Cazando sombras - Jorgen Jaeger - E-Book

Cazando sombras E-Book

Jorgen Jaeger

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Beschreibung

¿Está cazando sombras en su propia mente o realmente hay alguien que quiere matar al viejo Holgersen? Muchos envidian al comerciante de chatarra Ingolf Holgersen debido a su riqueza y magnífica propiedad. Otros piensan que es frío y superior. No saben que al viejo le han diagnosticado esquizofrenia paranoide latente y que a veces se cree perseguido por todos y por todo. Cuando Holgersen llama a su hijo Cato y le dice que alguien ha intentado dispararle, Cato piensa que su padre ha vuelto a enfermar. La familia no sabe si creerlo o no. Pero un terrible suceso les hace darse cuenta de que el anciano no es tan loco como creían. A Ole Vik, inspector de la policía rural, le asignan el caso Holgersen y se lo toma muy en serio, pero él tampoco encuentra signos del misterioso atacante. El caso está a punto cerrarse cuando la investigación toma un nuevo rumbo al descubrir una pista un tanto inusual…

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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CAZANDO SOMBRAS

Ole Vik 1

Jørgen Jæger

Traducido por Lotte Katrine Tollefsen

Para Marit, mi gran amor e inspiración.

Sin ti no habría podido realizar mi sueño.

Preámbulo

La esquizofrenia es una de las enfermedades mentales más severas que existen y afecta a entre el 0,5 y el 1 por ciento de la población.

La enfermedad pertenece al espectro de las psicosis y tiene como consecuencia que los pacientes, en menor o mayor grado, pierdan el sentido de la realidad y que con frecuencia se sientan dominados por una persona fallecida, un poder desconocido o voces que solo ellos oyen.

Quienes la padecen pueden, en su angustiosa situación, dar miedo o resultar antipáticos. Suelen ser individuos muy infelices que, en su mundo aislado y distorsionado, sienten que viven en un entorno amenazador.

La esquizofrenia con frecuencia se manifiesta ya en la juventud y acompaña al paciente durante toda su vida. La enfermedad se puede moderar y tratar con medicación y psicoterapia, y los afectados consiguen llevar una vida casi normal, asintomática, durante prolongados periodos de tiempo.

Sus desvaríos, a veces, se manifiestan como manía persecutoria, y las paranoias forman parte del cuadro de síntomas de la esquizofrenia.

En esta novela conocerás, entre otros, a Ingolf Holgersen. Padece una esquizofrenia paranoide latente. Es un personaje de ficción, igual que el resto de los protagonistas. Los lugares que se mencionan también son de mi invención.

Capítulo 1

El inspector de la policía rural Ole Vik se desperezó en la silla del despacho, entrelazó las manos sobre la barriga y recostó, satisfecho, su robusto cuerpo, lo que provocó que el asiento dejara escapar un sonoro quejido. Colocó una pierna encima del escritorio, cruzó la otra y, así, adoptó su postura favorita para estar en la oficina.

Con un gemido de satisfacción, sacó un enorme puro habano del bolsillo de la camisa, lo humedeció con los labios y se lo introdujo entre los dientes. Al encenderlo, la habitación se llenó de humo. Ole Vik estaba encantado.

Junto al escritorio, tumbado en una alfombrilla, se encontraba Birk, su border collie blanco y negro, que lo miraba fijamente y moviendo las orejas. El perro se levantó con un suspiro, fue a un rincón y se dejó caer con aire reivindicativo.

El humo del puro no le iba nada bien.

Era la tarde del domingo siete de enero y el policía rural dedicaba el fin de semana a poner al día el trabajo atrasado. A las siete y diez sonó el teléfono. Se había acabado la paz.

***

Unos minutos antes, hacia las diecinueve horas, se habían iniciado una serie de sucesos en casa del otrora chatarrero Ingolf Holgersen, en Strandveien. Esa calle estrecha y, en apariencia, modesta era un atajo que serpenteaba desde el puerto hacia la exclusiva zona de playa de Fjellberghavn. Allí abajo, en el pueblo más grande del municipio, las carísimas residencias costeras se sucedían una tras otra. La mayoría eran amplias cabañas, propiedad de gente que vivía en la ciudad, pero entre ellas se colaba algún que otro chalé que había sido reformado para pasar de ser casa de veraneo a residencia permanente.

La vivienda de Ingolf Holgersen era una de ellas. El jubilado, viudo y de setenta años, vivía solo en la preciosa propiedad que limitaba con el mar. Bueno, tanto como solo…; los vecinos estaban convencidos de que el ama de llaves, que acudía a limpiar tres días a la semana, había acabado por hacer bastante más por el anciano caballero que cuidar de su casa.

Holgersen llevaba bien la edad. Era alto y esbelto, de cuerpo erguido como el de un joven, y cabello espeso con un digno toque canoso que peinaba hacia atrás. Nadie le habría echado más de sesenta.

Trabajador como era, y con un instinto comercial innato, había tenido gran éxito como chatarrero. Por desgracia, había tenido que dejar el negocio dos años antes, cuando enfermó seriamente y ya no estuvo en condiciones de cuidar ni del negocio ni de sí mismo. Pero la venta de la empresa le había garantizado una situación económica desahogada para el resto de su vida.

Esa tranquila tarde de enero Holgersen se encontraba en el salón, viendo el Telediario. El ama de llaves, Helga Moene, estaba de visita. Era una señora de sesenta años, eficiente y revestida de autoridad, que se había ocupado de Ingolf durante su dolencia y se había ganado su corazón. En los últimos años había perdido oído y utilizaba un audífono. Mientras se concentraba en las complejidades de un crucigrama, había optado por aislarse del mundo, por lo que se había quitado y apagado el audífono. Por eso no oyó que llamaban a la puerta.

Holgersen sí, y se levantó lanzando una maldición, molesto porque lo interrumpieran en mitad de un interesante reportaje. Helga miró distraída por encima de las gafas, arqueó las cejas y volvió a sus profundas reflexiones sobre quién, seis letras, había ganado el premio Nobel de la Paz en 1983.

