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Este libro está destinado a profesionales y especialistas que necesitan escribir artículos científicos, pero también a estudiantes y graduados que deben conocer las particularidades del discurso académico. Los temas que trata teóricamente resultan ilustrados por una gran cantidad de ejemplos reales. Cada capítulo, además, ofrece una serie de ejercicios con su correspondiente clave de resolución.
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Seitenzahl: 343
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Silvia Ramírez Gelbes
Cómo redactar un paper
La escritura de artículos científicos
Ramírez Gelbes, Silvia
Cómo redactar un paper : la escritura de artículos científicos / Silvia Ramírez Gelbes. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.
Libro digital, EPUB - (Universidad ; 1)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-538-687-7
2. Educación Superior. I. Título.
CDD 808.027
Colección Universidad
Coordinación editorial: Ada Kopitowski
Corrección de estilo: Susana Pardo
Diseño de portada: Andrea Melle
Diseño y diagramación: Déborah Glezer
1º edición, noviembre de 2014
Edición en formato digital: octubre de 2020
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: [email protected]
ISBN 978-987-538-687-7
Conversión a formato digital: Libresque
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
A Rodrigo
A Santiago
A Luján
“El lenguaje no tiene parte objetiva, no describe la realidad. La realidad es tomada como tema de debate entre los individuos.”
(Ducrot, 1988: 50)
SILVIA RAMÍREZ GELBES. Doctora en Lingüística y profesora y licenciada en Letras (UBA), tiene un posgrado en Lengua Española (UNED). Es directora de la orientación en Comunicación y Profesora de Cátedra (Universidad de San Andrés) y adjunta en Filosofía y Letras (UBA), donde dictó dos seminarios sobre discurso académico. Coordina el Taller de escritura científica del CAICyT. Ha sido profesora titular del Taller de escritura académica en la Maestría en Defensa Nacional y es directora del capítulo argentino de un proyecto de investigación de San Andrés con la Universidad Nacional de Colombia, codirectora de un proyecto UBANEX e investigadora formada en un UBACyT. Ha publicado artículos científicos en revistas nacionales e internacionales como la Romanische Forschungen, Estudios Filológicos, Analecta Malacitana o Espacios Nueva Serie, entre otras, y es autora de Ortografiemos, del Diccionario argentino de sinónimos, ideas afines, antónimos, parónimos y locuciones y de Semántica argumentativa y aspectualidad: los estativos.
Constituirse como integrante pleno de la comunidad científico-académica requiere, entre otros saberes, el dominio de ciertas competencias relativas a las formas de escritura que caracterizan el uso de la lengua en ese campo de la praxis humana. Ya lo afirmaba Bajtín: cada esfera del uso de la lengua elabora sus tipos relativamente estables de enunciados —los géneros discursivos— caracterizados por su regularidad en relación con el tópico o tema que abordan, el estilo verbal que seleccionan y la estructura o composición con la que están organizados. Ahora bien, si es indiscutible que los hablantes de una lengua conocen y utilizan con destreza diversos y variados géneros discursivos, también lo es que no todos dominan las formas genéricas prácticas creadas en la comunicación científica. La participación en esa esfera de la actividad humana, la frecuentación de los géneros que allí circulan y la lectura activa de libros como el que el lector tiene ahora entre sus manos son sin duda necesarios para adquirir las habilidades que ayuden a plasmar el discurso en las formas composicionales y estilísticas adecuadas.
En los últimos años, hemos accedido a numerosas investigaciones que se han centrado en la descripción y el análisis de las características lingüístico-discursivas de los diversos géneros científico-académicos escritos en inglés, francés, español. Hemos acrecentado así nuestros conocimientos sobre la estructuración y el registro adecuado de los distintos géneros, sobre las especificidades terminológicas, sobre las implicancias de las opciones que los autores académicos realizan para aludir a la investigación, a sí mismos y a la colectividad en la que buscan insertarse y sobre los efectos de sentido que surgen de la presencia de la polémica y el antagonismo, de la atenuación y el refuerzo de las posiciones sostenidas, de la argumentación, la polifonía y las heterogeneidades enunciativas constitutivas de todo discurso. Pero, además de estos trabajos, también hemos asistido a la publicación de manuales y guías de escritura que, con rigor científico y espíritu pedagógico, buscan colaborar en la solución de los problemas que se plantean a los escritores académicos noveles para su incorporación como sujetos plenos de esta discursividad. Es precisamente en esta línea donde se inscribe Cómo redactar un paper. La escritura de artículos científicos, de Silvia Ramírez Gelbes, resultado no solo de las investigaciones realizadas por la autora sobre el discurso científico, sino también de la experiencia recogida a lo largo de varios años como docente de talleres de escritura académica.
