Catalina la Grande, El Poder de la Lujuria - Silvia Miguens - E-Book

Catalina la Grande, El Poder de la Lujuria E-Book

Silvia Miguens

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Beschreibung

Catalina de Rusia reúne en sí todos los ingredientes de las grandes mujeres de la historia: lleno de luces y sombras, su reinado osciló entre la ilustración del pueblo y el despotismo aplicado con puño de hierro. Tras la muerte del zar Pedro III, Sofía Federica Augusta de Prusia se convierte en Catalina de Rusia, Catalina la Grande será llamada con el tiempo. Su reinado estuvo marcado por la modernización de su pueblo, la entrada de la Ilustración en Rusia, el apoyo incondicional a la nobleza y una beligerancia exterior que tenía como fin devolver la hegemonía europea a su país. Pero Catalina la Grande no nos narra únicamente la incidencia de la zarina en el contexto sociopolítico de su tiempo, también es una novela que ahonda en la vida interior de esta polémica mujer. Inteligente estratega, administradora sagaz, culta y refinada y de una lujuria desbordante, Catalina de Rusia es, sin lugar a dudas, una de las personalidades más relevantes del S. XVIII. Realiza Silvia Miguens en esta obra, un ejercicio de estilo encaminado a dotar al texto de todos los matices que caracterizaron a la monarca. Cada capítulo viene precedido de un extracto de sus propias memorias que alinea la novela en la tradición de la mejor novela histórica y dota de realismo una vida que, siendo meticulosamente históricos, no deja de estar muy cerca de la ficción. Utilizará dos tiempos permitiéndonos viajar de la infancia de Catalina -enferma, fea y falta de cariño- al reinado de la monarca "ilustrada, excesiva, intrigante y despótica- dándonos así la dimensión exacta de esta mujer desbordante. Y combina dos voces, la de la propia zarina y una voz objetiva que da cuenta de la incidencia de esta mujer en su país y en su tiempo. Razones para comprar la obra: - Catalina la Grande es un personaje que merece ser recordado no solo por sus actos políticos sino porque es una de las figuras más emblemáticas del S. XVIII.

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Seitenzahl: 367

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Catalina

LA GRANDE

El poder de la lujuria

Catalina

LA GRANDE

El poder de la lujuria

SILVIA MIGUENS

Colección: Novela Históricawww.novelanowtilus.com

Título: Catalina La Grande.Subtítulo: El poder de la lujuriaAutor: © Silvia Miguens

Copyright de la presente edición © 2006 Ediciones Nowtilus S. L. Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 - Madridwww.nowtilus.com

Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres VitolasProyecto editorial: Contenidos editoriales s.r.l.

Director artístico: Carlos PeydróDiseño y realización de cubiertas: Florencia GutmanDiseño y realización de interiores: JLTV

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-9763-340-6

Libro electrónico: primera edición

Dedico estas insuficientes memorias de sus antepasados al señor Alejandro K., porque sólo los fantasmas esenciales nos habitan y porque a ellos nos debemos, y a nosotros, él y yo.

ÍNDICE

A MODO DE PRÓLOGO

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Árbol genealógico de la Dinastía Romanov

A modo de prólogo

Dicen que hay hombres en cuyas vidas puede verse el espíritu de su tiempo. Lo mismo debe decirse de las mujeres. Mi tiempo es el siglo XVIII, e igual que el siglo es mi vida. Claro que no es fácil ser mujer en un mundo pensado por hombres. No obstante, en mi caso, el ser mujer no ha sido un problema.

Sí la soledad. Aunque la soledad no es producto del espíritu del tiempo, o del ser hombre ni del ser mujer. La soledad es un sino, una marca, un rasgo hereditario o algo así como una malformación congénita. Más adelante, el entorno complementa el cuadro y hace de las suyas con el ser hombre, con el ser mujer y con la soledad.

Aunque no está de más considerar que en ciertas épocas, como en este siglo que me ha tocado ser y habitar, el espíritu del tiempo fue producto de un hombre:Voltaire, según dicen. Y de unos pocos más. Tuve la suerte de alternar muy de cerca con los que considero han sido hacedores del siglo XVIII: Voltaire, Federico de Prusia, Pedro el Grande; además, quiso la fortuna que –nacida en un principado de Alemania venido a menos– una mujer como yo, por entonces esmirriada, enjuta y contrahecha, pudiese suceder en el trono de Rusia a Pedro el Grande.

Más temprano que tarde heredé su cetro y el amor de su pueblo. También el odio. Pero con el odio supe siempre a qué atenerme; cómo no comprender al enemigo, sus debilidades, sus miserias, su inteligencia precisamente atenta y al servicio del odio. Porque si se pretende ser un buen gobernante, es imprescindible conocer los movimientos que impulsan el odio y la mezquindad del poder.

No es sencillo ser mujer, vivir rodeada de desprecio y maledicencia e intrigas, y decidir aprender del enemigo, el más eficaz de los maestros. Con respecto a los que me amaron, o dijeron amarme, he de reconocer que igual que ellos, he sido siempre un poco necia en el amor.

Por aquellos primeros días de mi infancia, pude reconocer no sólo el odio y algo de amor, sino la genealogía de los reyes y los príncipes, a los que mi madre era adepta. No me fue difícil –al comienzo en su compañía y luego yo sola– internarme en esta cofradía cuyos lazos de sangre atraviesan y trazan las fronteras. Por lo tanto, fue sencillo vislumbrar de cerca y tomar parte de los infinitos cambios del eventual contorno de los mapas. No sólo del mapa de este viejo mundo sino de ese otro que han dado en llamar “mundo nuevo”, porque el general Francisco Miranda, con quien tanto compartí y he debatido, completa la cuadratura perfecta con esos hombres que han cambiado la Historia del Mundo durante el siglo XVIII.