Fuera no se veía a nadie. Holgersen dio un par de pasos por el sendero y oteó a derecha e izquierda.

—¡¿Hay alguien ahí?! —gritó.

Esperó unos instantes, sin recibir respuesta. Encogiéndose de hombros, se giró y se encaminó hacia la puerta.

—¡Holgersen!

Oyó la voz con nitidez, procedía de algún lugar a su espalda. Sonaba baja, pero a la vez estaba revestida de autoridad. Holgersen se detuvo de golpe y observó, con los ojos muy abiertos, a una persona de vestimenta oscura que se deslizaba por el patio. El hombre se plantó, con las piernas separadas, y lo señaló con las dos manos. Su cuerpo quedaba oculto por un holgado chándal negro. Pero lo que hizo latir con fuerza el corazón del viejo chatarrero fue la visión terrorífica del pasamontañas que cubría el rostro del hombre vestido de oscuro y el hecho de que le apuntara con una pistola.

Antes de que Holgersen tuviera tiempo de reaccionar, oyó un estallido sordo procedente del arma. En el mismo instante, sonó una detonación más aguda en algún lugar en las alturas y un polvillo se extendió por la escalera.

Holgersen se encogió, se tambaleó hasta el recibidor y echó la llave. Luego entró en tromba en el salón.

—¡Helga! —gritó—. ¡Helga!

Ella miró por encima del borde de las gafas y se esforzó por colocarse el audífono.

—¿Qué ocurre, Ingolf?

—Hay un hombre en el jardín. —Las palabras brotaban a golpes—. Un hombre vestido de oscuro. Él… me ha disparado. ¡Dios mío, Helga, tenía una pistola!

Helga empalideció, dejó a un lado el crucigrama y se puso de pie. Lo miró, preocupada.

—¡Oh, no, Ingolf! —gimió—. Eso no, por Dios, ¡eso no! —Se acercó a él y le puso la mano en el brazo—. Seguro que son imaginaciones tuyas —dijo con calma—. Ya sabes que nadie va pegando tiros a la gente en la pacífica Fjellberghavn.

Holgersen se soltó. El temor asomaba a sus ojos.

—Pero lo he visto con claridad. Llevaba un pasamontañas y un traje oscuro. Dios mío, Helga, alguien quiere acabar conmigo.

—Tonterías, Ingolf —lo tranquilizó ella—. No debes hablar así. Ahora, vas a sentarte y acabar de ver el Telediario mientras yo preparo un té.

Holgersen no se tranquilizó lo más mínimo.

—Ya no estoy enfermo, Helga —insistió—. Esto es real. —Agitó los brazos y se inclinó detrás de la butaca—. ¡Agáchate! Nos puede disparar por la ventana.

Helga se llevó las manos a las caderas con gesto testarudo.

—Pues deja que dispare —dijo—. Yo voy a preparar una taza de té, y que pase lo que tenga que pasar.

Se dio media vuelta y se dirigió a la cocina con paso firme.

Holgersen intentó protestar, pero comprendió que no serviría de nada. Con una agilidad impresionante, corrió agachado hasta el escritorio, se lanzó sobre el teléfono y marcó el número de su hijo. Poco después tenía a su nuera al aparato.

—Charlotte —su voz sonó alterada—, pásame a Cato.

Ella dudó.

—Está en el trabajo —respondió—. Tiene guardia este fin de semana. ¿Qué ocurre, Ingolf?

—Es imprescindible que hable con él —siguió Holgersen—. Alguien me está disparando.

—¡Vaya por Dios! —dijo Charlotte en voz baja. Hizo una pausa—. Lleva el móvil —prosiguió—. Seguro que das con él, o puedes intentar llamarlo a la comisaría de la Policía Rural. ¿Tienes los números?

Holgersen no respondió. Había colgado y ya había marcado la mitad de los dígitos del móvil de Cato. Sonaron solo dos tonos de llamada, y oyó la voz familiar de su hijo.

—Hola, al habla el oficial Holgersen.

Ingolf suspiró, aliviado.

—Cato, gracias a Dios que doy contigo. Tienes que venir ahora mismo. Alguien me ha disparado en el jardín, y Helga y yo nos hemos parapetado.

Cato Holgersen se quedó callado unos instantes.

—¿Te han disparado? ¿Quién? —dijo, escéptico.

—Era un hombre. Él… él llevaba un pasamontañas y vestía de oscuro.

—Entiendo —suspiró el hijo—. Padre, quédate tranquilo en casa hasta que yo llegue. No abras a nadie y manteneos alejados de las ventanas. Voy a llamar al inspector. Intentaremos llegar en cinco o seis minutos.

La comunicación se cortó y Holgersen colgó. Helga había vuelto y lo miraba con evidente preocupación.

—¿Hace falta molestar a tu hijo con esto, Ingolf? —Lo agarró por el brazo—. He mirado por las ventanas del baño y de la cocina, y no se veía a nadie.

Holgersen se dejó caer en la butaca más próxima.

—Dios santo, no me crees, ¿verdad que no? —murmuró.

—Por supuesto que te creo —dijo ella con suavidad—. Pero resulta desconcertante, Ingolf. Acuérdate de todo lo que pasó cuando estuviste enfermo, ahora reabres la herida.

—No lo compares con aquello —dijo con firmeza—. Entonces alucinaba, ¿no es cierto? Ahora estoy bien, Helga. Cato y el inspector comprobarán que tengo razón, porque la bala impactó en la pared, por encima de la puerta, y el polvo cayó a mi alrededor. Esas cosas se pueden demostrar, ¿entiendes?

Helga esbozó una sonrisa.

—Sí —dijo con voz queda—, tienes razón, Ingolf. Uff, no sé qué me pasa, será por el susto.

Se quedaron hablando en voz baja hasta que el teléfono los interrumpió unos minutos más tarde. Holgersen se levantó de un salto, corrió agachado hacia el escritorio y agarró el auricular.

—¡Holgersen! —gritó en tono estridente.

