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La saga continúa. Después de proclamarse la protectora de Chicago, Corsé Negro ha adoptado una personalidad mucho más tétrica a causa de su rutina que le hará actuar de una manera mucho más implacable. La aparición de un nuevo personaje, que requerirá de su ayuda para enfrentarse a su pasado, le obligará a sobreponerse a enemigos con poderes inimaginables. Juntos unirán fuerzas para superar las adversidades de una ciudad convertida en un campo de batalla.
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Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Garci
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1181-847-6
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Metanoia: término griego que implica un proceso de transformación que cambia la forma de pensar, de ser y de vivir del individuo.
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No siento la necesidad de vengarme. Empecé odiando este lugar, lo veía como el infierno, como un agujero de ira, desolación y desesperación. Gritos y lamentos se siguen escuchando por los pasillos y las habitaciones, que me parecían celdas.
Pero con el tiempo me he adaptado a este desangelado y lóbrego entorno. Alguien que consideraba mi mayor enemigo me ha hecho compañía durante estos meses, y tanto en la locura de cada uno, hemos descubierto la persona real que hay detrás de una mente falsa y cuerda. Nos hemos ganado la confianza de nuestros compañeros, personas que en la mayoría de los casos han sido olvidadas aquí injustamente.
Sin embargo aún nos quedan enemigos, los demonios que gobiernan con tiranía nuestro hogar. Nos tratan como los deshechos de la sociedad que creen que somos. Pero todavía no saben lo que unidos seríamos capaces de hacer. Antes tenía miedo de ellos, después tuve fe, y ahora son mis hermanos. Vi el respeto con el que se tratan entre ellos y con el que ahora se dirigen a mí. En la locura he podido encontrar la familia que una vez la locura me arrebató.
Pero para poder darle un nuevo sentido a mi vida tengo que ser algo más que un hermano para ellos. Debo ser su padre, o incluso algo más: su líder. Desde fuera tienen la imagen que yo tuve en un principio, pero tras reflexionar durante días, lo que era una tortura y que acabó siendo un entretenimiento, vi en ellos mi reflejo. Me creía superior en cuanto a rasgos que realmente nos unen. Crueldad, vileza, el no tener escrúpulos ni piedad, sino el único propósito de complacerme a mí mismo.
Todos debieron empezar como yo, sintiéndose aislados y temiendo no volver a ver la luz del sol. Pero eso ya no nos importa. En el rostro de mis hermanos veo luz, una sonrisa que a los tiranos le resulta macabra, es en realidad una muestra de nuestro ser auténtico que aquellos que viven fuera nunca se atreverán a mostrar. Una risa ensordecedora y descontrolada es la única música que deseo escuchar.
CAPÍTULO LXI INOCENCIA
Sé que soy un chico poco común que los demás me miran raro. No se trata de mi aspecto, ojalá fuera algo tan simple como eso, sino de algo que ni siquiera está en mis manos controlar. Soy solo un niño que no ha sufrido ningún accidente y con unos padres que me quieren. Pero sé que hay algo mal en mí.
A veces es algo físico, otras veces son mis pensamientos lo que me hace estar intranquilo. Siento hormigueos por todo el cuerpo cada cierto tiempo, cada día me cuesta un poco más caminar y me tiemblan las manos sin motivo. Son cosas que cuando me pasaban cada mucho tiempo no les daba importancia, pero se repiten con más frecuencia y eso es lo que me quita el sueño.
Antes a mis amigos también les daba igual, pero ahora han comenzado a burlarse de mí, de mis problemas. Pero no me ofenden, porque yo tampoco sé lo que me pasa. A los que sí les preocupa de verdad es a mis padres. Ambos son científicos, mi madre es la mejor bióloga de la universidad de Milwaukee, mientras que mi padre, un apasionado de las estrellas y el espacio, es astrofísico. El primer regalo que me hizo fue un telescopio cuando yo tenía tres años. Desde entonces, cada noche él y yo subimos al tejado y nos pasamos horas y horas observando planetas, cometas y miles de estrellas.
