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Una propuesta colectiva para plantear un nuevo escenario donde poder transformar las ciudades y los territorios donde desarrollamos nuestras vidas. Una propuesta que crecerá con las aportaciones de diferentes expertos en urbanismo, ecología y medio ambiente para presentarnos otras maneras de vivir posibles. Con cada nueva actualización podrás descargarde manera gratuita las nuevas aportaciones de los autores a este texto en crecimiento. "Marx había dicho que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez se trate de algo completamente diferente. Es posible que las revoluciones sean, para la humanidad que viaja en ese tren, el acto de accionar los frenos de emergencia."" (Walter Benjamin) Presentamos este trabajo de forma colectiva con el objetivo de analizar las tensiones presentes en los ámbitos de la arquitectura, la ciudad y el territorio desde/en la crisis de la covid. Todas las personas implicadas en este esfuerzo llevan años trabajando para visibilizar que las ciudades reproducen los sistemas dominantes en todos sus estratos. El capitalismo naturaliza las desigualdades y la injusticia social dentro de un marco administrativo que actúa como freno a multitud de energías emergentes. Hemos querido analizar esta situación de crisis sanitaria y sistémica desde estas perspectivas, entendiendo que debemos pasar de tratarlas como resistencias para plantear un nuevo escenario donde poder transformar las ciudades y territorios en los que desarrollamos nuestro proyectos vitales: feminismos, biopolítica, agroecología, vivienda digna, equilibrio medioambiental, salud comunitaria, energías, libertad de movimiento y acción, conflictividad, movilidad… son las (a)disciplinas desde las que lanzamos este proyecto colectivo, con la idea de cuidarnos, página a página.
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Seitenzahl: 475
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Akal
Pablo Rabasco (ed.)
Ciudad y resiliencia
Última llamada
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RAG
Imagen de cubierta
Rogelio López Cuenca
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© de los textos, los autores, 2020
© Ediciones Akal, S. A., 2020
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4990-6
Control Social, territorio y tecnopolítica en el mundo poscovid
Pablo de Soto
En diciembre de 2019 surgía un brote de casos de neumonía en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia china de Hubei. El foco se establecía en un mercado mayorista de marisco, pescado y animales salvajes. El doctor Li Wenliang, un oftalmólogo del hospital central de la ciudad, fue el primero en advertir a las autoridades y en redes sociales sobre el brote. La policía de Wuhan le amonestó por «falsos comentarios sobre un brote de SARS (Síndrome Respiratoro Agudo Grave) sin confirmar». El 7 de febrero Wenliang moría por el efecto de la enfermedad causada por el virus.
El 7 de enero de 2020, las autoridades chinas identificaron como agente causante del brote un nuevo virus de la familia Coronaviridae que fue denominado SARS-CoV-2. La secuencia genética fue compartida por las autoridades chinas el 12 de enero. La transmisión del SARS-CoV-2 se produce mediante las pequeñas gotas de saliva que se emiten al hablar, estornudar o toser. Al ser despedidas por un portador, que puede estar incubando la enfermedad o ser asintomático, pasan directamente a otra persona mediante la inhalación. O quedan sobre los objetos y superficies que rodean al emisor, y luego, a través de las manos, que lo recogen del ambiente contaminado, toman contacto con las membranas mucosas orales, nasales y oculares, al tocarse la boca, la nariz o los ojos.
La enfermedad causada por este nuevo virus se ha denominado por consenso internacional covid-19. Produce síntomas similares a los de la gripe, entre los que se incluyen fiebre, tos seca, disnea, mialgia y fatiga. En casos graves se caracteriza por producir neumonía, síndrome de dificultad respiratoria aguda, sepsis y choque séptico que conduce, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), a cerca del 3,75 por 100 de los infectados a la muerte. No existe tratamiento específico; las medidas terapéuticas principales consisten en aliviar los síntomas y mantener las funciones vitales. Los síntomas aparecen entre dos y catorce días, con un promedio de cinco días, después de la exposición al virus.
El Comité de Emergencias del Reglamento Sanitario Internacional declaró el brote como una emergencia de salud pública de importancia internacional en su reunión del 30 de enero de 2020. A través del tráfico aéreo internacional y las cadenas globales de suministros el virus se comenzó a propagar masivamente, afectando a casi todos los países. La OMS lo reconoció como una pandemia global el 11 de marzo de 2020, con casos confirmados en 216 países, el 85 por 100 de las 251 entidades reconocidas por las Naciones Unidas. El 21 de junio de 2020 habían sido reportados más de 8,8 millones de casos en todo el mundo, con más de 464.000 muertes.
