Estaré para ti - Andrea Lago - E-Book

Estaré para ti E-Book

Andrea Lago

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Juliana Oliveira es una hermosa joven que disfruta de sus amigas y su familia. No espera demasiado del amor, según ella "el indicado" aún no ha aparecido, así que su trabajo es lo que más ocupa su cabeza y su tiempo. Esteban Martínez tiene su vida organizada, está divorciado, tiene una hija y una vida tranquila. Según él, necesita enamorarse para que su presente sea definitivamente perfecto.  Un día, Esteban comienza a trabajar en la empresa de su amigo, Guillermo Franco, y queda completamente deslumbrado con su secretaria, Juliana. El problema es que ella está saliendo con Santiago, otro compañero de trabajo, que luego de tanta insistencia logró ganarse su confianza. Hasta ahí, podría ser un simple caso de amor imposible, pero todo cambiará cuando ella descubra que está locamente enamorada del amigo de su jefe. A partir de ese momento, no sólo la vida de ellos tomará un nuevo rumbo, también la de su entorno. Estaré para ti es una apasionante historia de amor, pero también enmascara el reflejo de la vida misma. Con sus problemáticas, sus altibajos y decisiones desacertadas, esas que sólo se pueden revertir con la ayuda de aquellos que estén dispuestos a jugarse todo por nosotros.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Lago, Andrea

Estaré para ti / Andrea Lago. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8449-60-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

© 2024, Andrea Lago

Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.

El guardián literario es un sello de Editorial Bärenhaus

Todos los derechos reservados

© 2024, Editorial Bärenhaus S.R.L.

Publicado bajo el sello Bärenhaus

Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.

www.editorialbarenhaus.com

ISBN 978-987-8449-60-9

1º edición: junio de 2024

1º edición digital: mayo de 2024

Conversión a formato digital: Numerikes

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

Sobre este libro

Juliana Oliveira es una hermosa joven que disfruta de sus amigas y su familia. No espera demasiado del amor, según ella “el indicado” aún no ha aparecido, así que su trabajo es lo que más ocupa su cabeza y su tiempo. Esteban Martínez tiene su vida organizada, está divorciado, tiene una hija y una vida tranquila. Según él, necesita enamorarse para que su presente sea definitivamente perfecto.

Un día, Esteban comienza a trabajar en la empresa de su amigo, Guillermo Franco, y queda completamente deslumbrado con su secretaria, Juliana. El problema es que ella está saliendo con Santiago, otro compañero de trabajo, que luego de tanta insistencia logró ganarse su confianza. Hasta ahí, podría ser un simple caso de amor imposible, pero todo cambiará cuando ella descubra que está locamente enamorada del amigo de su jefe. A partir de ese momento, no sólo la vida de ellos tomará un nuevo rumbo, también la de su entorno.

Estaré para ti es una apasionante historia de amor, pero también enmascara el reflejo de la vida misma. Con sus problemáticas, sus altibajos y decisiones desacertadas, esas que sólo se pueden revertir con la ayuda de aquellos que estén dispuestos a jugarse todo por nosotros.

Sobre Andrea Lago

Andrea Lago nació en Capital Federal. Vive hace muchos años en el pueblo de Los Cardales, en Buenos Aires, con sus hijos y su pareja Juanjo.

De chica, escribía cuentos que luego destruía para que nadie leyera. Apasionada de la lectura en su adolescencia, la relegó por la familia y la llegada de los hijos, hasta que en 2012 retomó la lectura para no abandonarla nunca más.

Comenzó a escribir en 2016, encontrando una nueva pasión. Es autodidacta y está convencida de que aprende con cada nuevo libro que lee.

Índice

CubiertaPortadaCréditosSobre este libroSobre Andrea LagoCapítulo 1Capítulo 2Capítulo 3Capítulo 4Capítulo 5Capítulo 6Capítulo 7Capítulo 8Capítulo 9Capítulo 10Capítulo 11Capítulo 12Capítulo 13Capítulo 14Capítulo 15Capítulo 16Capítulo 17Capítulo 18Capítulo 19Capítulo 20Capítulo 21Capítulo 22Capítulo 23Capítulo 24Capítulo 25Capítulo 26Capítulo 27Capítulo 28Capítulo 29Capítulo 30Capítulo 31Capítulo 32Capítulo 33Capítulo 34Capítulo 35Capítulo 36Capítulo 37Capítulo 38Capítulo 39Capítulo 40Capítulo 41EpílogoAgradecimientos

CAPÍTULO 1

Desde hacía casi dos años la rutina de Juliana Oliveira se repetía día tras día. De lunes a viernes sin importar el clima, cumplir con su obligación, ir a trabajar, se tornaba un suplicio hasta que se sentaba en su escritorio. Se preguntaba cómo hacía el resto de la gente para aparentar ser invisibles; aunque todos lo eran. Caminar por las calles del centro de la ciudad era toda una hazaña. Llegar a salvo a su escritorio significaba esquivar a los transeúntes apurados que en tantas ocasiones llegaban a empujarla sin siquiera pedir disculpas. Se cruzaba con ellos diariamente y sus miradas muchas veces coincidían, pero a pesar del tiempo continuaban siendo desconocidos. Le agobiaba la ciudad, y daba gracias por no tener que viajar en colectivo, porque estaba segura de que no lo soportaría. Tenía su propio auto que dejaba en un estacionamiento cerca de la oficina. Era el más barato de la zona, el que más se acomodaba a su bolsillo y, además estaba regenteado por Carlos que la recibía con una cálida sonrisa y un “buenos días” como único saludo. Sólo cuando veía el rostro amable de Juliana se atrevía a entablar una conversación. En cuanto le decía que era la única que lograba estacionar su auto en una sola maniobra, la hacía reír a carcajadas. No perdía la oportunidad de adular su nuevo corte de pelo o mencionar lo bien vestida que estaba, porque seguramente tendría que acompañar a su jefe a alguna reunión importante. Ya había aprendido que, si no estaba presentable, su jefe la miraba con cara de pocos amigos. Carlos le cayó bien desde el primer día. Era un buen hombre, que trabajaba para que a su familia no le faltara nada. Siempre le mostraba fotos de ellos. Se notaba en su expresión cuánto los amaba. Juliana adoraba observarlo cuando le contaba acerca de ellos y deseaba algún día formar una familia tan unida como la de Carlos. También consideraba a la suya como referente, aunque el amor no es fácil de encontrar.

—Que tengas un buen día —le dijo con su mejor sonrisa cuando ya no podía quedarse más tiempo conversando.

Siguió caminando por la Av. 9 de Julio, (Buenos Aires, una de las ciudades más hermosas del mundo, aunque a ella no le gustara por el gentío), demasiado apurada porque llegaba tarde y no quería soportar el mal humor de su jefe, aunque jamás le daba problemas. Era un buen jefe, sólo debía hacer bien su trabajo y se había entretenido con Carlos más de lo debido. Aquel hombre era su debilidad. Lo respetaba mucho y no deseaba ser descortés cuando sólo necesitaba un poco de charla amena. Ya bastante aburrido resultaba su trabajo.