La suerte no es tan ciega como se cree. A menudo es el resultado de medidas fuertes y precisas, –no percibidas por el común de la gente–, que han precedido el hecho. Es también, más especialmente, un resultado de las cualidades de carácter y de la conducta personal; consideré y defendí siempre estas circunstancias.

Nací el 21 de abril de 1729 en Stettin, Pomerania, y por aquellos tiempos me decían Figchen. Así me llamaba mi nana Babet Cardel, y mi tío Jorge Luis. Sólo ellos dos. Mi padre, a quien veía con menos frecuencia, me creía un ángel y decía que era su ángel de la guarda. Y puede que efectivamente fuese de ese modo porque –según les escuché discutir a mis padres, portazo de por medio– fui engendrada por Johanna-Elizabeth Holstein-Gottorp, de quince años, y por Federico II, entonces de dieciséis, y como aquel matrimonio no era conveniente para el futuro rey de Prusia, casaron a mi madre con Cristian Augusto de Anhalt-Zerbst, que la triplicaba en edad y era un oscuro príncipe de un no menos oscuro principado de Alemania.

De modo que para el príncipe de Anhalt-Zerbst resulté un ángel de la guarda, pues esta adopción, bastante común por esos días y aún hoy, le valió su ascenso a mayor general del ejército prusiano y el beneplácito de Federico, todo a cambio nada menos que de una familia. Cristian Augusto nos rodeó de amor, ternura, seguridad, aunque nunca logró complacer a su esposa. La joven madre consideraba que por su belleza y por pertenecer a la casa ducal de los Holstein-Gottorp, la menuda e inesperada presencia de la recién nacida había truncado su derecho a aspirar a la corona de Suecia, por tanto no se ocupaba de mí. Para mi madre Johanna, yo, su hija, además de inoportuna era una niña fea y endemoniada que le impediría ya ambicionar algún reinado, y ni siquiera ser la madre regente de una hermosa princesa casadera. Sin embargo, como suele sucedernos a casi todas las madres, Johanna-Elizabeth nunca supo mucho de sí misma y equivocó sus percepciones acerca de su propia hija Figchen, o Sofía Federica Augusta o Catalina la Grande. Nunca me conoció del todo.

Capítulo 1

Creo que a lo sumo me toleraban. A menudo me reprendían con pasión y con vigor, y no siempre con justicia. Figchen

En cuanto a mí, nunca he dejado de observarme a mí misma como Figchen. Aún en mis momentos de gloria como la zarina de todas las Rusias, y rodeada de los aduladores de turno, siempre me sentí Figchen. Es que gracias a mi nana Babet Cardel y a mi tío Jorge Luis, hermano menor de mi madre, aprendí a llevarme a mí misma de la mano, brindándome mi propia ternura. Durante mucho tiempo, me esforcé por ser el principal objeto de mi amor y de todas mis licencias. Un día me di cuenta de que, pese a todo lo padecido, nací demasiado orgullosa, y la sensación de llegar a ser desgraciada me resultaba insoportable.

En eso, lamentablemente, padecía del mismo miedo que mi madre, aunque con muy distintos atributos. Nada me fue sencillo porque, insisto, no es fácil ser mujer, ni siquiera para alguien que desde mucho antes del primer berrido ostentaba en la palma de la mano las líneas del poder y su condición de emperatriz. Así dijo a mi madre el viejo canónigo con quien solía encerrarse a polemizar acerca del futuro y que cierto día, leyendo las líneas de mi mano, comentó que veía en ellas las tres coronas.

Mi madre rió entonces. Viéndome ahí, en mi silla, un poco ladeada, porque así era yo, con un hombro más elevado que el otro. Imperfecta, contrahecha y necesitada de ternura. Las caricias fueron, y son, mi mayor carencia y la sed. Una sed que suele quemarme la garganta y todo mi ser, con una pasión para la que nunca encontré sosiego, salvo y tal vez en el ejercicio del poder. Pero cómo contarme a mí misma y desde tan atrás.

–¿Qué dice usted? ¿Sofía una zarina?… –había interrogado al canónigo mi madre.

–Las líneas de la mano nunca mienten, Johanna, pero si no cree en las palabras de su confesor, debería confiar en la mirada de su hija. ¿Acaso nunca reparó en su mirada?

–Es tan distinta a las otras niñas. No creo que eso nos sea favorable. A menos que en sus manos pueda descifrar alguna otra línea que muestre sumisión o por lo menos cortesía.

–No hablo de quiromancia, Johanna, digo si alguna vez ha visto en el fondo de sus ojos… Es ahí donde la niña muestra su poder…

Recuerdo que tampoco en esa ocasión Johanna me miró a los ojos. Rehuía mi mirada, y no contestó, porque después de golpear a la puerta, Babet entró. La acompañaba un hombre de contextura pequeña en el que apenas los pómulos eran firmes; el resto era de aspecto frágil, las manos huesudas, flacos los dedos y un poco curvos. Las uñas bien recortadas, seguramente por habérselas mordido y no tanto por pulcritud. Sin embargo, mantenía erguida su espalda y la cabeza. Llevaba el pelo atado con un cordelito. La mancha marrón que le rodeaba uno de los ojos, de azul desleído, se extendía por el cuello y bajo la camisa.

Saludó apenas con un mohín. Babet tomó una de mis manos, y puso la suya sobre mi hombro. Como si de ese modo quisiese ocultar mis imperfecciones, o desorientar al hombre para que se fuese rápido y sin tocarme.

–La señora dirá qué necesitan de mí… –habló el hombre.

–Es por mi hija. El boticario me aconsejó que sea usted quien intente enderezar a mi hija…

–Lo intentaré sólo en cuanto a sus huesos. Ponte de pie, niña.

–Vamos, Figchen… –me insistió por lo bajo Babet.

–Necesito verla sin ropa. ¿Hay un espejo cerca?

