Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El Nueva York de mediados del siglo XIX es una ciudad fascinante, insolente y joven, donde abunda el dinero fresco, gentes llegadas de medio mundo e ideas innovadoras como el telégrafo, el daguerrotipo, la anestesia, el espiritismo, el ocultismo o las mesas parlantes. En el circo de Silas P. Swift se ocultan una madre y su hija -Cordelia y Gwenlliam Preston-, y allí tratan de encontrar consuelo para sus corazones heridos mientras provocan el entusiasmo del público en la Gran Carpa: Cordelia es una oscura mesmerista con poderes curativos; y su hija Gwenlliam, una aplaudida acróbata y funambulista. Pero en Londres el viejo y depravado duque Llannefydd, víctima del resentimiento y de la bilis que lo ahoga, está dispuesto a pagar diez mil libras a quien asesine a Cordelia y secuestre a su hija. De forma inesperada e irremisible, las dos mujeres se verán mezcladas con las bandas de Nueva York y el departamento de policía.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 765
Veröffentlichungsjahr: 2013
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Barbara Ewing
Circo de fantasmas
Apunte histórico
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
Bibliografía
Agradecimientos
Créditos
Para Bill, una vez más
A mediados de la década de 1840, las publicaciones en prensa, más bien morbosas, sobre un escandaloso asesinato en la alta sociedad de Londres (vinculado de forma poco convincente a la sospechosa práctica de mesmerismo y a la sumamente respetable reina Victoria), forzaron a la protagonista principal de esta historia, una mesmerista absuelta del asesinato por un jurado, pero marcada irrevocablemente por la cobertura mediática de los acontecimientos, a abandonar Londres e ir a América con el grupo de personas, más bien extraño, al que ella llamaba «su familia».
Se sabe que con ellos, por razones del corazón, viajó el inspector Arthur Rivers, uno de los principales detectives británicos de la recién formada división de policía con sede en Scotland Yard, cerca de Whitehall.
Las hermanas Fox, pioneras en el culto a las mesas parlantes y que afirmaban hablar con los difuntos, fueron un fenómeno americano en el siglo XIX, avivado por la prensa americana. Se cree que el opio estaba detrás de todo. El alcoholismo y los escándalos llegaron más tarde.
Gallus Mag fue un personaje muy conocido del hampa de las bandas de Nueva York en el siglo XIX. Y todavía se puede encontrar algún que otro reportaje sobre la interpretación de la señorita Ray, del Teatro Real de Nueva Zelanda, en El Jefe de los bandidos.
Y aunque Sigmund Freud no forma parte en sí de esta historia, es interesante destacar que visitó América, con sus teorías sobre el psicoanálisis, en el año 1909. La visita no fue un gran éxito. Más adelante, Freud describiría a América como un «gigantesco error».
En su gran casa, en la zona más elegante de Londres, el viejo y depravado duque Llannefydd se sirvió whisky y gritó:
—¡Encuentren a esa ramera! ¡Encuentren a esa furcia! ¡Encuentren a esa actriz!
—Nuestras investigaciones, milord, han demostrado que hace algún tiempo que se marchó a América y, siento tener que informarle de esto, se incorporó a un circo.
—¿Qué quiere decir con sus «investigaciones»? ¡Estaba ahí, en el Times, a la vista de todo el mundo, para que se rieran!
—En efecto, el asunto fue divulgado por la prensa, señor.
—¡Pues encuentren a esa ramera!
—América es un país muy extenso y anárquico, señor.
—Bien, si es extenso y anárquico la furcia se encontrará en alguno de los lugares más obvios, ¿no? Washington, Nueva York, Boston. ¿Acaso cree que no conozco la geografía de esa desleal y revolucionaria tierra de traidores, patanes irlandeses y demócratas? ¡Claro que la puta actriz se iría allí! Ella mató a mi hijo.
El señor Doveribbon padre, acaudalado abogado al servicio de la nobleza, hombre corpulento acostumbrado a la comodidad pero a quien no invitaron a sentarse en aquella reunión, se aclaró la voz e intercambió una mirada de preocupación con su hijo, el señor Doveribbon hijo, reputado abogado y hombre de mundo.
—Milord, creo que debe descartar esa idea, pues todo el mundo reconoce y sabe que a su hijo lo asesinó su propia esposa.
El duque resopló y gesticuló al mismo tiempo que tiró la botella de whisky al suelo de mármol, haciéndose añicos y derramando su dorado contenido sobre las elegantes botas del señor Doveribbon hijo, horrorizando aún más al elegante joven. Un empalagoso olor a whisky emergió y un sirviente apareció, como si de un milagro se tratase, con una escoba, otra botella y cara de mártir.
—Puede que lady Ellis matara a mi hijo «literalmente», que empuñara la daga, ¿pero quién mató a mi hijo «moralmente»? ¡Esa furcia! ¡La actriz!
Tal vez fuese incongruente oír la palabra «moral» en aquella habitación de canallas en Mayfair. No solo por el duque, también por el sirviente, el abogado, el hijo del abogado y el doctor, que intentaba escuchar tras la puerta pasando desapercibido. Ninguno de ellos habría reconocido el significado de la palabra «moral» aunque lo tuvieran delante de sus narices.
—Quiero a esa puta actriz eliminada y quiero que la «hija», sea cual sea su nombre, mi sangre, mía, mi nieta vuelva conmigo. Es mía. Ella debe cuidar de mí. Ella es la hija de mi hijo a pesar de que su madre sea una furcia —bebió whisky de la segunda botella—. Estoy solo —las lágrimas empañaron su astuta mirada y rodaron por su astuto rostro—. La quiero aquí, conmigo —y entonces las lágrimas se le secaron tan rápido como habían aparecido—. ¡Y, cuando lo consiga, podré frenar las repugnantes y avariciosas intenciones del primo de mi hijo! ¡Ese buitre que está esperando a que yo muera para heredar Gales!
El señor Doveribbon padre se aclaró la voz.
—La muchacha es descendiente pero es mujer, milord. Según la ley ella no podría heredar ninguna parte de Gales que usted posea.
—¡La antigua y noble familia de Llannefydd está por encima de la ley! ¡Yo cambiaré la ley! Esa muchacha tiene mucho más sentido común que su hermana, por quien hice mucho, y que ese estúpido chico caprichoso… —El whisky volvió a salir salpicado—. ¡Ella tendrá que volver conmigo pues ese es mi derecho! ¡Y la madre debe ser eliminada!
—Cuando dice «eliminada», señor, quiere decir…
—¿Qué cree que quiero decir, imbécil? ¡Seguro que se puede pagar a un destripaterrones irlandés para que encuentre un rincón oscuro en esa tierra de traidores! ¿Es que tengo que explicárselo todo? —Entonces observó al abogado y a su hijo con una mirada maliciosa contenida y el tono de su voz se volvió suave—. Mi dinero, por supuesto, está a su disposición. Todos los gastos. Pagaré cualquier factura. Altos honorarios. ¡Solo tiene que encontrar a esa puta actriz! ¡Y traerme a mi nieta!
Ya que se estaba hablando de tal cantidad de dinero, el señor Doveribbon padre, consideró:
—Tendría que mandar a mi hijo a América y él es un inglés con buena presencia.
El señor Doveribbon hijo, con sus botas manchadas de whisky, parecía algo inquieto. En efecto tenía mucha presencia. A decir verdad, él mismo sabía que era incluso irresistiblemente atractivo, pero no era estúpido y, aunque su padre no lo sabía, estaba muy involucrado en una dudosa compra de terrenos en una zona de viviendas recién construidas alrededor de Edgware Road. Por lo tanto tenía sus propios planes y en ninguno estaba viajar a ningún lugar de América.
—Encontrar a la madre y a la hija —continuó su padre— será una tarea larga, ardua y costosa.
—¡Elimine a la madre! ¡Esa furcia con el pelo blanco y negro! Si ella interfiere nada saldrá bien. ¡Elimine a la madre y tráigame a mi nieta!
