Los camaleones - Jorgen Jaeger - E-Book

Los camaleones E-Book

Jorgen Jaeger

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Beschreibung

El inspector de policía rural Ole Vik va a pasar las vacaciones en Grecia junto a su nuevo amor, Hilde. Pero, de camino al aeropuerto, terminan en medio de un atraco a un banco. Todo sale mal y, durante la confusión y el caos que siguen, el atracador toma a Hilde como rehén. Antes de que la policía se dé cuenta de que también ha habido un secuestro, transcurre un tiempo valioso y, a pesar de la búsqueda exhaustiva por parte del cuerpo policial, no encuentran a la víctima. Una ola de robos está devastando el distrito. Dos personas han sido brutalmente asesinadas y la búsqueda de los ladrones se intensifica. Al mismo tiempo, Ole Vik debe combatir la creciente tensión que se vive dentro de la policía. Ole ya no sabe en quién confiar y, escondida en las sombras, la Muerte espera para llevarse a más víctimas.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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LOS CAMALEONES

Ole Vik 2

Jørgen Jæger

Traducido por Lotte Katrine Tollefsen

Mi más sincero agradecimiento a mis entusiastas asesores policiales: el inspector Harald Andersen, de la comisaría de la Policía Rural de Laksevåg, y el detective policial Edvin Meling Hansen, de la comisaría de Fana.

CAPÍTULO 1

Un hombre y una mujer tuvieron una cita en la habitación 207 del Motel Dag, en Borg, a principios de marzo. No percibieron el rítmico crujir de la cama, ni se dieron cuenta de que sus gemidos se oían desde las habitaciones vecinas y el pasillo. El orgasmo los inundó como el oleaje de un mar recalentado y se aferraron el uno al otro como si suplicaran que ese instante durara para siempre.

En un hueco, oculto por un espejo, se escondía una cámara digital de vídeo. Junto a un ordenador de recepción estaba el encargado, un tipo calvo y grueso, que observaba la grabación con mirada ansiosa.

***

El viernes, veinte de abril, a las 14:25 de la tarde, atracaron la venerable oficina de la Caja de Ahorros de Borg, en la calle Skogveien.

Solo la cajera se dio cuenta de lo que pasaba. Las vetustas instalaciones del banco conservaban, en sus suelos de mármol y muebles de maderas nobles, mucho del ambiente distinguido de tiempos pasados, mas no despertaron respeto alguno en el atracador. Era un hombre mal vestido, de rostro fatigado, barba hirsuta y cabello revuelto. Sin decir una sola palabra, dejó una nota sobre el mostrador de caoba y se quedó a la espera.

Ella cogió la nota, lo miró con amabilidad y una sonrisa de bienvenida, como hacía siempre con los clientes. La sonrisa se le congeló en cuanto percibió que tenía delante un rostro muy serio y dos pupilas minúsculas.

Insegura, bajó la vista y leyó:

¡Esto es un atraco! ¡Tengo una pistola y, si intentas algo, dispararé! ¡Pon todos los billetes en el mostrador! ¡AHORA!

Levantó la vista, como si quisiera asegurarse de que aquello iba en serio. La mirada del atracador producía escalofríos y vio que tenía la frente cubierta de sudor. Con un movimiento nervioso, sin decir palabra, él colocó una bolsa de ciclista sobre el mostrador y siguió observándola. Era evidente que estaba frenético.

Mil pensamientos pasaron por su mente. La habían preparado para eso una y otra vez: «¡Los atracadores desequilibrados pueden suponer un peligro mortal! Conserva la calma, haz lo que te diga, no actúes de manera que puedas provocarlo; no hagas ninguna heroicidad, no aprietes el botón de alarma si hay la más mínima probabilidad de que se dé cuenta: es mejor que observes; intenta recordar sus rasgos…».

Hizo lo que le habían enseñado y cogió, con movimientos lentos, fajos de billetes que empujaba hacia él por encima del mostrador. Él los recibía con manos temblorosas y los introducía en la bolsa. Se inclinó sobre el mostrador, agarró la nota y se la metió en el bolsillo. Con la bolsa bajo el brazo, cruzó con prisa el suelo de mármol y desapareció por la vetusta puerta giratoria.

La empleada presionó el botón de alarma, dio un grito y, durante unos instantes, consiguió ver al atracador que, tras lanzarse sobre una bicicleta, daba la vuelta a la esquina a toda velocidad.

Habían transcurrido menos de dos minutos.

El inspector Ole Vik estaba alegre y animado. Cruzaba el paso de peatones tarareando, camino del banco que acababan de atracar. No era extraño que estuviera tan contento y esperanzado, pues tenía por delante una semana de vacaciones en una playa del sur de Europa con la compañía más hermosa del mundo: Hilde, adiestradora de perros, propietaria de un hotel canino y agricultora. Él rondaba los cincuenta y cinco años, ella tendría sobre los cuarenta, y Ole estaba orgulloso de haberse ganado el corazón de una mujer estupenda y deportista, a pesar de que durante un tiempo le había pesado la diferencia de edad. Casi siempre tenía mala conciencia por algo: de algún modo, formaba parte de su recia naturaleza y le dolía ser consciente de ello. Ese era uno de los aspectos que deseaba mejorar y, al cabo de un periodo de reflexión, había concluido que una diferencia de quince años era muy adecuada.

