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La saga continúa. Todo ha cambiado, ya nada es como creíamos. Existe otra raza muy cercana a la nuestra con su propia cultura, su propia historia, su idioma y por supuesto, sus dioses. Durante miles de años, estuvimos en contacto con ellos, pero se ocultaron. Ellos han creado a un hombre, a un ser con habilidades sobrehumanas, para protegernos. Pero el mal que habita en su mundo, que busca gobernarlo bajo el estandarte de la oscuridad, también ha llegado al nuestro. Mientras busca cuál es su lugar entre la humanidad, conocerá a personas y a entidades tan poderosas como él, precediendo a una épica y legendaria batalla que se librará en ambos mundos.
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Seitenzahl: 372
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Garci
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1089-174-6
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La historia que estás a punto de leer no es una historia que esperarías encontrar en las páginas de cualquier libro, es mucho más. Es la historia de nuestro origen, de nuestros antepasados, de nuestros dioses, de guerras, dominio, imperios y castigos, hasta llegar a nuestro presente. Nuestra especie ha conseguido, mediante la constancia y el coraje, sobreponerse al sufrimiento que, durante milenios, se apoderó de cada rincón de nuestro planeta.
Hemos tenido épocas de gloria y luz, así como de hambruna y plagas. Nuestra población, al igual que nuestra flora y fauna, se vio obligada a adaptarse a condiciones impensables. En el camino hemos perdido a muchos, hasta el punto de considerar la rendición ante cada uno de los enemigos que, a lo largo de nuestra historia, amenazaron con aniquilar toda forma de vida inocente. Pero nuestra voluntad siempre fue superior a su ambición.
Descendemos de seres virtuosos y omnipotentes, que fueron los primeros en poblar nuestras tierras, con el fin de crearnos a nosotros, una civilización a la que proteger, a la que hacer evolucionar y con la que preservar la paz. Somos leyendas, provenientes de un amplio recorrido de dinastías y linajes, que se han disputado el poder de cada región desde la creación de nuestro mundo.
Hemos aprendido a no abusar de la piedad y benevolencia de nuestros dioses, a seguir adelante gracias a nuestro propio esfuerzo, apoyándonos unos a otros, ayudando a nuestros pueblos a avanzar, sin importar el clima. Pero el periodo de los dioses y de los poderosos terminó hace mucho tiempo. La protección que nos brindaban se esfumó dando paso a las violentas y aterradores aspiraciones de algunos de sus descendientes, demostrando su carencia de reflexión, su desesperado anhelo de destrucción, lapidándose unos a otros.
Esta es nuestra historia, la historia de nuestro pueblo y la de un ser que fue creado para protegerlo tanto a él, como a los habitantes del planeta que consideramos como hermano.
CAPÍTULO XXXI BANARIS
Nuestro origen, nuestro génesis. El cómo nuestro mundo fue creado. Hace miles de millones de años, la explosión de una estrella anterior generó una supernova la cual expulsó fragmentos que, debido a la presión, crearon una nebulosa cuya energía fue absorbida casi en su totalidad por el Sol. Esto provocó que el calentamiento de la nebulosa se detuviese y que las temperaturas empezaran a disminuir. Esto hizo que algunas sustancias, como las metálicas, que se encontraban fundidas, se condensen. Es decir, se solidifiquen formando pequeñas partículas que se unirían unas con otras.
Materiales como el hierro y el níquel, formaron masas rocosas que orbitaban alrededor del Sol. Colisiones repetidas entre estas masas, provocaron la unión de varios cuerpos más grandes, denominados protoplanetas. Estos pequeños planetas en formación fueron atrayéndose y creciendo hasta convertirse en los planetas interiores del sistema solar, entre en los que, durante nuestros inicios, nos encontrábamos.
El impacto a gran velocidad de meteoritos y la destrucción de elementos radiactivos, provocó un aumento de la temperatura. En ese momento, el hierro y el níquel comenzaron a fundirse, penetrando hasta el centro del planeta y dejando en la superficie los materiales más livianos, como los óxidos y sulfuros. Así se formaron las distintas capas que forman el interior de nuestro planeta, la corteza, el manto y el núcleo.
El periodo de calentamiento, dio lugar a la formación de masas flotantes de roca fundida en la superficie, donde se solidificaron y crearon la primera capa de corteza. Este periodo también permitió que grandes cantidades de compuestos gaseosos, emanaran desde el interior, similar a lo que ocurre en la Tierra con las erupciones volcánicas.
Gracias a este proceso, la atmósfera fue evolucionando gradualmente. Por un lado, los gases más pesados fueron atrapados por la gravedad del núcleo, mientras que los más ligeros, como el hidrógeno y el helio, escaparon hacia el espacio. Al igual que la atmósfera terrestre, la nuestra es también rica en nitrógeno, además de contener varios hidrocarburos, como metano, propano y monóxido de carbono. Estos hidrocarburos se forman en la atmósfera como resultado de la disociación del metano por la luz ultravioleta del sol, produciendo una bruma dorada y espesa, dando ese color a nuestro cielo.
Luego de millones de años, el planeta continuaba enfriándose, y ya existían en la superficie mares de agua líquida. Tiempo después, cesó el último gran bombardeo de meteoritos. Desde ese momento, la caída de rocas desde el espacio fue menos frecuente. Este cambio hizo que nuestro planeta fuera un lugar más estable y seguro para el desarrollo de la vida. Hace cuatro mil millones de años, surgió la vida en estos mares, en forma de organismos unicelulares.
Existen muchas otras teorías de cómo se originó nuestro planeta. Veremos muchas de ellas en los siguientes capítulos, pero la manera real en la que sucedió, fue la que te acabo de explicar. La forma en la que yo fui creada, en la que todos los habitantes de este mundo fueron creados, es algo mucho más difícil de definir, algo divino. Fueron ellos, nuestros antepasados, los que bautizaron a la formación de nuestro mundo como Banaris.