Para evitar la expansión del virus y ayudar a aplanar la curva de contagios, los gobiernos decretaron el estado de alarma e impusieron el distanciamiento social, con restricciones a la movilidad y medidas de aislamiento: cierre de las fronteras exteriores, controles internos, reducción drástica del tráfico aéreo, evacuación de ciudadanos extranjeros, cancelación de eventos, cierre de establecimientos, universidades, escuelas y servicios religiosos. El movimiento entre unidades territoriales quedó prohibido. Se imponía un estado de excepción transitorio, por la vía de los Estados nacionales.
Esta serie de medidas de control eran acompañadas de sanciones rigurosas en caso de incumplimiento. En lo que a España respecta, el estado de alarma por la pandemia del coronavirus llegó a su fin el 21 de junio con más de 9.000 detenidos y casi 1,2 millones de sanciones por desplazamientos no autorizados o por participar en actividades grupales.
Figura 1. Visualización geográfica de la propagación del virus SARS-CoV-2 a partir de su filogenia genética.
Fuente: NextStrain, disponible en [https://nextstrain.org/ncov/global?].
A medida que la covid continuó extendiéndose por todo el mundo y aumenta el número de víctimas mortales en muchos países, algunos gobiernos buscaron ayuda en la tecnología para controlar que el confinamiento domiciliario y las restricciones a la movilidad fueran cumplidas.
En Hong Kong, a partir del 19 de marzo, todos los que llegaron al territorio recibieron una pulsera electrónica para garantizar que cumplieran con la cuarentena obligatoria de dos semanas.
En Polonia, el gobierno impuso el uso obligatorio de la aplicación Home Quarantine para todos los que entraran en el país. La aplicación utiliza tecnología de geolocalización y reconocimiento facial, y solicita selfies al azar. El usuario tiene veinte minutos para subir la autofoto desde el lugar de confinamiento, a riesgo de ser visitado por la policía.
En China, el gobierno empleó cámaras térmicas en los espacios públicos para vigilar la temperatura de los ciudadanos. Se instalaron sensores de movimiento en las puertas del domicilio de personas contagiadas para controlar el confinamiento. Se estableció un código de salud a través de la plataforma de mensajería WeChat y la de pago Alipay para valorar y etiquetar cuán «segura» es una persona. Empleando un conjunto de datos personales entregados de manera voluntaria y datos municipales, se genera un código de tres colores: verde, para «seguro»; amarillo, que exige un periodo de cuarentena de una semana, y rojo, para una cuarentena de catorce días. El programa envía la ubicación y el código de identificación del usuario a un servidor conectado con la policía para permitir a las autoridades rastrear los movimientos de las personas a lo largo del tiempo.
Bélgica, China, Francia, India, Israel, Italia, Jordania, Kuwait, España, Emiratos Árabes Unidos y Reino Unido han desplegado drones para restringir los movimientos de los ciudadanos.
Para abril de 2020, casi un tercio de la humanidad se halla en situación de confinamiento obligatorio. En paralelo al control del confinamiento, otra serie de tecnologías se empleaban para obtener los datos de posición de las personas contagiadas y sus movimientos en el territorio con objeto tanto de anticipar posibles focos de contagio como para poder modular las restricciones de un confinamiento que estaba causando enormes estragos económicos y sociales.
En comparación con el brote de 2002 de SARS y otros anteriores, la emergencia de la covid-19 está ocurriendo en un mundo mucho más digitalizado y conectado. En 2020, la vigilancia de la población no se realiza solo mediante cámaras de vídeo, sino también a partir de los smartphones que una gran mayoría de la población lleva consigo conectados todo el tiempo a internet. Esta posibilidad llevó a muchos gobiernos a diseñar plataformas y aplicaciones que les permitieran rastrear los pasos de sus ciudadanos con el objetivo de controlar la propagación del virus.
ANÁLISIS AGREGADO DE MOVILIDAD
Algunos gobiernos –incluidos China, Ecuador, Alemania, India, Israel, Italia, Polonia, Corea del Sur, Taiwán y Tailandia– están utilizando el GPS a través de teléfonos móviles para rastrear a las personas, controlar cuarentenas o saber dónde podría ocurrir una propagación del virus.
Con casi 6.300 casos y más de 40 muertes registradas a mediados de marzo, Corea del Sur se alzaba como el país con el mayor brote de covid-19. El país ya contaba con la experiencia de haber sufrido la epidemia del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) en 2015, y existe toda una cultura de cómo enfrentar colectivamente una epidemia. En vez de poner en marcha medidas agresivas como controles de inmigración o confinamientos, Corea del Sur montó una estrategia consistente en trazar, testear y tratar. Además de realizar numerosos test, la política del gobierno coreano ha sido localizar la mayor cantidad de casos y aislarlos. Para ello, las agencias gubernamentales han venido recolectando las grabaciones de las cámaras de vigilancia, los datos de localización de los smartphones y los registros de las compras con tarjetas de crédito para ayudar a trazar los movimientos de los pacientes de covid y establecer las cadenas de transmisión del virus. Estos datos se publican y se muestran en distintas aplicaciones, a través de una API (Application Programming Interface) pública.
