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Diversas personalidades del ámbito civil y religioso, vinculadas de un modo u otro a la Iglesia, se han dirigido al papa Francisco a través del clásico género epistolar. Hombres y mujeres, laicos y religiosos, jóvenes y no tan jóvenes, educadores, periodistas, teólogos, responsables de diversas instituciones sociales, culturales o religiosas, desde sus distintas perspectivas y experiencias vitales y profesionales, le expresar en estas páginas sus motivos de agradecimiento, sus temores, dudas, deseos, esperanzas y sueños. Reunidas en este libro, estas veinte cartas ofrecen una rica visión de los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia y de las fortalezas y debilidades con que los afronta, con el Papa a la cabeza.
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Seitenzahl: 267
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Introducción
La hora de la verdad, José Antonio Pagola
Una Iglesia en salida, Isabel Cuenca Anaya
Un discurso fundamentado en la esperanza, Francesc Torralba
Resucitar el Evangelio, Juan Arias
Aire profético, Mari Patxi Ayerra
Dan ganas de volver a creer, Fernando Vidal
Cómplice de nuestras luchas y sueños, Pepa Torres Pérez
Regreso al hogar paterno, Luis González-Carvajal Santabárbara
Más querido fuera que dentro, Miriam Díez Bosch
Profundamente evangélico, Luis Fernando Vílchez
El deber de escuchar a las mujeres, Carmen Bernabé
Colaborando en la acción del Espíritu, Antonio Ávila
Compañero de viaje, Estíbaliz Fraca
Un plus de amor y ternura, Pedro Miguel Lamet
Un poder transformador, Pedro Zamora García
Una Iglesia centrada en la misericordia, Isabel Gómez Acebo
Altavoz de lo auténtico, Padre Ángel García
Territorios inciertos, Carmen Pellicer
Una Iglesia de los accidentados, Sebastián Mora Rosado
Francisco, Año Cuatro, Carlos Amigo Vallejo
© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
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ISBN: 9788428561570
Depósito legal: M. 25.421-2017
Composición digital: Newcomlab S.L.L.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
Acostumbrados como estamos a las legislaturas políticas, cuatro años de pontificado parecen un tiempo apropiado para hacer balance, valorar aciertos y errores o plantear propuestas que aún no se han cumplido. Pero a la pertinencia de ese balance se une en este caso la singular experiencia eclesial que está suponiendo el pastoreo de Francisco. Un papa inesperado, que ha sorprendido, congratulado y exasperado casi por igual. Un pontífice que levanta pasiones en un sentido y en el diametralmente opuesto.
Desde la editorial San Pablo hemos querido preguntar a diversas personalidades del ámbito civil y religioso, vinculadas de un modo u otro a la Iglesia, qué le dirían en estos momentos al papa Francisco a través del clásico género epistolar. Hombres y mujeres, laicos y religiosos, jóvenes y no tan jóvenes, educadores, periodistas, teólogos, responsables de diversas instituciones sociales, culturales o religiosas, desde sus distintas perspectivas y experiencias vitales y profesionales, han escrito al obispo de Roma para expresarle sus motivos de agradecimiento, sus temores, dudas, deseos, esperanzas y sueños. Desde la más absoluta libertad y con una profunda honestidad, cada uno de ellos ha elegido su particular fórmula para dirigirse a Francisco, a veces imaginando que este llegará a leer sus palabras y otras dando por hecho que no lo hará.
No es misión de este breve espacio comentar sus interesantes aportaciones que sirven de magnífico resumen de estos cuatro años de pontificado y permiten entender sus principales claves. Pero sí cabe resaltar cómo muchos de ellos han coincidido en constatar la llegada de un tiempo nuevo; en agradecer los gestos y nuevos estilos de comunicación de Francisco, su sencillez, su ternura y esa cercanía pastoral que sabe a Evangelio. Junto a «gracias», el término más repetido a lo largo de estas páginas, también abunda en ellas la palabra «esperanza». Pero se hacen hueco igualmente en las reflexiones de los autores el miedo, la constatación de las resistencias y las peticiones. Peticiones de tinte ecuménico, en torno a colectivos como las personas mayores o los jóvenes, sobre liturgia o sexualidad... Aunque hay una destaca, por reiterada, entre todas las demás: el protagonismo de la mujer en la Iglesia.