—Necesitaremos un buen anticipo a cuenta de los gastos, señor.
Otra vez aquella mirada maliciosa y astuta.
—¡Nada de míseros anticipos! ¡Elimine a la madre, tráigame a mi nieta y le daré diez mil libras!
Los Doveribbon casi se desmayaron ante tal declaración. «¿Diez mil libras?». Diez mil libras era una fortuna insólita, incluso en el turbio mundo de la abogacía.
No obstante, el instinto incitó al señor Doveribbon padre a rechazar aquella particular colección de órdenes. El duque de Llannefydd era uno de los nobles más acaudalados y destacados de Inglaterra, sin duda, pero también se le conocía por ser de poca confianza, incluso entre aquellos en los que la falta de credibilidad era lo más natural. Y «eliminar» era algo que el señor Doveribbon dejaba a hombres más bárbaros. Sin embargo, las palabras «diez mil libras» resonaban en su cabeza. Además, su hijo tenía mucha presencia (de pronto, los sueños del señor Doveribbon se dispararon) y podría ser que incluso causara buena impresión a la heredera. Codicia e instinto luchaban en la mente del señor Doveribbon padre.
Venció la codicia.
En Nueva York, toda clase de personas (que se referían a sí mismas como «sin clase») acudían a El Asombroso Circo de Mr. Silas P. Swift, que tenía algo de salvaje, de exótico, de vulgar y de peligroso. En la impetuosa, abarrotada, ruidosa y lucrativa ciudad de Nueva York, El Asombroso Circo de Mr. Silas P. Swift era el más conocido y el más visitado. El alegre y llamativo banderín que tenía sobre la Gran Carpa se podía ver desde Broadway y los carteles del circo eran más grandes, más llamativos y más atrevidos que cualquier otro.
¡PASEN Y VEAN!
¡PASEN Y VEAN!
EL ASOMBROSO CIRCO DE MR. SILAS P. SWIFT
presenta
a la ASESINA absuelta de LONDRES:
¡MISS CORDELIA PRESTON, LA FAMOSA MESMERISTA!
Y a su hija miss Gwenlliam Preston,
¡SENSACIONAL ACRÓBATA!
Acompañadas por los jinetes y los artistas con más talento del mundo del circo.
Y ANIMALES SALVAJES como
¡UN PELIGROSO LEÓN AFRICANO!
¡UN ENORME ELEFANTE AFRICANO!
¡UN CAMELLO DE ARABIA!
¡CABALLOS DANZARINES!
¡MAGNÍFICOS ACRÓBATAS, COWBOYSMEXICANOS!
¡INTRÉPIDOS TRAGAFUEGOS!
¡PAYASOS Y ENANOS!
¡El espectáculo más fascinante jamás visto en nuestro país!
Solo por 1 dólar (niños 75 centavos)
«Asesina y mesmerista» eran las palabras que resonaban, igual que «peligroso león africano»: la multitud, y los dólares, invadía la Gran Carpa del señor Silas P. Swift, de enormes paredes de lona y suelo de suelo de serrín y asientos de tablas de madera para mil quinientas personas. Cerca de allí, los vendedores ambulantes montaban tenderetes para vender ostras, cerveza, zarzaparrilla y grandes pasteles.
Aquella tarde acudieron los concejales de la ciudad acompañando a sus hijos vestidos con elegantes atuendos. No muy lejos de ellos, pero en la parte de atrás, en la sombra, se encontraban los miembros de la banda criminal más despiadada de Nueva York, sentados de forma poco elegante sobre los precarios asientos de madera, riendo y comiendo de los grandes pasteles. Llevaban camisas oscuras y pendientes de oro en las orejas.
El domador de leones ya había escapado de una muerte segura (tal y como hacía dos veces al día), el elefante barritaba con fuerza mientras que los payasos hacían malabarismos con bolas de colores y el jefe de pista del circo, con chaqueta roja y sombrero, hacía chasquear su látigo. Los tragafuegos lanzaban llamas al público, que apestaba a sudor, excitación y cerveza y que, a su vez, inhalaba el fascinante y particular olor a animales salvajes y a serrín y a lonas y a lámparas de aceite y a excrementos y a fuego: mientras que la banda de música tocaba marchas patrióticas. Y todo el tiempo la troupe del circo, como de costumbre, se hacía comentarios entre ellos continuamente sobre el público, entre los gritos de «¡alehop!» y «¡hurra!» y los rugidos del león. El circo conseguía entretener a los espectadores, que quizás no sabían que ellos también eran entretenidos. Tanto las hermosas muchachas como los presuntuosos concejales y los malhablados gánsteres, puede que no se hubiesen dado cuenta de que estaban siendo observados pero, en efecto, lo estaban. Los artistas se llamaban entre sí con su propio lenguaje circense: una mezcla de nuevo argot americano —busca-nido, engañabobos—, y se comunicaban con gestos más bien teatrales que podían haber parecido parte del espectáculo, y con gritos en español de los charros, los salvajes y hábiles cowboys mexicanos. Uno de los tragafuegos fue quien señaló a los concejales de la ciudad, aquellos hombres con tantos favores que otorgar, y uno de los enanos corrió derecho hacia los escalones de madera que había entre el público y plantó un beso en la mejilla de uno de ellos. Pensara lo que pensase el concejal sobre aquel gesto espantoso y poco fragante, saludó, por supuesto, al público aceptando aquel honor y rio enérgicamente mientras que los acróbatas se balanceaban más y más alto y las luminosas lámparas de aceite brillaban por todas partes y se reflejaban de vez en cuando en los relucientes pendientes y cruces de oro que los miembros de la banda criminal llevaban colgados alrededor del cuello, a pesar de que se habían sentado en la parte de atrás, lo más alejados posible. Y sentado entre los miembros de la banda criminal se encontraba el miembro más alto de todos ellos: de cabellos rebeldes y con gruesos tirantes; solo si te fijabas detenidamente podías darte cuenta de que la figura alta y salvaje era la de una mujer. Y solo si por casualidad te fijabas muy muy detenidamente, podrías haber visto a la mujer de cabellos rebeldes y a uno de los concejales de la ciudad (una de las más insólitas combinaciones) intercambiar un saludo con la cabeza casi imperceptible. Los enanos corrían y daban volteretas y los charros galopaban más y más rápido dando vueltas por la pista. Pasó el gruñón elefante africano barritando y pasaron los payasos con la cara pintada de blanco y sus grandes sonrisas rojas pintadas y sus falsas narices rojas y sus exagerados zapatos negros, y la banda de música con su tuba y sus trompetas y sus tambores sonando.
Y Silas P. Swift era, sobre todas las cosas, un director de espectáculos teatrales incomparable.
De repente dejó de sonar la música. De repente, los payasos, los charros, los enanos y los tragafuegos atenuaron las luces de las lámparas y, de repente, los acróbatas volaron como difusos y silenciosos pájaros sobre el público. Y, entonces, su estrella del espectáculo, su hermosa, escandalizadora y desgraciadamente famosa mesmerista emergió lentamente de las sombras desde el fondo de la Gran Carpa. El público tomó aire y en la penumbra vislumbró a una hermosa mujer madura cubierta por largos y flotantes pañuelos. Y mientras los tambores redoblaban suavemente, ella alzó los brazos, los largos y centelleantes pañuelos cayeron de su cabeza y todos vieron que tenía unos ojos enormes y el rostro pálido. Y vieron que tenía un extraordinario mechón blanco entre el cabello negro, como si alguna vez hubiese sufrido una conmoción que hubiese vuelto anciano, sabio o fantasmal parte de su pelo. Entonces, una extraña voz ronca, que se utilizaba en grandes espacios, anunció:
—¿A quién puedo ayudar a aliviar su dolor?
Y, pensaran o no que se trataba de una asesina, algunas personas avanzaron o algún familiar las acercó. Habían oído hablar de los poderes del mesmerismo y eran personas que querían milagros. Desde las sombras, la mesmerista miró un instante a los acróbatas como si esperase una señal. Y, entonces, señaló a un hombre pálido que se encontraba entre la muchedumbre con los hombros encorvados por el dolor.
