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Ally, la difunta esposa de Grant, había dejado una cinta de vídeo en la que le sugería que volviera a salir con mujeres después de su muerte. Inmediatamente, él empezó a preguntarse con quién podría salir, quién iba a querer empezar una relación con un viudo con tres hijos... Lo que no había previsto era que su mujer también hubiera pensado en eso: le pedía que saliera con Jenna, su mejor amiga, pues estaba segura de que acabarían enamorándose el uno del otro.
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Seitenzahl: 131
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Colleen Faulkner
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
¡Cásate conmigo!, n.º 1696 - octubre 2015
Título original: A Shocking Request
Publicada originalmente por Silhouette® Books..
Publicada en español 2002
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7308-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Feliz aniversario, feliz aniversario. Feliz aniversario, feliz, feliz… –estaba cantando Grant en voz baja.
No sabía de dónde había salido la cancioncilla, pero creía haberla oído en Los Picapiedra.
Mientras cantaba, golpeando el suelo con el pie, comprobó si los espagueti estaban en su punto. Después, los escurrió con un colador, echó un poco de margarina y… voilà, una cena digna de…
Digna de un viudo en el aniversario de su boda, pensó mientras echaba salsa picante sobre los espagueti. Grant tomó la bandeja y se dirigió al salón, donde lo esperaba una cinta de vídeo.
Para ser vista dos años después de que me haya ido, decía la etiqueta, con la letra menuda y ordenada de su difunta esposa.
Ally había guardado una caja entera de cintas «por si acaso». La mayoría eran para sus hijas y cada cinta tenía una etiqueta con el nombre de una de las niñas y la ocasión en que debía ser vista. La siguiente era para el dieciséis cumpleaños de Hannah, cuatro meses más tarde.
Faltaban dos semanas para el aniversario de la muerte de Ally, pero Grant pensó que no importaría si la viera un poco antes. Al fin y al cabo, aquel día era el aniversario de su boda. Decidido, metió la cinta en el vídeo y se sentó en su sillón favorito, el que Ally había tapizado con una tela de cuadros escoceses.
Cuando la pantalla se encendió, no pudo evitar una sonrisa. Se había acostumbrado a la ausencia de Ally, pero verla en la pantalla lo ponía triste… y alegre a la vez.
Allí estaba su mujer, sentada en aquel mismo sillón. Iba descalza y llevaba pantalones cortos y una visera para cubrir su cabeza porque, debido a la quimioterapia, había perdido mucho pelo. Pero estaba preciosa. No parecía una mujer a punto de morir de cáncer; un cáncer de mama que se había extendido por todo su cuerpo.
–Hola, Grant –dijo, con una sonrisa en los labios.
–Hola –susurró él.
–Si estás viendo esta cinta, habrán pasado dos años –siguió diciendo Ally, mirándolo como si estuvieran en la misma habitación–. Porque te conozco –sonrió ella, señalándolo con el dedo–. Y sé que no harías trampa. Nunca verías esta cinta antes de la fecha prevista.
–Eso es lo que tú crees –sonrió Grant–. La estoy viendo dos semanas antes, tonta.
–Bueno, espero que estés bien. Y espero que las niñas sean felices.
–Están estupendas, Ally –murmuró él, con los ojos clavados en la pantalla.
Era tan guapa, con el pelito rubio y los ojos azules… Después de las mastectomías pensaba que él no la vería hermosa, pero no era cierto. La había querido hasta el último momento, hasta el último aliento. Incluso en aquel instante…
–La razón por la que he grabado esta cinta es que… estoy preocupada por ti, Grant –continuó Ally–. Sé que cuidarás bien de las niñas porque eres un buen padre. Haces la colada…
–Y ordeno la ropa en cestas, con el nombre de cada una.
–Y seguro que tienes comida congelada en la nevera con etiquetas y todo –seguía diciendo ella.
Su mujer lo conocía tan bien… La noche anterior habían comido un estofado de carne que estaba en el congelador, con la fecha de caducidad. Por supuesto.
–Seguro que el garaje está tan organizado como siempre, las alfombras limpias y los cuartos de las niñas relucientes… incluso el de Hannah, aunque eso sí que es difícil.