Ellos son los únicos que se preocupan por mí, no tengo más familia. Sé que tengo abuelos, pero no los conozco, ni siquiera sé dónde viven. No tengo hermanos, ni primos, ni tíos…, solo mis padres y mis cada día menos amigos.
Esta noche, cuando ya he terminado de cenar, oigo a mis padres hablar en la cocina, y me asomo para escuchar mejor lo que dicen.
—¿Crees que puede ser eso? —pregunta mi padre.
—Espero que no. Cualquier cosa menos eso —responde mi madre.
—Tú podrías curarlo. Solo tú puedes hacerlo.
—¿Yo? Es mi hijo, no me atrevería a hacerle nada. Si cometo algún error no me lo perdonaría —responde mi madre con tono apenado.
—Pero sabes que esto puede ser culpa tuya. Puede que ya sea tarde para lamentarse —dice mi padre.
—No te atrevas a decir eso. A mí no me pasa nada. —Mi madre se enfada.
Me alejo de la cocina. Sé que hablan de mí, como cada día y cada diez minutos. Ya sé que me ocurre algo y no me ayuda que mis padres, las únicas personas que quiero, me lo recuerden indirecta y constantemente. Tampoco intento sentirme bien, quiero decir, si no sé qué es lo que tengo, ¿cómo sé qué es lo que tengo que hacer? Ni siquiera mis padres lo saben. Mi padre sale de la cocina y subimos al tejado, como cada noche.
—¿Ves alguna estrella nueva? —me pregunta mientras yo miro por el telescopio.
—No, nada. Vega, Altair… las de siempre —le respondo.
—Ya llevamos meses sin ver nada. Igual deberíamos centrarnos más en los cometas, que también son muy bonitos y difíciles de encontrar —trata de consolarme.
— No, papá. A mí me gustan las estrellas y quiero encontrar una que no haya visto —le insisto. Él se queda en silencio unos segundos.
—¿Y si vienes a mi laboratorio mañana? Al trabajo con papá —me propone. Despego mi cara del telescopio.
—¿En serio? —le pregunto ilusionado.
—¡Claro! Es algo distinto, pero verás estrellas que no conocías, te lo aseguro —me explica.
Le doy un abrazo fuerte. Por fin siento algo de alegría. Ya me lo estoy imaginando, cientos de estrellas nuevas por descubrir. El día no puede acabar mejor, y además mañana será mejor todavía.
Al día siguiente.
La universidad de papá es enorme. Son cientos, puede que miles de salas inmensas conectadas por eternos pasillos por los que circulan científicos y profesores conversando entre ellos, soltando palabrejas que me cuestan entender.
—Ven, es por aquí —me dice papá, guiándome por los pasillos.
Subimos tres pisos de escaleras hasta que llegamos a una zona donde había mucha menos gente y también menos habitaciones. Papá abre la puerta de una de ellas con la tarjeta que lleva colgada al cuello, su identificación. Cuando entro y enciende las luces, me quedo fascinado.
Un montón de pantallas, botones e interruptores en las paredes y una gran mesa en el centro de la sala. Papá se acerca a una de las pantallas y la enciende.
—Acércate —me pide, sentado enfrente del monitor—. Puede que tarde unos minutos, pero mira esto. —Me enseña unas fotografías mientras estoy sentado en su regazo—. ¿Sabes lo que son?
—Estrellas —digo con dificultad. Son estrellas vistas desde cerca, desde muy cerca—. ¿Cómo las has conseguido?
—Son imágenes que conseguimos gracias al telescopio con el que trabajamos —me explica.
—¿Y dónde está? —le pregunto ilusionado. Se toma unos segundos.
—En Hawái —me responde poniendo cara de saber que me iba a decepcionar—. Es un telescopio muy grande, hijo. Es incluso más grande que este edificio.
