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En una época victoriana marcada por rígidas convenciones y delicados encajes sociales, los cuentos de la escritora anglo-italiana Annie Vivanti abren una grieta por donde asoma la ironía más sutil y el humor más fino. Publicados en algunas de las revistas más importantes de la época, como Cosmopolitan y The Idler —primer magazine humorístico de la historia—, estos relatos despliegan ante el lector un universo en el que la mujer observa, comenta y, sobre todo, se ríe con una voz propia y audaz. A través de una prosa elegante y una mirada aguda, Vivanti invita a cruzar el umbral de salones donde los secretos se susurran entre cortinas y los roles se reinventan a cada instante. Sus relatos, pequeños destellos de vida y humor, desbordan las fronteras del tiempo para sorprendernos con una frescura que atraviesa los siglos
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Seitenzahl: 172
Veröffentlichungsjahr: 2025
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En Serio,
25.
Primera edición digital: diciembre 2025
© de la traducción: Manuel manzano 2025
© de la presente edición: La Fuga Ediciones, 2023
Imagen de cubierta:Giovanni Boldini - Retrato de Cléo de Mérode (detalle)
Corrección: Olga Jornet Vegas
Revisión: Iago Arximiro Gondar Cabanelas - Leticia Clara Cosculluela Viso
Maquetacióm digital: Iago Arximiro Gondar Cabanelas
Diseño gráfico: Joan Redolad
ISBN: 978-84-128323-9-6
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Annie Vivanti
(1866 - 1942)
Annie Vivanti fue una destacada escritora italiana de origen judío, reconocida por su prosa lírica y su aguda perspectiva social. Nacida en Londres y criada entre Italia e Inglaterra, combinó influencias culturales diversas en su obra. Comprometida con causas políticas, apoyó la independencia de Irlanda y el nacionalismo italiano, colaborando con periódicos de ambos países y defendiendo posturas controvertidas. Su vida privada fue igualmente turbulenta: casada con un periodista irlandés, suscitó escándalo por su relación extraconyugal con el poeta Giosuè Carducci. Murió en Roma en 1942
Annie Vivanti
Captura al paso
y otros cuentos americanos
traducción de manuel manzano
Perfecta*
*Perfect
The Cosmopolitan, noviembre 1876.
Amor, ch’al cor gentil ratto s’apprende…
Dante Alighieri, Infiernov
i
Era un alemán apuesto, aburrido y sentimental, de ojos dulces y alma ahorrativa. Había venido a Milán para estudiar canto, haciendo que sus táleros terminaran a regañadientes en los bolsillos profesionales y bien dotados de Leoni, Lamperti y Domenicetti. Aprendió el do di petto de Lamperti, el sol di testa de Domenicetti y de Leoni un estilo interpretativo adorable, con los ojos entrecerrados y las fosas nasales temblorosas.
La opresiva crueldad azul del verano italiano se extendía por todas partes y Milán, con sus calles calurosas y su Naviglio amarillento, se había vuelto insoportable. Incluso el Napoleón desnudo1 del Palacio Brera parecía demasiado débil y cansado para sostener el mundo de bronce en sus manos, y la humilde Madonnina en lo alto del Duomo inclinaba a veces su humilde cabeza bajo el oro ardiente de su corona. Así que, Karl Helmuth metió
en una pequeña maleta amarilla dos camisas de franela, su Lucia, su Trovatore, un frasco de jabón alemán para el cabello, que su madre y su hermana le habían preparado en casa, y emprendió un viaje a pie por Italia.
Recorrió con sus sueños y su maleta amarilla las monótonas llanuras de Lombardía, donde las moreras desnudas extendían hacia él sus dedos oscuros y burlones, pasó bajo las cien torres de la docta Bolonia y se alejó de nuevo por la encantadora campiña toscana, y sus viñas, como fantásticas guirnaldas, danzaron a su alrededor.
È d’ogni re maggior, maggior il Trovator!2cantaba con su clara voz alemana a los paisajes palpitantes por el sol, y las mujeres bronceadas que trabajaban en el campo alzaban sus cabezas envueltas en pañuelos rojos y lo saludaban con la mano a su paso.
