Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Pablo está fuera de España redactando su última guía de viaje cuando recibe una nota explícita de su hermano Fran en la que le dice que su madre ha desaparecido sin dejar huella y piensa que se ha ido con un amante, por lo visto un amigo de su hermano Pablo, por eso le pide que sea él quien vaya a buscarlo y a hablar con él. En la nota también le refiere la situación en la que se encuentra su padre, está mal, sufre una enfermedad neuronal que lo hace olvidarse, entre otras cosas, de quién es la gente que lo rodea. Novela sentimental, tierna, divertida y a ratos muy dura.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 364
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
La novela Cartas a las novias perdidas, de David Torres, resultó ganadora del LXVI Premio de Novela Ateneo Ciudad de Valladolid, que fue convocado por el Ateneo de Valladolid y patrocinado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Valladolid.
1. El país que fuimos
2. Horizonte de sucesos
3. El Taj Mahal
Créditos
A Virginia Arizmendi
«El futuro aún no ha cobrado existencia y el presente es una rayita más fina que el pelo más delgado imaginable. Sólo existe el pasado, y la gloria del pasado no es el orden, porque el orden es una abstracción impuesta por esa cosa inexistente que llamamos presente. La gloria del pasado es disturbio, profusión, un caos de flores. Pero posee otra gloria más. El pasado ha derrotado a las fuerzas de la destrucción: la posibilidad devino hecho, y los hechos no pueden ser suprimidos jamás, ni siquiera por Dios. No soñemos con el futuro que no existe y que sólo puede existir transformándose en presente. No soñemos con vivir en el presente, pues el presente no posee existencia. Regocijémonos por haber añadido más y más al pasado, acrecentado el estruendo de su música y la profusión caótica de sus flores».
ANTHONY BURGESSFin de las noticias del mundo
«Ese fue el país que fuimos».
ÁLVARO MUÑOZ ROBLEDANOSalvoconductos
En el principio siempre hubo dos hermanos, Caín y Abel, Anubis y Bata, Rómulo y Remo, Tomás y papá, Fran y yo. Nunca se llevaban bien entre ellos y tarde o temprano acababan a golpes. En mi familia esto ya era una tradición: mi madre apenas se hablaba con sus hermanos más que una o dos veces al año, generalmente por Navidad; y mi padre no volvió a dirigirle la palabra al tío Tomás después de un oscuro incidente jamás aclarado. Era un tema tabú, coto vedado, una tachadura en la contabilidad secreta de los Hernández. Una vez se me ocurrió preguntarle el porqué de aquel silencio; yo tenía diecinueve años, acababa de ingresar en la Facultad de Letras, y la mirada que me asestó mi viejo me retrotrajo de inmediato a los catorce, a los diez, a los siete. Parpadeó y me sentí con cinco años, pedaleando en el triciclo que heredé de Fran, justo aquel día en que empujé con el manillar el jarrón de porcelana de la entrada un segundo antes de que se hiciera añicos. Cada segundo que posaba sus ojos sobre los míos yo retrocedía años de vida, de manera que tuve que agachar la cabeza antes de encogerme hasta el feto. No me apetecía nada acabar encajonado en uno de los testículos de mi padre y cada vez tenía más cara de eso. Tampoco se me ocurrió volver a preguntar.
Sí, en el principio, desde que tengo uso de razón, siempre hubo dos hermanos y siempre andaban a la gresca. Era una vieja historia, tan vieja que ya aparecía en la fundación mítica de Roma y en las primeras páginas de la Biblia. Caín era el mayor y cultivaba la tierra, mientras que Abel se dedicaba al pastoreo. Los economistas dicen que el mundo se mueve por la codicia pero no es verdad: al mundo lo mueve la envidia. Caín, el rústico, el destripaterrones, no podía competir con los vistosos y sangrientos sacrificios de su hermano ganadero los días en que degollaba un cordero o una cabra; todo lo que le podía ofrecer él a Jehová eran lechugas. Ni siquiera unas patatas o unos pimientos puesto que América todavía no había entrado en escena y los continentes permanecían pegados unos a otros como legañas. Jehová se molestó («Menuda mierda que me ofreces, Caín, ni que fuese vegetariano»), aunque los cronistas bíblicos fueron más diplomáticos.
Al igual que a Fran, nunca me impresionó gran cosa aquel juego de magia casera: Dios sacándose del sombrero el universo entero como si fuese un conejo, las nubes, los océanos, los animales. Menos aún la historieta del jardín del Edén, el árbol del bien y del mal, la serpiente charlatana, la expulsión con espada flamígera y el exilio al desierto. Sonaba a cuento chino. Siempre pensé que, para ser un libro acorde con su reputación, la Biblia debería haberse saltado todo aquel rollo de la creación y empezar directamente al estilo horaciano, in medias res, con el cadáver caliente de Abel, la mancha de sangre entre las piedras, aquel asesinato donde sólo había un único sospechoso.
—Dios —decía Fran, que nunca tuvo muy claro las diferencias entre teología y criminología.
—No. A menos que pretendas leer la Biblia entera como una novela negra.
—Por supuesto que es una novela negra. Más negra no puede ser.
—Se supone que, por aquel entonces, en la tierra sólo estaban Caín y Abel, así que la intriga no podría sostenerse mucho tiempo.
—Tal vez Caín pretendía hacer creer que lo mató una oveja.
—Es una posibilidad. No iba a ser una lechuga.