—Entonces, ¿cómo vamos a ver las estrellas? —le pregunto con tono triste.
—Pues así —me contesta mirando la pantalla.
Yo también la miro, pero no entiendo lo que veo. Son un montón de números y de símbolos verdes. Pero después de que mi padre pulse unos botones más parece verse una especie de imagen. Un cúmulo de puntos blancos sobre un fondo verdoso. Papá, mediante los botones a la derecha de la pantalla, hace que la imagen se enfoque en uno de los puntos, haciendo que se vea más grande.
—¿Cuál es esa, papá?
—Canopus. La estrella con la que hemos empezado a trabajar hace poco.
—¿A trabajar? ¿Cómo? —le pregunto interesado.
—Bueno, poco a poco vamos descubriendo más cosas sobre ella. Qué clase de estrella es, cuál es su composición, tamaño, a qué distancia está… —Estoy maravillado.
—¿Y a qué distancia está? —pregunto.
—A cientos de años luz —me responde orgulloso. Yo sigo boquiabierto. Nos quedamos en silencio mirando la imagen de esta particular estrella, hasta que…
CAPÍTULO LXII EIGENGRAU
—¡Michael, despierta! Hijo, ¡¿puedes oírme?! ¡Dime algo, por favor! —Escucho la voz de papá, pero no le veo. No veo nada. Todo está oscuro. No puedo levantarme, ni siquiera sé si me he caído. De repente todo se ha desvanecido. No siento mis piernas, ni mis brazos, ni mi cabeza, soy solo una voz en un fondo negro, escuchando los gritos desesperados de mi padre.
No sé si están pasando minutos, horas, días, meses o años. Solo sé que no sé lo que está pasando más allá de mi mente, más allá de lo que puedo controlar, que es nada. Soy un niño, un niño lo suficientemente adulto como para comprender que tengo fallos que no están en mi mano remediar, pero lo suficientemente pequeño para necesitar aún el cariño de unos padres que a pesar de mis defectos no me han fallado, todavía.
¿Y qué si ellos no pueden arreglarme? No soy una máquina, no pueden deshacerse de mí. Pero entiendo que dejen de quererme, de hacerse cargo de mí. Un chico torpe que se va tropezando por las esquinas, haciéndose heridas, al que cada día le cuesta más vocalizar o mantener los ojos abiertos.
Quizá esté bien no ver nada, no sentir nada. Ser solo una voz que no corresponde a nadie y que nadie puede oír, que tampoco se sabe dónde está. Puede que de este trance no logre recuperarme, pero por algún motivo no me importa. Siendo solo un niño, he sido feliz el tiempo suficiente para poder sentirme satisfecho, para no poder quejarme si algo me pasara.
He tenido unos padres que en todo momento me han demostrado que me necesitaban a su lado, y que aún más importante, me han sido fieles. Nunca me han decepcionado, siempre han estado conmigo, a pesar de sus trabajos y de sus discusiones, de las que yo era el asunto principal, ahí estaban.
Y ahora, aquí estoy. No sé dónde, pero estoy. Sin sentirlos a ellos y sin sentirme yo, sin sentir nada. Solo oscuridad. No sé si estoy muerto, pero en caso de estarlo, me esperaba algo más de lo que a todo el mundo le da miedo. Una pesadilla, criaturas malignas, fuego, dolor, castigo… nada. Pero creo que esto es peor, la nada. Aunque, no sé si esto se podría considerar como la nada, hay un fondo negro. Todo está oscuro.
¿Debería haber algo que resalte sobre este fondo para considerar que realmente hay algo? Depende de cada persona. Si son tan literales como estoy siendo yo ahora mismo, siempre dirán que hay algo en todas partes, y que siempre se oye algo. Pero los que son más profundos como lo era yo antes de caer en este repentino abismo, pueden ver como el mundo avanza delante de sus ojos y aun así no encontrar el sentido ni de su propia existencia, lo cual me apena en cierto modo.
