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A mediados del siglo XIX el mundo empezó a acelerarse tecnológicamente iniciando un proceso que nos ha llevado a una nueva época geológica: el Antropoceno. El impacto de la actividad humana en el medio ambiente ha tenido graves consecuencias ecológicas y necesitamos activar transformaciones personales y sociales urgentes. Para Antonio Casado da Rocha la solución a la crisis ecosocial no está en un pensamiento antropocéntrico, sino en un diálogo con la filosofía –para propiciar la transformación personal y social–, como en el papel de las universidades –para extender la cultura científica que permita una vida sostenible–. Casa de cambios parte del trascendentalismo de Henry David Thoreau, el enfoque de las capacidades de Martha Nussbaum y la Teoría U de Otto Scharmer para activar competencias colectivas y lograr un cambio en la mentalidad de las personas. Estructurado como un viaje en el que se presentan seis «capacidades para la transición», el libro está escrito en una continua conversación con Jorge Riechmann, Daniel Innerarity, Amador Fernández-Savater y Marina Garcés, entre otros. Una obra de divulgación filosófica que combina la ética aplicada con la innovación social y experimentos de transformación cultural.
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Seitenzahl: 216
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Casa de cambios
©Antonio Casado da Rocha, 2022
© Del grabadoThoreau vs Kaczynskien cubierta e interior: Alberto Areta Martínez de Marañón
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Ned ediciones, 2022
Primera edición: octubre, 2022
Preimpresión: Moelmo SCP
www.moelmo.com
eISBN:978-84-18273-95-7
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares delcopyrightestá prohibida al amparo de la legislación vigente.
Ned Ediciones
www.nedediciones.com
con Aran, Jonas y Añes
«Somos un arroyo cuya fuente está oculta».
R. W. Emerson
«Thoreau siempre nos dice: Debes cambiartu vida».
Joyce Carol Oates
«Creo que mi alma es un bosque oscuro. Que mi yo conocido nunca será más que un pequeño claro del bosque. Que dioses extraños llegan del bosque a ese claro y luego se van. Y que tengo que tener el coraje de dejarles venir e irse».
D. H. Lawrence
«La filosofía no es un programa de salvación. Trabaja con problemas comunes. Elabora sus mapas y prepara, así, el terreno de sus soluciones posibles. No es cierto que no tenga respuestas: las ensaya sin cerrarlas».
Marina Garcés
Índice
Entrada
La cuestión C
El factor X
Capacidades para la transición
Cultivar comunidades viables
Acoger lo extraño
Dejar ir y dejar venir
Trabajar con las manos, la cabeza y el corazón
Luchar con inteligencia y tenacidad
Pensar extramuros
Salida
Epílogo de Jorge Riechmann.quitarnos el yelmo de niebla, activar la undécima capacidad
Bibliografía
Entrada
Cuando el 21 de febrero de 1848 se publicó el Manifiesto comunista en Londres, otro espectro recorría Nueva Inglaterra: el espectro del trascendentalismo.
La semana anterior, en Concord, un pueblecito de Massachusetts, Henry David Thoreau había pronunciado la conferencia que originó el concepto de desobediencia civil. Acababa de dejar la casita que se había construido a orillas de un lago cercano, en la que había completado el primer borrador de su libro homónimo: Walden, subtitulado Vida en los bosques. Llevaba más de diez años escribiendo un diario. Por esas fechas anotó en él que «los estados mentales responden a los del cuerpo y cada parte del cuerpo tiene sus pensamientos» (post-30/7/1848). Se preguntaba qué pensaban sus pies y sus manos. A esas ideas y otras semejantes —las ideas, como las cerezas, nunca vienen solas— los contemporáneos de Thoreau las llamaron «trascendentalismo». Algunos sin disimular cierto desprecio; otros con entusiasmo, como la familia de Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas, que fue alumna de Thoreau.
