.

–¿Quieres ayudarme, Lizzie? –preguntó él.

–¿Necesitas mi ayuda?

–Por supuesto. ¿Puedes hacer sonar esta campanilla para que todos sepan que he llegado?

–Claro.

La niña tomó la campanilla y comenzó a tocarla mientras avanzaban hacia la entrada del centro de salud Shady Acres. Jack sospechó que la pequeña no olvidaría nunca aquel día. Pero también se dijo que él tampoco.

Miró a Ellin y le guiñó un ojo, pero la mujer no se inmutó. Era obvio que no le asustaban los retos. Se limitó a devolverle la mirada con cierta sorpresa, como habría hecho alguien inteligente que sin embargo no sabía muy bien qué estaba pasando allí.

Jack Madden no había sentido tanta curiosidad en toda su vida.

Capítulo 2

 

 

Ellin y Lizzie entraron por delante de Jack en el soleado salón del establecimiento. Estaba decorado con motivos navideños y los ancianos descansaban en sus asientos. Cuando la mujer vio a su abuela, sonrió. Ida Faye estaba en una silla de ruedas al otro lado de la sala. Llevaba un pañuelo rojo al cuello y se había recogido el canoso cabello.

Ellin se sobresaltó. Tenía un aspecto muy frágil desde el accidente. Aquel año celebraba su ochenta cumpleaños, pero sospechaba que no vería muchas más navidades. Debido al divorcio de sus padres, Ellin no había podido pasar mucho tiempo con ella y esperaba que no fuera tarde para recobrar el tiempo perdido. Conocer a su bisabuela era importante para Lizzie, porque era una forma de recuperar el vínculo con la familia.

Sin embargo, le habría gustado que las circunstancias fueran diferentes. Pensaba que al marcharse de Chicago había optado por la solución más cobarde, que había decidido huir de sus problemas en lugar de enfrentarse a ellos. Pero al ver la súbita alegría en el rostro de Ida Faye, pensó que había cosas más importantes que su carrera.

Se acercaron a ella y se besaron. Después, Ellin dejó a Pudgy en el regazo de su dueña.

–Me alegra mucho que hayáis venido. Y gracias por traer a mi perro. Lo echaba de menos.

–Él también a ti –dijo Ellin.

La anciana se inclinó hacia su nieta y susurró:

–¿No te parece que Jack es un encanto?

–¿Quién?

–Jack Madden, el joven disfrazado de Papá Noel. Pensaba que ya lo conocías, porque habéis llegado juntos.

Ellin reconoció el nombre. Ya lo había oído antes, porque el dueño del periódico se lo había mencionado.

–Ah, así que se llama así. Trabaja en el periódico, ¿verdad?

–Sí, pero su principal ocupación es la enseñanza. Es profesor. Y bueno como el oro, créeme.

Precisamente en aquel momento, Jack pasó ante ellas y dejó los regalos de Ida, mientras los amigos, familiares y voluntarios del hospital ayudaban al resto de los ancianos a abrir sus paquetes. Entonces, Lizzie miró a su madre con preocupación.

–¿Qué te ocurre, hija?

–No me ha dado ningún regalo…

–Ten en cuenta que en esta fiesta solo somos invitadas.

–Pero él dijo que…

–Lo sé, pero…

No pudo terminar la frase, porque Jack se acercó de nuevo y dijo:

–Aquí estoy otra vez, princesa. ¿Pensabas que me había olvidado de ti?

Jack le dio un pequeño paquete.

–No, sabía que no me olvidarías. Soy tu ayudante, ¿verdad?