CAPÍTULO XXXII NISVIOS
Millones de años después, cuando las primeras especies de plantas y animales estaban en pleno desarrollo, nuestro planeta vecino, la Tierra, estaba mucho más evolucionado que nosotros. Cuando aún no existían seres racionales en nuestro mundo, allí comenzaban a dividirse y a asentarse en distintos territorios, eran criaturas nómadas y pensantes, e incluso comenzaban a comunicarse en diversos dialectos.
Mientras, en nuestro planeta nosotros ni siquiera existíamos. No hubo más que cielo, mar, tierra y las inofensivas criaturas mencionadas. Pero un día empezaron a formarse extrañas figuras en las nubes que, aún hoy, sigue sin saberse exactamente cómo y por qué se acumularon. Cientos de miles de teorías se han divulgado mediante distintas creencias sobre el origen de estos seres, los seres que bajaron de las nubes. Su nombre, nisvios, literalmente se puede traducir como los que descendieron desde el cielo.
Algunos creen que una entidad superior, de la que obviamente tampoco se sabría de su origen, creó estas nubes y posteriormente a los nisvios, a los que se les decidió darle forma humana, según cuentan leyendas antiguas, lo que alimenta la teoría de que una deidad desconocida, al observar a los habitantes de la Tierra, decidiera darles esta forma. El porqué fueron creados también es objeto de debate, un debate cuya llama se extinguió hace cientos de años, al tener mayores y primordiales preocupaciones.
Por ello, nos podríamos referir al origen de los nisvios como un hecho divino, inexplicable. La razón que se ha intentado argumentar a la hora de explicar su existencia, está directamente ligada al destino. Ya que tras ellos, nuestra civilización, al igual que en nuestro planeta vecino, se dividió en muchas otras. Es como si incluso nuestra propia existencia, la de todos los seres que han vivido en este planeta, fuera algo que debía suceder. También se ha discutido si la creación de nuestra especie fue planeada por los nisvios o por esa entidad desconocida y aún más poderosa. Nuestra estirpe fue creada ya similar a los humanos, adoptando inclusive su apariencia, siendo prácticamente idénticos en cuanto a genética. Como he dicho, nuestro origen nunca podrá ser explicado escrupulosamente.
Pero ¿quiénes eran los nisvios? ¿Cuál era su misión, su razón de ser? En una de las pocas cosas en las que todas las religiones (a excepción de alguna minoritaria que posteriormente alcanzó gran popularidad) que han existido concuerdan es en que los principales objetivos de estas criaturas era protegernos, observarnos y ayudarnos a evolucionar. Cada uno de ellos tenía una responsabilidad, una ocupación, el poder sobre una actividad o actitud cotidiana al que los pobladores acudían cuando necesitaban una solución. Gracias a estos poderes, nuestra especie avanzó a un ritmo exponencial, casi equiparando nuestro nivel intelectual y tecnológico al de los humanos.
Pero si hay algo que seguro que no te ha pasado desapercibido, es que seguramente estés esperando a que revele cómo se denomina nuestra raza, al igual que nuestro hogar. Para ello, he de presentarte al primer nisvio, el primero que descendió del cielo, Nídalo (Νείδαλος). De su nombre deriva el de nuestro planeta, Neida, además del de nuestra especie, nídalos. Los nombres tanto de los nisvios como los nuestros, se escriben en un alfabeto humano, conocido como griego. Se cree que ese pueblo fue la inspiración de los nisvios a la hora de crearnos, ya que coincidieron en que eran los humanos más inteligentes y socialmente avanzados, por lo que decidieron adoptar su idioma como lengua universal para nuestro mundo.
Nídalo es considerado como el nisvio del planeta, el protector del mundo. Cualquier cosa que suceda o que pueda dañar la integridad tanto de la superficie como del núcleo, él era el responsable de contener esa amenaza, por ello se adoptó su nombre para denominar a nuestro hogar.
Otro de los más importantes es Coréndano (Κορεντάνος), el nisvio de la discordia. Para muchos, él fue el ideólogo de crear una especie a la que evolucionar, de la que ser responsable. Él era el encargado de evitar conflictos, de hallar el acuerdo para todas las partes mediante el camino del diálogo y la negociación. Gracias a él, se pudieron evitar guerras y barbaries, pero no siempre podía solucionar todos los problemas. Tenía hermanos que en muchas ocasiones eran los artífices de dichos conflictos ya que, de igual manera que existían nisvios benevolentes, también los había ególatras con pretensiones infames, de los cuales hablaremos más adelante.
CAPÍTULO XXXIII MITOS I
La primera nisvia considerada indeseable fue la primera asesina de la historia de Neida. La imagen del engaño, de la mentira, de la falacia, Hécira (Έκιρες). Durante el tiempo en que los nisvios fluían hacia las tierras para organizar la sociedad recién creada, uno de ellos ni siquiera logró posar sus pies en ellas. Nelquia (Νελκίες), la que se suponía iba a ser la representación de la verdad, de la pureza de las palabras.
Según cuenta el mito, Hécira buscó a su hermana en el cielo, y una vez la encontró, la estranguló hasta fallecer esta. Ella usó sus encantos y su labia para persuadir a los demás de que no era la responsable de dicho suceso, sino que Nelquia había cometido suicidio, conteniendo la respiración, al considerarse indigna de gobernar junto con el resto de deidades. Desde ese momento, desde el primer instante de su existencia, la sociedad nídala comenzó a vivir corrompida, sin una verdad empírica a la que aferrarse.
Los primeros pobladores ya eran seres inteligentes, casi idénticos a los de la sociedad occidental europea de la Tierra. Los nisvios observaban, les otorgaban ideas para avanzar, para desarrollar proyectos tecnológicos, todo lo posible para igualar el ritmo de los humanos. De ello se encargaban los más benévolos, sin embargo, no todos los nisvios abanderaban buenas cualidades y facultades.
