Con cariño, Joy - Jenny Valentine - E-Book

Con cariño, Joy E-Book

Jenny Valentine

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Beschreibung

Joy y su hermana Claude siguen adaptándose a la vida estable en Reino Unido, pero Claude cada vez se comporta de forma más rebelde y complicada y Benny, el mejor amigo de Joy, empieza a sufrir el acoso de un compañero de clase. Nuestra protagonista, empeñada, como siempre, en ver el lado positivo de todo lo que ocurre, no solo se propone ayudar a Benny y a su hermana, sino también a su abuelo, que se siente solo, ¡e incluso a su gato! ¡Llega la continuación de Una chica llamada Joy!

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Seitenzahl: 113

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Me llamo Joy Applebloom y tengo diez años. Mi familia estaba acostumbrada a mudarse de un lugar a otro. Mucho. Hemos dormido junto al mar y cerca de ríos, en montañas y en bosques. Hemos vivido en la silenciosa mitad de la nada y en ciudades de ruido incesante, a veces en sitios donde el sol no brilla durante semanas, y a veces en sitios donde el cielo es de un azul interminable. Juntos hemos estado por todo el mundo, pero en estos momentos vivimos en una dirección fija, el número 48 de la calle Jardines del Sicómoro, que es la casa de mi abuelo.

Mi hermana mayor, Claude, dice que el número 48 de Jardines del Sicómoro es el lugar más aburrido de la Tierra en el que podríamos haber aterrizado. Según ella, no podríamos haber escogido un sitio más soso en el planeta, ni aunque lo hubiéramos intentado. Últimamente, a Claude se le da muy bien encontrar las cosas aburridas y sosas. Es uno de sus talentos especiales. Por suerte, mi talento especial es el de ver el lado bueno de la vida. Tengo olfato para los rayos de sol que se cuelan entre las nubes, como un perro rastreador. Quizá no sea el palacio de la Alhambra, o una montaña rusa en el desierto de Nevada, o la resplandeciente superficie del océano Índico, pero yo creo que el número 48 de Jardines del Sicómoro aún está lleno de promesas y sorpresas. El sol sale por el jardín delantero y se pone por el trasero, así que siempre está en alguna parte. Tenemos nuestra propia puerta principal y estamos a cinco minutos andando de un montón de cosas que valen la pena. La casa del abuelo es cálida y acogedora y está llena de olor a comida casera, montones de libros, ropa tendida y personas a las que quiero. Es cierto que me cuesta encontrar un sitio tranquilo donde hacer los deberes, que Claude piensa que toda nuestra ropa apesta a cebolla, que el agua caliente es más excepcional que el oro en polvo y que nos vendría bien algo más de espacio, pero estamos todos juntos en un mismo sitio, de modo que es nuestro hogar.

Claude tiene tres años más que yo. Es alta y fuerte y tiene un reluciente pelo rojo, las manos frías, unas pestañas larguísimas y una nariz perfecta. Yo soy mucho más bajita, y mis brazos y mis piernas son bastante delgaduchos al lado de los suyos, como patas de araña. O como ramitas. Sin embargo, yo he visto algunas arañas increíbles y las ramitas acaban convirtiéndose en ramas, así que confío en que solo hay que esperar.

Aunque soy optimista por naturaleza, algunas cosas importantes y serias dan vueltas por mi cabeza. Estoy haciendo juegos malabares con ellas, como un payaso del circo, y eso que todavía no sé si los malabares son uno de mis talentos especiales… Tengo una lista, y así puedo ver cuántas cosas se supone que soy capaz de mantener en el aire sin que se me caigan.

NÚMERO UNO: Claude está castigada. Eso supone el fin del mundo para ella.

NÚMERO DOS: No les dirige la palabra a papá y mamá. Ni una sola palabra. El abuelo dice que les está haciendo el vacío, y la verdad es que a mí no me gustaría nada que mi hermana no me dijera ni pío. Sería como si me impidieran entrar en una estancia luminosa.

NÚMERO TRES: Creo que el abuelo se siente solo. Hasta su propio gato lo ha abandonado.

NÚMERO CUATRO: Mi mejor amigo, Benny, está sufriendo el acoso de un chaval que se llama Clark Watson. No sé desde cuándo le pasa y no tengo ni idea de la razón, pero últimamente Benny está raro, nervioso, triste y callado, y yo estoy preocupada.

NÚMERO CINCO: Me he embarcado en la misión de conseguir caerle bien a mi profesora, la señorita Hunter.

NÚMERO SEIS: No estoy al día con mi correspondencia. Necesito escribir un montón de cartas importantes, y el montón es cada vez más grande.

La cosa importante NÚMERO SIETE es un secreto y un plan muy emocionante sobre un cumpleaños. No puedo contar nada a absolutamente nadie, o el secreto empezará a tener fugas y se convertirá en un colador. De modo que, por ahora, voy a tener que actuar con el cumpleaños de cierta persona como Claude con nuestros padres: no diré ni pío. Incluso aunque esa persona esté tan nerviosa, triste y callada que ni siquiera parezca interesada en que su cumpleaños se acerque.