Nunca olvidaría ese primer día que se presentó a la entrevista para el puesto de secretaria ejecutiva, y aunque estaba recién recibida sabía que no era el trabajo soñado. Se preguntaba por qué la gente hace cosas que no le agradan y reconoció que la falta de madurez a la hora de decidir el futuro muchas veces juega en contra; es una vorágine de elecciones cuando la mayoría de edad te pone entre la espada y la pared para que determines qué serás el resto de tu vida. Y allí se lo encontró, un cincuentón que la miraba muy serio, era el jefe y pronto se dirigió a ella mirándola de arriba abajo. Juliana experimentó un calor que subía por su estómago hasta posarse en sus mejillas y supo que se había puesto colorada. Creía estar presentable para la cita, aunque tenía una contra: la falta de experiencia. Eso mismo que la llevó a detectar cierto prejuicio de aquel hombre que la escrutaba como si fuera de otro planeta sin siquiera haber cruzado una palabra para conocerla. Él llevaba su traje perfectamente planchado de tintorería y una hermosa corbata. Sólo mirarlo inspiraba respeto. Le clavó la mirada para demostrarle que no se amedrentaría y entonces escuchó su voz.

—¿Señorita Juliana Oliveira? —preguntó tajante. No parecía tener muchas ganas de entrevistarla, pero necesitaba una secretaria.

—Sí —respondió nerviosa ante la voz gruesa y de mando de aquel hombre. Todo su cuerpo decía “soy el jefe”.

Juliana se encontró con una pared de concreto y supuso que no tendría mucha suerte con aquel hombre altanero. Sólo debía recordar las enseñanzas recibidas de sus padres: el respeto primero, sin importar la edad o jerarquías, y segundo demostrar que estaba capacitada, aunque este fuera a ser su primer trabajo. Presentarse sin flaquear, sin dudar a la hora de responder y nunca mentir. Tenía ojo clínico, como decían sus amigas, y consideraba que con ese señor siempre los dividirían las jerarquías. No sabía cuánto se equivocaba.

—Pase a mi despacho —la invitó mientras ella miraba a su alrededor y saludaba con un “buenos días” a los que se encontraban trabajando.

El jefe le dio paso demostrando ser un caballero y luego cerró la puerta para tener privacidad. Le indicó que se sentara y Juliana se encontró en un lugar de trabajo acogedor. Una linda oficina donde todo estaba ordenado y limpio. El escritorio lustrado, con cada cosa en su lugar, unos papeles en un costado y una agenda abierta con una lapicera de tinta frente a la silla del director, en otro costado un portarretrato que seguramente sería de la familia, pensó ella sin poder ver la foto. No había demasiados muebles, sólo lo indispensable y ya se sintió a gusto en ese entorno donde se veía trabajando, eso logró que bajara la ansiedad hasta que él se sentó frente a ella y la vio acomodarse intranquila la ropa para verse bien.

—Mi nombre es Guillermo Franco, como ya le habrán informado. La señorita Giménez, la supervisora, ha dicho que recibió muy buenas referencias de usted. Aunque, no comprendo cómo puede ser eso posible, si este, por lo visto, será su primer trabajo —anunció con una mueca que demostraba disgusto. No le gustaba perder el tiempo.

Su entrevista comenzaba de manera desastrosa considerando su acusación, que era muy cierta, puesto que la señorita Giménez, como él la llamaba, era una vieja amiga de la infancia de su madre. Pero no menos cierto era que ella sí estaba capacitada para el puesto.

—Así es —respondió sin amedrentarse—. Estoy recién recibida, allí tiene mis calificaciones y, además, podrá encontrar dos cartas de recomendación de mis profesores del instituto —le entregó una carpeta que había preparado para él—. Quiero que sepa que estoy capacitada y quiero el puesto. Le voy a demostrar que puedo hacerlo, no voy a defraudarlo —le dijo con una sonrisa esperanzadora en los labios que inspiraba confianza.

—Eso lo veremos en el tiempo de prueba que estoy dispuesto a otorgarle, un mes, por la recomendación que me han dado. Espero sepa valorar la posibilidad que le estoy ofreciendo. —Sin más, se levantó y le explicó que quería que se incorporara al día siguiente y que sería la señorita Giménez quien le indicaría sus tareas—. Que tenga buenos días —dijo despidiéndola de su despacho.

—Igualmente para usted —respondió después de estrechar su mano y abrir la puerta para retirarse con una sonrisa en los labios, aunque no tenía muchas expectativas, pero debía intentarlo.

En el pasillo se encontró con Teresa Giménez, la amiga de su madre que la esperaba con entusiasmo, aunque al verle la cara la abrazó para darle ánimos, dándole la bienvenida y presentándole al resto del grupo de trabajo. Compañeros que compartirían su día a día por más del mes de prueba que se le había otorgado.

Terminó de subir las escaleras rápidamente cuando entendió que se había hecho un poco tarde, sus recuerdos la habían alejado de la realidad momentáneamente; cuatro pisos hasta llegar a las oficinas donde trabajaba como secretaria ejecutiva de uno de los mayores empresarios que había conocido y que con el tiempo logró respetar; aunque a veces su trabajo la aburriera, reconocía que su labor la realizaba a la perfección y por ello recibía el reconocimiento de Guillermo, quien la admiraba.

Le había demostrado con el tiempo que todo lo realizaba perfectamente, desde organizar su agenda y tener las presentaciones a tiempo para facilitar su trabajo. En la empresa se vivía un ambiente cordial donde sus buenos compañeros siempre estaban dispuestos a ayudar, sobre todo aquellos días en que el trabajo parecía no acabar. Guillermo solía estar sobrecargado con sus obligaciones. Juliana entendía el estrés por el que pasaba. Se dedicaban a comprar empresas que estaban decayendo, pagando precios muy bajos para luego darles un empuje que las ubicara en el mercado y poder venderlas en cifras millonarias. A juliana le había costado entender cuánta gente perdía aquello por lo que había trabajado toda una vida, aunque pronto comprendió que lo que Guillermo hacía era devolverles una parte del valor de sus empresas teniendo la posibilidad de afrontar un nuevo futuro sin perderlo todo, mientras que para él significaba una gran inversión ponerlas nuevamente en el mercado. Todo tenía un costo y así como podía salir bien un negocio otro se caía.

Los últimos escalones se le hicieron eternos, pero Juliana continuaba negándose a tomar el ascensor debido a su claustrofobia. Nunca le habían gustado los lugares cerrados y los elevadores eran los que más detestaba, aunque las escaleras la hicieran llegar con el último aliento para comenzar su día laboral.

Dejó su cartera y el abrigo en su oficina y se dirigió a la de su jefe a paso rápido.

—Buenos días, Juliana —una sonrisa la recibía como cada mañana— ¡Qué bueno que llegaste! Necesito que revises estos documentos que deben estar listos para el mediodía —le informó entregándole una gruesa carpeta de papel marrón al tiempo que rebuscaba en su escritorio otro papel que parecía haber preparado de antemano— y acá tenés el teléfono de Esteban Martínez, necesito que lo llames urgente y concretes una entrevista para mañana por la mañana, lo antes que pueda —anunció levantando levemente su ceja derecha, parecía que tendrían un día intenso.

—Buenos días para usted también jefe —le dijo Juliana con una sonrisa para que se tranquilizara—. Estará listo, no tiene que preocuparse, ya me pongo a eso. —La relación entre ellos era muy cordial, y aunque él la tuteaba desde hacía mucho tiempo, ella continuaba tratándolo de usted, se le hacía imposible y le ayudaba a respetar las jerarquías cuando se encontraban con clientes y otros empresarios.

Estaba por salir de su oficina cuando él continuó hablando. Ella se volteó y esperó una nueva orden.