—Padre, soy yo —dijo la voz de Cato—. Escúchame bien: estoy aparcado delante del portón y no veo nada sospechoso. Antes de entrar, daré una vuelta por la propiedad. Luego llamaré al timbre tres veces, así sabrás que soy yo.

Holgersen suspiró, aliviado.

—Gracias, Cato —dijo—. Me alegro de que estés aquí, hijo. Esperaré.

Pasados unos minutos, oyeron la señal acordada y salieron juntos a abrir. Cato Holgersen estaba en la puerta, vestido de civil, con una chaqueta moderna, un poco holgada, y pantalones y zapatos a juego. Con su metro noventa de altura, tenía buena planta: era moreno, el cabello algo menos denso que el de su padre, y tenía un rostro más marcado, casi nervudo, con cejas oscuras y un hoyuelo en la barbilla. El cuerpo, esbelto y atlético.

—Hola, padre —dijo—. He revisado el jardín y no hay nadie. —Miró más allá de él y sonrió—. Buenas, Helga —añadió—. Me alegro de verte.

Ella correspondió a su sonrisa y saludó con un movimiento de cabeza.

—Bien —prosiguió Cato—, he hablado con el inspector Ole Vik y me ha pedido que me ocupe de esto. ¿Dónde viste la silueta?

Ingolf salió a la escalera y señaló.

—Ahí —dijo—. Cuando me disparó, estaba más o menos ahí. —Fue al patio y se plantó con las piernas abiertas para mostrarle lo que quería decir—. Cuando disparó, oí un estallido sordo —continuó—. Pero el sonido de la bala al impactar fue más penetrante. Creo que ha debido incrustarse encima de la puerta, porque cayó mucho polvo sobre los escalones y el felpudo.

—Entiendo. —Cato Holgersen lo escuchaba con mucho interés.

Salió a la explanada y revisó la zona que su padre le había indicado. En ocasiones se ponía en cuclillas y pasaba los dedos por la grava. Fue muy meticuloso al llegar al lugar desde el que, según su padre, el hombre vestido de negro había disparado. Al final, se aproximó a la puerta, revisó en detalle la escalera y el felpudo, y observó la pared por encima de la puerta.

—Hum —dijo, pensativo—. ¿Dices que cayó polvo a tu alrededor?

—Sí, así es —respondió Ingolf—. Se extendió por la escalera y por el felpudo.

Cato se pasó una mano nerviosa por el cabello.

—¿Estás seguro?

—¿Que si estoy seguro? —Holgersen tenía el rostro congestionado—. ¿Crees que me lo estoy inventando, chaval?

—No, claro que no. —Cato estaba a la defensiva—. Pero tienes que comprender que encima de la puerta no hay nada roto, al menos que yo vea. Solo hay cemento, y está intacto. Compruébalo tú mismo.

Holgersen se acercó y se situó junto a su hijo. Cato y Helga intercambiaron una breve mirada cargada de preocupación.

—Pero, madre mía —tartamudeó Ingolf—. Esto es rarísimo. Si lo he visto clarísimo. Si… si me ha caído encima.

Se agachó y revisó la escalera y el felpudo. Todo estaba pulcro y recogido, tal y como lo había dejado Helga unas horas antes, al hacer limpieza. Holgersen se tambaleó y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.

—Dios bendito —dijo, inseguro—. Ahora sí que no entiendo nada.

Cato lo agarró por el hombro.

—Ven, vamos a sentarnos dentro —dijo con seriedad.

Ingolf asintió indeciso con la cabeza y siguió, manso, a su hijo. Le temblaban las manos y su rostro estaba pálido, descompuesto. En el salón se dejaron caer cada uno en una silla y permanecieron callados largo rato.

—Dime, Helga —empezó Cato con prudencia—, ¿tú también lo has oído?

—No —respondió ella—. Estaba haciendo crucigramas y me había quitado el audífono. No he notado nada. —Sacó un pañuelo y se sonó la nariz—. Pero, Cato —dijo en un tono casi suplicante—, has encontrado indicios de lo sucedido ahí fuera, ¿verdad que sí?

La mirada de Cato sostuvo la suya. Vio que estaba preocupado.

—No, no lo he hecho, Helga —respondió—. No he encontrado ni rastro de nada. —Observó inseguro, y de soslayo, a su padre, que miraba fijamente hacia delante. Luego abrió los brazos, suspiró con ganas y concluyó—: Esto no tiene explicación alguna.

Capítulo 2

La noche del lunes fue fría y húmeda. Una capa de escarcha cubrió Fjellberghavn como una sinuosa alfombra blanca, lo que creaba un ambiente de cuento a la intensa luz de la luna.

A las cuatro y veinticinco, la paz volvió a terminarse para Ingolf Holgersen. Al menos esa era la hora que marcaba su reloj de pulsera cuando lo miró con los ojos entrecerrados, sentado en la cama después de que algo lo despertara. Se quedó escuchando un buen rato, aunque no oyó nada más, así que se dejó caer de espaldas en la cama y se acomodó para seguir durmiendo.

Acababa de amodorrarse cuando dio un respingo y volvió a sentarse. Esta vez no tuvo duda alguna: oyó con toda claridad cómo alguien golpeaba rítmicamente y con fuerza la ventana del dormitorio. Primero cuatro veces, una pausa, cuatro veces más, nueva pausa, y cuatro veces de nuevo. Luego reinó el silencio.

Ingolf estaba tieso como un palo, el corazón le latía con fuerza y la ansiedad se aferraba a su pecho. Al final hizo un esfuerzo, se bajó de la cama y, arrastrando los pies, tembloroso, se acercó a la ventana.

Apartó la cortina con cuidado. La luna llena brillaba y lo deslumbró con su luz fría. Justo delante de él, a solo dos o tres metros, vio la silueta de una figura oscura en el balcón. Quien fuera estaba inmóvil, con los brazos caídos. Era imposible ver si le daba la espalda o estaba de frente. Aterrorizado, Holgersen vio cómo la figura levantaba un brazo despacio y hacia un lado, de manera que el contorno de una pistola se dibujó ante sus ojos.

El chatarrero dejó caer la cortina, se dio la vuelta de golpe y corrió escaleras abajo todo lo deprisa que sus piernas de septuagenario lo quisieron llevar.

