Marido perfecto - Colleen Faulkner - E-Book
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Marido perfecto E-Book

Colleen Faulkner

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Beschreibung

Sólo le hacía falta un marido… Tenía todo lo que una chica podía desear… excepto un marido. De modo que Elise Montgomery recurrió a la guía Cómo buscar marido para encontrar a uno. Pero, según el manual, su hombre elegido, un sexy granjero llamado Zane Keaton, era, definitivamente, el hombre equivocado. Sin embargo, después de compartir con él unos cuantos besos estremecedores, Elise se preguntó si, después de todo, no sería un buen candidato… Zane sólo deseaba a una mujer sencilla y sin aspiraciones… hasta que conoció a Elise. Era dulce, descarada y seductora, pero demasiado ambiciosa para ser su esposa ideal. ¿Cómo iba ella a resignarse a una vida de felicidad doméstica?

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Seitenzahl: 185

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Colleen Faulkner

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Marido perfecto, n.º 1876 - octubre 2016

Título original: Barefoot and Pregnant?

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2004

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9024-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

Elise Montgomery apretó la tecla de impresión de la fotocopiadora que había en la sala de espera de la Inmobiliaria Waterfront en el sur de Delaware, donde trabajaba, y apoyó una mano en la cadera para esperar. En ese momento vio pasar a su mejor amiga por el pasillo.

–Liz, ¿tienes un segundo? –llamó.

Liz retrocedió y miró su reloj. Llevaban un atuendo similar: faldas y chaquetas con blusas de seda blanca. El de Elise era de color salmón y el de Liz azul marino.

–Tengo diez minutos –repuso Liz–. Van a venir unos clientes nuevos para mirar los apartamentos de Mallory Bay.

Elise recogió una de las copias que había soltado la máquina.

–Aquí tienes la lista que te conté que había encontrado en aquel libro.

–Otro libro de autoayuda –enarcó una ceja con escepticismo, alzó el libro que había junto a la copiadora y leyó el lomo–: ¿Cómo Buscar Marido?

Elise se encogió de hombros.

–Tiene un título horrible, pero escucha esto –lo abrió en el primer capítulo–: Según la autora… «En la actualidad, las mujeres dedican más tiempo a estudiar los coches que van a comprar que los hombres con los que van a casarse. Cuando una mujer culta y profesional del nuevo milenio compra un coche, redacta una lista con las cualidades que busca, tales como el valor por el dinero que entregará, consumo de gasolina, estética, etcétera. Luego, conduce varios coches y los evalúa de acuerdo a su lista de requisitos. Y termina por comprar el coche que mejor se adapta a ella. Una mujer debería buscar marido de la misma manera lógica».

–Es una broma, ¿verdad? –musitó Liz–. ¿Cómo comprar un coche?

Elise dejó el libro.

–Si la analizas, es una observación perfectamente válida, Liz. He hecho copia de los puntos sugeridos para las dos –se apoyó en la fotocopiadora mientras señalaba los principales con un bolígrafo–. Hay varios encabezamientos y subencabezamientos. Que cada una ponga las cualidades que busca, la autora hace algunas sugerencias… ¡y luego sólo queda sumar!

Liz observó la fotocopia.

–La cuestión –añadió Elise– es que no tenemos tiempo para los hombres que no son buenos candidatos para las relaciones a largo plazo.

–Te refieres al matrimonio. Veamos –miró la hoja–, tipo de coche… deportivo, utilitario, sedan. Bonificación para los coches que cuestan más de cuarenta mil dólares. Bien. Me encanta un hombre que conduce un buen coche.

Elise rió.

–Parece un poco excesivo, pero supongo que eso es importante para algunas personas. Y puede indicar la educación y la posición socioeconómica de un hombre.

–Primera cita –siguió leyendo Liz–. Elegir una… cena, cena y baile, película y cena. Temas de conversación… habla de ti, habla de sí mismo, sabe lo que sucede en el mundo. No tiene ni idea –rió y miró a Elise–. ¿Y el libro pone que esto funciona? ¿Puedes encontrar un marido con esto?

