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Tantas páginas se han escrito sobre Carlota y Maximiliano que bastarían para tapizar cada muro del Castillo de Chapultepec. ¿Qué más queda entonces por decir? Esta novela no intenta revivir el Imperio mexicano con datos fehacientes ni héroes empolvados por la gloria. Lo que aquí se ofrece es otra cosa: un testimonio alucinante narrado por una cortesana que ha perdido la razón, y que desde ese margen turbio reconstruye la figura esquiva de la emperatriz Carlota. Una loca narrando a otra loca. Tampoco se trata de una novela histórica en el sentido convencional. José Luis Trueba no busca reconstruir la Historia, sino hurgar en sus silencios, inventar sus grietas, dramatizar lo que se insinúa entre rumores. Con la lucidez de la locura, esta novela se atreve a decir lo que nadie pudo ver. Aquí la verdad es apenas un decorado. Lo que importa es la intensidad con que se vive, se sueña, se desea. Y si algo busca este relato es darle cuerpo a esa otra historia: la que no cabe en los documentos, la que sólo puede contarse desde el desvarío. Carlota, la otra historia es una novela que se atreve a cruzar la realidad con la invención, el archivo con el susurro y el delirio con la posibilidad de una verdad más íntima, porque hay cosas que sólo se revelan cuando la razón se retira y la literatura entra en escena. "Ahora soy la loca que huyó del manicomio para pedir limosna y contar las historias que nadie le cree. Pero allá, detrás de las rejas de su castillo, Carlotita te puede decir lo mismo."
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Seitenzahl: 329
Veröffentlichungsjahr: 2025
Este libro sólo existe gracias a la milagrosa presencia de mis amores: Patty, Demián, Ismael y Adri. Sin ellos, nada sería posible.
Naturalmente ninguno de estos asuntos llegaba a oídos de la Emperatriz.
JOSÉ LUIS BLASIO, Maximiliano íntimo (1905)
Primera parte
I
Lo que te cuento no son mentiras. A mí me daba lo mismo si a la Dama Mayor se le picaba el hígado por la rabia. Por más que rementara las reglas de la corte, yo siempre estaba al lado de Carlotita. Sus pasos eran los míos y mi mirada era la suya. Y así seguí hasta que me volví la sombra de su sombra. Nuestro Señor es testigo de que, de no ser porque me obligaron a abandonarla en su última cárcel, todavía seguiría con ella.
Mientras Su Alteza Inmaculada se pudre en Miramar y los demonios le muerden la cabeza, yo me arrancio en la calle y me escondo de los malnacidos que quieren encerrarme en San Hipólito. Entiéndeme, yo no fui como la condesa Paulita o las otras damas que se largaron cuando el Diablo asomó los cuernos. Ellas la traicionaron sin tentarse el alma, pero la mera vedad es que eso no me apura. Ninguna tendrá que ir al infierno para pagar el pecado que cometieron: sus hijos nacerán ciegos y se volverán idiotas por el mal que les carcome el vientre. Tú no estás para saberlo ni yo estoy para contarlo, pero esos niños serán los herederos del secreto de Maxi.
Sólo Dios sabe por qué, pero poco a poquito la Emperatriz me agarró confianza. Cuando sus brazos todavía no estaban marcados por el filo de la navaja, la ayudaba a vestirse y las palabras se quitaban el velo. Ella me enseñó a hablar quedito para que nuestras voces no traspasaran la puerta y llegaran a los oídos de las otras mujeres. Aunque se arrastraran y lamieran sus pasos, Su Majestad podía besarse los dedos para jurar que eran unas serpientes con los colmillos dispuestos.
¿Para qué me hago la tonta? Ninguna de las dos sabíamos si una de esas malditas había puesto un vaso sobre la madera para asentar la oreja y enterarse de lo que decíamos.
—Hay palabras que no son para cualquiera —me susurraba sin tener que explicar lo que conocíamos de sobra.
Allá, en la soledad de sus aposentos, nos contábamos nuestras historias hasta que la jarra de chocolate se quedaba vacía, y en el fondo de las tazas se miraban los asientos que alguien podría leer para borrar el pasado, aclararnos el presente y revelarnos el futuro. A las dos nos hizo falta una adivina para que pudiéramos salvarnos de la desgracia que nos arrebató lo poco que teníamos: una corona ensombrecida y una vida que no era la mía.
Las cosas eran como eran y no teníamos para dónde hacernos. Por más que lo quisiera, Carlotita no podía darse el lujo de llamar a la mulata que le leía las cartas y los relingos del café a las damas de la corte, tampoco tenía manera de que viniera la saltapatrás que degollaba gallinas en el puerto privilegiado por la muerte.
Lo que hacían las señoronas era una costumbre irreprochable, pero si la Emperatriz lo intentaba, en menos de lo que canta un gallo la tacharían de loca irredenta o, si de plano le iba peor, le pedirían al arzobispo que la excomulgara por tener tratos con la Bestia y la puta de Babilonia. Dios sólo era uno más de los cabrones que le dieron la espalda.
