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Para Hannah O'Dowd encontrar un hombre decente era tan doloroso como que le quitaran una muela. Afortunadamente, al menos su trabajo como diseñadora de ropa era algo que la apasionaba, y también tenía a sus amigos: la promiscua Cassie (siempre era conveniente tener una perspectiva diferente de las cosas), la analítica Louise (a veces tanto análisis no era aconsejable) y ni más ni menos que un dentista como Scott (podría resultar útil). Pero a medida que se acercaba a los terribles treinta, Hannah se iba dando cuenta de que lo único que podía hacer para intentar encontrar a alguien era empezar a salir con todo hombre que se pusiera por delante. Poco tiempo después había besado a tantos sapos que tenía miedo de volverse verde. ¡Y eso que acababa de empezar! Lisa Cach Cuando no está escribiendo o viajando, Lisa Cach adora dar paseos con sus sobrinos, tiene citas con hombres (y espera que sus sobrinos no se parezcan a ellos cuando crezcan), y sale con amigos, solteros o casados. Lisa vive en Oregón, y esta es su primera novela contemporánea.
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Seitenzahl: 346
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid
© 2002 Lisa Cach.
Todos los derechos reservados.
CITA SIN ANESTESIA, Nº 4 - agosto 2011
Título original: Dating without Novocaine
Publicada originalmente por Worldwide Library/Red Dress Ink
Publicado en español en 2004
Traducido por Victoria Horrillo Ledesma
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios.
Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
™ Red Dress Ink es marca registrada por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9000-713-6
Editor responsable: Luis Pugni
Epub: Publidisa
Las personas son como los tejidos: los hay de seda y de franela. Hay que andarse con ojo al coserlos juntos.
Hannah O’Dowd
Para Anna, por supuesto
Agradecimientos
Lentejuelas y gasa
Mandil naranja con abalorios
Pañuelo de gitana
Cuero negro
Traje de luto
Seda versus lycra
Cuadros escoceses
Botas de goma
Piel sintética
Calzoncillos blancos
Zapatillas de correr
Hilo bordado
Encaje de poliéster y ligas
Satén blanco
Un jersey horroroso
Uniforme azul
Medias rosas
Tapicería con flecos
Hombreras y postizos
Látex
Toalla mojada
Estampación azul
Vaqueros gastados
Piqué verde
Sábanas de percal
Mallas deportivas
Accesorios plateados
Seda blanca para otro día
Promoción
Agradecimientos
Gracias especialmente a Anna Dudey y a Scott Bodyfelt, que me proporcionaron información inestimable sobre sus profesiones.
A mi extraordinaria agente, Linda Kruger.
A mis amigas, cuya experiencia fue una valiosa fuente de inspiración.
Y a los pobres ilusos que salieron conmigo sin saber dónde se metían.
Portland, Oregón
–Ungid las partes sagradas de vuestro cuerpo –dijo Sapphire, pasándonos un cuenquillo chino blanco y azul–. Esta agua de rosas está hecha con pétalos de las flores de mi jardín, recogidas en una noche de luna llena, para invocar el poder de la Diosa.
Yo miré de reojo a Cassie, que estaba sentada a mi lado con las piernas cruzadas, en un cojín sobre el suelo de madera. Llevaba una camiseta corta y ajustada que acababa justo debajo de sus pechos en una hilera colgante de relucientes discos plateados. La tripa desnuda, un tanto gordezuela, asomaba por encima del pesado cinturón de monedas que le ceñía las caderas. Achicó sus verdes y rasgados ojos de elfo y me lanzó una mirada de advertencia.
Por fin me llegó el cuenquillo. Husmeé por precaución el agua de rosas, de un oscuro color burdeos, y comprobé que olía pasablemente bien. Metí los dedos en ella, me apliqué aquel mejunje en el cuello y las muñecas como si fuera perfume y le pasé el cuenco a Cassie. Ella se ungió con reverencia los pechos y la entrepierna, inclinó la cabeza respetuosamente sobre el cuenco y cerró los ojos antes de pasárselo a la siguiente novicia de la danza del vientre.
–No sabía que tus tetas fueran sagradas –le dije a Cassie en voz baja mientras Sapphire invitaba a las alumnas de la clase a compartir sus experiencias de la semana anterior–. De haberlo sabido, les habría prestado el debido respeto. ¿No deberías llevar un sujetador más caro, dado que vas por ahí con un par de peras sagradas?
–¡Chist! –me regañó Cassie.
Una mujer de pelo largo y mirada triste comenzó a hablar de la conversación telepática que había mantenido con su perro.
–Te van a quedar manchas justo encima de los pezones.
–Cállate, Hannah. No sentirás a la Diosa si no te abres a Ella.
En aquel momento, la amenaza de Cassie no me pareció particularmente temible. Las diez mujeres que formábamos la clase de danza del vientre y culto a la Diosa estábamos sentadas en círculo alrededor de una esculturilla de terracota en la que unas figuras entrelazaban los brazos en torno a una vela votiva encendida. Yo había visto la misma escultura en el catálogo del festival de cine de Sundance, el de Robert Redford.
La mujer con poderes psicocaninos acabó de hablar, y una señora de mediana edad con unos michelines de unos veinte kilos que le rebosaban entre la falda y la camiseta se puso a gimotear.