—Te esperan en recursos humanos, pasá por allí en cuanto puedas que te tienen una buena noticia —le anunció torciendo el labio a manera de sonrisa y ella no captó la ironía—. Es tu día de suerte —continuó hablando—, un aumento de sueldo te espera, y cuando digo un aumento, me refiero a uno muy bueno.

—Muchas gracias, señor. —Juliana salió de allí eufórica, su sueldo le alcanzaba para vivir de manera holgada, pero que le dijera que este era uno muy bueno la hizo preguntarse de cuánto estaban hablando. Ya se iba a enterar en cuanto pasara por recursos humanos.

Ese día fue uno de los más felices en mucho tiempo, se merecía ese aumento de sueldo después de demostrar su lealtad y esfuerzo. En el almuerzo sus compañeros hicieron bromas con respecto a ello y le resultó agradable que todos fueran cómplices de su alegría.

—Así que sos la preferida del jefe —aseveró Santiago. Juliana se rio, aunque sabía que no era por eso que lo había conseguido.

Ella cumplía sus deberes solucionando los conflictos que se le generaban a Guillermo, solventándolos y quitándole los problemas que estresaban su día. Aprendió a conocer y enfrentar a los empresarios, que en ciertas ocasiones eran muy obstinados cuando de dinero se trataba, observando a Guillermo, así lograba organizar las reuniones previstas para que todo acabara como su jefe necesitaba. Era un buen nexo entre ellos hasta que se firmaban todos los contratos y las partes quedaban satisfechas.

—Sería una buena oportunidad para salir y festejar, podrías invitarme a una copa una de estas noches —le dijo en un susurro para que los demás no escucharan. Su sonrisa era compradora y a Juliana le pareció una buena oportunidad para conocerlo mejor.

Ella se había enterado que Santiago le preguntaba a Soledad, otra compañera, acerca de ella. No se había atrevido a invitarla por miedo a un rechazo, a pesar de que a Juliana no le pasaban desapercibidos sus hermosos ojos verdes ni su mirada insinuante. Le parecía lindo, sin embargo, pensaba que debía tomarlo con calma.

—Tal vez te invite —admitió recibiendo una sonrisa pícara de parte de él.

Juliana estaba sola, no buscaba ninguna relación porque estaba muy bien así. Su vida la llevaba de manera tranquila y con sus horarios organizados, el amor no había tocado a su puerta y ese día lo más increíble había sido su aumento de sueldo en dos cifras, algo que no esperaba, pero por el que había trabajado mucho. La primera copa que tomara sería para festejar consigo misma recordando cómo había llegado hasta allí.

Por la tarde salió de su oficina pensando en que debería llamar a sus amigas para contarles la gran novedad y quizá les contara la invitación recibida por parte de Santiago.

Realmente su día había sido especial.

CAPÍTULO 2

Esa tarde de jueves, fue muy importante para Juliana. Llegó a su pequeño departamento, tan pequeño que sólo cabía lo justo y necesario para vivir. Su primer departamento desde que había dejado el hogar familiar. Tan pequeño que, había sido el único que podía pagar con su sueldo. Al entrar la embargó el perfume de las flores que, como siempre decoraban su centro de mesa. Solía pasarse por la florería y elegirlas con aromas y colores variados; pensaba que esos pequeños detalles hacían de ese lugar, su hogar. Encendió las luces y comprobó que todo estaba como lo había dejado en la mañana. Era tan estricta que se levantaba más temprano sólo para dejar todo en condiciones y no tener que encontrarse con que debía limpiar después de estar todo el día trabajando. Sólo los sábados era día de limpieza general. Heredar el placer del orden y la limpieza se lo debía a su madre que, desde pequeña le había inculcado esa locura, aunque se lo agradecía. Dejó su cartera en la mesita del recibidor junto a sus llaves y se dirigió a su cuarto, otro lugar demasiado pequeño pero que contaba con una cama doble con dos mesas de luz y veladores adosados a la pared para no ocupar espacio. La araña Rococo de cuatro luces que colgaba del techo y que había comprado en el mercado de pulgas por un precio muy accesible, iluminaba todo su cuarto por demás —le encantaban las flores de porcelana y los caireles que colgaban de sus brazos—, era el único elemento decorativo de su dormitorio, más sería un exceso. Una cómoda con varios cajones, un armario para sus trajes y zapatos y un espejo gigante terminaban de ocupar el poco espacio que quedaba. Allí donde se miraba cada mañana, para comprobar que estaba presentable para su trabajo. Se desvistió y colgó su traje de Zara color marfil que había combinado con una camisa rosa viejo que pondría en la lavadora, y guardó los zapatos de taco del mismo color que tanto le gustaban. Le encantaba la ropa y los zapatos de estilo clásico y sofisticado, y aunque la moda cambiaba, ella continuaba con su propio estilo. Los diseñadores innovan y Juliana comprendía que siempre sería así para impulsar las ventas, técnicas de mercado.

Lo clásico había marcado su vida, hasta la música que se escuchaba en su casa seguía siendo la elegida para ella, a pesar de las críticas de sus amigas que riéndose decían que era una vieja por sus gustos musicales. No había nada mejor que los Gun’s o Whitesnake, pensaba mientras encendía la radio que tenía en el living-comedor. Siempre sería una romántica empedernida. Buscó en un cajón una remera larga para estar cómoda y se tiró en la cama tomando el teléfono para llamar a Camila que después de dos tonos contestó.

—¡Hola! ¿Quién habla? —preguntó apurada.

—Soy yo, Juliana.

—Juliana, ¿cómo estás? Me imagino que muy ocupada porque hace casi una semana que no llamás —le reprochó.

—Perdón, ya sabés que si no lo hago es porque llego muerta. Tuve demasiado trabajo esta semana, sin embargo, a pesar del cansancio, estoy feliz. Tenemos que salir a festejar, ¡me dieron un aumento de sueldo! —gritó emocionada—. Salgamos a cenar, yo invito —Camila comenzó a reírse emocionada por la noticia—. Tengo que llamar a Josefina para avisarle.

—Me parece bárbaro y te felicito, ya iba siendo hora que te lo dieran. Bueno, entonces ¿qué hacemos? ¿Cómo me tengo que vestir?, aunque no sería mejor que vayamos a tu casa y pidiéramos delivery —preguntó porque estarían más tranquilas para charlar.

—Es una excelente idea. Tengo unas cervezas en la heladera y un Rutini exquisito esperando por una buena ocasión, y esta parece serlo, ¿no?

—Me encanta —contestó apurada y colgó.

Como siempre Camila vivía a mil. No esperó ni su saludo que ya se había quedado hablando sola al teléfono. Entonces llamó a Josefina para informarle de la juntada y aquella accedió de inmediato.

Entró al baño y lo primero que vio fue su cara de felicidad reflejada en el espejo, estaba cansada, aunque se veía exultante, radiante, hasta le parecía que tenía un brillo especial en los ojos. Todos sus días eran semejantes, sin embargo, este había resultado mejor de lo que esperaba. Se quitó la remera y la ropa interior mientras se llenaba la bañera, le encantaban los baños de inmersión con agua bien caliente, la relajaban y se daba la oportunidad de pensar en que algo mejor podía suceder, como ese día que había resultado genial. Cerró las canillas y poco a poco se sumergió para adaptarse a la temperatura del agua, estaba deliciosa y se relajó con el aroma de las sales de baño que se habían adueñado del ambiente. Ya no debería pensar más si podría realizar o no ciertos gastos porque no llegaría a fin de mes, o si podría comprarse los zapatos que tanto le gustaban. Todo su cuerpo se fue relajando y los pensamientos quedaron atrás cuando se quedó dormida con una sonrisa en el rostro. De pronto abrió los ojos exaltada y no supo cuánto tiempo había pasado durmiendo tan plácidamente, aunque el agua todavía se mantenía caliente. Comprobó muy pronto que sólo habían sido quince los minutos que pasó durmiendo, lo que le daba tiempo más que suficiente para quedarse allí unos minutos más. Volvió a cerrar los ojos.

