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Cómo he llorado por vos, Ceres, que te quiero tanto, lloré al perder el encanto de que no había niño Dios, lloré al decirle mi adiós a mi adorada escuelita, lloré por la noviecita que en El Silencio vivía, prometí volver un día y llegué tarde a la cita… Cada vez que enfrento la casa de mis viejos en Independencia 756 de Ceres se me parte el corazón y lloro de nostalgia. Un día, tomé el tren para emprender un largo viaje y comprendí que nunca iba a poder cortar un cordón umbilical que me unía al lugar que me vio nacer. Pinta tu aldea y serás universal.
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Seitenzahl: 101
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Barrera, Juan Raúl
Cien décimas para Ceres / Juan Raúl Barrera. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024. 200 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-363-5
1. Antología de Poesía. 2. Poesía. I. Título.CDD A861
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Barrera, Juan Raúl© 2024. Tinta Libre Ediciones
Hace ya muchos años en Ceres, era yo un adolescente y despuntaba la década del 70. En una oportunidad había acompañado a mi papá a una carpintería (para quienes compartieron esa época, la de don Pedro Masacessi) y mientras lo esperaba me movía en la vereda con la inquietud de mi edad. En ese momento, pasó un muchacho que me dio una charla de cuatro o cinco minutos y tendría dos o tres años menos, al que nunca había visto en Ceres. Intercambiamos nombres, entre otros detalles: “Me llamo Juan”, dijo.
Juan Barrera, que de él se trata, tiene un origen muy humilde. Había llegado a Ceres hacía muy poco tiempo, venía de distintas zonas rurales: en su corta vida había pasado por estancias y tambos de la región, sus padres campesinos tenían una costumbre de vida nómade.
En Ceres pudo finalmente establecer su residencia por un buen tiempo, y para ganarse la vida trabajaba en lo que le salía. Así desarrolló distintas profesiones (fue peón de albañil, sodero, ladrillero, recolector de zapallos, y por supuesto fue un buen músico). No tengo dudas de que, pese a las privaciones que tuvo, fue un niño feliz porque esa vida campesina lo puso en contacto con la naturaleza en toda su extensión y eso lo transmite en muchos de sus versos.
Lo vi varias veces después por Ceres en distintos lugares y a mediados de esa década lo perdí de vista por casi 40 años, hasta que una noche lo reencontré en Buenos Aires, en la pizzería de un amigo común donde nos habíamos reunido unos ceresinos. Juan llegó con su guitarra al hombro y esa noche nos deleitó con varias canciones y también algunos de sus poemas dedicados para nuestro pueblo, demás está decir que nos emocionó hasta las lágrimas. Allí me encontré con un juglar, porque ese es el calificativo que le doy.
Hoy tengo el gran gusto y honor de prologar un libro de poemas de su autoría que, desde ya anticipo, ¡no tiene desperdicio! Más allá de que se nota lo mucho que ha leído, Juan es por sobre todo un autodidacta, un hombre que se hizo a sí mismo; por eso y por su alma guitarrera: más que poeta, reitero, yo lo llamaría juglar.
En estas páginas se encontrarán con una espléndida descripción del Ceres que yo dejé al marcharme y que, obviamente, se parece en mucho al que dejó Juan al partir muy poco tiempo antes que yo. Muchos de los poemas son décimas, una especialidad de él, y no dejo de sorprenderme por la claridad y la belleza de sus versos.
Fuera de estos poemas para Ceres, sus barrios y las colonias que lo rodean, nos encontraremos con una evocación para algunos hermosos personajes de Ceres, y hay un sentido poema para un sobrino que perdió la vida víctima de la inseguridad que carcome al conurbano bonaerense. Finalmente, hay un magnífico y triste relato que describe una dolorosa situación que le tocó vivir cuando cumplía con el servicio militar.
Debo decir que me impactó y emocionó mucho la lectura de esta obra que desde ya los invito a leer.
Sergio DíazLa ciudad de Ceres, provincia de Santa Fe, fue fundada el 1 de julio de 1892 por Vicente Casares y Tristán Malbrán. Estos dos jóvenes emprendedores formaron parte de la Sociedad Anónima Colonizadora Argentina, que había sido fundada en 1888. Una vez afianzada dicha sociedad, Casares se dedicó a la agricultura y la ganadería y fue uno de los pioneros de la industria lechera en argentina (fue fundador de La Martona).