Si el Papa llegará o no a leer tan jugosas misivas, no podemos saberlo todavía. Menos aún si estas peticiones podrán dar algún fruto. Sí confiamos en que Francisco reciba el aliento y apoyo de cuantos han querido expresárselo públicamente en estas páginas. Y de lo que sí estamos seguros es de que cuantos lectores y lectoras se acerquen a este libro, tejido a partir de una pluralidad de hilos, obtendrán una rica visión de los desafíos a los que se enfrenta la Iglesia y de las fortalezas y debilidades con que los afronta, con el Papa a la cabeza. Tocará a cada cual decidir si se suma a la renovación eclesial que el papa Francisco viene animando desde que en 2013 fuera elegido para desempeñar el ministerio petrino.
José Antonio Pagola (teólogo)
Querido hermano Francisco:
Hace tres años colaboré en un pequeño libro de Cartas a Francisco. Te escribí mi carta entusiasmado. No me lo podía creer. Me recordabas día a día a Jesús con tus palabras, tus gestos, tu sencillez y tu cercanía a las gentes, tus abrazos a los niños y tus caricias a los enfermos y desvalidos. En poco tiempo te estabas convirtiendo en un «regalo» para la Iglesia y en una «buena noticia», incluso para un mundo sorprendido de tu llegada a Roma.
Ha ido pasando el tiempo, pero no me has defraudado. Al contrario, va creciendo de día en día mi admiración y mi agradecimiento a tu mensaje y a tu actuación. Has logrado probablemente lo más difícil: lo que no se puede hacer con decretos reformistas ni con planes pastorales elaborados en las curias diocesanas. Has cambiado el clima que se respiraba en no pocas comunidades cristianas. Hoy es más amable, más humano y más esperanzado. Ahora es más posible pensar con realismo en abrir caminos a una verdadera renovación evangélica de la Iglesia.
Nunca te agradeceremos bastante tu exhortación La alegría del Evangelio, llamándonos a «una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría de Jesús». Tú no estás pensando en una etapa triste que nos vemos forzados a recorrer para poder sobrevivir todavía durante algún tiempo, asegurando el funcionamiento de las cosas mientras sea posible. Tú nos estás llamando a impulsar una renovación de nuestras parroquias y comunidades «con generosidad y valentía, sin prohibiciones ni miedos», volviendo a lo esencial del Evangelio que es «lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y lo más necesario».
Hermano Francisco, veo a algunos teólogos preocupados por la resistencia cada vez más firme y atrevida de algunos cardenales y jerarcas a tu mensaje y a tus esfuerzos por renovar la Iglesia de Jesús. Según se dice, están esperando a que se cierre al paréntesis de la «era de Francisco», para volver otra vez a lo de siempre, lo que en otros tiempos nos ha servido para sentirnos fuertes e importantes y para tener más prestigio y más poder mundano. Como dices en La alegría del Evangelio, pretenden «dominar el espacio de la Iglesia» y buscan «el cuidado de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia». Sinceramente te digo que no me preocupan mucho. Vivo convencido de que en los próximos años estos jerarcas irán perdiendo poder de atracción y credibilidad.
Más me apena ver que, en bastantes diócesis y en no pocas parroquias y comunidades cristianas, tus llamadas a impulsar una renovación evangélica no están llegando hasta los fieles del pueblo de Dios. Más aún, veo que bastantes cristianos saben más de ti y de tu actuación por lo que ven y escuchan en los medios de comunicación que por lo que pueden conocer en el seno de sus comunidades. Estamos orgullosos de tener un gran papa, pero, con frecuencia, vivimos tranquilos pensando que es suficiente que transforme las instancias centrales de Roma, sin darnos cuenta de que la Iglesia es mucho más que el Vaticano y que tú, hermano Francisco, no puedes hacer entre nosotros lo que es tarea nuestra. Y así, poco a poco, la fe se va perdiendo en nuestros pueblos y nuestros hogares, en nuestra sociedad y en nuestras conciencias, sin que, al parecer, nadie se sienta responsable.