El hombre se acercó, nervioso. La mesmerista se adelantó unos pasos, sentó al hombre en una silla que había aparecido de forma misteriosa y le habló con dulzura y en voz baja. Qué gran esfuerzo tuvo que hacer el público para oír sus palabras. ¿Fueron «deje que yo me ocupe de usted» o fue algún disparatado conjuro? Y, entonces, la enigmática mujer, sin apartar sus ojos del hombre, empezó a mover los brazos una y otra vez justo por encima de él: una y otra vez, una y otra vez, movimientos amplios, enérgicos y rítmicos justo por encima del cuerpo, sin tocarle, respirando profundamente una y otra vez, totalmente concentrada, haciendo que su propia energía penetrase en el dolor del hombre e intentando sacarlo fuera, expulsarlo. ¿Parecía que le susurraba? No estaba claro. La enorme, calurosa, abarrotada, hedionda y mal ventilada carpa permanecía en silencio: el público estaba hechizado. Pudieron ver cómo el hombre pálido se dormía, observaron el ritmo enérgico pero suave de los brazos de la mujer. Movía los brazos una y otra vez, sin tocarle. Una y otra vez.
Y, al final (porque la mesmerista había escogido al paciente con cuidado y con la ayuda de su hija, que volaba sobre el público en el trapecio, ya que sabían que no podía curar miembros rotos o tumores cancerosos: solo podía aliviar el dolor), al final, entonces, el hombre se despertó con el rostro despejado y el cuerpo enderezado. Perplejo y aliviado, el hombre miraba a su alrededor, sorprendido. Y, de pronto, mientras le acompañaban fuera de la pista del circo, sonriendo levemente sin dar crédito, volvieron las brillantes luces y los payasos a dar volteretas y el león rugió y los acróbatas volaban y hacían piruetas en el aire repentinamente iluminado.
—¡Alehop! ¡Alehop! —exclamaban mientras se balanceaban de un trapecio a otro y la banda tocaba música alegre.
Y cuando el público miró de nuevo al centro de la pista, ya no había nadie.
—¿Era un fantasma? —susurró a sus compañeros uno de los hombres con pendiente de oro, medio en pie, inseguro, y su voz sonó casi como la de un niño.
—Siéntate, Charlie. Maldito estúpido —dijo la mujer alta y salvaje, con los tirantes sujetándole la falda, y se inclinó hacia él dándole un tortazo—. ¡No es más que un truco!
Sin embargo, a la luz de las lámparas, el rostro de Charlie estaba pálido. Bajo el sonido de la banda de música, ella le susurró con malicia al oído:
—«¡Que el diablo te vuelva negro, pálido bobo! ¿De dónde has sacado esa cara de ganso?»1.
Pero él se la quitó de encima y escupió tabaco.
En aquel momento los charros galopaban por la pista haciendo pirámides humanas, peligrosas y hábiles, cada vez más rápido, hablándose unos a otros en español.
—Putos extranjeros —dijo Charlie escupiendo tabaco de nuevo, aquella vez sobre las paredes de lona de la carpa. Su mirada se perdió en el lugar donde había estado el fantasma, pero la hermosa y enigmática figura había desaparecido.
El New York Times publicó:
Las informaciones que nos llegan desde Londres describen a Cordelia Preston, mesmerista, como una mujer escandalizadora y profundamente inmoral que, según se dijo, mató al padre de sus hijos, lord Morgan Ellis, heredero del duque de Llannefydd, quien posee, parece ser, la mayor parte de Gales. (Nos preguntamos cómo se sentirán los galeses). Actualmente se sabe que la verdadera asesina fue la esposa de lord Ellis, prima de la reina Victoria. Pero, tal y como nosotros sabemos muy bien, en nuestra amada y democrática república, aquellas personas cercanas a la monarquía están protegidas por la misma. En este caso hasta la verdad fue imposible de ocultar, pues ladyEllis intentó matar también a Cordelia Preston.
No todos los aspectos de este asunto han salido a la luz, y no hay duda de que Cordelia Preston, absuelta del cargo de asesinato, es en efecto inmoral y, desde luego, escandalizadora: se sabe que ahora trabaja como mesmerista en El Asombroso Circo de Mr. Silas P. Swift aquí, en Nueva York, hecho que habla por sí solo. Pero este periódico también ha averiguado por casualidad que tanto Cordelia Preston como su hija, Gwenlliam Preston, acróbata, habitualmente ofrecen de forma gratuita sus servicios como mesmeristas, anónimamente, a uno de los hospitales de Nueva York que hace uso del mesmerismo como anestesia durante dolorosas operaciones. Ambas trabajan junto con monsieur Roland, conocido mesmerista que fue formado por el mismísimo doctor Mesmer, y hemos descubierto que tiene mucho éxito ayudando a los pacientes.
Sea cual sea la historia completa, permítannos reiterar, como hacemos tan a menudo, que Dios bendiga a América, tierra de la libertad, y, al menos, permítannos estar agradecidos a Cordelia Preston y a su hija por sus buenas obras.
El señor Silas P. Swift (que se había encargado de poner en conocimiento del Tribune las anteriormente mencionadas buenas obras) se frotó las manos de regocijo mientras que la cifra de asistentes al circo crecía cada vez más. Se había arriesgado al traer a las escandalizadoras señoritas Preston a América y eso le había dado resultado más allá de todas sus expectativas. Él era consciente de que aquello había funcionado muy bien, al menos en parte, porque la señoritaCordelia Preston, que había trabajado durante mucho tiempo como actriz, y la señorita Gwenlliam Preston, a la que habían educado como a la hija de un noble, tenían una gracia y una dignidad en el porte que no coincidían con las escabrosas historias que las rodeaban. La hija era muy guapa y se estaba convirtiendo en más que una excelente acróbata y funambulista, pero su madre, la mesmerista, con aquel llamativo mechón blanco en medio de su oscura melena, era de una belleza encantadora: tenía algo en su rostro casi translúcido, en sus pómulos y en sus ojos oscuros y misteriosos.
Entonces, la multitud llegaba a raudales dos veces al día. Cientos y cientos. Miles. Todos respirando el fascinante olor a serrín, a boñiga de elefante, a lona, a animales salvajes, a lámparas de aceite, a barro y a entusiasmo. Y dos veces al día, en un pequeño carromato situado en medio del círculo que formaban los demás carromatos, detrás de la Gran Carpa, la señorita Cordelia Preston, inmoral asesina absuelta, se ponía su traje suelto y vaporoso y se colocaba los largos y flotantes pañuelos sobre su pálido rostro. En ocasiones, un inesperado y doloroso recuerdo la atrapaba y tenía que inclinarse, jadeando por la conmoción y, su hija, Gwenlliam, apartaba rápidamente los trajes y los pañuelos y los zapatos y el largo balancín para llegar hasta su madre. Por un instante las dos se acunaban ligeramente, abrazándose para darse consuelo. Una vez, Cordelia encontró a su hija, siempre tan tranquila y tan sensata, llorando desconsoladamente, vestida con su reluciente y brillante traje de acróbata en la pequeña y abarrotada caravana. De inmediato la abrazó con fuerza, respiraron ambas a la vez y creyeron escuchar un sonido lejano: «shshshshshshshshshsh». Creyeron oír el mar en una larga, larga playa y creyeron oír a unos niños llamándose en voz alta: «¡Manon! ¡Morgan!».
«Manon».
«Morgan».
Los hijos de Cordelia. La hermana y el hermano de Gwenlliam.
Y entonces se vistieron y abandonaron el pequeño carromato. Y permanecieron muy unidas y sonrieron y bromearon y hablaron mientras se acercaban al elefante, de grandes orejas y pequeños y vivos ojos. Se unieron a los payasos y a los charros y a los tragafuegos y a los enanos y a los demás acróbatas en la parte de atrás de la Gran Carpa mientras que el peligroso león rugía y, de repente, el impredecible elefante barritó con fuerza y los mexicanos llamaron en español a sus caballos. Y en lugar del sonido del mar, Cordelia Preston y su hija Gwenlliam oyeron una vez más el sonido de los gritos estentóreos y entusiasmados de la enorme y bulliciosa multitud de Nueva York que se encontraba dentro, esperando la magia del circo.
