Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
"La mirada del señor presidente era idéntica a la de un animal muerto. Apenas movió la cabeza para aceptar las palabras de Escobedo. El horno no estaba para bollos y valía más llevar la fiesta en paz. A pesar de la victoria le sobraban enemigos, y el comandante en jefe debía seguir a su lado. Por más que le llevara la contra no podía darse el lujo de perderlo. La presidencia valía más que su furia." Bestia negra de los historiadores conservadores, ídolo impoluto de los liberales, Benito Juárez fue siempre una figura controvertida, mucho más compleja de lo que ambas visiones dejan atisbar. Alejado de los extremos en que se sitúan la hagiografía y el pasquín furioso, José Luis Trueba Lara presenta a un político hábil, lleno de claroscuros, amado y temido por igual. En esta novela coral, con la que el autor continúa su exploración narrativa por la historia de México, se asoman las voces de Margarita Maza, Concha Miramón, Porfirio Díaz, Ignacio Zaragoza, la emperatriz Carlota y otros personajes de la época. Sus distintas tesituras tejen el retrato de uno de nuestros presidentes más fascinantes y de una de las épocas más convulsas de nuestro pasado.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 494
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Este libro es para Ismael,la sonrisa que alimenta mi libertad
En México hemos tenido bastante ignorancia para despreciarnos como pueblo y nos hemos entregado al culto patrio antropolátrico […] tenemos libros de historia en que en cada nombre hay un Júpiter, en cada palabra una hazaña, en cada letra un himno; nuestro vicio ha sido fabricar héroes y glorias patrias.
FRANCISCO BULNES,El verdadero Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma
Juárez fue mi ídolo por sus virtudes, porque él era la exaltación de la ley, [pero ahora] me asusta contemplar a Juárez revolucionario, inerte, encogido, regateado, ocupándose de un chisme o elevando a rango de cuestiones de Estado las ruindades de una venganza. ¿Cuál es el derecho de este hombre? ¿Cuál es su fuerza? ¿Pues así, por medio de una treta de tramoyista, se subvierten los destinos de un país? ¿Es virtuoso romper la ley?
Fragmento de una carta de GUILLERMO PRIETOa Francisco Zarco
I
Benito
Satán detenía el viento. Los enemigos fusilados sólo podían celebrarse con la fetidez de la muerte y la ruina de la ciudad levítica. Cuando las tropas la rodearon, sus órdenes fueron implacables: no debía quedar piedra sobre sobre piedra, y las cenizas de las siembras habrían de cubrirse con sal para que nada brotara de los surcos. La furia de las maldiciones que aprendió en el Seminario se volvería real en el lugar que no merecía una pizca de clemencia. La población que desde siempre le dio la espalda para encandilarse con sus rivales sería borrada en todos los mapas. En el preciso instante en que sus exigencias se cumplieran, los tipógrafos dejarían de hurgar en sus cajas para buscar las letras que señalarían el lugar arrasado. Querétaro desaparecería de la faz de la tierra y su nombre apenas podría invocar a los espectros. Su venganza sería perfecta, pero el general Mariano Escobedo se negó a obedecerlo.
—Con la derrota y el paredón es suficiente —le dijo mientras aguantaba el golpe de los ojos abotagados y sin brillo. La mirada del señor presidente era idéntica a la de un animal muerto.
Aunque las ansias de llenarse el pecho con el olor de lo chamuscado le carcomían el alma, apenas movió la cabeza para aceptar las palabras de Escobedo. El horno no estaba para bollos y valía más llevar la fiesta en paz. A pesar de la victoria le sobraban enemigos, y el comandante en jefe debía seguir a su lado. Por más que le llevara la contra no podía darse el lujo de perderlo. La presidencia valía más que su furia.
La calle estaba vacía, las sombras que brotaban de los cadáveres apenas tenían fuerza para arrastrarse sobre las banquetas reventadas por las explosiones. Las raíces que se asomaban entre las piedras eran los tentáculos que atrapaban a las almas para llevárselas a las profundidades de la tierra. Ninguno de los defensores pudo confesar sus pecados antes de que la metralla le reventara los hilos de la vida. Todos se fueron al infierno sin que un cura les trazara la cruz en la frente. Las ranas echarían pelo antes de que tuvieran la dicha de sentarse a la diestra del Padre. El nombre de Dios en los labios no bastó para que les abrieran las puertas del Cielo.
Nuestro Señor también estaba derrotado. San Pedro huyó de su puesto antes de que el gallo volviera a cantar, y el trono del Rey de Reyes se hallaba vacío. Las banderas negras con cruces coloradas y águilas imperiales jamás volverían a levantarse. Los defensores de la fe tendrían que esperar el juicio final para hincarse frente al ángel que los bendeciría antes de lanzarse en contra de los demonios y los impíos. Lo que ocurrió en los templos estaba a la vista de todos: cuando los rojos entraron a la ciudad, el agua bendita se convirtió en lodo y tenía el olor de la sangre.
Poco a poco, el ruido del carruaje y las herraduras se fue imponiendo.
Los muelles de fierro templado a fuerza de martillazos crujían y amenazaban con quebrarse en cada hoyanco. Por más que lo intentaba, el cochero era incapaz de esquivarlos. Las huellas de las explosiones parecían infinitas. Su destino era preciso, el gobernador del estado destripado lo esperaba en el atrio del Convento de las Capuchinas.
Esa mañana era distinta. Las cortinas de terciopelo apolillado estaban amarradas a ambos lados de las ventanas de la berlina. Los cordones que las sujetaban ya no eran dorados, la grasa de las manos y el polvo de los caminos norteños los habían opacado.
Juárez necesitaba que su mirada se colmara de muerte. Sus ojos se detenían en los colgados que le hacían valla. Las lenguas hinchadas, las huellas de los orines y los perros carroñeros que los husmeaban antes de arrancarles un trozo lo forzaban a verlos. Ninguno ladraba, pero la baba espesa les escurría del hocico. Las mulas con la panza hinchada, los cuerpos mutilados y las casas despanzurradas lo obligaron a abandonar su cara de esfinge.
Nadie estaba a su lado; su escribanía y el cuero de los sillones eran sus únicos acompañantes. Por primera vez en mucho tiempo hizo a un lado las marrullerías y se atrevió a mostrar lo que sentía. La sonrisa le remarcó las arrugas en la piel reseca y acentuó la cicatriz que le brotaba del labio. Esa marca no era el recuerdo de un combate, su única herida nació en sus juegos de niño.
—Es una lástima que Escobedo no la haya incendiado —murmuró con ganas de conformarse por las órdenes que se quedaron entrampadas en los oídos sordos.
Las nubes estaban enrojecidas, absolutamente inmóviles.
La lluvia de sangre quizá caería sobre Querétaro para remachar la muerte de los primogénitos. El hambre, las plagas y la guerra se los llevaron para siempre. Sus ánimas se refugiarían en las callejas retorcidas para huir de la luz de la luna. Ahí se quedarían agazapadas hasta que entrara el borracho que moriría con el cuello desgarrado o enloquecería al encontrarse con los espíritus que jamás conocerían el descanso.