Elise volvió a encogerse de hombros.

–No hay nada garantizado, por supuesto, pero en esencia es lo que hacen las agencias de contactos, ¿no? Y el libro está lleno de sugerencias útiles. Ya he empezado a subrayar algunas.

Liz aún parecía poco convencida.

Elise le dio un golpe en el costado.

–Vamos, ¿dónde está tu sentido de la aventura? Será divertido.

Liz gimió y alargó una mano.

–Dámela.

Elise le entregó la lista.

–No te olvides de rellenar todos los requisitos, luego saca fotocopias. Utiliza una hoja por cita. En la parte superior, a la derecha, hay un espacio para poner su nombre.

–En el pasado habías tenido algunas ideas descabelladas, Elise, pero ésta…

–Eh, las listas funcionan en el negocio inmobiliario, ¿no? –indicó la oficina elegante con un gesto de la mano–. Por aquí las cosas funcionan así. Nos establecemos objetivos. Los vamos tachando y terminamos consiguiendo lo que nos propusimos. Es una gestión perfecta del tiempo. Cómo Buscar Marido no es más que un instrumento que nos ayuda a obtener lo que queremos. Ayuda a las mujeres sanas a ser felices.

–Ya suenas como el libro –Liz pegó la hoja al pecho–. De acuerdo, me rindo. Probaré tu método –puso los ojos en blanco–. Hasta ahora no ha funcionado nada. Citas a ciegas. Agencias de contactos. Anuncios personales. ¿Qué puedo perder?

–Ésa es mi chica –le sonrió–. Confía en mí. Va a funcionar.

–He de irme –Liz la saludó con la mano–. Luego hablamos.

La observó desaparecer por el pasillo.

–No te olvides la cena benéfica del viernes por la noche –dijo a sus espaldas.

–Te recogeré a las seis.

Elise bajó la vista a las fotocopias que tenía en las manos. Una lista para encontrar maridos potenciales. Era una locura… ¿o no?

Más que una locura, era un acto desesperado.

Después de años de citas superficiales y relaciones a corto plazo que no llevaban a ninguna parte, había comprendido que estaba preparada para buscar algo serio. Tenía todas las cosas que consideraba que la harían feliz: un trabajo bien remunerado, un apartamento estupendo, un buen plan de jubilación. Pero no era suficiente.

Su padre, Edwin Montgomery, de los petroleros de Dallas, siempre le había dicho que el trabajo duro era en lo único en que podía confiar una persona. Desde pequeña le había metido en la cabeza que su carrera era lo importante; la felicidad personal era irrelevante. De modo que durante largo tiempo había llevado esa vida. Y durante un tiempo, su carrera fue suficiente. Sin embargo, en los últimos meses, eso había dejado de bastar. Había dejado de satisfacerla como antaño; ni siquiera estaba segura de que le gustara el negocio inmobiliario. Se daba cuenta de que estaba sola y no quería terminar como su padre, aislado e irascible. Quería una pareja a quien amar, un hombre en quien poder confiar, que la amara y confiara en ella a cambio.

Estudió la lista que tenía en la mano. Se dijo que valía la pena intentarlo.

Capítulo 1

 

Nunca confiéis en la química física entre un hombre y vosotras. La atracción sexual es fugaz.

 

 

Elise se llevó la copa a los labios y bebió la tónica mientras observaba el salón del hotel lleno de empleados y benefactores locales del hospital. Esa noche se había puesto su «pequeño vestido negro» favorito y una nueva tonalidad de lápiz de labios llamada Seducción.

Por lo general, odiaba esa clase de acontecimientos, pero Inmobiliaria Waterfront había pagado la entrada cara. Era su trabajo sonreír, beber tónica y estar atenta a clientes en potencia. Había asistido a tantos acontecimientos similares en los últimos años, que se conocía el guión de memoria. Mantendría una conversación ligera con personas que desconocía. Luego jugaría con pollo seco y judías verdes demasiado hechas en el plato, escucharía conversaciones aburridas y al final se iría a casa a cenar palomitas y ver una película por la tele.