Después de Hécira, otros descarriados comenzaron a aprovecharse de la inocencia de los nídalos para corromperlos y hacerlos sus adeptos. Uno de los primeros en experimentar su poder con ellos fue Cánares (Κάναρες), el nisvio de la ira, de la cólera.
Se acercaba a los humildes campesinos que, durante la cosecha, a veces perdían frutos o derramaban semillas. Él aplastaba o tiraba los alimentos y culpaba a otro campesino de hacerlo, entonces se ocultaba tras los árboles y contemplaba cómo los simples granjeros se enzarzaban entre ellos, llegando a agredirse verbal y físicamente. Aquello le fascinaba tanto, que cada vez fue aumentando más la magnitud de sus planes.
Mientras se estaba llevando a cabo la construcción de un acueducto, cuando se estaban ultimando los más pequeños detalles, él, con su fuerza, lo derribó de una patada. Los restos cayeron sobre la plaza del pueblo que lo estaba edificando. Los habitantes comenzaron a gritarse entre ellos, después a golpearse, lo que pasó a que se lanzasen piedras, para más adelante quemar las casas de unos y de otros. Cánares gozaba mientras se escondía detrás de unos arbustos. Tal era su satisfacción, que aquello le erotizaba, hasta tal punto de llegar a masturbarse mientras contemplaba el caos que había creado. Un pueblo ardiendo, gente gritando y corriendo de un lado a otro, pero no era suficiente para él.
Él quería más, y fue un paso más allá. Al caer la noche, obligó a los hombres furiosos a violar violentamente a todas las mujeres del pueblo, con el mundano fin de disfrutar lujuriosamente del vil espectáculo. Y así lo hicieron. Los gritos de desconsolación de las mujeres y de agresividad de los hombres retronaron por todo el mundo, hasta llamar la atención de Hécira. Ella se acercó al lugar y vio a Cánares en pleno éxtasis, al que se arrimó y le convenció de besarla. Ambos se atraían, les cautivaba el dolor que podían generar. Pero Hécira no fue la única que escuchó los lamentos de aquel pueblo.
Ísira (Ίσιρες), nisvia del sexo, de las relaciones, llegó a la plaza y detuvo aquella abyecta orgía. El pueblo estaba destruido, totalmente calcinado. Decenas de cadáveres ocupaban las calles, mujeres desfallecidas por el cansancio y el dolor de las violaciones y hombres exhaustos por la brutalidad de sus inconscientes actos. Ísira trató de encontrar a Cánares, pero había huido junto a su nuevo amor.
Días después, tuvo lugar una régula, una asamblea de los nisvios, para debatir y deliberar lo que había acaecido en dicho poblado. Previamente, se habían celebrado muchas de estas asambleas para discutir cuál debía ser el siguiente avance de los habitantes o sobre cómo debía evolucionar intelectualmente la especie. Solían ser, en su mayoría, debates filosóficos entre dioses. Pero esta fue la primera en la que se iba a juzgar a uno de ellos.
Sin embargo, al contrario de lo que podía parecer, el pleito fue muy breve. Era sabido que sólo Cánares podía cometer un acto tan cruel como este, pero el gran giro de la sesión fue protagonizado por Hécira, que lo entregó a pesar de haber mantenido relaciones con él y haberle confesado que lo amaba. Por lo que, incluso sabiendo que iba a ser expuesto por sus excesos, ella lo vendió a su propia condena, porque para eso fue creada, para traicionar y ver sufrir a los que hizo creer que los quería. Coréndano sentenció a Cánares a vagar durante un milenio por el desierto de Yanar, una región arenosa y árida cerca del ecuador. Este episodio mitológico sería conocido como El Pleito de Cánares.
CAPÍTULO XXXIV MITOS II
Pocos años después de aquello, Hécira seguía en busca de un nuevo amante al que utilizar. Desde su creación, pasaba varios días acostándose con mortales, simplemente por diversión, para que después ellos la buscaran desesperadamente. Pero entre sus compañeros poderosos, por fin vio en alguien la oportunidad que estaba esperando.
Diris (Δειρις), el nisvio del miedo, del terror y del pánico. Junto a él, tenía planeado engendrar la primera alcurnia esencialmente maligna, cuyo único fin sería propagar el caos mediante el poder del miedo. Diris, que hasta entonces había estado cohibido por sus prudentes símiles, tampoco pudo resistirse a los incisivos encantos de la nisvia del engaño. Tuvieron un encuentro en el norte, en una zona que todavía no había sido colonizada por los nídalos.
Después del acto, Hécira se convirtió también en la primera nisvia fecundada, la primera en esperar un descendiente directo de otro de ellos. Pero una nisvia sintió que algo no iba bien, ella tenía el poder de verlo. Se trataba de Lácica (Λάκικες), apoderada de la fertilidad. Ella era la responsable de gestionar y de asegurarse de que los embarazos de las mujeres nídalas no corrieran peligro. En el momento en el que se enteró de que Hécira estaba esperando un hijo del terror, trató de convencerla de que lo perdiera, clavándose una lanza en el vientre. Y esta arma sería increíblemente importante posteriormente, presta mucha atención.
La representación de la mentira se negó en rotundo y amenazó con llevar a Lácica ante una nueva régula, sabiendo que ella tenía una capacidad de persuasión superior a la de todos los demás, y que muy probablemente le darían la razón.
Lácica se retiró de aquella disputa, pero no se rindió. Aparecería más adelante, cuando la gestación ya estaba muy avanzada. Mientras tanto, Diris no se hizo cargo en ningún momento de Hécira, pues además de saber que era una criatura capaz de valerse por sí misma y de utilizar a sus homólogos a su antojo, él comenzó a desatar su poder sobre los mortales. Se metía en sus pesadillas y hacía que tuvieran miedo durante el tiempo que él lo deseara. Pero a diferencia de Cánares, él sabía controlarse. Lo ocurrido con el nisvio de la ira le sirvió como advertencia de que sus poderes no debían ser expuestos al máximo.
