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Carolina Alonso siempre creyó tener una vida perfecta en el pueblo que la vio crecer. Huérfana de madre desde los doce años y abandonada por su padre, encontró en sus abuelos, Emma y Armando, el refugio para una infancia feliz. De novia con Diego, apasionada por su trabajo como maestra y rodeada de amigas de toda la vida, nunca imaginó que todo cambiaría el día en que a su abuela le diagnosticaron Alzheimer. Decidida a estar a su lado, emprenderá un camino de transformación, sin saber que su destino también está por reescribirse. Con las estrellas de testigo nos sumerge en historias de amor que renacen, recuerdos que sanan y reflexiones que perduran. A través de sus páginas, descubriremos cómo, incluso en los momentos más oscuros, la fuerza del amor y el poder de la memoria pueden iluminar nuestro camino, brindándonos esperanza, consuelo y la certeza de que algunas emociones trascienden el tiempo. Una invitación a redescubrir el valor de los sentimientos genuinos y la magia de las segundas oportunidades.
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Seitenzahl: 592
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Lago, Andrea
Con las estrellas de testigo / Andrea Lago. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2025.
(Biblioteca de autor)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8449-77-7
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
© 2025, Andrea Lago
Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.
Todos los derechos reservados
© 2025, Editorial Bärenhaus S.R.L.
Publicado bajo el sello El guardián literario
Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.
www.editorialbarenhaus.com
ISBN 978-987-8449-77-7
1º edición: junio de 2025
1º edición digital: mayo de 2025
Conversión a formato digital: Numerikes
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.
Carolina Alonso siempre creyó tener una vida perfecta en el pueblo que la vio crecer. Huérfana de madre desde los doce años y abandonada por su padre, encontró en sus abuelos, Emma y Armando, el refugio para una infancia feliz. De novia con Diego, apasionada por su trabajo como maestra y rodeada de amigas de toda la vida, nunca imaginó que todo cambiaría el día en que a su abuela le diagnosticaron Alzheimer. Decidida a estar a su lado, emprenderá un camino de transformación, sin saber que su destino también está por reescribirse.
Con las estrellas de testigo nos sumerge en historias de amor que renacen, recuerdos que sanan y reflexiones que perduran. A través de sus páginas, descubriremos cómo, incluso en los momentos más oscuros, la fuerza del amor y el poder de la memoria pueden iluminar nuestro camino, brindándonos esperanza, consuelo y la certeza de que algunas emociones trascienden el tiempo. Una invitación a redescubrir el valor de los sentimientos genuinos y la magia de las segundas oportunidades.
Andrea Lago nació en Capital Federal. Vive hace muchos años en el pueblo de Los Cardales, en Buenos Aires, con sus hijos y su pareja Juanjo.
De chica, escribía cuentos que luego destruía para que nadie leyera. Apasionada de la lectura en su adolescencia, la relegó por la familia y la llegada de los hijos, hasta que en 2012 retomó la lectura para no abandonarla nunca más.
Comenzó a escribir en 2016, encontrando una nueva pasión. Es autodidacta y está convencida de que aprende con cada nuevo libro que lee.
En 2024 publicó Estaré para ti, una novela que conquistó rápidamente el corazón de los lectores apasionados por el género.
IG: @andrealago.escritora
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre este libro
Sobre Andrea Lago
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Epílogo
Agradecimientos
Tabla de contenidos
—¿Cuántas veces te lo tengo que decir? ¡No aguanto más! —grité llorando desconsoladamente—. ¿No querés darte cuenta, no podemos continuar así?
—Sos una caprichosa, Carolina. ¡Eso es lo que pasa! —gritó él aún más fuerte—. El que no te aguanta más soy yo. No soporto pelear, todos los días lo mismo. Pero ¿qué te está pasando? Ya no te reconozco.
—No es la primera vez que lo hablamos, —insistí sin poder entender cómo no entraba en razones—. Y no soy caprichosa, es lo que siento, si lo sabés.
—La única que quiere hablar de esto sos vos —insistió agobiado.
—Será que no querés ver la realidad. Querés tapar todos los problemas haciendo de cuenta que no existen, aunque entre nosotros ya no pasan las mismas cosas. Te lo dije mil veces, pero seguís sin dar el brazo a torcer.
—Ahora no tengo ganas de escucharte. Tengo cosas que hacer, por si no lo recordás, debo trabajar para mantener todo esto —anunció levantando los brazos para mostrar la casa, tomando su campera y su mochila dirigiéndose a la puerta.
Ni siquiera nos saludamos, sólo se marchó.
Diego, tenía sus razones, después de vivir juntos por casi siete años yo me había vuelto taciturna e intolerante. Aunque todo tenía un porqué. Algo en mí había cambiado. No sentía esas cosquillas en el estómago cuando se me acercaba, después de tanto tiempo el amor se había ido desgastando, ya no lo amaba. ¿Cuántas veces tendría que explicárselo?
Me sentía terrible pensando que la mala en esta relación era yo, pero nada tenía retorno. Todo se había marchitado de a poco, al igual que pasaba con las flores. Primero son hermosas y lucen bien en el florero, más aún si les da el sol, luego comienzan a marchitarse hasta pudrirse, y es ese olor nauseabundo el que te indica que debés tirarlas a la basura.
Mi vida ya no era la misma que aquel día en que pensé que él sería mi amor para siempre. Que él era el hombre con el que formaría una familia.
Nos habíamos transformado en dos personas que no teníamos los mismos intereses, y aunque no quisiera darme cuenta, no fue su culpa, era yo la que había cambiado durante esos años. Él seguía siendo el mismo hombre que quería compartir sus sueños conmigo y tal vez eso era lo que tampoco me gustaba. Estábamos estancados, no avanzábamos y nuestros caminos habían tomado diferentes destinos.
Esa noche me acosté sin cenar, tenía el estómago cerrado, pero no dudé en dejarle preparada su cena para no tener que discutir. Cuando se acostó me abrazó, mientras yo me hacía la dormida. No quería dar más explicaciones, aunque él las necesitara para comprender. Y lloré en silencio por querer que fueran otros los brazos que me estuvieran conteniendo en ese momento, aunque eso ya era imposible.
Aún hoy tengo los recuerdos intactos, en mi memoria, de los días de mi infancia junto a mi madre, Guillermina, en la casita de mis abuelos en Los Cardales, no muy lejos de la Capital, pero sí en otro mundo completamente diferente. “La casita”, como la llamaba yo, no era tan así, era bastante amplia y con comodidades, pero lo más bello era su jardín enorme y lleno de árboles. La misma en la que vivo actualmente y desde hace casi veinte años. Una casa que me acompañó en cada momento importante que pasé, desde que mi madre falleció y mi padre decidió rehacer su vida casándose con una mujer que siempre me detestó, sólo por ser hija de mi madre. Ella sabía que mi padre jamás pudo olvidarla, aunque muerta, siempre la celó. Pero en ese momento quedé relegada a un segundo plano y siendo tan chica, decidí que lo mejor sería vivir junto a mis abuelos. Aunque la decisión la tomó mi padre, me pareció lo mejor, ya que era recíproco lo que sentía por ella. Y aunque a él se lo viera feliz, siempre pensé que estaba más tranquilo si eran mis abuelos los que me cuidaran y no su nueva mujer.