Los pocos sobrevivientes se transformaron en los veteranos marcados por las garras de la parca. Ellos eran los niños que perdían la vista por las penurias, los dueños de los rostros donde los jiotes trazaban mapas blancuzcos, los cuerpos condenados al raquitismo eterno. Cada vez que los miraran, las huellas de sus desgracias apremiarían a los suyos a recordar la victoria del indio. Su traición quedaría labrada en su descendencia, la maldición del patas rajadas llegaría hasta la tercera y la cuarta generación de sus rivales.
El cochero jaló la rienda. Habían llegado al lugar preciso.
Juárez esperó a que uno de sus guardias le abriera la puerta. El señor presidente no podía rebajarse a girar el mismo la manija y desplegar la escalerilla del carruaje.
En su mano estaba el bastón que le regalaron en Zacatecas. Eso fue lo único que logró salvar el día que el general Miramón estuvo a punto de capturarlo. Cada uno de los dos mil pesos que había costado eran una buena razón para negarse a abandonarlo y, además, rimaba a la perfección con los gruesos eslabones de la leontina rematada con el triángulo que enmarcaba al Ojo del Supremo Arquitecto y el reloj que apenas se atrasaba lo necesario para mostrar su buena factura. Esas joyas contaban dos momentos de su historia: el día que dejó de ser un muerto de hambre y los tiempos en que se sumó a la asonada de Juan Álvarez y Nacho Comonfort para llegar al poder de a deveras.
Bajó con calma. Los escalones de la berlina rechinaron bajo su peso.
Se apoyó en el bastón, sus ojos se detuvieron en los techos cercanos.
A todos esos techos les habían arrancado el plomo con tal de mantener la esperanza de derrotarlo. Las balas que de ellos nacieron fueron incapaces de romper el sitio y no lograron detener el avance de sus tropas. Si los curas las bendijeron y se hincaron para rezar delante de los hornos y los crisoles era lo de menos: los imperialistas, los retrógrados y los ensotanados se quedaron arrinconados como ratas hambrientas. A pesar de las balas sagradas y los ruegos, nadie pudo salvarlos. El general que partió en busca de refuerzos los abandonó a su suerte huyendo como un cobarde.
Respiró profundamente.
Su pecho se infló sin alcanzar la altura de su barriga fofa.
El miedo a que la podredumbre se le metiera en el cuerpo y lo enfermara jamás lo tocó. A él, los vientos le hacían lo mismo que al abanico.
—Bienvenido, señor presidente, es un honor tenerlo aquí —le dijo el gobernador mientras hacía una tímida reverencia.
Delante del victorioso, valía más curvar el espinazo sin ofrecer la mano. Juárez tenía la soberbia herrada en el alma y ni en broma hablaba del perdón. Era la encarnación de la venganza, de la banda tricolor y la silla del águila; en nada se parecía a Mariano Escobedo o al difunto general Zaragoza. Desde el día que empezaron los plomazos, siempre le sacó la vuelta a las batallas y nunca pidió un fusil para estar hombro con hombro a los suyos. La furia de la ley y los decretos eran sus armas. Un artículo olvidado o uno escrito a modo le bastaban para vengarse. La justicia, el dinero del gobierno y los negocios al amparo de las leyes que podían torcerse apenas tenía unos cuantos destinatarios: él y sus fieles.
—Por favor, acompáñeme —remató el político que debía aguantar la mudez del indio que ocultaba sus talones callosos en zapatos de cabritilla.
Junto a la puerta que llevaba al entresuelo del convento los esperaba un achichincle. El hombre con las greñas tiesas y la ropa astrosa cumplió sus órdenes a la perfección. Sólo Dios sabe cómo pudo aguantarse las ganas de rascarse para atreguar al piojerío que le carcomía la cabeza, los sobacos y la pelambrera del bajo vientre.
En silencio y con los ojos clavados en el piso le entregó la lámpara de aceite a su patrón. La llama era intachable. Siete veces lo habían obligado a bajar para asegurarse de que la luz fuera perfecta. Por ninguna razón, el señor presidente podía quedarse en penumbras. Los rumores de que la oscuridad le disgustaba no podían echarse en saco roto.
Los movimientos de Juárez eran lentos.
El tiempo y las incontables pisadas habían desgastado las escaleras que caracoleaban hasta las profundidades del convento.
Ni por asomo, el gobernador se atrevió a tratar de ayudarlo.
El señor presidente no toleraba que lo trataran como el viejo que era. Sus más de sesenta años y las huellas del maleficio que lo condenó a la vida nómada debían ignorarse. El impasible, el eterno, el omnipotente era incapaz de darse el lujo de ser un anciano decrépito. La espalda más recta que una tabla recién cepillada, y los pelos que se mantenían negros a fuerza del aceite de los huesos de mamey tatemados le bastaban para mantener la apariencia. Poco faltaba para que se untara clara de huevo en las patas de gallo con tal de esconderlas. A pesar de esto, la vejez se le notaba a golpe de vista. Por más que lo quisiera, era imposible disimular las bolsas que le hinchaban los párpados, los cachetes flácidos y la papada que a ratos se desparramaba sobre el cuello corto y grueso.
A cada paso que daban, el hedor era más fuerte.
El espesor del silencio fue lo primero que lo sorprendió. Ningún zumbido lo interrumpía. Las moscas acorazadas no tenían necesidad de adentrarse en el entresuelo y mucho menos se internaban en el sótano para husmear entre los triques olvidados y los muebles destartalados. Los destripados que seguían tirados en las calles les bastaban para atragantarse y desovar. Poco faltaba para que las larvas se desparramaran sobre los adoquines y los empedrados.
Por más que el general Escobedo se lo pidió, Juárez se mantuvo en sus trece: ningún enemigo debía ser enterrado, los nuevos dueños de la ciudad serían los zopilotes, las ratas hambrientas y los perros carroñeros. Si el general se había negado a obedecer su antema, por lo menos debía complacerlo con esto.
—Déjeme solo —le ordenó al gobernador que se largó sin pronunciar una palabra.
El entresuelo era mucho más alto de lo que imaginaba. Las paredes estaban carcomidas por el moho. En algunas, los ladrillos se revelaban como llagas incurables. Aquí y allá se veían las rajaduras que provocaron los temblores y los cañonazos. La oscuridad del sótano apenas se asomaba entre los gruesos tablones del piso y en las escaleras que descendían para ser devoradas por la negrura.
En silencio avanzó hasta llegar frente al cadáver.
Maximiliano colgaba del techo, su cuerpo estaba desnudo y de cabeza. La piel se le pegaba a los huesos, la podredumbre le trazaba arroyos en la cara. El hambre provocada por el sitio lo había transformado. Su larga barba y sus cabellos rizados eran un mazacote hediondo. Las inyecciones de parafina y el tanque con arsénico nada pudieron en contra de la putrefacción.
Las intentonas del doctor Licea estaban condenadas al fracaso: al cabo de unas semanas, el ataúd donde por fin lo metieron se rajaría por la presión de los gases corruptos. El cristal que mostraba su rostro se convirtió en una telaraña que se quebró cuando alguien se atrevió a tentarla.
Se acercó para mirarle la cara.
Las ganas de tocarlo apenas duraron un instante.