Ah, y NÚMERO OCHO: He empezado a pasearme por las noches… sonámbula.

Es peliagudo tratar de hacer malabares con ocho cosas a la vez, sobre todo cuando también tienes que ser ordenada, ayudar a lavar los platos y dejar espacio suficiente en la cabeza para la escuela. Pero he visto a acróbatas en Kazajistán lanzándose vasijas de barro unos a otros al tiempo que hacían el pino con una sola mano sin que se les rompiera ni un cacharro. Y también he visto a artistas ambulantes en Marruecos con una cabra en equilibrio sobre los hombros mientras mantenían trece bolos en el aire. Así que sé que todo eso es posible. Solo tengo que intentarlo con todas mis fuerzas.

A Claude se le están cayendo cosas por toda la casa desde que la castigaron. Ayer rompió la taza de «Hogar, dulce hogar» del abuelo accidentalmente a propósito, y también puede dejar caer palabrotas con mucho arte. Mi furiosa hermana mayor puede decir tacos en nueve idiomas distintos y, desde luego, le está sacando el máximo provecho a ese talento.

Estar castigada implica que no puede salir de casa excepto para ir al colegio, y cuando vuelve, no puede usar su móvil ni nada. Todo eso es porque se ha estado escapando para hacer muchas cosas que parecen divertidas pero que no debería hacer. Salía por la ventana de nuestra habitación cuando tendría que estar durmiendo y me decía que debía mantener la boca cerrada para que nuestros padres y el abuelo no la descubrieran.

Pero se han enterado gracias a la cosa número ocho.

Yo soñaba que iba por un mercado. Estaba cubierto, abarrotado, polvoriento y lleno hasta el techo de cubos, sandías, mantas, cajas de flores y enormes juguetes de peluche. Y hacía mucho calor. Era igual que el mercado al que solíamos ir en Bombay, donde Claude no podía parar de estornudar por culpa de las especias y hacía muecas mientras le temblaba la cara, como una ardilla, y a mí se me saltaban las lágrimas de la risa.

En el sueño, yo no me reía. Abría y cerraba cientos de cajones minúsculos en busca de quién sabe qué, y los cajones eran cada vez más y más diminutos, y más y más difíciles de abrir, hasta que mis dedos eran tan útiles como globos. Lo siguiente que recuerdo es que estaba despierta en el cuarto que comparto con Claude en la vida real. Ya estaba fuera de la cama, en pijama, plantada delante de la librería, y mis padres también se encontraban allí.

—¡Uy! —exclamé—. ¿Soy sonámbula?

Empecé a contarles el sueño del mercado, porque en mi cabeza todavía era muy nítido y casi real, pero ellos no se mostraban exactamente fascinados. Papá se había asomado a la ventana y tenía casi medio cuerpo fuera, y mamá dijo: «¿A dónde narices se ha ido?», refiriéndose a mi hermana, y yo tuve que admitir que no lo sabía.

Entonces me dio la impresión de que estaban asustados, que no es algo que esté acostumbrada a ver, así que les dije que lo sentía.

—¿Qué? —preguntaron ellos—. ¿Tú sabías esto?

—Bueno, sí, más o menos.

El ceño de papá descendió sobre mí como un buitre y a mamá se le pusieron los labios blancos. Yo regresé despacio a mi cama y me tapé con las sábanas hasta el cuello. En el techo no había redes llenas de pimientos secos. No había paraguas, cencerros tintineantes ni ruedas de bicicleta. No como en el mercado de Bombay. No como en mi sueño.

—¿Y qué sabes exactamente? —me preguntaron los dos al mismo tiempo.

—En realidad, nada —les respondí, lo que era más o menos cierto.

—¡Es MEDIANOCHE! —estalló papá, con una voz que retumbó como una campana.

—¿Claude ya se ha escapado antes? —quiso saber mamá.

—Quizá.

—¡Vamos, JOY! —estalló papá de nuevo.

—¿Sí?

—¿Por qué no nos has contado nada?

—Porque Claude me pidió que no lo contara.

—Esa razón no es lo bastante buena.

—Era un secreto.

Mamá sacudió la cabeza.

—Hay secretos que debes guardar, Joy —me dijo—, y secretos que no.

Eso era nuevo para mí. Todavía lo estoy procesando.

—¿En serio? ¿Y cómo los distingues?

Ellos no respondieron a mi pregunta y Claude no respondió al teléfono las catorce veces que la llamaron.

—Quédate donde estás —me dijeron mis padres, como si me hubiera levantado en sueños a propósito, o como si estuviese pensando en seguir a mi hermana por la ventana.

Luego salieron de la habitación.

Yo me concentré en el papel pintado de la pared. Claude dice que la decoración del número 48 de Jardines del Sicómoro bastaría para mantener despierto a cualquiera toda la noche. Pero he descubierto que si guiño los ojos y lo miro muy de cerca, el estampado de flores-que-parecen-sapos-gigantes de nuestro dormitorio resulta bastante relajante. Creo que había vuelto a quedarme dormida cuando Claude entró de nuevo por la ventana, resollando en la oscuridad. Aterrizó en el suelo con un gruñido en el mismo instante en que mis padres irrumpieron en el cuarto y encendieron la luz, lo que supuso una conmoción para todos (incluidos mis ojos).