Querido hermano Francisco, seguramente, nunca leerás esta carta que te estoy escribiendo. A pesar de todo, quiero descubrirte lo que vivo dentro de mi corazón de humilde evangelizador de Jesús: lo que en estos momentos siento que necesita urgentemente la Iglesia y a lo que quiero dedicar los últimos años de mi vida. Eso que llamamos «crisis religiosa» es, al mismo tiempo, el gran signo de nuestro tiempo, aunque todavía no sepamos leerlo con espíritu profético. Dios está llevando a nuestra Iglesia a una situación nueva en contra de nuestra voluntad. Dentro de pocos años, la Iglesia será entre nosotros más pequeña, menos poderosa, más débil. Tendrá que aprender a vivir en minoría. Conocerá en su propia carne lo que significa ser perdedora y vivir marginada por la sociedad. Solo desde esa pobreza aprenderá a dar pasos humildes hacia esa conversión que hoy no somos capaces de impulsar a pesar de tus llamadas. Nuestras comunidades se volverán a Jesús con más verdad y más pasión que nosotros. Buscarán a Dios con más fuerza y, en medio de una sociedad que lo declarará muerto para siempre, ellos lo encontrarán donde ha estado y está siempre: en lo más profundo del ser humano.
Pero ¿qué podemos hacer nosotros ahora mismo? Querido Francisco, tú recordarás tan bien como yo –no te he dicho que tenemos la misma edad– aquellas palabras que escribió, pocos años antes de su muerte, aquel gran teólogo que fue Karl Rahner: «El cristiano del futuro será “místico”, es decir, una persona que “ha experimentado” algo o no será cristiano; porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en un ambiente religioso generalizado, previo a la experiencia y a la decisión de las personas». Unos años antes, Rahner había escrito un texto considerado por él mismo como su testamento espiritual: «Una cosa sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios. Y vuestra pastoral debería, siempre y en cualquier circunstancia, tener presente esta meta inexorable... Ayudar al hombre a experimentar que siempre ha estado y sigue estando en contacto con Dios es hoy más importante que nunca».
Hermano Francisco, tú sabes mejor que yo cuántas veces se han venido repitiendo las palabras de Rahner estas últimas décadas, y sabes también que su llamada, tan lúcida como audaz, no ha encontrado apenas seguidores. Es cierto que vamos tomando conciencia de la necesidad profunda de espiritualidad, pero estamos muy lejos de impulsar la renovación interior que necesita hoy nuestra fe. Los pronósticos se están cumpliendo. La crisis religiosa es tan profunda que ya no bastarán algunas reformas superficiales. A nuestro cristianismo europeo le está llegando la hora de la verdad. O impulsamos una renovación interior de nuestra fe o correrá el riesgo de irse extinguiendo en las próximas décadas.
La capacidad de relacionarse con Dios está quedando atrofiada en muchas personas que viven instaladas en una vida pragmática, volcada casi totalmente en lo exterior. Poco a poco, Dios se está convirtiendo para bastantes en una palabra sin contenido, una abstracción, tal vez un mal recuerdo a olvidar para siempre. En nuestras parroquias seguimos hablando de Dios, pero son pocos los que buscan al que se esconde tras esas palabras. Incluso se diría que, a veces, «sentirse cristiano» parece que dispensa de la aventura apasionante de buscarlo. En estos tiempos todo es posible: rezar sin comunicarse con Dios, comulgar sin comulgar con nadie, celebrar la liturgia sin celebrar nada, oír el Evangelio sin interiorizar el mensaje de Jesús... Tal vez siempre ha sido así, pero hoy todo favorece más que nunca ese cristianismo sin interioridad que no es sino la «epidermis de la fe».
Querido Francisco, son muchas las preguntas que me brotan desde dentro. Solo te indico algunas. Dios es hoy para muchos no solo un «Dios escondido» sino un Dios imposible de encontrar. ¿No ha llegado el momento de que la Iglesia, que tiende a presentarse casi siempre como autoridad moral ante la sociedad, aprenda también a presentarse y ofrecerse como invitadora a hacer la experiencia personal de Dios? ¿No hemos de difundir con más fuerza la buena noticia de que todos podemos experimentar en el fondo de nuestro ser el Misterio último de la realidad que los creyentes llamamos Dios? ¿No debería ser hoy nuestra tarea prioritaria en las parroquias ayudar y acompañar a los fieles a vivir su propia experiencia interior de Dios?