Hoy el trascendentalismo es un movimiento cultural reconocido pero arcaico, la clase de escuela literaria o filosófica sobre la que se puede leer en las enciclopedias. Sin embargo, sus trazas se encuentran aquí y allá, y también puede llegar a ser algo experimentable y practicable en el presente. Según la Stanford Encyclopedia of Philosophy,1 los trascendentalistas tenían la convicción de encontrarse al inicio de una nueva época. No querían dejar la religión en manos de las Iglesias establecidas. Criticaban la conformidad de sus mayores y urgían a que cada persona encontrase su propio camino, fuera sumergiéndose en la naturaleza, en el arte o en experimentos comunitarios. Promovían una transformación cultural, es decir, tanto personal como social, aunque no estuviese muy claro hacia dónde. Más o menos igual que hoy.
En sus orígenes norteamericanos, el trascendentalismo se alimenta de fuentes diversas, fundamentalmente del idealismo alemán. Por un lado, Kant unificó diferentes corrientes de pensamiento occidental en su tesis de que todo lo que conocemos está mediado por la estructura que el sujeto proyecta sobre el mundo, que en sí no es cognoscible; por el otro, y basándose en fuentes orientales, Schopenhauer llamó «trascendental» a esa reflexión que no se dirige a los objetos sino a nuestra manera de tomar conciencia de ellos. El trascendentalismo es pues un constructo ecléctico, un patchwork, pero las ideas centrales de su síntesis norteamericana son simples y prácticas como una manta: no hay cambio social sin cambio personal, no hay una divinidad externa a la naturaleza, no hay separación entre lo micro y lo macro.
Tal vez el trascendentalismo no pueda codificarse en una serie de dogmas; consistiría más bien en una serie de prácticas: en el rechazo al statu quo académico, político y económico, pero también en la apertura hacia otras tradiciones de pensamiento, y en la reorientación hacia los procesos (mentales, relacionales, históricos) que originan nuestra percepción de las cosas. En definitiva: una actitud de transformación radical, movida por cierta sensación de que la sociedad moderna se estaba desbocando.
En particular, el trascendentalismo de Thoreau es una filosofía del poder transformador de la imaginación y la observación atenta, tal como se expresa en sus libros, ensayos y sobre todo en el diario. En su primer libro, el relato idealizado e intertextual de un viaje río arriba, escribió que «el mundo es el lienzo de nuestra imaginación», y la imaginación «el aire que respira y vivifica la mente». «Todas las cosas son como yo soy. ¿Dónde está la Casa de Cambios?» (1849: 292).
En ese breve pasaje, junto a la máxima fundamental del trascendentalismo, Thoreau escribe una pregunta: si todas las cosas son como soy, ¿dónde está la fuente del cambio, dentro o fuera de mí? Esa capacidad de transformación, ¿está en mi mente (en mi cuerpo) o está en el mundo? ¿En mi imaginación o en la de los demás? Preguntas dignas del Libro de los Cambios chino, que por esa época fue traducido al alemán; es posible, pero poco probable, que Thoreau lo conociera. Para mí la explicación más plausible es que ese House of Change —así figura en el texto, con mayúsculas— es un juego de palabras con House of Exchange, en alusión a la Bolsa de Filadelfia o la de Nueva York.
En este libro muestro que para los trascendentalistas la Casa de Cambios está en cada uno y en cada una, pero entendiendo ese sujeto como un cuerpo en relación constitutiva con el entorno, no separado de él, sino inmerso en una extensa red de procesos naturales y sociales que le desbordan y le hacen más consciente de la «infinita amplitud de nuestras relaciones» con el universo (Walden, 8.2).2
Es un tema que llevo rumiando varios años. En 2005 publiqué una pequeña biografía de Thoreau, la primera en castellano y desde 2020 también en catalán. Aún se puede leer bajo la licencia que permite su descarga gratuita, pero quien quiera profundizar debería acudir a la publicada por Laura D. Walls en 2017, coincidiendo con el segundo centenario de su nacimiento. En este gran libro, Laura sostiene que Thoreau encontró en los márgenes de ese mundo moderno y comercial el centro de un nuevo sistema de valores: un universo «más amplio que nuestras visiones de él» (18.1).