Se conocían desde hacía cuatro meses. Hubo chispa desde el primer instante, pero no habían tenido mucho tiempo el uno para el otro porque Ole trabajaba a todas horas. Eso también le había provocado quebraderos de cabeza y había comprendido que debía actuar para impedir que la relación acabara en nada. Los dos estaban deseando explorar su incipiente relación en el pacífico e idílico entorno de Parga, lo más lejos posible de su absorbente puesto como inspector de la Policía Rural.

Se detuvieron junto al banco casi por casualidad, porque estaba muy a mano, y no cayeron en la cuenta de que podrían haber cambiado, sin ningún problema, coronas por euros en el aeropuerto de Gardermoen.

Ole iba algo distraído con la expectativa del viaje y cruzaba el paso de peatones a toda velocidad, con la barba enredada y el cabello rebelde al viento, cuando cayó en la cuenta de que se había dejado la cartera en el coche.

Se detuvo y miró la hora: las 14:27. El avión al aeropuerto de Gardermoen salía del aeropuerto de Borg a las 16:10. «Vaya por Dios, voy fatal de tiempo». Se dio la vuelta de golpe e invadió la trayectoria del atracador, que pedaleaba con fuerza. La bicicleta impactó en el costado del robusto inspector y lo tiró al suelo, mientras que el ciclista volaba por encima del manillar y acababa de bruces en el suelo.

Los dos se quedaron tumbados unos instantes, hasta recuperar la compostura. El ciclista se liberó de la bicicleta y se levantó el primero. La bolsa estaba en la acera y parte de su contenido estaba esparcido por la calle. Empezó a recoger el dinero con movimientos febriles.

—¡Maldito imbécil! —siseó en dirección a Ole, que se ponía de pie.

—Perdona, lo siento mucho. —Ole lo lamentaba de verdad—. ¿Te has hecho daño? —Se incorporó y se quitó el polvo de la ropa.

—¡Te importa una mierda! ¡Piérdete! ¡Lárgate!

Ole lo observó, sorprendido ante aquella reacción tan violenta, y quiso ayudar. Entonces se percató de que el hombre recogía billetes. Se miraron a los ojos unos instantes. Los pensamientos volaron por la mente de Ole: las pupilas de un tamaño en exceso reducido, la barba, el cabello sucio, el dinero…

Era consciente de lo serio de la situación. Era probable que estuviera cara a cara con el Ciclista Atracador, el hombre que toda la policía de la comarca perseguía, pero que no habían sido capaces de identificar, a pesar de que disponían de su imagen grabada en vídeo. El individuo que dos semanas atrás había atracado la sucursal de la Caja de Ahorros de Borg, en Elverum, el que había desaparecido en bicicleta sin dejar rastro. Había vuelto a dar un golpe, esta vez allí, en la sucursal de Skogveien.

El atracador parecía haber leído sus pensamientos. Se sacó una pistola del bolsillo con gesto torpe y apuntó a Ole. Las manos le temblaban sin control.

—¿No me oyes?

—No, no. —Ole levantó las manos para dar a entender que no quería problemas. «¿Qué hago ahora? —se preguntó a toda velocidad—. Tengo que volver con Hilde. —Miró alrededor—. No, joder, el tío está en medio, y es evidente que está drogado y sus reacciones son impredecibles. No debo provocarlo». Prudente, retrocedió unos pasos, cruzó la calle a la carrera y se refugió tras la marquesina de una parada de autobús.

Se asomó con cuidado. De repente, la calle estaba desierta, pero el atracador seguía en mitad de la calzada, inclinado sobre la bicicleta, que parecía haberse roto, y profería una ristra de tacos. Ole oyó gritos procedentes del banco. Un hombre dio la vuelta a la esquina mientras agitaba los brazos:

—¡Detengan al atracador! ¡Detengan al atracador!

«Dios mío, ¿cómo se puede ser tan tonto?». Ole, desesperado, salió de su escondite de un salto.

—¡Aléjate! —berreó—. ¡Tiene una pistola!

El aviso llegó tarde.

El atracador se incorporó y miró al hombre, paralizado, como si se preguntara si alucinaba. Levantó el arma y apuntó.

—¡Fuera! —gritó con voz aguda.

Sus manos temblaban de tal modo que necesitó ambas para sujetar la pistola.

Sonó un estallido.

El hombre que venía del banco abrió los brazos y cayó al suelo, como si le hubieran desconectado de la vida en una décima de segundo. Ole comprendió que el atracador lo apuntaba a él y se tiró detrás de la marquesina. «Ese tipo está ido, es imposible que tenga la suerte de acertar el tiro otra vez».

Disparó la pistola de nuevo y dio la razón a Ole. La bala impactó en la marquesina, a más de un metro de él, rebotó con un estallido y todo quedó en silencio.

Ole se asomó con cuidado. El atracador había vuelto a concentrarse en la bicicleta, pero se rindió, la tiró y miró alrededor. Pareció que tomaba una decisión. Con la bolsa en una mano y la pistola en la otra, echó a correr con pasos cortos por la acera, en línea recta, hacia el Toyota Hi-Ace de Hilde.

Ole sintió que se le paraba el corazón. Se puso de pie y, trastabillando, salió a la calle con el tiempo justo para ver cómo el atracador abría de un tirón la puerta del copiloto y se sentaba junto a Hilde. El pulso latía en sus oídos. No podía detenerlo. El hombre estaba armado y drogado con alguna sustancia que lo tornaba peligrosísimo e impredecible, era probable que fueran anfetaminas.