En nuestra Iglesia hay un hecho que nos hace sufrir mucho. A pesar de todos los esfuerzos que se hacen, no logramos transmitir la fe a las nuevas generaciones. En la raíz de este hecho subyacen sin duda diversos factores de naturaleza sociocultural, pero ¿no hay sobre todo un dato que hemos de revisar y corregir con urgencia? ¿Podemos continuar hoy tratando de transmitir la fe en Dios siguiendo el modelo de «instrucción», como si creer en Él fuera una doctrina que puede enseñarse con ayuda de métodos didácticos? ¿No hemos de aprender a despertar de modo adecuado la capacidad que hay en todo ser humano de acoger en su interior la presencia del Misterio de Dios?
Por otra parte, estos últimos años hemos hecho esfuerzos notables por reavivar la identidad cristiana impulsando el seguimiento a Jesús. Sin embargo, este seguimiento se entiende y se vive casi siempre acentuando sobre todo la dimensión moral: «imitar a Jesús», «seguir su ejemplo», «defender su causa»... A lo largo de los siglos se ha ido olvidando la dimensión mística de Jesús, es decir, la experiencia de Dios vivida por él. ¿No ha llegado la hora de entender y de vivir el seguimiento a Jesús como camino místico de renovación interior? ¿No hemos de enseñar a los hombres y mujeres de hoy a vivir «con los ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Heb 12,2)?
No me puedo alargar. En mi interior brotan otras muchas preguntas: ¿Cómo ayudar a los cristianos a redescubrir en lo profundo de su ser a Cristo resucitado como principio de renovación interior? ¿Cómo desarrollar una pastoral de interioridad en los diferentes ámbitos de la Iglesia? ¿Cómo introducir silencio y recogimiento interior en nuestras parroquias y comunidades? ¿Cómo celebrar la liturgia sin que nuestro corazón este ausente? ¿Cómo reavivar la experiencia de esa eucaristía dominical que estamos dejando morir por no escuchar a las nuevas generaciones que llevan décadas diciéndonos que se aburren al escuchar un lenguaje que, en buena parte, no se ha modificado desde hace ochocientos años?
Querido hermano Francisco, yo no soy nadie para sugerirle al Papa nada, pero vivo convencido de que sería un regalo para la Iglesia un Sínodo que sacudiera nuestras conciencias y fuera el punto de partida para impulsar en los años venideros una renovación interior de nuestro modo de vivir la fe cristiana.
Francisco eres un regalo de Dios para la Iglesia de Jesús. ¡Gracias por tu vida!
José Antonio Pagola(Añorga, Guipúzcoa, 1937), teólogo, ha dedicado muchos años a investigar en profundidad la figura de Jesús de Nazaret. Fruto de esa investigación son sus libros, sobre todo,Jesús. Aproximación histórica (PPC) y Es bueno creer en Jesús (SAN PABLO). Ha sido también director del Instituto de Teología y Pastoral de San Sebastián, rector del Seminario diocesano y vicario general de la diócesis de San Sebastián.
Isabel Cuenca Anaya
(secretaria general nacional de Justicia y Paz)
Querido papa Francisco:
Me han pedido que le escriba una carta. Si me hubiesen pedido un telegrama, lo tendría muy fácil: «GRACIAS», pero una carta debe tener algo más de extensión. Así que voy a desarrollar por qué para mí lo más importante que tengo que decirle es «gracias». Gracias por tres razones. En primer lugar, gracias por ser, por existir. Nos ha enseñado que toda vida es un don de Dios. En realidad, eso es una enseñanza de toda la Iglesia, pero usted nos la ha transmitido de una forma constante, tanto con sus palabras, como con sus hechos. Una y otra vez le hemos visto abrazando con verdadero cariño, y no de la forma rutinaria como suelen hacer los políticos, a niños, enfermos, pobres, refugiados, presos... Le hemos visto sonreír ante un niño que rompiendo el protocolo se subía a donde usted hablaba y se abrazaba a su sotana ante su gesto complaciente, o besarle los pies en Jueves Santo a hombres y mujeres presos, discapacitados... Frente a este mundo competitivo en el que los pobres, los enfermos, los discapacitados no cuentan, usted nos ha enseñado a ver el rostro de Dios en ellos.