–Mi novio tiene que presentarse en el juzgado esta semana. Mi vecina dice que es un exhibicionista, que salió a nuestro jardín delantero y le enseñó sus partes.
¡Pero no estaba desnudo, y tampoco lo hizo a propósito! Llevaba medias y un liguero. Solo salió a recoger el periódico.
Sapphire emitió unos sonidos tranquilizadores mientras las demás mujeres murmuraban y arrullaban.
–Si está en contacto con la Diosa, ¿por qué sale con un pervertido? –le pregunté a Cassie.
–¡Hannah!
Yo me encogí de hombros. Me parecía una pregunta lógica.
–Ha llegado el momento de la confirmación –anunció Sapphire, y todas juntaron las palmas de las manos delante del pecho, con los dedos hacia arriba.
Cassie no me había dicho que habría una confirmación. Yo junté las manos y procuré no sentirme como si estuviera rezando.
–La Diosa nos ha bendecido con su sabiduría y su compasión –dijeron las mujeres al unísono, tocándose la frente y el corazón con las manos unidas–. Nos ha enseñado a nutrir... –llegado este punto, las manos se abrieron y todas se sujetaron los pechos–... y a crear –las manos volvieron a juntarse, una sobre otra, y se apretaron con las braguetas adornadas de lentejuelas. La novia del pervertido abrió los muslos y se metió las manos en la entrepierna.
Yo mantuve las manos en alto. No quería crear nada con la entrepierna, al menos mientras siguiese soltera. Cielo santo, ¿para qué, si no, llevaba once años tomándome la píldora? ¿Acaso la Diosa no sabía crear con la cabeza, o con el corazón? ¿O con las manos? ¿Qué pasaba con las manos? Dejad en paz mi vientre, por el amor de Dios, por lo menos hasta que encuentre un marido.
Y esa era, por supuesto, la única razón por la que había accedido a los ruegos de Cassie para asistir a la clase de danza del vientre de aquellas adoradoras de la Diosa.
–Si estás en contacto con la Divina Feminidad que hay dentro de ti, los hombres lo notan –me había dicho Cassie–. Liberarás toda la energía de tu chakra, la harás fluir. Los hombres no podrán apartar los ojos de tu entrepierna, del centro de tu poder sexual. Irán a ti como las moscas a la miel.
Aquello sonaba bien. Yo tenía veintinueve años, y hacía seis meses que no me acostaba con nadie. Había que hacer algo. No sabía si hacer ejercicios de calentamiento con mi chakra serviría de algo, pero en el fondo de mi mente flotaba una visión en la que yo misma aparecía vestida de gasa, con sartas de campanillas alrededor de la cintura, la leve sombra del pubis adivinándose a través de la tela y gruesos collares salpicados de piedras preciosas ocultando mis pechos. Una música extraña, palpitante y quejumbrosa sonaba de fondo mientras yo ejecutaba en privado la danza del vientre ondulante delante de Míster Diez, al que arrastraba a un frenesí de instintos reproductivos.
Fuera lo que fuese lo que Sapphire quería decir con que la danza del vientre la ponía a una en contacto con la Diosa y con el propio yo por descubrir, yo me había visto un documental de Desmond Morris en El Canal del Conocimiento, y sabía que, antropológicamente hablando, todo aquel contoneo de caderas tenía como único objetivo demostrarle a los hombres que una era joven y estaba lo bastante sana como para traer al mundo a sus hijos. Lo cual a mí me parecía estupendo.
Una vez acabaron todas aquellas sandeces acerca de la Diosa y nos pusimos a bailar, empecé a pasármelo bien. Sapphire nos enseñó el paso egipcio, los brazos de serpiente, las manos de loto y un artificioso movimiento ondulante de los músculos del vientre que, por alguna razón inexplicable, me resultó muy fácil. No había nada de atractivo en todo ello, pero yo sabía que le sacaría provecho en las fiestas, cuando otros demostraran su habilidad para mover las orejas o colocarse los tobillos detrás de la cabeza.
–Ya, tú puedes tocarte las cejas con la lengua –diría, por ejemplo–, pero ¿puedes hacer esto? –y entonces me subiría la camisa y les enseñaría mi tripa ondulante.
Nos colocamos de pie en tres filas tambaleantes, de cara a una pared de espejos, y empezamos a imitar los movimientos de Sapphire. Los míos resultaban un tanto rígidos comparados con los de las otras. En realidad, mis extremidades parecían tan sueltas y ondulantes como las de un senador. Siempre he sido una de esas personas que, al bailar, pierden el paso y carecen de sentido natural del ritmo. Quizá fuera cierto que mi chakra sexual estaba bloqueado.
Repetimos el mantra al final de la clase. Sapphire nos puso como deberes que buscáramos la circularidad en nuestra vida cotidiana, y a continuación Cassie y yo salimos y nos dirigimos al coche. La casa de Sapphire, que hacía las veces de estudio, estaba a unos cuantos kilómetros al este de Portland, en una zona en la que las urbanizaciones dejaban paso a retazos de campo y se oía el coro de las ranas que croaban al aire de la noche de primavera.
–¿Qué significa el diamante falso que se ha pegado Sapphire entre las cejas? –le pregunté a Cassie mientras íbamos hacia casa en el coche.
–Sabía que no debía traerte. Te vas a pasar los próximos diez días haciendo chistes sobre la clase, ¿a que sí?
Cassie me conocía bien.