Con una fuerte impronta didáctica y una gran claridad expositiva, Silvia Ramírez Gelbes invita al lector a adentrarse en las cuestiones clave relativas a la escritura en español del artículo científico. Luego de presentar la escritura como proceso y pasar revista a los diferentes recursos lingüísticos que garantizan la coherencia y la cohesión que todo texto debe presentar, la autora introduce las nociones de género y secuencias, explica la estructuración en secciones del artículo de investigación y describe y analiza algunas de las huellas salientes de la subjetividad, huellas íntimamente relacionadas con la configuración del ethos académico. Todo ello a la luz de una abundante y excelente ejemplificación que clarifica conceptos y que permite al lector lego comprender sin dificultad lo expuesto de manera teórica previamente. Para finalizar, en el último capítulo, relacionado con las etapas de revisión y corrección, la autora propone soluciones a algunos problemas y dificultades que habitualmente se presentan a los autores en los ámbitos ortotipográfico y gramatical de sus textos. En todos los casos, al final de cada capítulo, se brindan actividades que promueven la reflexión de los lectores y se proponen soluciones orientativas y lecturas complementarias para quienes deseen seguir ahondando en los temas tratados.
En síntesis, describir, orientar y promover la práctica de la escritura del género artículo de investigación es un propósito que Cómo redactar un paper. La escritura de artículos científicos cumple ampliamente. Y los escritores que se inician en la discursividad académica encontrarán en él un excelente comienzo para introducirse en el fascinante proceso epistémico por el que se descubre, se construye y se transforma el conocimiento: la escritura.
María Marta García Negroni
Me parece apropiado iniciar una reflexión sobre la escritura académica con una representación de la lectura. Imaginemos que quien lee tiene siempre los ojos disociados. El ojo derecho es el ojo lector, un dispositivo automático que va pasando por encima de cada letra y no se detiene ante nada. El ojo izquierdo, en cambio, es el ojo interpretador, un dispositivo que va enlazando lo que el ojo lector lee con la enciclopedia personal, los textos que ya se leyeron, el contexto, en fin, con todos los contenidos disponibles en la “memoria de trabajo”. Cuando el lector se topa con algo infrecuente —un error de ortografía, un párrafo desordenado, un segmento que no se relaciona con el resto— sigue pasando por encima de cada letra porque trabaja de modo automático; el interpretador, por el contrario, queda detenido en ese lugar, como desorientado. Al poco tiempo, claro está, el ojo interpretador se recompone y se junta con su compañero, pero el lector ya está dos o tres líneas más abajo. Ese fragmento que quedó sin interpretar es normalmente llenado con los “conocimientos previos” del sistema, que suelen resultar eficientes para la tarea. En cuanto no sean eficientes, la interpretación resultará perjudicada.
A partir de esta especie de metáfora de procedimiento, puede empezar a plantearse el problema de la escritura académica. Y es importante tener en claro, antes que nada, que un sujeto que pretende escribir discurso académico no debe de ninguna manera computarse virgen de escritura. Sin embargo, la escritura académica tiene particularidades que no son compartidas por otros tipos de discursos, y es ese el motivo por el cual un libro que trate de escritura académica no parece una cuestión trivial.
Ahora bien, dentro de la escritura académica, Cómo redactar un paper se ocupa específicamente del artículo de investigación, género que –como se sabe– se viene constituyendo en el medio privilegiado para la transmisión de la ciencia, aunque es necesario advertir, desde el principio, que escribir un artículo de investigación no es solo transmitir ciencia. Como correctamente reconoce Pablo Kreimer en el prólogo de Demoliendo papers, un artículo académico-científico constituye, entre otras cosas, un aparato retórico. Según sostendremos a lo largo de este texto, un artículo de investigación es, por una parte, un aparato erudito que pretende ofrecer un aporte a la disciplina científica en la que se inserta y, por la otra, un aparato retórico que busca persuadir al lector de la legitimidad de ese aporte. Y ese aparato retórico se edifica sobre la base de ciertas estrategias discursivas, algunas de las cuales –al menos– están contempladas en este texto.
Con todo, creo importante destacar que lo que interesa aquí no es la transmisión de cualquier ciencia: es la transmisión de la ciencia en español.1 Y por ello Cómo redactar un paper se funda en la investigación sobre el discurso académico en español.
Este libro es, en buena medida, producto de investigaciones realizadas dentro de distintos proyectos UBACyT y PICT dirigidos por María Marta García Negroni y de los seminarios que se dictaron en el marco de su cátedra de Corrección de Estilo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Pero empezó a gestarse en las clases del taller de Técnicas de Redacción que durante más de quince años dicté en el Centro Cultural Rojas de la UBA, y se alimentó —vorazmente— de mis clases a distancia en el Taller de escritura científica del CAICyT y de las presenciales de la Maestría en Defensa Nacional además del seminario “El discurso académico” de la Universidad de San Andrés. De hecho, el análisis y la corrección de los textos producidos por los cursantes me orientaron a seleccionar los temas que se desarrollan en Cómo redactar un paper.
