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Beschreibung

Todas las herramientas para entender un mundo sumido en la crisis ecosocial, la guerra y la incertidumbre. Con textos de Pablo Bustinduy, Lea Ypi, César Rendueles, Itxaso Domínguez… La aceleración de la emergencia ecológica, la invasión rusa de Ucrania, el avance del populismo autoritario, el genocidio en la Franja de Gaza, las guerras comerciales, la irrupción de la pandemia, así como la crisis energética e inflacionaria, confirman que, lejos de experimentar una época de cambios, atravesamos un auténtico cambio de época. Ha pasado casi un siglo desde que Antonio Gramsci escribiera aquello de que «la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en ese interregno se verifican los fenómenos mórbidos más variados». Hoy, ante un sinfín de fenómenos mórbidos, en un contexto de policrisis y realineamientos geopolíticos, nos encontramos profundamente desorientados: erráticos en el análisis de lo viejo e incapaces de participar en el surgimiento de lo nuevo. Esta obra colectiva, a cargo del politólogo y jurista Carlos Corrochano, es una herramienta para salir de este impasse. Un compendio de voces críticas, desde Lea Ypi hasta Pablo Bustinduy, que se han propuesto renovar las herramientas intelectuales que nos permitan construir un sistema-mundo diferente.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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CLAVES DE POLÍTICA GLOBAL

 

 

© del texto: Carlos Corrochano, 2024

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Con la colaboración de Itxaso Domínguez

Primera edición: junio de 2024

ISBN: 978-84-10313-04-0

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

ÍNDICE

PRÓLOGO

Pablo Bustinduy y Jorge Tamames

INTRODUCCIÓN

Carlos Corrochano

BLOQUE I. REPENSAR LAS RELACIONES INTERNACIONALES

Creatividad

Gabriel Garroum

Geopolítica

Pablo Batalla

Imperialismo

Volodymyr Ishchenko

(In)movilidad

Mimi Sheller y Andreas Neef

Internacionalismo

Adom Getachew

Multipolaridad

Kavita Krishnan

Naciones Unidas

Branko Milanovic

Realismo

Matthew Specter

BLOQUE II. UNA TEORÍA POLÍTICA CON VOCACIÓN GLOBAL

Estado

Daniela Gabor

Fronteras

Martina Tazzioli

Hegemonía

César Rendueles

Memoria

Pankaj Mishra

Populismo

Luciana Cadahía

Raza

Noura Erakat, Darryl Li y John Reynolds

Seguridad

Paolo Gerbaudo

Universalidad

Carlos Corrochano

Violencia

Adam Shatz

BLOQUE III. NUEVOS DESAFÍOS EN EL INTERREGNO

Antropoceno

Xan López

Femonacionalismo

Sara R. Farris

Petróleo

Quinn Slobodian

Tecnosolucionismo

Itxaso Domínguez

Tianxia

Xulio Ríos

BLOQUE IV. REELABORAR UN EUROPEÍSMO CRÍTICO

Etnorregionalismo

Hans Kundnani

Europa Social

Aurélie Dianara

Intergubernamentalismo

Nicholas Mulder

EPÍLOGO

Lea Ypi

NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

ÍNDICE DE AUTORES

 

 

A Lola, por el apoyo inquebrantable, por ser siempre hogar. A mis padres, a Clara, por absolutamente todo. A Itxaso Domínguez, verdadero sostén de este libro, una cabeza tan lúcida como transformadora. A todos y todas aquellas que quieran imaginar una política global diferente, libre de corsés vetustos, alejada del repliegue y la impotencia.

 

 

«Qué poco aciertan a menudo los propósitos. El grado de desacierto parece estar ligado a su tamaño tanto como a su duración. Entre lo que quisimos hacer y lo que finalmente hicimos, qué barrancos, qué averías, qué tremenda distancia, qué insensateces».

BELÉNGOPEGUI, Existiríamos el mar

«Adaptar y acostumbrar la mirada al “mundo como es” es, a la vez, cegarla para ver “cómo es el mundo”».

Campo de retamas, RAFAELSÁNCHEZ-FERLOSIO

«Una araña realiza operaciones parecidas a las del tejedor y el modo como la abeja construye sus celdillas podría dar envidia a muchos arquitectos. Pero hay algo que desde luego distingue al peor arquitecto de la mejor abeja, y es que aquél se adelanta a construir la celdilla en su cabeza antes de moldearla en cera».

El Capital (tomo I, libro I), KARL MARX

PRÓLOGO

PALABRAS EN CRISIS

El planeta Athshe, donde transcurre una de las novelas de ciencia ficción más conocidas de Ursula K. Le Guin, es un archipiélago cubierto de bosques. Sus habitantes son pequeños humanoides verdes que han aprendido, mediante una organización descentralizada y matriarcal, a vivir en armonía. Su sinergia con el medio ambiente es tal que, en su idioma, la palabra que describe el planeta y su entorno natural es la misma. Para los athsheanos, como recoge el título de la novela, el nombre del mundo es bosque.

Aunque se asemejan al estereotipo del buen salvaje, los habitantes de Athshe pagan un precio por vivir en armonía. Lo que sacrifican es el concepto mismo de cambio. El mundo que habitan es estático y uniforme. Por eso, la llegada de terrícolas, capaces de proyectar un sistema capitalista altamente militarizado a nivel interestelar, representa una amenaza existencial.

La novela, escrita a finales de los sesenta, es una denuncia poco velada de la guerra de Vietnam. Pero las patologías que Le Guin identificó siguen con nosotros. Atravesamos una época de genocidios y limpiezas étnicas, de conflicto entre grandes potencias, de desplomes económicos y pandemias globales, con sucesiones ininterrumpidas de catástrofes medioambientales. Todo ello ha derribado los imaginarios políticos que estructuraron el siglo XX. Nuestro mundo no es estático ni uniforme; nuestra relación con la naturaleza es cualquier cosa menos armoniosa. Para nosotros, el nombre del mundo es crisis.

Mientras escribo estas líneas, a finales de enero, en Madrid hace un calor primaveral. Israel masacra con impunidad a decenas de miles de palestinos. Donald Trump se consolida como favorito en las elecciones presidenciales norteamericanas. En Europa, la extrema derecha también pretende cogobernar la Unión, de la mano de la derecha tradicional, tras las elecciones del próximo mes de junio.

En otra época, cualquiera de estas emergencias sería lo suficientemente grave como para interpelarnos. La entenderíamos como un punto de inflexión que nos emplaza a impugnar nuestras formas de organización política, social y económica. Este es, al fin y al cabo, el significado etimológico de la palabra crisis: un momento que fuerza un juicio o resolución definitiva. Cuando lo atravesamos, no volvemos a ser quienes éramos antes.

Hoy las crisis se concatenan de manera tan extraordinaria que no somos capaces de enfrentarlas así. Al revés: cada vez es más común contemplar cómo se suceden con una mezcla de resignación e indiferencia, como si la propia vivencia de estar en crisis constituyese nuestra normalidad. Asumimos esta condición con un fatalismo comparable a la naturalidad con que los extraterrestres de Le Guin habitan sus bosques primigenios. Y eso representa, también para nosotros, una amenaza existencial.

DE LA INSURRECCIÓN AL DESENCANTO

Visto en retrospectiva, el colapso financiero de 2008, que llevó a prometer, en palabras del entonces presidente francés, una refundación del capitalismo, parece un ejercicio de reflexividad sin precedentes. No porque se produjese dicha refundación —al contrario, lo que vino a continuación fueron políticas de austeridad aún más contraproducentes e inmisericordes—, sino porque tres años después desembocó en una cadena global de levantamientos populares que sí fueron capaces de reaccionar ante el colapso del neoliberalismo.