Más tarde, con una toalla alrededor de su cuerpo, se dedicó a secar su larga cabellera; que no era nada sencillo porque le llegaba hasta la cintura, tal vez un cambio de look le vendría bien, pero por el momento sólo podía pensar que las chicas estarían por llegar pronto y debía cambiarse. Con ropa cómoda, como a ella le gustaba, unos jeans viejos, una remera negra y sus zapatillas Converse negras también. Y ya estaba lista para su noche de chicas.

Sentadas en la alfombra, alrededor de la mesa ratona, después de haberse abrazado y besado como si hiciera años que no se veían, a pesar de haber pasado sólo dos semanas desde la última vez, ninguna paraba de hablar. Se conocían tanto que cuando una decía algo, antes de terminar otra ya estaba opinando o terminando la frase y eso las hacía reír mucho. Mantenían contacto, como todos, por WhatsApp, aunque eso también dependía de sus obligaciones. Juntas eran un torbellino, no obstante, eran muy respetuosas a la hora de escuchar y opinar en relación a lo que les sucedía. Juliana, había puesto un pendrive con la música que tanto le gustaba, aunque nadie le prestaba atención. Pidieron pizza y en poco tiempo la cerveza comenzaba a hacer efecto; achispadas no paraban de hablar, siendo el tema más importante el aumento de sueldo de Juliana y cómo había resultado su día.

—Queremos saber todos los detalles —la obligó a contar Camila.

—Ahora sí que estás como querías —le dijo Josefina después de escuchar cómo su jefe la había enviado a recursos humanos para que se encontrara con la sorpresa. Bromeó chocando los cinco con Juliana—. Y encima ya no tendrás que preocuparte por si te alcanza para irte de vacaciones o darte todos los gustos —todas rieron. Eran cómplices en todo, como los matrimonios, en las buenas y en las malas.

Sus amigas eran muy diferentes una de la otra. Mientras que Camila era de baja estatura y delgada, con unos ojos azules que destacaban sus hermosas facciones y siempre perfectamente peinada con su corta melena rubia, que le llegaba a los hombros y que atraía las miradas de todos los hombres que pasaban a su lado; Josefina era muy alta y más bien rellenita, aunque a ella nunca le molestó, con una mirada penetrante de ojos negros y largas pestañas; no era bonita pero sí una mujer llamativa. Ella a diferencia de Camila no se cuidaba porque sugería que había que tener para todos los gustos. Juliana aceptaba y respetaba sus diferencias y le encantaba presenciar sus discusiones. A Josefina todo le daba igual y Camila le explicaba que debía estar perfecta para cuando apareciera su hombre ideal. Obviamente Camila era la futura Susanita. Juliana se encontraba en la línea de los grises, todo dependía de la situación para la ropa, el peinado o los hombres que, por el momento, no le quitaban el sueño. Para ella el futuro estaba escrito, el destino de cada una sería el que tenía que ser. No estaba ni a favor ni en contra del amor, aunque tampoco lo buscaba. No por el momento.

Terminaron las tres durmiendo en la cama de Juliana, bien juntitas y abrazadas para no caerse, aunque la cama era de dos plazas, para las tres era demasiado justa. Se había hecho tarde y ninguna quiso abandonar la reunión. Cuando Juliana apagó la luz, con sus amigas ya dormidas, sonrió pensando en la amistad que las unía, esa que las convocaba como hermanas del corazón. Juliana tenía una hermana y justo en ese instante se preguntó cómo no la había llamado para contarle las buenas noticias. Debía hacerlo urgente para no tener que escuchar sus acusaciones de hermana abandonada. Ellas también tenían una excelente relación.

CAPÍTULO 3

Como cada día, los últimos cuatro escalones le resultaron un suplicio, aunque ya debería estar en estado físico para subir esa escalera sin problemas. Llegó antes que comenzara su horario. Ese día era la reunión con Esteban Martínez; estaba pactada para las 9:30 horas, y quería constatar que todo quedara como su jefe lo había solicitado. Perfecto, se dijo. Cuando Guillermo llegara tendría todo organizado como a él le gustaba. Luego se dirigió a su oficina y encendió su computadora, revisó los mails y respondió aquellos que eran más urgentes. Cuando levantó la vista se encontró con la mirada escrutadora de Guillermo.

—Se puede saber qué hacés tan temprano en la oficina —le consultó creyéndose el primero en llegar.

—Bueno jefe, es un día ajetreado y pensé que sería mejor llegar temprano para que no haya contratiempos. En su escritorio tiene todo para la reunión con el Señor Martínez.

—Sabía desde el primer momento en que te vi que te sacaría buena —anunció con una sonrisa mientras señalaba con su dedo índice en su dirección.

Juliana se rio también y después le ofreció un café que él aceptó gustoso, siempre que llevara dos: uno para ella y otro para él.

—Te espero en mi oficina —le ordenó—. Cuando llegue Esteban quiero que estés presente en la reunión. Necesito que estés atenta a todo lo que hablemos, dado que esta operación será muy importante para la empresa y sus futuros negocios.

—¿Tengo que tomar notas o debo participar activamente de la charla? —preguntó Juliana. Su aumento de sueldo era directamente proporcional al aumento en el trabajo, aunque estaba acostumbrada a acompañar a su jefe en sus reuniones con empresarios.

—Si te parece que haya algo que decir, podés hacerlo. Ya sabés cómo trabajamos y formamos un buen equipo —le sonrió y le agradeció haber compartido un café con él.

Juliana le sonrió también y se retiró a su oficina. Ya no sentía aquella presión que la agobiaba al estar en el despacho de su jefe. No era el pedante que pensó cuando comenzó a trabajar a su mando, sí tenía carácter, sin embargo, siempre la trató educadamente y su relación se afianzaba con el tiempo. Lo sentía cercano, como si fuera un padre, pensó. Caminó por el pasillo y antes de llegar a su escritorio se encontró con Teresa que se dirigía a la oficina de Guillermo.

—¿Todo listo para la reunión? —consultó con esa sonrisa cariñosa que siempre le dedicaba a Juliana. Ser amiga de su madre la había unido mucho a la joven.

—Ya sabés que sí —le respondió mientras Teresa la tomaba de los hombros para acercarla y besarla en la mejilla. Siempre atenta y amable le mostró los pulgares hacia arriba y le deseó suerte.

Ya en su escritorio, trabajando en su computadora, Santiago entró y la saludó. Levantó la vista y lo encontró muy atractivo esa mañana. Él la observaba con una mirada extraña.

—Entonces… ¿salimos a festejar o no? —preguntó y esperó unos segundos mientras Juliana parecía estar pensando qué le respondería. Estaba ansioso, sin embargo, procuraba que no se le notara, pero no deseaba un no por respuesta. Hacía tiempo que quería invitarla.