A partir de esta API, han surgido una gran cantidad de servicios de mapas que geolocalizan a los infectados confirmados. Estos mapas incluyen la información por distritos de las rutas de los pacientes anonimizados registrados en los últimos 18 días. Estos servicios han sido posibles gracias a la rigurosa política de transparencia del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Corea del Sur (KCDC). Por su parte, los gobiernos municipales y de distrito envían alertas de emergencia de forma regular a los teléfonos de sus habitantes para informar sobre cualquier nuevo caso del coronavirus.
El control de los enfermos y pacientes en cuarentena se lleva a cabo a través de una aplicación de smartphone desarrollada por el Ministerio de Interior y Seguridad, que permite que las personas que han recibido la orden de no salir de casa se mantengan en contacto con los trabajadores sociales e informen sobre su progreso. También usa GPS para rastrear la ubicación de los usuarios y asegurarse de que no rompan la cuarentena. Denominada «protección de seguridad de autocuarentena», está destinada a ayudar a gestionar el creciente número de casos y prevenir a los «grandes propagadores», responsables de muchas infecciones. Dicha aplicación envía alertas, permite monitorizar la localización y, según las autoridades, es una forma más práctica que tener que llamar por teléfono a la persona afectada para saber si cumple las recomendaciones.
Figura 2. Mapa de seguimientos de pacientes de covid-19 en Corea del Sur, Corona Map, Corea del Sur, disponible en [http://coronamap.site].
Esta cantidad de datos y transparencia no está exenta de problemas. La caza online de infectados busca identificar y detectar a los portadores del coronavirus, lo que ha causado un clima de miedo social. También se han producido filtraciones de información personal de pacientes, algunas de las cuales han demostrado ser falsas. Para minimizar estos riesgos, el gobierno coreano cambió las especificaciones de la aplicación para que solo pudieran acceder a ella las partes implicadas, es decir, el sujeto en cuarentena y el funcionario gubernamental asignado a su cuidado.
TECNOLOGÍAS DIGITALES DE SEGUIMIENTO DE PROXIMIDAD
Una forma de tecnología digital para la vigilancia que ha recibido amplia atención en muchos países que enfrentan la epidemia de covid en los últimos meses es el seguimiento de proximidad. El seguimiento de proximidad mide la intensidad de la señal entre dos teléfonos móviles para determinar si estaban lo suficientemente cerca como para que sus usuarios transmitieran el virus de una persona infectada a otra no infectada. Si un usuario da positivo de coronavirus, otros que han sido identificados como cercanos a esa persona pueden ser notificados y, a continuación, tomar las medidas adecuadas para reducir los riesgos para la salud de ellos mismos y de otros. El seguimiento de proximidad a menudo se combina con el «rastreo de contactos».
El rastreo de contactos es el proceso de identificación, evaluación y gestión de personas que han estado expuestas a una enfermedad para prevenir la transmisión posterior. Cuando se aplica sistemáticamente, el rastreo de contactos permite cortar las cadenas de transmisión de una enfermedad infecciosa y, por lo tanto, es una herramienta esencial de salud pública para controlar los brotes de enfermedades infecciosas. Para que el rastreo de contactos sea efectivo, los países necesitan la capacidad adecuada, incluidos los recursos humanos, para evaluar los casos sospechosos de manera oportuna. Estos recursos humanos se concretan en brigadas detectivescas de rastreadores telefónicos, que, en los países donde se ha puesto en marcha, están compuestos por perfiles variados: desde sanitarios jubilados o parados hasta cadetes del ejército o militares en la reserva. La tecnología digital puede desempeñar un papel complementario en los programas implementados de rastreo de contactos.
En el contexto de la pandemia, Singapur fue el país pionero en comenzar a usar las tecnologías digitales de seguimiento de proximidad con su aplicación TraceTogether. Esta registra la proximidad entre dos personas y la duración de su interacción, y asimismo registra a los usuarios que se encuentren a dos metros el uno del otro durante 30 minutos. Los datos se almacenan en el teléfono del usuario durante 21 días para que puedan realizar un seguimiento de las interacciones y posibles exposiciones al virus.
Una tecnología similar a la de Singapur fue desarrollada en Europa bajo el acrónimo DP-3T, que da nombre al protocolo Decentralized Privacy-Preserving Proximity Tracing o rastreo descentralizado de proximidad con preservación de la privacidad. DP-3T es un protocolo de código abierto que utiliza la funcionalidad Bluetooth Low Energy en dispositivos móviles y que garantiza que los datos personales y la computación permanezcan en el teléfono de cada individuo. La preocupación principal de los desarrolladores del proyecto, liderado por la ingeniera Carmela Troncoso, es mantener la privacidad creando la figura de «identidades efímeras». Una vez que una persona tiene la aplicación en su teléfono, esta genera una clave anónima que va «refrescándose» y cambiando cada cierto tiempo. Se trata así de un sistema descentralizado donde tanto la geolocalización como la lista de contactos no se guardan en un ordenador central en manos de la autoridad, sino que están en las manos de las y los usuarios: los datos se quedan en el teléfono de las personas y solo ellas pueden activar la alerta.