Quiero decir, ves cómo la gente a tu alrededor evoluciona, consigue sus metas, mientras tú lo contemplas todo desde una imaginaria atalaya de superioridad, creyéndote un genio por caer en las debilidades que acarrean los estigmas sociales y la necesidad de sentirse acompañado constantemente por caprichos, dinero y lo más humillante bajo su descorazonador punto de vista, otras personas.
A mi corta edad creo haber desarrollado lo que la mayoría de personas en este mundo nunca han llegado a tener en su vida, desde su nacimiento hasta su muerte, moral. Vista por la denominada plebe por los soberanos y tiranos, como un arma defensiva, un argumento que dicen tener para consolarse y recriminar a los propios tiranos, como algo que ellos nunca tendrán. Y es esa propia artimaña, la que hace que ni la misma plebe tenga un mínimo ápice de moral, nada que pueda establecer un medio de bondad sobre el que se pueda respaldar cualquier acción humana.
Mis padres siempre me han contado historias sobre héroes y villanos, esas historias han existido siempre. Pero es fácil darse de cuenta de que estas historias son frágiles, realmente fáciles de interpretar de mil maneras distintas. ¿Y si llega a vencer el villano de la historia? ¿Entonces él sería el héroe? Los héroes son héroes porque tras su victoria, ellos mismos se proclaman como tales. Desde el mismo poder que ejercieron para triunfar nos someten con su discurso de justicia, que tratan de hacernos ver que sus acciones eran y serán necesarias.
Lo cual hace que me cuestione si ni tan siquiera los héroes, la representación humana de la bondad, tienen su propia moral. ¿Sigue siendo un héroe si para salvar vidas tiene que cobrarse otras? ¿Es moral matar por un supuesto bien común? Lo que está claro es que siempre habrá bandos, que la humanidad está condenada a un destino peor que el fuego y el dolor que me imaginé antes, a no entenderse.
No importa cuántos pueblos, religiones, lenguas, culturas, opiniones o intereses haya, ser humano es una gélida flagelación cuyo único sustento es la soledad. Todo ser humano debe progresar solo hasta que eventualmente se crucen en su camino personas maravillosas y diabólicas, sucesos gloriosos y trágicos. Pero entre las abisales cuevas de ese desierto helado, una luz, un don, la libertad de tomar decisiones. El poder elegir qué rumbo puede tomar cada individuo no es tanto una capacidad, sino el mayor y más representativo estandarte del albedrío humano.
Un estandarte que se ve mancillado cuando una decisión está sujeta mediante un fustigante horcate a una condición emitida por un reciente evento o por otra persona. Lo único que nunca aceptaré y que nunca irrumpirá en mi ya caótica mente, es la idea de pensar en hacer o decir algo con la finalidad de beneficiar a otra persona sin pensar con antelación de qué manera me puede afectar a mí. Tengo claro que soy el protagonista de mi vida, que soy la persona más importante para mí mismo, por encima de cualquier ser querido, soy el primero en quien debo pensar si me beneficiará o me perjudicará cualquier juicio que esté en mi mano.
Cuesta creer que alguien que conozcas estará contigo siempre, porque es imposible. Ni la familia es fiel durante toda una vida; tengo la certeza de que con mis padres así será. No me agobia imaginarme mi futuro solo, en un páramo desolador que se suele asociar a la soledad, como si fuera un suplicio. Pero he de aprender a vivir con ello, a ver la soledad no como una consecuencia, sino como mi destino, mi misión. Adaptarme a un nuevo entorno y sacarle provecho cada día.
Quizá por este motivo me he hecho amigo de las estrellas, siempre estarán ahí en la noche más oscura, iluminando lo que a nadie le importa, pero haciendo de algo tan soporífero como el mismo cielo nocturno, para mí un regalo. Pero en este cielo en el que estoy ahora mismo, no hay nada. Solo yo y mis pensamientos, cada vez más maduros e infinitos. Ya no me cabe duda, está pasando mucho tiempo a mi alrededor.
