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Cien años de grandes discursos E-Book

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Beschreibung

Una selección de los treinta discursos más representativos de la historia de los últimos cien años. Unos textos que recogen los elementos más representativos del pensamiento político y social del mundo contemporáneo y que expresan los valores de la paz, la libertad, la dignidad, la seguridad y la búsqueda del bienestar que resultan indispensables para entendernos a nosotros mismos y a la sociedad en que vivimos. Desde los "Catorce Puntos" de Thomas Wilson que ofrecían una propuesta de paz y convivencia tras los desastres de la Primera Guerra Mundial, hasta el impulso ético del papa Francisco I o el cambio radical de política hacia Cuba propugnado por Barack Obama. Un libro indispensable para comprender el mundo contemporáneo y la actualidad política y social de nuestro tiempo.

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Seitenzahl: 382

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Cien años de grandes discursos

(Desde 1916 hasta la actualidad)

Selección, introducción y traducción de Francisco García Lorenzana

Primera edición en esta colección: febrero de 2017

© de la traducción, Francisco García Lorenzana, 2017

© de las traducciones del «Discurso de apertura del Concilio Vaticano II» de Juan XXIII, la «Declaración de renuncia» de Benedicto XVI y el «Discurso ante el Parlamento Europeo» de Francisco, Libreria Editrice Vaticana

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2017

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-16820-85-6

Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Introducción

Declaración de independencia de los pueblos árabes del Imperio otomano

HUSSEIN IBN ALÍ

[27 de junio de 1916]

Los «Catorce Puntos»

THOMAS W. WILSON

[8 de enero de 1918]

Discurso de cervecería

ADOLF HITLER

[12 de abril de 1922]

Primer discurso inaugural

FRANKLIN DELANO ROOSEVELT

[4 de marzo de 1933]

Sangre, sudor y lágrimas

WINSTON CHURCHILL

[13 de mayo de 1940]

El telón de acero

WINSTON CHURCHILL

[5 de marzo de 1946]

A los Altos Comisionados Aliados

KONRAD ADENAUER

[21 de septiembre de 1949]

La historia me absolverá

FIDEL CASTRO

[16 de octubre de 1953]

Argelia decidirá su propio futuro

CHARLES DE GAULLE

[8 de junio de 1962]

Discurso de apertura del Concilio Vaticano II

JUAN XXIII

[11 de octubre de 1962]

«Ich bin ein Berliner»

Discurso en la Rudolph-Wilde-Platz de Berlín

JOHN F. KENNEDY

[26 de junio de 1963]

«Tengo un sueño»

MARTIN LUTHER KING

[28 de agosto de 1963]

Mensaje a los pueblos del mundo

ERNESTO «CHE» GUEVARA

[16 de abril de 1967]

Último mensaje

SALVADOR ALLENDE

[11 de septiembre de 1973]

Discurso radiotelevisado sobre la Ley de Reforma Política

ADOLFO SUÁREZ

[10 de septiembre de 1976]

Discurso ante el Parlamento israelí

ANWAR EL-SADAT

[20 de noviembre de 1977]

«Gran Bretaña despierta»

Discurso en el Kensington Town Hall

MARGARET THATCHER

[19 de enero de 1979]

Discurso televisado del 23-F

JUAN CARLOS I

[23 de febrero de 1981]

Discurso en la sinagoga de Roma

JUAN PABLO II

[13 de abril de 1986]

Discurso en la Puerta de Brandemburgo

RONALD REAGAN

[12 de junio de 1987]

Discurso radiotelevisado con motivo de la reunificación alemana

HELMUT KOHL

[2 de octubre de 1990]

Mensaje de despedida

MIJAÍL GORBACHOV

[25 de diciembre de 1991]

Primer discurso inaugural

BILL CLINTON

[21 de enero de 1993]

Discurso inaugural

NELSON MANDELA

[10 de mayo de 1994]

Mensaje a la nación

GEORGE W. BUSH

[11 de septiembre de 2001]

Discurso de graduación en la Universidad de Stanford

STEVE JOBS

[12 de junio de 2005]

«Sí, podemos»

Discurso en las primarias de New Hampshire

BARACK OBAMA

[8 de enero de 2008]

Declaración de renuncia

BENEDICTO XVI

[10 de febrero de 2013]

Mensaje de abdicación

JUAN CARLOS I

[2 de junio de 2014]

Discurso ante el Parlamento Europeo

FRANCISCO

[25 de noviembre de 2014]

Declaración sobre el cambio de política hacia Cuba

BARACK OBAMA

[14 de diciembre de 2014]

Discurso de aceptación de la nominación a la presidencia por el Partido Republicano

DONALD TRUMP

[22 de julio de 2016]

Discurso de aceptación del Premio Cecil B. De Mille en los Globos de Oro

MERYL STREEP

[8 de enero de 2017]

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Introducción

Cien años de grandes discursos

Notas

Colofón

Introducción

La palabra es uno de los pilares fundamentales de la comunicación humana y una de las herramientas principales para reconstruir la historia. El pasado vive a través de los restos arqueológicos y los documentos escritos, en la época anterior a la invención de los medios audiovisuales, y sonoros y visuales después de la aparición de la fotografía, la radio, el cine y la televisión. Muchas de las ideas fundamentales que han marcado la historia de la humanidad se han transmitido mediante la palabra hablada: grandes oradores y grandes discursos pertenecen a nuestra memoria colectiva y han entrado a formar parte de la cultura popular de todos los tiempos. Desde Pericles y Cicerón a Barack Obama y el papa Francisco, desde la más remota antigüedad hasta el noticiario de hace unos minutos, el mensaje oral nos ayuda a captar y comprender la realidad que nos rodea y nos aporta elementos de análisis y reflexión.