Los movimientos que desbordaron plazas y calles, de Tahrir a Wall Street pasando por Sol, rechazaban de plano los relatos dominantes sobre la crisis. Se negaban a aceptarla simplemente como fruto de las maquinaciones de unos pocos banqueros perversos, o el resultado de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, como se acostumbraba a repetir con frivolidad. Al mismo tiempo, esos movimientos no tenían ninguna prisa por sustituir los relatos que habían derribado. Al contrario, mostraban la voluntad de convivir con ese conflicto y volverlo productivo.

Una de las consecuencias de aquella agitación fue el surgimiento, a partir de 2014, de fuerzas políticas que buscaron dar una resolución democrática a la gran crisis del sistema. En apariencia, el momento populista que se apoderó de Europa era todo lo contrario de lo que se había visto en 2011. De aquella indiferencia representativa se pasó a la lógica del asalto institucional; del espontaneísmo a los hiperliderazgos y la vocación electoral. De Grecia a España, pasando por Italia, Francia e Irlanda, del laborismo de Jeremy Corbyn en Reino Unido a las campañas de Bernie Sanders en las primarias demócratas de Estados Unidos, el populismo de izquierdas ofreció una salida a la crisis del neoliberalismo y a su deriva austericida y xenófoba. Pero su suerte tuvo un campo de batalla fundamental en Grecia, cuyo resultado —la imposición de una brutal correlación de fuerzas— determinó la evolución política posterior de todo el continente. La primera ficha del dominó marcó el camino del resto.

El desenlace es conocido. La pandemia sobrecogió a una Europa desgarrada y carente de perspectiva. En Estados Unidos, Trump llevó ese desgarro hasta el extremo de asaltar el Capitolio. El problema contemporáneo de la democracia es el resultado del fracaso de la insurgencia antiausteridad en la década de 2010. También lo es el hecho de que hoy las fuerzas y movimientos a la izquierda de la socialdemocracia sufran una profunda crisis de imaginación política: ya no son capaces de proyectar imágenes de un futuro alternativo. Esta insuficiencia ideológica, esta carencia narrativa, impide abrir horizontes emancipadores que resulten creíbles para una ciudadanía hastiada y preocupada.

No deja de ser contradictorio que la izquierda se encuentre en un punto de bloqueo discursivo. Esta década arrancó con la pandemia del covid-19. Muchas de las propuestas que inspiraron el debate sobre la recuperación económica en Estados Unidos y la Unión Europea provienen de los programas de las fuerzas antiausteridad, especialmente en el ámbito fiscal y tributario. La crisis del neoliberalismo, la desorientación profunda de la socialdemocracia, la vuelta del Estado como actor político y económico legítimo son factores que han llevado a un cuestionamiento de la lógica del mercado sin precedentes en las últimas décadas. La cronificación de la guerra en Ucrania, la aceleración de la emergencia climática y el genocidio en curso del pueblo palestino dan fe de una bancarrota política y moral, del colapso de un modelo cuyas expresiones tanto económicas como políticas –en la forma de un mal llamado «orden liberal internacional»–, simplemente no pueden continuar de manera tan sencilla y brutal.

Las soluciones presentadas desde la izquierda ante este impasse son más bien elusiones. En primer lugar está la vieja pulsión milenarista, según la cual el efecto en potencia de cualquier crisis es forzar cambios que llevarán las contradicciones del capitalismo hasta un punto de no retorno. Pero las catástrofes se suceden y las revoluciones correspondientes no llegan, sin que nadie salga mejor del proceso, como se llegó a vaticinar durante los confinamientos. En el otro extremo proliferan quienes se dedican profesionalmente a dirimir cuándo se estropeó todo, a negarle cualquier porvenir a la ilusión e intentar demostrar por qué, en última instancia, un cambio significativo no va a ser posible.

En medio de esta confusión, quienes recomponen a martillazos las piezas de un puzle que no encaja gozan de horas de éxito. Un día el problema son las políticas de identidad, supuestamente contrapuestas a una realidad material dura y fiable; poco después nos cae encima un debate sobre la nostalgia generacional y la soberanía en blanco y negro. En estos gestos restrictivos los efectos suelen pasar por causas, de modo que frente a una realidad angustiosa terminamos idealizando aquello de lo que se deseaba salir: el género, la clase, la familia, el trabajo, el Estado. Los estragos del cambio climático llevan a refugiarse en fantasías tecnológicas o en la idea improbable de forjar comunidades más austeras y sencillas. En consecuencia, no abundan las visiones que resulten esperanzadoras o ilusionantes para una mayoría social ni para el conjunto de las izquierdas.

EL MAPA Y LOS TÉRMINOS

Ante esa sensación generalizada de impotencia y falta de relato, este libro constituye un ejercicio valioso para profundizar en el entendimiento del presente. Al abordar los problemas que presenta la política internacional bajo la forma de un glosario, nos da a entender que lo primero que está en crisis hoy son las propias palabras y conceptos que desplegamos para asir una realidad desordenada y violenta.

Walter Benjamin observó en una ocasión que las ideas son a los objetos como las constelaciones a las estrellas. Ante un mundo que se hace indescifrable entre el cacareo de grandes teorías conspiranoicas y geopolíticas, el punto de partida no puede ser otro que precisar los términos que desplegamos para comprender cada uno de sus accidentes y sus coyunturas. Ubicándolos en los lugares que les corresponden, entendiendo la relación entre esos territorios y el conjunto del mapa, estaremos quizá en mejores condiciones para empezar a entenderlo y a repensar cómo cambiarlo.

Los autores y autoras aquí reunidos ya han hecho contribuciones ejemplares en sus ámbitos respectivos de investigación. Varios de los capítulos actualizan una serie de términos que en el lenguaje de la izquierda son recurrentes, pero a menudo adolecen de una teorización imprecisa. Es el caso, por ejemplo, de conceptos como populismo —desgranado por Luciana Cadahia—, neoliberalismo —Quinn Slobodian— o imperialismo —Volodymir Ischenko—. Por otra parte, capítulos como los de Daniela Gabor, Lea Ypi, Nicholas Mulder y Martina Tazzioli —sobre Estado, libertad, fronteras e instituciones, respectivamente— son fundamentales para reconsiderar nuestra aproximación a conceptos que estructuran la topografía más elemental de nuestras sociedades.

En otros casos, los autores y autoras abordan términos elementales de las relaciones internacionales que, sin embargo, están pendientes de actualización. Así sucede con los capítulos sobre internacionalismo (a cargo de Adom Getachew), europeísmo (Aurélie Dianara Andry), realismo (Matthew Specter), seguridad (Paolo Gerbaudo) y la propia Organización de las Naciones Unidas (Branko Milanovic). Pero el glosario también examina conceptos más recientes en el ámbito de la política global: como el de (in)movilidad (Mimi Sheller), violencia (Adam Schatz), reacción (Hans Kundnani), multipolaridad (Kavita Krishnan), o universalidad (Carlos Corrochano).

El volumen cuenta, además, con contribuciones propias a un debate global: desde el capítulo de César Rendueles (hegemonía) al de Itxaso Domínguez (Tecnosolucionismo), pasando por Pablo Batalla (geopolítica), Xan López (Antropoceno), Sara R. Farris (Femonacionalismo) y Xulio Ríos (tianxia). En este apartado, el esfuerzo de Carlos Corrochano como coordinador merece un especial reconocimiento: su labor ha logrado engarzar, de manera precisa y elegante, las voces de nuestro país con un diálogo global imprescindible y necesario.