Mis padres están creciendo y yo también. Puede que hayan tenido otro hijo para sustituirme, lo cual es improbable porque últimamente no se soportaban por mi culpa. No habrán esperado mucho para deshacerse de mí, y ahora estaré muerto. Si esto es lo que hay al otro lado, no está tan mal mientras pueda seguir pensando.
La incertidumbre de no saber si estoy vivo o no, me mantiene vivo. Me gustaría despertar y comprobarlo. Quiero despertar, quiero despertar, quiero despertar…
CAPÍTULO LXIII FUERA
—¡Michael, despierta! Hijo, ¡¿puedes oírme?! ¡Dime algo, por favor! —grito desconsolado. Mi hijo acaba de desmayarse sobre mis rodillas y ha caído al suelo. Lo recojo y lo llevo en mis brazos hasta el aparcamiento para llevarlo al hospital más cercano.
Lo subo al coche como puedo y salgo disparado. Al llegar le pido a voces a todo el mundo que se aparte, mientras corriendo con él aún en brazos, busco la consulta de su médico. Abro su puerta de una patada.
—¡Doctor Harvey, por favor! ¡Ayúdelo, se lo ruego! —le imploro.
—¡Harold! ¿Qué le pasa esta vez? —dice refiriéndose a mi hijo con su voz carraspeña característica. Le explico lo sucedido y lo tumba en su camilla. Tan solo en unos minutos llega mi mujer.
—¿Qué ha pasado? —pregunta con lágrimas en los ojos y con voz quebrada. No me da tiempo a responderle antes de que se ponga al lado y coja de la mano a Michael.
—Les voy a pedir por favor que esperen fuera, esto puede ir para largo, y por el bien de todos es mejor que el entorno sea cómodo para el chico —nos explica el doctor. Así que salimos a la sala de espera.
—¿Le has visto hacer esto alguna vez? —me pregunta Andile, mi esposa, aún llorosa.
—Nunca. Me he sorprendido tanto como tú —le cuento.
—¿Ha pasado algo en el laboratorio?
—No —contesto escuetamente.
—Saldrá de esta, siempre lo hace —dice ella intentando calmarse.
—Te dije que podíamos curarlo —le recuerdo.
—No le pondrás la mano encima a mi hijo, ¿de acuerdo? —se enfada y me mira a los ojos muy fijamente. Yo también me pongo muy serio.
—Escúchame, cuando os rescaté a ti y a tu hijo de aquella guerrilla en Malawi, me juraste que harías cualquier cosa para daros un futuro y una casa —le recrimino.
—Le tenía en brazos mientras tenía medio cuerpo ensangrentado, rogando ayuda a quien fuera. No tuve tiempo de pensar que no debía fiarme de un científico yanqui que solo estaba allí por sus experimentos, al que no le importaba nada lo que le pudiera pasar a mi pueblo —me recuerda arrogantemente.
—Si no me importarais, no estaríais aquí.
—¿En un hospital, con nuestro hijo posiblemente muerto? —dice alarmada.
—No seas tremendista. Está en buenas manos. Tú que te has pasado estudiando toda tu vida desde que llegaste aquí con 16 años, y que has conseguido tu doctorado gracias en gran parte a mi dinero, deberías saberlo.
—¿A tu dinero? ¡Soy yo la que ha estudiado e investigado de sol a sol durante más de una década para poder labrarme un futuro y garantizar el de mi hijo, el cual te recuerdo no se llama Michael! ¡Se llama…!
—Ya pueden pasar —dice el doctor Harvey, que interrumpe el irritante discurso de la imbécil que tengo al lado.
Entramos en la consulta y Michael sigue tumbado y quiero pensar que dormido. Pero enseguida el doctor nos informa de su estado.