Aunque mi vida no tenía gracia, Carlotita me pedía que nada me guardara. Si ahora me ves astrosa y mis dedos están retorcidos de tanto pedir limosna, yo era distinta. La vieja piojosa que tienes delante de ti era la última hija de una familia adinerada que tenía labrado su escudo de armas en la entrada de la casa. Los cuatro apellidos que hoy nada valen, sonaban tan recio que abrían todas las puertas.
Mis padres eran viejos y yo debía cuidarlos hasta que la guadaña se los llevara. Mi ropa eternamente negra y el olor a orines que me dejaban los pañales de mi madre eran los avisos que todos entendían. Nadie, absolutamente nadie podía pretender a una viuda sin difunto. Hasta antes de que llegara la Emperatriz, las venas oscuras guiaban mi futuro. Sólo después de que los enterráramos, y cuando ya estuviera anciana y aguada, mi hermano mayor quizás aceptaría que me dedicara a lo que se me diera la gana. Mi vientre seco y varicoso era la prueba de que había cumplido con mis obligaciones.
Ponciano estaba seguro de que me conformaría con vestir santos y nunca desvestiría a un marido borracho y putañero. Las bendiciones que le tocaron a su esposa no eran para mí. Con algo de suerte y después de que corriera el novenario de mis padres, él pagaría la dote para que pudiera entrar al convento como una monja coronada. Si eso ocurría, tres días enteros los dedicaría a visitar a los amigos de la familia para avisarles que me despedía de este mundo y, durante dos semanas completas, me quedaría parada delante del pintor que me retrataría vestida como una esposa de Cristo.
Ese cuadro sería el único recuerdo de mi existencia.
Pero las cosas no serían tan fáciles como te las cuento. Los asegunes siempre salen al paso para torcer los caminos derechos. Si la avaricia le acogollaba el bolso y Ponciano decidía gastarse mi dote en pitos y flautas, en un santiamén me convertiría en la tía arrimada que cuidaría a sus hijos malcriados y aguantaría los desplantes de mi cuñada. Sus gritos y sus pataletas serían las hojas de mi calendario.
Mi hermano menor no podría echarme la mano para que me emparedaran en el convento. El asesinato del padre Damián lo oscurecía manque no hubiera tenido vela en el entierro. Sus labios ni siquiera podían abrirse para decir esta boca es la mía. Después de la muerte de mi padre, Ponciano heredaría el puesto de mandamás de la familia y Enriquito tendría que bajar las orejas delante de su presencia.
No te hagas las cruces, la vida es como es y no hay más remedio que aceptarla. Mi tiempo en la corte apenas fue la tregua que los hombres de mi casa pactaron para quedar bien con el Emperador. Ellos necesitaban asegurarse de que sus negocios seguirían prosperando sin contratiempos. Las chuecuras que hacían con el mariscal Bazaine también tomaron el camino que llevaba al castillo.
El caso es que llegué al palacio vestida de luto y en un santiamén mi vida cambió. Durante tres años me bañé y me perfumé hasta que la peste de mi madre se borró de mi cuerpo; durante tres años, las telas negras no me cubrieron y pude sonreír con Carlotita sin miedo al castigo divino que me arrebataría la felicidad que se interrumpía por las necedades de la Dama Mayor.
Entiende lo que te digo y no te emociones pensando lo que no es. Aunque viviera al lado de Su Alteza mi historia estaba decidida sin que a nadie le importaran mis pareceres. Mi cuerpo condenado a la pureza nunca sería cubierto con la sábana santa que sólo tendría una abertura bordada. Manque soñara con ella, mis labios jamás pronunciarían la letanía que me transformaría en una mujer de a deveras. Por más que le pidiera un milagro, santa Afra me daba la espalda y las palabras que más deseaba se me quedaron atoradas en la garganta. La lengua se me resecó y se llenó de grietas sin que, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, pudiera decir lo que más anhelaba: “Dios mío, esto no es fornicio, esto es para hacer un hijo a tu servicio”.
A pesar de que el color de la sangre nos separaba, en eso nos parecíamos. Las dos éramos vírgenes y mártires. Sólo después de que pasó lo que pasó, tomamos caminos distintos. Carlotita seguirá presa en Miramar hasta que su hermano Polito termine de gastarse su fortuna, y yo vagaré por las calles hasta que los garroteros de San Hipólito me encuentren y me amarren. La jaula y los grilletes me persiguen sin que nadie se atreva a darme cobijo.
Lo que me pasa no es por mala ventura. La Dama Mayor se salió con la suya. Su venganza se me quedó pegada como si fuera el lodo del infierno. Mi camino a la desgracia estaba pavimentado con buenas intenciones.