En el último mes de embarazo es cuando se llega al que es probablemente el episodio más conocido de la historia de los nisvios. El acontecimiento que desencadenó una serie de eventos que cambiarían el rumbo de nuestra civilización. Se han escrito miles de versiones distintas sobre lo ocurrido, siendo una de las imágenes más recordadas hasta el día de hoy. El día en el que Hécira debía dar a luz, Diris estaba con ella, escondidos en la entrada de las cuevas de Lailú, un lugar creado por Coréndano para castigar a los nídalos descarriados que no acataban las órdenes de los que descendieron del cielo.
Es por eso que cientos de mortales subversivos, escuálidos, hambrientos, pálidos y completamente perdidos, acompañaban la escena. No podían salir, ya que la luz que provenía desde el exterior era tan brillante que les cegaba, haciéndolos incapaces de atravesar la boca de la cueva, de la cual sólo podían salir indemnes los propios nisvios. En esa situación se encontraban. Hécira recostada sobre una pared, acompañada por Diris y mortales yaciendo en el frío suelo de la cueva, aferrándose a ella en busca de consuelo.
En los últimos instantes previos al alumbramiento, Lácica emergió de la luz proveniente de la entrada de la cueva, armada con una lanza, dispuesta a perforar el útero de Hécira, para evitar el nacimiento de su hijo. Diris no pudo detenerla, Lácica tenía en ese momento más coraje que miedo, y le clavó la lanza en el vientre a Hécira.
La nisvia de la mentira gritaba de dolor mientras la figura de la fertilidad impedía el parto. Una vez retiró la lanza, se dio cuenta de que el resultado no fue el que esperaba, sino que había empeorado las cosas. De la brecha que había creado con su arma, surgieron miles y miles de sombras, mucho más oscuras que las proyectadas por el sol. Las sombras flotaban alrededor de ellos, como si estuvieran esperando a que algo más saliera del interior de su madre. Y así fue. Aún faltaba la más grande de todas.
Una criatura de idéntica forma a los nídalos y a los nisvios, una más de ellos, surgió en último lugar. Tenía rasgos femeninos como los de su madre, además de un cuerpo adulto, como el de todos los mortales en la hora de su creación. Pero había algo oscuro en ella. Iba ya ataviada con una capa negra y violeta que la cubría por completo, pero lo más distintivo de su apariencia eran los pequeños cuernos negros que brotaban de su cabeza.
La mujer se llevó a su horda de sombras fuera de la cueva, dejando a Lácica perpleja, mientras que Hécira se recuperaba de su herida y Diris la ayudaba a incorporarse. Acto seguido, al salir del lugar, Diris convocó a los nisvios para una nueva régula. En ella, él contó lo sucedido, y Coréndano no reparó en sentenciar a Lácica, encerrándola en lo más profundo de las cuevas de Lailú, despojándola de sus poderes por un año y confiscándole la lanza. Una lanza que había utilizado para intentar asesinar al descendiente de un dios, y que recobrará protagonismo en venideros capítulos.
Hécira y Diris se reunirían con su hija, que fue apodada por los mortales como Buksyan Rot, unas palabras que significaban reina de las sombras en una lengua que habían desarrollado algunos nídalos subversivos y que fue prohibida por Coréndano. Cuando sus padres por fin la encontraron, vagando por un bosque, descubrieron que había convertido a las sombras en nídalos, en seres humanoides como todos los demás. Había creado una especie de ejército.
Estos fueron esparciéndose y despegándose de Buksyan, desplegándose por todo el planeta. Debido al castigo impuesto a Lácica, aún no podían reproducirse, pero ya se habían ganado su sobrenombre. Ya se les conocía como los Rot (sombras), por el apellido de su hermana.
CAPÍTULO XXXV MITOS III
Cumplida la penitencia de Lácica, Coréndano la liberó de la cueva, pero ese lugar aún iba a tener un tétrico propósito. Los mortales conocían de la presencia de la nisvia de la fertilidad en el rincón más profundo, pero otro de ellos quiso divertirse con su ingenuidad. Tífalo (Τίφαλος), el nisvio de la burla, de la ofensa y del entretenimiento, mandó bajo su punto de vista, un hilarante mensaje a la población masculina de Neida.
Él aseguró a todos los hombres que Lácica seguía allí, hambrienta de sexo y deseosa de tener un hijo con el primero que consiguiera llegar al insondable habitáculo en el que se encontraba oculta. Dicho esto, miles de hombres, sin importar si estaban casados o no, se adentraron en Lailú, buscando a una de las deidades más bellas. Evidentemente, ninguno de ellos lo conseguía, pues Tífalo les había enviado a una trampa mortal. Los caminos se estrechaban cada vez más conforme los hombres se iban adentrando en la cueva.
Algunos morían por la falta de aire, otros por infartos provocados por la sensación de pánico que les invadía al no poder moverse, pues había lugares en los que ni siquiera podían levantar la cabeza o mover los brazos. Varios caían boca abajo en agujeros sin salida, haciendo que sus órganos se desplazaran lenta y dolorosamente hacia el pecho, comprimiéndose y dejando sin espacio al corazón para poder latir. Toda la sangre se acumulaba en una misma zona, haciéndoles perder la movilidad de las piernas y muriendo eventualmente de un infarto por la falta de aire y de circulación.
Pese a esta macabra manera de entretenerse, Coréndano no castigó a Tífalo, ni siquiera conocía estos hechos, pues si bien le preocupaba el avance científico de la civilización, le traía sin cuidado perder a algunos miles. Él debía notar un gran descenso demográfico para darse cuenta de que algo no iba bien, o que uno de los nisvios convocase una régula, pero a ninguno pareció importarle el siniestro pasatiempo de Tífalo. Tampoco a las mujeres nídalas, aún resentidas por lo acontecido en el pueblo donde Cánares desató su ira.