Le habían sacado los ojos y sobre la mesa estaban los globos de vidrio que le arrancaron a la estatua de Santa Úrsula. Las gruesas vetas que brotaron por el uso impedían que rodaran hasta volverse añicos en el piso.
Ésa era la primera vez que lo veía.
Por más que se lo pidió, nunca aceptó encontrarse con él. Su orgullo lo obligaba a mantener distancia. Maximiliano tenía la alzada de la nobleza, sus cabellos eran arroyos de oro y sus ojos remarcaban la claridad de la buena sangre. La fotografía que seguramente les habrían tomado revelaría lo inocultable. En menos de lo que canta un gallo, las litografías de los periódicos se burlarían de su apariencia. Un indio panzón y chaparro nada podía delante del gigante Habsburgo. A nadie le importaría que se pusiera su mejor levita o se calzara el más alto de sus sombreros. La cima de la copa sólo acentuaría el escaso metro y medio que medía.
Lo que le habían contado era cierto.
Por más que los muerteros sudaron la gota gorda, no pudieron sambutirlo en el ataúd después de que lo fusilaron y lo ensabanaron. Las piernas se desbordaban y tuvieron que arrancarle uno de los lados a la caja. Los tacones de sus botas labraron las hendiduras de su último recorrido. Eso era mejor que quebrárselas a marrazos. Aunque estuvieran derrotados, los imperialistas habrían impedido la profanación de su cuerpo.
—Cuando el indio encanece, el blanco ya no aparece —susurró mientras recargaba todo su peso en el bastón que apenas se curvó.
En su murmullo, la verdad se mostraba sin velos. Juárez estaba condenado a ser el que era.
Las palabras que le dijeron cuando era diputado aún le retumbaban en las orejas. Ese conservador le vio los zapatos, le acarició la solapa y, al final, lo miró a la cara con una sonrisa que quemaba el alma.
—Cuero de Boston, casimir inglés y cabeza de indio —le dijo con sorna antes de largarse y dejarlo solo en el Congreso.
El Ojo del Supremo Arquitecto del Universo, el piso ajedrezado y las columnas de Salomón que adornaban la Cámara no sirvieron para un carajo. Por más que lo deseara, se tuvo que tragar su respuesta. Él no era la piedra cúbica, apenas podía mirarse como un tepalcate recién llegado de Oaxaca y que apenas levantaba la mano para obedecer a su amo.
No tenía caso que siguiera ahí. Las cuencas vacías del emperador eran incapaces de desafiarlo.
Después de escupirlo, se agachó para tomar la lámpara y comenzó a subir la escalera. Sus difuntos lo acompañaban. El peso de la muerte se le encajaba en la espalda con su punta roma. Pronto llegaría Margarita, con ella venían los ataúdes sellados que guardaban los cuerpos de sus hijos. La soldadura de plomo aguantaría lo necesario para contener a la peste y los gusanos que se cebaban con su carne enflaquecida. Delante de la gente, ninguno tendría el olor dulzón de la muerte. José y Antonio habían sido enterrados y desenterrados para traerlos desde Nueva York.
Se detuvo.
La duda lo abofeteó sin clemencia.
Su final debía ser distinto al de Maximiliano: su cadáver jamás colgaría del techo con el vientre rajado, y nadie se atrevería a enpuercarle la jeta con un gargajo. A como diera lugar, debía ser adorado. Su embalsamamiento tenía que ser perfecto. La omnipresencia y la eternidad serían el reino de su máscara mortuoria. Todos habrían de hincarse ante su féretro y beber el cáliz de la fe que tomaba su nombre. Él era el nuevo dios, la divinidad absoluta que ensombrecía al crucificado. El viejo sueño de convertirse en el becerro de oro estaba a punto de convertirse en realidad.
—Sólo he sido un aspirante a dictador —murmuró con ganas de sonreír.
El gusto apenas le duró. En el fondo sabía que ninguna mujer bien nacida se acercaría a su cama para empapar su rebozo en la sangre derramada o cubrirle el rostro con tal de que se quedara impreso en el lienzo que se convertiría en una reliquia. Su cara muerta nunca sería acariciada por Santa Verónica. Lo que ocurrió con Maximiliano ni por asomo le tocaría. Desde hacía más de diez años, las beatas y las bien nacidas siempre decían lo mismo cuando se encaminaban al bacín o la letrina: “Voy a darle de comer a Juárez”.
Don Benito no era el héroe de todos, para muchos sólo era un comemierda.
—¿Ya los agarraron? —le preguntó al gobernador.
El político apretó la mano derecha. Con ganas de ocultar el miedo se limpió el sudor en el pantalón. La raya que la plancha había trazado se desvaneció en un instante. Los afanes de la criada que le limpió el tizne con un trapo antes de ponerla sobre el casimir se esfumaron con la humedad.
—No, todavía no —respondió con voz tembeleque—, pero a nada estamos de apresar al doctor Licea.
Benito le negó la mirada.
Sus órdenes debían cumplirse de inmediato.
—Entiéndalo —le dijo al gobernador—, yo soy el único héroe, el salvador de la patria, y ninguna estampita milagrosa puede opacarme.
El pobre diablo asintió en silencio. El señor presidente no estaba de vena para escuchar lo sucedido.
Aubert, el fotógrafo que labró con luz las imágenes del cadáver de Maximiliano y su ropa agujereada ya se había largado de Querétaro. Después de los flamazos del magnesio se trepó en la mejor mula que pudo encontrar, y sin más ni más agarró camino para la capital sin que le importara el dolor en la riñonada. Allá estaba desde antes que Juárez saliera de San Luis. En su cuarto oscuro imprimía los cartones que se vendían como pan caliente y llegaban a los altares hogareños. Ahí los colocaban a un lado de la odiada estampa de San Ignacio y se miraban flanqueados por las velas de sebo que le alumbraban el camino a la Gloria. Las palabras de “Juárez indito, Juárez güerito, los dos son lo mismito” ya no se asomaban entre los labios.
Con Licea, la cosa era distinta. Estaba escondido en su casa y la comida se le atoraba en el gañote. Sus crímenes eran sabidos: las rezanderas que le rogaron para mojar sus mantillas en la sangre del emperador terminaron pagándole con tal de sacralizar sus lienzos, y con ganas de retacarse la bolsa trató de vender los harapos reales y los pelos que le arrancó al cadáver. Los quince mil pesos que pedía nunca llegaron a sus manos. Los cortesanos estaban cortos de efectivo y el médico no estaba dispuesto a conformarse con su palabra ni con un garabato en el compromiso de pago. El imperio se había derrumbado y los príncipes de Salm-Salm buscaban un barco para largarse antes de que los alcanzara la furia de la venganza.
Esa misma tarde lo atraparon. Su juicio fue sumarísimo: dos años completos los pasaría en la peor de las cárceles. En carne propia, Juárez sabía que las tinajas de San Juan de Ulúa arrebataban la vida en menos tiempo. La humedad y el agua aflojaban la piel que alimentaba a los gusanos, y la oscuridad enceguecía a los presos. Las prisiones más destartaladas no bastaban para el médico que permitió la sacralización de su enemigo. Los muros marcados por las cascadas de excrementos y las celdas donde los reos se amarraban a los barrotes para poder dormir no le abrirían sus puertas tachonadas. El galeno tampoco se merecía la rápida piedad del fusilamiento de espaldas y con los ojos vendados.