1Macbeth. Acto 5, escena 3. (N. de la T.).
El experimentador llegaba tarde aunque, en realidad, en aquel mismo instante, corría a lo largo de Cambridge Street hacia el hospital general de Massachusetts tan rápido como sus piernas de dentista se lo permitían, sujetando con firmeza contra su pecho una botella de forma irregular.
En el anfiteatro había un sonoro murmullo de impaciencia en el aire: nunca nadie había hecho esperar al doctor John C. Warren, eminente y respetado cirujano. Por eso, los demás cirujanos eminentes de Boston presentes entre el público golpeteaban sus dedos en sus bastones mientras que los estudiantes de medicina cuchicheaban entre ellos con entusiasmo pero en voz baja, por respeto. Tal vez todo aquello era una patraña y les habían reunido allí para nada.
Dos figuras imperturbables, con las líneas de sus oscuros ojos pintadas, observaban el procedimiento en silencio. Aquellas figuras estaban pintadas en el exterior de dos sarcófagos egipcios más bien estropeados, puestos en posición vertical en la parte trasera de la plataforma del anfiteatro. Si aquellos antiguos sarcófagos colocados de aquella forma contenían o no los restos de cuerpos muertos desde hacía mucho tiempo y de un lugar muy lejano, nadie lo dio a conocer.
Algunos de los cirujanos saludaban con un asentimiento a un señor francés que estaba sentado entre ellos, solemne, erguido e inmóvil: el distinguido mesmerista clínico monsieur Alexander Roland, extranjero, claro, pero al menos era francés, no inglés, y un profesional muy respetado en algunos hospitales de Boston y Nueva York. Monsieur Roland provocaba un gran interés entre algunos de los médicos: durante muchos años en numerosos países había cosechado un gran éxito por hacer soportables dolorosas operaciones para los pacientes haciendo uso del mesmerismo como anestesia. El mesmerismo como anestesia, a pesar de que muchos médicos rehusaban tener algo que ver con aquello, no se menospreciaba del todo en aquellas nuevas grandes ciudades. Monsieur Roland trabajaba a veces con el mismísimo doctor John C. Warren allí, en Boston. Muchos de los cirujanos que estaban presentes aquel día, y algunos de los estudiantes con permiso especial, habían ido a ver al mesmerista más de una vez, para observar la concentración total del anciano francés sobre el paciente. «Deje que me ocupe de usted», decía amablemente y, entonces, sin apartar la mirada del paciente, comenzaba a hacer movimientos con los brazos y las manos: los movimientos mesméricos largos, enérgicos y repetitivos justo por encima del cuerpo del paciente, sin llegar a tocarle nunca, una y otra vez, una y otra vez, su respiración y la respiración del paciente igualándose poco a poco, hasta que el paciente («¡créanlo o no!», decían más tarde quienes lo habían visto) caía en una especie de trance. Entonces comenzaba la operación. Si el paciente se movía durante la misma, monsieur Roland volvía a comenzar con sus movimientos largos y rítmicos una y otra vez y el paciente se calmaba y se volvía a dormir. Y sin embargo, y sin embargo, en realidad había cierta inquietud entre muchos médicos sobre todo aquel asunto: habían visto lo que habían visto, pero el mesmerismo ni era ciencia ni se podía explicar. No obstante, algunos de ellos al menos admitían que era mejor que los tragos de brandy y los gritos.
Aquel día no le habían pedido a monsieur Roland que mesmerizase al paciente antes de la operación, pero él estaba particularmente interesado en los procedimientos que iban a llevarse a cabo aquel día.
En aquel momento, en la plataforma del anfiteatro, el doctor John C. Warren estaba de pie junto al paciente, al que habían sujetado con correas a un sillón de operaciones. Bajo la mandíbula del paciente, por donde tenía la camisa abierta y preparada, se apreciaba un bulto de tamaño considerable. El paciente era un obrero neoyorquino a quien se dirigían, de manera muy formal en aquel escenario público, como señor Abbot. El señor Abbot tenía en el rostro la mirada vacía, pero podía sentir cómo su corazón latía raudo.
El doctor John C. Warren miraba su reloj con impaciencia.
Todavía por Cambridge Street, dos hombres corrían: uno bajo y alto el otro. El bajo jadeaba y resoplaba de un modo un tanto alarmante, pues se le hacía difícil mantener el ritmo. El hombre alto, el antedicho dentista, aún portaba la botella de extraño aspecto en sus brazos y su capa ondeaba tras él mientras corría subiendo las escaleras de la entrada principal y más escaleras después para alcanzar la cuarta planta. Con el hombre bajo heroicamente no muy alejado de él, el dentista irrumpió en el anfiteatro del hospital y, tratando de recobrar el aliento y quitarse la capa al mismo tiempo, informó al cirujano de que estaba preparado. Los dos corredores habían llegado directamente del local del fabricante de instrumentos que había hecho la botella.
Entonces, el señor Morton, el dentista, habiendo recibido el permiso del imperioso cirujano con un asentimiento, presentó a su jadeante compañero de baja estatura al paciente.
—Señor Abbot, le presento al señor Frost —dijo el dentista.
El paciente parecía algo perplejo al observar a aquellos dos hombres desaliñados y a la extraña botella con un tubo que sobresalía. Pero el señor Frost, entusiasmado, le dio un fuerte apretón de manos.
—¡Joven amigo! He acompañado al señor Morton porque yo ya he probado este… eh… tratamiento —el señor Frost inspiró profundamente para relajarse después de tanto esfuerzo—. Ahora, joven amigo, ¡mire! ¡Solamente observe! —Emocionado, el señor Frost abrió ampliamente la boca y señaló hacia dentro intentando hablar al mismo tiempo—. ¿Ve este hueco? ¿Lo ve? ¿Lo ve? Eso era un diente. El dolor me estaba matando. Me daban ganas de suicidarme. Nunca había sentido ningún dolor así. Pero recibí ese tratamiento que le van a administrar a usted ahora y no sentí nada en ningún momento y no provocó ningún efecto adverso. ¡He firmado un documento confirmándolo! ¡Adelante, joven amigo, adelante!
—Gracias —dijo el señor Abbot tragando saliva.
Entonces, a la señal del cirujano le pusieron al paciente una cubierta de caucho a la altura del cuello. El señor Morton colocó el tubo que iba unido a la botella que tenía en brazos en los labios del señor Abbot y le pidió que respirase por la boca, a través de él.
—¿Está usted asustado, señor Abbot? —preguntó el cirujano.
El joven, valiente, negó con la cabeza. El señor Abbot confiaba en el doctor John C. Warren, pues le había explicado todo al detalle. Respiró por la boca tal como le habían ordenado.
A decir verdad, el señor Morton, el dentista, tenía miedo. Llevaba muchos meses experimentando, incluso consigo mismo. Sabía que si fallaba (cosa que él, no obstante, creía que no ocurriría), le arrestarían en aquel mismísimo anfiteatro médico por homicidio. La frente le transpiraba mientras ajustaba el tubo a la botella.
Y entre los silenciosos y atentos asistentes, monsieur Alexander Roland sabía muy bien lo que se estaba tratando de hacer. Había conocido a muchos estudiantes de medicina en Nueva York y en Boston que se dejaban llevar por lo que ellos llamaban alegremente «gas hilarante». Inhalaban solo una cantidad suficiente de gas «¡para ponernos alegres!», le decían. «¡Es como beber champán!», le contaban. Monsieur Roland había conocido a un hombre joven que inhalaba otro gas, óxido de nitrógeno, y que decía con gran euforia: «¡No paraba de reírme! ¡Sentía como si fuese el sonido de un harpa!». Monsieur Roland sabía hacía años que se estaban llevando a cabo experimentos.