–¿Y qué me dices de los puntos y los rombos que lleva junto a los ojos? ¿Crees que se los pinta con lápiz de ojos orgánico? ¿Tú qué crees que significarán? Le dan un aire como de naipe.
–No hace falta que vengas más.
–Creo que mi chakra no se ha liberado.
–El chakra no es lo único que tienes bloqueado –dijo Cassie, y encendió la radio para no oírme.
La lección de baile no había sido del todo una pérdida de tiempo. Al ver moverse a la novia del pervertido con sensual donaire, su barriga rebosante de lor-zas había dejado de ser una deformidad para transformarse en mi imaginación en una especie de representación simbólica de la dilatada y generosa Madre Tierra. A pesar del pésimo gusto que la mujer demostraba en materia de hombres, su modo de contonearse demostraba que estaba en sintonía consigo misma, cosa que, decididamente, no podía decirse de mí.
Sin embargo, no me apetecía reconocerlo delante de Cassie. Ello hubiera sido como desmentir mi firme oposición a la memez y el vegetarianismo de la Nueva Era. Tampoco quería decirle que, mientras me veía reflejada en el espejo entre todas aquellas mujeres, me había dado cuenta de que no era ni tan gorda ni tan alta como creía. Era en realidad mucho más menuda de lo que pensaba, y no estaba segura de si ello hablaba a favor o en contra de mi verdadero yo.
De pronto, comprendí que me estaba comportando de manera injusta y ofensiva, empeñada en no reconocer que la clase me había gustado.
–Lo siento, Cass –dije alzando la voz por encima del ruido de la radio. Al fin y al cabo, me había estado burlando de su religión–. ¿Quieres que paremos en el centro comercial y nos llevemos unos helados? Yo invito.
–¿Un helado Cherry García?
–Y un Chunky Monkey.
–Trato hecho.
Eso era lo mejor de Cassie: que nunca se mostraba resentida y que cualquier rencilla podía olvidarse con un poco de helado. Había peores compañeras de casa, y bien sabía la Diosa que a mí me habían tocado unas cuantas.
Yo conocía a Cassie desde mi primer año de carrera en la Universidad de Oregón en Eugene. Ella era tres años mayor, y cuando nos conocimos ya llevaba cuatro años asistiendo intermitentemente a la universidad. Solía bromear con que estaba haciendo el plan quinquenal y, luego, al año siguiente, el sexenal. Finalmente abandonó toda pretensión de acabar los estudios de sociología y dirigió todo su talento hacia el negocio de velas perfumadas de su novio. Se pasaba los sábados sentada en un tenderete del mercadillo de Eugene, con las velas dispuestas en hileras a su alrededor y un libro sobre cómo despertar la intuición en la mano. A la derecha tenía una mesita con el incienso que vendía, y a la izquierda otra cubierta de figurillas de dragones de peltre y brujas con bolas de cristal.
Cuando su novio comenzó a mostrar mayor interés por remojar la mecha en cuencos de cera que por remojarla en ella, Cassie se mudó a Portland y se puso a trabajar de camarera en el bar de Shannon. Y allí seguía trabajando. A veces pedía que le mandaran folletos sobre cursos de capacitación profesional, pero aquellos folletos solían quedarse encima de la mesita de café, acumulando migas y polvo, hasta que finalmente, pasados tres o cuatro meses, durante uno de nuestros raros zafarranchos de limpieza, yo los recogía, le preguntaba qué hacía con ellos, ella se encogía de hombros, y acababan en el cubo del papel para reciclar.
Cassie era capaz de seguir con sus caderas el ritmo frenético de un extraño tambor, y yo no sabía si admirarla o desear que hubiera madurado y se hubiera incorporado al mundo real como todos los demás.
Bueno, como casi todos los demás. Porque, evidentemente, Sapphire y la mujer que mantenía charlas psíquicas con su perro vivían en un mundo completamente distinto.
Más tarde, esa misma noche, mientras estábamos sentadas en el futón comiéndonos un helado y viendo la tele, se me escapó una pregunta que debería haberse quedado para siempre encerrada tras mis labios. No sé. Tal vez fuera la clase de baile lo que la hizo salir.
–¿Tú eres feliz, Cass? –pregunté, mientras en la tele una mujer de sonrisa ultrablanca nos enseñaba un tubo de pasta de dientes.
Sus hermosos ojos rasgados me miraron de soslayo, reflejando la luz del televisor en medio del cuarto de estar en penumbra.
–¿Feliz? ¿Qué quieres decir? ¿Ahora mismo, en este momento? –dijo, sosteniendo inmóvil la cuchara sobre el recipiente de Cherry García.
–Feliz con cómo te va la vida en general. ¿Esperabas que tu vida fuera así cuando te hicieras adulta?
Pensé que aquello sonaba un tanto sentencioso, como si ya hubiera decidido que mi amiga no demostraba la debida ambición y el debido empuje de cualquier estadounidense que se respetara a sí mismo. Pero la pregunta no iba en realidad dirigida a ella, y Cassie lo notó.
–¿Tú no eres feliz? –me preguntó, y, si había una
Diosa, parecía estar mirándome con compasión infinita a través de los ojos de Cassie. Sentí que de pronto los ojos empezaban a llenárseme de lágrimas, y apreté los labios para detener el súbito temblor que los agitaba–. Oh, cielo –dijo Cassie mientras al fondo comenzaba a sonar la sintonía de Expediente X –. Todo irá bien. Esperas demasiado de ti misma, eso es todo.