En definitiva, aquí podrán encontrarse algunas claves relativas a la escritura académico-científica, con un tratamiento intencionadamente pedagógico, de acuerdo con la siguiente estructura:
en el capítulo 1, “El texto escrito”, se hace una observación relativa a la construcción del texto en sí: se consideran el proceso de escritura, la cohesión textual en general y el empleo de los marcadores discursivos relevantes para el discurso académico-científico;
en el capítulo 2, “El género”, hay una preocupación específica por el formato de los textos: se habla de los géneros y las secuencias en primer lugar –con una atención destacada en la narración, la descripción, la explicación y la argumentación– para luego ocuparse de géneros académicos como los resúmenes y las ponencias y, en particular, del artículo de investigación —que es el tema de este libro— y su estructuración en secciones;
en el capítulo 3, “La subjetividad”, se materializa el interés por la retórica del texto académico-científico: tras analizar marcas discursivas que contribuyen a configurar el ethos, como los subjetivemas y los recursos, la agentivación, la desagentivación y la modalidad, se examina el metatexto, se reflexiona sobre la falla ética del plagio, se especula sobre las condiciones de la polémica en este tipo de discurso y se termina con una observación sobre el empleo de los marcadores de abducción.
En el capítulo 4, “Los problemas concretos”, a partir de una imagen de la “construcción” del texto (con el área de “ensamblaje” y el área de “montaje”), se ofrece un repertorio de soluciones a dificultades que puede hallar el escribiente de discurso académico-científico: algunas cuestiones salientes de la puntuación —como la ocurrencia de proposiciones explicativas frente a las especificativas—, el modo apropiado de citar, el empleo del gerundio, el uso de la terminología específica, el orden de las estructuras en la oración, la paráfrasis o reescritura de un segmento —orientada a buscar la mejor manera de exponer una idea—, la organización de los párrafos, las características del título, la normativa de las notas y las referencias bibliográficas, el sentido de la inclusión de gráficos e imágenes y, finalmente, una reflexión sobre el dialecto estándar y sobre el registro adecuado.
Como se verá, los temas son tratados teóricamente e ilustrados con cantidad de ejemplos tomados —en su gran mayoría— de los textos producidos por los cursantes del Taller de escritura científica y modificados.
Finalmente, en cada uno de los capítulos, se ofrece una serie de ejercicios que aparecen resueltos en las claves. En muchos casos, esas claves son solamente orientativas, ya sea porque se trata de ejercicios de producción, ya sea porque no hay una única resolución correcta.
Es importante, para concluir, que el escribiente tenga en claro que nada en la escritura académica surge por generación espontánea: debe asumirse el ejercicio del ensayo y el error para llegar a un resultado satisfactorio. La adquisición de la “alfabetización académica”2 insume —qué duda cabe— tiempo y energía intelectual. Pero promete “realizaciones”.
Vale la pena el esfuerzo.
NOTAS
1. Conviene aclarar que este libro se inscribe en una larga lista de textos que se ocupan del discurso académico en español. Además de García Negroni (2011), al que aludiré frecuentemente, no pueden olvidarse Montolío (2000), Nogueira (2003 y 2010), Vázquez (2001), Carlino (2005), Cubo de Severino (2005), Marín y Hall (2007) o Parodi (2008), entre muchos otros.
2. Como la llama Carlino, entre otros autores.
La verdad es que hay muchas maneras de escribir. Uno puede sentarse frente a la computadora a escribir y dejar que los dedos hablen —y que digan lo que les va saliendo, en libertad— para después corregir y reformular. Uno puede escribir algunas ideas en papel, de puño y letra, para después ponerse a producir el texto que terminará siendo definitivo. Uno puede grabar en un grabador lo que quiere escribir y después desgrabarlo. Sí, hay muchas maneras de escribir. Incluso, la misma persona puede desarrollar muchas maneras de escribir: a cualquiera le pasa, por ejemplo, que a veces puede escribir de corrido y otras veces anda buscando el modo de inspirarse.
Quienes han teorizado sobre el proceso de escritura sostienen distintas hipótesis, desde luego. Con Cassany (2006b), de todos modos, diremos que hay una hipótesis que resulta bastante sensata y que nos permite trabajar con bastante comodidad: la que llamaremos “proceso de las etapas”. Este proceso de las etapas concibe la escritura como un desarrollo de tres momentos: la planificación o preescritura, la escritura propiamente dicha y la corrección o reescritura. Debe entenderse, eso sí, que el proceso no se da de manera lineal, es decir, de una vez y listo. Por el contrario, parece más lógico pensar que, mientras escribe, el escribiente1 toma decisiones (es decir, planifica) sobre qué palabra va a poner, la escribe y tal vez la relee y la cambia. Y eso lo hace con la sintaxis, con la estructura del párrafo, con todo, en fin.