Pasaron unos segundos, oyó que el Toyota arrancaba y, un instante después, salió del aparcamiento avanzando a tirones.

Pasaron junto a él y reconoció el rostro de Hilde, distorsionado por una mueca: la pistola del atracador presionaba su sien con tal fuerza que su cabeza se vencía a un lado.

Ole Vik era un curtido oficial de policía que lo aguantaba casi todo, pero aquello era personal. Hilde era la mujer que lo había despertado del letargo y había hecho que volviera a sentirse vivo. Ahora llevaba impresa en las pupilas su mirada aterrorizada.

Nunca se había sentido tan impotente.

CAPÍTULO 2

Abrieron la puerta de golpe y Hilde dio un respingo. En un primer momento creyó que era Ole, que regresaba, pero se llevó una triste decepción. Tenía la música puesta a un volumen muy alto y no había notado nada extraordinario, solo había oído un estallido y lo atribuyó a un tubo de escape defectuoso. Su mirada extrañada fue del rostro desesperado del atracador al arma que llevaba en la mano.

«Una pistola. Es imposible que sea de verdad —pensó—. Seguro que solo es un juguete, una broma de mal gusto».

Esbozó una sonrisa que se transformó en una mueca al instante. El atracador se lanzó sobre el asiento del copiloto y le puso la pistola en la sien.

—¡Apaga esa mierda de música de los cojones!

Hizo un intento infructuoso de detener el reproductor de CD mientras miraba a su alrededor, desesperada.

—¡Arranca! ¡Arranca! —berreó él—. Joder, ¡que quites esa música, te he dicho!

«Dios mío, el tipo está loco». Mil pensamientos cruzaron por la mente de Hilde, que se inclinó despacio y la apagó. El atracador se volvió hacia ella y presionó la pistola contra su sien con más fuerza aún.

—¿No me oyes, vieja? —aulló—. Arranca, te he dicho. ¡Arranca, joder!

Hilde hizo lo que le ordenaba, con el miedo golpeándole el pecho. Al salir a la calle vio la bicicleta en el paso de peatones y al hombre que yacía inmóvil en la acera, a la puerta del banco. Un poco más allá, Ole los miraba con los ojos muy abiertos, el cabello disparado en todas direcciones. Vio la desesperación reflejada en su rostro y no comprendió nada. «¿Qué ha pasado? ¿Por qué está ese hombre ahí tirado? ¿Está muerto? ¿Este loco le ha pegado un tiro?». Lo serio de la situación se hizo evidente. «Dios mío, en ese caso me puede pegar un tiro a mí también. No sería extraño, ¡está fuera de sí!». Era un contraste terrible, un shock. Apenas hacía un instante estaban alegres y expectantes, y al momento siguiente… aquello.

El llanto le atenazaba la garganta.

«Tengo que hacer lo que me diga —pensó—. Ceder en todo. Puede que así no me mate». Desesperada, intentó mantener el control del coche. No se atrevió a abrir la boca por nada del mundo.

En cuanto el Toyota de Hilde se perdió de vista, Ole corrió hacia el hombre que había recibido el impacto de bala. Estaba bocarriba, con los brazos y los ojos abiertos e inmóviles en un rostro rígido. Un fino hilillo de sangre manaba del cuerpo y formaba un charco en la acera. Ole concluyó que había muerto al instante. No podía hacer nada por él.

Una furgoneta gris pasó despacio. Ole reaccionó por instinto y se situó, con paso firme, en medio de la calle. Se detuvo ante el vehículo y agitó los brazos.

El conductor redujo la marcha, dubitativo, y bajó la ventanilla.

—¿Accidente? —Señaló con un movimiento de cabeza al hombre que yacía sobre la acera. La gente había empezado a agolparse alrededor.

—No, un atraco —dijo Ole con voz atronadora—. Soy inspector de la Policía Rural y necesito tu vehículo. Es una emergencia; por favor, bájate.

—¿Policía? —El conductor lo miró, escéptico—. ¿Tienes, eh, alguna identificación?

—No. —Ole no disponía de tiempo para explicárselo. Lo único que tenía en la cabeza era que debía ir tras Hilde. Alcanzarla. Ponerla a salvo. Con un movimiento rápido, abrió la puerta, agarró al conductor con las dos manos y casi lo sacó en volandas de la camioneta.

—Lo lamento —dijo mientras se ponía al volante—. Luego te lo explicaré todo. —Cerró la puerta de golpe, metió primera y sacó la cabeza por la ventanilla—. Cuando llegue la policía, diles que el inspector Ole Vik ha iniciado la persecución.

Se esfumó.

Ole realizó unos cuantos adelantamientos muy complicados en el cada vez más denso tráfico de la tarde, hasta alcanzarlos. Decidió, en un primer momento, colocarse tras ellos. Hilde no se percató de su presencia, tenía bastante con mantener el coche en la carretera. El atracador, por su parte, tardó muy poco en darse cuenta de que los seguían. Observó la furgoneta gris durante un buen rato, luego dio un respingo y bajó la ventanilla con movimientos bruscos. Se asomó y apuntó con la pistola. Hilde descubrió a Ole por el retrovisor y comprendió lo que pasaba. Reaccionó por instinto: echó el coche a un lado y frenó, presa del pánico.