Vicente Lorenzo del Rosario Casares nació en Buenos Aires un 10 de agosto de 1844; era hijo de Vicente Eladio Casares y Rodríguez Rojo y María Ignacia Martínez de Hoz y Fernández Agüero. Su familia era adinerada y tenía una larga tradición en el país. Don Vicente hijo fue un importante político y se desempeñó como diputado nacional y presidente del Banco de la Nación Argentina. Murió en Buenos Aires el 11 de noviembre de 1910.
Tristán Malbrán nació en la ciudad de Córdoba (Argentina), el 4 de marzo de 1841. Sus padres fueron Manuel Malbrán y Petrona Pastor. Desde joven trabajó en el banco de Samuel Lafone en Montevideo; años más tarde resolvió dedicarse al estudio de la economía y las finanzas. Malbrán fue un destacado político argentino desempeñándose como diputado nacional, senador nacional y ministro de Hacienda. Murió en Buenos Aires el 24 de julio de 1904.
Casares y Malbrán fueron quienes impulsaron la creación de la colonia Ceres, con el objetivo de promover la colonización y el desarrollo agrícola en la región. Dicha colonia se estableció en tierras que pertenecían a los pueblos originarios.
También fueron fundadores de Hersilia y Selva.
Hersilia fue fundada por Vicente Casares y Tristán Malbrán en 1887. Ellos compraron las tierras de la región y, al llegar el ferrocarril en 1888, formaron la Sociedad Anónima Colonizadora Argentina para venderlas. En 1891, Rodolfo Brühl realizó el loteo y, el 1 de julio de 1892, el gobernador de la provincia de Santa Fe, Juan M. Cafferata, firmó el decreto que aprobaba el trazado de la colonia y el centro urbano de Hersilia. El nombre de la localidad se eligió en honor a doña Hersilia Lynch, esposa de Vicente Casares.
La fundación de Selva (Santiago del Estero) no se atribuye a una sola persona. En 1892, la Sociedad Anónima Colonizadora Argentina adquirió tierras en el sur de la provincia de Santiago del Estero, con el objetivo de establecer una colonia agrícola ganadera en la región. La colonia fue fundada el 1 de julio de 1892 y se le dio el nombre de Selva, en honor a la esposa de uno de los fundadores de la sociedad. La colonia tuvo un crecimiento rápido en sus primeros años, y para 1910 ya contaba con más de mil habitantes. Selva fue declarada municipio en 1938, y es hoy una ciudad próspera con una rica historia y cultura, y es también un popular destino turístico.
Bendigo a aquel que eligióa esas tierras labrantías, y con el nombre de Hersiliapara siempre bautizó, Ceres, hermana mayor,la más linda de las tres. Y… Selva, por ser tal vezen edad la más pequeña, se les pegó a las gemelasjuntitas desde el comienzo, hallándose en su universojuntas con la santiagueña, dieron hijos a la tierraque se hicieron trotamundos, morenos y rubicundoscomo quiso Dios un día, hermosas las tres Maríasde donde yo soy oriundo.
Tengo el gran orgullo de que mis ojos vieron por primera vez la luz en Ceres. “No es lo mismo nacer en cualquier parte ni es lo mismo saber que no saber”, dice el padre Julián Zini en su magnífica obra Memorias de la sangre. Crecí y me educaron mis padres bajo el concepto de Dios, patria y hogar; a los dieciocho años me largué al camino dejando atrás mi patria chica, anduve mucho, admiré mucho otros paisajes y las distintas costumbres, pero nunca hallé el lugar ideal, y digo hasta el cansancio que nunca corté el cordón umbilical con mi pueblo amado.
No en vano todo aquel que pasa por Ceres queda sorprendido y obnubilado, deseoso de volver para descubrir los encantos peculiares que atraen subliminalmente a los visitantes. Solamente un poder divino puede engendrar esos raros sortilegios que tiene mi pueblo, lugar cosmopolita por excelencia, que carga sobre sus hombros esos avíos étnicos que ancestralmente lleva arraigada y conserva ese gran crisol de razas que pulula en toda la región.