Aunque en algunos casos vamos a plantear el asunto de manera teórica, también consideraremos la cuestión desde la práctica concreta, los pasos que tenemos que seguir —sin permitir que nos gane el deseo de practicar una receta a rajatabla— para llegar a un cierto resultado.
Y, además, tenemos que tener en cuenta que la escritura es el producto de un momento y que, como con todo, el producto saldrá mejor elaborado en la medida en que la máquina se vaya perfeccionando; o sea, con la práctica.
Por eso, ánimo con los temas, entusiasmo en la tarea y ¡a ser tercos! Si no sale de primera intención, habrá que seguir probando. Nadie ha muerto por intentarlo.
Aunque esta suele ser la etapa más descuidada, conviene que el escribiente la tenga en cuenta para producir su escrito. En la planificación se considerarán:
La distribución del tiempo disponible.
La determinación de las características del escrito o qué objetivo se tiene.
La producción de las ideas o cómo “se engendra” algo nuevo a partir de lo escrito por otros.
En cuanto a la distribución del tiempo disponible, suele ser conveniente establecerse metas de trabajo para un momento determinado, de modo que se pueda llegar a entregar el escrito cómodamente (ya se sabe, “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”).
En relación con la determinación de las características del escrito, es necesario pensar claramente en la finalidad del texto y en quien lo recibirá (para tener en claro qué conocimientos se comparten con el destinatario y cuáles hay que explicitar manifiestamente),2 cómo se determinará tanto al emisor como al destinatario dentro del texto (si se usará yo o nosotros, si se usará se), qué formato exige nuestra comunicación.
Finalmente, en lo referido a la producción de ideas, es necesario leer mucho sobre el tema y después empezar a volcar lo que a uno se le ocurre sobre lo que quiere escribir.
En alguna medida, esta es la etapa que constituye el eje de nuestro trabajo como escribientes. Pero es bueno pensarla como el término de una actividad de planificación, es decir, como la consecuencia de una tarea de reflexión. En esta etapa se pondrán en juego las variables que permiten que un texto sea efectivamente eso, un texto; a saber: la cohesión, la coherencia y la adecuación.
Como veremos más adelante en este libro, la cohesión es el tipo de relaciones “visibles” o de superficie que se establecen en el texto. La coherencia es un fenómeno de profundidad que permite que el texto se sienta como un todo sin hilos sueltos ni lagunas o agujeros. La adecuación es el fenómeno que permite establecer que el texto usa el lenguaje que debe usar en ese contexto.
Todas estas variables, entrelazadas simultáneamente, construyen el tejido que es el texto. Porque textus, en latín, es precisamente eso: un tejido (ver, más abajo, § Las características del texto y la cohesión).
La última etapa del proceso es el momento de la crítica, de tomar distancia y ver qué no concuerda con el resto, qué sobra y qué falta, qué está en el lugar inapropiado y de qué modo podemos solucionar esos problemas.
Por ello, es bueno entender que la revisión se lleva a cabo en distintos niveles:
El nivel ortotipográfico permite remediar las dificultades ortográficas, de mayúsculas y de puntuación, para que el texto tenga una presentación correcta (en este nivel tendríamos que ocuparnos, por ejemplo, de los parónimos, como “basta” y “vasta”).
El nivel morfológico determina que se pongan en juego, por ejemplo, los conocimientos sobre el género de un sustantivo o acerca de la conjugación de un verbo (en este nivel tendríamos que ocuparnos de las formas correctas, como
el
rema
en lugar de
la
rema
,
3
o de escribir
Josefina le pidió a Napoleón que siempre le
fuera
sincero
en lugar de
Josefina le pidió a Napoleón que siempre le
sea
sincero
).
El nivel sintáctico permite considerar, entre otros, los fenómenos de concordancia entre el sujeto y el predicado o el uso apropiado de los pronombres (en este nivel tendríamos que ocuparnos de decir
Se incluyeron
otros gráficos
en lugar de
Se incluyó
otros gráficos
, por ejemplo).
El nivel léxico exige que se usen los términos más apropiados en cada caso particular, que no haya repeticiones innecesarias y que todos los términos pertenezcan al mismo registro (en este nivel tendríamos que ocuparnos de escribir
instrumento de medición
y no
herramienta de medición
, por ejemplo, según sea lo que queremos decir).
El nivel pragmático, finalmente, estipula que las relaciones entre las ideas deben estar expresadas según el sentido que busca darle el escribiente, además de que siempre se debe tener en claro en qué contexto se está produciendo el escrito y a quién está dirigido (en este nivel tendríamos que ocuparnos de hablar de
enfermedad
en un texto de divulgación y de
patología
en uno científico, por ejemplo).
La primera etapa del proceso de escritura consiste, como hemos dicho, en la planificación. Así, es necesario tomarse un tiempo para poder escribir algo.