Ole frenó a su vez para evitar la colisión y se oyó un disparo. La bala, que a buen seguro iba dirigida a él, impactó en la rueda delantera derecha. La furgoneta salió disparada hacia un lado con los neumáticos chirriando. Rozó un coche que estaba aparcado, subió a la acera y se estampó contra un muro. De ahí volvió lanzada a la carretera, dando vueltas, para acabar en mitad de la vía, volcada sobre el techo.

Hilde no pudo más. Se inclinó sobre el volante, se llevó las manos a la cabeza y gritó. El atracador tardó unos segundos en echarse encima de ella con la pistola.

—¡Sigue conduciendo! —le escupió a la cara. Su aliento putrefacto la envolvió y tuvo ganas de vomitar.

—¡No puedo! ¡Deja que me vaya, por favor; no se lo diré a nadie! —El llanto llegó en desgarradores sollozos. Se giró para intentar ver cómo estaba Ole, pero el atracador se lo impidió propinándole un fuerte golpe en la boca con la pistola.

—¡Conduce, te digo! —Tenía la boca rodeada de espumarajos.

Hilde sintió el calor de la sangre que brotaba entre los labios.

El absurdo recorrido continuó. No sabía si iba por el carril de la derecha o el de la izquierda, si los semáforos estaban en rojo o en verde.

«Esto no puede estar pasando, Dios mío. Por favor, Dios mío, ayúdanos. ¡Por favor!».

En su mente se repetían las imágenes de la furgoneta que conducía Ole, cómo se empotraba contra el muro, cómo volvía lanzada a la carretera y acababa volcada, machacada. Nadie podía escapar ileso de algo así.

CAPÍTULO 3

La segunda quincena de abril fue más soleada y cálida de lo habitual para esa época del año, y un ligero toque verde ya se extendía por el paisaje.

Borg, la capital de la administración y de la demarcación policial, tenía veinte mil habitantes y era, a escala noruega, una ciudad mediana. Se encontraba más o menos a una hora en coche de Fjellberghavn, donde residía el inspector Vik. Era una ciudad tomada por las chimeneas de las fábricas, el humo y el ruido de una industria metalúrgica que ocupaba una herida abierta y sucia en lo que en su día fue un bello paraje natural.

Skogveien, donde se había cometido el atraco, estaba a las afueras de la ciudad, casi llegando al aeropuerto de Borg. El comisario Petter Engh, de la Policía Judicial, llegó al escenario de los hechos a las 14:45, acompañado de su colega, el agente Thor Hellem. Los recibió con amabilidad el agente Yngve Holm, que los saludó con rapidez llevándose la mano a la gorra y diciendo «Buenas». Holm y su equipo ya habían acordonado el lugar, protegido por la característica cinta blanca y roja. Una patrulla canina y tres patrullas de seguridad ciudadana se aseguraban de mantener a raya a los curiosos.

—¿Qué tenemos? —preguntó, conciso, el comisario Engh.

Quienes lo conocían sabían que era un hombre dotado de un gran sentido del humor, pero no en el trabajo. Allí se comportaba como un producto característico de la nueva política de personal del recién nombrado y autoritario superintendente Berge, que en su afán de transformar el distrito policial había establecido normas muy estrictas que debían seguir los funcionarios.

Holm sonrió con amabilidad y pasó las páginas de un cuaderno.

—Se repite el esquema de la vez anterior. Un hombre barbudo y despeinado roba un banco y huye en bicicleta.

—Que está ahí —añadió Thor Hellem. Tenía un par de años más que su jefe, un tipo bajito de mejillas rollizas, pelo escaso y algunos kilos de más, en especial alrededor de la cintura. Iba de paisano, al igual que el comisario, un privilegio reservado a los investigadores. Todos tenían en común el transmisor en la oreja y el fino cable que se introducía en el bolsillo y los conectaba con el sistema de comunicación interna.

—Por alguna razón, se ha caído de la bici —explicó Holm—. Presa del pánico, por la situación, ha disparado y matado a un cliente del banco. —Inspeccionó la zona con la mirada mientras hablaba, como si quisiera asegurarse de que no se olvidaba de nada—. De momento no está claro, pero parece que el atracador ha robado una furgoneta Hyundai gris y se ha fugado en ella. Hemos emitido una orden de búsqueda.

—Sí, la hemos oído de camino aquí.

—El dueño está ahí —añadió Holm—. Está bastante alterado.

Engh siguió la mirada de su colega. El conductor de la furgoneta estaba un poco más allá, hablando con un agente, y no dejaba de gesticular.

El comisario se sacó un palillo del bolsillo del pecho y se lo introdujo entre los incisivos, meditabundo.

—Hablaré con él después. ¿Otros testigos?

Esperó mientras su colega pasaba las páginas del cuaderno. Engh no conocía muy bien al agente, pero sabía que en la comisaría lo apodaban Tallo y que hacía honor al nombre. Era alto, mediría algo menos de dos metros, y delgado. Poco más sabían de él, salvo que era soltero y solía presentarse con nueva pareja en las sucesivas quedadas del cuerpo para envidia de unos e irritación de otros, según el caso.

Tallo acabó de pasar las páginas.

—Por lo que veo, solo dos. Había mucha gente por aquí, pero se han esfumado en cuanto ha empezado el tiroteo.

—Tendremos que pedirles a través de la prensa que se personen. Quiero que esos dos presten una declaración oficial lo antes posible, ¿habéis anotado sus nombres?

—Sí, lo hemos hecho.

—¿Qué han dicho hasta ahora?

Tallo pasó las páginas del cuaderno.