En un principio fueron como unas largas vacaciones y poco a poco, me fui alejando de Gustavo Alonso, mi padre, o más bien él de mí. Junto a mis abuelos estaba vivo el recuerdo de mi madre, porque no había un sólo día en que no la nombrásemos o recordásemos algo que nos había sucedido junto a ella.
Para mis abuelos fue muy difícil su pérdida. Ella era su única hija, pero sé que fui como un bálsamo, porque al perderla me ganaron a mí. Para mi padre era más seguro que permaneciera con ellos, y así formar una nueva familia, de la que jamás me hice cargo. Tengo dos hermanos, varones, que por ser mucho más pequeños que yo y con la madre que tenían, nunca tuvieron contacto conmigo. Para cuando nacieron, yo estaba totalmente instalada en Cardales, con una vida y una rutina programada.
Tal vez nunca pudo ver el daño que me hacía alejándome de él, aunque mis abuelos siempre fueron incondicionales, a mí me hacía falta su presencia. No fue fácil perder a mi madre y al mismo tiempo a mi padre. Fue doble el dolor y peor fue no entender cómo elegía a esa mujer antes que a mí. Ahora sé que hay hombres que no pueden vivir sin una mujer a su lado, aunque yo lo necesitara tanto.
Desde chica comprendí que las cosas suceden por algo. Tal vez mi destino era quedarme con mis abuelos, serles de compañía, y puedo decir que me criaron muy bien. Jamás me hicieron faltar nada, pero también me enseñaron que el esfuerzo es la base de todo, y así organicé mi vida desde pequeña, trabajando por lo que quería.
Mi abuela Emma me enseñó el amor por la lectura, siempre me tenía preparado un libro en mi mesa de luz. Cada vez que me acostaba sonreía pensando que ella lo hacía igual conmigo como lo había hecho con mi madre. Recordaba vagamente los cuentos que solía leerme antes de dormir. Era un momento exclusivo en los cuales mi padre jamás participaba, más bien, le quitaba un peso de encima, ya que mientras mi madre me leía, él miraba el noticiero por televisión y se dedicaba a tomar una cerveza tranquilo.
¿Habría sido igual su vida junto a su nueva mujer?, me preguntaba muchas veces, pensándolo frente al televisor y a ella junto a sus nuevos hijos. Al principio, me visitaba con frecuencia, pero de a poco fue dejando de venir y sólo me quedó un vago recuerdo de su rostro. Había dejado de doler su abandono y las últimas veces que llamó por teléfono, les comuniqué a mis abuelos que dijeran que estaba durmiendo o que directamente no me encontraba en casa. Seguramente para él fue más fácil continuar sin mí.
Mi abuelo Armando siempre fue un hombre muy fuerte, de contextura robusta y poseedor de una cara angulosa, y por cierto muy atractivo. Todos lo conocían en el pueblo, y muchas mujeres se daban vuelta cuando lo veían pasar, pero él sólo tenía ojos para mi abuela Emma y para mí. Solía llevarme a pasear por el pueblo, en bicicleta. Eran nuestros momentos más agradables. Gracias a él conservo la sensación de libertad hoy en día cuando con mi bicicleta voy de un lado a otro. También me enseñó a manejar un auto, siempre a mi lado, dando las explicaciones para que sea una conductora precavida.
Mi abuela, de tanto en tanto, nos acompañaba y veía mis progresos, y siempre decía que lo hacía muy bien, aunque ella misma nunca había querido aprender a manejar, ya que mi abuelo la llevaba a donde quisiera cuando lo necesitaba. Él se complacía de ir juntos para hacer las compras en el supermercado o a la tienda del pueblo para elegir ropa. Eran gente sencilla para quienes lo material no era importante, más bien el estar juntos y que yo estuviera creciendo sana.
Jamás podré olvidar aquel día que, a pesar de la lluvia, mi abuelo dijo que sería una buena oportunidad para una lección en el barro. Yo percibía mis miedos. Entendía que sería difícil mantener firme aquel auto tan grande, nunca lo había hecho antes, y él estaba seguro que lo lograría y que después de eso ya no tendría que enseñarme nada más. Aunque se equivocó, porque me aferré tanto al volante que se me hizo terrible tolerar tanta presión en los brazos y cuando no pude soportar más, lo solté repentinamente y el auto resbaló en el barro. Cuando mi abuelo quiso tomar el mando del volante para redireccionarlo, el auto chocó contra un árbol. Al principio no podía dejar de gritar pensando que él se había hecho daño, pero pronto pude comprobar que era él quien me intentaba tranquilizar, ambos estábamos bien, sin un sólo rasguño, y sin que pudiera siquiera entender por qué, comenzó a reírse.
—¡Pero, abuelo!, he destrozado el auto, —le dije llorando, mientras él no paraba de reírse.
—Fue sólo un golpe, pero es todo parte del aprendizaje, —dijo él continuando con su risotada.
—¿Qué va a decir la abuela?, no nos va a dejar salir más a manejar.
—¡Bah!, dejate de tonterías, ella no va a decir nada si nos ve bien. Además, tendremos una historia para contar, aunque tengo que decirte que nos vamos a reír de vos, pero eso no logrará que no volvamos a intentarlo. Ya sos una experta, esto fue sólo un resbalón.
El sólo hecho de escuchar la palabra resbalón logró que comenzara a reírme junto a él. Mientras lo único que él hacía era abrazarme. Tal vez fue él quien sin saberlo me enseñó a tener confianza en mí misma, a no dejar de intentar lo que me propusiera. Otro día de tormenta, con el auto reparado, manejamos juntos en el barro y hoy en día me sigo considerando una experta a la hora de luchar con las huellas y llegar a mi destino, a pesar de los retos de la abuela Emma, que aún hoy recuerdo cómo lo retaba cuando íbamos de salida…
—¡Armando!, no quiero que salgan a manejar con lluvia, si pasa algo con nuestra nieta, vas a ser el único culpable, —lo amenazó señalándolo con el dedo. Pero no logró disuadirlo.
Una noche, me encontraba en el porche trasero y me complacía mirar el cielo, tanto como lo hacía junto a mi madre. El cielo de Los Cardales, era lo más bonito que mis ojos habían visto jamás. Mi abuelo me decía, al igual que mi madre, que eso era porque en el campo, a diferencia de la ciudad, se veían mucho más las estrellas y los planetas, por la falta de iluminación. A mí no me importaba vivir en el campo, era todo tan tranquilo. La paz que allí había jamás tendría comparación con la vida que hubiera tenido junto a mi padre.
Mi madre solía abrazarme, nos acurrucábamos en la reposera para observar las estrellas, y siempre me decía que ellas eran testigo de todo lo que me ocurriera, que, si las miraba detenidamente, podría contarles cualquier cosa que quisiera. A esa edad me causaba gracia, pero hoy en día continúo contándole mis desventuras, así como también mis alegrías. Es como si lo hiciera directamente con mi madre, y sé que así es. Que en algún lugar ella me está observando, y sintiendo como si estuviéramos allí acurrucadas disfrutando del momento.
Me había quedado dormida y ahora tenía que correr para vestirme y llegar al trabajo. Por suerte Diego seguía durmiendo, no soportaría otra discusión y menos cuando tenía tan claro que todo se desmoronaba porque otro hombre me había hecho sentir cosas que junto a Diego no había sentido jamás, aunque era él el que me abrazaba por las noches, algo que estaba detestando.