—Que se pudra —fue la única orden que el señor presidente le dio al juez que fallaría el caso.
A pesar de sus miedos y sudores, el gobernador estaba de suerte. El general Escobedo se apersonó en el patio mientras que los soldados hacían lo posible para fingirse marciales. Ninguno tenía el mismo uniforme. Las casacas que le arrebataron a los muertos contrastaban con los calzones de manta que dejaban a la vista las pantorrillas lampiñas, y los huaraches y las tilmas acentuaban la distancia que los separaba de sus quepis maltrechos.
Sin quererlo ni pensarlo, el militar lo salvó de la ira del presidente.
Juárez dio un paso al frente y le apretó el brazo al general.
Un movimiento nimio dejaba claro que estaba contento a pesar de su desobediencia. Los enemigos muertos y la victoria absoluta le atreguaban la bilis.
—¿Hay noticias? —le preguntó.
—Por supuesto, señor presidente —respondió Mariano Escobedo—. La viuda pidió que le sacaran el corazón al general Miramón. Lo quiere tener a su lado. El cuerpo de Mejía está embalsamado y su mujer lo tiene sentado en una silla. La indiada bajó de la sierra para llenarlo de flores.
Don Benito miró al general. El ceño apenas fruncido lo obligó a dar explicaciones.
—No tiene un peso para enterrarlo —aseveró el militar.
—Ayúdala —le dijo Juárez—, vale más que le echemos tierra a ese asunto. Los conservadores no pueden seguir fastidiándome después de muertos.
Su voz era la misma de siempre: un sonido monocorde y casi plano que le permitía decir palabras terribles sin que su rostro se alterara.
Después de esto, nada quedaba por discutir. La muerte estaba de su lado.
Juárez caminó hacia el carruaje. Sus guardias se formaron con una precisión inmaculada. Uno de ellos se paró junto a la puerta abierta.
Con serenidad observó a los oficiales de Mariano Escobedo y a los militares que habían llegado a Querétaro. Al frente estaba el general Díaz con el uniforme impecable y montado en su mejor caballo. El alazán era la señal de la sangre que había derramado. Desde la batalla de la Carbonera sus tropas fueron invencibles y apenas se echaron para atrás en algunas escaramuzas de poca monta. Él no era el héroe de las mil derrotas y tampoco se le veían ganas de meter la cola entre las patas.
Las miradas de Porfirio y Benito se encontraron.
Apenas se saludaron con un movimiento de cabeza.
—Ese cabrón me quiere comer el mandado —dijo mientras apoyaba el pie en el escalón de la berlina y se impulsaba con ganas de que su esfuerzo pasara desapercibido.
A esas alturas poco le importaba si el soldado que detenía la puerta lo había escuchado.
Los militares de rango ya lo sabían, y en unas semanas tendrían que decidirse junto con los diputados que levantarían la mano en una votación que se pactaría gracias al dinero público. Por más que intentó detenerlo, Juárez sabía que su paisano estaba a punto de mandarlo al carajo. Porfirio jamás debió tomar Puebla y la capital nunca debió caer en sus manos, dos glorias de ese tamaño eran demasiado lustre para el hijo de puta que tarde o temprano lo enfrentaría.
Se acomodó en el asiento y corrió las cortinas.
—Vámonos —le ordenó al conductor y el látigo sonó de inmediato.
Valía más que no se endiablara por la presencia de Díaz. Pronto llegaría el momento de cobrarle todas juntas. Por más victorias que tuviera, los militares lo abandonarían a su suerte. Si se levantaba en armas, se quedaría chiflando en la loma. Su destino sería el mismo de Lerdo, el hombre que lo acompañó hasta la ignominia también estaba a punto de darle una puñalada trapera.
Todos querían la presidencia, pero él era el único que podía seguir aposentado en la silla del águila. El terciopelo teñido con grana y las maderas doradas solamente se ajustaban a su cuerpo. Juárez era el eterno, el omnipresente, el presidente que no podía largarse del palacio hasta que la calaca se lo llevara y su primogénito tuviera la edad para ocupar su lugar. La república, aunque pareciera contradictorio, sólo podría seguir existiendo si la gobernaba Benito II. El dinero que se había gastado en borrarle lo indio a su hijo no podía ser en vano.
Tomó su escribanía, la puso sobre sus muslos.
Su mano recorrió la taracea y delineó los leones de madera blanca que contrastaban con el cedro. Sacó los papeles y afiló la punta de su pluma. Por más que lo intentó, las palabras se negaron a convertirse en tinta; tampoco fue capaz de abandonarse a la suavidad del cuero y el relleno que opacaba el chirrido de los resortes.
Dos veces había triunfado contra viento y marea, pero eso no era suficiente: sólo la muerte podría arrebatarle la presidencia.
II
Margarita
Desde que salimos del templo de San Felipe Neri, siempre me escupen la misma pregunta. Su repetición es la sombra que me persigue desde que nos casamos sin que nadie se tomara la molestia de leer las amonestaciones. El “que hable ahora o calle para siempre” atravesó el templo sin que ninguna persona se atreviera a atajarlo. Aunque el eco de las palabras del señor cura llegara hasta la sierra, las cosas estaban claras: los ratones le comieron la lengua a los hijos mostrencos, y las queridas dejadas o muertas no se apersonaron en la iglesia. Por más que les quemaran las habas o tuvieran ganas de salirse de la tumba, esas desharrapadas no se arriesgaron a interrumpir la boda. La catedral había sido inaugurada y las capillitas terminarían olvidadas.
Durante casi treinta años he oído las mismas palabras tragándome la muina sin que se me noten las ganas de darles un descolón que les hilvane los labios para siempre, eso es lo que se merecen quienes las pronuncian. Pero, a fuerza de estar juntos, aprendí a ser tan ladina como mi marido. Hoy, aunque el mal del cangrejo me tiene tumbada y en mis sueños se asoma la oscuridad de la muerte, puedo comer caca sin hacer gestos.
“¿Qué le viste a Benito?”, me decían cuando agarraban confianza o en el momento en que la metichez les aflojaba la lengua a las comadres y las que juraban ser mis amigas. Ninguna se quedó con ganas de verme sentada en el confesionario.
¿Para qué me hago guaje? Mi marido tiene el nopal grabado en la cara. Por más que se arregle y se eche colonia, la jeta de ídolo se le quedará hasta que la muerte se lo lleve junto con el olor del anafre y la fritanga que siguen firmes en su cuerpo. Da lo mismo que ahora huela a viejo y el aliento le apeste a hígado rancio, el dejo de la indiada se mantiene en sus sobacos y en los cuellos amarillentos de sus camisas. Mi señor no suda, sólo se despinta.
A pesar de esto, siempre repetí la misma letanía con una sonrisa forzada: “Ya sé que está muy feo, pero mi Beno es más bueno que el pan”. Estas palabras bastaban para que dejaran de jeringarme con lo que a leguas se miraba. Y, para mi suerte, cada vez que las pronunciaba levantaba el paredón donde se estrellaban las palabras que querían hablar de sus atropellos y sus venganzas.