Podría decirse que lo que Thoreau experimentó en Walden fue un viaje en el cual sucede cierta transformación del punto de vista, que se amplía del nivel «ego» al «eco». Y esa experiencia personal se socializa mediante su correlato literario, Walden, convertido en un amplificador de atención, que se redirige más allá de uno mismo, o del vecindario, hasta alcanzar a todo el ecosistema. Si esto es así, el tema principal de Walden no es la naturaleza ni la sociedad, sino sus procesos de cambio; y su objetivo sería suscitar una experiencia transformadora que potencialmente lo es tanto del autor del libro como de quienes lo leemos. Un Libro de los Cambios que no sirve para adivinar el futuro, sino para fabricarlo.
Toda biografía tiene ángulos ciegos y siempre deja cosas por contar. Hay que completar el relato con lo que dijo el personaje y sus contemporáneos, y en el caso de Thoreau tenemos una mina de datos en su diario. Por ejemplo, sabemos que en la plenitud de su carrera como escritor, un año antes de publicar Walden, la Asociación para el Avance de las Ciencias le envió una encuesta para conocer sus actividades. En el diario anotó la dificultad de describir su trabajo, pues se consideraba tres cosas a la vez: «Un místico, un trascendentalista y un científico». Aunque, de tener que elegir una, seguramente tendría que haberles dicho de entrada que era un trascendentalista: «Ésa hubiera sido la forma más breve de decirles que no entenderían mis explicaciones», añadió (5/3/1853).3
Efectivamente, en aquel momento el término provocaba incomprensión y hasta rechazo. En su ensayo «The Transcendentalist», una conferencia que leyó en Boston en enero de 1842, Ralph Waldo Emerson comentó ciertas innovaciones [new views] que estaban sacudiendo el panorama cultural de Nueva Inglaterra, en gran parte promovidas por él mismo. Emerson afirma que en la pequeña iglesia del trascendentalismo hay un poco de todo, lunáticos y espíritus sutiles, pero que la sociedad norteamericana necesitaba esa experimentación creativa. Mucho de lo que dice el ensayo refleja ese momento, con toda su confusión y excitación, pero se pueden rescatar del texto algunas claves que definen al movimiento. Voy a sostener que ser trascendentalista entonces consistía en practicar tres principios. Los mismos, más o menos, que preconiza hoy día Otto Scharmer en su propuesta educativa.4
Si quieres cambiar el sistema, extiende el marco
Lo primero que dice Emerson en ese ensayo es que el trascendentalismo es una forma de idealismo. Los cambios en la conciencia son cambios de mundo: «El pensamiento, es decir el universo» [thought,—that is the Universe]. Esa sucesión de hechos que llamamos «mundo» fluye constantemente desde lo que Emerson llama el Unknown Centre, algo «invisible e inaudible» que está en cada persona; todas las cosas tienen una existencia subjetiva y relativa respecto de esa pluralidad de centros o fuentes de conciencia. Ese Centro Desconocido es la fuente o la casa del cambio.
La consecuencia es que toda transformación externa es reflejo de la interna, y por ello un vector importante de innovación social podría encontrarse en la llamada «ingeniería conceptual», la actividad de evaluación y mejora de nuestros esquemas y repertorios conceptuales, algo que está cobrando mucha relevancia en la filosofía contemporánea (véase, por ejemplo, el ConceptLab de la Universidad de Oslo, aunque también hay practicantes de esta escuela en lengua española).
En el elogio fúnebre que publicó tras la muerte de Thoreau en 1862, Emerson se quejaba de que su amigo careciera de ambición, que en lugar de ser «el ingeniero de América» se hubiera conformado con «liderar una excursión para recoger bayas». Pero si resulta que Thoreau fue un ingeniero de conceptos, y de hecho algunos de los que puso en circulación —como el de «desobediencia civil», o el de «naturaleza salvaje»— forjaron también el destino de la sociedad norteamericana, entonces Emerson se equivocó en su juicio. A su manera, Thoreau sí fue el ingeniero de América, y lo consiguió mediante un cambio estético, haciendo que el sistema se percibiera a sí mismo de una manera distinta, menos autocomplaciente. Esto nos lleva a la segunda tesis o principio de la transformación social.