Salí de casa con el guardapolvo puesto para no perder tiempo cuando entrara al colegio. Mis alumnos me esperaban para comenzar un nuevo día de clases y pedaleé mi bicicleta lo más rápido que pude. Por mala suerte mi auto estaba en el taller mecánico y eso me retrasaba. Entré corriendo, casi sin aliento cuando escuché la voz de la directora, Rosa Fuentes, que frenó mi corrida.
—¡Carolina! ¿Sucedió algo con la abuela? Nunca llegás tarde —preguntó con preocupación en su mirada.
Siempre atenta con mis abuelos y conmigo. Fue una de las mejores amigas de mi madre y eso la dejó atada a la familia y cuando decidí ser maestra me acompañó como si fuera mi madre.
—La abuela sigue igual, ningún cambio por ahora. No te preocupes. La culpa es mía que anoche me desvelé y me quedé dormida. Después nos vemos —le dije enfilando hacia el aula.
—Sí, claro. Nos vemos en el recreo.
Mi salón y mis alumnos eran mi refugio. El lugar en donde me sentía a salvo, donde nadie exigía explicaciones. Mis pequeños estaban sentados y en silencio. Di los buenos días y nos pusimos a trabajar. Esos niños ávidos por aprender me reconfortaban, que se esforzaran por estudiar y no dar disgustos a sus padres era una de las lecciones que siempre impartía. No faltaba algún que otro remolón, no obstante, los resultados eran satisfactorios. Cada materia y nuevo tema los alegraba, no me podía quejar de ellos que hacían de mis mañanas las más alegres.
En el recreo, Juana se acercó mientras le decía a un grupo de varones que jugaran sin correr.
—¡Amiga! No te vi llegar. ¿Pasó algo?
—No, Juana. Lo mismo de siempre, volvimos a discutir con Diego. Seguimos exactamente igual, no hay forma que me entienda. Pero ya lo conocés, cuando no quiere, no quiere —dije poniendo énfasis en mis palabras. Me disgustaba la situación y ya estaba agotada.
—Claro que lo conozco y tal vez tenga razón, porque no le dijiste cuáles son tus razones para no querer estar más con él.
—¿Te parece que tengo que explicar más? Si sabe bien que no lo amo, que me enamoré de otra persona.
—Pero también sabe que esa persona no te corresponde, por eso no se va —dijo Juana poniéndose las manos en los bolsillos y cambiando el gesto.
—Entonces, tendrá que comprender que prefiero estar sola que con él. Para mí eso vale más que nada, ¿o preferís verme al lado de un hombre al que no amo?
—No dije eso, soy tu amiga y me conocés mejor que nadie, quiero verte bien, aunque estés sola. ¡Vas a tener que ser tajante con tu decisión si querés que se vaya! —dijo con una mueca en su rostro.
—¡Lo sé!, pero soy consciente que necesita tiempo para buscarse un lugar.
—Se lo merece, pero tendrías que serle franca y dejar de dormir junto a él, eso lo desequilibra y por ahí piensa que volverá a tenerte, sobre todo después de aquella vez que lo dejaste volver después de echarlo. Creo que no tengo que recordártelo, ¿no?
Por suerte tocó el timbre y todos volvimos a nuestras aulas. Rosa me encontró por el camino y le mencioné que todo estaba bien, pareció quedarse conforme con mi actitud y continuó con sus tareas mientras yo me ocupaba de mis niños. Esperaba que hubiera creído mi pequeña mentira, porque a pesar de todo me sentía fatal con la determinación que había tomado y por más que estuviera totalmente de acuerdo con Juana, sabía que todo lo que ella me decía tenía una razón. Ella quería mucho a Diego, y por más que no me gustara, más de lo que ella podía admitir.
Juana y yo, éramos amigas desde niñas. A pesar que nos llevábamos dos años de diferencia. Ella era la más grande. En la adolescencia intensificamos nuestra amistad y nos hicimos inseparables cuando decidió estudiar para ser maestra y yo seguí sus pasos. Ya no sólo nos reuníamos para nuestras salidas, sino que también estudiábamos juntas. Ella se recibió primero pero aun así continuó ayudándome con mis materias para que me recibiera con honores como lo hice. Mis abuelos también la adoraban. Con el pasar de los años, Juana pasó a ser como una nieta más para ellos. Pasaba mucho tiempo en casa porque decía que podía conversar mucho conmigo y mis abuelos la comprendían más que sus propios padres.
En cuanto mi amistad con Diego se convirtió en amor, pude presentir que a ella no le había gustado para nada. Se llamó al silencio porque era más fuerte su cariño hacia mí y siempre me apoyó en todas las decisiones que tomé. Por suerte, logró encontrar también al amor de su vida y formó una familia maravillosa junto a un hombre muy trabajador, Emanuel. Él había llegado a Los Cardales hacía unos ocho años, por trabajo. Decidió instalarse en nuestro pueblo, pese a que en un principio no le gustaba la soledad del lugar, por no tener amistades. Encontró en Juana a la muchacha perfecta para pasar sus tiempos libres y así surgió el amor, que hoy los encuentra unidos con dos hijos pequeños que están en el jardín de infantes en la misma escuela en la que dictamos clases. Martina es la más grande, tiene cuatro añitos y es maravillosa, cariñosa, juguetona y charlatana por demás. Es mi preferida, ya que soy su madrina. Su hermano, Segundo, de tres años, es más introvertido, pegado a las faldas de su madre, que le da todos los mimos que necesita. Eligieron a Diego como padrino, lo que hace que en más de una oportunidad vamos a tener que vernos. Ellos forman la familia que yo nunca logré con Diego.
Nosotros, Diego y yo, nos vimos involucrados no por decisión propia, más bien, fue un hecho producido por el destino.
Mis abuelos, siempre estuvieron muy unidos, no había un sólo instante en que estuvieran en casa que no se buscaran con la mirada. Les daba seguridad saber que se tenían el uno al otro. Pero lamentablemente un día todo aquello cambió. El Alzheimer, el maldito Alzheimer, fue el culpable de nuestra desgracia.
La abuela Emma, se había ido al mercado sola, porque mi abuelo, retrasado por el trabajo, no estaba en casa. Cuando él llegó nos pareció que la abuela se demoraba en regresar. Tal vez se había encontrado con alguna vecina en la calle, pensó mi abuelo. Yo me preocupé porque sabía que ella jamás se retrasaba, pero lo dejé que fuera a buscarla para que se quedara tranquilo. Luego de una hora, él volvió solo.
—¿Y la abuela? —le pregunté asustada.
—No estaba en el mercado. Mercedes la asistente me dijo que no anduvo por allí, ¿no te parece raro?
—La abuela no es así —le dije preocupada mientras buscaba mi cartera—. Tenemos que salir a buscarla. ¡Vamos abuelo! —lo tomé del brazo para salir lo más pronto posible.
Cuando estábamos a punto de cerrar la puerta, sonó el teléfono, corrí para atender. Era Manolo, el dueño de la tienda de ropa a la cual la abuela solía ir, pero jamás iba sola. Después de escucharlo, le dije al abuelo que nos debíamos apurar. La abuela no estaba bien y para cuando llegamos, nos miró con dulzura y preguntó…
—¿Qué estoy haciendo acá?
—No sé —le contestó mi abuelo—, pero te vamos a llevar a casa para que descanses.
—¡No! —gritó ella con cara de espanto—, me quiero quedar acá.
—Abuela —le dije asustada—, Manolo tiene que cerrar la tienda, nos tenemos que ir.