Fue en Florencia donde conoció a Francesca Verdon. Paseaba por las galerías del Palacio Pitti, contemplando los severos ángeles de Beato Angelico y las vírgenes de Tiziano con sus párpados de rubí, cuando se detuvo frente a la Sagrada Familia de Botticelli. Pero no fue la Madre de Dios de ojos dulces ni el bueno y superfluo San José quienes captaron su mirada; ni el tieso cordero lanudo que estaba al lado del joven San Juan, con una manita regordeta de pastorcillo que descansaba sobre el cuello; ni tampoco fue el niño Jesús de rizos rubios y brazos abiertos quien se ganó el favor de los ojos azules de
Karl Helmuth. A unos pasos de él, con la mirada fija en el Cristo de Guido Reni, se encontraba una muchacha de cabello negro y rostro fuerte y claro. Parecía una virgen de Murillo con aire gitano, imponente y serena. Karl la miró: era el único ser vivo en aquella sala y era hermosa. Ella sintió su mirada y se dio la vuelta... Nunca supo qué hizo que le sonriera, y él tampoco... pero sucedió. Con la negra angustia del Ecce Homo de Reni aún en sus retinas, se volvió y lo miró: estaba ante ella con toda su clara fuerza teutónica, joven y rubio como el arcángel Miguel, y ella posó sus vagos ojos en su rostro y sonrió.
ii
—Amo a las personas más improbables —dijo Francesca, arrellanándose en el sillón—. A mi marido, por ejemplo. Y a nuestra cocinera... Es una irlandesa bruta y habla muy alto, pero la adoro. Y también a todos esos vulgares y groseros fruteros, limpiabotas y organilleros de cada rincón de Nueva York, no porque a menudo sean compatriotas míos, sino porque me gustan. Me gustan sus caras negras, sus ojos nostálgicos, su naturaleza malvada. Tenemos un perro en Nueva York... Lo tenemos en el jardín... Es feo y no goza de muy buena salud. Ya sabes, el tipo de perro con la cabeza grande y el pelaje raído que te daría vergüenza sacar a pasear. Lo amo tanto que me duele siquiera pensar en ello.
Karl sonrió...
—Es uno de esos perros que vienen y te atacan de forma pesada y obstinada. Los ahuyentas, les golpeas con la sombrilla, les pegas con... En definitiva, utilizas la violencia, y parece que no les importa, no se mueven. Se llama Ribs3 porque se le ven todas las costillas.
Hizo una pausa. Karl la interrumpió malhumorado.
—¿Te ha escrito? —preguntó, y bajó la mirada.
—¿Quién? ¿Ribs?
—Ach!... Bitte! —dijo Karl con impaciencia—. Ya sabes de quién hablo.
—Si te refieres a mi marido —respondió Francesca con dureza—, sí... ha escrito. —Y sacó una carta de entre las páginas de un libro que había sobre la mesa junto a ella y la abrió con cuidado—. Mira —dijo pasándole el papel a Karl—, hay una posdata de la niña.
Karl miró los garabatos inciertos que cubrían media página y leyó: «Nina ama a su madre». Después le devolvió la carta, frío y triste.
—Me voy dentro de quince días —dijo ella—. Mi amo y señor se pone de un humor terrible y sombrío cuando se queda solo. Verás, escribe: «Nueva York es insoportable sin mi rayo de sol italiano. Deja a tus Renis, a tus Tintorettos y a tus Tizianos. Saldrán adelante sin ti... Yo no». Este hombre, tan querido, no tiene ni idea de arte —añadió con dulzura mientras doblaba la carta.
—Y aun así lo amas —dijo Karl con una expresión de dolor, como si todo aquello fuera un insulto personal para él. Francesca alzó los ojos, lo miró, libre y franca, y no respondió—. Y tú estás contenta de irte, de dejar a Tintoretto, a Tiziano, tu cielo, a tu gente... ¡por un país bárbaro y un marido que no entiende de arte!