Como tampoco parecía preocupar a nadie la presencia de Buksyan Rot y su legión sombría. Hasta el momento, no había cometido ningún acto digno de sus padres, hasta que le fue levantado el castigo a Lácica. Fue entonces cuando los Rot, se convirtieron en una especie de sustitutos de los hombres que cayeron en Lailú, seduciendo a las mujeres que habían quedado solteras en las distintas villas asentadas por diversas partes de todo el planeta. Pero ellas desconocían el terrible error que estaban cometiendo.
Meses después, estas mujeres daban a luz a niños con los mismos rasgos que sus padres. Piel pálida y con el iris de los ojos de color violeta. Conforme iban creciendo, vieron que estos tenían habilidades, habilidades capaces de manipular el miedo. Las madres gritaban escandalizadas al ver en lo que se estaban convirtiendo sus hijos. Les aterraban. Toda una generación se había transformado en algo aterrador, en una nueva división en el ejército, en ese momento pasivo, de Buksyan, Hécira y Diris.
Los cuernos de Buksyan iban aumentando ligeramente de tamaño y longitud a la medida que nuevos Rot venían al mundo. Cuanto más poder acumulaba, más grandes se hacían. Esto ya hizo levantar sospechas a más de un nisvio, vieron que la reacción de las madres y el temprano abandono de sus hogares por parte de sus hijos ya no era tan común. Predecían algo perturbador y tomaron la decisión de consultar a Núclades (Νούκλαδες), el nisvio del tiempo cronológico. Este dijo a sus homólogos que no era capaz de ver el futuro, pero que debieron haber impedido el nacimiento de Buksyan, que tendrían que haber escuchado a Lácica. Le pidieron que los llevara atrás en el tiempo para evitar que aquello sucediera, pero él se negó en rotundo.
Les advirtió de las nefastas consecuencias que conllevaría abrir una nueva línea temporal en la que se encontrarían con la posibilidad de que los nisvios o la propia Neida nunca hubieran existido. Podrían encontrarse con los nisvios de esa otra Neida y crear un conflicto que destruyera el planeta en todos los tiempos. Sus compañeros siguieron las severas advertencias y buscaron otro método para prevenir lo que sea que Hécira y su familia estuviera tramando.
Recurrieron a Héleres (Ελέρες), nisvio de la valentía, del coraje, de la gallardía. Le convencieron para que el más fuerte y audaz de todos se enfrentase a todo un ejército y a dos dioses. Él aceptó la ínclita tarea y decidió irse a la cima del monte más alto del planeta, la Cumbre de Calensis, a modo de entrenamiento antes de dicha misión, donde habitaba la criatura más voraz y feroz, la Hidra de Calensis. Un dragón negro tetracéfalo que había arrasado cientos de aldeas y que desde hacía años se encontraba en reposo, en lo más alto de la montaña más alta. Matarla significaría el gesto más valeroso y haría que sus enemigos se inclinasen. Era el acto que los sometería y que prácticamente le daría la victoria antes de presentar batalla.
Héleres se armó con su espada y su escudo, dispuesto a dar muerte a la criatura más temida por dioses y mortales. Luchó vigorosamente y logró clavar su espada en el ala izquierda de la criatura, aupándose a su lomo, como si la estuviera domando de alguna forma. Pero de un coletazo, la hidra lo despegó de su espalda y, una vez en el suelo, despojado de sus armas, fue devorado por el temible animal.
Los nisvios al saber de esto, perdieron gran parte de la esperanza que les quedaba, y ahora aguardaban a que los actos de Buksyan y su horda oscura no supongan la esclavización de la especie. La más afectada de todas fue Ímara (Ίμαρες), nisvia de la dignidad, de la autoestima, la cual estaba esperando un hijo de Héleres. Pese a su deceso, ella, tras varios días de tristeza, hizo honor al padre de su futuro hijo y se hizo valiente, se convenció a sí misma que sería capaz de criar al segundo descendiente de los nisvios, y se aseguraría de que no se descarriase como la primera de ellos.
CAPÍTULO XXXVI NACIONES
Como preveían, las sombras de Buksyan no tenían buenas intenciones, y tras fracasar en su intento por detenerlas, estas comenzaron a expandir el miedo por todo el planeta. Eran criaturas capaces de controlar los sueños de sus víctimas, transformándolos en pesadillas. Atacaban poblados durante la noche, provocando gritos en las casas que resonaban en los tímpanos de los nisvios, impotentes. Buksyan, mientras tanto, acompañaba en alguna de estas conquistas a sus esbirros, pero ella no actuaba, permanecía expectante ante los actos de su ejército del terror.
Sus padres estaban orgullosos, juntos estaban conquistando Neida, echando por tierra todo el progreso que Coréndano, junto con la ayuda de los demás, había conseguido. Los Rot ocupaban cada vez más poblaciones, a medida que los habitantes quedaban petrificados por el miedo que estos infundían, para posteriormente rendirse y postrarse ante ellos. Así pasaron cientos de años, con los nisvios esperando a que esta era de oscuridad algún día termine. El hijo de Ímara y Héleres, Braedro (Βραεδρος), era resguardado y escondido por su madre, pues esta se negaba a enviarlo a luchar contra la amenaza.
Ante la pasividad de sus iguales, Eucánida (Ευκάνιδες), la nisvia de la concordia y la diplomacia, decidió crear una nueva imagen, una hija. Se rasgó el brazo con sus uñas y con su sangre escribió la palabra ειρήνη (paz) en un árbol. Del tronco del árbol, tras una luz, emergió su hija, Édeve (Έδεβες), a la que instruyó en las ciencias de la diplomacia y la política, para investirla como primera gobernante legítima de Neida. Eucánida dividió el planeta en catorce regiones, todas ellas gobernadas por su hija, sin importar qué tierras habían sido ya tomadas por las sombras. Édeve, con el apoyo de Coréndano, envió un mensaje a todas las nuevas naciones. Las llamó a unirse en la guerra contra la oscuridad, a plantar cara a los Rot. Esto enfureció a Hécira que, por una vez, tenía miedo de que su plan se truncara.