Esos son gestos, pero también cuentan sus palabras. Desde el primer momento se vio que ellos eran una preocupación fundamental para usted y así lo ha hecho ver con frases tan bonitas y contundentes como «cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza de la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien» (EG 1). ¿Se puede decir más bonito? Por eso, uno de sus deseos es la inclusión social de los pobres, el acceso a la educación, a una vivienda digna y a tantos otros derechos que se les vienen negando. No se cansa de repetir que los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio para afirmar contundentemente que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos» (san Juan Crisóstomo).
Se ha convertido en su defensor, incluso en unos términos que a otros les pueden parecer escandalosos y parecen justificar la violencia que a veces ellos o los pueblos pueden ejercer. Pero no es así, solo advierte que cuando la sociedad abandona en la periferia a una parte de sí misma no está garantizada la tranquilidad social.
Es valiente, hay que reconocerlo. Si se trata de defender al pobre, al excluido, no tiene en cuenta «lo políticamente correcto» que a veces nos atenaza a los demás y dice claramente que este sistema económico que deja en la periferia a tanta gente mata y que estamos insertos en una cultura del descarte. Ya me gustaría a mí tener las ideas tan claras y su valentía para poder hacer un retrato tan certero de la realidad cruel en la que viven los excluidos.
Pero no solo defiende al pobre así en general, sino que especifica, cuando viene al caso, sobre quién está hablando. Y así no duda en decir que son una vergüenza las muertes en el Mediterráneo. Yo estaba presente cuando en una audiencia al grupo de personas que habíamos participado en un seminario sobre la encíclica Pacem in Terris repitió por dos veces «vergogna, vergogna» (vergüenza, vergüenza) por las muertes de un grupo de inmigrantes que le acababan de comunicar. Tengo que reconocer que, al oírselo decir, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Por eso habla de los niños y niñas obligados a trabajar en condiciones de esclavitud en el campo, en el servicio doméstico, en la industria manufacturera, en la minería, los niños soldados de la guerra y clama por que no haya esclavos, sino hermanos.
Para todos ellos, usted se ha convertido en su mejor defensor. Con su valentía les ha dado visibilidad y con sus denuncias les ha dado dignidad.
Gracias también por ser cristiano. Reconozco que hay y ha habido muchas personas que han sido muy buenas cristianas y su ejemplo les sirve de ayuda a otras personas. Pero con usted también es diferente. La doctrina es la misma, pero el foco ha cambiado. Dice lo que hasta ahora se nos ha dicho y, de hecho, a usted, siguiendo la tradición de los papas anteriores, le gusta citar a sus antecesores o a otras conferencias episcopales. Pero su forma tan directa y la manera en la que habla del dolor que le produce que haya tanta indiferencia con los que sufren están haciendo que muchos cristianos pongan también su atención en ellos. Tiene una manera de expresarse que hace que creamos que ese cristianismo tan exigente del que usted habla es fácil de practicar y da la sensación de que poniendo la confianza en Dios y dejándonos llevar por el Espíritu todo va a resultar fácil y alegre. Confieso que eso es lo que sentí cuando leí la introducción a Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría... invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por él, de intentarlo cada día sin descanso... al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos». No se puede decir mejor y con palabras más claras y sencillas. Si alguien tiene dudas, que lea esto despacio, que lo asimile y verá que se produce una paz interior inconmensurable. Se siente de verdad el abrazo de Jesús.
No lo digo yo, que también, sino que se lo he escuchado a muchas personas: se ven más animados en el día a día con su cristianismo. Hay que reconocer que no todos los bautizados son cristianos de primera fila, cada uno lleva su proceso, su ritmo, su vida. Jesús lo explica muy bien en la parábola de los obreros contratados para su viña. Pues a estos «viñadores» usted les ha dado un impulso, se sienten más a gusto con su fe, ya no les resulta tan gravoso admitir que son cristianos públicamente, incluso hablan del Papa con bastante asiduidad.