Si quieres cambiar el marco, extiende las antenas
Otro rasgo relevante que Emerson encuentra en los trascendentalistas es la importancia que otorgan a la percepción y a la belleza como «punto medio» que permite alcanzar tanto lo verdadero como lo bueno. Llega a decir que el trascendentalismo va más allá de la justicia como cálculo egoísta de restitución hacia los desposeídos [for the black, and the pauper,and the drunkard], concibiéndola también como una «necesidad para el alma» de los agentes de la justicia.
La ingeniería conceptual es una actividad estética, pues requiere dispositivos y herramientas para percibir la calidad del sistema: su bondad, o falta de ella, pero también su belleza o fealdad. Como escribió Thoreau en su diario (21/6/1852), «al aplicar nuestros sentidos al mundo circundante estamos leyendo nuestras propias revoluciones, las físicas y las morales que les corresponden. [...] La percepción de la belleza es una prueba moral».
¿Dónde encontrar e implementar esos dispositivos o «antenas» con las que percibir la belleza? El trascendentalismo apunta a la educación, entendida de manera amplia o extendida. La tercera tesis dice que no hay transformación sin extensión de la educación.
Si quieres cambiar la percepción, extiende la escuela
La educación es la experiencia transformadora por excelencia. No siempre para bien, ya que la educación también nos puede volver peores; por eso el trascendentalismo fue sobre todo un movimiento de reforma educativa. En su sentido original, educar es educere: sacar a la luz o desarrollar eso que cada persona es en potencia; no como parte de una máquina de enseñar o una fábrica de gente, sino como un proceso abierto e inacabado de aprendizaje a lo largo de toda la vida. Según Emerson en The American Scholar (el primer manifiesto trascendentalista pronunciado en 1837, el año que Thoreau salió de Harvard) todos somos aprendices, todas las cosas y todas las experiencias están al servicio de ese aprendizaje, y el único maestro verdadero es otro aprendiz.
Antes de terminar sus estudios en Harvard, Thoreau hizo un período de prácticas en la casa y escuela de Orestes Brownson, dando clase a unos setenta jóvenes y aprendiendo alemán con la familia. Mantuvieron esa relación a lo largo de años y en una de sus cartas Thoreau compartió con Brownson el proyecto escolar que puso en marcha con su hermano John, donde el aula no se separaba nunca de su exterior o «afuera», ya fuese la calle, el bosque o el campo de cultivo. Como después escribiera en Walden, los trascendentalistas sentían que no debería abandonarse «nuestra educación cuando empezamos a ser hombres y mujeres. Es hora de que los pueblos sean universidades» (3.12). Thoreau nunca renunció a ese proyecto, y de eso hablaremos en el siguiente capítulo. Pero antes hagamos una breve recapitulación.
Este libro propone una interpretación del movimiento literario, educativo y filosófico conocido como «trascendentalismo» partiendo de sus orígenes en el siglo xix para abordar de manera más consciente, inclusiva y sostenible las transformaciones globales y locales del xxi. Es una forma política de trascendentalismo, no metafísica o religiosa, porque la transformación personal que buscaban los primeros trascendentalistas norteamericanos requiere dinámicas que sólo se pueden cultivar de manera comunitaria, activando mutuamente ciertas capacidades mediante la educación y la innovación social.