—Mañana saldremos con unas amigas a tomar algo, si no te disgusta el plan podrías unirte —Juliana pensó que sería bueno no tener una primera cita a solas, porque ni se le pasaba por la cabeza tener una siquiera. Además, sería bueno conocerlo un poco más fuera de la oficina, no sabía mucho de él y sus amigas siempre preguntonas, ayudarían a hacerle la labor más fácil.

Santiago no quería perder la oportunidad de salir con ella, aunque fuera con sus amigas; si decía que no, tenía miedo de no lograr convencerla para una nueva cita y perdería la oportunidad por la que tanto había esperado. Justo cuando le decía que estaría encantado en acompañarlas, un golpe de nudillos en su puerta la distrajo.

—¿Señorita Oliveira? —preguntó una voz grave, tan masculina que Juliana se encontró girando su cabeza para encontrar el rostro del dueño de aquella voz que la había cautivado.

—¡Buenos días! Sí, soy Juliana Oliveira —respondió y se aclaró la voz mientras se ponía de pie para recibir al que pensaba era el empresario de la próxima reunión con Guillermo.

Juliana no podía dejar de observar cada detalle en ese hombre. Todo había desaparecido a su alrededor y se concentró en él. Era apuesto, alto, rubio y peinado a la perfección con un jopo hacia un lado. Sus ojos celestes le recordaron al mar del Caribe, aunque nunca había estado allí, conocía que era tan celeste, cristalino y cálido como los ojos de aquel hombre. Su vestimenta tampoco le pasó desapercibida, pantalón y saco con la camisa blanca con el último botón desabrochado, que hizo que Juliana quisiera ver un poco más por debajo de esa camisa y pareció quedar atontada y paralizada observando en dirección a su corbata. Todo en él era perfecto. Poco más de treinta años y una sonrisa encantadora.

—Juliana ¿estás bien? —la voz de Santiago la devolvió a la realidad.

—Sí, claro. ¡Todo bien! —le anunció a Santiago sin quitarle la vista a su visita—. Y usted debe ser el Señor Martínez, discúlpeme, no sé qué me pasó —espetó intentando dejar de lado sus pensamientos.

—No se preocupe, también pasa que me pierdo en mis pensamientos de tanto en tanto —observó con una mirada que a Juliana la descolocó. Sintió que su rostro se ponía de todos los colores posibles en el espectro. Podía sentir sus mejillas ardiendo por la vergüenza y un calor que subía por su pecho la hizo sentir vulnerable. Jamás le había pasado algo semejante—. Por cierto, soy Esteban Martínez y me esperan —anunció volviendo a sus asuntos de trabajo, aunque no le había pasado desapercibido la reacción de aquella chica.

—Lo estaba esperando. Acompáñeme, por favor.

Se disculpó con Santiago, dejando la charla pendiente para más tarde. Las obligaciones llamaban y el placer debía esperar, sin embargo, haber conocido a Esteban Martínez le había ocasionado un no sé qué que no podía explicarse en ese momento.

Santiago se retiró reconociendo que la actitud de Juliana no era la que siempre demostraba. Ese hombre caía justo en el momento menos esperado para él que había logrado avanzar un paso importante para acercarse a ella. No debía ser muy tonto para notar el interés que Juliana había sentido por aquel.

Los saludos amenos entre los dos hombres tranquilizaron a Juliana que, después de servir café para todos, tomó asiento cerca de Guillermo y así poder anotar las cosas importantes que ya sabía que debía dejar asentadas y que luego su jefe pudiera organizar los contratos y tareas necesarias para los futuros negocios. A pesar de estar concentrada en su labor no logró quitar su mirada de aquel hombre que no entendía por qué, la había cautivado. ¿Qué le estaba pasando? Nunca dejaba que nada la distrajera de sus asuntos y esas dos horas de reunión la mantuvieron alerta a cada comentario y mirada. Sin embargo, todo resultó de manera exitosa y por suerte Guillermo no la necesitó para emitir ningún comentario, no sabía si podría hacerlo, porque tuvo que concentrarse el doble para lograr hacer su trabajo como debía. Una nueva reunión quedaba programada para la siguiente semana y muy pronto se encontraban en la oficina de Juliana para decidir día y hora de la misma.

Esteban se acomodó en la silla frente a Juliana con las piernas cruzadas y la observó con una sonrisa pícara en los labios. Ella se sintió cohibida, sabiéndose descubierta, aquel hombre habría notado sus pensamientos previos a la reunión y otra vez se sonrojó. Él estaba tranquilo, relajado y eso le dio pie para hablar como si nada hubiera ocurrido. Así debía ser, ella estaba cumpliendo con su deber y se reprochaba que por primera vez algo hubiera sido diferente.

—Ya está agendada. Próximo miércoles a las diez. ¿Le parece bien? —preguntó sin levantar la mirada de su agenda, no quería encontrarse nuevamente con esa sensación tan extraña que la embargaba desde que había llegado a su oficina.

—Me parece perfecto, así como también que me tutees, no somos tan viejos —le respondió y ella lo miró atontada.

—Entonces terminamos por hoy —se apresuró a decir Juliana.

Esteban se levantó, le dio la mano y se marchó.

Después de un rato Juliana continuaba mirando su mano, sintiendo ese escalofrío que traspasó todo su cuerpo sólo con ese leve contacto, tan diferente a la calidez que le transmitían sus ojos celestes como el mar. No entendía qué la ponía tan incómoda, aunque cuando Santiago reapareció en su despacho, comprendió que lo que la ponía nerviosa fue que él notara que su actitud había cambiado cuando Esteban llegó. ¿Cómo podía ser tan predecible?, se preguntó. Por suerte volvía a la normalidad como si alguien la hubiera sacado de su trance.

—¿Cómo estuvo la reunión? —se interesó Santiago.

Lo que menos le preocupaba eran los pormenores de la reunión, sólo necesitaba que Juliana volviera a estar atenta a él. Y la organización de su salida estaba programada tal y como lo habían conversado anteriormente. Sábado por la noche en Puerto Madero, un lugar que a Juliana le encantaba pero que, hasta ahora, su presupuesto no se lo había permitido.

CAPÍTULO 4

Juliana escuchaba música sentada en su pequeño living, tomándose una copa de vino blanco que enseguida la dejó un tanto mareada y sus pensamientos cayeron directo en ese hombre de ojos celestes, que había logrado atrapar toda su atención. Nadie, en toda su vida, la había hecho reaccionar así.

En cuanto recuperó sus pensamientos, que parecían no querer alejarse de ese rostro cautivador, llamó a sus amigas. Las necesitaba para que le hicieran más amena la cita programada con Santiago, aunque no paraba de preguntarse cómo sería aquello, si no podía quitarse de la mente a Esteban. No comentó nada al respecto con ellas sintiéndose una tonta, justo cuando decidía darle una oportunidad a Santiago, nada le sacaba de la cabeza cuánto deseaba que llegara el miércoles para volver a ver a Esteban. Seguramente no la reconocerían, porque se estaba comportando como una chiflada, no estaba segura de haber tomado una buena decisión cuando le dijo que sí a su propuesta.

Llamar a su hermana era un tema pendiente y lo hizo. Sofía atendió rápidamente. Ya era un poco tarde y la beba, su única sobrina, dormía y lo que menos deseaba era que se despertara con el ruido del timbre del teléfono.

—Lamento llamar tan tarde —se excusó—. Tengo novedades importantes.