Fue bastante complicado convencerla, pero la llevamos a casa y la metimos en la cama para que descansara. Se la veía aturdida, todavía no entendíamos por qué había reaccionado así. Aunque decidimos llevarla al médico al día siguiente.
Después de una semana ardua yendo de médico en médico, especialistas diversos a los cuales nos había enviado nuestro clínico, psicólogos, neurólogos y estudios que ya ni recuerdo. El doctor Menéndez, nos sentó a ambos, a mi abuelo y a mí, y nos dio la mala noticia. La abuela tenía una enfermedad neurodegenerativa, conocida como Alzheimer. Nos explicó que se conocía como demencia senil, para ese entonces la abuela no llegaba a los setenta años, y era bastante inesperado que la tuviera, ya que ningún pariente cercano había padecido de esa enfermedad. El médico dijo que, en ese caso, hubiera realizado estudios muchos años antes para poder detectar la enfermedad, ya que no aparece de pronto, sino que se va gestando con anticipación antes de la aparición de los síntomas. Nos asustamos mucho pensando en todo lo que le pasaría. Lo peor era que no había cura alguna para salvar a la abuela y debíamos comprometernos a estar el mayor tiempo posible con ella para controlarla. Ya se había perdido una vez. Y no sería la última.
El abuelo envejeció durante los próximos dos años, dejó de trabajar para pasar más tiempo en casa, ya que yo debía trabajar y no me podía dar el lujo de no hacerlo. Alguien debía mantener la casa y el abuelo ya estaba demasiado cansado para hacerse cargo de todo. En más de una oportunidad tuve que regresar de la escuela porque no podía con ella. A veces no lo reconocía y comenzaba a gritar sin parar durante horas. Eso fue terrible para mi abuelo, que la amaba tanto, pero parecía que ella había olvidado todo el amor que también le tenía y comenzó a temerle. Había otros días en los que los encontraba enfrascados en conversaciones recordando a mi madre, se la veía feliz, hablando de ella, parecía que la enfermedad no existiera, hasta que todo volvía a ser desconocido y se nos complicaba mantenerla tranquila.
El doctor Menéndez, nos aconsejó que la lleváramos a un lugar que estaba muy cerca de casa. Era un hogar de ancianos, un lugar donde había especialistas para todos los síntomas de los pacientes. En un principio nos pareció horrible dejar allí a la abuela Emma. Era como abandonarla, pero frente a sus insistencias y a que yo estaba poco en casa y el abuelo estaba la mayor parte del tiempo nervioso, decidí hacer una visita al lugar.
Me recibió el doctor Tomás Laguna, un hombre de unos cuarenta y pico de años. Al principio cuando me saludó no pensé que fuera el médico, ya que no llevaba guardapolvo. Me comentó más tarde, que eso le permitía acercarse a los abuelos con mayor confianza, porque cuando lo veían vestido de médico, algunos se asustaban. De esa manera había logrado lazos que le permitían realizar mejor su labor. Hablamos largo tiempo acerca del estado de la abuela Emma, y él me tranquilizó contándome acerca del lugar y de todas las enfermeras y ayudantes que allí permanecían día y noche para cuidar a todos los ingresados. Era una estancia vieja, que en Los Cardales había pertenecido a una familia muy adinerada, para cuando los dueños fallecieron, los familiares decidieron donar el lugar para una buena causa. Y nada mejor que cuidar a los abuelos, en aquel lugar con un parque precioso y lleno de flores. La casa era una mansión, llena de habitaciones acondicionadas para que a los abuelos no les faltara comodidad.
El mayor problema era el dinero. El costo era bastante elevado en relación a mi sueldo. Además, tenía que mantener al abuelo. Pero el doctor Laguna, me pidió que no me preocupara, que el doctor Menéndez le había pedido como favor que aceptara a Emma, debido a su estado tan delicado. Seguramente, pensé yo, eso sería porque sabrían que a la abuela no le quedaba mucho tiempo, pero estaban equivocados. A pesar de todo, todavía la tenía conmigo, aunque viviera en aquel lugar. La visitaba casi a diario, y aunque en muchas oportunidades no sabía siquiera quién era, yo permanecía a su lado leyéndole libros que ya habíamos leído cuando era pequeña.
Así nació un grupo, que el doctor Tomás decidió llamar, lectura curativa. Cuando me lo propuso no entendí muy bien a qué se refería. Él enseguida me demostró que mi compañía podía ser tan buena para mi abuela, como también para el resto que quisiera acompañarnos. De esa manera me comprometí con él a ayudarlo con todos los que quisieran participar, de cualquier forma, no difería mucho de mi trabajo en la escuela, ya que todos aquellos abuelos parecían mis niños en cuanto comenzaba la hora de lectura. Fue la mejor forma de pagar en cierta forma, todo lo que Tomás, como él pedía que lo llamara, había hecho por nosotros.
Ese mediodía, salí del colegio dispuesta a hablar con Diego por la noche, Juana tenía razón, él necesitaba que le pusiera punto final a la situación para no seguir creando falsas expectativas. Mi día no había terminado, mi abuela Emma, a pesar de no recordarme, estaría en el hogar esperando con el resto del grupo la hora de la lectura. Jamás recordaba haberme visto anteriormente, lo que me dolía demasiado, pero me había jurado no faltarle ni un sólo día. Ella me lo había dado todo y a mí me relajaba pensar que, tal vez, no se sintiera tan sola.
Llegué a mi casa y la sentí tan vacía como nunca. Al entrar había dos valijas junto a la puerta, pero ni señales de Diego, aunque no fuera su horario de trabajo, no estaba. Seguramente no querría encontrarse conmigo, y eso me facilitaba las cosas por el momento, ya que no tenía ni fuerzas ni ganas de enfrentarme nuevamente con él. Tendría más tiempo de pensar como le diría que no quería verlo por lo menos por un tiempo, hasta que las cosas decantaran. A pesar de ver su equipaje en la puerta de entrada, y conociéndolo como lo hacía, sabía que todo era una estrategia de su parte para ablandarme el corazón. Cosa que en otro momento hubiera surtido efecto, pero no ahora.
Colgué mi guardapolvo como todos los días, en el perchero de entrada, eso me permitía no olvidarlo para ir a la escuela. Tomé el libro que les estaba leyendo, lo guardé en mi bolso, salí de mi casa y cerré con llave. Tenía por costumbre hacerlo, resguardar lo único que poseía. A pesar de vivir en un lugar muy tranquilo donde todos acostumbraban dejar las puertas abiertas. Y me marché para visitar a mi abuela.
Mientras pedaleaba mi bicicleta, pensaba cómo haría, otra vez, para presentarme ante mi abuela, dado que ella usualmente no me recordaba. ¡Siempre la misma historia! Se me hacía cada vez más complicado llamarla señora Emma, y no decirle abuela, no debía perturbarla con nada. Cualquier cosa extraña podría desencadenar en agresión o causar una histeria que no le hacía para nada bien. Mi abuela era tan especial para mí, que lo que deseaba era su tranquilidad y poder pasar con ella los últimos días que le quedaran, aunque no sabía cuántos serían. Con el resto del grupo de lectura todo era mucho más sencillo, ya que eran muy agradables y me recibían con mucha alegría. Agradecían constantemente mis visitas. La gran mayoría se sentía atraída por ese momento en que lograba transportarlas con las historias de mis libros a momentos de amor. La esperanza de lograr la felicidad de cada personaje parecía llenarles un poco la vida, tal vez recordar las épocas en las que ellas mismas habían sido felices. Pero ahora mismo, nos encontrábamos leyendo un libro de Sidney Sheldon, que la mayoría eligió cuando decidieron cambiar la novela romántica por un policial. Una de ellas, Ángela, fue la que nos dio la idea, le gustaban los policiales dijo. Recordé que su último marido había sido comisario y me pareció una excelente idea. El libro se llamaba, “Cuéntame tus sueños”.