–Será mejor que me vaya –dijo el canónigo saliendo rápidamente de la sala.

Babet me quitó el vestido y las enaguas. Cada una de mis protuberancias sobresalía más aún en aquel escuálido cuerpo de nena. El hombre se puso detrás de mí, enfrentándonos ambos al espejo. Observándome por detrás y por delante al mismo tiempo, sopesaba mi falsa simetría. Mi hombro derecho se veía más alto que el izquierdo, la columna vertebral zigzagueaba y el flanco derecho parecía ahuecado, y los pezones asimétricos como toda yo.

El hombre intentó que me estuviese quieta y derecha. Cómo estarlo así, desnuda frente al espejo y ante un desconocido. Alzó uno de mis brazos y lo dejó caer. Alzó el otro y lo soltó. Aferró luego los dos contra mis flancos. Pareció fastidiarse cuando sonreí, o tal vez se molestó por mi estremecimiento con el contacto de sus manos frías. Mi aspecto en el espejo era desastroso.

El disgusto en la mirada de mi madre era cotidiano; aunque, a veces, espiándola desde un rincón a oscuras de su cuarto, podía ver cómo se observaba a sí misma en el espejo, y el resentimiento en sus ojos parecía atenuarse; especialmente cuando se soltaba el cabello. Entonces –creo que más por la sensación de libertad que por saberse tan bella–, por un instante sus ojos adquirían brillo.

El hombre alzó mis dos brazos al mismo tiempo; grité, y en ese preciso instante mi madre se puso de pie.

–Ocúpate tú, Babet.

Babet asintió con un gesto impreciso.

Cuando mi madre cerró la puerta tras de sí, y aún cuando sus pasos se alejaban por el corredor y por la escalera, estallaron una a una cuatro campanadas de reloj. En el patio, un jolgorio de niños alborotó a las palomas. Aquel bullicio atrajo mi atención; cuánto mejor era el runrún del juego de los niños, los cascos de los caballos y las ruedas de un carro chapoteando en los charcos, que el piano de mi madre con sus monótonos acordes.

Pero en ese momento, viéndome aún con los brazos en alto y la rosada aureola de mis pezones expuesta en el espejo a los ojos del hombre, sólo me tranquilizaba la presencia cercana de Babet. Ella extendió una sábana sobre la mesa y me ayudó a acostarme, como el hombre le había pedido. Añoré aún más el griterío de los niños en el patio y en la calle. Allí estarían Alexander y la pequeña Gigí, Gabrielle, su hermana Betsy y todos los demás esperando por mí.

El hombre, mientras tanto, hacía unos retoques en el corsé que había colgado sobre el respaldo de una silla pequeña. Ajustando broches, encintados de raso y sobre todo el cuerpo entretejido semejante al coto de malla de las armaduras que aún se conservaban en el desván. Tendida sobre la mesa, me aferraba a la mano que Babet dejó abierta sobre mi pecho para que no temblara; con esa habitual ternura de su mirada me sugería paciencia. Cuando estuvo terminado el adefesio, Engelhardt –tal su nombre– me enfrentó a él y pasó mis brazos como por un abrigo sin mangas, ató algunas de las tiras a mis muslos y la entrepierna; pidió a Babet que lo ayudase a darme vuelta sobre la mesa. Fueron cerrando los últimos precintos. No recuerdo cuántos eran, pero eran tantos como para que el momento se volviese lento, doloroso, inolvidable.

Corsé realizado en metal y cuero. El grabado de época se encuentra en la obra “Chirurgica” e ilustra con claridad cuál era el nivel de la tecnología médica con que se contaba en la Europa a principios de 1700.

Pero entonces, cuando me aprisionó con el corsé que equilibraba la altura de mi hombro izquierdo a la del derecho, el dolor me hizo desfallecer. Sufrí un desmayo, y por mucho tiempo todo perdió sentido y noción de libertad.

Como en sueños, cuando el hombre ciñó las últimas tiras, escuché que Babet le preguntaba qué había sentido al decapitar a Volker Vogel.

El hombre rió estrepitosamente mientras yo recuperaba los sentidos.

–Nada importa decapitar al condenado –dijo–; tampoco el dolor de esta niña cuando intentaba ponerle en orden los huesos. Ambas cosas, y tantas otras peores como la vida misma, son inevitables. No soy quién para juzgar ni decidir. Cuando se acusa, condena y decapita a alguien, ese crimen lo juzga quien aplica la ley. Y si escucho en torno a mí que gritan “verdugo” o “asesino”, sé que eso es parte de las reglas del juego; sólo cumplo con el trabajo que se me paga, igual ahora con esto de enderezar lo torcido de la niña. Y ella es muy fuerte… Mire sus ojos.

–No dudo de la fuerza de Figchen, sólo que no puedo imaginarme cómo puede usted decapitar o ahorcar a alguien con la misma naturalidad con que coloca este corsé.

–Debo dar de comer a mis hijos.

–No es razón suficiente.

–Con mi trabajo de verdugo evito que los ciudadanos comunes se vean en la necesidad de hacer justicia por su cuenta. No es bueno para nadie cargar su conciencia con un linchamiento o un asesinato, que finalmente no sería justicia sino venganza.

–¿Y cómo sabe usted que con dar muerte a un humano… se ejerce la justicia? ¿Cómo saber si ese “acto de justicia” no es un simple acto de injusticia…?

–Babet… –terció el tío Jorge Luis, que acababa de entrar.

–Dice bien –aceptó el hombre–. Nada sé. Es imposible saber, y tampoco es mi función. Veamos si la niña puede ponerse de pie.

–Tal vez debería dedicarse a acicalar los caballos de los que gobiernan, y conformarse con ser un peón más de sus caballerizas, limpiarles las botas, lavar y peinar las pelucas.