—Tened cuidado con eso. —Era lo que siempre decía el viejo francés, y ellos le aseguraban que siempre tenían cuidado de inhalar la cantidad adecuada de gas para ponerse alegres o sentirse como el sonido de la música tal vez, pero nunca lo suficiente como para quedarse inconscientes, por miedo a no volver a despertar jamás.
El paciente respiraba a través del tubo que estaba unido a la botella, con el señor Morton junto a él. Las figuras pintadas de los sarcófagos egipcios permanecían imperturbables. Después de que pasaran algunos minutos escasos, observando la audiencia con mucha atención y muy en silencio, el paciente parecía haberse dormido. El señor Morton, sin apartar la mirada del paciente, hizo una señal de asentimiento al cirujano, que sostenía su bisturí por encima de la cubierta de caucho.
El cirujano se dirigió a la audiencia solo una vez y muy brevemente.
—Señores, como saben, esto es un experimento y no sabemos con certeza cuál será el resultado. Voy a extraer este gran tumor que, como ven, ha crecido bajo la mandíbula del paciente. No es una operación peligrosa pero sí extremadamente dolorosa.
Y, entonces, hundió el bisturí en la piel del cuello del hombre, pero con cuidado, sabiendo con exactitud dónde tenía que cortar y dónde no. Al instante brotó la sangre y todos los presentes en el anfiteatro esperaron oír un grito. Todos ellos habían oído, más de cien veces, los gritos, pues formaban parte de las operaciones hospitalarias.
No hubo gritos.
Habían suturado al paciente, limpiaron los últimos restos de sangre y el cirujano se lavó las manos en una palangana especial. El señor Abbot había balbuceado, hubo un momento en el que se agitó, pero no llegó a despertarse. En aquel momento no se movía y era difícil para la audiencia saber si aún respiraba. En el anfiteatro, el silencio era entonces como un grito: «¿Está muerto?». Ni una sola alma se movió o tosió. El sudor manaba de la frente del señor Morton, el dentista, que, al final, sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta para secarlo, aún sin apartar la mirada ni por un segundo del hombre que estaba sobre el sillón de operaciones. Sabía cuanto duraría la operación. Había medido la dosis con exactitud. Era el éter más puro que se podía conseguir. Volvió a guardar el pañuelo sin dejar de mirar en ningún momento al hombre durmiente.
—Señor Abbot —llamó sutilmente el señor Morton al paciente—. Señor Abbot.
Se movió un brazo.
Y entonces, por fin, el señor Abbot abrió los ojos. (Más adelante, el señor Morton contaría que, en aquel momento, casi expiró del alivio).
El cirujano se inclinó.
—¿Se encuentra bien, señor Abbot?
Asintió ligeramente.
—¿Siente dolor, señor Abbot?
Vieron cómo el paciente movía los labios y se los humedecía con la lengua, intentando hablar. Un ayudante le llevó un pequeño vaso de agua.
—No, señor. No me duele.
El doctor John C. Warren, que andaba cerca de los setenta años, de mirada penetrante y cejas pobladas, uno de los cirujanos más respetados de Boston, se volvió a inclinar hacia el paciente, miró con detenimiento la enorme herida y el rostro del señor Abbot.
—¿Ha sentido algo siquiera?
—Me parece… Creo… No estoy seguro del todo… No recuerdo apenas nada. ¿Tal vez una sensación de picor? Por toda la mandíbula.
—¿Nada más?
—Nada más.
El viejo cirujano se enderezó junto al paciente para dirigirse, al fin, a los demás cirujanos prestigiosos y a los estudiantes congregados tras ellos: todos aquellos que habían permanecido sentados y en silencio mientras que él llevaba a cabo su experimento. Saludó al señor Morton y, entonces, emitió su veredicto:
—Señores —dijo el doctor Warren—, es la primera vez hasta ahora que se ha utilizado éter como anestesia en un hospital. Hemos visto lo que hemos visto. ¡Está claro que no se trata de ninguna farsa!
Y el anfiteatro, por fin, estalló en voces y gritos de entusiasmo. La gente se movía, hablaba, gesticulaba, estrechaba la mano al dentista zarandeándola de arriba abajo por el deleite. Pero monsieur Alexander Roland seguía sentado, muy tranquilo, sumido en su propio silencio en medio de las voces triunfantes que resonaban por todo el anfiteatro.
Se tomaron disposiciones para llevar al paciente de regreso a las habitaciones. El cirujano se marchaba rodeado de los demás, pero vio al viejo mesmerista, absorto en sus pensamientos, con la barbilla apoyada en su bastón. El cirujano se detuvo.
—Ah, monsieur Roland.
El francés levantó la vista y saludó con un asentimiento, sin inmutarse.
—Doctor Warren.
—Naturalmente seguiremos recurriendo a sus servicios, no cabe duda. Aún es pronto. Tendremos que usar el nuevo telégrafo, como siempre.
—Claro, doctor Warren.
Pero ambos eran hombres sabios y ambos lo sabían. Aquel día —no en el viejo mundo, desde donde una vez llegó toda la ciencia y el conocimiento, sino allí, en Boston, en la joven América— la medicina había cambiado para siempre.
Absorto en sus pensamientos, monsieur Roland se quedó donde estaba mientras se marchaban los médicos, hasta que se quedó a solas con las dos imágenes egipcias pintadas en el anfiteatro vacío.
Sin embargo, el doctor Warren no se había marchado. Hizo una señal a sus colegas para que se fuesen, diciendo que se reuniría con ellos enseguida. Se sentó junto al anciano francés. Durante un momento ninguno de los dos habló y, entonces, el doctor Warren dijo de forma repentina:
—¿Y bien? ¿Qué cree que hemos visto hoy?
Monsieur Roland levantó la vista, saliendo de su reflexión. Cuando por fin respondió, habló lentamente, pero con convicción:
—Cuanto más he practicado el mesmerismo, monsieur, más aún me ha maravillado la infinita importancia y el misterio absoluto del cerebro humano. —El doctor Warren asintió, pero permaneció en silencio—. Esperaba que esta nueva práctica a la que llamamos «hipnotismo», que da importancia no solo a la fuerza de la energía que emana de quien lo practica, como el doctor Mesmer me enseñó, sino a la energía que emana también del paciente, fuese un modo más sólido y más efectivo para la… la filosofía, si le parece… la filosofía de comprender que podemos hacer que el cerebro se deshaga del dolor. Pero usted me pregunta qué hemos visto hoy. Hoy hemos visto que el cerebro puede clínicamente, con un gas, artificialmente, dejar de funcionar por completo durante un periodo de tiempo determinado. Por esa razón, el dolor no se siente.
—¿Cree que eso es algo bueno?
Monsieur Roland solo guardó silencio un instante.
—Sí —respondió—. Por el tremendo dolor que, profesionales como usted y yo sabemos mejor que nadie, los pacientes han tenido que soportar durante tanto tiempo, casi desde que el mundo existe, sí. Creo que es algo bueno. El doctor Mesmer tuvo tanto éxito solo porque existían muy pocas formas de tratar el dolor. Pero me temo que, aunque pueda seguir funcionando exactamente igual que lo han estado haciendo hasta antes de esta mañana, de ahora en adelante, el mesmerismo y el hipnotismo pasarán a ser… —se detuvo de nuevo durante un instante y sacudió lentamente la cabeza— …puro entretenimiento.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Desde luego, el mismísimo doctor Mesmer era un espectáculo. Cuando trabajaba con él, por ejemplo, llevaba chaquetas de un brillante color morado en sus apariciones públicas. Cualquier cosa con tal de atraer la atención hacia su trabajo. Pero hablaba muy en serio y con gran honestidad sobre la práctica real del mesmerismo y sobre sus posibilidades. Por supuesto, después de esta mañana, debo aceptar que el éter, administrado con cuidado, será un exitoso anestésico y, por tanto —y monsieur Roland se permitió sonreír un poco—, el uso más serio y útil del mesmerismo está, probablemente, acabado —una vez más, negó ligeramente con la cabeza—. ¡Me temo, doctor Warren, que el mesmerismo quedará relegado a partir de ahora a usos mucho más atrayentes y teatrales de los que usted nunca podría imaginarse ni en sueños! Hoy en día hay charlatanes y absurdos impostores que cobran grandes sumas de dinero por hacer estremecer a la gente con falsas demostraciones de lo que ellos llaman «mesmerismo», llenando de humo y sombras habitaciones en penumbra. ¡O ridículos farsantes que afirman tener la capacidad de hablar con los difuntos o quienes hacen dudosas demostraciones de lo que ellos llaman «mesmerismo» a señoras aburridas de la alta sociedad despertando emociones con las que me avergonzaría estar relacionado!