Como estábamos en septiembre, los días comenzaban a ser mucho más agradables, por lo que nos reuníamos afuera, en un sector donde teníamos una mesa de hierro forjado, rodeada de bancos y sillas.
Me bajé de mi bicicleta y ya desde la entrada pude verlas tomando asiento esperando por mí. Me daba tanto placer poder ofrecerles, aunque sea un poco de mi tiempo y de paso poder ver a mi abuela, que siempre participaba, y pocas veces podía seguir el relato, pero allí se quedaba. Igualmente, por ella, siempre conversábamos acerca de lo leído con anterioridad para que no perdieran información y yo podía ver a mi abuela satisfecha por quedarse para continuar con la lectura. Sentía que en algún lugar de su ser todavía seguía conservando el placer por hacerlo. Como cuando era pequeña y ella continuó con el legado de mi madre. Recordar cuando nos instalábamos en el porche trasero de la casita y mi madre me leía por las noches bajo la luz de las estrellas y con mi abuela, detrás del mosquitero, parada tomándose un té, escuchando con emoción cada palabra sabiendo que tanto su hija como su nieta disfrutaban del mismo placer que tenía ella por los libros.
Dos años antes…
Todo empeoraba. La única familia que conocía se estaba desmoronando de a poco. Mi abuela internada desde hacía cinco años, y el abuelo Armando ya cansado y extrañando a mi abuela Emma. No soportaba más la vida sin ella. Habíamos tenido muchas charlas, con las estrellas de testigo, en el porche trasero. En las que me decía que no daba más, no toleraba verla allí sola en aquel hogar, por más que supiera que la cuidaban bien. Él la necesitaba a su lado. Pero pese a su enfermedad eso era imposible, no podía cuidar de ella, la enfermedad avanzaba y ya no lo reconocía. Creo entender que eso era lo que más le dolía. No entendía la vida con ella sin ella mentalmente presente.
Yo lo veía cada día que pasaba, y los peores eran después de sus visitas. Volvía destrozado. Al principio era distinto ya que por momentos lo llamaba por su nombre y tal vez eso le diera alguna esperanza de volver a tenerla, pero sabía que cada día empeoraría y sería imposible. Lloraba a solas, pensando que yo no lo escuchaba. No sabía cómo alentarlo, porque en realidad no había manera de hacerlo. La vida de la abuela Emma se iba apagando junto a la suya. Había adelgazado mucho a mi parecer, ya que siempre lo había visto como un hombre robusto y aunque el doctor Menéndez decía que gozaba de una salud espectacular, yo no lo creía así.
Cuando volvía de mis días de lectura con el grupo, le contaba cómo la abuela había participado y parecía alegrarlo. Las cenas eran interminables, recordando los tiempos alegres junto a ella. Pero después podía verlo retirarse a su habitación cabizbajo, con pesar en su mirada, sabiendo que no la tendría junto a él en la cama. Se paraba junto a la puerta de su dormitorio y tomaba el pomo, parecía tener que pensar si debía entrar o no, luego abría la puerta y entraba como si se tratase de un espacio que no conocía, cerraba y no lo veía hasta el siguiente día. Todos los días pasaban de manera similar y él se iba apagando, al igual que lo hacía mi amor por Diego.
Por aquel entonces Diego había conseguido un trabajo en una fábrica de la zona, cerca de Capilla del Señor. Su turno era por las noches. Entraba a trabajar a las ocho y volvía por las mañanas, en el instante en que yo salía para ir a la escuela. En parte era una tranquilidad para mí, saber que estaba en casa, aunque dormía, el abuelo tenía compañía. Consiguieron forjar una muy buena relación, ya que hacía cinco años que Diego vivía en nuestra casa. Una decisión que hoy en día pensaba no había sido la correcta y demasiado apresurada. Todo había pasado muy rápido desde que internamos a la abuela y a Diego le pareció lo más acertado, ya que en algún momento pensábamos vivir juntos. Pero para ese entonces, se me hacía complicada la convivencia. Toda mi suerte pasaba porque teníamos los horarios cambiados para trabajar, es decir que ni compartíamos la cama.
Lo que deseaba para mi vida, estaba llegando a su fin. Mis abuelos ya no eran los mismos y aunque ya era mayor y podía mantener la casa con mi trabajo, Diego ayudaba con su sueldo y su compañía. Ese amor apasionado que un día sentí por él había mutado, era más un amigo que un amor. Pero eso no sólo había cambiado porque me había enamorado de otro hombre, sino porque el amor que le tenía ya no existía. Si no fuera así, jamás me hubiera fijado en otra persona. Esa era mi conclusión.
Todo lo que pensaba había cambiado tiempo atrás, no hacía mucho, pero sí puedo asegurar que fue lo que logró que mi cuerpo sintiera esas mariposas que hacía mucho tiempo no sentía junto a Diego.
Mariano Vázquez Ocampo estaba parado en la entrada del hogar, apoyado en un Audi último modelo, con los brazos cruzados. Yo llegaba en mi bicicleta cuando lo vi.
—¡Por Dios! —pensé tan pronto como lo vi—. ¿De dónde salió este hombre? —me pregunté intentando desviar la mirada.
No solía ser una mirona, pensarlo solamente me genera vergüenza, pero realmente estaba más que bueno. Era tan hermoso, aunque no sé si hermoso sea la palabra para describir a un hombre. ¿Varonil?, tal vez. Sí, era tan, tan… de tapa de revista, sacado de esa lista donde aparecen los diez hombres más lindos de todo el mundo. Bueno, seguramente él debería estar en esa lista. Y cuando me habló fue sublime, ya no tenía dudas que era perfecto. Tenía una voz ronca muy sensual y se paró para saludar. Me dijo que llevaba un rato esperando para que alguien le abriera, que había tocado el timbre, pero nadie había dado señales de vida. Ya se estaba preocupando, además parecía apurado.
—No tenés que tocar el timbre, abrís y entrás. ¿A quién vas a visitar? —le pregunté intentando desviar la mirada de la suya nuevamente—. Ya me había dado cuenta que tenía los ojos celestes más hermosos, eran más bien oscuros y penetrantes y le otorgaban un interés particular.
—A mi abuela Edith —contestó él—. Hace un tiempo tuvimos que ingresarla, estábamos demasiado ocupados y la abuela estaba muy sola —continuó—. Pero aquí parece feliz —terminó diciendo con una sonrisa.
Su sonrisa me cautivó al instante, pero disimulé, ya que seguramente estaría acostumbrado a las miradas de las mujeres, era casi imposible que no lo supiera. Todo en él era pura atracción. ¡Por Dios!, ¿cómo se me ocurría pensar de esa manera?, entonces decidí desviar mis pensamientos y continué con la charla…
—¡Sí!, Edith es maravillosa —le dije intentando no fijar mis ojos en los suyos—. Participa de mi grupo de lectura.