En la obra que tiene el lector entre sus manos, hemos querido resumir los últimos cien años de historia a través de los discursos que han marcado los grandes acontecimientos de las décadas que van desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la actualidad. Incluimos grandes discursos, que han entrado en la historia por méritos propios, como el «Tengo un sueño», de Martin Luther King, y grandes oradores, como Winston Churchill o Bill Clinton. También hemos incorporado discursos y oradores menos impresionantes pero que han marcado una época o un acontecimiento crucial, como sería el caso de la alocución del presidente George W. Bush el 11-S o el anuncio de la renuncia como papa de Benedicto XVI. Y, finalmente, también hemos dejado un hueco para ofrecer una variedad de estilos de oratoria, que en algunos casos pueden parecernos desfasados, pero que en su momento tuvieron un gran éxito, como sería el caso de Adolf Hitler, cuyo estilo histriónico y su mensaje violento y antisemita provoca rechazo, pero que en su época tuvo un gran impacto sobre la sociedad.

Como ocurre siempre con este tipo de libros, la selección resulta forzosamente arbitraria y por ello discutible. Seguramente se podrían haber elegido otros discursos y otros oradores para explicar la historia a partir de 1916, pero sin lugar a dudas, utilizando la conocida expresión popular, son todos los que están, aunque seguramente no están todos los que son.

A pesar de ello, esperamos que disfrute de la lectura.

Declaración de independencia de los pueblos árabes del Imperio otomano

HUSSEIN IBN ALÍ

[27 de junio de 1916]

En otros tiempos el gran enemigo de los estados e imperios europeos, a lo largo del siglo XIX el Imperio otomano encadenó una serie de crisis internas que lo convirtieron en «el hombre enfermo de Europa», según una expresión atribuida al zar Nicolás I. Las tensiones entre los diferentes pueblos que convivían en el seno del Imperio se fueron agudizando a medida que la corrupción y la incompetencia iban deteriorando el prestigio del sultán y sus gobiernos eran incapaces de hacer frente a la rapacidad de las potencias imperiales europeas. Las tensiones internas y externas llegaron a su culminación durante la Primera Guerra Mundial, en la que el Imperio otomano se alineó con Alemania para enfrentarse con su enemigo tradicional, Rusia. Este hecho fue aprovechado por las potencias aliadas, en especial, Gran Bretaña, para animar las ansias de independencia de los pueblos árabes que ocupaban la península Arábiga y Oriente Próximo. En la revuelta árabe desempeñó un papel muy destacado el agente británico T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia), que consiguió unificar las diferentes tribus bajo el mando de la dinastía hachemita, cuya figura más destacada era el emir de La Meca, Hussein ibn Alí (1853-1931), que proclamó la independencia de los pueblos árabes, dando lugar a los diferentes reinos árabes de Oriente Próximo.

En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso.

Este es nuestro mensaje general a todos los hermanos musulmanes.

«¡Oh, Señor, juzga con la verdad entre nosotros y nuestra nación; porque tú eres el mejor juez!»

Es de sobras conocido que entre todos los gobernantes y emires musulmanes, los emires de La Meca, la Ciudad Santa, fueron los primeros en reconocer el gobierno turco.

Lo hicieron para unir a todos los musulmanes y establecer con firmeza su comunidad, sabiendo que los grandes sultanes otomanos (que sea bendecido el polvo de sus tumbas y que el Paraíso sea su morada) actuaban de acuerdo con el Libro de Dios y la sunna de su Profeta (alabado sea) y aplicaban con celo las normas de estas dos autoridades.

Con este noble fin los emires que he mencionado antes nunca dejaron de respetar dichas normas. Yo mismo, protegiendo el honor del Estado, animé a los árabes a levantarse contra sus hermanos árabes en el año 13271 con el objetivo de levantar el asedio de Abha, y al año siguiente se realizó un movimiento similar bajo el liderazgo de uno de mis hijos, como es de todos conocido.

Los emires siguieron apoyando al estado otomano hasta que apareció en escena el Comité de Unión y Progreso y a partir de ese momento asumió la administración de todos los asuntos.

El resultado de esta nueva administración fue que el Estado sufrió una pérdida de territorio que acabó destruyendo su prestigio, como sabe todo el mundo, se hundió en los horrores de la guerra y se vio arrastrado a su peligrosa situación actual, como le queda claro a todos.

Todo esto se realizó para alcanzar objetivos bien conocidos, sobre los que nuestra conciencia no nos permite explayarnos. Esto provocó que el corazón de los musulmanes sufriera por el imperio del islam, por la destrucción de la población que residía en sus provincias –tanto musulmanes como no musulmanes–, algunos de ellos ahorcados o muertos por otros medios, otros empujados al exilio.

Añádase a esto las pérdidas que habían sufrido a lo largo de la guerra en sus personas y propiedades, esto último especialmente grave en Tierra Santa, como lo demuestra rápidamente el hecho de que en esa región la crisis general empujó a las clases medias a vender incluso las puertas de sus casas, sus armarios y la madera de los techos, después de vender todas sus pertenencias para que su cuerpo pudiera seguir viviendo.

Está claro que todo esto no alcanza para cumplir los designios del Comité de Unión y Progreso.

A continuación procedieron a cortar el lazo esencial entre el sultanato otomano y toda la comunidad musulmana, es decir, a cortar los lazos de adhesión al Corán y la sunna. Uno de los periódicos de Constantinopla, llamado Al-Ijtihad, llegó a publicar un artículo maligno (Dios nos perdone) sobre la vida del Profeta (desciendan sobre él las bendiciones y la paz de Dios), y todo esto bajo los ojos del gran visir del Imperio otomano y de su jeque del islam, y todos los ulemas, ministros y nobles.

A esto se añade la impiedad de negar la palabra de Dios, «el varón debe recibir dos porciones», y decidir que se debía compartir equitativamente bajo la ley de la herencia.