—El primer testigo es un hombre. Ha visto a un tipo con barba, despeinado, colocarse en el paso de peatones y detener la furgoneta. Ha obligado al conductor a bajarse y se ha alejado a toda velocidad. El conductor lo confirma.

—¿Y el otro testigo?

—Una mujer mayor. Parecía desconcertada, aunque ella también ha visto a un hombre con barba y el pelo revuelto correr hacia una furgoneta que luego se ha alejado. Pero ella afirma que estaba al otro lado de la carretera.

—Hum, dos testimonios contradictorios, ¿no es cierto?

—Bueno… —Tallo volvió a registrar los alrededores con la mirada.

«Al menos tiene buena perspectiva desde esas alturas —pensó Engh—. Esperemos que termine de una vez».

La impaciencia pudo con él.

—¿No es cierto?

—Bueno… —Holm se disculpó con una sonrisa—. Me lo estaba preguntando. Los dos han visto una furgoneta gris. El conductor dice que le han robado una Hyundai. La mujer no puede identificar la marca, pero, como he dicho, es mayor y está desorientada. —Se quedó pensativo—. Creo que deberíamos quedarnos con el testimonio del testigo y el conductor —concluyó—. Sus explicaciones coinciden.

—Bien. En otras palabras: una furgoneta, una Hyundai gris. —Engh mordió el palillo y se lo pasó distraído de un lado a otro de la boca—. ¿Alguno de los testigos ha visto lo que ha pasado al volcar la bicicleta?

Holm negó con la cabeza.

—¿Y el asesinato?

—Solo la mujer. Antes de que sonaran los disparos nada le ha llamado la atención.

—¿Ha llegado el forense?

—Está en camino.

—¿Qué hay de los técnicos?

—Ellos también.

—Bien. Que se tomen el tiempo que necesiten. Tenemos que detener a ese loco.

La radio policial emitió un zumbido y luego se oyó una voz en sus auriculares:

—Bravo tres-dos llamando a Bravo tres-cinco. Sobre la Hyundai gris en búsqueda con matrícula Sierra, Sierra, nueve, ocho, siete, seis, seis: estamos junto al vehículo. Está volcada al final de Banevein, ha estado involucrada en un accidente de tráfico hace algo más de un cuarto de hora. Lo considerábamos un accidente normal hasta que hemos escuchado el aviso de búsqueda.

Engh presionó una tecla.

—Bravo tres-dos, aquí Bravo dos-uno alfa. ¿Habéis encontrado el dinero y el arma?

—Aquí Bravo tres-dos. Negativas ambas.

—¿Cuál es el estado del conductor? —Soltó la tecla para escuchar.

—Está inconsciente y parece herido de gravedad. La ambulancia lo ha llevado a las urgencias del hospital de Borg.

Engh maldijo para sí.

—¿Lo han identificado?

—Negativo. Iba indocumentado.

—¿Hay alguien con él, además del personal sanitario?

—Negativo.

Engh cortó y se volvió hacia Tallo mientras se pasaba una mano nerviosa por el cabello. Era probable que el asesino estuviera en el hospital, sin vigilancia alguna. Las perlas de sudor en la frente desvelaron su espanto.

—¡Enviad un agente a urgencias! —ordenó, colérico—. ¡Con luz y sirenas! ¡Ya! ¡Las vidas del personal pueden correr peligro! —Se secó la frente con el dorso de la mano y se percató de que temblaba.

—Me ocuparé de eso.

Tallo se marchó y Engh se giró hacia su colega investigador.

—¡Dios mío, Thor, imagínate que ese tipo se despierta! —resopló. Intentó reprimir la imagen que se dibujaba en su retina de un atracador desesperado y con un arma que acababa con médicos y enfermeros indefensos. Se recompuso—. Vale —se secó la frente una vez más—, continuemos. Vamos a echar un vistazo a la víctima del disparo.

Recorrió la acera a paso ligero con el agente pisándole los talones. Se detuvo ante el fallecido. El experimentado investigador solo necesitó una mirada, igual que Ole un cuarto de hora antes.

—Un tiro que le ha atravesado el corazón —confirmó—. El forense se hará cargo. —Miró alrededor, como si buscara por dónde empezar—. No me gusta que la situación sea tan confusa, maldita sea —le dijo al agente—. Busca a Tallo, dile que se haga cargo más abajo, en Baneveien. Si el dinero y el arma no están en el vehículo, puede que los haya tirado a lo largo del recorrido. Haz que organice la búsqueda, que las radios locales reclamen la presencia de todos los testigos. Tiene que haber más de dos personas que hayan visto lo sucedido.

Thor Hellem asintió y se marchó.

Engh escupió el palillo con una mueca, sacó otro y se lo introdujo entre los dientes con aire pensativo. Mudó el gesto de repente, avergonzado, al darse cuenta de lo que había hecho en un escenario que debía ser revisado a fondo por los técnicos de Criminalística. Se agachó, lo recogió y se lo guardó en el bolsillo.

Thor estaba de vuelta.

—¿Sabes si alguien ha hablado con las personas del banco? —preguntó Petter.

Thor asintió con un movimiento de cabeza.

—Solo la cajera vio algo.

—¿Y la víctima del disparo?

—Un cliente. Salió corriendo detrás del atracador, puede que por propia iniciativa.

Engh sacudió la cabeza, desesperado.