Alcanzó el escritorio, con la respiración entrecortada, y agarró el auricular del teléfono. Con manos temblorosas, empezó a marcar el número de su hijo, pero se detuvo enseguida al escuchar un fuerte golpe en la ventana más próxima. Se giró y la sangre se le heló en las venas. Veía de frente el espantoso rostro cubierto y apenas iluminado, justo al otro lado del cristal. La pistola le apuntaba, amenazadora. Holgersen dejó caer el auricular y salió corriendo. Con el corazón acelerado, abrió de un tirón la puerta del trastero que había bajo la escalera, se metió dentro y la cerró de golpe.

Transcurrió un largo rato antes de que se atreviera a entreabrir la puerta y sacar la cabeza. Ni vio ni oyó nada. Con cuidado, salió a cuatro patas del trastero y volvió al salón mientras miraba aterrorizado hacia las ventanas y la oscuridad del exterior. Temblaba sin control.

Holgersen saltaba de un pie a otro, presa del pánico, mientras esperaba a que su hijo contestara al teléfono. Un sudor frío le empapaba la frente y su corazón latía desbocado. Por fin escuchó la voz adormilada de Cato:

—Diga.

—Ya era hora. Ha vuelto, está ahí fuera y tiene una pistola. —Holgersen tomó aire, ya al borde del llanto—. ¿Qué puedo hacer? Quiere matarme. ¡Ven, Cato, ven enseguida!

—¿Quién dices que te quiere matar? —respondió el hijo, obnubilado.

—El hombre vestido de negro, Cato. ¡Ha vuelto! Sigue teniendo la pistola. Tienes que venir. ¡Me va a pegar un tiro!

Cato volvió a guardar silencio.

—Cálmate, padre —dijo por fin—. Intenta mantener la cabeza fría. Voy para allá. No abras la puerta, ¿me oyes? No abras hasta que oigas mi señal, la que acordamos la última vez.

—Date prisa, hijo. ¡Date prisa! ¿Cuándo llegarás?

—Ya sabes que se tarda un rato en coche. Iré lo antes posible.

Ingolf se quedó durante unos instantes junto al teléfono, indeciso, mientras luchaba por recuperar el control de su cuerpo. Luego agarró el auricular de nuevo y marcó el número de Helga Moene.

Esta vez de verdad tuvo que esperar un buen rato, puesto que Helga debía colocarse el audífono antes de responder al teléfono que sonaba en la mesilla de noche.

—Sí. —Oyó que contestaba por fin con voz adormilada y asustada.

—Helga, soy yo —intentó disimular el temblor de su voz—. Yo… yo no debería molestarte en mitad de la noche, pero… —Le falló la voz.

—¿Qué sucede, querido? —dijo Helga, angustiada—. ¿No sabes qué hora es? —El teléfono quedó en silencio unos segundos—. Por Dios —murmuró para sí—, son las cinco menos veinte.

—Lo siento —respondió Ingolf, desesperado—, pero es que necesito hablar con alguien mientras espero a que llegue Cato.

—Amigo mío, no estarás esperando a Cato a las cuatro y media de la mañana… —dijo en tono agudo—. ¿Qué ha pasado?

—Es el de oscuro, Helga —prosiguió—. Ha vuelto y… ¡Me quiere pegar un tiro! Estaba en el balcón de mi cuarto, golpeando el cristal de la ventana, con la pistola en la mano. Es cierto, Helga.

Se quedó en silencio un rato.

—Ingolf —dijo con firmeza—, voy ahora mismo. Cogeré el coche. Si de verdad hay una persona vestida de negro en tu jardín, tendrá que darme una explicación, como que me llamo Helga Moene. Con pistola o sin ella, a mí no me asusta. Estoy demasiado mayor para eso.

—Pero puede ser peligroso, Helga —intentó protestar—. ¡No lo hagas!

Predicaba en el desierto. Helga ya había colgado. Abatido, se quedó con el auricular en la mano, tembloroso y asustado, solo en aquella casa enorme y con esa amenaza terrible.

Un movimiento hizo que se girara hacia la ventana y gritó con fuerza. El hombre de negro estaba allí mismo y lo miraba a los ojos, grande y amenazante.

Holgersen retrocedió con paso tambaleante, se giró de golpe y salió corriendo del salón mientras se lamentaba como un niño. Con las prisas, se tropezó con el umbral de la puerta, cayó de lado sobre la pared de cemento del recibidor e impactó en el suelo con estruendo. La sangre brotó de varios cortes de su rostro, pero Holgersen no se dio cuenta. Se levantó con dificultad, subió las escaleras, inseguro, y se encerró en uno de los cuartos de invitados.

Volvió a sonar el timbre de la puerta. El sonido le taladró el alma, penetró en su sistema nervioso y en su mente, abriendo antiguas heridas. Con un gemido, se dejó caer y se quedó tumbado en el suelo mientras se tapaba los oídos.

Al cabo de lo que le pareció una eternidad, la casa se quedó en repentino silencio. Holgersen se quitó poco a poco las manos de los oídos y miró a su alrededor. Oyó que alguien abría la cancela del jardín. Se puso de pie y entreabrió un poco las cortinas. Helga avanzaba por el sendero con autoridad y paso decidido.

Holgersen siguió mirándola, desconcertado, sin saber si debía bajar corriendo para que se pusiera a salvo dentro de la casa o si debía golpear los cristales para gritarle que se alejara de allí. La silueta oscura no se veía por ninguna parte.

Antes de que tuviera tiempo de hacer una cosa o la otra, Helga se detuvo de golpe en mitad del sendero y miró, con los ojos entrecerrados, hacia la fachada de la casa que estaba orientada al mar. Luego cruzó el césped con zancadas firmes.

Holgersen golpeó el cristal, presa del pánico.

—¡Helga! —berreó—. Tienes que dar la vuelta. ¡Vuelve! ¡Enciérrate en la casa! ¡Date prisa!