Para Fran esto era absurdo. Me señaló que Dios lo veía todo, lo oía todo, jugaba con ventaja. Era omnisciente y omnipotente y no sé qué puñetas más. Conocía de sobra lo que iba a suceder. El muy cabrón lo tenía preparado todo de antemano, igual que un narrador decimonónico. Necesitaba un motivo para expulsar a Adán y Eva del Edén y se sacó a la serpiente de la manga. Necesitaba que el hombre esparciera su semilla por el mundo y por eso miró a otro lado cuando Caín empezó a afilar la piedra. Le pregunté por qué.
—Porque de otra manera Dios se habría aburrido mucho. Necesitaba diversión y no hay mucha diversión en ver a unos cuantos animalitos jugando en un terrario. Se cansó enseguida, echó a Adán y a Eva para que no le estropearan las begonias. Pero eso no le bastaba, tenía que ponerle más emoción a la novela, ¿entiendes?
—No.
—Pues está bien claro, hermanito. Fue Caín el que más complació a Dios y por eso lo dejó libre y suelto por el mundo. Caín le ofreció un sacrificio humano.
En su magnífica blasfemia (que poco después le costaría una llamada a mis padres por parte del cura del colegio) Fran prefería a Caín, pero él se reservaba el papel de Abel: se quedó en casa cuidando el ganado y las posesiones de la familia. Fui yo el que hice el papel de Caín, el extranjero, el apestado, el maldito hijo pródigo. Fui yo el que escapó del terrario original para ver mundo, aunque me cuidé mucho de ir por ahí derramando sangre y esparciendo mi semilla. El mundo ya estaba lleno a rebosar de caínes.
Según los cánones psicológicos, era a él, el mayor, a quien le tocaba sentirse desplazado por mí, el recién llegado, el príncipe usurpador, pero en nuestro caso era justo al contrario. Envidiaba sus juguetes flamantes, que llegaban hasta mí desgastados, descoloridos, rotos; los jerséis por estrenar que me tocaba enfundarme cuando ya estaban dados de sí; los libros de sociales que ya venían subrayados, con sus dibujitos adornando los márgenes y los retratos de reinas y guerreros adornados con bigotes. Un día vi a mi hermano pintando con tiza una pared; de inmediato sentí el impulso de llenar el barrio de garabatos blancos y chillé y berreé hasta que Fran me entregó la tiza: era una mierda de perro momificada por el sol, blanca y seca.
A veces, me encontraba advertencias privadas en los textos de matemáticas: «Atento a esto, hermanito, es más difícil de lo que parece». Me señalizaba esos peligros con una caricatura, un monigote con gafas, del mismo modo que años después me advertiría a gritos de un pasaje peligroso al abrir una vía de escalada. En aquellos años yo llevaba unas gafotas enormes y, hasta sexto curso, acarreé unas botas especiales para pies planos. Zapatones, Ginger Rogers y Frankenstein, fueron algunos de los apodos con que me bautizó mi hermano. En la Biblia no dicen nada del tema pero estoy seguro de que Abel atormentó a Caín durante la infancia y la juventud con motes de mierda. Seguro que lo llamaba Zanahorio, Topo, Virtuoso del Azadón y cosas por el estilo. Seguro que lo del sacrificio fue simplemente una excusa, la gota que colmó el vaso. Seguro que Caín lo mató por el rencor acumulado tantos y tantos años.
Observo que en esta guía improvisada hacia mis orígenes no dejo de saltar del hoy al ayer, del presente al pretérito, siguiendo el mismo procedimiento por el cual, en mis viajes, tengo que bucear en los libros de historia, en documentos y crónicas, a la hora de fechar un templo, un monumento, unas ruinas. En realidad, todo lo que sabemos del pasado son conjeturas, hipótesis, textos referidos por los vencedores, por los que salieron vivos. Lo que existe es únicamente el recuerdo, la hoja de un diario, una fotografía, y los recuerdos son tan frágiles como la memoria de cada uno. Una vez un amigo me dijo que esa fue la excusa de Goebbels en los jucios de Nüremberg, cuando pretendió escabullirse de sus muchos crímenes recurriendo a su mala memoria, el comodín de cualquier acusado cuando las cosas se le ponen cuesta arriba. Tuve que recordarle a mi amigo que Goebbels se había suicidado en el búnker de Berlín, junto a su esposa, después de envenenar a todos sus hijos. Probablemente la anécdota a la que él se refería estuviese protagonizada por Göring, el obeso y juguetón capataz del aire del Tercer Reich. La similitud fonética y la mala memoria le jugaron una mala pasada.
Tal vez los hechos, tal como sucedieron, subsistan en algún museo intemporal, invulnerable al desgaste y al olvido, un babélico archivo de fotografías personalizadas, registradas y numeradas. Tal vez la película que dicen que veremos momentos antes de morir no sea más que la moviola certificada de nuestro paso por el mundo. Si es así, cosa que dudo mucho, la película de mi vida ocupa ya un buen trozo de cuatro continentes, una telaraña de líneas en el cielo, unas cuantas rayas perdidas en el mar, centenares de pueblos y ciudades. Probablemente haya visto yo solo más cosas, más países y más gentes extrañas que todos mis ancestros juntos desde el día en que nuestra estirpe echó a andar sobre la tierra. Aun así, apenas son dos docenas de islas indonesias.