—No te hagas problema —dijo suspirando—, se acaba de despertar y se la dejé a Alfonso para atenderte. Está dentando y pobrecita sufre mucho, se me parte el alma escucharla llorar tanto. Además, me viene bien tu llamado, necesito desconectar un poco. Que el padre, que no está en todo el día —se quejó—, se haga cargo. Finalmente fue parte del proceso para traerla al mundo ¿no?

—Es un buen punto —Juliana se rio de las ocurrencias de su hermana.

—Claro que sí, además su hija se merece un poco de su atención también, debe estar cansada de ver siempre la misma cara, y te aseguro que estoy bastante desmejorada —se quejó nuevamente—. Bueno, ¿me vas a contar o no?

Le relató detalladamente todo lo acontecido los últimos días y quedaron en que pasaría a visitar a su sobrina el sábado al mediodía, un almuerzo familiar y comida casera era un plan excelente, más cuando se enteró de que sus padres también estaban invitados. Le encantaba visitarlos, pero a veces el trabajo y el cansancio no se lo permitían tanto como le gustaría. La charla se prolongó hablando de la pequeña bebé y luego Sofía tuvo que relevar a su marido, quien cansado le pedía por favor que se hiciera cargo.

Cuando finalmente cortaron la comunicación, Juliana se acomodó en su sillón y tarareó las canciones románticas a las que ahora les prestaba atención. Se conocía casi todas las letras y por ello la conmovían aún más. Eran parte de su vida, su compañía diaria. En los momentos de soledad en su departamento siempre había música. Reconocía que no tenía una voz privilegiada para el canto, así que se rio pensando que si alguien la escuchara no recibiría otra cosa que un tomatazo por su performance.

Terminó agotada después de un día bastante diferente, aunque contenta por los planes para el fin de semana. Una ducha rápida, ponerse el camisón y a la cama, necesitaba descansar.

El sábado amanecía muy tarde —se despertó a las diez—, ¡chau limpieza!, pensó. Se levantó lo más rápido que pudo, se vistió con ropa cómoda sin olvidarse de llevar un abrigo. El otoño comenzaba a mostrarse con sus días frescos añorando la calidez, a veces insoportable, del verano. Buscó las llaves del auto en la mesita de entrada y en media hora estaba en casa de su hermana. Su madre le abrió la puerta y enseguida sintió el fuerte abrazo con el que siempre la recibía. Sus besos eran los mejores, con cada mimo Juliana se reprochaba vivir sola y haber abandonado la casa familiar, en cierto modo, a su edad era lo más aconsejable y esos momentos con sus padres los disfrutaba aún más. Luego saludó a su padre y finalmente a Sofía quien cargaba a su sobrina en brazos. Alfonso, el marido de su hermana apenas saludó.

—¿Y a este qué le pasa? —le preguntó a Sofía en un susurro para que nadie escuchara. Juliana y su cuñado no eran cercanos, sólo los unía el respeto, aunque pensó que podría cambiar un poco el gesto, debido a que su familia política estaba en casa.

—Últimamente está de mal humor, no le hagas caso —anunció Sofía acostumbrada a que su marido estaba muy cambiado el último tiempo, aunque le adjudicaba al cansancio su falta de tacto.

—No quiero ni imaginarme cómo será ser padre, no está dentro de mis futuros planes —le dijo a Sofía arrebatándole a su sobrina para mimarla y sentir ese olorcito a bebé que era la pócima exacta para relajarla, aunque sólo por un rato.

Mientras almorzaban Juliana fue la encargada de contar nuevamente acerca de su aumento de sueldo. Sus padres se alegraron por ella, se esforzaba mucho y había logrado independizarse sin su ayuda. Pronto la conversación viró, como era de esperarse por parte de su madre, siempre indagando sobre el mismo tema.

—Y puesto que todo está bien en el trabajo… ¿cómo estás de amores? —preguntó Silvia obviando que Claudio, su padre jamás preguntaba intimidades.

Juliana parecía estar acostumbrada a la misma pregunta una y otra vez como si fuera lo más importante, verla con un novio, con un futuro, que se casara y formara una familia. El rol de abuela le sentaba bien y no le gustaba que Juliana tuviera una vida sólo para el trabajo.

—¡Mamá! Jamás te vas a cansar de preguntar lo mismo —le recriminó con una sonrisa tierna, sabía que su madre tenía buenas intenciones—. Estoy sola y muy bien, no necesitás preocuparte por mi estado civil. Además, todavía soy joven y vos ya tenés una nieta para disfrutar.

A Silvia, como a toda madre, le preocupaba su hija. Sin embargo, la veía muy bien y contenta, así que decidió dar el tema por zanjado. Juliana no contaría acerca de su salida con Santiago, su madre ya estaría organizando una boda si le daban alas.

Juntarse con la familia había sido una buena idea, aunque Juliana pudo notar que, mientras todos se divertían y sonreían por pavadas, Alfonso estaba ausente. No es que fuera muy dado con la familia, pero nunca había estado así. Ella comprendió que no sólo era un problema por la falta de sueño, sino más bien que había algo más que lo aquejaba. Se propuso hablarlo con Sofía en la intimidad. Le resultaba extraño que su madre no preguntara nada, todos habrían notado que estaba muy cambiado, aunque seguramente, se habían creído eso de que la falta de sueño lo tenía de mal humor. Excusas que Juliana no permitiría dejar pasar, su hermana y su sobrina lo eran todo para ella. Averiguaría qué estaba sucediendo entre ellos. Por la cabeza de su cuñado pasaban cosas, de eso no le quedaba ninguna duda.

Llegó a Puerto Madero a la hora pactada y se encontró que las chicas ya la estaban esperando. Como siempre, cada una con su estilo particular de vestir. Camila, como si fuera de fiesta se había calzado un vestido al cuerpo negro con unos tacones altísimos y un saco de raso bellísimo, todo le quedaba muy bien. Su belleza resaltaba en su rostro perfecto. Josefina, más casual, llevaba su clásico jean chupín con una remera negra de esas que dejaban uno de sus hombros a la vista con zapatos bajos y una campera de cuero en la mano por si tenía frío. El pelo recogido en una cola de manera apresurada, ella no era muy estricta con los cánones de belleza y pulcritud como Camila, pero se veía muy sexy, sus ojos negros resplandecían detrás de una máscara de pestañas que usaba con frecuencia. Juliana se había esmerado también con su vestimenta, dado que pocas eran las oportunidades de salir a cenar a un restaurante tan lujoso. Combinó el negro y el plateado que, según ella, nunca fallaban.

Todas se abrazaban contentas de volver a verse cuando llegó Santiago. Allí estaba, con las manos en los bolsillos observando a las tres mujeres disfrutando de su alegría. Juliana se le acercó y con un beso en la mejilla lo saludó, después le presentó a sus amigas que enseguida se pusieron a charlar con él como si ya lo conocieran. Un vientito fresco los apuró para entrar y en poco tiempo ya estaban leyendo la carta para hacer la elección del menú. Santiago se encargó de elegir el vino y después que el mozo terminara de tomar el pedido ya estaban enfrascados en una conversación, que más que nada era un ida y vuelta con sus amigas acribillándolo a preguntas. Juliana se puso un tanto nerviosa cuando le consultaron por sus ex, esas chicas eran capaces de todo, descaradas, pensó intentando contenerse ante el nerviosismo de Santiago que no sabía cuándo terminarían de juzgarlo y sin saber si el veredicto sería a su favor o en contra. Tal vez, si pasaba la prueba, tendría chances de una cita a solas.