—¡Creo que esta es la primera vez que le veo enfadado, monsieur Roland!
—Discúlpeme. Esto es casi lo único en el mundo que puede hacer que me enfade. Dos de las personas que más aprecio en este mundo, para ganarse la vida, tienen que hacer demostraciones de mesmerismo, de lo que son unas magníficas y auténticas profesionales, en circos. Y constantemente, los propietarios de los circos y los gerentes de los auditorios están buscando aún más formas de que el mesmerismo destaque, de vulgarizarlo aún más con el fin de complacer al público, siempre hambriento y buscando nuevas emociones: ¡más luces, más sombras, más trapecios, más leones, más bandas de música! Si ese va a ser el futuro de aquello a lo que tanto respeto, perdonará mi indignación.
—¿Acaso está usted enfadado por lo que ha visto esta mañana? ¿Porque quizás acabe con el trabajo de su vida?
Pero monsieur Roland sonrió ligeramente.
—No, doctor Warren. He visto mucho sufrimiento durante toda mi vida y me alegro de que exista otro… remedio.
—Es evidente que puede haber riesgos.
—Obviamente el señor Morton ha trabajado arduamente para conseguir que este experimento saliese bien, para que llegue a ser más que eso a lo que los estudiantes llaman «gas hilarante» —al fin, los ojos del francés brillaron un poco—. Alabo al señor Morton, ¡y espero que gane una fortuna! Ha sido muy valiente por su parte y por parte del paciente. Y también por la suya, amigo mío. —Por fin se puso en pie—. Le felicito, doctor Warren.
El cirujano se puso en pie también y ambos se dieron la mano.
Una figura irrumpió en el anfiteatro. Era el señor Morton, el dentista: alto, joven, de veintisiete años y casi superado por la emoción.
—Quería volver a darle las gracias por confiar en mí, doctor Warren. No muchas eminencias hubiesen arriesgado su reputación de esta manera, ¡estoy seguro! Ha funcionado, ¿verdad? ¡El éter sulfúrico ha funcionado! Sabía que lo haría. Cuántas veces lo habré experimentado conmigo mismo y con mi perro. ¡Incluso mandé a mi asistente a los muelles para ver si podía pagar a algún marinero para experimentarlo en él! El señor Frost fue el primer paciente con el que he tenido éxito, como usted sabe. Los dientes le estaban provocando un dolor tan terrible que no le importaba en qué experimento estaba participando. Pero usted me ha permitido mostrar en público lo que soy capaz de hacer, doctor Warren, ¡y tendré que patentar mi descubrimiento! ¡Éter como anestesia! El señor Frost se encuentra en una taberna cercana y me reuniré con él ahora que le he visto.
Monsieur Roland le tendió la mano.
—Su nombre pasará a la historia, monsieur Morton. Usted ha cambiado la práctica de la medicina para siempre, por lo que le doy mi más calurosa enhorabuena. Creo que también ha cambiado la historia del mesmerismo, así que permítame tener sentimientos encontrados.
No obstante, monsieur Roland sonreía al joven mientras que todos salían a aquella mañana otoñal, tan inmersos en lo que habían descubierto que ni siquiera se fijaron en las dos damas vestidas de azul que paseaban con dos caniches azules a juego, el último grito en Boston.
En el anfiteatro solo quedaron las momias egipcias reflexionando sobre lo que había tenido lugar aquel día.
Durante el largo viaje de vuelta a Nueva York, donde residía, monsieur Roland, envuelto en su capa negra, permaneció en silencio, sumido aún en sus pensamientos. A pesar de ser un hombre muy cortés hizo un heroico esfuerzo aquel día al evitar con firmeza las eternas conversaciones que surgían cuando otros pasajeros empezaban a hacerle preguntas muy personales en un tono amigable al percatarse de que era extranjero, como solían los americanos hacer de forma tan intensa y frecuente.
La articulada, ruidosa y veloz máquina, el ferrocarril, pasó junto a granjas y poblados y bosques, traqueteando y vibrando en todo momento. Un dorado y frío sol poniente se reflejaba en las brillantes hojas otoñales, la luz se colaba de forma intermitente por las ventanas del tren a la vez que los árboles parecían pasar a toda velocidad. En ocasiones, en cruces desiertos, un grupo reducido y misterioso de personas saludaba: un niño con su madre, un granjero. En uno de los cruces había un negro solo, serio. ¿De dónde había llegado aquella gente? Hasta donde alcanzaba la vista no había casas ni luces. Mientras aún caía el sol de la tarde, el tren se detuvo en varias ocasiones, como si no lo hubiesen alimentado lo suficiente para alcanzar su propia velocidad. Los pasajeros escucharon cómo se quejaba la locomotora, que emitía pitidos y humeaba; la estaban alimentando con madera; saltaban chispas; los ferroviarios se llamaron los unos a los otros a la luz del anochecer y encendieron sus grandes lámparas. Algunos pasajeros salieron para observar la locomotora, o aquel vasto lugar en medio de ninguna parte, estampando los pies sobre el terreno frío y duro, esperando para volver a subir, deseando estar en casa, espirando vapor también en la fría oscuridad.
Sin embargo, monsieur Roland no se movió. Sabía que lo que había visto aquel día lo cambiaba todo. No tardaría en propagarse la noticia en aquellos tiempos modernos que corrían. Siempre, siempre, desde el mismo principio, él había tenido que luchar por el respeto hacia su profesión. El mesmerismo siempre había tenido que lidiar con la controversia y la desaprobación porque la gente creía que el mesmerismo era científicamente inexplicable (lo veían, pero no lo creían: tenía que ser un truco). Y, por otra parte, el mesmerismo implicaba lo que para mucha gente era una relación íntima entre dos personas que, de lo contrario, podrían no haberse conocido. Numerosas personas e instituciones pensaban que las relaciones de cualquier tipo entre dos personas, francamente, no se deberían permitir en público y, por supuesto, mucho menos una relación mesmérica. Sin duda, que desapareciese el mesmerismo provocaría mucho júbilo.
Monsieur Roland estaba en lo cierto. No hicieron falta muchas semanas para que la noticia sobre el experimento con éter llegase a Gran Bretaña y se llevara a cabo en Escocia un experimento idéntico con éter. Un periódico escocés publicó de inmediato:
Ha tenido lugar un descubrimiento extraordinario. A diferencia de las artimañas y la fuerza del mesmerismo, está basado en principios científicos y se encuentra exclusivamente en manos de señores que no ocultan ni el material ni las formas. Nos han informado de que el descubrimiento ha sido patentado para evitar que ninguna persona mezquina, malintencionada e irresponsable abuse o se adueñe del mismo.
Entonces, monsieur Roland lo comprendió: a pesar de que tal vez el éter, administrado por manos inexpertas, podría matar a un paciente, no causaría tanta controversia como la filosofía a la que él había dedicado toda su vida. Le dolía mucho que el destino final del que una vez fue el asombroso descubrimiento del doctor Franz Mesmer fuese, muy probablemente, el circo.
–Iré directo al grano —dijo el señor Silas P. Swift.