Este glosario es, en definitiva, un primer paso en la tarea titánica de esbozar una política internacional a la altura de los inmensos retos de nuestra época. No hay otra tarea más urgente.

PABLO BUSTINDUY Y JORGE TAMAMES

INTRODUCCIÓN

«Siempre es necesario adelantarse con respecto al proceso, pero nunca demasiado. El pensamiento político puede permitirse ser excesivo, pero no así la acción política. Las vanguardias sirven para explorar el territorio en el que a continuación debe internarse el ejército. Reconocen el terreno, pero no lo ocupan».

Mario Tronti, La política contra la historia

«En contra de lo que se suele decir, el sufrimiento, incluso el que nace fruto de la opresión, es un mal consejero. El sufrimiento es siempre parcial, miope, incluso egocéntrico. El sufrimiento no puede ser el fundamento único de la política. La opresión no es pedagógica».

Olúfẹ́mi Táíwò, Elite Capture: How the Powerful Took Over Identity Politics (And Everything Else)

DEMOCRATIZAR LA POLÍTICA GLOBAL EN EL INTERREGNO CONTEMPORÁNEO

En un mundo marcado por la aparente muerte de la utopía, Immanuel Wallerstein propuso, al albor del siglo XX, el concepto de «utopística». Según el teórico del sistema-mundo, uno de los marxistas más lúcidos —y, quizá por eso, también herejes— de los últimos decenios, esta palabra designa el «análisis concienzudo de las alternativas históricas»1 al estado de cosas contemporáneo, un ejercicio serio y ambicioso de evaluación de los límites y oportunidades de la acción política en un contexto dado. La utopística, en palabras de Wallerstein, es la prefiguración, no de un futuro perfecto, sino de un «horizonte de transformación creíble, mejor e históricamente posible».2 La idea del estadounidense se asemeja al concepto de «utopía real», de Erik Olin Wright, destinos utópicos que «tengan paradas inter-medias accesibles», un ideal fundado «en las potencialidades reales de la humanidad»,3 así como al de «utopía concreta» enarbolado por Ernst Bloch, una pulsión consciente de la fuerza disponible, un «sueño que descansa en la tendencia histórica misma» y «media con los procesos» realmente existentes.4

La utopística es hoy más necesaria que nunca. Y es que nuestro mundo se halla inmerso en lo que Antonio Gramsci definió, casi un siglo atrás, como interregno. En sus Quaderni dei carcere, el marxista sardo escribió que «la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados».5 Encarcelado por el fascismo italiano, Gramsci reflexionaba desde una coyuntura de crisis orgánica del capitalismo, inmerso en el agitado contexto histórico de entreguerras, que encontraba reflejo en el desmoronamiento del orden global de posguerra y el idealismo wilsoniano que lo sustentaba; el crac del 29, que derivaría en la Gran Depresión; o la erosión, a pasos agigantados, de los frágiles sistemas democráticos del momento. Los claroscuros de los que hablaba Gramsci son hoy nuestro pan de cada día: la morbidez se ha convertido en el sentido común de nuestro tiempo; la «incertidumbre radical»6 en la marca de la política global y las relaciones internacionales contemporáneas. Hoy, como escribe Marina Garcés, «el futuro es oscuro porque el presente es opaco».7

El Zeitgeist de nuestro mundo es el de la policrisis: la acumulación de disrupciones masivas, simultáneas y superpuestas, muchas veces imprevistas, otras tantas en apariencia inevitables, que quiebran el «horizonte predictivo»8 de los pueblos. La sintomatología de la policrisis no es nueva: como explica Lisa Lowe en The Intimacies of Four Continents —un análisis de las conexiones, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, entre el liberalismo europeo, el colonialismo de asentamiento estadounidense y el comercio de esclavos transatlántico, fundamento de la devastación colonial que todavía caracteriza nuestro mundo—, los pueblos del Sur Global llevan siglos sufriendo todas y cada una de las amenazas que ahora se ciernen sobre Occidente. A su vez, en las últimas décadas, la mal llamada lucha contra el terrorismo ha continua-do con la larga tradición de coerción imperial. Así, se estima que las intervenciones estadounidenses posteriores al 11-S en Yemen, Siria, Pakistán, Irak o Afganistán causaron la muerte directa de 432.093 civiles e indirecta de entre 3,6 y 3,8 millones de personas.9 El mundo que habitamos es el resultado de estas agresiones, pero también de sus resistencias. Es un mundo poscolonial, tal y como Stuart Hall entendía este esquivo concepto: «es lo que es precisamente porque otra cosa sucedió antes (la larga sombra de la violencia colonial), pero es también algo nuevo».10

Así, nuestra coyuntura está caracterizada por nuevas y viejas convulsiones: la irrupción de la pandemia de covid-19, el riesgo de estanflación global, el genocidio en Palestina y sus efectos en Oriente Medio, las crecientes tensiones en los mercados de energía y alimentos, la invasión rusa de Ucrania y sus consecuencias en el espacio postsoviético, la disputa hegemónica entre Estados Unidos y China, la subida de los precios de los combustibles fósiles, el avance de las extremas derechas y el supremacismo blanco a lo largo y ancho del globo, el aumento de las tensiones en el mar de la China Meridional, la proliferación de golpes de Estado en el África Subsahariana, el descongelamiento de conflictos como el de Nagorno-Karabaj o el caos en las cadenas globales de producción. Esta lista de incontables etcéteras encuentra su principal disruptor en la exacerbación de la crisis climática, elemento fundante de nuestra época de «ebullición global»,11 que desnuda el carácter profundamente jerárquico del sistema-mundo y la economía mundo capitalista que lo sostiene.

Esta miríada de fenómenos mórbidos muestra dos cosas. De un lado, el carácter indivisiblemente global del desafío; la asunción, en palabras de Achille Mbembe, de que «lo político en nuestra época debe partir del imperativo de reconstruir el mundo en común»12, de que si el colonialismo y el extractivismo fueron —y todavía son— procesos con vocación global, la «descolonización (debe ser) por definición una empresa planetaria»13. Del otro lado, la morbidez muestra, también, la insuficiencia de las herramientas disponibles para afrontar el interregno.14 En este sentido, la herencia desigual y persistente del legado colonial es tan evidente como necesarios son nuevos discursos, instrumentos e instituciones para postular un horizonte alternativo al actual desorden global, en un momento, además, dominado por las formas realistas (sic) y cínicas de concebir la política, por un «escepticismo difuso» que, como ya advirtió Gramsci hace casi un siglo en sus Quaderni, constituye la marca actitudinal del interregno.

En esta coyuntura, la disputa política se da entre dos contramovimientos, en el sentido dado por Karl Polanyi. Según el autor de La gran transformación, los proyectos de mercantilización de la vida social, contrarios a la naturaleza humana, producen siempre «contramovimientos», reacciones de las mayorías dirigidas a recuperar la soberanía política arrebatada por el mercado. Estas respuestas pueden tomar dos sentidos radicalmente diferentes: democratizador o autoritario, plebeyo o elitista. Hoy, la salida al interregno contemporáneo —concebido, precisamente, como la «suspensión entre dos formas diferentes de autoridad»15— se disputa entre dos proyectos antagónicos, sostenidos por actores tan dispares como alejadas son sus visiones del mundo.