–Pero... –balbucí yo, sintiendo que una vasta negrura de melancolía emergía de las profundidades y convertía el helado que tenía en la mano en un frío y triste consuelo–. Pero hay tantas cosas que...
–¿Tantas cosas que pensabas que tendrías y que no tienes? ¿Un marido, hijos, un todoterreno, un golden retriever? ¿Una casa en las colinas del oeste?
–Un Volvo, no un todoterreno.
–Qué predecible eres, Hannah –dijo Cassie, y de algún modo su tono levemente sardónico me reconfortó–. Todo el mundo cree que desea esas cosas, pero no creo que ese sea tu caso.
–Pues te equivocas. Deseo todas esas cosas. Sobre todo, el marido.
–Si estuvieras preparada para casarte, ya tendrías marido. Puede que en este momento de tu vida estés haciendo justamente lo que debes hacer.
Yo miré mi helado Chunky Monkey.
–¿Tú crees?
–Lo que de verdad te importa es tu negocio de costura. Por eso te mudaste a Portland. Concéntrate en eso, y deja que el universo se encargue del resto a su debido tiempo.
Deseé tener su fe en que todo se arreglaría al final. A ella todo le parecía tan fácil, tan natural... Nunca la había visto preocuparse por nada.
–¿Y no podría probar un poco del resto ahora mismo? ¿Un novio, por ejemplo? –pregunté.
–Lo tendrás cuando estés preparada –sonrió ella–. Mientras tanto, está David Duchovny.
Miré la pantalla del televisor, en la que Mulder y Scully discutían en un episodio repetido, y me tragué los restos de mi lastimosa autocompasión.
–A mí no me gusta.
–¿Por qué no? A mí sí.
–Nunca sonríe –dije yo.
–No querrás un tío que sonría hasta cuando tiene tus piernas encima de los hombros. Me dan escalofríos solo de pensarlo –Cassie se estremeció, y yo me eché a reír, aliviada por el cambio de tema y de humor.
–No sería mucho peor de lo que ya es –cerré los ojos con fuerza, me quejé como si me doliera algo y gemí con voz entrecortada–. ¡Me viene, me viene! Ya casi estoy... ¿Puedo? ¿Puedo ya?
–¿Te preguntan eso?
–Uno de mis ex novios solía preguntármelo, sí.
–¿Y le dejabas? –preguntó Cassie.
–Dependía de cuánto tiempo llevara haciéndolo. Pasado cierto punto, solo quería que acabara de una vez. Me ponía a pensar en infecciones del tracto urinario.
Cassie hizo una mueca de estupor, y comprendí que las dos habíamos pensado en el frasco de zumo de arándanos que guardábamos en el armario por si surgía una emergencia.
–Quizá sea mejor que tu chakra sexual esté bloqueado –dijo Cassie.
–Tal vez tengas razón.
El martes por la tarde me encontré metida hasta la rodilla entre trajes de novia. Mi máquina de coser Bernina zumbaba suavemente cosiendo arriba y abajo costuras y sobaqueras. Soy modista y tengo mi propio negocio de sastrería y arreglos con servicio a domicilio: Confecciones Hannah.
Seis meses atrás vivía en Eugene y trabajaba en una tienda de arreglos. Mi licenciatura en historia había resultado ser tan inútil como los cursos de sociología de Cassie, pero a mí no me importaba. Me había dado cuenta de que lo único que de verdad me gustaba de la historia era observar los trajes de los cuadros antiguos. A mí me interesaba más la Revolución Francesa por sus efectos sobre la moda que por sus consecuencias para la aristocracia francesa, a pesar de que ambas cosas iban inextricablemente unidas. Todos los trabajos de historia que hice durante la carrera y en los que pude elegir el tema habían versado de un modo u otro sobre la ropa.
Cuando el que había sido intermitentemente mi novio durante dos años se esfumó por fin definitivamente, decidí seguir el ejemplo de Cassie y me fui a Portland. Estaba harta de Eugene, de sus fanáticos comedores de tofu y sus ropas desteñidas a mano, y harta también de trabajar para otros. La tienda de arreglos estaba en las últimas, y sin duda en Portland, donde la gente todavía se molestaba en llevar ropa de su talla, encontraría trabajo de sobra. Para añadir un toque especial a mis servicios, recogería y entregaría la ropa y los trabajos de costura a domicilio. Así, además, no tendría que preocuparme de que alguien se resbalara en el umbral de mi tienda y me pusiera una demanda.
Es una suerte que me guste conducir. He recorrido unos dieciséis mil kilómetros en mi Neon desde que estoy en Portland. Los primeros meses, apenas me daba para vivir. Tuve que usar todos mis ahorros para pagar el coche, la gasolina, el seguro, y esa pequeña pero insidiosa deuda de la tarjeta de crédito que se enconaba como un grano infectado, sin desaparecer nunca del todo. Sin embargo, desde hacía dos meses parecía haber dado con una especie de filón y tenía una corriente continua de clientes, algunos de los cuales se habían convertido en habituales. Ganaba más dinero que en la tienda de arreglos, pero, como trabajaba por mi cuenta, no tenía ni seguro sanitario ni bajas pagadas. Así que no sabía qué hacer, si comprarme la máquina de hacer dobladillos, o pagarme un seguro sanitario.