A mí me viene guango si la soberbia me condena, pero la mera verdad es que nada tengo que agradecerle a don Pepe Blasio, el secretario de Maxi que cruzó el mar para atender la quesque locura de Carlotita. Yo entiendo que su buena voluntad estaba marcada por lo que no le cuadraba, pero eso no le daba derecho a hacerme lo que me hizo. Él, después de que miró las gallinas degolladas y las plumas ensangrentadas que adornaban los aposentos de Su Alteza, terminó de hundir mi existencia. La monja coronada y la tía solterona se ahogaron el día en que me dejó en el muelle.
Yo sé que quería ayudarme cuando me devolvió a México, pero don Pepe no se detuvo a pensar en los maleficios que me esperaban. La Divina Providencia sólo me auguraba una mentira siniestra. Mi futuro era idéntico a las natas que flotaban en las bacinicas de Maxi. Su enfermedad se nos había pegado a todos los que olíamos su presencia.
Cuando llegué a Veracruz, mi mundo estaba muerto y enterrado. Las tropas del indio maldito ya habían tomado la capital y el cadáver de Maximiliano estaba enterrado debajo de su escritorio en Palacio Nacional. Mis padres habían muerto colgados y mis hermanos terminaron delante del paredón. De ellos ni siquiera queda un recuerdo en las panzas de tierra que brotaron en las orillas de los panteones. La Bestia estaba suelta y sus garras no dejaron títere con cabeza.
Por más que pidieron un milagro, la venganza de los miserables también se cargó a sus mujeres. Todas fueron profanadas con una meticulosidad envidiable, y sus hijos acabaron encerrados en el hospicio donde la fiebre de las trincheras los asesinó en menos de lo que te estoy contando. Aunque a mí no me consta, yo podría jurarte que, después de lo que les pasó, ellas decidieron terminar con su vida, lo mismo me da si se colgaron o se tomaron un pocillo lleno de ácido prúsico. Lo que pasó después de que se difuntearon seguro que ya te lo imaginas: mis cuñadas arden en los calderos del diablo. Ése fue su castigo por negarse a cargar la cruz que les tocaba.
Tú sabes lo que pasa. Cuando Dios dice a llover, no queda de otra más que abrir el paraguas. La casa de mi familia también se perdió con las llamas que brotaron del infierno y, luego de que todos me negaron, terminé en San Hipólito. Ahí caminé hasta que los zapatos se acabaron y los ojos se me nublaron por las muecas de las viejas furiosas que se zurraban en sus jaulas para tener algo que llevarse a la boca. Yo no era como ellas y tuve algo de suerte. Como apenas tuvieron que darme un garrotazo para que no volviera a quejarme, las monjitas decían que yo estaba atreguada.
La desgracia no me atenazó nomás porque sí. A lo jodido nunca le falta una historia. La Dama Mayor me cobró con creces todas las que le debía, y me delató el mismo día que me vio vagando con el misal en la mano. Manque su familia olía a imperio, no padeció las mismas desgracias que la mía. Su marido sólo hizo lo que tenía que hacer: pagó para que siguieran vivos y, tantito después de que le retacaron las bolsas, el indio empezó a recibirlos en el palacio con los brazos abiertos.
Su pasado quedó sepultado y su hija baila con el patas rajadas. A la tal Margarita nomás se le retuercen las tripas. Si su marido le mete la mano a la chamaca es un asunto que a nadie le importa. Sus dedos chatos son una bendición para sus padres y el bastardo que le brotará de las tripas les dará manera de recuperar lo que perdieron. Las mujeres únicamente servimos para parir y, cuando nuestro vientre se queda yermo, nos volvemos un trasto viejo que sólo estorba.
Eso fue lo que me pasó, y eso fue lo que se llevó entre las patas a Carlotita.
Mírame bien, capaz que todavía queda algo de lo que fui. No te apures si no lo logras al primer golpe de vista, a mí me consta que caminar entre los muertos no es cosa de enchílame esta gorda. Manque no lo creas, yo entiendo lo que te pasa y siento la vergüenza que te carcome.
Tú no eres de aquí y lo que miras te hace dudar. Los borrachos que nos rodean están segurísimos de que soy una limosnera que cuenta sus chifladuras para atreguarse las tripas. Pero tú eres distinto.
Yo no te busqué, tú me encontraste para oír lo que nadie sabe.
II
Manque a mí nadie podía pretenderme, a Carlotita le sobraban propuestas. Antes de que Max se cruzara en su camino, la cola de los nobles que querían conocerla atravesaba siete reinos y cruzaba dos mares completos. Cómo estaría la cosa que el Papa los obligó a que dejaran libres los pasos para que la gente no se muriera con las costillas marcadas en el cuero. Afuera de su palacio se miraban los caballos y los elefantes, y lo mismo pasaba con los rinocerontes ensillados y las águilas inmensas que llegaban de los cuatro rumbos del mundo. Su padre no sólo la ponderaba como la princesa más hermosa de Europa, el rey Leopoldo también la había convertido en una pieza de sus planes.
