Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Después de pasar muchos años viajando por el mundo, Joy y su familia se mudan a Reino Unido: allí la protagonista volverá al colegio, a reencontrarse con un abuelo gruñón y a la vida ordenada y normal. Joy pronto descubre que su entusiasmo y su positividad habituales se desvanecen. Encuentra refugio en un enorme árbol que hay en el patio del colegio, donde hará amistad con otro chico que, como ella, ama y respeta el roble. Cuando ambos se enteran de que quieren talarlo, Joy decide contraatacar y se da cuenta de que la magia más efectiva no requiere varitas ni hechizos. Quizá la mejor magia sea la capacidad de luchar, la resistencia y el coraje, todos esos valores que siempre han estado dentro de ella.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 120
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
En nuestra familia no hay absolutamente nada mágico. No tenemos un abuelo que pueda volar, ni un tío que esté ocupado construyendo una máquina del tiempo, ni padres magos que sean mundialmente famosos. Nuestro abuelo camina con bastón, no tenemos tíos y nuestros padres han empezado a decir, de buenas a primeras, cosas como «Vuelve a dejar eso donde estaba», «¿Dónde has puesto el uniforme del colegio?» y «Por favor, pasa la aspiradora por tu cuarto inmediatamente».
Según Claude, mi hermana mayor, eso nos convierte en personas de lo más normales y corrientes. Pero como nunca hemos sido normales y corrientes, no creo que debiéramos estar dispuestos a empezar a serlo ahora.
No voy a fingir que no ha habido algunos cambios. Desde luego, ahora las cosas parecen muy vulgares. Tremendamente asfixiantes. Y no hace falta decir que nadie tiene una varita mágica, ni su propia manada de lobos superserviciales, ni un trozo de roca que habla con frases completas. Debajo de nuestra piel no hay universos paralelos, ni otros mundos en nuestros armarios, ni humanos diminutos y perfectos entre las paredes de casa. Hay productos de limpieza, ropa y posiblemente ratones. Yo no tengo zapatos que corran por todas partes con una mente propia. Tengo un par de zapatillas de deporte que me quedan pequeñas, pero que todavía no estoy preparada para tirar porque han vivido muchas aventuras conmigo. La lavadora no quita las manchas de hierba de los preciados vaqueros nuevos de Claude y, ahora mismo, papá no puede librarse del café que ha derramado sobre la alfombra del abuelo. Así que estoy bastante segura de que ninguno de nosotros puede hacer que desaparezcan cosas.
La cuestión es que hay varias clases de magia. No tendría que significar lo mismo que «imposible» y no tendría que poder pasar solo en la ficción. A mí no me parece justo. Claude dice que nuestras definiciones de magia son distintas, y que yo siempre me maravillo ante una cosa u otra sin ninguna razón porque soy muy fácilmente impresionable. Estoy atenta las veinticuatro horas del día de los siete días de la semana para cuando aparezca la auténtica magia de la vida real y diaria, porque esa es la clase de magia en la que yo creo, y para ser sincera, pienso que nos vendría bien un poco.
Cuando digo estas cosas, Claude pone los ojos en blanco (es su especialidad) y replica:
—Ah, ¿sí? Vale. Pues buena suerte.
Cuando no posees la magia que sale en los cuentos, tus problemas son menos vistosos y no tan divertidos de arreglar. Por ejemplo, papá ha puesto un libro sobre árboles grande y pesado encima de la mancha de café, a toda prisa, y lo ha dejado ahí, en mitad de la sala, donde no le corresponde, como una maleta en un canal. En cualquier momento, alguien, el abuelo lo más probable, tropezará con él y descubrirá la verdad. Claude dice que no va a ser agradable cuando lo descubra, y no es más que cuestión de tiempo. Incluso con mi talento para pensar en positivo, estoy empezando a creer que mi hermana podría tener razón.
Yo tengo diez años y Claude, trece.
Huele a cereza y se maquilla los ojos de negro. Tiene los dientes más blancos y rectos del mundo, y la sonrisa más resplandeciente que he visto en mi vida. Cuando está contenta, parece un anuncio de dentistas, aunque eso no sucede muy a menudo. Papá dice que la resplandeciente sonrisa de Claude se ha convertido un poco en una lluvia de meteoritos, porque solo sucede una o dos veces por año y si parpadeas te la pierdes.
Vimos una lluvia de meteoritos en California, cuando yo tenía seis años y Claude nueve. Llovieron estrellas del cielo durante horas y horas y yo me quedé dormida antes de que terminara. Para perderse eso, haría falta un parpadeo de lo más largo.
Claude es el diminutivo de Claudia Eloise, que se pronuncia «clod» y casi casi rima con «plof», lo que últimamente le queda muy bien. Desde que regresamos al Reino Unido y nos instalamos en casa del abuelo, mi hermana no para de quejarse de que no vale la pena hacer nada, y que lo que hay que hacer es menos que nada. Papá y mamá han empezado a llamarla «la pared de ladrillos», pero no de forma que pueda oírlos. Lo susurran tapándose la boca, pero yo estoy segura de que no tendrían que tomarse tantas molestias. Hasta donde yo sé, mi hermana ha dejado de escuchar por completo cualquier cosa que le digan.