Pero esa noche era diferente. Podía sentirlo desde el pelo recién peinado hasta las puntas de los zapatos nuevos. Esa noche iba a ser diferente. Iba a conocer a hombres, iba a rellenar el formulario, sumar los puntos y encontrar un marido.

Vio a Liz Jefferson ir hacia ella enfundada en un vestido negro demasiado ceñido. Sostenía una copa con vino que probablemente no era la primera. Admiraba la capacidad que tenía Liz de aguantar el alcohol. Ella jamás bebía en público, y no porque tuviera algo contra el alcohol, sino porque podía hacer que se comportara como una tonta. Una copa bastaba para que empezara a contarle a cualquiera que quisiera escuchar, cómo de pequeña siempre había querido tener un perro y jamás se lo habían consentido porque podía manchar la alfombra blanca de su padre.

En ese momento se le ocurrió que también ella tenía moqueta blanca en su apartamento.

Y ningún perro.

¿Cómo se había alejado tanto la vida de lo que había querido que fuera? Siempre había jurado que no sería como su padre. ¿Se estaba convirtiendo en eso?

–Hola –Liz se deslizó hacia ella. Elise conjeturó que el vestido era demasiado ceñido para permitirle caminar–. ¿Has visto a alguien con potencial? –se colocó al lado de su amiga y estudió la sala por encima del borde de la copa de chardonnay.

–Hasta ahora, lo mismo de siempre –repuso Elise.

Por doquier había hombres con esmoquin. Elise conocía a muchos. Había salido con unos pocos. Ahí estaba Joe Kanash, quien después de dos citas le reveló con timidez que no estaba «del todo» divorciado. Y Bobby Rent. Sorbía la sopa de mariscos y hacía ruidos por la nariz siempre que se ponía nervioso, lo que había descubierto que era a menudo. Alex Bortorf, el proctólogo, Mark Wrung, el propietario de los grandes almacenes… la lista era interminable.

Suspiró. Una vez allí, empezaba a acobardarse. ¿En qué era mejor que otros ese libro de autoayuda? Se dijo que debería irse a casa ya a preparar las palomitas para su habitual cita de última hora con David Letterman. Además, los zapatos nuevos la estaban matando.

–Eh, eh, eh –Liz se llevó una mano a la cadera para acentuar su postura–. Una cara nueva a la una. No lleva anillo en el dedo.

A Liz se le daba mejor reconocer a los casados. Elise desvió la mirada mientras alzaba la copa, aunque sin llegar a beber. Santo cielo. Era una cara nueva. Y atractiva. El hombre que aceptaba un canapé de un camarero parecía tener treinta y pocos años. Era rubio natural, con el pelo aclarado por el sol, con uno de esos cortes de chico malo. Un poco largo en las orejas y la nuca. Tenía la cara bronceada, aunque dudaba de que fuera artificial. Era alto, pero no excesivamente. Quizá un metro ochenta y dos, ochenta y cuatro. Exhibía una buena complexión, pero se notaba que no era un fanático del gimnasio. El esmoquin le quedaba tan bien, que tenía que ser propio y no de esos alquilados que al día siguiente estarían en la tintorería.

El hombre se había vuelto y establecido contacto visual con Elise. Le sorprendió descubrir el calor de un rubor en las mejillas. Desconocía que aún fuera capaz de ruborizarse.

Liz le dio con el codo.

–Eh, yo lo vi primero.

El Adonis miró directamente a Elise con un destello de diversión en los labios sensuales. Se preguntó si había captado lo que acababa de decir Liz o si estaba acostumbrado a que unas mujeres solteras y desesperadas lo miraran boquiabiertas.