Después procedieron a la atrocidad suprema de destruir uno de los cinco preceptos vitales del islam, el ayuno del Ramadán, ordenando que las tropas estacionadas en Media, La Meca o Damasco pudieran romper el ayuno de la misma manera que las tropas que luchan en la frontera rusa, falsificando con ello la clara instrucción coránica de «aquellos de vosotros que estáis enfermos o de viaje».

También han implantado otras innovaciones que contravienen las leyes fundamentales del islam (cuyas penas por infringirlas son bien conocidas) después de destruir el poder del sultán, arrebatarle incluso el derecho a escoger al jefe de su gabinete imperial o al ministro privado de su augusta persona, y al actuar contra la constitución del califato a la que los musulmanes exigen obediencia.

A pesar de todo esto, hemos aceptado dichas innovaciones para no provocar disensiones y un cisma. Pero al final ha caído el velo y ha quedado claro que el Imperio está en manos de Enver Pachá, Djemal Pachá y Talaat Bey, que lo administran a su gusto y lo tratan según su voluntad.

La prueba más clara de todo esto es la instrucción enviada últimamente al cadí del tribunal de La Meca para que emita sentencias teniendo en cuenta solo las pruebas presentadas ante él en el tribunal y que no debe considerar ninguna prueba presentada por los musulmanes entre ellos, ignorando de esta manera la aleya en la sura La vaca.

Otra prueba es que condenaron a la horca de una sola vez a 21 musulmanes eminentes, cultos y árabes distinguidos, además de todos los que habían matado con anterioridad: el emir Omar el-Jazairi, el emir Arif esh-Shihabi, Shefik Bey el-Moayyad, Shukri Bey el Asali, Abd el-Wahab, Taufk Bey el-Baset, Abd el-Hamid el Zahrawi, Abd el-Ghani el-Arisi, y sus compañeros, que son hombres bien conocidos.

Es difícil que hombres de corazón cruel hubieran conseguido destruir tantas vidas de un solo golpe, aunque estas fueran bestias del campo. Es posible que recibamos sus excusas y les perdonemos que hayan asesinado a tantos hombres valiosos, pero ¿cómo podemos excusarles por la deportación bajo circunstancias tan penosas y desgarradoras de las familias inocentes de sus víctimas –niños, mujeres delicadas y hombres ancianos– y afligirles con otras formas de sufrimiento, además del dolor que ya habían soportado con la muerte de aquellos que eran el sustento de sus hogares?

Dios dice: «Nadie cargará con la carga ajena». Aunque pudiésemos dejar pasar todo esto, ¿cómo es posible que podamos perdonarles que hayan confiscado las propiedades y el dinero de estas personas después de haberlas despojado de sus amados? Intentemos suponer que cerramos los ojos ante todo esto y consideremos también que pueden tener alguna excusa por su parte; ¿podremos perdonarles jamás que hayan profanado la tumba de un hombre piadoso, celoso y santo como el jeque Abd el-Kadir el-Jazairi el Ilasani?

Lo anterior es un breve repaso de sus hechos y dejamos que la humanidad, en general, y los musulmanes, en particular, emitan su veredicto.

Tenemos pruebas suficientes de cómo consideran a la religión y al pueblo árabe en el hecho de que bombardearon la Casa Antigua, el Templo de la Unidad Divina, del que se dice, en palabras de Dios, «purifica mi casa para los que giran a su alrededor», la Quibla de los musulmanes, la Kaaba de los creyentes en la Unidad, disparando dos proyectiles contra ellas con sus grandes cañones cuando el país se levantó exigiendo su independencia.

Uno explotó a poco más de un metro por encima de la Piedra Negra y el otro cayó a poco menos de tres metros de ella. La cubierta de la Kaaba se incendió. Miles de musulmanes acudieron a la carrera con grandes gritos de alarma y desesperación para apagar las llamas.

Para llegar hasta el fuego se vieron obligados a abrir las puertas del edificio y subir hasta el tejado. El enemigo disparó un tercer proyectil contra la Estación de Abraham, además de los proyectiles y las balas dirigidos contra el resto del edificio. Cada día morían tres o cuatro personas dentro del edificio y al final a los musulmanes les resultó muy difícil acercarse a la Kaaba.

Dejamos que todo el mundo musulmán de Oriente a Occidente juzgue este desprecio y profanación de la Casa Sagrada. Pero estamos decididos a no dejar que nuestros derechos religiosos y nacionales sean un juguete en manos del Partido de Unión y Progreso.

Dios (bendito y exaltado sea él) ha ofrecido al país una oportunidad para levantarse en revuelta, ha extendido sobre él su poder y potencia para conseguir su independencia y coronar sus esfuerzos con prosperidad y victoria, a pesar de estar aplastado por la mala administración de los funcionarios civiles y militares turcos.

Se erige único y diferente de los demás países que siguen gimiendo bajo el yugo del gobierno de Unión y Progreso. Es independiente en el sentido más amplio de la palabra, libre del gobierno de extraños y purgada de cualquier influencia extranjera. Sus principios son defender la fe del islam, elevar el pueblo musulmán, cimentar su conducta en la Ley Sagrada, elaborar el código de justicia sobre los mismos cimientos en armonía con los principios de la religión, practicar sus ceremonias de acuerdo con el progreso moderno y realizar una revolución genuina sin ahorrar esfuerzos en la extensión de la educación entre todas las clases de acuerdo con su situación y sus necesidades.

Esta es la política que hemos emprendido con el objetivo de cumplir con nuestros deberes religiosos, confiando que todos nuestros hermanos musulmanes en el este y el oeste perseguirán el mismo objetivo con el fin de cumplir su deber para con nosotros, y fortalecer de esta manera los lazos de la hermandad islámica.