No importa que no me creas, pero don Leo tenía fama de casamentero. Su buen ojo para los esponsales estaba calado. Cada matrimonio que pactaba quedaba marcado por sus virtudes militares, él sabía que el amor no tenía la fuerza para decidir las batallas que debían pelearse. Al mariscal que había derrotado a Napoleón, nomás le importaban las bodas que lo apuntalaban en el trono.
Por esta mera te juro que su poder se amacizaba gracias a lo que tenían entre las piernas sus familiares, lo mismo le daba si era el pellejo que les colgaba o si era la rajada que debía ser penetrada. Un parto a tiempo bastaba para que las alianzas quedaran selladas. Todo era cosa de que los hombres cumplieran la obligación que les tocaba. Lo demás eran florituras que a nadie le importaban. Después de que las mujeres parieran dos veces, a don Leo le daba lo mismo si les adornaban la frente con astas o si sus maridos engendraban setenta bastardos.
El deber era lo primero.
En esos días, su abuela era la única que la comprendía. “Los portugueses son igualitos a los orangutanes”, le advirtió en una carta que leyó en el momento preciso. Esa misma noche, Carlotita rechazó al emperador de esas tierras y su padre la miró como si estuviera chiflada. Lo que pasó después quedó proclamado y se supo en las cuatro esquinas del mundo. Los preferidos de su padre y la reina Victoria abandonaban el palacio de Bruselas con el orgullo herido y más de tres se sacaron los ojos para borrarse la imagen de la princesa más chula.
El desprecio y las malquerencias mesmerizaban el corazón de Carlota, pero todo cambió en un instante. En un abrir y cerrar de ojos, Maxi la hechizó hasta embrutecerla sin que tuviera que darle toloache. En cuanto lo vio, su destino quedó sellado y la desgracia empezó a lamerla. Luego de eso, nomás pasó lo que tenía que pasar, Carlotita eligió al pretendiente equivocado y aceptó la corona de las sombras.
Por más que se las repetían, las palabras de su padre y del príncipe Polito no le entraban en las orejas. La cera de su frenesí era más dura que las piedras de las murallas y las paredes que protegen los fuertes. Lo que le decían no era un secreto. El morbo corría por las venas de su enamorado y sus hijos podrían quedarse tirados con el cuerpo de charamusca y la boca colmada de espuma.
¿Quién podría asegurarle que en uno de sus ataques no se arrancarían la lengua y el muñón ennegrecido ahogaría su voz para siempre? Nadie, absolutamente nadie. Lo mismo pasaba con el mal que le ensombrecía el alma al menor de los Habsburgo. El pecado nefando era dueño de su cuerpo. Lo que te digo, todos lo saben: por más puteros a los que lo llevaron, no pudo curarse y su alma se perdió para siempre.
Las advertencias no paraban y la cantaleta se repetía con distintas voces. Cada vez que la pronunciaban, Carlotita dejaba la cuchara en el plato y sus labios se fruncían hasta que se le acalambraban los cachetes.
—Él te pedirá que le des la espalda para tomarte y tu alma se condenará para siempre —le advertía su padre sin miedo a perder la compostura.
Su hermano no le hablaba con tanta franqueza. Polito prefería machacarle lo que había dicho desde el día que Maxi llegó a Bélgica por primera vez.
—Ese pobre diablo es un segundón, un imbécil nomás tiene tiempo para sus ocurrencias y sus necedades —le remachaba con ganas de que abandonara la insensatez.
Polito no hablaba en el aire. Él tenía noticia de los chismes que corrían y empuercaban la sangre de Maxi. Cuando su madre recién lo había parido, luego luego se enteró de la muerte del duque cuyo nombre apenas mentaba. El dolor le secó los pechos y la vergüenza la obligó a darle la espalda a su hijo. No era para menos, más de un cortesano juraba que era un bastardo.
La primera vez que Maxi se apersonó en Bélgica, los planes del soberano se derrumbaron sin que pudieran enfrentarlo. Su largura y su barbilla huidiza, sus greñas doradas y su carácter que parecía festivo avasallaron a Carlotita. Por mejores que fueran las armas de don Leo, no lograron derrotar a la Bestia que bufaba en el infierno. Ella estaba acomodando las piezas para que ocurriera lo inevitable y, al final, Dios fuera derrotado en la batalla definitiva. La sangre del Habsburgo y el encierro de Carlota fueron el precio para que el patas rajadas y sus secuaces pudieran escupir sobre la cruz y proclamaran el reino de la Puta de Babilonia.
Polito lo había conocido en uno de sus viajes y, nomás para confirmar sus mañas, Maximiliano confundió la cortesía con la realidad. Una cosa es que te inviten de dientes para afuera y otra muy distinta es que de verdad quieran recibirte.