Por supuesto, lo primero que debe hacer quien quiere escribir sobre un tema desde una perspectiva académico-científica es recoger información sobre ese tema y leerla. Y cuando se ha leído, es necesario definir con qué textos de los leídos se está de acuerdo y de qué textos se disentirá, es decir, qué punto de vista se tomará. Ese punto de vista permitirá que el escribiente establezca su posición y su argumentación.
Una vez que se ha estudiado el tema, que se ha decidido el punto de vista, que se tiene en la cabeza una especie de nebulosa de lo que se quiere decir, es necesario empezar a estructurar el texto concreto.
Siempre debe tenerse en cuenta que todo segmento de texto debe ser funcional al texto completo para cumplir con las exigencias de la macroestructura4 (el tema general) que le otorga coherencia.5 Desde esa perspectiva, puede decirse que hay segmentos de introducción, segmentos de ejemplificación, segmentos de desarrollo, segmentos de conclusión, entre muchas otras posibilidades.
Por ello y reformulando el planteo de Cassany (2006a: 59 y 60), podemos organizar el esquema del texto a partir de un mapa como el que presentamos en el cuadro 1.
Cuadro 1. Mapa conceptual
El mapa debe constar, en el centro, de una palabra clave, que será el tema del texto, y alrededor deben aparecer todos aquellos datos que se consideren como relacionados y cuya aparición en el texto sea entendida como necesaria. Imaginemos que tenemos que escribir sobre los antecedentes de la Revolución francesa; dado este tema central, encontramos que los datos que aparecen relacionados con él son, por ejemplo, la crisis en las finanzas, la oposición a los privilegios, el crecimiento de la burguesía, el desarrollo de las ciudades, la crisis del Antiguo Régimen, el crecimiento de la deuda pública (ver el cuadro 2).6
Cuadro 2. Mapa conceptual sobre los antecedentes de la Revolución francesa
Una vez que fue construido este mapa, se puede empezar a delinear el texto determinando qué subtemas van con qué subtemas, es decir, cuáles de estos contenidos que están diseñados en forma de satélites se pueden subagrupar en un mapa como el que presentamos en el cuadro 3.
Cuadro 3. Mapa conceptual sobre los antecedentes de la Revolución francesa, mejorado
Puede pasar que, al establecer esas relaciones, descubramos que alguno(s) de los datos no están a la misma altura de los otros o no resulta(n) tan pertinente(s): en ese caso, lo borraremos (ver el cuadro 4).
Cuadro 4. Mapa conceptual sobre los antecedentes de la Revolución francesa, definitivo
Cuando se han determinado los datos pertinentes y las relaciones internas, se puede decidir el ordenamiento de los contenidos (ver el cuadro 5).
Cuadro 5. Ordenamiento de los temas sobre los antecedentes de la Revolución francesa
Dado este —el del último cuadro—, que es solo uno de los ordenamientos posibles, podríamos tener, entonces, el siguiente esquema, que representa los tres parágrafos constitutivos de este texto.
Antecedentes de la Revolución francesa
Crisis en las finanzas y crecimiento de la deuda pública Crecimiento de la burguesía que se opone a los privilegios de los nobles Crisis del Antiguo Régimen en toda Europa Occidental
Una vez que se ha preparado este esquema, es necesario volver a revisarlo para considerar
si el orden es correcto, jerárquicamente hablando (es decir, si los temas van en un orden decreciente de importancia, por ejemplo), si un tema lleva al otro de manera lineal o hay algún dato que falta en el medio, si todos los temas son verdadera e igualmente pertinentes.
Muchas veces, al hacer este mapa, tomamos conciencia de que hay un dato que no hemos incluido o, por el contrario, de que algún dato no tiene nada que ver con los otros. En ese caso, siempre conviene tener la elasticidad y la amplitud de mente necesarias para cambiar nuestro esquema inicial.
En suma, nunca es bueno enamorarse del propio proyecto porque, como dice el dicho, “el amor es ciego” y no nos permitirá ver los defectos. Para expresarlo de otro modo, una vez armado el esquema, es bueno mirarlo con perspectiva, tomar distancia y determinar su calidad (es decir, su propiedad).
Cuando estemos conformes, entonces sí, podemos empezar a pensar en el momento siguiente: la toma de decisiones.
La planificación, como hemos dicho, es el momento de la toma de decisiones. Aunque profundizaremos en los detalles de esas decisiones a lo largo del libro, podemos decir aquí que esas decisiones tienen que ver con
nuestra intención, lo que se plasmará en el tipo de secuencia (o tipo textual) que seleccionaremos; el formato (o género) que mejor responde a esa intención; el modo en que nos inscribiremos en nuestro discurso y en que inscribiremos a nuestro receptor (las estrategias de agentivación y desagentivación); el modo en que nos ubicaremos frente a lo que decimos (la modalidad); la imagen que daremos de nosotros en nuestro discurso (el ethos); el tiempo con que contamos y la exhaustividad con que trataremos el tema; el medio en el que aparecerá nuestro producto escrito.