La comida estaba exquisita y así se lo hicieron saber al mozo para que felicitara al chef. Quizá no estaban acostumbradas al lujo de aquellos lugares, siempre pedían delivery, así que degustaron sus platos como si fuera la última cena.

Santiago las observaba en silencio y comprendió que entre ellas se generaba una complicidad propia de la confianza y la amistad que las mantenía unidas a lo largo de los años.

Tampoco faltaban los típicos comentarios que suelen hacer las mujeres acerca de otras personas que estaban en el lugar, aunque ellas lo hacían sólo para encontrar temas de conversación.

—Parece que les gusta sacar el cuero a la gente —ironizó Santiago—. ¡Son unas descaradas! —se rio cómplice—. Y qué me cuentan de la actuación destacada de Juliana en la oficina que le valió un buen aumento de sueldo —preguntó para cambiar el rumbo de la charla y poder participar. A él le habían preguntado de todo y ahora parecían estar conversando como si él no estuviera, aunque le resultaba gracioso también quería conocer a las amigas de la chica que tanto le gustaba—. Tiene al jefe comiendo de la palma de su mano —continuó con la ironía a pesar de la mirada reprobatoria de Josefina.

—Lo decís por envidioso —atacó Josefina defendiendo a su amiga—. Juliana trabaja duro y se ganó cada peso de su aumento. ¿Y vos qué hacés en la empresa? ¿A qué te dedicás?

—Yo trabajo en contaduría. Verifico las cuentas, soy contador y puedo asegurar que no me ocasiona envidia que Juliana haya escalado alto, conozco bastante de números y sé que ella hizo una labor magnífica en la empresa. Tenés razón Josefina —le habló mirándola directo a los ojos—, ella se merece todo por lo que trabajó tan duro.

Josefina cambió su rictus severo y le devolvió una sonrisa. Santiago logró cambiar una actitud que se le venía en contra y ahora parecían distenderse. Punto a favor para Santiago, pensó Juliana. Le gustó que la hubiera defendido a pesar de parecer que le estaba gastando una broma con el tema de su jefe.

Satisfechos por los platos suculentos que habían degustado, se preguntaron si no sería demasiado ambicioso pedir postre, no sabían si volverían a un restaurante tan lujoso y decidieron que sí. Juliana se decantó por el volcán de chocolate mientras que el resto pidió helado con frutos rojos y otras variedades. Menudo atracón se iba a dar, pensó Juliana. Esa noche pagaba ella, entonces por qué no disfrutar a pleno.

Algo llamó la atención de Santiago que se giró para observar en dirección a una mesa cercana donde algunos se saludaban efusivamente. Juliana vislumbró cómo su sonrisa cambiaba por una mueca de desagrado cuando lo vio.

A Juliana también le cambió el semblante en cuanto lo reconoció; sobre todo porque estaba acompañado. Ella pensó que no podría ser de otra manera, Esteban la había cautivado sólo con dos horas de conocerlo, es más, justo en el preciso instante en que tocó a su puerta. Entonces era de esperar que estuviera con una mujer. Santiago no les quitaba la mirada y Esteban lo vio, aunque a él no lo reconoció, sonrió al verla. A ella sí la había reconocido. Se acordaba perfectamente bien quién era. Sin entender cómo, Esteban estaba parado a su lado clavándole la mirada como si el resto no existieran, se puso nerviosa y sintió una electricidad recorriendo su cuerpo. No podía explicar su comportamiento con aquel hombre y se incomodó porque pronto comprendió que sus acompañantes estaban viendo toda la situación. Además, él también estaba acompañado y eso le dio más bronca, la mujer era una morocha de pelo largo con rulos marcados, atractiva y sensual al mismo tiempo, con sus labios pintados de un rojo fuego que llamó la atención de todos los hombres que la vieron pasar. Juliana se sintió ridícula al pensar que Esteban podría siquiera fijarse en ella, pero allí estaba a punto de saludarla mientras ella se derretía por dentro sin poder explicar qué le sucedía.

—Juliana, ¡qué gusto encontrarte! —le dijo ignorando a los demás, sólo tenía ojos para ella que se sonrojó de inmediato.

—Buenas noches, Esteban —le respondió urgente—. ¡El mundo es un pañuelo! —dijo y se sintió ridícula por el comentario.

—Eso parece, me alegra verte —aclaró con una sonrisa que pronto se borró al escuchar la voz de Santiago que rompía el encantamiento generado entre ellos.

—¿Cómo está? —preguntó secamente.

—Bien, gracias por preguntar —le respondió sin siquiera mirarlo, cosa que perturbó a Santiago. Ese hombre se iba a entrometer entre la mujer que quería y él. Era imposible dejar de notar cómo Juliana cambiaba con su presencia.

—Estamos festejando —acotó Juliana para distender la mala energía que transitaba entre aquellos dos.

—Que pasen una linda velada, entonces. Me retiro, me están esperando. Nos vemos el miércoles Juliana. Buenas noches —se fue a su mesa y el ambiente se sintió enrarecido, Juliana no sabía cómo retomar la charla con sus amigas y Santiago parecía enojado.

Se lamentó por la situación, aunque le había encantado volver a verlo, pero no con aquella mujer. Sus pensamientos no la dejaban en paz, se preguntaba por qué se atormentaba tanto por un hombre que no conocía de nada. En cuanto miró a sus amigas supo que más pronto que tarde, tendría que explicarles lo que no les había contado acerca de ese hombre enigmático que había aparecido en su vida y la había dejado patas para arriba.

—Sería un buen momento para marcharnos —anunció Santiago intentando desviar la atención de las muchachas—. Conozco un boliche acá cerca que está buenísimo, ¿vamos?

—Muy buena idea —admitió Camila que estaba tentada en preguntarle a su amiga por aquel hombre, por otra parte, sabía que no era el momento oportuno.

La noche la terminaron en un boliche brindando y bailando. Camila y Josefina enseguida encontraron pareja para divertirse y Juliana se quedó a solas con Santiago, aunque su mente no dejaba de pensar que le encantaría estar en otro lugar y con otro hombre.

—¿Qué onda con ese Esteban? —preguntó esperando una respuesta que sabía no llegaría. Obviamente deseaba escuchar que no quería hablar de él y que prefería que se centraran en pasarla bien juntos.

Juliana respondió con un “nada” como si con eso bastara para que Santiago dejara de preguntar por ese hombre que con tan sólo escuchar su nombre se le erizaban los bellos de todo el cuerpo.

Dos horas más tarde y habiendo dejado a las chicas en sus respectivas casas, Juliana le preguntó a dónde lo llevaba.

—¿A tu casa? —respondió con otra pregunta y un gesto que indicaba que le encantaría que terminaran la noche juntos.

—¿No te parece que vas un poco rápido? —consultó ella nerviosa. No era de las que se iban a la cama con un hombre en la primera cita y todavía no habían tenido una. Sólo una salida de amigos—. Estoy realmente cansada, lo único que deseo es meterme en la cama y dormir.

—Entonces… ¿no querés compañía? —bromeó intentando convencerla, pero Juliana le dijo que no le parecía correcto.

A regañadientes le dio su dirección y dejó que ella lo llevara, aunque no perdió la oportunidad de intentar robarle un beso. Le dio bronca no haberlo logrado cuando ella corrió su rostro y el beso se estampó en su mejilla.