–Lo intentaré también cuando se me pida algo así. Si fuese suficiente para dar de comer a mis hijos, haría una cosa y no la otra… –aseguró, y eso fue lo último que pude escuchar.

No supe que otra cosa dijo Babet. O no recuerdo. O quise olvidar. Probablemente volví a desmayarme cuando comprendí que aquel hombre de aspecto endeble, Boris Engelhardt, era el verdugo de Stettin y sus alrededores, y regresaría a mi lado durante varios años, una vez cada doce días, para que pudiesen higienizarme mientras él, colocando el corsé en un maniquí de costura, hiciese los ajustes del caso de los dieciséis pasadores de metal: alargaba las correas y variaba la posición de los cerrojos, según el corsé fuese quedando pequeño en este cuerpo que, aunque un poco contrahecho, como él mismo predijo crecería fuerte y erguido hasta convertirme en una interesante mujer. Mujer casadera de diez años. Y todo gracias a la paciencia de aquel hombre tan atento conmigo y tan injustamente brutal con tantos otros; que para ejercer esa otra profesión de brazo de la ley, sólo exigía usar una capucha para protegerse a sí mismo –y a los ajusticiados– del horror de la mirada, del horror que causaba su propia mirada.

Capítulo 2

Mi papel debe ser perfecto. Se espera de mí lo sobrenatural. Figchen

Fue importante ser una consecuente alumna de mademoiselle Babet Cardel. Esa mezcla de cultura francesa, la lectura de Montesquieu, Diderot, La Fontaine, imbuido todo de la inmensa ternura y paciencia de mi nana, me dieron el espíritu necesario para afrontar como una dama graciosa pero con firmeza y arrogancia (¿por qué no habría de ser arrogante por ser mujer, como la misma Babet sugería?) los embates que me generaban esos tiempos de angustia y sordidez entre el corsé, la cabeza rapada a causa del impétigo y el resquemor en la mirada de los que me rodeaban por ser una niña poco agraciada, especialmente Johanna, mi madre, que sólo tenía ojos tiernos para mi hermano Federico Augusto.

–¿Te sientes mejor, ma petite…?

–No sé, Babet…

–¿Duele?

–Sí, Babet.

–Te acostumbrarás… –murmuró–. Una se acostumbra fácilmente a todo.

–¿Así como con la cabeza?

–Lo del cabello es pasajero, ma petite. A cualquiera le pasa.

–Pero si a ninguna niña que conocemos le ha pasado…

–Verdad. Pero no te inquietes; serás más fuerte…

–Sí, eso me ha dicho Boris… que todos estos trances aumentarán mi fortaleza.

Babet rió con ganas, y me aclaró:

–No hablaba de ti, sino de tu cabello: rapado de ese modo, con tanto ungüento y masajes, le volverá a crecer a mi Figchen una mata de cabello igual de hermoso que el de una princesa.

–¿Así como el de Johanna?

–No como el de tu madre, ma petite: hablo del cabello de una verdadera princesa; mejor aún, el de una reina…

–¿Entonces crees que es verdad lo de las tres coronas que el canónigo leyó en mi mano?

Babet volvió a reír con más fuerza aún.

–No sé si serán tres las coronas ni de cuál casa real, pero sé que si no estudiamos un poco cada día, por muy abundante y hermoso que crezca tu cabello, no será atributo suficiente para sostener ninguna corona.

Y claro que no lo era. Por entonces ya había muerto Guillermo, mi primer hermano, y aún no había nacido Isabel Augusta Cristina, que morirá siendo pequeña. Por lo tanto, yo, Sofía Augusta, era la hija pródiga aunque Federico, débil, enfermizo y varón era el favorito de la princesa Johanna-Elizabeth Holstein-Gottorp.

Ser mujer es poseer la llave de acceso a cualquier príncipe heredero, con la complicidad de sus ambiciosos entornos. Acceder a formar parte de aquella troupe de princesas casaderas, era una verdadera batalla con institutrices, nanas, profesores de música, de danzas, de religión, de lenguas extranjeras y algunas otras estrategias más solapadas y de alcoba. Pese a mi aspecto físico, mi situación era favorable: pertenecía a la casa real de los Holstein-Gottorp, vivíamos en un castillo que –aunque venido a menos– era un baluarte real también por el lado de los Anhalt-Zerbst. Sabían que yo, Sofía Augusta, era una princesa con ciertas posibilidades. Pero pocos creían en mí, y nada mi madre.

Cómo confiar en esa niña poco agraciada, si la misma Johanna-Elisabeth Holstein-Gottorp nada había logrado con su belleza ni siquiera habiéndose embarazado del mismo Federico de Prusia, según nunca dejó de rumorearse.

Para colmo, su hermano mayor, casado con Isabel –la hija de Pedro el Grande–, había fallecido poco después del matrimonio sin dejar herederos; amores y muerte que confinaron a la princesa Isabel a un estado de soledad, ardores y resentimientos que no logró superar en brazos de ninguno de sus tantos amantes.

Nadie creía en mí, la pequeña Figchen, ni siquiera con el vaticinio de las tres coronas en mi mano, ni cuando me veían jugar en el patio o los alrededores, porque finalmente logré acomodarme a la circunstancia y rigidez que me imponía el corsé y la visita frecuente de Boris Engelhardt. Él solía decirme que ganaba en fortaleza.

Aún antes del corsé no me hizo falta mucha fuerza para quemar en el calienta-pies de mi cuarto, a aquella muñeca que Johanna me había traído de uno de sus viajes y con la que pretendía que jugara como juegan con muñecas todas las niñas. Siempre odié las muñecas, salvo y mucho más adelante, esas muñequitas rusas que se contienen las unas a las otras.

Sólo los libros que Babet Cardel ponía a mi alcance eran una buena compañía. Pero sobre todo, me resultaban inolvidables los momentos en que Babet servía el té con galletas de avena. Dejaba todo encima de la mesa, y con el tío Jorge Luis, a quien ambas llamábamos Georgie, hacíamos alguna pieza de teatro, que ellos pretendían fuese infantil, o recitábamos algún poema.