El protocolo DP-3T fue producido por un equipo de más de 25 científicos e investigadores académicos de toda Europa, y ha sido analizado y mejorado por la comunidad internacional de desarrolladores de software libre y criptografía. Toda la documentación puede encontrarse en un repositorio de GitHub y hasta existe un pequeño cómic, elaborado por el propio equipo y traducido a múltiples lenguas, que explica mediante viñetas el diseño y funcionamiento de la tecnología.
Inspirados por el protocolo DP-3T, los gigantes tecnológicos Apple y Google llegaron a un acuerdo conjunto para implementar un protocolo de interoperabilidad en sus sistemas operativos iOS y Android que permite el desarrollo de aplicaciones móviles con la funcionalidad de seguimiento de proximidad.
Figura 3. Esquema de funcionamiento de una app de seguimiento de proximidad.
Fuente: Luca Ferretti, Chris Wymant, Michelle Kendall, Lele Zhao, Anel Nurtay, Lucie Abeler-Dörner, Michael Parker, David Bonsall, Christophe Fraser (2020-03-31), «Quantifying SARS-CoV-2 transmission suggests epidemic control with digital contact tracing», Science. Doi: [10.1126/science.abb6936. ISSN 0036-8075. PMID 32234805].
La idea detrás de la tecnología digital de seguimiento de proximidad es que funcione en los móviles sin que tengamos que hacer nada. Cada vez que te acercas a dos metros de alguien que también tenga la aplicación instalada, los teléfonos se intercambian dos códigos aleatorios generados en el momento. No se intercambia ni la identidad ni la localización. Los códigos se eliminan de los teléfonos después de catorce días, el periodo máximo de incubación del virus. Si ninguna de las dos personas da positivo dos semanas después del encuentro, es imposible que haya habido contagio. Si una persona da positivo, puede elegir publicar en un servidor sus códigos aleatorios (sin ninguna información personal) y eso avisa a los teléfonos de las personas con las que haya estado a menos de dos metros. Así, puedes saber que has estado cerca de un positivo por coronavirus y tomar las medidas adecuadas.
En España, el gobierno encomendó a la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial (SGAD) una aplicación de seguimiento de proximidad que se probaría de forma piloto en Canarias.
SOLUCIONISMO TECNOLÓGICO
Una tentación en la era digital es la de querer arreglarlo todo, desde el crimen y la corrupción hasta la polución o la obesidad, por medio de estrategias digitales de cuantificación y sus respectivas apps o aplicaciones móviles. Es la panacea del solucionismo tecnológico: la creencia de que para cada problema hay una respuesta, más que política, esencialmente tecnológica.
La periodista canadiense Naomi Klein ha alarmado sobre las «soluciones» para los ámbitos de la sanidad o la educación ofrecidas por las corporaciones tecnológicas. Analizando el nuevo cometido de Eric Schmidt, antiguo CEO de Google que encabeza ahora una comisión para «reimaginar la realidad poscovid» en el estado de Nueva York, Klein advierte de un posible futuro dominado por la asociación de los Estados con los gigantes tecnológicos. La autora caracteriza esta amenaza como una doctrina del shock pandémico, a la que denomina como el Nuevo Pacto de las Pantallas (Screen New Deal). Rastreo de datos, comercio sin efectivo, telesalud, escuela virtual, gimnasios y cárceles son parte de una serie de propuestas para un mañana «sin contactos». En el contexto desgarrador del contaje de muertos por coronavirus, las corporaciones estarían vendiendo, según Klein, la dudosa promesa de que sus tecnologías son la única forma posible de proteger nuestras vidas contra esta y las próximas pandemias por venir.
Porque las soluciones tecnológicas a menudo hacen tanto daño como bien, por ejemplo, al aumentar la discriminación racial, la exclusión social, la ausencia de responsabilidad y la falta de avances reales ante los problemas que supuestamente abordan.
La matemática y experta en datos Cathy O’Neil, una voz autorizada en el estudio de cómo los algoritmos aumentan las desigualdades, ha llamado la atención sobre uno de los problemas de la tecnología digital de seguimiento de contactos: depender del bluetooth, una tecnología que solo tienen los smartphones. O’Neil apunta que quienes no tengan móviles, como los presos, la gente mayor o los sin techo, serán invisibles para el sistema. Quienes no tengan un incentivo para usar la aplicación, como los inmigrantes irregulares, amenazados de deportación, y los que no puedan permitirse quedarse en casa sin trabajar, no lo harán. Y estos colectivos coinciden casi a la perfección con la población que corre mayor riesgo de infección. Para O’Neil, las aplicaciones para seguimiento de la proximidad no funcionarán si los más vulnerables quedan fuera de su campo de acción.