Los habitantes que aún eran libres, como los que ya estaban encadenados, se alzaron y se rebelaron contra las fuerzas oscuras, con el apoyo de los nisvios. Diris y Hécira apoyaron a su hija y su armada, dando lugar así la primera de las muchas guerras de Neida.
Buksyan ordenó a sus soldados violar a cuantas más mujeres mejor, para ampliar las filas de su ejército. Hécira corrompía el alma de los mortales, volviéndolos contra ellos mismos y luchando para el otro bando. Diris se dedicó a insuflar respeto y miedo a los simples nídalos, haciendo que cuando estos intentaran herirle, volvieran por donde habían venido. Pero no todo iba a favor del bando oscuro. Los nisvios entraron en la batalla. Sanáredes (Σαναρέδες), nisvio del bienestar y la salud, recuperaba a los nídalos heridos, devolviéndolos al frente llenos de energía.
Coréndano les susurraba ideas y les diseñaba maquetas para desarrollar nuevo armamento. Sinísalo (Σινισάλος), nisvio de la perseverancia y el trabajo, les inspiraba para no rendirse y seguir adelante, sin importar a quién o quiénes habían perdido por el camino. Y Almádalo (Αλμαδάλος), nisvio de la grandeza y las hazañas, directamente se unía a ellos en las trincheras, planificando estrategias y tácticas para utilizar en ataque.
En esta guerra que duró décadas, se pudieron ver los primeros grandes avances armamentísticos de la historia nídala. Los Rot simplemente atacaban con su mirada y sus poderes psíquicos, perturbando las mentes de los débiles. En cambio, los instrumentos de los nídalos eran mucho más rudimentarios. Empezaron usando lanzas, arcos y flechas u hondas para lanzar rocas. En cambio, cuando Coréndano comenzó a ayudarles, es cuando se decidieron por construir armas a gran escala. Como una máquina hecha de madera capaz de disparar lanzas o flechas enormes.
No sólo combatían los hombres, sino que las mujeres, castigadas a lo largo de lo que llevaban de historia, se armaron de coraje y rencor para emplearlos en combate. La mayoría de ellas peleaban con arcos y flechas, pero tal era su afán por la gloria y la victoria, que dependiendo de si eran zurdas o diestras, se cercenaban uno de los pechos, para que no interfiriera en la trayectoria al estirar la cuerda del arco.
Hécira estaba frustrada por la resistencia que oponían los mortales, tanto es así, que en un acto de venganza fue dispuesta a asesinar a Édeve por haber envalentonado a las masas. Se presentó en el monte donde se celebraban las régulas, y cuando estuvo delante de ella, le clavó sus diez dedos en su pecho, ejerciendo cada vez más fuerza, hasta que le aplastó el corazón, en una imagen tanto épica como tétrica, a las que nos tenían acostumbrados estas deidades.
Pero alguien la vio, no era ni más ni menos que Eucánida. Se acercó por la espalda de Hécira y la agarró del cuello con ambas manos, asfixiándola y dejándola sin aire en cuestión de segundos. Fue así como, tras milenios de traiciones y vileza, la nisvia del engaño, la gran villana de Neida, por fin fenecía.
CAPÍTULO XXXVII HISTORIA
Al dar por finalizada la gran guerra, los nisvios sentían el deber de compartir estos hechos y sus hazañas con los humanos. Este conflicto iba a suponer un cambio en todos los aspectos de la sociedad nídala, ahora que las regiones constituidas por Édeve por fin podían prosperar. Los habitantes crearían sus propias culturas, desmarcándose así de las creencias impuestas por Coréndano.
Este nisvio, junto con Hirelánido (Ιρελανίδος), el guardián de la historia, el que debía memorizar y proteger todo lo que sucedía en Neida, y Sáliro (Σαλίρος), el nisvio de la escritura, de los textos, el escribano del cielo, viajaron a la Tierra. Su misión era contarles lo que habían vivido a los seres más inteligentes del planeta vecino, para que resguarden nuestra historia en un lugar secreto. Querían que los humanos tuvieran constancia de que nuestra sociedad había logrado imponerse a las fuerzas del mal.
Por aquel entonces, en la región de occidente en la Tierra, se encontraban en el año que ellos llamaban como 399 a.C. (antes de Cristo). Los tres nisvios aparecieron entre las nubes del cielo ateniense, ciudad donde habitaban los filósofos más brillantes de su mundo. Allí conocieron a Sócrates y a sus dos alumnos, Antístenes y Aristipo. Sólo el primero sabía de la existencia de Neida, pues había sido visitado por Coréndano en más de una ocasión cuando buscaba inspiración para nuevo armamento y formas de cultivo que transmitir a los nídalos. Él, junto con Hirelánido y Sáliro les contaron toda la historia de Neida hasta ese momento.
Fascinados por lo que los seres divinos les narraban, los griegos aceptaron la petición de guardar estos relatos en un lugar oculto y protegido, debajo del Partenón de la Acrópolis de Atenas. Sócrates conocía una entrada secreta que solo era conocida por las mentes más excepcionales de la capital helena. Calícrates, uno de los arquitectos del templo, diseñó este pasadizo que conducía a una sala únicamente iluminada por una llama en el centro de la misma. Sócrates explicó a los nisvios que se trataba del fuego de Prometeo, la luz del conocimiento que debía acompañar las sabias inscripciones que ocupaban las paredes.
Había grabados hechos a mano del cielo nocturno terrestre, en el que entre cientos de estrellas y la Luna, su satélite, se encontraba nuestro planeta, visible a simple vista para ellos. Sócrates y sus dos discípulos escribieron la historia que les habían contado nuestros dioses, incluyendo dibujos representando momentos clave como el Pleito de Cánares, el nacimiento de Buksyan Rot o la muerte de Hécira y Édeve. Todo había quedado impreso en las paredes de aquella sala oculta bajo el Partenón. Coréndano, Hirelánido y Sáliro se marcharon ascendiendo de nuevo al cielo para regresar a Neida, sembrando en las mentes de aquellos tres hombres una nueva dosis de conocimiento. De hecho, en nuestro mundo se cree que aquello fue lo último que el filósofo Sócrates aprendió, pues falleció a inicios de ese mismo año.