Una mañana golpearon a mi puerta. Pensando que traían el desayuno, fingí que dormía. Pero ante la insistencia respondí. La puerta se abrió y ahí estaba el tío Georgie. Traía entre los brazos un montoncito de pelusa marrón. Se acercó y, cuando llegó al ladito de mí, puso en mi regazo un cachorro de galgo. Una cachorra de ojos transparentes. Una verdadera princesa rusa, me dijo.

–¿Y por qué rusa…? Qué ocurrencia… –dije, acercando mi cara para que la lamiera. Tenía la lengua áspera y olorcito a cachorro.

El pelo era suave como la pana de la bata de dormir de Babet.

–Porque los galgos son rusos… y corren mucho. No son agraciados físicamente, son cálidos, nobles… y sobre todo vitales. Andariegos… Como a ti, a esta cachorra le gusta trepar y

perderse por el campo…Ya verás.

–Entonces la llamaremos Zíngara…

–Zíngara. Me gusta, será una gitana como mi Figchen…

–Yo de gitana no tengo sino la voluntad…

–Y las ganas. Ella ayudará a que no olvides tus ganas…

–¿Ganas de qué?

–De correr, de trepar… Podrás ver cada uno de sus músculos en acción… Hasta podrás dibujar cada uno de los músculos, las patas de atrás con relación a las de adelante… su porte. Podrás observarla para no olvidar la armonía del cuerpo y la movilidad. Todo mientras da vueltas en torno a ti, cuando salte sobre la cama… y al sillón, y del sillón a tu falda…

Ambos sabíamos que no podría seguirle el juego, a no ser sólo con caricias.

Las intenciones del tío Georgie fueron bien claras: pese a las circunstancias yo no podía –ni debía– olvidar el placer del movimiento, la vitalidad y la conciencia de toda la agilidad posible en un ser vivo. Para nunca perder las ganas.

De este modo, entre Georgie, Zíngara y yo se estableció un juego compartido especialmente al anochecer; para evitar que Zíngara mojara el tapete del corredor o de la sala y para que pudiese dormir en mi cama, nos comprometimos ante Johanna a darle un paseo por afuera, antes de ir a dormir. Y, sin importar el estado del tiempo, aquel momento era nuestro. En el jardín, Zíngara, con su complicidad natural, corría por delante nuestro y alrededor de la fuente con el rabo entre las patas, y hasta se metía en la fuente. Si llovía o nevaba solíamos refugiarnos en la caballeriza, mientras ella cumplía su parte del ritual. Luego, Zíngara se arrebujaba a nuestro lado y permanecíamos quietos y echados, hasta que veíamos pasar la luz del candil en cada una de las ventanas del corredor y finalmente en el cuarto de mamá, cuando percibíamos su silueta con los brazos en alto corriendo el cortinado: la luz y ella desaparecían.

Entonces regresábamos. Georgie me cargaba. Imposible levantarme del suelo sin su ayuda. Nos dábamos un prolongado abrazo y a veces, sólo a veces, él me rozaba la boca con un beso. Porque decía que no podría aprender a besar –y esas otras cosas del amor– si me pasaba el día entre libros. Antes de salir de la caballeriza, Zíngara ladraba y el tío volvía a dejarme de pie en el suelo. Cuando llegábamos a la escalera me llevaba del hombro y Zíngara saltaba por delante ladrando. Ni bien atravesábamos la puerta, Babet ya nos esperaba junto a la chimenea, el fuego bien atizado y el té servido.

Pese a mi corta edad por esos días –apenas diez años–, podría decirse que aquellos no eran acontecimientos de la niñez sino de una adolescencia temprana. Pronto lo comprendí. Lo percibía cada día en el espejo, tenía el rostro del placer aunque no conocía el placer. No del todo. Antes de dormirnos leíamos a La Fontaine o las Mil y una noches con su promesa de príncipes bien dotados y aromas de almizcle, o la historia de Juana de Arco, que nos contaba Babet. Así pasaban las noches.

No todo era tan ameno siempre. Hubo un anochecer, por esos días, en que fui rudamente recriminada. Escuchando el alboroto de los niños en la calle, trepé como pude por una enredadera de flores rojas y espinas, que desgarró parte del vestido. Logré caer al otro lado del muro. Atardecía, era día de San Pedro y San Pablo, y los niños habían encendido fuego para quemar castañas que vendían en cartuchos de papel a los que pasaban, por unas monedas que metían en un bolsito de piel. Otros hacían música, cantaban –cosa que para mí era imposible porque la música me sonaba sólo a ruido– y pasaban la gorra. Algunos vendían pasteles tibios, que habían pedido a Fritz, el panadero, y que calentaban a un costado de las castañas. Yo, con el vestido rasgado y el corsé ensangrentado porque una rosa me arañó el cuello, con la melenita apenas asomando y un poco en desorden bajo el gorro, me trepé a una tarima que había preparado Alexander. Me ayudó a subir e hizo palmas convocando a la gente, que me rodeó de inmediato. Desde ahí y frente a todos, recité a Racine:

…mas ¿qué hago? ¿De qué modo mi razón se extravía? / ¡Yo celosa! ¡Y es Teseo a quien quiero implorar! / Mi esposo vive, y ardo de amor por otro todavía! / Cada palabra mía me eriza los cabellos. / Ahora mis crímenes colman la medida. / Todo en mí es, a la vez, incesto e impostura…

Saludé con reverencias hacia el público y, cuando me quité el gorro para que echasen ahí las monedas y no a mis pies, fui descubierta por mi madre. Avergonzada siempre de mí, sin saber qué hacer conmigo, me llevó frente al canónigo –confesor de mi madre y adicto como ella a la quiromancia– y frente a Dowe, el pastor luterano encargado de educarme religiosamente según los deseos de mi padre. Fui enfrentada una vez más al consejo de familia.