Casa de cambios comienza en ese momento a mediados del siglo xix cuando el mundo comienza a acelerarse tecnológicamente, iniciando un proceso que nos ha llevado a una nueva época geológica, al menos en sentido cultural: el Antropoceno. En los Estados Unidos, esa revolución industrial tuvo como primer crítico a Thoreau, y este libro es una invitación a pensar con él los retos del presente. Hace suyo el objetivo de extender y democratizar ciertas capacidades para la transformación personal y social, y termina explicando por qué, paradójicamente, un pensamiento no antropocéntrico puede ser la mejor esperanza para la humanidad. En diálogo con la filosofía, pero indagando en sus vías de aplicación práctica, aborda la «cuestión C» (el caos climático) mediante el «factor X»: el papel de la universidad para extender una cultura científica y consciente que nos permita abordar y sostener las urgentes transformaciones que necesitaremos completar durante las próximas décadas.
La «cuestión C» alude a las consecuencias de un modelo (o sistema, modo de vida) económico y social basado en el crecimiento ilimitado. Este modelo es el business as usual, la configuración por defecto de nuestro sistema operativo; lo podemos asociar a la palabra «capitalismo» pero también lo podemos asociar a la necesidad de control. También a cierto «optimismo cruel» inherente a pensar que al final todo (nos) saldrá bien porque «algo» —sea la Tecnología, el Estado, la Clase, el Mercado, Dios o la Ciencia— nos salvará de nosotros mismos. Como explica Lauren Berlant (2011: 8-9), la palabra «capitalismo» recoge significados muy diversos, pero en general apunta a un conjunto de procesos transnacionales que dominan la producción de las sensibilidades históricas que dan sentido a la vida y al trabajo cotidiano.
El «factor X» sugiere que para trascender (superar conservando, aufheben) las dicotomías —ciencia/religión, naturaleza/cultura, individuo/sociedad, Estado/mercado...— y los diferentes paradigmas de pensamiento que organizan nuestras vidas, hay que hacerlo desde la educación: transformarnos con otros porque nosotros mismos somos el sistema que necesitamos cambiar para sobrevivir. Esta tesis se ilustra mediante la vida y obra de Thoreau, pero también en algunos ejemplos contemporáneos de prácticas transformadoras, como la Teoría U de Scharmer. No todos los trascendentalistas eran conscientes de ello, pero al menos en estos dos casos, Thoreau y Scharmer, el trascendentalismo es político: nos invita performativamente a un proceso de transformación recíproca —hacemos un viaje, pero el viaje nos hace a nosotros también— que no depende de una doctrina metafísica o religiosa, aunque tampoco es incompatible con ellas.
El viaje desarrolla un núcleo de seis «capacidades para la transición»: iniciar comunidades viables; acoger lo extraño; dejar morir el viejo mundo; trabajar con las manos y el corazón; disputar el futuro con tenacidad e inteligencia; y pensar más allá del antropocentrismo a nivel intra, inter y transpersonal. Este núcleo surge de lecturas y conversaciones con Jorge Riechmann, Marina Garcés, Daniel Innerarity, Verena Hammes, Orla Hasson y otros participantes en comunidades de práctica para la innovación social, incluyendo a mis colegas en Arantzazulab, en la Facultad (Belen Altuna, Ion Arrieta, Arantza Etxeberria, Jonathan Lavilla, Mikel Torres) y a los alumnos y alumnas de mis cursos en la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Quiero agradecerles todas esas ocasiones de pensamiento colectivo; ojalá este libro sirva para continuarlas y extenderlas.
También quiero agradecer a Alberto Areta el regalo de la imagen de cubierta, fragmento de un grabado a punta seca sobre poliestireno realizado en diciembre de 2019 para la exposición Walden or Life in the Woods (UPV/EHU, Vitoria-Gasteiz). Se basa en una imagen inmersiva del emplazamiento original de la casa de Thoreau, y en otra de la casa de Ted Kaczynski, también conocido como Unabomber. En la página 152 se reproduce un fragmento más completo, para recordarnos que el experimento de Walden es sólo una posibilidad. Como experimento tiene sus riesgos, y entre la casa de Thoreau y la de Kaczynski hay todo un espectro. Los cambios pueden ser a mejor o peor.
La última palabra es para mi familia, sin la cual no habría casa ni cambios: milesker.