No era capaz de quitarle los ojos de encima. Entonces, de pronto, avanzó hacia ella. No supo si le entraron ganas de salir corriendo o de abrirle los brazos.

–Hola –saludó, deteniéndose justo delante de ella.

Apretó con fuerza la copa. Había conocido a millones de hombres en su vida. ¿Qué tenía de especial ése que de repente la dejaba sin habla? Por lo general, se le daban bien las conversaciones sociales.

Le devolvió la sonrisa y logró decir:

–Hola.

–Me llamo Zane, Zane Keaton –le ofreció la mano.

Liz miró a Elise, a Zane y otra vez a Elise.

–Veo que no hace falta que me moleste en presentarme –comentó con locuacidad y se marchó–. Hasta luego, cariño.

Zane no dejó de mirarla mientras le estrechaba la mano. Ella no pudo evitar reír.

–De acuerdo –dijo–. Me siento abochornada. Por lo general, juego a ser más inaccesible.

–Yo también.

–No pretendía mirarte fijamente. Me llamo Elise Montgomery.

–Encantado de conocerte. ¿Tus amigos te llaman Ellie?

Ella movió la cabeza.

–De hecho, jamás me han llamado así –le respondió.

Fue el turno de él de reír.

–A mí me parecías que eras Ellie.

De haber salido de la boca de otro desconocido, las palabras le habrían resultado ridículas. Como mínimo, un inicio muy torpe de conquista. Pero se sintió extrañamente halagada. No se consideraba una Ellie, pero en secreto siempre había deseado serlo. Ellie sonaba relajada, despreocupada. Al ser la hija de Edwin Montgomery, jamás había experimentado esas cosas.

–¿Asistes muy a menudo a estos actos? –Zane se situó al lado de ella para observar el salón.

–Demasiado –confesó.

–Yo también. Los odio –rió entre dientes–. Se suponía que debía venir con una cita, pero me dejó plantado en el último instante.

Notó que había dicho cita, no pareja.

–¿La gripe?

–Eso –confesó–, o aversión a los malos canapés, a los discursos largos y aburridos y al pollo seco.

Elise echó la cabeza hacia atrás y rió más alto de lo que hubiera sido apropiado. Un hombre y una mujer próximos, ambos vestidos de negro, la miraron.

Avergonzada, se cubrió la boca.

–Van a pensar que he bebido demasiado –murmuró–. No me hagas reír de esa manera.

Él sonrió.

–¿Qué sentido tiene la vida si de vez en cuando no puedes soltar una carcajada?

Lo miró. ¿Era real ese hombre? ¿Atractivo, encantador y divertido? Le miró la mano izquierda. Liz había dicho que no llevaba anillo. Pero quiso cerciorarse. Negativo.

–Entonces, si tu cita dio marcha atrás, ¿por qué has venido?

La miró con ojos chispeantes. Parecía un hombre feliz. Feliz consigo mismo. Algo que no se veía muy a menudo.

–Era mi hermana, Meagan, quien se suponía que debía acompañarme. Nuestro abuelo fue uno de los principales contribuyentes cuando este hospital se construyó en los años sesenta –se alzó de hombros–. Ahora está en una residencia y no puede asistir a esta clase de actos. Vengo en su lugar. Traigo su cheque. Saludo en su nombre.

Le pareció algo tan dulce, que durante un momento no supo qué decir. ¿Un hombre con vínculos familiares? ¿A quien le importaban las generaciones anteriores? Elise jamás había conocido a ninguno de sus abuelos.

–Fue un gran gesto venir en su lugar.

–Sí –Zane suspiró–. Pero sólo le dije al abuelo que vendría, no que me quedaría. Llevo aquí una hora, le he estrechado la mano a todos los integrantes de la junta. He comido varios canapés malos y ya estoy aburrido. Es hora de irse. ¿Qué me dices de ti? –enarcó una ceja.

Era un poco arrogante, pero no de forma desagradable. En un mundo de machos beta, ¿podría ser ése el último lobo alfa de la manada? Contuvo una sonrisa.