—No entiendo que la gente no tenga más sentido común. —Se golpeó la sien con el índice e hizo una mueca—. Intentar hacerse el héroe de esa manera…

—Pues sí —respondió Thor, en un tono lo bastante servil como para haber agradado al superintendente Berge si hubiera podido oírlo.

—Bien —prosiguió Petter—. Es indudable que estamos ante un atracador en serie que se ha especializado en robos pequeños y rápidos. Acaba antes de que alguien tenga tiempo de reaccionar. Por lo que sabemos, podría ser cualquiera. Chino, yugoslavo. O… sí, ¡un camaleón! —Abrió los brazos y puso los ojos en blanco.

—Eso seguro que podremos verlo en la grabación de vídeo —replicó el agente.

—Pues resulta que no. —Petter Engh le dedicó a su colega una mirada asesina, como si pensara un «A ver si espabilas». Después cayó en la cuenta de que Thor Hellem no había participado en la investigación del robo anterior. Con una sonrisa, dejó al descubierto su blanquísima dentadura—. Cuento con que las grabaciones no servirán en absoluto, porque el tipo llevará la cara tapada, ¿entiendes? Así fue la primera vez y así será ahora, toma nota de lo que te digo. —Se giró para buscar al conductor de la furgoneta. Lo vio un poco más abajo—. Y nos queda ese de ahí. Hablaré con él.

El conductor era un tipo algo gordo, de cabello largo y puntas abiertas, bigote peinado hacia arriba y mejillas redondas, coloradas por el estrés. Engh le tendió la mano y se presentó.

—Jensen —respondió el conductor sacudiendo la mano del detective arriba y abajo—. Olav Jensen. Olav Preben Jensen.

Petter Engh especificó que estaba al frente de la investigación antes de asegurarse de que el conductor se encontraba bien.

—¿Has contestado a las preguntas de nuestra gente e informado de tus datos personales?

—Sí, claro.

—Muy bien. —Petter sonrió con educación, como se esperaba que lo hiciera un agente del orden que se dirige al público—. Debo hacerte algunas preguntas más. ¿Te parece bien?

—Sí, vale, si es que me acuerdo de algo. Es que estoy hecho un lío, la verdad.

—Bueno, lo intentaremos. —Petter sacó un cuaderno—. ¿Me puedes describir al individuo?

—¿Individuo? ¿Ese tipo que me ha sacado de la furgoneta?

—Sí.

El conductor se encogió de hombros.

—Un tipo enorme, barbudo y horrible. Echaba rayos por los ojos. Parecía el mismísimo demonio, sí. Un auténtico salvaje.

—¿Qué edad tenía?

—¿Edad? —El conductor lo pensó—. Bueno…, tendría cincuenta y tantos.

—¿Cincuenta y tantos? —Petter lo miró, sorprendido—. ¿Estás seguro? Me refiero a si estás seguro de que es tan mayor.

—Sí, sí. Y encima ha dicho que era inspector de la Policía Rural. —En el rostro del conductor apareció una media sonrisa—. Lo que me faltaba por oír. —Se echó a reír y las puntas del bigote subieron y bajaron—. Inspector, ¿ese tipo? —añadió—. No, ya te digo yo que no era ningún inspector, ¡no te jode! Y sé de qué hablo, ya te digo, porque he conocido a muchos inspectores.

Volvió a reírse, y de pronto su gesto se tornó pensativo.

—Creo que ha dicho cómo se llamaba, pero por mi madre que no me acuerdo. Estaba aterrorizado, el cadáver estaba ahí mismo, recién caído, y ese gigantón loco se ha lanzado sobre mí. He mirado sus ojos encendidos y estoy seguro de estaba ante el mismísimo demonio. Y, sí, me he paralizado.

—Lo comprendo. —El investigador masticaba el palillo, ansioso—. Si haces memoria, ¿crees que serías capaz de recordar el nombre?

—No, joder. En la vida.

—¿Te ha dicho algo más?

El conductor frunció el ceño.

—Sí, creo que ha dicho algo más. —Miró de reojo al agente con gesto contrito—. Pero no me he enterado; es que estaba muerto de miedo. Era algo de… No, no sé.

Petter sonrió en un intento por tranquilizarlo.

—Tómate el tiempo que precises —dijo—. Tal vez recuerdes más cuando puedas pensar un poco. De momento, gracias por tu ayuda.

El investigador echó un vistazo al reloj. Valoró la situación y se volvió hacia Thor Hellem.

—Vamos a volver al puesto y coordinaremos la investigación desde allí —dijo—. Tenemos por delante una tarea compleja. A este puzle le faltan demasiadas piezas por ahora.

CAPÍTULO 4

El inspector Ole Vik no sabía ni cómo se llamaba ni dónde estaba. Ante sus ojos, que apenas acababa de abrir, se materializó un reloj de pared, como si estuviera suspendido en el aire, justo delante de su cara, medio oculto por una neblina. Poco a poco se fue aclarando, aunque volvió a perderse unos instantes. Abrió los ojos y seguía allí. La niebla casi había desaparecido y el reloj estaba colgado de una pared: marcaba las 15:17.

Todo se esfumó de nuevo, luego regresó. El reloj seguía allí y aún marcaba las 15:17.

«¿Qué ocurre? ¿Por qué está parado?». Sus pensamientos eran espesos como un potaje. Poco a poco su campo de visión se amplió y la pared apareció entera. Era blanca, y en ella solo había un reloj.