Otro problema del sistema digital de seguimiento de proximidad basado en el DP-3T es que, si bien protege la privacidad, puede ser fácilmente «troleado», pudiendo crear alarma social injustificada en manos de intereses espurios. La tecnología es además especialmente proclive a la creación de falsos positivos como, por ejemplo, cuando dos personas estén separadas por una mampara.
Adicionalmente está la consideración de que la tecnología en un sentido general no existe de manera aislada del entorno en el que se desarrolla y se implanta. En ese sentido, las soluciones de seguimiento de proximidad que se han aplicado en los países asiáticos no tienen que ver solo con el procedimiento técnico en sí, sino con el grado de penetración de la tecnología, con las particularidades de sus sistemas de gobierno, con la disposición a asumir los costes en términos de privacidad, con la legislación y con la cultura del país en un sentido amplio.
PANDEMIA Y TECNOPOLÍTICA: DATOS PERSONALES, SALUD PÚBLICA Y VIGILANCIA
La tecnopolítica es un concepto en auge que pone la atención en el papel de las tecnologías, las infraestructuras y los sistemas tecnocientíficos en la construcción de las relaciones de poder, económicas y sociales. Esta perspectiva señala la relevancia de las tecnologías digitales en la configuración de la vida contemporánea en todos sus ámbitos. Incide en sentido contrario a la percepción más o menos generalizada de su carácter esencialmente técnico, ajeno a las cuestiones políticas en su concepción más convencional.
El proceso de digitalización que se ha acelerado con motivo de la pandemia ha convertido el mundo de 2020 en un laboratorio tecnopolítico en lo relativo a cómo se utilizan y se van a utilizar nuestros datos personales. Sobre el tablero, dos perspectivas opuestas en conflicto: por una parte, los gobiernos necesitan suficiente información para gestionar la epidemia; por otra, los ciudadanos quieren mantener la privacidad de informaciones personales tan críticas como los datos médicos y de localización.
El uso masivo de estos datos para la gestión de la salud pública podría verse como algo positivo. ¿Quién no quiere reducir el potencial de exposición? La cantidad de datos producidos desde los albores de la humanidad hasta 2003 se genera hoy en unos minutos. Además, los modelos computacionales avanzados, como los basados en el machine learning, han demostrado un gran potencial para rastrear la fuente o predecir la futura propagación de enfermedades infecciosas. Por lo tanto, parece imperativo aprovechar el big data y el análisis inteligente y darles un uso adecuado para la gestión de la salud pública.
Pero a medida que se expande la dependencia de tecnologías potencialmente invasivas, debemos prestar atención a las medidas que se están implementando «para nuestro beneficio» ahora, las tecnologías que se están desarrollando y desplegando y las otras funciones que han cumplido o podrían cumplir, y qué sucede con estas funcionalidades una vez que esta crisis haya terminado.
Para el «ciudadano cero» Edward Snowden, si bien los gobiernos pueden tener buenas intenciones cuando diseñan estas tecnologías de control, lo que están construyendo son unas «arquitecturas de la opresión». Snowden, antiguo analista de inteligencia de la National Security Agency (NSA) exiliado en Rusia, se pregunta si realmente creemos que cuando la primera ola, la segunda ola, la decimosexta ola del coronavirus sean un recuerdo olvidado hace mucho tiempo… estas capacidades de vigilancia no se mantendrán. O que estos conjuntos de datos no se guardarán. Entre las implicaciones a largo plazo, señala Snowden, está la preocupación de que una vez que la pandemia esté controlada, los gobiernos se muestren reacios a dejar de emplear estos nuevos poderes de vigilancia.
Adicionalmente, según las tesis de Shoshana Zuboff presentadas en su libro The Age of Surveillance Capitalism, la extracción y explotación de los datos se ha convertido en el modelo de negocio de las corporaciones de internet, en un nuevo mecanismo de acumulación de capital. Más allá de la pérdida de privacidad, la autora ve el peligro de la destrucción de la democracia por la inducción de la modificación de los comportamientos. Zuboff cita a un exgerente de productos de Facebook que señaló que el «propósito fundamental» de los analistas de datos es influir y alterar el estado de ánimo y el comportamiento de las personas. Recordemos Cambridge Analytica.
En ese sentido, una de las amenazas del mundo poscovid es que la gente pueda ser clasificada a partir de sus datos médicos, que se implementen pasaportes biomédicos o de inmunidad. Y que se implementen nuevos sistemas de discriminación en relación con la movilidad, con los seguros médicos, con el acceso al trabajo o con los servicios.