Hace muchos años, antes de distanciarnos, mi hermano me dijo que ser padre es lo más difícil del mundo, que la mayoría de la gente que anda por ahí criando pequeños monstruos en pantalones cortos ni siquiera debería intentarlo. Por aquel entonces él no lo había intentado y a mí todavía ni se me ha pasado por la cabeza. Fran decía que lo más difícil de ser padre es saber retirarse a tiempo, que unos padres se mueren demasiado temprano y otros demasiado tarde. Nunca es buen momento para empezar a ser huérfano.
Recibí el mensaje de mi hermano cuando estaba en Sawu, una pequeña isla de Indonesia que acababa de ser devastada por un huracán. Tan sólo unos días atrás me encontraba en Bali, alojado en un antro de paredes agrietadas, mitad enfermería, mitad burdel, terminando de redactar una guía de viajes. El negrero para el que trabajo apenas si me adelanta dinero para los gastos, de manera que, como siempre, tengo que ir inventando sobre la marcha: un fascinante hotelito en primera línea de playa, un coqueto restaurante de pescadores cuya carta resulta a la vez barata y deliciosa, un mirador en lo alto de una colina desde el que se derrama una increíble vista sobre el Índico. Sé por experiencia que los viajeros no quieren oír la verdad, prefieren descubrirla por sí mismos: un cuchitril repleto de rameras menores de edad, un inquietante abrevadero donde un plato de marisco equivale a una ruleta rusa, una carretera que no va a ningún sitio. Aunque ignoro los motivos exactos, mis guías de viaje también tienen su público. Por lo visto, hay turistas a los que les gustan las decepciones, la frustración de no encontrar un lugar señalado en el mapa. Creo que las leen buscando los errores, las erratas del mundo, con el mismo sentimiento de rabia justiciera con que un crítico vapulea una novela en una reseña, pensando que él podía haberlo hecho mucho mejor. Mis libros les infunden a algunos la sensación, no del todo falsa, de que son más listos que el piloto, el coraje por apartarse de la manada, el gusto por la independencia. No despiertan admiración sino cólera, lástima en el mejor de los casos. Sin embargo, entre el momento en que se redacta y el que se publica, cualquier guía de viajes acaba transformada en ficción. Lo sé porque muchas veces he buscado datos en la Rough Guide o en la Lonely Planet y ha sido como intentar encajar un horóscopo. El hotel maravilloso hace tiempo que cerró, la carretera nunca se concluyó, el bar de copas se quemó, el simpático conserje ha muerto. Lo único que hago es ahorrar tiempo.
Al leer la noticia del huracán, recordé el maremoto gigantesco que arrasó el Índico unos años atrás y pensé que quizá podía hacer un buen reportaje y venderlo a alguna revista. Al fin y al cabo, la guía de Bali podía acabarla en cualquier sitio, incluso en el pesquero que me llevó cabeceando hasta Sawu. Cuando atracamos, comprendí que los diarios habían exagerado la magnitud del desastre; media docena de periodistas esperaba en el embarcadero la llegada de algún navío que los devolviera de vuelta a la civilización. Eran los desheredados de la profesión, los que no podían permitirse el lujo de un avión, los reporteros póstumos que llegan tarde a todas partes. Y luego, al final de la cadena alimenticia, estaba yo. Uno de ellos, gordo, jadeante y francés, me explicó que el huracán había golpeado dos poblaciones costeras, cada una en un extremo de la isla. Todavía no habían contabilizado las víctimas pero no creían que fuesen más allá de dos docenas. Lo dijo sin el menor reparo, con la convicción profesional de que aquel chorro de muertos en el culo del planeta no merecía más que un pequeño recuadro en la sección de internacional. Lo malo es que tenía razón. El hecho de que no hubiese causado más daños y que se hubiese disipado antes de alcanzar Java o Sumatra pertenecía a la mecánica secreta de los vientos y a la geografía inconcebible de Indonesia.
Poca gente sabe que el archipiélago consta de más de diecisiete mil islas, muchas de ellas habitadas, aunque la mayoría consiste en simples pedruscos arrojados al océano. En su clásica guía de viajes sobre el país, Bill Dalton empieza pidiendo disculpas porque personalmente sólo ha visitado un centenar. Indonesia no sólo es un lugar terriblemente grande y asombrosamente diverso sino también un espejo hecho añicos del mundo. Cuando uno de esos viajeros que coleccionan países saca su colección de pasaportes con docenas de matasellos estampados para asombrar a los palurdos, suelo desanimarlo preguntándole en cuántas islas de Indonesia ha estado. Una vez calculé cuánto tiempo llevaría a alguien conocerlas todas, a una media de una isla al día, lo cual es ciertamente ridículo para considerarlo una visita. Me salieron unos cuarenta y siete años, que es mi edad actual, de modo que se puede decir que hasta ahora no he hecho otra cosa más que saltar de día en día y de islote en islote.
—Pregunta por Charles en el hotel London —me dijo el francés gordo sudando hasta por los ojos—. Es un cooperante australiano que anda por ahí en un todoterreno.
No me costó encontrar a Charles y convencerlo para que me echara una mano. Estaba en el bar del hotel, reponiéndose a base de cervezas. Supe que era él de inmediato por su pinta de talonador de rugby, su pelo de panocha, su rostro de resignación y el polvo que le alfombraba la ropa. Al acercarme percibí también el olor a muerto, a cadáveres en putrefacción, una pestilencia inconfundible que nadie que haya catado alguna vez olvida. El tipo quería conversación, había estudiado español en Melbourne y necesitaba practicar el idioma. Me hizo un hueco en la parte trasera del vehículo mientras él se sentaba al lado del conductor, un guía local llamado Bambang que también hacía las labores de intérprete. Bambang era flaco y conciso, y hablaba por los codos en un inglés cantarín salpicado de indonesio del que yo no entendía casi nada. Charles se complacía en traducirme a un castellano donde se mezclaban ecos del Cid y del Quijote. Me explicó que el desierto australiano le recordaba mucho a La Mancha.