—¡Ah!, no me contó nada al respecto. ¿Y qué hacen en el grupo?
Yo me reí y él inclinó su cabeza para mirarme de cerca, lo que me puso muy nerviosa y creo que lo notó porque al instante dio un paso hacia atrás.
—Leemos, quiero decir que yo les leo libros y hacemos comentarios acerca de ellos. Y tendrías que ver cómo se interesan.
—Bueno, entonces algún día voy a participar. ¡Si me dejan!
—¡Estás oficialmente invitado! —le dije con una sonrisa. Pero al instante me arrepentí. “¿Estás oficialmente invitado?” pero qué estúpida me sentí. ¿Se habría dado cuenta que me atraía?, seguro que sí, ¿qué mujer no lo haría? Por eso me ocasionó tanta bronca, yo no era como todas las mujeres o tal vez no debería serlo, entonces cambié de frase…
—En realidad todos los que quieran y les agrade la lectura pueden participar.
—¡Ok! —respondió él—, no va a faltar oportunidad… —y se quedó pensativo—. Disculpame, ¿cuál es tu nombre?
—Carolina. Carolina Alonso.
—Mucho gusto, Carolina Alonso —dijo estrechándome su mano—. Soy Mariano Vázquez Ocampo.
Lo miré, luego miré su mano y sin pensarlo la tomé con lentitud.
—¡Mucho gusto, Mariano Vázquez Ocampo! —dije riendo.
En el mismo instante en que él estaba por decir algo, otro auto lujoso paró detrás del suyo.
—Disculpame un momento, son amigos míos que también vienen de visita.
—¿También a Edith? —pregunté sintiéndome alegre porque aquella tarde, seguro la pasaría de maravilla.
—¡No, no!, ellos vienen a visitar a Ángela, pero estaremos todos juntos, somos amigos.
—Bueno, no te molesto más, pueden entrar cuando deseen —le dije desapareciendo de allí. Por fin no tendría que esconder mi rostro para no sentirme una boba.
Me marché para poder conversar con el doctor Tomás, como siempre lo hacía antes de ver a mi abuela Emma. Él siempre me orientaba de acuerdo a su estado de ánimo, y de esa manera podía acercarme a ella conociendo su humor.
Por suerte para mí, ese mismo día, Tomás me estaba comentando que la abuela había amanecido de muy buen humor y para mi satisfacción, hasta había dicho mi nombre. Justo cuando me reía por la alegría que aquello me ocasionaba, Mariano y sus amigos entraron caminando en la residencia y Tomás me pidió permiso para retirarse. Se acercó a ellos y los saludó de manera cordial, parecía que ya se conocían porque estaban en actitud distendida. Entonces comencé a alejarme para buscar a la abuela, cuando lo escuché llamándome.
—Carolina, por favor, dejame presentarte con los parientes…
—¡Sí! —dije yo sin dejarlo terminar—. Vienen a visitar a Edith y a Ángela, me encontré con Mariano, el nieto de Edith, en la entrada. Es una pena que hoy se van a perder la hora de lectura.
—¿Carolina? —preguntó una mujer hermosa que se encontraba con ellos—. ¡Hola!, soy Juliana —me dijo acercándose y me dio un beso en la mejilla—. ¡Me hablaron muy bien de vos! —continuó diciendo—. Esteban, ella es la señorita de la cual nos habló Ángela, ¿te acordás?
Juliana era una belleza, con su pelo largo lacio hasta la cintura, una morocha muy mona.
—¡Mucho gusto, Carolina! —él me sonrió, parecía muy amable—. Estamos muy agradecidos por lo que hacés, por suerte Ángela está muy contenta de estar acá.
—Me alegra escuchar eso. Ángela es muy especial, ahora mismo estamos leyendo un libro por pedido suyo —les comenté.
—¡Ah!, ¿sí? —preguntó Juliana—, ¿y qué están leyendo?
—Policiales, estamos en una etapa en la que se han cansado de la novela romántica, ya hemos leído unos cuantos.
Juliana le pidió permiso al doctor para charlar unos minutos conmigo y Tomás asintió.
Caminábamos por el parque, Juliana me tomó del brazo de una forma cordial y me pidió que estuviera muy atenta con Ángela. En un principio no entendí el porqué de su pedido, ni tampoco cuál era el parentesco que las unía. La conversación se tornó amena y distendida. A ella parecía no costarle mucho comunicar sus sentimientos. Se la notaba muy apegada a aquella mujer, y según lo que pudo contarme, le tenía mucho aprecio. No entró en detalles, porque tal vez no me conocía y no sabía si podía confiar en mí. Pero sí me dijo que Ángela había sufrido la pérdida de su marido, Manuel Gómez, que en realidad era su segundo marido. Al cual había adorado con pasión y el que le había devuelto las ganas de vivir. También, por lo que contó, él la había ayudado mucho en un momento muy vulnerable de su vida y gracias a ello se había propuesto en su trabajo como comisario, quitar las drogas de las calles. Ello lo había llevado a estar involucrado en una redada en donde recibió un disparo que le quitó la vida en un abrir y cerrar de ojos. Para Ángela todo aquello había sido devastador, por eso estaba allí, intentando reponerse.
—¡Qué horror lo que le sucedió! —le dije lamentando sinceramente lo ocurrido. Nadie debería morir de esa manera, pensé mirándola con pesar.
—Fue una gran pena para todos, en un principio decidimos llevarla a casa, pero se negó. ¡No sabés lo terca que puede ser cuando se lo propone! —sonrió.
—No podría imaginarlo, aquí es una mujer de lo más atenta y siempre bien predispuesta.
—Es una mujer excepcional, nosotros la queremos mucho, ya te voy a contar otro día cómo nos conocimos. Pero cualquier cosa que veas raro en ella deseo saberlo, no me podría perdonar que algo le pasara. La quiero como a mi propia madre.
—¿No tiene más familiares que ustedes? —le pregunté ya que jamás la había visto con visitas.
—¡Sí!, lo tiene a Santiago, su hijo. Pero él ahora está de viaje por trabajo con su mujer, por eso no lo has visto y por ahora es mejor así. Tendría que contarte muchas cosas para que pudieras comprender, pero no quiero quitarte más tiempo, debés tener cosas que hacer.
—En realidad estaría complacida de escucharte, claro que cuando vos lo quieras, no deseo entrometerme, pero todas estas personas necesitan de nosotros para sentir que no están solos en el mundo. Por lo menos a mí me gusta pensar que mi tiempo para ellos es muy valioso.
—¡Ni que lo digas!, tu labor es maravillosa. No hay mucha gente que donaría su tiempo para pasarla con la gente mayor —me aseguró.
—No tengo mucho mérito —le dije con una mueca en los labios—. Y no te voy a mentir, todo comenzó cuando internamos a mi abuela, no nos quedó otra, tiene Alzheimer y el doctor Tomás la aceptó sin que tengamos que pagar nada por su estadía. Hace cinco años que está acá y es mi manera de pagar, en cierta manera, para que ella pueda permanecer. Pero es de gran ayuda para todos los que participan.
—Todo tiene un porqué en la vida y no es necesario que me expliques tus razones. Lo que hacés es maravilloso y si a vos te hace bien, quiere decir que lo hacés con mucho amor y cariño, es lo único importante.
—¡De eso ni hablar!, después de dar clases por la mañana no veo la hora de llegar a verlas a todas, porque ¿sabés Juliana? Aunque no lo creas, son como niños, lo dan todo sin pedir nada a cambio.