Mucho antes de que estallara la pandemia, las luchas en torno a la vigilancia, desde el uso de software de reconocimiento facial hasta algoritmos de vigilancia predictivos, ya estaban desplegándose. Varias ciudades de todo el mundo han prohibido el reconocimiento facial, entendiendo que esta tecnología viola las leyes de privacidad, tiene fallas tecnológicas y está programada con prejuicios raciales, de género y otras formas de discriminación. En la Unión Europea, los movimientos por la privacidad habían conseguido que se aprobara el Reglamento General de Protección de Datos. Pero en otros lugares, el uso del reconocimiento facial y la inteligencia artificial se está generalizando para monitorear y controlar la disidencia.
Adicionalmente, la pandemia acaece en un momento histórico en el que los gobiernos de algunos países poderosos están liderados por negacionistas de la ciencia y fuerzas de extrema derecha. Además de los efectos de nuevas oleadas de contagios masivos, se está iniciando una nueva crisis económica global, la mayor desde la Gran Depresión, y es previsible que se dé un incremento de la pobreza, el paro y la desigualdad. En principio, será mayor allí donde la covid haya impactado con mayor fuerza, como es el caso de España. En este más que probable escenario prospectivo de conflicto, los gobiernos pueden llegar a emplear plataformas tecnológicas que se hayan aprobado o diseñado bajo los miedos y urgencias de la pandemia actual.
El mundo poscovid está caracterizado por una extraordinariamente compleja y delicada relación entre control y cuidados, por líneas muy delgadas que separan la dicotomía entre vigilancia y privacidad. Ante este escenario, es fundamental que las organizaciones civiles de defensa de la privacidad y los derechos humanos continúen alerta, pero también que los ciudadanos en general estemos atentos y tratemos de participar activamente en el cuidado de nuestros datos, igual que nos cuidamos del coronavirus. Lo que está en juego es el diseño de las políticas que van a regir cuestiones como que nuestros datos de salud y localización puedan ser o no utilizados, y de qué manera, por los gobiernos de pasado mañana.
REFERENCIAS
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Zuboff, Shoshana, The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for the Future at the New Frontier of Power, Londres, Profile Books, 2019.
Agroecología en 3 C: afrontando pandemias globales
Ángel Calle Collado e Isabel Álvarez Vispo
(integrantes de Comunaria.net)
LA CONTRACCIÓN NEOLIBERAL
Quizá Friedrich Hayek, al publicar Camino de servidumbre en 1944, no imaginara que las elites neoliberales abandonarían las esencias del propio liberalismo para acabar proponiendo abiertamente fórmulas autoritarias con las que sostener la centralidad de sus mercados globalizados y especulativos. Desde ahí tratan de someter hoy todo juego social y toda idea abierta de lo político. Quizá tampoco atisbara que dicho neoliberalismo no era sino un acelerón más en un sistema económico insostenible para el conjunto de la especie humana.
Quizá, sólo quizá. Porque ese mismo año Karl Polanyi también publicaba La gran transformación, donde daba cuenta de la falsa liberalidad en la construcción de los mercados, particularmente de los globales: para su progresiva consolidación se necesitaron y se seguirán precisando muchas leyes, muchas puertas giratorias, poner una maquinaria administrativa a trabajar y sancionar, además de reducir lo económico al intercambio monetario. Sería Naomi Klein la que, ya en 2007, nos advirtiera de algunos errores del marxismo vulgar: cuanto peor no es mejor; es más, La doctrina del shock le ha ido bien al neoliberalismo para aterrizar férreamente sus dogmas interesados, privatizadores y provocadores de grandes desigualdades. Hace apenas siete años, Philip Mirowski escribía el libro Nunca dejes que una crisis te gane la partida. ¿Cómo ha conseguido el neoliberalismo, responsable de la crisis, salir indemne de la misma? para comprobar, como volvía a hacer recientemente en una entrevista concedida a la revista Jacobin, que la crisis del coronavirus servía de trampolín para la bestia neoliberal y las elites que la cabalgan.
Reducir el tablero de juego, sancionar e invisibilizar la existencia de alternativas o terminar por dibujarnos un único presente es la tarea a la que constantemente se dedica el gran poder, el que controla las grandes estructuras y discursos, así como la circulación de cotidianidades. El poder entendido como imposición y cercamiento desarrolla, a partir de alianzas políticas, económicas y militares de las elites, ciertos monocultivos en la representación del tiempo (cómo nos podemos organizar), espacio (dónde habitamos, con quiénes cooperar) y de la economía (cómo sostenernos). Acotamientos que, sin embargo, se nos ofrecen como futuros infinitos, posibilidades ampliadas en un mundo en el que la (bio)diversidad del juego social se reduce a marchas forzadas.