Grant acercó un poco el sillón a la pantalla, como si así pudiera estar más cerca de su mujer. La echaba tanto de menos…
–Y seguro que sigues llevando la ropa a la tintorería cada lunes para recogerla el miércoles, cuando Becka sale de su clase de violín.
–El jueves. La señora Jargo tuvo que cambiar el día porque ahora va a la peluquería los miércoles.
–Y seguro que las niñas hacen los deberes cada noche y siguen sacando buenas notas –sonrió Ally.
A Grant se le encogió el corazón. Las sonrisas de su mujer eran un mundo para él. Cuánto la añoraba.
–Pero… no es por eso por lo que estoy preocupada. Me preocupas tú, cariño. Sé que vas a la peluquería todas las semanas, que te haces una limpieza dental cada seis meses, que siempre planchas tus camisas el domingo por la noche, pero… debes sentirte muy solo, Grant. Y seguro que no sabes qué hacer.
Él contuvo el aliento, preguntándose qué iba a decir después.
–Así que tengo un plan –le sonrió Ally desde la pantalla–. Y sé que estarás de acuerdo porque a ti te gusta mucho tener las cosas bien planeadas.
Grant se movió en el sillón, nervioso. ¿Un plan? ¿Un plan para qué?
–La razón por la que no te he dicho esto antes… cuando seguía aquí, es porque sabía que no querrías escucharme. Pero han pasado dos años, cariño, y es hora de que sigas adelante con tu vida. Mereces ser feliz, mi amor.
A Grant no le gustó aquello, pero tenía que oírlo. Tenía que oír lo que Ally quería decirle.
–Yo creo que ya es hora de que empieces a salir con alguna mujer –dijo su esposa entonces, mirándolo a los ojos desde la pantalla del televisor–. Lo sé, lo sé… Nunca podrás amar a nadie como me amaste a mí. No quieres salir con nadie más y no necesitas a nadie… Pues deja que te diga una cosa, Grant. Todos necesitamos a alguien. Y si fuera al revés, si fuera yo quien estuviera escuchando esto en el sillón, tampoco me gustaría oírlo –siguió Ally–. Pero tendrías razón.
Grant se quedó mirando la pantalla, atónito. Jamás habría esperado aquello.
¿Ally quería que saliera con otras mujeres? No podía creerlo, no podía creer que hubiera dejado una cinta diciendo tal barbaridad. Pero así era Ally, desde luego. Su difunta esposa siempre lo planeaba todo, como él.
–Sé que es duro para ti –siguió ella–. Pero tienes que darte una oportunidad.
–¿Salir con alguien? –murmuró Grant–. ¿Con quién? ¿Quién querría a un hombre que vive de un salario de director de colegio y tiene tres hijas que cuidar?
–Lo sé, lo sé –dijo Ally casi simultáneamente–. ¿Quién saldría con un profesor viudo con tres hijas?
–Director de colegio –la corrigió él, orgulloso–. Conseguí el puesto el año pasado, cuando George se marchó a Maine.
–Así que lo he pensado muy bien… –siguió diciendo su mujer–. Sé que pensarás que nadie quiere salir contigo y que no sabrías de qué hablar si salieras con una desconocida. Eso también lo tengo planeado.
–¿Ah, sí?
Ally estiró las piernas y se inclinó hacia la cámara.
–Jenna –dijo en voz baja–. Quiero que salgas con Jenna. Yo creo que no será difícil que te enamores de ella –añadió, con una sonrisa amarga y dulce a la vez–. Quiero que te cases con Jenna, Grant.
Él tomó el mando del vídeo, pensando que había oído mal. ¿Jenna? ¿Ally quería que se casara con Jenna? ¿Había dicho casarse?
Nervioso, pulsó el botón de rebobinado.
–Jenna. Quiero que salgas con Jenna… Yo creo que no será difícil que te enamores de ella. Quiero que te cases con Jenna, Grant.
Grant iba a rebobinar la cinta de nuevo cuando oyó la puerta de la calle.
–¡Papá! –lo llamó Maddy, la pequeña.
–¿Dónde estás, papá? –oyó entonces la voz de Becka.
Él se levantó, agitado.
–Estoy aquí.