Como se ve, la planificación es el tiempo de la reflexión. Y la reflexión merece un espacio importante porque, aunque parezca paradójico, suele ahorrar mucho tiempo. Es probable que el tiempo que uno no haya querido emplear en la reflexión previa tenga que usarlo en la corrección posterior. Y da la impresión de que el tiempo empleado en la corrección resulta, a la larga, un poco más frustrante que el tiempo empleado en la planificación. ¿O no?
Cuando se escribe, es fundamental tener en cuenta las tres condiciones ya mencionadas para que un texto sea texto: la cohesión, la coherencia y la adecuación (Cassany, 2006b: 28).
El término “texto” proviene del latín textus, que quiere decir ‘tejido’. En efecto, el texto es una especie de entramado en el que no pueden (¿no deben?) quedar hilos sueltos. Es un pasaje escrito u oral, que forma una unidad de cualquier tamaño, desde una expresión interjectiva (¡Uy!) hasta una novela de varios tomos. Para Halliday & Hasan (1976),7 el texto es una unidad semántica, una unidad de sentido.
Texto implica unidad. Implica también, por lo tanto, aquellos procedimientos que hacen del texto una unidad, es decir, relaciones de cohesión, lazos cohesivos. De hecho, según Halliday & Hasan, la cohesión es un concepto semántico y se refiere a las relaciones de sentido que existen dentro del texto y que lo definen como tal.
La cohesión ocurre cuando la interpretación de un elemento del discurso depende de la de otro. El uno presupone al otro, en el sentido de que no puede ser definitivamente decodificado excepto por recurso a aquel (Halliday & Hasan, 1976: 4).8
La cohesión, entonces, funciona como un conjunto de enlaces intratextuales que permiten establecer las relaciones semánticas que aseguran la continuidad del sentido y, por ello, la constitución de un texto en tanto unidad de significación. En términos más cotidianos, esas relaciones permiten que el lector (o el oyente) “siga” la lectura (es decir, el discurso) de manera lineal, sin perderse.
Los elementos de cohesión, esos enlaces intratextuales, establecen recurrencias o repeticiones sin que se repita de manera estricta: el escenario conformado por el universo que instaura el mismo discurso permite silenciar lo que no necesita decirse (las elipsis), usar algunos términos vacíos de significación para remitir a elementos ya aparecidos o por aparecer en el texto (las referencias) y desplegar una serie de relaciones entre palabras, habilitadas por ese mismo escenario (sinónimos, hipónimos, proformas léxicas, entre otros).9
En cuanto a la coherencia, diremos que ese es un fenómeno lingüístico que remite a la construcción del texto como unidad. La coherencia permitirá reconocer que todo el texto alude a un mismo tema, que no hay datos irrelevantes (o no funcionales al texto integral) y que la organización de esos temas faculta la construcción del mensaje completo para que sea bien interpretado. Pero no solo eso: la coherencia también exige el respeto a las condiciones que impone el género del que se trate.10
Finalmente, la adecuación será la utilización de un registro conveniente, de un tipo de lengua apropiado para la situación de discurso y para los participantes que se comunican. Así, un texto de divulgación no debería usar términos muy específicos que no pudieran ser comprendidos por el público general, mientras un texto de especialidad debe usar términos específicos que estén bien definidos en la disciplina.
La referencia es una relación de tipo semántico en la que el significado de un elemento dado se interpreta a través de la identificación de un referente dentro o fuera del texto y ocurre tanto como fenómeno intraoracional cuanto extraoracional (es decir, entre dos elementos que están dentro de la misma oración o no).
En términos generales, las referencias permiten que el texto sea más liviano, se sienta como menos redundante. Veamos este caso.
[1] Los órganos grandes y huecos del aparato digestivo poseen músculos, los músculos de los órganos grandes y huecos del aparato digestivo permiten que las paredes de los músculos de los órganos grandes y huecos del aparato digestivo muevan a las paredes de los músculos de los órganos grandes y huecos del aparato digestivo. El movimiento de las paredes de los músculos de los órganos grandes y huecos del aparato digestivo puede impulsar los alimentos y los líquidos.
Sin dudas, este enunciado resulta pesado y redundante y, en algún sentido, difícil de interpretar. Si reemplazamos algunos de los términos que se repiten por referencias, obtendremos un resultado como el siguiente:
[2] Los órganos grandes y huecos del aparato digestivo poseen músculos que permiten que susparedesse muevan. El movimiento de estas paredes puede impulsar los alimentos y los líquidos.
Un resultado que, evidentemente, es mucho más sencillo de leer y más fácil de comprender. Como puede verificarse, el uso de sus o el uso de estas adquiere en este segmento un sentido particular que se relaciona, en ambos casos, con los órganos grandes y huecos del aparato digestivo.