Ceres está a 31°34’00” S de latitud y cuenta con alrededor de 25.267 habitantes. Está situada a 86,88 metros sobre el nivel del mar, a 700 km de la Capital Federal, a 250 km de la capital provincial y geográficamente ubicada en el centro del país, ya que está equidistante de las repúblicas vecinas. Está a la vera de la ruta internacional 34. Mi ciudad está ubicada en un lugar neurálgico, propicio para que una vasta zona se abastezca en ella; lleva el nombre de una diosa romana de la agricultura, que era considerada la protectora de los cultivos y se creía que tenía el poder de influir en la fertilidad de la tierra.
El 5 de diciembre de 1961 queda declarada oficialmente ciudad; estuvo presente el gobernador Carlos Silvestre Begnis, que puso en funciones al interventor municipal José Carnielli. También se inauguró el hospital y la Escuela 1103 del barrio Quilmes.
Un lugar cargado de historia, teniendo en cuenta que esas tierras primitivamente pertenecían a pueblos originarios, entre ellos los comechingones, los sanavirones, los mocovíes y los tobas; por lo tanto, cuando comenzaron a colonizar, ellos, al verse corridos de la zona donde estaban, reaccionaron, y los pobladores ceresinos tuvieron que soportar constantes embates por parte de los mal llamados indios. En 1900, el ejército argentino proveyó sables para que los colonos, mal llamados gringos, corrieran a los indios. No hace mucho tiempo, a pocas leguas de Ceres, se encontraron restos de comunidades aborígenes. Geográficamente, hay que ubicarse entrando al saladillo, donde el río dulce corre mansamente y la gente costera conoce sus adyacencias e influencias.
Por la bondad de sus tierras, está considerada como punto final de la denominada pampa húmeda. Estamos en un lugar donde las especies arbóreas y los pastizales entran a desdibujarse haciendo un degradé natural; los eucaliptos son reemplazados por los quebrachos, los palos borrachos por los chañares y los paraisales dejan su lugar para darle paso a una agreste e inconmensurable extensión de bosques; de ahí en más entran a tallar los salitrales, los espartillales y los tacuruzales.
No solo un mojón o un puesto policial indican el límite provincial, sino que la naturaleza misma hace sentir el cambio en la forestación y en el clima. Desde mi casa paterna, cruzando a campo traviesa hay escasos nueve kilómetros a Santiago del Estero, provincia que quiero y respeto mucho porque es el lugar donde nació mi madre y mis cuatro abuelos, todos ellos eran santiagueños y cuando llegaron a Ceres eran quichuas parlantes.
Con la llegada del tren a todas estas zonas, se anunciaban vientos de cambio y la expansión ferroviaria traía aparejado un notable incremento poblacional. Esto se dio a nivel país y nosotros no fuimos la excepción: desde 1888, los primeros trabajadores ferroviarios empezaron a poblar a la vera de las vías. Ellos aportaron sus gotas de sudor para que la estación de mi pueblo esté en pie; posteriormente levantaron ramales, hicieron playas de maniobras, desembarcaderos y galpones de máquinas.
Sería imposible dimensionar la cantidad de gente que pasó por la estación de mi pueblo. Las anécdotas y las vivencias son inconmensurables; en épocas de gloria de los ferrocarriles argentinos, el paso del tren era la vida misma, todo dependía de él, ya sea de ida o de vuelta bajaban, aunque más no sea para estirar las piernas.
Por ahí también pasamos los que íbamos para el sur en busca de un destino promisorio; también los que iban a levantar la cosecha (peones golondrinas), los frutos del país también viajaban en tren. Mi padre bajaba los rollizos que venían de Santa Silvina (Chaco), hacían la maniobra en el playón y con una chata tirada por seis caballos, los llevaba al corralón de casa Bauler. También desembarcaron aquellos extranjeros, que espantados por la cruenta guerra vinieron en busca de un futuro mejor. Acá se mezclaron con los criollos y en un esfuerzo mancomunado hicieron grande mi ciudad.