Levantamos humildemente las manos al Señor de Señores en nombre del Profeta del Rey Benevolente para que nos garantice el éxito y la guía en todo lo que sea bueno para el islam y para los musulmanes. Confiamos en Dios Todopoderoso, que es nuestra Suficiencia y el mejor Defensor.

Los «Catorce Puntos»

THOMAS W. WILSON

[8 de enero de 1918]

Thomas Woodrow Wilson (1856-1924) llegó a la presidencia de los Estados Unidos en 1913 en representación del Partido Demócrata. Su programa progresista y moralizante estaba poco interesado en la política exterior y al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914 mantuvo la neutralidad de la potencia norteamericana y realizó diversos intentos de mediación entre los dos grandes bloques enfrentados. Pero los lazos económicos con la Entente, formada principalmente por Gran Bretaña, Francia y Rusia, y sobre todo los estragos de la guerra submarina alemana, en especial tras el hundimiento del trasatlántico Lusitania, lo empujaron a entrar en el conflicto en abril de 1917. Unos meses más tarde definía ante el Congreso los objetivos morales de la intervención armada norteamericana y planteaba los «Catorce Puntos» sobre los que debía fundamentarse una paz justa y un nuevo orden mundial estable.

Caballeros del Congreso:

Una vez más, como en otras ocasiones anteriores, los portavoces de los Imperios Centrales han indicado su deseo de discutir los objetivos de la guerra y la posible base de una paz general. En Brest-Litovsk se han estado desarrollando conversaciones entre los representantes rusos y los representantes de las Potencias Centrales a las que se ha invitado a todos los beligerantes con el objetivo de valorar la posibilidad de ampliar estas negociaciones para convertirlas en una conferencia general para establecer los términos de un acuerdo de paz.

Los representantes rusos no solo han presentado una propuesta perfectamente definida de los principios sobre los que están dispuestos a acordar la paz, sino que también han planteado un programa definido de la aplicación concreta de dichos principios. Los representantes de las Potencias Centrales, por su parte, han presentado un borrador de acuerdo que, aunque es mucho menos concreto, parece que es susceptible de interpretarse de una manera muy liberal hasta que se añadan los términos de un programa específico para su aplicación práctica. Dicho programa no propone ninguna concesión, ni a la soberanía de Rusia ni a las preferencias de las poblaciones cuyo destino se baraja en él, sino que significa, en una palabra, que los Imperios Centrales conservarán cada pie de territorio que han ocupado sus fuerzas armadas, cada provincia, cada ciudad, cada avance como una adquisición permanente a su territorio y a su poder.

Resulta razonable suponer que los principios generales del acuerdo que se sugirieron al comienzo procedían de los estadistas más liberales de Alemania y Austria, los hombres que han empezado a sentir la fuerza de las ideas y los ánimos de sus pueblos, mientras que los términos concretos del acuerdo proceden de los líderes militares que no tienen más idea que conservar lo que han ganado. Las negociaciones se han roto. Los representantes rusos eran sinceros e iban en serio. No podían tomar en consideración semejante propuesta de conquista y dominación.

Este incidente tiene un gran significado. También implica una gran perplejidad. ¿Con quién están tratando los representantes rusos? ¿En nombre de quién hablan los representantes de los Imperios Centrales? ¿Hablan por las mayorías de sus parlamentos respectivos o por los partidos minoritarios, esa minoría militarista e imperialista que hasta el momento ha dominado toda su política y ha controlado los asuntos de Turquía y de los estados balcánicos, que se han visto obligados a convertirse en sus aliados en esta guerra?

Los representantes rusos han insistido, con toda justicia, con toda sabiduría y siguiendo el verdadero espíritu de la democracia moderna, en que las conferencias que han celebrado los estadistas teutónicos y turcos deberían celebrarse a puertas abiertas, y no cerradas, para que todo el mundo fuera espectador, como era deseable. Entonces, ¿a quién hemos estado escuchando? ¿A los que expresan el espíritu y las intenciones de las resoluciones del Reichstag alemán del pasado 9 de julio, el espíritu y las intenciones de los líderes y los partidos liberales de Alemania o a aquellas que se resisten y desafían dicho espíritu e intenciones e insisten en la conquista y el sometimiento? ¿O, en realidad, estamos escuchando a los dos en una contradicción irreconciliable, abierta y sin esperanzas? Se trata de preguntas muy serias y urgentes. De su respuesta depende la paz del mundo.

Pero cualquiera que sea el resultado de la conversaciones en Brest-Litovsk, cualquiera que sea la confusión de intenciones y objetivos de las manifestaciones de los portavoces de los Imperios Centrales, una vez más han intentado presentar al mundo sus objetivos en la guerra y de nuevo han desafiado a sus adversarios a expresar cuáles son sus objetivos y qué tipo de acuerdo podrían considerar justo y satisfactorio. No existe ninguna razón para no responder a dicho reto y presentar una respuesta con la mayor sinceridad. No hemos esperado a que se presentase. No una vez, sino de manera reiterada, hemos mostrado al mundo todas nuestras ideas e intenciones, no solo en términos generales, sino cada vez con la suficiente definición para dejar claro qué tipo de términos deben surgir de ellos para un acuerdo definitivo. En la última semana, el señor Lloyd George ha hablado con una sinceridad admirable y con un espíritu también admirable por el pueblo y el gobierno de Gran Bretaña.