—¡Estás loco! —dijo Francesca—. ¡Y eso ha sido casi impertinente!
—¡Te adoro! —respondió en su mejor italiano operístico mientras caía de repente de rodillas.
Francesca se quedó asombrada... Luego se echó a reír. Su risa era como un arroyo, burbujeaba en la habitación silenciosa como el vuelo de las palomas salvajes.
Karl, del todo ofendido, se levantó.
—¡No veo nada gracioso en esto! —dijo enojado.
—¡Mira! —exclamó Francesca, señalando con sus dedos repletos de anillos el gran espejo a su izquierda. Karl se encogió de hombros.
—Si soy ridículo, creo que tendré mejores cosas que hacer. —Y comenzó a caminar a grandes zancadas por la sala, como lo hacía en el cuarto acto del Fernando—. ¡Buenas noches!
—¡Buenas noches! —respondió Francesca jovial... y Karl se derrumbó. Se pasó las manos por el cabello rubio y los largos mechones alemanes se deslizaron entre sus dedos.
—Ojalá estuviera muerto —dijo.
—¡Qué ordinario eres! No eres más original que Mascagni —suspiró Francesca, mirándolo con los ojos entrecerrados.
La habitación estaba oscura y fresca. Las cortinas verdes, echadas, desafiaban al implacable sol del mediodía, pero el reflejo brillante en las lentas aguas del Arno se filtraba a través de los resquicios y bailaba en locas manchas blancas en el techo.
Karl levantó la cabeza.
—¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! —dijo con obstinación, y abrió los brazos hacia ella con un gesto melancólico.
—Poverino! —exclamó ella, pero su sonrisa despreocupada le dibujó un par de hoyuelos en el rostro, de alegre indiferencia—. Sería mucho mejor si no me amaras... No hay lugar para ti en mi vida.
—¡Lo sé! —gritó Karl con amargura—. No hablas más que de tu felicidad, de tu marido, de tu hija, de tu arte, de tu hogar... de la plenitud de tu vida, de la felicidad de tu alma. ¡Y lo haces a propósito para hacerme daño!
—Oh, no... —respondió Francesca con dulzura—. Wes das Herz volt ist…4
—Eres cruel.
—Tal vez. Por eso me amas.
Karl levantó las manos con gravedad.
—Qué ordinaria eres... —dijo imitándola—. No eres más original que la señorita Braddon.
—No, no... No pretendo ser cruel como en las novelas fantásticas —se rio Francesca—. Solo soy feliz, y eso es cruel en sí mismo. Pero tú me amas por eso —insistió con satisfacción mientras se acariciaba las manos.
—Te amo —dijo Karl, tenso y lleno de ardor— porque tienes una inteligencia asombrosa y eres buena persona. Porque pintas, viva y feliz, como habría pintado Rafael si no hubiera conocido a la Fornarina; porque cantas como un serafín italiano que hubiera estudiado con un arcángel alemán; porque cabalgas con la gracia salvaje de una valquiria; porque sabes citar a Lenau con un adorable acento italiano y acompañar el Ich grolle nicht5 con el Weltschmerz6 de un genio; porque tienes el pelo castaño y llevas la frente descubierta.
—Me amas porque visto bien, tengo buen apetito y un carácter tranquilo. Me amas porque tengo un marido que me adora, una hija que es toda mi dicha y un hogar que me protege. Porque no te necesito, no me importas y no te quiero. Me amas porque soy feliz —le respondió Francesca.
—Te amo porque eres perfecta —dijo Karl muy serio.
—Dio buono! ¡Abre las contraventanas y deja entrar ese hermoso sol que tanto bien hace! —dijo Francesca entre risas, y él obedeció. Una furiosa llama dorada invadió la habitación y ella, perezosa, estiró sus níveos brazos hacia él.
—Oh dolce sole italico! Si pudiera ser lagarto y mi destino fuera quedarme al sol y mudar la piel... ¡Vamos, salgamos a la ciudad y admiremos el cielo!