—Aunque no lo parece, Bambang viene de una familia de balleneros. Su abuelo y su padre todavía pescan con arpón, como en los tiempos de Melville.
Bambang oyó su nombre y rápidamente inició un monólogo que parecía un gorjeo de pájaros. En la cara le brillaba una fresca sonrisa oriental que quería decir cualquier cosa. Yo había sacado la cámara de fotos y disparaba desde la ventanilla al verde de la jungla y a las filas de cocoteros que flanqueaban la carretera. Fue entonces, en una de las revueltas del camino, cuando un pitido me avisó del mensaje de Fran: «Será mejor que vuelvas a casa».
Había perdido la cobertura del móvil en alta mar, en algún punto de la travesía, y debí de recobrarla al subir una de las colinas. No me preocupaba gran cosa porque cuando estoy de viaje prefiero cortar amarras. Sin embargo, hacía más de dos años que no me hablaba con Fran, algo más de tres meses que no tenía noticias de casa, y de repente recibía una advertencia que sonaba a ultimátum. Oía la voz rota de mi padre a través de esas seis escuetas palabras: «Será mejor que vuelvas a casa». Intenté responder pero una vez más se había cortado la comunicación. De cualquier modo, aunque lo hubiese conseguido, no estoy seguro de que Fran contestara. «Si no puedes decir algo en una sola frase, mejor no lo digas» me aconsejó una vez, después de leer una de mis crónicas. Lo conocía demasiado bien como para imaginarlo enzarzándose conmigo en una discusión telefónica, pero esta vez había llevado demasiado lejos su desprecio por la retórica.
Nos echamos a un lado para dejar paso a una camioneta en cuya plataforma trasera se agolpaban unas cuantas mujeres, ancianas y niños. Rodaba muy despacio y detrás de ella, en ambas cunetas, serpenteaba una doble hilera de desahuciados. Algunos cargaban mochilas a la espalda, otros sostenían paraguas y sombrillas abiertas. Un centenar de metros más allá, la jungla se aclaraba, surgió el mar azul rebosando en una bahía y entramos traqueteando en un poblado de chozas destrozadas. Ya habían retirado los cadáveres pero en el lodazal, enredados en un laberinto de cuerdas, paja, trozos de adobe y muebles deshechos, flotaban patas arriba los cuerpos de varios animales domésticos: cerdos, perros, cabras. Los sanitarios se movían de aquí para allá, hundidos en fango hasta las rodillas. Un niño lloraba desconsoladamente abrazado a un chucho empapado. Charles ordenó a Bambang que se detuviera antes de empotrarnos en una charca y se bajó para echar una mano. Bambang adoptó una pose de taxista en un atasco, un codo apoyado en la ventanilla, dos dedos tamborileando sobre el volante. Yo saqué el paquete de tabaco y le pregunté por señas si podía fumar.
—Fuma, fuma si quieres —me dijo en un castellano algo más dulce que el del australiano.
Le ofrecí un cigarrillo que rehusó y luego le pregunté cómo es que hablaba tan bien mi idioma. Me contó que su mujer, María, era chilena, que había venido a Sawu para estudiar las costumbres ancestrales de los últimos balleneros auténticos que quedaban en el mundo. Se habían casado, tenían dos niños, ella les enseñaba español y él les enseñaba a conducir, a navegar y a manejar el arpón. Le pregunté dónde vivían y me dijo que al otro lado de la isla.
—Hace tres días que no los veo. Yo estaba en el puerto cuando llegó el viento.
Me costó un rato entender que el tsunami también había barrido su casa. No podía quitar los ojos del móvil, de aquel mensaje terrible que me había revuelto las tripas, y de repente me encontraba con ese hombrecillo que sonreía al explicarme que no sabía aún si su familia estaba viva o muerta. Bajé del vehículo, tiré el cigarrillo y avancé por el barrizal hediondo, entre cabras tiesas y restos de cabañas desvencijadas. Encontré a Charles hablando con uno de los médicos, le agarré de un brazo, le dije que teníamos que irnos, cruzar la isla, buscar a la familia de Bambang.
—Ya lo sé, pero no quiere ir —respondió—. Dice que primero acabemos aquí el trabajo.
Un cansancio inmenso le colgaba de la cara: él tampoco había dormido en tres días organizando operaciones de rescate. Me pareció que Charles se agigantaba por momentos hasta que me di cuenta de que era el barro que me tragaba. Me agaché para intentar liberarme y el móvil, que bailoteaba en el bolsillo de la camisa, cayó en un charco negruzco. Lo saqué goteando.
—Pregúntale —dijo Charles, alzando la barbilla.
Bambang venía dando saltos de bailarín de madero en madero y de piedra en piedra, los vaqueros arremangados a la altura de la rodilla, sujetando las sandalias de cuero en una mano. Me ayudó a ponerme en pie. No le había salpicado ni una gota de fango.
—No importa —decía, sin perder la sonrisa—. No hay prisa.
—Pero tu mujer —protesté—. Tus hijos.
—No hay prisa, créeme. Si están vivos, están vivos. Si están muertos, están muertos.