De una parte, la imagen del mundo que dibuja el contramovimiento reaccionario se articula en torno a dos instintos que entroncan con el sentido común de época: el aislamiento y la negación. Para la alianza de la derecha tradicional y los populismos autoritarios, «[la] solución para las múltiples crisis que nos acechan es negarlas: atribuirlas a una conspiración, identificar un enemigo, declararle la guerra»16. Lo que hemos llamado con profusión «ola reaccionaria» es, en realidad, una internacional negativa que articula el negacionismo climático —el que observa sin preocupación cómo acumulamos en julio de 2023 los siete días más calurosos de los últimos 125.000 años—, el negacionismo democrático —el que aplaude los ataques contra el Capitolio de Washington o el Planalto de Brasilia—, el negacionismo igualitario —el que pretende hacernos creer que es natural que el 10% de la población condense el 76% de la riqueza global; el que, además, reacciona con furiosidad ante cualquier avance feminista—, y, por qué no, el negacionismo colonial —el que se resiste a ver al Estado israelí como un «hecho colonial», mientras impulsa nuevas lógicas de imperialismo verde que afectan especialmente a las periferias—. Así, existe un hilo subterráneo, una complicidad tan simbólica como material, que une el genocidio del pueblo palestino con los efectos de la crisis climática en el Sur Global o la distopía paleolibertaria de Javier Milei en Argentina. La barbarie tiene un sustrato común, como bien saben las coaliciones que la hacen avanzar.

Del otro lado, el contramovimiento democrático, «consternado por el mundo tal y como es» y abocado a «crear un tipo diferente de mundo»,17 da muestras de agotamiento teórico y desorientación estratégica, incapaz de intervenir en la realidad y producir nuevos imaginarios de futuro. Para escapar de esta parálisis, una doble tarea es tan necesaria como urgente.18 Por una parte, un trabajo ideológico, referido a la producción de «ficciones nuevas, relatos que nos permitan imaginar y anticipar el futuro, explorarlo antes de vivirlo, generar nuevos horizontes que le den dirección y sentido a las movilizaciones políticas de nuestro tiempo»;19 una labor consciente, como afirmó Homi K. Bhabha, de que «no se trata solo de cambiar la narrativa de nuestras propias historias, sino de transformar el sentido de lo que significa vivir».20 Por la otra, un trabajo democrático, que permita proteger y consolidar las condiciones en las que la producción de esas nuevas narrativas sea posible, sabedor de que el «gran peligro consiste en querer volver a las grandes victorias sin pasar por el penoso trámite de preparar con gran esfuerzo el terreno en el que se deberán luchar»21. Ambas tareas, como la propia naturaleza de la policrisis, han de llevarse a cabo de forma simultánea y superpuesta.

Porque de una situación de crisis se sale mejor o peor, pero nunca igual. El problema, volviendo al genio sardo, es que lo nuevo no termina de nacer. De esta manera, el poscolonialismo y la teoría decolonial nos enseñaron que las injusticias de nuestro mundo son el resultado de más de cinco siglos de dominación occidental; demostraron, también, la naturaleza necesariamente colonial e imperial del capitalismo —mucho más que un «mero sistema de producción»—;22 e hicieron manifiesta la centralidad que la segregación racial y la jerarquización del género jugaron en esta tarea. Lo poscolonial y decolonial son, todavía hoy, necesarios diques de contención epistemológicos frente a las lógicas depredatorias del neocolonialismo contemporáneo —la «peor forma de imperialismo», según Kwame Nkrumah, el líder ghanés, por el «poder sin responsabilidad» que otorga a los opresores—.23 El problema, de nuevo, reside en que sus contribuciones teóricas, como las de gran parte del posmarxismo, son insuficientes por sí mismas para proyectarse hacia el futuro de manera contingente, incapaces de integrar la incertidumbre, la contradicción y la improvisación de nuestro mundo, características intrínsecas a cualquier acción política.

De este modo, siguiendo la distinción de Reinhart Koselleck entre el «espacio de la experiencia» —el conjunto de prácticas y vivencias que constituyen nuestra memoria colectiva y nos ayuda a comprender el presente— y el «horizonte de expectativas» —las certezas, miedos y esperanzas que nos propulsan hacia el porvenir, siempre en base en la experiencia presente—, podríamos afirmar que el poscolonialismo y la teoría decolonial han sido exitosos a la hora de configurar un nuevo espacio experiencial, pero no han logrado generar «horizontes de expectativas» alternativos. Y es que, como afirma Olúfẹ́mi Táíwò, «no se puede descolonizar una escuela que todavía no ha sido construida».24

RENOVAR EL LENGUAJE DE LA UTOPÍSTICA

Este libro que tienes entre manos es una herramienta para desplegar la doble tarea ideológica y democrática mencionada con anterioridad, para salir de este impasse y pensar —y construir, claro— esa utopística de la que hablábamos al inicio; un instrumento para una «construcción progresista de mundos»25 que expanda nuestra visión de la política global y las posibles formas de intervenir en las disrupciones de nuestro tiempo. Este texto, eso sí, no es un libro geopolítico de autoayuda ni un manual académico de relaciones internacionales. El objetivo de estas páginas tampoco es el de plantear una hoja de ruta meticulosa para renovar nuestra política exterior, o «formular recetas de cocina para el bodegón del porvenir», como escribió Marx en un prefacio de El capital, sino proveer de herramientas teóricas con vocación práctica, encontrar ángulos alternativos y agitar nuevas formas de abordar conceptos de la política internacional que están cada vez más presentes en nuestro día a día.

Este libro es, pues, un ejercicio de imaginación y realismo, un modesto paso en la construcción de una «república mundial de teorías críticas»,26 de unas «sociologías conectadas»27 que reelaboren las categorías teóricas vigentes desde distintos puntos de vista. De realismo, sí, porque, en palabras de Stuart Hall, «si queremos ser efectivos, solo puede ser sobre la base de un análisis riguroso de las cosas tal y como son, no como nos gustaría que fueran».28 Un ejercicio de imaginación, también, porque es urgente y necesario estirar los límites de lo posible, ensanchar los márgenes de aquello a lo que podemos aspirar, redirigir los instrumentos existentes —desde el derecho internacional hasta el tan denostado discurso de los derechos humanos29— hacia fines alternativos, y, a su vez, postular herramientas diferentes para alcanzar mundos mejores. Todavía desconocemos qué nuevos relatos pueden brotar, qué alternativas han de surgir, pero en tiempos de futuros cancelados conviene grabarse a fuego la pregunta retórica lanzada por Immanuel Wallerstein años atrás: «¿Alguien en la Europa del siglo XV pudo haber predicho qué tipo de alternativa inventaría un estrato feudal en desintegración para salvarse a sí mismo?».30 Y es que, como demostró Jamie Martin en The Meddlers: Sovereignty, Empire and the Birth of Global Economic Governance, una crónica histórica de instituciones como el FMI o el Banco Mundial, la arquitectura financiera de nuestro mundo no es fruto de un gran plan, meticuloso y omniabarcante, sino que fue, sobre todo, la suma de respuestas espontáneas e imaginativas a problemas inéditos. Por extraño que pueda resultar, asumir el origen contingente de las estructuras que articulan nuestro mundo es motivo de esperanza.

Asimismo, para cumplir con los objetivos del presente texto es necesario aprender de nuestros adversarios, pues han sido ellos los que con más diligencia y éxito han comprendido la importancia de la imaginación y aplicado las lecciones de Wallerstein en torno a la utopística. Friedrich Hayek ya lo tenía claro en 1949: frente a lo que él mismo acuñó como «falsa arrogancia» —la creencia naif de que la voluntad política o el cálculo racional bastan para transformar el estado de cosas, demasiado habitual entre las izquierdas—, el neoliberalismo debía recuperar la pulsión utópica.

Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una mera defensa de las cosas como son, ni una especie diluida de Socialismo, sino un verdadero radicalismo liberal que no perdone a las susceptibilidades de los poderosos —incluido los sindicatos—, que no sea muy severamente práctica, y que no se limite a lo que aparece hoy en día como políticamente posible.31

Hayek escribió esto en el momento culmen del paradigma keynesiano, en plena construcción de los estados de bienestar de posguerra, en el que las ideas neoliberales se encontraban asediadas, carentes de legitimidad y apoyo. En un contexto muy tentador para el repliegue maximalista o el pragmatismo insulso, Hayek comprendió, en su lugar, la necesidad y urgencia de la labor utopística. Los resultados pronto avalarían su estrategia. Poco más de treinta años después, el «no hay alternativa» de Margaret Thatcher se convirtió en el sentido común de época, y el globalismo neoliberal, que «nació de las cenizas del Imperio de los Habsburgo y culminó en la creación de la Organización Mundial del Comercio»32, en uno de los paradigmas más pujantes de las relaciones internacionales. En un prefacio de Capitalism and Freedom, escrito en 1982, Milton Friedman resumía a la perfección el planteamiento estratégico seguido por el economista austriaco y sus acólitos. Según Friedman,

solo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis ocurre, las acciones que se emprenden dependen de las ideas que están en el ambiente. Pienso que esta es nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, mantener esas alternativas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable.33

Entonces, ¿cómo podemos trasladar las lecciones del globalismo neoliberal a nuestro presente, hacia una visión emancipadora de la política global? ¿Cómo podemos escapar de la desorientación en la que estamos inmersos? ¿Es posible hacer emerger lo nuevo en un mundo cada vez más incierto y desordenado, en pleno contexto de crisis ecosocial? ¿Qué alianzas son necesarias para democratizar las relaciones internacionales?

Para intentar dar respuesta a algunas de estas cuestiones, y con el objetivo, a su vez, de abrir nuevos interrogantes, este libro congrega a un conjunto de autores críticos de disciplinas y nacionalidades diversas, con un pie en el ámbito académico y otro en el político —en el sentido más amplio de la palabra—, y con diferentes sensibilidades teóricas —desde las teorías del sistema-mundo hasta el constructivismo, pasando por la tradición del marxismo negro o las teorías neogramscianas de las relaciones internacionales—. La forma escogida para llevar a cabo esta ingente tarea es un glosario, un catálogo de palabras con conexiones a veces evidentes, otras subterráneas, sabedores de que la construcción de hegemonía ha de partir de los términos y códigos imperantes —en su mayoría surgidos en el Norte Global y conniventes con las formas de dominación colonial— para construir un lenguaje propio y un horizonte nuevo.

Tales son los objetivos del presente volumen: abrir nuevos horizontes desde conceptos ya explorados, manidos y significados en el campo de la política global, siguiendo la idea de «iteración democrática», propuesta por Seyla Benhabib, referida a la imposibilidad de fijar un significado estable para las palabras, al hecho de que todo uso de un término introduce una diferencia con respecto a sus usos previos. En un sentido similar, como advirtió Julio Cortázar a su alumnado de la Universidad de California Berkeley en plena primavera de 1980:

El lenguaje está ahí y es una gran maravilla y es lo que hace de nosotros seres humanos, pero ¡cuidado!, antes de utilizarlo hay que tener en cuenta la posibilidad de que nos engañe, es decir, que nosotros estemos convencidos de que estamos pensando por nuestra cuenta y en realidad el lenguaje esté un poco pensando por nosotros, utilizando estereotipos y fórmulas que vienen del fondo del tiempo y pueden estar completamente podridas.

El libro que tienes entre manos, querido lector, se estructura en cuatro bloques principales. El primero explora conceptos clásicos de la disciplina de las relaciones internacionales, como Geopolítica (Pablo Batalla), Internacionalismo (Adom Getachew) o Multipolaridad (Kavita Krishnan), con el objetivo de darles otros sentidos y significados. El segundo bloque recoge nociones básicas de la teoría política para elevarlas al terreno de lo global: los capítulos sobre Estado (Daniela Gabor), Hegemonía (César Rendueles) o Populismo (Luciana Cadahía) avanzan en esa dirección. En el tercer bloque se abordan algunos de los principales desafíos del interregno contemporáneo, con especial hincapié en la crisis climática y su impacto en el orden internacional. Este es el caso, por ejemplo, de los textos de Antropoceno (Xan López) y Petróleo (Quinn Slobodian). Por último, el cuarto bloque se concentra en el ámbito europeo y los límites y posibilidades de un europeísmo crítico de nuevo cuño, a través de los conceptos de Etnorregionalismo (Hans Kundnani), Europa Social (Aurélie Dianara) e Intergubernamentalismo (Nicholas Mulder). Todo ello, además, de la mano de autores como Noura Erakat, Pablo Bustinduy, Lea Ypi y una larga lista de «intelectuales orgánicos» —en el mejor sentido gramsciano—, bajo la asunción de que

para las ideas nuevas necesitamos gente que sepa trabajar con las manos. ¿Quién, si no, desea saber cuáles son las causas de las cosas? Los que solo ven el pan en la mesa no quieren saber cómo se amasa; esa chusma prefiere dar las gracias a Dios que al panadero. Pero los que hacen el pan comprenderán que nada se mueve si no es movido.34

Edward Said sabía trabajar con las manos. Su legado condensa los rasgos que ha de tener una política global que salga del impasse, una que sea tan poscolonial como constructiva. El palestino-estadounidense fue, en ese sentido, uno los escasísimos intelectuales que ejercieron como dirigentes políticos, figuras con un pie en la teoría y otro en la praxis: perteneció al Consejo Nacional Palestino, se ganó la enemistad de Yasser Arafat —que llegó a prohibir la circulación de sus libros en los Territorios Autónomos— por oponerse a los acuerdos de Oslo, y cofundó Iniciativa Palestina, de corte progresista y laico, frente a la bancarrota ideológica de Fatah y Hamás. Su activismo político y actividad académica estuvieron marcados por tres objetivos: desmontar la visión del mundo parcial, sesgada y violenta de los orientalistas, promover la causa palestina como la causa de la humanidad, y no abandonar las grandes ficciones de cómo ver y transformar el estado de cosas a nivel global —ficciones que, según Said, «están suspendidas, han sido diferidas o se evitan»35—, no dejarnos a merced de narrativas fragmentarias que consideraba «artificios intelectuales sin traslación política».36

Hoy, en pleno interregno, haríamos bien en recordar los propósitos y advertencias de Said, todavía vigentes, más de dos décadas después de su muerte —y cada vez más urgentes y necesarios—. Porque la política internacional es demasiado importante como para dejarla en manos de otros. Porque podemos hacerlo mejor. Porque hemos de huir, siguiendo las lecciones de Wendy Brown, de «una izquierda que se ha apegado más a su imposibilidad que a su potencial fecundidad, una izquierda que se encuentra más a gusto en su hogar y que no vive en la esperanza, sino en su propia marginalidad y fracaso».37 Porque resistir, como nos recordó Amílcar Cabral en plena lucha por la libertad de Guinea-Bissau y Cabo Verde, es «destruir algo para construir otra cosa».38 Porque, tal y como escribió Marx en sus Tesis sobre Feuerbach, «es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad». Porque sí, podemos hacerlo mejor, mucho mejor. Ojalá este glosario contribuya humildemente a esta tarea.