No fue solo el descubrimiento del éter lo que influyó en el destino del mesmerismo. Aquella nueva América era un continuo hervidero de nuevos descubrimientos, nuevos inventos, nuevos éxitos. El sistema de telégrafo del señor Morse demostró que cualquier cosa era posible. La gente hablaba de ocultismo, de predecir el futuro, de lecturas psíquicas, de mesas parlantes y, ¿por qué no?, de conversar con los seres queridos ya fallecidos. Si se podían enviar mensajes a través de cables en la vida, ¿por qué no se podrían enviar mensajes mediante cables psíquicos en la muerte? El mesmerismo en sí ya no era suficiente, ya no era nada nuevo, no era lo suficientemente fascinante o lo suficientemente exótico, y el escandaloso pasado de Cordelia Preston se olvidó pronto, superado por otros sucesos más recientes. El público que asistía a la Gran Carpa empezó a disminuir.
Y lo que era peor: tanto en Nueva York como en Londres, la Iglesia, alarmada por muchas de las nuevas ideas, denunció no solo a los teatros (por comportamiento inmoral y decadente en lugares públicos), sino también a los circos (por tener señoritas y caballeros vestidos de forma indecente y dejándose caer cada uno en los brazos del otro en el aire). Aquellas desaprobaciones venían de lejos. En aquel momento también tronaron contra los supuestos milagros que el mesmerismo y el hipnotismo y el ocultismo y los sueños psíquicos pretendían hacer: la Iglesia afirmaba con rotundidad que los milagros solo emanaban de Dios. Las sensatas iglesias americanas no solo enviaban pastores a las puertas de los grandes teatros de las grandes ciudades, también les encargaba que se subiesen a cajas junto a las taquillas de los circos para mirar fijamente con ojos pequeños y brillantes a las personas que hacían cola, denunciando a los acróbatas desnudos, y al mesmerismo en particular, por ofender al Señor. Todas las mujeres artistas, incluidas Cordelia y su hija, empezaron a ser consideradas no solo inmorales y vulgares (pues siempre les habían considerado así), sino también peligrosas. Las señoritas Cordelia y Gwenlliam Preston recibieron un oprobio extra a causa de su historia y, en aquel nuevo ambiente moral, a sus nombres iban ligados más charlatanismos perniciosos que buenas obras.
Los periódicos tronaban: «siempre que las vidas de aquellos que pretenden entretenernos estén marcadas por un sentido de la moral humillante para la naturaleza humana, salvo contadas excepciones, nosotros les rechazaremos».
Cordelia y Gwenlliam simplemente se reían. Ganaban mucho dinero y estaban acostumbradas a los periódicos: después de todo, eran las historias de los periódicos lo que contribuía a llenar la Gran Carpa.
Pero la Gran Carpa ya no se llenaba tanto como se había llenado antes.
Un día, Silas P. Swift se dirigió al American Hotel, donde vivían suntuosamente, para ver a su estrella y a la hija de esta. Esperaba que ningún miembro de su disparatada familia estuviese presente: las señoras mayores y los agentes de policía no eran santo de su devoción. Por eso se sintió aliviado al ver solo a uno, aunque era un tipo difícil: el mesmerista, monsieur Alexander Roland, amigo y profesor. Trajeron el té.
—Iré directo al grano —dijo el señor Silas P. Swift, rechazando el té—. De repente, la decencia y la Iglesia se ciernen como un condenado nubarrón sobre Nueva York. Están cerrando teatros y circos por toda la ciudad y he oído que también en toda América. Phineas Barnum2 está asustado y adecentando y cambiando el American Museum3 y cerrando todos los bares del edificio y presentando… Dios santo, no puedo creerlo, ¡nosotros hemos sido los empresarios con más éxito de toda América! Si Phineas Barnum está presentando melodramas de abstinencia en su American Museum, entonces, El Asombroso Circo de Mr. Silas P. Swift tendrá que cambiar también. Ya he hecho planes. Vamos a tener que viajar a otros lugares y presentarnos de una forma totalmente diferente. Pensé que nunca vería el día en el que las aventuras en Londres y la implicación en un asesinato ya no fuesen adecuadas para los carteles de los circos americanos. Pero el día ha llegado. Tendremos que cambiar los carteles, viajaremos allá donde podamos conseguir trabajo y los salarios se reducirán a la mitad o más. He tenido que despedir a varios payasos y también a algunos acróbatas. A ti no, Gwen, para ti tengo planes. Y para ti, Cordelia…
Miró con acritud al anciano francés, pues era muy puntilloso, tal como había podido comprobar Silas P. Swift en el pasado. Sin embargo, Silas P. Swift siempre tenía nuevos planes, nuevas motivaciones.
—Ya he hecho algunas reservas y he conseguido a precio rebajado algunos números de otros circos que ya han cerrado. Y el elefante africano cada vez se estaba volviendo más peligroso e impredecible, intentó atacarme. Los malditos elefantes son difíciles de tratar, así que le pegué un tiro y se lo vendí a un taxidermista. He adquirido otro que acaba de llegar en una barcada con productos procedentes de la India. Los elefantes asiáticos son más pequeños, tienen orejas más pequeñas y colmillos más pequeños. Siento un poco todo esto, pero me han dicho que es más fácil amaestrarlos. He conservado al antiguo amaestrador y le he dicho que se ponga a trabajar con él. Y he adquirido un jefe piel roja con toda su parafernalia. Será un extra pintoresco, además dicen que hace milagros con los caballos. Y tengo un oso que baila. Uno blanco. Rebajado.
—Creía que solo los osos pardos podían bailar —dijo Cordelia. Era su primer comentario desde que él había comenzado a hablar.
—Bueno, pues este es blanco y baila. Y el domador de leones va a llevar ahora una toga y unas sandalias romanas.
Gwenlliam se echó a reír. El domador de leones solo tenía un brazo. Intentó imaginárselo vestido con una toga.
—¿Por qué, Silas?
—¡Pues porque así puedo decir que viene del Coliseo! —respondió Silas—. ¡Una reliquia del Imperio romano! Y tú, Gwen, estás a punto de convertirte en la acróbata y equilibrista principal. Estás haciendo un gran trabajo para ser una recién llegada. Necesitarás nuevos trucos y voy a conseguirte una coronita para decir que eres una princesa. Eso les atraerá, queremos crear un poco de controversia, odian la realeza pero te adorarán si consigo el traje adecuado. Bueno, Cordelia, tú eres buena, siempre has sido buena, pero el mesmerismo por sí solo ya no es suficiente. Tu número seguirá siendo el número estrella, por supuesto, pero vamos a tener que mejorarlo.
—Mejorarlo —repitió ella.
—Digámoslo de la siguiente manera: otros circos se están arruinando; bien, nosotros solo vamos a cambiar, eso es todo. Lo que vas a necesitar en tu número es más «espectacularidad». No puedes aparecer de entre las sombras tal cual y ya está, eso no emociona lo suficiente. He decidido que puedes aparecer y desaparecer misteriosamente en las barras acrobáticas y en el alambre.
—¡Silas! ¡Por el amor de Dios, no seas ridículo! ¡No soy acróbata! ¡Gwenlliam es la acróbata, además de mesmerista!
—Pero yo no soy tú, mamá —murmuró Gwenlliam y Silas asintió.
—Confía en mí, Cordelia, ¡también voy a convertirte en acróbata! Casi todo puedo hacerlo con la iluminación, no te preocupes, solo tendrás que trepar y balancearte un poco. Y un poco de percusión, eso ayudará. —Cordelia lo miraba incrédula—. Y, para crear más expectación, he pensado en algo de música melodiosa, como Hogar, dulce hogar para cuando la persona entre en trance. Y en un nuevo nombre. «Mesmerista» ha perdido su encanto. Así que ahora que vas a aparecer desde la oscuridad balanceándote por los trapecios para hacer tu número, me parece que te llamaremos El fanstasma acróbata, lo que te otorgará más poderes: saber cosas que solo los fantasmas saben, ver el pasado, predecir el futuro, ese tipo de cosas —como estaba muy satisfecho con el nuevo nombre, lo repitió con orgullo—. El fantasma acróbata. Qué bien suena. Y aparecerás de los cielos de forma misteriosa. Haremos que parezca magia.