Mis padres se llaman Rina y Dan, diminutivos de Marina Jane Blake y Daniel Samson Applebloom. Desde que llegamos han estado hiperdistraídos y ultraocupados haciendo cosas alucinantes e impropias de ellos, como presentar solicitudes para empleos que no requieran viajar, darse de alta en el sistema sanitario y meternos en la escuela con calzador. Esas no son las actividades que solían tener ocupados a nuestros padres. De hecho, son absolutamente lo contrario de lo que se han pasado la vida enseñándonos a esperar. Es muy inquietante… Claude opina que a papá y mamá los han sometido a trasplantes radicales de la personalidad, de la noche a la mañana, cuando nosotras no estábamos mirando. Dice que, en realidad, podrían no ser ya nuestros padres, y que debemos mantenernos alerta porque podría estar a punto de suceder cualquier cosa.
—¿Estás segura de que son los únicos? —le pregunto yo, porque, ahora mismo, apostaría a que a ella también le han trasplantado la personalidad.
Desde luego, ya no se comporta como mi hermana. No es, ni por asomo, tan divertida como antes.
A mí no me han trasplantado nada. Soy exactamente la misma de siempre, aunque todo lo demás haya cambiado. Mi nombre no se puede abreviar, y solo tengo uno. Es lo que es, y todo el mundo me llama Joy, sin más.
Ahora, nuestro «aquí» es la casa del abuelo.
Mi abuelo se llama Thomas Blake y es el padre de mamá, aunque a veces me cuesta creer que estén emparentados. En un grupo de personas, jamás los emparejaría como padre e hija, a menos que lo supiera. Ni en un millón de veces. El abuelo es una especie de figura difusa y borrosa, como alguien dibujado con un lápiz blando, mientras que mamá tiene un contorno negro de rotulador. Mamá es bulliciosa, expresiva y colorida y el abuelo es reservado y silencioso. Mamá es socialista, una larga palabra política que significa «capaz-de-compartir», y el abuelo… Bueno, el abuelo no. Mamá dice que somos ciudadanos del mundo y que deberíamos apoyar la libre circulación de la gente por todo el planeta, y yo creo que el abuelo preferiría rodear esta isla con una valla bien alta y cubrirla con grandes letreros que dijesen:
PROHIBIDO EL PASO
y
PROPIEDAD PRIVADA
y
FUERA DE AQUÍ
Nuestra familia no coincide con el abuelo en una larga lista de cosas. Creo que por eso estamos constantemente hablando con él del tiempo.
En el felpudo de la casa pone «Sr. T. E. Blake», pero él no quiere decirme qué es la E, así que he decidido inventármelo. Me permito probar un nombre nuevo cada día. No creo que esté cerca de descubrirlo, pero de momento él no me ha corregido, así que voy a seguir intentándolo.
Thomas Elefante Blake tiene la cara llena de bolsillos y bolsas, como una mochila, y cuando habla, los bolsillos y las bolsas se llenan y se vacían de aire. Las cartas que recibe son básicamente catálogos de pantuflas calefactables, bañeras con puertas para entrar y salir y audífonos disfrazados de gafas de lectura. Yo creo que los catálogos son geniales e ingeniosos, pero Thomas Espumadera Blake no piensa lo mismo. Dice que tener los pies permanentemente fríos, no poder entrar a la bañera y luego salir y no oír ni ver bien no son motivos de celebración. Opino que dice lo mismo sobre muchas cosas. No estoy muy segura de que sea un tipo muy festivo. Básicamente es gris de los pies a la cabeza, como si acabara de cruzar una habitación en la que se hubiera caído el techo. Claude asegura que eso no sucedería nunca en la casa de Thomas Esfinge Blake, donde todo parece temer estar fuera de lugar. Dice que los techos no serían lo bastante valientes; no se atreverían.
Mamá tiene mucho interés en que todos nos llevemos a las mil maravillas, otra cosa que mi hermana dice que no sucederá jamás, viendo cómo mi abuelo nos persigue por las noches apagando las luces. Se supone que todavía podemos tener dudas, porque aún no lo conocemos lo bastante para alcanzar un veredicto justo. Mamá dice que la familia es la familia, sin importar en qué lado de la valla estés ni cuáles sean tus costumbres domésticas o tus creencias. Papá dice que debemos tener paciencia los unos con los otros, pasar más tiempo juntos y dejar que el polvo se asiente.
—¡Ni soñarlo! —dice Claude.
«¿Qué polvo? —pienso yo—. No hay ni una mota».
Pero ellos afirman que la espera valdrá la pena y que, al final, el auténtico abuelo surgirá como una mariposa que sale de la crisálida, o por lo menos como una serpiente que se desprende de su antigua piel.