El móvil no se recuperó jamás de la inmersión. Tuve que esperar hasta el regreso a Bali para encontrar un locutorio donde contactar con Fran. Le escribí a las dos direcciones de correo que tenía y que apenas utilizaba, preguntándole qué ocurría. Consultaba mi correo frenéticamente en cada lugar desde el que podía conectar el portátil, pero no obtuve respuesta. Entre bares, cafeterías y recepciones de hotel, llegué a tomar cinco cafés la mañana siguiente, y por la tarde me emborraché a base de cervezas. Temía quedarme en mi cuchitril porque Duyin, una pequeña puta malaya, se había encaprichado conmigo. Decía que acababa de cumplir los veinte años pero aparentaba la mitad, por lo menos. Cuando se restregaba contra mis piernas me daba escalofríos. «¿Yo no gustar?» preguntaba en un inglés infantil que le quitaba todavía más años. «Mucho» decía yo. «Un montón. Pero yo casado. Tú entender». En sintonía con esa gramática de tonto de pueblo, recibí otro mensaje de Fran que parecía casi un telegrama. Llegó una semana después, cuando ya había reservado una plaza en el vuelo más barato que pude encontrar, una travesía de veinte horas con tres escalas: Bangkok, Moscú y Frankfurt. El mensaje decía: «Mamá ha desaparecido. Papá está mal».
Ni un saludo, ni una despedida, ni una firma, sólo la información esencial. Desmenucé ambas oraciones en la sala de espera del aeropuerto, entre viajeros adormilados y cordilleras de maletas; las rumié de pie mientras aguardaba la cola para embarcar; las repetía mentalmente, como si estuviera rezando, encajonado en el ridículo asiento de la compañía, mientras el archipiélago indonesio se desvanecía entre nubes de vapor al otro lado de la ventanilla.
Mi hermano no hablaba por hablar. «Papá está mal» quería decir sin duda que su alzhéimer había empeorado; y «Mamá ha desaparecido», significaba exactamente eso. Imposible saber, sin más datos que aquella frase intransitiva, si la habían secuestrado, si se había echado novio o si se había marchado por su propia voluntad: las tres opciones eran igualmente inverosímiles para una anciana de más de setenta años que últimamente sólo se dedicaba a cuidar de su marido enfermo y a la que nunca le gustó mucho viajar ni salir fuera de casa. Tal vez Fran estaba bromeando pero incluso su espantoso sentido del humor recularía antes de obligarme a regresar desde el otro lado del planeta por una bobada. Entonces caía en la cuenta de que mi hermano seguramente no tenía la menor idea de por dónde andaba yo, la posibilidad de la jugarreta cobraba fuerza y me encontraba maldiciendo su nombre entre dientes y jurando que le rompería la cara. Después reflexionaba que, como siempre, no iba a tener muchas probabilidades contra Fran. Además, por mucho que le gustaran, una broma pesada no era el mejor modo de reanudar nuestra hermandad, teniendo en cuenta cómo habíamos acabado la última vez. «Mamá ha desaparecido. Papá está mal». Volvía a girar, como un hámster desquiciado, en la rueda elemental de aquellas dos frases, mientras el pesimismo se cernía de nuevo sobre mi cabeza, envuelto en las sombras del atardecer cayendo sobre la proa.
Dos escalas y un transbordo después, me encontraba tan cansado y maltrecho que ya no podía dar más vueltas a la noria. Había malgastado tres horas en el aeropuerto de Semeretievo, en Moscú, en el tedio bovino de la sala de espera, y luego otra hora más en la cola de despegue, contemplando el manto de nieve sucia que alfombraba la pista. En mi cabeza el mensaje de Fran era un chicle muerto que ya no sabe a nada. En la ventanilla el amanecer se aglomeraba en montones de nieve sucia. Sobrevolábamos una tormenta confusa como un repollo. Muchos pasajeros dormían, arrebujados en mantas, encogidos en sus asientos, pero había una pequeña luz tres asientos a la derecha: una mujer leyendo. Me había fijado en ella desde que salimos, una rubia con pinta de bibliotecaria, el pelo recogido y los ojos tapiados detrás de unas gafas cuadradas. Me había fijado no porque fuese especialmente guapa sino porque no levantaba la cabeza del libro. Yo llevaba la luz encendida desde que una de las azafatas me obligó a apagar el portátil; entonces me puse a repasar las notas sobre Bali que llevaba garrapateadas en una libreta, a ver si el aburrimiento me inspiraba y podía sacarle más jugo al viaje. A mi lado roncaba un joven barbudo desmayado sobre mi hombro. Nuestras dos luces encendidas eran dos balizas en un mar de ronquidos. Imposible no advertirlo; cada cierto tiempo ella miraba de refilón, girando apenas la cabeza, y pensé que quizá quería constatar que yo seguía montando guardia. Interpreté aquel leve movimiento como una señal inequívoca, según el consejo que me dio una vez Fran: «Son ellas quienes eligen, recuérdalo siempre, hermanito». Aunque nunca había intentado nada parecido en un avión, me levanté, le di un toque en el hombro al pasar por su lado y, sin mirarla, me dirigí a los lavabos. Total, no tenía nada que perder. Si ella no me seguía el juego y al regresar me recriminaba por el empujón, le pediría disculpas, le explicaría que no me había dado cuenta, que había tropezado.
