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El presente libro forma parte del proyecto Almendra, del Colegio de Ciencias y Humanidades, que busca apoyar a estudiantes de bachillerato interesados en publicar obras literarias. Los libros son producto de un dictamen editorial y fueron seleccionados entre varias propuestas enviadas: "destacan por la habilidad de escritura, el uso de recursos literarios y, desde luego, la innovación".
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Seitenzahl: 68
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Si yo les dijera que el autor de este libro es un joven nacido en Dublín en 1985, y que viviendo en el puerto de Liverpool formó su primera banda de neopunk en los albores del siglo, probablemente me creyesen. La mentira se iría cayendo poco a poco, pero durante la lectura de este inquietante volumen de cuentos se sentirían muy intrigados por la identidad del inventor de este universo narrativo.
Escritora sin ataduras de ningún tipo, Basel Bâtard escribe desde ese nuevo continente virtual llamado soundtrack (que lo mismo se actualiza en Berlín, Tokio, Nueva York o la Ciudad de México), poblado de las canciones de Echo & The Bunnymen, Nick Cave & The Bad Seeds, The Clash, Tom Waits, Lou Reed o David Bowie. En un lugar de la posmodernidad de cuyo nombre no quiero acordarme, vive Basel Bâtard.
Y aunque este cosmopolitismo es su característica más evidente, no es la principal. Sería absurdo intentar establecer una característica principal de una escritora de rango tan amplio como Bâtard. Enumero otras. La renuncia a ser una escritora femenina; ella puede crear narradores femeninos, masculinos o neutros según las exigencias de su relato, sin caer en los estereotipos que propone la moda “de género”. Por otra parte, puede moverse entre asuntos existenciales, un realismo desencantado a la Raymond Carver o el terror psicológico sin perder nunca la tensión narrativa. Además, domina su lenguaje: siempre aprovecha el repertorio que le ofrece el español (una patria habría de tener) para encontrar la expresión justa. Por último, se mueve con naturalidad, acercándose a la maestría, al género narrativo por excelencia: el cuento.
Permítaseme revelar algo de la identidad de Basel Bâtard: hizo su bachillerato en el plantel Naucalpan del Colegio de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. Éste es su primer libro, y publicarlo ha sido posible gracias al proyecto Babel, todas las voces (INFOCAB PB402115), un esfuerzo de profesores, alumnos y funcionarios para dar voz a los talentos literarios del Colegio.
Un consejo final: tengan a mano el disco Tender Prey de Nick Cave & The Bad Seeds para acompañar la lectura.
N. S.
A los chicos les gustaba mucho pasear por las calles de Liverpool, especialmente cuando el clima era más gris y sombrío que otras veces. Toda la gente los miraba con extrañeza y cierto espanto entonces: muchachos de veintitantos envueltos en negro, pálidos y casi siempre con un andar enigmático. “Parecen cuervos”, cuchicheaban los más conservadores.
Sin embargo, los chicos no salían a caminar al puerto y frente a la Catedral sólo para lucirse, de hecho, mientras avanzaban hablaban de metáforas, de asuntos espirituales, de música, de libros, de política…Liverpool era como su club de debate en cualquier asunto. Claro que no era así de serio su andar todo el tiempo, a veces, también les gustaba bromear o jugar entre ellos, aunque esto seguía resultando extraño para los ciudadanos de Liverpool, que no estaban acostumbrados a ver a sujetos de veintitantos jugando como niños de diez años.
En otros momentos —y se puede referir a éstos como los más profundos e importantes de sus caminatas— no pronunciaban palabra alguna y se limitaban a moverse como sombras por toda la lóbrega ciudad—puerto como espectadores, avanzando con lentitud y escudriñándolo todo: el cielo, los barcos, los niños, las bancas, los autos, los edificios, el mar…todo, para luego traducirlo en cautivadoras canciones.
El más sensitivo de todos era Mac, que se paseaba con aire arrogante y megalómano. A diferencia de los otros, que no salían si el resto no confirmaba la salida, Mac se apresuraba a tomar su gabardina y a aventurarse a caminar en Liverpool por su cuenta muchas de las veces. Pasaba horas contemplando la ciudad y fumando gran cantidad de cigarros, siempre con un semblante pensativo, incluso, había momentos en que sacaba su guitarra con él, colgándosela en la espalda, por si se inspiraba hasta el punto de componer algo.
Cierta vez, estaban todos frente al océano, alineados y recargados en la baranda, tan sólo observando el horizonte y cómo era ensombrecido por las nubes grisáceas que anunciaban una borrasca violenta.