Yo he visto la eclosión de miles y miles de mariposas monarca en México, que convierten las laderas de las montañas en un rojo espectacular y palpitante, y cómo una serpiente de cascabel dejaba atrás, sobre la arena caliente, su propia piel, frágil y apergaminada, como la envoltura de las pinturas al pastel. Así que me pregunto cómo de espectacular podría ser la gran revelación de Thomas Extravagante Blake, y si ocurrirá pronto.
Claude sacude la cabeza mirándome y luego observa a papá y mamá, y luego nuestro nuevo y abarrotado mundo en general, y dice algo entre dientes sobre que nadie está conteniendo la respiración, expectante por la llegada de ese momento.
Antes de instalarnos aquí siempre habíamos viajado. Mucho. Los cuatro nos hemos estado moviendo, viviendo, trabajando y ganduleando por toda clase de lugares desde que yo era un bebé, desde antes incluso de lo que puedo recordar. Claude, mamá, papá y yo. Siempre hemos sido libres como pájaros. Claude tiene una lista, en alguno de sus muchos cuadernos, de los distintos sitios en los que hemos estado, y me he olvidado del número, pero en el mundo hay ciento noventa y cinco países (de momento), así que solo acabábamos de empezar.
A lo que hacíamos al abuelo le gusta llamarlo «vagabundear». Papá y mamá siempre lo han llamado «vivir».
Antes, en caso de ser una familia de plantas, habríamos sido hojas de sicómoro o esas hebras del diente de león que van flotando en la brisa de un lado a otro y hacen lo que tienen que hacer sin preocuparse nunca por nada.
Mamá solía ver la puesta de sol dondequiera que estuviésemos y suspiraba de felicidad mientras comentaba:
—Qué afortunados somos, ¿verdad?
Repetía que no nos veía metidos en un sitio fijo, en una caja, en una calle con cajas idénticas, inmovilizados.
Y los demás estábamos de acuerdo con ella.
A veces resultaba duro dejar cosas atrás, pero siempre había cosas nuevas ante nosotros para compensarlo. Las risueñas hermanas del restaurante de Hanoi donde preparaban sopa dulce. O los barcos de Bombay. O Fabiola, la niña de Ciudad de México que me enseñó español al mismo tiempo que me enseñaba a patinar sobre ruedas, de modo que, hasta mucho después, no me di cuenta de que estaba aprendiendo las dos cosas a la vez.
Y si los problemas empezaban a acumularse —como que nos atacasen mosquitos gigantes, o que en algún restaurante sirviesen cobayas, o que el humo de los tubos de escape fuese tan espeso como el algodón en rama—, entonces el día del traslado era algo que estábamos deseando que llegara lo antes posible.
Hasta ahora, siempre he crecido esperando con expectación lo que viniese después. Hasta donde puedo recordar, a la vuelta de la esquina siempre había algo interesante que hacer y algún sitio emocionante en el que estar.
A los cuatro nos gustaba vivir así, nunca he conocido nada distinto, y por eso mis padres dicen que no es de extrañar que sea la persona más alegre y aventurera que conocen.
Cuando papá y mamá nos contaron que íbamos a mudarnos aquí, estábamos a siete mil cuatrocientos tres kilómetros de distancia, en Zanzíbar, una isla del océano Índico frente a la costa de Tanzania. Mamá estaba trabajando en un hospital y papá nos daba clases casi todas las mañanas y trabajaba por turnos en la cocina de un hotel. Mamá es enfermera y papá es chef. Es seguramente el mejor cocinero que conozco. Su comida dibuja una sonrisa en la cara de Claude, a veces incluso ahora. Estoy segura de que a mamá también se le da muy bien su trabajo, pero no está siquiera en la misma liga que papá cuando se trata de cocinar.
En Zanzíbar vivíamos en una casa de hormigón con mosquiteras en las ventanas, y por las noches me quedaba dormida mirando por los agujeritos, llenos de cielo, y escuchando la respiración del mar. En nuestra playa favorita la marea bajaba tanto que teníamos que caminar un kilómetro para llegar al agua. La arena estaba húmeda y era de un precioso blanco plateado; el sol recortaba nuestras sombras con tijeras, y el cielo y el océano eran del mismo azul, vivo y radiante, que las turquesas.
Zanzíbar está rodeado de arrecifes de coral, como un muro viviente. En una tarde normal veíamos tortugas, caballitos de mar, rapes, peces trompeta, cangrejos porcelana, peces piedra y más de un pulpo, sin buscarlos siquiera, solo con estar allí. Ellos no nos hacían ni caso; simplemente se ocupaban de sus asuntos submarinos, entre rápidos y lentos, mientras por encima de sus cabezas nosotros éramos como grandes nubes de tormenta en su cielo. El sol se quebraba en dibujos por debajo de la superficie del océano y nosotros nadábamos a través de trozos cálidos y después fríos, y había todo un mundo allí abajo, lleno de luces y sombras.