—¿De verdad quieres? —preguntó Karl lleno de incrédula alegría.
—¡Sí! —respondió Francesca—. ¿Qué sombrero me pongo?
—Pero… ¿yo también voy?
—¡Por supuesto! —respondió impaciente—. ¿El blanco de las rosas o ese de paja que es todo florituras?
—Sí, póntelo... —dijo Karl, del todo despistado—. ¿Y a dónde vamos?
El rostro de Francesca se ensombreció.
—¡Pero qué doloroso es tener que decidirse por un lugar concreto! —dijo—. Odio esas elecciones tan determinantes como un billete de tren... ¡Arruinan todas las fantasías que una tiene de una salida feliz y sin rumbo, InsBlaue hinein!7 ¡Vosotros los alemanes sois los únicos verdaderos poetas! Ins Blaue hinein! Ahí es donde quiero ir... ¡al azul!
—¿Qué tal Fiesole? —sugirió Karl.
—¡No, no, no! Con esas casitas tan bonitas que parecen de cartón y esas hileras de árboles, ¡no, Fiesole no!
—Entonces vayamos a la Cartuja a hablar con los frailes.
—¡Pero somos demasiado jóvenes y demasiado felices! —dijo Francesca—. ¡Los santos se cansarían de nosotros! Cuando nos fuéramos nos verían bajar la colina, riendo, yo con mi sombrilla blanca... y fantasearían si... después de todo...
—Sí. Si, después de todo… eres honesta e indulgente —añadió Karl.
Los ojos de Francesca recorrieron la habitación. Allí, en la pequeña librería, descansaba la Guía de Florencia y sus alrededores, luego la de Baedeker, Italia, un Nuevo Testamento en inglés y la Divina Comedia de Dante, todas encuadernadas en rojo con el brillante sello del Hotel Lungarno en el reverso. Señaló uno de esos libros y Karl escogió el de Baedeker. Ella negó con la cabeza.
—¿La Guía de Florencia?
—No, no... El Infierno —dijo.
Karl le trajo el librito con el perfil del narigudo Alighieri grabado en negro sobre la cubierta carmesí y citó en voz baja:
Tiene asiento la tierra en que he nacido
sobre la costa a la que el Po desciende
a buscar paz allí con su partido.8
—Lo sé... lo sé —interrumpió Karl—, y Rímini.
Francesca levantó los ojos, asintió con una sonrisa y continuó con un toque de nostalgia en la voz:
Cómo el amor a Lanzarote hiriera,
por deleite, leíamos un día;9
—¡Llevémoslo con nosotros! —dijo Karl, tomando de sus manos el librito—. Me leerás esa hermosa canción en las playas de Rímini, donde Paolo y tu tocaya se enamoraron y murieron. Anda, ponte el sombrero... el blanco de las rosas...
no leímos ya más desde ese instante.10
iii
Fueron a Rímini. Francesca se enamoró de ese mar tranquilo, y se alojó en el Hotel Gran Britannia, con los jardines que llegaban hasta el agua. Karl, en cambio, más ahorrador, se fue al Leon d’Oro, en el corazón del pueblo blanco y cálido, y todas las mañanas pasaba a buscar a Francesca para ir a remar en ese mar plácido.
Desde el balcón lo observó mientras caminaba con indolencia por la calle estrecha y soleada, alto y guapo, con el sombrero de paja echado hacia atrás y el rostro bronceado. «¡San Giorgio!» quiso decir de un tirón o, recordando su voz, «¡Asrael!». Y tuvo un sentimiento de amistad hacia él que nacía de la sensación de bienestar que sentía al contemplarlo.
Pero él la amaba con un amor tan irritado y doloroso que le impedía dar un buen la mayor y le hacía perder el apetito.
—Dentro de una semana —dijo Francesca una mañana despejada de sábado—, el Kaiser Wilhelm estará a rebosar, saldrá del puerto de Génova... y me llevará a casa.
—¡A qué casa! —exclamó Karl con reproche—. ¿Ya no eres italiana? ¿No vivió y murió tu gente aquí? ¡Esta es tu casa!