No existen contradicciones entre los adversarios de las Potencias Centrales, ninguna incertidumbre en los principios, ninguna vaguedad en los detalles. El único secretismo en las propuestas, la única falta de franqueza sin miedo, el único fracaso en expresar con claridad los objetivos de la guerra se encuentra en Alemania y sus aliados. La vida y la muerte dependen de dichas definiciones. Ningún estadista que tenga una mínima conciencia de sus responsabilidades puede permitir ni por un momento que continúe este dispendio trágico y aterrador de sangre y bienes a menos que esté seguro más allá de cualquier duda de que los objetivos de este sacrificio vital forman parte inseparable de la vida de la sociedad y de que el pueblo del que es portavoz cree que es justo e imperativo.

Más aún, hay una voz que pide esta definición de principios y objetivos que, me parece, es más apasionada y convincente que ninguna de las muchas voces que llenan el aire afligido del mundo. Es la voz del pueblo ruso. Parece que están postrados e indefensos ante el nefasto poder de Alemania, que hasta el momento no ha conocido freno ni piedad. Aparentemente, su poder ha sido aplastado. Pero aun así su alma no se rinde. No van a ceder en los principios ni en la acción. Su concepción de lo que es justo, de lo que es humano y honorable para que lo puedan aceptar, lo han expresado con franqueza, amplitud de miras, generosidad de espíritu y una compasión humana universal que debe tener la admiración de todo amigo de la humanidad, y se han negado a comprometer sus ideales o abandonar a otros, aunque con ello estén más seguros.

Nos hacen un llamamiento para que digamos lo que queremos, en qué, si es que en algo, nuestros objetivos y nuestro espíritu difieren de los suyos; y creo que el pueblo de los Estados Unidos querrá que responda con gran sencillez y franqueza. Tanto si los líderes actuales lo creen o no, nuestro deseo y esperanza más sinceros es que se abra algún camino para que tengamos el privilegio de ayudar al pueblo de Rusia para que alcance su esperanza última de libertad y paz ordenada.

Será nuestro deseo y propósito que los procesos de paz, cuando se inicien, sean totalmente abiertos y que por ello no deban implicar ni permitir ningún acuerdo secreto de ningún tipo. Los días de conquista y engrandecimiento se han ido, lo mismo que los días de los acuerdos secretos en interés de gobiernos particulares, y que probablemente en cualquier momento insospechado puedan alterar la paz del mundo. Ahora ha quedado claro este hecho feliz para todo hombre público cuyo pensamiento no siga aferrado a una era que está muerta y desaparecida, de manera que es posible para cualquier nación cuyos objetivos estén de acuerdo con la justicia y la paz del mundo presentar ahora o en cualquier otro momento sus objetivos.

Entramos en esta guerra porque se habían violado derechos que nos tocaban en lo más profundo y que hacían que la vida de nuestro pueblo fuera imposible a menos que se corrigieran y el mundo estuviera seguro de una vez por todas contra su repetición.

Por eso, lo que pedimos en esta guerra no es nada particular para nosotros mismos. Es que el mundo sea seguro para vivir en él, y en especial que sea seguro para cualquier nación amante de la paz que, como nosotros, desea vivir su propia vida, definir sus propias instituciones, estar segura de la justicia y el juego limpio de los otros pueblos del mundo, así como contra la fuerza y la agresión egoísta.

Todos los pueblos del mundo son en realidad socios en este interés y por nuestra parte vemos con toda claridad que a menos que los otros puedan gozar de justicia, no podremos hacerlo nosotros.

El programa de la paz mundial es nuestro programa, y este programa, el único posible tal como lo concebimos, es el siguiente:

1. Acuerdos de paz concluidos abiertamente, después de los cuales no habrá más acuerdos internacionales privados, de cualquier naturaleza que sean; la diplomacia procederá franca y públicamente.

2. Libertad absoluta de navegación por los mares, fuera de las aguas territoriales, tanto en la paz como en la guerra, excepto que los mares se cierren totalmente o en parte por una acción internacional para obligar al cumplimiento de acuerdos internacionales.

3. Supresión, en tanto que sea posible, de todas las barreras económicas y establecimiento de condiciones comerciales iguales para todas las naciones que acuerden la paz y se asocien para su mantenimiento.

4. Suficientes garantías dadas y adquiridas para que los armamentos nacionales sean reducidos al límite extremo compatible con la seguridad interior de los países.

5. Arreglo libre, en un amplio espíritu y absolutamente imparcial, de todas las reivindicaciones coloniales, basado sobre el respeto estricto del principio que regula todas las cuestiones de soberanía, de manera que los intereses de la población implicada deban tener el mismo peso que las reclamaciones justas del gobierno, cuyos derechos deben determinarse.

6. Evacuación de todos los territorios rusos y regulación de todas las cuestiones concernientes a Rusia, de manera que se asegure la mejor y más amplia cooperación de las demás naciones del mundo para permitir a Rusia la ocasión oportuna de fijar, sin trabas ni dificultades, en plena independencia, su desarrollo político y nacional; para asegurarle una sincera acogida en la Sociedad de Naciones libres bajo el gobierno que ella misma se haya dado; para asegurarle, en fin, la más amplia ayuda y de cualquier naturaleza que sea, o que ella pudiera desear. El trato que otorguen a Rusia sus naciones hermanas en los próximos meses será la prueba de su buena voluntad, de la comprensión de sus necesidades, diferenciadas de sus propios intereses, y de la inteligencia y la compasión desinteresadas.

7. El mundo entero estará de acuerdo en que Bélgica debe ser evacuada y restaurada, sin ninguna tentativa de limitar la soberanía que ella representa, al igual que las otras naciones libres.

Ningún acto mejor que este ayudará más a restablecer la confianza de las naciones en las leyes establecidas y fijadas para regir las relaciones entre ellas.

8. Todo el territorio francés deberá ser liberado, y las partes invadidas deberán ser totalmente restauradas. El agravio hecho a Francia por Prusia en 1871 en lo que concierne a Alsacia y Lorena, y que ha turbado la paz del mundo durante cerca de cincuenta años, deberá ser reparado con el fin de que la paz pueda ser todavía asegurada en el interés de todos.