Ellos eran distintos. El hermano de Carlotita era un moralista de siete suelas, un hombre retraído y reseco que vivía atormentado por los malos sueños. Según él, todos querían robarle y conspiraban para destruir el reino que heredaría. Los franceses, los austriacos y cualquier pelagatos eran un peligro para que la corona llegara a sus manos. El tiempo en que se convertiría en el noble más rico de Europa todavía no llegaba, y los negros del Congo aún no sentían los látigos que transformaban la sangre en oro.
Max era diferente. Sin miedo al ridículo, hacía piruetas y rebotaba de un lado a otro cuando el aburrimiento lo amenazaba.
Cretino era y cretino se murió.
En una de las tardes chocolateras, Su Alteza Virgen me contó que, la primera vez que cenó con su hermano, Maxi se mostraba como alguien burlón y divertido; pero, en cuanto les sirvieron la última copa, se transformó por completo. El sudor de la melancolía le mojaba los sobacos y las lágrimas no tardaron en brotar.
Por más que se hacía las cruces, Polito no podía entender quién diablos era la persona que tenía enfrente. Lo único claro era que su desgracia se había transformado en ansias de riqueza. Sólo el oro podía sanar sus pesares y atreguarle la bilis negra que le carcomía la sesera. Lo que pasaba tampoco era un secreto.
En el Palacio de las Ventanas Verdes, Maxi había conocido a la princesa María Amelia de Braganza y, en ese instante, su corazón se chamuscó en el fuego del pecado. Su frialdad morbosa y sus ojos opacos eran el complemento perfecto de las ojeras y la delgadez que le aplanaba el cuerpo. Cada vez que la tocaba y la lamía, mandaba al diablo los mandamientos y le rezaba al olor que se le quedaba en las manos y los labios.
A Maxi no le importaba que ese pecado condenara su alma. Ellos se comprometieron en secreto y, sin necesidad de discutir el tamaño de la dote que debería entregar, el Emperador de Brasil aceptó el cortejo sin que le pesaran las habladas. La alianza con los Habsburgo apenas le costaría unas monedas.
—El amor es un buen negocio —le dijo a su guardasellos con una sonrisa que sólo los barberos podrían borrarle.
Maximiliano era el amante perfecto y los susurros que corrían en el Palacio de las Ventanas Verdes se le escurrían como si fueran una llovizna pinchurrienta. Su presencia ahuyentaba a los chaperones y el confesor de María Amelia se persignaba antes de dejarlos solos. Sin miedo a lo que se oía, el amo de Brasil los dejaba hacer y se felicitaba por emparentar con los Habsburgo. Los gemidos de su hija apenas eran un adelanto del escuincle que le brotaría de las entrañas.
A pesar de las manos sin cadenas, sus amoríos no llegaron a buen puerto. La muerte los esperaba en los rincones del jardín. Los tosidos de la princesa apenas se sosegaban cuando su pañuelo quedaba ensangrentado. La dulce olor de las flemas se adueñó de su boca y sus dientes se tiñeron por los coágulos que no paraban. Al final, la tisis se llevó a su prometida.
A Maxi no le quedó más remedio que conformarse con el mechón que le cortó antes de que la enterraran. Manque el dinero que le daba su hermano apenas le alcanzaba para sus desvaríos, él suplicó que lo dejaran pagar su embalsamamiento. María Amelia se merecía al mejor muertero y su cuerpo debía cubrirse con la parafina más transparente.
El marido de Carlotita no se desentendió de su cadáver para perderse en las nimiedades que tanto le gustaban. La visita a la sepultura de María Amelia jamás fue olvidada. Los que se atrevieron a acompañarlo a Querétaro cuentan que, mientras caminaba hacia el paredón, sólo repetía su nombre con ansias de que le abriera las puertas del Cielo. El anillo que nunca se quitaba y donde guardaba los pelos de María Amelia lo acompañó hasta que los fusiles lo despacharon al otro mundo.
Hoy nada queda de sus amores.
La momia de María Amelia está en una tumba abandonada y el anillo terminó en manos del fulano que se lo compró al matasanos que lo estaba embalsamando. Los harapos del Emperador tenían buenos precios y el doctor Basch se retacó las bolsas hasta que lo sambutieron a la cárcel y lo asesinaron por andar vendiendo reliquias. El cuento de que se ahorcó en su celda es una mentira y lo mismo pasa con los fulanos que aseguran que se devolvió a su tierra. Yo anduve por Europa y, por más que pelaba los ojos, nunca lo vi.
III
A pesar de que la muerte de María Amelia le había secado el corazón, Maxi no podía darse el lujo de convertirse en un soltero enlutado. Las casas que anunciaban sus servicios con faroles colorados y los barcos que cruzaban los mares no le alcanzaban para vivir como quería. Los cuerpos sudosos que reclamaban unos fuetazos estaban más allá de su alcance y sólo lo llevaban a cometer el pecado de Onán. Lo que se sabe no puede negarse. Sus entretenes eran más caros y lejos estaban de la casa con tres patios y quince criados que tenía mi familia. Lo suyo era lo retorcido que apenas podía disimular con sus naderías.