Pero no solo eso. También se sabe que, si se toma una expresión fuera de contexto, puede ocurrir que mucha información quede oscurecida y sea complicado interpretarla. Así, [3] resulta incomprensible si no estamos en la situación en la que se emite la expresión: ¿quién es él?, ¿dónde es ahí?, ¿cuándo es ahora?
[3] Él está ahí ahora.
Por el contrario, en [4], resulta claro que él es el organismo y estos son los elementos nutricionales.
[4] El organismo necesita una serie de elementos nutricionales. En él, estos son esenciales para la estructura de órganos y tejidos.
La interpretación de [3] depende definitivamente de las circunstancias en que se emite la expresión, esto es, del contexto de la enunciación, de las entidades que son ajenas a —que están fuera de— el texto. Es por ello que, descontextualizado, es imposible interpretar lo que se dice allí. Este hecho suele repetirse en las conversaciones, en los intercambios cara a cara, en la lengua oral en general (si bien hay casos de discurso oral, como las conferencias, en los cuales las referencias son más internas al texto que externas).
Las referencias que remiten al contexto —es decir, las que señalan hacia fuera del texto, como ocurre en el caso de [3]— se llaman exofóricas (del griego, ‘transporte hacia fuera’). Muchos autores las llaman deícticos, porque funcionan como un dedo índice que señala algo.11 Hay referencias exofóricas o deícticos de persona (yo, tú), de lugar (aquí), de modo (así) y de tiempo. En cuanto a los deícticos de tiempo, no solo funcionan como tales las palabras sueltas del tipo ahora, hoy o entonces sino también las terminaciones verbales que hacen una indicación relativa al momento en que se produce el discurso. Si leemos [5], la ausencia de otras indicaciones no nos permite establecer coordenadas de tiempo estables que nos garanticen que el evento todavía no se ha producido.
[5] Él estará ahí.
El caso de [4], por el contrario, es un ejemplo claro de discurso autónomo, en el sentido de que no hace falta estar en el momento de la emisión para interpretar el enunciado. Aquí ya no hay presencia de referencias exofóricas o deícticos sino de referencias endofóricas. Las referencias endofóricas (del griego, ‘transporte hacia dentro’) son aquellas que hacen una remisión interna al texto, es decir, que señalan hacia alguna instancia ya aparecida o por aparecer en el texto. Cuando las referencias endofóricas señalan hacia atrás, es decir, cuando remiten al texto precedente, son llamadas referencias anafóricas. Así, en [4], que copiamos como [6], él remite a el organismo, segmento discursivo que se encuentra a la izquierda de la referencia y que actúa como antecedente dándole sentido.
[6] El organismo necesita una serie de elementos nutricionales. En él, estos son esenciales para la estructura de órganos y tejidos.
Probablemente, las referencias anafóricas son las más habituales, desde el momento en que, para interpretar apropiadamente el discurso, la referencia tiende a remitir al texto precedente porque lo contrario podría producir malas interpretaciones. En ese sentido, no hay problemas en entender que María y ella correfieren (remiten al mismo individuo del mundo extralingüístico) en [7].
[7] María llegó. Ella traía un tapado negro.
No ocurre lo mismo en [8], donde ella y María parecen remitir a individuos diferentes.
[8] Ella llegó. María traía un tapado negro.
Existen casos, de todos modos, de referencias que remiten a un referente que no ha aparecido aún en el texto. Tal es el caso de [9], donde le remite a intestino delgado, segmento discursivo que se encuentra a la derecha (o sea, después) de la referencia.
[9] El estómago le vuelca su contenido al intestino delgado.
Estas referencias hacia adelante son llamadas catafóricas.
Sorprendentemente, si se quiere, una de las dificultades referenciales más frecuentes es la concordancia entre sujeto y predicado. En un caso como el siguiente:
El progreso del peso y diámetro de la uva en los tres establecimientos presentaron un valor máximo y luego disminuyeron por deshidratación.
el complemento del peso y diámetro de la uva arrastra la concordancia hacia el plural, pero el sujeto del verbo presentaron es el progreso, motivo por el cual la forma correcta del verbo es presentó.
Las referencias pueden estar representadas por pronombres,12 como en [4] y [6], que repetimos como [10], donde él remite a el organismo.
[10] El organismo necesita una serie de elementos nutricionales. En él, estos son esenciales para la estructura de órganos y tejidos.
O bien [11], donde sus remite a alimentos y bebidas y quiere decir, estrictamente, de los alimentos y las bebidas (es decir, las partes más pequeñas de los alimentos y las bebidas).
[11] La digestión es el proceso mediante el cual los alimentos y bebidas se descomponen en sus partes más pequeñas para que el cuerpo pueda usarlos como fuente de energía.