Por más que se hacen las cruces, sus entendederas están nubladas y la vida se les va en chismorreos. Ellas no entienden que mi marido es como las indias a las que les urge tener un hijo mestizo, como los hombres que creen que la blancura de su mujer les aclara la piel, y delante de la gente los muestra como vencedores. Casarse con una blanca o con una güera es la mayor victoria de los muertos de hambre, a ellos les da lo mismo si se la agencian aquí, en Puebla o en Guadalajara.
Yo lo conozco como nadie, y a ninguno puedo decirle lo que de verdad pasó entre nosotros. Ni él ni yo fuimos como Miramón y Concha Lombardo, las pasiones y los arrebatos de la carne jamás nos tentaron. Mi marido sólo quería lealtad y se la di sin límites. El amor y el cariño le venían guangos; lo único que le importaba era que lo obedecieran y lo idolatraran como un dios pagano.
Delante de la gente, Benito siempre será el más bueno de los hombres y sanseacabó. Las mujeres decentes conocemos nuestra cruz y la cargamos en silencio aunque nos arda cuando se nos trepan en las noches de encuentros. Por muy comecuras que quisiera ser, nunca hizo a un lado la sábana con una sola entrada. Tampoco toleraba la luz del quinqué. Mirarse en el espejo como un indio encuerado era demasiado para su orgullo y sus fingimientos. Su traje y su sombrero negro son la armadura que lo protege de las miradas y las habladas.
Su piel y la mía son distintas, lo prieto y lo blanco no pueden esconderse ni maquillarse; sin embargo, los polvos de arroz lo repelían como si fueran una enfermedad inconfesable. Es más, la cosa se ponía peor cuando se enteraban de que había sido mozo en casa de don Antonio Maza, y si el nombre de su hermana María Josefa salía a relucir, la gente apenas meneaba la cabeza mientras trataba de comprender los alcances del indio que se brincó las trancas. Según ellos, la señorita bien nacida se había matrimoniado con el hermano de la criada, con un zapoteco que siempre tendría los talones amarillentos y cuarteados.
Lo que dicen es una verdad a medias o, a lo mejor, es una mentira completa.
El olvido nubla el pasado y lleva a las habladas por los caminos retorcidos que desembocan en los laberintos donde se quedan atrapadas. Por más que la gente presuma a los güeros que de mala manera engendraron los soldados gringos y los militares franceses, existen los blancos que parieron percudidos.
Yo soy una de esas y Dios sabe que no me da pena decirlo. La verdad nunca enrojece los cachetes.
Por más que los lambiscones anden regando las palabras que tratan de esconder mi historia, tengo claro que no soy hija de don Antonio Maza. Es más, ni siquiera fui la niña adulterina que fue cobijada por doña Petra después de que perdonó a su marido por cuernearla. A mí me abandonaron a la buena de Dios, pero él me recogió, y en un arrebato de piedad me dio su apellido que casi suena a fuereño.
Yo era y no era de su familia. Los Maza me miraban como algo más que una criada, como alguien que era tantito más que una recogida. Las sirvientas no comen en la misma mesa que los señores de la casa, y apenas se cubren sus vergüenzas con las garras que les regalan sus patronas. Ésa no fue mi historia. Mi ropa siempre fue nueva y en mi plato jamás se sirvieron las sobras. Pero mi sangre indescifrable se abría como un barranco inmenso. Por grandes que fueran sus quereres, ellos estaban de un lado y yo del otro.
Nada tengo que reclamarle a don Antonio. Gracias a su piedad no terminé en un basurero donde los perros y las ratas borrarían mi existencia, tampoco acabé en un hospicio piojoso donde aprendería a quebrarme el lomo con los quehaceres que me abrirían las puertas de la casa donde necesitaran una criada de fijo. Tuve suerte. Los dolores que tengo me impiden negarlo, las mentiras vuelven tropezoso el camino a Cielo: había días enteros en los que el fondo del barranco apenas se notaba. A lo mejor por eso nunca me preocupé por quién fue mi madre. Su nombre y el de mi padre ni a recuerdo llegan.
A pesar de que ese socavón era la umbría que señalaba mi destino, su negrura jamás me espantó. Siempre tuve las cosas claras: todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro. Ni por una casualidad bendita, don Antonio estaba dispuesto a juntar dinero para mi dote, y mucho menos haría el sacrificio de pagar por mi entrada al convento. Ser una monja coronada y eternamente virgen era un lujo que estaba más allá de sus alcances y mis sueños. Lo que tenía nunca lo gastaría en una hija de nadie, los pesos que le dejaba la granja eran para Manuel, Juana y José. Sus hijos de a deveras merecían lo que a ella nunca le tocaría.
Por eso fue que Beno se volvió un buen partido.
Así pasara un millón de años, no habría manera de que me diera el lujo de escoger entre una fila de pretendientes, y a don Antonio tampoco se le veían ganas de traer a uno de sus parientes de Génova para que se casara conmigo. Sin embargo, la fealdad de Benito era tolerable. Si los trajes que se mandaba a hacer no alcanzaban a ocultarla, por lo menos lo hacían ver como alguien al que no daba pena presentar: era un juez del montón que se estaba ganando un lugar en el gobierno. En esos días apenas era un abogado marrullero que les engordaba el caldo a los del partido del vinagre y al que tampoco le daba pena andar haciendo dengues delante de los que se decían sus hermanos en la logia. El tiempo en que les daría la espalda llegaría más tarde.
Por más que le buscara, no había vuelta de hoja: con él no me quedaría para vestir santos y tampoco tendría que desvestir a un borracho. Beno siempre fue sobrio, su único vicio eran los puros y el hambre insaciable. Ni siquiera cuando andaba de acuache con don Memo se fue de parranda. A Prieto le gustaba el jelengue y los escotes de las chinas le jalaban algo más que los ojos, pero mi esposo nunca lo acompañó en sus desmanes que terminaron en poemas que ensucian las palabras.
No es que me fuera fiel por compromiso ni por amor. Mi señor siempre cuidó las apariencias, y siempre atajó los chismes hasta donde pudo. Eso fue lo que pasó cuando el general Berriozábal andaba en Nueva York con su querida y mandó una nota a la casa para visitarnos y darnos el pésame por la muerte de mis niños. Mi yerno hizo todo lo que pudo por aplazar la respuesta, sabía que mi marido se endiablaría por la presencia de una cuatro letras en mi hogar. Yo sabía que lo haría, Santacilia le tiene más fidelidad a Beno que a mi hija.
Al final, Berriozábal no puso un pie en la casa. Si estábamos en otro país era lo de menos, las apariencias tenían que mantenerse. Ningún rumor podía manchar a mi hombre.