Para colmo de su mala fortuna, la pensión que le daba su hermano no le alcanzaba para pagar sus deudas y, nomás por ser un segundón, tenía el quehacer de hallar una mejor posición. Él era igualito a mi hermano menor y, como debía de ser, tomó el mismo camino. Un matrimonio por conveniencia era mucho mejor que aceptar la quiebra que lo rondaba. El castillo de Miramar costaba una fortuna y la construcción no tenía para cuándo acabarse. ¿Quién quita y por eso fue que la invitación de Polito se volvió realidad en menos de lo que canta un gallo? Por esta mera te juro que la respuesta a esa pregunta me queda grande, pero lo que sí es verdad es que, cuando se apersonó en Bélgica, sus intenciones no estaban claras. Sus ojos bobalicones y la sonrisa que tenía labrada en la jeta podían destantear a cualquiera. Su liviandad era la máscara perfecta.
Polito lo recibió con frialdad. De dientes para afuera, su presencia apenas era un descanso antes de que se fuera a otras cortes para escoger a la novia que le cuadrara. Sin embargo, lo que podía pasar nomás no se le salía de la cabeza. Carlotita estaba en edad de merecer y, si él la descuidaba, podía terminar metiendo las cuatro para enlodar sus blasones.
Cuando el cochero jaló las riendas, la fatalidad arañó el palacio de Bruselas. Las flores que Max tentó no volvieron a retoñar. Las que no se secaron perdieron el blanco inmaculado y el color de la avaricia se adueñó de sus pétalos. A Carlotita nada de esto le calaba. Desde que lo vio, empezó a portarse como una imbécil y, cuando el Habsburgo volvió a tomar camino, don Leo estaba endiabladísimo por los descaros de su hija.
—Yo sé que la vulgaridad está de moda, pero tu hermana exagera —le dijo a Polito con ganas de desahogarse.
Su hija se había brincado las trancas y las habladurías empezarían a perseguirla. El ya te enterastes retumbaría en todas las cortes. Las palabras de la mujer del hermano de Maxi no respetaban las riendas. La lengua de Sissi todo lo envenenaba.
Durante tres días su padre apenas le habló y, con tal de consolarse, le escribió una carta a la reina Victoria. “Carlota es una joven impresionable y parece haberse enamorado del Habsburgo con un frenesí novelesco”, le contó a la soberana con la muina enquistada.
Algo de razón tenía. Tú sabes que la Bestia escribe las novelas francesas y sus palabras le roban la razón a las jóvenes que se quedan atrapadas en sus páginas. El frenesí de andarse tentaleando y de buscar lo que no se debe se desbordan en los libros del infierno. Carlotita las leía y a lo mejor por eso le escribió a su abuela para contarle sus pasiones.
Las cuatro páginas que retacó de palabras apenas le alcanzaron para decirle que Maximiliano era guapísimo y que su difunta madre le aseguraba que la envidiaba por su suerte.
—Ese hombre tiene que ser tuyo —le dijo su mamá antes de desvanecerse.
Lo que contaba no era raro. Desde que la habían enterrado, ellas se hablaban en sueños y no necesitaban intermediarios para entenderse.
De nada sirvieron las furias de su familia. Las cartas que Maxi le mandaba terminaron de hechizarla y confirmaron su noviazgo. Por más que todos se hicieran las cruces, Carlotita no podía entender que el amor de lejos es de pendejos. Manque ella le rogaba, a su pretendiente no se le pegaba la gana acercarse. El mar y las suripantas estaban por delante, y las camas separadas ya se asomaban en el horizonte.
La historia del gran amor fue una mentira, su matrimonio apenas era el reflejo de la ley del embudo. Los furores de Carlotita nunca tuvieron dónde reflejarse y los humores de la matriz se le treparon a la cabeza. El fuego que jamás se apagó la condenó a las sombras. Por más que se las deletreen, la gente no entiende que hay palabras que sólo se escriben porque tienen que escribirse, pero yo soy distinta y en la cabeza guardo memoria de las cartas que Su Majestad me dejó leer en nuestras tardes chocolateras.
Cada uno de esos papeles empezaba con la línea que se mantuvo más allá de los rencores. Aunque los flujos de la india y las humedades de las cortesanas le dieran en cara, el Emperador jamás dejó de ser su ángel bien amado. La cruz que cargaba guiaba su pluma.
Por más que se hiciera la loca, Su Alteza Inmaculada no podía engañarse. Sus cartas podían caer en manos de las personas equivocadas. Nadie debía enterarse de lo que pasaba más allá de los papeles y las palabras precisas. Su vida no resistiría el cañonazo de la verdad. El secreto del gálico tenía que mantenerse.