—¿Ves que tengo razón, entonces?
De pronto sentí mi nombre, era mi abuela Emma que desde lejos me vio y me reconoció. Mis ojos se llenaron de lágrimas y Juliana me miró con tristeza.
—¡Hace tanto tiempo que no me reconoce! —le dije mientras me secaba una lágrima que corría por mi rostro—. Vení que te la quiero presentar.
Nos acercamos a ella y enseguida la tenía en mis brazos. Parecía mentira que todavía conservara tanta fuerza, no me soltaba y me decía cuánto me extrañaba. Yo le sonreía e intentaba no dejar que cayeran lágrimas por mi rostro, pero se me hacía imposible. Era tan grande la alegría que me ocasionaba que no podía contenerme.
—¡Abuela!, ¡te quiero tanto, tanto! —le dije con ternura.
—¡Y yo te amo, cariño! ¿Cómo está el abuelo?, dile que lo extraño demasiado.
Le presenté a Juliana intentando que no se notara mi pesar por la tristeza de mi abuelo y ella se mostró complacida de conocerla.
—¡Tenés mucha suerte de conocer a mi nieta! —le dijo con orgullo—. Es la mujer más maravillosa que me dio la vida.
—¡Mucho gusto, señora! Espero llegar a conocerla bien, recién nos han presentado y puedo decirle que usted tiene mucha razón —le comentó con cariño mientras tomaba sus manos.
—Mi Carolina siempre fue mi nieta preferida —anunció con una mirada llena de amor que ocasionó que se me erizara la piel, después de tantos años mi abuela me recordaba.
—¡Será que soy tu única nieta, abuela!, —le dije con una carcajada.
—¡Pero igualmente eres la mejor! —besó mi mejilla y mis ojos se cerraban guardando en mi memoria aquel momento de felicidad.
Pasaron cinco minutos de conversación, me sentí en las nubes pudiendo charlar con ella. La amaba tanto que me dolía extrañar lo que había sido conmigo durante toda mi vida. Pero al parecer lo bueno dura poco, porque, así como me abrazaba y hablaba de mí como la mejor, de un segundo para el otro ya no me reconoció más.
—¡Señora Emma! —le dije sintiendo una bronca que me rompía el corazón—. En un rato empezaremos con la lectura y espero que decida participar.
Ella asintió con la cabeza y se sentó en el banco mirando al suelo. Yo me retiré con Juliana y cuando estaba tan lejos como para que no me escuchara, rompí en llanto. Juliana intentó tranquilizarme. Parecía entenderme, mi desconsuelo, mi bronca, mi abuela era la madre que había perdido y ahora la estaba perdiendo a ella también.
—Tenés que agradecer, aunque sea esos pocos momentos en que te reconoce —me consoló.
—Lo agradezco, pero lamento por lo que está pasando. La extraño tanto Juliana que me duele el alma. Por ella y por mi abuelo. ¡Ojalá algún día pueda tener un amor como el que ellos se tuvieron!
—¡Eres muy hermosa! —tocó delicadamente mi cabello.
Yo me reí, justamente ella me decía eso, pero ¿es que acaso no se miraba en el espejo?, pensé.
—Gracias, Juliana. Aunque la belleza no lo es todo, y no creo tener tanta suerte en el amor como vos.
—¡Tal vez no haya llegado el indicado!
Mariano y Esteban se acercaban hacia nosotras sin entender qué nos mantendría tan entretenidas. Me pareció que estaba de más junto a ellos, le agradecí a Juliana y saludando me retiré.
Caminaba hacia ellas con alegría en mi corazón, aunque ya habían pasado dos años desde la última vez que mi abuela había recordado quién era. Todavía podía disfrutar teniéndola a mi lado.
Las últimas semanas no habían sido de lo mejor, mi abuela Emma cambiaba de actitud de un momento a otro. Así como podía estar contenta y complacida con el resto, pasaba a sentirse frustrada y lo demostraba con arranques de furia. Se encontraba con mucha confusión mental produciéndose en ella una irritabilidad constante y los cambios de humor la ponían agresiva con su entorno. Tomás decía, que, a pesar de no recordarme, sólo la veía tranquila cuando yo llegaba, por eso estaba junto al grupo cabizbaja pero expectante.
Me senté a su lado y las saludé como solía hacerlo a diario. Apoyé mi bolso en el suelo y saqué mi libro. Todas, menos mi abuela, comentaban que estaban ansiosas por saber cómo continuaría la historia. Primero, como era nuestra costumbre charlamos de los personajes y sucesos leídos anteriormente.
—Todavía no comprendo cómo pudieron poner presa a Ashley Patterson, además de ser una mujer tan hermosa —comentó Celina—. No puede haber sido ella quien matara a todos esos hombres.
—Tienen que recordar —les pedí—, que la primera parte del libro nos cuenta que su vida parecía ser perfecta, con un padre muy obsesionado por su bienestar, él era su única familia, ya que había perdido a su madre a los doce años.
—Es verdad —recordó Zulma—, muy triste. Yo no podría haber vivido sin mi madre desde tan pequeña. La pobrecita falleció cuando era muy viejita, —continuó—, y puedo decir que disfruté cada momento a su lado.
—Son historias, que a veces nos recuerdan realidades vividas por otros a los que sí le sucedieron. Yo, por ejemplo, —les conté—, perdí a mi madre a la misma edad que Ashley. Y les puedo asegurar que era maravillosa, y que me hubiera gustado compartir más tiempo con ella. Pero es el destino, y ese mismo destino me puso en manos de mis abuelos que también fueron maravillosos, aunque siempre la extrañé demasiado.
—¡Pobre niña!, —dijo mi abuela Emma tomándome de la mano—. Has tenido suerte de tener a tus abuelos —terminó diciendo con una sonrisa.
Tan sólo con su sonrisa ya me sentía feliz de tenerla. No necesitaba nada más. Desde que el abuelo no estaba junto a nosotras ella era mi única familia y agradecía cada día el poder tenerla.
—¡Sí, Emma!, fueron sensacionales, pero continuemos con el relato —la insté. Tenía tanto miedo de comenzar a derramar lágrimas que lo mejor era seguir.
—Pero no puedo comprender que papel tienen las otras dos chicas —opinó Ángela—. Toni Prescott no me agrada para nada, no parece buena, para mí ella es la asesina, estoy completamente segura. La otra, no recuerdo su nombre, ¡pero qué cabeza la mía!, —dijo tocándosela con el dedo índice.
—Alette Peters —le recordé.
—¡Esa misma! —continuó Ángela—, no me parece mala chica, aunque un tanto loquita. ¿Cómo podría ser que alguien pudiera ver colores al escuchar las voces de los demás? —se preguntó—. Porque no a cualquiera que le guste la pintura puede obsesionarse tanto con los colores.
—A mí no me gusta nada esa Toni —dijo mi abuela. Que por suerte parecía seguir de cerca el libro que nos tenía entretenidas en ese instante—. No me gusta porque siempre habla mal de Ashley y no es igual con Alette. ¿Por qué le tendrá tanto resentimiento?
—¡Sí!, pero ahora lo que no entiendo es por qué la culpan a Ashley de los asesinatos y las mutilaciones —preguntó Edith.