–¿Por qué lo hiciste, hija?

–Porque así lo decidimos con los otros niños, y el motivo era justo.

–Motivo justo,dices. Y tú qué sabes de la justicia…Además, una niña de tu clase en la calle y con esas gentes, nada menos que recitando al tal Racine… vergonzante.

–No sé, madre; pero si todos en el pueblo lo consideran justo y necesario, ¿por qué dudar que no lo sea?…

Pedro el Grande, zar de Rusia, durante su segundo viaje a Occidente. En la imagen, momento en el cual se encuentra con Luis XV cuando éste aún era un niño.

–¿Y qué es lo que pretenden?… –preguntó el canónigo conciliador.

–Juntar el dinero que la ley pagará a Boris Engelhardt por decapitar a la madre de Alexander… Boris ha dicho que él sólo ejerce ese trabajo por la paga… Pensamos que si le conseguimos el dinero… él no necesitará ajusticiar a esa pobre señora, y Alexander y sus hermanos no quedarán huérfanos…

–Qué disparate…

–Ningún disparate, madre. Se decidió que cada uno haría lo que pudiese ofrecer como espectáculo a la gente, a cambio de unas pocas monedas… como una kermés… o como si pagaran en el teatro… o en una fiesta patronal.

Mi madre observó al pastor Dowe, esperando algún comentario. Pero el pobre hombre sólo carraspeó, evitando las miradas de Babet y el canónigo. Finalmente, se animó a decir:

–Hemos de considerar que la idea no es del todo errada… aunque le tocará a esa mujer su inevitable juicio al fin, y sólo a la bondad de Dios corresponde hacer justicia.

–Pero –intervino mi madre– es que no estamos juzgando ahora a esa mujer ni al verdugo, sino a mi hija por haberse escapado sin permiso, por saltar el cerco en su estado, rasgarse el vestido y sangrar, quitarse la gorra ante toda esa gente de quien terminó aceptando unas monedas por recitar semejante poema. En plena calle todo, pastor Dowe… y nada menos que a Racine… Esta niña está endemoniada. Siempre lo he dicho.

–No diga eso, señora Johanna –interrumpió el canónigo.

–Es sólo una niña –agregó el pastor Dowe–. Dios habrá de ser justo con ella cuando llegue el momento.

–¿Y no tienes nada qué decir en tu defensa? –me preguntó el tío Jorge Luis, circunspecto.

–No sé si puedo…

–Puedes… –concedió el canónigo, mirando enseguida a mi madre.

–No puedo oponerme a su voluntad, canónigo… Digo, cómo puede conciliarse la inmensidad de Dios con la terrible prueba del juicio final; digo, cómo conciliar esa inmensa bondad de Dios, si el pobre Boris Engelhardt para alimentar a sus hijos debe cortar cabezas, y en este caso nada más que porque esta mujer ha robado unos panes para dar de comer al pobre Alexander y a sus hermanos.

–Y dar refugio a un extranjero… –acotó mi madre–. Quién sabe de dónde vino ese hombre, con qué intenciones, de dónde o de quién huye, y por qué… Un desertor tal vez; y alojarse justo en casa de esa mujer… ¿Y tú dices que robó panes para sus hijos? Seguro que robó para ese hombre…

–Pero ahora, madrecita, no estamos juzgando a esa mujer, ni al verdugo, ni a Racine, sólo a mí.

–¿Ven por qué digo que está endemoniada….? –demandó sacudiéndome del brazo con ira.

–Sofía Augusta, voy a terminar por dar razón a tu madre. ¡¿Cómo te atreves a dudar de la bondad de Dios…?! –sostuvo el pastor.

–Seguramente la niña no duda de Dios… –trató de conciliar Babet–, sino de la bondad de los hombres que imponen su ley invocando el nombre de Dios. ¿Verdad, Figchen?

No respondí. Sólo me detuve a gozar la sensación del cabello cayéndome suave a ambos lados de la cara, acariciándome los pómulos y devolviéndome una sensación que creía haber perdido para siempre. Sólo entonces advertí que el cabello había crecido, y que me había curado del impétigo; pero –sobre todo– que pude saltar un muro.

El tiempo transcurría lentamente en lo cotidiano, y veloz en el resto de las cosas. De a poco me fui convirtiendo en lo que mi madre quería: una niña normal, según ella.

En la sala, Boris trazó nuevos dibujos del resultado final del tratamiento, para dejar constancia de aquellos tiempos. Al final terminó con su firma y, debajo, en letras más pequeñas escribió: “Gracias”.

–Gracias a usted por curar a la niña.

–Pero lo que hice no fue sino ajustar unos pocos huesos mal entrazados en el cuerpecito de una niña. Una cosa simple y placentera en la vida de un hombre como yo.

–¿Qué quiere decir con “un hombre como yo”, si ya ha dejado de ser el verdugo de Stettin?… –pregunté.

–Pero lo he sido muchos años, Figchen, y eso es difícil de perdonar.

–Nosotras lo hemos perdonado desde siempre. Hay hombres y mujeres dañinos que torturan y maltratan a todos a su alrededor y ni siquiera lo hacen por dinero sino por puro placer. El puro placer de hacer daño y ejercer el poder.

–Porque están enfermos de odio y resentimiento…

Veía florecer los rosales y morir las rosas por varias temporadas, hasta que un buen día, Boris Engelhardt llegó a la casa con una rosa en la mano y me la regaló sin decir nada. Al rato me quitó el corsé. Volvimos los tres a observarme desnuda frente al espejo. Lentamente midió distancias, la altura de un hombro con relación al otro. Los huesos de la cadera que no sólo ocupaban su exacto sitio sino que parecían haberse expandido o, mejor aún, estar bien resguardados por el engrosamiento propio que provoca la pubertad.