Cuando nos matrimoniamos, me llevaba veinte años y ya tenía su historia. Pero eso cualquier mujer lo perdona. Todos los hombres son iguales: nunca les falta una querida y siempre les sobran los hijos paridos en los jacales o en las enramadas que las negras tienen en la costa. Juana se llamaba la vieja con la que Beno se revolcaba. Ella le daba las nalgas mientras yo me hacía la remolona. Las cosas que hizo con esa india nunca las hizo conmigo, lo sucio y lo abominable sólo pasa de la puerta para afuera. Mis pechos eran para amamantar y entre ellos jamás derramó su simiente para coronar el pecado de Onán. Con las mujeres bien casadas todo tiene que ser rápido, sin acrobacias de saltimbanqui y sin pecar contra natura. Poco faltaba para que, mientras se movía con algo de ritmo, rezara la fórmula que todos conocemos: “Dios mío, esto no es fornicio, es para hacer un siervo a tu servicio”.
Morirse antes de nuestra boda fue lo único que la tal Juana hizo como Dios manda. Sus hijos no me importaban, pero jamás les negué la piedad católica. Sin ningún problema podía darle dinero a Tereso y Susana para que se mantuvieran con algo de dignidad en casa de los Castro o de la india Jacinta; pero, por más que quisiera, no podía traerlos a la casa. De lejos, sus bastardos eran buenos y no se merecían el abandono, de cerca sólo eran un pasado que me refregaba en la cara. El día que su hija tullida perdió la razón y le pusieron una camisa de once varas señaló mi victoria.
En la carta que le escribió a Jacinta clarito se leía que no podría atenderla hasta que tuviera un momento de despejo. El despejo nunca llegó. A lo mejor por eso fue que Dios me castigó con la muerte de uno de mis hijos. La tarde que el pliego le llegó a la india, uno de mis niños se volvió un angelito.
Lo mismo pasó con el escuincle que engendró en Chihuahua cuando andábamos a salto de mata. Cualquiera que tenga los ojos y las orejas en su lugar sabe de lo que estoy hablando. Los hombres son débiles y nunca falta la perra que se les embarra para matarse el hambre o atreguarse las ansias de figuranza. Esa vez, nada le dije cuando me avisó que lo reconoció. Sé bien lo que se siente tener el apellido en blanco. Al fin y al cabo, yo era la catedral y esa putarraca ni a cruz de monte llegaba: la docena de hijos que parí y amamanté hasta que las chichis se me ajaron me daban el lugar que me merecía.
¿Qué vieja aguantaría lo que soporté?
Ninguna. Lo mío eran la lealtad y el perdón, la cruz del matrimonio y el convencimiento de que, al final, sería premiada. La vergüenza de atender un tendajón en Etla o tejer ajeno para darles de comer a mis hijos cuando Beno andaba huido en Nueva Orleans no lo aguanta una cualquiera con nalgas de fuego.
Yo me gané lo que tengo y sé que las cartas que me mandó sólo las escribió pensando en que eran su legado. Sus virtudes públicas son el rosario de sus vicios privados. Delante de la gente tenía que ser perfecto y ninguna línea podía mostrarlo como era. Nadie cree que es el candil de la calle y que la oscuridad de la casa apenas se alumbraba con los cariños que fingía delante de las visitas.
A mí no me da pena que los envidiosos saquen las cuentas que nunca cuadran. La austeridad republicana, como le dice Benito, sólo es para los tinterillos.
A los que creen que a mi marido sólo le importa la silla no les alcanza la cabeza para reconocer la O por lo redondo. Su alma es oscura, enredada y capaz de esconder lo que está a la vista de todos. Beno nunca se conformará con ser el mandamás eterno. El hombre delante del que todos agachan las orejas apenas enseña una de sus caras. Los hierros de la miseria le siguen atenazando el ánima con la misma fuerza que tenían cuando untaba su tortilla en las sobras de su tío Bernardino o cuando mendigaba en los jacales de su pueblo de nombre oscuro y siniestro.
El hambre y la pobreza de siglos se le asoman en los roperos de la recámara y, aunque lo niegue, también lo tentalean en los cuartos que tienen las velas apagadas. Él sólo aguanta la negrura cuando está encuerado. Lo he visto levantarse a mitad de la noche para ir al cofre donde guarda el dinero, su olor metálico es lo único que puede devolverle el sueño que le arrebata el recuerdo del jergón donde se tumbaba.
Por peores que estuvieran las cosas, nunca dejó pasar un día sin cobrar su sueldo. En Veracruz, mientras Miramón lo tenía sitiado, siempre hizo lo mismo después de que se levantaba y se acicalaba. Con pasos firmes se encaminaba al despacho del ministro de Hacienda para recoger sus cien pesos en monedas de oro. Si ese dinero podía usarse para pólvora o para las vendas de los heridos le importaba un comino. “La investidura del presidente merece respeto”, le decía después de que le entregaba su diario.
Peso sobre peso guardó sus monedas.
Ninguna la gastó en tarugadas. Los banquetes los pagaban otros, los sastres cobraban en la tesorería y lo mismo hacían todos lo que lo atendían con tal de que el cuero se le blanqueara. Un presidente no puede ser un desharrapado. La vez que don Melchor le dijo “indio con puro, ladrón seguro”, le dejó de hablar por varias semanas.
De no ser porque era quien era, jamás le habría devuelto la palabra.
Pasara lo que pasara, delante de don Melchor siempre se cuadraba. El día que lo mataron, aulló como perro herido y exigió que le trajeran las cabezas de los asesinos. No sé si lo hicieron, pero mi marido las habría sacado de los sacos con sal para arrancarles los ojos secos. Aunque ya lo había traicionado, Ocampo era mucho más que su padre.
Cada vez que los fusiles se callaban y la paz medio se asomaba, la miseria de los otros le ayudaba a gastar su oro como Dios manda. Las pruebas de la puntería que no tuvo con los fusiles están a la vista de todos. Ahí están las casas del Portal de Mercaderes y San Francisco, la de la calle de Tiburcio y la de la calle del Coronel, ésa fue la primera que nos agenciamos gracias a las leyes que todo lo pueden. Ahí también están mi finca de San Cosme, la calesa que provoca envidias, los espejos con plata encarcelada y marcos de oro, las alhajas que llegaron a sus manos después de los saqueos y los papeles con orlas y grabados que lo hacen dueño de muchos negocios. Si las cuentas no les cuadran a los envidiosos es lo de menos: la patria le debía sus afanes y mi marido se los cobró con los réditos de rigor.
El dinero nos sobra para remediar los males y aguantar las tormentas más perras; pero mi esposo no puede olvidar al gañán que era, al infeliz que está bajo su máscara imperturbable. La miseria y el hambre son un miedo añoso que le roe las tripas y el alma. Por más que haya querido blanquearse, siempre será un indio con las costillas brotadas y cubierto con los harapos que le tejían con fibras de maguey.
Mi señor no es como su primogénito: cuando miro sus fotos me queda claro que lo prieto puede borrarse a fuerza de frotarse monedas en la piel. El fuete y las botas federicas que deslumbran como si fueran de azogue, el casco de jinete y el saco que llegó de Inglaterra lo volvieron decente. Su lengua y sus encías no son oscuras como las de los perros, las palabras indias no le salen de la boca. Su aliento huele a inglés y francés. Mi hijo nunca puso un pie en las escuelas de los jesuitas −Beno no habría permitido que esos bastardos le llenaran la cabeza de telarañas−, por eso sólo fue a los colegios precisos para aprender la nueva religión que convertiría a su padre en un dios encarnado.