—Ha sufrido algo que se llama sueño súbito. Puede haber sido causado por un estado de fatiga o de anemia, y sumado a su débil sistema inmunológico es un caso severo. Podría provocarle narcolepsia —nos cuenta. Los dos nos quedamos callados, Andile mira a nuestro hijo—. Lo único bueno que puedo decirles es que no está en estado de coma, pero si el sueño persiste, me temo que no tendremos más remedio que inducírselo. No puede ingerir alimentos en este estado, así que esperaremos hasta la noche. Les dejo a solas —se despide el doctor cerrando la puerta.
—Tú puedes hacer algo, por favor, sálvalo —le pido a mi esposa.
—¿Cómo? ¿Quieres que le inyecte mil cosas a ver si algo funciona? Eso es lo que estás deseando, no soportas tener un hijo enfermo, ¿verdad? Quieres tu familia soñada —me responde altivamente.
—Yo no puedo hacerlo. No tengo los medios ni conocimientos, pero tú sí. Tú le quieres más que a nadie, te pido que intentes crear algo, no sé. ¡Lo que sea! —le pido.
—No lo haré. No voy a arriesgar la vida de mi hijo como si fuera un conejillo de indias. Y si yo no lo hago, tú no lo harás.
—Jamás le haría daño —le aseguro—. Quiero que esté sano, que sea fuerte. ¿Tan difícil es de entender?
—Ya es fuerte. Se esfuerza cada día para levantarse de la cama, para ir a la escuela y sobre todo para intentar no decepcionarnos. Algo que contigo no funciona, no soportas que esté enfermo.
—Algún día será grave de verdad —trato de convencerla—. Mira lo que ha pasado hoy.
—Mientras siga estando a mi lado, mientras mantenga su sonrisa, a mí no me hará falta nada más. Los médicos hacen su trabajo, está mejorando —me responde ella.
Yo abandono la consulta impotente, permitiendo que mi hijo se muera y que su madre se niegue a hacer nada al respecto. Pero esto no va a quedar así. Si ella no quiere, yo encontraré la forma de salvarle, de arreglarle, de hacerle fuerte.
Varias horas después.
Ya es noche cerrada. Miro por una de las ventanas de la planta del hospital y miro las estrellas, las pocas visibles que hay debido a la luz de la ciudad.
Andile y yo nos hemos pasado el día aquí, dando vueltas, sin hablarnos y esperando a que Michael mejore. Pero ya es la hora, y el doctor Harvey nos recibe en su consulta una vez más para, espero, darnos buenas noticias.
—Lo siento mucho, su hijo no despierta. —No es un buen comienzo—. Como ya les dije antes, lo mejor es inducirle el coma y seguir esperando. Nos será más fácil trabajar así, si les sirve de consuelo.
Mi mujer y yo nos miramos. Pero en lugar de preocupados, sentimos que el otro tiene la culpa de lo sucedido, puedo verlo en su incisiva mirada.
—Vamos a tener que trasladarlo a otra unidad —reanuda Harvey—. Si me acompañan… —Unos médicos sacan la camilla de Michael y siguen al doctor, al igual que nosotros.
Durante el camino a la planta indicada, guardamos un incómodo y tenso silencio. Entramos a la sala donde hay otros pacientes también en estado de coma y tumban a Michael en una cama, la más próxima a la ventana.
—Él habría elegido estar ahí. Cerca de las estrellas —dice Andile mientras se seca una lágrima con un pañuelo.
Yo me quedo mirando el cuerpo prácticamente inerte de nuestro hijo, decidido, sabiendo lo que tengo que hacer.
Dos semanas después.
—¿Lo tenemos ya? —le pregunto a Connor, mi ayudante de laboratorio.
—Sí, pero hay que ir a recogerlo allí —me responde.
—Mierda. Diles que esta madrugada estaré allí.
—Doctor Hasler, ¿no sería mejor esperar a mañana? —me sugiere.