Helga ni oía ni veía. Siguió avanzando con firmeza y salió de su campo de visión. Holgersen corrió hacia la puerta y tiró del pomo. Cayó en la cuenta de que había echado la llave, por lo que abrió con manos torpes y salió, trastabillando, al descansillo para dirigirse a la ventana de su dormitorio.

El gran balcón impedía ver la terraza del bajo. Dudó un momento; luego se armó de valor, abrió la puerta del balcón, salió con cautela y se asomó tembloroso a la barandilla. Se quedó paralizado: a la luz del farol vio cómo Helga se dirigía a la esquina de la casa con paso audaz. Por la otra pared, deslizándose como un gato, se acercaba la silueta vestida de negro.

Antes de que Ingolf pudiera reaccionar, los dos quedaron cara a cara bajo el balcón.

Helga fue la primera en recuperar el control.

—¿Quién eres y cómo te atreves a torturar de este modo a un hombre de bien como Ingolf Holgersen? —Oyó que decía enfadada.

Con decisión, agarró el pasamontañas y lo levantó de un tirón, de manera que el rostro del hombre vestido de oscuro quedó a la vista. Holgersen sintió que se le helaba la sangre en las venas. Se inclinó sobre la barandilla para ver él también esa cara. Pero desde arriba, y con la luz cegadora, era imposible.

El de oscuro volvió a bajarse el pasamontañas y sacó la pistola otra vez. Apuntó amenazante a Helga. Ella estaba inmóvil y, por una vez, no supo qué decir. La silueta que parecía una sombra le dio un agresivo empujón en el pecho. Ella retrocedió, dando un traspiés sobre la superficie irregular, e impactó sobre la barandilla de la terraza con todo su peso. Por unos instantes pareció que la valla resistiría, pero luego cedió con un fuerte estallido y Helga cayó de espaldas sobre el pedregal que conducía al mar.

Holgersen gritó con fuerza y se lanzó por las escaleras hacia la puerta principal mientras llamaba a Helga una y otra vez. Había olvidado temer por su propia seguridad, lo único que tenía en mente era al hombre de oscuro y lo que le había hecho a ella.

Al principio no pudo verla, pero luego la oyó gemir, en voz baja, en la ladera. Se arrodilló con cuidado y se asomó por el borde. La encontró sobre un pequeño repecho a solo metro y medio: intentaba ponerse de pie y sangraba por varias heridas que tenía en la cara y en la nuca.

—¡Te dije que tuvieras cuidado! —gritó. Le tendió la mano mientras con la otra se agarraba a un poste de la valla—. Toma, cógeme de la mano.

Helga se aferró a su brazo y, poco a poco, tiró de ella ladera arriba.

—¡Cuidado, Ingolf!

El hombre de negro se deslizaba a su espalda. Maldiciendo, se agachó sobre él, lo agarró del brazo y lo empujó brutalmente a un lado.

Helga se aferró a él, las uñas taladraban la palma de su mano. La presión era demasiado intensa. Se soltó y abrió los brazos, intentando sin éxito recuperar el equilibrio. Con un grito desgarrador, cayó de espaldas, dando tumbos hacia la orilla del mar.

El hombre de oscuro había desaparecido, pero Ingolf no se dio cuenta. Sin pensar en su propia seguridad, se tumbó bocabajo y se dejó caer por la escarpada ladera.

Helga Moene estaba bocarriba sobre las rocas de la orilla, con los brazos abiertos en cruz y una pierna atrapada bajo la otra en un ángulo forzado. Su cabello rozaba apenas el agua y oscilaba despacio en las leves olas del mar, al amanecer.

Holgersen fue hacia ella a cuatro patas mientras repetía su nombre una y otra vez. Cuando por fin llegó a su lado, se inclinó sobre ella y la agarró por el brazo.

—Helga —dijo con voz temblorosa—, ven, te ayudaré.

Helga no respondió. Tenía los ojos muy abiertos y la mirada fija en el infinito; la boca entreabierta, detenida en un grito brutalmente interrumpido. Alrededor de su cabeza, el agua se teñía de rojo.

Helga Moene había muerto.

Capítulo 3

Ingolf Holgersen se había dejado caer de rodillas junto a Helga y miraba al frente con gesto apático. Su cabello espeso, que solía llevar peinado con esmero hacia atrás, colgaba en mechones sobre su rostro. No percibió la llegada de su hijo, ni que los observaba con espanto desde el borde del acantilado.

—Padre —dijo Cato con voz aguda—, ¿qué demonios ha ocurrido? —Llegó a su lado en un instante—. Dios mío. —Se inclinó sobre Helga y la examinó con un escalofrío. Se incorporó de nuevo y se volvió hacia su padre—. ¿Cómo ha ocurrido esto?

Holgersen se giró despacio y dedicó una mirada apática a su hijo mientras se apartaba el cabello del rostro con aire distraído.

—El de negro —murmuró en un tono mecánico, apenas audible—. Ha sido el de negro.

Cato se puso en cuclillas y apoyó una mano en su hombro.

—Ven, padre —dijo—, no podemos quedarnos aquí. Ya no podemos hacer nada por Helga.

Se puso de pie, tiritando de frío, y ayudó a su padre a incorporarse. Holgersen lo siguió, dócil.

—El de oscuro —murmuró de nuevo—. Él… él la empujó. Yo lo vi. —Su voz vibraba—. Es una conspiración. Ahora viene a por mí. Puede volver en cualquier momento, hijo.

Ingolf fue presa de un temblor descontrolado. Cato lo rodeó con el brazo e hizo fuerza.

—Ven —dijo—, vamos a entrar y hablaremos de ello. No puedes estar fuera y en pijama con este frío.

Echó una última mirada horrorizada a Helga, agarró a su padre por el brazo y, medio tirando de él, medio sujetándolo, lo llevó hasta la vivienda y lo sentó con cuidado en una silla del salón.

—Así —dijo—. Quédate aquí mientras llamo al inspector Vik.

Después, Cato llamó a su casa y despertó a su esposa. Le explicó la situación a grandes rasgos y ella enseguida se ofreció a ir para allá. Cato le dio las gracias y colgó.