Al final, a todos les quedó claro que la raza sí puede mejorarse y mi hijo jamás tendría que partirse el lomo para ganarse un peso. El apellido Juárez pesa y puede enriquecerse con sólo mencionarlo.
Mi marido jamás movió un dedo para amordazar las mentiras. Las dejaba correr y crecer hasta que el arroyo se volvía un río caudaloso donde las piedras brillosas encrespaban la espuma. El ruido de las aguas lo escondía sin que el pudor se asomara en su rostro inconmovible. “No te preocupes, mujer”, me decía cuando las historias se pasaban de tueste. “Los hombres como yo necesitamos que la gente nos vea como lo que debemos ser. Los todopoderosos tenemos la obligación de llenarle el ojo a la leperada para que crean que nos parecemos. Yo tengo que ser el patas rajadas que dejó de serlo.”
Las pocas veces que lo vi sonreír delante de la gente siempre fueron por lo mismo: el cuento del indito que tocaba su flauta de carrizo y cuidaba a las ovejas le encantaba. Lo mismo le pasaba con la isla que se movía en la laguna del Encanto o con la mentira del arriero que le robó uno de sus animales. Nunca los contradijo, tampoco le puso los puntos sobre las íes a los que se esforzaban por endulzarle las orejas a fuerza de brindis, discursos y versos rimados a martillazos.
Su historia era otra y nada tenía que ver con el pastorcito de buen corazón. Las venganzas, las traiciones y los odios lo acompañaron desde que era escuincle.
El día que leí la larga carta que les escribió a sus hijos apenas pude guardar silencio. Las verdades a medias y las mentiras completas habían sido bendecidas por su pluma. La duda no podía manchar la historia del dios pagano y su título sólo era un engaño: mi marido está convencido de que todos los mexicanos son sus hijos. Aunque ya casi no se le entiesa y prefiere el consuelo de su mano, quiere pensarse como el padre de más de siete.
“Está muy linda”, le dije con la seguridad de que la lealtad y la complacencia me obligaban a no ir más lejos.
En esas páginas azulosas donde la caligrafía rebosaba los márgenes estaba algo de lo que había pasado, pero la manera de contarlo enmascaraba la verdad. Beno siempre tuvo el don de mentir mostrando lo que parecía cierto. Lo único que no falseó fue la muerte de sus padres. Nada recordaba de ellos y lo que pregonaba lo aprendió de la indiada que bajaba a Oaxaca o subía a la capital desde los pueblos más miserables. Esos recuerdos nacieron de las voces taimadas que únicamente le decían lo que quería oír. Poco faltó para que los disfrazaran de letrados o cónsules, de héroes que hicieron todo lo necesario para que mi hombre se inflara como sapo.
Sus padres murieron pronto y no hay manera de saber cómo se los llevó la niña blanca, de los abuelos que le dieron casa apenas quedan las sombras que los muestran como fantasmas con el rostro deslavado. Sólo son los nombres que los unen con el santo que se festejaba el día que los echaron al mundo. Los muertos de hambre apenas pueden aspirar a eso, y a veces ni siquiera lo logran. Los cadáveres que durante más de diez años le abrieron el camino al carruaje de mi marido perdieron su apelativo y no les tocó una cruz que señalara su última morada. Todos murieron sin saber para qué. Las palabras de Beno eran las de Caín, y cuando la suerte les sonreía, sus generales bailaban como Salomé para enseñarle la cabeza de sus rivales.
Su único recuerdo firme era el del tío Bernardino, el hombre al que llenó de flores y méritos para esconder su pasado infame. Ese patas rajadas no le enseñó las letras, mucho menos lo convenció de que entrara al Seminario y tampoco le abrió la puerta para que se fuera a Oaxaca. En Guelatao apenas hablaban castilla y Bernardino era idéntico a sus paisanos. El olor ahumado del aguardiente delataba sus hechos, los borregos que desparecían dejaban un rastro en las gotas que marcaban el piso de tierra del jacal. Sólo Dios sabe cómo se murió: si el pulque le da fuerza a la indiada, el mezcal les quema los hígados hasta que les arrebata la vida.
Si el tal Bernardino hubiera sido tan bueno como decía mi marido, ¿por qué nunca volvió a verlo? Es más, ¿por qué no regresó a su pueblo para mandarle hacer un sepulcro como Dios manda? A Beno le urgía abandonar su pasado. De esos días apenas merecía recordarse la historia del pastorcito inmaculado al que le urgía aprender a hablar como la gente. Sus miedos siempre quedaron ocultos y, si lo prieto no le hubiera estorbado, se habría puesto un apellido que sonara a fuereño. Uno yanqui o francés lo habrían hecho feliz.
No sólo esto, los riatazos y los fuetazos por quítame estas pajas no podían ser reconocidos delante de nadie, ni siquiera frente a sus hijos. En la tierra no podía existir alguien que lo hubiera azotado. El orgullo del señor presidente tenía que ser inmaculado. Aunque jamás me lo dijo de frente, la palabra “hui” se le escapó más de tres veces para revelar una verdad que le ardía. No se largó a Oaxaca para buscar las letras, lo único que quería era poner tierra de por medio y refugiarse en los brazos de su hermana María Josefa, la criada que trabaja en casa del hombre que me dio su apellido.
Si ella no se acordaba de su cara era lo de menos, mi marido confiaba en la llamada de la sangre.
Don Antonio Maza le abrió la puerta por lástima a su cocinera, pero lo hizo con una condición precisa: Beno apenas podría quedarse unas semanas en lo que hallaba dónde asentarse. Otra boca que mantener era demasiado para una bolsa que se agujereaba con los balazos de los alzados y los bandoleros que se adueñaron de los caminos.
Lo poco que le ofrecía no podía despreciarlo y estaba cierto de que algo encontraría.
En Oaxaca sobraban las casas con criados que se conformaban con un montón de paja y una jícara de frijoles acedos. Así, mientras se agenciaba un patrón, algo debía hacer para ganarse las tortillas que palmeaba su hermana: ayudaba a cosechar las cochinillas que enrojecerían las telas, atendía la mesa como el más limpio de los sirvientes y lavaba los platos y las cazuelas. En el tiempo que le sobrara debía hallar la manera de resolver su vida.
María Josefa lo recomendó con sus amigas y hasta le pidió a don Antonio que escribiera un pliego donde dijera que era un criado sin par: un indio manso, alguien incapaz de ser taimado.
En silencio, mi esposo despreció las manos que le tendían. Por más muerto de hambre que estuviera se convenció de que la miseria lo tumbaba pero el orgullo lo levantaba. Beno sólo se hincaría y le lamería las patas a quienes le convinieran.
Ya después se lo cobraría con creces.
Sus dos caras estaban firmes. Así lo hizo en las cartas que le mandó a Santa Anna para decirle que era uno de los suyos, y lo mismo pasó con los mandamases del Instituto, con el gobernador de Oaxaca y con los herejes que lo dejaron entrar a la logia; con los demás fingió que no los necesitaba. Delante de los poderosos siempre se agachó, pero enfrente de los muertos de hambre y los vencidos le brotaba la altivez del matasiete.