Tuvieron saludos de cortesía, “buenas noches” y “hablamos”. Juliana le había pasado su número, salvo que, ya no estaba convencida que hubiera sido buena idea. Todo había resultado extraño desde el momento en que Esteban apareció y ella reconoció que, si tenía que elegir con quién pasar una velada, sería con Esteban. También se dijo que era una locura, ese hombre que había desestabilizado todos sus sentidos, estaba con otra mujer. Lo mejor sería no pensar más, porque cuanto más lo pensaba, más deseaba tenerlo cerca.

Santiago cerró la puerta del auto y Juliana pudo observar por el espejo retrovisor que él seguía parado con las manos en los bolsillos observando cómo ella se marchaba. Apretó el acelerador y desapareció de su vista lo más pronto que pudo.

CAPÍTULO 5

El domingo Juliana también se levantó muy tarde, más tarde que el sábado y consideró que sería una buena idea llamar a su hermana con la excusa de ir al shopping, le dijo que quería comprar un regalo para su sobrina, y así lograr tener la conversación pendiente del día anterior acerca de Alfonso. Sofía se entusiasmó con la propuesta, salvo que, sería su marido quien debería quedarse con la bebé, no podía decir que sí antes de consultárselo. Mientras esperaba su llamado para confirmar si saldrían o no, se dio un baño rápido para estar lista, se vistió y pasó por la heladera para ver si comía algo antes de salir. Con un yogurt estaba más que satisfecha. La comida de la noche anterior había sido tan suculenta que pensar en comer más le ocasionaba rechazo.

Sofía no había llamado aún, entonces de manera despreocupada se tiró en el sillón y comenzó a hacer zapping con el control remoto. Pronto estaba mirando una película de amor, una de esas tan predecibles, que siempre concluían con el beso apasionado de la pareja y el vivieron felices por siempre. Sin darse cuenta sus recuerdos se dispararon a una época quizá mejor, a su adolescencia, cuando nada la preocupaba y disfrutaba de su familia sin pensar que un día podrían faltarle. Su abuela paterna, que hacía cuatro años había fallecido, seguía presente en su memoria. La extrañaba más que nunca. A pesar de la diferencia de edad, abuela y nieta tenían una conexión increíble que las había hecho cómplices. Esa brecha de tiempo que las ubicaba en diferentes épocas no las distanciaba, sino que las unía aún más, eran pares. Con ella disfrutaba de charlas impensadas, no tenían reparos a la hora de sacar a relucir sus vivencias. Tantas veces su abuela le contó la historia de su primer y único amor. Esa primera vez que la escuchó fue un día de verano mientras tomaban un refresco cerca de la piscina, que a ella tanto le gustaba, remojar sus pies para refrescarse mientras charlaban, pues no se metía completamente porque no sabía nadar. Esa historia se había clavado en el corazón de Juliana como si la hubiera hecho propia y era por eso que le costaba decidirse a comenzar con una relación. Aquella mujer que adoraba, se había enamorado locamente de su vecino, algo muy lógico para una época en la que no existían los celulares y mucho menos las redes sociales. A él era al que veía al salir y entrar de su casa. Pertenecía a una familia adinerada y la suya, por supuesto, no lo era. Los padres de ese muchacho, que era su abuelo, desaprobaron la relación de inmediato. Había muchas candidatas de mejor posición social para que él eligiera, aunque él también amaba a su abuela y no tenía ojos para fijarse en ninguna otra. Ese amor era tan natural como apasionado, y a pesar de darle mucha vergüenza llegó a confesarle que se había entregado a él en cuerpo y alma. Para esa época entregar la virginidad antes del matrimonio estaba muy mal visto. Su abuela, fruto de ese amor, quedó embarazada.

Estaba demasiado asustada, los cambios en su cuerpo tanto como los malestares que sufría por las mañanas pronto darían aviso a sus padres de lo sucedido. Tuvo mucho coraje cuando se lo contó a su abuelo, quien viéndola tan abrumada se quedó estupefacto, aunque supo de inmediato qué debía hacer. Lo correcto era casarse y el uno como el otro eran menores de edad y, por lo tanto, necesitaban el consentimiento de sus padres para poder llevarlo a cabo. Para su abuela era una deshonra para su familia estar esperando un hijo sin estar casada y para él, luchar contra los prejuicios de su familia, que obviamente se opusieron rotundamente a ese enlace y negaron a su nieto como si fuera un bastardo. Los bisabuelos de Juliana, asustados con todo lo que deparaba el futuro de su hija y ante la negativa de los padres del novio, abandonaron su casa para no volver a ver a aquellas personas que negaban a su nieto como propio. A pesar del qué dirán, su abuela tuvo la suerte de tener unos padres que intentaron apoyarla en uno de los momentos más difíciles que debería sobrellevar y la cuidaron, escondiéndola hasta que dio a luz al padre de Juliana, quien llevó el apellido de su abuela y no el de ese padre que jamás conoció, aunque esa mujer jamás dejó de sufrir por la pérdida de ese amor. Esa era la razón por la cual tanto la abuela como la nieta llevaban el mismo apellido.

Unos años más tarde, su abuela se animó a pasearse por el barrio donde el padre de su hijo vivía. Sólo deseaba verlo una vez más, contarle que ese pequeño había nacido sano y fuerte, pero pronto se encontró con la desilusión más grande de su vida. Ilusionada con que seguiría pensando en ella, que no la hubiera borrado de su corazón y que el destino algún día los encontraría juntos. Pero ese muchacho ya la había olvidado, siguiendo la consigna de sus padres, salía de la casa de estos, del brazo de una hermosa chica de cabellos dorados que sostenía en sus brazos a una pequeña criatura, era una niña y lo supo por su mantita de color rosa. Les dio la espalda para que no la vieran y se juró que nunca más caería en la trampa de un hombre. No volvería a enamorarse. Decidió dedicar su vida a la crianza de su hijo, que para entonces tenía cuatro años, el único que se merecía su amor incondicional. Su pequeño que jamás sabría que su padre estaba vivo.

Juliana viendo las lágrimas de su abuela le juró que jamás contaría la historia a nadie, que guardaría su secreto porque su padre estaba involucrado directamente con la decisión tomada, la pobre mujer se lo agradeció sin dejar de llorar. Sin importar por lo que había pasado en su juventud, le juró que había sido completamente feliz. Que sintió la necesidad de contarle su pasado porque le pesaban los recuerdos, pero que debía saber que a pesar del infortunio ella había encontrado una salida. Su hijo le había dado una familia maravillosa y no se arrepentía de nada. Juliana consoló a su abuela, esa mujer de cabellos blancos era su adoración. Si cerraba los ojos al escucharla, podía ver a esa jovencita que anhelaba un amor imposible, pero que le había regalado a un hijo que jamás supo de su existencia. Ese hijo que, a pesar de la ausencia paterna, supo formar una familia y se convirtió en un buen padre, y por ello su abuela estaba tan orgullosa.

Juliana también estaba orgullosa de llevar su apellido, su abuela le enseñó a ser fuerte, a tomar y a respetar sus decisiones. Sobre todo, a disfrutar de la vida. La extrañaba más que nunca y cada vez que la recordaba no lograba retener las lágrimas que caían a mares por sus mejillas, aunque eran lágrimas de alegría por haberla tenido en su vida y que le confiara sus recuerdos y secretos, los cuales ella continuaría guardando por siempre.

Por fin el timbre del teléfono y su hermana que le pedía que la recogiera en media hora la pusieron en marcha.