CARLOS CORROCHANO

BLOQUE I

REPENSAR LAS RELACIONES INTERNACIONALES

CREATIVIDAD

Gabriel Garroum Pla1

UN ENCUENTRO

Hacía más de seis años que no pisaba Alepo y apenas reconocía esa ciudad. Por aquel entonces, octubre de 2017, la guerra civil en Siria se había convertido en uno de los conflictos armados más destructores de nuestra generación. Yo era doctorando de segundo año y volvía a la ciudad de mi padre para profundizar académicamente en algunas de las cuestiones que interesaban a mi departamento, el de Estudios de la Guerra. Así, visitaba Alepo con la voluntad de un investigador, buscando compilar metódicamente datos objetivos para contrastar mis teorías sobre cómo entender la guerra urbana y así poder avanzar en mi tesis doctoral. Pero también regresaba a Alepo como un sirio más, deseando volver a ver a mi familia, y reencontrarme con lo que quedase de ese barrio y esa casa que tanto echaba de menos.

Nuestra casa se encontraba en Al-Jdeideh, uno de los barrios de la ciudad vieja de Alepo más castigados durante la guerra. Por allí pasaba uno de los frentes que había dividido la ciudad durante más de cinco años en dos mitades: una rebelde y otra gubernamental. Iba preparado para mi trabajo de campo: tenía en mi cabeza todos los mapas de la ciudad durante la guerra, los métodos de compilación de datos que me habían enseñado en la escuela de doctorado y la lista de personas a las que quería entrevistar. No obstante, no iba preparado para encontrarme con la completa destrucción de un espacio íntimo convertido en espacio de guerra internacional.

De esa primera visita a Siria desde 2011 no saqué grandes entrevistas, ni material para corroborar teorías, ni datos o documentos. Saqué, eso sí, decenas y decenas de fotografías borrosas y temblorosas debido a la reacción somática de mi cuerpo al ver Al-Jdeideh en ruinas, al ver nuestra casa medio destruida. Ahí experimenté los efectos de reconocer que mi posición como investigador no era externa a mi objeto de estudio, sino que se relacionaba de manera tensa con mi propia identidad y la memoria de haber experimentado y transitado ese espacio familiar. Las fotografías que se salvaron de ese primer encuentro en 2017 se convirtieron en parte de una exposición en King’s College London sobre la experiencia de investigar más allá del aula. Con ellas, pretendía reflexionar sobre cómo se articula la soberanía en un espacio destruido, sobre la fragmentación del Estado en múltiples actores de seguridad o sobre la enorme disonancia entre los discursos públicos oficiales y la experiencia cotidiana de la guerra.2

Un año después de ese primer encuentro vio la luz un proyecto paralelo al doctorado en forma de documental. Això era casa meva3 fue diseñado como una intervención. Con este documental se buscaba reconfigurar los marcos interpretativos y los discursos presentes en el debate público y los análisis académicos en torno la guerra civil de Siria.

Frente a mapas con zonas de influencia vacías de profundidad, repoblar de historias el espacio en conflicto; frente al análisis de las dinámicas militares de los Estados, explorar la cotidianeidad del día a día; frente a la diferenciación entre investigador, fenómeno de estudio y audiencia, la creación de espacios de conectividad y negociación de nuestro lugar en el mundo.

El documental, planteado casi como ejercicio autoetnográfico, me permitió explorar las dinámicas internacionales de la guerra civil en lugares insospechados (una cocina, una plaza, un hotel), entender cómo los sirios y las sirias experimentan múltiples formas de violencia, e incluso imaginar futuros posibles desde los mismos lugares donde la guerra se entrelazaba con su vida cotidiana. Desde aquel momento, no entiendo el estudio de las relaciones internacionales sin intentar capturar su complejidad sociopolítica. Para ello, la creatividad es un componente fundamental.

LA MIRADA CREATIVA

Las relaciones internacionales, ya sea en su acepción de disciplina académica o de interacciones políticas entre actores internacionales, no están desprovistas de imaginación.4 De hecho, concebimos lo internacional como un espacio repleto de estados, actores no estatales, decisores, sistemas de poder, normas, empresas transnacionales, ONG, organizaciones o grupos armados, entre muchos otros elementos.5 Además, a este complejo mapa de actores, se le solapan una serie de imaginarios y dinámicas como la anarquía, la cooperación, la amenaza, la racionalidad, los equilibrios regionales, la globalización o el subdesarrollo. Como bien argumenta el constructivismo, la realidad está permanente moldeada por las ideas, creencias y significados que sostienen los propios actores.

Pero a pesar de este amplio repertorio conceptual, el análisis y praxis de la política global sigue severamente constreñido por dos factores principales. En primer lugar, la tendencia hacia la abstracción a través de paradigmas teóricos por la cual la disciplina busca proyectar una imagen estable del mundo, así como establecer un vocabulario y herramientas definidos para tratar con lo internacional. En segundo lugar, y como consecuencia del primer punto, la disciplina de las relaciones internacionales en sus vertientes más convencionales proyecta un espacio internacional vacío de complejidad social que se ubica en un plano superior y diferenciado al de las vidas y experiencias diarias de las personas, negándoles agencia como actores de la política global. Así, la compartimentalización estanca de la disciplina, la abstracción de los imaginarios, herramientas, y conexiones entre fenómenos, y la diferenciación entre la esfera internacional y el mundo sociopolítico aparecen como los parámetros por defecto de las relaciones internacionales.

Las relaciones internacionales convencionales carecen a menudo de la creatividad necesaria para repensar y solventar las limitaciones que acabo de exponer. Pero ¿qué entendemos por creatividad en este contexto? Sin duda, la creatividad es uno de esos conceptos que presentan un amplio abanico de definiciones y sobre la cual no suele haber acuerdo.6 Tradicionalmente, la creatividad ha sido asociada a ideas de originalidad e inventiva, al trabajo artístico de la figura del genio o a un hallazgo científico revolucionario. No obstante, es mucho más interesante para nuestro propósito entender la creatividad como un proceso social, colectivo y cotidiano centrado en la imaginación y la producción de lo nuevo. La definición que propongo tiene, por tanto, dos componentes cruciales. Por un lado, la capacidad de imaginar lo nuevo, esto es, la capacidad de explorar y construir posibilidades que no estén moldeadas por las ideas, convenciones e informaciones existentes.7 Por otro lado, la capacidad de producir lo nuevo, entendida como la capacidad de traer y materializar en la realidad que nos rodea algo que no existía previamente y que transforma nuestra manera de interaccionar con el mundo.

En este sentido, vale la pena entender la creatividad en las relaciones internacionales como una intervención en lo político. Parafraseando a Michel Foucault, la creatividad, si la entendemos como una forma novedosa de interaccionar con el mundo, no está hecha simplemente para la compresión; está hecha para zanjar. La creatividad-como-intervención busca interceder en ese espacio crucial que se sitúa entre la realidad y la expectativa: lo que puede ser y lo que aún está por venir. Así, la creatividad en relaciones internacionales puede articularse a través de tres reconceptualizaciones acerca de cómo entendemos y nos aproximamos a la política internacional.