Pero en el bando del mal, la degeneración aún no había terminado. Diris y Buksyan, padre e hija, acordaron tener un descendiente entre ellos, para continuar con el legado que su amante y madre había dejado. Este hijo incestuoso sería conocido como Vrala, quien también poseía unos pequeños cuernos en su frente, pero que en lugar de tener los ojos de color morado, el característico de Hécira y Buksyan, este los tenía rojos. Tras dar a luz, Buksyan se suicidó conteniendo la respiración. Había fracasado en la guerra y ya había traído al mundo a quien debía sucederla. Consideraba que su misión había concluido.
En cambio, Diris se encargaría de instruir a Vrala en el arte del miedo, hasta que fuera capaz de dominar el poder de las sombras y de los sueños. Pero apareció, después de años sin saberse nada acerca de su paradero, Cánares. El nisvio de la ira había vuelto, y se reunió con Diris. Este convenció al nisvio del miedo de cambiar el enfoque en el adiestramiento de su hijo, haciendo que se olvidara de los poderes oníricos y sombríos.
Cánares insistió en que debía seguir una disciplina mucho más militar, que debía ser el gran comandante que liderara un nuevo ejército que conquistara todas las regiones hasta crear un único imperio. Diris aceptó, sustituyendo la introducción a la oscuridad por lecciones de cómo amenazar a sus futuros súbditos, le guio en el arte de la oratoria para dominar el discurso con el que convencería a todos de que él debía ser su dirigente. Diris y Cánares lo enviaron a Picia, una de las naciones ubicadas en el hemisferio sur, a la edad de 26 años. Allí comenzaría a dar sus primeros pasos como político, dando discursos en las plazas de los pueblos, ganándose el apoyo de sus habitantes.
Su popularidad creció rápidamente, asegurando que cuando él fuera gobernante de la región, aplicaría una dura política expansionista, juró que ningún picio (como se conocía a los de aquella región) volvería a pasar hambre, que llegaría una época de abundancia y riqueza en cuanto comenzase a invadir regiones vecinas. Los habitantes lo nombraron líder en cuestión de meses, y su primera medida fue crear la Primera Legión Picia, la primera armada jerárquica, con divisiones y rangos. Al no haber nisvia de la concordia, Coréndano no tomó medidas. De hecho, alababa las decisiones de Vrala. Consideraba que la creación de un ejército preparado era un gran avance social y tecnológico para Neida. Una nueva era estaba por comenzar.
CAPÍTULO XXXVIII IMPERIO
Las primeras medidas no tardaron en aplicarse. Vrala ocupó el cargo de mariscal supremo, y se autoproclamó comandante de su propia legión. Junto con sus adeptos, comenzó la primera invasión entre regiones al atacar Crinia, con la que tenía frontera en el oeste, y lugar donde se había asentado Núclades. Los soldados picios marcharon pacíficamente por las calles de dicha región, sin ejercer fuerza alguna sobre sus asustados pobladores.
A ninguno le interesaba luchar, sus antecesores les habían contado las historias de la guerra contra los Rot y las terribles consecuencias que un conflicto de semejante magnitud podría acarrear. De todas las naciones que invadía, saqueaba y explotaba sus recursos para fortalecer Picia y la ciudad que había elegido como capital de su nuevo imperio, Virkan. Aunque tampoco tardó en rebautizar a su territorio, cambiando el nombre de Picia por el de Imperio de Vralis, en honor a su nombre.
Diris y Cánares contemplaban orgullosos los progresos de su aprendiz, aunque el segundo esperaba que sus métodos de conquista fueran algo más implacables. Las regiones de Puiconia y Deravia al norte, Alastia al sur y Lendesia al este, se rindieron sin presentar apenas batalla. Algunos hombres ingenuos se resistieron al poder vralisio, pero fueron abatidos casi instantáneamente por los soldados imperiales. El Ejército Imperial, como se le conocía ahora, crecía a cada región invadida, pues los hombres eran retenidos e instruidos en la política cegadora del miedo y de la obediencia más sumisa. Todo debía hacerse por y para el Mariscal Vrala.
Pero Cánares tenía algo preparado para su ambicioso discípulo. Viendo todo el poder que estaba acumulando, le ayudaría a subyugar a los nisvios de los territorios invadidos. Quería que los seres más vigorosos estuvieran bajo sus órdenes. Pero con el primero de ellos eso no sería posible, pues se trataba de Núclades, el nisvio del tiempo, el cual sabía que Vrala y Cánares tratarían de embaucarle, por lo que se fugó del Imperio, ocultándose de nuevo en una región que aún no había sido pisada por los soldados.
Con el que sí lo conseguirían fue con Almádalo, el de la grandeza y el honor. Los dos tiranos le convencieron para unirse a su armada como un general más, forzándolo a tener hijos con las mujeres vralisias para mantener un linaje de supersoldados. El primero de esta estirpe sería Virkaniares, nombre puesto por Vrala en honor a la capital. Cuando este cumplió 15 años, lo nombró su vicemariscal y segundo comandante del Ejército Imperial.
Pero el joven sería más cruel que su superior. Él y sus milicias se dedicaban a asesinar a todos los habitantes de los pueblos que invadían, al contrario de lo que hacía Vrala. Este esperaba que en cuanto adquiriera algo de madurez, su compañero se relajara y siguiera sus mismos procedimientos, pues estaba destinado a ser su sucesor.
Mientras el Imperio se expandía, estos desarrollaron muchas innovaciones no sólo para ellos, sino para todo el planeta. Su tecnología era tal, que gracias a todos los materiales que habían extraído, como hierro, zinc, níquel, titanio o acero, construyeron varios cañones gigantes con un objetivo: crear una luna artificial. Sabían de las ventajas que suponía para la Tierra tener un satélite, y quisieron replicarlo. La potencia de estos cañones, por sí sola no era suficiente para lanzar restos de estos materiales al espacio, evidentemente.