Existe una amplia literatura acerca de los encuentros sexuales aéreos —entre pilotos y azafatas, entre azafatas y pasajeros, entre pasajeros—, una mitología tan extendida que las compañías deberían incluir un esquema con las mejores posturas de acoplamiento en el reverso de las instrucciones de vuelo. Ella me siguió a la cabina y, casi al instante, empezamos la faena. Nos besamos, nos manoseamos, nos arrancamos la ropa. Luego fue como bailar un tango en una jaula: primero colocó su pierna derecha sobre el grifo del lavabo y luego acabó por pasarla encima de mi hombro. Era una posición difícil en la que tenía que sujetarle el culo con ambas manos. Durante unos minutos interpretamos al ancestral antropoide de dos espaldas zarandeándose en el cielo de la vieja madre Rusia. Gemía en francés, lo cual era estimulante, porque el francés, con sus guturales y labiales, siempre me ha parecido el idioma idóneo para estas cosas. Entre jadeos le pregunté cómo se llamaba y me respondió «Monique» con morritos incandescentes. La cabina resoplaba el vaho de nuestro propio sudor y ella fue a quitarse las gafas empañadas, pero le pedí que no lo hiciera. Me excitaba más con ellas puestas, como si fuesen una especie de lencería, como si además de acariciarnos, besarnos y penetrarnos, nos estuviésemos leyendo y traduciendo. De repente se estremeció, como si la recorrieran calambres, y se dio la vuelta para dejarme terminar sobre la blanca grupa de sus nalgas. Luego se limpió con el papel higiénico, se secó el sudor, se bajó la falda y se arregló el pelo ante el espejo. Salió antes que yo del lavabo y, cuando pasé otra vez ante su asiento, seguía enfrascada en su libro, como si entre nosotros no hubiese sucedido nada.
Y la verdad es que no había sucedido nada, salvo en mi cabeza, donde yo había orquestado la escena de aquel coito a ocho mil metros. Monique ni se había molestado por el empujón ni se había encerrado conmigo en los lavabos. El nombre y la nacionalidad eran dos licencias que me había tomado para hacer más realista la escena. Es igual que mis guías de viaje: cuantos más detalles especifique, más auténticas parecen.
La imaginación ha sido mi refugio y mi reino desde mucho tiempo atrás. Otros se conforman con soñar despiertos, pero yo fantaseo hasta las últimas consecuencias. En mi imaginación ya había escalado el Everest, ganado el Nobel de Literatura y disfrutado de un breve romance con Monica Bellucci. Mucha otra gente también, pero pocos sufrieron congelaciones tan graves que tuvieran que amputarles los dedos de los pies; ningún ganador ficticio habrá compuesto el discurso de cabo a rabo; y, reconozcámoslo, ninguno de sus falsos amantes abandonó a la hermosa actriz en una ambulancia, después de una escena de celos en que ella llevó demasiado lejos su amenaza de cortarse las venas. He perfeccionado mi técnica hasta el punto de que puedo añadir detalles, rebajar y elevar énfasis, suprimir o corregir pasajes, como el texto del discurso en Estocolmo, en cuya primera versión empezaba agradeciendo el premio a mi hermano. Esa es la ventaja de las quimeras respecto a los recuerdos, que se hallan en revisión constante y pueden mejorarse en sucesivas ediciones, como mis guías de viaje. La memoria sirve a un amo severo, que es el pasado, y cada día que pasa y se aleja de él, resulta una criada más torpona. Tira las copas al suelo, confunde a los invitados, tropieza con las puertas, pierde las llaves de las habitaciones. La fantasía, en cambio, no tiene que rendir cuentas a nadie. Si el alzhéimer me alcanza como ha hecho con mi padre, llegará el día en que no distinguiré entre los recuerdos reales y los inventados, y entonces me preguntaré cómo es que han vuelto a crecerme los dedos de los pies o dónde guardo las cartas de la Bellucci. El Everest y el Nobel se fundirán en una niebla de triunfo antes de hundirse, juntos de la mano, en la nada.
El resto del viaje fue un laborioso duermevela. Timbres de aviso, taconeo de azafatas empujando el carrito del desayuno, bebés llorando, la somnolienta gimnasia del amanecer entre el pasaje. Mi compañero se desperezó, bostezó, despegó los ojos. Cuando el avión abrió algunos de los suyos, el cielo de Madrid nació entre párpados de plástico. Los aeropuertos siempre son el mismo aeropuerto: el de Barajas era igual que el de Semeretievo, sólo que ya habían retirado la nieve. Frente a la cinta de equipajes, ocurrió que una familia de indonesios, la bibliotecaria y yo nos quedamos los últimos esperando que salieran nuestras maletas. Ella no dejaba de teclear en el teléfono, enfrascada en un diálogo precoz. Era más alta y más redonda que la simple silueta que yo había visto encajonada en el asiento. De la boca de la cinta transportadora cayó una maleta, más bien un baúl enorme de color rojo que, al tomar la curva donde yo aguardaba, se quedó atascado. Ella se acercó a recoger el cachivache; yo le ayudé a sacarlo y ponerlo en pie.
—Gracias.
—No hay de qué. Disculpe que se lo pregunte pero, ¿es usted francesa?
—No. Toledana.