En primer lugar, con relación a los niveles de análisis de las dinámicas políticas globales, una perspectiva creativa enfatiza su conexión y multiplicidad. Más allá de la tradicional llamada a la multidisciplinariedad por parte de las perspectivas críticas, el análisis creativo busca establecer conexiones e interacciones incluso entre elementos, espacios o fenómenos que puedan parecer distantes o inconexos. Ya sea a través de conceptualizar lo internacional como un «ensamblaje»8 o de desacralizar la percepción de lo internacional como un espacio político situado por encima de nuestras vidas diarias, la clave consiste en reseguir y trazar nuestras preguntas más allá de los límites disciplinares, conectando las relaciones internacionales con espacios habitados, donde la gente trabaja, lee, escribe, lucha y se adapta a los fenómenos internacionales que reverberan a su alrededor.9

En este sentido, las aproximaciones creativas a las relaciones internacionales van más allá de los objetos de estudio y preguntas clásicas de la política internacional. A veces, esto no significa dejar de interesarnos por las grandes cuestiones de nuestra disciplina (la guerra, la cooperación transnacional, la diplomacia o la política exterior de los estados), sino hacerlo a través de nuevas preguntas. Otras veces, es necesario explorar la política de lo internacional en sitios y objetos de estudio menos reconocibles u obvios. En cierto modo, como apunta Roland Bleiker, se trata de mantener altos niveles de sensibilidad abierta sobre lo político.10

Finalmente, el análisis creativo es sumamente ecléctico en cuanto a métodos, formatos y fuentes de datos se refiere. Especialmente destacable es la emergencia del llamado «giro estético» en relaciones internacionales, el cual busca politizar el espacio existente entre las representaciones del mundo que consumimos y la complejidad social de la realidad. En paralelo, el creciente estudio del rol de las emociones y los afectos en relaciones internacionales ha contribuido a problematizar la división entre racionalidad e irracionalidad y reconocer que emociones como la rabia, la ira, la esperanza o el amor son constitutivas de la política.

Como argumentaba Jacques Rancière, las imágenes son eminentemente políticas porque moldean la distribución de lo sensible,11 es decir, las condiciones de lo posible a nivel de prácticas políticas, afectos, emociones o imaginarios colectivos. Así, una aproximación estética busca explorar géneros artísticos (novelas, música, poesía, fotografía, arte visual o cine) y dar validez a un amplio registro de percepciones y sensaciones humanas sobre lo internacional, en un esfuerzo por problematizar las fronteras entre lo que se puede ver, sentir o pensar y lo que no y, por lo tanto, lo que es políticamente posible.12

ABRIR ESPACIOS PARA LO POSIBLE

Cultivar la mirada creativa nos permite identificar actos creativos y entender sus efectos sociopolíticos allí donde tengan lugar. Argumentaba el sociólogo e historiador francés Michel de Certeau que la opresión nunca es total, que siempre aparece la creatividad dispersa, táctica o improvisada de aquellos que se ven sometidos.13 Sin duda, la creatividad forma parte del repertorio de un amplio abanico de movimientos sociales, grupos políticos, organizaciones o gente corriente que buscan resistir o interrumpir las estructuras sociales que sostienen las opresiones. En contextos tan diferentes como Palestina, Siria, Hong Kong, la frontera entre Estados Unidos y México o Irlanda del Norte, la creatividad y las estrategias de resistencia van de la mano: canciones, murales, bailes, películas, tecnologías, reapropiaciones o performances emergen como canales para articular una política diferente.14

Nuestro rol como académicos o profesionales en cuestiones de política internacional es dar respuestas conceptuales y prácticas a los grandes retos globales a los cuales nos enfrentamos. Como he argumentado antes, la creatividad es clave para poder diseñar estas respuestas de una manera más compleja, interconectada y atenta a la pluralidad. Pero también es clave a la hora de intervenir en los contextos que requieren de soluciones imaginativas, de conocimiento fundamentado en las experiencias locales o de estrategias para debilitar relaciones de dominación. Es aquí, en el imperativo de conectar la teoría con la práctica y la práctica con la comunidad, donde la creatividad en las relaciones internacionales aparece con más fuerza. Propongo tres espacios donde explorar el potencial de las intervenciones creativas.

Tomemos primero el fenómeno de la guerra. Existe una relación profunda entre las prácticas de la guerra contemporánea, la política internacional y la estética. Como argumenta Vivienne Jabri, la estetización de imágenes de sufrimiento y destrucción, la proliferación de tecnologías de vigilancia y el uso indiscriminado del poder armado buscan conmocionar y gobernar la mirada política, moldeando lo que somos capaces de ver, cómo lo vemos y qué somos capaces de tolerar.15 Paradoxalmente, la intersección crítica de las relaciones internacionales con varias formas de arte puede justamente contrarrestar dicha estetización de la violencia. Fijémonos por ejemplo en el trabajo de la palestina Mona Hatoum, cuyo objetivo es perturbar al espectador a través de instalaciones que no buscan representar la realidad del exiliado, el precario o el oprimido, sino que producen performativamente todos los matices de las relaciones de poder y contradicciones inscritas en esos mundos. De hecho, para Edward Said, «nadie ha expresado la experiencia palestina en términos visuales de manera tan austera y, al mismo tiempo, tan alegre, tan convincente y al mismo tiempo tan evocativa».16

Un segundo campo donde la creatividad juega un papel crucial en los asuntos internacionales es en la gestión de conflictos y la construcción de paz. El punto de partida para la construcción de espacios posconflicto es simple: aquellos afectados por la violencia deben ser los encargados de nombrar, definir y materializar una política no-violenta. Si en el punto anterior la creatividad nos ayuda a revelar, aquí permite articular lo que cuesta expresar en palabras. La construcción de paz en la Colombia posterior a 2016 es un buen ejemplo de cómo un gran abanico de programas creativos basados en el arte, el teatro, la narrativa oral, la fotografía o el textil permiten a excombatientes y víctimas renarrar sus vidas e identidades, empatizar con el dolor de los demás y facilitar el camino a la reconciliación.17

Finalmente, cabe destacar el papel de la creatividad en la diplomacia y la política exterior. Como argumentaba al principio de este texto, las prácticas tradicionales de las relaciones internacionales no son antitéticas a la creatividad. De hecho, solo hace falta recordar el ingenio de la diplomacia del ping-pong durante la Guerra Fría, o cualquiera de las múltiples iniciativas de diplomacia cultural hoy en día fuertemente arraigadas en la acción exterior de los países europeos. Más allá de las llamadas a implementar métodos del mundo empresarial como el design thinking en la política internacional,18 la imaginación en la diplomacia es una necesidad para afrontar los numerosos retos globales actuales, desde la emergencia climática a la proliferación nuclear pasando por los conflictos armados de difícil resolución.

Un buen ejemplo es la operación multilateral de Naciones Unidas para solventar la delicada situación del FSO Safer, un superpetrolero en decadencia abandonado frente a la costa de Yemen y en riesgo severo de sufrir un derrame masivo de petróleo. Los negociadores de la ONU encontraron una solución —enviar otro petrolero al cual transferir la carga del FSO Safer—, pero el bloqueo entre los actores en conflicto y las dificultades para financiar el envío retrasaban peligrosamente la operación. En mayo de 2022, la ONU puso en marcha una campaña de recaudación de fondos por parte de los estados miembros, pero tampoco obtuvo la movilización urgente necesaria. Finalmente, en junio de ese mismo año, David Gressly, el coordinador residente de la ONU en Yemen dio con la tecla por sorpresa: poner en marcha una campaña de microfinanciación abierta al público general, la cual ha permitido contribuir de manera decisiva a la recaudación de un total de 121 millones de dólares y financiar definitivamente el envío de un petrolero en junio de 2023.19

CREATIVIDAD PARA UNA POLÍTICA DIFERENTE

Empecé este capítulo con una breve viñeta autoetnográfica. Con ella he intentado mostrar el papel capital de la creatividad en mi aproximación a las relaciones internacionales, y más concretamente al fenómeno de la guerra. Sin duda, algunos de los métodos estéticos comentados a lo largo de estas páginas, como por ejemplo la fotografía o el documental, me han sido de gran ayuda para poder analizar de manera más compleja y granular el papel de la violencia en Siria. Pero también la búsqueda de la creatividad y una orientación sensible hacia lo político me ha permitido ser más reflexivo sobre mi propia posicionalidad, algo indispensable para no olvidar que los académicos y profesionales de las relaciones internacionales no somos externos a las realidades y contextos que nos ocupan.