La segunda vez que se vieron todo fue para peor. Si Carlotita estaba feliz era lo de menos, Maxi se portó como el pelagatos que era y Polito no tuvo más remedio que tolerarlo. Pasara lo que pasara, a él no le quedaba de otra más que aguantarse los chorrillos que le daban por la bilis que se le derramaba. Una ofensa a su futuro cuñado ensombrecería las relaciones con los austriacos y el futuro de su trono quedaría en vilo.
Las historias de lo que pasó las supe por boca de Su Majestad y una de ellas se me quedó labrada para siempre.
—Las cosas son como son y no hay más remedio que aceptarlas —le dijo Maximiliano al príncipe Polito en una de las salas del palacio—. Ya decidí que no le haré más de cuatro hijos a tu hermana, mis recursos no me permitirán mantener a más. Tendremos dos niñas y dos niños, el primero será marinero y el otro cardenal. Tener un Papa en la familia es algo que no puede dejarse de lado, con un poco de suerte la Iglesia me dará una buena pensión y no tendré que conformarme con las miserias que tu padre me ofrece como dote.
Polito prefirió no contestarle, pero Maxi siguió con sus sandeces. Las copas que se había metido entre pecho y espalda lo obligaban a soltar la lengua.
—Tengo la impresión de que, a pesar de sus defectos, tu hermana será una buena esposa. Ella es pequeña y yo soy alto, como debe ser. Ella es morena y yo soy rubio, lo que también está bien. Ella es muy inteligente, aunque tiene un poco de mal carácter, pero finalmente nos entenderemos. Tú sabes que las mujeres tienen dos educaciones y sólo una es la que vale, los malos modos que aprenden con su familia los corrige su marido. No pienses mal, tu hermana solamente necesita una mano firme. Con ella, el látigo sale sobrando.
Ese día, Polito se levantó del sillón y se largó sin decirle nada a su futuro cuñado.
Después de eso, nunca volvieron a quedarse solos. La institutriz de Carlotita miraba al Habsburgo con ojos de vaca cuando le exigía que se largara, y los chambelanes empezaban a rezar si les ordenaba que cerraran la puerta. Por más que quisiera, el segundón no podía salvarse de la vigilancia.
La deshonra de María Amelia no podía llegar hasta Bélgica.
Aunque su padre y su hermano casi se sentían tranquilos, el día que el austriaco se fue, Carlotita se volvió a brincar las trancas de la decencia. Delante de todos lo besó al despedirse, y con tremenda jeta el rey Leopoldo lo dejó con la mano extendida.
Lo que había pasado era imperdonable. Si Carlotita iba a cumplir su capricho, por lo menos tendría que contenerse para no enlodar a su familia.
IV
Tú no estás para saberlo, pero te juro que algo de envidia le tengo. Mientras yo agachaba las orejas y metía la cola entre las patas, Carlotita se paraba con los brazos en jarras. Sus enaguas estaban mejor fajadas que las mías. Costara lo que costara, ella estaba dispuesta a salirse con la suya. Por más que quiso evitarlo, el emperramiento se apoderó del palacio y don Leo dobló las manitas. El zumbido de la guadaña echa para atrás a cualquiera.
No te hagas el que no me entiende, yo hablo más claro que las palabras que se graban en las imprentas. Carlotita estaba decidida a dejarse morir si no se casaba con el hombre que le desgobernaba las pasiones. Sólo el cuerpo de Maxi podía alejarla de las pesadillas donde el Hijo de Dios se le aparecía sin taparrabos. Nadie, ni siquiera yo, era capaz de atreguar las llamas que se alimentaban de sus humedades. Las tres veces que nos besamos y nos tentamos no sirvieron para nada, lo nuestro apenas era una amistad romántica que palidecía delante de lo que podría pasarnos con los hombres que jamás nos tocaron.
Al principio, don Leo estaba convencido de que esa terquedad sólo era otra de las manías de su hija. Desde niña, Carlotita siempre había sido rarita. A pesar de que la corte mirara para otro lado y los nobles se cosieran los labios, no le faltaban sus detalles. Pero antes de que llegaran los fríos, los estragos de los pesares se le notaban a leguas.
El mal de amores le resecaba el cuerpo y la tiricia le ahuyentaba el sueño. Su cabeza estaba perdida en las tinieblas de la bilis, y sus entrañas se llenaban de ampollas por la lumbre que no se apagaba. Aunque su padre se hiciera las cruces y le buscara la cuadratura al círculo, ya no tenía para dónde hacerse. De nada valía que toda la familia tratara de impedir lo que todos sabían: Carlotita estaba encaprichada en volverse polvo enamorado.
—Si el amor es una obligación, prefiero morirme de una vez a vivir atada a la persona que repudiaré hasta el último de mis días —le decía a don Leo cada vez que intentaba convencerla de que Maxi no era para ella.
Lo que se veía no podía negarse, su hija tenía prisa para dar el último paso.