–Todavía queda el pollo seco y el discurso aburrido.

Él asintió.

–Tienes toda la razón. Podríamos pasar al comedor para encargarnos de ese pollo. Podríamos bostezar durante los discursos o… –cambió el tono de voz, como si tuviera un secreto que compartir.

–¿O? –murmuró ella, hipnotizada por su mirada.

–O podríamos escabullirnos por la parte de atrás a dar un paseo por la playa. Si tienes hambre, te compraré una hamburguesa con queso cuando te lleve a casa.

Elise lo miró fijamente, incrédula durante un momento. Había dedicado más de una hora a arreglarse para esa velada. Se había comprado zapatos nuevos y lápiz de labios Seducción. Inmobiliaria Waterfront había pagado más de quinientos dólares para que ella viera y fuera vista esa noche. No podía escabullirse así sin más… ¿o sí?

Bueno, su empresa no había pagado por el pollo. El cheque había sido un donativo para financiar el pabellón de maternidad.

Esbozó una sonrisa. Largarse de allí no encajaría para nada con su manera de ser. Elise Montgomery siempre acataba las reglas, y éstas eran que si tu jefe pagaba quinientos dólares por un pollo horrible, te lo comías. Sin embargo, podía ver que Zane Keaton no era un hombre que jugara de acuerdo a las reglas.

–Ah, la has encontrado, Zane –Richard Milton, un eminente abogado local, se les acercó.

Zane enarcó una ceja.

–Elise Montgomery, la agente inmobiliaria de quien te hablé. Si quieres realizar una compra importante de tierra en este condado, ella es la persona a la que debes conocer.

Elise sintió que se ruborizaba.

–¿Eres agente inmobiliaria? –preguntó él, como si no terminara de creer al abogado.

–Así es –asintió.

–Bueno, os dejó a solas. Llámame si Elise encuentra lo que andas buscando –Richard se marchó.

–De modo que andas buscando tierras –le sonrió.

Él se encogió de hombros.

–Es posible. Bueno, ¿sigues interesada?

–¿Interesada? –repitió.

–En largarte de aquí –señaló la puerta–. Vamos, Ellie, será divertido –le susurró al no obtener una respuesta inmediata–. Y un poco atrevido. Dime que te gusta ser atrevida de vez en cuando.

Lo miró sorprendida y él le guiñó un ojo.

Guiñaba un ojo… parecía salido de un de esas películas en blanco y negro que le gustaba mirar los domingos por la tarde cuando debería estar trabajando.

–De acuerdo –aceptó, tentada por la idea de marcharse de allí–. Pero he de decirle a mi amiga Liz que me voy. Vine con ella.

Le quitó la copa vacía de la mano y la depositó en la bandeja de un camarero que pasó por allí.

–Dile que no necesitarás que te lleve a casa. Te voy a dar dos minutos para reunirte conmigo en la puerta. Luego nos largamos.

Lo observó alejarse, sintiéndose un poco aturdida. ¿Era ésa la noche con la que había soñado desde pequeña, cuando la arropaba una niñera?

Encontró a Liz en el bar.

–No necesitaré que me lleves a casa.

–¿Qué nivel alcanza en esa lista tuya? –preguntó Liz sonriendo.

–Es demasiado pronto para saberlo –afirmó. El corazón le latía con fuerza. No podía recordar la última vez que un hombre había hecho que se sintiera de esa manera.

Su amiga la miró con aire de conspiración.

–Te llamaré luego –susurró.

Elise se dirigió en línea recta hacia la puerta, con el bolso negro sujeto bajo el brazo. No podía creer que estuviera haciendo eso. Se sentía atrevida y debía reconocer que la sensación era maravillosa.

Zane la esperaba justo fuera de la recepción del hotel. Le ofreció el brazo con una sonrisa.