9. Deberá efectuarse un reajuste de las fronteras italianas siguiendo las líneas de las nacionalidades claramente reconocibles.

10. A los pueblos de Austria-Hungría, a los cuales deseamos salvaguardar su sitio entre las naciones, deberá ser dado lo más pronto la posibilidad de un desarrollo autónomo.

11. Rumanía, Serbia y Montenegro deberán ser evacuadas y se les restituirán los territorios que han sido ocupados. A Serbia le será concedido un libre acceso al mar, y las relaciones entre los diversos Estados balcánicos deberán ser fijadas por consejos amistosos, teniendo en cuenta los lazos de fidelidad y de nacionalidad establecidos por la historia. Garantías internacionales de independencia política y económica y de integridad territorial serán dadas a esos Estados.

12. A las partes turcas del presente Imperio otomano les serán aseguradas plenamente la soberanía y la seguridad, pero las otras nacionalidades que viven actualmente bajo el régimen de este Imperio deben, por otra parte, gozar de una seguridad cierta de existencia y poder desarrollarse sin obstáculos; debe serles concedida su autonomía. Los Dardanelos serán abiertos permanentemente y constituirán un paso libre para los navíos y para el comercio de todas las naciones bajo garantías internacionales.

13. Debe ser constituido un Estado polaco independiente que comprenda los territorios habitados por poblaciones incontestablemente polacas, a las cuales se les deberá asegurar un libre acceso al mar; la independencia política, económica y la integridad territorial de estas poblaciones serán garantizadas por una comisión internacional.

14. Deberá formarse una Sociedad General de las Naciones, en virtud de convenciones formales, que tenga por objeto establecer garantías recíprocas de independencia política y territorial tanto a los pequeños como a los grandes Estados.

Discurso de cervecería

ADOLF HITLER

[12 de abril de 1922]

Adolf Hitler (1889-1945), presidente y canciller de Alemania entre 1933 y 1945, führer del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán desde 1921, dictador y genocida, fue también uno de los oradores más importantes de su época, consciente del poder de la palabra hablada en directo y a través de la radio y el cine (también fue protagonista de una de las primeras retransmisiones de televisión durante la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936) para convencer y enardecer a las masas con mensajes simplistas e histriónicos que exaltaban la raza aria y achacaban todos los males a la raza judía. Hombre sin oficio ni beneficio, soldado poco distinguido durante la Primera Guerra Mundial, Hitler encontró refugio en los círculos ultraderechistas, antisemitas y militaristas del Múnich de la posguerra, en los que descubrió su capacidad oratoria, que le permitió unificar y liderar grupos y movimientos dispersos hasta ganar unas elecciones parlamentarias y conducir a Alemania y al mundo a una de las mayores tragedias de la historia de la humanidad. En este discurso pronunciado en 1922 en una cervecería sin identificar de la ciudad de Múnich ya pueden descubrirse las líneas maestras de su pensamiento político.

Después de la guerra la producción ha empezado de nuevo y se creía que vendrían tiempos mejores. Después de la Guerra de los Siete Años, Federico el Grande, como resultado de esfuerzos sobrehumanos, dejó Prusia sin un céntimo de deuda: al final de la Guerra Mundial Alemania estaba cargada con el peso de su propia deuda de siete u ocho mil millones de marcos y, además de eso, tuvo que enfrentarse con las deudas del resto del mundo, las llamadas «reparaciones». Por eso el producto del trabajo de Alemania no pertenece a la nación, sino a los prestamistas extranjeros: sale interminablemente en trenes hacia territorios más allá de nuestras fronteras. Cada trabajador debe dar apoyo a otro trabajador, el producto de cuyo trabajo caerá en manos de los extranjeros. Como consecuencia del hecho de que no podrá pagar nunca lo que se le exige de él, después de veinticinco o treinta años el pueblo alemán deberá aún una suma tan gigantesca que prácticamente se verá obligado a producir más de lo que hace ahora. ¿Cuál será el resultado? La respuesta a esa pregunta es: agotamiento de nuestra tierra, y esclavización de nuestra fuerza de trabajo. Por eso, en la esfera económica, noviembre de 1918 no fue en realidad ningún logro, sino el principio de nuestro colapso. Y en la esfera política perdimos, en primer lugar, nuestras prerrogativas militares, y con esa pérdida se fue la verdadera soberanía de nuestro Estado, y detrás la independencia financiera, porque aún sigue existiendo la Comisión de Reparaciones, de manera que en la práctica ya no tenemos un Reich alemán políticamente independiente, sino que ya somos una colonia del mundo exterior. Nosotros hemos contribuido a todo esto porque hasta el momento nos hemos humillado todo lo posible desde el punto de vista moral, hemos destruido en la práctica nuestro propio honor y hemos ayudado a burlar, a manchar y a negar todo lo que con anterioridad habíamos considerado sagrado. Si se presenta la objeción de que la Revolución nos ha traído beneficios en la vida social: deben ser extraordinariamente secretos, estos beneficios sociales, tan secretos, que nadie los ha visto nunca en la vida cotidiana, deben atravesar como un fluido la atmósfera alemana. Alguien podría decir: «Bueno, está la jornada de ocho horas». ¿Y era necesario un colapso para conseguir eso? ¿Y la jornada de ocho horas aportará mayor seguridad cuando en la práctica nos hemos convertido en el alguacil y en el esclavo de los otros pueblos? Cualquier día de estos Francia dirá: «No podéis cumplir con vuestras obligaciones, tenéis que trabajar más». De esta manera, este logro de la Revolución queda en entredicho, en primer lugar, por parte de la propia Revolución.