Así hubiera seguido hasta que lo corrieran, pero la fortuna lo llevó a la casa donde su vida cambió. Don Antonio Salanueva no podía abandonarlo a su suerte, el hábito de franciscano lo obligaba a la piedad, a compartir su pobreza con el niño que se quedó parado delante de su taller. Sus adoradores dicen que a Beno el silencio le bastó para convencerlo. Según ellos, la mirada fija en los libros recién encuadernados fue suficiente para persuadirlo de que las ansias de saber estaban firmes en el alma del escuincle mísero. Pero a mí me contó otra cosa: el hambre lo dejó tieso y, cuando el buen hombre lo llamó, un pan duro lo sedujo para que se quedara.
Salanueva le dio comida y techo, pero mi marido jamás contó con verdad lo que pasó en esa casa y ordenó la quema de los papeles conventuales con tal de que su rastro desapareciera para siempre.
III
Salanueva
Inicio de la carta donde Antonio Salanueva, integrante de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, revela las acciones de Satán y confiesa ante Nuestro Señor el terrible error de recibir a un endemoniado en su hogar.
El Mal me engañó y caí en sus redes. La arrogancia me retacó los oídos con cera prieta y ahí encerró los zumbidos de las bestias de Belcebú. El Señor de las Moscas lamía mi alma y me enturbiaba la razón. Ése fue mi pecado y hoy lo confieso aunque mi arrepentimiento no bastará para salvarme del castigo eterno. La vida se me acaba y el tiempo se me irá como arena entre las manos antes de que pueda cumplir mi penitencia. Los rezos infinitos, las llagas de mi espalda y el hambre implacable no lograrán que Dios me sonría. A pesar de esto, Nuestro Señor sabe que por una terrible causa fui incapaz de escuchar el eco de las voces que todo lo conocen y nunca mienten: “El camino al infierno está empedrado con buenas intenciones”, dice San Bernardo de Claraval para mostrarnos el peligro que se agazapa en la bondad sin seso. Ustedes, mis Hermanos en Cristo, saben que el Demonio tiene el poder de confundirnos cuando hace pasar lo malo como lo bueno. Su vaho maldito empaña los pecados y los hace ver como virtudes. Por eso mismo, cuando descubrí sus intenciones impías, ya era demasiado tarde para evitar que su presencia llenara de tinieblas el mundo. Por más que lo intenté, su poder luciferino derrotó mis plegarias y la disciplina le tuvo miedo a su espalda. Las tres colas de cuero rematadas con hierros afilados no pudieron vencerlo ni doblegarlo. Satán le había encallecido el lomo para librarlo del dolor que salva a los herejes. Cada vez que lo golpeaba y gritaba el vade retro, su rostro permanecía impávido. De su boca tampoco brotaba un quejido. Ni siquiera las maldiciones se asomaban entre sus labios. Sólo sus ojos revelaban la furia y el alma perdida para siempre. Diez años lo tuve a mi lado sin que el olor del azufre me alertara de su presencia. Él me engañó y me hizo creer que era un indio de bien, pero en mi descargo debo decir que el agua bendita no lo convirtió en una antorcha ni le labró cicatrices. Él era peor que el demonio de Gerasa y los puercos que se lanzaron al precipicio. Al principio creí que el camino de las armas terminaría llamándolo como a todos los de su calaña, pero la mansedumbre ocultaba su cobardía y sus traiciones. Tampoco pude descubrir que su religiosidad estaba malparida y se retorcía como el árbol del Mal: su idolatría a Dios trocó en veneración a las leyes endiabladas y, al final, se reveló como el más grande de los pecadores: se convenció de que era un dios y los mortales debían adorarlo. Ante ustedes, mis Hermanos en Cristo, confieso que no fui capaz de darme cuenta de que en mi casa vivía el profeta del Apocalipsis. Por esta causa, lo que más lamento es que no podré mirar el momento en que se cumplirá el presagio definitivo: “El monstruo será apresado junto con el falso profeta que hizo señales milagrosas en su presencia. Por medio de esas señales, el falso profeta engañó a quienes se dejaron poner la marca del monstruo y adoraron su imagen. Ése será el momento en que el monstruo y el falso profeta serán condenados al lago de fuego donde arde el azufre”. Las Sagradas Palabras de San Juan jamás se revelarán ante mis ojos.
Continúa la carta de Salanueva para dar cuenta de cómo el hereje pertinaz se encontró con los adoradores del Diablo y participó en sus rituales nefandos.
El funesto día que abandonó mi humilde hogar, volvió al mundo para envenenarlo con sus palabras y sus acciones. A mis espaldas se había encontrado con los impíos que se reunían en la casa de la perdición. En la calle de San Nicolás se sumó a los herejes, y en sus conciliábulos nada se tardó en profanar Nuestra Santa Fe al besarle las nalgas al Diablo. Sus heces de oro y la caricia de su lengua viperina lo subyugaron. En el confesionario, su voz se retorcía con tal de no revelar sus herejías. Pero esto no es todo, el indio infernal cubrió su cuerpo con las ropas y los falsos brillos de los masones que fueron excomulgados desde el trono de San Pedro. El Papa Clemente, siervo de los siervos de Dios, lo escribió con todas sus letras: esos hombres provocan la indignación del Todopoderoso y los Bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo. Ignoro si bebió la sangre de los inocentes en un cáliz robado, desconozco si profanó la Sagrada Hostia con los humores de los animales de la noche o si leía el misal invirtiendo las palabras en la parte más negra de sus aposentos. Esto sólo podríamos saberlo si la Santa Inquisición aún protegiera a la Fe Única y Verdadera de sus enemigos mortales, pero en estos tiempos impíos nada queda del Sacrosanto Tribunal y sus jueces de blanquísimos hábitos. Los que se dicen liberales y librepensadores clausuraron sus puertas para cebarse con su victoria. Que Dios condene a la masonería al más profundo de los círculos del infierno. Aquí estoy, esperando la muerte mientras el roce del sayal tejido con crines se ensaña con la carne que insiste en llevarme a la perdición. Su aspereza me castiga por los pecados que sin darme cuenta le oculté a mi confesor. La soberbia de anudar cinco veces mi cordón le abrió mi puerta a la perdición definitiva. Yo no merecía los estigmas de Nuestro Padre Francisco, pasara lo que pasara debía conformarme con las tres ataduras que señalaban mis votos: pobreza, castidad y obediencia. Dios quiera que el confesor llegue antes de que mi último suspiro tome el camino al mundo de las llamas y el hielo. Por eso escribo, para dejar razón y cuenta de mis errores y mis impertinencias. En este momento no importa que tal vez falte al primero de los mandamientos: juro por Nuestro Señor y por la Santa † que sus hechos se explican por la posesión del que no tiene sombra.
Sigue la carta donde bien se comprende la manera como el Mal entró a la casa de Antonio Salanueva para pervertirlo todo.
Mi vida era buena y piadosa. Me quitaba el pan de la boca para dárselo a los desvalidos y rezaba hasta que los ojos me ardían por el humo de la vela que desafiaba las tinieblas. Yo aguantaba hasta que la chamusquina labraba las venas en su blancura y el sueño me obligaba a desfallecer mientras uno de los misterios del Santo Rosario me endulzaba la boca.