Mi taller de costura está en la planta de arriba de la casita de fachada enlucida, construida en los años veinte, que Cassie y yo compartimos. Como compensación por ocupar dos habitaciones en vez de una, cada cuatro o cinco semanas le hago un vestido de baile o alguna cosa para su cuarto, como una colcha nueva o unos cojines para el suelo. Este mes iba a hacerle unas cortinas con una tela vaporosa traída de Oriente Medio que Cassie había comprado en un festival dedicado a la danza del vientre. Creo que le pondré unas campanillas en el bajo, solo por diversión. Cuando el viento mueva las cortinas, tintinearán suavemente. A Cassie le gustará.
Miré el reloj y fruncí el ceño. Eran las siete de la tarde. Tenía que estar en el restaurante mexicano de San Juan a las siete y media. Cassie, Louise, Scott y yo cenábamos juntos esa noche para celebrar que a Louise por fin le habían cambiado el turno de noche por el de día en el teléfono de la esperanza. Llevaba dos años en aquel trabajo, y el trastorno de las horas de sueño añadido a la ausencia de vida social la habían puesto al borde de la depresión nerviosa. Y ella lo sabía, dado que era psicóloga y se pasaba la noche hablando con personas mentalmente enfermas.
Puse la chaqueta en la que estaba trabajando en una percha y la colgué junto con las otras, mirando la hilera con ojo crítico. La novia, sinceramente preocupada por que sus damas de honor pudieran aprovechar los trajes después de la boda, había tenido el buen gusto de prescindir de lazos en el trasero, tafetanes y vestidos sin mangas que dejaban al aire flácidos antebrazos, y había decidido vestir a sus amigas con elegantes trajes chaqueta al estilo de Jackie Onassis en un suave tono de azul.
Era una buena idea, pero yo temía que, cuando estuvieran todas alineadas, las damas de honor parecieran azafatas de los años sesenta. Solo les faltarían un par de alitas prendidas a la solapa y unos casquetes a modo de sombreritos, y los invitados pensarían que iban a lanzar bolsas de cacahuetes en vez de pétalos de flores en su camino hacia el altar.
Me encogí de hombros. Eso no era problema mío.
Hacía tiempo que había aprendido a no inmiscuirme en las decisiones de mis clientes. Sobre gustos no había nada escrito, y, dadas mis humildes preferencias, yo no soy nadie para dar consejos.
Tenía los pantalones arrugados de estar sentada y llenos de pedacitos de tela y de hilillos pegados como en una pintura de Jackson Pollock. Me quité los pantalones y me puse una falda corta y recta de faya gris. Tenía dieciséis faldas del mismo corte, hechas de retales que me habían sobrado de diversos trabajos. Arriba me puse un jersey de manga corta y cuello de caja de cachemir azul claro que había comprado por veinticuatro dólares en Nordstrom Rack. Había arreglado el agujerito de la axila que había relegado aquel tesoro al cajón de los saldos. El jersey resaltaba el azul de mis ojos grisazulados y era mi prenda favorita.
Me puse unos pequeños pendientes de cuentas de cristal y me cepillé rápidamente la media melena. El color de mi pelo era por entonces un discreto rubio miel, más oscuro que las mechas que solía llevar en Eugene. Cuando mi novio desapareció, también desapareció mi larga melena. Me senté en la peluquería y le dije a la estilista que le hiciera un corte que atrajera a hombres con un buen trabajo y dispuestos a casarse, en vez de a los gorilas en paro que solían acercárseme. Nunca he comprendido por qué son precisamente los hombres que menos tienen que ofrecer los más osados con las mujeres.
Mi nuevo corte de pelo no había atraído aún a ningún soltero deseable, pero al menos los otros me habían dejado en paz. Louise solía decir que era la nueva mirada de determinación que tenían mis ojos lo que ahuyentaba a los perdedores, y no el pelo. Yo esperaba que eso no explicara también la falta de hombres serios y respetables.
Scott y Louise estaban esperando en el vestíbulo del restaurante cuando llegué, sentados en un banco comiendo patatas fritas. Las camareras, vestidas con blusas de campesina, obsequiaban a los clientes con cestillos de patatas cuando la espera se prolongaba más de diez minutos, razón por la cual aquel era uno de nuestros restaurantes favoritos.
–¡Hannah! –exclamó Louise, echándose hacia un lado para hacerme sitio en el banco–. ¿Dónde está Cassie?
–No sé. Tendría que estar aquí. Hola, Scott.
–Hola –dijo él, sonriéndome con su afecto de siempre.
Louise y él habían sido novios el último año de instituto. Scott había sido el primer amor y el primer amante de Louise. Pero luego él se fue a estudiar a Cornell y ella a Oregón, y la relación no superó su primer curso en la universidad. Sin embargo, habían seguido siendo amigos, y Scott se había hecho amigo de Cassie y mío también cuando, cada una en su momento, nos mudamos a Portland.
Se daba por sobrentendido que, aunque estuviera dispuesta a compartir a Scott como amigo, Louise no vería con buenos ojos que Cassie o yo pudiéramos considerarlo algo más. Y a mí no me extrañaba. La idea de que mi primer amor se acostara con Cassie o con Louise me hacía rechinar los dientes.