Entonces otros dicen: «Desde la Revolución el pueblo ha ganado “derechos”. ¡El pueblo gobierna!». ¡Qué extraño! El pueblo lleva gobernando tres años y en la práctica nadie le ha pedido su opinión. Se han firmado tratados que nos van a oprimir durante siglos, ¿y quién ha firmado los tratados? ¿El pueblo? ¡No! Gobiernos que un buen día se presentaron como los que gobiernan. Y ante su elección el pueblo no podía hacer nada más que considerar esta cuestión: ahí están, tanto si los he elegido como si no. Si los elegimos, estarán ahí por nuestra elección. Pero como somos un pueblo que se gobierna a sí mismo, debemos elegir a las personas para que sean los elegidos para gobernarnos.

Otros dicen: «La Revolución nos ha traído la libertad». Otra de esas afirmaciones que no pueden confirmarse con facilidad. Desde luego es cierto que podemos pasear por las calles, cada individuo puede ir y volver de su trabajo, de vez en cuando puede ir a un mitin. En una palabra, el individuo disfruta de libertades. Pero en general, si es sabio, mantendrá la boca cerrada. Porque en tiempos anteriores y extraordinarios se tuvo mucho cuidado en que nadie dejase escapar nada que se pudiese considerar como lesa majestad, y ahora un hombre debe tener mucho más cuidado en no decir nada que pudiera representar un insulto a la majestad de un miembro del Parlamento. Y si preguntamos por quién es responsable de nuestra desgracia, entonces debemos averiguar quién se ha aprovechado de nuestro colapso. La respuesta a esa pregunta es que los bancos y las bolsas prosperan mucho más que antes. Se nos decía que el capitalismo sería destruido y cuando nos aventuramos a recordárselo a uno o a otro de estos «famosos estadistas» y decimos: «No se olviden de que los judíos también tienen capital», entonces la respuesta es: «¿Por qué están preocupados? Ahora destruiremos el capitalismo en su conjunto, todo el pueblo será libre. No luchamos contra el capitalismo judío o cristiano, luchamos contra todo capitalismo: vamos a hacer que el pueblo sea totalmente libre».

El capitalismo cristiano está prácticamente destruido, porque el capital bursátil judío internacional gana en la misma proporción que el otro pierde terreno. Pero no son solo la bolsa internacional y el capital prestado, el llamado «capital supraestatal», los que se han aprovechado del colapso de nuestra vida económica, sino también el capital que recibe su carácter de la única nación supraestatal que es en sí misma nacional hasta la médula, pero que pretende estar por encima de todas las demás naciones, que se sitúa por encima de las naciones y ya las gobierna.

El capital bursátil internacional sería impensable, nunca habría aparecido, sin sus fundadores supranacionales, pero intensamente nacionales, los judíos. […]

El judío no se ha empobrecido: gradualmente ha ido engordando y, si no me creéis, os pediría que visitarais uno de nuestros balnearios; allí encontraréis dos tipos de visitantes: el alemán que acude, quizá por primera vez en mucho tiempo, para respirar un poco de aire fresco y recuperar la salud, y el judío que va a perder la grasa. Y si salís a nuestras montañas, ¿a quién encontraréis con sus botas amarillas recién estrenadas y con una mochila espléndida en la que por lo general no se puede encontrar nada que sea realmente útil? ¿Y por qué están allí? Van al hotel, normalmente no demasiado lejos de donde les lleva el tren: cuando se para el tren, también se paran ellos. Y se mueven a poco más de un kilómetro alrededor del hotel, como moscas revoloteando alrededor de un cadáver.

Podéis estar seguros de que estos no forman parte de nuestras clases trabajadoras: ni de los que trabajan con la mente ni de los que lo hacen con el cuerpo. Con su ropa raída dejan el hotel a un lado y se van a escalar: no se sentirán cómodos en una atmósfera tan perfumada con trajes que son de 1913 o 1914. ¡No, definitivamente el judío no ha sufrido privaciones! […]

Mientras que ahora mismo en la Rusia soviética millones están arruinados y muriendo, Chicherin, y con él un equipo de más de doscientos judíos soviéticos, viajan en tren exprés por toda Europa, visitan los cabarets, contemplan cómo bailarinas desnudas actúan para complacerlos, viven en los mejores hoteles y se lo pasan mucho mejor que los millones que una vez creyeron que debían combatir para ser «burgueses». Los cuatrocientos comisarios de nacionalidad judía no sufren, los miles y miles de subcomisarios no sufren. ¡No! Todos los tesoros que los «proletarios» en su locura les arrebataron a los «burgueses» para luchar contra el llamado capitalismo, todos ellos han caído en sus manos. Cuando el trabajador se apropió de la bolsa del propietario derribado que le daba trabajo, le arrebató los anillos, los diamantes y se alegró porque ahora poseía los tesoros que antes solo estaban en manos de la «burguesía». Pero en sus manos son objetos muertos, son realmente oro muerto. No le proporcionan ningún beneficio. Se encuentra desterrado en el desierto y uno no puede alimentarse de diamantes. Por un bocado de pan entrega millones en objetos de valor. Pero el pan está en manos de la Organización Central del Estado, y esta está en manos de los judíos, de manera que todo, todo lo que el hombre común creyó que estaba ganando para sí mismo, cae devuelto en los seductores.

Y ahora, mis queridos compatriotas, ¿creéis que esos hombres, que están recorriendo el mismo camino con nosotros, van a acabar con la Revolución? No quieren el final de la Revolución, porque la necesitan. Para ellos la Revolución es leche y miel.

Y desde luego no pueden acabar con la Revolución, porque si uno u otro de sus líderes fuera en realidad un seducido y no un seductor, y hoy mismo, impulsado por su voz interior ante el horror de sus crímenes, diera un paso al frente de las masas y declarase: «Todos nos hemos engañado: creíamos que podíamos sacaros de la miseria, pero en realidad os hemos conducido a un miseria que tendrán que seguir soportando vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos». Pero no puede decirlo, no se atreve a decirlo, porque lo descuartizarían en la plaza pública o en el mitin público.