La huesuda estaba delante del soberano y su lengua carroñera lamía a Carlotita. El fantasma de María Amelia de Braganza se estaba adueñando del cuerpo de su hija. Las toses con esputos colorados pronto se verían en los pañuelos blancos bordados con hilos blancos. La tísica la obligaba a seguir sus pasos.
Las nuevas mañas atormentaban a don Leo como el más puntiagudo de los cilicios. La princesa se miraba en los espejos para asegurarse de que seguía parpadeando, y delante de todos contaba las puntadas de sus guantes para comprobar que su número no detendría los pasos de su amado. Los pares eran peligrosos y los nones abrían el camino que llevaba a Bruselas.
—Necesito otros —le rogaba a la criada después de que desgarraba los que le habían traído.
Las mil trescientas quince puntadas no podían cubrir sus manos.
Para colmo de la calamidad, Carlotita apenas salía de sus aposentos que se oscurecieron a fuerza de cortinajes y crespones. Los moños negros eran el anuncio de la muerte elegida.
En esos días largos y tenebrosos, el murmullo del nombre de su novio era lo único que interrumpía el silencio.
—Max, Maximiliano; Max, Maximiliano —era la retahíla que pronunciaba manque la boca y la lengua se le agrietaran.
Por más que la sed la martirizara y su confesor le rogaba para que volviera al redil, Carlotita siempre le contestaba lo mismo.
—Nada tengo que confesarle, nada tengo que hacer. Mis sufrimientos son una manera de suplicarle a Nuestro Señor que me haga el milagro de que mi amado siempre esté a mi lado. Cristo sabe que mi alma no puede perderse.
Cuando terminaba su cantinela, Carlotita volvía a repetir la letanía que sólo tenía dos palabras que eran la misma. Ellas imploraban la llegada del hombre que todo lo sanaría y la llevaría al paraíso de la carne. Los dieciséis años que tenía no alcanzaban para justificar sus arrebatos. La princesa tenía dos más que la tal Julieta que se arrancó la vida con tal de sanar las dolencias del mal de amores.
El tiempo se transformaba en una mortaja. Delante de su hijo, don Leo besaba la cruz de su rosario para jurarle que los espectros, la tisis y la demencia eran los amos del palacio. Por más que Polito pensara lo contrario y le insistiera en que llamaran al matasanos, el monarca no usaba el nombre de Dios en vano. Las ánimas del infierno lo perseguían sin darle cuartel.
En las noches, los crujidos de la maderas y el ruido de los pasos que nadie daba le retumbaban en la cabeza. Mil veces podía abrir la puerta de su recámara y mil veces el corredor estaría vacío. El guardia que se veía a lo lejos apenas era parte del mobiliario y su mirada seguiría clavada en la pared.
Hablar con el obispo tampoco venía al caso. Pedirle a su capellán que bendijera los corredores era peligroso. En el preciso instante en que todo lo salpicara con agua bendita, los cortesanos empezarían a dudar de su cordura. Y, en un santiamén, su trono quedaría en riesgo. El miedo a que lo tacharan de lunático encadenaba sus ganas de llamar a los hombres que hablaban con los muertos. Ellos, tal vez, podrían aquietar el ánima de la tísica que se ensañaba con Carlota, pero los espiritistas no llegaron al palacio y su hija jamás fue hipnotizada.
El chance de que vinieran los mesmeristas también estaba cancelado: los imanes y la electricidad nada podían en contra de la difunta. Manque no quisiera reconocerlo, su padre conocía el nombre del mal que se la estaba comiendo: la histeria pronto se convertiría en epilepsia. El crujido de los huesos de la Muerte lo obligó a bajar la cabeza y aceptar lo inaceptable.
Por más que se le retorcieran las tripas, don Leo tuvo que tragarse el sapo. La carta que le mandó a Maximiliano era el reconocimiento de su derrota. “Puedo anunciaros que mi hija consiente en el matrimonio y lo prefiere a los otros partidos”, le escribió sin que el segundón se tomara la molestia de pedirle su mano.
Sus desplantes valían menos que la vida de Carlota.
Al cabo de unos días, Maxi aceptó con unas líneas casi floridas, pero el amor no formaba parte de sus planes.
Manque la boca le supiera a hiel, don Leo tenía que invitarlo a su palacio. La boda de su hija no era una tontera y los detalles debían firmarse en el concordato que se afianzaría con las leyes del cielo y la tierra. El futuro de Bélgica no podía caer en manos de un blandengue, de un palurdo al que sólo le importaban sus estupideces.
El rey era supersticioso. Por eso le pidió al segundón que se apersonara hasta diciembre. Noviembre era el mes de las desgracias y los muertos que se escapan de sus tumbas para envenenar al mundo con el polvo de su sudario. El tiempo de las hechiceras y los gatos negros no era propicio para acordar el matrimonio de su hija. La sangre de las vírgenes que las brujas le ofrendaban al Coludo torcería la vida de Carlotita. Pasara lo que pasara, el ánima endiablada de María Amelia no podía estar presente en las negociaciones.