También puede verse [12], donde las refiere a las grasas de las que habla el texto precedente, por lo que la oración podría parafrasearse como Después de que las grasas se disuelven, las enzimas del páncreas y de la mucosa intestinal digieren las grasas.
[12] Los ácidos biliares disuelven las grasas en el contenido acuoso del intestino, como los detergentes disuelven la grasa de una sartén. Después de que las grasas se disuelven, las enzimas del páncreas y de la mucosa intestinal las digieren.
Todas estas referencias, tanto las provistas por indicaciones de persona como las provistas por indicaciones de posesión, son llamadas referencias personales (Halliday & Hasan, 1976).13
En general, debe tenerse en cuenta que las referencias de primera persona (yo, nosotros) y de segunda (tú) son bastante claras en términos de señalamiento contextual. Eso queda manifiesto en el texto de una publicidad como la que sigue donde yo se refiere a quien habla y tú a quien recibe el mensaje.
Yo te recomiendo que tú compres XX.
Por el contrario, la segunda persona de distancia (usted), la segunda del plural (ustedes) y las terceras personas están representadas, en la mayoría de los casos, por las mismas referencias. Así, su experiencia en el enunciado que sigue puede querer decir la experiencia de usted, la de ella, la de ustedes, la de ellos, etcétera.
Su experiencia es fundamental.
Algo similar ocurre con la frase Le damos la bienvenida. ¿A usted? ¿A ella? ¿A quién?
Conviene recordar, además, que las referencias de tercera persona son las que más aparecen en el texto escrito y, sobre todo, en el académico-científico.
Otras referencias son las representadas por los demostrativos en general. Así, en [13], estos refiere a alimentos como pan, carne y verduras.
[13] Cuando comemos alimentos como pan, carne y verduras, estos no están en una forma que el cuerpo pueda aprovechar para nutrirse.
Desde luego, hay otros ejemplos de lo que son llamadas referencias demostrativas. Tal es el caso de [14], donde así, refiere a una manera, a un modo: estrictamente, al primer movimiento muscular importante que ocurre cuando ingerimos alimentos o líquidos, que es el modo en que comienza la digestión.
[14] El primer movimiento muscular importante ocurre cuando ingerimos alimentos o líquidos. Así comienza la digestión.
Debe hacerse notar la diferencia entre este enunciado y el [15], donde entonces refiere a un momento, el momento cuando se produce el primer movimiento muscular importante del proceso, que es el momento en el que comienza la digestión.
[15] El primer movimiento muscular importante ocurre cuando ingerimos alimentos o líquidos. Entonces comienza la digestión.
Como se ve en estos dos últimos casos, a pesar de la similitud, la referencia focaliza una diferenciación notoria que determinará el tipo de interpretaciones que el texto autoriza y el tipo de continuaciones que admitirá el discurso.
En resumen, la referencia demostrativa está representada por algunos adverbios (como entonces o así), por los tiempos verbales (como se vio en Él estará ahí) y también por los demostrativos este, ese y aquel (y sus variaciones en femenino y en plural). Y el uso de una u otra referencia disponible orienta la interpretación.
El problema que plantean las referencias demostrativas es que no siempre resultan lo suficientemente claras como para que el lector interprete de modo apropiado el antecedente. Cuando una referencia como eso remite al discurso previo, por ejemplo, puede no ser obvio si se trata de todo lo dicho con anterioridad o solo de un fragmento de ese discurso.
Del mismo modo, los candidatos a antecedente de una referencia pueden ser más de uno, como en el siguiente ejemplo:
El hígado, el estómago, el páncreas y los intestinos juegan un papel fundamental en la digestión. Aquel produce una enzima que digiere las proteínas.
El antecedente de aquel no resulta claro: ¿el hígado?, ¿el estómago?, ¿el páncreas? El texto no nos permite dilucidarlo.
1.2.1.3. Referencias comparativas
El último caso de referencia propuesto por Halliday & Hasan es el de las referencias comparativas. Términos como mejor, el mismo u otro (o sea, algunos adjetivos o adverbios) permiten establecer comparaciones de lo designado por diferentes elementos dentro de un texto, como se ve en [16].
[16] La digestión comprende la mezcla de los alimentos, su paso a través del tracto digestivo y la descomposición química de las moléculas grandes en moléculas menores.
Parece quedar claro aquí que la interpretación comparativa de moléculas menores depende del antecedente moléculas grandes.
En muchos casos, la comparación se realiza sobre una base que no aparece explicitada. Por ejemplo:
Las que actúan primero son las glándulas salivares de la boca. La saliva que producen contiene una enzima que permite digerir mejor.
¿A qué se refiere mejor? El texto no permite determinar con qué se hace la comparación. Puede orientar la inferencia de que permite una mejor digestión que la que se lograría sin la enzima, pero convengamos en que el texto no resulta totalmente explícito.