—Oh, oh… —dijo Claude, levantándose y haciendo un gran esfuerzo por parecer seria.

Se tambaleó un poco y luego se echó a reír, casi para sí. Olía a caramelos para la tos, hogueras y Coca-Cola, y nos miró bizqueando por la cegadora luz.

Mamá respiró hondo y habló su-per-des-pa-cio, marcando los espacios entre palabras. Eso es algo que solo sucede cuando está MUY enfadada. Es algo insólito, como un cometa o un eclipse, aunque últimamente ocurre bastante a menudo.

—¿Dónde… has… estado?

Claude se quitó las zapatillas y las tiró al suelo.

—Fuera.

—¿Fuera dónde? —preguntó papá con los dientes apretados, sin apenas abrir la boca, como un ventrílocuo en el escenario sin su muñeco—. ¿Y con quién?

—¿Con quién? —repitió Claude, encogiéndose de hombros—. Fuera, solo fuera.

—¿Has estado BEBIENDO? —preguntó mamá.

Mi hermana se rio con un resoplido.

—NO.

Y entonces hubo otra pelea. Eso es algo que algunos miembros de mi familia practican mucho últimamente, y cada vez se les da mejor, como a mí las fracciones, porque la práctica lleva a la perfección.

Entre otras palabras, y a gritos, mamá dijo que Claude estaba abusando de sus privilegios, a lo que ella replicó:

—¿Qué privilegios?

Papá le dijo que había roto el compromiso que tenían, que había abusado de su confianza y que aquella era la gota que colmaba el vaso, «la última gota, señorita».

Claude se puso en jarras y replicó:

—Ah, ¿tú crees?

—Tienes trece años —le dijo mamá.

—¿Y? —replicó, y añadió que lo único que quería era su propia libertad.

—La libertad es algo que te ganas —respondió papá.

Claude se tapó los oídos y gritó:

—Ah, ¿sí? ¿En serio? ¿POR QUÉ?

Y entonces mamá levantó los brazos y salió del cuarto hecha un basilisco, y papá se quedó donde estaba, como si hubiera perdido el último tren y no estuviese seguro de qué iba a pasar entonces.

Mi hermana siguió a mamá hasta el pasillo para decir la última palabra. Eso le encanta. Para entonces, yo tenía la almohada en la cabeza como un sombrero, para taparme los oídos, pero seguía oyendo mucho ruido.

—¡TE ODIO! —gritó Claude.

—¡PUES VALE! —gritó mamá.

Entonces papá le dijo que estaba castigada, y ella chilló como si acabara de picarle una avispa.

Creo que fue eso lo que despertó al abuelo.

Salió de su habitación con el pelo ahuecado como una nube de primavera y con el pijama abotonado hasta el cuello. Yo podía verlo desde mi cama.

No conozco a Thomas Ernest Blake desde hace mucho, pero a veces lo quiero tanto que siento como si me estallaran palomitas de maíz en el pecho. Lo saludé con la mano, ya que era la única otra persona de la casa que no estaba furiosa, pero él no podía verme sin sus gafas, así que no me devolvió el saludo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Mamá, papá y Claude le gritaron a la vez «¡NADA!», como si de repente estuvieran en el mismo bando. Al pobre lo estaban mandando callar en su propia casa y de madrugada…

—Ah, vale, pues entonces ya podéis parar, ¿no? —repuso, y regresó a su habitación.

Mis padres bajaron ruidosamente por la escalera, porque duermen en el sofá del salón, y Claude se tiró sobre nuestra cama con tanta fuerza que todo mi cuerpo se levantó durante un segundo, como en un truco de magia, como si el colchón flotara en el aire.

—¡Otra vez! —exclamé, y mi hermana gruñó.

—Pasa de mí.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Todo esto es culpa tuya.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso?

Claude se tapó la cabeza con la almohada y chilló contra ella, y cuando volvió a hablar de nuevo, su voz sonó amortiguada.

—¿Por qué no podías hacer lo que te pedí, sin más?

—¿Yo?

—Sí, tú, petarda.. ¿Tanto te costaba quedarte en la cama como se suponía que tenías que hacer?

—Estaba dormida —repliqué—. No sabía lo del sonambulismo porque no estaba despierta.

La cara de Claude se hallaba tan cerca de la mía que podía verle el vello que tiene entre las cejas y las minúsculas motas rojizas que manchan el blanco de sus ojos.

—No voy a dirigirles la palabra nunca más —aseguró.

—¿A quiénes? —le pregunté, porque pensé que le haría gracia, pero no fue así.

—A ellos. A papá y mamá. Tú tienes suerte de que todavía te hable.

—¿Yo? Ha sido un accidente. No soy sonámbula a propósito.

—Bueno, ahora estoy encerrada aquí. En esta cárcel. Así que muchas gracias.

Colocó la almohada como si fuera una pared entre las dos y ya no pude verla más. Ni un poquito.

—No es una cárcel —le dije.