–Por favor, que se vista rápido que ya no se la ve tan niña…–dijo Boris a Babet, y ambos rieron.

Mientras me vestía, el hombre se sentó cerca de la ventana, un poco alejado de nosotras, y terminó sus notas sobre mis dolencias.

–La petite Figchen ha crecido. Al fin camina erguida, derecha y firme, sabe adónde ir y cómo hacerlo…Ya no necesita de mí –dijo luego Boris Engelhardt, besando mi mano.

–Tal vez la pequeña Figchen no, pero puede que alguna vez Sofía Augusta… –bromeé.

–Dios ha de ser justo también con Sofía, no habrá de querer que volvamos a encontrarnos… –ironizó mientras besaba también la mano de Babet.

–Si Dios realmente es Dios, debe ser más justo que los hombres, y entonces hará que volvamos a vernos –repuse.

Capítulo 3

¿Cómo puede un hombre tener tanto poder que ni siquiera reclame ternura? Anna Ajmátova

Aquel día con el tío Jorge Luis, en el afán de no hablar de aquello que nos inquietaba, hasta leímos cuentos de Las mil y una noches. Sin embargo, en el cuento que Scherezade contaba en la noche 423, encontré unos versos que no dudé en repetír en voz alta, y que una vez más echaron al ruedo nuestros desatinos: “¡Con este amor quiero morir yo misma, y con este amor resucitar…!”

Georgie apenas sonrió.

–Te sientes tan sola siempre, pero yo también estoy solo.

–Tú estás solo porque quieres…Yo, porque tú me dejas sola.

–Entonces también estás sola porque quieres…

–¿Acaso nunca hablarás en serio, tío Georgie?

–Tal vez mucho más de lo que crees, pero eres tan niña aún…

Veamos ahora qué sorpresa nos depara la caballeriza… y deja de pelearte conmigo, que no soy quien se porta mal contigo.

La ternura de sus ojos, como tantas veces, me dio bríos. Salí corriendo y Zíngara saltaba y ladraba a mi lado. No se había acostumbrado a verme correr por los pasillos. Eso la inquietaba tanto como la alegraba. Si bien yo había crecido, la falta del corsé me permitía una agilidad que, después de cuatro años presa en él, tampoco a mí me era familiar. Las puertas de los cuartos todavía me resultaban un dilema… Sin embargo, por lo menos ya no era un inconveniente alzar los brazos; hasta mis manos parecían haber crecido como para alcanzar el picaporte sin dificultad.

Corrimos escaleras abajo, tropecé con la criada Pauline –que lustraba el barandal–; cerré los ojos al pasar cerca de ella pues el aroma de la nogalina estremecía mis sentidos. Zíngara me esperaba abajo, acostumbrada a que siempre era ella la primera en alcanzar la moqueta de la entrada principal. Tío Georgie me echó encima el capote de lino y la pamela, para protegerme del sol. Pero la quité, pues estrenaba el goce del pelo azotado por el viento.

Zíngara no dejaba de correr y saltar. Olisqueaba el aire, que era cálido y esa tarde olía a heno y a flores. Cuando llegamos a la entrada de la caballeriza, el tío Georgie se detuvo y me cubrió los ojos. Seguimos andando entre los ladridos de Zíngara, que daba vueltas con la alegría de quien ya conoce la sorpresa y no puede contarla. Una vez dentro de la caballeriza, me quitó las manos y dijo que ya podía mirar. Pero continué con los ojos cerrados. Es que cada vez que jugábamos y aunque Georgie me decía que podía mirar, para mí, la mejor manera era mirar con las manos.

Él lo sabía porque a eso jugábamos con cierta frecuencia. Ver con las manos, con la piel, aceptar lo imprescindible de conocer y amar. Para ese entonces todo comenzaba a ser diferente: yo, la pequeña, la enjuta, la fea, la contrahecha, podía poner más cosas en juego que sólo las manos y los ojos. Mucho más vital podía ser.

Sin embargo, guió mis manos. Pude tocar entonces el pecho musculoso del animal, su grupa, sus muslos bien formados y como torneados en bronce, el noble rostro, sus ojos atentos a mis manos, aunque según Georgie también el corcel cerraba los ojos al contacto de mis dedos. Escarceó un poco gozando de mis caricias.

Aquel fue el regalo más importante del tío Georgie. Una vez más, Georgie pensaba en mí. Sabía que todo aquel tiempo de estarme quieta, encarcelada en un corsé, hacía necesario recuperar lo perdido y con creces, y su intención era empezar lo antes posible.

Catalina II montada sobre un caballo blanco que no era su fiel “Azul”. La emperatriz fue una eximia jinete desde muy pequeña, y su relación con los animales, en especial con los caballos, fue siempre bastante cálida.

Me tomó por la cintura y me subió al potro, que era negro, tibio y prometía interminables paseos. También él montó. Qué mejor que dar aquel primer paseo juntos. Sentir su calor, sentado detrás de mí, y entre mis muslos el calor del lomo del corcel. Nunca había sentido algo así.

–¿Cómo lo llamarás, Figchen?

–No se me ocurre ahora…

–Pero el nombre es importante. ¿Acaso es igual para ti si yo te digo Figchen o Sofía Augusta?

–O como si yo te llamo tío Jorge Luis en lugar de Georgie…

–Ya ves.

–Es verdad. ¿Y me enseñarás a montar?

–Aprenderás antes de lo que te imaginas. Pero por ahora, hasta que todos nos acostumbremos, será mejor de este modo…

–Y adónde me llevas ahora….

–¿Recuerdas aquel prado que cruzamos en el último viaje en coche, camino a Stettin?

–El de las flores azules que pintamos para el cuadro de la sala.

–Hacia allá vamos…

–Pero esas flores se habrán secado.