No es un truco de magia. Se trata de una «revolución silenciosa» que no necesita de un mando único, pero sí de una coordinación en diversos frentes. En el caso de la maquinaria neoliberal, se trata de gobernar mediaciones (comunicación de masas, educación, simbología en nuestros balcones), reducir la política a las vísceras, siguiendo ahora al gurú Bannon, y aprovechar el clima de creciente crispación para seguir añadiendo leña al fuego. Las personas de abajo, que se ven excluidas del gran pastel, encuentran en ese mirar de frente al fuego la posibilidad de luz: son ellos y ellas las personas maltratadas o ninguneadas, son los otros (comunistas, feminazis, ecologistas de la subvención, aprovechados de cada sillón de la Administración, buscadores de ayudas) quienes constituyen «el problema», la no construcción de un designio histórico que juega con milenarismos (patria perdida, pueblo oprimido, esencias desplazadas) a la vez que con unas ideas de libertad muy excluyentes: hay democracia cuando el pueblo es gobernado por nuestra tribu en clave de mercados al poder.
Para Boaventura de Sousa Santos, esta razón indolente (cargada de razón neoliberal) actúa contrayendo el presente y ofreciéndonos un futuro ilimitado. Es una suerte de paraíso falseado que, en algunos casos, se puede comprar a plazos. Añadiríamos que es un «paraíso» que refuerza la polarización del mundo: explotan las brechas de desigualdad, se hacen más visibles las costuras del poder en torno a prácticas colonialistas, patriarcales, racistas.
La adicción física y forzosa (el endeudamiento como motor de ajustes neoliberales, privatizaciones y aliento de mercados especulativos, cambios constitucionales, restricciones presupuestarias) se complementa con la adicción social (la creación de relatos, la pasividad como clase consumidora, el control de las mediaciones sociales). El imperio de deudocracia se gesta en los años noventa a través de organizaciones como las patronales de la UNICE y la ERT en la Unión Europea, o de las reuniones anuales de Davos[1]. Ya en 2010 las transacciones de divisas representaban 15 veces más que los movimientos de servicios y productos en el mundo: especulación futurista que impone una presión exponencial sobre los bienes naturales. Y para la segunda de las adicciones contamos, por ejemplo, con Facebook, donde tienes tus «recuerdos» y «amistades» más importantes; con grandes supermercados como Mercadona, donde adquirir un número grandísimo de productos «siempre a precios bajos», y gracias a Netflix o a tu nuevo iPhone puedes revisitar la historia o sumergirte en «renovadas experiencias».
Añadimos a la reducción y desperdicio de «otras experiencias» (que incluiría también la experiencia de sentir nuestro propio cuerpo o construir nuestras relaciones sociales) otro tipo de contracciones: la del propio territorio. Un territorio que desde el año 2009 podemos considerar oficialmente urbanizado a escala global, con la ciudad como centro territorial que genera todo un surtido de periferias a su alrededor. Una ciudad construida bajo el modelo desarrollado en el siglo XX en el que el protagonista es el vehículo, obviando las relaciones y necesidades de las personas y reforzando las posibilidades de control social. Este modelo, además de generar una ruptura en lo relacional entre las personas, también lo hace en la relación con el resto del territorio, con las periferias. El protagonismo del asfalto genera una falsa sensación de autosuficiencia, obviando la alta dependencia de la ciudad de su entorno así como la depredación que produce en él. Imaginarios que se sostienen a través de un hardware (estructuras) de megaurbes conectadas globalmente, apropiándose de flujos materiales y energéticos, imponiendo a la par un software (imaginarios) propicio a su visión de «desarrollo»[2].
Esto se relaciona con otra contracción importante: la de la propia subsistencia, donde el alimento es sustituido por simulacros a base de glutamato y aditivos. Y podemos incluir aquí también la progresiva sustitución de formas comerciales tradicionales o de cercanía por un estilo de consumo inspirado en la distinción y el pretendido ocio que nos ofrecen los grandes centros comerciales, las grandes marcas y, hoy, los centros de las ciudades como decorado o escaparate más que como lugares a habitar. Por eso, cabe hacer un recordatorio de que seguimos teniendo derechos como personas, derechos que comienzan cuando nacemos, no cuando somos dueñas de un ticket de compra. Los derechos de las personas apenas aparecen hoy en las narrativas políticas, mientras que los derechos de las consumidoras y el derecho a esquilmar los territorios son abanderados por el gran capital para su expansión[3].
Todo esto sucede ignorando las señales que nos llegan desde más allá de los números y de los mercados, más allá de las polaridades entre personas demasiado ricas y personas más que pobres. Llegan señales de un planeta que no da más de sí. Ya en los años sesenta Rachel Carson nos advertía sobre «el impetuoso y descuidado paso del hombre», haciendo referencia al modelo de producción que ignoraba todo ecosistema. Un sistema incompatible con ritmos y tiempos marcados por la naturaleza. Una estructuración de tiempo, espacio y economías en clave neoliberal donde se potencian desigualdades a través de múltiples factores: exclusión de matrices socioeconómicas, racismo, patriarcado, polarizaciones entre lo rural y lo urbano, centros económicos que refuerzan dinámicas colonialistas, estereotipos culturales y reproducción de instituciones autoritarias[4].