La creatividad, en su doble vertiente conceptual y práctica, es más necesaria que nunca ante un escenario internacional marcado por el neoliberalismo y un creciente retroceso en derechos y libertades, especialmente para aquellos en los márgenes. Si bien una actitud crítica hacia lo internacional encuentra en los métodos estéticos un buen compañero de viaje, también debe potenciar la creatividad como catalizador en los campos de la diplomacia, el policy-making y la resolución de conflictos, entre muchos otros ámbitos. Como he argumentado a lo largo del capítulo, es esencial entender la creatividad como intervención dirigida a transformar la realidad que nos rodea a través de maneras imaginativas, con asociaciones inesperadas, incluso en lugares insospechados.

Debemos, por tanto, cultivar y expandir el ecosistema creativo y sus múltiples contribuciones dentro de las relaciones internacionales críticas. Ante los tiempos turbulentos que vivimos, las intervenciones creativas nos ayudan a avanzar en lo que Antonio Gramsci llamaba el optimismo de la voluntad: la posibilidad vital de construir un horizonte de esperanza política a pesar de ser bien conscientes de las dificultades existentes.

GEOPOLÍTICA

Pablo Batalla

Poco después de la Revolución soviética, los bolcheviques triunfantes rasparon, para resignificarlo, un obelisco zarista, homenaje a los Románov en el tercer centenario de la dinastía, que se erguía en la entrada norte de los Jardines de Alejandro de Moscú desde 1914. Con arreglo al decreto SNK de 12 de abril de 1918 «sobre la eliminación de monumentos erigidos en honor de los reyes y de sus siervos, y el desarrollo de proyectos de monumentos de la Revolución Socialista de Rusia», el águila bicéfala y otros emblemas del zar fueron eliminados; y un san Jorge sustituido por el acrónimo RSFSR: República Socialista Federativa de Rusia. En la parte inferior del pedestal se grabó el lema «trabajadores del mundo, ¡uníos!». Y los nombres de los zares fueron reemplazados por una nueva lista de diecinueve otros: Marx, Engels, Liebknecht, Lasalle, Bebel, Campanella, Meslier, Winstanley, Tomás Moro, Saint-Simon, Vaillant, Fourier, Jaurès, Proudhon, Bakunin, Chernishevski, Lavrov, Mijailovski y Plejánov. Franceses, ingleses, alemanes, italianos… y rusos también, pero sin conformar la mayoría de la lista. Los primeros bolcheviques renegaban de la lógica nacional que sí recuperará Stalin: se sentían, en cambio, redentores de un santoral emancipatorio en el que cabían el alemán Liebknecht o el napolitano Campanella —autor, en el siglo XVI, del tratado utópico La ciudad del sol—; el anarquista Bakunin, el socialista pacifista Jaurès, el reformador protestante Winstanley o el populista liberal Mijailovski. Quería ser aquel un «monumento a los destacados pensadores y luchadores por la emancipación de la clase trabajadora».1

Susan Buck-Morss razona en el primer capítulo de Mundo soñado y catástrofe: el fin de la utopía de masas en el Este y el Oeste que la edad contemporánea entronizó dos modelos adversarios de la soberanía de masas que había sido reivindicación y conquista de las revoluciones fundantes de la era. Por un lado, aquel en el que creerá la tradición liberal y nacionalista: un imaginario de Estados nación, mutuamente exclusivos y potencialmente hostiles. Por otro, el imaginario de clases antagonistas que esgrimirá el movimiento obrero. Más tarde reflexiona la autora que «la diferencia más sorprendente entre estas dos visiones políticas modernas es la dimensión que domina sus panoramas visuales, determinando la naturaleza y situación del enemigo y el terreno sobre el cual se hace la guerra. Para las naciones-Estados, esa dimensión es el espacio; para la guerra de clases, la dimensión es el tiempo».2

Espacio y tiempo, tiempo y espacio. La lucha de clases combate por el tiempo; se imagina a sí misma conquistándole parcelas al porvenir. Para los militantes de la edad heroica del movimiento obrero, aquellos lugares en que se hacía una revolución pasaban a ser, no meramente el ejemplo admirable de una organización social más justa, sino ventanas abiertas al futuro. El sindicalista y filósofo mexicano Vicente Lombardo Toledano titula Un viaje al mundo del porvenir la recopilación, publicada en 1935, de seis conferencias sobre la URSS, tras una visita al país. La Unión Soviética —escribe— «representa hoy el único manantial de la cultura verdaderamente universal del porvenir». Es —elogia— «tan hermoso ver cómo el socialismo cuaja en realidades, que me hallo absorto, conmovido y dispuesto a redoblar mi trabajo a favor de la revolución proletaria, con más ardor que nunca, con nueva fe, con el estímulo que dan los sueños o las esperanzas que se cumplen. Estoy en el mundo del porvenir».3

De esa guerra de clases amiga del proletario de las antípodas, enemiga del burgués conciudadano, el frente está en todas partes y en ninguna; atraviesa cada ciudad y cada casa.4 «Una revolución nacional no es un todo autocontenido; es solo un eslabón en la cadena internacional», afirma Trotski.5 Cuando se triunfa, la victoria es de todos los parias y libertadores de la Tierra; de los presentes y los pasados; de todo un terráqueo linaje del que forma parte, por ejemplo, la Dolores Ibárruri a la que se levanta una estatua en Glasgow; o en nuestros días, el «no pasarán» convertido en lema universal, que se grita en español, en 2022, en el último programa de un canal de televisión ruso clausurado por Vladímir Putin.6 El revolucionario triunfante en cualquier lugar del mundo se acuerda de Pasionaria y de Espartaco, caudillo romano de la emancipación de los esclavos, cuyo nombre fue emblema del movimiento comunista mundial, que se lo otorgaba al club de fútbol más importante de Moscú, a las Espartaquiadas —réplica soviética de los Juegos Olímpicos— o a los espartaquistas alemanes, siguiendo la estela de la admiración de Karl Marx.7 La compartían los filocomunistas estadounidenses Dalton Trumbo —perseguido por el macarthismo— y Howard Fast, autor, el segundo, de una novela histórica que el primero convertiría en guion de cine; el de la célebre película dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Kirk Douglas.

Frente a esta concepción, el imaginario adverso, liberal y nacionalista —cuya expresión límite será el fascismo—, asienta en la llamada geopolítica, palabra tan pronunciada en nuestros días, su manera de comprender el devenir de la realidad. Estados, imperios, combatientes. Combatientes con otros Estados, con otros imperios a los que arrancan, que les arrancan a ellos, parcelas literales, no de tiempo, sino de espacio. En este imaginario, la complejidad interna de los Estados nación queda refundida y embalsamada en la pretendida objetividad del «interés nacional». Se es amigo del plutócrata compatriota; se abre en canal a bayonetazos al albañil extranjero que se abalanza sobre nosotros desde la trinchera de enfrente de la guerra patriótica. El frente, aquí, es una línea clara, y es la frontera. La del país, la del imperio, la del espacio de influencia. «Dentro del sistema territorial de Estados nación —escribe Buck-Morss— todas las ideas políticas son geopolíticas. El enemigo se sitúa dentro de un paradigma geográfico. La línea divisoria entre amigo y enemigo es la frontera nacional y transgredir esa frontera supone el casus belli. La finalización de la guerra provoca una redistribución de la soberanía nacional».8