Monsieur Roland, que siempre procuraba mantenerse muy al margen en las conversaciones con Silas P. Swift a pesar de que, tanto Cordelia como Gwenlliam, eran alumnas suyas, se puso en pie de repente, pero se enfrentó al empresario con sus maneras educadas y caballerosas.
—Monsieur Swift, pardonnez-moi, su preciado circo ya está repleto de acróbatas. Debo informarle de que Cordelia Preston es una mesmerista, como bien sabe usted, de renombre mundial con grandes aptitudes y usted debería sentirse tremendamente afortunado por tenerla en su circo. No obstante, el mesmerismo no es magia y no es cosa de poderes fantasmales. El mesmerismo es una cuestión de transferencia de energía desde un profesional a otra persona a través del poder del bien. Eso es todo. La magia no existe, señor Swift, y el mesmerismo no tiene nada de fantasmal: nadie finge predecir el futuro o ver el pasado o pertenecer al inframundo, por lo tanto, el nombre que usted propone usar es totalmente engañoso.
El señor Silas P. Swift incluso se quitó el sombrero y lo arrojó al suelo del salón del American Hotel delante de todos.
—Escuche señor… eh… Roland. ¡Yo hago magia! Aquí, Cordelia es la estrella de mi circo, la traje hasta aquí desde Inglaterra cuando ella era un escándalo, como bien sabe usted, y con mi propio dinero, como bien sabe usted. ¡Le he pagado generosamente y la he tratado, como a todos ustedes, de maravilla! —y señaló aquel lujoso ambiente—. Y ella habla con mucho respeto de usted, señor, como profesor suyo y como un miembro más de su familia, etcétera, etcétera. Sin embargo los gustos cambian, los recuerdos se desvanecen, ella ya no atrae a tanta gente como antes, todo el mundo ha olvidado su historia. Desde entonces ha habido muchos asesinatos y el mesmerismo ya no es nada nuevo, ahora a todo el mundo le aburre el mesmerismo. ¿Qué es el mesmerismo cuando se pueden enviar telegramas eléctricos y aspirar éter? En todas partes hay gente que practica el mesmerismo a cambio de unos cuantos peniques —Silas P. Swift hizo una pausa—. Sé que Cordelia tiene… Hay algo en ella… Sí, lo hay, por eso consigue poner los pelos de punta y, después de haberla visto, la gente no la olvida del todo, eso no lo niego. Sin embargo, y esto es lo más importante de todo, señor Roland, mi circo ha empezado a perder dinero, mucho dinero. No tenemos más remedio que salir de gira, y no puedo pagar nada parecido a lo que he estado pagando hasta ahora. Podemos estar una semana aquí, otra allí, en algunas de las mayores colonias: Búfalo, Rochester, Siracusa… Ver si podemos adelantarnos a la decencia y al Señor. ¡Y si nos quedamos sin esos lugares… bueno… iremos más lejos, hacia zonas del centro, y pernoctaremos una noche! Tendremos una carpa más pequeña (¡se me rompe el corazón!). Pero así son las cosas, señor Roland. Y tenemos que hacer que Cordelia parezca algo más. Por eso, llamándola El fantasma acróbata, subiéndola a los trapecios y utilizando luces de forma que ella parezca más fantasmal, es como lo haremos y vamos a fingir que la magia existe porque «yo hago magia», ¡ese es mi trabajo!
Cordelia tocó el brazo de monsieur Roland con extrema delicadeza. Él saludó cortésmente, dio media vuelta y se fue. Cuando volvió más tarde, indicó que no estaba enfadado y que comprendía las exigencias del negocio del espectáculo, pero que ya no quería seguir discutiendo.
Así que, mientras se hacían los preparativos para partir de Nueva York y Gwenlliam perfeccionaba más y más números acrobáticos más sofisticados, Cordelia también ensayaba estoicamente ejercicios acrobáticos básicos. «No soy tan vieja», se decía a sí misma una y otra vez, ensayando durante horas, deslizándose por el mástil, atándose las pequeñas almohadillas a las rodillas para protegerlas. Varios de los payasos también eran mayores; los que no habían sido despedidos, hasta el momento, aceptaron un gran recorte salarial, se pintaban desesperadamente grandes sonrisas rojas en sus viejos rostros noche tras noche para las últimas actuaciones en Nueva York, aterrorizados por perder el trabajo. Incluso bebían más de lo que solían beber y Cordelia percibía su temor. «No me extraña que beban». Ella pidió en el American Hotel varios vasos de oporto. «No me extraña que bebamos todos». Aprendió a engancharse a una cuerda y a medio trepar, medio arrastrarse hacia arriba. Se balanceaba en el trapecio, se columpiaba hacia detrás y hacia delante, pero no demasiado. Muchos de los nuevos efectos los conseguía Silas con su ingeniosa iluminación. Ella conseguía quedarse de pie al final de una barra horizontal mientras tuviese algo a lo que agarrarse. Por fin había logrado perfeccionar su número pero, en ocasiones, se encontraba tan cansada al final de la noche que pensaba que las piernas, sencillamente, se le caerían. Había prescindido de su corsé después de que le hiciese cortes en la piel (aunque los numerosos y vaporosos pañuelos escondían muchas cosas). Y en los nuevos carteles del circo ya era conocida, de forma más respetuosa, como «Cordelia Preston: El fantasma acróbata», sin hacer mención en absoluto al asesinato.
No obstante, el señor Silas P. Swift era un hombre de negocios inteligente; sin su estrella, el circo fracasaría casi con toda seguridad, sería como todos los demás. Así que, aunque los salarios eran más bajos y aunque a él mismo le hacía feliz la idea de poder viajar por la noche con su circo, decidió que tanto su estrella como la hija de esta siempre se quedarían a dormir en un cómodo hotel local durante algunas horas y que viajarían antes del amanecer del día siguiente en el caso de que los demás siguiesen adelante.
—Gracias —dijo Cordelia con pesar (eran las últimas noches que pasaban en el glamuroso American Hotel de Nueva York, con agua corriente y todos los accesorios), pero ella y Gwenlliam estaban agradecidas por poder seguir ganándose la vida y ayudando a su familia.
A monsieur Roland le dijo (y él sabía que era verdad):
—Sabes que nosotras siempre trataremos el mesmerismo con respeto.
La última noche antes de que el circo abandonase Nueva York, Cordelia y Gwenlliam se sentaron junto a las personas a las que ellas llamaban su «familia» en la agradable y gran sala de estar del American Hotel: el inspector de policía Rivers, marido de Cordelia, monsieur AlexanderRoland, dos ancianas y la amiga más antigua y cercana de Cordelia, Rillie Spoons, quien les mantenía unidos y administraba el dinero. Todos bebían oporto. Cordelia y Rillie llenaban los vasos. Hablaban de su futuro alojamiento.
—Siento que tengamos que marcharnos de aquí —dijo Cordelia con pesar.
—Nosotros lo organizaremos todo, no te preocupes por eso —respondió Rillie Spoons—. Enviaremos mensajes para seguir de cerca al circo. ¡Quizás las cosas cambien de nuevo y volváis en un abrir y cerrar de ojos! ¡Todos sabemos como es Silas!
Mientras todos seguían allí sentados, juntos, les llegó un agradable mensaje: «¡Tenemos un bebé de elefante asiático!». Nadie sabía que la elefanta estaba preñada, ni siquiera el comprador ni el vendedor. Silas P. Swift se había limitado a reír de asombro y dijo que siempre le acompañaba la suerte: su circo mejoraría aún más gracias a ello y al bebé elefante enseguida lo llamó Lucky4.
Por la noche, el inspector de policía, Arthur Rivers, abrazó con fuerza a su esposa durante la noche: no hablaron de si eran o no afortunados, tampoco hablaron de cuánto tiempo o de lo lejos que ella iba a estar de él; esas cosas las silenciaron, como tantas otras.
2 Phineas Barnum