Francesca negó con la cabeza.
—¡Este es mi país! —dijo en voz baja y con ojos angustiados—. ¡Dios sabe lo muy italiana que soy! Dios sabe cuántos pedacitos de mi alma he dejado en cada rincón de esta tierra y en cada pilluelo de la calle. Dios sabe cuánto pueden abrirme el corazón los dedos azules de este cielo, cuánto me llena de felicidad la belleza de Italia, cuánto puede raptarme el corazón, cuánto me duele su pobreza. ¡Aquí me siento gitana, me gustaría andar con un pañuelo rojo en la cabeza y vivir de polenta y serenatas! Pero esta no es mi casa.Mi casa es un lugar muy concreto, regulado, en una ciudad viva y activa, cómoda sin duda, correcta de un modo inexorable. Mi casa es un espacio común, una casa bien administrada, llena de hermosos muebles y sirvientes bien seleccionados, un lugar terrible si lo piensas. Pero allí viven mi marido de dulce voz y mi pequeña, y me esperan. Y Ribs ladrará de alegría con esa queja suya de dolor cuando regrese. Esa es mi casa.
Karl la miró con cálidos ojos de amor. Ella era la perfección... ¡La perfección! Si hubiera sido menos perfecta, si su vida hubiera sido menos completa, la habría amado menos. Si se hubiera burlado de su marido y tal vez no hubiera hablado de la niña, a pesar de ser una gran artista y una hermosa mujer, él no la habría amado tanto. Era la gloria de su bondad total, de su felicidad completa, lo que había puesto en pie de pura adoración a aquel plácido corazón alemán.
Estaba desgarrado por la visión de la felicidad de su familia. En una especie de martirio autoinfligido, le gustaba imaginarla con la cabeza de la niña apoyada en el pecho y los brazos de su marido rodeándola.
—No quisiera desearte nada diferente —dijo, mientras sus ojos enrojecían y de pronto se llenaban de lágrimas—, pero ¿cómo aprenderé a vivir sin ti?
—Mediante el divino olvido —dijo Francesca.
—Me parece que he estado cerca de ti toda mi vida, que he observado tu silencio y me he llenado de asombro ante tu sonrisa... y ahora me ahuyentas, como haces con Ribs, y me pides que te olvide. Pero me niego a que me eches...
—¡Como hago con Ribs! —se rio Francesca—. ¡Ay, mi buen perro!
Él también se rio, porque ambos tenían poco más de veinte años y porque el Kaiser no iba a zarpar hasta dentro de una semana.
Los días brillaban en sus jóvenes vidas, mientras la tarde de la partida se acercaba lenta.
Karl llegó por la tarde con un gran ramo de claveles y flores de Cupido. Cuando entró a la sala, Francesca llevaba algunos libros hacia la habitación de al lado. Cuando ella se volvió y le sonrió, un volumen se deslizó del montón. Era Dante.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Karl.
—El equipaje —respondió alegre, y desapareció en el dormitorio.
—Mein Gott! —exclamó Karl palideciendo hasta los labios. Arrojó las flores sobre la mesa y se cubrió la cara con las manos. Francesca regresó, se quedó en la puerta y lo observó. Luego, como sabía que no podría consolarlo, tomó con dulzura las flores y las puso en agua. Levantaron la cabeza agradecidas.
—Entbehren sollst du, sollst entbehren11 —murmuró Francesca. Luego, serena y amigable, añadió—: Ven, salgamos y olvidémonos de todo. Todavía nos quedan veinticuatro largas horas antes de que me vaya. No puedes estar infeliz todo ese tiempo.
Karl alzó sus tiernos ojos azul prusiano hacia la dulce indiferencia de ella.
—Seré infeliz el resto de mi vida —dijo. Las flores sobre la mesa, frescas, habían vuelto sus narices rosadas hacia él con perfumado desdén. Francesca, con un ligero movimiento de sus pequeñas y frescas manos, las giró hacia el otro lado, luego vio el libro en el suelo y se agachó para recogerlo.