–¡Papá! –exclamó Maddy, de cinco años, echándose en sus brazos–. Jenna me ha comprado vendas. Para vendar a todos mis muñecos de peluche.
Grant abrazó a su hija, que olía a chocolate y a champú de bebé. Maddy quería ser veterinaria de mayor y siempre estaba curando pacientes humanos y de peluche, a los que vendaba de arriba abajo. Su hija mayor, Hannah, decía que daba miedo entrar en su habitación y ver a todos los muñecos vendados como momias.
–A mí me ha regalado unos calcetines que pegan con el uniforme –sonrió Becka, de once años, dejando una bolsa sobre la mesa de la cocina.
–Hola, papá –lo saludó Hannah.
–Hola, cariño.
–Hola, Grant –lo saludó Jenna.
Jenna.
La había visto un millón de veces. Eran amigos desde la universidad. Jenna fue quien le presentó a Ally…
Y, de repente, no podía apartar los ojos de ella.
Jenna no se parecía nada a su difunta esposa. Era alta, pelirroja, con el pelo largo. No era gorda, pero tampoco delgada. Voluptuosa más bien. Tenía caderas, pechos… Ally siempre fue muy delgadita, incluso después de tener a las niñas.
Los ojos de Jenna eran verdes con puntitos dorados. Tenía pecas en la nariz y unos labios… generosos, voluptuosos, como los de las modelos.
–Hola –la saludó, poniéndose colorado.
–Siento llegar tan tarde, pero Becka necesitaba unos calcetines, Maddy vendas… y, en fin, que hemos ido de tiendas.
–Ha sido culpa mía, papá –se disculpó Hannah, dándole un beso en la mejilla–. Es que quería comprar el nuevo CD de Red Hot Chili Peppers y no lo encontrábamos por ninguna parte. Bueno, me voy a hacer los deberes. Buenas noches, papá. Buenas noches, Jenna. Y gracias.
–De nada, tonta.
–Yo ya he hecho los deberes –les informó Becka–. Buenas noches, Jenna. Vamos, Maddy, si quieres que papá te lea un capítulo de Harry Potter, tienes que meterte en la cama ahora mismo.
–Harry Potter –sonrió Maddy, tomando un oso de peluche vendado hasta las orejas–. Voy a casarme con él.
–No puedes casarte con él, boba. Es un personaje inventado –iba diciendo Becka por el pasillo.
–¡No es inventado!
Cuando se quedaron solos en la cocina, Grant miró a Jenna, que estaba guardando cosas en la nevera.
–He comprado leche porque Hannah me dijo que casi no teníais.
Bajo la gabardina llevaba un jersey negro de cuello vuelto y una falda de cuadros. El pelo, sujeto con una coleta de la que escapaban algunos rizos… que, absurdamente, lo dejaron fascinado.
–¿Te encuentras bien? –le preguntó ella.
–Sí, claro –murmuró Grant, mirando al suelo.
–¿Seguro? Sé que… bueno, que es tu aniversario de boda. Por eso pensé que sería buena idea irme con las niñas de compras.
–Gracias –sonrió él, acompañándola a la puerta.
¿Salir con Jenna? Ally quería que saliera con Jenna. Que se casara con ella.
–Si no necesitas nada más, hasta mañana.
–No.
Ella se volvió, sorprendida.
–¿Cómo?
–No, que no necesito nada más. Hasta mañana –se despidió Grant, nervioso.
–Buenas noches –sonrió Jenna.
–Buenas noches.
Cuando se quedó solo, dejó escapar un suspiro. Era absurdo… ¿Por qué, de repente, Jenna lo ponía nervioso?
Sonriendo para sí mismo, apagó la luz del pasillo y subió para darle las buenas noches a sus hijas. Después de leerle a Maddy un nuevo capítulo de la serie de Harry Potter entró en el cuarto de Becka, que estaba dormida, y le dio un beso en la frente.
–Buenas noches, Hannah –murmuró, asomando la cabeza en el cuarto de la mayor.
–Buenas noches, papá.
Una vez de vuelta en el salón, Grant miró la pantalla oscura del televisor y su cena, que se había quedado helada.
¿Ally quería que se casara con Jenna? Era ridículo. Más que ridículo, absurdo.
¿O no?