–Y habrán vuelto a florecer otras, pues ha pasado un año.

–Verdad –dije apoltronando más la espalda contra su pecho.

–Cuando lleguemos al campo azul, practicarás tú sola. Te guiaré después, pero ahora debes acostumbrarte a curvar tus piernas y acomodar los muslos en torno al animal. Mientras tanto, piensa un nombre y déjate llevar, así como ahora conmigo.

–Pero cuando te vayas no tendré dónde reclinar mi espalda.

Georgie rió y se pegó un poco más a mí.

–Qué te hace pensar que me iré, Figchen. Pero pronto no necesitarás en quién reclinarte: ya eres lo suficientemente fuerte y erguida para arreglarte sola. Pronto, ni te acordarás de mí.

–¡Cómo dices eso!

No contestó. Noté que, empezando por las caderas, sus muslos ejercieron un firme golpecito en los flancos del caballo, y tal vez sin quererlo un poquito en mí. El galope fue lento y cadencioso. Sostenía las riendas rodeándome la cintura con sus brazos por debajo de los míos.

Tal vez éste no es un recuerdo original ni bucólico, pero es el mío y forma parte de uno de los momentos de mayor plenitud e intensidad.

Cuando llegamos al campo azul, se apeó del caballo y me dejó sola. Me indicó cómo llevar las riendas y hacia dónde moverlas según la dirección deseada. Nos reímos, eso sí, porque mis piernas aún no tenían la fuerza ni la misma persuasión que las de Georgie.

–Pero eso llegará con el tiempo, Figchen, y todo será natural para entonces.

Di varias vueltas por el campito. El corcel obedecía o simplemente me dejaba hacer. Como corresponde.

–Si sabes guiarlo, será necesario que le des una orden. Debes aprender muy bien esa conducta en tu vida, mi adorada Figchen. ¿Aún no has pensado cómo le llamarás?

–Azul… ¿puedo llamarle Azul?

–Como quieras –dijo Georgie, y Azul relinchó suavemente.

–Parece que su nombre le ha gustado.

–Tal vez reclama su bautismo.

–¿Bautismo? ¿Acaso crees en las ceremonias de bautismo?

–No del todo, pero cómo sabemos que Azul no cree –bromeó mientras me ayudaba a bajar.

–¿Y ahora? –dije.

–Ahora, a descansar. Iremos al arroyo. Pensemos en un bautismo adecuado. Mientras tanto, Azul comerá: le gustará esa pastura fresca.

–También a mí me gusta –dije echándome de espaldas al suelo y con Azul a mi lado.

–Huele bien la hierba, y así se siente mejor aún. Me ha inspirado con el nombre del caballo.

–Azul. No dejes de nombrarlo, porque se sentirá triste si no lo llamas por su nombre, mi querida Figchen.

–¿Crees que, si dormimos un rato, Azul se irá?

–No. Pero sin dudas, con este calorcito, le gustará si lo bautizamos en el arroyo.

Sin dudar me quité las botas, él desató las tiras que por detrás sujetaban el delantal al vestido y me quité los dos. Dejé una sola de las enaguas. Georgie también se quitó las botas, el chaleco y lo ayudé con la camisa que sólo tenía tres botones. Reímos. Corrimos y nos metimos en el arroyo. Chapoteamos. Nadé según el mismo Georgie me había enseñado desde muy pequeña. Antes del maldito corsé.

Llamamos a Azul, que tardó un rato en alzar la cabeza, pero al vernos saltar en el agua y reír, no pudo menos que hacer un pequeño escarceo. Tímidamente se acercó a la orilla. Georgie salió del agua, le quitó los arneses y tomándose de las crines volvió a montarlo, en pelo. Azul, con otro escarceo, parecía agradecer la frescura. Se metieron al agua; aferrándome a su mano monté otra vez por delante de Georgie. Así montamos por un rato, en el agua. En comunión los tres.

Compenetrados en ese momento de bautismo. Azul percibía sin dudas nuestra alegría. Sentía el estremecimiento del cuerpo del hombre que, a mi espalda, endurecía sus músculos y me hacía vibrar conmocionando cada uno de los míos. Georgie me alzó en el aire y me enfrentó hacia él. Yo, como siempre, lo dejé hacer. Quién si no Georgie para enseñarme todo aquello que era bueno para mí y que debía aprender no como niña sino como mujer. Por un rato cabalgamos en lo más profundo del arroyo. Georgie encima de Azul, y yo encima de Georgie; me abracé a su cintura con las piernas y con los brazos que al fin podía alzar con libertad, sin dolor ni las ataduras del corsé. Rodeé su cuello. No hacía falta más para lograr un éxtasis ideal. Nada mejor que un hombre y un caballo. Es algo que nunca pude olvidar ni volver a intentar.

Los músculos tensos de Azul, gozoso del agua y de nosotros, de aquella especie de comunión y bautismo; tensos los músculos de Georgie acorde a la entrega de los míos, a esa firme ternura que se espera de nosotras: mostrarnos como arcilla dura pero con la nobleza necesaria para tomar la forma con que se nos modele. Esto era Figchen para Georgie. Él era mi creador. Igual de dócil sería Azul. Cualquier situación, cualquier movimiento parecía sernos posible. Empujó con suavidad mi espalda sobre las crines de Azul que, quieto ya, gozaba del agua fresca y de nuestra presencia.

Cuando sentí el reflejo instintivo de moverme, cuando el deseo me llevó a moverme, Georgie dio un suave golpe con sus piernas a los costados de Azul, que reinició la marcha. Pude sentir a Georgie más intensamente entonces, más cercano aún e intensificar mi deseo de tanto percibir el suyo a través de la ropa.

–No olvidemos que es sólo una especie de bautismo y que no sabemos si Azul estará de acuerdo… –dijo Georgie–. Nada más que un pequeño bautismo.