A pesar de todo esto, el mundo no es tan orwelliano como parece a primera vista en este primer repaso de la gramática mercantil y consumista dominante, por varias razones. Necesitamos constantemente responder (o encontrar una salida satisfactoria) a las preguntas de cómo sostener nuestros cuerpos, qué lazos servirán para apoyarnos en nuestro bienestar material y afectivo, y en qué casa (hogar, territorio, planeta) vamos a poder vivir[5]. Desplegamos alternativas frente a los cercamientos de las elites. Nos informamos, las mujeres se rebelan frente al patriarcado, planteamos una crítica al consumo, vemos con malos ojos la implicación de propuestas políticas autoritarias o que nos repercuten vía parón económico, y algunas personas se organizan de otra forma para contestar de otra manera a esta costumbre humana de cuidar cuerpos, tejer lazos y buscarse una casa habitable. Cultivamos sociedades frente la contracción del mundo neoliberal.
LA CONTRACCIÓN ALIMENTARIA
Estamos cargados de razones (neoliberales) y de irracionalidades (en tanto que somos especie). Sube el presupuesto armamentístico, se insufla aire a nuevas guerras, se digitalizan las vidas y se deterioran ecosistemas y sociedades. Todo ello hace ascender el Producto Interior Bruto, pero no el bienestar ni la felicidad ni la sustentabilidad (principio de sostenibilidad fuerte) de la vida de las personas. Las pandemias amenazan. Las amenazas desesperan. El hambre afecta a más de 800 millones de personas en el planeta. La desesperación no lleva, al contrario de lo que podría pensarse desde una lógica utilitarista, a tomar la mejor de las elecciones. En primer lugar, por el propio pánico, que activa mecanismos de respuesta rápida, a veces con poca memoria. En segundo lugar, por el adiestramiento educativo o derivado de un control de las posibles interacciones. Los supermercados y las grandes cadenas de producción chatarra o de consumo poco saludable, por ejemplo, funcionan hoy como un encadenamiento de instituciones totales que limitan cualquier posibilidad de decidir, de entender, de informarse o de compartir al margen de las mismas. Las aulas, las prisiones o los centros psiquiátricos representaban para sociólogos como Goffman o Foucault los espacios donde encerrar cuerpos y encauzar mentes hacia una supuesta «normalidad». Hoy cabría añadir los hogares como espacios que encarcelan, reforzados por los encierros virtuales derivados de las nuevas tecnologías, la construcción de lugares de reserva para personas mayores o los propios supermercados ligados a esa red poco nutricional que conforman las grandes empresas de producción de comida.
Las grandes cadenas de supermercados introducen, en primer lugar, una «normalización» de lo que se considera alimento: qué es comestible, qué tiene sellos de seguridad concedidos por Administraciones (confundiendo «inocuidad» con nutrición) o por terceras compañías (al estilo de las agencias financieras de rating), qué imágenes de un producto (una ciruela grande y redonda, igual al resto) son reconocidas como «de calidad» o «suculentas», cómo debe presentarse o elaborarse un plato, etc. Una «normalización» de utilidades que nos hace prestar más atención a lo que «nos distingue» del resto o de épocas de mayores penurias, acudiendo a la relación entre gustos y clases socioeconómicas que analizara Bourdieu. Desarrollamos «necesidades» e impulsos de compra frente a un mundo donde carecer de determinadas «cosas» no es accesorio, sino un descuadre existencial. Hemos visto la reacción nerviosa y compulsiva, al inicio de que el estado de alarma fuera decretado en este país, con respecto al acaparamiento de productos como conservas, precocinados, leche o papel higiénico: ¿en qué hábitos alimentarios andamos metidos?; ¿podemos hablar de una creciente inseguridad alimentaria en países que se supone «desarrollados»? La respuesta a esta pregunta es un rotundo sí, y lo justificaremos posteriormente.
En segundo lugar, son también fuente de un (disimulado) cercamiento. En un súper, el cliente actual tiene la sensación de estar ante miles de referencias alimentarias. Pareciera que el mundo de la escasez, que se considera propia de tiempos rurales o premodernos, se deja atrás. Llega la sensación de «infinitud». Lo que no cuenta la pantalla de normalización del supermercado (su publicidad, sus estantes, los envases, los «consejos» que da) es que, en la práctica, la oferta se compone de productos que reducen la biodiversidad cultivada –reflejada en la reducción de miles de variedades de patatas a dos tipos (freír y cocer)–, crean simulacros de carne de pavo o de cangrejo mediante harinas, provocan adicciones o acuden a reflejos de nuestras papilas gustativas mediante el abundante uso de saborizantes artificiales.