Grant se sentía solo. No le gustaba admitirlo, pero era cierto. Se sentía solo y echaba de menos a su mujer. Había pensado que el trabajo y las niñas serían suficientes para llenar su vida, pero no era cierto. Lo había sabido durante meses. Le faltaba algo. Alguien.
Estaba mirando la pantalla oscura del televisor cuando oyó pasos en la escalera.
–¿Papá? –lo llamó Hannah.
–Estoy aquí.
Hannah se parecía mucho a su madre, con el pelo rubio y los ojos azules que brillaban como joyas cuando se reía.
–¿Otra vez a oscuras?
–Ya ves…
–¿Estás pensando en mamá?
–Sí, hija.
–Yo también he pensado en ella. Hoy era vuestro aniversario.
A Grant le emocionó que su hija lo recordara.
–La echo de menos –murmuró.
Pero ya no le dolía tanto como un año antes. Era cierto, el tiempo borra el dolor. Y lo que le quedaba eran recuerdos felices.
–Yo también –murmuró Hannah–. Pero han pasado dos años, papá. A lo mejor deberías empezar a encender luces.
Sorprendido, Grant se levantó y fue a la cocina. Su hija lo siguió.
–Me gusta la oscuridad.
–Vale, lo que tú digas.
Hannah se apoyó en la puerta de la cocina y Grant se preguntó qué les pasaba a los adolescentes. Su hija nunca entraba en ningún sitio, siempre se quedaba en el umbral, como si estuviera preparando la huida. ¿Qué haría cuando Becka empezase a hacer lo mismo? ¿Compartiría sitio con su hermana o tendría que poner dos puertas en cada habitación?
Sonriendo, Grant abrió la nevera y sacó el cartón de leche que Jenna había comprado. Tendría que pagárselo todo al día siguiente. Jenna hacía aquello desde que Ally se puso enferma. De vez en cuando, se llevaba a las niñas al cine, de compras… Y a sus hijas le encantaba. Incluso la llamaban tía Jenna.
–Papá, lo digo en serio…
–Vale, vale –murmuró él, sirviéndose un vaso de leche.
Todo era demasiado raro aquella noche. La mayoría de los padres darían cualquier cosa por conocer la opinión de sus hijos adolescentes, pero algo le decía que no estaba preparado para aquella conversación.
–Yo creo que deberías empezar a salir con alguien.
Grant se quedó tan helado que siguió echando leche cuando el vaso estaba lleno.
–¡Papá!
–Ah, no me daba cuenta… ¿Qué estabas diciendo, hija?
–Que debes salir con alguna chica.
–¿Yo? –rio él, nervioso.
–¿Por qué no? Sigues siendo atractivo… más o menos.
–Vaya, gracias.
–Ya sabes lo que quiero decir.
–Hannah, mírame. Soy un simple director de colegio y tengo tres hijas. ¿Quién querría salir conmigo?
Ella se encogió de hombros.
–¿Qué tal Jenna?
Grant, que estaba tomando un sorbo de leche, se atragantó.
–¿Estás bien, papá?
Él intentó llevar aire a sus pulmones. Todo aquello era demasiado raro.
–Sí, sí… estoy bien.
–Ten cuidado –rio su hija.
No podía creerlo. ¿Qué era aquello, una conspiración entre Ally y Hannah? No podía ser, pero…
–Bueno, me voy a la cama –dijo ella entonces, interrumpiendo sus pensamientos–. Mañana tengo un examen de geometría a primera hora.
–¿Has estudiado?
–Sí, papá. Buenas noches.
–Buenas noches, cariño.
Grant terminó su vaso de leche y lo metió en el lavaplatos. Después, lo puso en marcha como hacía cada noche y se dirigió a la escalera. Pero entonces recordó que había dejado la cinta de Ally en el vídeo y volvió al salón. No quería que la vieran las niñas.
Inquieto, decidió poner el vídeo de nuevo. La cinta terminaba poco después de sugerir que debía casarse. Ally decía que lo quería mucho y que no podría haber elegido mejor persona para quererlo y querer a las niñas que Jenna Cartwright.
Grant subió a su habitación, se lavó los dientes, dobló su ropa y se metió en la cama.
Y, por primera vez en su vida, se quedó dormido pensando en Jenna.