Yo había descubierto que, gracias a que su pasada relación con Louise se interponía entre nosotros y la cama como una espada simbólica, me encontraba mucho más a gusto con Scott que con los hombres disponibles. Scott era alto y razonablemente guapo, tenía el pelo negro y un rostro ligeramente infantil con hoyuelo en la barbilla. De vez en cuando yo lo ayudaba a comprarse ropa y, cuando hacía buen tiempo, íbamos a hacer senderismo juntos.
–Oye, Scott, tengo uno nuevo para ti –dije, inclinándome hacia delante para verlo al otro lado de Louise.
Él lanzó un gruñido.
–Tus chistes nunca son nuevos. Los he oído todos mil veces.
–Este es una rima.
–No, por favor.
–Yo quiero oírlo –dijo Louise, y sus ojos marrones brillaron en su cara pecosa.
A ella le gustaba burlarse de Scott por su profesión tanto como a mí.
–Está bien, ahí va.
«Érase un joven dentista llamado Malon
que tenía una hermosa paciente jugosa como
un melón,
y en su depravación el muy libertino
en la boca en vez del palito
le metió el pepino,
y desde entonces, ¡oh, Dios divino!
la consulta se le llenó sin tino».
Louise se echó a reír y Scott se tapó la cara con las manos y sacudió la cabeza.
–Eso tiene más años que la dentadura postiza de George Washington –dijo, quejumbroso–. Todos los días tengo que escuchar los mismos chistes sin gracia en el trabajo. ¿Por qué me tenéis que martirizar también en mis ratos libres?
–Porque los dentistas merecen que se los castigue.
Son personas malvadas.
Louise me puso una mano en la rodilla y me lanzó su mirada de psicoanalista.
–Percibo un profundo trauma infantil, Hannah. Conmigo estás a salvo. Puedes hablar libremente.
–Solo recuerdo unas cuantas imágenes. Un hombre con bata blanca. El zumbido de un taladro... ¡No! ¡No!
Louise se giró hacia Scott.
–Ha reprimido sus recuerdos. Habrá que probar con la hipnosis. Esta mujer ha sufrido mucho. Es evidente que tu presencia le provoca sentimientos dolorosos.
Scott estaba a punto de responder cuando entró Cassie, arrastrando a su alrededor una oleada de olor a sándalo y pachulí que se impuso momentáneamente al olor a chili del restaurante.
–Siento llegar tarde. El ensayo ha acabado más tarde de lo que esperaba.
Cassie pertenecía a un grupo semiprofesional de danzarinas del vientre cuya primera actuación en público iba a tener lugar unas semanas después.
Louise agitó la mano indicándole que no tenía importancia.
–Da igual. Todavía no nos han dado mesa.
Justo en ese momento, una camarera adolescente llamó a Louise por su nombre, y todos seguimos los bamboleantes frunces de su delantal naranja adornado con abalorios rosas hasta la zona del comedor. Scott y yo íbamos detrás de Cassie y Louise.
–¿Te he contado lo del estudiante japonés que vino la semana pasada a mi consulta? ¿El que hacía más de diez años que no iba al dentista? –me preguntó Scott–. Se le había roto una muela y el nervio estaba al aire. Así que tuve que...
–¡Basta, basta! –grité, tapándome las orejas.
Para mí, oír hablar de desastres dentales era aún peor que escuchar una de esas anécdotas sobre alguien que por una tontería pierde un ojo. Pero Scott solía vengarse de mis chistes de dentistas contándome sus casos más truculentos con perversa minuciosidad, solo por torturarme. Creo que, en realidad, no se daba cuenta del pánico que me daban los dentistas.
Y no porque me hubiera pasado nada verdaderamente terrible en la consulta de un dentista. Nunca me habían arrancado un diente por error, ni ninguna auxiliar de clínica me había arañado las encías con su pequeño raspador metálico, ni había tenido de niña ninguna experiencia traumática con esos moldes dentales para el flúor que generan tanta baba.
Se trataba, en cambio, de la ansiedad que me causaba desde siempre el sabor de la anestesia oral antes del pinchazo de novocaína, y el hecho de escupir peda-citos de diente cuando acababa el taladrado y se colocaba el empaste.
Odiaba ir al dentista, odiaba a los dentistas en general y, dado que no disponía de seguro médico, disfrutaba pensando con relativa despreocupación que durante una larga temporada no podría permitirme el lujo de ir a que me revisaran los dientes.
Pedimos la cena y dimos cuenta de otro cestillo de patatas fritas con dos salsas y de nuestras respectivas dosis gigantes de refresco light. Excepto Scott, claro, que como se hacía todos los días cuarenta kilómetros en bici, no tenía que preocuparse por las dimensiones de su trasero. Él, en vez de un refresco light, pidió una cerveza.
–No puedo creerme que vaya a llevar una vida normal –dijo Louise, sorbiendo ruidosamente con la pajita el fondo de su vaso lleno de hielo. Scott le hizo una seña a un camarero que pasaba por allí para que se llevara el vaso vacío de Louise y le llevara otro–. Mi vida ya no girará más en torno al sueño. Podré salir por las noches y ver el sol los fines de semana. Ya he quitado las mantas de las ventanas.
–Eres como una planta lista para crecer –dijo Cassie–. Llevas demasiado tiempo a oscuras. Te estabas poniendo amarilla.