Se marchó arrastrando el carrito y tecleando el móvil con una sola mano, sin despedirse siquiera, después de todo lo que habíamos compartido. A continuación brotó un chorro de bultos de todos los tamaños, formas y colores —oblongos como ataúdes, largos como pértigas, zafios y frágiles, unos envueltos en plásticos y otros atados con cuerdas— que se desparramaron sobre la cinta en una reproducción a escala del archipiélago indonesio. El padre de familia dio la orden y los chavales se lanzaron al abordaje. Tuve que forcejear para hacerme con mi mochila negra. El policía de la entrada ni siquiera se interesó por ella, aunque al pasar delante de él compuse involuntariamente mi mejor mirada culpable. Me detuve en una tienda de prensa para hojear el semanario que había publicado mi reportaje. Había una foto de Charles y de Bambang, de pie junto a una choza de paja destrozada. Ambos parecían exhaustos pero el australiano estaba embarrado de la cabeza a los pies mientras Bambang permanecía con sus pantalones limpios y su camisa blanca intacta. Sonreía con ese gesto sereno, resplandeciente y hermético que para mí simboliza el oriente. En el texto, en el último párrafo, contaba que Bambang había encontrado a su mujer y sus hijos en un hospital de campaña al otro extremo de la isla. Nunca me gustaron los finales tristes.
Encontré a fran en la cocina del restaurante, limpiando pescado. Estaba dos años y diez kilos más viejo. Las escamas saltaban desde el fregadero, salpicando sus recios antebrazos, el delantal que tapaba una vieja camiseta negra de Jethro Tull, la barba sin podar, la melena anémica y espolvoreada de canas. Se giró, me miró sin expresión ninguna, un cuchillo en una mano, una merluza ahorcada en la otra.
—¿No me vas a abrazar?
—Das miedo, Fran.
—No seas imbécil.
El olor a pescado se confundió con el aroma limpio de la niñez, el césped del parque, la leche de tantos desayunos. Me hundí entre sus brazos, en la amplia bahía de su pecho, mientras él encajaba su barbilla en mi cabeza. Siempre fue un palmo más alto que yo y siempre lo sería. Nuestro padre bromeaba diciendo que ni siquiera parecíamos hermanos, pero el vínculo que nos unía era más recóndito, más ferviente aun que la sangre. Una vez me contaron una historia sobre el sepulturero de un pueblo andaluz al que se le murió su hermano gemelo. De vez en cuando, cada seis meses o así, el sepulturero desenterraba a su hermano y echaba un vistazo al cadáver, desclavaba las tablas del ataúd para comprobar la lenta alfarería de la muerte, el modo en que sus rostros divergían. Yo sentía lo mismo cada vez que visitaba a Fran, creo que iba a verlo sólo para contemplar la tumba de mi propio futuro, lo que me habría ocurrido de quedarme a trabajar en el restaurante familiar y seguir el guion que la vida me tenía preparado. Fran me apartó de sí, me revisó de arriba abajo con el gesto vigía de mi madre.
—Cuéntame —dije al fin.
—No hay prisa. Mejor sube arriba, date una ducha, cámbiate.
Le faltó decir que venía hecho una mierda, pero era él quien parecía recién desempaquetado después de veintitantas horas de avión.
—¿Y papá?
—Está dando un paseo con Cris. Tienes tiempo de echarte un rato antes de comer.
Fran dejó la merluza junto al fregadero. La cabeza resbaló sobre el filo de la encimera y el animal se me quedó mirando de medio lado, con ojos estupefactos, como si no me reconociera o no esperase mi visita. Subí las escaleras hacia el primer piso, hasta el cuarto que compartimos juntos en la niñez. Dejé la mochila sobre la litera y admiré la pared tapizada de huecos donde antes hubo pósteres de películas, carátulas de discos y lienzos pintados por mi hermano. Era el dormitorio reservado para mi sobrino, el que mi cuñada Cristina había decorado convencida de que tarde o temprano había de llegar un varón que equilibrara la balanza con sus dos hermanas y sus tres sobrinas. Pero el niño jamás había llegado y, cansado de esperarlo, Cristina había quitado la cuna y los adornos, dejando únicamente la pared desnuda como símbolo de su vientre estéril.
Di una vuelta por las habitaciones, abriendo y cerrando cajones, husmeando por las estanterías como un policía con décadas de retraso. La casa apenas se parecía a su recuerdo, había cambiado, había encogido, algunos cuartos brotaban en lugares que no les correspondían y el pasillo guardaba ángulos inéditos. Fui hasta el pequeño balcón del dormitorio de mis padres y abrí los cristales para airear la memoria: no reconocí las aceras ni los portales ni los coches ni los árboles.
Me di una ducha, me cambié de ropa y bajé de nuevo al restaurante. Me quedé en la puerta, observando cómo cocinaba mi hermano. Iba de la despensa a los fogones, añadiendo ingredientes, removiendo potajes y regulando fuegos con la misma pericia con que en su juventud afinaba una guitarra o se sentaba a acariciar un piano. Probó varias veces una salsa de tomate a la que había añadido unos toques de miel y una pizca de albahaca. Al final negó con la cabeza, cogió la sartén y volcó el contenido en el cubo de la basura.
—¿Estás seguro de que no podía arreglarse?
—Hermanito, de esto no tienes ni puta idea.
—¿No quieres que te eche una mano?