—¡Qué forma tan extraña de morir!, y todas las víctimas de la misma manera. Se trata de un asesino serial —dijo Ángela con énfasis—, de eso no cabe ninguna duda. Y es obvio que también es una mujer, si no por qué cortarle los genitales luego de matarlos. ¡Muy despechada! —terminó diciendo mientras pasaba sus manos por sus brazos como si le diera un escalofrío.
—Parece que todas han entendido muy bien el libro hasta esta instancia. Y por lo que sabemos todo indica que fue Ashley la asesina, sus huellas y su ADN coinciden en todos los crímenes y fueron en las ciudades en las que ella se encontraba por más que no conociera a dos de sus víctimas y que con las otras, además de su novio de la adolescencia nada la relacionaba directamente. ¿Por qué matarlos y no recordar? —les pregunté.
—Mejor será que continuemos con la lectura, está atrapante la historia y quiero saber qué pasará —dijo Ángela mientras Edith asentía.
—No nos olvidemos que cuando la culpan, Ashley estaba segura que su padre tendría algo que lo relacionaba con los asesinatos. Tal vez por ser tan sobreprotector con ella, querría sacarlos de la vida de su hija, ¿no les parece una buena opción para no descartar? —les consulté.
—Yo no lo creo, como dijiste antes, las huellas y el ADN son de ella —aseguró Ángela—. Tendremos que seguir, así nos enteraremos más pronto lo que está pasando con esta chica.
—Recuerden que cuando terminamos la primera parte el sheriff Dowling aseveró que las tres mujeres eran la misma persona.
—¡Ahí ya me perdí! —dijo Edith—, ¡eso es imposible! ¿Tres personas en una?, no, no, es irreal.
—¡Ya veremos! —me concentré en continuar con la lectura. Después de una hora estábamos enteradas que el padre de Ashley había encontrado un buen abogado, David Singer, que había sido penalista años atrás. Aunque ya no ejercía más en esa área, sino en la comercial, pero que le debía un gran favor al médico por haberle salvado la vida a su madre hacía muchos años. Y aunque supiera que su carrera se iría a pique en el bufete para el que trabajaba y pensaban hacerlo socio, tenía una deuda muy grande con él y debía enfrentar los hechos que la única forma de saldarla era representando a su hija. También fue él quien con la ayuda de psicólogos especialistas pudo demostrar que Ashley tenía un trastorno de personalidad múltiple. Cuando en un cuerpo existen varias personalidades completamente diferentes. Un trastorno que se inicia con un trauma infantil y la víctima niega ese trauma creando otras identidades o alter egos. Habíamos aprendido mucho acerca de lo que sucedía con Ashley y al momento de dejar la lectura para el siguiente día se suscitó una discusión entre todas. Era muy gracioso escuchar las opiniones de ellas que no terminaban de entender por qué a la pobre Ashley le sucedía todo aquello y enfrentaba una pena de muerte que sólo David Singer podía descartar enfrentando al gran jurado.
Cuando nos levantábamos para que me retirara me hicieron jurar que no faltaría al día siguiente. Estaban entusiasmadas pensando como el abogado David Singer se las arreglaría para salvarla. Todavía nos quedaba mucho por saber, pero estaba conforme notando que se mantendrían entretenidas sacando sus propias conjeturas acerca del caso.
Llegué a casa agotada, y a pesar de haber tenido un buen día, sólo quería una ducha e irme a la cama. Las valijas seguían apoyadas cerca de la puerta y yo me preguntaba donde estaría Diego que todavía no se había marchado. Me dirigí al cuarto que solía ser nuestro, miré alrededor y me alegré tan sólo pensar que volvería a ser sólo mío. Cerré la puerta con la traba, no quería que, por ningún motivo, si Diego aparecía, entrara como si todavía existiera algo entre nosotros. Entré en el baño y me quité la ropa lentamente, estaba cansada, pero a la vez sentía que volvía a ser yo misma por haber tomado la decisión de no continuar con la vida opaca que llevaba. Abrí la ducha y cuando el agua estuvo caliente dejé que el chorro limpiara mi cuerpo lentamente. Cuando estuve totalmente relajada me enjaboné y lavé mi pelo con abundante champú y crema enjuague. Esperé unos instantes para que hiciera efecto y no demorar mucho en peinarme y volví a meterme debajo del chorro caliente de agua. Salí y me sequé, me puse un pijama y me dirigí a la cocina. Para mi sorpresa Diego estaba sentado a la mesa esperándome. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, aunque no dejé que lo notara.
—Hace un rato largo que te espero —me dijo con mala cara.
—¡Ah!, ¿sí?, no creo que haya sido para tanto. Llegué del hogar y entré a bañarme y no me pareció que tardara tanto.
—Quería despedirme —me espetó.
—No hacía falta que perdieras tiempo —admití sin mirarlo—. Ya había visto tu equipaje, pensé que para cuando regresara ya te habrías marchado.
—¡Qué bueno!, no pensé que te fuera tan sencillo no verme más.
—¡Por favor!, no la hagamos más larga —le pedí mientras llenaba la tetera de agua para prepararme unos mates. Sólo deseaba la soledad de mi casa únicamente para mí, pero parecía que no iba a tener ese placer.
—¡Todavía no puedo entenderte! —se levantó y acercándose a mí me rozó el hombro.
—No hagas eso por favor. La decisión está tomada y no quiero que demos más vueltas al asunto.
—¡Pero yo todavía te quiero! Y me parece que podríamos intentarlo.
—Hace mucho que lo intentamos y miranos adonde nos llevó. Por mi parte está todo más que terminado. Vas a darte cuenta con el tiempo que es lo mejor para ambos.
—Lo decís tan convencida.
—Es que lo estoy. ¿Vos todavía no?, pero te juro que lo hago por el bien de ambos.
—Será por tu bien, porque no siento lo mismo que vos. No sé si te acordarás, pero estuvimos a punto de formar una familia.
No pudo darme donde más me dolía. Yo siempre había querido una familia y había pretendido hacerlo bien, no como mi papá que me había abandonado después de la muerte de mamá. Yo sí quería tener hijos y hacerlos feliz junto al hombre que amara. Pero lamentablemente, y como el destino es cruel a veces, después de enterarnos de la enfermedad de la abuela, quedé embarazada. Creí ser la mujer más feliz en toda la tierra, pero como dije que el destino es cruel, perdí a nuestro bebé luego de dos meses de embarazo y por más que no habíamos contado a nadie al respecto, juro que lo sufrí y más tarde pude darme cuenta que no tenía que ser porque no estaba destinada a vivir toda la vida con Diego.
—Claro que lo recuerdo, pero no pensarás jugar ahora con eso conmigo, porque no te lo voy a permitir —le dije llena de bronca. ¿O acaso él no se acordaba cuánto me había dolido perderlo?
—¡No me vengas con que hubieras querido tenerlo!, ya no te creo nada.
—Entonces va a ser mejor que te vayas, por lo visto no me has conocido nunca, y si en algún momento te amé… ya no. ¡Por qué no te vas y terminamos con esto de una puta vez! —le grité por primera vez encolerizada. No teníamos más nada de que hablar.
—¡Tenés razón!, ya no me queda nada aquí. Por lo visto desde que el abuelo no está ya no me necesitás.
—No digas eso —le dije gritando—. El abuelo te quería mucho, pero nada tiene que ver con lo nuestro.
—¡Espero que te vaya bien sola! —expresó con sarcasmo y tomando sus valijas se fue dando un portazo.