En este mundo de los whatsapps, se leen diariamente muchas frases atribuidas a usted, que en la mayoría de los casos no lo son. Yo no sé si a usted le preocupa esto. Yo he escrito y hablado en varias ocasiones sobre ello, porque creo que no le hacen ningún favor, pero teniendo en cuenta lo que ha dicho en el Mensaje para la Jornada mundial de las comunicaciones sociales de 2017, si lo enfocamos positivamente, no me queda más remedio que maravillarme del interés que muestran por usted tantas personas.
La influencia en los medios que usted tanto tiene no es para mí lo más importante. Para mí son los gestos y las palabras que tiene de acogida para todos: los judíos, los musulmanes (¡qué maravilla de foto los tres abrazados en Jerusalén!) y también hacia el resto de las grandes confesiones cristianas. Usted está haciendo mucho por la unidad de los cristianos y por el respeto a las demás religiones. Sería estupendo que fuese calando en cada uno de nosotros el ver al diferente como una oportunidad de enriquecimiento propio, que vayamos derribando los muros del miedo y tendamos puentes hacia la aceptación mutua y la convivencia.
Muestra con palabras sencillas y expresiones muy bellas (en eso se nota que es argentino) que ser cristiano no es vivir con medias tintas, que requiere un compromiso serio con Dios. Nos ha dicho que los cristianos tenemos el deber de anunciar el Evangelio sin excluir a nadie, pero «no como el que impone una obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable». Y critica con una frase que se ha hecho «viral» a los «cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua». Insiste una y otra vez en lo que ya sabemos desde que Jesucristo lo dijo: que lo principal es amar a Dios y a los demás.
Es difícil resumir en una carta cuáles son los aspectos del cristianismo que usted explica, ni es este el objetivo de esta carta; pero tengo que decirle que me gusta mucho la expresión de «Iglesia en salida». Creo que, con ella, nos dice que no podemos estar acomodados en nuestro espacio de confort. Eso no es lo que hizo Jesucristo ni hicieron los apóstoles. El inmovilismo, la comodidad o la quietud no van con el espíritu cristiano.
Gracias también por ser papa. Desde el primer momento en el que fue elegido como obispo de Roma, que es como a usted le gusta llamarse, nos dimos cuenta de su estilo, tan diferente a los papas anteriores. Desde luego, cada uno ha tenido su personalidad, su impronta, pero muchos pensamos que ha roto muchas barreras desde el inicio. Yo quedé impresionada cuando, al salir por primera vez al balcón de San Pedro, pidió que rezasen por usted todos los que estaban allí aclamándolo. No me pasó desapercibido que parecía como si las vestimentas oficiales le molestasen. Recuerdo cómo se quitaba la estola. Yo comenté que daba la impresión de que le pinchaba. Los días que siguieron a su elección pudimos comprobar que habían llegado nuevos aires al Vaticano: seguir viviendo en Santa Marta, prescindir de los coches suntuosos, saltarse el protocolo, rezar desde los últimos bancos de la iglesia, acercarse a un confesonario como un pecador más (al pobre sacerdote le daría un infarto del sobresalto), prescindir del papamóvil, beber el mate que sus paisanos le pasan... todo ello no son simples gestos, sino que nos hacen ver algo más esencial: el cristiano es una persona que tiene que tener claro que su actitud es el servicio y la cercanía y que cuanto más responsabilidades se tengan en la Iglesia y de mayor rango sean las mismas (honores para unos), más tiene que destacar en la humildad y en el servicio.
Con su actitud nos ha acercado más al Evangelio y nos ha enseñado que es a través del testimonio como podremos atraer a las personas hacia ella: «La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción» y nos convoca a estar en salida permanente, a anunciar a todos el Evangelio y en todos los lugares. Esta Iglesia en salida la define muy bien: «Es la comunidad de discípulos misioneros que primerean (muchos tuvimos que consultar diccionarios para entender su significado), que se involucran, que fructifican y festejan» (EG 24). Define de una manera magistral la parroquia como «la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos e hijas». Esa frase le pertenece a san Juan Pablo II, pero al traerla a la Evangelii gaudium, se ha popularizado como si fuera suya. Esa es otra de sus habilidades: con su lenguaje directo y sencillo ha conseguido que otros textos del Magisterio de la Iglesia, que a veces exigen una cierta preparación para entenderlos por la forma en que están escritos, se hayan popularizado y nos resulten más conocidos. Nos habla de que la Iglesia nos debe invitar con fuerza y atracción a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y así salir de nosotros mismos para buscar el bien de todos. Si esto no se hace así, dice, corre el peligro de quedar convertida en un castillo de naipes. Le gusta hablar de una Iglesia de puertas abiertas y no una Iglesia aduana: es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas. Prefiere, y así lo dice, «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (EG 49).