Se encogió de hombros, me señaló una tabla, un cuchillo y un par de cebollas rojas. Me explicó que tenía que cortarlas muy finas para que prácticamente se deshicieran en el aceite hirviendo. Lo hice lo mejor que pude, pero no fue suficiente. Fran me corrigió varias veces hasta que me apartó y se apropió del cuchillo. Picó las cebollas en trozos infinitesimales, tanto que al final parecía que hubiera pulverizado vidrio. Luego los echó sobre una cacerola humeante que empezó a chisporrotear; inmediatamente la apartó del fuego y la agitó como si manejara un extraño instrumento de percusión. Durante una media hora —mientras vigilaba los demás fogones, añadiendo aquí y allá pellizcos de sal y otros condimentos— fue preparando otra salsa a base de nata, ajo laminado, tomate, queso rallado y pimientos. Hirvió unos tortellinirellenos de carne durante un minuto, los escurrió apenas y los roció con la salsa. Llenó dos platos, descorchó una botella de tinto, sirvió dos copas y me invitó a sentarme. Era la mejor pasta que había probado en años y se lo hice saber mediante estentóreos y prolongados gemidos de placer.
—Se puede comer —admitió Fran—, pero no es gran cosa. Créeme.
Es cierto que, después de haber estado meses atiborrándome de pizzas recalentadas, bocadillos caseros y tallarines a tres dólares el plato, yo no era ninguna autoridad en materia culinaria. No soy un buen gourmet, ni siquiera uno malo, pero no habría tenido que exagerar ni una coma para recomendar el restaurante de mi hermano en cualquiera de mis guías de viaje. Fran era un cocinero sacrílego, audaz e imaginativo; no me hacía falta verlo aquella mañana como un químico en un laboratorio, dominando él solo media docena de fuegos. Lo sabía desde que éramos jóvenes, desde que íbamos a la montaña y se ponía a improvisar ensaladas mezclando alubias y espárragos con latas de sardinas. Mi madre no cocinaba mal, al contrario, pero apenas salía del repertorio esencial de la tradición española, esa lista de maravillas comestibles que van del gazpacho a la fabada pasando por el pisto, el bacalao, la tortilla, el cocido y la paella.
—¿Y mamá? —pregunté.
Fran comía de pie, sin dejar de vigilar los fuegos. Masticaba deprisa, meneando mucho las mandíbulas, intentando rastrear las vetas del sabor.
—Ya te lo dije. —Chasqueó los dedos—. Desapareció así, sin más.
—¿Sin más?
—Cris y yo fuimos a una fiesta con unos amigos, regresamos por la noche y ella ya no estaba. Me encontré al viejo solo aquí abajo, la ropa mojada, el grifo del fregadero abierto a tope y toqueteando las llaves del gas. «Los controles» decía, «los controles».
—¿Qué quería decir con eso?
—Vete a saber. —Fran bebió un trago de vino—. Papá ha perdido la cabeza. A veces se pasa toda la tarde enredando con los juguetes del desván. Algunos días echamos carreras de coches. Supongo que se refería a los mandos del Scalextric.
No había el menor rastro de reproche en su voz, aunque eso no hizo que me sintiera mejor. Ignoraba que el deterioro de papá hubiese llegado tan lejos.
—La cocina apestaba a gas, tuve que abrir puertas y ventanas. Fue una suerte que papá no acertara a encender un fuego porque habrían salido volando él, la cocina y medio restaurante.
Tragué el remordimiento junto con un trozo de pan. Oí la voz de mi madre: «Piensa en los niños hambrientos, acábate lo que hay en el plato». Fran dejó el suyo a un lado, se limpió las manos en el delantal, terminó la copa y se sirvió otra. Me contó que ya no tenía muchas ideas para seguir buscando. Había puesto una denuncia en la comisaría de policía, había preguntado a familiares, a amigas, había indagado en las tiendas, había inundado el barrio de carteles fotocopiados con una foto y un teléfono, había colgado el mismo cartel en las redes sociales, incluso había acudido a un programa radiofónico de esos que buscan personas desaparecidas.
—Tú tienes más imaginación. —Tal y como lo dijo, sonaba más a reprimenda que a elogio—. Quizá a ti se te ocurra algo.
Saqué el paquete de tabaco pero Fran me advirtió que en la cocina no, que mejor en el patio. Fumamos mirando el esqueleto del chopo que llevaba años pudriéndose a cámara lenta. Había sitio para montar cuatro o cinco mesas y le pregunté por qué no se animaba y ampliaba el negocio pensando en los fumadores.
—Apenas podemos con lo de dentro, como para pensar en llevar más mesas.
—O sea que la cosa va bien.
—No. No va bien.
Fran se apoyó en el tronco del árbol muerto, a la sombra del cual habíamos jugado tantas veces en la infancia. Ahora las ramas secas apenas sostenían el cielo, el hosco muro de cemento con manchas de humedad y ronchas de ladrillos.
—Jamás pensé que le ocurriría a ella —dijo rascando la corteza—. Quién podía pensarlo. Siempre estaba ahí como un ancla, sujetándonos a todos, cuidando de papá, de ti, de mí, de la casa. Mi miedo era que papá no regresara un día, que perdiera la cabeza, se largara por la puerta y lo encontráramos dos meses después, lleno de moscas, en un descampado. Pero no ella.
Tiró el cigarrillo a un lado y alzó la cabeza hacia lo alto. El árbol seco, las ramas negruzcas, el cielo encajonado, el muro de cemento, el patio sucio y lleno de colillas. Aunque era dos años mayor que yo siempre había parecido más joven, quizá por el vigor de su metro noventa, quizá por su dedicación a diversas disciplinas físicas: alpinismo, atletismo, artes marciales. De repente parecía más encorvado, más gastado y cansado, como si los dos años que me sacaba se hubiesen anulado con los dos años que llevábamos sin vernos. Me acordé de aquel sepulturero andaluz que cada poco tiempo iba a abrir la tumba para ver cómo trataba la muerte a su hermano.
P