«Estoy en una cama, mirando una pared», constató. Sintió un dolor que iba en aumento y se extendía por todo su cuerpo. «¿Por qué demonios estoy aquí?», se preguntó a continuación. Y la siguiente cuestión fue: «Maldita sea, ¿qué es lo que me duele tanto?».

Deslizó la mirada por su cuerpo y distinguió una sonda que conectaba a una vía en el dorso de la mano. A su lado, un soporte cromado sostenía una bolsa transparente con algo escrito. «Una bolsa de glucosa. Ajá, estoy en un hospital». Su cabeza empezó a despejarse y, de repente, supo quién era, pero nada más.

El dolor se hizo más intenso y reprimió un quejido mientras intentaba mirar alrededor. Lo primero que vio fue a un joven con uniforme de policía, que estaba sentado en una silla, junto a la cama, y leía el periódico. Ole intentó concentrarse. No sirvió de nada, no se situaba.

—¿Dónde estoy? —consiguió susurrar.

El joven dejó a un lado el diario y se puso de pie de un salto.

—Estás en el hospital de Borg.

Apareció una enfermera y se inclinó sobre él.

—Estás muy magullado y debes permanecer inmóvil. —Lo examinó con esmero.

«¿Por qué estoy magullado?», quiso preguntar, pero no tuvo fuerzas. Se quedó en silencio, recuperándose, mientras hacía memoria poco a poco. «Me he permitido una semana de vacaciones —pensó de repente—. He trabajado a todas horas este invierno, los últimos meses en un crimen desgarrador, el caso Holgersen. Voy camino de Parga, en Grecia. Hilde y yo vamos a cultivar nuestra relación. A conocernos mejor». Se giró para buscarla, pero solo vio al joven y a la enfermera.

—¿Quién eres? —preguntó con voz rasposa.

—Alguien que te vigila. —El joven lo miraba, escéptico.

A Ole esa respuesta le rondaba la cabeza. No tenía lógica. ¿Por qué iba alguien a vigilarlo? Intentó concentrarse, recordar. «Estaba con Hilde, algo le ha ocurrido… Pero ¿qué?». Poco a poco, lo invadió el pánico: vio imágenes intermitentes de lo sucedido, como si fueran secuencias de una película.

—¿Dónde está Hilde?

—De eso no sé nada.

Ole sintió que se le contraía el estómago.

—La secuestró un atracador. —Su voz sonaba afónica—. ¿La habéis encontrado? ¿Está bien?

—Quédate quieto y descansa —dijo el vigilante—, has sufrido un grave accidente de tráfico y tienes que tomártelo con calma.

—¿Tomármelo con calma? —Estuvo a punto de echarse a reír—. ¡Te estoy preguntando si está bien!

—No tengo ni idea de qué hablas. Escucha, ni lo intentes, que no soy tonto. Te digo que te quedes quieto.

Ole miró los galones del guardia: una hombrera negra con un dos en números romanos. Eso quería decir que era un estudiante del segundo de los tres cursos de la Academia de Policía; un año de prácticas. Estaba en el punto más bajo del escalafón.

La enfermera se aproximó para recolocar la almohada e intentó que se acomodara mejor en la cama.

—¡Gracias, ya vale! —Su voz sonó con nuevas energías.

Ella se echó atrás, deprisa. Los ojos muy abiertos y temerosos. Ole la miró, desconcertado.

«¿Cómo es posible que tenga tanto miedo?», se preguntó.

—Avisaré al médico de guardia de que te has despertado —dijo ella, y desapareció por la puerta como si la persiguiera el mismísimo demonio.

Ole la siguió con asombro en la mirada; luego se giró hacia el guardia.

—Repito que mi amiga, Hilde Ramnes, fue secuestrada por un atracador de banco que iba armado —dijo—. ¿Habéis iniciado la persecución?

—Venga ya. Yo solo estoy vigilando. Tengo instrucciones de asegurarme de que permanezcas aquí, eso es todo.

—¿Por qué?

—Lo sabes muy bien —dijo el joven. Sacó el periódico y se puso a leer, como si así reafirmara sus palabras.

Ole intentó ordenar sus pensamientos, pero solo escuchaba el galopar de la sangre atronándole los oídos. Una ira incontenible lo invadió. «Hay algo que no cuadra —pensó—. En algún momento se ha producido un malentendido espantoso». Intentó sentarse en la cama, pero volvió a caer con todo su peso.

—No entiendo nada —gimió—. Explícamelo.

El guardia dejó el periódico a un lado con un suspiro y gesto hastiado.

—No te hagas el inocente —dijo—. No intentes engañarme con tu cháchara, no lo conseguirás.

—Pero ¿qué estás diciendo?

—Digo que no nos vas a engañar. —Intentó concentrarse en el diario.

—Dime, ¿no sabes quién soy?

—No —dijo el guardia detrás del periódico—. ¿Eres rico y famoso, tal vez? —Sonrió, irónico—. ¿Alguien que espera que le den un trato especial?

Ole no le hizo caso.

—Mi nombre es Ole Vik —dijo—. Soy el inspector de la Policía Rural del distrito de Fjellberg. Lo sabrías si… si te hubieras tomado la molestia de conocer tu circunscripción policial. —El final de la frase sonó como un quejido.

El guardia dobló el periódico.

—Ah, ¿sí? ¿Eso dices? En ese caso, identifícate.