¡Qué bonita nos pone de esta forma a la Iglesia y cómo cobramos impulso los que nos sentimos miembros de ella!
Ha asumido como papa muchos riesgos, pero ya comentó en una entrevista que no tenía miedo a que le ocurriese algo, y si le ocurría, su muerte no iba a ser prematura. Yo pido de corazón que Dios lo tenga entre nosotros por muchos años. Tengo entendido que sus salidas del Vaticano traen de cabeza a los responsables de su seguridad por donde quiera que viaja. Ha prescindido del papamóvil y prefiere ir en coche abierto y parar a saludar a las personas a su paso, especialmente a niños, enfermos y discapacitados. Con eso logra una imagen de cercanía que está consiguiendo que cada vez más personas se vayan acercando con interés a la Iglesia.
Es imposible describir en esta carta las sensaciones que deja después de cada uno de sus viajes, pero sí le puedo decir que ninguno de ellos me deja indiferente y que, de todos, saco aplicaciones prácticas para mi vida.
En el corto tiempo que lleva como papa ha escrito documentos muy interesantes y valiosos. Para mí, uno de los más importantes es Evangelii gaudium, el cual tengo como libro de cabecera. También ha sido estupenda su encíclica Laudato si’, ante la que me descubro. Qué forma tan acertada de relacionar el cuidado de la creación con el cuidado de los pobres y qué acierto también al subtitularla como el cuidado de la casa común. Así nos ha hecho ver a los cristianos que el cuidado del medioambiente no es una misión de unos cuantos, sino que es parte inseparable de nuestra fe.
Ya para acabar, permítame una sugerencia. Ha prometido y está en ello, una reforma en profundidad de la Iglesia. No se olvide de incluir en la misma a las mujeres. Me causa un profundo dolor comprobar cómo las mujeres que suponen la mayoría de los fieles, a medida que se va ascendiendo en puestos de responsabilidad y de decisión, son cada vez menos. Si seguimos hasta los puestos de máxima responsabilidad se puede comprobar que apenas están presentes y de ellas, casi ninguna es laica. No me sirve que se me diga que hay mujeres en altas responsabilidades y que ya aportamos nuestra sensibilidad en estos sitios. Sé que en la sociedad civil también hay mucho camino por recorrer, pero la Iglesia ha sido valiente al tomar decisiones comprometidas y orientar a los cristianos en muchas cuestiones para que llevasen la postura de la Iglesia a la realidad que les ha tocado vivir. De esta forma se han visto reforzados para realizar su misión en la sociedad. Lo mismo le pido que haga con las mujeres: empodérelas, muestre con sus acciones «que ya no hay ni libre ni esclavo, ni hombre ni mujer», y así, las mujeres recobrarán fuerza para actuar en su entorno sin sentirse discriminadas. No necesitamos ser tuteladas. Somos viñadoras de la Viña y así nos queremos sentir, con nuestros talentos y mediocridades, con nuestros aciertos y errores. Tenemos mucho que aportar y no solo nuestra sensibilidad y maternidad.
Me despido, espero que mi estilo no le haya resultado poco respetuoso. En la Iglesia se nos enseña a hablarle a Jesús como a un amigo, con confianza y eso es lo que he pretendido hacer. Me he quedado en el usted y le he hablado con una sinceridad que no esconde el profundo respeto y admiración que siento por usted.
Le pido su bendición para mi familia y para mí.
Isabel Cuenca (Villarrodrigo, Jaén, 1949), profesora de instituto, es la secretaria general de Justicia y Paz, organismo eclesial creado por la Conferencia Episcopal española con la misión de promover y defender los derechos humanos, la justicia, la paz y el cuidado de la creación. Es miembro del ExCo (Comité ejecutivo de Justicia y Paz de Europa).