1. Las referencias bibliográficas figuran al final del texto.
2. Todas las citas o alusiones a una obra no especificada son de Walden, tomando como texto base la edición de Princeton University Press, pero no por número de página, sino indicando el capítulo y el número de párrafo separados por un punto, para hacer posible su localización en cualquier edición o traducción. Para encontrar el pasaje en cuestión cada cual tendrá que numerar esos párrafos consecutivamente en su ejemplar de Walden, pero hay guías en línea que permiten hacerlo con seguridad. Es muy recomendable el «texto fluido» que puede consultarse en https://digitalthoreau.org, ya que además de identificar claramente cada párrafo permite también contrastar las siete versiones del manuscrito. La traducción es mía.
3. Como del diario también coexisten varias ediciones y traducciones, las referencias serán siempre por fecha de entrada.
4. Para entender la Teoría U de Scharmer como forma de trascendentalismo contemporáneo, véase el capítulo de salida al final de este libro.
La cuestión C
Nunca se sabe para qué servirán los datos, pensamientos y acontecimientos registrados en un simple cuaderno. Sirva un ejemplo: a partir de 1852, Henry David Thoreau anotaba en su diario la fecha de floración de ciertas plantas silvestres en primavera, así como la eclosión de las hojas de los árboles. Comparando sus datos con los actuales, un equipo de botanistas y ecólogas-biólogas no sólo ha confirmado que el cambio climático afecta a esos dos fenómenos, sino también a su interacción mutua, generando un desfase pernicioso para estas especies. Como las hojas de los árboles responden más rápido al aumento de la temperatura, las plantas silvestres del sotobosque reciben menos luz que antes, lo cual reduce su fitness (Heberling et al., 2019).
Es sabido que en Japón llevan siglos registrando la floración de los cerezos, y que a lo largo del siglo xx esa fecha se ha ido adelantando progresivamente, casi dos semanas en cien años. Sabemos mucho menos sobre el impacto de esos cambios en otras especies, o en la nuestra. Somos más interdependientes de lo que pensábamos antes de la pandemia, eso seguro.
Volviendo a Thoreau, esa costumbre del diario se le volvió tan absorbente que el 9 de agosto de 1854, el día en que publicó Walden, se limitó a anotarlo en una línea junto con la aparición de bayas de saúco y el color amarillo en Celastrus scandens. Ahora que Walden acaba de ser traducido al euskera (y al castellano también, en una nueva edición de bolsillo), podemos leerlo no sólo por la calidad literaria de sus observaciones, sino por tres razones relacionadas con el cambio climático.
La primera es que, contra el tópico de que se trata de la crónica de un ermitaño antisocial y falsamente autosuficiente, estas nuevas traducciones nos presentan Walden como una investigación situada e interactiva sobre la clase de economía que nos permitiría vivir y convivir mejor con otras especies (incluyendo a la humana, por supuesto).
Thoreau colocó al comienzo del libro su capítulo más largo y difícil, el que se llama precisamente «Economía». En él realiza una crítica al capitalismo extractivista en las plantaciones del sur, pero también en las factorías del norte. Y proporciona argumentos para evitar esa explotación mediante un reajuste de los deseos: aprender a vivir con menos y así poder vivir más y mejor, aunque no falten las dudas ni los sacrificios. Como puede leerse en un reciente artículo en la revista Nature (Burgess et al., 2021), la cuestión sigue abierta para muchos economistas y científicas sociales: ¿cómo prepararnos para una más que posible ralentización del crecimiento económico que caracterizó al siglo xx? ¿Qué consecuencias tendrá?
Etimológicamente, economía significa «las normas de la casa». Thoreau explora la ética sobre la que descansa toda economía: la manera de concebir las prioridades de una sociedad. En ese sentido, el retiro de Walden consistió sobre todo en probar maneras diferentes de organizar la vida para ganar tiempo de estudio, escritura, conversación y contemplación, y hacerlo sin externalizar los costes.