—Hace mucho que no escribimos algo muy chingón— dijo Warren después de mucho silencio sin retirar la vista del mar.
—Warr, siempre escribimos cosas chingonas, es sólo que en estos momentos…No es el momento, ¿entiendes? —terció Praveen en el otro extremo, provocando el atisbo de todos, excepto de Mac, en el momento de su pausa.
Las cuatro figuras en negro, bañadas por los rayos anaranjados de un sol poniente casi a punto de apagarse por la oscuridad de las nubes, volvieron a sumergirse en sus pensamientos. Mac era el más nostálgico en aquel momento, Warren lo notó.
—¿Qué traes ahora, Mac?— le preguntó Warren a Mac, que se encontraba a su lado con la barbilla y los brazos apoyados en el barandal.
—Sólo…pienso…—dijo absorto en algún punto del ancho ponto.
—¿En qué piensas?— le cuestionó Leighton, buscando sus ojos a través de la cortina negrizca electrizada que era su cabello, como para ver lo que él veía.
—Nunca me había puesto a admirar los pilares de la Naturaleza…Cómo el mar se pierde en el horizonte…
Al escuchar esto, los muchachos se volvieron hacia el punto en el que Mac mantenía clavada la vista fijamente, como esperando encontrar la sublimidad que su líder expresaba.
—¿Qué de misterioso hay en ello?—cuestionó Praveen, indiferente.
Mac dirigió sus ojos a Praveen con cierta molestia; lo miró por algunos segundos hasta lograr que se incomodara.
—¿Qué?— habló finalmente buscando hacia dónde ver, para evadir la molesta mirada de Mac—. No le encuentro nada de intenso a eso, sólo sigue mar y más mar, no hay nada más allá. Warren y Leighton estaban de acuerdo silenciosamente. Siempre que no entendían los pensamientos figurativos de Mac, era mejor callar, o éste podría molestarse y explotar, pese a lo tranquilo y taciturno que a veces podía ser.
—Claro que hay algo más allá… “puertos más tristes”— aseguró Mac tranquilamente y volviendo a su posición original pero sin dejar de parecer un poco indignado. Los otros tres intercambiaron miradas confundidas.
El cielo crujía con fuerza y la gente que pasaba apresuraba el paso. El viento empezaba a arreciar, de vez en vez elevando los cabellos alborotados de los “hombres conejo” hasta dejarlos aún más desordenados cuando cesaba.
La banda había tenido rondando la idea de un nuevo álbum hacía un par de meses, sin embargo, parecían no tener una idea de cómo querían que fuera. Los cuatro estaban de acuerdo en que querían hacer algo colosal, algo que superara los álbumes anteriores y que, a su vez, les hiciera sorprenderse de sí mismos de hasta donde podían llegar como músicos. Fue en esta época cuando salían a caminar por las calles de Liverpool con más frecuencia en busca de alguna respuesta, de alguna señal que les hiciera brincar del estupor hasta la cúspide de la inspiración máxima. Pero no ocurría. Después de varias semanas, la dichosa inspiración no aparecía. Ni siquiera para Mac, de quien los otros tres, al borde de la desesperación, esperaban el primer paso, pues siempre era él el de la idea inicial, el que los terminaba por inspirar cuando se las contaba apasionadamente. Para los chicos, la respuesta de Mac sobre el océano les sonaba incoherente, sin sentido o, al menos, no parecían comprenderla.
—Va a caer una tormenta terrible— dijo Warr mirando al firmamento ya completamente anubarrado y rugiente.
—Sí y yo que estoy a punto de un resfriado del demonio— contestó Leighton cerrándose la gabardina y sonándose la nariz.
El manto plomizo de nubes venía desde el mar, cubriendo todo el cielo y destellando en un ruidoso blanco-purpúreo de vez en vez. A Mac le brillaban los ojos al ver esto.
—Vámonos ya, sino Leigh morirá — bromeó Praveen dando una palmada en la espalda del enfermizo aludido.
Al escuchar la voz de Praveen, Mac volvió en sí de su abstracción y metió una mano en su gabardina, sacó un cigarro de la caja, luego lo encendió sin importarle que la gélida ventisca lo fuera a consumir con más velocidad. De repente, algo llamó su atención de nuevo; el vehemente chubasco se extendía como una cortina acuática de sombras desde el ponto hasta el puerto de Liverpool.
—Mi corazón…— dijo tocándose el pecho —La lluvia se dirige a mi corazón.