—Viene Charlotte —le dijo a su padre—. Es una buena noticia, ¿no te parece?

Holgersen levantó la vista con gesto apático. Sus ojos carecían de vida. Cato sintió que se le escapaban las lágrimas: era evidente que su padre había perdido el contacto con la realidad y se encontraba en el territorio poblado de amenazadoras obsesiones de la esquizofrenia, del mismo modo que hacía dos años y en ocasiones anteriores.

—Entonces, ella también morirá —murmuró Ingolf de manera casi inaudible—. Él lo ha decidido.

—¿Qué quieres decir?

—El de oscuro —prosiguió Holgersen en voz un poco más alta—. Él lo ha decidido, lo sé porque he recibido una señal de… de Dios. Son todo un ejército, sabes, y nos van a coger a todos.

Cato acercó una silla.

—Aquí no va a morir nadie, padre —dijo con lágrimas en los ojos—. Lo de Helga ha sido un accidente, ¿verdad? Enseguida vendrá el inspector. Tranquilo, nosotros cuidaremos de ti.

Agarró la mano de su padre y la apretó con fuerza. Permanecieron así sentados mucho rato y, cuando pareció que su padre se había tranquilizado, salió para cubrir a Helga con una sábana.

Ingolf seguía apático. De vez en cuando murmuraba unas palabras incomprensibles con la mirada perdida y ojos que no captaban nada. Poco a poco se encerró más en sí mismo.

De repente, llamaron con fuerza a la puerta y eso lo trajo de vuelta a la realidad.

—Cato —llamó a media voz.

No obtuvo respuesta. El timbre sonó de nuevo. Holgersen se puso de pie, con los ojos desorbitados, y se quedó así un largo rato, hasta que cayó de rodillas al suelo y se inclinó al frente del mismo modo en que rezaría un musulmán. Con las manos sobre las orejas, en un intento desesperado de evitar que la locura entrara, se balanceó adelante y atrás con un ritmo constante, monótono.

Cato estaba en la orilla, junto a Helga Moene, cuando unos pasos en la terraza llamaron su atención. Se incorporó y alargó el cuello. Su corpulento jefe iba hacia la esquina de la casa, resoplando, con el cabello despeinado apuntando al aire, cara de sueño bajo la barba y un puro enorme colgando de la comisura de sus labios. Justo detrás de él iba Birk, su perro.

—Hola, ¡estoy aquí abajo! —gritó Cato, y saludó con la mano.

El inspector Ole Vik se acercó a la barandilla rota y se detuvo. Chupeteó el puro y observó adormilado, con los ojos entrecerrados, a su colega, a quien apenas distinguía en la oscuridad. El perro se sentó a su lado y siguió la dirección de su mirada.

—¿Qué pasa? —dijo con voz atronadora.

Cato miró hacia él. A la cruda luz de la luna, el inspector era toda una presencia. Pensó que de verdad hacía falta conocerlo para creer que se trataba de un reconocido y admirado inspector, y no un salvaje. Era un tipo enorme de cabello rizado, barba negrísima y con una voz poderosa que podía asustar a quienes no lo conocieran. Cato sabía que, al contrario, tras la llamativa fachada latía un corazón bondadoso y, en su rostro barbudo, unos ojos decididos pero piadosos se asomaban al mundo con sincero interés.

Ole Vik era lo más parecido a un famoso a nivel nacional que había en la pequeña comarca. El tipo, excéntrico y poco convencional, de opiniones contundentes, era un imán para la prensa. Cato sabía que podía acudir cuando quisiera a los programas de actualidad de la televisión pública y privada, pero el inspector siempre declinaba la invitación. Tener visibilidad en los medios nacionales no favorecía su trabajo.

—Como te dije por teléfono, ha ocurrido un accidente en el que está involucrada Helge Moene —explicó Cato mientras ascendía hacia la terraza.

—No recuerdo ni una palabra de la retahíla que me has soltado por teléfono —dijo el inspector, malhumorado—, salvo que se trataba de algo grave. ¿Tiene algo que ver con lo sucedido ayer? Cato, es noche cerrada. Hazme el favor de contármelo todo otra vez, despacio y con tranquilidad. ¿Qué dices que le ha pasado a la señora Moene?

Cato explicó de qué se trataba y señaló el cadáver.

—Está ahí abajo —concluyó—. La he cubierto con una sábana.

Ole Vik soltó un taco en voz baja, se asomó al borde y miró hacia el mismo lugar que él, incrédulo.

—Entonces, ¿está muerta? —gimió entre dientes—. Tu padre, ¿dónde está?

—Dentro. —Cato miró desesperado a su jefe—. Parece que ha vuelto a enfermar —añadió con voz temblorosa—. Con todo el tiempo que llevaba sin presentar síntomas. No lo entiendo.

Ole tragó saliva.

—¿Está solo?

—Sí.

—Acabo de llamar varias veces al timbre. —El inspector lo miró, preocupado—. No me ha abierto.

Cato tomó aire.

—Entonces tengo que entrar ahora mismo a ver cómo está —dijo deprisa—. El timbre lo ha podido asustar. De repente tiene miedo de todo, al teléfono también.

El inspector apagó el puro.

—Ve tú primero —dijo, compasivo—, mientras tanto, me iré haciendo una idea aquí fuera. Luego pasaré.

Cato abría la puerta cuando oyó llegar a Charlotte, casi a la carrera, por el sendero del jardín. Se detuvo ante él y miró asustada a su alrededor bajo la implacable luz del farol.

—¿Cómo va? —Su voz sonaba angustiada.

Él le contó lo sucecido.

Charlotte lo miró con los ojos muy abiertos en un rostro alargado y expresivo que solía estar repleto de las arrugas que provocaba una sonrisa, pero que ahora solo transmitía preocupación. Era de mediana altura, y se había recogido a toda prisa el pelo, largo y rubio, en una especie de cola de caballo.

—¿Dónde está Helga? —preguntó sin resuello.

Él señaló en dirección a la esquina de la casa y la barandilla rota.

—Me alegro de que hayas venido, Charlotte.