Ole se desplomó sobre la cama. Veía el rostro deformado de Hilde, con la pistola del atracador en la sien. Esa imagen lo destrozaba. ¿Dónde estaba ella ahora? ¿Qué le había pasado? ¿La habían encontrado? ¿Estaban buscándola siquiera? ¿Y qué demonios iba a hacer con ese guardia joven e inexperto?

—Mi documentación está en el coche de mi amiga —dijo, y comprendió al instante que no sonaba muy creíble.

—No me digas. —La respuesta llegó acompañada de una risita.

Ole se esforzó al máximo para controlar su genio.

—Pareces un joven despierto y listo. Por favor, ¿quieres escucharme? —Intentó revestir su voz de la máxima autoridad posible—. La vida de una persona está en juego. Es tu responsabilidad, ¿comprendes?

—Sí, y sigo las órdenes que me han dado. Punto. —El guardia lo miró, escéptico—. Si eres ese inspector, Ole… ¿Cómo has dicho que se llamaba?

—Vik.

—Sí, inspector Ole…, eh, Vik. En ese caso, yo soy el rey Salomón. —Se echó a reír—. No, no te va a quedar más remedio que esperar a que lleguen los investigadores.

—¡No podemos esperar!

El guardia miró de un lado a otro. Había recibido instrucciones muy claras: «No te separes del lado de ese hombre, da igual lo que diga o haga». Eso se traducía en un «No dejes que te engañe». Además, tenía muy presente lo que había ocurrido hacía poco, cuando había tomado una decisión por su cuenta en una situación similar: le habían echado una bronca de cuidado. No iba a arriesgarse otra vez.

—Lo lamento. Como ya te he dicho, debes esperar a que uno de los investigadores venga a tomarte declaración. Quédate quieto, vamos.

Ole cerró los ojos. «¿Cómo voy a quedarme quieto? Es probable que ni siquiera la estén buscando». Posó la vista en el reloj: las 15:30. Solo había pasado poco más de una hora desde el atraco y tenía la sensación de que había transcurrido un año. Pero, de todas formas, una hora… «Dios mío, ese tipo desesperado ha podido hacerle cualquier cosa en tanto tiempo. Imagina si… si…».

Cayó en la cuenta de que ya nunca cogerían ese vuelo, que podían olvidarse del viaje a Parga. Descartó ese pensamiento. Tenía que ocurrírsele algo.

«¡Haz algo!». Los pensamientos se arremolinaban y Ole tomó aire. El estudiante era inexperto. No podía ser duro con él, pero tal vez pudiera trabajárselo. El joven era un pelele sin voluntad sometido a un sistema autoritario.

—Veo que eres estudiante —dijo—. ¿Estás de prácticas en la comisaría de Borg?

—Así es.

—Entonces, te propongo una cosa. Pongámonos en contacto con alguien que esté más arriba en el sistema.

El estudiante lo miró, escéptico.

—Que traigan un teléfono —propuso Ole—. Podemos llamar al superintendente Berge, y él me reconocerá por la voz.

—¿Llamarlo… a él? —La voz del estudiante se llenó de un temor respetuoso—. No, no puede ser… No podemos hacer eso.

—Yo puedo. Como inspector estoy bajo su mando directo, como sabes. Somos buenos amigos.

Era una burda mentira. Ole Vik y el superintendente Berge mantenían una relación tensa, pero podían hablar.

Los interrumpió un médico que venía a reconocer a Ole y le dio instrucciones de que se estuviera quieto. Lo informaron de lo afortunado que era por solo tener golpes y arañazos, sí, por estar vivo después de sufrir un accidente tan serio. El facultativo se marchó después de que Ole se negara a tomar calmantes o analgésicos.

Siguió trabajándose al estudiante.

—No tienes nada que temer, yo llamaré. —Sonrió, seductor, desde la almohada—. ¿Cómo te llamas?

—Grung.

—¿No tienes nombre de pila?

—¿Por qué?

—Me hace falta para el informe que escribiré —mintió, y pensó: «No tengo más remedio que provocarlo para que piense por sí mismo».

Se incorporó con un gran esfuerzo.

—¿Te gusta estar en la policía, Grung?

—Por supuesto. —Miró inseguro a Ole—. ¿Informe?

—Sí, el que voy a mandarles a tus superiores —respondió Ole, aliviado por haber provocado una reacción—. Como sabes, al ser estudiante, tus cualidades se evalúan de forma continua. Aquellos que no están en condiciones de tomar las decisiones correctas en situaciones críticas son descartados antes de que puedan recibir su primera estrella. Así es y así debe ser. La profesión de policía conlleva mucha responsabilidad. Supongo que no querrás ser uno de ellos…

El estudiante lo consideró con reservas.

—¡Piénsalo! —Ole volvió a dejarse caer sobre la almohada. Sus pensamientos lo torturaban. «No puedo perder el tiempo, no tienes tiempo, no tienes tiempo». Se debatía entre dos polos. Porque debía lograrlo. El estudiante, sin experiencia alguna, necesitaba tiempo para digerir sus palabras.

Por suerte, no se demoró. Grung tamborileó con los dedos en la silla y se puso de pie.

—Voy a ver qué puedo hacer. —Fue hacia la puerta, dudó un instante y le dedicó una mirada insegura antes de salir y cerrar con llave.

Un par de minutos después regresó con la enfermera pisándole los talones. Llevaba un teléfono que enchufó en una toma que había junto al cabecero. Dejó el aparato sobre el edredón.

—Marca cero para que te den línea —dijo, y se retiró deprisa.