–¡Exacto! –dijo Louise, y extendió el brazo pálido y lleno de pecas para que lo viéramos–. Este no es el color de un ser humano sano y normal.
–Ahora ya no tienes excusa para no salir con chicos –dije yo.
Louise frunció los labios y achicó los ojos.
–Sí, tal vez me apetezca salir con alguien.
–¿Cuánto tiempo hace que rompiste con ese tipo que trabajaba en Intel? –le pregunté.
–Yo no diría que rompimos. Solo salimos un par de veces. Eso no constituye una relación.
–Pero ¿cuánto tiempo hace? –insistí.
–Tres meses, más o menos, y no tengo ninguna prisa por repetir. No se me dan bien los técnicos. Creo que se debe a una incompatibilidad de caracteres. Son demasiado racionales, y yo soy más bien intuitiva, como Cass. Pero, claro, los únicos tíos disponibles trabajan con ordenadores. ¿Por qué será?
–Porque es la principal industria de la región –dijo Scott–. Por eso hay tantos tipos por aquí que se dedican a la informática.
Las tres lo miramos con fastidio. A veces, Scott era incapaz de captar la verdadera esencia de una conversación.
–No, yo creo que es porque son los únicos que quedan solteros –dijo Louise–. Y hay una razón para ello, en términos de desarrollo emocional... o de falta de él. Todos esos tipos son unos empollones que han puesto todo su esfuerzo en aprender cosas, en vez de aprender a relacionarse con la gente.
–Los empollones tienen sus ventajas –dije yo–. Normalmente tienen un buen trabajo, y te tratan bien porque están encantados de tener una novia.
–¿Tú has salido con alguno? –preguntó Scott.
–Bueno, no.
–Ya me parecía. No parecen de tu tipo –dijo él.
–¿Y cuál es mi tipo?
–No lo sé. Alguien un poco más inquieto –Scott abrió mucho los ojos–. Más peligroso.
Yo chasqueé la lengua.
–Sí, ya. Uno de esos tipos musculosos, con el pelo largo y llenos de tatuajes. Moteros de los que van sin casco. Chicos malos, de esos que se juntan y alquilan una casa en el noreste de Portland y no reconocerían una cortadora de césped ni aunque les pasara por los pies y que seguramente tampoco votan. ¡Ese es mi tipo!
–Hannah, querida –dijo Louise–, no conozco ni una sola mujer que se sienta atraída por un hombre al que no le guste trabajar en el jardín.
–Y el pelo largo está muy bien para las fantasías –dije yo–. Pero, en la vida real, es señal de que el tipo tiene que vender la moto para pagar el alquiler.
–A mí me gustan los hombres con el pelo largo –dijo Cassie–. No siempre son perdedores. Yo he conocido a algunos muy interesantes en mi clase de yoga. Uno de ellos enseña inglés en la universidad estatal de Portland. A mí el pelo largo me parece sexy.
Yo miré a Scott, intentando imaginármelo con el pelo largo y recogido en una coleta mientras se paseaba por la consulta con su uniforme verde azulado. No era una imagen del todo desagradable, pero resultaba bastante cómica.
Scott me pilló mirándolo y se dio cuenta de que me estaba sonriendo para mis adentros.
–¿Qué pasa? –preguntó.
–Nada.
Por fin nos sirvieron la cena: unas bandejas de relleno para fajitas que chisporroteaban y humeaban aparatosamente. Durante unos minutos, mientras rellenábamos y enrollábamos las fajitas, no pensamos más que en tortillas y crema amarga. Al primer mordisco, noté que el jugo de la carne goteaba por abajo, deslizándose por mi mano.
–No sé por qué me dais a mí la lata con lo de salir con alguien –dijo Louise después de que los cuatro nos tragáramos los primeros cruciales bocados–. Ninguno de vosotros sale con nadie. Estáis proyectando vuestras frustraciones en mí.
–Yo intento echarme novio –dije yo–. Dios sabe que lo intento. Pero no encuentro a nadie que merezca la pena.
–Su chakra sexual está bloqueado –dijo Cassie.
–¿Qué? –preguntó Scott, parándose cuando se disponía a llevarse a la boca su impecable fajita, que, por supuesto, no goteaba.
–Mi chakra sexual –dije yo, y echándome hacia atrás señalé la zona justo debajo de mi ombligo–. Cass ha intentado liberar mi energía sexual llevándome a una de sus clases de danza del vientre.
–Los hombres notan cuándo la Divina Feminidad se ha despertado en una mujer –dijo Cassie.
–¿De veras? –preguntó Scott.
–Tal vez yo también deba ir a esas clases –dijo
Louise, sin dirigirse a nadie en particular.
–Si no sales con alguien –le dijo Cassie a Scott–, puede que también a ti se te bloquee el chakra.
–Pues no pienso hacer la danza del vientre –dijo él.
–De todos modos, yo no conozco los movimientos adecuados para un hombre –dijo Cassie–. Las energías son diferentes. Pero, según dicen, beber mucho líquido sirve tanto para hombres como para mujeres, porque te purifica por dentro.
Al parecer, el agua no era buena solo para los constipados convencionales, sino también para los emocionales. Me mordí la lengua para no decirlo en voz alta, considerando que estábamos comiendo. Vi que los labios de Scott se curvaban. Nuestros ojos se encontraron un momento, y comprendí que estábamos pensando lo mismo.