—Ahora estamos juntos en esto —dijo ella—. Ven, vamos con Ingolf.

Holgersen estaba tumbado en mitad del salón, encogido en postura fetal. Charlotte se puso en cuclillas a su lado.

—Ingolf —dijo con suavidad—, ya estamos aquí, Cato y yo, los dos. Ven, te ayudaremos a sentarte en el sofá. —Se volvió hacia su marido—. ¿No deberíamos avisar al médico?

Holgersen revivió y su cuerpo se puso rígido.

—Nada de médicos —siseó con una contundencia sorprendente—. Por encima de mi cadáver, ¿lo entendéis? —Sus ojos lanzaban chispas.

—No, no, Ingolf, solo era una idea —dijo Charlotte para tranquilizarlo, y miró con preocupación a Cato.

Cada uno lo agarró por un brazo y lo levantaron despacio. Fue con ellos hacia el sofá, sin oponer resistencia. Cato le colocó un cojín bajo la cabeza y Charlotte buscó una manta para abrigarlo. Luego se sentó y lo cogió de la mano.

Ingolf se quedó tumbado, con los ojos muy abiertos, mirando al aire, en evidente estado de shock. Poco a poco sus párpados se tornaron más pesados hasta que acabó por cerrarlos del todo. La barbilla descendió despacio. La respiración se hizo cada vez más profunda y se transformó en un ronquido uniforme.

Charlotte dejó su mano con cuidado y se puso de pie. Se volvió hacia su esposo y se lanzó a sus brazos, sollozando.

Poco después se abrió la puerta de la calle y un leve toque con los nudillos y un apagado «Hola» anunciaron la llegada del inspector.

—¿Cómo está? —Vik los miró con gesto preocupado.

—Duerme. —Cato se agachó para acariciar al perro, que había entrado detrás del inspector.

Vik se rascó, distraído, el cabello despeinado y tiró de los bajos de un jersey que le quedaba algo estrecho.

—¿Se puede hablar con él?

Charlotte negó con la cabeza.

—Está demasiado desconcertado.

—No, creo que no serviría de nada —añadió Cato.

—¿Habéis llamado a una ambulancia?

—Deberíamos dejar que duerma tranquilo —respondió Cato, y explicó la reacción de su padre cuando habían sugerido la posibilidad de que acudiera un médico.

El inspector meditó unos instantes.

—En ese caso, hablaré con vosotros dos.

Cato asintió.

—Podemos sentarnos en la cocina.

Se reunieron en torno a una mesa pintada de azul en una cocina que era a la vez amplia y funcional. Birk recibió la orden de que se tumbara, así que se metió debajo de la mesa y apoyó la cabeza en los pies de Charlotte.

—¿Preparo café? —Cato los interrogó con la mirada.

Asintieron con un movimiento de cabeza.

Puso la cafetera y sacó tazas y un cenicero. Luego tomó asiento junto a su esposa. Charlotte sacó una cajetilla de tabaco del bolsillo de la chaqueta, encendió un cigarro e inhaló con fuerza.

—Dios, qué gusto.

Ole le sonrió y posó la mirada en Cato.

—Ayer por la tarde me comentaste que era probable que Ingolf hubiera vuelto a enfermar —dijo—. ¿Podrías darme más detalles?

Cato se retorció en la silla. Su rostro de rasgos marcados estaba pálido y mostraba cansancio.

—Tiene una esquizofrenia paranoide latente —respondió en voz baja—. Se manifestó en sus años de juventud y ha tenido recaídas en algunas ocasiones en estos años, con brotes fuertes. En general ha estado bien, pero, hace un par de años, la enfermedad volvió a manifestarse peor que nunca y tuvo que vender la empresa y dejar de trabajar.

—Lo recuerdo bien —dijo Ole—, tú no quisiste hacerte cargo y el resultado del esfuerzo de toda una vida dejó de pertenecer a la familia.

Cato, incómodo, bajó la mirada.

—Nunca me lo perdonó —dijo sacudiendo la cabeza—. Pero yo no he heredado el talento para los negocios de mi padre. Se habría ido a la mierda. Y tampoco me apetecía.

—Lo siento por tu padre, pero me alegro por mí, porque pude conservar un oficial con talento y digno de aprecio. —El inspector rio para quitarle hierro y tiró del jersey, distraído. Un par de años atrás le quedaba bien, pero ahora le estaba estrecho y se ceñía donde no debía. Al inspector no le preocupaba su aspecto ni tener unos kilos de más, porque que estaba convencido de que importaba mucho más la belleza interior. Pero tampoco hacía falta llamar la atención sobre los aspectos menos favorecedores de su anatomía, eso opinaba. Por eso el jersey lo irritaba sobremanera. Debería haber escogido otro.

—La última vez lo ingresaron por la fuerza —dijo Cato con voz casi llorosa. Ole asintió, pensativo.

—Pero se recuperó y… ¿ha estado bien hasta hoy?

—Así es —respondió Cato—, pero ahora, de repente, vuelve a ser presa de la manía persecutoria y obsesiones sin sentido. No hay quien lo entienda.

—En cuanto amanezca, debemos ocuparnos de que reciba tratamiento —dijo el inspector con firmeza—. Hablaré con él más adelante.

—En ese caso vas a tener que ingresarlo a la fuerza. —Cato esbozó una sonrisa—. Nunca conseguirás que ese cabezota admita que está enfermo y necesita tratamiento. Ya hemos pasado antes por ese infierno.

—Lo que pasa —añadió Charlotte— es que tiene alterada la percepción de la realidad en lo que se refiere a su propio comportamiento, cuando está enfermo, claro. Cuando eso sucede, son todos los demás quienes no atienden a razones, no él.

—Comprendo —dijo Ole, pensativo—. Ya nos ocuparemos de ese problema en su momento.

Sacó un puro del bolsillo y lo humedeció despacio, con aire distraído, pero de repente cayó en la cuenta de dónde estaba y se disculpó con una sonrisa mientras lo guardaba.

—Decidme, no me queda más remedio que haceros esta pregunta: ¿Ingolf se pone agresivo cuando está enfermo? ¿Tiene algún tipo de actitud violenta?