–Supongo que realizaremos una salida grandiosa –comentó al avanzar con el mentón alzado como si perteneciera a la realeza–. Llegamos a la playa, tiramos los zapatos en las dunas y corremos hacia el agua.

Elise rió.

–No puedo caminar por la playa. Llevo medias –respondió.

Él abrió la puerta que daba a la terraza del hotel.

–¿Y qué? Quítatelas.

¿Quitárselas? Sintió como si tuviera el cerebro en sobrecarga. ¿Apoyarse en un pie y bajarse las medias en una playa pública?

Zane la condujo por los escalones que llevaban a la playa de arena blanca.

–De acuerdo, veinte preguntas.

–¿Qué?

–Juguemos a las veinte preguntas. Bueno, mi versión –fue hasta la parte de atrás de la escalera y se quitó un zapato, luego el otro–. Yo hago una pregunta. Te doy mi respuesta y luego tú ofreces la tuya.

Con cuidado, ella se quitó un zapato de tacón alto y luego el otro. La sensación de la arena a través de la planta de los pies con medias fue deliciosamente cálida. Por lo general, en las primeras citas, y supuso que podía clasificar ésa como una primera cita, se ceñía a conversaciones más seguras, como en qué universidad había estudiado y cómo se comportaba el índice NASDAQ.

–Cosas ligeras –indicó Zane–. Como cuál es tu color favorito. El mío es el negro.

–¿Negro? El negro no es un color.

–Lo siento. Es mi respuesta. El negro es mi color favorito. Veamos, negro como una noche sin luna. Como el lomo de un pingüino. ¿El tuyo?

–El verde –hizo una pausa después de reír–. Verde como la cara de un hombre después de haber probado la ensalada de patatas de su suegra.

Él rió.

–Vas captándolo. Vamos –abrió y cerró una mano–. Quítate esas medias. Te juro que no sé cómo podéis poneros esas cosas.

Ella se agarró a la barandilla de los escalones, luego titubeó. ¿Introducía las manos por debajo de la falda o trataba de bajarse la cintura de los pantys a través del material del vestido.

Zane giró y le dio la espalda.

–Adelante. Haz lo que debas para quitártelas. Nadie mira –se ocupó en remangarse los pantalones.

Elise respiró hondo, metió las manos bajo el vestido y sujetó la cintura de los pantys. La bajó, enrolló las medias por los muslos y alzó un pie.

–¡Aayyyy! –se tambaleó al perder el equilibrio en la arena blanda.

Zane la sujetó antes de que pudiera caer, con los ojos cómicamente cerrados.

–Te tengo.

Aprovechando el antebrazo musculoso de Zane para equilibrarse, no tardó en quitarse los pantys.

–Ya está –manifestó, tan orgullosa de sí misma como si acabara de vender una propiedad de medio millón de dólares. Los guardó en los zapatos.

–¿Lista? –preguntó. Ella asintió. La tomó de la mano y emprendió la marcha–. Pregunta número dos. ¿Helado de chocolate o de vainilla?

–¿Tarrina? –él sonrió–. Cucurucho.

–Desde luego –convino él–. Ya me gustas.

Mientras cruzaban la playa en dirección al agua, abarcaron las preguntas tres y cuatro. Al llegar al borde del océano frío, Elise quiso preguntar ella.

–De acuerdo –rió con la última respuesta de Zane–. Deporte favorito para ver. El mío es el béisbol.

La miró sorprendido y comenzó a caminar a lo largo de la playa.

–¿No el patinaje sobre hielo? A todas las mujeres que he conocido les gustaba el patinaje sobre hielo.

–Soy seguidora de los Orioles desde que nací, con o sin Cal Ripken, Jr.

–¿Quieres casarte conmigo? –preguntó.

Ella rió. Bromeaba, desde luego, pero, no obstante, sintió un cosquilleo de emoción. Resultaba evidente que no era un hombre completamente en contra de la institución del matrimonio.

–Otra –suplicó.

–Pasemos a cosas más serias. El nombre de tu primer maestro de escuela.