Puede parecer radical, pero no es nuevo. Enough is as good as a feast, uno de los refranes recogidos en 1546 por John Heywood, y que aparece hasta en Mary Poppins, es una idea que se puede encontrar ya en la obra de Eurípides, y Aristóteles la recogió en su distinción entre la economía (actividad dirigida a la satisfacción de necesidades) y la crematística (dirigida a la mera adquisición de dinero o riquezas). Como añade el novelista de ciencia-ficción Kim Stanley Robinson, lo suficiente no sólo es bueno: es mejor aún, porque los excesos provocan dolor.
El derecho a investigar
La segunda razón para volver a Walden es que se trata de un ejercicio de innovación social. Y para afrontar una crisis sistémica (energética, climática, económica, migratoria, etc.) necesitamos buscar soluciones con rapidez y socializar lo antes posible el conocimiento que genere la experimentación. De lo contrario, el coste en vida y en vidas puede ser muy alto.
En un tiempo en que la ciencia no estaba tan profesionalizada o especializada como ahora, Thoreau ejerció y defendió un derecho humano básico: el derecho a la investigación. Un derecho no meramente formal, sino material, basado en infraestructuras y prácticas concretas. Por eso, además de recoger datos en su diario, acudía a la biblioteca de Harvard, lo que le permitió mejorar sistemáticamente el método de producción de lápices que mantenía a su familia, entre otros trabajos.
Esa idea del «derecho a investigar» ha sido desarrollada por el antropólogo indio Arjun Appadurai (2006) y conviene recuperarla en el contexto de la lucha contra el cambio climático. En un mundo volátil, complejo e incierto, tenemos mucha información, pero también mucho ruido, mucha ambigüedad; y la ciudadanía puede perder la capacidad de generar y aplicar los conocimientos necesarios para sobrevivir en un mundo así.
El trabajo empírico —documentar y registrar, obtener datos y ponerlos al alcance de quien lo necesite— es el primer paso. Pero también hace falta conceptualización y teoría filosófico-política para entender lo que está pasando y proponer soluciones fundadas en una economía al servicio de las capacidades humanas y compatible con lo que sabemos sobre estos procesos globales: nuevas maneras de entender el trabajo, el bienestar, la democracia o la convivencia en el Antropoceno. Y para eso no hace falta irse muy lejos, ni quedarse en el siglo xix, sino que podemos recurrir a los recientes trabajos sobre la «economía rosquilla» de Kate Raworth, o los de Marina Mazzucato sobre el Estado emprendedor, entre muchos otros.
El clima no es la única emergencia, pero todas están interrelacionadas en la economía y la salud globales. Y esa es la tercera razón para leer a Thoreau hoy: filósofos prácticos como él también tienen algo que aportar a la lucha contra el cambio climático, especialmente cuando hacen de puente entre las ciencias y las humanidades.
La adaptación y la mitigación son los conceptos clave del Acuerdo de París, pero hablar de cambio climático también es hablar de ignorancia y curiosidad, cinismo y compasión, miedo y coraje. Y sobre eso las humanidades tienen mucho que decir, pues son algo así como el archivo y el laboratorio de las emociones humanas. Necesitamos evitar el pánico y cultivar la curiosidad, la compasión y el coraje. O, dicho de otra forma, combatir la ignorancia, el cinismo y el miedo con nuestra propia capacidad de pensar, sentir y actuar con otros. Ésa es la idea detrás de muchas historias de superhéroes: Spiderman es sólo un chaval a quien una araña activó ciertos poderes, y tenerlos no le hace autosuficiente: sigue necesitando de los demás para todas las cosas importantes de la vida. Cada persona y cada grupo tiene que cuidar su parte de bosque o de cuenca hidrológica, encontrar su tela de araña, activar su «superpoder» para organizarse en redes, círculos o comunidades de práctica que cultiven ciertas virtudes. Para eso hace falta sabiduría (una forma afectiva e inteligente de conocimiento) y cooperación (una forma afectiva e inteligente de coordinación), y ahí es donde entra la filosofía.