—No, al contrario —Cato negó moviendo la cabeza con fuerza—, solo se vuelve más introvertido. Cuando está bien, y es así la mayor parte del tiempo, tiene carácter y mucha iniciativa, pero nunca es agresivo. Si alguna vez resulta antipático es porque tiene uno de sus intensos ataques paranoicos —prosiguió—. Y solo si se da una circunstancia que refuerza su sensación de estar amenazado. En esos casos, puede regañar, dar voces y ponerse muy a la defensiva.

—Si no sabes nada de su enfermedad, puede dar mucho miedo —apostilló Charlotte—. Parece que suelta rayos y centellas por los ojos, que está completamente loco.

—Es que lo está —comentó Cato, seco.

Ole rio por lo bajo.

—¿Cómo fue criarte con un padre tan enfermo, Cato?

—La verdad es que, para cuando supe que le pasaba algo, yo ya era adulto. Es cierto que saberlo me ayudó a encajar algunas piezas del puzle, pero, durante mi infancia, la enfermedad de mi padre nunca fue un problema.

—Pero estuvo ingresado en varias ocasiones.

—Me protegieron —asintió Cato—. Papá estaba de viaje, eso me decían.

—¿Cómo es ahora vuestra relación?

—Bastante buena —se encogió de hombros—, aunque me considera una especie de hijo pródigo, uno que nunca llegó a nada.

—Alguien de quien ha desistido —añadió Charlotte—. Ingolf es así, una fuerza imparable que a veces pierde el control. No te olvides de todo lo que ha sido capaz de construir, a pesar de haber pasado temporadas muy enfermo, lo que ha aportado en donaciones y dinero a causas benéficas a lo largo de los años. Es una buena persona, y yo he llegado a quererlo mucho, a pesar de que es difícil acercarse a él.

—Pero a mí no me perdonará nunca —suspiró Cato—. Me guarda auténtico rencor por lo de la empresa.

—¿Cómo se llevaba Ingolf con los vecinos?

Charlotte y Cato se miraron.

—De todo hay —dijo ella.

Cato se levantó, fue a por la cafetera y llenó las tazas.

—En un sitio pequeño como este hay muchas envidias, no lo olvides. Además, como te acaba de contar Charlotte, padre es un hombre muy decidido. Cuando resuelve hacer algo, no hay quien lo detenga. Tiene una energía y una capacidad casi sobrehumana para perseguir las metas que se marca. Es probable que haya gente a su alrededor que se sienta sobrepasada.

—¿Entre los vecinos?

—Sí, entre otros.

—¿Se sabe por aquí que está enfermo?

—No lo creo. No se habla de su enfermedad. Padre no la menciona nunca, ni siquiera con nosotros. No, es poco probable que alguien lo sepa.

El inspector asintió con un movimiento de cabeza y bebió un trago de café.

—¿Qué pasará ahora? —quiso saber Charlotte.

—Esperaremos a que lleguen refuerzos —respondió Ole—. He avisado al fiscal de guardia de la comisaría de Borg. El forense y los técnicos de Medicina Legal deberían estar aquí dentro de una hora, más o menos. Debo pediros que solo os mováis por los alrededores de la casa si es imprescindible.

Charlotte dio una calada ansiosa a su cigarrillo y bebió un sorbo de café.

—Esto parece irreal —dijo.

Se quedaron en silencio. De fondo se escuchaban los profundos ronquidos de Ingolf en el salón.

—¿Qué hay de Helga? ¿Vamos a dejarla ahí tirada? —soltó Charlotte.

—Se la llevarán enseguida —respondió el inspector con amabilidad—. Depende sobre todo del forense, pero también de las comprobaciones que deban hacer los nuestros.

—¿Qué pasará después?

—La trasladarán para hacerle la autopsia.

Nueva pausa.

—Dime —dijo Vik al cabo de un rato—, ¿Helga Moene tiene familia? Uno de nuestros primeros cometidos será informar a sus allegados. —Los miró, interrogante.

Cato asintió con un movimiento de cabeza.

—Tiene un hijo de mi edad. Se llama Petter. Vive en la región de Bergen.

—¿Sabéis dónde?

—En Åsane, al norte de la ciudad —respondió Cato.

Ole sacó un cuaderno y empezó a tomar notas.

—¿Lleva el apellido de su madre?

—Sí.

—En ese caso, Petter Moene. —Ole lo escribió y dejó el cuaderno y el bolígrafo sobre la mesa—. Dime una cosa: ¿tu padre tiene señales de haberse peleado con alguien o algo similar? ¿Tiene heridas o rasguños en el cuerpo?

Cato lo miró sombrío, como si no tuviera ganas de responder.

—Tiene unos rasguños en la cara —dijo encogiéndose de hombros—. Pero no tiene que significar nada. Está tan alterado que, seguramente, haya tropezado y se haya caído, ¿no?

—Por supuesto —asintió Ole—, no podemos descartar nada.

—También tiene unas marcas extrañas en las palmas de las manos. —Charlotte los miró, asustada—. Me he fijado mientras estaba sentada con él. Parecían arañazos.

—Venga ya, Charlotte —dijo Cato—, claro que no son arañazos. —Se inclinó sobre la mesa—. Mi padre no es un hombre violento, Ole —añadió con voz firme.

—No, así lo tengo entendido. —El inspector asintió muy serio—. Dime una cosa, Cato, antes has mencionado que Ingolf tiene muchos enemigos. ¿Crees que alguien podría tener motivos lo bastante fuertes como para querer acabar con su vida o perjudicarlo de algún modo?

Cato lo pensó detenidamente.

—No, me cuesta mucho creer que sea así —respondió—. No cabe duda de que padre ha levantado algunas ampollas a lo largo de los años, pero…

—Pero, si fuera necesario, ¿podríamos localizar a esa gente?

—Sí, seguro —respondió sin concretar—. ¿No creerás que alguno de sus antiguos rivales ha empezado a correr por su jardín en mitad de la noche al cabo de tantos años?

El inspector esbozó una sonrisa.