Pero entre las masas empieza a fluir una corriente nueva: una corriente de oposición. Se trata del reconocimiento de los hechos que ya están persiguiendo al sistema, que ya están derribando el sistema; un día será capaz de empujar a las masas a la acción y arrastrar consigo a las masas. Y estos líderes ven que detrás de ellos no deja de crecer la oleada antisemita, y cuando las masas acaben reconociendo los hechos será el final de dichos líderes.

Y por eso la izquierda se ve cada vez más forzada a volverse hacia el bolchevismo. En la actualidad ven en el bolchevismo la única, la última posibilidad de preservar la situación actual. Se dan cuenta con bastante precisión de que el pueblo solo podrá ser vencido mientras el cerebro y la mano se mantengan separados. Porque ni el cerebro ni la mano pueden oponerse a ellos. Por eso mientras la idea socialista solo pueda plasmarse a través de hombres que ven en ella el medio para desintegrar a la nación podrán descansar en paz.

Pero para ellos será un día de luto cuando la idea socialista caiga en manos de un movimiento que la una con el mayor orgullo nacionalista, con el desafío nacionalista, y con ello coloque al cerebro de la nación, a sus trabajadores intelectuales, como su fundamento. Entonces este sistema se romperá y solo quedará un medio de salvación para los que lo apoyan: hacer caer la catástrofe sobre nosotros antes de su propia ruina, destruir el cerebro de la nación, arrastrarlo al patíbulo, para introducir el bolchevismo.

Por eso la izquierda ni puede ni quiere ayudar. Al contrario, la primera mentira la obliga a recurrir a nuevas mentiras. Entonces solo queda la derecha. Y este partido de la derecha tiene buenas intenciones, pero no puede hacer lo que querría porque hasta el presente no ha sido capaz de reconocer toda una serie de principios elementales.

En primer lugar, la derecha sigue sin reconocer el peligro. Estos caballeros siguen creyendo que se trata de ser elegido para un parlamento regional o para el cargo de ministro o secretario. Creen que la decisión sobre el destino de un pueblo solo significa en el peor de los casos nada más que cierto daño para su llamada existencia económica burguesa. Nunca han llegado a asumir el hecho de que esta decisión amenaza sus cabezas. Aún no han entendido que no es necesario ser enemigo del judío para que un día, siguiendo el modelo ruso, te arrastre hasta el cadalso. No ven que es suficiente con tener una cabeza sobre los hombros y no ser judío: eso te asegurará el patíbulo.

En consecuencia, en la actualidad todas sus acciones son tan insignificantes, tan limitadas, tan dubitativas y pusilánimes. Les gustaría actuar, pero no se pueden decidir a emprender ninguna gran acción, porque no se dan cuenta de la grandeza de toda esta época.

Y existe otro error fundamental: nunca han tenido claro en su pensamiento que existe una diferencia o lo grande que es la diferencia entre el concepto «nacional» y la palabra «dinástico» o «monárquico». No comprenden que en la actualidad es más necesario que nunca que nuestras ideas como nacionalistas eviten cualquier detalle que pueda llevar a pensar a una persona que la idea nacional se identifica con insignificantes puntos de vista políticos cotidianos. Cada día deben gritar en los oídos de las masas: «Queremos enterrar las diferencias insignificantes y sacar a la luz las grandes cosas, las cosas que tenemos en común y que nos unen». Esto debe fundir y fusionar a todos los que siguen teniendo un corazón alemán y aman a su pueblo en la lucha contra el enemigo común y hereditario de todos los arios. ¿Cómo nos dividiremos después este Estado, amigos? ¡No queremos discutir sobre eso! La forma de un Estado es el resultado del carácter esencial de un pueblo, es el resultado de necesidades que son tan elementales y poderosas que en su momento cada uno de los individuos se dará cuenta de ellas sin discusión cuando toda Alemania esté unida y sea libre.

Y finalmente todos ellos no son capaces de comprender que por principios debemos liberarnos de cualquier postura de clase. Por supuesto, resulta muy sencillo gritarles a los de la izquierda: «No debéis ser proletarios, abandonad la locura de clases», mientras os seguís llamando «burgueses». Deben aprender que en un Estado único solo existe un ciudadano supremo, la justicia, un ciudadano supremo, el honor, y que se trata de la justicia y el honor del trabajo honesto. Además, deben aprender que la idea social debe ser un fundamento esencial de cualquier Estado, porque en caso contrario ningún Estado puede durar para siempre.

Desde luego, un gobierno necesita poder, necesita fuerza. Me atrevería a decir que debe imponer con una manera brutal y despiadada las ideas que ha reconocido como verdaderas, confiando en la autoridad actual de su fuerza en el Estado. Pero incluso la brutalidad más despiadada solo podrá prevalecer hasta el final si lo que busca es restaurar lo que realmente se corresponde con el bienestar de todo un pueblo.

El llamado absolutismo ilustrado de Federico el Grande fue posible porque dependía de un solo hecho, aunque, sin lugar a dudas, este hombre podía haber decidido «arbitrariamente» el destino, para bien o para mal, de sus llamados «súbditos», no lo hizo, sino que tomó sus decisiones influido y apoyado en una única idea: el bienestar del pueblo prusiano. Fue este único hecho lo que provocó que el pueblo tolerase voluntariamente, no, alegremente, la dictadura del gran rey.

Y, ADEMÁS, LA DERECHA HA OLVIDADO COMPLETAMENTE QUE LA DEMOCRACIA ES FUNDAMENTALMENTE NO ALEMANA: ES JUDÍA.