—Después de todo, todavía no hemos leído juntos a Dante —dijo, feliz de cambiar de tema—. Llevémoslo con nosotros esta tarde y leamos la historia de Paolo y Francesca en el jardín. Porque pronto se abrirán las Bella de noche... Vámonos.
Karl tomó malhumorado su sombrero y la siguió fuera de la habitación. Las flores, al quedarse solas, volvieron sus caritas traviesas unas a otras y se rieron.
Ya en el jardín caminaron despacio uno al lado del otro, en silencio.
—El sol ya casi se ha puesto —dijo Francesca al detenerse frente a un arbusto de Bella de Noche. Las flores doradas dormían, cerradas y plegadas entre las suaves hojas verdes—. Quedémonos... veamos cómo despiertan.
Permanecieron allí en silencio, uno cerca del otro, mirando el pequeño e inmóvil arbusto. De repente, un sutil temblor surgió de entre las hojas, luego todo el arbusto se movió, palpitó, se estremeció. Las flores levantaron sus cabezas y uno a uno los pétalos amarillos comenzaron a abrirse. En unos instantes el arbusto se cubrió de flores trémulas, claras y doradas. Las «lamparitas» se habían encendido.
—Y ahora volvamos a la lectura —dijo Francesca, y tomó a Karl del brazo, con confianza. Bajaron los anchos escalones blancos que conducían a la playa, subieron a un bote vacío y se quedaron solos entre las rocas.
El mundo estaba en paz. La tarde se había abierto como una gran violeta en el mar, y ante ellos yacía el agua tranquila, una seda manchada solo por velas.
cuánto deseo y dulce pensamiento
a estas dolientes almas trajo aquí!12
Francesca leyó, con la cadencia algo monótona de su dulce voz italiana. Karl contemplaba su suave cabello castaño, recogido en la nuca. La brisa había atrapado un mechón largo y ondulado, y ahora caía sobre su rostro.
Soli eravamo e sanza alcun sospetto.13
Mañana ella se marcharía, a tres mil millas de distancia, y él nunca volvería a verla.
Palidecimos, y nos suspendía
nuestra lectura, a veces, la mirada;14
Y parecía que a ella le hacía tan feliz marcharse… Feliz de irse y no volver a verlo nunca más. No parecía ni triste ni arrepentida en absoluto. ¡Qué negras eran sus pestañas sobre sus mejillas claras y redondas!
Al leer que la risa deseada besada fue
por el fogoso amante15
¡Y su boca! ¡Qué hermosa boca cuando curvaba las comisuras de los labios en una sonrisa!
Y ya había oscurecido demasiado para leer.
éste, de quien jamás seré apartada,
la boca me besó todo anhelante16
Karl la tomó de las manos y el libro cayó al fondo del bote, a un agua turbia.
—¡Tu boca! —dijo sollozando—. ¡Tu boca! ¡Ay, Dios mío! Una vez... ¡solo una vez!
Galeoto fue el libro y quien lo hiciera
para la ruina de nuestras almas17
Francesca se rio, inclinando la cabeza hacia atrás.
no leímos ya más desde ese instante18
El enorme barco resolló y en la cabina hicieron sonar la bocina.
—¡Todos a bordo, por favor... todos a bordo!... ¡Zarpamos!
Karl tenía las manos de Francesca entre las suyas, con los ojos llenos de lágrimas y los labios temblorosos.
—Adiós… Adiós… ¡Dios te bendiga!
Francesca miró en torno a ella, ansiosa.
—Adiós... —dijo—. Miraba a mi alrededor para ver si ya habían subido mis baúles a bordo. No veo el de cuero negro por ningún lado.
—¡Ay, Dios mío! Francesca, adiós...
Ella vio la pálida tristeza en su rostro.
—Adiós, querido... —le dijo con amabilidad—. ¡Vete, vete ya... o te quedarás a bordo! ¡Están izando la pasarela!
Pero él seguía cogiéndole las manos.
—¿Nunca más volveré a verte?