–De todos modos, ¿dónde va una a conocer a alguien hoy en día? –preguntó Louise–. Yo no quiero ir a un bar, y mucho menos salir con alguien que merodee por los bares buscando mujeres. Los expertos recomiendan conocer a alguien a través de los padres o de los amigos, pero mis padres no conocen a nadie de mi edad. Ya se lo he preguntado. Solo conocen a fanáticos cristianos de veinticinco años. Y vosotras no sois de gran ayuda. Si conocéis a un tío soltero, os lo quedáis para vosotras.
–Bueno, yo no –dijo Scott.
–Tú ibas a buscarme un dentista guapo. ¿Dónde está, a ver? –preguntó Louise.
–Están todos casados –dijo él–. Y, además, no son tu tipo. Tú necesitas alguien que esté dispuesto a pasarse toda la noche hablando de las teorías de Jung acerca de la interpretación de los sueños, no un tipo cuya mayor afición sea navegar por el río en un bote y acercarse a la isla Sauvie a espiar a las nudistas.
–¿Eso es lo que hacen los dentistas en sus ratos libres? –pregunté yo.
–Cuando no están sacándole brillo a su Porsche o revoloteando por los grandes almacenes de bricolage.
Nos quedamos calladas un momento, pensando en la perpetua adolescencia de los hombres mientras Scott enrollaba otra fajita.
–Esto no puede seguir así –dije por fin–. Aunque hubiera un solo hombre entre un millón para cada una de nosotras, en la zona de Portland hay ¿cuántos? ¿Dos millones de habitantes? De modo que hay un millón de hombres, más o menos, lo cual significa que tiene que haber por lo menos un hombre perfecto para cada una. Y una mujer para ti, Scott. Están ahí fuera. Solo tenemos que encontrarlos.
–Esas cosas no pueden forzarse –dijo Cassie–. El universo...
–Yo no quiero esperar a que el universo se encargue de ello. El seis de septiembre cumpliré treinta años. O sea, dentro de cuatro meses. Para entonces, pienso estar comprometida –dije con determinación, como si toda la angustia que había sentido la noche anterior se hubiera cristalizado de repente en aquella única idea. Aquella declaración no alivió mi incertidumbre, ni la preocupación acerca de lo que me deparaba el futuro. Nada cambió, pero aquellas palabras me produjeron una cierta sensación de control, aunque fuera impostada–. No quiero cumplir los treinta sin saber con quién voy a casarme.
–Hannah –dijo Louise con su tono de consejera preocupada–, casarse solo porque crees que estás en la edad significa un desastre seguro.
–Bueno, no voy a agarrar a cualquier pobre idiota que me encuentre por la calle. Si estuviera dispuesta a casarme con cualquiera, no habría problema. No, yo voy a encontrar a Míster Diez, a ese uno entre un millón que en este preciso momento se encuentra en algún lugar en un radio de treinta kilómetros. Así no habrá ningún error.
–¿Y por qué te preocupa tanto cumplir treinta años? –preguntó Scott. Todas lo miramos con estupor. Otra vez se le estaba notando la estupidez masculina–. Yo, cuando cumplí treinta, hice una fiesta estupenda. Fue fantástico. Bueno, vosotras ya lo sabéis, estabais allí. Sí, es cierto que me sentía un poco viejo, pero lo de casarme no me preocupaba lo más mínimo.
–Tic, tic, tic –dije yo. Él miró, perplejo–. El reloj biológico –le expliqué–. Está sonando. Tú puedes tener hijos mientras haya Viagra, pero nosotras tenemos un plazo que cumplir, ¿sabes?
–Ahora hay mujeres que tienen hijos pasados los cuarenta...
–No creo que ninguna de nosotras quiera estar en una residencia de ancianos cuando nuestros hijos se gradúen en el instituto –dije yo–. Yo no quiero preocuparme porque a mi marido le dé un ataque al corazón jugando al baloncesto con mi hijo. No quiero que la gente piense que soy la abuela de mi hija. Tengo una carrera, trabajo y gano dinero, y ahora quiero casarme y formar una familia. Ya va siendo hora, aunque el universo piense lo contrario, y estoy dispuesta a hacer algo al respecto.
–Vaya, Hannah, se diría que vas a emprender una campaña militar –dijo Scott.
–Esa no es forma de encontrar el amor –dijo Cassie.
–Tiene razón –dijo Louise–. No sé si el universo sabe cuándo a una le ha llegado el momento, pero estoy segura de que los hombres notan si estás desesperada y entonces huyen como alma que lleva el diablo. ¿Tengo razón o no, Scott?
–Huyen de ti como si tuvieras tres hermanos palurdos a la espalda, armados con sus pistolas.
–Yo no estoy desesperada –dije yo–. Solo pretendo organizarme. El universo ayuda a los que se ayudan a sí mismos. No puedo esperar a que ese hombre aparezca en mi puerta un buen día, ¿no? ¿Es que vosotros no queréis encontrar a vuestra alma gemela?
El silencio se hizo alrededor de la mesa, entre las voces y el entrechocar de platos del restaurante.
–Bueno, sí, yo quiero encontrarla –dijo Louise finalmente–. Pero ¿cómo?
–Eso es lo que voy a averiguar.
–¿Estás muy liada? –me preguntó Robert, dándome un montón de pantalones y chaquetas para arreglar.