Pero contaron con la ayuda de Coréndano, que estaba fascinado por los avances del Imperio, y de obviamente Diris y Cánares.
Juntando la fuerza de tres nisvios más la de los propios cañones, lograron enviar al espacio trozos inmensos de los elementos antes mencionados en la misma dirección, y con el paso de años, estos empezaron a juntarse, generando un núcleo de gravedad a 20.000 km de la superficie de Neida. Como era de esperar, Vrala la nombró haciendo otra referencia a sus logros, llamándola Sunia, la primera mujer con la que se acostó Almádalo, madre de Virkaniares.
Sunia era diminuta, apenas se notaba su efecto con respecto a las mareas y su color oscuro debido a su composición, hacía que difícilmente fuera visible por la noche, pero cobraría protagonismo pasado un tiempo.
El Imperio había frenado su avance años después de los lanzamientos para crear el satélite, habiendo ocupado el 70 % de la superficie del planeta. El Mariscal Vrala enfrentaba problemas de salud debido a su ya avanzada edad, ya que desde el inicio del Imperio hasta la formación definitiva de Sunia, habían pasado casi cincuenta años. Uno de los nisvios a los que no había podido someter era Sanáredes, el cual era capaz de devolverle la salud. Cánares, e incluso Coréndano le obligaron a hacerlo, y él, cohibido, aceptó a hacerlo. Pero esto chocaba con los intereses de uno de los nisvios más poderosos que aún no había tenido un papel relevante. Se trataba de Tánates (Θάνατος), ni más ni menos que el nisvio de la muerte.
Él se enfrentó Sanáredes y Coréndano, argumentando que el ciclo de Vrala había terminado, que su era debía concluir y dejar paso a Virkaniares como mariscal del Imperio. Estos aceptaron, pues temían el poder de Tánates y de su propio ejército, el cual estaba compuesto por hombres y mujeres de piel completamente negra a excepción de sus lívidos rostros, con alas y una cola acabada en punta también negras y armados con una lanza. Se trataba de los tanatíes, los mortales que a lo largo de la historia habían fallecido. No importaba si eran soldados imperiales, si eran Rot o habían sido simples campesinos. Todos acababan en una realidad paralela, una especie de limbo, donde gobernaba Tánates. Él era capaz de abrir portales para visitar la realidad, como también podía enviar a sus ángeles oscuros, los cuales eran incontables en comparación con cualquier ejército que hubiera existido, a atacar cualquier zona de Neida.
Ante sus amenazas, dejaron morir a Vrala, el cual se apagó en su cama, acompañado por Diris, Cánares, Coréndano, Virkaniares y Lena, la madre de su futuro hijo. Al día siguiente, el legatario se presentó ante los vralisios en el Templo de Virkan para dar su primer discurso como nuevo mariscal. Prometió conquistar Neida en su totalidad y muchos más avances revolucionarios. La segunda era imperial, había comenzado.
CAPÍTULO XXXIX AVANCE
Durante sus primeros años de mandato, Virkaniares mantuvo la esencia del discurso de su maestro, pero sin llevar estrategias militares a la práctica. La sobreexplotación de recursos estaba suponiendo una crisis para su gobierno, que veía inviable abastecer a las tropas en combate. Es por eso que trató que las provincias aledañas que aún no habían sido anexadas, se rindieran pacíficamente, pero estas se negaron categóricamente.
Ordenó que se detuviera la extracción de minerales y el cultivo en las áreas más extensas, con la intención de ganar tiempo hasta que las tierras vuelvan a ser fértiles para volver a plantar. Mientras tanto, algunos pueblos aprovecharon este periodo de debilidad para sublevarse e intentar conseguir la independencia que el Imperio les arrebató, pero sus esfuerzos fueron baldíos. Viéndose impotente, el nuevo líder se encomendó a Coréndano y a sus dones divinos para surtir a sus hombres de los bienes necesarios para prolongar la supremacía imperial. Este aceptó, y el Imperio estaba preparándose para culminar la invasión total de Neida.
Virkaniares se empoderó, y le cambió el nombre a lo que su antecesor había creado, sustituyendo Imperio de Vralis por Imperio Virkaniano, manifestando aún más su egolatría. Al poco tiempo de haber recuperado su armada, la envió a Larlia, una región cercana al ecuador. La pequeña y casi indefensa nación cayó a los pocos días.
El ambicioso mariscal aún quería más poder y control y, teniendo confianza plena con Coréndano, se atrevió a pedirle el privilegio más ansiado por todo descendiente de un nisvio. Le pidió al más poderoso de todos el don de la inmortalidad, un don que sólo poseían los mismos nisvios y los hijos engendrados por dos de estos. Se requerían los genes de dos deidades para ser inmortal, es por eso que Vrala, al ser hijo de tan sólo un nisvio, murió a causa de la edad. O Buksyan Rot, la cual sí poseía la vida eterna, pero decidió arrebatársela ella misma.
Virkaniares se presentó ante él y este aceptó, sin apenas deliberar. Ahora se había convertido en mariscal vitalicio, un cargo que, a menos que fuera asesinado o que él mismo se quitara la vida, nunca perdería.
Mientras esto sucedía, Lena daba a luz a Vralins, el también hijo del difunto mariscal Vrala. Sin embargo, esta tuvo que parir en condiciones muy precarias, en su primera casa, donde vivía antes de que Vrala la llevara a vivir con él al Templo de Virkan. Una vez Virkaniares llegó al poder, la expulsó a ella y a su hermana Cilquia, la cual la acompañó en el parto. Pero debido al esfuerzo, la que durante un tiempo fue la primera dama, falleció en el parto. Cilquia criaría al pequeño Vralins en su humilde ciudad.
